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Instagram mató a la tienda física

Cecilia de la Serna

Foto: Mark Lennihan
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Esta puede ser una afirmación demasiado rotunda, sin duda matizable, como aquella que rezaban los Buggles en su Video Killed The Radio Star. Obviamente, Instagram no ha matado a la tienda física porque, hasta donde esta redactora tiene conocimiento, sigue habiendo locales de venta de bienes y productos en las calles, como sigue habiendo emisoras de radio. No obstante, Instagram sí se ha posicionado ya como una de las más importantes plataformas de e-commerce del mercado. Una plataforma de la que se han aprovechado especialmente las tiendas físicas, incluidos los pequeños y medianos comercios. Las ventas a través de Instagram han subido como la espuma en detrimento de la tienda de toda la vida, que irónicamente puede ser la mayor beneficiada por esta circunstancia.

Una generación repleta de ideas

La compra y venta online no es ninguna novedad. Adquirir un billete de avión, alquilar una casa de vacaciones o comprar unos pantalones es algo con lo que el común de los mortales está familiarizado. Este tipo de transacciones se viene haciendo desde hace años desde los sitios web originales, o en todo caso desde buscadores y comparadores específicos, y generalmente queda reservado a las grandes marcas o compañías. La que ha tomado la vanguardia en esta nueva era del e-commerce ha sido la Generación Z, la que comprende a los más jóvenes y nativos digitales. Ha sido esta generación la que ha concebido las redes sociales, y especialmente Instagram, como vía de venta online. Y no lo ha hecho únicamente como audiencia o comprador, sino como parte activa creando sus propias marcas.

En el mundo de la moda, Instagram ha logrado posicionarse como una plataforma de influencia sin precedentes. Blogueros, famosos y marcas han construido unos lazos muy potentes, y su trascendencia es ya mayor que la publicidad más convencional como, por ejemplo, la emitida en televisión. Lo mejor de este pastel es que cualquiera puede coger un trozo gracias a una buena idea o a un golpe de suerte. El éxito en Instagram no está reservado para los más poderosos de la industria textil, sino que cualquiera con una pequeña tienda o un estudio de moda modesto puede convertirse en el rey, potenciando así sus ventas. Alexandre Daillance, alias Millinsky, un diseñador de gorras que por un golpe de suerte, o una foto de Rihanna, en este caso, se hizo conocido y admirado a escala global. Millinsky era tan sólo un adolescente cuando Rihanna lo catapultó al éxito en 2015. Un éxito que no habría existido sin Instagram. Su historia es tan sólo un ejemplo de tantos.

Instagram mató a la tienda física
Con esta foto, Rihanna catapultó a Millinsky a la fama. | Imagen: Instagram

Cuestión de confianza

En el mundo del comercio, como en muchos aspectos de la vida, todo se basa en la confianza. Uno de los grandes escollos que ha tenido que solventar el comercio electrónico es precisamente este: la desconfianza. Una cosa es ir a una tienda, ver el producto, tocarlo, olerlo, intercambiar unas palabras con el vendedor, y otra muy distinta es comprar algo de lo que sólo tenemos dos referencias: una foto y una descripción. Entre el público general, este escollo sigue pareciendo insalvable –en general, la gente sigue yendo a la tienda física, y cuando ve algo que le gusta, lo busca en internet por si lo encontrara más barato-. No obstante, para estos jóvenes de la Generación Z, ese obstáculo prácticamente ni existe. Confían en quien les vende porque es como si lo conocieran, como si lo tuvieran delante de sus narices. Esta confianza la propicia la interacción constante entre usuarios, compradores y vendedores. Es como tener la tienda del barrio en tu feed de Instagram. Saben a quién seguir y, por ende, a quién comprar.

Un millón de anunciantes

Una de las muestras más evidentes del éxito de Instagram como tienda es su número de anunciantes, que recientemente ha superado el millón. Se trata de cinco veces la cantidad que tenía el año pasado, tras la transformación que sufrió la aplicación aprovechando la infraestructura de Facebook ante el aumento de la competencia de Snapchat.

Alrededor del 80% de los 600 millones de usuarios activos mensuales de Instagram opta por seguir a un negocio en la plataforma, y 120 millones de ellos interactuaron con un negocio el pasado mes.

Los nuevos formatos que acepta la plataforma, que van desde el vídeo, el boomerang, las historias o las galerías, no hacen más que aumentar las posibilidades de venta de las marcas.

Lo que el futuro depare a esta red social es una incógnita. Nadie podía imaginar cuando en 2010 esta aplicación se lanzó con el ánimo de ser una red de fotografías a las que aplicar unos cuantos filtros, que terminaría convirtiéndose en la potente plataforma de comercio electrónico que es hoy día.

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La Transición española terminó con Barcelona 92

Cecilia de la Serna

Foto: EFE
EFE

Casi 17 años separan la muerte de Franco en el 75 y la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, que este 25 de julio celebran sus bodas de plata. En esos 17 años, España se esforzó por abrirse al mundo, por dar a entender que los años más oscuros de la dictadura franquista eran algo del pasado y, en definitiva, por parecer algo menos paleta. La gran oportunidad de hacerlo llegó en 1992, gracias a la trascendencia internacional de grandes eventos como la Expo de Sevilla y, especialmente, por la celebración de los Juegos Olímpicos en la ciudad condal.

La Transición española terminó con Barcelona 92
Las mascotas de la Expo 92 de Sevilla, “Curro”, y de las Olimpiadas de Barcelona 92, “Cobi”, posaban juntas en el recinto de la Exposición Universal de Sevilla. | Foto: Efe

De camino al sueño olímpico

El propio recorrido de Barcelona hasta ser sede olímpica es una muestra de la voluntad conjunta de enseñar al mundo una España diferente, más moderna y libre. Frente a Barcelona competían otras ciudades, algunas entonces con más nombre y peso como París o Ámsterdam, que sin embargo no lograron batir a lo que representaba el milagro español post franquista.

Antes de 1992, Barcelona había sido candidata para los Juegos Olímpicos de 1924, 1936 y 1940, candidaturas de las que había salido sin pena ni gloria. Narcís Serra, quien ocupó la alcaldía barcelonesa del 79 al 82 -años clave de la Transición-, fue el que inició un proceso que pasó, primero, por la autorización del rey Juan Carlos I y, después, por la aprobación popular en masa de los barceloneses. El sueño olímpico fue transformándose en una probabilidad muy clara gracias a la euforia generalizada y a una importante trama diplomática.

Por entonces presidía el COI el español Juan Antonio Samaranch, quien sin duda jugó un papel fundamental en la elección final de Barcelona para acoger el evento más grande del planeta y quien, después de la clausura, llegó a afirmar que habían sido los mejores Juegos de la era moderna. Fue él el encargado de anunciar en Lausana, en un perfecto francés, que la segunda ciudad más grande de España organizaría los Juegos tras una no muy apretada lucha con la capital gala. Ya estaba hecho, y Barcelona se tornó en una fiesta. El comité de la candidatura voló rápido de vuelta hasta el Prat para poder festejar con los barceloneses este gran hito por las calles de la ciudad. “Aquello que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña y aquello que es bueno para Cataluña es bueno para España”, gritó al mundo el entonces alcalde de la ciudad condal, Pasqual Maragall. Todos incluidos, todos contentos. Desde los que formaron parte de ese comité inicial recuerdan a menudo que la idea que primó es que fueran los Juegos los que estuvieran al servicio de Barcelona, y no al revés.

España mira cara a cara al mundo

El reto que presentaba la celebración de estos Juegos era mayúsculo. Por un lado, la organización española debía ser capaz de mostrarse segura y seria, superando todos los clichés que allende de nuestras fronteras tenían –y todavía mantienen- sobre los españoles, y por otro debía ser capaz de sorprender al mundo. No es de extrañar que la organización del evento invirtiera tanto tiempo, esfuerzo y dinero en crear un auténtico espectáculo de primera para inaugurar y clausurar los Juegos Olímpicos. Barcelona debía mostrarse como es, sin complejos, para poder maravillar al mundo. Y lo consiguió.

No es casualidad que la gran ceremonia la dirigiera un publicista. Luis Bassat, fundador de la prestigiosa firma publicitaria Bassat, Ogilvy & Mather en España, fue el responsable de crear una inauguración que terminó convirtiéndose en “el spot más largo y mejor de mi vida”, en sus propias palabras. Se trataba, efectivamente, de venderse. No es baladí, ya que la exitosa organización de estos Juegos originó el boom turístico de la ciudad condal que en la actualidad le está pasando una factura desmesurada.

Las malas lenguas dicen que el encendido del pebetero, que se hizo a través del lanzamiento de una flecha por parte de Antonio Rebollo, estuvo trucado. Sin embargo, poco parece importar lo que las malas lenguas dicten, ya que esa imagen quedará siempre para la Historia.

Los seis grandes momentos deportivos de Barcelona 92

Deportivamente hablando, los Juegos de la XXV Olimpiada destacaron por ser un auténtico torbellino de emociones, inesperadas medallas y por suponer la mejor marca en el medallero histórico de España, con 22 metales en su haber. En total fueron 7.555 deportistas -de los que 3.008 eran mujeres- los que representaron a las 71 naciones que participaron. Además, por primera vez en muchas ediciones, ninguna nación intentó boicotear el evento.

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El ‘Dream Team’ del baloncesto norteamericano celebra su oro frente a Croacia. | Foto: Ray Stubblebine / Reuters

Quien destacó por encima de todos no fue un atleta, sino un equipo: el Dream Team, la selección estadounidense de baloncesto liderada por las ya leyendas Magic Johnson, Michael Jordan y Larry Bird. Este conjunto que se estrenaba en unos Juegos Olímpicos -se admitió por primera vez la participación de jugadores de la NBA-, logró 117 puntos de promedio en 8 partidos y ganó la medalla de oro derrotando en la final a Croacia, y atrajo además toda la atención de la Villa Olímpica.

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El entonces príncipe Felipe abandera la delegación española en Barcelona. | Foto: EFE

El ahora rey Felipe VI fue el abanderado español en la ceremonia inaugural, ya que participaba en la clase soling de vela, pero el atleta español que destacó por encima de todos fue Fermín Cacho. Gracias a su oro logrado, con gran sorpresa, en los 1.500 metros de atletismo, Cacho se ganó el respeto de sus competidores y el cariño de los españoles.

Otro momento deportivo que sigue en la retina de muchos es el denominado ‘espíritu de Redmond’. No lo hace por ser un extraordinario alarde de talento o fuerza, sino por encarnar el verdadero espíritu olímpico: nunca te rindas. Este atleta británico era uno de los favoritos para el podio de los 400 metros lisos, pero no pudo llegar siquiera a la final. A mitad de carrera de la semifinal, Redmond se lesionó y cayó al suelo, tras lo que se levantó y recorrió entre lágrimas los metros que le faltaban para llegar a la meta. Su gesta fue recordada por el COI con ocasión de los pasados Juegos de Río.

En atletismo volvió a reinar Carl Lewis, que ganó el oro en salto de longitud y en el relevo 4×100. El ‘Hijo del Viento’, uno de los mejores atletas de toda la Historia, no defraudó en la cita olímpica de 1992, a la que llegó ya con 31 años.

También destacó el nadador ruso Alexander Popov, que ganó los 50 y 100 metros estilo libre. La atleta etíope Derartu Tulu consiguió otro de los grandes hitos deportivos de Barcelona 92 gracias a su triunfo en los 10.000 metros, convirtiéndose en la primera atleta africana en llevarse un oro.

Cada uno de estos momentos suponen leyendas y récords -a veces ya superados, y es que en 25 años hay tiempo para batir cualquier marca-, pero sobre todo suponen la historia narrada de unos Juegos que marcaron un antes y un después en el deporte de élite mundial.

Iconos de una generación

La celebración de unos Juegos Olímpicos suelen trascender lo meramente deportivo. En Barcelona, esta máxima se hizo evidente. Los iconos de Barcelona 92 fueron los iconos de toda una generación. Desde Cobi, la mascota creada por el diseñador español Javier Mariscal y que todavía protagoniza el merchandising de los más nostálgicos, hasta canciones como Barcelona -interpretada por Montserrat Caballé junto al ya por entonces fallecido Freddie Mercury– o Amigos para siempre, esa rumba catalana de los Manolos que cerraron por todo lo alto los Juegos.

Con atletas, canciones, mascotas y un sinfín de anécdotas, Barcelona 92 supuso un punto de inflexión en la última década del siglo XX español. El mundo tuvo la oportunidad de redescubrir una España que ya abrazaba a Europa desde la Comunidad Económica Europea, y que sin complejos se erigía como un puerto para la cultura y el deporte globales. Los que no tuvimos la ocasión de disfrutar de estos Juegos -o que lo hicimos con apenas un añito de edad- debemos rescatarlos con una nostalgia impostada. Los historiadores no atinan aún en coincidir en una fecha clave para el fin de la Transición española -desde el 23F hasta el primer gobierno de Aznar hay opiniones para todos los gustos-, pero si una fiesta puso fin a esa Transición esa fue la de Barcelona 92.

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Ayn Rand, Donald Trump y Manolito Gafotas

José Carlos Rodríguez

Elvira Lindo está perpleja. Perpleja porque Donald Trump lea libros. Perpleja porque en su ‘short list’ está la escritora rusa, nacionalizada estadounidense, Ayn Rand. Y perpleja porque ésta lleva décadas teniendo influencia sobre infinidad de personas. Es el sino del progre, vivir perplejo al observar que la realidad no se ajusta a su estrecha concepción del mundo, y escandalizado al comprobar que es así. El progre tiene la misma posición ante el mundo que una devota señora de Vetusta.

Lindo ha quedado atrapada, en este asunto, en ese círculo vicioso entre los prejuicios, la ignorancia, el asombro y la indignación en el que viven, como pez en pecera, los hombres y mujeres de progreso. Lo de la ignorancia se puede remediar. Es verdad que Rand expresó su filosofía en sus novelas (la primera de las cuales no es ‘El Manantial’, sino ‘Los que vivimos’, por cierto). Pero también escribió ensayos de filosofía. Llamó a su filosofía “objetivismo”, porque parte de que hay una realidad objetiva, aprehensible por la mente humana, que es capaz, de este modo, de representar el mundo por el sólo ejercicio de la razón. Esta posición le conduce a decir que todo se puede someter al cedazo razón, sin dejar pasar un sólo “prejuicio”. Una posición que verían muy bien los autores de la Ilustración francesa. Y que encaja muy mal con el conservadurismo y su aprecio por el conjunto de usos y costumbres que hemos heredado de nuestra experiencia; lo que llamamos moral, tradiciones e instituciones. Como Lindo no sabe nada de esto, dice que Rand “inspira el pensamiento ultraconservador”.

En su fragmentado mundo de ideas, conservador, individualista y partidario de la libertad económica entra todo en el mismo saco. Es verdad que ese racionalismo (dogmático, corramos a decirlo), le llevó a defender el capitalismo. Es verdad, también, que sufrió el azote del comunismo, y que huyó de él en cuanto tuvo ocasión. El capitalismo le permite a la española vivir de lo que escribe, a pesar de que en el mismo artículo coloca una coma delante de un verbo “Ahora, está viviendo…”, y se le cae la concordancia de género “hay un piedra que se lanza contra el débil”.

Lindo le acusa de ser “vehementemente anticomunista”, y me pregunto si también le acusaría, a ella o a cualquier otra persona, de ser “vehementemente anti nacional socialista”. Al parecer, en la crítica al totalitarismo responsable directo de la muerte de decenas de millones de personas hay que ser moderado. Debe de haber un número de víctimas de la represión moralmente aceptable, un orden de magnitud en las masacres del socialismo con el que una persona de progreso puede transigir. Un terreno a medio camino entre los excesos de un Lenin y el fanatismo derechista, ese pleonasmo, que entiende que tenemos derecho a vivir libremente y asumiendo la responsabilidad de nuestras acciones. Que es lo que proponía Ayn Rand.

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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El artista que cubre tatuajes gratis para acabar con el racismo

Redacción TO

Foto: Southside Tattoo Parlour

Muchos han aprendido a vivir con un tatuaje que no quieren en su cuerpo. Ya sea porque ya no se corresponde con la persona que eres ahora o porque te lo hiciste un día de fiesta por Ibiza y ahora te arrepientes. Redibujar la tinta del tatuaje es una opción si crees que la eliminación por láser es cara, como demuestra el artista Dave Cutlip, que ha llegado aún más lejos en su estudio de Baltimore: ayudar a las personas con tatuajes racistas a deshacerse ellos gratuitamente”.

Para algunos de los clientes de Cutlip, los tatuajes fueron un símbolo de supervivencia, cuando llevar una esvástica o una bandera confederada significaba la diferencia entre la vida y la muerte. “Todo empezó cuando una persona me llamó para ver si podía redibujarle unos tatuajes que se había hecho cuando estaba en una banda callejera”, explica Cutlip a la revista digital Good, “Podía ver el daño que se le había hecho a esa persona, pero sinceramente, no quería ayudarle”.

Normalmente, cubrir un tatuaje por otro es una labor tediosa y, sobre todo, bastante cara. Después de hablar con aquel hombre durante 45 minutos Cutlip entendió la razón detrás de esos tatuajes, y al terminar la conversación, el tatuador y su pareja decidieron que podían ayudar a gente así. El resultado fue un crowfunding viral que recaudó lo suficiente, unos 21.000 dólares, para permitir a Culpit la cobertura de 15 tatuajes.

El estudio que cubre tatuajes racistas gratis

Al principio todo comenzó con pequeñas donaciones para agujas y papel, pero finalmente la campaña despegó y ahora espera poder ingresar 60.000 dólares con los que piensa ayudar a financiar sus servicios.

El estudio que cubre tatuajes racistas gratis 2

Una sesión de láser, que eliminaría por completo todo rastro de tinta del cuerpo, cuesta alrededor de 500 dólares la sesión y se necesitan entre cinco y siete. Cubrir el tatuaje puede costar entre 1.000 y 2.000 dólares dependiendo del tamaño. Cutlip argumenta que su manera de hacer las cosas no tiene nada que ver con el dinero, si no que él se compromete a ayudar a aquellas personas que ya se han comprometido con el cambio.

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“Los medios de comunicación me han preguntando cuál es el tatuaje más memorable con el que he trabajado”, dice Cutlip. “Pero para ser sincero, todos han sido memorables. Todas estas personas, no creo que fueran racistas para empezar. Creo que hicieron lo que tuvieron que hacer para sobrevivir en el lugar que estaban en ese momento de su vida”.

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