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Gurumbé. Canciones de tu memoria negra

Verónica F. Reguillo

Foto: Intermedia Producciones
Intermedia Producciones

Taconeo, cante y arte flamenco que utiliza, sin decirlo, la influencia africana. ‘Gurumbé. Canciones de tu memoria negra’ es un documental que trae al presente la historia silenciada y enterrada de los miles de esclavos negros que fueron vendidos en plazas españolas.

“Popularmente, todo el mundo pensaba que en España no hubo esclavos, y solamente para la tesis sobre la Granada del siglo XVI encontré 2.500 documentos de compraventa de esclavos”, asegura en la película la profesora Aurelia Martín Casares.

El antropólogo Miguel Ángel Rosales comenzó a trabajar en este documental hace cuatro años. Tenía dos objetivos claros que relata para The Objective: primero, visibilizar una historia que ha sido silenciada en España durante muchos años; y por otro lado, cuestionar el presente, las políticas de inmigración, las vallas, los CIES… “Queremos que sirva para que la historia no sea un hecho mudo”.

Desde el siglo XV al XIX, Sevilla, Cádiz y Lisboa, en Portugal, fueron las grandes sedes del tráfico de esclavos desde África. Según las investigaciones en ‘Gurumbé’, durante muchos años, una décima parte de la población de estas ciudades andaluzas fue negra y la influencia en los bailes, tradiciones, religiones…, supuso una mixtura tan rica como silenciada.

La negación sistemática de esa influencia tiene muchos porqués, asegura Rosales, aunque perfila varios hechos históricos y económicos que podrían ser clave. La esclavitud fue un “hecho infame que se ha mirado de perfil”. Ya en el siglo XIX hubo países como Francia, Inglaterra u Holanda que se aprovecharon de la mano de obra negra barata y esclava. Años después, en el siglo XX, estos países reconocieron la importancia de la esclavitud en sus economías. España no.

“Durante el siglo XX, España estaba inmersa en sus propios problemas internos, y por tanto, no ha habido un  momento histórico para hacer una mirada hacia atrás”.  Todo ello hay que contextualizarlo en un país donde “la memoria histórica interesa muy poco, vale muy poco. La idea que tenemos es de tirar hacia delante sin mirar hacia atrás, cuando en realidad debería ser de otra manera”.

“La esclavitud fue la gran impulsora del capitalismo español y de muchas grandes fortunas en nuestro país, que todavía hoy tienen mucho poder económico y a las que no les interesa que se visibilice la historia que propulsó esa riqueza”.

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Miguel Ángel Rosales, guionista y director de ‘Gurumbé. Canciones de tu memoria negra’ (Foto: Intermedia Producciones)

Esclavitud, colonialismo y migración

Andalucía es árabe, es cristiana, y es judía, “pero también es gitana y es negro-africana. Queremos visibilizar esa otra pata que falta, de la que no se habla”. Y lo han puesto de manifiesto en un momento en el que se construyen vallas de alambre y muros, para frenar las migraciones.

El director de ‘Gurumbé’ establece una relación clara entre esclavitud, colonialismo y migración. “Todo el desastre que supone para África el colonialismo es el lodo de lo que hoy es la inmigración. Se han desestructurado sus sociedades”. Para Rosales, la situación de hoy es la repetición de la historia de los esclavos a los que se les tatuaba en la cara una ‘S’, en un lado, y el dibujo de un clavo en el otro. “Hoy el proceso es el mismo, pero con palabras diferentes”.

“La película deja clara la cercanía del flamenco y la cultura negro-africana”

“Cuando surgen demandas de mano de obra, creamos leyes para traer, para tomar a la gente más vulnerable. Se podría hacer un paralelismo entre a quién se le da la ciudadanía y a quién no. Quién tiene derechos y quién no. Es una nueva manera de esclavitud. Un mismo proceso que tiene que ver con la acumulación de dinero”.

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La película se proyectará en países como Colombia, Inglaterra y Noruega (Foto: Intermedia Producciones)

Miguel Ángel Rosales es de Jerez, siente muy dentro el flamenco y toda la riqueza de la cultura andaluza. Dice que a medida que indagaba sobre el motor de su documental, todo iba “cuadrando más”. “La película deja clara, con evidencias muy fuertes, la cercanía del flamenco y la cultura negro-africana”. ‘Gurumbé’ es un reconocimiento a la población negra esclava de antaño y a la población migrante de ahora. “Vivo muy cera de la inmigración del Estrecho. El tema de la película que parece histórico, a mí me está tocando día a día. Es una película histórica, pero, sobre todo, es una película personal”.

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Los bailes africanos se mezclaron con la riqueza de la cultura andaluza (Foto: Intermedia Producciones)

‘Gurumbé. Canciones de tu  memoria negra’ ha hecho un lleno completo en la Cineteca de Madrid durante seis días. A finales de marzo se volverá a proyectar en la capital. También viajará por otras ciudades españolas, y al extranjero (Colombia, Noruega, Inglaterra, Berlín…). “Me encantaría que la película se viese en televisión, en medios dónde se pueda plantear el debate o la polémica, y que este tema se abra a un público diverso”. Este es el deseo de su director, llevar la danza de ‘Gurumbé’ hasta el infinito.

Continúa leyendo: La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes

Beatriz García

Cuando el conservacionista sudafricano Lawrence Anthony salvó de la muerte a un clan de elefantes problemáticos jamás imaginó que acabarían convirtiéndose en su familia.

En África está la partida de nacimiento del mundo. He estado dos veces en la sabana y, pese a lo guiri que pueda resultar un safari, siempre tengo la sensación de regresar a casa. Pienso con las tripas y no con la mente, viviendo en el momento como los animales. Y no hay nada más importante que eso, que la vida salvaje, o el sol sumergiéndose en las aguas del río Zambeze que, según los nativos, encarna el espíritu de un dios serpiente. Conforme te acercas a las cataratas Victoria, en Zambia, oyes el rumor del humo que truena, tal cual las bautizaron los makololo, y te haces una idea de lo que debió sentir Livingstone cuando las vio por primera vez, y por qué su corazón fue enterrado en África. Porque siempre estuvo allí. En un continente donde se vive y se muere, pero, sobre todo, se es. Por eso, el conservacionista Lawrence Anthony escribió en ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ (ed. Capitán Swing): “Así es África, el continente imperfecto, hermoso, magnífico, fascinante, místico, único, capaz de cambiar nuestras vidas… Con su carisma y su seductor encanto, y su sabiduría ancestral tan a menudo salpicada de inconmensurables espasmos de sangre”.

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes 1

La vida de este sudafricano, que abandonó su trabajo en una inmobiliaria para fundar una reserva natural en Zuzulandia, en las antiguas tierras de caza del legendario rey Shaka, fundador de la nación zulú, cambió radicalmente el día en que un grupo de elefantes salvajes llegó a Thula Thula. Cinco hooligans gigantes con una única obsesión: escapar de la reserva natural derribando con sus embestidas la valla electrificada.
Los zulúes, que no habían visto un elefante en su vida (ni siquiera en la época post-apartheid) y consideraban las reservas una excusa de los blancos para robarles la tierra, veían en esos paquidermos furiosos una amenaza; los furtivos, una mina de oro, y para Anthony eran el majestuoso símbolo de África. Por eso se comprometió a protegerlos, llegando a forjar una estrecha relación con su brillante matriarca, Nana, que pasó de desear matarlo a acariciarle con la trompa húmeda como a un miembro más de la manada.

“Comprendí que la esencia de la comunicación animal, se trate de nuestro perro o de un elefante salvaje, no es tanto lo que nos comunican, sino el reconocimiento de la comunicación” – Lawrence Anthony

Los elefantes son afectuosos entre ellos, tienen una dignidad y sentido de la familia difícil de encontrar en otras especies, sin ir más lejos, el hombre. Cuando los solteros abandonan la manada para perseguir a las jóvenes hembras, reciben las enseñanzas de un elefante adulto al que acompañan a las zonas pantanosas al envejecer para que se alimente de plantas más blandas y le protegen de hienas, cocodrilos y otros depredadores. Las madres cuidan a sus crías con la propia vida, hasta extremos realmente emocionantes. Cuenta Lawrence Anthony en ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ que en una ocasión una hembra de la manada dio a luz a un pequeño elefante enfermo que ni siquiera podía caminar, Thula. La hembra se quedó junto a su hija rodeada de su familia y cuando los demás desaparecieron entre las arboledas,  el conservacionista y su equipo lograron distraerla para llevarse a Thula y darle los cuidados necesarios. Luego los elefantes volvieron a por ella, iban a casa de ese susurrador en quien la matriarca tanto confiaban para ver a la cría. Finalmente, Thula falleció. Lawrence Anthony la devolvió a las tierras de Thula Thula y lloró con el clan.

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes 5
Lawrence junto a su mujer François y la pequeña elefanta Thula. Foto de Earth Organisation.

Que le aceptasen como uno más no fue nada sencillo. Antes de ganarse el respeto de Nana, la jefa del clan, y que Mnumzane, ese pequeño marginado que luego se convertiría en macho alfa, prefiriese su compañía a la de la manada, tuvo que dejar que la sabana entrase en él.
“Poco antes del anochecer me desplacé hasta la borma, aparqué a cierta distancia y me acerqué sigilosamente. Nana estaba a cubierto con toda su familia detrás, observando cada uno de mis movimientos y transpirando resentimiento por todos los poros. No me cupo la menor duda de que intentaría volver a escapar. Y entonces, sin más, se me ocurrió una solución. Decidí allí mismo que viviría con la manada”, relata. Y así estuvo conviviendo con ellos, día y noche, estrechando la distancia ‘de lucha o defensa’, rogándoles que no se fugasen. Hablando con ellos.

El lenguaje de los elefantes

Los elefantes pueden comunicarse con los vecinos que están a muchos kilómetros. Los infrasonidos que emiten desde sus estómagos están en la misma frecuencia de onda que el de esos otros prehistóricos espectros marinos, las ballenas. Sus vibraciones, dice Lawrence Anthony, palpitan por todo el planeta “creando canales que cubren toda su hábitat, como nosotros cuando hacemos una llamada a larga distancia”. Y con la ayuda de sus enormes orejas y sus patas reciben de vuelta los impulsos de una forma tan mágica que incluso parece que nos presientan.
“Una semana fui a Durban y a la vuelta me sorprendió encontrarme con los siete elefantes delante de casa, esperándome como un comité de bienvenida. Me dije que era pura coincidencia. Pero volvió a pasar cuando volví del siguiente viaje, y del siguiente. Pronto se hizo evidente que de algún modo sabían exactamente cuándo me ausentaba y cuándo volvía”, cuenta el conservacionista. Y añade: “Comprendí que la esencia de la comunicación animal, se trate de nuestro perro o de un elefante salvaje, no es tanto lo que nos comunican, sino el reconocimiento de la comunicación”.

En muchas ocasiones evitó la furiosa embestida de los elefantes a gritos: “¡Para, para! ¡Soy yo, soy yo!”, cuando se acercaban al hotelito ecológico de la reserva para beberse el agua de la piscina, dando un susto de muerte a los huéspedes. O les acariciaba la trompa para calmarlos ante la atónita mirada de los guardas. E incluso llegaría a intuir su presencia y a sentirse vacío cuando estaban lejos. Otras veces, sería Nana y su familia quienes salvarían la situación, guiando a su primo humano y el resto del equipo a un lugar seguro durante un incendio, o regañando a uno de los suyos por volcar un Land Rover lleno de turistas y pretender aplastarlos. “Los únicos muros entre elefantes y hombres los erigimos nosotros”, concluye Anthony.

En 2012, pocas semanas después de su muerte, una treintena de elefantes aparecieron en su casa de Thula Thula para despedirse.

No obstante, a veces estos muros son necesarios, al menos para que los animales sigan con vida. Thula Thula tuvo que enfrentar numerosos ataques de cazadores furtivos armados con rifles, y algunos de ellos eran verdaderos profesionales venidos de otras regiones: cuernos de rinocerontes serrados, nialas desgarrados y buitres decapitados cuyas cabezas eran empleadas como amuleto para ganar la lotería en las aldeas. Negociar con los adivinos y con los jefes zulúes para que ayudasen a preservar la fauna fue como domar a un elefante salvaje, necesitó paciencia y fue inevitable poner la vida en riesgo. En un continente en el que política y magia están tan imbricados que casi son la misma cosa, en una tierra en donde todavía arden brujos y se dice que cabalgan en las noches sobre babuinos, donde la gente evita ciertos caminos porque un espíritu malvado vive en una roca, Lawrence Anthony acabó convirtiéndose en una leyenda: El empecinado y excéntrico preservador de la sabana que trajo de vuelta a los elefantes a la región y logró que los clanes se hermanasen para proteger el futuro de sus tierras. Aunque su apodo, ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ le vino años después, cuando su amor a la naturaleza le llevó a Afganistán, donde se dedicó a salvar animales del zoológico de Bagdad, arrasado por la guerra.

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes 4
El equipo de Thula Thula bajo un precioso cielo de la sabana. Foto de Suki Dhandra.

A su vuelta a la reserva, Lawrence Anthony jamás volvió a entrometerse en la manada; decidió que las nuevas generaciones del clan crecerían solas, libres y salvajes y solo sus abuelas, Nana y Frankie, lo recordarían. Porque tenían memoria de elefante, y dignidad de elefante, y agradecimiento, y unas semanas después de que el conservacionista falleciera, una treintena de paquidermos apareció en la casa de Thula Thula, con sus trompas caídas, para despedirse de él.

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Detenidos y humillados, así pagan las personas sin recursos sus facturas médicas en África

María Hernández

Foto: JACKY NAEGELEN
Reuters

En algunos lugares del mundo, la atención médica puede llegar a costar mucho más que dinero. Detenciones, castigos físicos y hasta abusos sexuales es lo que sufren las personas sin recursos que no pueden pagar sus facturas médicas en varios países del África subsahariana y Asia.

República Democrática del Congo, Nigeria, Ghana, Camerún, Zimbabue y Kenia son los países donde existen evidencias de estas prácticas, así como en India e Indonesia, según un informe del centro de estudios británico Chatam House, considerado uno de los más importantes en el mundo de las relaciones internacionales.

¿Quiénes son las víctimas?

Tan importante es el dinero para estos hospitales, que en ocasiones llegan a ponerlo incluso por encima de la salud física y mental de sus pacientes con tal de cobrar las facturas. Por tanto, no es sorprendente que sean las personas sin recursos las que quedan indefensas ante los inhumanos abusos a los que son sometidas.

En la mayoría de los casos registrados, los detenidos acuden al hospital por emergencias médicas cuyo coste es mayor del que pueden permitirse, por lo que evitar estas consecuencias es prácticamente imposible. Una vez tratados, el hospital no duda en reclamarles el dinero correspondiente sin esperar siquiera a que estén recuperados, sin importarles las consecuencias que puedan tener sus acciones sobre la salud de los pacientes. Cubrir los gastos es su único objetivo.

Dentro de las víctimas de esta cruel práctica, las mujeres suelen salir mucho peor paradas. Capaces de aprovecharse incluso de quienes necesitan ayuda para dar a luz, las complicaciones en el parto, que a veces acaban en cesáreas o tratamientos de emergencia, acaban condenando a estas mujeres a semanas e incluso meses de reclusión y malos tratos en los centros médicos. 

Detenidos y humillados, así pagan las personas sin recursos sus facturas médicas en África
Faida Mwenge, con su hijo de tres meses Jospin Kambale, ambos retenidos desde su nacimiento por no poder pagar la factura del hospital. | Foto: Al-Hadji Kudra Maliro/AP

La situación empeora aún más cuando el bebé ya ha nacido. La crueldad de estos hospitales llega hasta tal punto que son capaces de separar a la madre de su hijo recién nacido para ejercer más presión y que pague antes la factura. Así, el bebé se convierte en un rehén cuando la madre ya ha sido liberada y no es liberado hasta que la mujer consigue recaudar el dinero necesario para saldar su deuda.

Otro colectivo vulnerable que se enfrenta a estos abusos y maltratos es el de los enfermos crónicos o con enfermedades que necesitan un tratamiento alargado en el tiempo, como los enfermos de cáncer. Una encuesta llevada a cabo en un hospital de Kenia muestra que un 53% de las familias de niños con cáncer que no tienen seguro médico abandonan el tratamiento por miedo a ser detenidos en el hospital.

Abusos físicos y sexuales

Los hospitales argumentan que estas detenciones son una medida útil y de corta duración para cobrar las deudas, pero en realidad es una práctica habitualmente degradante, abusiva y discriminatoria por la que los pacientes sufren todo tipo de tratos vejatorios por parte del personal del hospital, a veces durante meses.

Aunque en un gran número de casos los abusos se limitan a un trato despectivo por parte del personal de hospital, las víctimas han llegado a denunciar maltrato físico e incluso agresiones sexuales.

Uno de los casos más impactantes mencionados en el informe es el de una mujer de Kenia que fue obligada a dejar su cama y tumbarse en el suelo un día después de haberse sometido a una cesárea, o el de otra mujer de Nigeria que fue encadenada durante días a una tubería del baño mientras duraba su detención.

Pero esto no es todo. Por si las humillaciones, los malos tratos psicológicos e incluso físicos fueran poco, algunos hospitales han llegado incluso a permitir el abuso sexual. Un ejemplo de esto, uno de los pocos que han salido a la luz, es el de un grupo de pacientes del Hospital Nacional de Kenia, que aseguraron en el año 2015 que habían sido presionadas para tener sexo con personal del hospital a cambio de dinero para pagar sus deudas, según denunciaron algunos medios locales.

Por desgracia, estos son solo algunos ejemplos de las numerosas crueldades a las que son sometidas las personas que no consiguen los medios para pagar el coste de su tratamiento médico, y las consecuencias de esto no solo afectan a la salud de las víctimas de las detenciones, sino que también se deja notar en la de quienes evitan acudir al hospital por el miedo a ser retenidos allí.

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Las mujeres a menudo evitan dar a luz en el hospital por miedo a las consecuencias económicas. | Foto: Andreea Campeanu/ Reuters

En muchos de los países afectados, la mayoría de mujeres dan a luz en sus casas, en un gran número de ocasiones por no poder pagar la factura, lo que supone un elevado riesgo para su salud y la de los recién nacidos.

Este miedo no solo afecta a las mujeres embarazas, sino que también supone un gran problema para las personas con enfermedades crónicas como el Sida, en especial las mujeres, pues tienen miedo a pedir un tratamiento de antiretrovirales por la incertidumbre de si podrán pagarlo o no.

A pesar de que son conocidos por los gobiernos, los hospitales y la sociedad, el alcance de estos graves abusos es difícil de calcular, dadas las dificultades que existen para obtener información sobre este tema. “Debido a la naturaleza ilegal de estas detenciones, los hospitales no quieren a los investigadores cuantificándolas y qué pasa con los detenidos, por lo que mucho del material de investigación viene de reportajes en los medios que indican un gran nivel de abusos”, explica a The Objective Robert Yates, uno de los autores del informe de Chatman House.

Lo que sí han conseguido determinar los investigadores es que los hospitales suelen liberar a los pacientes a los pocos días, pero en muchas ocasiones las detenciones llegan a durar meses. “Llegamos a encontrarnos con una mujer y su bebé que habían estado retenidos durante 16 meses, pero supongo que es posible que algunos estén detenidos más tiempo”, se lamenta Yates.

¿Cuánto saben los gobiernos sobre esta práctica?

Aunque estas detenciones son ilegales, la realidad es muy diferente a lo que dice la ley, y los políticos no hacen prácticamente nada para luchar contra esta práctica. “Yo no diría que son sancionadas oficialmente por los gobiernos y estoy prácticamente seguro de que son ilegales en todos los países, pero algunos comportamientos de los políticos indican que se ha convertido en una práctica aceptada y las autoridades simplemente miran hacia otro lado”, denuncia Yates.

“Las detenciones en hospitales son tan comunes en Nigeria y Ghana que hay muchas historias de políticos liberando a los detenidos en campaña electoral”, dice el informe, demostrando que los Gobiernos conocen esta situación y no hacen nada para acabar con ella.

¿Quién debe actuar para acabar con esta situación?

“Yo creo que las Naciones Unidas deberían llamar a una prohibición inmediata de esta práctica, quizá a través de una resolución especial”, dice Yates, que también apunta a la Organización Mundial de la Salud como uno de los actores que debería tomar cartas en el asunto.

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Varias mujeres esperan en un hospital de Médicos Sin Fronteras en la República Centroafricana. | Foto: Siegfried Modola/ Reuters

“Para ser sincero, aparte de una o dos ONG como Human Rights Watch, Médicos Sin Fronteras y Oxfam, las principales organizaciones no han hecho prácticamente nada para parar esta práctica”, explica.

Pero quizá lo más importante es solucionar la principal causa de este problema, reformar los sistemas sanitarios para que los pacientes no se tengan que enfrentar a unos costes sanitarios demasiado elevados. En definitiva, crear un sistema sanitario universal que asegure que todos los ciudadanos pueden acceder a los servicios médicos.

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El último gag de Andy Kaufman

Jaime G. Mora

Foto: CLAUDIO ONORATI
AP

‘Jim & Andy’ es un documental perturbador. Relata la interpretación que hizo Jim Carrey de Andy Kaufman en la película ‘Man on the Moon’, que se estrenó en 1999, cuando Carrey era una estrella de Hollywood, y no ese tipo desquiciado al que acusan de haberle contagiado tres enfermedades sexuales a su exnovia. Hace veinte años Carrey era una estrella de Hollywood, decía, y Milos Forman lo eligió como protagonista del filme. Había pasado más de una década de la muerte del comediante Kaufman y era hora de llevar su vida a las salas de cine. Kaufman no se veía como un humorista. decía que nunca había contado un chiste y se consideraba más bien un “artista de variedades”.

Kaufman no buscaba hacer reír a la gente, sino provocar, y lo llevaba todo al extremo, aunque eso supusiera ganarse el odio de seguidores y ejecutivos. Los que le aplaudían y los que le pagaban, casi nada. Uno de sus ‘números’ más recordados tuvo lugar en pleno movimiento feminista: se le ocurrió organizar peleas de “lucha libre” con mujeres, a las que mandaba a casa a fregar y cuidar de los niños. Hacía todo lo posible, ya fuera en la televisión o en el ring, para enfurecerlas. Era un personaje excesivo para todo, incluso para morir: una variante muy rara del cáncer de pulmón se lo llevó por delante cuando solo tenía 35 años. Lo intentó curar con “medicina natural” y con la ayuda de chamanes.

Jim Carrey, para interpretar su papel, optó por hacer de Kaufman a todas horas, también después del “corten”, y todo aquello quedó grabado. El documental, disponible en Netflix después de haberle quitado el polvo a esas viejas cintas, muestra cómo fue aquel rodaje tan delirante. Se ven las caras de incredulidad de los actores cuando descubren la actitud del actor en el set, la impotencia inicial del director de la película, que no sabe cómo tratar a Carrey, o más bien a Kaufman. Carrey se presentó desde el minuto uno como Andy, y se relacionó con sus compañeros como si fuera su personaje: gritando, disfrazándose, llevando al plató a los Ángeles del Infierno…

“Estaba en Malibú, mirando el océano y pensando: ¿Dónde estará ahora Andy? ¿Qué estará haciendo?”, dice Carrey al recordar los días previos al rodaje. “De repente, Andy Kaufman apareció, me tocó el hombro y me dijo: puedes descansar. Yo haré mi película”. El hilo conductor del documental es una entrevista al actor, que habla fijamente a cámara, sin apenas moverse, con una barba poblada que lo aleja de esa imagen con la que triunfó en los años 90. Dice cosas como “Andy me poseyó, hasta tal punto que llegué a pensar que nunca me liberaría de él”, “A veces no puedo dormir porque siento que he salido de mi cuerpo y solo soy una nube de amor y gratitud y energía” “No somos nada. Y tener eso claro es increíblemente liberador”.

Hacer de Kaufman a todas horas, dice Carrey, lo llevó a dudar incluso de su propia identidad. Cuando acabó la película se sintió vacío, como si él no fuera nadie. ¿Quiénes somos? ¿Somos en realidad quienes creemos ser? En estas reflexiones sobre la identidad se ve que Carrey lleva años haciendo meditación, su remedio para luchar contra la depresión. Pero más que estos desvaríos espirituales, lo interesante de la cinta es ver hasta dónde llegó Carrey haciendo de Kaufman en la vida real. Se plantó sin ningún complejo en la casa de Steven Spielberg para hablar con él, sal en las noticias un incidente que tuvo con otro actor durante la grabación, se plantó en una fiesta en la mansión Playboy como si fuera uno de los personajes de Kaufman…

Carrey convirtió todo el rodaje de ‘Man on the Moon’ en un gag de Kaufman, que para eso lo grabó todo. El último gag de Kaufman. Puede que Carrey sea un lunático, desde luego lo parece, pero es un lunático brillante.

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Ekaitz Ortega: "La literatura es un refugio y un arma de rebelión"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective
“Mi madre murió cuando cumplí seis años. Guardo pocos recuerdos de ella, contados. En la mayoría la veo discutiendo con mi padre. No logro recordar los motivos que los llevaban a aquellos violentos enfrentamientos pero, conociendo lo que conocí a mi padre, estoy seguro de que era su culpa”.
–’Mañana cruzaremos el Ganges’, Ekaitz Ortega

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Ekaitz Ortega tiene 34 años, nació en Bilbao y vive en Madrid, pero este es un hecho circunstancial: pasó varios años en Granada –“cinco o seis”– y asegura que no le teme al cambio, que quizá mañana viva en Cádiz, Gijón o el D.F. Ekaitz es escritor por vocación, si es que no es esta la única manera posible de serlo, y se gana la vida mientras tanto con otro tipo de empleos: en una empresa de marketing digital, corrigiendo y maquetando textos en editoriales, escribiendo como articulista freelance. “Hace seis o siete años, cuando me independicé y me planteé qué quería hacer con mi vida, supe que quería escribir, aun sabiendo que nunca iba a vivir de ello”, dice. “Escribo solo porque me resulta satisfactorio escribir. Desde hace unos años, siempre reservo tiempo para la escritura y lo disfruto. Bastante”.

“¿Y escribes con disciplina?”, le pregunto.

“Por épocas”, responde. “Hay épocas en que la vida se impone. Pero la sensación de estar pensando continuamente en una historia sí que es algo que me ha acompañado siempre”.

Ekaitz explica que escribe una o dos horas al día, y que tampoco se imagina encerrado en una habitación y aporreando el teclado durante 12 horas. “Yo creo que no sería feliz así”, admite. “Con el tiempo he asumido una idea más modesta. Le dedico mis horas, hago lo que me gusta y tengo una vida aparte. Es una afición-trabajo. Si estás encerrado contigo mismo en una historia durante 12 horas, es difícil que no acabes odiándote”.

Entonces cuenta que conoce a mucha gente que se exprime así durante años y que fracasa, sin excepción: “Los casos de éxito en España son cinco. Se tienen que conjurar muchas cosas, es muy complicado. El esfuerzo solamente no te lleva a vivir de esto“. Pero ese fracaso es más romántico en el arte, le digo, medio en broma, defendiendo que vale la pena intentarlo. “Yo lo veo de una forma muy modesta”, responde. “Sé lo que va a haber, y lo asumo. Es una resignación. La imagen del cine de El gran Gatsby, con su mansión, no va a ocurrir en España, donde el mundo cultural está masacrado. De hecho, mi ambición con esta novela era escribirla y sentir la satisfacción de publicarla”.

Ekaitz Ortega: "La literatura es un refugio y un arma de rebelión" 1
Portada de ‘Mañana cruzaremos el Ganges’, de Ekaitz Ortega. | Foto: Ediciones El Transbordador

Ekaitz empezó a escribir con 17 años, pero los libros siempre le acompañaron: de pequeño le leían cuentos y de adolescente convivió con los cómics, un paso previo a nuevas ficciones. Ekaitz puede decir, más de 15 años después, que ha escrito decenas de relatos, que algunos de ellos se han publicado, y que –ahora sí– una de sus novelas sale al mercado. Se llama Mañana cruzaremos el Ganges y la edita El Transbordador, una joven editorial de ciencia ficción con sede en Málaga.

La novela describe un paisaje distópico con la historia vehicular de Eva Warren, una periodista asfixiada por un matrimonio que se descompone, una hermana alcohólica y una Europa autoritaria. Le dedicó más de dos años a escribirla, corregirla, volverla a escribir y volverla a corregir, y por momentos tuvo que contenerse para no dejarse vencer por la frustración. “Llegó un momento, cuando llevaba un tercio de la novela, que dejé de escribir. Me di cuenta de que me hacía falta un par de meses de reflexión sobre cómo quería llevar la historia hasta el final. No tenía prisa por terminarla. Hay afortunados que pueden escribir El jugador en un mes, pero yo no soy así”, dice, entre risas y recordando a Fiodor Dostoyevski, que tuvo que escribir esta obra en tan breve tiempo para pagar una deuda contraída como jugador de apuestas.

“Me costó tanto escribirla, sobre todo, por el tema de la voz”, dice, regresando a la complejidad de crear la conciencia de un personaje femenino. “Me preocupaba mucho escribir el personaje de una mujer, y de hacerlo desde un punto de vista mucho más reflexivo del que puedo actuar yo a diario. Escribí 20 ó 30 páginas y se las enseñé a un grupo de personas para que me diesen su opinión. Entre ellas incluí a un par de mujeres de entre 50 y 60 años para que me dijesen si aquellos pensamientos seguían una lógica o no, si resultaba creíble. Me dieron una serie de matices y, a partir de ahí, seguí avanzando”.

“La literatura me ayuda a entender el mundo”

La novela ya está publicada, y Ekaitz confiesa que es un alivio: durante meses la llevó de una editorial a otra, y por rechazos y desacuerdos con editores no llegaba el momento de enviarla a imprenta. Aquello no le impidió seguir intentándolo. “Cuando acabé la novela, me di cuenta de que debía ser la de mi debut”, cuenta, relajado. “No desistí a seguir moviéndola durante un tiempo, hasta encontrar un sitio donde me entendiera el editor y tuviera un feedback para sacar lo mejor posible. No he vuelto a escribir nada de esta extensión porque estaba muy obsesionado con publicarla. Yo veía una calidad que no encontraba en mis trabajos anteriores. Creo en la novela. Creo firmemente en haber logrado lo que intentaba“.

Lo que está en manos de los lectores, decíamos, es una distopía clásica, donde la crítica asoma en cada página. “No entiendo una novela contemporánea en España sin un factor analítico sobre la sociedad, y creo que la falta de posicionamiento político es, en sí, un posicionamiento político“, dice, afirmando con la cabeza. “El componente político influye bastante en esta novela. Me interesa porque junta tres perspectivas interesantes. Una es el factor denuncia, que es inherente al género distópico. Las otras son el factor introspectivo y -como lector de Bertolt Brecht- la visión del arte no como reflejo, sino como martillo para deformar la realidad. La política está muy metida en la historia. Por eso la protagonista es periodista. Me parece que vive entre dos mundos, entre el ciudadano y el poder, y me parecía interesante cómo manejarla en esa dicotomía de a quién obedecer. La literatura es un refugio y un arma de rebelión. Salta cualquier educación reglada. La literatura me ayuda a entender el mundo”.

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