Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Game of Thrones: The touring exhibition, pactando con la ficción

Ariana Basciani

Foto: HBO
HBO

Juego de Tronos es una serie que ha dejado marcada la vida de muchos espectadores en la era dorada de la televisión. Es por ello que no es de extrañar que la expectativa de la serie se integre a otros espacios y productos fuera de la pantalla chica. Una serie que ha normalizado la violencia, las escenas de sexo, el incesto, o ha generado conmoción y empatía con personas entrañables, no es un fenómeno que se queda solamente en el ámbito de la caja tonta de la televisión, sale y conquista territorios, juega a buscarse un trono en la calle y en la vida de los televidentes que temporada a temporada pactan con ella.

El fenómeno es transmediático, va desde máscaras de los personajes de la serie para disfrazarse en Halloween hasta grandes exposiciones itinerantes como la que ha llegado esta semana a Barcelona: Game of Thrones: The touring exhibition.

Game of Thrones: The touring exhibition, pactar con la ficción desde los decorados de la serie 5
Poster promocional de la exposición | Imagen vía Sold Out

La nueva experiencia expositiva se inaugura mundialmente el 28 de octubre hasta el 07 de enero y cuenta con 1.000 m2 de superficie en el histórico Museu Marítim de Barcelona. Está compuesta por reconocidas imágenes y objetos de la exitosa serie de HBO, desde las famosas espadas de fuego valyrio, vestuarios de personajes hasta los huevos de dragón entregados como regalo de bodas a Daenerys.

Jaqen H’ghar y Meryn Trant: el legado de Ayra Stark en Barcelona

La presentación de la gran exposición de HBO contó con la presencia de dos actores de la saga: Tom Wlaschiha, mejor conocido por su papel de Jaqen H’ghar  y mentor de Arya Stark, y Ian Beattie, quien interpreta a Meryn Trant miembro de la Guardia Real y uno de los nombres principales en la lista de Arya Stark. Ambos se mostraron entusiasmados con su visita a la ciudad condal y aseguraron que su vida había cambiado completamente después de su participación en el fenómeno mundial.

Game of Thrones: The touring exhibition, pactar con la ficción desde los decorados de la serie 4
Ian Beattie y Tom Wlaschiha (izquierda a derecha) | Imagen vía: Sold Out

Para ambos trabajar con Maisie Williams, actriz que interpreta a Ayra Stark, fue una de las mayores experiencias, no solo por ver como una niña crecía en el set junto a su personaje sino por la química actoral que establecían con ella. Beattie también agregó chistoso que tras cinco temporadas trabajando con Lena Headey -quien interpreta a la malvada y compleja Cersei Lannister-, no podría comprender como una actriz eran tan disímil a su personaje.

Los actores no se libraron de alguna pregunta con respecto a la situación política de España, de la cual salieron airosos ratificando que no poseían toda la información requerida ni eran residentes como para poder emitir una opinión. De todas formas Wlaschiha afirmó que, a partir de los recuerdos de su niñez en una Alemania dividida, no quería un mundo con fronteras ni divisiones. Para ambos Barcelona es un ejemplo de una gran ciudad, con un patrimonio conservado a diferencia de otras ciudades europeas.

Game of Thrones: The touring exhibition 

Las gran exposición, como lo afirma HBO, posee 10 zonas de decorados que brinda a los visitantes la posibilidad de ver en directo parte de la fantasía de la serie: desde el atrezo hasta detalles originales donde la guerra más importante de la ficción se lleva a cabo.

Game of Thrones: The touring exhibition, pactar con la ficción desde los decorados de la serie
Parte de la exposición. Uno de los decorados de la serie en Desembarco del Rey durante la Boda Púrpura | Imagen vía Sold Out

Las zonas temáticas representan paisajes y escenarios emblemáticos que te hacen pactar con la ficción de la serie: desde los parajes invernales donde habitan los Stark, la senda del Camino Real, los magníficos escenarios de Desembarco del Rey, la Casa de Blanco y Negro junto al templo del Dios de Muchos Rostros, el Castillo Negro lugar emblemático de la lucha de Jon Snow, hasta las heladas tierras de Más allá del Muro donde no solo hay caminantes blancos.

Como era de esperarse, para todos los que desean tocar las altas esferas del poder, el trono de Poniente es la pieza central de la exposición en el Salón del Trono de Hierro.

Game of Thrones: The touring exhibition, pactar con la ficción desde los decorados de la serie 2
Vestuario de Danaerys Targaryen y Missandei junto a las armadura de los guerreros Inmaculados es uno de los decorados de la exposición | Imagen vía Sold Out

Al final del recorrido, la muestra posee una tienda donde se ratifica a la serie como un negocio. En la pequeña boutique del Poniente barcelonés podrán encontrar infinidad de objetos de merchandising, desde camisetas de cada casa hasta llaveros, huevos de dragón, joyería o deuvedés de la serie para los más nostálgicos que aún no utilizan el servicio de streaming de la red norteamericana en España.

Game of Thrones: The touring exhibition, es una exposición para los amantes más acérrimos de la serie y especialistas del diseño de producción cinematográfica.

Continúa leyendo: 10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

Nerea Dolara

Foto: HBO
HBO

Han muerto muchos y muchos eran despreciables, pero hay algunos que se recuerdan con especial atención. Aquí las muertes más satisfactorias de la serie (las más tristes todos las recordamos).

(SPOILER ALERT)

En Juego de tronos han muerto personajes queridos, por ejemplo la mayoría de los Stark o Shireen Baratheon, y animales queridos, por ejemplo, los lobos de los niños de Invernalia o Viserion, pero también han muerto muchos indeseables. Los Siete Reinos es un lugar lleno de seres cuestionables y en una serie con una alta tasa de mortalidad era solo justo que algunos cayeran. Pero quiénes son los que más ha disfrutado ver morir el público. Sí, no es bueno matar, pero la catarsis de ver a un ser cruel, violento y asesino encontrar su fin es irrepetible, más cuando han hecho tanto como en Juego de tronos. Aquí van.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 5
El hermano ególatra de Daenerys | Imagen vía HBO

Viserys Targaryen

Relaciones: Hermano de Daenerys Targaryen/ “Heredero legítimo” al trono (esto se pondría en duda con la revelación de la verdadera paternidad de Jon Snow).

¿Por qué lo odiamos? Bueno, realmente no era alguien que la caería bien a nadie. Altivo, ególatra, egoísta, cruel, violento, malcriado… se creía además el dueño del destino y el cuerpo de su hermana, la vende para comprar un ejército y es incapaz de tratar bien a nadie. Es básicamente un imbécil redomado.

¿Cómo murió? En la primera temporada, episodio siete, Khal Drogo decide matarlo, tras la aprobación de su mujer, Daenerys, cuando entra en la tienda de las ceremonias armado con una espada (nadie puede estar armado en los campamentos Dothraki) y amenaza con asesinar a Daenerys y al hijo que lleva en el vientre. El episodio se llama “La corona dorada” en referencia al fin de Viserys. Gracias a su insistencia, Drogo le asegura que sí, que le dará su corona de oro. Prosigue a derretir un cinturón de ese metal y verter el líquido hirviente sobre la cabeza del varón Targaryen. ¡Ups! Resultó que no era resistente al fuego como tanto decía.

Grado se satisfacción: 8/10. En este momento aún no habíamos vivido a tantos malvados insoportables y Viserys era realmente molesto, además de ser una piltrafa humana.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 6
Joffrey, el personaje más detestado de la serie | Imagen vía HBO

Joffrey Baratheon

Relaciones: Rey de los Siete Reinos. Hijo de Cersei y Jaime Lannister (aunque oficialmente es hijo de Robert Baratheon). Esposo de Margery Tyrrell.

¿Por qué lo odiamos? Por dónde empezar… Joffrey puede ser el personaje más odiado de toda la serie -en una serie en que hay muuuuuuucha gente despreciable- por una suma de razones muy válidas: desde que lo conocemos es obvio que es un malcriado arrogante que siempre se sale con la suya, y que además es cruel y sádico. Es el responsable de la muerte de Lady, la direwolf de Sansa; tortura prostitutas, da la orden de cortar la cabeza a Ned Stark y luego lleva a su hija Sansa (en ese momento su prometida y prisionera) a ver su cabeza en una estaca; es cruel y violento hasta con su madre (la malvada número uno); ya ni hablemos de cómo trata a su tío… en fin, es un imbécil integral, despreciable a niveles de revolver el estómago y producir accesos de ira.

¿Cómo muere? El día de su banquete de bodas, después de humillar públicamente a su tío y a Sansa y básicamente demostrar por qué alguien tenía que matarlo de una vez, bebe de su copa de vino para brindar y comienza a toser. Los ojos se le inyectan, vomita sangre, la cara se le pone morada… y en manos de su madre muere, no sin antes acusar, sin ninguna base, a Tyrion Lannister de su muerte.

Grado de satisfacción: 10/10. No sólo muere de forma inesperada, sino que lo mata Olena Tyrrell que logra morir vencedora en la temporada siete, aunque hayan invadido sus tierras y esté a punto de morir, cuando le cuenta a Jaime cómo asesinó a su hijo ilegítimo y le dice: “Quiero que le cuentes a Cersei que fui yo”.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 7
El mentor de los Lannister | Imagen vía HBO

Tywin Lannister

Relaciones: Padre de Cersei, Jaime y Tyrion Lannister. Mano del rey de Joffrey Baratheon. Rey de los Siete Reinos (por muy poco tiempo).

¿Por qué lo odiamos? Para empezar no ha sido el mejor padre. Salvo Tyrion, sus hijos son bastante malas personas (Cersei no requiere más descripción, es malvada, y Jaime puede haber mejorado, pero recordemos que era un imbécil y casi asesino que tiró a Bran de la torre en Invernalia). Y con Tyrion ha sido especialmente cruel, incluso llegó a condenarlo a muerte sabiendo que no había cometido del crimen del que se le acusaba. ¡Ah! Y orquestó la boda roja.

¿Cómo muere? Herido por una ballesta a manos de su hijo Tyrion y sentado en un vater. No la muerte más honorable.

Grado de satisfacción: 6/10. Da un regustico ver a Tyrion por fin vengar años de maltrato y decirle las cosas a la cara, pero Tywin era un gran personaje y perderlo no fue del todo satisfactorio.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos
El padre del ser más malo de Juego de Tronos | Imagen vía HBO

Roose Bolton

Relaciones: Jefe de la casa Bolton. Señor de Invernalia. Padre de Ramsay Bolton.  

¿Por qué lo odiamos? Bueno, para empezar traicionó a la casa a la que le debía lealtad cuando participó en la boda roja para quedarse con Invernalia. Luego… bueno digamos que alguien que tiene como imagen de su casa a un hombre despellejado vivo no es alguien que vaya a caer bien en general.

¿Cómo muere? Acuchillado por su propio hijo, Ramsay. Sí, tampoco era un padre modelo… qué sorpresa.

Grado de satisfacción: 7/10. Su muerte deja al horrible Ramsay a cargo (y eso no es nada bueno), pero su muerte sigue siendo disfrutable. Alguna consecuencia tenía que tener la cobarde masacre de Starks en la boda roja.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 1
Selyse Baratheon | Imagen vía HBO

Selyse Baratheon

Relaciones: Esposa de Stannis Baratheon. Madre de Shireen Baratheon. Seguidora empedernida del Señor de la luz.

¿Por qué la odiamos? Básicamente por ser la peor mamá del mundo (y en este mundo vive Cersei). Fanática religiosa, odia a su hija porque piensa que es un monstruo (la niña quedó marcada por un contagio de escama gris) y al final aprueba que la quemen viva en la hoguera para que su esposo gane una batalla y el trono.

¿Cómo muere? Viendo a su hija morir en dolor en la hoguera suelta un doloroso grito. Más tarde, consumida por la culpa, se cuelga de un árbol.

Nivel de satisfacción: 9/10. Vale, al final se arrepiente, pero su pobre y dulce hija igualmente murió de forma horrorosa por su culpa.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo.
El otro bastardo | Imagen vía HBO

Ramsay Bolton

Relaciones: Hijo bastardo (luego reconocido) de Roose Bolton. Señor de Invernalia.

¿Por qué lo odiamos? Compite con Joffrey por la antorcha del más odiado de toda la serie. Es cruel y sádico a niveles indescriptibles. Tortura a Theon Greyjoy hasta convertirlo en algo menos que una persona. Tortura y viola a Sansa. Despelleja a la dama de compañía que trata de ayudar a Sansa. Mata, con sus perros a quienes mata de hambre para que sean salvajes, a su madrastra y hermanastro. Mata a Osha de una puñalada en el cuello. Mata a Rickon Stark frente a sus hermano Jon, tras jugar a lanzarle flechas a ver si logra escapar… en fin, queda claro.

¿Cómo muere? Tras perder la Batalla de los Bastardos es prisionero de Jon Snow y Sansa Stark en Invernalia. Sansa lo lleva donde sus perros, hambrientos y entrenados para matar, y lo amarra en la jaula en que los tiene. Y allí lo ve morir.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un asco de persona y aunque su muerte sea una salvajada que nadie se merecería es satisfactorio verlo morir a manos de Sansa.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 2
El pedófilo de la serie | Imagen vía HBO

Meryn Trant

Relaciones: Miembro de la Guardia del Rey. Fiel a los Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cuando los Lannister hacen su jugada por el trono en la primera temporada, Trant busca a Arya, quien está entrenando con su maestro de esgrima, Syrio Forel. Forel la protege y Trant lo asesina (fuera de cámara, suponemos). Luego es quien acompaña a Joffrey y Sansa a ver la cabeza de Ned. Es también un testigo (que miente obviamente) en el juicio contra Tyrion. Y que no se olvide, su peor pecado, es un pedófilo.

¿Cómo muere? Después de pasar varios años como miembro de la lista de Arya la chica, que está en Braavos entrenando en la casa del Blanco y Negro, lo reconoce. Utilizando su magia de cambiar caras se hace pasar por una niña que le envían a Trant y cuando están solos revela su cara y procede a matarlo: le clava un puñal en ambos ojos y en el pecho y luego le corta la garganta.

Grado de satisfacción: 8/10. Su cara despreciable ha estado presente en muchos momentos horribles y si se le suma que antes de su muerte descubrimos que es un agresor sexual… pues el número se escribe solo.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 4
Recuerdan quién fue el culpable de que Cersei caminara desnuda, este señor | Imagen vía HBO

Gorrión Supremo

Relaciones: Alto sacerdote de los siete. Responsable de la encarcelación de Loras y Margaery Tyrrell y  de Cersei Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cruel y fanático se adueñó del poder en Desembarco del rey a base de consignas dogmáticas y populismo (¿les suena?). Un inquisidor vestido con piel de cordero (o en este caso bata maloliente) utilizó su poder para acabar con la monarquía y tomar el poder en sus manos siempre defendiendo que lo hacía en nombre de dios. ¡Ah! Y no, como los inquisidores, no perdonaba tus pecados, aunque te humillaras completamente, siempre quería un castigo mayor.

¿Cómo muere? Cuando Cersei es sometida a juicio le queda sólo una opción (¿o es que no conocemos a Cersei?): En el septo de Baelor, reunidos para el juicio, están todos los nobles de la corte, la reina, su hermano y todos los hermanos de la orden de los gorriones. ¿Cersei y Tommen? No. Margaery logra ver su destino antes de que suceda y exige que le dejen salir de allí, que salgan todos de allí. Pero el Gorrión Supremo es supremamente arrogante y se cree invencible. Su muerte se da en medio de una gigantesca explosión de fuego valirio que acaba con el edificio.

Grado de satisfacción: 9/10. Era un fanático religioso cruel y violento, pero su arrogancia y su muerte conllevaron la de otros personajes queridos. Sin embargo, verlo desaparecer fue motivo de celebración.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 2
Frey, la mente macabra detrás de la boda roja | Imagen vía HBO

Walder Frey

Relación: Señor de Los gemelos. Ejecutor de los asesinatos de la boda roja.

¿Por qué lo odiamos? Además de tener un despreciable, y al parecer no tan poco común en los Siete Reinos, por las esposas niñas; es quien asesina a Robb Stark, su esposa embarazada y Kathelyn Stark (junto a todo su ejército) cuando les ofrece una tregua de paso por su tierra y les invita a la que luego se llamará la boda roja.

¿Cómo muere? A manos de Arya Stark, que le corta la garganta disfrazada de una de las niñas a las que manosea cuando le sirven el vino, no sin antes revelarle su identidad, y tras comer un pastel de carne elaborado con los cadáveres de sus hijos.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un hombre repugnante y cobarde. Y nunca sintió arrepentimiento.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 3
Meñique, la muerte impactante de esta última temporada | Imagen vía HBO

Littlefinger

Relación: Amigo de la infancia de Kathelyn Stark. Miembro del Consejo del rey. Traidor a Ned Stark. Prometido de Lysa Arryn. Señor protector del Valle.

¿Por qué lo odiamos? ¿Por dónde empezar? Este tipo, el mayor manipulador de todos los Siete Reinos, ha conspirado y traicionado a todos. Por su culpa comenzó la guerra entre Starks y Lannisters, por su culpa murió Ned, por su culpa Sansa fue culpada de matar a Joffrey y fue quien la casó con Ramsay Bolton, por su culpa murió Lysa Arryn, conspiró para asesinar a Jon Arryn… y esos con sólo algunas de sus culpas.

¿Cómo murió? Las hermanas Stark, junto a Bran, utilizaron sus propias armas contra él: manipulación y engaño, y cuando estaba convencido de haber ganado otra conspiración para separar aliados (en este caso a las Stark) su propia estrategia se devolvió a morderlo…o mejor, a matarlo. Tras acusarlo de sus crímenes, y obtener corroboración de un omnipresente Bran, Sansa lo condenó a muerte. Y allí, rodeado de sus soldados y los de los Stark, suplicante y llorón, murió a manos de Arya Stark, observado por los niños de la familia a la que hizo tanto daño.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un personaje de los peores y su culpabilidad en básicamente todo lo malo que ha pasado en la historia (“el caos es una escalera”) lo convierten en una muerte deseada hace años. Bien que fuese como fue.

Continúa leyendo: Mark Hagland: “Los hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas”

Mark Hagland: “Los hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 57 años y pertenezco a la primera ola de adopciones de niños de Corea del Sur de los años sesenta en Estados Unidos. Crecí junto a mi hermano gemelo en una cariñosa familia norteamericana, pero siempre me sentí un alienígena entre blancos. Ahora me dedico a ayudar a padres adoptivos y a sus hijos racializados a vivir en el amor y la diversidad. He sido invitado por la Asociación Antirracista de Madres con Hijxs Negros de Barcelona para compartir mi historia con ellos.

Pasó la niñez en el Iowa de los años sesenta. Nunca he estado allí, pero imagino que no debía ser el lugar más cosmopolita del mundo…

Mis padres eran de ascendencia alemana y noruega y crecí rodeado de blancos totales. Nadie creía que fuéramos una familia y la gente nos señalaba con el dedo y preguntaba: “¿De quién son esos niños?”.  Y mi madre contestaba: “Nuestros”.

Eso me hizo vivir siempre acomplejado por mi imagen física y a mis 57 años ha mejorado. Es fatal crecer odiándote y sentirte alienado, he pasado décadas trabajando la imagen que tengo de mí mismo y por eso me gusta compartir las experiencias que he vivido para apoyar a mis hermanos transraciales y a sus padres. No quiero que sus hijos pasen por lo que yo pasé.

Crecer con un gran sentimiento de aislamiento y rechazo me dio más cosas. Y eso me llevó a querer conocer otras culturas y formas de ser y me hice periodista. Tuve que mudarme a Chicago y aunque al principio pasé miedo, porque te genera mucha inseguridad no conocer a tu raza de origen, disfruté de la diversidad.

Mark Hagland: “Las hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas” 3
Mark Hagland, Periodista y activista antirracista | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

En sus charlas habla mucho de la carga narrativa. ¿A qué se refiere?

Las personas racializadas se ven en la obligación de tener que explicar su historia personal a los otros, porque constantemente les preguntan de dónde son. Es agotador y forma los parámetros de nuestra vida y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y también están las burlas…

Por eso es importante que los niños crezcan en un ambiente lo más abierto y diverso posible, con espejos raciales y una gran diversidad de personas, y que aprendan lo máximo posible sobre el racismo sistémico y el privilegio del blanco.

¿El privilegio del blanco?

Sí, es difícil que los blancos comprendan este punto, hay que experimentarlo. Los adoptados transraciales no somos víctimas y vivimos vidas ricas, con miles de capas. Somos cebollas gigantes. Los podres deben entender que, como blancos, viven en una situación de privilegio respecto a sus hijos y cuando descubren el racismo se vienen abajo. Intentan protegerles, pero les transmiten miedos y fantasmas y lo que deberían hacer es no obsesionarse y compartir con sus hijos la historia y los orígenes del lugar donde nacieron.

Yo tengo una hija multirracial de 16 años y desde los cuatro he tratado con ella la complejidad de la identidad. Ahora se siente orgullosa de sus identidades múltiples y espacios en el mundo. No es suficiente tener una única conversación con ellos y los padres saben muy poco de la cultura y la situación política de los países de origen de sus hijos.

Mark Hagland: “Las hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas” 2
La portavoz de la Asociación Madres Blancas con Hijxs Negros, Montse Felez y su hija Lea. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Pero los niños viven en otra cultura. No entiendo por qué debería ser un problema…

Para evitar que si un día deciden regresar en busca de sus orígenes tengan experiencias duras.

¿Usted lo hizo?

No todos los adoptados buscan a su familia biológica. Yo decidí que lo haría junto a mi hermano o no lo haría, y no lo hice. Corea del Sur en los años sesenta era mísera y probablemente mis padres eran jóvenes y pobres, y es difícil buscar. Tengo amigos que lo han hecho.

Pero sí he estado en Corea en tres ocasiones y fue una experiencia interesante, pero muy complicada. Me encantó visitar mi país de nacimiento, pero a la vez me sentí aislado de nuevo. Cada vez que encontraba a una persona, me preguntaba si era japonés. Cuando un asiático acude a otro país asiático no habla el idioma y siempre le preguntan de dónde es. Y es alienante regresar a tu país de origen y ser tratado como un extranjero.

Había aprendido un par de frases en coreano, pero la cultura era demasiado distinta. Ser coreano es estar en una página muy pequeña del mundo y la gente se enorgullece de que piensen todos lo mismo. Hay cientos de adoptados europeos y norteamericanos de origen coreano que vuelven al país y sienten que no encajan, jamás serán vistos como  ciudadanos de Corea.

Mark Hagland: “Las hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas” 1
La sala se llenó de familias transraciales que compartieron sus vivencias con Hagland | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

¿Se siente norteamericano?

Sí, pero soy un norteamericano diferente. No soy blanco, viajo y hablo idiomas. Aunque tuve unos padres cariñosos siempre estuvo presente la sensación de no pertenecer a la comunidad, que era muy cerrada, de inmigrantes alemanes. Me sentía como un alienígena y nada integrado. Y aún en situaciones puramente blancas siento ansiedad. El pasado verano estuve en Iowa y yo era el único no blanco y me acordé de ese sentimiento que tuve durante toda mi infancia y adolescencia.

Por eso me siento cómodo en lugares donde hay todo tipo de gente. Mi identidad es casi ser ciudadano del mundo.

España está viviendo el desafío que vivieron ustedes hace treinta y cuarenta años. ¿Qué consejo le daría a los chicxs adoptados de familias transraciales?

Que cuando les pregunten de dónde son contesten lo que quieran. Tienen el poder de hacerlo.

Continúa leyendo: Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso" 1
Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso" 2
Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

Continúa leyendo: Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Anna Maria Iglesia

Foto: Alberto Gamazo

Silvia Cruz LaPeña es una periodista de raza. Fiel y honesta con sus principios. Especialista en flamenco, Cruz LaPeña no es una mera reseñista: sus artículos y reportajes son textos, a veces incómodos, en los que ella analiza y descubre el mundo del flamenco, construyendo un relato que no se acomoda a los tópicos. Crónica Jonda (Libros del K.O) es también un relato incómodo, es también un relato que desmonta tópicos, un relato aparentemente autobiográfico a través del cual Cruz LaPeña destripa el presente social, político y, también, emocional. El presente de Crónica Jonda es el resultado de un pasado que no ha acaba de morir, que está ahí y cuyos frutos recogemos ahora.

Crónica Jonda comienza con la muerte de Paco de Lucía, que, a través de las palabras de Miguel Mora, se convierte en símbolo de un tiempo que se acaba.

Sí, y por esto está muy marcado el hecho de que yo me entero de la muerte de Paco de Lucía cuando estoy terminado el epílogo de la biografía de Camarón. Es un gesto casi epifánico: termino el epílogo y, por tanto, en cierta manera vuelvo a enterrar al gitano, que era Camarón, y me entero que se ha muerto el payo, Paco de Lucía. Y, sí, cuando Miguel Mora habla de la España aniquilada, yo la veo representada.

El gitano y el payo, el norte y el sur, lo exterior y lo interior… ¿tu libro es un juego de dualidades imposibles de separar?

Sí, está todo imbricado, porque la realidad es así. Este libro es un viaje, que yo empiezo cabreada, pero no puedo decirte en qué página dejo de estarlo, porque todo está mezclado, los opuestos se tocan y se confunden. En el fondo del libro está la idea de un todo, algo caótico, un todo donde es imposible determinar dónde empieza la otra. Es un libro que empiezo a escribir cuando todo parece haberse desquebrajado, cuando estaba naciendo con mucha fuerza Podemos y nos preguntábamos qué iba a pasar; ahora, seguimos, en parte, igual, no sabemos qué va a pasar, ni con Podemos ni con ningún otro partido. Por esto, cito a Faulkner.

Narras un tiempo que agoniza…

Sí, un tiempo que, además, se estira y no se acaba. Hablo de un tiempo que tiene mucho que ver con el flamenco, con esa voluntad de querer conservar el pasado, de no dejar que llegue lo nuevo. Por esto digo que, para no ser la música de España, el flamenco se le parece mucho. Como el flamenco, también el tiempo que estamos viviendo ahora es un tiempo suspendido, no sabemos qué va a pasar y, personalmente, tengo la sensación de que cada día empieza todo de nuevo.

No sólo dices que el flamenco se parece mucho a España, sino que es machista como España. ¿El flamenco es la lente desde donde miras tu entorno?

Sí, en cierto modo y, de hecho, en este libro el flamenco no es una excusa, como algunos me han dicho, sino que es la clave de lectura de muchas cosas y, al mismo tiempo, es mi abrigo, porque es el flamenco es el lugar donde me refugio. El flamenco es un microcosmos y en él veo conductas que, luego, veo también en otros ambientes, entre los periodistas, los carniceros o los taxistas.

El flamenco y, sobre todo, el mundo flamenco está muy connotado, pero, desde fuera, ¿lo miramos y lo juzgamos con demasiados prejuicios?

Hay muchos prejuicios en relación al flamenco, unos prejuicios que vienen de hace tiempo. Es cierto que el franquismo se apropió del flamenco y se lo usó como forma de propaganda de la cultura española, pero no fue el único arte a ser usado. Esto, sin embargo, ha hecho que, todavía hoy, haya quien conserva la idea de que el flamenco mantiene unos lazos con el franquismo cuando no es así.

Además, el flamenco es considerado como “lo español”, en un momento donde “lo español”, sobre todo en lugar como Cataluña, cuesta mucho de aceptar. Y, por último, para empeorar las cosas, se le tacha de machista y, en parte, es cierto, pero el flamenco no es más machista que la sociedad en el que está inmerso, es decir, la sociedad española.

Lo que quisiera es poner un punto y final a estas asociaciones, porque de flamenco he visto mucho y lo he visto en países como Francia e Inglaterra. Por tanto, ¿el flamenco es “lo español”? Sí, pero no. Lo que sucede es que falla el relato y creo que, en gran medida, de esto es responsable el propio mundo flamenco y, también, aquellos que lo narramos. Creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de hablar de flamenco sin hablar de lunares, sin caer en los tópicos.

¿En qué sentido se ha explicado o se explica mal el flamenco?

El relato que se ha hecho hasta ahora del flamenco es la del tío guapo, alto, moreno y con pinta de torero y la mujer guapa, espectacular, con vestido de lunares. Se cuenta que, en el mundo flamenco, él manda y ella renuncia a todo y, en parte, es cierto, solo que, como te decía antes, el machismo del flamenco no es otra cosa que el reflejo del machismo de la sociedad en que se enclava.

El flamenco es mucho más, solo que todavía es un mundo muy circunscrito; ten en cuenta que muchos conservatorios no admiten los estudios de flamenco porque piensan que es cosa de cuatro gitanos que bailan en su casa. Esto hace que se desconozca el flamenco más allá de los tópicos, más allá del “lerele” y de los topos. Por esto, hablo del relato y de nuestra responsabilidad, porque es cierto que, sobre todo los medios no especializados, todavía te piden que si escribes de flamenco les hables de lunares, de sangre y de pasión, pero es precisamente esto lo que tenemos que evitar, porque el flamenco de hoy no es esto o no es solo esto. Hay espectáculos de flamenco muy fríos, donde no hay ni sangre ni pasión. O, por ejemplo, ver bailar a Rocío Molina es asistir a una clase magistral de danza contemporánea y de flamencos. Es una mujer que no utiliza ni lunares ni peinetas, pero es flamenco.

¿Ha habido clasismo en la percepción del flamenco?

Sí y no. Por una parte, no en cuanto, casi desde sus inicios el flamenco ha vivido gracias al apoyo de la gente adinerada; de hecho, muchos artistas flamencos han vivido de bailar a señoritos y a gente adinerada. Además, lo curioso es que, actualmente, muchas veces quien rechaza el flamenco es gente que, por cultura o por contexto, está muy cerca de él; sin embargo, hoy muchos lo rechazan por ser algo popular, algo folklorico…e, incluso, algunos no rechazan por no ser un arte elevado, si bien no hay que olvidar que hoy en día el flamenco está en todos los teatros del mundo.

Por otra parte, sí, hay clasismo: el rechazo al flamenco tiene mucho de clasismo y de racismo, que, paradójicamente, no solo viene del mundo payo.  En el mundo gitano también hay racismo, el de los gitanos y, lo que es más curioso, el de los gitanistas hacia los payos. Los gitanistas, que muchas veces no son gitanos, son unos puristas, son aquellos que dicen que el flamenco solo puede ser puro y que todo lo demás no es flamenco.

Ahora que hablas de los gitanistas, pienso en tu análisis de la música de Miguel Poveda, cuyo flamenco se ha “modificado” en cuanto él ha cedido, en parte, al gusto, tentado por las ventas o el gran público. ¿Poveda, como tantos otros, representa un flamenco adulterado, ese flamenco que nos llega y que consume la gran mayoría?

Yo diría edulcorada. Me voy a remitir, además porque enlaza con la cuestión del clasismo, a lo que dice Luis Cabrera, del Taller de Músics: el flamenco gusta si no te araña. No gusta el flamenco duro. Y lo que yo digo de Poveda es algo que se ve mucho en programas como La Voz u Operación Triunfo: se flamenquea mucho, se hace mucho “lerele” y mucho “olé”, pero eso no es hacer flamenco, por mucho que quien lo haga esté relacionado familiar o culturalmente con el flamenco.

Hay muchos que piensan que Malú es flamenca o que Rosario Flores hace flamenco, cuando no lo ha hecho en su vida. Y, sin llegar a este punto, Miguel Poveda, que sí que canta flamenco, aunque en sus espectáculos hay de todo, hace un flamenco edulcorado o, como yo digo, flamenco de amplio espectro. Muchos de mis compañeros de profesión, me dirían que este flamenco de amplio espectro no es flamenco.

Un relato desde el flamenco 1
El flamenco es mucho más que lunares y trajes de sevillana | Foto de Alberto Gamazo

¿Me comprarías la etiqueta: “flamenco para quien no entiende de flamenco”?

Mis compañeros gitanistas te comprarían… y yo también

Otro de los temas del libro es la inmigración, principalmente la de Andalucía hacia Barcelona y te muestras muy crítica hacia la política catalana, hacia ese discurso político que llegó a consolidar el concepto de “charnego”.

Sí, ante todo, porque reniego completamente del concepto de “charnego”. Yo no eliminaría esta palabra, pero que la diga quién la inventó. Este nombre, completamente despectivo, no nos lo hemos inventado quienes supuestamente somos charnegos, por esto, no lo asumo, porque no hay nada de negativo en el hecho de que una abuela mía fuera andaluza, otra murciana, mi madre de Barcelona y mi padre de Córdoba. Y, sí, en el libro hago una crítica feroz a esa sociedad que conocí y la hago, también, porque me hace mucha gracia cuando se habla hoy de los catalanes a los que no se escucha o a esos catalanes que estamos un poco callados. ¿Nos han escuchado alguna vez? Por esto cuento la celebración que se hizo en Barcelona en 2013 por los cien años del nacimiento de Carmen Amaya. A nadie le importó que se celebrara el nacimiento de Amaya teniendo mal los datos, sin prestar atención a los estudios que decían que ella había nacido en 1918. ¿Te imaginas que hubiera pasado si quienes organizan la celebración de 1714 se equivocaran y dijeran 1715? Pues, esto. No se trata de forma distinta a unos que a otros y luego decir que somos todos parte de un mismo pueblo. Recuerdo perfectamente cuando en la rueda de prensa previa al homenaje de Amaya, Mascarell decía que el pueblo romaní era parte del pueblo catalán, cosa que es cierta, pero entonces ¿por qué no se la trata igual?

En el libro cuentas, además, como un concejal te dice que prefiere antes “a los africanos que a los andaluces porque son ‘más propensos a hablar catalán’”.

Me hicieron este comentario como me han hecho muchos otros. Y, lo peor, te lo hacen sin preguntarse quién eres tú, sin plantearse que, a lo mejor, con sus palabras te están ofendiendo o están ofendiendo a tus padres.

¿Tuviste que asumir tu historia y tus orígenes o siempre fueron connaturales a ti?

No, no tengo la sensación de haber tenido que asumir mis orígenes, pero sí es cierto que, durante la presentación en Madrid, Cristina Fallarás decía que el libro es la narración de la construcción de una identidad. Seguramente, en el libro me digo algunas cosas que nunca me había dicho y ciertamente no es casual que mi interés por el flamenco se haya reafirmado en estos últimos años ni que mi libro salga en estos días y hable de flamenco. Aunque no quieras, ahora mismo, te obligan a preguntarte sobre tu identidad. Yo, que nunca me he preocupado de esto, me siento obligada no sólo a preguntarme sobre mi identidad, sino también a interrogarme sobre mi origen. Sin embargo, para mí nunca fue un problema: cuando volví a Barcelona, vivía en Nous Barris y nunca sentí la necesidad de preguntarme de dónde era. A lo mejor era una excepción, pero lo cierto es que nunca me preocupó este asunto.

Tú, además, narras la experiencia de una migración a la inversa: cuando tienes 8 años, dejas Barcelona y vas vivir a Andalucía. ¿Cómo era tu mirada, la de una niña que, si bien de origen Andaluz, deja Barcelona y se va a vivir a Andalucía?

Era una mirada repelente, porque era la mirada de quien viene de Barcelona y llega al sur. Era una mirada donde había rechazo, que, sin embargo, también encontré en Andalucía, aunque por distintos motivos. El rechazo que encontré era debido a que allí están muy hartos de que, desde Barcelona, se les mire con cierta superioridad, una superioridad que yo llevaba incorporada. Y, ahora, lamento haber salido corriendo de allí con 18 años, deseando ir a Barcelona, que para mí significaba un lugar con amplitud de miras y cosmopolita, paradójico si pensamos en lo que estamos viviendo hoy.

Evidentemente, con los años he vuelto a Andalucía, pero ya no he vuelto a vivir allí; de ahí que, en el libro, exprese mi arrepentimiento por esa actitud repelente que tuve y, solo ahora, me doy cuenta de que en todos los años que viví ahí, no llegué a conocer, de verdad, Andalucía por mi estrechez de miras.

En el fondo, Crónica Jonda es un gran canto a Andalucía.

Y a Barcelona.

Sólo que Barcelona sale peor parada.

No, el libro es un gran canto a Barcelona, solo que vivo en Barcelona. Si me hubiera ido, seguramente mi mirada se hubiera dulcificado. Yo no tengo una mirada romántica de Andalucía, pero ya no es tan severa como la que tenía antes, porque vivo a mil kilómetros y porque cuando voy es solo para estar unos días. Sin embargo, Barcelona es mi ciudad elegida, es la ciudad que amo, de ahí el cabreo que tengo. Siempre te enfadas con quien más quieres y yo estoy casada con Barcelona.

Por último, quería preguntarte sobre el periodismo, del que también hablas.

Yo todo lo que te pueda decir del periodista suena a corporativista, aunque no lo sea para nada, pues soy muy crítica con quien no lo hace bien y conmigo misma cuando me equivoco. Me parece vital que se haga periodismo y que se haga bien. Aunque no tengamos un código deontológico muy claro, me parece esencial hacer periodismo con sensatez y respetando algunos principios.

Te muestras muy crítica con los “periodistas” amateurs.

Yo soy muy crítica con el amateurismo, es cierto, con ese “periodismo” que se ejerce gratis. Yo también me abrí un blog para escribir sobre mis cosas, pero el periodismo es otra cosa. ¿Qué quieres hacer periodismo? Muy bien, pero juega con nuestras reglas: cobra por trabajar. ¿Te metes a hacer periodismo sin cobrar para ligarte a la cantaora o el productor? Entonces, lo que haces no es periodismo, porque el objetivo del periodismo es otro.

Puedes ser amateur, pero no nos quites el pan, no reemplaces el papel del periodismo. Nos quejamos de que se hace mal periodismo, pero es que la mitad de la gente que lo ejerce no es periodista, y no me refiero a tener o no el título universitario, y la mitad de la otra mitad ha sucumbido a determinadas cosas: cobrar poco, titular mal en busca de click, evitar ser molesto.

TOP