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Howl, el aullido de la revolución beat

Clara Paolini

“I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked, dragging themselves through the negro streets at dawn looking for an angry fix angelheaded hipsters burning for the ancient heavenly connection to the starry dynamo in the machinery of the night…”

Estos son los primeros versos de Howl (Aullido), estandarte de la Generación Beat con el que Allen Ginsberg insufló nuevos y polémicos aires a la literatura. Letras convulsas, proféticas y rabiosas que dan la bienvenida a uno de los poemas más famosos del siglo XX.

howl-aullido-allen-gingsberg-cartoonGinsberg vio a las mejores mentes de su generación “destruidas por la locura, famélicos histéricos desnudos, arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico picotazo…”. Nosotros, hemos visto a las mejores mentes de la nuestra devorar sus versos durante la adolescencia, sintiendo una inexplicable atracción hacia su prosa ágil, enrevesada, sucia y provocadora.

Desde Bukowski a Irvine Welsh, son muchos los autores que han demostrado que no hay nada mejor para el ávido lector adolescente que la palabra explícita revelando oscuros tabúes. Y si además se utiliza una forma poética inspirada en Leaves of Grass de Walt Whitman y consigue calar en la percepción de los estados de conciencia, como lo haría William Blake, el poema se torna un viaje (en el sentido más amplio de la palabra), cuyo éxito está casi garantizado.

La primera edición de Howl, que este otoño cumple su 60 aniversario, costaba solo 75 centavos, pero había algo de incalculable valor entre sus páginas. Fue un alarido incómodo y estridente que retumbó en la conservadora sociedad estadounidense tras la II Guerra Mundial, donde algunos jóvenes ya empezaban a sembrar las semillas de la corriente hippie que florecería poco más tarde.

…who passed through universities with radiant cool eyes hallucinating Arkansas and Blake-light tragedy among the scholars of war, who were expelled from the academies for crazy & publishing obscene odes on the windows of the skull…

Escrito en 1955, el poema fue publicado un año después por la editorial de San Francisco City Lights, de la que Lawrence Ferlinghetti, poeta y amigo de Ginsberg, era copropietario.

Pero las primeras copias fueron confiscadas; Alarido y Otros Poemas, fue sometido a juicio por obscenidad. Ocurrió de verdad, tal y como reproduce de forma fiel la película dirigida por Rob Epstein y Jeffrey Friedman con James Franco encarnando a un jovencísimo Ginsberg.

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Lawrence Ferlinghetti en frente de la librería City Lights, San Francisco 1957. (Foto: City Lights Blog)

En la sala del juzgado se reunieron expertos para discutir el valor literario del poema, la necesidad de usar tal o cual palabra, y en definitiva, dilucidar los límites entre obscenidad y libertad creativa. Sesenta años más tarde, para los más  jóvenes resulta casi descabellado que un poema pueda llegar a ser el motivo de celebración de un juicio, pero a finales de los 50, gran parte de lo que contenía el texto superaba lo “aceptable”. Drogas, sexo homosexualidad, alguna que otra blasfemia… Si en San Francisco Howl levantó revuelo, en la España franquista de aquel entonces era inimaginable que llegara a publicarse, y como bien señaló Bernardo Atxaga en un homenaje al poema, de haber llegado a hacerlo, Howl hubiera sido un auténtico ovni.

…who let themselves be fucked in the ass by saintly motorcyclists, and screamed with joy, who blew and were blown by those human seraphim, the sailors, caresses of Atlantic and Caribbean love…

Durante el juicio, un destacado crítico del momento fue llamado a declarar. Tras escuchar uno de los pasajes especialmente explícitos sobre culos y peyote, se vio obligado a contestar bajo juramento la siguiente pregunta: “¿Cree que el poema valor literario?, ¿trascenderá?”. El crítico adivinó con honestidad el destino del poema: “No puedo predecirlo, pero le aseguro que este juicio le ayudará a perdurar”. 

La demanda no era hacia el autor, sino hacia Ferlinghetti, su editor, quién salió del paso de forma exitosa cuando el juez Clayton dio su veredicto: El poema es “inocente” de obscenidad. El resultado del juicio fue una afirmación de la libertad individual y la expresión creativa, y por lo tanto, una bandera de rebelión contra la mera reproducción de buenas maneras que otros se esforzaban por patrocinar. El legendario poema de Ginsberg, fue una encrucijada en la historia de la poesía norteamericana y su influencia poética, cívica, social, cultural, incluso sexual, se propagó como un incendio cruzando fronteras progresivamente. Desde entonces, Howl se ha erigido casi como una reliquia sagrada.

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Versión transcrita a máquina de Howl, incluida en la edición de Harper Perennial por el 50 aniversario . (Foto: Clara Paolini / The Objective)

En el sexagésimo aniversario de su publicación, Howl parece haber conservado su rabiosa juventud, convertido, y quizá idealizado, en símbolo de un estilo y una actitud literaria libre e irreverente. Con Jack Kerouac como Quijote, a quien ‘Sancho’ Ginsberg conoció en la universidad de Colombia, y con William Burroughs como acompañante, tanto Ginsberg como el resto de beats dieron salida a movimiento basado en el ritmo jazz, la plasmación de un flujo de pensamientos, vivencias espontáneas y el renacimiento de una literatura que diera sentido a la libertad en su máxima expresión.

Ginsberg escribió Howl cuando tenía 29 años, haciendo un esfuerzo por hacer brotar las palabras como si nadie, o más concretamente su padre (también poeta), las fuera a leer. Según grabaciones luego reproducidas en el documental, Ginsberg opinaba que la única manera de alcanzar la libertad creativa, la auténtica inspiración, es “no distinguir lo que le cuentas a tus amigos y lo que les cuentas a tus musas, escribir de la forma que eres”.

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Allen Ginsberg fotografiado por William Burroughs en el ático de su apartamento del Lower East Side en 1956. (Foto: National Gallery of Art website)

Durante una época, Ginsberg trabajó como copy en la agencia Associated Press, pero vivía con yonkis y ladrones, mantenía relaciones con homosexuales con quien se le pusiera a tiro y llegó a contagiarse en pequeña medida del impulso autodestructivo de quien se sabe joven y rebelde con o o sin causa.

Ginsberg escribió Howl no sólo como un canto a la libre expresión en general, sino también como un devenir un acuerdo con su propia identidad, lo que resultaba todo un atrevimiento si pensamos en la percepción acerca de la homosexualidad en una época en la que aún se contemplaba como delito. Tras verse involucrado en un robo, Ginsberg conmutó su pena por el internamiento en un psiquiátrico por 8 meses, de donde salió prometiendo falsamente que sería heterosexual y aún más importante, habiendo conocido a Carl Solomon.

“…Carl Solomon! I’m with you in Rockland where you’re madder than I am, I’m with you in Rockland where you must feel very strange, I’m with you in Rockland, where you imitate the shade of my mother…”

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Un jovencísimo Allen Ginsberg en un barco en el puerto de Nueva York, 1947. (Foto: National Gallery of Art website)

Es a Solomon a quien dedica el poema y quien es el protagonista de la tercera parte: “¡Carl Solomon! Estoy contigo en Rockland”. ¿Pero quién es Carl Somolon? Se trata del hombre que conoció internado en el psiquiátrico Greystone Park de New Jersey, en Rockland. La historia de Solomon es la de la materia bruta de la poesía, el hombre que le recuerda a su propia madre para la que el mismo Ginsberg firmó una autorización para la lobotomía, el doppelgänger que le muestra el camino que el poeta se encargará de relatar.

Las convulsas palabras amalgamadas que construyen Howl hablan de toda una generación, de un deseo y un ansía de libertad, pero por encima de todo hablan del propio Ginsberg  y de quienes le rodean.

Convertido en símbolo, puede que sea uno de los poemas más homenajeados por artistas de todas las disciplinas contemporáneos o posteriores a Gingsberg, quienes han utilizado el aullido como excusa formal o contenedora de significados: Con motivo del sesenta cumpleaños de Ginsberg, el polifacético John Cage reinventó el poema Writing through Howl (escribiendo a través del aullido), Patti Smith ha recitado en más de un concierto el Footnote To Howl y en un contexto 100% contemporáneo, la banda de rock  Black Rebel Motorcycle Club utilizó el mismo nombre del poema para darle título a su disco del 2005. Los homenajes, referencias y pastiches son incontables.

Algunos dicen que Howl está sobrevalorado, que es un hype de dudosa calidad literaria, que su éxito se debe a la extendida tendencia de convertir la contracultura en producto de masas. Y en cierta medida, no se equivocan.  En 1956 Howl era un texto subversivo, pero 60 años después no nos extrañaría verlo impreso en una camiseta de H&M. Nació como poema radicalmente ofensivo y seis décadas más tarde, ya no existen lectores ofendibles cuyo miedo e indignación sigan llevando su esencia a la vida. ¿Ha perdido por ello su relevancia y valor?

Ginsberg no es a Celan, ni Vallejo, ni Rilke, pero he visto a las mejores mejores mentes de mi generación alabar un aullido que permanece pertinente. Es un grito desgastado, mercantilizado e idealizado, sí, pero al menos nos recuerda que hace 60 años los jóvenes todavía creían en eso de la libertad.

Para quien quiera leer el poema completo, aquí la versión original en inglés y traducido al español.

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Jane Austen a destiempo

Romhy Cubas

Foto: Wikimedia
Wikimedia Commons

En el segundo centenario de su nacimiento la infalible estela de Jane Austen sigue residiendo en sus libros y anti/heroínas. A la fecha no se sabe con exactitud cuál era su apariencia física. El único retrato disponible fue elaborado en acuarela por su hermana Cassandra en una obra que no mereció ni siquiera la aprobación de su sobrina, y que repite junto con otros bosquejos los únicos rastros usuales de los que se hace eco su imagen: alta y esbelta, apariencia saludable y expresiva, complexión clara, mejillas redondas, nariz pequeña, ojos brillante color avellana, cabello marrón y ondulado.  

En una descripción física o una reproducción de su figura es absurdo percibir la “liberación cultural” que desencadenó -especialmente de manera póstuma- la autora de Orgullo y Prejuicio, Emma y Sentido y Sensibilidad. La elección de palabras no se aproxima a la realidad intimista con la cual Austen resumió en sus ficciones, clases, géneros y fórmulas de comportamiento ancladas a la época. Pero hay otra elección de palabras que sí puede dar una explicación aproximada al porqué Austen perdura en la selección literaria de lectores que se aferran a sus romances en generaciones tan distantes.

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Retrato de Jane Austen pintando por Ozias Humphry en 1788 | Imagen: Pinterest

Franco Moretti, fundador del Laboratorio Literario de Stanford –el cual aplica el análisis de data a estudios sobre literatura y ficción– revela cómo la elección y el proceso de las palabras utilizadas por la escritora son capaces de moldear una especie de supervivencia literaria. Esto explicaría por qué Austen resiste con tanta insistencia -doscientos años después de su muerte- en el colectivo lector precisamente cuando el elemento “revolucionario” que se recreaba en la época ya no representa una primicia.

La obra de Austen es naturalista, un arte que no improvisa con situaciones forzadas e improbables sino que presenta al lector un facsímil de la naturaleza común. El extenso de un escenario que no se esfuerza en salir hacia otros universos dentro de otros universos.

El laboratorio de Standford reunió y estudió un set de 125 novelas inglesas de ficción narrativa publicadas entre 1710 y 1920. Utilizando una técnica llamada análisis de componentes principales delinearon cada trabajo en una tabla bidimensional basada en el vocabulario de cada libro.

El estudio concluyó que las novelas de Jane Austen perfiladas junto con otras 125 obras británicas, tienen un vocabulario centrado en elementos y situaciones mucho más abstractas que físicas, y cotidianas que melodramáticas.

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Gráfico de estudio sobre Jane Austen del Laboratorio Literario de Standford | Imagen: The New York Times

En la dimensión horizontal las palabras hacia la izquierda tienden a ser más abstractas y relacionadas con estados mentales o relaciones sociales: conocimiento, afecto, conducta, dependencia, deseo, esfuerzo, favor, gratitud, indulgencia, mérito, ocasión, prevaleció, recibió, resentimiento, resolución, sufrimiento y virtud. En cambio las palabras que se ubican más hacia la derecha se conectan con el mundo físico y los sentidos: azul, cercano, oscuro, borde, vacío, dedos, hierba, caliente, afuera, redondo, hombro, lentamente, de pie, arriba, ver y blanco.

Austen usa comparativamente palabras que se refieren a las mujeres – “ella”, “señorita” – y a las relaciones familiares como “hermana”. Se destaca un factor en el uso pronunciado de palabras como “mucho”, el cual el estudio relacionó con un rasgo crucial de su escritura, la ironía. La escritora también empleaba con frecuencia palabra como “poder” y “deber”, las cuales indican probabilidad, capacidad, permiso y obligación. Esto refleja “el desafío al que se enfrentan los personajes de Austen, especialmente sus heroínas, al ver las cosas como realmente son”, explica el Laboratorio de Standford.

Las palabras distintivas de Austen, sus grupos y construcciones gramaticales son un esfuerzo para comprenderse a sí misma a través de sus personajes. La naturaleza humana que omite elementos fanáticos como médula de sus novelas creó un elemento crítico de retrato social determinante para su fama. Su narrativa podría ser un cliché de chismes, gente rica, dinero, vestidos y bodas de sociedad., sin embargo, es precisamente la ironía y sátira con la que se aproxima a estos lugares tan arraigados en la época que Austen logra crear una potente conexión entre sus personajes y el mundo real.

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Escena de la adaptación cinematográfica del libro de Jane Austen Orgullo y Prejuicio | Imagen: IMDB

Los textos de Austen también juegan con los roles de género tradicionales. En sus historias no suceden demasiadas cosas, estas son simplemente un ejemplo de la limitación que sufren sus propios protagonistas ante una mirada feminista que apenas germinaba semillas en la época. Irreverente y audaz, su escritura obliga a ver más allá del absurdo y el chisme del señor Knightley o el señor Collins, Fanny Price o Mary Crawford, Elizabeth Bennet o Lydia Bennet. Más allá de las historias de amor y los finales felices.  Lo de Austen es entender cómo los lugares comunes se hallan en un realismo social que sus lectores detectaron desde un principio como una posibilidad de escapar sin ignorancia.

Escribir sin sacrificar  

La autora británica vivió en un momento en que la lectura de novelas se había convertido en una de las principales formas de entretenimiento para las clases medias. Sin embargo, el status de la novela no era precisamente elevado. Austen escribe en 1816:

“No podía sentarme seriamente a escribir un romance bajo ningún otro motivo que el de salvar mi vida, y si fuera indispensable para mí mantenerme así y nunca relajarme para reírme de mí misma y de otras personas, estoy segura de que me ahorcarían antes de que hubiese terminado el primer capítulo. No. Debo mantener mi propio estilo y continuar con mi propio camino, y aunque pudiera no volver a tener éxito en él, estoy convencida de que fracasaría totalmente en cualquier otro.”  (1 de abril de 1816 a James Stanier Clarke).

Austen usó la ficción para describir tramas que no eran más que las propias experiencias de sus lectores. Al hacerlo fue capaz de introducir morales cercanas al rango de las relaciones humanas ordinarias con un realismo que comprendió las limitaciones que tenían las mujeres a principios del siglo XIX, especialmente la dependencia marital al intentar establecerse social y  económicamente. Pero esencialmente Austen explota el poder de las palabras y los rumores. Son sus diálogos y conversaciones los que se desenvuelven con fluidez como piezas totalmente ajenas a las de la gran mayoría de los escritores con los que convivió y a los que precedió.

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Toast Ale, la cerveza a base de pan que se rebela contra el despilfarro

Redacción TO

Foto: Lindsey Parnaby
AFP

Cada año terminan en la basura toneladas de pan y una asociación británica ha tomado la determinación de poner fin al derroche con una solución sorprendente: son capaces de transformar el pan en cerveza.

En el condado de Yorkshire, al norte de Inglaterra, una fábrica está acostumbrada a ver cómo llegan kilos de pan duro procedentes de bares y establecimientos de la ciudad. Estos pasan a convertirse en ingredientes de una cerveza que han bautizado como Toast Ale, y que desde 2016 reduce el porcentaje de malta para sustituirlo por pan, todo por encargo de una asociación que lucha contra el despilfarro de alimentos y que se llama Feedback.

La idea nació de Tristram Stuart, fundador de esta asociación, quien se inspiró en los cerveceros belgas que lanzaron la cerveza llamada Babylon. Aquel nombre no fue una coincidencia.

“Me explicaron que los antiguos babilonios inventaron la cerveza para usar panes y granos que de otro modo se habrían perdido. Era el objetivo inicial de la cerveza”, explicó Stuart en una entrevista con la agencia AFP. “Hoy se tiran cantidades industriales de pan en todo el mundo, y las asociaciones de ayuda alimentaria no pueden repartir todo el pan que les ofrecen. Al mismo tiempo, hay esta fiebre en todo el mundo por las cervecerías artesanales”.

Esta circunstancia empujó a Stuart a crear una empresa que uniera a los suministradores con los cerveceros locales, y a su vez con organizaciones caritativas. Desde el primer momento dio una visión internacional al negocio, y el primer paso consistió en hacer de ‘Toast Ale’ un producto de calidad. La primera cerveza que se hizo nació en el programa de televisión del famoso chef británico Jamie Oliver, que se rindió en elogios. Ahora existen cuatro variantes, en función de los gustos de los consumidores. Tienen dos lagers, una Pale Ale y una India Pale Ale, y varios premios a sus espaldas.

Un trabajador de la fábrica, volcando el pan durante el proceso. | Foto: LINDSEY PARNABY/AFP

Su ejemplo ha servido para que otras cervecerías se hayan sumado a su iniciativa. Es el caso de Wiper and True, situada en Bristol, que creó la Bread Pudding, una cerveza fabricada con los mismos métodos y con un sabor que recuerda al famoso postre británico.

En el Reino Unido se han usado ya 9,75 toneladas de pan para producir más de 300.000 botellas de cerveza, vendidas a entre 2,5 y 3 libras la unidad –entre 2,80 y 3,40 euros–, un precio habitual en cervezas artesanales. Es un pequeño paso, pero queda mucho por hacer para reducir el problema del derroche: cerca de la mitad –el 44%– del pan que se produce en el Reino Unido anualmente acaba en la basura. El pan es el alimento que más se tira en ese país.

“Ver lo que ocurre en el mundo es verdaderamente deprimente”, estimó Tristram Stuart. Para ello ha encontrado una solución “deliciosa”. Tan deliciosa que su método se extiende con velocidad y ya se aplica en ciudades como Nueva York, Río y Ciudad del Cabo.

La receta para transformar fue publicada en Internet para que todos puedan iniciarse en la elaboración de cerveza con pan y contribuir a su manera a reducir el problema. “La han descargado ya 16.000 veces, mucha gente la usa”, dijo Tristram Stuart, entusiasmado. Pero ¿qué ocurrirá si se deja de derrochar pan? El fundador de Feedback responde tajante: “Entonces, no tendrá razón de existir”.

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Las intimidades literarias de Gabriel García Márquez, al descubierto

Jorge Raya Pons

Foto: TOMAS BRAVO
Reuters

El archivo con todos los manuscritos que sobrevivieron de Gabriel García Márquez está en Estados Unidos. Él, que se rebeló contra todos sus gobiernos, nunca lo habría imaginado. Vendieron el fondo de documentos que había guardado durante años por más de dos millones de dólares a la Universidad de Texas –a través de la institución Harry Ransom Center–. Parece mucho dinero cuando Gabo –como le llamaron quienes le conocían– vivió con lo justo durante casi media vida. Aquella circunstancia cambió, sin embargo, cuando alguien quedó deslumbrado por Cien años de soledad.

Algunos días, García Márquez compartía con quienes le acompañaban la historia de cómo la idea del libro le alcanzó como un rayo, de cómo quedó prendido e incapacitado para hacer otra cosa que escribir. “A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté ante la máquina de escribir y empecé: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme”, dijo en una ceremonia en Cartagena de Indias en 2007. “Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses, hasta que terminé el libro”.

Gabo, que nació en el Caribe colombiano y siempre se reconoció periodista, escribió otras obras que son infinitas –como El coronel no tiene quien le escriba y El amor en los tiempos del cólera– y dejó miles de páginas que ahora pueden consultarse gratuitamente y en línea. Son folios y folios –unos 27.000– y artículos y fotografías y ficciones a medias que revelan sobre García Márquez tanto como sus memorias: en ellos están sus métodos de trabajo, sus anotaciones, sus vicios de escritura. La universidad tejana ha comenzado un laborioso y encomiable esfuerzo para digitalizar todo cuanto llegó a sus manos, y los resultados son verdaderamente estimulantes si uno es lector devoto del maestro de Aracataca.

Cómo consultar en línea todo el catálogo de Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez, en Monterrey en 2007. | Foto: Tomás Bravo/Reuters

La página tiene habilitados unos buscadores que permiten, incluso, filtrar por palabras clave, y también un mecanismo sorprendente con el que se pueden comparar simultáneamente borradores distintos de una misma obra. Entre los documentos hay pasaportes de sus abuelos, de él mismo, fotografías de su infancia, todo un torrente de información que desvela las facetas misteriosas de su vida, sobre las que tanto mintió a sus biógrafos.

Toda esta hazaña no habría sido posible –quién sabe– si García Márquez no hubiera publicado Cien años de soledad. Aquello fue una posibilidad real al menos en dos ocasiones, según sus recuerdos. La primera, cuando la mecanógrafa Esperanza Araiza (Pera) resbaló saliendo de un autobús, bajo la lluvia, y provocó que los papeles de su borrador final se empaparan todos en un charco. Luego tuvo que secarlos pacientemente y uno a uno para rescatar los 18 meses de trabajo de su amigo.

La segunda, cuando el escritor y su esposa, Mercedes, se dispusieron a enviar a la editorial Suramericana por correo las 590 cuartillas que entonces eran la novela. El trabajador de la oficina pesó las hojas y les dijo: “Son 82 pesos”. Pero ellos eran pobres y solo tenían 53. Tuvieron que enviar la mitad de la novela, con el escaso atino de escoger la segunda mitad y no la primera. Unos días después, les escribió el editor y les dio el dinero restante a cambio de que le hicieran llegar la primera parte. La historia de García Márquez –quizá distorsionada– viene a demostrar que la fortuna, a veces, es caprichosa. Ahora sus intimidades literarias y familiares quedan abiertas para los curiosos y los investigadores.

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Lorca en presente

Carlos Mayoral

Foto: Fundación García Lorca
Fundación García Lorca

Federico es un poeta que todavía no ha conocido su verso. Apenas se ha dejado llevar por la marea académica en la que le ha sumergido su madre, y nadie excepto los chopos del patio de su casa, que le susurran con cariño su nombre (…Fe-de-ri-co…), sospecha que estamos delante del bardo más universal del siglo XX hispánico. Todo cambia durante un viaje a Castilla, la misma Castilla a la que le cantaba entonces Machado, cuando se fija en las cigüeñas que coronan los campanarios de la meseta. Ese día le escribe a un amigo residente en Suiza los primeros versos conscientes de Federico García Lorca: Cigüeñas musicales/ amantes de campanas/ oh, qué pena tan grande/ que no podéis cantar. Ha visto la luz el poeta.

Hace unos días cayó en mis manos “Palabra de Lorca”, extraordinario libro, que guarda en su interior anécdotas como ésta que acabo de redactar. El título centra su sinopsis precisamente en eso, en una recopilación de entrevistas y artículos sobre la figura del granaíno engarzada por Rafael Inglada, Víctor Fernández y la editorial Malpaso. Más allá de la edición, tan hermosa como todas las de este sello, se abría ante mí una duda: ¿Sería tan seductora esta cara del poliedro lorquiano como lo fueron las otras? Sólo me bastaron dos giros de página para darme cuenta de que, efectivamente, estábamos antes un nuevo prodigio que mantiene viva su llama: Federico lo había vuelto a hacer.

Poliedro lorquiano, sí. Porque Federico muestra a menudo tantas caras y tan ricas en matices cada una de ellas que sería absurdo volverle la vista a alguna. “Palabra de Lorca” se recrea en estas caras, pero lo hace en presente, tiempo verbal que parecía esfumarse sepultado en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Podemos fijar la atención en el Federico dramático, capaz de convertir en discurso la sangre del teatro; en el Federico más surrealista, el que hace de Nueva York verso y espina; en el Federico más popular, el que a golpe de romance cincela la tradición moderna andaluza. Todos ellos pasan en este libro por la túrmix de la opinión del propio poeta, que le da vida a su obra.

“Palabra de Lorca” nos telegrafía su cara más íntima, la que bebe de sus confesiones. Secretos, interioridades, esquinas de alcoba. El libro se regodea en la impresión que a Federico le produce tal o cual estreno dramático, en el discurso que el de Fuentevaqueros le da a los obreros catalanes sobre la URSS, en la grieta en la mejilla que Nueva York le dejó para siempre, en la infancia que guardó en su memoria el recuerdo del campesino que escuchaba a Chopin mientras hojeaba a Bakunin. Nótese cómo esparzo las anécdotas del libro sin control temático ni cronológico, porque así era el Lorca que se aleja del mito, un individuo que siente y vive sin control, un ser íntimo que supo hacer de su intimidad figura retórica, verso y obra maestra. “Palabra de Lorca” habla del Federico infinito, lo desnuda y lo coloca frente a nosotros. Y, recuerden, lo hace en presente. La poesía y sus lectores estamos de enhorabuena.

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