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House of Cards fue el comienzo de una era... pero esa era la dejó atrás

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

Ya no sólo se trata de la injustificable conducta de Kevin Spacey, House of Cards, la primera serie en streaming, había muerto mucho antes de que su protagonista fuese descubierto como un depredador. Analizamos la serie: su triunfo, su influencia y su caída.

En un tiempo en que Netflix estrena series cada semana y producciones de Hulu o Amazon Prime, como The Handmaid’s Tale y Transparent, ganan Emmys por decenas, es difícil imaginar cómo era el mundo de las series antes del streaming. Pero no es imposible. Porque si se piensa un poco, esta tendencia, que cambió el mundo de la televisión y tiene bajo amenaza a los canales de señal abierta,  comenzó en 2013… no hace 20 años. House of Cards, la serie que actualmente ha sido cancelada con la excusa de la indefendible conducta de Kevin Spacey (actualmente las acusaciones de abuso incluyen a varios hombres, incluidos miembros del equipo del show), pero que ya había perdido combustible y amor de la crítica y el público, fue quien inauguró una era que ha cambiado el panorama considerablemente.

En enero de 2013, Netflix estrenó este thriller político (basado en una serie inglesa homónima) y estrenó un modelo de distribución que modificaría, luego, la forma en que se mira televisión: toda la temporada fue subida al mismo tiempo a la web del servicio de streaming. Los canales de señal abierta criticaron la decisión, decenas de artículos hablaron de cómo este sistema no funcionaría: la gente vería la serie en un fin de semana y todo el proceso mediante el cual la crítica, las reseñas, la publicidad y el ciclo de la prensa funcionan se perdería y con ellos la posibilidad de éxito del programa. Significaba saltarse años de tradición, de una forma de hacer las cosas. La realidad fue otra. House of Cards fue un éxito instantáneo a su estreno, y no sólo eso: probó que el binge watching estaba aquí para quedarse. Netflix ya había anunciado con su estreno que invertiría 300 millones de dólares en varias series y que se proponía, por lo menos, estrenar 5 programas originales al año.

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El controversial Frank Underwood interpretado por el controversial Kevin Spacey. | Imagen via Netflix.

House of Cards fue la primera prueba de que el mundo televisivo estaba adaptándose a los tiempos, buscando una manera de conectar con nuevas audiencias de la sociedad de la información que prefieren acceder al contenido cuando y donde quieran. No sólo se trató de espectadores y críticos, la serie recibió en su primer año varios Emmy: tres de 14 nominaciones. Fue la primera vez que un productor de contenido exclusivamente online recibía premios de la Academia de Televisión.

Siguió un cambió de ritmo en producción y distribución de programas de televisión como pocos han visto en otros ámbitos. De facto todo el sistema tuvo que abrir sus puertas y recibir a nuevos competidores.

En sus cinco años de existencia, House of Cards ha sido siempre un estandarte de la era streaming, pero en sus últimas temporadas ha perdido relevancia. Igual que en 2013 fue una novedad llena de atrevimiento y sarcasmo, cinco años después se convirtió en un producto de una vieja escuela que ya no atrae a los espectadores. ¿Qué pasó?

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¿Llegará finalmente Claire Underwood a la presidencia? | Foto vía Netflix.

Bueno, el mismo nuevo universo que inauguró ha sido su perdición. La competencia se ha hecho férrea y amplísima. Hay series por doquier y cada una mejor que la otra. En un mundo en que hay más de 500 series sucediendo al mismo tiempo la excelencia es vital, y House of Cards dejó atrás la calidad al poco tiempo de comenzar. No sólo se trató de que no pudiese competir en el mismo ámbito que creó. El momento político tampoco favoreció su causa. Mientras series como Veep, que se burlan de los políticos de la Casa Blanca y se han convertido en comentaristas sarcásticos y críticos de la actualidad, House of Cards continuó con su primera elección: un protagonista deleznable con ansias de poder por el que la audiencia siente fascinación. Y sí, cuando la Casa Blanca no estaba ocupada por un aprendiz de tirano peligrosamente ignorante, esto podía ser atractivo. Pero cuando la realidad se hizo grave y los giros de trama noveleros de la serie se hicieron irreales e incluso patéticos ante el presente, House of Cards perdió cualquier posibilidad de volver a ganar su sitio.

Se suponía que la serie tendría una sexta temporada, pero la producción se detuvo. Netflix afirmó que no trabajaría más con Kevin Spacey en House of Cards, por lo que si la serie continúa en producción para finalizar la temporada que queda, Frank Underwood ya no estará en ella.

La verdad es que el servicio de streaming ya se había planteado acabar con la serie tras una sexta temporada (los números, que no revelan nunca, no deberían ser buenos). Nunca han sido de la política de cancelar series, de hecho comenzaron sólo hace poco, pero su producción estandarte llevaba años siendo un peso a la espalda de una compañía que cuenta ya con suficientes buenas producciones como para prescindir de las que no funcionan. El escándalo con respecto a la imperdonable conducta de Spacey es el último clavo en el ataúd. House of Cards puede haber cambiado el mundo de las series, pero ese mismo mundo se hizo mejor muy rápido y la dejó atrás. Ser un pionero no garantiza el éxito a largo plazo.  

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6 series políticas que pertenecen a la era de Trump

Nerea Dolara

Foto: Showtime
Showtime

Algunas empezaron antes de su llegada al poder, pero sus críticas o sus parodias son comentarios claros de su mandato y del estado patético en que está el mundo en la era Trump. Verlas a veces ayuda a entender y, otras veces, sirve para procesar la ira… de una u otra manera, valen la pena.

En los últimos años no ha habido escasez de series políticas. No es de extrañar, en un corto periodo de tiempo se han vivido avances descomunales (como el primer presidente negro de Estados Unidos), crisis con consecuencias a largo plazo (como la bancaria), el surgimiento de un nuevo tipo de terrorismo (como el de ISIS) y, hace poco, varias señales de que si se había previsto un avance hacia el progreso, que podía dar una leve esperanza, eso fue un error… o en otras palabras Brexit, Donald Trump y las últimas elecciones alemanas, por ejemplo, dejan claro que la política está tomando direcciones reprochables.

Y es en las series, así como en los libros o el cine, donde los votantes lidian con lo que sienten ante tales señales de perdición. Por eso la existencia de series políticas ha crecido… no es fácil entender el presente, incluso para quienes las escriben. Y la ficción es siempre una buena forma de procesar información.

Aunque haya muchas, una selección siempre viene bien para adentrarse en los mares políticos televisivos. Y aquí la tenemos. Estas son las series políticas de la era Trump.

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Julia Louise-Dreyfuss en Veep | Imagen vía IMDB

Veep

Julia Louise-Dreyfuss ha ganado el Emmy cinco años consecutivos por su interpretación de Selina Meyers. La serie, sobre una vicepresidenta incompetente y decididamente mala persona, incluso sobrevivió el abandono de su creador original con críticas altamente positivas.

¿Qué hace de Veep una serie de la era Trump? Sí, la serie comenzó antes de que el millonario llegase al poder, pero su retrato de un Washington consumido por la inamovilidad y la incompetencia ha sido llamado uno de los más fieles por gente que trabaja en el gobierno americano. Sí, esta dejadez e ignorancia servían de gran fuente de humor inicialmente, pero ahora se han convertido casi en una crítica mordaz a los manejos de Trump y su gabinete.

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Robin Wright y Kevin Spacey actores de los personajes principales de House of Cards | Imagen vía Netflix

House of Cards

Netflix anunció su cancelación (alegando que la razón son las denuncias contra Kevin Spacey por acoso) y ya era hora. La serie sobre un congresista manipulador y maquiavélico (y su igualmente manipuladora y maquiavélica esposa) y su carrera por ganar el poder, comenzó siendo una especie de gran placer culpable: ver a este malvado brillante, ser su cómplice (habla a cámara), generó un efecto en los espectadores similar a la fascinación con los mafiosos: la seducción del mal.

¿Qué hace de House of Cards una serie de la era Trump? En la medida en que la política americana se acercó más a estas profundas aguas oscuras de corrupción, muerte y amenazas (eso sin contar que la calidad decayó considerablemente) la serie perdió combustible y audiencia. Ya no era tan placentero ver a un psicópata perseguir y ganar poder, no cuando uno parece haber llegado a obtenerlo en el mundo real.

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Carrie Mathison debe lidiar con una presidenta particular de los EEUU en la última temporada de Homeland | Imagen vía Showtime

Homeland

Otra que se inició mucho antes de que el presidente Trump llegase a la Casa Blanca. Esta serie comenzó siendo sobre una obsesiva agente de la CIA convencida de que un héroe de guerra, que es encontrado tras 10 años de secuestro por fuerzas terroristas, es de hecho un terrorista infiltrado. La serie pasó por muchos momentos y altibajos, y su trama cambió considerablemente.

¿Qué hace de Homeland una serie de la era Trump? En sus últimas temporadas, que han vuelto a ganar el amor de la crítica, Carrie Mathison debe lidiar con una presidenta (señal de que los escritores daban por hecho el triunfo de Hillary Clinton) que tiene más de déspota que de líder del mundo libre. La última temporada varió entre presentar a su presidenta como una política sin experiencia -que fue sabia al ignorar a los servicios de inteligencia ya que no eran del todo confiables- alguien que en medio de un ataque de paranoia amplía el Patriot Act y detiene sin pruebas a más de uno, incluidos a personajes queridos.

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American Horror Story-Cult con Sarah Paulson | Imagen vía Frank Ockenfels/FX

American Horror Story-Cult

No es que la serie de terror de Ryan Murphy haya sido política desde sus inicios, pero su última temporada lo es claramente. Cult tiene como protagonista a una mujer que padece de distintas fobias, que empeoran cuando Donald Trump gana las elecciones. Mientras tanto su esposa, además de muchos más personajes que ella no se esperaría, forman parte de una secta secreta cuyo líder alega hartazgo con la situación política de EEUU y con ello justifica actos violentos que producen miedo en la población y favorecen su elección a un cargo público.

¿Qué hace de ACS-Cult una serie de la era Trump? Es la primera de la lista en tener a Trump como presidente real, y es además su elección lo que produjo que se escribiese. Esta serie es claramente una crítica abierta al presidente y al estado de la política y el electorado en Estados Unidos… y, si se mira con un poco de amplitud, al mundo occidental en general.

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The Good Fight, el spin of de The good Wife | Imagen vía IMDB

The Good Fight

El spin-of de The Good Wife tenía un terreno ganado con la calidad y la actualidad que siempre desplegó su material madre. Pero cuando Hillary perdió las elecciones sus creadores se vieron en un aprieto. La protagonista, Diane Lockhart, siempre ha sido una férrea demócrata y defensora de derechos humanos y de causas feministas. La serie, como su antecesora, iba a basarse en casos y noticias reales… la situación sería muy distinta.

¿Qué hace de The Good Fight una serie de la era Trump? Los creadores optaron por regrabar algunas partes (el piloto, por ejemplo, comienza con una Diane hundida viendo a Trump ser nombrado por televisión) y por hacer de su abogada, y demás letrados, sus estandartes en contra de cualquier política anti democrática, xenofóbica, homofóbica, machista y racista. El bufete en que Diane trabaja es el primero de Chicago con mayoría de socios negros y sus abogados han llevado los casos de abusos y asesinatos de la policía contra afroamericanos, por ejemplo. Eso no es ni la punta del iceberg. La serie es claramente anti-trump y no tiene miedo a defender por qué.

6 series políticas que pertenecen a la era de Trump
La sociedad distópica de una criada en The Handmaid’s Tale | Imagen vía Hulu

The Handmaid’s Tale

La ganadora casi indescutible de este año es este drama sobre una sociedad distópica en que un grupo de fanáticos religiosos toman el poder en Estados Unidos y convierten a su sociedad en un patriarcado tal que las mujeres existen como esclavas y sólo para cumplir funciones específicas… como ser violadas ritualmente con el propósito de parir hijos que luego les serán arrebatados.

¿Qué hace de The Handmaid’s Tale una serie de la era Trump? Basada en un libro que Margaret Atwood publicó en los ochenta, la serie es actual debido al claro desprecio por la igualdad que despliega sin vergüenza el presidente Trump. En un mundo en que el gobernante de EEUU es alguien que dijo que había “agarrado a mujeres por el coño” sin su aprobación y como justificación alegó ser famoso o en un mundo en que los derechos reproductivos y de salud de las mujeres están siendo abiertamente limitados, por ejemplo, no es difícil imaginar que algo como The Handmaid’s Tale sea posible. Más si se toma en cuenta uno de los factores más terroríficos de la historia: antes de Gilead, la sociedad en que vivían estas mujeres era muy parecida a la nuestra.

Continúa leyendo: 5 razones por las que ver "Queridos blancos"

5 razones por las que ver "Queridos blancos"

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

Puede que en España la directa pero a veces sutil discusión en que se sumerge Queridos blancos de Netflix no sea algo que suene familiar o incluso digno de tomar en cuenta. El racismo, y específicamente el racismo en Estados Unidos, tiene orígenes diversos y arraigados y, en muchas ocasiones, no es ni siquiera reconocido como un problema. Pero en Queridos blancos no sólo el problema existe sino que se discute, con humor y con seriedad, desde todos los puntos de vista y sin dejar nada en claro, salvo, obviamente, que el racismo es un horror. Queridos blancos no se distrae, no se arrepiente, no va diciendo, como Crash, la película ganadora de un Óscar, que discute en profundidad el racismo cuando no lo hace.

Esta serie, basada en la película del mismo nombre que triunfó en Sundance en 2014, es compleja y abierta, no resuelve nada porque resolverlo sería simplificar algo que sus personajes y su universo saben muy bien que es todo menos simple. La premisa es simple: en una universidad de la Ivy League -las mejores del país- los estudiantes negros deben lidiar con el racismo tanto abierto como tácito de la institución y sus compañeros blancos. Hablando así parece que Queridos blancos es una historia aleccionadora y hay mucho espectador que le huirá a eso. Pero no. La serie tiene un agradable e irónico sentido el humor -es una comedia ante todo- que la convierte en un gran experimento de sátira moderna. ¿Necesitan más razones para verla?

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Imagen promocional de “Queridos Blancos” | Imagen vía Netflix

Razón 1: Los personajes

Queridos blancos tiene varios personajes principales, que normalmente son el centro de uno o más episodios: Sam (Logan Browning), la chica negra activista que tiene un novio blanco; Reggie (Marque Richardson), el chico negro activista que la ama y no es correspondido; Troy (Brandon Bell), el chico negro “adaptado” que cumple con lo que se le pide; Coco (Antoinette Robertson), la chica negra brillante pero insegura que ha vivido tanto desprecio que sobrevive “blanquificándose”; Lionel (DeRon Horton), el chico negro recién salido el armario que trabaja para el periódico de la universidad y Gabe (John Patrick Amedori), el chico blanco concientizado que está enamorado de Sam. Hay más personajes memorables, Joelle (Ashley Blaine Featherson) es uno de ellos, pero los episodios se centran en estos chicos y sus vidas en el campus, tanto las políticas como las personales. Y es que ninguno de ellos es un estereotipo o es dicotómico, todos son tridimensionales y contradictorios y ninguno, como es de esperar de cualquier veinteañero, sabe muy bien quién es o qué quiere. Esto da pie, buen pie no como en otros casos -sí, 13 razones es contigo-, para muchas más temporadas en que ver no sólo la trama externa a ellos desarrollarse sino verles a ellos mismos crecer y conocerse, formarse como personas que es al final lo que pasa en los años universitarios.

Razón 2: La estructura

Queridos blancos funciona como un libro, una buena novela satírica. Cada episodio es un capítulo y tiende a cambiar de perspectiva a personajes diferentes. No es sólo esto. Hay un narrador, muy parecido al excelente narrador de Jane The Virgin incluso en el tono del humor, y puede que no haya monólogos internos, pero hay saltos a pensamientos e imaginaciones de los personajes (que en caso de Gabe que es estudiante de cine, por ejemplo, son todas parodias de clásicos cinematográficos). Y tiene otro elemento recurrente que podría considerarse literario. Al final del episodio, casi siempre en momentos muy íntimos, los personajes miran a la cámara, como si el espectador estuviese inmiscuyéndose, pero también como si fuese su cómplice.

Es una estructura inteligente y proclive al humor, además de ser capaz de volver a repasar eventos desde diversas perspectivas.

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Fotogramas de “Queridos Blancos” | Imagen vía Netflix

Razón 3: Su sentido del humor

La sátira bien hecha no se consigue en todas partes. Tampoco una serie que haga reír con humor inteligente. Queridos blancos tiene un pozo de personajes de los que elegir para soltar frases ingeniosas y geniales. Y no pasa como en la mayoría de las series hoy en día, en que la genialidad de los personajes cuando hablan no tiene ninguna justificación y los hace sentir ajenos al mundo. En Queridos blancos todos los personajes fueron admitidos en una de las mejores universidades del país, por lo que no es difícil imaginar que tienen cultura y referencias. Eso no quita que también tengan citen cultura pop. El humor es inteligente y siempre está presente.

Razón 4: La parodia de Scandal

Hay un evento frívolo que es el centro de la vida de los estudiantes negros en esta universidad, como dice en un momento Lionel: las noches de Defamation. En esas noches los estudiantes se sientan frente al televisor y ven el nuevo episodio de la parodia de la serie Scandal. Y es que Defamation es algo que merece la pena ver. Exagerada, absurda, melodramática es la versión elevada a la 10 de lo que es la ya exagerada, absurda y melodramática Scandal. ¿Un ejemplo de una escena? Es mejor verla.

Razón 5: El manejo de la brutalidad policial

SPOILER ALERT.

Cuando la serie ha avanzado algunos episodios sucede algo que marca la vida de todos los personajes y da un giro, o por lo menos aumenta la tensión, a las relaciones interraciales en la universidad (este episodio lo dirige Barry Jenkins, director de Moonlight, ganadora del Óscar 2016). Durante una discusión en una fiesta entre Reggie y un estudiante blanco llega la policía. Cuando los separan al único que le preguntan si es estudiante es a Reggie, que molesto se niega a mostrar su carnet si sólo se lo piden a él. Y de repente pasa, con tanta rapidez y casi normalidad (para el policía) que es pasmoso por lo real. El policía saca un arma y lo apunta. Y todo cambia. Todos gritan que estudia allí, que no ha hecho nada. Todos graban, lloran, temen. Todos saben lo que puede pasar en un segundo porque pasa con demasiada frecuencia. La secuencia olvida por un momento la rabia, porque el terror es demasiado. Pero la rabia está, la rabia y el miedo y la indignación.

La televisión ha intentado tratar el tema de los asesinatos perpetrados por policías contra ciudadanos afroamericanos en Estados Unidos en varias ocasiones, pero en casi todas ha fallado. En algunos casos porque ha tomado la perspectiva de un personaje blanco ante el asunto –UnREAL, en otros porque lo ha resuelto muy fácilmente (Scandal) o en otros porque ha absuelto técnicamente al asesino debido a la circunstancia –Orange is the New Black. En Queridos blancos no pasa nada de eso. La reacción y las acciones posteriores son diversas y complicadas, algunas apostando por el camino institucional para no generar más conflictos (porque los conflictos pueden terminar con que te maten) otras apostando por pelear contra una cultura de violencia tan asumida que sucede sin provocación y no tiene consecuencias para el atacante. Lo que sí queda claro es que la rabia y el miedo están ahí, siempre, y que nadie que no los sienta cotidianamente puede realmente entenderlos, solo puede tratar de ayudar.

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Continúa leyendo: Series que los Emmy deberían tomar en cuenta... y tú también (Parte 2)

Series que los Emmy deberían tomar en cuenta... y tú también (Parte 2)

Nerea Dolara

Foto: FX
FX

Continuamos con el conteo de series que la Academia de Televisión debería tener en cuenta para su nominaciones a los Emmy, pero casi de seguro van a ser olvidadas por los miembros votantes en la vorágine de las series más populares. Puede que ellos no las vean, pero tu deberías. Aquí otros seis excelentes shows terminando la lista.

Series que los Emmy deberían tomar en cuenta... y tú también (Parte 2) 3
NBC continúa emitiendo buenas series. Good Place es un ejemplo de ello. | Imagen vía NBC

The Good Place

Esta comedia tiene detrás a escritores de Parks & Recreation y Brooklyn Nine Nine, cuenta con Kristen Bell y Ted Danson en el reparto y tiene una premisa como menos interesante, así que no es difícil imaginar por qué funciona también. El tipo de humor de Mike Schur es muy específico, lleno de guiños y con un buen equilibrio entre humor negro y corazón y aquí convive con un concepto complejo que ofrece la posibilidad de construir un mundo de cero. The Good Place es el lugar al que va la gente que, al morir, tiene un buen balance de acciones en su cuenta de vida. Eleanor (Bell) llega allí en el primer episodio, pero minutos después, durante una inducción hecha por el ángel/arquitecto Michael (Danson), se descubre que Eleanor era realmente una persona bastante detestable y que ha habido un gran error. La serie juega con el concepto de pez fuera del agua pero apuesta a mucho más. El reparto es excelente y el final de la temporada tiene un giro tan inesperado como brillante y un cambio de expresión que en sí mismo merece un Emmy.

Series que los Emmy deberían tomar en cuenta... y tú también (Parte 2) 4
You’re the worst, comedia romántica de FX | Imagen vía FX

You’re The Worst

El título de esta serie no miente. Sus personajes son lo peor. Una especie de comedia romántica directa y muy negra, esta serie logra convertir a estos desadaptados en personas tridimensionales por las que el espectador apuesta. Aunque hay mucho alcohol, sexo enloquecido y drogas, hay también una larga y muy bien manejada trama sobre la depresión, o sobre el PTSD en los veteranos de guerra y la poca ayuda que reciben del Estado o sobre las relaciones disfuncionales y las buenas y malas maneras de manejarlas.

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The Americans, una serie de drama de la Guerra Fría acerca de espías soviéticos de la KGB | Imagen vía FX

The Americans

Vale, esta serie por fin apareció en el radar de los Emmy el año pasado, después de que los críticos gritaran a los cuatro vientos durante cuatro años sobre su calidad excepcional. Es posible que este año entre de nuevo -la Academia disfruta nominar a los que ya han sido nominados- pero eso no quita que sea una serie con poca audiencia que necesite que más gente la vea.

Elizabeth y Phillip son lo que podría parecer un normal matrimonio americano en los ochenta, pero en realidad son dos agentes encubiertos de la KGB. La serie está casi tan documentada como Mad Men (sus creadores son igual de obsesivos que Matthew Weiner) y cuando trata con los rusos lo hace con subtítulos, porque, a pesar de lo que nos han enseñado las películas, nadie habla con alguien de su propia nacionalidad en un idioma extranjero así porque sí. En cinco años la serie se ha expandido y mejorado y sus protagonistas, así como los demás miembros del reparto, especialmente la pobre Martha, se han merecido Emmys desde el día uno.

Series que los Emmy deberían tomar en cuenta... y tú también (Parte 2)
Comedia dramática, creada y protagonizada por Donald Glover. | imagen vía FX

Atlanta

Esta obra maestra acaba de ganarle a Donald Glover un puesto en la Academia de Cine. Sí, ellos dicen que es por sus créditos de cine (¿alguien se acuerda que sale 5 minutos en The Martian?), pero la realidad es que esta serie ha dejado claro en la industria que Glover, que también protagoniza, no es sólo buen actor, buen comediante y buen rapero sino un guionista con un estilo propio muy lleno de humor absurdista y emoción. La premisa es simple, el personaje de Glover es un chico pobre con una hija (no se sabe por qué, pero dejó una universidad de la Ivy League) que termina por dedicarse a manejar la incipiente carrera como rapero de su primo, un narcotraficante con aspiraciones musicales.

Series que los Emmy deberían tomar en cuenta... y tú también (Parte 2) 2
High Maintenance sigue a un repartidor de marihuana por la ciudad de NY | Imagen vía HBO

High Maintenance

Esta serie es una pequeña joya de narración observacional. La estructura no tiene mucho misterio: cada episodio sigue a un dealer por las calles de Nueva York a casa de sus clientes y luego explora la vida de estos. Una comedia delicada y que atrapa, y que en su última temporada cuenta con un episodio que llegó a la lista de mejores del año de muchos críticos, contado desde la perspectiva de un perro. Imaginativa, realista, cercana.

Series que los Emmy deberían tomar en cuenta... y tú también (Parte 2) 1
Better Things, es una comedia creada por Pamela Adlon and Louis C.K | Imagen vía Colleen Hayes/FX

Better Things

Pamela Adlon es conocida para quien haya visto Louie, pero esta serie es todo ella. La escribe, la protagoniza y está basada en su vida. Adlon interpreta a una actriz cuarentona, divorciada y con tres hijas (que varian entre la adolescencia y la niñez). Poco más hay que contar, salvo que Adlon logra pintar un retrato realista, sentido y complejo de una mujer en sus cuarentas e incluso de sus hijas adolescentes. Honesta, dura y muy graciosa esta serie se merece mucho más.

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Melania Trump, primera dama a la fuerza

Redacción TO

Foto: Alex Brandon
AP

Dicen que Melania lloró cuando su marido Donald Trump ganó, contra todo pronóstico, las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre de 2016. Dicen que sus lágrimas no eran precisamente de alegría. Así se ha publicado en el polémico libro ‘Fire and Fury’. Dicen que la idea de convertirse en primera dama del país más poderoso del planeta jamás formó parte de sus planes. Y, sin embargo, cuenta Vanity Fair que fue la propia Melania quien animó a su marido a anunciar su candidatura a presidente del país, pues era algo que realmente quería hacer desde hacía tiempo. Con todo, parece que le animó porque pensó que jamás ocurría lo que pasó en noviembre de 2016.  “Esto no es algo que ella quisiera y nunca pensó que ocurriría”, dice Vanity Fair citando a alguien muy cercano a Melania.

Se entiende así el gesto serio, más bien triste, que captaron las cámaras del mundo entero el 20 de enero de 2017 en la ceremonia en la que su marido juraba el cargo como 45º presidente de Estados Unidos. Melania forzó una sonrisa cuando Donald Trump se volvió a ella para dirigirle unas palabras, pero en cuanto él le dio la espalda, la sonrisa de Melania dio paso a una expresión taciturna que desencadenó los primeros comentarios sobre la presunta infelicidad de Melania y la poca gracia que le hacía protagonizar el papel de first lady.

Según el New York Daily News, cuando le preguntaron a Ivana -la primera mujer de Trump y madre de Donald Jr., Ivanka y Eric, tres de los cincos hijos del magnate – por las aspiraciones de su exmarido a entrar en la carrera política y presentarse como candidato a la Presidencia del país, contestó: “Sí, es verdad, pero el problema es ¿qué va a hacer con su tercera mujer? No habla, no puede dar un discurso, no acude a actos y, no parece muy interesada en implicarse”.

Algo de razón tenía Ivana, pues si algo ha destacado del primer año de Melania como primera dama es su perfil bajo, convirtiéndose en la más “enigmática” de todas las primeras damas de Estados Unidos, según coinciden en destacar la mayoría de los medios estadounidenses.

Nacida el 26 de abril de 1970 y ex modelo de profesión, Melania es la tercera mujer de Donald Trump con quien se casó en 2005. Él era un empresario multimillonario conocido por sus excentricidades que casi le dobla la edad, que demostró no tener ningún sentido del ridículo al protagonizar un reality en la televisión, y con el que tuvo un hijo, Barron, el quinto de él y el primero de Melania.

Melania Trump, primera dama a la fuerza
Donald Trump y su entonces novia Melania Knauvs en Nueva York en mayo de 2003. | Foto: Peter Morgan / Reuters

Ajena a lo que pudieran decir de ella, tras casarse con uno de los hombres más ricos del país, Melania vivía cómodamente ejerciendo de ama de casa y volcada en su hijo. Nacida en Novo Mesto, Eslovenia, cuando el país era parte de la Yugoslavia comunista, Melania Knavs es hija de un empleado de un concesionario de coches mientras que su madre hacía patrones de ropa infantil. Creció en una vivienda modesta junto a su hermana menor. Tiene, además, un hermanastro por parte de padre de una relación anterior.

A los 16 años Melania, que mide 1.80, comenzó a trabajar como modelo y sólo dos años después firmó un contrato con una agencia en Milán. Apenas pisó la Universidad de Ljubljana, ya que tras un primer año matriculada parece ser que en Arquitectura y Diseño, optó por dejar los estudios para centrarse en su carrera como modelo. Parece ser porque este es un dato que ha desaparecido del perfil de la primera dama.

Abandonó su actividad profesional cuando contrajo matrimonio. Más allá de su carrera, lo más destacado de la primera dama es que no nació en Estados Unidos, que su lengua materna no es el inglés, aunque habla varios idiomas, y que en 2006 adquirió la nacionalidad.  Además, Melania ha roto con una tradición, al ser la primera mujer de un presidente de EEUU que no se instaló en la Casa Blanca junto a su marido cuando éste tomó posesión de su cargo. ¿El motivo? Quiso quedarse en Nueva York en vez de irse a Washington argumentando que quería que su hijo Barron terminara el curso en el elitista colegio privado de la Gran Manzana. Y así lo hizo. Mientras Donald Trump empezaba su vida en la Casa Blanca, por primera vez en la historia del país, una primera dama no se instalaba en la residencia oficial hasta cinco meses después.

Melania rompió con la tradición de sus antecesoras y tardó cinco meses en instalarse en la casa Blanca tras la toma de posesión de Donald Trump

Melania ha sido también la única primera dama que en el pasado posó desnuda para una publicación y la primera también que se querelló contra el Daily Mail después de que el diario británico publicara que había ejercido la prostitución en los años 90. Melania ganó el pasado año la batalla judicial y 3.000.000 de dólares como compensación. En definitiva, es una primera dama atípica por su pasado pero también por su presente, pues sus apariciones públicas son escasas y su agenda como primera dama se ha limitado a varias visitas a colegios y algún hospital donde se la ha visto hablando con estudiantes o pacientes del servicio de pediatría. Poco más.

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Donald Trump junto a su mujer Melania y el hijo de ambos, Barron en Los Angeles en enero de 2007. | Foto: Chris Pizzello / Reuters

Antes de convertirse sin quererlo en primera dama, Melania tuvo una intensa carrera como modelo que la llevó a trabajar en ciudades como Milán y París, antes de trasladarse a Nueva York en 1996, apareciendo en portadas de revista emblemáticas como Vanity Fair, GQ donde posó desnuda en enero del 2000 – imagen que The New York Post recuperó cuando Trump ganó las elecciones y Melania acaparó la atención de un mundo ávido por saber más de la exmodelo extranjera casada con el controvertido empresario multimillonario y sucesora de Michelle Obama en el papel de primera dama.

Un papel nada fácil para Melania, sobre todo, después de que se hiciera viral su discurso en Cleveland ante la Convención Republicana que nominó a su marido candidato a la Presidencia de EEUU por incluir párrafos enteros plagiados que los del discurso que Michelle Obama había pronunciado ocho años antes en la Convención Demócrata de Denver en la que su marido Barack Obama fue nominado candidato demócrata a la presidencia de EEUU. Fue un auténtico escándalo y la imagen de Melania como alguien con pocas inquietudes y sin un discurso propio creció como la espuma. Nadie creyó, como se aseguró desde el equipo de Trump, que ella había escrito su intervención y al final la excusa que se dio fue que una persona del equipo de Trump había traspapelado el discurso de Michelle a la que Melania admitía admirar.

Quién le iba a decir a Melania en 1998, cuando coincidió en una fiesta de moda en Nueva York con Donald Trump que viviría una situación tan desagradable años después. Cuentan que Melania tardó en aceptar una cita con el multimillonario, cuya insistencia acabó dando sus frutos, y un tiempo después comenzaron a salir.

En 1994 la pareja anunció su compromiso y se casó en Palm Beach, Florida, al año siguiente. Una boda por todo lo alto a la que asistieron personalidades del mundo de la cultura, de la farándula, del deporte y de la política, entre los que estaban el expresidente Bill Clinton y su mujer, la entonces senadora demócrata por Nueva York, Hillary Clinton, que en 2016 se convirtió, casualidades de la vida, en la rival de Trump en las elecciones presidenciales de EEUU que el magnate ganó ante la incredulidad de muchos de su propio partido y, quién sabe, si también de la propia Melania.

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El matrimonio Trump despide a los Obama en el Capitolio, Washington, el 20 de enero de 2017. | Foto: Jonathan Ernst / Reuters

Sea o no cierto que a Melania no le haga feliz su papel como primera dama de Estados Unidos, está claro que por ahora no acaba de ajustarse al perfil de lo que tradicionalmente se espera de su nueva responsabilidad. Por el momento no tiene una causa concreta por la que batallar como muchas de sus antecesoras, incluida la admirada Michelle Obama que se centró en luchar contra la obesidad infantil. La pregunta es si acabará encontrando su sitio y dejando su impronta personal como ha ocurrido con las anteriores primeras damas. El tiempo lo dirá.

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