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Hunter S. Thompson, un salvaje alarido de libertad y parodia

Jorge Raya Pons

Escribió Tom Wolfe que la vida de Hunter S. Thompson, como su obra, fue “un alarido largo y salvaje de libertad y parodia”. Wolfe y Thompson, con esas personalidades tan opuestas, mantuvieron una amistad extraña que solo se explica por la admiración que se profesaban.

Después de la muerte de Hunter el 20 de febrero de 2005 -se cumplen doce años-, Tom relató en The Wall Street Journal cómo se conocieron un día de primavera de 1969. Wolfe quedó rendido ante el libro arriesgado y meritorio que el periodista rebelde había escrito sobre su experiencia como infiltrado en los Ángeles del Infierno, una banda criminal de moteros, y decidió invitarlo a una comida en un restaurante de Nueva York. Caminaban juntos hacia The Brazilian Coffee House, atravesando la calle 46 Oeste, cuando Hunter decidió interrumpir el paso y entrar en una tienda náutica. Tom esperó fuera y contuvo su interés cuando Hunter regresó con una bolsa de compra. Una vez en la mesa, Wolfe no pudo resistirse:

—Dime, Hunter, ¿qué tienes ahí dentro?

“Tengo algo que podría vaciar este restaurante en 20 segundos”, respondió. Luego abrió la bolsa y sacó un botecito insignificante, algo parecido a una lata con espuma de afeitar, y decidió presionarlo. En ese momento, como recuerda Wolfe, nadie salió corriendo de la sala: simplemente quedaron congelados. Hunter hizo sonar una bocina de alarmas de la Marina audible a 35 kilómetros… en el agua.

Ejemplar de su libro sobre los Ángeles del Infierno. (Fuente: Wikipedia)
Ejemplar de su libro sobre los Ángeles del Infierno. (Fuente: Random House)

Esta fue la primera impresión que Tom se llevó de Hunter, que trabajó con dedicación y sin descanso durante sesenta y siete años para construir su templo. El autor de Miedo y asco en Las Vegas ejerció un periodismo agresivo y sin dogmas, a todas luces genuino, que puede resumirse en una premisa clara: “No hay disturbios hasta que uno los provoca”. Un periodismo que situaba al periodista en el centro de la acción, que lo convertía en el motor de los hechos; un estilo que terminó por bautizar como gonzo –son diversas las teorías sobre el origen de la idea- y que despertó el interés de publicaciones como Rolling Stone o Playboy, revistas hambrientas de innovaciones narrativas.

A principios de los 70, Tom Wolfe, que muchos años después definió a Thompson como “el mejor escritor cómico en lengua inglesa del siglo XX”, realizó un esfuerzo homérico tratando de reunir en un libro algunos ejemplos elocuentes de lo que consideraba una generación única de periodistas norteamericanos, algunos hombres -y todavía muy pocas mujeres- que estaban explorando las fronteras que separaban al periodismo de la literatura, que comprendían el arte de la crónica y la entrevista como un género literario en sí mismo. Hunter estaba en su lista, pero, lejos de celebrarlo, decidió escribirle una carta invitándole amistosamente a olvidar su nombre:

“Querido Tom…

[…]

Voy a hacer que tus fémures queden hechos astillas si vuelves a mencionar mi nombre en relación con esa cosa (no dice cosa) horrible del “nuevo periodismo” que andas promoviendo.

Ay, ¡esa codicia, esa maldad! ¿Cuándo va a terminar? ¿Qué carga mugrienta tiene tu alma que te hizo caer tan bajo? ¡El doctor Bloor tenía razón! ¡Las hienas se están apoderando del mundo! ¡¡¡¡Ay, Jesús!!!! ¿Qué más puedo decir? ¡Excepto advertirte, una vez más, que el martillo de la justicia amenaza, y que tu sucio traje blanco se convertirá en un sudario en llamas!

Cordialmente, Hunter”.

Thompson era apasionado y libre y tenía el carisma necesario para ser un aficionado a las armas y mantener la admiración de sus camaradas hippies. El día después de que Hunter se suicidara con un disparo de escopeta, como su venerado Hemingway, a sus amigos no les quedó otra salida que hacer cumplir su última voluntad: esparcir bien alto sus cenizas en unos majestuosos fuegos artificiales.

Los millennials le están perdiendo el miedo al VIH

Lidia Ramírez

Foto: FELGTB

Hombres, entre 15 y 34 años y pertenecientes al colectivo HSH (hombres que tienen sexo con otros hombres). Ese es el perfil, según los últimos datos publicados por el Ministerio de Sanidad, de los nuevos diagnósticos de infección por el VIH. Las cifras hablan por sí solas: los varones suponen el 85,9% de los nuevos diagnósticos, siendo en el 53,6% de los casos HSH.

El preservativo no basta
Nuevos diagnósticos de infección por el VIH. Número de casos, porcentaje y tasas por sexo y edad. Año 2015. | Gráfico: Ministerio de Sanidad

En la tabla inferior podemos observar cómo el porcentaje de nuevos diagnósticos entre HSH ha ido ascendiendo del 47,5% en 2009 al 56% en 2015. Paradójicamente, según nos asegura Juan Ramón Barrios, presidente de la Coordinadora estatal de VIH y sida (CESIDA), es esta comunidad la más concienciada en cuanto a riesgos y prevención del VIH. “Es el grupo que más se hace la prueba”, apunta Barrios. Entonces, ¿cuál es el motivo de este repunte?

Para el presidente de CESIDA, “se han relajado en las medidas de prevención, ya no es la enfermedad mortal de los años 90. Se le ha perdido el miedo al VIH”, asegura. Y es que según un informe publicado por el Ministerio de Sanidad en 2010 que refleja el número de muertes por VIH desde 1981 hasta 2008,  2.033 personas (1.684 hombres y 349 mujeres) murieron a causa del SIDA en 1990. Sin embargo, el número de defunciones alcanzó su máximo en el año 1995, con 5.857 muertes (4.741 hombres y 1.116 mujeres).

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Distribución de nuevos diagnósticos de infección por el VIH por año de diagnóstico y modo de transmisión. Datos de 15 CCAA, Ceuta y Melilla. Período 2009-2015. | Gráfico: Ministerio de Sanidad

En general,  durante el 2015 se han diagnosticado 3.428 casos de VIH entre toda la población en España, lo que representa una tasa del 7,39% por 100.000 habitantes, y aunque ralentizada, como se puede ver en el gráfico de arriba, continúa la tendencia descendente de los nuevos casos infección. Si en 2009, el porcentaje en la comunidad heterosexual era del 33,6%, para 2015 fue del 27,3%. Igual ocurre entre el colectivo PID (personas que se inyectan drogas), donde el número de casos de infecciones ha disminuido en seis puntos.

Para Juan Ramón Barrios puede tener su lógica desde el punto de vista biológico y social que sea entre los HSH donde el número de infecciones es mayor por “el tipo de prácticas de riesgo”. Estas serían, entre otras, la penetración anal, ya que “la mucosa del recto es más fina que la de la vagina o la boca y cualquier lesión puede hacer que el VIH pueda entrar en el torrente sanguíneo”; el número de parejas sexuales y el uso de distintas sustancias como alcohol u otras drogas, así como la práctica de fenómenos como el chemsex, “que facilita el contacto con otras personas anónimas”.

¿Se le ha perdido el miedo al VIH entre los jóvenes gays? Los millenials le están perdiendo el miedo al VIH 1
Manifestación de la Radical Gay para denunciar la inactividad el gobierno frente al VIH. Mediados de los 90. | Foto: FELGTB

Por otro lado, “el 30% de la población que tiene VIH no lo sabe”, asegura Barrios, quien hace hincapié en que “cualquier persona que haya tenido prácticas de riesgo debe hacerse la prueba lo más pronto posible”. Además, recomienda a todos los HSH la realización del test cada tres meses. La Fundación Triángulo es una de las entidades que realiza este tipo de exámenes de forma anónima, gratis y  en sólo 20 minutos. En su web puedes acceder a todo tipo de información al respecto, así como el lugar de sus sedes y horarios.

Escasas campañas de prevención contra el VIH

Mucho ha llovido ya desde aquel ‘Póntelo, pónselo’. Una arriesgada campaña publicitaria que hace 27 años luchó por convertir el preservativo en algo cotidiano y necesario como medida eficaz para la prevención de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual.

Casi tres décadas han pasado ya desde que el preservativo saliera del armario con la campaña más ruidosa que ha dado nuestra democracia, y hoy, lejos de esto, pocas son los anuncios de las instituciones públicas sobre prevención del VIH. En este sentido, analizando las campañas contra el virus de inmunodeficiencia humana realizadas por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad en el periodo 2005-2017, tan sólo encontramos cinco, en los años 2008, 2009, 2010, 2011 y 2014, dirigidas al público HSH.

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Campañas prevención del VIH. Años 2014, 2011 y 2009. | Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Y aunque como señala el presidente de CESIDA, Juan Ramón Barrios, “la responsabilidad de hacer campañas de prevención de ITS es de las administraciones públicas”, desde grandes empresas de preservativos como Control o Durex este tipo de acciones también brillan por su ausencia. Así nos lo afirman desde la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTS): “las campañas publicitarias de preservativos generalmente van dirigidas a parejas de diferente sexo –no tienen por qué ser heterosexuales, aclara– dejando a un lado parejas del mismo género e invisibilizando mucho todo lo que tiene que ver ya no sólo con el VIH sino con las infecciones de transmisión sexual (ITS) particularmente y, en general, con la salud sexual”, apunta Loren González, portavoz de Salud y VIH de la organización.

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Publicidad de Durex en su página web. | Imagen: Durex.es

Este periódico se ha puesto en contacto con ambas compañías, y mientras que desde Durex, tras un primer contacto, posteriormente no hemos recibido respuesta alguna, desde Control nos aseguran: “Nosotros hacemos cosas a pequeña escala, con asociaciones y algún instituto, pero siempre a través de alguna asociación. Y el día mundial del Sida solemos hacer alguna acción con entrega de muestras”. Sin embargo, finalmente afirman: “la verdad es que últimamente no se hacen campañas específicas para la concienciación sobre las enfermedades de transmisión“.

Así, tanto desde CESIDA como desde FELGTS aseguran que tan importen son las campañas de prevención del VIH dirigidas al colectivo HSH, como el lenguaje y las formas empleadas, ya que “se podría caer en la estigmatización y en la discriminación como sucedía en los años 80 cuando se asociaba este virus a determinada población creando de esta manera un estigma que a día de hoy sigue vivo”.

Cómo el kétchup intentó ser una medicina durante años

Redacción TO

Foto: ELISE AMENDOLA
AP

El kétchup no siempre ha estado hecho de tomate, y tampoco fue creado con la intención de ser el acompañante oficial de las hamburguesas y patatas fritas. Su origen se aleja bastante del mundo de la comida basura pues, aunque pueda sonar extraño, procede de China. En el siglo XVII se creó la primera de estas salsas, pero no tenía nada que ver con lo que hoy entendemos por kétchup. Estaba hecha con pescado.

En concreto de pescado en escabeche, mezclado con algunas especias, que era el principal ingrediente del kôechoiap, el nombre chino que acabó derivando en lo que hoy conocemos como kétchup.

Antes de convertirse en la popular salsa que es hoy en día, el kétchup se utilizó y vendió de distintas maneras. Durante años, incluso, se trató de convencer al público de que este condimento era una medicina válida para curar todo tipo de enfermedades.

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El ketchup se asocia hoy en día con la comida basura. | Foto: Robert F. Bukaty/AP

El kétchup con tomate

El kétchup como lo conocemos hoy en día no llegó hasta el siglo XIX. Hasta entonces, no se conoce ningún tipo de kétchup que llevara tomate, y es que tanto en Inglaterra como en todas sus colonias se creía que el tomate era venenoso, a pesar de que su consumo estaba bastante extendido en países como Italia o España. El primer kétchup hecho con tomate fue creado por Sandy Addison en 1801.

Sin embargo, esta salsa no se comercializó hasta 1822, cuando William Underwood creó una empresa de condimentos en Boston y lo incluyó en su amplia oferta.

El kétchup como medicina

Pero lo más sorprendente sobre esta popular salsa llegó en 1837, cuando Archibald Miles decidió utilizar la medicina como reclamo para convencer a los consumidores de que comer kétchup era saludable y casi necesario. Lo vendía como un “compuesto de extracto de tomate” y aseguraba que era una gran medicina que curaba casi cualquier tipo de enfermedad, desde la calvicie al pie de atleta.

Pero las supuestas propiedades curativas del kétchup no llegaron a ser tan populares como Miles esperaba, y no volvieron a aparecer en el mercado hasta 1998. Fue entonces cuando F.J. Heinz comenzó a resaltar las propiedades antioxidantes de su kétchup, basándose en el licopeno presente en los tomates para justificar esta característica.

Para resaltar sus propiedades medicinales se llevaron a cabo unas campañas que hoy en día resultaría, como poco, chocantes. Hablaba sobre la necesidad de utilizar el kétchup para ayudar a reducir el colesterol o incluso enfermedades como el cáncer de próstata.

Además, los esfuerzos de Heinz por vender su producto como algo saludable no se centraron solo en la publicidad, sino que durante años la compañía financió estudios universitarios sobre los beneficios para la salud del licopeno. Incluso llegaron a publicar libros de recetas en los que el kétchup aparecía como un ingrediente en postres como las galletas o la tarta de manzana.

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Heinz ha tratado durante años de vender sus productos como un condimento saludable. | Foto: Gene J. Puskar/AP

La realidad sobre el ketchup y el licopeno

Sin embargo, la agencia estadounidense Food and Drug Administration (FDA), cortó este tipo de campañas con la prohibición de publicitar las propiedades medicinales del kétchup y, en concreto, del licopeno, pues no existían, evidencias de que este pigmento tenga efectos curativos respecto a alguna enfermedad.

Los intentos de vender el kétchup como un producto natural e incluso medicinal no han tenido nunca mucho éxito, pero han logrado llamar la atención de la FDA, que explica que esta salsa no tiene siquiera por qué contener tomates naturales, sino que basta con el líquido que sobra al preparar tomate en lata o con un concentrado de tomate y limón para que el producto sea considerado kétchup.

¿Es The New York Times el nuevo 'agente político' de la era Trump?

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Richard Drew
AP Photo, File

La Administración Trump está inmersa en varios escándalos, el presidente de Estados Unidos Donald Trump mantiene una evidente lucha contra los medios no afines, con The New York Times como uno de sus principales enemigos, el país se encuentra dividido como nunca antes, y las redacciones tienen que elegir entre mantener su independencia desde la beligerancia y sin pestañear de los días del Watergate, o transformarse en algo más parcial, disparando munición contra un objetivo favorito deleitándose en el caos.

El pasado mes de mayo marcó un momento decisivo para la Administración Trump y los periodistas que cubren información de la Casa Blanca. El lunes 15 de mayo, el diario The Washington Post publicó que el presidente Donald Trump había revelado información altamente clasificada en una reunión con altos funcionarios rusos.

Al día siguiente, fue The New York Times el que salió con la demoledora noticia de que Trump había pedido al todavía director del FBI, James Comey, que cerrara la investigación del entonces asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn.

Las exclusivas (scoops en lenguaje periodístico) han convertido a estos medios en referentes del periodismo en EEUU. En ambos casos, sus informaciones son convincentes y están acreditadas.

¿Es el New York Times el nuevo agente político de la era Trump?
El ex director del FBI, James Comey, testifica ante el Comité de Inteligencia del Senado el pasado 8 de junio | Foto: Jonathan Ernst / Reuters

Los periodistas de ambos medios sabían el poder que tenían y se limitaron a dar una información desconocida por el gran público, permitiendo que los hechos hablaran por sí solos, “sin florituras, ni suposiciones”. Para The New York Times “así es como se presenta el periodismo ejemplar en cualquier momento, pero especialmente cuando va dirigido a una Casa Blanca sospechosa de desafiar el estado de Derecho”, escribió la entonces editora del diario, Liz Spayd.

Ambos medios cuentan con una larga trayectoria de exclusivas, con años de periodismo de investigación que los ha convertido en medios de referencia dentro y fuera de Estados Unidos.

Recuperar la credibilidad

Para el NYT su resurgimiento como medio creíble y de referencia era una necesidad, después del devastador escándalo de 2003, cuando se hizo público que el periodista Jayson Blair había plagiado buena parte de unos reportajes de portada, cuando no inventado algunas de sus historias e incluso fuentes citadas en las mismas. El caso Blair supuso una seria amenaza para la reputación del Times como mejor periódico de América.

Han pasado unos años desde aquello y el diario neoyorquino ha ido recuperando su lugar entre los medios de comunicación más influyentes del mundo. En el caso de la historia sobre Comey destapada por el NYT, el origen de la información está perfectamente clara: las notas del director del FBI, James Comey. No hay duda de dónde salió la filtración de la noticia que citaba “fuentes oficiales del gobierno”. El nivel de especificidad de lo que se contaba es lo que hizo imposible que la revelación fuera insignificante incluso para los republicanos. Muchos legisladores conservadores, normalmente reticentes a sumarse al “drama político” procedente de los medios, rompieron su silencio. Los comités de Justicia e Inteligencia dirigidos por los republicanos y el Comité de Supervisión de la Cámara llamaron a Comey a testificar.

Tres congresistas republicanos dijeron que considerarían el impeachment – juicio político al presidente de EEUU – si se demostrara que Trump presionó para que se cerrara una investigación federal. Poco después, el ayudante del Fiscal General designó un “fiscal especial” para dirigir una investigación sobre los posibles vínculos entre el equipo de campaña de Trump y Rusia. Incluso Fox News, en vez despachar la información del NYT calificándola de “noticia falsa”, fue más allá al confirmarla.

Estos hechos son clarificadores para una prensa que intenta definir su lugar en un periodo exigente de la historia del país, no sólo con un presidente que se salta las normas de conducta y de sinceridad, sino con una sociedad más polarizada que nunca. En palabras de Dean Baquet, editor ejecutivo del NYT, “se reconoce cada vez más fuera de nuestras cuatro paredes que el Times es vital para el futuro del país”.

La pregunta que se hacen los periodistas del diario es si los medios deberían comprometerse haciendo una oposición abierta a la Casa Blanca y tomar partido en una batalla política, o deberían informar con agresividad pero desapasionadamente con la esperanza de retener la credibilidad de la mayoría de la audiencia. Juzgado por gran parte del periodismo, el NYT ha optado desde que Trump asumió el poder, por una preferencia por la estricta independencia. Al menos así lo ven en la redacción, y así lo expresaba Liz Spayd en mayo.

Pero, es verdad que a veces hay un sesgo en la cobertura de noticias que “puede ser percibida erróneamente” como una intensa búsqueda de informaciones para acabar con Trump. De hecho, el NYT ha relatado cada tweet del presidente, cada cambio de humor y cada lucha interna en el Despacho Oval. Algunos de estos seguimiento son necesarios y justificables. Los periodistas de este medio admiten que el problema es que, cuando empiezan a salir en primera página, puede parecer que el diario está en campaña.

De ahí que se pregunten qué estrategia es más efectiva: ¿cuando el diario aparece como si se hubiera sumado a la resistencia, o cuando ahonda en hechos sin una predisposición determinada? En el sistema legal, recuerdan, existe la diferencia entre un investigador y un fiscal.

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La relación de Donald Trump cono los periodistas nunca ha sido muy buena | Foto: Yuri Gripas / Reuters

Algunos lectores, alarmados por la presidencia de Trump, quieren que la redacción se ponga en modo combate total. Quieren que los editores adopten un vocabulario directo, que llamen mentira a lo que es una mentira, por ejemplo, y resistan cualquier interpretación de los acontecimientos que pueda “normalizar” a Trump. Ven al NYT como un lugar para voces que discrepan de la ortodoxia liberal. Y si todo eso implica tomar partido y situarse en un bando, bueno, eso es lo que demanda la crisis.

“La otra estrategia periodística – imparcial, agresiva, libre de ataduras – es lo que demostramos” con exclusivas como la de Comey, asegura el diario en un editorial. En el periódico, lo que es especialmente atractivo de esta forma de hacer periodismo es su eficacia. Porque la historia de Comey estaba tan fuera de discusión, que capturó la atención de aquellos que de forma instintiva, en otras circunstancias, la habrían rechazado.

Joe Kahn, director editorial del NYT, dijo que el caso Comey era un marco de referencia para lo que aspira a ser la cobertura informativa del medio. “Queremos, básicamente, producir una información que hable a todas las partes en este debate, y la manera de hacerlo no es a través de inventarnos nada, es a través de profundizar, de buscar fuentes y realizar las preguntas difíciles, y trabajar toda la noche”.

Jeremy Peters, que cubre información política para este diario, ha comentado que muchos republicanos están indignados por lo que califican de “histeria sobre Trump”. “No es sólo que estén junto a Trump, sino que lo apoyan reflexivamente frente a la reacción de la izquierda sobre el presidente. Están como locos tratando de acabar con la idea de que la presidencia de Trump es un caos y creen que los medios son los que levantan esta controversia”.

A su vez, alimentar esta dinámica es la piedra angular para la supervivencia de Trump. Cuando la noticia sobre Comey se convirtió en el centro de atención de los medios nacionales e internacionales, Trump dijo durante una intervención ante los guardacostas graduados en Connecticut: “Mirad de qué modo he sido tratado últimamente. Especialmente por los medios. Ningún político en la historia de Estados Unidos, y digo esto con total seguridad, ha sido tratado peor o de una manera más injusta”. A la mañana siguiente repitió el mismo mensaje en Twitter, asegurando que estaba siendo objeto de una caza de brujas desconocida hasta el momento en el país. Se ha convertido en casi una norma que Trump responda a las noticias críticas calificándolas de “falsas” (¡Fake News!, dice siempre).

La reacción de Trump tras el caso Comey fue publicada por todos los medios, que es lo que quiere el presidente, según NYT. “Cuanto más pueda hacer aparecer a los medios que están tomando partido, más fácil es para él desautorizar su trabajo”.

Lo que Trump no sabe es que no es tan fácil socavar informaciones “imparciales e irrefutables como las publicadas por NYT”, decía Liz Spayd en uno de sus últimos editoriales.

Inversión millonaria

The New York Times ha recuperado su espacio a través de su compromiso con la información y con la necesidad de desenmascarar a una administración como la de Trump que no parece respetar los límites de lo que se puede y lo que no se puede hacer desde el poder político. Esta situación ha llevado a los responsables del diario a duplicar su redacción, y en estos momentos seis periodistas se encargan de cubrir la información de la Casa Blanca, apoyados por un equipo de investigación formado por otros cinco periodistas.

Ha desplegado también corresponsales por todo el país para conocer el sentimiento de los electores, con especial interés en conocer si los votantes de Trump siguen apoyando al presidente.

En enero, el diario desbloqueó cinco millones de dólares para cubrir la información de la administración Trump, informa El Financiero.

Esta inversión parece que está obteniendo sus frutos. Las cifras así lo indican: entre septiembre de 2016 – en plena campaña electoral – y marzo de 2017 – con Trump ya en la Casa Blanca – el periódico ha ganado 644.000 abonados. Además, ha logrado 308.000 nuevos suscriptores online, un récord atribuido en parte a la presidencia de Trump, según informaba la CNN a primeros de mayo citando al CEO del diario, Mark Thompson.

La ganancia total de la compañía fue de 11 centavos de dólar por acción en el primer trimestre, un aumento de un centavo desde el mismo trimestre del año pasado, según el diario.

Críticas

Lo que el diario NYT considera periodismo independiente, sacando a la luz todo lo que sea informativamente relevante de la administración Trump, para otros medios no es más que periodismo basado en mentiras. Uno de los más críticos es The National Interest, que en febrero dedicó una portada al NYT con este titular: ¿Por qué miente el New York Times sobre Trump?.

“Después de meses de historias presentando a Donald Trump como un depredador sexual, un empresario defraudador, marioneta de Vladimir Putin, evasor de impuestos, y todo lo que uno pueda imaginar, el New York Times ha llamado a Trump mentiroso…”. Para este medio, el diario neoyorquino actúa así porque ha interiorizado su papel de oposición, en vez de actuar como un medio de comunicación.

Otros medios afines a Trump, entre los que destaca la Fox News, creen que con su actitud, The New York Times ha demostrado que no sabe perder, después de apostar durante la campaña para que Trump no ganara las elecciones de noviembre.

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Entrada del edificio del New York Times en Nueva York | Foto: Carlo Allegri

En parte, el propio diario reconoció este exceso cuando pocos días después de las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, el presidente y director ejecutivo del diario, Artur O. Sulzberger Jr, y el editor ejecutivo, Dean Baquet, publicaron una carta a los lectores asegurando que el periódico iba a reflexionar sobre la cobertura que había hecho de la campaña, comprometiéndose a continuación a “dedicarnos de nuevo a nuestra misión fundamental del Times que es informar a América y al mundo con honestidad, sin miedo ni favor, esforzándonos siempre por comprender y reflejar todas las perspectivas políticas y experiencias de vida en las historias que os traemos”.

Macron y los estados de gracia

Valenti Puig

Foto: Etienne Laurent
AFP

La norma no escrita de dar una tregua crítica a los cien primeros días de todo gobierno ha ido quedando arrumbada como un uso vetusto. En coincidencia cuantitativa con la duración del retorno de Napoleón desde la isla de Elba hasta Waterloo, esos cien primeros días a veces han ido a la par con el estado de gracia, un período de levitación en el que la confianza en el nuevo elegido parece casi unánime. No lo hemos visto con Theresa May pero sí con Macron. En general, una nueva presidencia de la Quinta República garantiza ese período de gracia. Tras la victoria presidencial, haber conseguido una nueva mayoría parlamentaria –para un partido de hace dos días- convierte a Macron en un político en estado de gracia, llegado en el momento más oportuno para, después del “Brexit”, rehacer el eje franco-alemán dándole un toque gaullista. ¿Hasta cuándo? En un mundo tan acelerado, la erosión política parece haber liquidado los privilegios del estado de gracia. Lo hemos visto otras veces: un político de nuevo cuño –caso Obama- se convierte en paradigma, para acabar entrando y saliendo del taller de reparaciones.

Ahora la fulguración del nuevo presidente de la República Francesa genera un efecto mimético aunque lo realmente significativo es que haya llegado al poder gracias al hundimiento del socialismo francés y las torpezas habituales de la derecha. ¿Macron o Corbyn? ¿Macron o Bernie Sanders? ¿Qué queda del modelo Blair? Son interrogantes que pueden aplicarse al retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, más bien dispuesto a romper con las tesis de centro-izquierda propias del felipismo y presuroso por expansionarse hacia la izquierda, colindando arriesgadamente con Podemos para conjugar una alternativa.

La posición de Sánchez en contra del acuerdo comercial con Canadá –CETA- ha resultado incómoda para Bruselas, como ya se ha cuidado de exponer el comisario Moscovici, procedente de la izquierda radical y luego ubicado en el sector rocardiano del socialismo francés. Curiosamente, Sánchez ha sido proclamado a menudo por sus partidarios como gran conocedor del laberinto comunitario, dado que de muy joven fue asesor en Bruselas antes de ser jefe de gabinete de Carlos Westendorp, alto representante de las Naciones Unidas en Bosnia, en pleno conflicto de Kosovo.

Tampoco en la oposición perduran los efectos del estado de gracia. El futuro de Pedro Sánchez, por ejemplo, depende mucho de que logre zafarse de la presión de Podemos y de la militancia socialista más radical para lograr la adhesión del electorado real de centro-izquierda, marcando de cerca a un gobierno de Rajoy debilitado por la corrupción siempre que decida, cuanto antes mejor, si quiere ser un Macron o un Corbyn. La crisis del socialismo europeo tiene una sombra muy alargada. Ahora mismo, para Bruselas, aunque Donald Tusk parafrasee a John Lennon, un PSOE deslizándose hacia la izquierda es una mala noticia. Hay abundantes quejas sindicalistas pero el PSOE todavía no ha dado un contenido coherente a su rechazo a los acuerdos comerciales EU-Canadá. ¿Qué hay de malo en mantener relaciones de libre comercio con Canadá?

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