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Jordi Corominas y el elogio del caminar

Anna Maria Iglesia

Foto: Jordi Corominas

El último libro de la vieja Europa (Sílex) es el título del nuevo libro del escritor y periodista barcelonés Jordi Corominas. Se trata de un libro de paseos por París y Florencia, de un libro que rescata el espíritu del grand tour del XIX para convertirse en un elogio del caminar libre, ocioso, sin límites ni fronteras. Corominas camina y al caminar escribe un relato que, partiendo de la experiencia autobiográfica, evoca rescatándolos a los referentes culturales que constituyen el origen de una Europa sin fronteras, a la que el autor dedica su libro.

¿Cuál es esta vieja Europa a la que se refiere el título?

En un principio no tenía ningún título para el libro, la idea de El último libro de la vieja Europa surgió cuándo me di cuenta de cómo había cambiado Europa después de realizar el viaje. Yo viajé a París y a Florencia a finales del 2014 y en enero del 2015 hubo el atentado a Charlie Hebdo y, a partir de ahí, se sucedieron una serie de atentados terroristas que todos conocemos. Los atentados del Charlie Hebdo, del Bataclán y de Niza han cambiado nuestras ideas sobre la libertad de viajar y de recorrer el continente; ya no viajamos como antes: se incrementó la seguridad y, consecuentemente, el turismo mutó. Cuando yo realizaba mi viaje, no sabía que, en poco tiempo, iban a cambiar tantas cosas que iban a hacer posible hablar de una vieja Europa, que quedaba atrás.

En esa vieja Europa que evocas, recuperas una forma de caminar, de practicar las ciudades, que parece haberse perdido.

Desde hace ya diez años, nuestra manera de caminar ha mutado mucho, por el teléfono, por la masificación del turismo, por nuestras prisas… Barcelona, por ejemplo, es una ciudad en la que, actualmente, se camina peor que nunca, pero la culpa no es solo de las ciudades, sino también de nosotros mismos:  se camina para ir de un sitio a otro, pero no para ver la ciudad. Además, son muchas las personas que caminan pendientes de la pantalla del móvil, ajenas al entorno y al propio acto de caminar.

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Portada de El último libro de la vieja Europa | Imagen: Sílex

Caminamos para ir a un lugar, no por el simple placer de caminar.

Sí, se ha impuesto la lógica clásica de casa-trabajo-trabajo-casa. Con este libro de paseos quiero poner en práctica la idea real del flanear: caminar sin ningún objetivo en concreto. En mi viaje a París y a Florencia intento llevar a cabo de flânerie y, de hecho, viajé a estas dos ciudades con el propósito de caminar en ellas sin prisas, algo muy complicado actualmente, pues nos hemos convertido en una cofradía de seres anónimos que vamos de un lugar a otro sin pausa y sin percatarnos de lo que nos rodea.

¿Es el tiempo y la economía la que no nos permite la ociosidad del caminar o es que hemos cambiando nosotros y nuestra relación con la ciudad?

Yo creo que el motivo principal es que hemos cambiado nosotros. Evidentemente, influye la economía, que ha convertido el ocio en una experiencia intensa, momentánea y rápida. No buscamos un ocio tranquilo, sino que buscamos descargas, experiencias intensas distintas en cada momento. Por el contrario, el caminar lento implica un ejercicio de reflexión, donde es posible detenerse sin tener que avanzar rápidamente. Esta no es la lógica que impera en nuestra sociedad, donde la velocidad que se nos impone nos lleva a actuar sin pensar.

Vuelvo a la pregunta de antes: ¿acaso el flâneur no es un privilegiado?

No y sí en el sentido en que yo soy un privilegiado que puede caminar porque me estructuro horarios para poder hacerlo y lo cierto es que el viaje que relato en el libro fue todo un experimento, pues me obligaba a pasar el día caminando, divagando, por la ciudad, algo que ahora ya no podría hacer, al menos, no tal y como lo hice.

¿Por qué?

Ante todo, porque ahora hay roaming gratuito en toda Europa. Cuando fui a París, recorría la ciudad sin móvil, vivía desconectado de ese anexo que es hoy la tecnología. Caminaba sin tener un mapa que me guiaba ni tampoco pendiente de las notificaciones del móvil. Además, cuando decidí hacer este viaje, mi intención era no hablar con nadie o con casi nadie, lo único que quería hacer era convertirme en un paseante para descubrirme a mí mismo a partir de las ciudades que conozco muy bien y que hacía tiempo que no visitaba.

Una de las ciudades que visitas es la muy turística Florencia. ¿Es verdaderamente posible pasear por la abarrotada Florencia?

Aunque es difícil, se puede pasear por Florencia. Eso sí, es necesario conocerla para sortear la parte turística. Por esto, en el libro cuento como, llegado un determinado momento, tras bastante caminar por el centro, decido cruzar el Ponte Vecchio e ir por la parte de ultra-Arno, porque es una zona más tranquila. Allí me refugio en el Palazzo Pitti o en el cementerio de San Miniato. Hablamos de Florencia, pero no hay que olvidar que París es también una ciudad muy turística.

Seguramente por sus dimensiones, la sensación de libertad en París es mayor.

Sí, al ser una ciudad más grande, puedes no tanto elegir, pero sí encontrar espacios más tranquilos, donde no hay turistas. Piensa, por ejemplo, en la rive nord de Vila-Matas y Gide, nadie va a visitar esa zona de París. Al tener dimensiones más pequeñas, Florencia no tiene la suerte de París de contar con determinados espacios y el turismo se masifica, dejando pocos espacios libres. En Florencia, se aprecia perfectamente, pero también en París y en cualquier ciudad turística, cómo el turismo es un fenómeno que convierte a las personas en ovejas que se dirigen todas en grupos a determinados espacios predeterminados. En este sentido, mi paseo por Florencia tiene algo de subversivo y mi viaje por estas dos ciudades europeas quiere evocar los grandes tours del XIX, quiere recuperar una forma de viajar, sin estar teledirigido, siendo completamente libre.

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Jordi Corominas | Fotografía cedida por el autor

No sólo las dos ciudades te exigen prosas diferentes, sino que mientras en París te enfrentas a los referentes de la flânerie, en Florencia te encuentras ante una ciudad sin tradición de flânerie.

Es cierto, las dos ciudades requieren dos prosas distintas, en gran parte, porque en Florencia camino más libre, mientras que en París la tradición y los referentes se me imponen continuamente. En la parte dedicada a París, la densidad narrativa es muy fuerte porque la propia ciudad te lo requiere, mientras que el relato de Florencia, precisamente por carecer de una tradición de flânerie, es más ligero.  Florencia me descargaba y me permitía caminar sin referentes, que se concentran en París, que es la ciudad a la que siempre recurres a la hora de pensar la figura del paseante. En París está Baudelaire, está Benjamin, está Jean-Paul Fargue… es imposible recorrer la capital francesa sin pensar en ellos. Esto no implica que no se pueda construir la figura de un flâneur en otras ciudades, dotándola además de otras connotaciones: Baudelaire es el flâneur, pero también es el dandi y el detective.

Y en París también está el flâneur barcelonés Vila-Matas

Sí, Vila-Matas está muy presente en París, porque es el único escrito contemporáneo transnacional que nos ha dado a los lectores una imagen de la París moderna. Cuando con 25 años, fui por primera vez a la rive nord lo hice motivado por mi lectura de Vila-Matas, quería ver el Hotel de Suede y recorrer el París de París no se acaba nunca. En 2014, por el contrario, volví a esas mismas calles movido por Gide, aunque volví a encontrarme con Vila-Matas, que indudablemente ha marcado nuestra percepción de París, siendo él un paseante anómalo, que encaja muy bien con la idea de flâneur: lleva su abrigo elegante, es distinguido y, a la vez, pasa completamente desapercibido.

¿Podríamos decir que tu libro es un homenaje a una manera de relacionarse con la ciudad?

Sí, es así y precisamente por esto hago hincapié en el acto de ver, de observar y de apreciar los matices en los pequeños detalles de los que normalmente la gente prescinde. Nuestra mirada de la ciudad es unilateral, nos perdemos todos los detalles que están a nuestro alrededor, en los márgenes; no hacemos ni el más mínimo esfuerzo para mirar hacia arriba mientras caminamos, para dirigir la mirada a nuestro alrededor o para detenernos y ralentizar nuestro caminar. Nuestra nueva manera de relacionarnos con la ciudad conllevará nuevos modelos urbanos y, de hecho, ya se habla de las smart city, un concepto que me horroriza, pero que no está muy lejos. En efecto, si quieres ya puedes recurrir a un dispositivo móvil que te va narrando la ciudad mientras caminas y te marca el recorrido. Habrá gente que estará encantada con estos avances, pero para mí son horribles, porque la ciudad la tienes que descubrir tú, sin artilugios que te guíen.

Nos relacionamos con la ciudad a través de filtros.

De filtros y también de imposiciones que aceptamos. La gente acata los reglamentos de la ciudad y se muestra muy pavorosa ante ella. En cierta manera, diría que la gente se conforma con la ciudad y con sus imposiciones. En este sentido, en un momento en el que todo está muy reglamentado, aunque nos vendan lo contrario, caminar solo con la consciencia de hacerlo y con la voluntad de ir más allá de lo impuesto es una forma de transgresión. Uno tiene que imaginar que el mapa de la ciudad es un mundo de oportunidades y que no tiene que seguir las indicaciones que te señalan una determinada ruta, sino que tienes que crear su propio recorrido. A fin de cuentas, la ciudad es una metáfora de la escritura: cuando empiezas a escribir, tienes un mapa en blanco y le empezarás a dar forma cuando decidas hacia dónde quieres dirigirte. Si te indican hacia dónde tiene que ir tu escritura, entonces tú como escritor habrás fracasado.

Dedicas el libro a Pasqual Maragall, “un europeísta”. ¿Toda una declaración de intenciones?

Sin duda, es toda una declaración. Seguramente, la dedicatoria a Pasqual Maragall es muy difícil de entender para alguien que no sea de Barcelona. Lo que puedo decir es que, con todo lo que ha pasado en Cataluña en los últimos años, he entendido que no me siento ni catalán ni español, pero sí me siento barcelonés. No me puedo identificar ni con esta Cataluña ni con esta España, pero sí que me identifico con la idea de Europa, que no tiene nada que ver con la Unión Europea. Para mí Europa implica y debe implicar, como ya decía Zweig, la libertad de viajar sin pasaporte por un continente muy amplio donde no existen fronteras. Mi formación, además, es europea: me influye tanto Pirandello como Cocteau, como Vila-Matas y Oscar Wilde.

¿No te crees la idea de nación?

El concepto de nacionalismo es execrable y lo único que produce son guerras y resentimientos. En este sentido, es ir muy a contracorriente, sobre todo si eres catalán, tener un deseo y una voluntad de expansión para pensar y de pensarme más allá de las fronteras. Lo que se ha visto en los últimos años en Cataluña es precisamente lo contrario a esta idea de apertura: hemos visto cómo el nacionalismo es endógeno. Con este libro, yo quería abrir todas las puertas para que entrara mucho aire, mientras que el nacionalismo lo que hace es cerrar las ventanas y llenar la casa de polvo.

¿Te has sentido encerrado en una casa con poco aire?

¡A mí siempre me falta aire! Afortunadamente, cuando viajas, el contexto desaparece, porque, en verdad, fuera, a nadie le importa lo que sucede en Cataluña. Dicho esto, por desgracia, el contexto determina un cierto tipo de convivencia, pero depende de uno hacer que la convivencia sea tensa o no. A mí lo único que me ha podido crear tensión es que raramente me callo y puede que, en estos años, no me he callado como otros sí han hecho.

¿Es mejor no decir siempre lo que se piensa?

El decir lo que se piensa es algo que se practica muy poco y, ahora mismo, además, vivimos en una época en la que la mayoría de escritores muestra una absoluta falta de compromiso con su tiempo. El intelectual tiene que comprometerse y tiene que molestar.

El problema es que, si piensas en nombres como Vargas Llosa, no molesta al poder, más bien pertenece al poder.

Vargas Llosa es del siglo XX y nosotros estamos en el XXI. Es mi generación la que debe criticar el siglo XXI para mejorarlo. Sin embargo, no hay voluntad para ello, todo lo contrario, hay deseo de encontrar un asiento. Ahora mismo, parece que es más importante encontrar un asiento que cambiar la sociedad y puede que, en parte, sea lógico, pues los escritores actuales han aceptado que a nivel social son cada vez más irrelevantes. Sin embargo, esta percepción podría cambiarse. ¿Cómo? Implicándose socialmente, ante todo, desde la escritura. Se ha asumido desafortunadamente que el escribir tiene como único objetivo el ocio y se ha vaciado la escritura de contenido político.

Para ti, por tanto, la implicación social no pasa por entrar en política.

No, en absoluto, pasa por asumir que todo es político y, por tanto, que el escribir tiene una dimensión política también. Además, no hay que olvidar que el intelectual tiene que ser libre, no puede estar sujeto a unas siglas, puesto que su finalidad es criticar a los que mandan y a su propio sector. La imagen del caminar es metáfora del comprometerse y del implicarse: caminar no es simplemente ir hacia adelante, ante todo, es renunciar al estatismo.

Rebecca Solnit subraya precisamente el carácter subversivo del caminar.

Caminar es totalmente revolucionario y caminar fuera de la zona de confort es fundamental: aventurarse a sitios que no te pertenecen es mostrar una voluntad de intervención y de coparticipación, no tanto porque tu presencia vaya a cambiar la realidad, sino porque la realidad te va a cambiar a ti.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

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Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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La ruta Pla

Jaime G. Mora

Tengo por costumbre matar a todos mis ídolos cada 31 de diciembre, y luego voy renovando la fascinación por ellos, si se lo merecen, poco a poco. Para volver a admirar a Josep Pla me marché a Palafrugell recién comenzado el año, a hacer la ruta del escritor, con la idea de conocer la Costa Brava con el autor catalán como anfitrión. En el primer día de la escapada M. y yo caímos en la plaza Nova para comer en el Centro Fraternal, mientras los abuelos echaban la partida. Allí Pla se estrenó en el arte de la tertulia. “Al atardecer voy al café del Centro Fraternal. Encuentro a casi todos mis amigos —escribió—. Larga conversación sobre mujeres. La conversación de siempre”.

La plaza Nova es el tercero de los diez puntos de la ruta Pla. El itinerario comienza en la casa natal del autor: “Nací en el Carrer Nou, que es una calle muy triste y larga, derecha como una vela, que va desde la calle de la Caritat a la vía del tren de PalamósAllí se ubica hoy la fundación Pla, que el escritor impulsó diez años antes de su muerte con la donación de parte de su biblioteca particular. Otros puntos de la ruta llevan a otra residencia de su familia, que hoy es un restaurante exquisito, varias playas que acostumbraba a visitar, el imponente faro de Sant Sebastià, el cementerio donde lo enterraron, en Llofriu, y el mas Pla.

“Hace ya muchos años —en realidad, desde que me organicé una habitación y una pequeña biblioteca en el mas Pla, en la parroquia de Llofriu— que llevo la misma vida. En este caserón hecho un considerable desbarajuste, frío en invierno, agradable en verano, vivo completamente solo”, dice en ‘El cuaderno gris’.

La masía está indicado como uno de los puntos de la ruta por motivos obvios, pero no se puede visitar, pues en la enorme casa donde el escritor se recluyó las cuatro últimas décadas de su vida viven ahora familiares. Quizá por eso no hay indicaciones, y llegar a ella no es nada fácil. Para hacerlo es necesario tomar un desvío en medio de una carretera y no hacer caso al cartel que avisa que es una propiedad privada, y que no está permitido el paso. Allí dejamos el coche, mientras intentábamos cotejar con las fotos colgadas en internet si lo que se veía al otro lado de la verja era en efecto el mas Pla.

No es, ¿no ves que no es igual?

—Pero tiene que ser esto, no puede ser otra cosa.

Me subí a unos altos, por si veía algo más claro. El sol se estaba despidiendo del díaBusqué la placa con la que se indica cada punto de la ruta. Nada. Miré los nombres del timbre. Y cuando ya nos rendíamos apareció al otro lado de la finca un hombre, rodeado de dos perros. Le hice una señal, abrió la puerta de la entrada y se acercó a nosotros. En efecto, esa mole era el mas Pla. Ahora vive allí un sobrino, y la casa suele estar vacía entre semana.

En esa casa Pla leía y leía, y escribía, al lado de la chimenea y en su cama, vestido con una chaqueta de comando y cubierto por una manta eléctrica: “Me levanto entre la una y las dos, aunque a veces estoy tan dormido que son las dos y media. Debido a mis largos años de periodismo nocturno, siempre he considerado la mañana como la parte más inútil del día. Cuando madrugo, encuentro que el día tiene demasiadas horas, que es demasiado largo, que su dilatación es excesiva. Es un inmenso error, pero la desagradable realidad es esta. Una vez levantado, almuerzo bajo la campana de la chimenea. Hasta el atardecer, paso las horas escribiendo una cosa u otra, un artículo u otro, o bien leyendo lo que tengo en curso, o contestando a alguna carta”.

¿Queréis entrar? —nos ofreció el hombre—. Meted el coche y os dais una vuelta, aunque ya esté oscuro.

Un árbol de Navidad iluminaba la sala de la entrada principal de la casa. El escritor murió en esa masía el día del libro de 1981, y por esa puerta sacaron su cadáver. Cuando rodeamos la esquina de la famosa foto de Pla, esa en la que lo retrataron con una mano en el bolsillo y un abrigo en el otro brazo, vestido con chaleco y corbata y por supuesto con boina, un escalofrío nos recorrió el espinazo. La sensación de haber estado ahí, con ese grado de exclusividad, es una cosa indescriptible, que diría Pla. La masía de Llofriu es el Vaticano de los defensores de la frase inteligible.

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El muro

Jordi Bernal

Cada vez que la justicia condena a los nacionalistas por corruptos es casi inevitable recordar aquellas palabras que, desde el balcón de la Generalitat y a propósito de la querella que interpuso Carlos Jiménez Villarejo, a la sazón fiscal general del Estado, contra ex dirigentes de Banca Catalana, Jordi Pujol arrojó hace más de treinta años a una masa enfebrecida de patrioterismo: “El Gobierno central ha hecho una jugada indigna. A partir de ahora, cuando alguien hable de ética, de moral o de juego limpio, hablaremos nosotros, no ellos”.

Cada vez que las excrecencias convergentes salen a flote se debería resquebrajar un poco más el infame muro que el pujolismo alzó para dividir el nosotros del ellos. El pueblo pacífico y laborioso del yermo bronco y parasitario. La nación sonriente y solidaria del Estado cruel y opresor.

Sin embargo, el desvarío ha llegado a tales extremos que, en lugar de entender la corrupción como un mal no exclusivo pero sí intrínseco de cualquier nacionalismo, se excusa tratando al mangante de anécdota, de quintacolumnista (el pobre santo inocente Rufián señalando a Millet como miembro de FAES, por ejemplo) o de hipérbole pergeñada por los enemigos de la patria con fines espurios.

Para el catalanismo siempre ha habido y habrá una justificación que impida la posibilidad de que el muro se desmorone al fin y la realidad se muestre de nuevo tal y como siempre ha sido. De hecho, la supervivencia del nacionalismo necesita de ese muro que sirve tanto de lamentaciones en la fase depresiva como de euforias supremacistas en fase maniaca.

Así acabó el constructor Pujol su arenga triunfal: “Podéis estar orgullosos de vuestra condición de catalanes y, ahora, con la confianza en nosotros mismos, hemos de volver al trabajo, después de la gran victoria que hemos conseguido con esta rotunda manifestación de catalanidad, de democracia y de convivencia (…) Hoy hemos hecho una cosa bien hecha, de la que hablará la historia. No lo dudéis, el de hoy es un acto histórico”.

Unas palabras que bien pudieran escribirse hoy en un hilo de twitter desde Bruselas o en una epístola de Estremera.

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Cataluña: el fratricidio no es ahora

Andrea Mármol

Foto: JON NAZCA
Reuters

Ya sucedió tras las elecciones catalanas de 2015, cuando la aritmética parlamentaria quiso que fuera la CUP quien tuviera en su mano dar el beneplácito al eventual morador de la Generalitat. Tras aquellos azares, por cierto, nadie puede negarle a los antisistema, a la luz de los acontecimientos, ciertas dotes como cazatalentos: el elegido entonces, Carles Puigdemont, ha resultado ser el más fiel discípulo de la doctrina antiparlamentaria e insurreccional, hasta el punto de haber relegado a los cuperos a seis asientos menos en el nuevo Parlament.

Durante aquellas semanas se sucedieron triquiñuelas y ajustes de cuentas precipitados entre las distintas familias independentistas. Algunas crónicas relatan aquellos días como una negociación, término no sólo impreciso sino desmesuradamente generoso para describir un diálogo entre partes cuyo objetivo es idéntico, como ha quedado evidenciado tras el golpe parlamentario que dieron los separatistas al unísono. De todos modos, hay una imprecisión lingüística que fue todavía más reveladora y que se repite estos días: el fratricidio.

En 2015 fue el hoy diputado a Cortes por ERC Gabriel Rufián quien pedía a la CUP que cesara en lo que él denominó una “lucha fratricida”. Un término que hoy no es sólo usado por independentistas para describir también el episodio que marca la actualidad en Cataluña, a saber: el estira y afloja entre puigdemonistas y el resto de partidarios de la ‘república catalana’. Si el fratricidio equivale, pues, a la división entre independentistas, estamos aceptando que la mayoría de catalanes contrarios a la secesión no formarían parte de la eventual hermandad catalana sino que estarían relegados, en el mejor de los casos, a meros espectadores de la aventura rupturista que les excluye.

Es cierto que las metáforas de los afectos familiares no son nunca las más atinadas para explicar con precisión los asuntos públicos, pero viendo su éxito, cabe preguntarse por qué no se ha hablado nunca de ‘fratricidio’ para describir la fractura social y emocional que entre catalanes ha provocado el nacionalismo y sí se rescata la fórmula cada vez que los separatistas se sumergen en un solipsismo particular que copa el debate público entero. De nuevo, la parte por el todo.

La ya discutida batalla lingüística es fundamental para consolidar en el debate público lo que la política catalana ha acabado poniendo de manifiesto: que Cataluña es tan o más plural que el conjunto de España. Centenares de miles de catalanes contrarios a la independencia han llenado las calles, el partido que ha cuestionado con más firmeza y rigor los abusos del nacionalismo es el primer partido en Cataluña y el satanizado ‘bloque constitucional’ ha crecido por tercera vez consecutiva en unos comicios. El momento actual deja el protagonismo en manos de los líderes independentistas: asumamos esa mayoría parlamentaria, pero no asumamos más.

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