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Francia: una elección y 5 candidatos

Karem Pirela

Foto: CHRISTIAN HARTMANN
Reuters

Abril de 2017 se encuentra con una Francia convulsionada por el terrorismo que ha decidido instalar abiertamente sus amenazas desde enero del 2015 con el ataque al semanario Charlie Hebdo, y que luego del atentado de ayer demuestra que no tiene planes de acabar pronto. Con las elecciones presidenciales en ciernes, el panorama es un tanto incierto para la mayoría de los franceses, sobre todo cuando los candidatos son catalogados de extremistas o tibios, unos enfrentan investigaciones por posibles casos de desvío de fondos y otros desean crear alianzas con la revolución bolivariana en América Latina.

Las elecciones galas cuentan con dos vueltas: la primera se celebra este domingo 23 de abril con la participarán 11 candidatos distribuidos entre la izquierda, la derecha y el centro; la segunda vuelta, el 7 de mayo, enfrentará a los dos que hayan recibido más votos, ya que se descarta que alguno de los presidenciables logre la mayoría absoluta (más de la mitad) de los votos emitidos necesaria para evitar esa segunda vuelta. Durante semanas se han realizando encuestas que han situado como ganadores a casi todos los candidatos, pero hay una persona que siempre aparece entre los vencedores de la primera vuelta, la candidata del partido de extrema derecha, Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, y una de las principales propulsoras de Frexit, la salida de Francia de la Unión Europea.

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Manifestaciones en contra de la campaña de Marine LePen este 19 de abril en las calles de Paris. | Foto: Philippe Laurenson / Reuters.

Desde los años 80 el Frente Nacional ha sido parte de la vida política del país y ha intentado ubicarse como el favorito de las clases media y alta; con la caída del muro de Berlín y la desaparición de los regímenes comunistas en Europa el discurso cambió, el partido dio un giro para orientar su búsqueda de adeptos entre la clase obrera y los desempleados, un objetivo que han logrado alcanzar con un esfuerzo constante que en los últimos 40 años le ha ganado un 40% de apoyo entre los electores, según explica el sociólogo y profesor de la Universidad Sorbonne París 3, Frederic Farah.

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Foto: Karem Pirela / The Objective.

En el lado contrario está el candidato de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, quien no solo propone abandonar los tratados realizados con Europa conducidos por lo que él denomina en su programa de gobierno “obsesiones ideológicas” de la UE y Alemania, sino que a través de su programa “la Francia insumisa” llama a recuperar la soberanía del país y a crear la sexta república, gracias a un cambio de Constitución que aboliría la monarquía presidencial y otorgaría nuevamente el poder al pueblo; propone también realizar la transición ecológica, cambiar los métodos de producción y acabar con el uso de la energía nuclear, todo esto de la mano de una revolución ciudadana, donde todos y cada uno de los franceses y extranjeros que habitan en el país deberán trabajar en pro de este cambio.

Un poco menos a la izquierda, pero sin acercarse al centro está Benoît Hamon, candidato del partido socialista, a quien la suerte no lo acompaña en las encuestas, incluso en la región de Bretaña – de donde es oriundo – no cuenta con una gran popularidad. El diario francés de izquierda, Libération, afirma que Hamon se convirtió en el candidato de los socialistas gracias al apoyo que le prestaron las zonas aledañas a París (banlieu), pero durante su campaña los dejó un poco de lado, lo que consideran ha impactado negativamente en su popularidad, colocándolo en el quinto lugar. Quizá Hamon no sea quien logre hacer latir el corazón de Francia.

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Foto: Karem Pirela / The Objective.

Uno de los candidatos más polémicos ha sido el representante de Los Republicanos (derecha), François Fillon, quien desde el 24 de febrero se enfrenta al sistema judicial por la investigación de puestos de trabajo ficticios en los que se supone estaban contratados su esposa, Penélope, y sus dos hijos. En cuanto se hizo pública esta información en el 2016 el candidato expresó que se retiraría de la contienda electoral si era formalmente investigado, pues no se consideraría moralmente capaz de dirigir al país; llegado el momento en el que la imputación se formalizó, Fillon no se retiró, lo mismo ocurrió con el apoyo de los adeptos de la derecha.

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Macron: “el heredero”. | Foto: Karem Pirela / The Objective.

El candidato más joven es Emmanuel Macron (39), ex ministro de Economía de François Hollande entre el 2014 y el 2016; creó su propio movimiento En marcha! y su programa de gobierno mezcla ideas consideradas de izquierda y otras de derecha, pero él prefiere no ser llamado “centrista”; por eso sus contendientes con frecuencia afirman que Macron siempre está de acuerdo con todo. Su programa está a favor de la apertura de Francia y la implantación de nuevas ideas a través de una nueva generación. Sus detractores comparan sus promesas electorales con las realizadas por Hollande para las elecciones del 2012.

En los últimos días los sondeos están aún más cerrados, Ipsos coloca en los primeros puestos a Marine Le Pen, Emmanuel Macron y Jean-Luc Mélenchon.  A pocas horas de que comiencen las elecciones son muchas las dudas por parte de los ciudadanos, mientras los candidatos que han suspendido las campañas en vista del atentado del jueves 20 de abril, verán si las últimas estrategias que les habrán permitido captar la atención de ese 44% que aún no está convencido de ir a votar este 23 de abril. Las principales ciudades de Francia han sido protagonistas de grandes encuentros con los electores y se han sumado recorridos más íntimos para estar en contacto directo con la gente, pero no será sino hasta este domingo cuando los franceses se encuentren frente a las papeletas y el destino de Francia – y quizá el de la Unión Europea – empiece a ser redefinido.

¿Y si el yihadismo es invencible?

Andrés Ortiz Moyano

Foto: Romeo Ranoco
Reuters

“Las personas necesitan ejemplos drásticos para salir de la apatía. Como hombre pueden ignorarme o destruirme, pero como símbolo puedo ser incorruptible, inmortal”.

“¿Qué clase de símbolo?”.

“Algo primario, algo aterrador”.

Sirvan como ejemplo ilustrativo, quizás frívolo o gratuito por la tesis que viene a continuación, las palabras de Bruce Wayne a su buen Alfred para justificar el nacimiento del caballero oscuro.

Y es que no hay nada peor que batirse el cobre con un enemigo descabezado, fantasmal. A pesar de que nos empeñemos en demostrar lo contrario, los seres humanos somos individuos racionales. Creemos en lo que vemos y entendemos, y aquello que escapa de nuestra sobresaturada gnosis adquiere unas connotaciones de terror arcano y supersticioso que nos inquieta irremediablemente. En la guerra y los conflictos ocurre algo parecido. Las fronteras ya no existen, y es en este panorama donde ha medrado el terrorismo islámico. Pensemos en el Daesh. Parece que llevemos toda la vida sufriéndolos cuando, en realidad, hace apenas tres años nadie sabía quiénes eran.

La proclama del califato puso dirección postal y razón social a un enemigo que luego tardamos un tiempo en tomar en serio. Concretamente, lo que esperaron para atacarnos en nuestro propio suelo. Y antes, que exterminaran yazidíes, prostituyeran hazaras o aniquilaran minorías cristianas y chiíes, no parecía ser para tanto.

En cualquier caso, todo apunta a que la historia de su califato será fugaz, pues tres-cuatro años no son nada en la inmensidad de la Historia. Pero lo terrible, para nosotros, etnocentristas, es lo que está por llegar. Le hemos dado credibilidad y alas a la supuesta omnipresencia y omnipotencia red de ‘franquicias’ Daesh. Este meteórico ascenso se entiende, por supuesto, como consecuencia de este mundo de tuits, hashtags y análisis prematuros e irresponsables. Vivimos aterrados porque puedan asesinarnos cuando, estadísticamente, es más probable que nos mate la coz de una mula torda.

Y, sin embargo, así es. Como decía el señor Wayne, el verdadero terror se alza etéreo por encima de territorios y banderas, por encima de credos y xenofobias; se ha convertido en algo «inmortal, primario y aterrador». Se ha consolidado como una suerte 2.0 del anillo de Sauron, capaz de aunar a todo extremista, radical, amargado e incluso perturbado que deteste a su prójimo, por una falsa licencia religiosa, pero que, en realidad, es debido a la más profunda y cobarde mezquindad humana.

Sirvános como botón de muestra la tan célebre figura de los lobos solitarios. A pesar de su llamativo nombre, en realidad no existen. No en vano, se ha demostrado que, en la mayoría de los casos, hay al menos una mínima conexión entre los terroristas ejecutores y la matriz, lo que, por lógica, los convierte en terroristas puros y duros. Pero otra cosa es ese ‘franquiciado’ yihadista que organiza sus propias acciones de microterror, provocando el mayor daño posible con los medios más escasos y rudimentarios, y en el último instante grita “Allahu Àkbar” (y nosotros, zotes, hemos sido cómplices del secuestro de esas palabras de educación y paz). Es ese tipo, y no el otro, el que simboliza la indestructibilidad del yihadismo. El triunfo del mal radica en aquel que corre a abrazarse a un simbolismo perverso e intangible que trasciende la lógica.

Por ello, quizás debamos reflexionar de forma honesta. ¿Y si no podemos ganarles? ¿Y si ya hemos perdido la batalla dejando que el enemigo tangible se convierta en un inmortal abstracto? Como decía el Santiago de la formidable novela homónima de Mike Resnick, «los revolucionarios no queremos ganar porque no vamos a ganar. Pero es que quizás lo que queramos es no perder». Y así es. Nadie en su sano juicio se puede creer que este u otro califato futuro se vaya a extender a lo largo y ancho del planeta, pero quizás no le haga falta o simplemente no lo busque. Les basta con tenernos amedrentados, supersticiosos ante su supuesto poder infinito. Y parece que sí, asumiendo esta realidad, la yihad sea, en nuestro acervo, indestructible.

Bárcenas en su hora

Ignacio Vidal-Folch

Bárcenas declara ante la comisión de investigación del Parlamento. Naturalmente, no dice nada relevante. Ni siquiera se molesta en responder a las preguntas de sus adversarios: le ampara el pretexto de la investigación judicial. Que es como decir que la comisión parlamentaria es secundaria, y hasta insignificante. Además de que responder a sus señorías sería del género tonto, ya que ni ellas saben nada que no hayan publicado los periódicos o revelado la policía, ni para él se derivaría beneficio alguno de hablar.

Cuesta mucho creer en la utilidad de estas onerosas comisiones: son un formato vacío que se ha quedado obsoleto como un programa de televisión de Bonanza. Algún caballero allá al fondo de la sala bosteza echando en falta a un rufián que insulte y degrade, para al menos poder escandalizarse en el papel socorrido de virgen prudente. Pero el rufián está haciendo la siesta o quizá jugando con la tablet.

El resultado es que se organiza la pomposa escenografía, se pauta minuciosamente el ritual, se tocan las trompetas, se dan los turnos de palabra, se habla de democracia, de decencia, de corrupción… y…

Lo verdaderamente asombroso, lo que llama la atención, es que estas representaciones que a nadie enganchan se sigan repitiendo como si tal cosa y que a nadie le preocupen los bostezos del respetable. Quizá es que el show no va dirigido a ningún “respetable”.

Antonio Pampliega: “El terrorismo es una agencia de marketing”

Clara Felis

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Su mirada proyecta cierto cansancio y escepticismo. Es difícil recordar. También repetir el discurso e indagar en el inconsciente para detallar todo aquello que en su día enterró el sufrimiento. Los golpes. La escasa dieta de olivas y arroz. La pérdida del juicio. El nombre propio. La condición de ser humano.

Antonio Pampliega (Madrid, 1982) busca siempre una salida de emergencia y dirige su foco visual hacia ambos laterales. Es su manera de resetearse. De intentar no caer en el discurso lacrimógeno y sobreactuado. Le da prioridad a los datos, fechas y personajes. Las conclusiones que las saque el de enfrente. Periodismo sin aditivos: investigar, contrastar y escribir. El mismo método que ha empleado en todas las páginas que conforman En la oscuridad. Diez meses secuestrado por Al Qaeda en Siria (Ediciones Península, 2017), un extenso reportaje en formato libro en el que el periodista de guerra relata cada uno de los 299 días que pasó secuestrado por la organización terrorista. Los sueños de la guerra producen monstruos. La memoria también.

Jugabas habitualmente al ajedrez con Tom, como llamas en el libro a uno de tus secuestradores. ¿Cuál es la partida más difícil que tuviste durante tu cautiverio?

La partida más dura fue aguantar solo. Estar solo en una habitación sin poder salir de allí es muy muy duro. Te meten con todos tus fantasmas y te machacan psicológicamente porque te presionan para que digas que eres un espía y no un periodista. Yo sabía que si les decía algo al día siguiente me iban a cortar la cabeza. Tuvimos mucha suerte de que nos cogiera Al Qaeda, si hubiera sido el Estado Islámico nos parte por la mitad.

La escritura te salvó de caer en la demencia…

Cuando me separaron de mis compañeros me dieron papel y lápiz. Fue entonces cuando le iba contando a mi hermana lo que me ocurría, no todos los días, pero sí en momentos puntuales. Acordarme de las fechas y escribir era lo único que tenía para no perder el norte, aunque muchas veces estando solo ni me reconocía (resopla con cierto reparo).

“El terrorismo es una agencia de marketing”/ “En 140 caracteres no entra una historia” 2
Entrevista a Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Con varios de tus captores hablas sobre sus motivaciones políticas y la defensa de la sharía. ¿Llegaste a comprender su comportamiento y el trato recibido?

Sí que acabas entendiendo por qué hacen ciertas cosas. Desde Europa a esta gente se les tacha de terroristas. Por ejemplo, Tom me decía que no quería ir a Europa, que lo único que deseaba era quitar a al Assad y vivir libre. Es entonces cuando piensas, ¡pero si mi abuelo hizo lo mismo hace 80 años! Cogió un rifle y se fue a combatir por la República. ¿Es mi abuelo un terrorista?

¿Has vuelto a saber de Usama, el contacto que te traicionó?

Me escribió hace poco pero no me interesa. No quiero saber por qué me vendió. Él dice que también fue víctima del secuestro, pero le pedí que no me escribiera más porque no quería saber nada de él. Me ha decepcionado.

¿Y nunca llegaste a sospechar de él?

Durante un año estuve trabajando el contacto de Usama. Pregunté a gente que conocía sobre el terreno, a compañeros que habían trabajado con él y todos me hablaban muy bien. Yo me fío de lo que dice un compañero porque cuando otros han ido a sitios donde yo he trabajado les he dejado mis contactos y mis traductores. Si un compañero me dice que el chaval es bueno, que habla buen inglés y que tiene buenos contactos, me fío de él.

¿Preguntar sobre el terreno, buscar fuentes, es algo que se ha perdido en el periodismo actual?

Para mí es la única manera de hacer periodismo. Ahora es todo a golpe de tweet y en 140 caracteres no entra una historia.

¿Crees que L.M., el ex militar que se presenta como tu amigo, buscaba reconocimiento?

Buscaba reconocimiento, por supuesto, pero quiero creer que lo hizo de buena voluntad. Él no pensaba que me iba a meter en un problema.

Y no sabes nada de él..

Desde 2016 no he vuelto a tener noticias suyas. Habrá leído las entrevistas y se daría cuenta del lío en el que me ha metido.

“El terrorismo es una agencia de marketing”/ “En 140 caracteres no entra una historia” 3
Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Al inicio del libro describes cómo se te para el reloj de pulsera. Una señal, según indicas, de que las cosas no iban salir bien. ¿Sabías que esta iba a ser tu última vez en Siria?

Sí, yo sabía que nos iban a pillar. Si no era en esta era en la siguiente.Desde 2014 la situación había empeorado y cada vez te vas a arriesgando más. Sin embargo, cuando pasa no lo ves venir, no te lo esperas.

¿Merece la pena pagar para ir a la guerra?

Merece la pena contar la verdad. La guerra del freelance es cada vez más dura porque pagan peor y hay más competencia. Yo he ido a zonas de guerra donde periódicos me han pagado 35 euros a dividir entre el fotógrafo y yo por una crónica en Siria. El problema es que va a peor y el día de mañana nos extinguiremos como los dinosaurios. Por eso secuestran y matan periodistas, porque somos prescindibles.

Hay muchísimos chicos jóvenes que salen de la universidad con una cámara  y se van a Siria sin saber donde se están metiendo. Parte de la culpa tienen las redes sociales. Para nosotros, los free, las redes sociales son nuestro portfolio, nuestro currículum. Es el espacio donde colgamos todas las fotos, los textos y los vídeos. A él accede mucha gente, especialmente aquella que nos tiene como foco y piensa que puede hacer lo mismo.

¿Qué duele más, la culpa propia o las torturas de terceros?

La culpa propia (se queda en silencio varios segundos asimilando lo que acaba de decir). Es lo que más me dolió, porque las torturas las puedes llevar mejor o peor, pero la culpa propia es una losa complicada. Me sentía culpable de haber ido. Me sentía culpable de haberme equivocado con el fixer. Me sentía culpable de haber obligado a llevar a mis amigos a Siria. Me sentía culpable de haber mentido a mi familia, porque les dije que no iba a volver a Siria. Me sentía culpable de muchas cosas. Todavía hoy me siento culpable de algunas.

¿Qué muere de Antonio cuando nace Wail, el nuevo nombre que te asignan tus secuestradores?

Muere todo porque me lo quitaron todo. Te acaban anulando, ese es el objetivo. Cuanto más te aprietan más fácil eres de manejar. Al final del secuestro es cuando encuentro un poco de valor. Era como Alicia detrás del espejo. No sabía lo que era real o no.

¿Ir a la guerra también te convierte en un mercenario?

Sí, pero no solamente la guerra, aquí también hay historias que te pueden convertir en un mercenario. La gente va a la guerra porque es un chute de adrenalina, vanidad, ego. Busca reconocimiento. Lo digo porque he pasado por todas esas etapas. Yo quería reconocimiento, quería destacar, quería ser alguien importante dentro de la profesión y ¿qué es lo que más eco tiene dentro de nuestra profesión? Ser corresponsal de guerra. A mí se me ha reconocido porque me han secuestrado pero si valgo ahora no es por el secuestro, yo era bueno o malo antes.

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Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

¿Cuánto marketing sustenta este tipo de terrorismo?

El terrorismo es una agencia de marketing. Ahora mismo la marca del Estado Islámico pesa mucho más que la de Al Qaeda, y todas las que formaban parte de ella son ahora del Estado Islámico. Boko Haram, por ejemplo. Son los mismos con el mismo ropaje y mismos objetivos: Sembrar terror.

¿Cómo se puede frenar este conflicto y qué papel juegan los distintos organismos internacionales como la ONU?

La gente se echó a manos del Estado Islámico porque no se aguantaban unos a otros. En Mosul los que estaban gobernando eran chiitas, pero el 90% de Mosul son sunitas. Los chiitas masacraban a los sunitas. Ese es el problema. Hay sumisión y hay miedo, pero hay gente que se lo cree y quiere eso a otras cosas. Contra eso no se puede luchar. Es imposible. No hay solución.

No creo en los organismos internacionales porque parte de los que cortan el bacalao son los que te venden las armas. Naciones Unidas es un cáncer y tiene parte de culpa en todo esto. En Sudán del Sur no puedes ir a un campo de refugiados ni un sábado ni un domingo porque los cooperantes están de barbacoa y tienen que  descansar. A la prensa no la dejan entrar en los campos de refugiados. Esto es verídico y me ha pasado. Gervasio Sánchez tiene una frase que me gusta mucho en la que dice que las guerras dejarán de existir en el momento en el que dejen de ser rentables.

Llama la atención que los propios secuestradores dejaran al alcance los cuchillos y nunca les atacarais..

Éramos más en número, teníamos cuchillos y sabíamos dónde estaba el kalashnikov que guardaban, pero para matar hay que valer. Yo no valgo.

¿Crees que el suicidio es un acto valiente?

Visto desde aquí no. Allí, con esas circunstancias, era mi vía de escape. Quitarse la vida nunca es valiente.

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¿Por qué el croissant está en jaque en Francia?

Tal Levy

Foto: Alisa Anton

Es delicioso y para muchos el primer placer de la mañana, tanto que hasta el mundialmente reconocido cardiólogo español Valentín Fuster ha confesado que, más allá de los riesgos para la salud cardiovascular, no concibe otra forma de empezar su día que con un croissant. Da igual que se crea es un invento vienés o que se coma en España o en cualquier lugar del mundo, a todas luces es sinónimo de Francia.

Good morning everyone

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“Cada vez que probáis algo que está tan bueno que sobrepasa la imaginación y decís ‘qué lleva esto’, la respuesta siempre será mantequilla. El día en que un meteorito esté a punto de colisionar con la Tierra y nos queden 30 días de vida voy a pasarlos comiendo mantequilla. Aquí tenéis mi última palabra sobre el tema: nunca es demasiada mantequilla”, se escucha en la película Julie y Julia, protagonizada por Meryl Streep y Amy Adams. Y, de hecho, 25% del croissant es pura y rica mantequilla, esa misma que dejó Julie Powell, en la escena final del filme basado en dos historias reales entretejidas, al pie de la foto de Julia Child para rendir tributo a quien cambió el modo de cocinar en Estados Unidos al difundir la gastronomía francesa y su mejor secreto: mantequilla y más mantequilla.

Pero el encarecimiento en 92% en el último año de este derivado lácteo, debido a la falta de leche en Francia como consecuencia de una baja producción y de una alta demanda de los países asiáticos, especialmente de China, pone en peligro el croissant, al ser hecho en una cuarta parte con este ingrediente, así como de otras exquisiteces de la bollería gala.

Mientras el incremento en el consumo de mantequilla en Asia responde a cambios en los hábitos alimenticios, en las naciones occidentales obedece a los hallazgos que apuntan que este producto, demonizado por años por asociarse a un aumento en el riesgo de enfermedades cardiovasculares, al parecer no es tan malo como los supuestos sustitutos “saludables” vegetales.

Una ola de pánico

Imaginar una estantería de una pâtisserie sin croissants, napolitanas (pain au chocolat) o brioches es tan difícil de vislumbrar como a París sin la Torre Eiffel. Pero la alarma ha sido disparada por la Federación de Empresarios de la Boulangerie (FEB): en un año casi se ha duplicado el precio de la mantequilla, al pasar de 3 a 5,7 euros el kilo.

Lejos de ser una preocupación momentánea, existe el “riesgo de que la mantequilla se agote”, como señaló en The Guardian el secretario general de pasteleros franceses, Fabien Castanier, quien cree que la situación puede empeorar porque “la industria está bajo una presión insostenible”.

El 1 de abril de 2015 marcó un punto de inflexión, cuando después de 30 años de restricciones la Unión Europea puso fin a las cuotas de producción lácteas, dejándola al arbitrio de la ley de la oferta y la demanda.

Armelle Favre, responsable de comunicación de la FEB, ha destacado que el problema se ha agravado pues se ha privilegiado el uso de la leche para la elaboración de crema y queso, según reporta Le Figaro.

“El precio de la mantequilla, ciertamente fluctuante, nunca había alcanzado tales niveles. La escasez de mantequilla se presenta como una amenaza real hacia finales de año y podría generar una ola de pánico en los mercados”, ha escrito Matthieu Labbé, director general de la FEB, en un comunicado divulgado en la web de la organización.

Labbé ha puntualizado las dos grandes prioridades ante el alza del precio de la mantequilla: evitar el hundimiento de los márgenes de ganancia de los panaderos y asegurar el suministro de materia prima en el corto y mediano plazo para impedir la paralización de las líneas de producción.

¿Por qué el cruasán está en jaque en Francia? 2
Croissants recién horneados | Foto: Olia Gozha

Con las manos en la masa

Curiosamente, se dice que los orígenes del croissant se remontan a otra alarma, muy distinta, dada esta por los panaderos vieneses allá por 1683. Al trabajar de noche, pillaron a los turcos, digamos, con las manos en la masa: excavando túneles para realizar un ataque sorpresa. Este pudo ser frustrado por tropas del Imperio Austrohúngaro y el emperador Leopoldo I en agradecimiento permitió a los panaderos portar espadas en el cinto, privilegio de militares y autoridades. Ellos, por su parte, para saborear el triunfo sobre el Imperio Otomano, crearon un pastel conmemorativo en forma de media luna, símbolo del islam, que marcó el fin del asedio turco a la capital centroeuropea.

Casi un siglo más tarde, las remembranzas de los gustos de su natal Austria hicieron, según cuenta otra leyenda, que la reina María Antonieta introdujera los llamados kipferl vieneses en Francia, donde serían bautizados con la denominación gala de croissants.

Sin embargo, este relato sería disputado por el de un soldado, como ella también austríaco, convertido en hombre de negocios al fundar, no se sabe con exactitud si en 1838 o 1839, la Boulangerie Viennoise en plena calle de Richelieu, cerca de la Biblioteca Nacional de París. Desde entonces, el nombre de August Zang estaría asociado al del croissant.

Para el historiador en el área gastronómica Alan Davidson, muchas son las referencias al croissant que se pueden rastrear en las postrimerías del siglo XIX y la primera receta hallada data de 1906. Esto le llevó a concluir que “su desarrollo en un símbolo nacional de Francia es una historia del siglo XX”, según se lee en el libro August Zang and the french croissant. How Viennoiserie came to France, de Jim Chevallier.

Mientras hoy día miles de pastelerías intentan día y noche trabajar por conservar esta tradición profundamente arraigada al paladar, el futuro del croissant, o quizá debiéramos decir más bien su precio, así como el de otras delicias a base de mantequilla, luce un tanto incierto como su origen.

“La mantequilla representa alrededor del 75% del costo de los ingredientes de un croissant, así que el precio de la mantequilla sí hace diferencia”, ha dicho el panadero francés François Brault en entrevista concedida a la emisora estadounidense NPR.

En torno a la alerta lanzada por sus colegas, explica que están preocupados porque en Francia los consumidores son muy sensibles al precio del croissant y este puede terminar aumentando. “Si usted debe ir incrementando los precios, es mejor comunicarlo bien. De lo contrario, los clientes pensarán que usted se está aprovechando de ellos”, ha comentado desde su panadería parisina Panifica.

Si bien Brault reconoce que este hojaldre en forma de media luna también pudiera hacerse con margarina, “realmente la mantequilla es el rey”. Por lo pronto, aún está por verse en qué se traducirá este jaque.

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