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José María Vitier: "El reguetón es como esas nuevas enfermedades que no se sabe cómo se curan"

Foto: Cortesía de la Casa de América |

El día es horroroso en Madrid; las nubes cubren el cielo y hay lluvia y hay viento y hace tanto frío como en las noches más frías de invierno. José María Vitier (La Habana, 1954) es cubano y llegó sin más abrigo que la americana de su traje. Al pianista le bastó durante su paso por Valencia, donde dio un concierto en el Palau y donde hay sol y el viento está calmado, pero el mal tiempo en Madrid le vino por sorpresa. “Si tuviera que vivir en España”, dice, “lo haría en Valencia”.

Ahora está en la capital para recibir el homenaje merecido a 40 años de trayectoria como pianista profesional a invitación de Casa de América. El señor Vitier sabe lo que es una nominación a los Oscar a mejor banda sonora por su trabajo como compositor en Fresa y chocolate y a los Grammy latinos por Salmo de las Américas, que estuvo nominado como mejor álbum de música clásica. Su vínculo con Cuba, como les ocurre a tantos de sus paisanos, va más allá de un lugar de nacimiento.

Los cubanos tienen una conexión espiritual con la música ¿Qué ocurre allí para que haya esa efervescencia cultural?

Creo que hay dos ejes. Un eje horizontal sería la tradición. Desde que nacemos como nación, cristaliza el concepto de cubanía como algo diferente. Los afluentes europeos –españoles, franceses, italianos…– con los afluentes africanos. Fue una mezcla detonante que se produce en Cuba, en el Caribe y en algunas partes de Brasil.

Y hay un eje vertical: el tiempo que te toca vivir. En mi caso estuvo marcado por el hecho de que hay un sistema de enseñanza musical muy extendido, que viene desde la base. Hay escuelas de arte y música en todas las provincias, hay casas de cultura en todos los municipios. Siendo un país pobre, un país del Tercer Mundo, tiene sin embargo un sistema de educación artística modélico. Se pierde muy poco talento; el talento que surge tiene menos posibilidades de perderse que en otros lugares.

¿Cuál es el impacto que tiene la música en la construcción de la sociedad cubana?

Hoy en día, la transformación de los medios y las formas de consumir la música han hecho que cambien muchas cosas en la percepción de la música. Han sido cambios dramáticos y no siempre para bien.

Yo me formé en unas convicciones de que la música se hacía para que las personas fueran mejores. Y la poesía. Y la pintura. El Gran Arte tenía que hacer un mundo mejor. Así me enseñaron mis maestros. Ahora veo alrededor que eso no es así, que apoyándose en la música van negando todas las cosas que había pensado que eran valiosas. Se está viendo en las músicas marginales que han copado los medios de comunicación.

Yo no pido que se prohíba nada, pero sí que se hagan determinados controles. Creo que hay un abismo, un mundo donde se está primando lo peorcito del ser humano.

¿Estamos hablando del reguetón?

Es muy fuerte lo del reguetón, y en eso no podemos echarle la culpa al mundo porque es más fuerte en Cuba que en otras partes. El taxista no me pone eso en España. Eso se ha vuelto una cosa que nos preocupa a todos los músicos, es un tema del que hablamos. La música debe enaltecer al ser humano y que haga a la gente más comprensiva e inclusiva.

Puedo decirte más: cuando yo era mucho más joven, cuando estaba recién graduado, trabajábamos con una mística muy bonita de servicio público. Es lo que nos enseñaron: ustedes han aprendido esto y tienen que devolvérselo a la sociedad.

Yo no sé cuándo comenzó este problema, pero se ha ido imponiendo una mentalidad de gueto. Hay mensajes inapropiados, actitudes contra las mujeres, actitudes homofóbicas, excluyentes, criminosas, prácticamente delincuenciales, una filosofía de tanto tengo, tanto valgo. Es un poco decepcionante.

Y esa cultura que nació tras la Revolución de los Castro, ¿cómo lidia con el reguetón?

Ahí está el punto. Eso no compagina. Es como cuando surgen esas enfermedades que no existían y dicen las teorías de conspiración que lo fabricaron en un laboratorio no sé dónde. En el fondo, no sabemos de dónde demonios salió el reguetón. Es como esas nuevas enfermedades que matan a las personas y que no se sabe cómo se curan. No nos merecíamos esto.

José María Vitier, durante un coloquio celebrado en Casa de América. | Foto: Casa de América

En cierto modo, dice el señor Vitier, la enseñanza general tiene la responsabilidad de ese cambio, lo que considera “un bajón de valores”. El mundo en que nació se está hundiendo, en el mejor de los casos se está transformando. Queda lejos la Revolución que partió de Sierra Maestra, cuando él todavía no había nacido, y queda muy próximo el desbloqueo norteamericano sobre la isla, que la abrió al mundo, que creó nuevas esperanzas. En esta conversación, igual que la música, está Cuba presente todo el tiempo: hay pocos países que nos despierten tanta fascinación en Occidente.

¿Siente que la isla está cambiando desde los últimos años de Fidel Castro o desde su muerte?

Lo que percibimos los cubanos es que ya toca una renovación. Hay que hacer cambios muy importantes de tipo económico y estos conducirán, casi con total seguridad, a cambios de tipo social y político. Tiene que ser de esa manera para que sea fluido y no traumático. Ahora se viene un cambio de moneda y no sabemos cómo va a afectar a nuestros bolsillos. Pero hay que hacerlo: un país no puede vivir con dos monedas.

¿Qué cambios priorizaría?

Si hablamos de lo que cambiaría, cada cubano te dirá una cosa. Así que es más fácil las cosas que no cambiaría. No quiero que se pierdan algunos logros, todos queremos que la salud sea universal y gratuita. Que la red de la enseñanza artística no se deteriore. Que siguiera un sentido de amparo para la gente más desfavorecida. Que la sociedad siga siendo pacífica como hasta ahora, en comparación con el entorno; estamos rodeados de los países más violentos del mundo. Nos hemos librado de eso y de la droga, y eso que estamos en el camino entre las selvas de Bolivia y Colombia y el principal consumidor del mundo: Estados Unidos.

Lo que puedo decir es que me gustaría que se incentivara la economía de la pequeña y la mediana empresa. Se está empezando a hacer, pero muy lentamente y con muchos prejuicios. El cubano merece tener más prosperidad, no solo supervivencia. Lo que te da verdaderamente sentido de libertad es tener la sensación de un horizonte con el que alcanzar algo más.

 

José María Vitier es pianista, contábamos, y no es difícil comprender que el camino hacia esa libertad la encontrara a través de la música. Para él, poner las manos sobre el piano “siempre fue un juego más”.  El señor Vitier estima que aquello ocurrió por primera vez con “seis o siete años” y que sus mayores vieron rápidamente en él “algunas condiciones”. El piano es una parte fundamental en su vida, un elemento que vertebra, y le debe algunas de las lecciones mas valiosas que recibió en el camino. Dice que su último profesor de piano, César López, le enseñó la importancia de “aprender a aprender” y “considerar el conocimiento como un placer”. Dice que su madre, cuando empezó a tener repercusión y reconocimiento, le guió para que no se confundiera con un consejo que siempre recuerda: “La gente piensa que la gloria y la fama son sinónimos, pero en realidad son lo contrario”.

Hablaba usted del consejo de su madre y también de la falta de ética en el reguetón ¿Qué le gustaría transmitir a los que vienen?

(Ríe). No quiero ser descortés con la próxima generación, es una pregunta que hubiera respondido mucho mejor hace años. Tenemos la idea de que uno se vuelve más sabio con los años, pero yo no lo creo. Un joven sabe más que nadie, es más listo que nadie. Yo fui ese joven. Uno va teniendo inevitablemente más años y la mente envejece. Decía Picasso que llegar a ser joven cuesta toda una vida. Estoy de acuerdo con eso y nunca he sido de dar consejos. Esa etapa pasó a los 18 años.

Lo que yo le digo a mis nietos es que a mí me ha hecho bien pensar que el ser humano, en esencia, es bueno. Yo quisiera que las personas pensaran eso, que no partieran de prejuicios que la religión mal explicada ha extendido tanto. No creo que el ser humano sea una cosa dañada, y que no hay remedio, y que el mal es inherente. Yo soy hombre de fe y creo que el ser humano se salvará. Yo creo que la Creación no fue en vano.

¿Y qué colma su felicidad?

Mi relación de pareja. Llevo 45 años casado. Y la relación con mi único hijo, que me dio cuatro nietos, todos varones. Las emociones más grandes y la felicidad que me colma no tienen nada que ver con mi carrera, tienen que ver con mi vida sentimental, mi vida familiar de papá y de abuelo. Desgraciadamente, la de hijo ya no. Mi papá murió y mi mamá tiene 95 años y perdió la cabeza.

Tenemos dos familias: en la que se nace y la que se hace. Mi mayor fuente de felicidad es la familia que yo hice con mi esposa, con quien tengo una relación muy profunda. Nos casamos a los 19 años. Esas son palabras mayores.

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