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Julián López Belenguer: “Todas las banderas se sustentan sobre cadáveres”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 72 años y nací en Huesca. Llegué a Cataluña en 1978 y fui uno de los  cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC). Siempre he sido un obrero. Ser obrero significa trabajar con las manos. Más aún, pensar con las manos. Creo que la vida cotidiana está llena de poesía y mi reto es intentar plasmarlo en obras que surgen de lo que se tira, chatarra de hierro y aluminio, piedras inútiles de las canteras, maderas encontradas durante un paseo. Hasta una mísera seta seca que no sirve ni para hacer fuego sugiere algo si la realzas. Ahora creo arte con basura desde mi taller en Barcelona, e intercambio clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra civil para honrar su memoria.

¿Por qué dice que se siente usted un obrero curioso más que un artista?

Porque es lo que he sido toda mi vida. Pero cuando te jubilan te encuentras colgado, la sociedad te escupe, y yo aprendí a dibujar con grandes maestros, como Brunés y Miret.

Mi pasión son los objetos encontrados. Creo que la basura es arte y que el arte, además, debería ayudar a la gente. Encontrar, por ejemplo, tornillos en una vía abandonada o una seta seca de las que crecen en los árboles y darle forma o realzarla hasta que te identifiques con ella u otros lo hagan. Y es tan económico… Solo es cuestión de tener una idea y un poco de oficio. En realidad, todos podemos hacer arte y eso es lo que me parece más interesante.

Llevo tres años en este estudio a pie de calle y a veces entran vecinos y me dicen: “Pero si eso lo hago hasta yo”. Y contesto: “Efectivamente”, y les animo a que prueben.

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Belenguer en su estudio en Barcelona | Foto: Diana Rangel / The Objective

Así que hace pedagogía en la calle…

Animo a la gente a que lo intente. No pienso que necesites tener una idea previa para realizar una obra, puede surgir mientras trabajas. Es una suma de las experiencia de tus oficios, de lo que sientas en ese momento, de tus manos…

Manos de obrero.

Exacto. Y he tenido muchos oficios a lo largo de la vida: Trabajé en un taller de mecánica con torneros capaces de hacer una válvula de delicada precisión -¡ellos sí que eran artistas!-, luego en una imprenta, y congelando pescado en un frigorífico en el que se te helaban los huesos y no podías ni dormir por las noches, en una fundición de acero laminado, en una cadena de supermercados, en el metro de Barcelona y de mantenimiento de instalaciones eléctricas.

¿Cuál fue el más duro de todos?

Sin duda, la fundición. Ahí estuve trabajando pocos años, mediados de los setenta. Había muchos accidentes, muchísimos. Algunos mortales. Hace ya diez años, un paisano me dijo una vez que de los 350 obreros que trabajábamos en el tren de laminación solo quedaba vivo yo.

Recuerdo que cuando montamos la primera huelga por la libertad sindical, subido a un bidón para el llamamiento, los trabajadores tenían tanto miedo que ni jugaban a las cartas. La fábrica en silencio era terrorífica. Y ya se sabe que de todas las emociones la del miedo es la más fuerte. Se preguntaban: “¿Y esto para qué? ¿Qué estamos haciendo?”. Eso me impresionó. Hay que ser muy respetuoso cuando se moviliza a los compañeros. Una experiencia que enseña.

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Exterior del estudio de Julián López Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Y de sus experiencias políticas aprendió?

También. Empecé a militar en las Juventudes Obreras Cristianas (JOC), en Huesca, a los 12 años. Me leí todo lo que había en aquella biblioteca. Hasta que un jesuita se apiadó de mi y me dejó descubrir a Chejov y a Gorki. Años después, cuando trabajaba congelando pescado, alguien me dijo que llegaría a encargado porque único que sabía leer y escribir en aquella empresa

Toda la vida he peleado por los derechos de la clase obrera, en la JOC, en Comisiones Obreras -que dejé cuando decidieron pasar de movimiento a sindicato-, y desde las asociaciones vecinales, en UGT y en el Partido Socialista Aragonés, de corta vida. También fui uno de los cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC), uno de cientos cuyos nombres no han pasado a la historia, pero sin los cuales no se habría creado. Ya ves, de militante activista pasas a militante estribo y ahora somos militante ‘bulto’. Y eso que hubo momentos muy tensos… Estuve dos veces en la comisaría de Sol, en Madrid. Uno entraba allí y no sabía cuándo saldría ni cómo.

En sus obras hay un gran mensaje social. ¿Arte y política están relacionados?

Deberían estarlo más. Hoy el arte no tiene el mismo contenido social que tenía en los años ochenta con el Equipo Crónica. La única muestra verdadera de crítica radical a los esquemas que rigen la sociedad la tiene el grafitti. En Cataluña, los últimos cinco años se ha optado por un tipo de arte que enaltece unos valores determinados, lo que un clásico llamaría valores burgueses, que no facilita la autocrítica y dificulta avanzar hacia opciones más realistas y positivas.  

Estamos en tiempos de fe, creencias y un liberalismo exacerbado que ha contagiado mucha podredumbre.

“España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos”.

Empecé a buscar los materiales de desecho para mis obras porque se me quedó grabada una conversación que tuve de joven con un grupo de compañeros. Hablábamos de la alienación de la clase obrera y el mejor ejemplo que nos contaron era la historia de un hombre que trabajaba en Renfe dándole martillazos a las ruedas cuando un tren llegaba a la estación. Se jubiló y le preguntaron en qué consistía su trabajo y no lo sabía. ¿Te imaginas? Tantos años haciendo lo mismo sin saber por qué. Para mí esa es la expresión más gráfica y más dolorosa de la alienación de los trabajadores y de muchísima gente.

Algunas de mis obras son chistosas, como una escultura que representa las tabas a las que jugábamos de niños los de mi generación: podías salir a tu calle con una espada de madera, un balón o una bici, pero todos jugábamos a tabas, en eso éramos iguales. Otras obras, en cambio, tratan de expresar la situación social que vivimos.

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Su obra “La bandera” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Me encanta su escultura ‘La bandera’. Y no porque me gusten las banderas, ¿eh?

Yo tampoco soy patriota. Las banderas se sustentan sobre cadáveres, al menos así lo veo, y eso quise expresar en esta obra. Realicé ‘La bandera’ utilizando un pedazo de madera de roble de los que ya no quedan, envejecida y herida por el tiempo, quizás doscientos años; un hueso que encontré y una piedra cogida de una cantera. La piedra es mi material favorito, porque es fría pero cuando la trabajas da calor.

“Hoy en día hay obreros, pero no clase obrera. Habrá que reinventarla”

También creé otra obra con chatarra que titulé ‘La silla Bankia’ y tiene un pincho en el asiento, ¿lo ves? Esto es lo que pasa cuando vas al banco y te sientas. Y la escultura ‘Resistiré’, que es un pino quemado decorado con pintura plástica, porque, como todo el mundo en este país, estamos quemados pero vamos a resistir.

Usted lo ha dicho, estamos quemados.

Lo que le pasa a los políticos hoy es que no tienen la experiencia en negociación colectiva que tuvimos nosotros y en lugar de enfrentarse a los propios compañeros si es necesario, se tiran al precipicio. Nosotros vivimos momentos políticos y laborales muy duros, no nos tocó otra. Pero, entre otras cosas, aprendes que cuando te sientas con la patronal no solo negocias la plataforma elaborada en tu asamblea, sino que negocias también la plataforma de la patronal. A veces solo la de la patronal.

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Belenguer junto a “La silla de Bankia” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Tal vez lo que nos falte ahora sea memoria histórica. Y la voluntad de buscar, como hace usted.

España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos. Cuando estuve en Japón, en 2006, vi todos los nombres de las víctimas de la explosión nuclear en El Monumento de la Paz de Hiroshima y me emocionó mucho. Había miles de niños visitándolo y por el tamaño de las fiambreras deducías si pertenecían a una clase u otra, pero los ancianos les explicaban a todos lo que pasó. Claro que tienen una connotación distinta a lo nuestro.

En España todavía hay muchas fosas sin abrir, incluso muchos archivos públicos, y todo sigue oculto. Aún tenemos que escuchar groserías y maldades. El tiempo de la guerra ya finalizó, es hora de que se haga memoria y justicia con todas las víctimas. Es urgente señalar dignamente todas las fosas comunes.

Intercambia clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra. Cuénteme eso.

Con mi mujer estuvimos dos años buscando pistas sobre el paradero de su abuelo, que desapareció durante la guerra en el pueblecito de Anya, en Lérida. Levantamos con la colaboración de los vecinos un memorial recordando a los dos desparecidos del pueblo. Lo hice con piedras del entorno. Creo que es digno. A la inauguración acudieron tres generaciones. Se demostró que es posible recordar, reparar y hacerlo en paz.

Luego creamos con otros compañeros un libro virtual donde vamos apuntando los nombres de todas las víctimas de la guerra y ya tenemos más 149.000. Si tuviéramos más colaboración llegaríamos a los 350.000 nombres.

Se me ocurrió impartir clases de pintura gratis a cambio de que las personas añadiesen nuevos nombres de víctimas al libro. Todo lo hacemos los otros compañeros y yo por la recuperación de la memoria de las víctimas y porque para mucha gente significa restañar heridas, concordia y justicia social. Si ni siquiera consta tu nombre en ningún sitio es como si te hubieran matado dos veces.

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Parte del taller de Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿También el nombre de los caídos del bando nacional?

Hubo un debate al respecto, sobre todo porque los olvidados son los vencidos, pero al final decidimos que serían todas las víctimas.

En Cataluña quedan aún más de 300 fosas comunes sin abrir, pero la Generalitat únicamente tiene programado abrir doce. Solo son soldados, dicen. O sea que con tan poca sensibilidad, nunca acabaremos. Sin ir más lejos, debajo del pueblo de Anya, a la orilla del río Segre, hay una fosa común de víctimas de los dos bandos y tuvo que ser un ‘masover’ el que colocase una piedra para señalarla.

¿Cree que es posible transformar la sociedad igual que hizo usted con ese pino quemado?

Transformar la sociedad suena grandilocuente, pero los de abajo tienen esa obligación si no quieren ser devorados o convertidos en un neoproletariado, que hoy en día ya es muy numeroso. Pero ocurre que algunas herramientas, sindicatos, partidos y organizaciones de izquierda tienen las herramientas melladas.

Obreros hay, pero no hay clase obrera. Habrá que reiventarla, aunque solo sea para que la dialéctica, que es un motor, vuelva a funcionar.

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El Paseo de Robert Walser: Cómo mirar para aprender a ver

Clara Paolini

Foto: Clara Paolini
The Objective

Llega a Madrid ‘El Paseo de Robert Walser’, una propuesta de literatura viva, de teatro de calle, caminado, caminante… Un site specific entre la deriva situacionista y  curso intensivo de aprendizaje flâneur. Dentro del ciclo Teatro Raro organizado por CiudaDistrito, el singular escritor suizo, reencarnado en el actor Esteban Feune de Colombi e impulsado por la dirección del polifacético creador barcelonés Marc Caellas, recorre las calles de la capital.

 

La prisa, el pensamiento egocéntrico, la obsesión por la productividad y las notificaciones del whatsapp han provocado una epidemia de ceguera. Caminar con la mirada atenta se ha vuelto raro. Observar la vida que fluye alrededor de nuestra individualista burbuja es un acto insólito. Pasear sin rumbo, pura extravagancia. A no ser que los elementos del contexto se interpongan en nuestra meta, no encontramos utilidad en “malgastar” nuestra atención en ellos. Miramos la ciudad pero no la vemos. Pocos parecen buscar la belleza en los detalles, y aún más extraño resulta quien consigue encontrarla, disfrutarla, compartirla.

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Un educadísimo y pausado Walser saluda a todos y cada uno de los asistentes al paseo. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Para qué disminuir el paso cuando lo urgente hace desaparecer lo verdaderamente importante. Por qué pasar las horas cazando lo estético y poético de la realidad, con lo fácil que es entretenerse con lo artificial servido en menú a la carta. Quién queda en este mundo que enseñe el arte perdido de sorprenderse con lo aparentemente anodino. La respuesta la tiene un hombre que vuelve de entre los muertos para recordarnos lo esencial: Robert Walser. Admirado por escritores como Kafka o Herman Hesse y reivindicado en nuestro tiempo por un buen puñado de mentes lúcidas (con Vila-Matas a la cabeza), el escritor suizo es una rara avis capaz trastocar las percepciones de quienes le descubren. Ya sea través de sus novelas y cuentos o, como en esta ocasión, conociéndole “en persona”, Walser supone un curativo hallazgo contra la anestesiante indiferencia.

La oportunidad de recorrer las calles de tu propia ciudad de la mano de uno de los autores más singulares del siglo XX no se presenta todos los días y sin duda, hay que aprovecharla. Un par de de días antes de los paseos que tendrán lugar en el barrio de Villaverde durante el fin de semana, Robert Walser acude a su cita cerca del metro de Noviciado, donde le esperamos 12 espectadores-acompañantes. Somos la audiencia un inusual experimento teatral, a punto de empezar el paseo. Se acerca por la calle San Bernardo el hombre del bombín vestido de traje, apoyando su cojera sobre un paraguas verde. Al llegar ante su público, Robert Walser ofrece un prolongado apretón de manos a cada uno de los asistentes mirándoles a los ojos fijamente. Con esto, el personaje deviene en persona y los espectadores, en cómplices.

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Una nube, una indiscreta conversación en un balcón o la práctica de una cantante de ópera. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Su caminar, rítmico y sosegado, se detiene en pausas periódicas. Mira hacia arriba, observando el cielo y las ignoradas superficies superiores de las fachadas. Mira al frente, diseccionando las conversaciones de los transeúntes que se cruzan a su paso. Mira al suelo, encontrando pequeños trozos de papel o los restos de un árbol talado, como un pequeño homenaje a vidas pasadas. Mira, en definitiva, la vida y nosotros con él. Para que la ciudad cobre vida basta con imitar sus ojos curiosos. Y para sumergirse en el camino, es suficiente escuchar sus lúcidas diatribas: Walser critica la superficialidad y pone en duda el buen gusto frente a una peluquería, se queja de aquellos que le juzgan dirigiéndose a la cámara de seguridad de un banco, mientras espera el semáforo desprecia a los ocupantes de los coches, opina que las nubes hacen el cielo más humano, se posiciona contra la extendida necesidad de consumo, verbaliza ensoñaciones mirando una bonita casa en la que le gustaría vivir…

Le seguimos en fila india a través de una tienda de todo a cien ante la atónita mirada de la dependienta asiática, descubrimos el espectáculo improvisado de dos acróbatas sobre un monociclo en la Plaza del 2 de Mayo, rechazamos la oferta de la encargada de la Escuela de Artes y Oficios que insiste en que entremos a ver una exposición.  La dependienta de una librería le ofrece a Walser el libro más vendido provocando carcajadas con su elección y observamos cómo engulle tortilla de patata mientras tomamos una copa de vino. Hay señoras que saludan desde los balcones al ver pasar a la atenta comitiva, hombres que nos increpan sintiéndose ofendidos por nuestro repentino interés en su otrora privada conversación telefónica; hay niños, graffitis, perros, escaparates, viejitos con bastón que se mueven al mismo compás de nuestro anfitrión. Hay infinitos detalles con importancia que, por primera vez, dejan de pasar desapercibidos.

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¿Realidad o ficción? ¿Importa? | Foto: Clara Paolini / The Objective.

En la propuesta de la formamos parte lo planeado se mezcla con el azar y, durante el paseo, se entrelazan constantes y variaciones. No hay límite entre realidad y ficción porque El paseo con Robert Walser es algo así como una realidad ficcionada. De las más de 60 funciones que Feune y Caellas han llevado a cabo por todo el mundo, ninguna ha sido la misma. En todas, el texto es el mismo. En todas, se buscan de antemano los elementos que forman parte indispensable de la trama. En todas, Robert Walser es Esteban Feune luciendo el traje heredado de su abuelo, su bombín y su paraguas verde. Sin embargo, en ninguna el cielo era exactamente igual al de Madrid aquella tarde de octubre del 2017. En ninguna, Walser anotó la misma matrícula del coche que le impidió el paso en la Calle Divino Pastor. Nunca antes el camarero del bar de la esquina había disfrutado de la ópera que una cantante le ofreció desde el balcón durante su descanso.

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Esteban Feune de Colombi en su “Walser”. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Explica Esteban Feune que “pasear con Robert Walser tiene mucho de espontáneo, de intriga y de curiosidad. Es una especie de ciencia ficción invertida”. Los acompañantes, por supuesto, tampoco son nunca los mismos y cada cual descubre el entorno a su antojo, “porque uno va caminando por lugares que quizá ya conoce pero con una cadencia casi imperceptiblemente lenta, y eso hace que vayamos descubriendo un montón de cosas que están ahí, en la realidad, pero que solemos pasar por alto. Un árbol torcido, una tira colgando de un árbol, un caminito de hormigas… Cosas muy simples, que al mirarlas con cierta sensibilidad se resignifican y se convierten en algo con un valor poético muy grande. Eso es algo que se ve reflejado en general la obra de Walser como novelista y como cuentista. Es lo que también tratamos de hacer con esta propuesta”.

No sorprende escuchar a Marc Caellas comentar que se siente más cercano a Francis Alÿs, el artista de inspiración paseísitica por antonomasia, que a esos textos dramáticos llenos de acotaciones que considera horribles, donde el espacio para lo inesperado es ínfimo. Como hizo Alÿs en The Collector, paseando por México mientras recopilaba objetos, nuestro particular Robert Walser va acumulando números de teléfonos de anunciantes de pisos y cursos de los muros madrileños. O como hizo el artista belga al pasear su famoso bloque de hielo por las calles de México, el escritor reencarnado también arrastra a sus acompañantes sin un objetivo concreto. En su acción no hay un fin, sólo un proceso que se llena de sentido mientras desaparece al ejecutarse.

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“Algo absurdo, sí, pero este absurdo tiene una boca preciosa y sonríe.” Robert Walser. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Comenta Esteban Feune de Colombi quitándose la máscara del escritor: “Lo que uno aprende leyendo a Walser en general y El Paseo en particular es a permitirse mirar con otros ojos, que son en el fondo los mismos, a otro ritmo. Es un ritmo que uno ya lleva dentro pero que dejó de lado porque está apurado o porque no hay tiempo, y cuando se logra eso, ya es una conquista. Ya queda dentro de uno y empieza a mirar a lo Walser. Esa es la magia principal de El Paseo y tal vez de la obra”.

La forma de entender el mundo de Robert Walser siempre estuvo en peligro de extinción pero afortunadamente hay quien sigue sus pasos para reaprender la utilidad de lo “inútil” de una forma profunda, personal y activa que supera los consejos de Nuccio Ordine. Lo importante no es siempre lo urgente y es en el paseo y la deriva donde la existencia cobra al fin un sentido más allá de las lógicas impuestas. Caminar tiene un componente político, ya que significa negarse a ser domesticado. A fin de cuentas, es posible que esa libertad de pasear, mirar y descubrir insignificantes bellezas sea de las pocas que nos queden en este mar de prisa, pensamiento egocéntrico, obsesión por la productividad y notificaciones del whatsapp.

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Carles Puigdemont: candidato a la fuga

Redacción TO

Foto: YVES HERMAN
Reuters

El 9 de enero de 2016 todas las miradas se centraron en el todavía alcalde de Girona, Carles Puigdemont, cargo que ocupaba desde 2011. Era entonces un desconocido para el gran público. Llamó la atención su particular corte de pelo y su aspecto aniñado, estilo Harry Potter, a lo que se sumaron las dificultades que para algunos castellanohablantes presentaba pronunciar correctamente su apellido (Puchemon, Pujdemont…).

Considerado por algunos como un ‘hombre de paja’ de Artur Mas, nadie imaginaba lo lejos que llegaría, nadie pensó entonces que el alcalde nacido en 1962 en la localidad gerundense de Amer, acabaría volando por su cuenta – en sentido figurado pero, sobre todo, en stricto sensu – cuando un año y 10 meses después de ser elegido por Mas para sustituirlo como presidente de la Generalitat, salió de España a finales de octubre de 2017 vía Córcega, escondido en un coche, para acabar cogiendo un avión con destino a Bruselas. Una rocambolesca huida más propia de una película de aventuras de serie B que de un político del siglo XXI que, en vez de acudir a declarar ante la Audiencia Nacional por los presuntos delitos de rebelión, sedición y malversación, tiró por la calle de en medio junto a otros cuatro consellers cesados.

Casado y con dos hijas, antes de aterrizar en política, Carles Puigdemont ejerció como periodista. De ahí, sin duda, sus golpes de efecto a los que nos tiene acostumbrados y su control mediático que incluyen vetos a los medios españoles no afines al soberanismo y constantes apariciones en medios extranjeros. Licenciado en Filología, fue el primer director de la Agencia Catalana de Noticias, dependiente de la Generalitat – algo así como la agencia Efe catalana -, y dirigió el periódico Catalonya Today, medio de comunicación en inglés. Su primer trabajo como periodista, sin embargo, fue en diario catalán El Punt.

Antes de convertirse en presidente de Cataluña, antes de autoproclamarse “president en el exilio” tras ser cesado junto al resto del ejecutivo por el Gobierno de Mariano Rajoy al amparo del artículo 155, Carles Puigdemont era uno de los políticos más activos en Twitter. Desde que está en Bruselas deshojando la margarita para decidir si vuelve o no a España, es el político español con más seguidores en dicha red social con más de 611.000 seguidores.

A través de su perfil en Twitter sabemos de sus andanzas, de lo que opina sobre el procés, sobre el “tripartito furioso del 155” como llama a PP, PSOE y Cs, sobre la Unión Europea y la falta de comprensión que ha tenido en los países del bloque el  independentismo catalán, la justicia española, los consellers encarcelados, y muchos otros temas de actualidad; pero seguimos sin saber qué hará el 21 de diciembre, si viajará a Cataluña para votar o lo hará por correo y si acudirá después de las elecciones a recoger su acta de diputado cuando se constituya el nuevo Parlament. Sólo ha sugerido que si es “elegido presidente de la Generalitat” correrá el riesgo de volver a pisar suelo español para asumir el cargo y ejercer el mandato de los ciudadanos. El riesgo al que se refiere es la detención que pesa sobre él en cuanto entre España, según él, por sus ideas; según la Fiscalía, por “violar” la Constitución.

Convertido en símbolo de la lucha por la independencia para muchos, lo cierto es que el cabeza de lista de Junts per Catalunya (JxCAT) – nueva modalidad de Junts pel Sí de los comicios del 2015 pero sin ERC – para las elecciones del 21 de diciembre, formaba parte del ala más independentista de la ya desaparecida Convergencia Democrática de Cataluña (CDC). Partido éste que junto a Unió Demócratica de Cataluña (UDC) gobernó durante más de 20 años – de 1980 a 2003 – la comunidad catalana bajo la fórmula de CiU; el mismo partido que dirigió Jordi Pujol, el mismo partido que pasó a manos de Artur Mas y que los casos de corrupción llevaron a sus dirigentes a disolver en 2016 para evitar ser embargados por la justicia, pasando a denominarse Partido Europeo Demócrata Catalán (PEdCAT).

No deben extrañar, por tanto, las encendidas declaraciones de Puigdemont una vez encumbrado en la presidencia del gobierno catalán y que se han sucedido bajo el manto del ‘procés’ durante este año 2017. Declaraciones que han ido subiendo de tono una vez declarada la independencia de Cataluña y, sobre todo, tras su fuga a finales de octubre.

Campaña a través del plasma

En una de las elecciones más trascendentales para el futuro de Cataluña, los ciudadanos asisten también a una campaña sin precedentes, con todo un expresidente y candidato a la Generalitat perseguido por la justicia que participa en los mítines a través de videoconferencia a cientos de kilómetros de Cataluña, y con otro cabeza de lista en prisión, como es el caso del líder de ERC, Oriol Junqueras.

Puigdemont, a través del plasma y, por supuesto desde su cuenta oficial de Twitter, habla de “violencia” del Estado “represor” cuando se dirige al Gobierno de Mariano Rajoy; anima a quienes están en la cárcel – el exvicepresidente Oriol Junqueras, el exconseller de Interior, Joaquim Forn, y los ‘Jordis’ – a aguantar mientras él interviene por videoconferencia en los actos de campaña de JxCAT, mientras hace turismo – se le ha fotografiado paseando por Bruselas, visitando Brujas… – y victimiza su situación de “exiliado”.

Siendo alcalde, Puigdemont presidió la Asociación de Municipios por la Independencia (AMI), la misma organización que apoyó la celebración del referéndum del 1 de octubre convocado por él ya como president de la Generalitat, así como las movilizaciones a favor de la autodeterminación o el viaje de más de 200 alcaldes soberanistas a Bruselas como muestra de apoyo al que consideran adalid del independentismo, instalado en Bruselas desde finales de octubre junto a otros cuatro exconsellers.

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En torno a 200 alcaldes independentistas viajaron a Bruselas para apoyar a Puigdemont y los cuatros exconsellers el 7 de noviembre. | Foto: Pascal Rossignol / Reuters

Puigdemont, que ha sido diputado del Parlament desde 2006, fue también director de la Casa de Cultura de Girona entre 2002 y 2004 y ha hecho sus pinitos como escritor con la publicación en 1994 del libro en catalán ‘Cata…què? Catalunya vista per la premsa internacional’, además de ser colaborador habitual de medios catalanes.

Su defensa de la lengua catalana viene de lejos, hasta el punto de que fue miembro de la Joventut Nacionalista de Catalunya, de la Crida a la Solidaritat en Defensa de la Llengua, la Cultura i la Nació Catalanes. Su defensa de una república catalana no es tampoco algo nuevo y quizá por eso Artur Mas pensó en él cuando buscó un sustituto que siguiera sus pasos hacia la independencia en el marco de lo que muchos ya califican como el gran delirio de los soberanistas catalanes.

Delirio o no, Puigdemont y los suyos sí han conseguido varias cosas: movilizar a los que, como ellos, están convencidos de que una República de Cataluña independiente es posible; pero también han sacado a la calle a esa otra parte de la población hasta hace poco silenciosa que quiere que Cataluña siga siendo una Comunidad Autónoma de España y que ha logrado casi un milagro al unir a PP, PSOE y Ciudadanos en torno a una misma causa, la defensa de la Constitución. Puigdemont y los suyos han dividido a la sociedad catalana, una fractura originada por la crisis institucional y política más grave de España desde que se restableció la democracia tras la muerte de Franco en 1975.

Un hito, sin duda, para quien se ha autoproclamado “president en el exilio” aunque para muchos sólo sea un candidato a la fuga.

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El país más tonto del mundo

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters

A falta de instrumentos de análisis muy pero que muy precisos, a falta de datos fiables de la máxima fiabilidad, no podemos estar seguros a ciencia cierta de cuál es el país más tonto del mundo, y de hecho hay una fuerte competencia entre varios para alzarse con ese discutible blasón. ¿Venezuela, que era un país de inmensa riqueza, pero votó como presidente a un militar golpista que lo ha llevado por el camino de perdición? ¿Eslovenia, o Croacia, que formando parte de un gran país en el sur europeo prefirieron librar unas cuantas guerras para convertirse en menudencias en el mapa? ¿O… España?

A quienes sostienen que el país más tonto es España, las noticias de ayer les brindaron un nuevo argumento: trascendió que un cuerpo de seguridad del Estado -los Mossos d’Esquadra- ha estado trabajando con diligencia en sabotear los intentos de espionaje de otro cuerpo de Seguridad del Estado -la Guardia Civil- a unos presuntos delincuentes de cuello blanco. Es decir, que unos funcionarios se han dedicado a combatir las iniciativas de otros funcionarios, a desactivarlas, a hacer estéril su trabajo. Hombre, esto es muy tonto, porque al final el que paga a mossos y guardias es el mismo: el contribuyente.

Nos encontramos aquí con la actualización, en clave de vodevil, del personaje de Penélope: la esposa de Ulises que destejía durante la noche lo que había estado tejiendo durante el día, y esto durante veinte años, hasta que por fin volvió el marido de la guerra de Troya poniendo fin a tan absurda y nula actividad que sólo perseguía un objetivo: que fuese pasando el tiempo.

Pero también nos recuerda a la figura del demente que anda por la calle dándose bofetadas en su propia mejilla.

El despilfarro increíble de un Estado que financia, en primer lugar, a unos organismos e instituciones -la Generalitat- que no invierten todo su tiempo y parte de su presupuesto en mejorar la vida de los ciudadanos de ese Estado sino en destruirlo; y luego poner a la Guardia Civil a vigilar esas instituciones; y luego encima financia a los mossos para que hagan inútil esa vigilancia ¿no es pagar tres veces por la misma tontería, con resultado cero?

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Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad”

Saioa Camarzana

Foto: Okuda
Okuda

El artista urbano Óscar San Miguel, conocido como Okuda, sigue vistiendo edificios e iglesias con sus geometrías multicolor. Sus últimos trabajos han sido, sin embargo, en formato pequeño y en forma de joya. Ha lanzado, junto a la firma Suárez, una colección de anillos, un cambio de registro y lenguaje que siempre sienta bien. Pero no abandona los grandes proyectos que le llevan a diferentes países del mundo.

Para 2018 tiene ya cerradas cuatro exposiciones individuales en México, Manila, San Francisco y Sevilla y es casi seguro que se le pueda ver en un festival de arte público en Boston. Para este proyecto vuelve a cambiar de lenguaje para llevar sus figuras animales y humanas a esculturas. Okuda en 3D, se podría decir. Como el proyecto que le lleva a las Fallas de Valencia. Sí, una escultura de 30 metros de altura será la falla central de las fiestas.

El artista ya está inmerso en viajes a la ciudad para idear su proyecto que, como todos ese día, será dinamitado. No sabe cómo será ver su obra destruida de esa manera pero antes de todo esto a Okuda se le podrá ver en la feria ArtMadrid el próximo mes de febrero donde, como artista invitado, realizará una obra de 5×3 de dimensión.

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Okuda junto a una de sus obras | Imagen concedida por el artista

Cuando abordas un nuevo proyecto, ¿cuáles son tus principales fuentes de inspiración?

Me inspiro en lo que vivo cada día y necesito música pero lo que más me inspiran son los viajes. Casi cada semana cambio de país y durante ese tiempo genero nuevos proyectos porque estás metido de manera constante en la creación y resulta desafiante.

Cuando viajas a un país para realizar un proyecto, ¿adaptas tu obra al sitio con las influencias de allí?

Mi obra tiene mucha relación con culturas ancestrales o indígenas de México, África, Asia e India sobre todo. No es que sean cosas exactas pero tienen más relación con ellas que con el street art o el arte moderno.

Tengo entendido que empezaste a pintar letras en edificios abandonados. ¿Cómo fueron esos inicios? ¿Tuviste algún percance con la policía local?

El hecho de pintar en fábricas abandonadas era precisamente para no tener problemas y no he tenido grandes problemas porque esos sitios, entre comillas, no son de nadie. Pero sí recuerdo alguna vez cuando era pequeño pero nada remarcable.

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Iglesia Santa Bárbara en Asturias transformada por Okuda | Foto: El Chino Po

Resulta curioso que de pintar de manera clandestina en edificios abandonados terminaras pintando la iglesia de Santa Bárbara, en Asturias. ¿Cómo surgió ese proyecto?

Normalmente para este tipo de proyectos me llaman pero este fue al revés. Vi una foto de la iglesia con las cúpulas arriba y las rampas en forma circular abajo y vi una simetría perfecta. Al ver las rampas pensé que se estaba haciendo algo así que me puse en contacto con los chicos que gestionaban el espacio por medio de un amigo en común. Allí conocían mi trabajo y me dieron vía libre para pintarla así que primero hicimos un crowdfunding y luego se unió Red Bull, Montana, etc.

El resultado, sin duda, es espectacular y además originó nuevos proyectos de este tipo. Cuéntanos a dónde te ha llevado este proyecto.

Ese fue el punto de inflexión de mi carrera porque a partir de ahí surgieron otros proyectos y dos iglesias más. Una en Marruecos, que estaba abandonada y me pidieron que la pintara por fuera. Cuando acabé la gente empezó a acercarse para hacerse fotos y ahora es un sitio cool del pueblo. Para mí detrás de todo esto está la idea de cómo el arte rompe fronteras religiosas y culturales. Eso es lo que me interesa.

Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad”
Mural de Okuda en Hamburgo | Foto: Stefan Groenveld

También te han llamado para pintar un castillo en París. ¿Te proponen muchos proyectos de este tipo?

A partir de la iglesia las propuestas que me llegan son de intervenir en edificios clásicos y con mi pintura multicolor el contraste es genial. Me gusta ver formas en la arquitectura y dejarme llevar por ello. Hago calaveras grandes usando las ventanas como ojos. Es interesante mezclar mi iconografía con arquitectura clásica.

¿Cuánto tiempo te lleva realizar este tipo de trabajos?

Los interiores y los techos llevan más tiempo pero con la ayuda de mis asistentes no más de 7 días. El de Asturias nos llevó siete y el de Marruecos cuatro o cinco. En Denver, sin embargo, no pudimos meter las grúas porque había escaleras y era un segundo piso. Tuvimos que hacerlo con andamios, que .es más costoso porque tienes que bajar para ver las dimensiones, que esté todo bien marcado, etc pero fueron otros cinco o seis días.

De pintar letras en la calle tu obra ha pasado a estar dominada por los colores vivos y las formas geométricas. ¿En qué momento se vuelve esta tu marca y qué significan para ti?

Llevo pintando 20 años pintando por lo que no fue algo de golpe. En el estudio llevaba tiempo haciendo trabajos de surrealismo clásico a nivel de degradados, con paisajes grises y letras en la calle desde 2005. Casi siempre las geometrizaba. De repente Okuda eran rombos, círculos y triángulos. Decidí mezclar ambas cosas, el estilo del estudio con el de la calle así que empecé a hacer más geometría en la calle. Estos cuerpos grises sin cabeza deambulaban en arquitecturas efímeras que hacía en los cuadros y poco a poco apliqué el lenguaje geométrico a las figuras humanas y animales. Lo que simbolizan esas formas geométricas y multicolor en una figura humana son todas las razas que existen, la igualdad, la multiculturalidad. Son conceptos que me gusta tratar en mi obra.

Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad” 1
Okuda en su taller de trabajo | Imagen cedida por el artista

Hay a quien tu obra le puede resultar llamativa y atractiva por sus colores y formas. Pero hay más profundidad en ella. ¿Qué es lo primordial en el arte?

El arte te tiene que enamorar. Hay muchas corrientes como el arte conceptual, que te puede llegar pero lo primero es que te diga algo a través de la imagen. Aunque luego te cuenten la historia que hay detrás y sea genial pero para mí es la primera impresión la que te tiene que enamorar. Hay cuadros que no son tan fáciles de entender pero esa primera impresión, que es el positivismo, el color y la energía creo que llega a todos. Luego, dependiendo de lo que cada uno haya vivido, se interpretan unas cosas u otras: la naturaleza, el radicalismo, libertad. Lo más importante además del flechazo es tener una identidad única, que se vea  una obra y se sepa que es un Picasso. Eso es lo complicado. Tienes que buscar tu camino sin etiquetas, que a mí no me interesan y así es como, creo, se hace un camino único y personal.

En ocasiones se te ha calificado de graffitero pero creo que tu obra más allá de dibujos en una pared. ¿Qué diferencia a un graffitero de un artista urbano?

El arte urbano es cualquier manifestación artística en el espacio público y un graffitero es quien pertenece al graffiti que, sobre todo, se basa en hacer letras o iconos. Yo pintaba letras pero con composiciones que han desembocado en los cuadros. Ahora ya no necesito hacer letras porque la identidad está por encima de las palabras.

Poco a poco, en España con artistas como tú o como el colectivo Boa Mistura, el arte urbano se empieza a ver de otro modo, la gente está entrando en él y deja de verse como vandalismo. ¿En qué momento empieza a cambiar?

Depende del país porque en Ucrania llevan años pintando edificios. En parte porque en la época de Stalin se hacían edificios de 25 pisos y una o dos caras se dejaban sin ventanas. Esos edificios piden a gritos un poco de color. En Barcelona hubo un gran boom hacia los años 2000, aunque ahora ha retrocedido. Creo que actualmente se ha mediatizado y todo tipo de gente conoce mi trabajo. Hay proyectos que he hecho que pueden interesar no solo a quien le gusta el arte, como por ejemplo la estación de Paco de Lucía o la intervención en la plaza de toros. Este tipo de acciones normalizan el arte urbano y es normal porque todo lo que sea positivizar el elemento gris es bueno para todos y crecer con una obra de así puede llegar a repercutir en los niños que van al cole en esa determinada zona.

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“Metamorphosys of a Star”. Plaza intervenida en Tennesse, EUA. | Imagen cedida por el artista

Cada vez hay una mayor cantidad de galerías dedicadas a ello. ¿Cómo se da el salto de la calle a la galería?

Llevo desarrollando el trabajo en el estudio en paralelo a la calle cerca de 15 años. Lo que pasa es que he trabajado con galerías extranjeras, sobre todo de Estados Unidos porque el coleccionismo del tipo de arte que hago allí funciona muy bien. Llevo varios años asistiendo a Scope y Contest que son las ferias paralelas a Art Basel en Miami y Basilea. Ahora parece que está llegando aquí pero fuera este movimiento es popular desde hace tiempo.

En ocasiones hay ferias paralelas que resultan más interesantes que las matrices que han dado lugar a ellas. ¿Qué opinas?

Creo que hay cosas muy interesantes dentro del arte contemporáneo, no solo el street art sino la ilustración contemporánea, por ejemplo. En ARCO, por ejemplo, ha habido un cambio pero en los últimos años. Antes no me sentía partícipe de ese punto de vista de arte contemporáneo. Esas ferias más pequeñas a veces tienen cosas más interesante. En Miami Scope mola mucho y casi todos nos conocemos de haber trabajado juntos.

¿Una de las razones puede ser por el hecho de que sean más accesibles?

Creo que es porque plantean algo diferente, una parte más joven del arte contemporáneo y no solo cerrado a los nombres que ya venden. No hay que olvidar que una cosa es el arte y otra el mercado del arte. Las grandes ferias venden producto y las pequeñas ambas cosas. Además, creo que en las ferias grandes no hay tanta apuesta por artistas diferentes.

Has viajado por muchísimos países y en todos ellos has dejado tu marca. ¿En qué país te gustaría ver tu obra?

Tenía muchas ganas de trabajar en Filipinas y hace poco recibí un email en el que me proponían hacer una exposición individual en Manila. Hay muchos países donde ir pero me apetece volver a Mali, a Sudáfrica, a Cabo Verde y me apetece por la retroalimentación cultural que me llevo de allí. Pero además de esto y de hacer macroproyectos de mucho presupuesto también me gusta combinarlo con dejar parte de mí en lugares como África, donde cuento con presupuesto cero pero lo que me llevo a nivel de sentimiento y experiencia es mayor. Me gusta estar en ese equilibrio.

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