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Irvine Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"

Pablo Mediavilla Costa

Foto: Ana Laya
The Objective

Irvine Welsh de día. Introducción: las sesiones de entrevistas rápidas a un escritor famoso son mal invento. Prisas, las incomodidades propias de los hoteles y la sensación de que ninguno de los involucrados disfruta mucho de la experiencia. Más o menos las mismas preguntas, más o menos las mismas respuestas y que pase el siguiente.

Welsh (Leith, 1958) es el autor de Trainspotting, una obra tan reconocida que da apuro preguntarle por ella. Posa para un fotógrafo en un salón del Hotel de Las Letras, luego se sienta y mira el móvil. Viste una camiseta con la portada de Joy Division, pero con gatitos en lugar de las 100 ondas del primer púlsar descubierto. Es alto y habla con un acento escocés ligeramente accesible. Parece aburrido de antemano, lejos de su familia y su casa de Chicago y en otra maldita sesión de entrevistas.

Después de hablar de la comida, el tiempo, la amable gente española, el Barcelona y el Athletic de Bilbao, se me ocurre preguntarle si, tal vez, el hedonismo una a escoceses y españoles: “Si hay algún parecido, vosotros lo habéis hecho mejor que nosotros. Aquí es más seco y caliente. Si vas a drogarte y a bailar en la calle es mucho mejor hacerlo aquí. En Escocia amanecerías mojado en cualquier sitio. Aunque es cierto que nos gusta la vida al aire libre y no tiene mucho sentido con el tiempo que tenemos”.

La obra del escocés vuelve a estar de actualidad después del estreno de T2: Trainspotting, la secuela de la película de Danny Boyle que encumbró a casi todos los que participaron en ella: el propio Boyle, Welsh, Ewan McGregor, Robert Carlyle, etc. “Es más emocional que la primera porque los personajes contemplan su propia mortalidad”, dirá por la noche en su acto estrella en La Noche de los Libros. Preguntado en la entrevista por si le ha gustado el resultado final de T2 solo dice “yeah, it’s alright”.

Hijo de la clase obrera inglesa, a medio camino -como él mismo gusta recordar- entre un bala perdida de pub y un tipo sensible interesado por el arte, cree que “la gente está aburrida de que todo sea lo mismo. Las mismas tiendas en las avenidas de las ciudades, la misma música. Se supone que internet iba a darnos más opciones y es lo contrario”.

Sobre su carrera literaria, dice que pasaba muchas horas de niños imaginando historias y que se “convirtió en escritor en su imaginación antes que en la realidad”. Rehuye los tópicos sobre lo duro que es escribir, enfrentarse al abismo de la existencia, etc. “Para mí es como haberme jubilado hace 30 años. Es divertido, me encanta lo que hago, es como el trabajo soñado” -por la noche dirá que “estar encerrado en una habitación con personajes inventados no es bueno para nadie”-.

Acabadas ya las preguntas sobre su vida en Chicago, la violencia en Chicago, el ascendente literario de Chicago -con ninguna ha picado el anzuelo-, Welsh ve cerca el final de la entrevista y recobra las ganas de vivir. Saca el tema de Gibraltar: “¿Esos monos de qué raza son? ¿son salvajes?”. Le cuento un vídeo que circula por internet, el de un tipo que intenta sin éxito que uno de los monos de Gibraltar coja una banderita española: “¡Claro, son monos adoctrinados por Gran Bretaña!Very british apes!“.

Irving Welsh: "Fui escritor en mi imaginación antes que en la realidad"
Welsh confiesa que podría venir a vivir a España y le intriga mucho Gibraltar. | Foto: The Objective.

Irvine Welsh de noche. La cola dobla la esquina de la Real Casa de Correos de Madrid, en la Puerta del Sol. Los libros de culto renuevan su legión de seguidores con una facilidad pasmosa. Hay gente muy joven con su Trainspotting bajo el brazo. Adentro, bajo un enorme techo acristalado, Alessandro Baricco ya ha terminado su charla y firma ejemplares. Dos guardias civiles con bigote y tricornio pasean cerca del mostrador de libros. Visto con ojos extranjeros debe ser un país interesante este.

Welsh y Manuel Jabois están en un reservado, conociéndose. Dada la fama que les precede, uno esperaría encontrar por lo menos champagne, pero solo hay empanada de atún y botellas de agua. Una representante política, no viene al caso quién porque no es nada conocida, le pregunta a Welsh: “¿Usted cuántos libros hace al año?”. Welsh resopla y contesta algo rápido y cortés, que no es poco. Alguien recuerda que tienen que ponerse la chapa de La Noche de los Libros en los bolsillos en la solapa. Welsh la levanta y exclama divertido: “¡Esta chapa es como un pasaporte!”.

La sala central del edificio está repleta, las sillas ocupadas, el suelo convertido en una acampada. Los auriculares para la traducción simultánea se han repartido hace rato, pero la gente se queda igual, desnuda frente a las ráfagas de acento escocés cerrado. Welsh domina la cosa, ya lo ha hecho más veces, centenares de veces, probablemente.

“Cuando salió Trainspotting y hubo todo el escándalo mi madre dejó de hablarme por un tiempo porque me reprochaba que tenía muchos insultos. Luego, cuando empezó a tener éxito me dijo: ¡Muy bien, hijo, así se hace!”. Las anécdotas sobre su madre encienden al público. “Sobre ‘La vida sexual de las gemelas siamesas’, me dijo que no le había gustado nada. ¿Por qué? Hay demasiado sexo lésbico, ¿qué sabrás tú de sexo lésbico? Bueno, madre, espero que más que tú”.

Acaba el acto con algunas preguntas del público sobre la fama, el Brexit y si hay esperanza para la humanidad. La misma cola que había para entrar vuelve a formarse con rapidez para la firma de los trainspottings. Welsh recibe de pie con una sonrisa. Mañana se irá a Milán a seguir con su grand tour europeo.

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T2 Trainspotting: Turismo en los 90s

Ana Laya

¿Eras adolescente o veinteañero en los 90? ¿Pasabas horas en discotiendas eligiendo CDs? ¿Llevaste el pelo azul, ibas a raves y tienes la marca del piercing que usabas en el ombligo o en la ceja? ¿Conoces perfectamente la letra de “Perfect Day” de Lou Reed? Si respondiste sí a alguna de estas preguntas, no le des demasiadas vueltas, ve a ver T2 Trainspotting.

Eso sí, es recomendable que no tengas las espectativas cinematográfico-existenciales demasiado arriba. T2 Trainspotting no es una obra maestra de Danny Boyle, probablemente no te vaya a cambiar la vida ni ti ni a nadie, ni se vaya a convertir en otra película de culto, pero es un film que como dice el mismo Sick Boy, a fuerza de rostros conocidos, flashbacks, paisajes icónicos y un soundtrack que aún resuena en tu memoria, te invitará a hacer un poco de turismo en tu propia juventud.

“First there was an opportunity… then there was a betrayal.”

Escena Trainspotting.
Spud, Sick Boy (con bastante más pelo), Renton, Begbie (con más dientes) y Tommy.

La frase que repite Mark Renton en su cabeza al final de la primera película queda resonando en el aire y dos décadas más tarde revive cuando se anunció el retorno de los cuatro antihéroes más famosos de Escocia. Primero hay una oportunidad… después una traición. Muchos pensaron que la segunda entrega de Boyle podía resultar eso, una traición al frenetismo, a la irreverencia, a la ironía e incluso a la estética del éxito de 1996, pero Boyle y su combo no solo no estafan sino que sacan adelante esta secuela con bastante dignidad… bueno, no exactamente con dignidad, en realidad con la dosis de frustración, ansiedad y tristeza que podíamos esperar de un grupo de cuarentones exadictos a la heroína que no ha sabido, podido o querido madurar.

“You’re an addict. So be addicted.”

Imagen Promocional de T2 Trainspotting. Lionsgate.
Imagen Promocional de T2 Trainspotting. Lionsgate.

En algunos países de habla hispana, Trainspotting 2 tiene como coletilla o traducción alternativa “la vida en el abismo”. Curioso. La vida en el abismo al final resultó ser la adultez y la adicción más peligrosa fue la adición a la juventud. De ahí que al desasosiego de Trainspotting se una la nostalgia como hilo conductor de la historia y probablemente como fuerza que nos arrastra como espectadores a la butaca del cine.

Tal vez es eso lo que más mueve y conmueve de la película, esa nostalgia no anticipada a la nos enfrentamos todos al comprobar -mientras hacemos turismo en nuestra propia juventud- lo lejos que estamos ya de esos exaltados veinte años en donde todo era posible, incluso sumergirse en el retrete más sucio de toda Escocia.

La trama, vagamente inspirada en la novela Porno de Irving Welsh, publicada en 2002, se entiende perfectamente con solo ver el tráiler. Mark Renton (Ewan McGregor) vuelve a casa después de haber huido a Amsterdam -botín y traición a cuestas- y haber permanecido AWOL por veinte años. En casa lo esperan sus viejos amigos Spud (Ewen Bremner), tal vez el único auténticamente feliz de verlo, Sick Boy (Jonny Lee Miller) ahora convertido en proxeneta amateur adicto a la coca y Begbie (Robert Carlyle) tan maniático como siempre, más violento que nunca. Lo esperan también una serie de recuerdos listos para ser desempolvados, una escéptica exnovia, un padre distante, una habitación de otro tiempo aún tapizada con papel de trencitos, una serie de arrepentimientos y toneladas de preguntas sin respuestas convincentes porque al final, a pesar de toda la irreverencia, la rebeldía y el escepticismo que caracterizó a la Generación X, tal vez tanto ellos como nosotros elegimos el televisor grande que te cagas, elegimos Facebook, Twitter, Instagram y confiamos que a alguien, en alguna parte le importe.

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7 momentos inolvidables de Trainspotting

Cecilia de la Serna

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas… Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo…”

Este es uno de los discursos más memorables de la historia reciente del cine. Un discurso que cumple 20 años, y que se celebra a lo grande: Trainspotting vuelve a la gran pantalla con T2: Trainspotting.

Parece que nada ha cambiado: repiten Renton (Ewan McGregor), Sick Boy (Jonny Lee Miller), Spud (Ewen Bremner) y Begbie (Robert Carlyle). El director Danny Boyle vuelve a estar al frente en esta secuela. Además, Andrew McDonald repite como productor y John Hodge es quien adapta de nuevo los textos de Irvine Welsh. Regresan todos y lo hacen como si no hubiera pasado nada.

En el fin de semana del estreno de una de las secuelas más esperadas de las dos últimas décadas no pretendemos hacer spoilers. Ni grandes críticas. Estos personajes, que trascendieron la pantalla en 1996 para convertirse en mitos, no las necesitan. Con ocasión del regreso de Trainspotting no a nuestras vidas -nunca se fue- pero sí a la actualidad, recordamos las escenas más memorables de la primera entrega: la que todos hemos visto pero tal vez no recordemos como se merece.

1. El bebé gateando por el techo

Tras contemplar la muerte del bebé de unos irresponsables padres, Renton tuvo la alucinación más desagradable de toda su vida. La muerte de un inocente bebé es una de las peores escenas que podamos presenciar, y para Renton es aún peor teniendo en cuenta que está bajo los efectos de la heroína. Esta escena, una de las más recordadas y alabadas de Trainspotting, siempre recordada por el tema que se escucha de fondo: Dark & Long de Underworld.

2. El peor retrete de Escocia

Esta es una de las escenas más divertidas de la película, pero también una de las más crudas. Vemos a Renton entrando de cabeza en un retrete asqueroso tras drogarse. Toda la escena está llena de realismo mágico, y esta escena es un referente cinematográfico que muchas otras cintas han replicado.

3. Es una mierda ser escocés

Esta escena está de gran actualidad por el triunfo del ‘sí’ en el referéndum del Brexit, a pesar de que Escocia votara en masa por el ‘no’. La escena, que contiene la mítica frase “it’s shite being scottish” (es una mierda ser escocés), se trata de una crítica al colonialismo inglés, pero también al frágil nacionalismo escocés frente al gobierno de los ingleses, o como Renton y los demás consideran, los wankers (imbéciles).

4. Begbie provoca una pelea de bar

Esta escena, también muy recordada, establece un paralelismo entre la adicción y la violencia. En ella, el personaje de Begbie muestra el peor lado del ser humano con una explosión violenta sin parangón.

5. La sobredosis de Renton

Pocas explicaciones necesita esta escena. Lou Reed como banda sonora de la sobredosis de Renton es sencillamente magistral.

6. La entrevista de anfetas

Totalmente ‘extasiado’, Spud se enfrenta a una entrevista de trabajo para la cual Renton lo ‘echa una mano’ dándole anfetaminas. La escena es delirante.

7. La escena del principio

Last but not least. La escena más característica de la primera entrega de Trainspotting coincide con ser la del inicio de la película. El discurso de Renton, todo un emblema de los años noventa, es tan profundo que cuestiona temas filosóficos como la propia existencia y las decisiones que todos hemos tomado en nuestras vidas. Es, finalmente, una reflexión sobre la decadencia de la sociedad.

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Nahuel Pérez Biscayart, actor de '120 pulsaciones por minuto': "Los jóvenes tratan el sida como algo del pasado"

Néstor Villamor

Foto: Céline Nieszawer
Avalon

Nahuel Pérez Biscayart está sorprendido: “Hoy las generaciones más jóvenes tratan el sida como si fuera algo del pasado”. Habla sin enfado pero con contundencia. “Conozco casos de gente joven a la que, de golpe, diagnostican y uno dice: ‘Guau, ¿cómo puede ser que después de tanto trabajo, después de tantas muertes, tanta lucha dada no haya disminuido?'”. La lucha a la que hace referencia es la que retrata 120 pulsaciones por minuto, una película sobre la crisis del sida en Francia en los años 90 que llega este viernes a España después del éxito amasado en la cartelera gala. Protagonizada por Pérez Biscayart y ganadora del Grand Prix, del premio FIPRESCI y de la Queer Palm en la pasada edición del Festival de Cannes, es el tercer largometraje de Robin Campillo, una de las revelaciones del cine francés actual.

“Era un tema que él había vivido, que el coguionista también había vivido, que el productor también había vivido”, cuenta el actor argentino, que tuvo que “afilar” su francés para este trabajo. “Entones uno empieza a decirse: ‘Esto es una historia que tiene detrás a un grupo muy tocado de manera íntima'”. Porque además de director de La resurreción de los muertos (2004) y de Eastern boys (2013), Robin Campillo también fue militante en los 90 de ACT UP-París, organización que centra 120 pulsaciones por minuto. Fundada a finales de los 80 como respuesta al silencio con el que François Mitterrand trataba las más de 2.500 muertes que anualmente dejaba la enfermedad en Francia, la entidad se propuso ponerle cara a la epidemia.

“Silence=Death” (Silencio=Muerte) era el eslogan que se podía leer en las camisetas de los activistas de ACT UP-París durante su primer die-in, una protesta en la que los militantes se se tumbaban en la calle fingiendo estar muertos a modo de reivindicación, de súplica y de doloroso presagio. No fue el único momento en el que la organización intentó llamar la atención sobre el problema que estaba causando el virus. Sus actos incluyeron colgar una pancarta en la catedral de Notre-Dame como crítica a la Iglesia Católica y envolver el Obelisco de la Concordia de París con un inmenso condón rosa para promover el uso del preservativo.

Es un ambiente que refleja 120 pulsaciones por minuto, cuyos personajes asaltan un laboratorio farmacéutico al grito de “Asesinos” para protestar contra la inacción de la compañía. Pérez Biscayart, que interpreta a Sean, rechaza la palabra “radical” para describir el funcionamiento de ACT UP-París. “Decir ‘radical’ a un grupo de personas que pintaba las paredes con sangre artificial me parece radical. Considerar que el valor material de una pared tiene más valor que una vida humana me parece radical”.

“Fuerza, sutileza y delicadeza”

120 pulsaciones por minuto despertó el interés de Pérez Biscayart desde el principio. “Leí un guion que tenía una fuerza y un nivel de sutileza y de delicadeza en los diálogos y en la construcción que me dejaron muy sorprendido. Me emocioné al leerlo, me reía, me pasaban cosas que raramente pasan cuando uno lee guiones”. Porque además de la esfera política, la cinta gira también hacia lo íntimo con una historia de amor en los tiempos del sida que aligera, con una pincelada de romanticismo, la película, en sí misma una fuente de conocimiento prácticamente inaccesible en aquellos años 90 que retrata el drama de Robin Campillo.

Pero a pesar de la información, disponible -ahora sí- en títulos como 120 pulsaciones por minuto, las muertes siguen ocurriendo. De ahí la sorpresa de Pérez Biscayart, que, como Sean, mira hacia la política: “El rol del Estado es todo en estos asuntos. Cuando hay una voz ahí muy fuerte que expande conocimiento e información a la población y que la educa, esas personas tienen la libertad de cuidarse, de saber y de protegerse”.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra 1
Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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