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Inteligencia artificial: el mito de las máquinas autoconscientes

Jorge Raya Pons

Foto: KIM KYUNG-HOON
Reuters

Garry Kasparov era un joven entusiasta y soberbio que no podía imaginar que enfrentándose a una máquina podía salir derrotado. Pusieron frente al tablero del ajedrecista ruso, en febrero de 1996, un ordenador IBM que prometía una tecnología nunca vista; aquella supercomputadora se permitía analizar hasta 100 millones de movimientos por segundo y había recibido el nombre de Deep Blue. Cuentan los cronistas que Kasparov se llevaba las manos a la cabeza, que su gesto altivo inicial se fue transformando en un gesto preocupado y que finalmente ganó la partida por un margen muy estrecho.

Los informáticos de la compañía estadounidense decidieron desafiarlo una vez más en junio de 1997 advirtiéndole de que el oponente, en esta ocasión, sería más poderoso; habían fabricado una versión más sofisticada, más inteligente, que doblaba la capacidad de su versión anterior. A este ordenador lo llamaron Deeper Blue y acabó venciendo al campeón ruso, instalando la tristeza en su oponente y la duda en los expertos del ajedrez, que no podían imaginar que un escenario como aquél fuera posible. ¿Y si una máquina se había convertido en el mejor ajedrecista del mundo?

Esta historia refleja esa competencia casi literaria que existe entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial a través uno de los casos más sonados en los que el cerebro humano se ha visto derrotado por el procesador de una computadora. Han pasado 20 años desde entonces y la inquietud ha ido en aumento; la tecnología no ha dejado de avanzar, de agregar mejoras, y cada vez está más presente en nuestros trabajos y hogares. Una gran parte de esta tecnología funciona, sin nosotros saberlo, gracias a mecanismos de inteligencia artificial.

¿Y si la inteligencia artificial superase a la inteligencia humana?
La partida de 1997 entre Garry Kasparov y una computadora de IBM, televisada. | Foto: Kathy Willens/AP Photo

Cuando un GPS nos sugiere una ruta o un restaurante, estamos interactuando con inteligencia artificial. Cuando una página web nos ofrece una noticia, cuando nos enfrentamos al usuario automático en un videojuego, estamos beneficiándonos de ella. “Desde el momento en que una máquina tiene unos sensores o una cámara, algo que recibe información y que puede procesarla y tomar una decisión simulando o haciéndolo muy parecido a como lo hace una persona, se conoce como inteligencia artificial”, explica Sergio Escalera, profesor del máster de Inteligencia Artificial de la Universidad de Barcelona.

“Estamos progresando en simular la conciencia, pero lejos de conseguir que una máquina sea consciente de sí misma”

Existe una sensación alimentada por las ficciones de que la inteligencia artificial es un elemento distante, a veces peligroso, que avanza un futuro distópico donde los hombres se someten a las máquinas. Esta hipótesis, claro está, es un gran nutriente de novelas y películas, pero la actualidad desvela una realidad bien distinta, como asegura Escalera: “Estamos muy lejos de que las propias máquinas tomen decisiones para hacer cosas diferentes para las cuales han sido programadas”.

Y eso pese a que los investigadores y desarrolladores se esfuerzan para que una máquina se asemeje cada vez más a los humanos: en los movimientos que hacen, en las acciones que ejecutan, en la forma que tienen de tomar decisiones. Sin embargo, como recuerda el profesor, nos encontramos a años luz de conseguir que un ordenador tenga emociones, sea capaz de sentir y de sentirse, de cobrar una conciencia sobre su propio existencia, y este es un factor clave. “Todo está avanzando, pero la conciencia es un mito”, dice Escalera. “Estamos igual que hace 50 años. Estamos progresando mucho en simular la conciencia, pero muy lejos de conseguir que una máquina sea consciente de sí misma”.

“Cuando una máquina lee novelas, puede aprender de la semántica y generar conocimientos”

Con todo, la incapacidad de las máquinas para empatizar y emocionarse, como se encarga de recordar el experto, no guarda relación con una inutilidad para crear belleza o provocar emociones. Una de las funciones más interesantes de la inteligencia artificial es que dota a sus ordenadores de la capacidad de aprender; a partir de determinadas técnicas, las máquinas aprenden de sus propios errores, son capaces de rectificar y perfeccionar sus aptitudes. Pese a todo, los resultados son todavía pobres y nos encontramos en un estadio primigenio. En cualquier caso, esta circunstancia alimenta una pregunta: ¿Podría aprender una máquina los elementos esenciales de la belleza, pintar un cuadro, escribir un poema?

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Commerce Bot, una máquina de servicio al consumidor, funciona con inteligencia artificial. | Foto: Paul Hanna/Reuters

Escalera sostiene que sí, que un robot puede que no tenga conciencia de sí mismo, que no sea capaz de sentir emociones, pero sí de provocarlas; la falta de conciencia no equivale, pues, a una falta de creatividad. “Yo creo que esto es distinto”, continúa el profesor. “Una cosa son las emociones y la conciencia, que están muy ligadas a los humanos y los seres vivos, y otra la creatividad y la capacidad de decidir. Cuando una máquina lee muchas novelas, puede aprender de la semántica y generar nuevos conocimientos, y a eso se le puede llamar arte. De esto no estamos tan lejos. Pero eso lo habrá creado sin emociones y sin conciencia, de forma mecánica. Una máquina puede crear emocionar en los humanos”.

En último término, persiste la duda de si un ordenador puede superar en inteligencia a un ser humano. “Sin duda, la inteligencia artificial es más rápida”, dice Escalera. Sin embargo, esta parece todavía una comparación difícilmente sostenible; los parámetros a determinar no están claros y el cerebro sigue siendo un misterio insondable. Aunque esta circunstancia no impidió que Ray Kurzweilun, director del departamento de ingeniería de Google, situara en 2029 la fecha en que este adelantamiento se producirá.

Prepárate para viajar en coche y sentirte como en casa

Redacción TO

Foto: Eric Risberg
AP Photo

Tenemos una visión de los coches más tradicional de lo que imaginamos. La distribución interior está inspirada en los viejos carruajes de caballos, donde los asientos están dispuestos de manera que la visión es muy abierta, de 360 grados, con los sistemas de aceleración, dirección y frenado al frente. Sin embargo, esta disposición podría tener los días contados. Todo gracias a las innovaciones tecnológicas y estéticas que están desarrollando las grandes marcas tradicionales, pero también los nuevos gigantes de Silicon Valley.

Uno de los grandes lujos que se conceden quienes pueden permitírselo es contratar a un chófer para ir de un sitio a otro, retirándose al asiento trasero y aprovechando el tiempo entre trayectos para hablar por teléfono o, simplemente, relajarse. Ahora, las marcas trabajan para que esta circunstancia deje de ser un lujo y pueda democratizarse, de modo que cualquiera pueda entrar en el coche y dejarse llevar hasta llegar a su destino.

Conducir sin volante: así serán los coches del futuro 1
Fotograma del vídeo promocional del Volvo Concept 26. | Fuente: Volvo

En este sentido, las compañías están alejando al conductor del salpicadero; el conductor es cada vez más ajeno a la conducción y la llegada de los coches de propulsión eléctrica permite a los diseñadores dibujar nuevos interiores, crear disposiciones hasta ahora inimaginables. Esto se debe a que estos vehículos no requieren de motores tan voluminosos ni de túneles de transmisión cruzando toda la carrocería.

En otras palabras, entre las grandes preocupaciones del sector no se encuentra únicamente la conducción autónoma, momento en el que dejará de ser estrictamente necesario que el conductor intervenga en el pilotaje, sino también la sensación de confort en el interior de los vehículos.

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Fotografía del interior del BMW 5-Series GT. | Fuente: BMW

Éstos podrán ser pequeños por fuera, pero espaciosos por dentro. Ya se puede comprobar en coches eléctricos como el Chevrolet Bolt que, a pesar de sus dimensiones reducidas, está adaptado para quienes superan el metro ochenta de altura. O, en casos de coches de alta gama y tamaño mayor, como el BMW 5-Series Gran Turismo o el Volvo S60 Inscription, que tienen en su parte trasera algo más parecido a sillones de salón que a asientos convencionales, con pantallas de televisión incorporadas.

En cualquier caso, la revolución acaba de comenzar y las verdaderas modificaciones llegarán con los coches autónomos. Waymo, una empresa de Google, ya ha desarrollado un prototipo de coche biplaza sin volante ni pedales. El interior es discreto, de techo relativamente alto, espacioso a pesar de las pequeñas dimensiones. Algo así como un Mercedes Smart, solo que sin todo el relleno que requieren los coches tradicionales.

Volvo, por su parte, ha presentado su modelo Concept 26, que permite adaptar el asiento en función de las exigencias de la conducción, teniendo la opción de mantenerse vertical durante el manejo convencional, reclinado si se desea navegar por internet o leer un libro, y tumbado en trayectos largos y anodinos, como en autopistas, si el piloto opta por echarse una cabezada.

Mercedes-Benz ha llevado la idea a un nivel más alto con la creación del Vision 015 Luxury in Motion, que es como un salón, donde los asientos pueden voltearse y todo se convierte en una sala de sillones enfrentados, con un espacio considerable para estirar las piernas y conversar o disfrutar del viaje mientras el coche conduce de forma autónoma, convertido en nuestro chófer particular.

Con todo, no es sencillo introducir estos cambios drásticos en el mercado, de momento; a fin de cuentas, en el presente, el conductor habitual aún persigue un modelo que le resulte familiar, que no sea excesivamente rompedor. Es necesario mantener algo de la esencia de los vehículos de siempre, del estilo de cada marca, para que el consumidor no quede intimidado, para que no desconfíe. El director de diseño de Mercedes-Benz, Gorden Wagener, reconoció en la revista Wired que este fue un debate que mantuvo con su equipo.

“Cuando hicimos el plano del Mercedes-Maybach 6, uno de los puntos de discusión fue la enorme pérdida de espacio causado por nuestros capós, que son muy largos”, explica. “Pero supimos que es una seña de identidad de la marca y decidimos ser fieles a eso”.

Se trata, a fin de cuentas, de una revolución paralela a la conducción autónoma; las marcas persiguen que podamos entretenernos y sentirnos cómodos mientras dure el trayecto, evitando los ratos muertos, sacando partido a un tiempo que es posible aprovechar, al igual que cuando viajamos en tren o en avión.

Facebook va a la conquista de la televisión

Redacción TO

Foto: Stephen Lam
Reuters/File

Facebook no quiere perder el tren de convertirse en el mayor gigante tecnológico del mundo. Para ello debe superar una asignatura pendiente que tiene su plataforma: los vídeos en streaming de contenido propio. Mark Zuckerberg tiene planeado lanzar una serie de programas en streaming a través del timeline, para que no tengamos que abandonar Facebook si queremos ver un programa televisivo o una serie, según publicó Business Insider a principios de este mes. Facebook pretende así retener a su público más joven, aquellos nativos digitales que han sustituido la televisión por los contenidos online, capturando parte de la inversión publicitaria destinada tradicionalmente a televisión.

Facebook y la conquista del espectro digital
Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook, en Perú. | Foto: Mariana Bazo / Reuters File

El objetivo es claro: sumarse al carro del éxito que han cosechado plataformas online como YouTube, Netflix o Amazon. Para lograrlo, Facebook va a lanzar una docena de programas, algunos de producción propia, diferenciados en dos categorías. Por un lado, programas de alta factura y de larga duración y, por otro, producciones más económicas de unos 10 minutos, actualizadas cada 24 horas.

Zuckerberg cuenta como director de estrategia con Ricky Van Veen, cofundador de la web CollegeHumor, un portal que se encarga de recopilar las cosas más graciosas que se ven por Internet y que ha ido ganando tráfico entre los usuarios a lo largo de los años. Van Veen fue contratado por Facebook el pasado diciembre.

Por lo pronto, Facebook ha dado ya luz verde a un show de citas que producirá Condé Nast Entertainment, en el que los participantes se conocerán a través de la realidad virtual, antes de reunirse personalmente. La compañía confirmó este mes que estaba inmersa en un proyecto audiovisual con Facebook, sin aportar más detalles.

Facebook está analizando también la posibilidad de incluir deportes en sus contenidos y, por lo que se sabe, la compañía ya ha contactado con la Major League of Baseball. “El deporte es probablemente algo que querremos probar en algún momento”, afirma Zuckerberg.

El partido se juega en los anuncios

Con esta nueva incursión audiovisual, Facebook se va a enfrentar directamente con las compañías que han ido apostando por los contenidos audiovisuales en streaming. YouTube ya anunció a finales del mes pasado su intención de financiar programas originales protagonizados por estrellas de la talla de Ellen DeGeneres, Kevin Hart o Katy Perry. Estos shows tendrán anuncios publicitarios para financiar la producción y que, cualquiera con acceso a Internet, pueda verlos sin que tengan que acceder al servicio de suscripción de 10 dólares mensuales.

“Hace cinco años, el 85% de todas las series originales fueron apoyadas por anuncios”, ha destacado Robert Kyncl, jefe de negocios de YouTube en un evento celebrado en abril sobre la estrategia de la compañía. “Este año, ese número se ha reducido a poco más de dos tercios y, con mucho más contenido, llegando a los servicios de suscripción. Ese cambio se está acelerando, por lo que vemos estos programas como una forma de asociarnos con los anunciantes para resistir a esa tendencia”.

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De izquierda a derecha: Chris Milk, CEO de Vrse; Mike Woodman, CEO de GoPro y Robert Kyncl, director de estrategia de Youtube. | Foto: Steve Marcus / Reuters File.

En esta línea también se mueve Facebook. La red social pretende monetizar los programas originales que produzca a través de los anuncios difundidos en el mismo vídeo, según ha asegurado Business Insider. Facebook ya lanzó el mes pasado una aplicación de vídeo para Apple TV y otros decodificadores.

“El objetivo es crear un contenido que ayude a la gente a aprender que la pestaña de vídeo es un gran destino donde pueden explorar y venir a Facebook con la intención de ver los videos que quieren”, dijo Zuckerberg durante la última reunión de Facebook con los accionistas. “El objetivo a largo plazo es crear un modelo de participación en los ingresos, una vez que se haya acumulado toda la economía alrededor del vídeo en Facebook”.

La fecha de lanzamiento de esta “nueva televisión” es mediados de junio. A partir de ese momento Netflix, YouTube, HBO Go, Amazon Prime y otras plataformas de streaming se encontrarán con un rival con posibilidades financieras prácticamente infinitas.

#LyricMoney, 825 euros para reflexionar sobre el valor del dinero

Lidia Ramírez

Foto: Alejandro Fernández Mejías

“Money, get away

Get a good job with good pay and you’re okay

Money, it’s a gas 

Grab that cash with both hands and make a stash…”

Sonaba ‘Money‘, de Pink Floyd, cuando a Alejandro Fernández Mejías, publicista grancanario de 27 años, se le ocurrió escribir la letra de esta canción en tantos billetes como pudiera con el objetivo de hacer reflexionar a la gente sobre el valor real del dinero, ya que para Mejías éste es “un medio y no un fin”. “#LyricMoney es una crítica interna a nuestra forma de replantearnos el uso de nuestra economía monetaria. No se trata de tener cada vez más, sino de usarlo para vivir”, reflexiona, reivindicando, de esta forma, la naturaleza nómada del dinero. 

Sin duda, nuestro día a día está condicionado por la economía. Actuamos, nos relacionamos y decidimos en base a ésta. Y eso es en lo que estaba pensando Mejías mientras viajaba en el metro de Madrid: “Era 2012, estaba recién llegado a la capital, cobraba una miseria como becario en una agencia de publicidad y no paraba de preguntarme qué hacía allí, apretado entre tanta gente en una ciudad que no me gustaba lo más mínimo”, nos cuenta. Fue entonces cuando se le ocurrió crear el primer lyric vídeo escrito en dinero en curso legal usando la letra de la banda de rock británica que, según el publicista, es “la mejor descripción que he escuchado nunca sobre la relación entre el ser humano y su invento más peligroso”.

Sin embargo, no fue hasta 2016 cuando pudo llevar a cabo su proyecto. Para ello usó 825 euros en 55 billetes: 31 de 20 euros, 17 de 10 y 7 de 5, que fue poniendo en circulación sellados con el hashtag #lyricmoney para que cualquier persona que se topara con uno de ellos pudiera acceder a todas las piezas del proyecto introduciendo la etiqueta en un buscador online.

¿Por qué billetes de 20, 10 y 5 euros? 

“La elección de estos billetes no ha sido casual”, apunta el publicista, que ahora ha decidido darle un giro a su vida profesional y está estudiando Gestión Musical. Como su intención es que su proyecto llegue al mayor número de personas para invitar a la reflexión, apunta que ha utilizado los billetes de 20, 10 y 5 euros porque son los que más circulan. En este sentido, si en un principio comenzó a gastarlos en grandes superficies, posteriormente decidió emplearlos en comercios más pequeños. “Una vez, haciendo cola en el Banco de España, vi que muchos empresarios llevaban billetes desgastados y escritos para cambiarlos. Ahí me di cuenta que si seguía gastándolos en grandes almacenes la cadena se rompería”.

Ahora, con todos los billetes ya en circulación, el último lo entregó el pasado 15 de febrero a unos artistas callejeros, el creativo anima a todas aquellas personas que se topen con uno de ellos a hacerle una foto y subir la imagen a las redes sociales con la etiqueta #LyricMoney para poder seguir reflexionando al ritmo de Pink Floyd.

#LyricMoney, 825 euros para reflexionar sobre el valor del dinero
Gif con todos los billetes empleados para el proyecto #LyricMoney. | Gif: Alejandro Fernández Mejías

Macron, la basura y nosotros

Víctor de la Serna

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

Los rumores tienen la piel dura. Por no entrar en los que siguen vivos, baste recordar un par de ellos de hace casi medio siglo: uno, que la guapa actriz Sonia Bruno, recién casada con uno de los astros del Real Madrid ye-yé, Pirri, había dado a luz un bebé… negro; otro, que Sol Quijano, la esposa del ministro de Asuntos Exteriores de aquella remota época, Fernando Castiella, se había fugado con el chófer de su coche oficial. Ambas historias eran palmariamente falsas y fáciles de desmentir, pero en los -bien llamados- mentideros madrileños circularon durante meses.

Era el tardofranquismo, la prensa apenas si había estrenado un poquito de libertad en 1966 gracias a Manuel Fraga, y esas cosas no se publicaban ni en El Caso. Pero radio macuto las propagaba a base de bien, reforzándolas con trolas de todo tipo: que si mi cuñado conoce a la comadrona que atendió a Sonia, que si a la mujer del ministro no se la ve desde hace un mes…

Han pasado los decenios y ahora hacemos como si acabásemos de descubrir la posverdad y las fake news, con gran escándalo y preocupación… pero haciéndoles el juego a sus propagadores, ahora como entonces.

Todo esto me venía estos días a la memoria porque, como a todo quisque con una relación frecuente y directa con Francia, con los franceses y con fuentes francesas, me llega sin cesar la historia de que Emmanuel Macron, el nuevo presidente de Francia, es en realidad homosexual y su matrimonio con su antigua profesora de literatura sería “una mera tapadera”.

Antes que nada debería saltar a la vista que, a estas alturas del siglo XXI y del desarrollo de las libertades, la supuesta noticia no encerraría en caso alguno ningún escándalo ni el menor problema para el primer mandatario de Francia: sea cual sea su orientación sexual, que es lícita en cualquier caso, no influirá para nada en el desempeño bueno o malo de su cargo, que no tiene nada que ver con ella y que depende de su capacitación y de su carácter.

Sin embargo, hoy en día estas cosas sí que ganan audiencia a través de los medios informativos, y lo de Macron está por todo internet. Eso sí, también ahí podemos leer sus propios desmentidos públicos, y bien explícitos, del último par de meses.

Así, lean en Le Parisien: “Se decía en las cenas parisienses que yo era homosexual. Es bastante desagradable cuando eso no es cierto, y es desestabilizante para uno mismo y para sus allegados. Dice mucho de la degradación de los usos políticos y mucho de la homofobia rampante, porque lo que se me reprochaba era ser homosexual como si fuese una tara”.

O estas otras declaraciones: “Dos cosas son odiosas tras las insinuaciones: equivalen a decir que un hombre que vive con una mujer mayor que él sólo puede ser un homosexual o un gigoló tapado. Es pura misoginia. Si yo fuese homosexual, lo diría y lo viviría”.

Lo más revelador y penoso de toda esta historia de insidias es que da igual lo que diga Macron: se sigue manteniendo el bulo, y de esa manera se asume que no se puede creer uno ni la literalidad de lo que afirma un político, porque la mentira es su medio habitual de expresión.

Si no se cree a Macron en esto, ¿se le puede creer en cualquier otra cosa? ¿Se ha extendido el oprobio de Trump y del resto de la patulea populista a todos los políticos democráticos? Si ya no damos crédito a ninguno de ellos, el sistema está más enfermo aún de lo que pensábamos.

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