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Hay una gran literatura africana (y la estamos ignorando)

Jorge Raya Pons

Foto: Neil Hall
Reuters

Cuenta Sonia Fernández, experta en literatura africana, que el conocido autor Nuruddin Farah supo expresar con acierto la situación de silencio que sufren los autores africanos en el mundo editorial, salvo por excepciones como la suya: soy el somalí que el mundo ha aceptado en la fiesta. En la misma lista de invitados aparecen nombres como J.M. Coetzee o Chimamanda Ngozie Adichie. Ambos en grandes editoriales, con difusión y lectores; el primero con un Premio Nobel de Literatura, incluso. Con todo, la realidad nos demuestra que existe toda una literatura riquísima que no llega a las librerías o que, solamente a veces, asoma con timidez en los últimos estantes.

Hace unas semanas, en los días anteriores a que se anunciara el ganador del Premio Nobel de Literatura de 2017, cobró fuerza el nombre del keniano Ngugi Wa Thiong’o. Pero se lo llevó Kazuo Ishiguro. “La literatura africana es muy desconocida”, dice Fernández, con cierto lamento. “Encontrar un libro de literatura africana en una librería es muy difícil. Este año he empezado a ver, y es algo significativo. Pero muy poquito, a cuentagotas”.

El escritor Antonio Lozano ahonda en el debate y afirma: “Es como si no existiera: le hemos dado la espalda”. Luego añade: “La literatura africana no es que haya sido olvidada, es que no ha sido visitada. Existe un cuerpo literario riquísimo desde los años 20 hasta ahora. Pero es raro encontrar a gente que haya leído literatura africana”.

Así pues, a beneficio de la literatura africana, surgen varias preguntas.

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Chinua Achebe, posando para una entrevista en 2008. | Foto: Craig Ruttle/AP

¿Cómo hacer que el lector español (o europeo) se interese por esta literatura?

Fernández reconoce que no aboga por ofrecer privilegios como método: “No soy partidaria de que haya que darle visibilidad por ser de África”. Pero asegura que la mejor manera es esforzarse en dar difusión a las obras que nos gustan. “Una forma que hemos encontrado últimamente y que está dando mucho resultado son los clubs de lectura basados únicamente en letras africanas”, dice. “Es una forma de dar visibilidad”.

Esta postura guarda muchos puntos comunes con las propuestas de la novelista ecuatoguineana Remei Sipi Mayo, afincada en Barcelona. “Debemos hacer mucho trabajo de campo”, dice. “Difundir para crear interés en el público llano. Tanto por la literatura como por África, que no interesa”.

La escritora sostiene que hay dos razones por las que no se lee literatura africana: porque –a priori– no tienen lectores y no dan dinero, por lo que las editoriales grandes renuncian a ella, y porque África no interesa: “La gente solo conoce África por estereotipos: mujeres sumisas, niños con los mocos caídos, etcétera”.

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Nuruddin Farah, durante una entrevista. | Foto: Thomas Mukoya/Reuters

En su ansia por encontrar lectores, ¿para qué público están escribiendo los autores africanos?

Fernández responde con entusiasmo: “Es uno de los eternos debates”. Dice que la mayor parte de los temas que preocupan a los escritores de África tienen que ver con nuestra visión respecto al continente. Dice que abordan cuestiones de inmigración, de racismo. “No es lo mismo que una historia que se desarrolla en Uganda con personajes de Uganda y problemáticas de Uganda”, dice. “Esa clase de obras se ven con cuentagotas”.

Y va más allá: clasifica a los autores africanos –si puede aplicarse como concepto más que como gentilicio– en tres categorías. El primero tiene que ver con los autores que viven, escriben y publican en África. El segundo, con los que han vivido en África pero, por circunstancias laborales o personales, han salido al extranjero y han desarrollado su obra en Europa o Estados Unidos. El tercero, con los que no han nacido en el continente africano, aquellos que son de segunda generación. Dice que los dos últimos grupos acaparan el 90% de la literatura africana que llega a nuestras manos.

“Sin duda el escritor africano escribe más bien para el lector europeo y americano, o en todo caso para la élite cultural de sus propios países”, comparte Lozano. “Hay que pensar que estos países suelen tener una alta tasa de analfabetismo”. En este sentido, surge la cuestión de la lengua: conforme menos extendida esté la lengua de los escritores, más difícil es encontrar un mercado. A veces es incluso imposible encontrar traductores. Por ello, muchos renuncian a sus idiomas maternos para escribir en la lengua de los colonizadores, principalmente francés o inglés. Hay honrosas excepciones, como el propio Ngugi, que renunció al inglés en los 70 para escribir únicamente en kikuyu, exclusivo de su etnia. Y esta es una cuestión que genera cierta discusión entre autores, que se cuestionan entre sí el compromiso con su cultura en función de la lengua que emplean.

“Los autores africanos suelen escribir en las lenguas del antiguo colonizador y en países ajenos al suyo”, continúa Lozano. “Es que la industria editorial está poco desarrollada en África, sobre todo en la África negra. Aunque en el Magreb, por ejemplo, hay muchos escritores que escriben en árabe y publican allí”.

A pesar de estas posiciones, Sipi Mayo no se resigna a aceptar esta visión. “Los autores africanos no escriben para el público europeo, solamente”, dice, desencantada. “Tampoco para el público africano, solamente. El escritor escribe para que le lean, sin elegir el público. Para que le lean y sobre lo que conoce”.

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Ediciones en castellano de ‘Todo se desmorona’, de Chinua Achebe (Mondadori), y ‘Mi carta más larga’, de Mariama Ba (Altaya).

¿Con qué libros o autores hacer la primera incursión en las letras africanas?

“Hay bastante literatura africana traducida al español”, arranca Lozano. “La Casa de África ha hecho una colección que tiene ya 18 títulos importantes, pero hay otras editoriales que también han publicado cosas. También es verdad que son editoriales pequeñas, de difícil acceso”. Así, Fernández recomienda que el lector comience con títulos más recientes, que aborden problemas de hoy, para luego continuar con los clásicos, aquellos centrados en la etapa precolonial.

Lozano se lanza a dar nombres: “Hay títulos fundamentales, como Todo se desmorona, de Chinua Achebe. Hay novelas reivindicativas muy importantes, como El baobab que enloqueció, de Ken Bugul. O la primera gran obra feminista, que es Mi carta más larga, de Mariama Ba. O Boubacar Boris Diop, del que destacaría Murambi, que es una obra sobre el genocidio de Ruanda”.

A estos, Sipi Mayo añade nombres como la propia Chimamanda o Buchi Emechita, aunque también incluye a Colson Whitehead, que es estadounidense. Lo hace por su libro El ferrocarril subterráneo. “Describe la situación de la gente que vivió la esclavitud”, dice la escritora. “Y si hablas de esclavitud, tienes que partir de África”. Para Sipi Mayo, esta literatura también forma parte de las letras africanas.

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Las intimidades literarias de Gabriel García Márquez, al descubierto

Jorge Raya Pons

Foto: TOMAS BRAVO
Reuters

El archivo con todos los manuscritos que sobrevivieron de Gabriel García Márquez está en Estados Unidos. Él, que se rebeló contra todos sus gobiernos, nunca lo habría imaginado. Vendieron el fondo de documentos que había guardado durante años por más de dos millones de dólares a la Universidad de Texas –a través de la institución Harry Ransom Center–. Parece mucho dinero cuando Gabo –como le llamaron quienes le conocían– vivió con lo justo durante casi media vida. Aquella circunstancia cambió, sin embargo, cuando alguien quedó deslumbrado por Cien años de soledad.

Algunos días, García Márquez compartía con quienes le acompañaban la historia de cómo la idea del libro le alcanzó como un rayo, de cómo quedó prendido e incapacitado para hacer otra cosa que escribir. “A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté ante la máquina de escribir y empecé: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme”, dijo en una ceremonia en Cartagena de Indias en 2007. “Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses, hasta que terminé el libro”.

Gabo, que nació en el Caribe colombiano y siempre se reconoció periodista, escribió otras obras que son infinitas –como El coronel no tiene quien le escriba y El amor en los tiempos del cólera– y dejó miles de páginas que ahora pueden consultarse gratuitamente y en línea. Son folios y folios –unos 27.000– y artículos y fotografías y ficciones a medias que revelan sobre García Márquez tanto como sus memorias: en ellos están sus métodos de trabajo, sus anotaciones, sus vicios de escritura. La universidad tejana ha comenzado un laborioso y encomiable esfuerzo para digitalizar todo cuanto llegó a sus manos, y los resultados son verdaderamente estimulantes si uno es lector devoto del maestro de Aracataca.

Cómo consultar en línea todo el catálogo de Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez, en Monterrey en 2007. | Foto: Tomás Bravo/Reuters

La página tiene habilitados unos buscadores que permiten, incluso, filtrar por palabras clave, y también un mecanismo sorprendente con el que se pueden comparar simultáneamente borradores distintos de una misma obra. Entre los documentos hay pasaportes de sus abuelos, de él mismo, fotografías de su infancia, todo un torrente de información que desvela las facetas misteriosas de su vida, sobre las que tanto mintió a sus biógrafos.

Toda esta hazaña no habría sido posible –quién sabe– si García Márquez no hubiera publicado Cien años de soledad. Aquello fue una posibilidad real al menos en dos ocasiones, según sus recuerdos. La primera, cuando la mecanógrafa Esperanza Araiza (Pera) resbaló saliendo de un autobús, bajo la lluvia, y provocó que los papeles de su borrador final se empaparan todos en un charco. Luego tuvo que secarlos pacientemente y uno a uno para rescatar los 18 meses de trabajo de su amigo.

La segunda, cuando el escritor y su esposa, Mercedes, se dispusieron a enviar a la editorial Suramericana por correo las 590 cuartillas que entonces eran la novela. El trabajador de la oficina pesó las hojas y les dijo: “Son 82 pesos”. Pero ellos eran pobres y solo tenían 53. Tuvieron que enviar la mitad de la novela, con el escaso atino de escoger la segunda mitad y no la primera. Unos días después, les escribió el editor y les dio el dinero restante a cambio de que le hicieran llegar la primera parte. La historia de García Márquez –quizá distorsionada– viene a demostrar que la fortuna, a veces, es caprichosa. Ahora sus intimidades literarias y familiares quedan abiertas para los curiosos y los investigadores.

Continúa leyendo: Lorca en presente

Lorca en presente

Carlos Mayoral

Foto: Fundación García Lorca
Fundación García Lorca

Federico es un poeta que todavía no ha conocido su verso. Apenas se ha dejado llevar por la marea académica en la que le ha sumergido su madre, y nadie excepto los chopos del patio de su casa, que le susurran con cariño su nombre (…Fe-de-ri-co…), sospecha que estamos delante del bardo más universal del siglo XX hispánico. Todo cambia durante un viaje a Castilla, la misma Castilla a la que le cantaba entonces Machado, cuando se fija en las cigüeñas que coronan los campanarios de la meseta. Ese día le escribe a un amigo residente en Suiza los primeros versos conscientes de Federico García Lorca: Cigüeñas musicales/ amantes de campanas/ oh, qué pena tan grande/ que no podéis cantar. Ha visto la luz el poeta.

Hace unos días cayó en mis manos “Palabra de Lorca”, extraordinario libro, que guarda en su interior anécdotas como ésta que acabo de redactar. El título centra su sinopsis precisamente en eso, en una recopilación de entrevistas y artículos sobre la figura del granaíno engarzada por Rafael Inglada, Víctor Fernández y la editorial Malpaso. Más allá de la edición, tan hermosa como todas las de este sello, se abría ante mí una duda: ¿Sería tan seductora esta cara del poliedro lorquiano como lo fueron las otras? Sólo me bastaron dos giros de página para darme cuenta de que, efectivamente, estábamos antes un nuevo prodigio que mantiene viva su llama: Federico lo había vuelto a hacer.

Poliedro lorquiano, sí. Porque Federico muestra a menudo tantas caras y tan ricas en matices cada una de ellas que sería absurdo volverle la vista a alguna. “Palabra de Lorca” se recrea en estas caras, pero lo hace en presente, tiempo verbal que parecía esfumarse sepultado en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Podemos fijar la atención en el Federico dramático, capaz de convertir en discurso la sangre del teatro; en el Federico más surrealista, el que hace de Nueva York verso y espina; en el Federico más popular, el que a golpe de romance cincela la tradición moderna andaluza. Todos ellos pasan en este libro por la túrmix de la opinión del propio poeta, que le da vida a su obra.

“Palabra de Lorca” nos telegrafía su cara más íntima, la que bebe de sus confesiones. Secretos, interioridades, esquinas de alcoba. El libro se regodea en la impresión que a Federico le produce tal o cual estreno dramático, en el discurso que el de Fuentevaqueros le da a los obreros catalanes sobre la URSS, en la grieta en la mejilla que Nueva York le dejó para siempre, en la infancia que guardó en su memoria el recuerdo del campesino que escuchaba a Chopin mientras hojeaba a Bakunin. Nótese cómo esparzo las anécdotas del libro sin control temático ni cronológico, porque así era el Lorca que se aleja del mito, un individuo que siente y vive sin control, un ser íntimo que supo hacer de su intimidad figura retórica, verso y obra maestra. “Palabra de Lorca” habla del Federico infinito, lo desnuda y lo coloca frente a nosotros. Y, recuerden, lo hace en presente. La poesía y sus lectores estamos de enhorabuena.

Continúa leyendo: Las inversiones sostenibles no dejan de crecer y es gracias a los millennials

Las inversiones sostenibles no dejan de crecer y es gracias a los millennials

María Hernández

Foto: DAVID GRAY
Reuters

En los últimos años, la generación millennial se ha convertido en la esperanza de la sociedad para cambiar el mundo. Comprometidos con la protección del medioambiente y numerosos problemas sociales, los jóvenes de esta generación comienzan a adueñarse del mercado laboral y, poco a poco, van dejando su huella en un mundo que lucha contra la creciente destrucción del medio ambiente.

Su preocupación por problemas como la contaminación, la pobreza o la falta de derechos humanos en algunos lugares, así como por las prácticas empresariales responsables con la sociedad, en general, se está empezando a notar en el mundo de los negocios.

Un claro ejemplo es que las inversiones sostenibles son cada vez más populares en todo el mundo y en los últimos años han crecido a pasos agigantados. Las previsiones apuntan a que este aumento no va a parar.

El crecimiento de las inversiones sostenibles

La preocupación por no financiar a ninguna empresa que lleve a cabo prácticas polémicas o cuyos productos sean perjudiciales es común en casi todos los lugares del mundo. A medida que los jóvenes comienzan a incorporarse al mercado laboral, este interés se está dejando notar en todas las regiones del mundo.

En 2016, las inversiones sostenibles alcanzaron los 22,89 billones de dólares, según los últimos datos de la Global Sustainable Alliance. Esta cifra es bastante superior a la de 2014, cuando se situó en 18,28 billones de dólares, lo que supone un 25% de incremento en tan solo dos años.

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Los jóvenes están haciendo crecer las inversiones sostenibles. | Foto: Brian Snyder/ Reuters

Este dato es aún más impactante si nos remontamos al año 2012, pues entre esta fecha y el año 2014, las inversiones sostenibles crecieron un 61%.

A pesar de que este tipo de inversiones ha crecido prácticamente en todo el mundo, hay grandes desigualdades en las distintas regiones del planeta, mostrando que la sostenibilidad aún no ha logrado hacerse un hueco en las principales preocupaciones de los ciudadanos de algunos de los países más importantes para la economía mundial.

Por encima, destacan Australia y Nueva Zelanda, que son las que más huella están dejando en el negocio de las inversiones sostenibles. En dos años, el dinero invertido en estas causas ha crecido en un 247,5%.

Comparada con estos datos, Europa queda en evidencia, pues el aumento es bastante menos notable. En los dos últimos años, las inversiones sostenibles solo han crecido un 11,7%, dejando al viejo continente por detrás de Estados Unidos, Canadá y Asia, y demostrando que aún queda mucho por hacer en la sociedad europea en lo que a sostenibilidad se refiere.

¿En qué sectores se hacen estas inversiones?

Aunque la terminología puede resultar confusa, las inversiones sostenibles no tienen por qué estar relacionadas con invertir dinero de una manera directa en una causa relacionada con un problema social o medioambiental, sino que hay muchas maneras de hacer que estas inversiones sean responsables.

Existen diferentes categorías en las que se puede invertir para que la operación esté dentro de este tipo de transacciones. Así, las inversiones sostenibles se dividen en inversiones de impacto, negativas o de exclusión,  directas en causas sostenibles, en compañías best-in-class, screening basado en normas e inversiones basadas en la integración de ESG (causas ambientales, sociales y gobernanza corporativa).

Las más comunes son las inversiones negativas o de exclusión, es decir, aquellas que dejan fuera los planes, compañías o fondos implicados en actividades controvertidas o consideradas como inaceptables. Las armas, la energía nuclear, la pornografía o el tabaco son algunas de las actividades que los inversores evitan cuando realizan transacciones en esta categoría. De esta manera, aunque sin invertir en ninguna causa concreta, las inversiones se dirigen a empresas con buenas prácticas ambientales y cuyos productos son beneficiosos para la sociedad.

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La lucha contra los problemas ambientales, como la contaminación, también atraen numerosas inversiones. | Foto: Geert Vanden Wijngaert/ AP

Sin embargo, las que más han crecido son las inversiones de impacto, es decir, aquellas dirigidas a un problema social o ambiental concreto, hechas habitualmente en mercados privados. Muy relacionado con esto, también ha aumentado notablemente el dinero que se invierte en causas relacionadas directamente con la sostenibilidad, comprometidas con la protección del medioambiente. Los proyectos para reducir la contaminación, las energías renovables o las prácticas ecológicas son algunos ejemplos del destino de estas inversiones, que son un reflejo de las preocupaciones sociales.

La inversión sostenible en España

En España, el interés por la sostenibilidad también crece poco a poco, pero todavía quedan muchos esfuerzos por hacer para que las inversiones en este sector sean suficientes. “La mayor parte de la inversión ISR está canalizada a través del inversor institucional, siendo especialmente representativo en nuestro mercado”, explica el Foro de Inversión Sostenible de España en su último informe.

Esto supone que las personas particulares, los minoristas, no invierten su dinero en causas sostenibles y que las responsables del tímido crecimiento de este tipo de inversiones en España son las grandes instituciones o compañías.

Pero no toda la culpa recae sobre los inversores. El informe señala que existe una oferta escasa, aunque creciente, de productos de inversión sostenible en España. La solución parece llegar de la mano de las gestoras internacionales, que están poco a poco incorporando “su técnica y conocimiento y su catálogo de productos” debido al potencial que ven en el mercado español.

¿Qué hacer para aumentar estas inversiones?

En el caso de España, las causas sostenibles todavía no son el primer foco de atención de los inversores, pero las perspectivas de crecimiento son buenas y el aumento de las inversiones sostenibles y responsables demuestra que este interés va en aumento.

Para ayudar a impulsar este interés, las empresas juegan un papel muy importante, pues son ellas quienes pueden ofrecer una gran cantidad de productos en los que invertir de una manera responsable con la sociedad. Por tanto, aumentar la oferta de productos y proyectos sostenibles es el primer esfuerzo necesario para cumplir este objetivo.

Por parte de los ciudadanos, de los inversores, también hay maneras de en este tipo de causas sin necesidad de gastar una gran cantidad de dinero. El Foro de Inversión Sostenible destaca, entre ellas, la participación en campañas de crowdfunding, que tan populares se han vuelto en los últimos años, para financiar causas ambientales y sociales.

Continúa leyendo: Ekaitz Ortega: "La literatura es un refugio y un arma de rebelión"

Ekaitz Ortega: "La literatura es un refugio y un arma de rebelión"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective
“Mi madre murió cuando cumplí seis años. Guardo pocos recuerdos de ella, contados. En la mayoría la veo discutiendo con mi padre. No logro recordar los motivos que los llevaban a aquellos violentos enfrentamientos pero, conociendo lo que conocí a mi padre, estoy seguro de que era su culpa”.
–’Mañana cruzaremos el Ganges’, Ekaitz Ortega

***

Ekaitz Ortega tiene 34 años, nació en Bilbao y vive en Madrid, pero este es un hecho circunstancial: pasó varios años en Granada –“cinco o seis”– y asegura que no le teme al cambio, que quizá mañana viva en Cádiz, Gijón o el D.F. Ekaitz es escritor por vocación, si es que no es esta la única manera posible de serlo, y se gana la vida mientras tanto con otro tipo de empleos: en una empresa de marketing digital, corrigiendo y maquetando textos en editoriales, escribiendo como articulista freelance. “Hace seis o siete años, cuando me independicé y me planteé qué quería hacer con mi vida, supe que quería escribir, aun sabiendo que nunca iba a vivir de ello”, dice. “Escribo solo porque me resulta satisfactorio escribir. Desde hace unos años, siempre reservo tiempo para la escritura y lo disfruto. Bastante”.

“¿Y escribes con disciplina?”, le pregunto.

“Por épocas”, responde. “Hay épocas en que la vida se impone. Pero la sensación de estar pensando continuamente en una historia sí que es algo que me ha acompañado siempre”.

Ekaitz explica que escribe una o dos horas al día, y que tampoco se imagina encerrado en una habitación y aporreando el teclado durante 12 horas. “Yo creo que no sería feliz así”, admite. “Con el tiempo he asumido una idea más modesta. Le dedico mis horas, hago lo que me gusta y tengo una vida aparte. Es una afición-trabajo. Si estás encerrado contigo mismo en una historia durante 12 horas, es difícil que no acabes odiándote”.

Entonces cuenta que conoce a mucha gente que se exprime así durante años y que fracasa, sin excepción: “Los casos de éxito en España son cinco. Se tienen que conjurar muchas cosas, es muy complicado. El esfuerzo solamente no te lleva a vivir de esto“. Pero ese fracaso es más romántico en el arte, le digo, medio en broma, defendiendo que vale la pena intentarlo. “Yo lo veo de una forma muy modesta”, responde. “Sé lo que va a haber, y lo asumo. Es una resignación. La imagen del cine de El gran Gatsby, con su mansión, no va a ocurrir en España, donde el mundo cultural está masacrado. De hecho, mi ambición con esta novela era escribirla y sentir la satisfacción de publicarla”.

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Portada de ‘Mañana cruzaremos el Ganges’, de Ekaitz Ortega. | Foto: Ediciones El Transbordador

Ekaitz empezó a escribir con 17 años, pero los libros siempre le acompañaron: de pequeño le leían cuentos y de adolescente convivió con los cómics, un paso previo a nuevas ficciones. Ekaitz puede decir, más de 15 años después, que ha escrito decenas de relatos, que algunos de ellos se han publicado, y que –ahora sí– una de sus novelas sale al mercado. Se llama Mañana cruzaremos el Ganges y la edita El Transbordador, una joven editorial de ciencia ficción con sede en Málaga.

La novela describe un paisaje distópico con la historia vehicular de Eva Warren, una periodista asfixiada por un matrimonio que se descompone, una hermana alcohólica y una Europa autoritaria. Le dedicó más de dos años a escribirla, corregirla, volverla a escribir y volverla a corregir, y por momentos tuvo que contenerse para no dejarse vencer por la frustración. “Llegó un momento, cuando llevaba un tercio de la novela, que dejé de escribir. Me di cuenta de que me hacía falta un par de meses de reflexión sobre cómo quería llevar la historia hasta el final. No tenía prisa por terminarla. Hay afortunados que pueden escribir El jugador en un mes, pero yo no soy así”, dice, entre risas y recordando a Fiodor Dostoyevski, que tuvo que escribir esta obra en tan breve tiempo para pagar una deuda contraída como jugador de apuestas.

“Me costó tanto escribirla, sobre todo, por el tema de la voz”, dice, regresando a la complejidad de crear la conciencia de un personaje femenino. “Me preocupaba mucho escribir el personaje de una mujer, y de hacerlo desde un punto de vista mucho más reflexivo del que puedo actuar yo a diario. Escribí 20 ó 30 páginas y se las enseñé a un grupo de personas para que me diesen su opinión. Entre ellas incluí a un par de mujeres de entre 50 y 60 años para que me dijesen si aquellos pensamientos seguían una lógica o no, si resultaba creíble. Me dieron una serie de matices y, a partir de ahí, seguí avanzando”.

“La literatura me ayuda a entender el mundo”

La novela ya está publicada, y Ekaitz confiesa que es un alivio: durante meses la llevó de una editorial a otra, y por rechazos y desacuerdos con editores no llegaba el momento de enviarla a imprenta. Aquello no le impidió seguir intentándolo. “Cuando acabé la novela, me di cuenta de que debía ser la de mi debut”, cuenta, relajado. “No desistí a seguir moviéndola durante un tiempo, hasta encontrar un sitio donde me entendiera el editor y tuviera un feedback para sacar lo mejor posible. No he vuelto a escribir nada de esta extensión porque estaba muy obsesionado con publicarla. Yo veía una calidad que no encontraba en mis trabajos anteriores. Creo en la novela. Creo firmemente en haber logrado lo que intentaba“.

Lo que está en manos de los lectores, decíamos, es una distopía clásica, donde la crítica asoma en cada página. “No entiendo una novela contemporánea en España sin un factor analítico sobre la sociedad, y creo que la falta de posicionamiento político es, en sí, un posicionamiento político“, dice, afirmando con la cabeza. “El componente político influye bastante en esta novela. Me interesa porque junta tres perspectivas interesantes. Una es el factor denuncia, que es inherente al género distópico. Las otras son el factor introspectivo y -como lector de Bertolt Brecht- la visión del arte no como reflejo, sino como martillo para deformar la realidad. La política está muy metida en la historia. Por eso la protagonista es periodista. Me parece que vive entre dos mundos, entre el ciudadano y el poder, y me parecía interesante cómo manejarla en esa dicotomía de a quién obedecer. La literatura es un refugio y un arma de rebelión. Salta cualquier educación reglada. La literatura me ayuda a entender el mundo”.

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