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Jonas Bendiksen, el fotógrafo de Magnum que quiso retratar a Dios

Néstor Villamor

Foto: Jonas Bendiksen
Magnum Photos

Cuando el fotógrafo de la agencia Magnum Jonas Bendiksen (nacido en Tønsberg, Noruega, en 1977) iniciaba su carrera profesional, en los años 90, estaba viviendo en Rusia y leyó en un periódico la historia de Vissarion, un antiguo policía de tráfico que decía haber recibido una revelación. Desde aquel momento, Vissarion, antes conocido como Sergey Anatolyevitch Torop, ha mantenido que es el mesías y ha logrado congregar a un grupo de entre 5.000 y 10.000 seguidores.

“La historia se me quedó rondando en la mente”, recuerda Bendiksen, “así que cuando empecé a pensar en la religión me pregunté si seguía ahí y si seguía diciendo que era el mesías; y luego empecé a encontrar otros que decían lo mismo”, cuenta a The Objective. Fue ahí cuando Jonas Bendiksen tuvo su propia revelación, aunque mucho más prosaica: se propuso recoger la historia de estos hombres en The Last Testament (Aperture/GOST, 45 euros), un libro en el que explora la cotidianidad de siete hombres que dicen ser la segunda venida de Cristo. “Pensé: ‘Vale, esta es mi oportunidad. Básicamente, puedo ir a visitar al propio Jesús'”. Pasó con ellos un total de tres años.

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Ceremonia de los seguidores de Vissarion en Rusia en 2015. | Foto: Jonas Bendiksen / Magnum Photos

Vissarion, el policía reencarnado en mesías, ha reunido en Siberia a toda una comunidad, que vive bajo preceptos de vegetarianismo, ecologismo, ascetismo y colectivismo (no en vano su revelación ocurrió alrededor de la caída de la URSS). El brasileño INRI Cristo, por su parte, ha congregado a 16 discípulas (la mayoría son mujeres) en Nueva Jerusalén, o sea, las afueras de Brasilia, desde que recibiera su primera revelación, en 1979 después de Cristo. “Todos se basan en la teología y el cumplimiento de las profecías de las Escrituras”.

Bendiksen cuenta la historia de todos ellos en su nuevo libro, un ejercicio de antropología religiosa en el que vuelve a tratar una de sus preocupaciones recurrentes: lo aislado, lo apartado. Ya lo había hecho en The Places We Live, en el que explora los lugares en los que viven distintas personas en situación de exclusión social, y en Satellites, en el que retrata la vida en repúblicas no reconocidas internacionalmente situadas en la periferia de la antigua Unión Soviética. “Me interesan las cosas, la gente, las ideas… que están un poco fuera de lo mainstream y que desafían la forma en que nos vemos a nosotros mismos”.

Y esta preocupación, en The Last Testament, se concreta en “esa necesidad o ese deseo de creer en algo”. Pero en el caso de estas creencias, Bendiksen señala una diferencia que resulta fundamental a la hora de entenderlas: los fieles viven en contacto con lo divino. “Aquí hay una presencia física. A veces la gente habla de Dios como una fuerza que determina la naturaleza y todo se vuelve muy abstracto. Aquí es físico y cualquier pregunta que tengas puede recibir respuesta”.

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INRI Cristo, antes conocido como Álvaro Theiss, predica ante cuatro seguidoras en Brasil en 2014. | Foto: Jonas Bendiksen / Magnum Photos

Pero para dar respuestas satisfactorias, solo hay dos posibilidades: la auténtica creencia en lo que se predica o un guion magistralmente estudiado. Jonas Bendiksen tiene fe en que la primera alternativa es aquí la verdadera. “Para ser sincero, creo que las personas a las que conocí sencillamente pensaban que de verdad tenían una relación con Dios, sea como sea y venga de donde venga”, relata. “Algunos quizá crean que viene de Dios, otros quizá crean que viene de dentro de ellos. Han oído una voz, han recibido una revelación que dice que ellos son el mesías, la segunda venida. Y están actuando en consecuencia, haciendo lo que ellos creen que es lo mejor para la humanidad, para todos nosotros. En cuanto a la religión, yo soy escéptico y no me dio la impresión, a pesar de mi propio prejuicio, de que fueran grandes manipuladores del alma humana. Creo que si estás buscando a personas a las que se les dé bien manipular a la gente para obtener riqueza y poder, hay un montón de líderes eclesiásticos que hacen eso mucho mejor que estos tipos”.

El fotógrafo también señala una característica común a todos ellos: “Tienen una fe extraordinaria en sí mismos. Todos creen que son líderes importantes para la raza humana; es algo que requiere mucha fe en tu propia talla e importancia”. E ilustra su hipótesis con un ejemplo: “Ninguno de ellos pareció nunca muy interesado en quién era yo y ni una sola vez en tres años me preguntaron lo que yo creía. Ni siquiera me preguntaron dónde se iba a publicar esto, en qué revista o qué aspecto tendría el libro. Creo que me veían como alguien del exterior que estaba verdaderamente interesado y que podía funcionar como mensajero para difundir la palabra al mundo”.

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Jesús de Kitwe camina por un mercado difundiendo el mensaje del Cristo retornado. Zambia, 2015. | Foto: Jonas Bendiksen / Magnum Photos

A lo largo de la entrevista, es Bendiksen el que plantea la pregunta más inteligente de la conversación: “¿Qué hace a cualquiera de las afirmaciones de estos mesías menos plausibles que todas las demás cosas en las que cree la gente de fe en todo el mundo; qué hace a estas afirmaciones menos plausibles que las del Papa o que la creencia en la resurrección o en milagros? Es algo que me he preguntado muchas veces y, cuanto más profundizo en ello, más creo que no se puede decir que sea menos plausible”.

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Anna Castillo: "Yo me atrevo con todo"

Néstor Villamor

Foto: Miguel Córdoba
Cortesía de la Academia de Cine

Con 23 años, era una de las nominadas más jóvenes de la última edición de los premios Goya. Y su papel protagonista en El olivo, de Icíar Bollaín, le valió la estatuilla a la mejor actriz revelación. Pasada ya la emoción inicial y superada la resaca de la ceremonia, Anna Castillo, uno de los nombres más solventes de la interpretación española de su generación, charla con The Objective sobre su premio, su carrera, su presente y su futuro. Barcelonesa de nacimiento, se trasladó a Madrid con 19 años para hacerse un hueco en el arte dramático. Hoy, Goya en mano, puede decir que lo ha conseguido. Lo que más le apetece ahora, dice, es “seguir currando”. Más adelante “me gustaría trabajar en Europa”, asegura, “vivir una temporada fuera por trabajo, tener que irme a Francia o a Italia, quedarme una temporada por allí” y “ver cómo se trabaja en otros lugares”. ¿Y Hollywood? La pregunta le provoca una carcajada. “Ahora mismo no es lo que más me interesa ni en lo que tengo el ojo puesto”, responde. Pero advierte: “Yo me atrevo con todo”.

“Desde pequeña siempre me gustó la interpretación, pero nunca tuve claro que quisiera ser actriz”, recuerda. “Era una cosa que me divertía”, pero “no decidí dedicarme a esto 100% hasta que no me vi dedicándome a ello”. De hecho, ella había empezado a estudiar Psicología. “Pero, de repente, cuando tenía 19 años, me vi en Madrid trabajando entre semana y los fines de semana y me di cuenta de que me estaba dedicando a eso”. Solución: dejó Psicología y se metió en la interpretación a tiempo completo.

Se enteró de que estaba nominada al Goya mientas desayunaba, acompañada por su compañera de piso y su gato, Capitán. “Grité muchísimo”, dice. La alegría fue doble, porque en esa misma categoría también estaba el nombre de su amiga Belén Cuesta, que optaba al premio por Kiki: el amor se hace. Acto seguido “la llamé llorando, muy contenta”, rememora. Competir con una amiga “fue más relajado”, porque la candidatura “te da mucha visibilidad pero a la vez te expone mucho: están todo el rato pendientes de ti, hay mucha entrevista y mucha promoción de golpe, y yo creo que vivirlo con una amiga lo normalizaba, lo hacía más cómodo, más divertido…”.

En El olivo trabajó a las órdenes de Icíar Bollaín, con un guión que la “emocionó mucho”. “Me lo leí del tirón, me gustó la historia y para mí era un reto” porque “era el personaje protagonista” y “tenía una carga emocional muy fuerte”. De su trabajo en la película se lleva “los dos meses de rodaje: el aprendizaje profesional, lo que significa hacer un prota, con la responsabilidad que tiene, pero sobre todo la parte personal”. Y profundiza: “Estuve con una gente maravillosa de la que aprendí muchísimo”. Trabajar con la realizadora de Te doy mis ojos fue para ella “muy fácil”. Y destaca la flexibilidad de su jefa: “No fue una directora que me dijera exactamente lo que tenía que hacer, sino que me daba la seguridad para que yo creara lo que yo quisiera”.

La actriz -entre cuyos referentes interpretativos, enumera, están Candela Peña, Penélope Cruz, Natalie Portman y Marlon Brando-, reconoce que no tiene “unas metas muy claras” en este momento. Eso sí, en el futuro “me gustaría formar una familia, me gustaría poder pasar más tiempo en Barcelona y me gustaría seguir dedicándome a esto”. De la situación política de su tierra prefiere no hablar, al menos con la prensa. “No me gusta mojarme”, zanja, pero desliza: “Todo el mundo tiene derecho a elegir y a decir de dónde se siente”. Y de su profesión admite que le “da mucho miedo” que solamente un 8% de los actores pueda ganarse la vida con su oficio. “La poca gente que estamos viviendo de nuestra profesión estamos en la cuerda floja y en cualquier momento caemos porque los números son aterradores”, se preocupa.

De momento, ella tiene varios proyectos pendientes en cine: ya ha terminado de rodar Oro, de Agustín Díaz Yanes, y la adaptación a la gran pantalla de la obra teatral La llamada, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, uno de los mayores fenómenos musicales de los últimos años en España. Ambas se estrenarán en 2017. “Y ahora estoy preparando Viaje alrededor del cuarto de una madre, que empezamos a rodar a finales de marzo en Sevilla”. Mientras tanto, le toca descansar del fenómeno creado por el Goya. Reconoce que la propia noche de la ceremonia no lo celebró hasta tan tarde como ella había esperado. “Aguanté menos de lo que pensaba porque a final la gala me pasó factura y me dejó muy cansada”. Por suerte, tiene hasta marzo para recuperarse antes de volver al cine.

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Pablo Navascués: "El boxeo me ha hecho mejor persona"

Jorge Raya Pons

Foto: Lidia Ramirez
The Objective

En un pasillo entre dos calles altas de las Ventas, cruzando el puente de la M-30 y a cinco minutos a pie de la plaza de toros madrileña, el campeón Pablo Navascués entra en su gimnasio: El Origen-Thai Martin. Viene sonriendo y saluda con un abrazo. El campeón Pablo Navascués tiene 41 años, alguna cicatriz en el rostro, y peleó su último combate el pasado 14 de mayo en el Palacio de Vistalegre. En una entrevista previa a su retirada, dijo que no sabía qué sería de él después del combate: no conocía la vida después del boxeo. Lo comparó con el día que murió su padre. Han pasado casi cinco meses desde la pelea y Navascués sigue en pie y no en la lona, aunque nunca lo tuvo fácil.

“El boxeo es mi vida”, dice Navascués, apoyado en una orilla del ring. “Hay gente a la que le gusta la montaña, y vive como un ermitaño. Hay gente a la que le gusta la nieve, y vive rodeada de ella. Esta es mi forma de vida. A mí me gusta el boxeo”. Navascués tiene un trato muy cercano y una capacidad que sorprende para comunicar modulando la voz, haciendo pausas, expresando con sus ojos y con sus manos. El boxeador de peso medio ha sido dos veces campeón de España, campeón del título Latino del Consejo Mundial de Boxeo y campeón Intercontinental de Peso Súper Welter. Alrededor se escuchan los pitidos y los golpes y los muchachos entrenando con pesas y martillos. “Creo que el boxeo es una forma de vida porque te hace sufrir”, continúa. “Te hace sufrir de tal manera que si eres capaz de entrenar y guantear y aguantar los golpes, aprendes a encajar cuando la vida te da un golpe”.

Llevaba seis años sin pelear, desde que cayó contra Grzegorz Proksa –al que pocos meses después castigó Golovkin en Italia– en abril de 2011, cuando disputó su último combate. Escogió a José Luis López Clavero, entonces candidato al título nacional y ahora campeón del mismo, y se preparó a conciencia. “Casi la palmo en mi despedida”, dice, como contando una anécdota cualquiera. “Bajé 23 kilos para esa pelea. Tenía anemia y seguía entrenando. Yo no lo sabía. Lo di todo en el ring, no me acuerdo de nada y llegué al hospital con principio de parada cardiaca. Estuve a punto de morir. Tuvieron que inyectarme hierro en sangre. Yo pensé que si tenía que morir, qué mejor sitio que en un ring. Como el torero que muere en la plaza. Haciendo lo que más quiero. Los toreros más recordados son los que han muerto en la plaza”.

Navascués, que durante tres años estuvo entre los diez mejores púgiles del mundo, cayó esa noche en el tercer asalto: buscó un combate agresivo, persiguiendo a su contrincante –como siempre–, aun sabiendo que él estaba más lento y Clavero muy ágil, certero. “Le deseo lo mejor”, dice. “Me ganó. Me ganó y punto. No hay que poner excusas. Fue mejor que yo aquella noche”. Navascués habla con franqueza y sin prejuicios de la derrota. Él que la ha visto de cerca y que nunca lo tuvo fácil. A Navascués lo apodaron Huracán por el púgil norteamericano Rubin ‘Huracán’ Carter, quien pasó 19 años en prisión por un triple asesinato que no cometió.

La vida de Navascués está llena de golpes bajos y el primero lo encajó tras la Nochevieja de 2001, después de una fiesta junto a su mujer en la discoteca Kapital. Tenía 25 años y una trayectoria profesional envidiable: había vencido 10 de sus 11 combates y todos salvo uno terminaron por nocaut. En el mismo día y en el mismo lugar, apuñalaron a un hombre en el estómago. Navascués fue detenido y encarcelado unos días después de manera preventiva como supuesto autor del crimen. Su abogado le dijo que pasaría en Soto del Real una temporada larga: las acusaciones eran muy graves. El boxeador no se resignó y siguió entrenando con dureza en la prisión y utilizaba el relleno de su almohada a modo de guantes. Fueron dos meses muy largos, pero finalmente la justicia le absolvió de un delito de homicidio por tentativa. Navascués no volvió a combatir hasta dos años más tarde, rebelado contra el mundo.

–¿Alguna vez has pensado en tirar la toalla? –le pregunto.

–Muchas –dice, y se toma unos segundos–. Muchas. Pero cuando lo superas es cuando te sientes más fuerte. Solo que hay veces que el tiempo dura demasiado. Ahora debo decirte que estoy separándome de mi mujer, que es el amor de mi vida. Es horroroso. Muchas veces agónico. Nunca llega. Y luego, de repente, se pasa. Como una tormenta. Hay que aguantar todo lo que se pueda.

La carrera deportiva de Navascués es una sucesión de infortunios, y él mantiene la entereza. Quizá no tuvo otra opción: creció en una familia tradicional de seis hermanos, todos ellos mucho mayores que él. El más mayor, de 60. Más allá de ser el protegido, era el olvidado. “Me he criado solo”, dice. “Mi padre nunca estaba en casa porque trabajaba mucho. Me crie en una época que no era la mía, rodeado de circunstancias y visiones que no eran las mías. No tenía hermanos mayores, y eso que eran cinco. Nadie me defendía en el colegio. Nadie se preocupaba por mí. Era como un hijo único”.

Así comenzó en el boxeo y en otros deportes de combate: por pura defensa personal. “Yo tenía una bestia negra de pequeño”, dice. “Era mi hermano mayor”. Navascués mira siempre a los ojos, no aparta la mirada. “Mi hermano mayor hacía deporte, era muy grande, muy fuerte, hacía pesas. Quería educarme como le educó mi padre, prácticamente a hostias. Hubo un momento con 14 años, en una época en la que era un poco rebelde, en que me harté de sus abusos. Aunque lo hiciera por mi bien, me estaba educando de la manera equivocada. Así comencé a hacer full contact, artes marciales, kick boxing… Con 16 años comencé a destacar. Lo hacía para aplacar a mi hermano, para que me respetara”.

Cuenta que con 17 años fue campeón de España de full contact, que con 19 años viajó a  Italia y Holanda para competir en kick boxing, que fue después que comenzó con el boxeo. También asegura que no guarda recuerdos concretos de sus primeras peleas: “Mis primeros 17 combates duraron poco, apenas dos asaltos. Les ganaba por K.O.”. Esa pasión por el deporte ha conseguido transmitirla a sus tres hijos; el mayor juega en la cantera del Real Madrid de fútbol, el mediano compite en gimnasia deportiva y el pequeño ha comenzado con la natación. “Y son buenos estudiantes”, añade, con orgullo.

Y aunque han visto sus combates por YouTube, eran demasiado pequeños para seguirle el día a día de su carrera. Entonces no lo sabían, pero su padre pudo ser campeón del mundo. “Sylvester se escapó por el doping”, recuerda Navascués, que aprieta los dientes. Justo cuando iba a pelear por el campeonato mundial de la Federación Internacional de Boxeo, dio positivo en dopaje. Un accidente de moto le obligó a tomar mucha medicación durante su preparación para el combate, y eran dosis tan abusivas que terminaron afectándole a los riñones. Tomó una medicación que protegía el órgano: una sustancia prohibida por la Federación alemana y austriaca, aunque no por la española. “Sylvester se libró aquel día”, dice. “Ese habría dejado de ser campeón del mundo. Seguro. Yo habría quedado campeón del mundo, y por nocaut. Seguro”.

A Navascués se le escaparon otras dos peleas que habrían sido antológicas: contra el argentino Sergio ‘Maravilla’ Martínez y contra el mexicano Julio César Chávez Jr., en Sinaloa, por la defensa del mundial latino interino. La primera se escapó por una lesión de clavícula; la segunda, tras romperse la base del metacarpiano y el trapecio. Ocurrió durante el combate que le concedía el billete a Sinaloa. Cuenta que se partió la mano en el segundo asalto. “Seguí luchando hasta el final”, dice. “Gané el combate con una sola mano. Con la otra hacía como que iba a pegar”. Pero tuvo que operarse a menos de un mes para la pelea con Chávez Jr., y la posibilidad desapareció. Navascués estuvo tan cerca: “Fue un putadón…, acaricié el cielo”.

Hace unos años, Navascués hizo una ponencia con chicos discapacitados en Murcia. Él disfruta contando la historia. “Recuerdo que era sábado, un puente. Tenía que hablar delante de 40 chavales en silla de ruedas sobre esfuerzo y superación”, dice, y levanta las cejas. “Les pregunté: ‘¿Alguien de vosotros puede explicarme qué coño hago yo aquí, dándoos a vosotros una charla de cómo esforzaros y motivaros?’. La primera pregunta la hice yo y los chavales se rieron. Eran muy majetes. Al final me hicieron más preguntas. Uno me preguntó: ‘Oye, Pablo, ¿tú nunca has tenido miedo a pelear?’. Yo le dije: ‘Claro. He tenido miedo a muchas cosas. A competir. A enamorarme. A montar en moto a alta velocidad. A tirarme en paracaídas’. Entonces él me hizo otra pregunta: ‘¿Y qué haces?’. ‘¿Que qué hago?’, le respondí. ‘Lo hago con miedo’. Si quieres hacer algo y tienes miedo, hazlo. Con miedo, pero hazlo. Todas las cosas que hacemos en la vida y valen la pena las hacemos con miedo. Todas”.

–¿Has tenido que renunciar a muchas cosas por el boxeo? –le pregunto.

–Todo a lo que he renunciado ha sido para bien –dice, marcando una pausa–. El boxeo me ha hecho renunciar a la mala vida y a los malos hábitos. El boxeo me ha hecho mejor persona. Me ha enseñado que en la vida nada se consigue gratis, que todo el esfuerzo tiene su recompensa. Más tarde o más temprano. Aunque se sufra demasiado para llegar. En el boxeo, como en la vida, si no vales pero le pones constancia y disciplina y esfuerzo, al final queda algo. El boxeo te hace grande.

Han pasado casi cinco meses desde su despedida con Clavero, y ahora su vida es este gimnasio. Este lugar es su herencia. “Me siento orgulloso de que la gente que viene a este gimnasio lo hace para entrenar”, dice, abriendo las manos. “A mí que una persona llegue tarde no me gusta. A mí que una persona haga el vago no me gusta. Aquí al que no le gusta entrenar se va rápido. Yo le abro la puerta y se va. La gente que viene aquí quiero que aprenda, y que sufra“. Luego continúa: “El boxeo es un deporte que te hace estar pensando mientras vas a muchas pulsaciones. Imagina tener que correr a 20 por hora y luego te dicen que tienes que escribir esto. Pues aquí encima te llevas una hostia”.

Navascués dice que si pudiera echar el tiempo atrás, volver a cuando tenía 18 años, se iría a Las Vegas a construirse un nombre. “Iría al gimnasio que pudiera con dos duros”, dice. “A pelearse con quien fuera. Los chavales de ahora no tienen los cojones suficientes para irse. Yo robaría para conseguir el billete y hacerlo”.

Han pasado casi cinco meses desde su despedida con Clavero, pero me resisto a pensar que no sueñe con un retorno.

–Si tuvieras que enfrentarte a alguien, ¿a quién escogerías?

–Ahora mismo no puedo ni pensarlo –dice, y suelta una carcajada–. Ya me molesta hasta cuando camino por casa y me doy con el pico de la cama. Ahora, con [casi] 42 años y con más de 150 peleas, no me pegaría ni con mi sombra.

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Pablo Navascués, a la izquierda, durante la entrevista. | Foto: Lidia Ramírez/The Objective

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Blanca Manchón: "En España, una deportista embarazada es una mujer acabada"

Bea Guillén Torres

Es 1 de julio de 2017 y Blanca Manchón ha dado a luz hace siete meses. Hace siete meses también que la abandonaron todos sus patrocinadores. Nike, Opel y Emasesa desaparecieron cuando llegó Noah. La deportista está en Salou, donde se disputa el campeonato del mundo de windsurf en la modalidad raceboard, en la que nunca había competido. Se paga ella el viaje, la estancia, la competición. Va en coche con sus padres. Le han prestado la tabla y la vela. A ella que ha sido cinco veces campeona mundial de windsurf.

Lee la entrevista completa aqui.

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Rebeca, ex esclava de Boko Haram: "Me atormenta saber que tengo un hijo con uno de ellos"

Redaccion The Objective

Rebeca Bitrus sólo tiene 29 años, y los últimos dos los cumplió en manos del grupo terrorista de carácter fundamentalista islámico, Boko Haram. Ahora, gracias a la organización española Ayuda a la Iglesia Necesitada, especializada en la denuncia de la persecución religiosa, se encuentra en España para relatar su calvario; el mismo que miles de víctimas llevan años sufriendo en Nigeria a manos de este grupo islamista.

Puedes leer la entrevista completa aquí.

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