Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Irvine Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"

Pablo Mediavilla Costa

Foto: Ana Laya
The Objective

Irvine Welsh de día. Introducción: las sesiones de entrevistas rápidas a un escritor famoso son mal invento. Prisas, las incomodidades propias de los hoteles y la sensación de que ninguno de los involucrados disfruta mucho de la experiencia. Más o menos las mismas preguntas, más o menos las mismas respuestas y que pase el siguiente.

Welsh (Leith, 1958) es el autor de Trainspotting, una obra tan reconocida que da apuro preguntarle por ella. Posa para un fotógrafo en un salón del Hotel de Las Letras, luego se sienta y mira el móvil. Viste una camiseta con la portada de Joy Division, pero con gatitos en lugar de las 100 ondas del primer púlsar descubierto. Es alto y habla con un acento escocés ligeramente accesible. Parece aburrido de antemano, lejos de su familia y su casa de Chicago y en otra maldita sesión de entrevistas.

Después de hablar de la comida, el tiempo, la amable gente española, el Barcelona y el Athletic de Bilbao, se me ocurre preguntarle si, tal vez, el hedonismo una a escoceses y españoles: “Si hay algún parecido, vosotros lo habéis hecho mejor que nosotros. Aquí es más seco y caliente. Si vas a drogarte y a bailar en la calle es mucho mejor hacerlo aquí. En Escocia amanecerías mojado en cualquier sitio. Aunque es cierto que nos gusta la vida al aire libre y no tiene mucho sentido con el tiempo que tenemos”.

La obra del escocés vuelve a estar de actualidad después del estreno de T2: Trainspotting, la secuela de la película de Danny Boyle que encumbró a casi todos los que participaron en ella: el propio Boyle, Welsh, Ewan McGregor, Robert Carlyle, etc. “Es más emocional que la primera porque los personajes contemplan su propia mortalidad”, dirá por la noche en su acto estrella en La Noche de los Libros. Preguntado en la entrevista por si le ha gustado el resultado final de T2 solo dice “yeah, it’s alright”.

Hijo de la clase obrera inglesa, a medio camino -como él mismo gusta recordar- entre un bala perdida de pub y un tipo sensible interesado por el arte, cree que “la gente está aburrida de que todo sea lo mismo. Las mismas tiendas en las avenidas de las ciudades, la misma música. Se supone que internet iba a darnos más opciones y es lo contrario”.

Sobre su carrera literaria, dice que pasaba muchas horas de niños imaginando historias y que se “convirtió en escritor en su imaginación antes que en la realidad”. Rehuye los tópicos sobre lo duro que es escribir, enfrentarse al abismo de la existencia, etc. “Para mí es como haberme jubilado hace 30 años. Es divertido, me encanta lo que hago, es como el trabajo soñado” -por la noche dirá que “estar encerrado en una habitación con personajes inventados no es bueno para nadie”-.

Acabadas ya las preguntas sobre su vida en Chicago, la violencia en Chicago, el ascendente literario de Chicago -con ninguna ha picado el anzuelo-, Welsh ve cerca el final de la entrevista y recobra las ganas de vivir. Saca el tema de Gibraltar: “¿Esos monos de qué raza son? ¿son salvajes?”. Le cuento un vídeo que circula por internet, el de un tipo que intenta sin éxito que uno de los monos de Gibraltar coja una banderita española: “¡Claro, son monos adoctrinados por Gran Bretaña!Very british apes!“.

Irving Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"
Welsh confiesa que podría venir a vivir a España y le intriga mucho Gibraltar. | Foto: The Objective.

Irvine Welsh de noche. La cola dobla la esquina de la Real Casa de Correos de Madrid, en la Puerta del Sol. Los libros de culto renuevan su legión de seguidores con una facilidad pasmosa. Hay gente muy joven con su Trainspotting bajo el brazo. Adentro, bajo un enorme techo acristalado, Alessandro Baricco ya ha terminado su charla y firma ejemplares. Dos guardias civiles con bigote y tricornio pasean cerca del mostrador de libros. Visto con ojos extranjeros debe ser un país interesante este.

Welsh y Manuel Jabois están en un reservado, conociéndose. Dada la fama que les precede, uno esperaría encontrar por lo menos champagne, pero solo hay empanada de atún y botellas de agua. Una representante política, no viene al caso quién porque no es nada conocida, le pregunta a Welsh: “¿Usted cuántos libros hace al año?”. Welsh resopla y contesta algo rápido y cortés, que no es poco. Alguien recuerda que tienen que ponerse la chapa de La Noche de los Libros en los bolsillos en la solapa. Welsh la levanta y exclama divertido: “¡Esta chapa es como un pasaporte!”.

La sala central del edificio está repleta, las sillas ocupadas, el suelo convertido en una acampada. Los auriculares para la traducción simultánea se han repartido hace rato, pero la gente se queda igual, desnuda frente a las ráfagas de acento escocés cerrado. Welsh domina la cosa, ya lo ha hecho más veces, centenares de veces, probablemente.

“Cuando salió Trainspotting y hubo todo el escándalo mi madre dejó de hablarme por un tiempo porque me reprochaba que tenía muchos insultos. Luego, cuando empezó a tener éxito me dijo: ¡Muy bien, hijo, así se hace!”. Las anécdotas sobre su madre encienden al público. “Sobre ‘La vida sexual de las gemelas siamesas’, me dijo que no le había gustado nada. ¿Por qué? Hay demasiado sexo lésbico, ¿qué sabrás tú de sexo lésbico? Bueno, madre, espero que más que tú”.

Acaba el acto con algunas preguntas del público sobre la fama, el Brexit y si hay esperanza para la humanidad. La misma cola que había para entrar vuelve a formarse con rapidez para la firma de los trainspottings. Welsh recibe de pie con una sonrisa. Mañana se irá a Milán a seguir con su grand tour europeo.

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Continua leyendo: T2 Trainspotting: Turismo en los 90s

T2 Trainspotting: Turismo en los 90s

Ana Laya

¿Eras adolescente o veinteañero en los 90? ¿Pasabas horas en discotiendas eligiendo CDs? ¿Llevaste el pelo azul, ibas a raves y tienes la marca del piercing que usabas en el ombligo o en la ceja? ¿Conoces perfectamente la letra de “Perfect Day” de Lou Reed? Si respondiste sí a alguna de estas preguntas, no le des demasiadas vueltas, ve a ver T2 Trainspotting.

Eso sí, es recomendable que no tengas las espectativas cinematográfico-existenciales demasiado arriba. T2 Trainspotting no es una obra maestra de Danny Boyle, probablemente no te vaya a cambiar la vida ni ti ni a nadie, ni se vaya a convertir en otra película de culto, pero es un film que como dice el mismo Sick Boy, a fuerza de rostros conocidos, flashbacks, paisajes icónicos y un soundtrack que aún resuena en tu memoria, te invitará a hacer un poco de turismo en tu propia juventud.

“First there was an opportunity… then there was a betrayal.”

Escena Trainspotting.
Spud, Sick Boy (con bastante más pelo), Renton, Begbie (con más dientes) y Tommy.

La frase que repite Mark Renton en su cabeza al final de la primera película queda resonando en el aire y dos décadas más tarde revive cuando se anunció el retorno de los cuatro antihéroes más famosos de Escocia. Primero hay una oportunidad… después una traición. Muchos pensaron que la segunda entrega de Boyle podía resultar eso, una traición al frenetismo, a la irreverencia, a la ironía e incluso a la estética del éxito de 1996, pero Boyle y su combo no solo no estafan sino que sacan adelante esta secuela con bastante dignidad… bueno, no exactamente con dignidad, en realidad con la dosis de frustración, ansiedad y tristeza que podíamos esperar de un grupo de cuarentones exadictos a la heroína que no ha sabido, podido o querido madurar.

“You’re an addict. So be addicted.”

Imagen Promocional de T2 Trainspotting. Lionsgate.
Imagen Promocional de T2 Trainspotting. Lionsgate.

En algunos países de habla hispana, Trainspotting 2 tiene como coletilla o traducción alternativa “la vida en el abismo”. Curioso. La vida en el abismo al final resultó ser la adultez y la adicción más peligrosa fue la adición a la juventud. De ahí que al desasosiego de Trainspotting se una la nostalgia como hilo conductor de la historia y probablemente como fuerza que nos arrastra como espectadores a la butaca del cine.

Tal vez es eso lo que más mueve y conmueve de la película, esa nostalgia no anticipada a la nos enfrentamos todos al comprobar -mientras hacemos turismo en nuestra propia juventud- lo lejos que estamos ya de esos exaltados veinte años en donde todo era posible, incluso sumergirse en el retrete más sucio de toda Escocia.

La trama, vagamente inspirada en la novela Porno de Irving Welsh, publicada en 2002, se entiende perfectamente con solo ver el tráiler. Mark Renton (Ewan McGregor) vuelve a casa después de haber huido a Amsterdam -botín y traición a cuestas- y haber permanecido AWOL por veinte años. En casa lo esperan sus viejos amigos Spud (Ewen Bremner), tal vez el único auténticamente feliz de verlo, Sick Boy (Jonny Lee Miller) ahora convertido en proxeneta amateur adicto a la coca y Begbie (Robert Carlyle) tan maniático como siempre, más violento que nunca. Lo esperan también una serie de recuerdos listos para ser desempolvados, una escéptica exnovia, un padre distante, una habitación de otro tiempo aún tapizada con papel de trencitos, una serie de arrepentimientos y toneladas de preguntas sin respuestas convincentes porque al final, a pesar de toda la irreverencia, la rebeldía y el escepticismo que caracterizó a la Generación X, tal vez tanto ellos como nosotros elegimos el televisor grande que te cagas, elegimos Facebook, Twitter, Instagram y confiamos que a alguien, en alguna parte le importe.

Save

Continua leyendo: 7 momentos inolvidables de Trainspotting

7 momentos inolvidables de Trainspotting

Cecilia de la Serna

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas… Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo…”

Este es uno de los discursos más memorables de la historia reciente del cine. Un discurso que cumple 20 años, y que se celebra a lo grande: Trainspotting vuelve a la gran pantalla con T2: Trainspotting.

Parece que nada ha cambiado: repiten Renton (Ewan McGregor), Sick Boy (Jonny Lee Miller), Spud (Ewen Bremner) y Begbie (Robert Carlyle). El director Danny Boyle vuelve a estar al frente en esta secuela. Además, Andrew McDonald repite como productor y John Hodge es quien adapta de nuevo los textos de Irvine Welsh. Regresan todos y lo hacen como si no hubiera pasado nada.

En el fin de semana del estreno de una de las secuelas más esperadas de las dos últimas décadas no pretendemos hacer spoilers. Ni grandes críticas. Estos personajes, que trascendieron la pantalla en 1996 para convertirse en mitos, no las necesitan. Con ocasión del regreso de Trainspotting no a nuestras vidas -nunca se fue- pero sí a la actualidad, recordamos las escenas más memorables de la primera entrega: la que todos hemos visto pero tal vez no recordemos como se merece.

1. El bebé gateando por el techo

Tras contemplar la muerte del bebé de unos irresponsables padres, Renton tuvo la alucinación más desagradable de toda su vida. La muerte de un inocente bebé es una de las peores escenas que podamos presenciar, y para Renton es aún peor teniendo en cuenta que está bajo los efectos de la heroína. Esta escena, una de las más recordadas y alabadas de Trainspotting, siempre recordada por el tema que se escucha de fondo: Dark & Long de Underworld.

2. El peor retrete de Escocia

Esta es una de las escenas más divertidas de la película, pero también una de las más crudas. Vemos a Renton entrando de cabeza en un retrete asqueroso tras drogarse. Toda la escena está llena de realismo mágico, y esta escena es un referente cinematográfico que muchas otras cintas han replicado.

3. Es una mierda ser escocés

Esta escena está de gran actualidad por el triunfo del ‘sí’ en el referéndum del Brexit, a pesar de que Escocia votara en masa por el ‘no’. La escena, que contiene la mítica frase “it’s shite being scottish” (es una mierda ser escocés), se trata de una crítica al colonialismo inglés, pero también al frágil nacionalismo escocés frente al gobierno de los ingleses, o como Renton y los demás consideran, los wankers (imbéciles).

4. Begbie provoca una pelea de bar

Esta escena, también muy recordada, establece un paralelismo entre la adicción y la violencia. En ella, el personaje de Begbie muestra el peor lado del ser humano con una explosión violenta sin parangón.

5. La sobredosis de Renton

Pocas explicaciones necesita esta escena. Lou Reed como banda sonora de la sobredosis de Renton es sencillamente magistral.

6. La entrevista de anfetas

Totalmente ‘extasiado’, Spud se enfrenta a una entrevista de trabajo para la cual Renton lo ‘echa una mano’ dándole anfetaminas. La escena es delirante.

7. La escena del principio

Last but not least. La escena más característica de la primera entrega de Trainspotting coincide con ser la del inicio de la película. El discurso de Renton, todo un emblema de los años noventa, es tan profundo que cuestiona temas filosóficos como la propia existencia y las decisiones que todos hemos tomado en nuestras vidas. Es, finalmente, una reflexión sobre la decadencia de la sociedad.

Continua leyendo: Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Beatriz García

Foto: Gunther Von Hagens
Gunther Von Hagens

Dice la asirióloga e historiadora Érica Couto-Ferreira que “somos porque nuestros cuerpos existen” y aunque el suyo se refleje, como es natural, en la superficie de los espejos, los evita desde niña porque los asocia a presencias sobrenaturales que se mueven a través de ellos. También le recuerdan a la muerte, esa muerte material, de la carne, que le provoca tanta fascinación como miedo. Conocida por los amantes del género por el podcast literario ‘Todo tranquilo en Dunwich’, que conduce junto a José Luis Forteza, esta gallega que vive en Italia, país en el que cada iglesia hay criptas con osarios, reliquias de santos y cuerpos incorruptos expuestos en vitrinas, ha cambiado las ruinas y los ritos de civilizaciones antiguas por los teatros anatómicos del siglo XIX, las sociedades de petrificadores, los cuerpos convertidos en arte y la obsesión por parecer eternamente dormidos, inmortales, en un libro que desentierra uno de los mayores tabúes de nuestra sociedad: la muerte física y la forma en que nos acercamos a ella.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 5
Érica Couto-Ferreira. Foto via Érica Couto-Ferreira.

El libro ‘Cuerpos. Las otras vidas del cadáver’ (Ed. Gasmask, 2017) es tanto una reflexión sobre el buen y mal morir como un viaje histórico, inquietante y, si se me permite, bastante divertido hacia los mil y un usos del cadáver como objeto político, médico, técnico, artístico y como depositario de la memoria familiar. Un retablo de anécdotas y referencias literarias sobre diarios de verdugos, difuntos convertidos en arte, danzas macabras, vampirismos y aquellos científicos y artistas que creyeron que muertos somos más longevos que vivos.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 3
Lección de Anatomía, de Rembrandt

A mí la idea de morirme me aterroriza, pero me gusta pasear por los cementerios. Raro, ¿no?

Es que la muerte que queremos ver es una muerte exótica, estética, hermosa, o  bien marcada por la normalidad, como la muerte que sucede de forma violenta, por guerras, terrorismo… Pero el fallecimiento cotidiano por vejez o enfermedad es lo que nos espanta, porque está en nuestro día a día y nos recuerda que nosotros también vamos a morir. Lo que nos atrae es el carácter morboso de la muerte ficticia, la artística, la que no vamos a vivir.

Pienso en las catacumbas de Palermo o en las obras de Fragonard que aparecen en el libro y ya no sé si el arte imita a la vida o la muerte al arte.

Y además muchas de estas obras evocan belleza e incorruptibilidad, y eso no es realmente la muerte, que es putrefacción y decadencia. Y en parte está ligado a que hasta época muy reciente la ciencia y el arte no estaban separados. Por ejemplo, los médicos del siglo XIX y principios del XX estudiaban lenguas clásicas, poesía y arte, y estaban en contacto con grupos intelectuales y literarios, lo que les permitía conjugar más elementos en sus investigaciones y preparados. Y considero que eso lo hemos perdido con la especialización que existe hoy en día.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 2
El jinete del anatomista Honoré Fragonard

Pero no siempre hubo esa obsesión por embellecer e inmortalizar la muerte…

No, en época medieval encontramos manuscritos iluminados y detalles de iconografía arquitectónica que muestran la muerte real, que es el esqueleto que baila. Al inicio de la edad moderna todavía está muy presente y, poco a poco, se abandonan esos motivos y vamos hacia la idea del muerto vivo, del muerto incorruptible, del muerto dormido.

Cuentas en el libro que algunas familias del siglo XIX tenían las costumbre de exhibir el cadáver de sus difuntos en el salón de casa. Pienso en Martin van Butchell, el excéntrico dentista londinense que embalsamó a su mujer y la colocó en su consulta…

Sí, Butchell tenía fama muy merecida de excéntrico, pero cuando se casó por segunda vez a la nueva esposa no le gustaba la idea de que tuviera expuesto el cadáver de la primera y lo donó al Hunterian Museum de Londres. En cuanto a lo que comentas de los muertos en los hogares, imagino que no habrían muchas familias que pudiesen acceder a ese tratamiento, pero nos habla de una sociedad con menores restricciones legales y sociales a ese respecto. Hoy en día un comportamiento así sería imposible, pero en el siglo XIX todavía podías mantener cerca a los propios difuntos de manera literal.

“El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo”

Igualmente, hay comportamientos muy similares hoy en día aunque las formas hayan cambiado. Creo que hay empresas en Japón que fabrican reproducciones exactas de tus hijos muertos y hace unos meses también una compañía proponía realizar vinilos utilizando cenizas del muerto y con la posibilidad de escuchar su voz grabada. No creo que estemos volviendo al pasado, pero tenemos la misma necesidad de lidiar con la muerte y el duelo.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 4
Las catacumbas de Palermo

¿Estamos perdiendo el pudor a la muerte?

A mí me gustaría pensar que sí, pero tengo mis dudas. Creo que este tipo de encargos que predomina es ficticio, solamente estético, como ir un paso más allá de lo que es la tanatomorfosis y la aniquilación del cuerpo. Me refiero a saltarse esa fase entre la agonía y el después, porque igualmente uno no quiere ver la parte más terrible del cuerpo que se deshacen. Es otro mirar a un lado, o más allá del cadáver.

¿Y eso de que la muerte nos iguala a ricos y pobres?

Nadie puede escapar a la muerte  y eso es cierto, pero no nos iguala. No es lo mismo morir apedreado porque el gobierno de tu país así ha decidido hacer justicia o morir como el gran dictador que nunca ha pagado por sus crímenes y al que realizan un funeral de estado que dura una semana.

“Siento una fascinación ilimitada por la muerte y los cadáveres, pero también me provocan miedo y rechazo”

Por no hablar de quienes antaño aspiraban a vivir eternamente pero no por propia voluntad, como los criminales a los que se les imponían destinos aborrecibles. El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo de lo que no debía hacerse.

Así que un cadáver es también un instrumento político…

Lo vemos diariamente, con estas grandes tumbas de generales, dictadores y cabecillas varios que siguen ahí. El mismo Lenin, que quería ser enterrado, sigue en su tumba convertida casi en icono del capitalismo.

Y luego está la venganza en vida y, sobre todo, más allá de ella.

Arqueológicamente se han encontrado muchos ejemplos en distintos periodos cronológicos y áreas de sepulturas que presentan un cadáver enterrado de una manera anormal, que no era consuetudinaria en la cultura o contexto en que ese cadáver se inscribe. En muchos casos era una manera de neutralizar el cadáver o de castigarlo más allá de la muerte, indicando su pertenencia a un credo herético o etnia repudiada… No estamos libres de eso ni cuando nos morimos.

¿Qué te parece que se expongan cuerpos en los museos?

Crea debate y te obliga a pensar y confrontar con otras personas que no piensan como tú. Yo siento una fascinación morbosa por determinadas colecciones, cuando visité el Hunterian estaba emocionadisima, pero al cabo de media hora tuve que salir porque me estaba mareando y tenía náuseas. Eso explica muy bien mi relación con la muerte y los cadáveres, por una parte siento una fascinación ilimitada, pero también una cierta reacción de miedo o rechazo.

Hablas del oficio de verdugo y de las memorias que escribían. Eran peor vistos que el cobrador del frac.

Sí, pero socialmente se estimaba necesario y se ganaban bien la vida, aunque les estuviera vetado el acceso a ciertos espacios públicos y se casasen entre familias de verdugos por su estigma social.

Ya no existen verdugos ni petrificadores pero, ¿se sigue embalsamando gente?

Creo que el Papa Juan Pablo tuvo una embalsamado no permanente para que durase varias semanas incorrupto y poder organizar los funerales de estado, pero ni siquiera hoy duran mucho tiempo. Fue parte de un período de investigación científica y no cuajó por el coste y porque no se consiguió perfeccionar. Aunque es cierto que en países como Estados Unidos hay más tradición, ya que durante la Guerra Civil se embalsamaron muchos cadáveres de soldados para ser devueltos a las familias. En Europa somos más de inhumar o cremar, pero todavía podemos copiar a los norteamericanos…

Como buena gallega, quizás hayas visto algún rito de muerte en los pueblos. He oído que en algunos se siguen haciendo fotografías post mortem.

De fotografía postmortem no sé nada, pero existe todavía una serie de ritos ligados a la muerte o al servicio de ser salvado de la muerte, como las procesiones de las mortajas. Cuando una persona está al borde de la muerte puede hacer un voto con determinado santo y si es salvada su cuerpo es transportado en ataúd, fingiendo que ha muerto, hasta la capilla en la que hizo ese voto. Con los exvotos pasa algo parecido, lo que entregas simboliza tu cuerpo viejo o enfermo, tu vida anterior. Cuando tenía 4 años caí muy enferma y mi familia hizo un voto, cuando me recuperé me llevaron al santuario cubierta con un tul que luego depositaron en el altar y que simbolizaba el cuerpo, el viejo cuerpo enfermo. Quizás sean prácticas menos vigentes ahora, pero se juega mucho con la idea de muerte y de nueva vida.

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Continua leyendo: Los placeres del libro

Los placeres del libro

Juan Claudio de Ramón

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters

Frente al placer secundario de leerlos, están los verdaderos placeres que proporcionan los libros: el placer de comprarlos, el placer de hojearlos, el placer de encontrarlos –máximo cuando se encuentra un libro que no se buscaba–, el placer de sostenerlos en las manos largo rato, ponderándolos como un melón sin abrir, el placer de comentar sus aciertos y errores, el placer de afirmar, dogmáticamente, que se trata del mejor o del peor libro del autor, el placer de recomendarlos (deber de toda persona de bien: el “tolle, lege” que oyó San Agustín), el placer de leer listas de libros recomendados, el placer de regalarlos (el libro preciso pera la persona precisa, aunque es creencia infundada que sirva para ligar), el placer de dedicarles una concienzuda reseña, el placer de declarar ilegible una obra maestra y el de calzar una mesa con un libro que todos consideran “necesario”, el placer de diseñar un ex libris, el placer –ruinoso– de coleccionarlos, el placer de acariciar un buen papel verjurado, el placer de pasar la mano por un tejuelo dorado o por las guardas de Antolín Palomino, príncipe de encuadernadores, el placer de pasar lentas las páginas de un gran folio, el placer de oler la piel gastada de una cubierta en tafilete, el placer de pasarse horas meditando el mejor método para ordenarlos en la biblioteca, o el placer malicioso de colocar juntos a dos autores que no se soportan (Marías junto a Umbral, por ejemplo). En cuanto a los subrayados y las acotaciones, diría que, más que placer, son manía, pero sin duda es placentero encontrar en un libro viejo los escolios y las glosas garabateadas por un lector perspicaz y más aún si es eminente. No es placer, en cambio, hablar de libros que no se han leído, sino arte; arte de malandrines, porque ninguna persona honrada alardea de erudición que no se posee (el placer, en este caso, es detectar al impostor). Sin embargo, sí es legítimo el placer de afirmar con jactancia que un libro no se ha leído, porque ni falta que hace (y si es una pifia, todos tenemos derecho a fallar en nuestro gusto) y también el placer de tirar un libro (por lo mucho que cuesta y lo mucho que libera), el placer de soñar con haber leído todos los libros (la carne nunca está triste, Mallarmé) y el placer de concebirlos magistralmente en la cabeza, si bien no el trabajo solitario y áspero de ejecutar uno en concreto, pero sí el de haberlo escrito, variante del efímero placer de cumplir con un propósito; el placer –dicen los editores– de editarlos y el placer de traducirlos, cuando el encargo no es tedioso. El placer de poseer un libro prohibido y pasarlo de mano en mano.

Dicen que las cifras de ventas de libros en papel se recuperan. Yo no me preocupo en exceso. Mientras haya hedonismo, habrá libros.

TOP