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Francia: una elección y 5 candidatos

Karem Pirela

Foto: CHRISTIAN HARTMANN
Reuters

Abril de 2017 se encuentra con una Francia convulsionada por el terrorismo que ha decidido instalar abiertamente sus amenazas desde enero del 2015 con el ataque al semanario Charlie Hebdo, y que luego del atentado de ayer demuestra que no tiene planes de acabar pronto. Con las elecciones presidenciales en ciernes, el panorama es un tanto incierto para la mayoría de los franceses, sobre todo cuando los candidatos son catalogados de extremistas o tibios, unos enfrentan investigaciones por posibles casos de desvío de fondos y otros desean crear alianzas con la revolución bolivariana en América Latina.

Las elecciones galas cuentan con dos vueltas: la primera se celebra este domingo 23 de abril con la participarán 11 candidatos distribuidos entre la izquierda, la derecha y el centro; la segunda vuelta, el 7 de mayo, enfrentará a los dos que hayan recibido más votos, ya que se descarta que alguno de los presidenciables logre la mayoría absoluta (más de la mitad) de los votos emitidos necesaria para evitar esa segunda vuelta. Durante semanas se han realizando encuestas que han situado como ganadores a casi todos los candidatos, pero hay una persona que siempre aparece entre los vencedores de la primera vuelta, la candidata del partido de extrema derecha, Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, y una de las principales propulsoras de Frexit, la salida de Francia de la Unión Europea.

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Manifestaciones en contra de la campaña de Marine LePen este 19 de abril en las calles de Paris. | Foto: Philippe Laurenson / Reuters.

Desde los años 80 el Frente Nacional ha sido parte de la vida política del país y ha intentado ubicarse como el favorito de las clases media y alta; con la caída del muro de Berlín y la desaparición de los regímenes comunistas en Europa el discurso cambió, el partido dio un giro para orientar su búsqueda de adeptos entre la clase obrera y los desempleados, un objetivo que han logrado alcanzar con un esfuerzo constante que en los últimos 40 años le ha ganado un 40% de apoyo entre los electores, según explica el sociólogo y profesor de la Universidad Sorbonne París 3, Frederic Farah.

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Foto: Karem Pirela / The Objective.

En el lado contrario está el candidato de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, quien no solo propone abandonar los tratados realizados con Europa conducidos por lo que él denomina en su programa de gobierno “obsesiones ideológicas” de la UE y Alemania, sino que a través de su programa “la Francia insumisa” llama a recuperar la soberanía del país y a crear la sexta república, gracias a un cambio de Constitución que aboliría la monarquía presidencial y otorgaría nuevamente el poder al pueblo; propone también realizar la transición ecológica, cambiar los métodos de producción y acabar con el uso de la energía nuclear, todo esto de la mano de una revolución ciudadana, donde todos y cada uno de los franceses y extranjeros que habitan en el país deberán trabajar en pro de este cambio.

Un poco menos a la izquierda, pero sin acercarse al centro está Benoît Hamon, candidato del partido socialista, a quien la suerte no lo acompaña en las encuestas, incluso en la región de Bretaña – de donde es oriundo – no cuenta con una gran popularidad. El diario francés de izquierda, Libération, afirma que Hamon se convirtió en el candidato de los socialistas gracias al apoyo que le prestaron las zonas aledañas a París (banlieu), pero durante su campaña los dejó un poco de lado, lo que consideran ha impactado negativamente en su popularidad, colocándolo en el quinto lugar. Quizá Hamon no sea quien logre hacer latir el corazón de Francia.

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Foto: Karem Pirela / The Objective.

Uno de los candidatos más polémicos ha sido el representante de Los Republicanos (derecha), François Fillon, quien desde el 24 de febrero se enfrenta al sistema judicial por la investigación de puestos de trabajo ficticios en los que se supone estaban contratados su esposa, Penélope, y sus dos hijos. En cuanto se hizo pública esta información en el 2016 el candidato expresó que se retiraría de la contienda electoral si era formalmente investigado, pues no se consideraría moralmente capaz de dirigir al país; llegado el momento en el que la imputación se formalizó, Fillon no se retiró, lo mismo ocurrió con el apoyo de los adeptos de la derecha.

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Macron: “el heredero”. | Foto: Karem Pirela / The Objective.

El candidato más joven es Emmanuel Macron (39), ex ministro de Economía de François Hollande entre el 2014 y el 2016; creó su propio movimiento En marcha! y su programa de gobierno mezcla ideas consideradas de izquierda y otras de derecha, pero él prefiere no ser llamado “centrista”; por eso sus contendientes con frecuencia afirman que Macron siempre está de acuerdo con todo. Su programa está a favor de la apertura de Francia y la implantación de nuevas ideas a través de una nueva generación. Sus detractores comparan sus promesas electorales con las realizadas por Hollande para las elecciones del 2012.

En los últimos días los sondeos están aún más cerrados, Ipsos coloca en los primeros puestos a Marine Le Pen, Emmanuel Macron y Jean-Luc Mélenchon.  A pocas horas de que comiencen las elecciones son muchas las dudas por parte de los ciudadanos, mientras los candidatos que han suspendido las campañas en vista del atentado del jueves 20 de abril, verán si las últimas estrategias que les habrán permitido captar la atención de ese 44% que aún no está convencido de ir a votar este 23 de abril. Las principales ciudades de Francia han sido protagonistas de grandes encuentros con los electores y se han sumado recorridos más íntimos para estar en contacto directo con la gente, pero no será sino hasta este domingo cuando los franceses se encuentren frente a las papeletas y el destino de Francia – y quizá el de la Unión Europea – empiece a ser redefinido.

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Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada

Romhy Cubas

Foto: Ernest Pignon
Ernest Pignon

Antes de ser maldito fue Jean Nicolás Rimbaud a secas, un francés de Charleville-Mézières, que soñaba con ser poeta y cuya facilidad para desahogarse en un ritmo acelerado de palabras y metáforas se sucede desde la adolescencia. El adjetivo de “poeta maldito” se lo colocó otro poeta fascinado por los infortunios de sus colegas. Paul Verlaine publica en 1884 el primer perfil dedicado a Rimbaud –y a otros cinco poetas- en Los poetas malditos de Saftsack ( Les Poètes maudits de Sáftsàck).

Verlaine fue también su más ferviente fanático y defensor. Sus palabras evidencian una adoración que ha continuado durante siglos. “En ninguna parte, en literatura alguna, hemos hallado algo tan tierno y tan bravío a la vez, tan amablemente caricaturesco y cordial, tan bueno como el raudal franco, sonoro, magistral (…)”, escribe en el ensayo de Saftsack.

Pero la fascinación con el joven de “despeinados cabellos color castaño claro y los ojos de un azul pálido inquietante” comenzó muchos antes, cuando con quince años ya publica líneas, rimas y pequeños poemas que lo llevan a codearse con los intelectuales de París.  Todo esto es bibliografía repetida, Rimbaud fue joven y precoz, entre los 15 y 19 años escribió su obra completa, a los 19 abandonó la literatura para viajar por Europa y sentir el “aire marino quemar sus pulmones”. Dejó la pluma que lo hizo inmortal para vivir, sufrir y convertirse en un alquimista de las palabras. A los 20 años buscaba la perfección de la poesía en la lejanía con la misma. Transitó de poeta a traficante de armas, perdió su pierna derecha por un carcinoma y murió en Marsella seis meses después a los 37 años.  

Cartas del vidente, Una temporada en el infierno e Iluminaciones son sus trabajos cumbres y aquellos que le merecieron la admiración y envidia de escritores, músicos, actores y sin fin de generaciones. Pero ese relámpago que cubrió su carrera como poeta adolescente y luego como nómada “alquimista” fue el principio de una adoración casi enfermiza hacia su figura. De una devoción por su técnica, arrogancia y agresividad; por sus versos inundados de precisión e insolencia sin censuras literarias y de humor franco. Desde el escritor William Burroughs hasta el músico Leonard Cohen o la cantante Patti Smith, las odas a Rimbaud rodean los continentes con versos inspirados en su juventud maldita y sus versos precozmente iluminados.

Estas son algunas de las figuras que se aferran al tiempo de Rimbaud para encontrarse en su irreverencia:  

Stéphane Mallarmé: el poeta francés, que compartió espacios temporales con Rimbaud, escribe en una carta sus impresiones hacia el personaje, y atina en su crítica hacia el fanatismo por el “niño demasiado precoz e impetuosamente tocado por el ala literaria que, antes casi de existir, agotó tempestuosas y magistrales fatalidades, sin recurrir a un futuro. (…)

Mallarmé narra cómo el nombre de Rimbaud se mecía en las veladas en Francia entre curiosos y admiradores

“Quién es, el personaje, se pregunta, que por lo menos, con los libros Une Saison en EnferIlluminations y sus Poèmes otrora publicados en conjunto, ejerce sobre los acontecimientos poéticos recientes una influencia tan particular que, hecha esta alusión, por ejemplo, uno se calla, enigmáticamente, y reflexiona, como si mucho silencio, a la vez, y una ensoñación se impusiera o una admiración inconclusa.”

Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada 3
John Ashbery | Imagen vía: The New Republic Giovanni Giovannetti / Courtesy Effigie

John Ashbery: el gran poeta americano del siglo XX, ganador del Premio Pulitzer y del National Book Award, realizó la traducción de una de las obras más emblemáticas de Rimbaud, “Iluminaciones”. A su ritmo cambia algunas palabras e inclusive moderniza sus líneas para crear a un Rimbaud más melódico.

Realeza

“Una hermosa mañana, en el país de gente muy amable, un hombre y una mujer magníficos gritaban en la plaza pública. “¡Amigos míos, quiero que ella sea una reina!” “¡Quiero ser una reina!”. Ella reía y temblaba. Él hablaba a sus amigos de revelación, de pruebas terminadas. Desfallecían el uno junto al otro.
De hecho fueron regentes durante toda una mañana en que los estandartes carmesíes se alzaron sobre las casas, y durante el resto de la tarde, mientras avanzaron hacia los palmares.”

Antonio Nazarro: el escritor y mediador cultural italiano le dedica a Rimbaud un poema de despedida recordando a su vez a poetas y artistas que también se resguardaron  en las palabras del adolescente francés.

He dejado a Rimbaud

“He dejado a Rimbaud en el baño
y el viejo Walt mantiene la ventana abierta
doblada como una flor entre el borde y el marco
la barba de Allen se entrevé bajo la ceniza
de cigarros mahometanos y angélicos
Ezra escondido por las manchas
círculos de tazas en la mesa con pierpaolo
mientras Dylan se oculta entre macetas y la verde leche
me prendo un cigarro solo como siempre”

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Retrato de William Burroughs en Londres, 1988 | Imagen vía: The Irish Post

William Burroughs: el escritor estadounidense vuelve a Rimbaud para revivir agonías y líricas intermedias. Al poeta le grita su lugar en el mundo, uno en donde Rimbaud tiene su propia parcela personal.

“Shakespeare y Rimbaud viven en sus palabras. Recorta las líneas de palabras y escuchará sus voces. A menudo, los recortes emergen como mensajes codificados con significado especial para el recortador. ¿Golpes sobre la mesa? Tal vez. Por cierto, se trata de una mejora de las habituales y deplorables actuaciones de poetas contactados a través de un médium. Rimbaud se anuncia, y lo que surge después es una agónica y pésima poesía. Si recortas las palabras de Rimbaud te asegurarás al menos buena poesía, si no una aparición personal”

René Char: otro de los máximos poetas franceses, partícipe de la segunda generación surrealista en Europa, le canta a las decisiones extremistas de Rimbaud,  a su juventud y a su ruptura con el mundo de la poesía para encontrar la perfección de las palabras en el mar.

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud!

“¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Tus dieciocho años refractarios a la amistad, a la malevolencia, a la estupidez de los poetas de París, así como al ronroneo de abeja estéril de tu familia ardenesa un poco loca; hiciste bien en lanzarlos lejos de ti, meterlos bajo la cuchilla de tu guillotina precoz. Tuviste razón de cambiar el boulevard de los holgazanes, el cafetín de los mea-liras, por el infierno de las bestias, el comercio de los astutos y los buenos días de los simples.

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Nosotros somos algunos que creemos, sin pruebas, que la felicidad es posible contigo.”

Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada 1
Ezra Pound | Imagen vía: The Poetry Foundation Archivo de Cameraphoto Epoche/Getty Images

Ezra Pound: el escritor estadounidense asegura que la lectura de Rimbaud es clave para “entender lo que fue inventado después de 1830”. El poeta llega el extremo de afirmar que nada hay después de Rimbaud y su promesa de alquimia:

“Lo que Rimbaud alcanzó por intuición (genio) en algunos poemas, creado a través de (¿tal vez?) una estética consciente —  Por todo lo que sé, estoy armando una estética más o menos sistemática — Y podría tomar ciertos poemas de Rimbaud como ejemplo.
Y lo cierto es que, más allá de algunos métodos de expresión, el desarrollo de la técnica poética desde 1830—hasta mí, se realizó en Francia. Desde Rimbaud, ningún poeta en Francia ha inventado nada fundamental”

Mario Licón Cabrera: el poeta mexicano, Premio Literario Trilce en la categoría de poesía 2015, le dedica una postal a Rimbaud y a las luces y sombres de su poesía que se perciben todavía en la ciudad natal del francés.

Postal para Rimbaud

Ciertamente
Charleville no fue ni será ciudad
para un poeta
…del grandor tuyo.
Ahora que veo tu sombra entre los arcos
de la Place Ducale, tu sombra
reflejada desde la ventana de tu cuarto
sobre la tranquila corriente de La Meuse.
Ahora que veo tu sombra
…tu luminosa sombra
incitando al viaje a tu abrigo y tu valija
ahora entiendo mejor
aquella carta tuya
…del 2 de Noviembre de 1870.

Charleville, Noviembre 1991.

Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada 4
Retrato de Patti Smith | Imagen vía: IndiePost

Patti Smith: la cantante reconoce su obsesión con Rimbaud desde la adolescencia; sus sueños con el escritor y el confort de un amor imposible que se aprendía de memoria a través de sus poemas. La cantautora, primero periodista y antes de eso poeta, le dedica a la memoria del francés versos que retumban en su usual irreverencia y franqueza.

“Como tú me salvaste

de las manos del tiempo.

Envolviendo mi corazón.

Los poemas encontrados

en el banco de la estación.

Fui obstinada soñando

con la fuga.

Palabras que no

comprendía.

Pero que descifré con sangre

iluminada…adolescencia.

Escribí con tu imagen

encima de mi escritorio.

Jurando que algún día

rastrearía tus pasos”

Rimbaud, el enfant terrible que conoció la adoración y el infierno de los escritores en la adolescencia, sigue merodeando en la memoria de los lectores como un dios superdotado, un ángel arrogante y diestro de versos. Genio o no, la lista de dedicatorias y odas hacia su “filosofía” es extensa. Paul Verlaine lo bautizó como un poeta maldito, y desde entonces los literatos que acuden a la obra de Rimbaud buscan con ansias esos infiernos a los que emigra en sus poemas y composiciones.

“Yo debería tener un infierno para mi cólera, un infierno para mi orgullo, y el infierno de las caricias; un concierto de infiernos”.
Arthur Rimbaud

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Hacia dónde va el procés

Aurora Nacarino-Brabo

En su columna de hoy Aurora Nacarino-Brabo habla de la situación de la coalición independentista en un momento en el que parece que desescalar la tensión parece difícil.

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Ser español es respirar

José Antonio Montano

Foto: ANDREW WINNING
Reuters

La nación no es una metafísica, sino un resultado histórico. Depende del momento. Y desde 1978 ser español es respirar, porque no es nada, no implica contenidos ni un modo determinado de comportarse. Ser español hoy no es un ser, sino un tener: tener una ciudadanía. Democrática y europea. O un ser vacío, estructural: ser ciudadano.

La metafísica de las naciones –como dijo Nietzsche respecto a otra– es una metafísica del verdugo. O del carcelero. O del opresor: literalmente del opresor. El que oprime los pulmones y tapa la boca con su melaza. El que asfixia.

Ser español fue también asfixiante en el franquismo, porque entonces sí se exigían contenidos y adhesiones y una forma determinada de comportarse, y había una imposición sentimental y mangoneo y énfasis. Lo que ocurre ahora con el nacionalismo catalán, nuestro franquismo realmente existente. Un franquismo no del deshilachado final, sino de la primera época: muy falangistizado.

El nacionalismo español es hoy, por fortuna, irrelevante. Pero es una bestia el nacionalismo y a veces se le ve asomar: como cuando se echó encima de Fernando Trueba por decir que no se sentía español. El ideal es poder decirlo y que no pase nada. Y en realidad, en la vida cotidiana, salvo esas explosioncillas molestas pero con pocas consecuencias, no pasa nada. Esto es lo relevante.

Ser español hoy es lo que vi el domingo pasado en Barcelona. Estuve en la manifestación con amigos barceloneses. Ellos veían (y algunos llevaban) las banderas españolas como puro aire fresco. Verlas en sus calles era para ellos ver recuperadas sus calles. No “para España”, sino para la ciudadanía. Lo único que ellos querían, su anhelo, era que el nacionalismo les dejase en paz. Que la ciudad no fuese de unos pocos, sino de todos. Eso es allí ser español.

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Por un nuevo patriotismo español

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: JON NAZCA
Reuters

Cada vez que asisto a algún congreso de filosofía política en Estados Unidos y llega el momento de tomar un tentempié entre conferencia y conferencia, me invaden dos certidumbres. La primera, que el café que nos ofrezcan estará bastante malo. La segunda, que otros profesores me preguntarán a qué me dedico. Yo entonces contestaré que, entre otros, a analizar las diferencias entre patriotismo y nacionalismo. Mi interlocutor me inquirirá entonces amablemente si no son diferencias evidentes. Y yo deberé aclararle, algo azorado, que en España no.

En efecto, sorprende aquí la cantidad de personas informadas que reputan nacionalismo y patriotismo como básicamente la misma cosa: sentir grandes emociones amorosas (y quizá algo cursis) hacia tu propio país. Para toda esa gente carece de sentido, pues, una estupenda cita que recogió Albert Camus: “Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista”. Es una frase que les resulta absurda: ¿no es el nacionalismo justo ese desbocado amor?

La verdad es que no. Sentir afecto hacia los tuyos es algo que el ser humano ha experimentado siempre, mientras que el nacionalismo es una doctrina relativamente nueva. No hay autor alguno que la defienda antes de la llegada de filósofos como J. G. Fichte o J. G. Herder a nuestro panorama intelectual: es decir, no lo hay antes de finales del siglo XVIII, principios del XIX.

Sus dos tesis principales son sencillas de formular. La primera, que la humanidad se halla dividida en diversos “pueblos” o “etnias”. La segunda, que la división política del mundo debe coincidir con esa otra división previa. Cada comunidad política (preferiblemente, cada Estado) debe coincidir con una comunidad étnica preexistente, un pueblo que posee una identidad común. Si gente con la misma lengua no tiene aún un Estado propio, o al menos un autogobierno propio con amplios poderes, habrá de luchar por lograrlos. Cada “pueblo” debe abstenerse de mezclarse con otros y debe gobernarse a sí mismo. (Los nacionalistas tienen siempre un puntito puritano). Si gente que vive en un mismo territorio no tiene la misma identidad cultural, sino varias, habrá que “nacionalizarles” (dado que la otra opción, expulsar a los raritos, está hoy mal vista). Esto es, habrá de conseguirse (con la educación, con los medios de comunicación) que acaben compartiendo una misma cultura: españolizándolos, catalanizándolos, italianizándolos, americanizándolos.

Esto es lo que quiere un nacionalista español para España, esto es lo que quiere un nacionalista catalán para Cataluña. Y este es el motivo por el que, pese al histerismo con que nos azota, el nacionalismo se lleva mal con los tiempos contemporáneos: hoy más que nunca nuestras identidades se entremezclan y comparten ciudades, bibliotecas, internet, la UE. El nacionalismo se lleva mal con la realidad.

Ahora bien, si el nacionalismo es una doctrina política, no un mero sentimiento amoroso, ¿es en ese apasionamiento hacia tu propio país en lo que consiste el patriotismo, al menos? Tampoco. Ser patriota no es cosa de sentimientos, y menos aún de sentimentalismos. Obras son amores y no buenas razones. El patriotismo se demuestra no por el ritmo de tus palpitaciones cardiacas ante un himno, sino en la medida en que te comprometes en ayudar a tu país. Al igual que ser buen hijo se demuestra en cómo tratas a tus padres, y no en cuántos poemas de amor encendido les dediques, ser buen patriota se percibe en qué haces por tus conciudadanos, no en los golpes de pecho que te inflijas mientras musitas el nombre de tu nación.

Por eso el patriotismo no es un sentimiento, sino una virtud. La virtud de cumplir con tus obligaciones hacia tus connacionales. Sentir afecto hacia ellos probablemente te ayudará (igual que ayuda en la relación con tus padres); pero en último término no son esas emociones lo esencial. Por mucho que le cueste a nuestra época, plagada de sentimentalismo, admitirlo.

De este modo podemos entender mucho mejor la frase de Camus. Cuando afirma que ama demasiado a su país como para caer en el nacionalismo, solo nos dice que si queremos de veras servir a nuestros conciudadanos no les obligaremos a compartir una misma identidad. Es una frase que nos invita a ser patriotas, pero no nacionalistas, precisamente porque indica que el nacionalismo perjudica a tu patria, a los tuyos, a aquellos hacia los que te ligan ciertas obligaciones especiales.

Llegados a este punto, siempre surge la pregunta típica de alguien que se considera ciudadano del mundo, no de una u otra nación, e inquiere: pero ¿por qué voy a tener ciertas obligaciones especiales hacia mis connacionales que no tengo hacia el resto de la humanidad? ¿Por qué debo comprometerme más con un español como yo que con un zimbabuense o un japonés? ¿No somos todos humanos y merecedores de igual consideración? ¡Viva la gente, la hay donde quiera que vas! ¡Viva la gente, es lo que nos gusta más!

Es sencillo, empero, responder a estas dudas. Podemos perfectamente admitir que, en efecto, todos los seres humanos tenemos una misma dignidad, sin que ello implique que tengamos las mismas obligaciones hacia todos. Mi vecina del quinto tiene la misma dignidad que usted, amigo lector (¡y eso que ella no me lee!). Pero si yo ensucio el portal de mi casa eso no le afectará a usted, aunque sí a ella. De igual modo, la dañaré mucho más que a usted si no pago las cuotas de mi comunidad de vecinos. Dicho de otra forma: existen vínculos que ya tengo de hecho con mi vecina, pero no con usted. Y esos vínculos especiales implican obligaciones especiales. Incluso el mero hecho de caminar al lado de un viandante desconocido que tropieza y cae al suelo ya crea hacia él un deber especial mío (el de ayudarle a levantarse), que no tengo hacia las personas que se tropiecen, o tengan experiencias aún peores, en estos mismos momentos en Reikiavik.

Una patria es eso, un conjunto de vínculos, una trama de relaciones. Esas relaciones conllevan automáticamente ciertos deberes que no existen con aquellos con los que tengo menos o escasa ligazón. Por supuesto, puedo empezar a entablar relaciones con otras personas, pero de momento negar las que tengo es solo un modo de escabullirme de mis obligaciones para con ellas. Y esta idea de que las relaciones con otros humanos creen obligaciones especiales no es extraña: todos vemos lógico que también los amigos posean obligaciones especiales hacia sus amigos; que los que van en un mismo barco cuiden entre todos de su barco; y que los padres tengan obligaciones hacia sus hijos que no tienen hacia el resto de niños del mundo. En un capítulo de la serie de televisión House un paciente afirma que no ve motivos para cuidar de modo especial a su crío, habiendo como hay en la Tierra tantas otras personitas que necesitan también el cuidado de un mayor. El doctor House acaba descubriendo que una parte del cuerpo de ese hombre le está fallando, pero de no ser así sospecharíamos que su ética tampoco marcha del todo bien.

España vive momentos duros. Nos azota el nacionalismo que durante décadas hemos dejado florecer en varios de nuestros rincones. A veces hemos tenido miedo de combatir ese nacionalismo separatista con patriotismo español, como si eso fuera ponernos a su misma altura, como si el único modo de no ser nacionalista residiera en ser ciudadano de la humanidad, o invocar la mera legalidad; como si fomentar el patriotismo equivaliera a promover (otro) nacionalismo. Con el agua sucia nacionalista hemos arrojado al niño de la virtud patriótica.

Esa estrategia, hoy no cuesta mucho trabajo constatarlo, ha sido un error.

Pero podemos explorar la idea de un nuevo patriotismo español. Un patriotismo que no ha de ser nacionalista, aunque sí combatir todo nacionalismo. En la histórica manifestación barcelonesa del pasado 8 de octubre creí detectarlo: ese patriotismo que no busca imponer identidades (escuché hablar español, catalán, incluso gallego, mientras un amigo ruso-asturiano me animaba por Twitter), sino que persigue salvar los vínculos que, pese a quien pese, aún hoy nos ligan. Ese patriotismo que puede darnos energías para afrontar juntos los desafíos que el siglo XXI plantea a toda la humanidad, dado que nos pillarán a todos juntos, y que son retos que hoy, por culpa de las tretas nacionalistas, tenemos descuidados. Un patriotismo, en suma, que aproveche la inmensa herencia de nuestros mayores y que luche por nuestros hijos y nietos. Porque estos no son ni más ni menos valiosos que los descendientes de otros grupos humanos; pero es a ellos a los que más afectará lo que acabemos haciendo, haciéndonos, haciéndoles.

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