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Gurumbé. Canciones de tu memoria negra

Verónica F. Reguillo

Foto: Intermedia Producciones
Intermedia Producciones

Taconeo, cante y arte flamenco que utiliza, sin decirlo, la influencia africana. ‘Gurumbé. Canciones de tu memoria negra’ es un documental que trae al presente la historia silenciada y enterrada de los miles de esclavos negros que fueron vendidos en plazas españolas.

“Popularmente, todo el mundo pensaba que en España no hubo esclavos, y solamente para la tesis sobre la Granada del siglo XVI encontré 2.500 documentos de compraventa de esclavos”, asegura en la película la profesora Aurelia Martín Casares.

El antropólogo Miguel Ángel Rosales comenzó a trabajar en este documental hace cuatro años. Tenía dos objetivos claros que relata para The Objective: primero, visibilizar una historia que ha sido silenciada en España durante muchos años; y por otro lado, cuestionar el presente, las políticas de inmigración, las vallas, los CIES… “Queremos que sirva para que la historia no sea un hecho mudo”.

Desde el siglo XV al XIX, Sevilla, Cádiz y Lisboa, en Portugal, fueron las grandes sedes del tráfico de esclavos desde África. Según las investigaciones en ‘Gurumbé’, durante muchos años, una décima parte de la población de estas ciudades andaluzas fue negra y la influencia en los bailes, tradiciones, religiones…, supuso una mixtura tan rica como silenciada.

La negación sistemática de esa influencia tiene muchos porqués, asegura Rosales, aunque perfila varios hechos históricos y económicos que podrían ser clave. La esclavitud fue un “hecho infame que se ha mirado de perfil”. Ya en el siglo XIX hubo países como Francia, Inglaterra u Holanda que se aprovecharon de la mano de obra negra barata y esclava. Años después, en el siglo XX, estos países reconocieron la importancia de la esclavitud en sus economías. España no.

“Durante el siglo XX, España estaba inmersa en sus propios problemas internos, y por tanto, no ha habido un  momento histórico para hacer una mirada hacia atrás”.  Todo ello hay que contextualizarlo en un país donde “la memoria histórica interesa muy poco, vale muy poco. La idea que tenemos es de tirar hacia delante sin mirar hacia atrás, cuando en realidad debería ser de otra manera”.

“La esclavitud fue la gran impulsora del capitalismo español y de muchas grandes fortunas en nuestro país, que todavía hoy tienen mucho poder económico y a las que no les interesa que se visibilice la historia que propulsó esa riqueza”.

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Miguel Ángel Rosales, guionista y director de ‘Gurumbé. Canciones de tu memoria negra’ (Foto: Intermedia Producciones)

Esclavitud, colonialismo y migración

Andalucía es árabe, es cristiana, y es judía, “pero también es gitana y es negro-africana. Queremos visibilizar esa otra pata que falta, de la que no se habla”. Y lo han puesto de manifiesto en un momento en el que se construyen vallas de alambre y muros, para frenar las migraciones.

El director de ‘Gurumbé’ establece una relación clara entre esclavitud, colonialismo y migración. “Todo el desastre que supone para África el colonialismo es el lodo de lo que hoy es la inmigración. Se han desestructurado sus sociedades”. Para Rosales, la situación de hoy es la repetición de la historia de los esclavos a los que se les tatuaba en la cara una ‘S’, en un lado, y el dibujo de un clavo en el otro. “Hoy el proceso es el mismo, pero con palabras diferentes”.

“La película deja clara la cercanía del flamenco y la cultura negro-africana”

“Cuando surgen demandas de mano de obra, creamos leyes para traer, para tomar a la gente más vulnerable. Se podría hacer un paralelismo entre a quién se le da la ciudadanía y a quién no. Quién tiene derechos y quién no. Es una nueva manera de esclavitud. Un mismo proceso que tiene que ver con la acumulación de dinero”.

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La película se proyectará en países como Colombia, Inglaterra y Noruega (Foto: Intermedia Producciones)

Miguel Ángel Rosales es de Jerez, siente muy dentro el flamenco y toda la riqueza de la cultura andaluza. Dice que a medida que indagaba sobre el motor de su documental, todo iba “cuadrando más”. “La película deja clara, con evidencias muy fuertes, la cercanía del flamenco y la cultura negro-africana”. ‘Gurumbé’ es un reconocimiento a la población negra esclava de antaño y a la población migrante de ahora. “Vivo muy cera de la inmigración del Estrecho. El tema de la película que parece histórico, a mí me está tocando día a día. Es una película histórica, pero, sobre todo, es una película personal”.

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Los bailes africanos se mezclaron con la riqueza de la cultura andaluza (Foto: Intermedia Producciones)

‘Gurumbé. Canciones de tu  memoria negra’ ha hecho un lleno completo en la Cineteca de Madrid durante seis días. A finales de marzo se volverá a proyectar en la capital. También viajará por otras ciudades españolas, y al extranjero (Colombia, Noruega, Inglaterra, Berlín…). “Me encantaría que la película se viese en televisión, en medios dónde se pueda plantear el debate o la polémica, y que este tema se abra a un público diverso”. Este es el deseo de su director, llevar la danza de ‘Gurumbé’ hasta el infinito.

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Ojos de gata

Jaime G. Mora

Foto: Edgar Garrido
Reuters/Archivo

“Enrique, cuando estaba mal, y también cuando estaba bien, siempre a las 3 o 4 de la mañana, se pasaba por aquí y cogíamos las guitarras”. Habla Joaquín Sabina en el documental ‘Una vida a tu lado’, que celebra los cuarenta años de carrera de Los Secretos. Enrique es Enrique Urquijo, el histórico líder del grupo hasta su muerte, en 1999, de una sobredosis. “Nos hicimos prófugos, primos y amigos porque nos gustaba un mismo territorio, que era la melancolía”.

Años 80, en plena movida madrileña. “Estaba Tierno Galván, las fiestas eran una alegría… Celebrábamos mucho que Franco ya no estuviera”, recuerda Sabina. El alcohol, la heroína. “Había caballo en todas las fiestas. Si eras músico y no te metías, es como si fueras gilipollas”, escribió Miguel A. Bargueño, autor de una biografía de Urquijo.

En la casa de Tirso de Molina de Sabina ambos artistas también compartían su devoción por la música mexicana, y de esa amistad nació una de las canciones más singulares de las últimas décadas.

“Él venía de vez en cuando, o nos encontrábamos por la noche y nos veníamos aquí. Y yo le enseñaba lo que estaba haciendo”, dice el de Úbeda en el documental. “Y ese día le conté lo que estaba haciendo”. Eran las primeras estrofas de la canción ‘Y nos dieron las diez’. Pancho Varona recuerda que Sabina la había comenzado a escribir ya en los 90, en un pueblo con mar, en Lanzarote, después de un concierto:

“Fue en un pueblo con mar / una noche después de un concierto / tú reinabas detrás / de la barra del único bar que vimos abierto”.

“A él le gustó mucho y se la llevó”, añade Sabina. “Me dijo que si podía hacer lo que quisiera. Naturalmente. E hizo lo que quería. Y yo también hice lo que quería”. ‘Y nos dieron las diez’, de Sabina, y ‘Ojos de gata’, de Los Secretos, son canciones mellizas: nacidas de un mismo parto, pero desarrolladas por distintas sensibilidades.

“Cántame una canción al oído”, siguen las letras de ambas canciones. Y a partir de aquí los caminos se separan.

“Cántame una canción al oído / te sirvo y no pagas / solo canto si tú me demuestras / que es verde la luz de tus ojos de gata. / Loco por que me diera / la llave de su dormitorio / esa noche canté / al piano del amanecer todo mi repertorio”, escribió Urquijo.

“Cántame una canción al oído / y te pongo un cubata / con una condición: / que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata. / Loco por conocer / los secretos de su dormitorio / esa noche canté / al piano del amanecer todo mi repertorio”, escribió Sabina.

Le cantan los dos a la misma camarera, con los mismos ojos de gata. Pero mientras a Sabina le dan “las diez y las once” en el bar, “las doce y la una”, con los clientes marchándose, “y las dos y las tres”, ya desnudos a la luz de la luna, a Urquijo el alcohol lo acunó entre las mantas de ella, olvidando que de él algo esperaba:

“Desperté con resaca y busqué / pero allí ya no estaba / me dijeron que se mosqueó / porque me emborraché y la usé como almohada. / Comentó por ahí / que yo era un chaval ordinario. / Pero cómo explicar / que me vuelvo vulgar / al bajarme de cada escenario.

Los dos empiezan la canción en el mismo sitio, los dos se llevan a la chica. Sabina sale triunfador; Urquijo, derrotado.

Enrique vivió 39 años, la mitad de ellos recorriendo un camino de ida y vuelta que lo llevaba de la depresión a las drogas. “Era un secreto a voces entre los camaradas de la madrugada, en todas las trincheras de la noche: no siempre se encontraba a gusto por los bulevares de la vida”, escribió Manuel de la Fuente en ‘ABC’, en la muerte de Urquijo. “Enrique no se volvía vulgar cuando se bajaba del escenario, tan solo se marchaba a un mundo de corazones hechos añicos”.

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Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria

Romhy Cubas

En un presente que se alimenta de información y que hace todo lo posible por explotar y exponer la data mediante inagotables plataformas –mientras más mejor- es frecuente que las figuras públicas, y las que no también, cuenten con al menos una biografía visual y escrita que exponga las horas y los días de sus vivencias. Los minutos de una persona encapsulados en cuenta regresiva como aditivo social.  Es tan frecuente que el hecho de que una de las últimas producciones de Netflix sea el primer documental enfocado en la periodista y escritora norteamericana Joan Didion, mágica contadora del siglo XXI, es casi ridículo.

“Things fall apart; the centre cannot hold; / Mere anarchy is loosed upon the world”

 Joan Didion: The Center Will Not Hold, un proyecto dirigido por el sobrino de Didion, el cineasta y actor  Griffin Dunne, es esa primera vez que muchos precisaban para deshilar las capas de cebolla de una de las plumas más lúcidas y honestas de las últimas décadas. Una mujer que recibió de las manos del ex presidente de Estados Unidos Barack Obama la Medalla Nacional de Artes y Humanidades, además del “Premio Nacional a la No Ficción” por su obra The Year of Magical Thinking y de la “Medalla por contribuciones distinguidas a la Letras estadounidenses” otorgada por la Fundación Nacional del Libro. No obstante, los premios son meras consecuencias de una trayectoria que se impone a la muerte y al dolor para encontrarle un nuevo sentido a la vida mediante las palabras.

Joan Didion nació en SacramentoCalifornia el 5 de diciembre de 1934, graduada de la Universidad de California Berkley y con su primera oferta de trabajo recibida a los 20 años directamente de las páginas de la revista Vogue en New York, Didion critica y analiza con agudeza sus alrededores desde antes de juzgarse periodista. En Vogue  ascendió de copywriter a editora asociada en tan solo dos años; en la legendaria revista también publicó sus primeros ensayos y artículos con una voz insolente, fresca, contraria en pequeños detalles a la típica Vogue elitista dedicada a amas de casa y trendings del New York de los 60. Mientras tanto, también publicó su primera y menos conocida novela, Run, River, y conoció a su esposo el escritor John Gregory Dunne, quien para entonces trabajaba en la revista Time.

De aquí en adelante la carrera de Didion ascendió como sucede cuando la pasión y la rutina se juntan en una sola escala. Su figura se sostiene junto a la de grandes periodistas literarios de la nueva escuela de los 60 como Tom WolfeTerry Southern y Hunter S. Thompson. Sus reportajes incisivos y veloces retaron la contemporaneidad y recorrieron los salones de la fama mientras su pluma se codeaba con músicos y actores legendarios como Harrison Ford, Steven Spielberg o Natalie Wood.

Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria
Joan Didion con su esposo John Gregory Dunne, hija, Quintana Roo Dunne y sobrino Anthony Dunne en Malibu 1972 | Foto vía: GettyImages

Aunque por años la cultura y la música ocuparon un espacio enorme en las fiestas de su casa en Malibu y en las páginas de sus columnas, la política también se acercó a Joan casi sin pretenderlo en piezas sociales de mayor espectro como su ensayo Haight-Ashbury sobre el mundo del LSD y las drogas en la comunidad hippie, su ensayo de Vogue  Self-Respect: Its Source, Its Power, su reportaje sobre la guerrilla en el Salvador o una serie de entrevistas privadas que mantuvo con una de las integrantes de la “familia” del asesino en serie Charles Manson, Linda Kasabian, mientras esta se encontraba en prisión y en proceso de testificar contra Manson.

Joan Didion publicaría ensayos y artículos retándose a sí misma en el campo del periodismo literario hasta que decide dedicarse por completo a la literatura y la redacción de guiones y obras personales –incluyendo proyectos comunes con su esposo John Dunne. Pero además de esa voz subjetiva y sensata que con constancia, sin pausa pero sin prisa, va develando pequeñas partes de la cultura americana en sus textos Didion se adueñó de un duelo particular. “Nos contamos historias para sobrevivir” acierta en su libro The White Album antes de sospechar siquiera que en un movimiento de pestañas perdería a su familia y haría de la muerte su biblioteca personal. A ese duelo se sobrepondría observando sus alrededores, para reescribirlos cuando no hubiera más historias que contar.

“El impulso de escribir cosas es peculiarmente compulsivo, inexplicable para aquellos que no lo comparten, útil solo accidentalmente, solo secundariamente, de la forma en la que cualquier compulsión intenta justificarse. Supongo que comienza o no comienza en la cuna. Aunque me he sentido atraída a escribir cosas desde que tenía cinco años, dudo que mi hija lo haga, porque es una niña especialmente bendecida y atenta, encantada con la vida exactamente como se le presenta la vida, sin miedo a irse a dormir. y sin miedo a despertar. Los encargados de los cuadernos privados son una raza completamente diferente, rebeldes solitarios y resistentes, descontentos ansiosos, niños afligidos aparentemente al nacer con algún presentimiento de pérdida.”

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Joan Didion junto al retrato de su esposo John Dunne | Foto de Eugene Richards vía The Red List

Las constantes de Didion

Además de la pluma y las palabras, la vida de Joan estuvo marcada por una constante tan inesperada como la vitalidad con la que recuerda cada sonrisa y discusión de su pasado a los 83 años de edad. En el invierno del 2003, mientras su hija Quintana Didion se encontraba hospitaliza por sepsia producto de una neumonía, su esposo John Gregory Dunne murió de un infarto el 30 de diciembre. Un año y medio después, luego de infinitas horas en el hospital, un deterioro continuo y una cirugía cerebral, su hija​ Quintana falleció de pancreatitis el 26 de agosto de 2005 a los 39 años de edad. En menos de dos años Didion perdió el centro de una vida construida a base de pequeños momentos y vicios retenidos. “La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y tu vida como la conoces acaba”, anotó con cautela tras la muerte de John.

Los libros The Year of Magical Thinking y Blue Nights son el resultado de ese duelo incompleto que el documental reúne entre fotografías, testimonios y la narración personal de Didión mientras lee sus propias líneas y recuerda una rutina que nunca más podrá repetir: levantarse y bajar a la cocina por una coca cola fría en lentes de sol mientras su esposo lleva a Quintana al colegio, discutir sobre quién tiene la razón o pasar las vacaciones en familia en el apartamento de la playa.

“El dolor resulta ser un lugar que ninguno de nosotros conoce hasta que lo alcanza. Anticipamos (sabemos) que alguien cercano a nosotros podría morir, pero no miramos más allá de los pocos días o semanas que siguen inmediatamente a una muerte tan imaginada. Malinterpretamos incluso la naturaleza de esos pocos días o semanas. Podríamos esperar sentirnos conmocionados, si la muerte es repentina. No esperamos que este choque sea obstructivo, desarticulando tanto el cuerpo como la mente. Podemos esperar estar postrados, inconsolables, locos por la pérdida. Pero en realidad no esperamos volvernos literalmente locos”.

Este es uno de los pasajes de The Year of Magical Thinking, anotaciones de una escritora que busca recordar en sus apuntes a los lugares de los cuáles no puede huir. “Un lugar pertenece por siempre a quien lo reclame con mayor intensidad, a quien lo recuerde más obsesivamente, lo despoja, le da forma, lo ama tan radicalmente que lo rehace a su propia imagen.”

En los años 70 Didion fue diagnosticada de esclerosis múltiple. Durante el documental hay un choque entre el desmejoramiento físico de una mujer con un glamour innegable y la voz melodiosa que recuenta sus propias frases sin titubear, enfrentándose con sinceridad y aplomo a  la cámara.

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Quintana Roo Dunne, John Gregory Dunne, y Joan Didion en casa | Foto de John Bryson/Netflix

Recuerdos y cuadernos

De todas las preguntas que se hace Didion durante los años, el sinsentido del destino es el que se afinca en la pantalla. Los “tal vez”, y “que hubiera pasado si” son constantes en la vida de alguien que pierde repentinamente el espectro de su vida. Joan Didion casi podría pasar por una escritora de autoayuda para superar el duelo y la muerte,  experta en estudios y ensayos sobre la superación y los niveles emocionales que se suceden al perder a alguien cercano. Este sería el caso de no ser porque en sus anotaciones hay una clara distinción entre lo que pasó y lo que podría haber pasado, entre el propósito de su presente literario y pasado periodístico.

La verdad sobre los cuadernos de Didion es que son una parte diluida de ella misma. Una manera de preservarse y combatir la desmemoria, de apostar por la vida a pesar de sus muertos.

Joan Didion: The Center Will Not Hold es solo una migaja del extenso trabajo literario y periodístico de una figura que revive los perfiles más elegantes de Truman Capote en su juventud.  Una silueta cuyo recuerdo es necesario para entender el rescate de la palabra que hace un escritor con cada página habitada en su diario.

“Mira lo suficiente y escríbelo, me digo a mí misma, y luego, una mañana, cuando el mundo aparente consumirse, drenarse, algún día cuando solo esté haciendo lo que se supone que debo hacer, que es escribir en esa mañana en bancarrota, simplemente abriré mi libreta y allí estará todo, una cuenta olvidada con interés acumulado, un pasaje pagado al mundo exterior: el diálogo escuchado en los hoteles y ascensores y en el mostrador de pabellón de Pavillon (…) Recordar lo que era ser yo: ese es siempre el punto”. Joan Didion.

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Querida Joan

Laura Ferrero

Foto: Kathy Willens
AP Photo, File

Querida Joan:

Cada vez que abro mi libreta, esa que siempre llevo en el bolso, me sorprende, anotada en una esquina, tu dirección postal. Hace un par de años, cuando trabajaba en una pequeña editorial de Nueva York, la encontré entre archivadores, papeles y contratos, y la apunté. Fue un instinto, algo que hice rápido como si hubiera cámaras y estuviera asumiendo un riesgo mortal.

Pero la historia no se quedó ahí. Un miércoles de agosto me armé de valor y me dirigí a tu casa y, al llegar al portal, me detuve y miré hacia dentro. Pasé tiempo ahí fuera tratando de imaginar cómo serían las paredes y los pasillos entre los que te moverías. Deseaba verte salir, pequeña y frágil, a través de aquella puerta simplemente para decirte: “Hola Joan, gracias por salvarme la vida”. Pero pasé cerca de dos horas ahí, sufriendo el calor, el bochorno y los nervios –¿alguien iba a desenmascarar a la chica que había robado una dirección y quería verte?– y no, claro. No apareciste.

De todas maneras, aunque lo hubieras hecho, no me hubiera atrevido a decirte nada.

Nunca llegué a entrar en tu casa pero ahora ya sé cómo son las paredes entre las que te imaginaba moviéndote y deslizándote de una estancia a la otra con sigilo, como si temieras despertar a los demás, a los que ya no estaban contigo.

Te vi. En el sofá, en la cocina. Y lo hice desde una ciudad extraña, muy lejos de Nueva York, sobre el cubrecama impoluto de un hotel.

Me emocioné al verte. Eran tus manos, la ternura con la que mirabas a tu sobrino, Griffin Dunne en The center will not hold, el documental que ha rodado sobre tu vida. Ese documental del que leí que solo era interesante para fans y del yo diría lo contrario: es una pieza interesante para todos aquellos que crean en la crónica, en el periodismo. Para todos aquellos que alguna vez se hayan preguntado cómo puede narrarse aquello que no tiene nombre, que se llama dolor y que es justamente lo que no puede compartirse.

Te vi: preparabas sándwiches de pepino quitándoles la corteza y yo, que apenas sé cocinar, me imaginé aprendiendo una receta, cocinando para ti para decirte que no sé si a los demás también, pero lo cierto es que a mí me salvaste la vida.

Explicabas en el documental que a los 28 años descubriste que no todas las promesas –tanto las que te habían hecho como las que te habías hecho–  iban a cumplirse. Que algunas cosas eran y son irrevocables y que los errores y evasiones también cuentan en ese camino que vamos trazando al que comúnmente llamamos vida. Cuando te escuché pensaba que hablabas de las evasiones y de aquel verbo que se ha puesto tan de moda, procrastinar, en un sentido negativo. Sin embargo, hace unos días entrevisté a un pintor de 94 años que me dijo que lo importante en la vida es la estructura y la perseverancia; la coherencia con el proyecto vital de cada uno. Al terminar, me acerqué, sibilina, por detrás, cuando nadie me escuchaba y le dije “perdón, maestro, yo es que siempre tengo muchas dudas”. Carlos, que así se llama, sonrió y me dijo que la perfección venía siempre por la acumulación: “la acumulación de errores”, matizó. Así que entendí, claro, que en el documental tú no hablabas de nada en negativo sino únicamente de asumir que la vida surge también de los caminos que no tomamos y de la responsabilidad frente a lo que uno renuncia y se le escapa.

Pero volvamos a esa tarde de agosto en la que me quedé detenida ante tu puerta. Sin saber qué decir, como canta Ariel Roth. Sin saber por qué sentía yo que me habías salvado la vida. El otro día, en mi hotel, mientras veía el documental a través de la pantallita del portátil, lo entendí por fin.

Verás, unos años atrás perdí a alguien muy importante para mí y durante un tiempo no quería, como tú, que el tiempo pasara. Era consciente de que el reloj y el calendario seguían avanzando pero cuando llegaban los grandes acontecimientos como las Navidades, fin de año, veranos y cumpleaños, lo pasaba mal. No podía celebrarlos. Me hablaba a mí misma en estos términos: hace seis meses que, hace nueve meses que, hace ya dos años que. Eran una suerte de fronteras con las que delimitaba mi tiempo y siempre pensé que la mía era una nostalgia extraña, una manera como otra de bajarme del tren y decir “seguid vosotros que yo aquí me quedo”.

En un momento dado de The center will not hold explicabas que no querías dar por concluido El año del pensamiento mágico porque terminarlo significaba decir adiós a John. A veces se escribe para estar cerca de los que se han ido, así que poner el punto final a un libro no deja de ser otra manera de estar lejos. Aún más lejos.

Joan, no puedo decir que te entienda del todo. No he sido madre ni he perdido tantas cosas como tú. Pero, ¿cómo decir entonces que te entiendo? ¿Cómo decir que sé cómo se resquebrajan las cosas hasta que un día desaparecen y ya no son tuyas porque dejan de existir?

Cuando terminó el documental, perpleja, sobre mi colcha blanca de hotel pretencioso, entendí por fin por qué quería darte las gracias aquella tarde de verano de Nueva York. Así que tarde pero aquí va: gracias, Joan Didion porque me hiciste entender que no estaba sola. Que si bien el dolor es una celda en la que cada uno gritamos sin que los demás puedan escucharnos, saber que hay gente allá fuera que también grita y se separa y no quiere que el tiempo pase, es un consuelo. Así que te abrazo desde aquí, Joan. Y que sepas que un día de estos volveré a tu casa para seguir esperándote, abajo, escondida. Me reconocerás pronto: seré la chica que no se atreverá jamás a saludarte pero que te seguirá con la mirada hasta que vayas desapareciendo. Entonces yo volveré a pensar en la receta que un día aprenderé a cocinar para darte las gracias por haberme salvado no solo la vida sino también de mí misma.

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Vídeo | Ignacio Salazar-Simpson: "Hoy en día Bernabéu no sería el patrón del Real Madrid"

Anna Carolina Maier

Foto: @RMadridInfo
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Ningún cine catalán ha querido programar la película Bernabéu que fue estrenada el pasado jueves en el estadio del conjunto blanco en Madrid. Aquellos residentes de Cataluña que quieran ver el rodaje sobre la vida de del mítico presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu, tendrán que trasladarse a otras regiones del país. A pesar de esto, el documental dirigido por Ignacio Salazar-Simpson ya se encuentra en 12 salas del país, según Film Affintity. Específicamente en Madrid, Guadalajara, Alicante, Bilbao y Zaragoza. Su director señala que no la prohibieron en Cataluña sino que los cines se “auto censuraron”.

No hay un comunicado oficial sobre por qué aún no ha sido puesto en cartelera el documental en Cataluña, aunque podría ser una decisión comercial. Tampoco se sabe si la comenzarán a dar en los próximos días. The Objective ha intentado contactar a algunas de las salas para pedir una explicación y, hasta el momento, no ha recibido respuesta. Entretanto, el documental se ha convertido en pocos días en una cita obligada para todo madridista. Fotos de antaño, entrevistas de radio e imágenes de archivo componen el rodaje que cuenta con un guión de Joaquín Andújar (23-F: la película), y la voz en off para narrar del actor Luis Callejo. “El hombre para vivir años tiene que conservar una ilusión”, dirá en algún momento Santiago Bernabéu. The Objective tuvo una conversación telefónica sobre la película con su director para indagar en cómo logró retratar la pasión e ilusión del mítico jugador, entrenador y presidente del Real Madrid.

¿Es usted madridista?

Sí. Yo vivo muy cerca del Bernabéu y heredamos unos abonos de fútbol que tenía mi padre desde el año 59. Hemos seguido yendo todos al estadio.

¿Por qué decidió hacer una película sobre Santiago Bernabéu?

Lo gracioso es que la idea no fue mía sino del guionista, Joaquín Andújar, que un día en mi casa me propuso hacer una película sobre Bernabéu. Yo sabía que el estadio se llamaba Santiago Bernabéu pero no sabía mucho de él, como le pasa a mucha gente. Entonces decidimos intentarlo. Comencé a investigar y me resultó fascinante el personaje. Me pareció interesantísimo todo lo que fui descubriendo sobre él y sobre su época. En realidad, era un personaje que siempre estaba ligado al Real Madrid. El nombre se lo ponen al estadio cuando él está de viaje. Le hacen presidente por una carambola, como lo muestra la película. Él creía que el nombre (del estadio) lo iban a cambiar luego pero nunca lo cambiaron. También, él le dijo a su mujer María Valenciano, cuando lo contrataron (como presidente): “No te preocupes María que antes de un año me han echado, porque no soy millonario, ni tengo aptitudes de nada, soy un futbolista amateur que está aquí por el medio”. Duró 34 años. El gran descubrimiento que he hecho yo en estos tres años que he tardado en hacer la película, es que el Real Madrid era la familia de Bernabéu. Él se queda huérfano de madre con 14 años y de padre, con 20. Al quedarse sin padres, asume que el Real Madrid se convierte en su familia. Los jugadores se convierten en sus hijos, los directivos en sus hermanos. De alguna manera, él vive por y para el Real Madrid. Es fascinante que no cobrara un duro en toda su vida. Imagínate la libertad que te da eso.

¿Qué cosa rescata del personaje?

Su arrojo para fiarse de sus instintos. Esa cosa tan americana de follow your instincts, él lo llevaba a raja tabla. ‘La teoría de la jeta’ que él manejaba … Trataba de que, cada vez que veía a un jugador, no solo pensaba en si era buen o mal futbolista, sino que quería saber qué tal era como persona. Al él le importaba mucho que los jugadores fueran buenas personas para evitar envidias en el vestuario o rencillas. Por ello, él charlaba con alguno y a los cinco primeros minutos, ya había decidido si merecía la pena o no.

¿Cree que la película podría ayudar a mejorar la imagen del fútbol que se ha visto un poco deteriorada en los últimos tiempos?

Yo no pretendo mejorar la imagen de nadie. Lo que nos ha pasado es que nos hemos fascinado con este personaje y por eso hemos ido profundizando en él. Sí que hay cierta crítica, pues simplemente al ver el documental, intuyes lo que era el fútbol y en lo que se ha convertido en cuanto a los principios de lealtad, amistad y cosas que hoy en día ya no existen. Bernabéu dice en un momento dado: “El día en que esto solo sea una cuestión de dinero y cada uno solo piense en sí mismo y ya no haya ese espíritu amateur -que había antes del año 28 cuando los jugadores no cobraban por jugar, sino que jugaban porque querían y se divertían- yo ya no seré patrón”. Hoy en día, seguramente, no sería el patrón. Ha cambiado todo muchísimo. Él necesitaba la cercanía y relación con los jugadores.

Tras ver otras producciones en las que ha participado como Ocho apellidos vascos, pareciera que le interesa profundizar en la identidad del español. ¿Siente que Bernabéu forma parte de esa identidad?

En realidad, las películas Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes las hizo mi hermano y yo lo ayudé a conseguir el dinero. Pero sí produje 23-F y en esa película me pasó un poco lo mismo que con Bernabéu. Era un hecho que no se había profundizado y sentí que había llegado el momento, a los 30 años, de profundizar en él y contar lo que ocurrió realmente. En los dos casos, en 23-F y Bernabéu, he pretendido ser absolutamente objetivo. Nada tendencioso y simplemente contar hechos. Hay gente que dice ‘Bernabéu (y su relación) con el régimen’. Y yo he contado lo que he encontrado: que más bien era el régimen el que se aprovechaba de Bernabéu para salir fuera. Siempre se puede ser tendencioso, pero he procurado evitarlo.

Ignacio Salazar-Simpson: Hoy en día, seguramente, Bernabéu no sería el patrón

¿Cómo fue el proceso de creación del documental? ¿Qué fue lo más difícil?

Lo que hice fue investigar mucho. Hemos buscado todo lo que existe de Bernabéu de fotografías, imágenes de archivo, e incluso de entrevistas de radio que hay poquísimas porque hasta los años 60, borraban unas entrevistas con otras para aprovechar la cinta magnética. Hemos investigado todo. A partir de ahí, ha sido interesante, porque hemos cambiado varias veces el principio y el final. Un documental no es como una película de ficción que una vez que empiezas a hacerla sabes cómo empieza y termina. Aquí fuimos descubriendo, a lo largo del proceso, qué cosas nos interesaban más y así.

¿Prescindieron de alguna cosa muy interesante de la vida de Bernabéu?

En realidad la primera versión de la película duraba tres horas y lo que ha sido duro es reducirla a 75 minutos, porque tampoco queríamos aburrir a la gente. Entonces, por ejemplo, hemos tenido que recortar momentos con Raimundo Saporta (exdirectivo del Real Madrid), quien fue importantísimo en su vida y en las decisiones que él tomó. También hemos recortado otras anécdotas como un secuestro que le hicieron a (Alfredo) Di Stéfano en Venezuela. Resulta que hicieron una película aquí (España) de broma en la que secuestraban a Di Stéfano y entonces lo que ocurrió es que, seis meses después, él viajó a Venezuela y para protestar por (el expresidente venezolano Rómulo) Betancourt, lo secuestraron de verdad. Fue un secuestro muy light porque al parecer los secuestradores le dieron pizza y jugaron con él a las cartas. Fue para llamar la atención de una situación política. De eso conseguí unas imágenes, pero en el fondo, tampoco tenía que ver mucho con Bernabéu y tuve que sacarlas.

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