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Francia: una elección y 5 candidatos

Karem Pirela

Foto: CHRISTIAN HARTMANN
Reuters

Abril de 2017 se encuentra con una Francia convulsionada por el terrorismo que ha decidido instalar abiertamente sus amenazas desde enero del 2015 con el ataque al semanario Charlie Hebdo, y que luego del atentado de ayer demuestra que no tiene planes de acabar pronto. Con las elecciones presidenciales en ciernes, el panorama es un tanto incierto para la mayoría de los franceses, sobre todo cuando los candidatos son catalogados de extremistas o tibios, unos enfrentan investigaciones por posibles casos de desvío de fondos y otros desean crear alianzas con la revolución bolivariana en América Latina.

Las elecciones galas cuentan con dos vueltas: la primera se celebra este domingo 23 de abril con la participarán 11 candidatos distribuidos entre la izquierda, la derecha y el centro; la segunda vuelta, el 7 de mayo, enfrentará a los dos que hayan recibido más votos, ya que se descarta que alguno de los presidenciables logre la mayoría absoluta (más de la mitad) de los votos emitidos necesaria para evitar esa segunda vuelta. Durante semanas se han realizando encuestas que han situado como ganadores a casi todos los candidatos, pero hay una persona que siempre aparece entre los vencedores de la primera vuelta, la candidata del partido de extrema derecha, Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, y una de las principales propulsoras de Frexit, la salida de Francia de la Unión Europea.

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Manifestaciones en contra de la campaña de Marine LePen este 19 de abril en las calles de Paris. | Foto: Philippe Laurenson / Reuters.

Desde los años 80 el Frente Nacional ha sido parte de la vida política del país y ha intentado ubicarse como el favorito de las clases media y alta; con la caída del muro de Berlín y la desaparición de los regímenes comunistas en Europa el discurso cambió, el partido dio un giro para orientar su búsqueda de adeptos entre la clase obrera y los desempleados, un objetivo que han logrado alcanzar con un esfuerzo constante que en los últimos 40 años le ha ganado un 40% de apoyo entre los electores, según explica el sociólogo y profesor de la Universidad Sorbonne París 3, Frederic Farah.

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Foto: Karem Pirela / The Objective.

En el lado contrario está el candidato de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, quien no solo propone abandonar los tratados realizados con Europa conducidos por lo que él denomina en su programa de gobierno “obsesiones ideológicas” de la UE y Alemania, sino que a través de su programa “la Francia insumisa” llama a recuperar la soberanía del país y a crear la sexta república, gracias a un cambio de Constitución que aboliría la monarquía presidencial y otorgaría nuevamente el poder al pueblo; propone también realizar la transición ecológica, cambiar los métodos de producción y acabar con el uso de la energía nuclear, todo esto de la mano de una revolución ciudadana, donde todos y cada uno de los franceses y extranjeros que habitan en el país deberán trabajar en pro de este cambio.

Un poco menos a la izquierda, pero sin acercarse al centro está Benoît Hamon, candidato del partido socialista, a quien la suerte no lo acompaña en las encuestas, incluso en la región de Bretaña – de donde es oriundo – no cuenta con una gran popularidad. El diario francés de izquierda, Libération, afirma que Hamon se convirtió en el candidato de los socialistas gracias al apoyo que le prestaron las zonas aledañas a París (banlieu), pero durante su campaña los dejó un poco de lado, lo que consideran ha impactado negativamente en su popularidad, colocándolo en el quinto lugar. Quizá Hamon no sea quien logre hacer latir el corazón de Francia.

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Foto: Karem Pirela / The Objective.

Uno de los candidatos más polémicos ha sido el representante de Los Republicanos (derecha), François Fillon, quien desde el 24 de febrero se enfrenta al sistema judicial por la investigación de puestos de trabajo ficticios en los que se supone estaban contratados su esposa, Penélope, y sus dos hijos. En cuanto se hizo pública esta información en el 2016 el candidato expresó que se retiraría de la contienda electoral si era formalmente investigado, pues no se consideraría moralmente capaz de dirigir al país; llegado el momento en el que la imputación se formalizó, Fillon no se retiró, lo mismo ocurrió con el apoyo de los adeptos de la derecha.

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Macron: “el heredero”. | Foto: Karem Pirela / The Objective.

El candidato más joven es Emmanuel Macron (39), ex ministro de Economía de François Hollande entre el 2014 y el 2016; creó su propio movimiento En marcha! y su programa de gobierno mezcla ideas consideradas de izquierda y otras de derecha, pero él prefiere no ser llamado “centrista”; por eso sus contendientes con frecuencia afirman que Macron siempre está de acuerdo con todo. Su programa está a favor de la apertura de Francia y la implantación de nuevas ideas a través de una nueva generación. Sus detractores comparan sus promesas electorales con las realizadas por Hollande para las elecciones del 2012.

En los últimos días los sondeos están aún más cerrados, Ipsos coloca en los primeros puestos a Marine Le Pen, Emmanuel Macron y Jean-Luc Mélenchon.  A pocas horas de que comiencen las elecciones son muchas las dudas por parte de los ciudadanos, mientras los candidatos que han suspendido las campañas en vista del atentado del jueves 20 de abril, verán si las últimas estrategias que les habrán permitido captar la atención de ese 44% que aún no está convencido de ir a votar este 23 de abril. Las principales ciudades de Francia han sido protagonistas de grandes encuentros con los electores y se han sumado recorridos más íntimos para estar en contacto directo con la gente, pero no será sino hasta este domingo cuando los franceses se encuentren frente a las papeletas y el destino de Francia – y quizá el de la Unión Europea – empiece a ser redefinido.

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Otro 18 de julio, qué hastío

Víctor de la Serna

Foto: SARIS
AP Photo/Archivo

Hemos pasado otro 18 de julio y de nuevo, como sucede sobre todo desde la Ley de Memoria Histórica, la explotación política del aniversario del alzamiento franquista ha vuelto a reinar, con toques siempre novedosos, como esos carteles separatistas con la cara del dictador que han poblado de repente Barcelona. La búsqueda de criminales y genocidas -ahora tienen a Rodolfo Martín Villa de inexplicable pim-pam-pum- prosigue 81 años después de aquel día y 42 desde la muerte de Franco. Cuando todos los demás protagonistas han muerto o están en la cuarta edad.

Sólo en un país desquiciado, en el que las fuerzas moderadas que hicieron la Transición prefirieron que se perdieran en el olvido los valores de aquella etapa que rescató a España de los horrores de su siglo XX, es comprensible la deriva penosa del último decenio. Penosa y sin sentido.

Yo ya estoy muy cascado y cansado de todo esto, pero al menos seguiré repitiendo a los -incrédulos- jóvenes que me quieran oír que todo eso es manipulación, que el primer régimen legítimo y democráticamente refrendado que hemos conocido en este país desde el golpe de Estado del general Primo de Rivera en 1923 es el actual, construido por hombres y mujeres de buena voluntad a partir de las Cortes Constituyentes, y que lo que se necesita frente a lo anterior son enseñanza, análisis, historiadores y reflexión nacional para evitar recaídas. Como la que se está ya confirmando en el nordeste.

Que quede bien claro: por fraude electoral generalizado en 1931 y 1936 y por golpes de Estado exitosos o fallidos en 1923, 1934, 1936 y 1981, los demás episodios de cambio no democrático y legal en el poder deben ser condenados por igual y, sobre todo, deben ser conocidos por el conjunto de la ciudadanía en toda su dimensión. Y deben ser estudiados, de verdad, en los institutos y las universidades. El resto sobra.

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Teresa Cremisi: una editora por antonomasia

Anna Maria Iglesia

Foto: Teresa Cremisi
Teresa Cremisi

Philippe Sollers la definió como la “primera ministra de las letras francesas” y no se equivocaba. Teresa Cremisi es una de las editoras más influyentes de Francia: tras trabajar en Garzanti, dio el salto y viajó hasta París para ponerse al frente de Gallimard, donde fue directora editorial y, años después, de Flammarion. En 2016, publicaba su primera novela La Triunfante (Anagrama) y dejaba la dirección editorial de Flammarion, si bien hoy sigue editando a algunos de sus autores, entre los que destaca el nombre de Houellebecq. Invitada por el Foro Edita celebrado en Barcelona, Cremisi hace hincapié en la necesidad de que, desde la política, se reconozca la importancia del mundo editorial y se proteja el mercado de los libros. “En Francia, la figura del editor es muy respetada, principalmente, porque es una figura reconocible y tiene la responsabilidad de definir el escenario cultural del país”.

Este reconocimiento del editor se hace más que evidente cuando, como usted contaba en una entrevista para Il corriere della Sera, el ministro de cultura francés la llama con frecuencia y está atento de sus opiniones.

Sí, esto de que el ministro llame y se interese por lo que se publica o por lo que yo, como editora de Gallimard o de Flammarion, pueda opinar sucede en Francia y sucede con frecuencia. Esto se debe a que hay una especie de fascinación recíproca entre el ambiente cultural y literario y el ambiente político. Esta fascinación es una constante desde siempre en Francia.

Usted ha subrayado a lo largo de su charla el compromiso de la política francesa con el mundo editorial, destacando sobre todo la figura del antiguo ministro de cultura Jack Lang.

La ley del precio único que sacó adelante Jack Lang fue determinante para el mundo literario francés, sobre todo porque fue promulgada en el momento en el que todos los mercados se habían liberalizados. Y si bien, viendo lo que sucede a día de hoy, es evidente que es muy difícil volver atrás, la ley de Lang permitió que desde las grandes cadenas de librerías hasta la más pequeña librería de un pequeño pueblo de la playa pudieran vender el mismo libro por el mismo precio. Esto ha sido determinante, porque en un país como Francia, donde la red de librerías es muy amplia, hay unas 2500 librerías y unos 4000 puntos de venta de libros en todo el país, la ley de Lang ha hecho posible que cualquier persona, encontrándose en el lugar que sea, puede conseguir cualquier libro y siempre al mismo precio.

Cuando en el 2015 Mondadori compró Rizzoli, las librerías italianas se preocuparon a pesar del discurso tranquilizador del Antitrust. En España, Penguin Random House acaba de comprar Ediciones B y, en Francia, el grupo Madrigall compró en 2012 la editorial Flammarion. ¿Entiende la preocupación de las librerías?   

Evidentemente, y hacen bien las librerías en preocuparse por estos holdings editoriales cada vez más grandes. Hacen bien en preocuparse porque cada contrato de distribución prevé un tipo de relación con el librero que podemos definir como relación comercial. Por tanto, hablamos de una relación que depende de márgenes económicos que fluctúan constantemente y, por tanto, cuanto más grande es el grupo editorial, es decir, cuantos más sellos y más poder comercial tenga el grupo editorial más disminuye el poder de los libreros. Este es el mismo problema que hay con Amazon, pero, al contrario.

Y, además, ¿no supone también una pérdida de diversidad dentro del campo editorial?

Sí, efectivamente. La conglomeración en grandes grupos afecta gravemente a la pérdida de la diversidad del mundo editorial. Por esto, hay una constante renovación fisiológica: nacen pequeños editores para publicar aquello que los grandes editores ya no pueden publicar porque dependen de los managers o de leyes económicas internas e, incluso, no pueden publicar según qué libros, que sí pueden publicar las editoriales independientes, a causa del malgasto de dinero. Aunque, hay que decir que el trabajo editorial representa, en verdad, solo un pequeño margen de ganancia para el gran grupo, puesto que es un trabajo muy específico que podemos hacer usted y yo en una habitación. Es decir, es un trabajo que ya no cuesta mucho, porque los gastos de fabricación han disminuido mucho. Lo que cuenta es distribuir el fruto de este trabajo editorial, es decir, los libros y hacer que el trabajo de edición tenga un sentido intelectual. Sin embargo, repito, el trabajo de editor es un pequeño trabajo e insertarlo en los enormes grupos es un peligro, porque los grandes grupos necesitan ofrecer mercancía para mantenerse.

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Teresa Cremisi | Imagen cortesía de editorial Anagrama

Déjeme preguntarle sobre su experiencia personal al respecto, puesto que usted ha trabajado en Flammarion, perteneciente al grupo Madrigall, fundada por la familia Gallimard, en cuya editorial también trabajó.

Sí, aunque Gallimard es un caso algo distinto, porque sigue estando en manos de la familia Gallimard, después de 110 años de su fundación. Obviamente, ahora se ha convertido en un grupo en sí mismo, aunque hay que decir que en Gallimard usted puede encontrar colecciones de poesías que venden solamente 500 copias. Con esto lo que quiero decir es que Gallimard no se comporta como un grande grupo. Por lo que se refiere a Flammarion, ésta ha resistido cuando estaba el en grupo RCS [el grupo de Rizzoli, comprado en 2015 por Mondadori] porque era una editorial en activo con mucha fuerza, muy bien equilibrada a nivel económico y con fuerte sector obrero de distribución. Sin embargo, las otras editoriales dentro del grupo RCS han perdido identidad.

En una entrevista comentaba que los best seller hacen dormir tranquilos a los editores, sin embargo, hoy ha afirmado que los best seller desestabilizan.

Desestabilizan, sin duda. Una editorial que se sostenga solo y exclusivamente en los best seller está en peligro, porque no puede saber lo que sucederá con ellos una vez que el éxito se agote. En Francia, por ejemplo, los best seller no tienen una presencia y una importancia tan grande a nivel de mercado como en Italia o en España. Los best seller, al final, terminan por tener un coste demasiado alto para una industria delicada como la de la edición. Le cito, al respecto, unas palabras de Jerome Lindon, el fundador de Éditions du Minuit, palabras que yo adoro y que encuentro muy graciosas; decía Lindon: “No hay nada de más triste que un best seller que no se vende”.

Por tanto, ¿la clave de la edición es el equilibrio entre el espíritu de la edición y el mercado?

Creo que la única manera que tiene una editorial de sobrevivir es mantener este equilibro. Además, hay que recordar que el oficio del editor es escoger, es decir, publicar esto y no publicar lo otro. Y, una vez que se ha decidido publicar un libro, la labor del editor es defender ese libro. Por tanto, el trabajo del editor es altamente intelectual, pero, ante un mercado fragmentado y complicado como es el nuestro, el editor necesita también tener habilidades comerciales.

Pero, hay que olvidar, a veces, el mercado y publicar determinados títulos.

Sin duda, tiene toda la razón. Por esto le hablaba del equilibrio entre espíritu y mercado, un equilibrio que no se enseña. Hay que saber que, cuando se es editor, hay cosas que tienen que hacerse necesariamente y otras que se tienen que hacer como forma de compensación. El editor siempre está en un equilibrio fluctuante, caminando sobre un suelo de goma.

Usted comenzó como periodista, ¿le ha ayudado el periodismo en el momento de dedicarse a la edición?

No, no creo que me haya ayudado, porque las veo como dos profesiones distintas. El periodismo, que es un oficio que en parte he retomado ahora escribiendo en el suplemento Robinson de La Repubblica, es un oficio de la mirada y más la mirada es aguda mayor curiosidad hay. El periodismo es un oficio individual: tú periodista eres bueno si ves bien lo que sucede y lo explicas bien. La edición, en cambio, es un oficio donde una tiene que sobrevivir en medio de fuerzas contrarias sin estar nunca solo, no es un oficio individual.

Como editora, ¿es una suerte trabajar en un país como Francia, donde la figura del editor tiene prestigio y donde la compra de libros crece anualmente?

Sí, pero me ha gustado también mucho trabajar en Italia. Cuando yo comencé en Garzanti estábamos viviendo en Italia un boom cultural que no he vuelto a ver, al menos no tan fuerte. Era la época de Pasolini, de Gadda, de Volponi, de Calvino… era una época de grandísimos talentos. Piense en los poetas: Bertolucci, Caproni… Fue una época genial. Ahora veo en Italia menos riqueza de talentos, pero nunca se sabe cómo van a ir las cosas. A lo mejor hoy dices que el país está algo de declive a nivel cultural y mañana aparece un genio.

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Portada de Sumisión de Michel Houellebecq | Imagen cortesía de editorial Anagrama

Si bien ha dejado Flammarion, sigue siendo editora de Houellebecq.

Sí, continúo siendo editora de mis autores, los conservo y los sigo. Desde el 2005, soy editora de Houllebecq y no sabría abandonar a mis autores. No puedo hablar en general, cada uno hace lo que puede, para mi seguir a mis autores es un privilegio.

¿Cómo vivió la polémica que rodeó la publicación Sumisión?

Fue una situación muy difícil para la editorial. Tuvimos que protegerlo y, de hecho, se marchó de Francia durante un periodo. Fue algo muy duro, porque fuimos todos acusados por gente que ni siquiera había leído el libro.

Esto me hace pensar en lo que decía en la conferencia: en época de crisis es peligroso ser periodista y editor porque expresas tus propias ideas.

Sí, así lo creo. Yo, de todas formas, estoy contenta de haber vivido aquel episodio, porque fue una experiencia que te marca, sin embargo, fueron días complicados y duros. Sumisión se pudo a la venta el día del atentado a Charlie Hebdo; gente que no había leído el libro le hizo responsable de lo que sucedía acusándole de islamofóbico cuando, en verdad, Sumisión no es en absoluto islamofóbico. Cuando sucede algo así, en un ambiente de tal sobre-excitación, una ya no es capaz ni de hablar ni de explicar nada.

¿El clima de sobre-excitación o la conciencia de que se puede suscitar polémica, puede llevar a un editor, a usted, a no publicar un libro?

La sobre-excitación social o la polémica influyen, claro que sí, sobre todo si vas a publicar documentos delicados. Por esto, el oficio del editor requiere tener un sentido de la política y del tiempo para saber cuándo es el momento de publicar algo o no. Dicho esto, si se tiene miedo de publicar algo por expresar algunas ideas es mejor dedicarse a otro oficio.

En Francia, algo que llama la atención, es el bajo precio de los libros de bolsillo, en particular la edición Folio de Gallimard.

En Francia, los libros de bolsillo representan cada año una elevada cifra de ventas y elevada cifra de volúmenes. Hablamos de libros de buena calidad a precios bajos, de 5 a 7 euros. Por tanto, son libros que dan fuerza a la industria editorial y construyen un público lector, porque el libro de bolsillo es el libro que se compra para leer no para regalar.  A diferencia de Francia, en Italia, donde había comenzado con buen pie a finales de los años sesenta, el libro de bolsillo de ha encarecido; esto se debe a una errónea decisión de los editores italianos que, para ganar más, han encarecido los precios, han disminuido su comercialización y las actuales colecciones de libros de bolsillo ya no se reconocen, si se piensa en lo que eran. La situación de España es similar: si hubiera sabido trabajar bien los libros de bolsillo, habría construido un fuerte público de lectores y habría cambiado la fisionomía de su industria editorial.

Aparte de los libros de bolsillo, en Francia el mercado de libros se segunda mano es muy amplio.

Sí, efectivamente, y los libros de segunda mano contribuyen y mucho a la creación de un público lector. Los libros de segunda mano tienen importancia sobre todo para todos aquellos títulos que no tienen su edición de bolsillo; pienso, en concreto, en libros de historia, de filosofía, de derecho… Si bien las ganancias son solo para las librerías, las editoriales ahí no contamos nada, para mí es muy positivo el mercado de libros de segunda mano, porque construye un público que va a la librería a buscar estos libros y, a lo mejor, entre los estantes encuentran un libro de bolsillo que les interesa y se lo llevan.

Algunos dicen que, actualmente, los grandes contrincantes de los libros son las series de televisión.

Yo no creo que sea así. De hecho, e Francia, del 2015 al 2016, el gasto en libros creció, con respecto a las otras industrias culturales, del 51% al 57%. Creo que cuando uno consume un producto consume también el otro. No creo que si usted lee libros deje de leerlos para ver la televisión. Otra cosa es en momentos concretos, como, por ejemplo, ahora en Francia con las elecciones. Es normal que la gente vea la televisión para informarse, pero son momentos puntuales.

Tras la crisis, en Francia los lectores han aumentado, pero ¿han cambiado sus intereses?

Diría que, más o menos, no ha variado nada. La literatura sigue representando un 33% de los libros que se compran; lo que sí es cierto es que aumentan las ventas de literatura juvenil.

En la conferencia comentaba cómo en Francia todos los políticos quieren escribir un libro. Aquí pasa algo similar. ¿Entiende el porqué de esta ansia de publicar?

Porque quieren que algo quede de ellos. Y, a lo mejor, esta es la explicación de la longevidad del libro. En el fondo, el libro, cuatro hojas cosidas conjuntamente, es aquello que más queda. El libro permanece más que cualquier otra cosa.

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Niza: el “amok” yihadista

Joseba Louzao

Foto: ERIC GAILLARD
Reuters

Amok es un concepto malayo que popularizó Rudyard Kipling en algunos de sus relatos coloniales. La traducción más exacta sería “entregar hasta el último aliento en la batalla”. Para el guerrero malayo tenía que ver con su fe y honor. El concepto formaba parte de la vida ritual de Malasia y del sur de la India y se ligaba al mundo de la guerra. De hecho, los sorprendidos viajeros holandeses descubrieron que muchos de ellos pedían la sanación de la enfermedad para poder morir con una dignidad mayor en el campo de batalla. Porque el amok era esencial en una élite bélica que nunca tuvo un ápice de duda para lanzarse contra el enemigo, aún sabiendo que la muerte era el final más probable. Desde esta cosmovisión, no es difícil entender que esa actitud catártica les transformaba en los predilectos de la divinidad. Por esta razón, se convirtió en una táctica más: salir a la calle a asesinar a quien se interpusiera en el camino.

Descubrí el amok en una obra olvidada, pero aún actual, del sociólogo alemán Wolfgang Sofsky: Tiempos de horror. Amok, violencia, guerra (Siglo XXI Editores). Y es que, aunque el término usado proceda del malayo, su descripción encaja con similares fenómenos en otras épocas y culturas. Hoy en día no es infrecuente. El cine lo inmortalizó en aquel día de furia que tuvo a Michael Douglas como protagonista. Es más, incluso se ha definido como un síndrome psiquiátrico reconocido internacionalmente. Los protagonistas pueden ser reconocidos como personajes coléricos o como personas de pulcro comportamiento. Sean como sean, una especie de tensión violenta les lleva a terminar inexplicablemente con todo lo que encuentran a su alrededor. Para algunos estudiosos, detrás del amok nos encontramos ante una peligrosa acumulación de odio, no a algo en concreto, sino más bien hacia la propia existencia.

En el aniversario de la masacre de Niza, con las polémicas imágenes de Paris-Match al fondo, no puedo más que pensar que la estrategia yihadista que sufrimos se asienta en las mismas coordenadas que el horror homicida del amok. No en vano, como recordaba Sofsky, las dos características principales de este tipo de ataques son la desmesura y la rapidez. El asesino solamente quiere matar. Hace un año, no lo olvidemos, fueron 86. Pero no debemos caer en el pesimismo. Poco a poco vamos aprendiendo a responder a los cambiantes desafíos criminales de quienes nos quieren arrebatar todo. Quizá hasta nos hayamos dado cuenta que, para bien o para mal, no existe nada nuevo bajo el sol.

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De uno en uno

Ferrán Caballero

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU
AFP

Dice Carmena que un homenaje a Miguel Ángel Blanco menosprecia a otras víctimas y me parece muy normal. Porque ella y su izquierda no se conforman con recordar a un solo hombre; quieren acabar con el mal. A Carmena y a los suyos les sabe a poco un homenaje a Miguel Ángel Blanco, porque Miguel Ángel Blanco no son todas las víctimas de Eta. Y por eso le sabría a poco un homenaje a todas las víctimas de Eta, porque no son todas las víctimas del conflicto, que tampoco son todas las víctimas del terrorismo, que no son tampoco todas las buenas gentes que sufren y han sufrido y sufrirán en este mundo lleno de injusticia y de dolor.
Si el amor a la humanidad se vuelve indistinguible del desprecio al hombre es porque la teoría según la cual lo que le damos a uno se lo quitamos a otro es tan equivocada cuando se aplica a la economía como cuando se aplica a la moral. Porque no hace falta ser premio Nobel para entender que el enriquecimiento de África no nos hace más pobres a nosotros, ni es necesario ser madre de familia numerosa para entender que la llegada de un nuevo hijo no hace menos querido al anterior. Que del mismo modo que no hay en la tierra una única bolsa de monedas a repartir entre todo el mundo, el amor, el afecto y el respeto y todos los sentimientos nobles no son una constante a ir gastando a lo largo de la vida.
De hecho, y si no me fallan los números, diría que para recordar a todas las víctimas habrá que recordar a cada una de ellas. Que los afectos concretos no son sino la condición de posibilidad de los afectos universales, que deben consistir en algo parecido a ver en la humanidad entera el rostro del hombre concreto. Homenajear a Miguel Ángel no es faltar al respeto a los demás, sino recordarnos que también ellos merecerán nuestro homenaje cuando proceda. Homenajear “a todas las víctimas del conflicto” sí es en cambio negarse a homenajear a una de ellas. Y así, faltándole el respeto a una, se le falta el respeto a todas.

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