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Juan Soto Ivars: “En la poscensura no tienes miedo al estado; tienes miedo a tus amigos”

Borja Bauzá

Foto: Jose Jeosm
Cedida por Juan Soto Ivars

Hace un par de meses Juan Soto Ivars (Águilas, 1985), barcelonés de adopción y columnista destacado de El Confidencial, escribió un artículo afirmando que Cataluña funciona como una república cuántica. “Cuando un político toma una decisión en Cataluña, la toma y no la toma”, explicaba el escritor y periodista murciano. Dos meses después el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, se presentó en el Parlament para declarar la independencia de Cataluña y dijo lo siguiente: “Llegados a este momento histórico, y como presidente de la Generalitat, asumo al presentar los resultados del referéndum ante el Parlamento y nuestros conciudadanos, el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un estado independiente en forma de república. Esto es lo que hoy corresponde hacer. Por responsabilidad y por respeto. Y con la misma solemnidad, el Gobierno y yo mismo proponemos que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia”.

Además de inspirar –sin pretenderlo– al presidente de Cataluña en el momento más tenso de su carrera, Soto Ivars también ha dedicado una parte considerable de su tiempo a investigar los linchamientos digitales. Su último ensayo, Arden las redes (Debate), explora lo que él llama poscensura; el agobiante reino de la corrección política en las redes sociales. También es autor de un libro mitad memoria mitad reflexión sobre la sociedad española titulado Un abuelo rojo y otro abuelo facha (Círculo de Tiza) y de varias novelas. Muchos le han acusado de abordar los conflictos patrios desde la equidistancia. Sin embargo, y como se puede comprobar en las líneas que siguen, Soto Ivars no parece tener ningún problema en mojarse y señalar aquello que detesta.

Juan Soto Ivars: “En la poscensura no tienes miedo al estado; tienes miedo a tus amigos” 3
La prensa internacional destaca en portada la tensión en Cataluña | Imagen vía: Borja Bauzá

El 1-O es un día que ha quedado grabado a fuego en el proceso independentista catalán. Por muchos motivos. Tú que no eres catalán ni tampoco independentista, ¿cómo viviste aquella jornada?

El 1-O produjo una ruptura entre lo que pensaba y lo que estaba viendo. Soy anti independentista y por eso cuando escribo lo hago a favor del unionismo. Lo que pasa es que el día del referéndum vi cómo, al lado de mi casa, la policía hostigaba a gente mayor. Cuando ves a la policía pasándose tanto, lo que tú piensas y lo que piensa la persona que está en la calle deja de importar. Todo se reduce a una cosa: están pegando a tus vecinos. Hablando desde un punto de vista unionista creo que tendríamos que ser muy críticos con lo que ha pasado. Nosotros, los que no queremos la independencia, tenemos que decir que la policía no puede cargar así para cerrar cuatro colegios electorales. Yo el 1-O me agarré un disgusto con los míos.

En los días posteriores al referéndum aparecieron crónicas contando que gente que no pensaba votar bajó a votar después de ver las imágenes de la policía desalojando colegios. ¿Fue la acción policial de ese día contraproducente?

Completamente. Mi propia mujer, Andrea, no pensaba votar porque opinaba que el referéndum, tal y como estaba planteado, no era democrático. Decidió ir después de ver esas imágenes. Conozco bastantes casos parecidos. Lo he dicho en varios artículos: hay que ser consciente de que aquí las cosas se viven de otra manera. A mí lo que más me cabrea de todo este asunto es lo siguiente: ¿si alguien cometió un delito por qué no hay detenidos? Me refiero a los que promovieron el referéndum, a los que lo hicieron posible. ¿Por qué esas personas están libres y otras que sólo fueron allí a votar, y que según los jueces no estaban cometiendo ningún delito, tienen el ojo morado? La polarización ideológica es tal que una parte de la sociedad está aceptando que la pena por un supuesto delito que ni siquiera se ha juzgado sea una somanta de hostias. Eso no es justicia. Es la ley del más fuerte.

El fenómeno de colgar la bandera de turno en el balcón, algo que en Cataluña ya es tradición, se ha empezado a extender por el resto de España. En ciudades como Madrid hay banderas españolas donde antes no había nada. Hay gente que lo celebra diciendo que por fin se está acabando con el complejo de sentirse español. Otros hablan de un rebrote de nacionalismo españolista. ¿Tú qué opinas?

A mí me parece que abrazar la bandera de España cuando Rafa Nadal gana un campeonato es una reacción natural; se abraza en actitud festiva, de celebración. El problema es que ahora se está sacando de forma reivindicativa y contra un nacionalismo. Existen dos posturas principales dentro del españolismo: la que dice no a la independencia pero sí a un estado plurinacional y la que saca banderas a los balcones, que es la misma que dice que España es una y no cincuenta y una. Esta última me parece negativa. De hecho, a mí me asusta más el nacionalismo español que el catalán. Al nacionalismo catalán ya estoy acostumbrado; vivo aquí, no soy nacionalista y nunca he tenido ningún problema por ello.

¿En el resto de España se exagera al hablar de los problemas de convivencia que hay entre nacionalistas y no nacionalistas en Cataluña?

Se exagera mucho al hablar de la mala vida que supuestamente llevan los que no son independentistas. Con esto no quiero decir que los que dicen que han tenido problemas estén mintiendo. Estoy seguro de que hay gente que ha tenido problemas. Pero no es generalizado. Yo nunca he ocultado que el nacionalismo catalán me parece estúpido y nunca me ha pasado nada.

¿Entonces el relato independentista, ese que habla del respeto al disidente, es cierto?

El relato independentista también trae su dosis de mentira. Que existe cierta discriminación es innegable. Esto se nota, por ejemplo, en los institutos. Me han llegado historias de profesores que han sido marginados de una manera u otra. Y conozco personas que llevan 30 años aquí a las que algunos siguen sin considerar catalanas. Hay mucho marketing que presenta el independentismo catalán como un fenómeno abierto y eso es falso. Ahora bien: no tenemos una situación a la yugoslava. Es imposible. No son tan fanáticos.

Ciertos comentarios en redes sociales pueden dar la impresión contraria.

Es que es ahí donde uno puede encontrar a los fanáticos del independentismo catalán: en las redes sociales. Pero son muy engañosas. El día del desfile de la Fiesta Nacional se mató un piloto de caza cuando volvía a su base tras la exhibición. Yo sigo a muchos independentistas en Twitter para ver lo que dicen y en ese momento estaban lamentando lo sucedido. ¿Pero qué es lo que se estaba viendo? Pues pantallazos de 50 gilipollas, entre ellos un concejal de ERC, que se estaban descojonando de lo del piloto. Esa imagen es falsa. Es un espejismo. Es una sombra china; pones el foco muy cerca del imbécil y la sombra que proyecta es gigantesca. El independentismo catalán es un movimiento muy civilizado. Sí, en Cataluña hay propaganda, hay crispación y hay gente que prefiere no tocar según qué temas. Pero no hay Jemeres Rojos. Cuando surgió Podemos pasaba lo mismo: había amigos con los que no podías hablar de Pablo Iglesias porque te saltaban al cuello. Eso se llama emoción política. Una sociedad democrática tiene que convivir con esa tensión.

Ahora que mencionas a Podemos, me ha sorprendido comprobar que en algunos sectores del independentismo es un partido más odiado que el PP o Ciudadanos.

Tiene muchísimo sentido. El independentismo catalán se beneficia del PP y el PP se beneficia del independentismo catalán. A nadie le beneficia más el gobierno de Rajoy que a Junts pel Sí. Saben que Rajoy no se va a sentar a hablar y eso es perfecto para conseguir votos. Y viceversa. ¿Quién va a ser la salvaguardia y el escudo de España frente a quienes quieren romperla? Pues Rajoy. O Albert Rivera, que últimamente se está postulando como extrema derecha en lo que a este tema se refiere. Pero a Podemos lo odian. Yo critico muchísimo a Podemos, pero creo que es el único partido que tiene una visión realista y constructiva de lo que está pasando en Cataluña. Aparte del PSC, que no el PSOE. Esos son los partidos que más caña reciben del independentismo. Al fin y al cabo, los radicalismos siempre intentan dañar las zonas grises. El nacionalista español que vota al PP no vuelve a votar a Rajoy en la vida si Rajoy, en un acto de estadista, decidiera que esto ha llegado muy lejos y que hay que sentarse a hablar para pasar página. Y si Puigdemont renuncia a la independencia y decide sentarse a hablar a cambio de unas cuantas cosas, hay facciones dentro del nacionalismo que le van a llamar traidor.

Puigdemont el pasado 10 de octubre en el Parlament de Cataluña | Imagen vía Reuters

Ya se lo llamaban el otro día, tras su famoso discurso en el Parlament…

Es que lo del otro día fue de risa.

Cuando lo escuché me vino a la mente aquel artículo en el que explicabas que, en realidad, Cataluña es una república cuántica.

¡Estoy contentísimo! Es que la clavé, y mira que es difícil clavarla. Lo de la república cuántica es una buena forma de explicar esto: hay dos leyes que se contradicen, dos poderes que se arrogan la autonomía soberana sobre el otro, y dos masas de ciudadanos que creen versiones enfrentadas. Además, casi no hay puntos de contacto. Es decir: existen dos universos paralelos donde la gente se informa de distinta manera. Tú preguntas a independentistas sobre lo que está pasando y preguntas a españolistas sobre lo que está pasando y te dan dos versiones radicalmente opuestas. Existe un relato paralelo.

¿Y cuál de los dos relatos se acerca más a la verdad?

Ahora hay más mentira en el relato independentista, porque les está yendo fatal, aunque antes había más mentira en el otro. Pero volviendo al tema del que hablábamos, lo que hizo el otro día Puigdemont fue hacer política cuántica. Dijo que la República de Cataluña estaba viva y estaba muerta, que existía y no existía, que la había declarado pero que no la había declarado. Por eso Rajoy le ha pedido que se explique. Es maravilloso. El procés se ha vuelto gallego. Si teníamos confianza en que esto se solucionase de una forma u otra, perdámosla porque ya lo que nos faltaba es tener a un gallego enfrente del otro.

¿Eso invita al optimismo o al pesimismo?

Eso invita al aburrimiento. La marmota Puigdemont salió del tronco en Punxutawney y predijo seis semanas más de invierno. A mí lo que me preocupa es la reforma constitucional, porque no la veo posible

¿Por qué no la ves posible?

Porque se tienen que poner de acuerdo tres de los cuatro grandes partidos nacionales, y hay un punto en el que no se van a poner de acuerdo: PP y Ciudadanos van a intentar quitar competencias para perjudicar al nacionalismo catalán, y Podemos y el PSOE van a intentar lo contrario. El PSOE ahora mismo depende del PSC para esto, y en el PSC, donde conocen muy bien Cataluña, saben que cualquier retroceso en competencias va a ser desastroso para ellos. ¿Cómo van a ponerse de acuerdo? Y sobre todo: ¿quién va a validar luego esa reforma? ¿Se va a celebrar un referéndum? ¿Y si hay referéndum y sale que no se acepta en Cataluña pero sí en el resto de España? Abrir la puerta a una reforma de la Constitución con esta polarización que tenemos es de locos. Si se hubiera hecho antes, hubiera funcionado. ¿Pero ahora? ¿Qué van a cambiar?

Hay muchas voces que abogan por quitar a la Generalitat su competencia en materia de Educación. Creen que es un paso fundamental en la lucha contra el independentismo.

Eso es imposible. Pujol lo hizo muy bien: aisló a Cataluña. Me lo contó José Bou, el director de los empresarios catalanes españolistas, y a él se lo dijo José María Aznar en persona. La historia es la siguiente: en el año 96, cuando Aznar necesitaba a Pujol para formar gobierno, y siendo muy listo, le ofreció varios ministerios a CiU. O sea, ofreció hacer un gobierno central, en Madrid, con ministros catalanes nacionalistas. Pujol se negó. Dijo que su apoyo dependía de recibir más competencias, pero que no quería figurar en el gobierno central. Buscaba aislar a Cataluña. ¿Y la educación qué papel ha jugado ahí? Pues ha dado una visión del mundo que termina en la frontera de Cataluña. ¿Eso significa adoctrinar? No, porque a mí en Murcia me obligaron a aprender todos los ríos de Murcia, que están secos. Eso no es adoctrinar, es el desastre del autonomismo y la gilipollez de que si vives en Ávila pues te enseñan que Ávila es lo más importante. Quizás hay que enseñar desde una perspectiva más global, ¿no? Enseñar todo el país. Pero quitarles una competencia es imposible, porque eso va a multiplicar a los que están en contra de tu postura.

¿Entonces…?

Pues estuve hablando sobre esto con un amigo al que llamaré Joaquín M. y resulta que Joaquín M. tiene una idea que a mí me parece muy interesante: hacer un sistema educativo nacional en el que cada comunidad autónoma tenga sus competencias, pero en el que existan dos cosas comunes.

¿La primera?

Una asignatura sobre España. Una asignatura sobre el país, sobre sus diferentes costumbres y culturas; una asignatura que enseñe a los chavales nociones básicas de las lenguas reconocidas oficialmente en el territorio.

Ajá. ¿Y la segunda?

Un intercambio obligatorio de un mes de duración y pagado por el Estado, porque de lo contrario no puede ser obligatorio. Por ejemplo, un chaval de Barcelona y toda su clase son enviados a un instituto de Madrid durante un mes. Luego a los de Madrid les toca ir un mes a Barcelona. Y en dos meses tienes novios, novias, amigos y mejores amigos. Ese vínculo, el vínculo de la amistad, rompe muchísimo mejor la deriva de separación que cualquier anulación de la inmersión lingüística que quiera promover el gobierno de Rajoy. Hay nacionalistas catalanes que te dicen que han vivido diez años en Madrid y que siguen siendo independentistas. Vale, pero es que esa gente se marchó siendo ya mayor; hasta entonces se había criado en un ambiente de separación mental.

Sea cual sea la solución que se plantea, todas parecen pasar por los niños del mañana.

Sí, la generación actual está perdida. Esto también me lo dijo José Bou. Él cree que hay que centrarse en la siguiente. Aunque lo que él propone es diferente; quiere tirar por lo de españolizar a los niños catalanes, algo que a mí me parece equivocadisimo.

¿Por qué crees que la generación actual está perdida?

Pues, entre otras cosas, por lo ocurrido el 1-O. El día del referéndum yo vi niños que a su vez veían cómo estaban hostigando a sus vecinos. Porque allí había niños. ¿Y qué crees que van a recordar estos niños? Hay mucha manipulación y todo lo que quieras, pero esos niños han visto lo que se ha visto en los videos. Han visto porrazos. Es una generación que ha corrido delante de los grises. Les hemos entregado eso a los independentistas. Nunca nos podrán pagar ese regalo.

¿No tienes la sensación de que en el ámbito independentista la queja por lo que sucedió el 1-O esconde también cierta satisfacción?

Vivimos en una sociedad victimista. Se usa el agravio como medida de reafirmación, tanto en un lado como en el otro. El nacionalismo español ha resurgido de su letargo por el ataque del independentismo catalán, que quiere romper España. Y el independentismo catalán lleva años alimentándose de la catalanofobia. En Cataluña es mucho más popular la gente de Intereconomía que en Madrid. Hay un ensayo de filosofía que se llama Crítica de la víctima (Herder). En él Daniele Giglioli analiza por qué la víctima está tan interesada en ser una víctima. Pues bien: aquí, hasta ahora, teníamos solo un victimismo. Ahora tenemos dos.

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Portada de Crítica de la víctima de Daniele Giglioli | Imagen vía Herder Editorial

¿Te preocupan los episodios de violencia que ha protagonizado hace apenas unos días la ultraderecha española en Valencia y en Barcelona?

Lo que me preocupa es que no exista una condena unánime por parte del españolismo. Los que se pegaron el 12 de octubre en la Plaza de Cataluña después del acto convocado por Societat Civil Catalana eran neonazis. Y esas imágenes se han utilizado desde el independentismo para describir lo que, según ellos, es España. Eso es manipulación, de acuerdo, pero sigue sin haber una condena unánime de esas imágenes por parte del PP o Ciudadanos. Un comunicado, por ejemplo. Pero no: se han lanzado al y tú más sacando vídeos de Arran. ¿Qué sentido tiene eso? Acepta que entre los tuyos hay radicales y hay locos y sé el primero en condenarlos. ¿Cómo vamos a exigir luego a Convergència que condene aquel cartel de Arran en el que aparecían las caras de concejales contrarios al referéndum?

De hecho, poco después de tildar de acosadores a los de Arran por ese cartel, el PP de Madrid hizo algo parecido sacando fotos y señalando a través de Twitter a los concejales de Ahora Madrid que acudieron a una concentración a favor del referéndum.

Exacto. Es deprimente.

¿Por qué crees que lo hicieron?

Las redes sociales ponen de manifiesto algo que por otra parte siempre ha estado ahí: el fanatismo se retroalimenta. En Arden las redes he dado muchas vueltas a este tema. Las redes sociales se dedican a hacernos sentir bien porque quieren que estemos todo el rato metidos en ellas. Y un truco que usan es el filtro burbuja. El filtro burbuja consiste en hacerte ver el mundo a través de una ventana en la que todo el mundo te da la razón, y al que no te da la razón lo puedes bloquear y hacerlo desaparecer. La gente se está fanatizando a una velocidad alucinante. Más del 40% de los españoles usa redes sociales; un lugar en el que puedes bloquear al que piensa distinto y en el que puedes participar en un linchamiento al que molesta a tu ideología. Es una fábrica de fanáticos.

Las famosas ‘echo chambers’.

Sí. Lo describe muy bien Eli Pariser, que tiene un libro titulado precisamente El filtro burbuja (Taurus). En ese libro explica desde un punto de vista técnico todo esto y demuestra cómo funcionan los algoritmos que nos están cambiando la visión del mundo. El algoritmo de Facebook tiende a enseñarte en tu pantalla principal opiniones y publicaciones a las que tú sueles poner ‘Me gusta’. Porque Facebook quiere que te quedes, no quiere que pases un mal rato, quiere ahorrarte el sofoco. A lo mejor tú tienes 1.000 amigos, pero Facebook te muestra los 200 con los que sueles estar de acuerdo. Lo que opina el resto no te va a llegar.

Pero esto ya ocurría antes de las redes sociales. Con los periódicos, por ejemplo. La gente solía leer ‘su’ periódico. Y elegía comprar ese periódico y no otro porque quería que le contasen las cosas de una determinada manera.

Es diferente. El periódico puede tener una línea muy marcada, muy cerrada, puede ser La Razón o, cuando todavía salía en papel, Público y aun así, al pasar las páginas, también estás recibiendo una información que no tiene que ver con tus intereses o gustos. Siempre va a haber algo que te hará recordar que existe Pakistán. Es decir, que por muy cerrada que sea su visión del mundo ya estás recibiendo cosas que no dependen de un programa que decide por ti lo que a ti te interesa. Estás más conectado con lo desconocido escuchando una tertulia de radio o leyendo un periódico en papel que a través de Facebook o Twitter.

Te acusan de equidistante, ¿crees que lo eres?

Soy escurridizo. A mí me hubiera ido mucho mejor en lo que a premio y castigo digital se refiere si me hubiese mantenido en mi postura españolista, que es lo que pienso y lo que creo. Pero lo que he hecho ha sido intentar explicar a la gente que me lee qué piensan los que no opinan como yo, qué les pasa, por qué están así de enfadados. Y eso me ha traído muchos problemas. He perdido muchos lectores por el camino. Pero los columnistas tenemos que hacer un esfuerzo de amor propio; intentas no incurrir en la poscensura.

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Portada de Arden las redes | Imagen vía Editorial Debate

La poscensura es el gran tema de tu libro Arden las redes. ¿Qué significa exactamente?

La poscensura es un neologismo que saqué precisamente en ese libro. En la poscensura tú no tienes miedo a que el estado franquista, por poner un ejemplo, te ponga una multa; tienes miedo a tus amigos. Es mucho más fácil sostener la pancarta que sacan otros antes que salir a matizarla. Entonces es cuando acabas radicalizándote por miedo a que tus propios amigos te llamen traidor. Esto es fatal para el debate público. La víctima de la poscensura no es al que linchan. El linchado es la víctima colateral; la auténtica víctima de la poscensura es el debate público. La poscensura establece polarización absoluta; o conmigo o contra mí.

Aunque no son pocos los que acusan a Pablo Iglesias de conspirar con los nacionalistas catalanes para romper España, antes comentabas que Podemos es junto al PSC el único partido que parece tener una visión realista y constructiva de lo que está pasando en Cataluña. En este sentido, y aunque suene paradójico para muchos, ¿opinas que son los que más pueden hacer por la unidad de España?

No lo sé. El nacionalismo catalán siempre va a querer más y si la actitud de Podemos es dar lo que piden, ellos van a seguir pidiendo y pidiendo porque no hay que olvidar que su fin es la independencia. Es como pasar por un barrio de carteristas sin cerrar la cartera. El problema es que la alternativa puede ser peor. Lo que no tiene sentido es equiparar a Podemos con los independentistas. Son muy distintos. Cuando en el Parlament pasaron las leyes del referéndum de esa forma tan pirata fue Coscubiela, de Podem, el tío más valiente. Se plantó y les dijo a la cara que era intolerable lo que estaban haciendo, saltándose las leyes de su propia cámara y acallando de aquella manera a los otros grupos. Fue mucho más valiente que Pablo Iglesias, que se mete con el PP pero no con Puigdemont. Me quedo con Coscubiela antes que con Pablo Iglesias y me quedo con Ada Colau antes que con cualquiera de los dos. Creo que haría muy bien la izquierda española en aprender de ella, que critica a Junts pel Sí tanto como a Rajoy. Me jode ese mantra en Podemos que dice que hay que ir contra el PP pase lo que pase. En esta crisis ha habido momentos en los que había que estar a su lado.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo cuando Rajoy hizo lo que hizo la semana pasada. Podía haber aplicado el 155 y lo que hizo fue decirle a Puigdemont que le aclarase qué había dicho. Dejó un margen de tiempo durante el cual han existido reuniones. Ahí Rajoy estuvo muy bien. También en las semanas que transcurrieron desde la aprobación de las leyes del referéndum en el Parlament hasta el 1-O. Podemos podría haber sumado su voz al bando constitucionalista sin dejar tampoco de decir que se necesita una reforma de la Constitución y un referéndum pactado.

Hay personas que se han planteado abandonar Cataluña ante el cariz que ha tomado la situación. ¿Os habéis planteado tu mujer y tú hacer lo propio en algún momento?

Hemos hablado del tema, no tanto por las consecuencias políticas como por la posibilidad de que se desate la violencia. El día del discurso del Rey terminé asustado. Era un discurso de negación, el discurso de alguien que no está mediando. Para mí fue un error; no puedes negar la existencia de dos millones de súbditos, aunque te odien. Tienes que dirigirte también a ellos, dedicarles alguna palabrita. Pensé que se iba a liar. Pero al día siguiente comenzó la fuga de empresas. Eso me tranquilizó.

¿Por qué?

Pues porque cuando se van los bancos y las empresas, en el PdeCat empiezan a ponerse de manifiesto unas diferencias brutales entre la parte más independentista, minoritaria, y los que miran más la pela que otra cosa. Puigdemont es, de hecho, el más independentista de todo el PdeCat. Yo creo que a Puigdemont se lo va a comer el propio partido. Si quiere que las empresas regresen, la burguesía independentista va a tener que bajarse del carro. Luego se cargará a la CUP y, junto a ERC, dará un giro cosmético hacia el federalismo, donde se encontrará con Podemos y el PSOE. Me parece que será la solución. Ganará el capitalismo, como siempre. En cierto modo, que sean los bancos y no la gente quienes se están cargando el procés me parece un fracaso democrático.

Hay quien dice que por más que hagan o deshagan los políticos, a estas alturas ya hay un sector del independentismo que va por libre. Y que eso podría causar disturbios en la calle.

Creo que lo tienen controlado. A lo largo de mi vida he experimentado tres momentos en los que la gente estaba realmente ilusionada: la movilización contra la guerra de Irak, el 15-M y el momento actual. ¿En qué quedaron las protestas anteriores? ¿Qué esperas de la Diada, de la revolución de las sonrisas? Los medios de comunicación independentistas son de los bancos. Cuando llegue la orden cambiarán el tono.

En el libro El fracaso de la no violencia (Segadores/Descontrol) se ponen esos mismos ejemplos, entre otros, para argumentar que la protesta pacífica no consigue nada.

Pero es que vivimos en una sociedad bien alimentada. No hay ningún motivo para que la gente se tome realmente en serio lo de salir a luchar a la calle mientras pueda seguir dando de comer a su hijo. Hay un factor que va a hacer imposible cualquier revolución en España y en Europa: las salchichas Frankfurt del DIA cuestan 25 céntimos, un bote de tomate 39 céntimos y un paquete de medio kilo de espaguetis 30 céntimos. Es decir: que tú por menos de un euro no sólo comes sino que además engordas. Nunca se ha visto una revolución con guerrilleros gordos. Ni la vamos a ver.

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Dilemas climáticos

Manuel Arias Maldonado

Foto: John Macdougall
AFP

Mientras las tiendas de ropa siguen sin colocar su stock invernal debido a la benignidad del otoño y unos senderistas españoles despeñaban a un jabalí en los montes asturianos por el puro placer sádico de verlo morir, se celebraba en Bonn durante la pasada semana la llamada COP23, cumbre internacional dedicada al desarrollo del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. En ella, los delegados de los países firmantes trataban de escribir la letra pequeña de aquel acuerdo, que desde su firma se ha visto debilitado por la salida de los Estados Unidos de Donald Trump. Éste, como tantos otros populistas de derecha, es un negacionista climático y actúa en consecuencia. Por eso, resulta mucho más significativa la dificultad que encuentra Ángela Merkel -apodada “la canciller del clima”- para que cumpla sus compromisos descarbonizadores esa formidable potencia industrial que es Alemania. Diga lo que diga cuando salga al estrado.

Yo vivía en Alemania cuando, en marzo de 2011, tuvo lugar el accidente en la central nuclear de Fukushima. Una ola de histeria se apoderó entonces de uno de los países con mayor conciencia medioambiental de Europa; aunque esto último, a juzgar por el singular caso noruego, no implique necesariamente una menor contribución a las emisiones globales. Merkel detectó la posibilidad de poner en marcha una política popular y decretó el cierre de las centrales nucleares alemanas, lanzando con ello el ambicioso Energiewende: un giro energético destinado a convertir Alemania en el país más limpio en el menor plazo posible. Paradójicamente y a pesar de una inversión en renovables no siempre eficiente, ahora el país depende más que nunca del carbón y está muy lejos de cumplir sus objetivos internacionales.

Se trata de un fracaso preocupante, dada la potencia intelectual e industrial de Alemania: si ellos no consiguen descarbonizarse eficazmente, ¿quién podrá? Pero lo sería aún más si no tuviéramos en Gran Bretaña el ejemplo contrario de una exitosa reducción de emisiones lograda por el camino más fácil: la imposición de un elevado precio al carbón que, desincentivando su uso, obliga a las empresas a la búsqueda de alternativas. Políticamente, el asunto puede ser más complicado y ahí está el problema de Merkel: en la pujanza que conserva en Alemania un sector del carbón del que dependen decenas de miles de empleos. El dilema está sobre la mesa en las negociaciones para la formación de gobierno. Mientras los Verdes están por la labor, los Liberales son reacios a empañar su regreso al gobierno con una política tan impopular. Es verdad que el 76% de los alemanes quiere acabar con el carbón del que depende el 40% de la electricidad nacional, pero los empresarios y trabajadores de las regiones afectadas no están tan convencidos.

Estamos ante la enésima demostracion de que el voluntarismo es una mala guía política. No basta con querer cerrar las centrales nucleares; ni siquiera con una firme voluntad descarbonizadora. Es necesario, también, arbitrar las medidas adecuadas para lograr una reducción significativa de emisiones sin especial detrimento para la capacidad energética global: quien esté pensando en el decrecimiento, que se presente a las elecciones. Recordemos todos estos matices, rabiosamente humanos, la próxima vez que cualquiera de nosotros participe en una conversación de sobremesa donde se culpe al “sistema”, en abstracto, de que no termine de llegar el invierno o ya nunca llueva.

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Querida Joan

Laura Ferrero

Foto: Kathy Willens
AP Photo, File

Querida Joan:

Cada vez que abro mi libreta, esa que siempre llevo en el bolso, me sorprende, anotada en una esquina, tu dirección postal. Hace un par de años, cuando trabajaba en una pequeña editorial de Nueva York, la encontré entre archivadores, papeles y contratos, y la apunté. Fue un instinto, algo que hice rápido como si hubiera cámaras y estuviera asumiendo un riesgo mortal.

Pero la historia no se quedó ahí. Un miércoles de agosto me armé de valor y me dirigí a tu casa y, al llegar al portal, me detuve y miré hacia dentro. Pasé tiempo ahí fuera tratando de imaginar cómo serían las paredes y los pasillos entre los que te moverías. Deseaba verte salir, pequeña y frágil, a través de aquella puerta simplemente para decirte: “Hola Joan, gracias por salvarme la vida”. Pero pasé cerca de dos horas ahí, sufriendo el calor, el bochorno y los nervios –¿alguien iba a desenmascarar a la chica que había robado una dirección y quería verte?– y no, claro. No apareciste.

De todas maneras, aunque lo hubieras hecho, no me hubiera atrevido a decirte nada.

Nunca llegué a entrar en tu casa pero ahora ya sé cómo son las paredes entre las que te imaginaba moviéndote y deslizándote de una estancia a la otra con sigilo, como si temieras despertar a los demás, a los que ya no estaban contigo.

Te vi. En el sofá, en la cocina. Y lo hice desde una ciudad extraña, muy lejos de Nueva York, sobre el cubrecama impoluto de un hotel.

Me emocioné al verte. Eran tus manos, la ternura con la que mirabas a tu sobrino, Griffin Dunne en The center will not hold, el documental que ha rodado sobre tu vida. Ese documental del que leí que solo era interesante para fans y del yo diría lo contrario: es una pieza interesante para todos aquellos que crean en la crónica, en el periodismo. Para todos aquellos que alguna vez se hayan preguntado cómo puede narrarse aquello que no tiene nombre, que se llama dolor y que es justamente lo que no puede compartirse.

Te vi: preparabas sándwiches de pepino quitándoles la corteza y yo, que apenas sé cocinar, me imaginé aprendiendo una receta, cocinando para ti para decirte que no sé si a los demás también, pero lo cierto es que a mí me salvaste la vida.

Explicabas en el documental que a los 28 años descubriste que no todas las promesas –tanto las que te habían hecho como las que te habías hecho–  iban a cumplirse. Que algunas cosas eran y son irrevocables y que los errores y evasiones también cuentan en ese camino que vamos trazando al que comúnmente llamamos vida. Cuando te escuché pensaba que hablabas de las evasiones y de aquel verbo que se ha puesto tan de moda, procrastinar, en un sentido negativo. Sin embargo, hace unos días entrevisté a un pintor de 94 años que me dijo que lo importante en la vida es la estructura y la perseverancia; la coherencia con el proyecto vital de cada uno. Al terminar, me acerqué, sibilina, por detrás, cuando nadie me escuchaba y le dije “perdón, maestro, yo es que siempre tengo muchas dudas”. Carlos, que así se llama, sonrió y me dijo que la perfección venía siempre por la acumulación: “la acumulación de errores”, matizó. Así que entendí, claro, que en el documental tú no hablabas de nada en negativo sino únicamente de asumir que la vida surge también de los caminos que no tomamos y de la responsabilidad frente a lo que uno renuncia y se le escapa.

Pero volvamos a esa tarde de agosto en la que me quedé detenida ante tu puerta. Sin saber qué decir, como canta Ariel Roth. Sin saber por qué sentía yo que me habías salvado la vida. El otro día, en mi hotel, mientras veía el documental a través de la pantallita del portátil, lo entendí por fin.

Verás, unos años atrás perdí a alguien muy importante para mí y durante un tiempo no quería, como tú, que el tiempo pasara. Era consciente de que el reloj y el calendario seguían avanzando pero cuando llegaban los grandes acontecimientos como las Navidades, fin de año, veranos y cumpleaños, lo pasaba mal. No podía celebrarlos. Me hablaba a mí misma en estos términos: hace seis meses que, hace nueve meses que, hace ya dos años que. Eran una suerte de fronteras con las que delimitaba mi tiempo y siempre pensé que la mía era una nostalgia extraña, una manera como otra de bajarme del tren y decir “seguid vosotros que yo aquí me quedo”.

En un momento dado de The center will not hold explicabas que no querías dar por concluido El año del pensamiento mágico porque terminarlo significaba decir adiós a John. A veces se escribe para estar cerca de los que se han ido, así que poner el punto final a un libro no deja de ser otra manera de estar lejos. Aún más lejos.

Joan, no puedo decir que te entienda del todo. No he sido madre ni he perdido tantas cosas como tú. Pero, ¿cómo decir entonces que te entiendo? ¿Cómo decir que sé cómo se resquebrajan las cosas hasta que un día desaparecen y ya no son tuyas porque dejan de existir?

Cuando terminó el documental, perpleja, sobre mi colcha blanca de hotel pretencioso, entendí por fin por qué quería darte las gracias aquella tarde de verano de Nueva York. Así que tarde pero aquí va: gracias, Joan Didion porque me hiciste entender que no estaba sola. Que si bien el dolor es una celda en la que cada uno gritamos sin que los demás puedan escucharnos, saber que hay gente allá fuera que también grita y se separa y no quiere que el tiempo pase, es un consuelo. Así que te abrazo desde aquí, Joan. Y que sepas que un día de estos volveré a tu casa para seguir esperándote, abajo, escondida. Me reconocerás pronto: seré la chica que no se atreverá jamás a saludarte pero que te seguirá con la mirada hasta que vayas desapareciendo. Entonces yo volveré a pensar en la receta que un día aprenderé a cocinar para darte las gracias por haberme salvado no solo la vida sino también de mí misma.

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Vox Dei

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: JUAN MEDINA
Reuters/File

Pedro Sánchez ha asegurado que “Ciudadanos es el Vox de la política”. Palabra de Dios. Es verdad que la frase no podría estar peor construida: ¿Qué otra cosa es Vox si no un partido político? Pero atendamos a la comparación. Las encuestas señalan que el procés ha espoleado el ascenso de Ciudadanos en el conjunto de España, mientras en Cataluña la candidatura de Inés Arrimadas se ha consolidado como primera fuerza del constitucionalismo.

Entonces a Pedro Sánchez se le ocurre establecer esa equivalencia, Ciudadanos es Vox. Situar a la formación naranja a la derecha del PP no se compadece con la realidad programática ni parlamentaria, pero además sugiere una estrategia inquietante: la de equiparar la crítica al independentismo con el extremismo ideológico. Ciudadanos es el partido que más ha combatido el nacionalismo y, por tanto, según el líder del PSOE, solo cabe concluir que es un partido de extrema derecha. Sin embargo, me inclino a pensar que el líder del PSOE no se cree lo que dice.

¿O acaso hemos de pensar que el PSOE firmó un acuerdo de gobierno “reformista y de progreso” con Vox? Un pacto que incluía medidas tan reaccionarias como “reformar la Constitución para asegurar eficazmente los derechos sociales y completar el funcionamiento federal de la organización territorial de nuestro Estado”. Un pacto por una Europa “más social y más solidaria”, que diera respuesta a la emergencia que viven los refugiados. Un pacto por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Un pacto contra la pobreza. Un pacto por la ciencia.

¿Firmó un acuerdo de gobierno Sánchez con un partido de extrema derecha? Y, en Andalucía, ¿gobierna el PSOE gracias al apoyo del Vox de la política? ¿Compartirá Susana Díaz las palabras de su secretario general?

En realidad, atendiendo a su posición sobre derechos civiles y libertades individuales, Vox se parece mucho más a Uniò, el partido que se integrará en las listas del PSC de cara a las elecciones del 21 de diciembre, contrario al aborto y que presentó un veto en el Senado contra el matrimonio gay.

Las encuestas coinciden en señalar una tendencia: la subida de los partidos más próximos al centro político, PSOE y Cs, y el retroceso de PP y, sobre todo, Podemos. Aunque sin elecciones generales a la vista es pronto para lanzar vaticinios, no es descabellado pensar que, de cara a un adelanto electoral, PSOE y Cs sumarían más escaños de los que tenían cuando pactaron, tras los comicios de diciembre de 2015.

Eso plantea una posibilidad real de articular una alternativa progresista a Mariano Rajoy. De confirmarse el declive de Podemos, Pedro Sánchez necesitará contar con Ciudadanos si aspira a gobernar algún día, razón por la que haría bien en ser más prudente en sus comparaciones. Le ha dicho a sus votantes que Rivera es el líder de una formación de extrema derecha y, aunque sabemos que en los días de la política líquida las palabras se las lleva el viento, eso dificulta la capacidad de maniobra de cara a una eventual negociación. Así que mejor dejemos que sean los ciudadanos quienes decidan en qué lugar ponen a cada partido. Vox populi, vox Dei.

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La 'app' iSex es la prueba de que no se ha entendido nada sobre las agresiones sexuales

Bea Guillén Torres

Foto: Unsplash
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Conoces a alguien. Supón que te gusta y que le gustas, y que, además, decidís mantener relaciones sexuales. Pero no solo eso, sino que os parece una idea sensata y de sentido común utilizar una aplicación de móvil para sellar vuestro consentimiento. Para garantizar que los dos estáis completamente de acuerdo en el encuentro sexual que vais a mantener y, así, os podéis evitar desagradables sorpresas en el futuro como que uno de los dos denuncie al otro por agresión sexual. ¿Razonable, eh? O eso es lo que ha debido pensar José Luis Sariego, creador de la aplicación iSex y antiguo abogado de Francesco Arcuri, el exmarido de Juana Rivas condenado por maltrato, que tiene el firme objetivo de facilitar el “enviar, recibir, almacenar y exportar el consentimiento mutuo antes de una relación sexual”. Tal y como detalla en Google Play —la app no está disponible para iOS—.

Pero, ¿qué es lo que facilita iSex, en realidad? Demostrar que hay gente, como Sariego, que no ha entendido absolutamente nada sobre lo qué es el consentimiento ni sobre lo qué son las agresiones sexuales.

La 'app' iSex es la prueba de que no se ha entendido nada sobre las agresiones sexuales
Fases de la aplicación iSex.

La app de iSex funciona de la siguiente manera. Tú te registras con el nombre que quieras, por supuesto no tiene que ser real porque no hay ninguna clase de verificación ni está asociado a ninguna red social. Así que ese supuesto consentimiento podrá estar a nombre de B B B o de Perico el de los palotes.

Después, el consentimiento se puede firmar de varias maneras. Enviando un formulario de consentimiento, en el que introduces el nombre de la persona a la que quieras enviárselo. Por supuesto aquí el nombre también puede ser absolutamente falso. También escribes su email, para que le llegue y se lo quede ahí bien guardado. O, incluso más fácil y rápido, conectándolo por Bluetooth. Las dos personas se conectan a la app, se dan el consentimiento (que aparecerá firmado con el nombre inicial que cada uno ha escrito —que, recordemos, puede ser falso—) y, hala, pues ya estaría. Todo arreglado.

A ver, señor Sariego, no.

En ningún caso el consentimiento sexual se puede encajar en el marco de una transacción mercantil, porque en un encuentro sexual tú no estás comprando ni vendiendo nada. Tampoco estás adquiriendo nada que te pertenezca ni te dé derecho a nada. El deseo de un encuentro sexual no es algo inamovible, rígido e inflexible, sino que puede estar en un momento y al momento siguiente no estar. Por lo que firmar un consentimiento en un momento no significa absolutamente nada, porque puede no haberlo al momento siguiente.

Volvamos a la situación inicial. Conoces a alguien. Supón que te gusta y que le gustas, y que, además, decidís mantener relaciones sexuales. Pero no solo eso, sino que os parece una idea sensata y de sentido común utilizar una aplicación de móvil para sellar vuestro consentimiento. Pero, después, uno de vosotros, después de firmar y mandar este consentimiento, decide que no. Que ya no le apetece mantener relaciones sexuales. ¿Qué valor tiene ese consentimiento firmado? El mismo que antes, ninguno.

Así, todo lo que es esta aplicación es un burdo y vulgar intento de deslegitimar a las víctimas de agresiones sexuales y de violaciones. Ignorando el trauma y tratando de magnificar la leyenda negra de las denuncias falsas, que son manifiestamente mínimas. En una de sus últimas memorias, la institución del Fiscal General del Estado hablaba de un “escasísimo porcentaje” de denuncias falsas: desde 2009 hasta 2012, solo un 0,005% de las denuncias sobre violencia contra las mujeres se saldaron con una condena para la mujer por acusaciones falsas. Además, la app muestra un absoluto desconocimiento sobre una realidad como son las violaciones en pareja.

Solo esperamos que esta aplicación sirva para recordarle al señor Sariego y a los otros que no lo han comprendido todavía: que no es no, que no es no si no se dice que sí y que no es no aunque en algún momento haya sido sí.

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