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Irvine Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"

Pablo Mediavilla

Foto: Ana Laya
The Objective

Irvine Welsh de día. Introducción: las sesiones de entrevistas rápidas a un escritor famoso son mal invento. Prisas, las incomodidades propias de los hoteles y la sensación de que ninguno de los involucrados disfruta mucho de la experiencia. Más o menos las mismas preguntas, más o menos las mismas respuestas y que pase el siguiente.

Welsh (Leith, 1958) es el autor de Trainspotting, una obra tan reconocida que da apuro preguntarle por ella. Posa para un fotógrafo en un salón del Hotel de Las Letras, luego se sienta y mira el móvil. Viste una camiseta con la portada de Joy Division, pero con gatitos en lugar de las 100 ondas del primer púlsar descubierto. Es alto y habla con un acento escocés ligeramente accesible. Parece aburrido de antemano, lejos de su familia y su casa de Chicago y en otra maldita sesión de entrevistas.

Después de hablar de la comida, el tiempo, la amable gente española, el Barcelona y el Athletic de Bilbao, se me ocurre preguntarle si, tal vez, el hedonismo una a escoceses y españoles: “Si hay algún parecido, vosotros lo habéis hecho mejor que nosotros. Aquí es más seco y caliente. Si vas a drogarte y a bailar en la calle es mucho mejor hacerlo aquí. En Escocia amanecerías mojado en cualquier sitio. Aunque es cierto que nos gusta la vida al aire libre y no tiene mucho sentido con el tiempo que tenemos”.

La obra del escocés vuelve a estar de actualidad después del estreno de T2: Trainspotting, la secuela de la película de Danny Boyle que encumbró a casi todos los que participaron en ella: el propio Boyle, Welsh, Ewan McGregor, Robert Carlyle, etc. “Es más emocional que la primera porque los personajes contemplan su propia mortalidad”, dirá por la noche en su acto estrella en La Noche de los Libros. Preguntado en la entrevista por si le ha gustado el resultado final de T2 solo dice “yeah, it’s alright”.

Hijo de la clase obrera inglesa, a medio camino -como él mismo gusta recordar- entre un bala perdida de pub y un tipo sensible interesado por el arte, cree que “la gente está aburrida de que todo sea lo mismo. Las mismas tiendas en las avenidas de las ciudades, la misma música. Se supone que internet iba a darnos más opciones y es lo contrario”.

Sobre su carrera literaria, dice que pasaba muchas horas de niños imaginando historias y que se “convirtió en escritor en su imaginación antes que en la realidad”. Rehuye los tópicos sobre lo duro que es escribir, enfrentarse al abismo de la existencia, etc. “Para mí es como haberme jubilado hace 30 años. Es divertido, me encanta lo que hago, es como el trabajo soñado” -por la noche dirá que “estar encerrado en una habitación con personajes inventados no es bueno para nadie”-.

Acabadas ya las preguntas sobre su vida en Chicago, la violencia en Chicago, el ascendente literario de Chicago -con ninguna ha picado el anzuelo-, Welsh ve cerca el final de la entrevista y recobra las ganas de vivir. Saca el tema de Gibraltar: “¿Esos monos de qué raza son? ¿son salvajes?”. Le cuento un vídeo que circula por internet, el de un tipo que intenta sin éxito que uno de los monos de Gibraltar coja una banderita española: “¡Claro, son monos adoctrinados por Gran Bretaña!Very british apes!“.

Irving Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"
Welsh confiesa que podría venir a vivir a España y le intriga mucho Gibraltar. | Foto: The Objective.

Irvine Welsh de noche. La cola dobla la esquina de la Real Casa de Correos de Madrid, en la Puerta del Sol. Los libros de culto renuevan su legión de seguidores con una facilidad pasmosa. Hay gente muy joven con su Trainspotting bajo el brazo. Adentro, bajo un enorme techo acristalado, Alessandro Baricco ya ha terminado su charla y firma ejemplares. Dos guardias civiles con bigote y tricornio pasean cerca del mostrador de libros. Visto con ojos extranjeros debe ser un país interesante este.

Welsh y Manuel Jabois están en un reservado, conociéndose. Dada la fama que les precede, uno esperaría encontrar por lo menos champagne, pero solo hay empanada de atún y botellas de agua. Una representante política, no viene al caso quién porque no es nada conocida, le pregunta a Welsh: “¿Usted cuántos libros hace al año?”. Welsh resopla y contesta algo rápido y cortés, que no es poco. Alguien recuerda que tienen que ponerse la chapa de La Noche de los Libros en los bolsillos en la solapa. Welsh la levanta y exclama divertido: “¡Esta chapa es como un pasaporte!”.

La sala central del edificio está repleta, las sillas ocupadas, el suelo convertido en una acampada. Los auriculares para la traducción simultánea se han repartido hace rato, pero la gente se queda igual, desnuda frente a las ráfagas de acento escocés cerrado. Welsh domina la cosa, ya lo ha hecho más veces, centenares de veces, probablemente.

“Cuando salió Trainspotting y hubo todo el escándalo mi madre dejó de hablarme por un tiempo porque me reprochaba que tenía muchos insultos. Luego, cuando empezó a tener éxito me dijo: ¡Muy bien, hijo, así se hace!”. Las anécdotas sobre su madre encienden al público. “Sobre ‘La vida sexual de las gemelas siamesas’, me dijo que no le había gustado nada. ¿Por qué? Hay demasiado sexo lésbico, ¿qué sabrás tú de sexo lésbico? Bueno, madre, espero que más que tú”.

Acaba el acto con algunas preguntas del público sobre la fama, el Brexit y si hay esperanza para la humanidad. La misma cola que había para entrar vuelve a formarse con rapidez para la firma de los trainspottings. Welsh recibe de pie con una sonrisa. Mañana se irá a Milán a seguir con su grand tour europeo.

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Continúa leyendo: T2 Trainspotting: Turismo en los 90s

T2 Trainspotting: Turismo en los 90s

Ana Laya

¿Eras adolescente o veinteañero en los 90? ¿Pasabas horas en discotiendas eligiendo CDs? ¿Llevaste el pelo azul, ibas a raves y tienes la marca del piercing que usabas en el ombligo o en la ceja? ¿Conoces perfectamente la letra de “Perfect Day” de Lou Reed? Si respondiste sí a alguna de estas preguntas, no le des demasiadas vueltas, ve a ver T2 Trainspotting.

Eso sí, es recomendable que no tengas las espectativas cinematográfico-existenciales demasiado arriba. T2 Trainspotting no es una obra maestra de Danny Boyle, probablemente no te vaya a cambiar la vida ni ti ni a nadie, ni se vaya a convertir en otra película de culto, pero es un film que como dice el mismo Sick Boy, a fuerza de rostros conocidos, flashbacks, paisajes icónicos y un soundtrack que aún resuena en tu memoria, te invitará a hacer un poco de turismo en tu propia juventud.

“First there was an opportunity… then there was a betrayal.”

Escena Trainspotting.
Spud, Sick Boy (con bastante más pelo), Renton, Begbie (con más dientes) y Tommy.

La frase que repite Mark Renton en su cabeza al final de la primera película queda resonando en el aire y dos décadas más tarde revive cuando se anunció el retorno de los cuatro antihéroes más famosos de Escocia. Primero hay una oportunidad… después una traición. Muchos pensaron que la segunda entrega de Boyle podía resultar eso, una traición al frenetismo, a la irreverencia, a la ironía e incluso a la estética del éxito de 1996, pero Boyle y su combo no solo no estafan sino que sacan adelante esta secuela con bastante dignidad… bueno, no exactamente con dignidad, en realidad con la dosis de frustración, ansiedad y tristeza que podíamos esperar de un grupo de cuarentones exadictos a la heroína que no ha sabido, podido o querido madurar.

“You’re an addict. So be addicted.”

Imagen Promocional de T2 Trainspotting. Lionsgate.
Imagen Promocional de T2 Trainspotting. Lionsgate.

En algunos países de habla hispana, Trainspotting 2 tiene como coletilla o traducción alternativa “la vida en el abismo”. Curioso. La vida en el abismo al final resultó ser la adultez y la adicción más peligrosa fue la adición a la juventud. De ahí que al desasosiego de Trainspotting se una la nostalgia como hilo conductor de la historia y probablemente como fuerza que nos arrastra como espectadores a la butaca del cine.

Tal vez es eso lo que más mueve y conmueve de la película, esa nostalgia no anticipada a la nos enfrentamos todos al comprobar -mientras hacemos turismo en nuestra propia juventud- lo lejos que estamos ya de esos exaltados veinte años en donde todo era posible, incluso sumergirse en el retrete más sucio de toda Escocia.

La trama, vagamente inspirada en la novela Porno de Irving Welsh, publicada en 2002, se entiende perfectamente con solo ver el tráiler. Mark Renton (Ewan McGregor) vuelve a casa después de haber huido a Amsterdam -botín y traición a cuestas- y haber permanecido AWOL por veinte años. En casa lo esperan sus viejos amigos Spud (Ewen Bremner), tal vez el único auténticamente feliz de verlo, Sick Boy (Jonny Lee Miller) ahora convertido en proxeneta amateur adicto a la coca y Begbie (Robert Carlyle) tan maniático como siempre, más violento que nunca. Lo esperan también una serie de recuerdos listos para ser desempolvados, una escéptica exnovia, un padre distante, una habitación de otro tiempo aún tapizada con papel de trencitos, una serie de arrepentimientos y toneladas de preguntas sin respuestas convincentes porque al final, a pesar de toda la irreverencia, la rebeldía y el escepticismo que caracterizó a la Generación X, tal vez tanto ellos como nosotros elegimos el televisor grande que te cagas, elegimos Facebook, Twitter, Instagram y confiamos que a alguien, en alguna parte le importe.

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7 momentos inolvidables de Trainspotting

Cecilia de la Serna

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas… Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo…”

Este es uno de los discursos más memorables de la historia reciente del cine. Un discurso que cumple 20 años, y que se celebra a lo grande: Trainspotting vuelve a la gran pantalla con T2: Trainspotting.

Parece que nada ha cambiado: repiten Renton (Ewan McGregor), Sick Boy (Jonny Lee Miller), Spud (Ewen Bremner) y Begbie (Robert Carlyle). El director Danny Boyle vuelve a estar al frente en esta secuela. Además, Andrew McDonald repite como productor y John Hodge es quien adapta de nuevo los textos de Irvine Welsh. Regresan todos y lo hacen como si no hubiera pasado nada.

En el fin de semana del estreno de una de las secuelas más esperadas de las dos últimas décadas no pretendemos hacer spoilers. Ni grandes críticas. Estos personajes, que trascendieron la pantalla en 1996 para convertirse en mitos, no las necesitan. Con ocasión del regreso de Trainspotting no a nuestras vidas -nunca se fue- pero sí a la actualidad, recordamos las escenas más memorables de la primera entrega: la que todos hemos visto pero tal vez no recordemos como se merece.

1. El bebé gateando por el techo

Tras contemplar la muerte del bebé de unos irresponsables padres, Renton tuvo la alucinación más desagradable de toda su vida. La muerte de un inocente bebé es una de las peores escenas que podamos presenciar, y para Renton es aún peor teniendo en cuenta que está bajo los efectos de la heroína. Esta escena, una de las más recordadas y alabadas de Trainspotting, siempre recordada por el tema que se escucha de fondo: Dark & Long de Underworld.

2. El peor retrete de Escocia

Esta es una de las escenas más divertidas de la película, pero también una de las más crudas. Vemos a Renton entrando de cabeza en un retrete asqueroso tras drogarse. Toda la escena está llena de realismo mágico, y esta escena es un referente cinematográfico que muchas otras cintas han replicado.

3. Es una mierda ser escocés

Esta escena está de gran actualidad por el triunfo del ‘sí’ en el referéndum del Brexit, a pesar de que Escocia votara en masa por el ‘no’. La escena, que contiene la mítica frase “it’s shite being scottish” (es una mierda ser escocés), se trata de una crítica al colonialismo inglés, pero también al frágil nacionalismo escocés frente al gobierno de los ingleses, o como Renton y los demás consideran, los wankers (imbéciles).

4. Begbie provoca una pelea de bar

Esta escena, también muy recordada, establece un paralelismo entre la adicción y la violencia. En ella, el personaje de Begbie muestra el peor lado del ser humano con una explosión violenta sin parangón.

5. La sobredosis de Renton

Pocas explicaciones necesita esta escena. Lou Reed como banda sonora de la sobredosis de Renton es sencillamente magistral.

6. La entrevista de anfetas

Totalmente ‘extasiado’, Spud se enfrenta a una entrevista de trabajo para la cual Renton lo ‘echa una mano’ dándole anfetaminas. La escena es delirante.

7. La escena del principio

Last but not least. La escena más característica de la primera entrega de Trainspotting coincide con ser la del inicio de la película. El discurso de Renton, todo un emblema de los años noventa, es tan profundo que cuestiona temas filosóficos como la propia existencia y las decisiones que todos hemos tomado en nuestras vidas. Es, finalmente, una reflexión sobre la decadencia de la sociedad.

Continúa leyendo: Vídeo | 11 Preguntas Random con Kevin Johansen

Vídeo | 11 Preguntas Random con Kevin Johansen

Ana Laya

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Con motivo de la gira europea de su último álbum llamado Mis Américas Vol. ½ que comienza en Madrid, conversamos con el músico argentino Kevin Johansen, quien en 11 preguntas nos desvela cosas que no sabíamos, que no necesariamente nos preguntábamos, pero que nos mola saber.

Lee la entrevista completa aquí.

Continúa leyendo: Manuel Martín Cuenca: “Un artista es un lúcido y un demente”

Manuel Martín Cuenca: “Un artista es un lúcido y un demente”

Daniel Fermín

Foto: Julio Vergner

Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) encontró en un viaje a República Dominicana una antigua edición de la primera novela de Javier Cercas y vio en ella el germen de una película. Tardó dos años en escribir el guión y siete semanas en rodarla. Se llama El autor y es una sátira del proceso creativo. Ganó el premio de la crítica en el Festival de Toronto, pasó por San Sebastián y Sevilla y llega a las salas españolas el 17 de noviembre. En ella se narra la historia de Álvaro, un aspirante a escritor que manipula la realidad para hacer literatura. Liga con la conserje, espía desde el baño a sus vecinos, se cuela en sus apartamentos. Escucha, graba y escribe. Protagonizada por Javier Gutiérrez, mezcla el thriller y la comedia para generar una reflexión sobre el afán de trascender de los artistas.

“Un artista es un lúcido y un demente”, dice, antes de presentar su película en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, el autor andaluz. “Todo creador tiene sus pulsiones. Los límites, el determinar hasta dónde es capaz de llegar, los pone cada uno. Yo, obviamente, no hago las cosas que hace el personaje, pero también tengo algo de él”.

De Manuel Martín Cuenca se sabe que: se licenció en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid, trabajó con Mariano Barroso e Icíar Bollaín, dio clases en la Escuela de San Antonio de los Baños en Cuba, hizo cortometrajes y videos comerciales, tiene cinco largos de ficción y tres documentales, ha obtenido cuatro nominaciones a los Premios Goya y ha sido reconocido en certámenes internacionales. Se sabe eso y que nació en Almería y no El Ejido, como suele aparecer en Internet. Eso y que antes de ser cineasta quiso ser arquitecto, escritor y filólogo.

Manuel Martín Cuenca, el fracaso como escuela 1
Javier Gutiérrez, Antonio de la Torre y María León protagonizan el filme (Julio Vergne)

“Recuerdo que tenía una agenda en la que anoté, a los siete u ocho años, que me gustaría ser arquitecto. Luego quise escribir hasta que me di cuenta de que quería hacer cine”.
Hijo de un agricultor y una ama de casa, “ambos hijos de la posguerra, sin estudios, no muy cultos pero sí muy sabios”, afirma, se desplazó con sus padres a los cinco años a la población de El Ejido. De esa época evoca la pobreza de la Almería de los 70 y los vasos de leche que le daban en el colegio para combatir la desnutrición.

“Sólo tengo dos recuerdos de cine: uno, de ver la historia de un barco que se daba la vuelta, que se llamaba Poseidón; y otro, de una película que me encantó en ese momento y que mucho más tarde descubrí que era La mujer pirata, de Jacques Tourneur”.

Tras mudarse a Granada, a los 11 años, comenzó a ir al cine solo. Veía lo que un chico de entonces solía ver: Indiana Jones y La guerra de las galaxias. Se hizo asiduo a las salas de arte y ensayo y vio filmes de Bernardo Bertolucci, de Pier Paolo Pasolini y de Pedro Almodóvar y se matriculó en Filología en la Universidad de Granada.

“Un día, en un cineclub al que solía ir, vino un cineasta a dar una charla y me di cuenta de que era una persona normal, de carne y hueso, real, que había hecho una película y que estaba ahí, al frente, y supe que yo también quería hacer eso”.

¿Y por qué no estudió cine?

Porque en esa época no había escuelas oficiales de cine y las pocas privadas que existían no podía permitírmelas. No tenía dinero y mi padre se había enfadado conmigo porque dejé mi carrera al tercer año para irme a Madrid y empezar de nuevo.

Manuel Martín Cuenca hizo en Madrid sus primeros cortometrajes y comenzó a trabajar como asistente de dirección, primer ayudante, script o director de casting en filmes de Felipe Vega, Mariano Barroso, José Luis Boreu, Alain Tanner o Icíar Bollaín. Fue en esos puestos que aprendió el oficio del cine, en los que se preparó para dar el salto a la dirección. Cansado de hacer de auxiliar, decidió que ya era hora de rodar sus propias películas. Dijo que no a toda llamada que recibía con alguna oferta de trabajo. Así estuvo dos años hasta que nadie más lo llamó y comenzó a hacer vídeos industriales.

En ese período también escribió una novela: El ángel de la prisa (1995), la historia de una chica que tiene la fantasía de conocer el mundo marinero y hace un viaje por la costa de Granada para darse cuenta de que la realidad del mar no era como la imaginaba.

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“El autor” se estrena el 17 de noviembre en las salas españolas.

¿Y la leyó alguien?

La leyeron mi madre, mis hermanos y mis amigos. Se editaron 500 ejemplares y se venderían como 50 o 100. El resto todavía debe estar por ahí.

¿Dio por finalizada su etapa de escritor?

Tengo mi gusanillo. Lo que pasa es que le tengo mucho respeto a la literatura por el esfuerzo que me costó escribir esa novela. Ya luego empecé a dirigir y lo dejé.

Lo primero que dirigió Martín Cuenca fue un documental en Cuba. Mariano Barroso le propuso irse como coordinador de dirección de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Estuvo allá un año, entre idas y vueltas. Daba clases y regresaba a España a hacer vídeos. En la isla, se le ocurrió la idea de hacer una película de no ficción que narrara la historia del país caribeño a través de su deporte nacional, el béisbol. Se llamó El juego de Cuba y ganó el premio al Mejor Documental en el Festival de Málaga 2001.

¿Y le gustaba el béisbol?

No tenía ni idea, pero ahora sí me encanta.

Su siguiente película fue La flaqueza del Bolchevique (2003), una suerte de Lolita española, adaptación de la novela de Lorenzo Silva, protagonizada por Luis Tosar y una jovencísima María Valverde que obtuvo un Goya a la Mejor Actriz Revelación. Luego vendrían Malas temporadas (2005), un melodrama de historias cruzadas con Javier Cámara; La mitad de Óscar (2010), un filme sobre un guardia de seguridad que tiene dos años sin saber nada de su hermana; y Caníbal (2013), un thriller protagonizado por Antonio de la Torre que obtuvo ocho nominaciones a los Goya. En el medio, hizo documentales a varias manos y en solitario. Su filmografía ha recibido el visto bueno de la crítica y de los festivales.

“Eso me motiva a nivel personal y, sobre todo, me permite sobrevivir en la industria. Que La flaqueza del Bolchevique haya ido a San Sebastián me mantuvo vivo. Si eso no ocurre, si no hubiese ido a ningún festival, quizás no habría hecho ninguna otra película”.

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Manuel Martín Cuenca ha dirigido cinco largometrajes de ficción (Julio Vergne)

Manuel Martín Cuenca escribió en el diario de rodaje de El autor que el fracaso es su mejor escuela. Él ha tenido sus desilusiones: tras terminar su primer cortometraje, El día blanco (1990), decidió exhibirlo en sala junto con otros tres cortos. El suyo, seis minutos de primeros planos y planos generales sin diálogos, era el único que no era comedia.

“Yo pensaba que había hecho la enésima potencia de la poesía, que iba a cambiar la historia del cine. Había 600 personas. Se proyectó de primero y fue una cosa gélida. Sentí la energía ‘de qué mierda es esto’ y estuve nueve años sin dirigir”.

¿Y qué le hizo volver?

La obsesión. Al corto tampoco le fue bien en festivales. Eso me hizo más fuerte. Me enseñó que, hagas lo que hagas, nunca va a ser tan bueno como sueñas y que te tienes que saber enfrentar al fracaso, a la posibilidad de que no gustes.

¿Sueña con Hollywood?

A mí me encantaría dirigir en inglés, no en Hollywood. Si vuelvo al chaval de 20 años que era, nunca pensé que hubiera podido hacer cinco películas y tres documentales. A todos nos interesa llegar al mayor público posible, pero tampoco voy a renunciar a mi cine para ser más comercial. Voy día a día. Todo esto es un camino para darte cuenta si vales o no para hacer algo. Si me lo ofrecen, lo intento. Igual fracaso o igual no.

¿Ha dejado algún guión a medias por un bloqueo creativo?

Nunca. Una vez que empiezo a escribir siempre llego hasta al final.

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