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Julián López Belenguer: “Todas las banderas se sustentan sobre cadáveres”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 72 años y nací en Huesca. Llegué a Cataluña en 1978 y fui uno de los  cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC). Siempre he sido un obrero. Ser obrero significa trabajar con las manos. Más aún, pensar con las manos. Creo que la vida cotidiana está llena de poesía y mi reto es intentar plasmarlo en obras que surgen de lo que se tira, chatarra de hierro y aluminio, piedras inútiles de las canteras, maderas encontradas durante un paseo. Hasta una mísera seta seca que no sirve ni para hacer fuego sugiere algo si la realzas. Ahora creo arte con basura desde mi taller en Barcelona, e intercambio clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra civil para honrar su memoria.

¿Por qué dice que se siente usted un obrero curioso más que un artista?

Porque es lo que he sido toda mi vida. Pero cuando te jubilan te encuentras colgado, la sociedad te escupe, y yo aprendí a dibujar con grandes maestros, como Brunés y Miret.

Mi pasión son los objetos encontrados. Creo que la basura es arte y que el arte, además, debería ayudar a la gente. Encontrar, por ejemplo, tornillos en una vía abandonada o una seta seca de las que crecen en los árboles y darle forma o realzarla hasta que te identifiques con ella u otros lo hagan. Y es tan económico… Solo es cuestión de tener una idea y un poco de oficio. En realidad, todos podemos hacer arte y eso es lo que me parece más interesante.

Llevo tres años en este estudio a pie de calle y a veces entran vecinos y me dicen: “Pero si eso lo hago hasta yo”. Y contesto: “Efectivamente”, y les animo a que prueben.

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Belenguer en su estudio en Barcelona | Foto: Diana Rangel / The Objective

Así que hace pedagogía en la calle…

Animo a la gente a que lo intente. No pienso que necesites tener una idea previa para realizar una obra, puede surgir mientras trabajas. Es una suma de las experiencia de tus oficios, de lo que sientas en ese momento, de tus manos…

Manos de obrero.

Exacto. Y he tenido muchos oficios a lo largo de la vida: Trabajé en un taller de mecánica con torneros capaces de hacer una válvula de delicada precisión -¡ellos sí que eran artistas!-, luego en una imprenta, y congelando pescado en un frigorífico en el que se te helaban los huesos y no podías ni dormir por las noches, en una fundición de acero laminado, en una cadena de supermercados, en el metro de Barcelona y de mantenimiento de instalaciones eléctricas.

¿Cuál fue el más duro de todos?

Sin duda, la fundición. Ahí estuve trabajando pocos años, mediados de los setenta. Había muchos accidentes, muchísimos. Algunos mortales. Hace ya diez años, un paisano me dijo una vez que de los 350 obreros que trabajábamos en el tren de laminación solo quedaba vivo yo.

Recuerdo que cuando montamos la primera huelga por la libertad sindical, subido a un bidón para el llamamiento, los trabajadores tenían tanto miedo que ni jugaban a las cartas. La fábrica en silencio era terrorífica. Y ya se sabe que de todas las emociones la del miedo es la más fuerte. Se preguntaban: “¿Y esto para qué? ¿Qué estamos haciendo?”. Eso me impresionó. Hay que ser muy respetuoso cuando se moviliza a los compañeros. Una experiencia que enseña.

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Exterior del estudio de Julián López Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Y de sus experiencias políticas aprendió?

También. Empecé a militar en las Juventudes Obreras Cristianas (JOC), en Huesca, a los 12 años. Me leí todo lo que había en aquella biblioteca. Hasta que un jesuita se apiadó de mi y me dejó descubrir a Chejov y a Gorki. Años después, cuando trabajaba congelando pescado, alguien me dijo que llegaría a encargado porque único que sabía leer y escribir en aquella empresa

Toda la vida he peleado por los derechos de la clase obrera, en la JOC, en Comisiones Obreras -que dejé cuando decidieron pasar de movimiento a sindicato-, y desde las asociaciones vecinales, en UGT y en el Partido Socialista Aragonés, de corta vida. También fui uno de los cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC), uno de cientos cuyos nombres no han pasado a la historia, pero sin los cuales no se habría creado. Ya ves, de militante activista pasas a militante estribo y ahora somos militante ‘bulto’. Y eso que hubo momentos muy tensos… Estuve dos veces en la comisaría de Sol, en Madrid. Uno entraba allí y no sabía cuándo saldría ni cómo.

En sus obras hay un gran mensaje social. ¿Arte y política están relacionados?

Deberían estarlo más. Hoy el arte no tiene el mismo contenido social que tenía en los años ochenta con el Equipo Crónica. La única muestra verdadera de crítica radical a los esquemas que rigen la sociedad la tiene el grafitti. En Cataluña, los últimos cinco años se ha optado por un tipo de arte que enaltece unos valores determinados, lo que un clásico llamaría valores burgueses, que no facilita la autocrítica y dificulta avanzar hacia opciones más realistas y positivas.  

Estamos en tiempos de fe, creencias y un liberalismo exacerbado que ha contagiado mucha podredumbre.

“España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos”.

Empecé a buscar los materiales de desecho para mis obras porque se me quedó grabada una conversación que tuve de joven con un grupo de compañeros. Hablábamos de la alienación de la clase obrera y el mejor ejemplo que nos contaron era la historia de un hombre que trabajaba en Renfe dándole martillazos a las ruedas cuando un tren llegaba a la estación. Se jubiló y le preguntaron en qué consistía su trabajo y no lo sabía. ¿Te imaginas? Tantos años haciendo lo mismo sin saber por qué. Para mí esa es la expresión más gráfica y más dolorosa de la alienación de los trabajadores y de muchísima gente.

Algunas de mis obras son chistosas, como una escultura que representa las tabas a las que jugábamos de niños los de mi generación: podías salir a tu calle con una espada de madera, un balón o una bici, pero todos jugábamos a tabas, en eso éramos iguales. Otras obras, en cambio, tratan de expresar la situación social que vivimos.

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Su obra “La bandera” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Me encanta su escultura ‘La bandera’. Y no porque me gusten las banderas, ¿eh?

Yo tampoco soy patriota. Las banderas se sustentan sobre cadáveres, al menos así lo veo, y eso quise expresar en esta obra. Realicé ‘La bandera’ utilizando un pedazo de madera de roble de los que ya no quedan, envejecida y herida por el tiempo, quizás doscientos años; un hueso que encontré y una piedra cogida de una cantera. La piedra es mi material favorito, porque es fría pero cuando la trabajas da calor.

“Hoy en día hay obreros, pero no clase obrera. Habrá que reinventarla”

También creé otra obra con chatarra que titulé ‘La silla Bankia’ y tiene un pincho en el asiento, ¿lo ves? Esto es lo que pasa cuando vas al banco y te sientas. Y la escultura ‘Resistiré’, que es un pino quemado decorado con pintura plástica, porque, como todo el mundo en este país, estamos quemados pero vamos a resistir.

Usted lo ha dicho, estamos quemados.

Lo que le pasa a los políticos hoy es que no tienen la experiencia en negociación colectiva que tuvimos nosotros y en lugar de enfrentarse a los propios compañeros si es necesario, se tiran al precipicio. Nosotros vivimos momentos políticos y laborales muy duros, no nos tocó otra. Pero, entre otras cosas, aprendes que cuando te sientas con la patronal no solo negocias la plataforma elaborada en tu asamblea, sino que negocias también la plataforma de la patronal. A veces solo la de la patronal.

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Belenguer junto a “La silla de Bankia” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Tal vez lo que nos falte ahora sea memoria histórica. Y la voluntad de buscar, como hace usted.

España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos. Cuando estuve en Japón, en 2006, vi todos los nombres de las víctimas de la explosión nuclear en El Monumento de la Paz de Hiroshima y me emocionó mucho. Había miles de niños visitándolo y por el tamaño de las fiambreras deducías si pertenecían a una clase u otra, pero los ancianos les explicaban a todos lo que pasó. Claro que tienen una connotación distinta a lo nuestro.

En España todavía hay muchas fosas sin abrir, incluso muchos archivos públicos, y todo sigue oculto. Aún tenemos que escuchar groserías y maldades. El tiempo de la guerra ya finalizó, es hora de que se haga memoria y justicia con todas las víctimas. Es urgente señalar dignamente todas las fosas comunes.

Intercambia clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra. Cuénteme eso.

Con mi mujer estuvimos dos años buscando pistas sobre el paradero de su abuelo, que desapareció durante la guerra en el pueblecito de Anya, en Lérida. Levantamos con la colaboración de los vecinos un memorial recordando a los dos desparecidos del pueblo. Lo hice con piedras del entorno. Creo que es digno. A la inauguración acudieron tres generaciones. Se demostró que es posible recordar, reparar y hacerlo en paz.

Luego creamos con otros compañeros un libro virtual donde vamos apuntando los nombres de todas las víctimas de la guerra y ya tenemos más 149.000. Si tuviéramos más colaboración llegaríamos a los 350.000 nombres.

Se me ocurrió impartir clases de pintura gratis a cambio de que las personas añadiesen nuevos nombres de víctimas al libro. Todo lo hacemos los otros compañeros y yo por la recuperación de la memoria de las víctimas y porque para mucha gente significa restañar heridas, concordia y justicia social. Si ni siquiera consta tu nombre en ningún sitio es como si te hubieran matado dos veces.

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Parte del taller de Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿También el nombre de los caídos del bando nacional?

Hubo un debate al respecto, sobre todo porque los olvidados son los vencidos, pero al final decidimos que serían todas las víctimas.

En Cataluña quedan aún más de 300 fosas comunes sin abrir, pero la Generalitat únicamente tiene programado abrir doce. Solo son soldados, dicen. O sea que con tan poca sensibilidad, nunca acabaremos. Sin ir más lejos, debajo del pueblo de Anya, a la orilla del río Segre, hay una fosa común de víctimas de los dos bandos y tuvo que ser un ‘masover’ el que colocase una piedra para señalarla.

¿Cree que es posible transformar la sociedad igual que hizo usted con ese pino quemado?

Transformar la sociedad suena grandilocuente, pero los de abajo tienen esa obligación si no quieren ser devorados o convertidos en un neoproletariado, que hoy en día ya es muy numeroso. Pero ocurre que algunas herramientas, sindicatos, partidos y organizaciones de izquierda tienen las herramientas melladas.

Obreros hay, pero no hay clase obrera. Habrá que reiventarla, aunque solo sea para que la dialéctica, que es un motor, vuelva a funcionar.

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El Paseo de Robert Walser: Cómo mirar para aprender a ver

Clara Paolini

Foto: Clara Paolini
The Objective

Llega a Madrid ‘El Paseo de Robert Walser’, una propuesta de literatura viva, de teatro de calle, caminado, caminante… Un site specific entre la deriva situacionista y  curso intensivo de aprendizaje flâneur. Dentro del ciclo Teatro Raro organizado por CiudaDistrito, el singular escritor suizo, reencarnado en el actor Esteban Feune de Colombi e impulsado por la dirección del polifacético creador barcelonés Marc Caellas, recorre las calles de la capital.

 

La prisa, el pensamiento egocéntrico, la obsesión por la productividad y las notificaciones del whatsapp han provocado una epidemia de ceguera. Caminar con la mirada atenta se ha vuelto raro. Observar la vida que fluye alrededor de nuestra individualista burbuja es un acto insólito. Pasear sin rumbo, pura extravagancia. A no ser que los elementos del contexto se interpongan en nuestra meta, no encontramos utilidad en “malgastar” nuestra atención en ellos. Miramos la ciudad pero no la vemos. Pocos parecen buscar la belleza en los detalles, y aún más extraño resulta quien consigue encontrarla, disfrutarla, compartirla.

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Un educadísimo y pausado Walser saluda a todos y cada uno de los asistentes al paseo. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Para qué disminuir el paso cuando lo urgente hace desaparecer lo verdaderamente importante. Por qué pasar las horas cazando lo estético y poético de la realidad, con lo fácil que es entretenerse con lo artificial servido en menú a la carta. Quién queda en este mundo que enseñe el arte perdido de sorprenderse con lo aparentemente anodino. La respuesta la tiene un hombre que vuelve de entre los muertos para recordarnos lo esencial: Robert Walser. Admirado por escritores como Kafka o Herman Hesse y reivindicado en nuestro tiempo por un buen puñado de mentes lúcidas (con Vila-Matas a la cabeza), el escritor suizo es una rara avis capaz trastocar las percepciones de quienes le descubren. Ya sea través de sus novelas y cuentos o, como en esta ocasión, conociéndole “en persona”, Walser supone un curativo hallazgo contra la anestesiante indiferencia.

La oportunidad de recorrer las calles de tu propia ciudad de la mano de uno de los autores más singulares del siglo XX no se presenta todos los días y sin duda, hay que aprovecharla. Un par de de días antes de los paseos que tendrán lugar en el barrio de Villaverde durante el fin de semana, Robert Walser acude a su cita cerca del metro de Noviciado, donde le esperamos 12 espectadores-acompañantes. Somos la audiencia un inusual experimento teatral, a punto de empezar el paseo. Se acerca por la calle San Bernardo el hombre del bombín vestido de traje, apoyando su cojera sobre un paraguas verde. Al llegar ante su público, Robert Walser ofrece un prolongado apretón de manos a cada uno de los asistentes mirándoles a los ojos fijamente. Con esto, el personaje deviene en persona y los espectadores, en cómplices.

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Una nube, una indiscreta conversación en un balcón o la práctica de una cantante de ópera. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Su caminar, rítmico y sosegado, se detiene en pausas periódicas. Mira hacia arriba, observando el cielo y las ignoradas superficies superiores de las fachadas. Mira al frente, diseccionando las conversaciones de los transeúntes que se cruzan a su paso. Mira al suelo, encontrando pequeños trozos de papel o los restos de un árbol talado, como un pequeño homenaje a vidas pasadas. Mira, en definitiva, la vida y nosotros con él. Para que la ciudad cobre vida basta con imitar sus ojos curiosos. Y para sumergirse en el camino, es suficiente escuchar sus lúcidas diatribas: Walser critica la superficialidad y pone en duda el buen gusto frente a una peluquería, se queja de aquellos que le juzgan dirigiéndose a la cámara de seguridad de un banco, mientras espera el semáforo desprecia a los ocupantes de los coches, opina que las nubes hacen el cielo más humano, se posiciona contra la extendida necesidad de consumo, verbaliza ensoñaciones mirando una bonita casa en la que le gustaría vivir…

Le seguimos en fila india a través de una tienda de todo a cien ante la atónita mirada de la dependienta asiática, descubrimos el espectáculo improvisado de dos acróbatas sobre un monociclo en la Plaza del 2 de Mayo, rechazamos la oferta de la encargada de la Escuela de Artes y Oficios que insiste en que entremos a ver una exposición.  La dependienta de una librería le ofrece a Walser el libro más vendido provocando carcajadas con su elección y observamos cómo engulle tortilla de patata mientras tomamos una copa de vino. Hay señoras que saludan desde los balcones al ver pasar a la atenta comitiva, hombres que nos increpan sintiéndose ofendidos por nuestro repentino interés en su otrora privada conversación telefónica; hay niños, graffitis, perros, escaparates, viejitos con bastón que se mueven al mismo compás de nuestro anfitrión. Hay infinitos detalles con importancia que, por primera vez, dejan de pasar desapercibidos.

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¿Realidad o ficción? ¿Importa? | Foto: Clara Paolini / The Objective.

En la propuesta de la formamos parte lo planeado se mezcla con el azar y, durante el paseo, se entrelazan constantes y variaciones. No hay límite entre realidad y ficción porque El paseo con Robert Walser es algo así como una realidad ficcionada. De las más de 60 funciones que Feune y Caellas han llevado a cabo por todo el mundo, ninguna ha sido la misma. En todas, el texto es el mismo. En todas, se buscan de antemano los elementos que forman parte indispensable de la trama. En todas, Robert Walser es Esteban Feune luciendo el traje heredado de su abuelo, su bombín y su paraguas verde. Sin embargo, en ninguna el cielo era exactamente igual al de Madrid aquella tarde de octubre del 2017. En ninguna, Walser anotó la misma matrícula del coche que le impidió el paso en la Calle Divino Pastor. Nunca antes el camarero del bar de la esquina había disfrutado de la ópera que una cantante le ofreció desde el balcón durante su descanso.

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Esteban Feune de Colombi en su “Walser”. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Explica Esteban Feune que “pasear con Robert Walser tiene mucho de espontáneo, de intriga y de curiosidad. Es una especie de ciencia ficción invertida”. Los acompañantes, por supuesto, tampoco son nunca los mismos y cada cual descubre el entorno a su antojo, “porque uno va caminando por lugares que quizá ya conoce pero con una cadencia casi imperceptiblemente lenta, y eso hace que vayamos descubriendo un montón de cosas que están ahí, en la realidad, pero que solemos pasar por alto. Un árbol torcido, una tira colgando de un árbol, un caminito de hormigas… Cosas muy simples, que al mirarlas con cierta sensibilidad se resignifican y se convierten en algo con un valor poético muy grande. Eso es algo que se ve reflejado en general la obra de Walser como novelista y como cuentista. Es lo que también tratamos de hacer con esta propuesta”.

No sorprende escuchar a Marc Caellas comentar que se siente más cercano a Francis Alÿs, el artista de inspiración paseísitica por antonomasia, que a esos textos dramáticos llenos de acotaciones que considera horribles, donde el espacio para lo inesperado es ínfimo. Como hizo Alÿs en The Collector, paseando por México mientras recopilaba objetos, nuestro particular Robert Walser va acumulando números de teléfonos de anunciantes de pisos y cursos de los muros madrileños. O como hizo el artista belga al pasear su famoso bloque de hielo por las calles de México, el escritor reencarnado también arrastra a sus acompañantes sin un objetivo concreto. En su acción no hay un fin, sólo un proceso que se llena de sentido mientras desaparece al ejecutarse.

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“Algo absurdo, sí, pero este absurdo tiene una boca preciosa y sonríe.” Robert Walser. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

Comenta Esteban Feune de Colombi quitándose la máscara del escritor: “Lo que uno aprende leyendo a Walser en general y El Paseo en particular es a permitirse mirar con otros ojos, que son en el fondo los mismos, a otro ritmo. Es un ritmo que uno ya lleva dentro pero que dejó de lado porque está apurado o porque no hay tiempo, y cuando se logra eso, ya es una conquista. Ya queda dentro de uno y empieza a mirar a lo Walser. Esa es la magia principal de El Paseo y tal vez de la obra”.

La forma de entender el mundo de Robert Walser siempre estuvo en peligro de extinción pero afortunadamente hay quien sigue sus pasos para reaprender la utilidad de lo “inútil” de una forma profunda, personal y activa que supera los consejos de Nuccio Ordine. Lo importante no es siempre lo urgente y es en el paseo y la deriva donde la existencia cobra al fin un sentido más allá de las lógicas impuestas. Caminar tiene un componente político, ya que significa negarse a ser domesticado. A fin de cuentas, es posible que esa libertad de pasear, mirar y descubrir insignificantes bellezas sea de las pocas que nos queden en este mar de prisa, pensamiento egocéntrico, obsesión por la productividad y notificaciones del whatsapp.

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¿Por qué el metro de Madrid circula por la izquierda?

Redacción TO

Foto: Victor R. Caivano
AP

La sorpresa es común en el turista o en el recién llegado a Madrid. ¿Por qué el metro circula por la izquierda? Existen dos teorías principales.

La primera apunta a los látigos como causa fundamental de esta característica del suburbano de la capital. En el momento de la inauguración de la primera línea del metro, el 17 de octubre de 1919, los coches en Madrid circulaban por la izquierda, ya que los conductores de los carruajes llevaban las riendas de los caballos con la mano izquierda y los látigos para fustigarlos con la derecha. Por eso, para no darle un latigazo accidental a un peatón en la cara, se estableció que estos vehículos viajaran por el carril izquierdo. En consecuencia, el metro imitó esta característica y se decidió que el suburbano circulara por la izquierda. Posteriormente, cuando se estableció legalmente que el sentido de la circulación de los coches en la superficie sería el derecho, resultaba demasiado caro volver a señalizar toda la red del metro, así que la cosa se quedó como estaba.

Otra teoría tiene su epicentro en el Reino Unido. Según esta hipótesis, las infraestructuras del suburbano de la capital se compraron y se diseñaron imitando las inglesas, donde ya estaba establecido el carril izquierdo como norma de circulación, así que este sistema se importó a Madrid.

En la superficie, Madrid también circuló inicialmente por la izquierda. Pero no era así en otras ciudades españolas, como Barcelona, que siempre ha circulado por la derecha. En 1924, Madrid cambió su normativa y la circulación pasó a tener lugar por el carril derecho. No obstante, no fue hasta los años 30 del siglo pasado cuando se adoptaron normas nacionales que equipararan la circulación del tráfico en todo el territorio español.

Y el caso de los trenes no es el único en el metro de Madrid. Muchas de las escaleras mecánicas del suburbano de la capital circulan por la izquierda, pero en este punto el caos es mayor, ya que no todas lo hacen. Es decir, si uno ve un par de escaleras mecánicas en el metro, ha de prestar atención al sentido en el que circulan antes de subirse a ellas. E incluso una vez dentro de la escaleras, la dicotomía entre la izquierda y la derecha continúa: un viajero que desee quedarse parado y bajar o subir sin moverse, al ritmo de las propias escaleras mecánicas, debe arrimarse al lado derecho de las escaleras. Por contra, un viajero que tenga prisa y prefiera caminar por las escaleras mecánicas, debe hacerlo por el lado izquierdo.

Y la curiosidad del sentido de la circulación no es la única. La famosa estación fantasma de Chamberí también alimenta conversaciones entre los usuarios del metro, que diariamente cruzan una estación en la que nunca para el metro entre Iglesia y Bilbao. El motivo de que ya no esté operativa es la cantidad de usuarios que tiene el metro. Ante el aumento del uso del suburbano en los años 70, se decidió aumentar la capacidad de los trenes añadiéndoles más vagones. En consecuencia, hubo que ampliar todas las estaciones para que cupieran los nuevos trenes. La ampliación de la estación de Chamberí resultó imposible y Metro de Madrid decidió clausurarla. Eso sí, hoy sigue operativa como museo y como curiosidad histórica de la ciudad.

Continúa leyendo: Forges, medio siglo de historia a través de sus viñetas

Forges, medio siglo de historia a través de sus viñetas

Redacción TO

Foto: Juan Carlos Hidalgo
EFE

La muerte del humorista gráfico Antonio Fraguas ‘Forges’ ha conmocionado a España. Durante 50 años, Forges, que ha fallecido a los 76 años, llegó a varias generaciones a través de sus viñetas. En ellas, sus peculiares personajes de gran nariz y ojos saltones protagonizan escenas de la vida política y cotidiana, mostrando un retrato verdaderamente original de la sociedad española.

Las redes se han llenado tras su muerte de sus famosas viñetas, con las que consiguió, siguiendo el consejo de su padre, “ser un dibujante original”. “Que se reconozca un dibujo tuyo a quince metros”, le dijo su padre, y así lo hizo Forges.

Desde los episodios políticos más relevantes de la historia de España hasta situaciones cotidianas, que también evolucionaron con la sociedad, Forges retrató durante gran parte de su vida el país a través del humor y la crítica. En los últimos meses, Cataluña ocupó, como en la mayoría de medios de comunicación, una gran cantidad de viñetas del dibujante.

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Una de las viñetas de Forges, dedicada a Marta Rovira, la número dos de ERC. | Foto: Forges/ Twitter
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La situación de Puigdemont en Bruselas, retratada por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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El 155, otro de los protagonistas de las viñetas. | Foto: Forges/ Twitter

Pero tampoco se olvidó de retratar en sus viñetas, con un toque de denuncia social, otras situaciones políticas que preocupan a los ciudadanos.

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Forges critica la ley hipotecaria, como siempre, a través del humor. | Foto: Forges/ Twitter
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El dibujante recuerda que no todo es Cataluña. | Foto: Forges/ Twitter

Pero, sobre todo, Forges fue capaz de hacer que numerosos españoles se sintieran identificados con sus personajes, las situaciones que describían y las preocupaciones que mostraban. A través del humor, el original dibujante logró retratar los pensamientos de un gran número de personas.

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Los modales y la educación son uno de los temas recurrentes en sus viñetas. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges critica el ‘cuñadismo’ en sus viñetas. | Foto: Twitter
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La economía también era uno de los temas retratados por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges muestra la situación de muchas mujeres en España. | Foto: Twitter

La sociedad ha avanzado mucho a lo largo de los años en numerosos aspectos, pero las viñetas de Forges demuestran que hay cosas que no cambian y que los ciudadanos siguen teniendo las mismas preocupaciones y carencias a pesar del paso del tiempo.

Ya en los años 80, Forges mostraba la preocupación social por la integración de España en Europa y, principalmente, por las consecuencias económicas que esto tendría.

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La situación económica de España tras su integración en Europa fue una gran preocupación. | Foto: Twitter

En 1995, publicaba su primera viñeta en El País, y retrataba una situación que bien podría referirse al año 2018.

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Forges, en 1995, retrataba situaciones que bien podrían ocurrir en 2018. | Foto: Twitter

Además, Forges también retrató los problemas internacionales que a menudo olvidamos y trató de recordar a través de sus viñetas que hay una parte del mundo que sobrevive a guerras, hambrunas y una gran pobreza.

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Las guerras y los refugiados aparecen retratados en muchas viñetas del dibujante. | Foto: Twitter
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Durante años, Forges recordó también los problemas que sufren otros países, especialmente en África. | Foto: Twitter
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El hambre, otra de las grandes retratadas en sus viñetas. | Foto: Twitter

Ahora la sociedad se despide de Forges, un gran dibujante que durante años logró sacar una sonrisa a los lectores de los diferentes diarios en los que publicó sus viñetas. Sus personajes y su humor quedarán en el recuerdo durante mucho tiempo y, con ellos, las sonrisas y reflexiones que provocaron en el momento de su publicación.

Continúa leyendo: Los 15 minutos ‘eternos’ de Andy Warhol

Los 15 minutos ‘eternos’ de Andy Warhol

Beatriz García

Foto: Fotograma de PBS

31 años después de la muerte del padre del Pop Art una cámara sigue emitiendo en ‘streaming’ desde su tumba las 24 horas del día. Así es la última broma involuntaria del primer instagrammer de la historia.

Cementerio de Pittsburgh. Vía Conversations with Andy.

Hizo de la fama un arte pero quiso que su lápida estuviese en blanco, sin ningún epitafio ni nombre; no entendía por qué al morir uno no se desvanecía y punto, y así lo dejó por escrito. Andy Warhol, el hombre que convirtió las galerías de arte en lineales de supermercado e inmortalizó el rostro de Marilyn, y el de Mao, e incluso las sopas de la marca Campbell, está enterrado en un sobrio cementerio católico a las afueras de Pittsburgh, su ciudad natal, junto a sus padres, una pareja de inmigrantes eslovacos que mantienen el apellido original del cineasta y pintor, Warhola, y que él acortó cuando llegó a Nueva York. Sobre su tumba hay al menos media docena de latas de sopa Campbell, flores, globos, cartas de admiradores… Sus devotos peregrinan hasta este lugar, que es el reverso del mítico estudio The Factory (no hay papel de estaño, ni espejos rotos, ni estrellas del porno poniéndose ciegas; solo silencio). No obstante, una cámara graba las 24 horas del día su tumba. La última broma involuntaria del primer instagrammer de la historia…

La idea fue de la artista Madelyn Roehrig, que en 2013 y como parte de un proyecto de investigación sobre la influencia de Andy Warhol en la actualidad, decidió monitorizar su eterno descanso, igual que él hiciera décadas antes en filmes como ‘Sleep’, donde grabó a un amigo durmiendo durante más de cinco horas (las que dura la película) o en ‘Empire’, ocho horas continuas de rascacielos de Nueva York que, como el ‘Ulises’ de Joyce, pocos han terminado.

También este fan del artista tuvo sus 15 minutos. ¿Diríais que los aprovechó? 

El día que murió Warhol, la madrugada de un 22 de febrero de 1987, a todo el mundo le cogió por sorpresa, menos al propio artista, claro. Y es que según comentan sus amigos, entre ellos el vicepresidente de Andy Warhol Enterprises Inc, Vincent Freemont, que dirigía por aquel entonces The Factory, “Andy tenía un sexto sentido sobre su propia mortalidad”. Lo prueban las 610 cápsulas del tiempo que creó durante sus últimos 13 años de vida y el Andy Museum de Pittsburgh se encargó de exhumar. No contienen nada extraordinario, no imagines recuerdos de infancia, pequeños tesoros o joyas; son recortes de periódico, piezas de arte que nunca llegó a vender (en los últimos años de su vida llegó a valorar alguna de sus obras en poco más de 9 dólares), correspondencia y fotografías de proyectos.

Vámonos a Bloomingsdale’s

Desde que en 1968 la escritora y activista feminista Valerie Solanas disparase al artista porque, presuntamente, él decidió rechazar un guión que Solanas había escrito y que era, a su juicio, demasiado escatológico, Warhol sufría graves problemas de salud y le aterrorizaban los hospitales. Y no es para menos. La bala le dañó nueve órganos, en la sala de emergencias del hospital lo dieron por muerto y aunque milagrosamente consiguió vivir, tenía que vestir un corsé y comía con dificultad. “Todo me parece un sueño. No sé si estoy realmente vivo o muerto”, declaró ese mismo año al New York Times. Estaba convencido de que si volvía a entrar en un quirófano no saldría de nuevo. No se equivocaba.

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“El mundo me fascina”, Andy Warhol. Vía Conversations with Andy.

Aquella oscura premonición le perseguía. De forma que cuando en enero de 1987, durante la inauguración de una exposición en Milán, empezó a sentir un terrible dolor abdominal y los médicos le comunicaron que debían extirparle la vesícula biliar, que estaba a punto de gangrenarse, rehusó ser operado. No obstante, aquella misma semana hizo algo extraño: guardó todos sus objetos de valor y su testamento en un lugar seguro de su mansión del Upper East Side de Manhattan y acudió al hospital bajo el seudónimo de Bob Robert. La cirugía se programó para el día siguiente y aunque salió de la sala de operaciones y poco después ya estaba haciendo sus habituales llamadas, falleció de un infarto esa misma madrugada. Tenía 58 años. No deja de ser irónico que a su padre, Andrew Warhola, lo operasen de la vesícula el mismo año en que nació Andy; es decir, el año en que “supuestamente” nació, porque también se dice de él que falsificó su fecha de nacimiento al llegar a Nueva York, cosa que no pudo hacer con la de su muerte.

“Aprendimos demasiado tarde que nadie debería ser operado en fin de semana”, se lamentaba Vincent Freemont en The Telegraph, convencido de que Andy Warhol, que llevaba al cuello un colgante con un cristal desde que sus amigos empezaron a morir a causa del VIH, desconfiaba tanto de la medicina tradicional que de haberse empecinado un poco más no habría muerto tan pronto. Tras su fallecimiento, sus admiradores lo despidieron con una conmemoración llena de glamour en la Quinta Avenida, pero su funeral fue tan sobrio como dejó escrito, porque el espíritu de la sociedad de consumo, el frívolo agitador de masas que resultó no serlo tanto (será que la muerte, o su cercanía, te vuelve introspectivo), era un devoto católico y lo único poco ortodoxo de su funeral fue que llevase puesto un traje de cachemira negro y una peluca rubio platino, o al menos así lo recoge la prensa.

Los 15 minutos ‘eternos’ de Andy Warhol 3
Últimas obras. Vía Guyhepner.com

Los críticos de arte señalan que sus últimas obras, y no solo las cápsulas del tiempo, preconizaban su final. O al menos lo mucho que le obsesionaba su futuro deceso, aunque llegase a decir que “la muerte es como ir a Bloominsgdale’s” (el emporio neoyorquino de la moda). Y en cierta manera, esta negrura se convirtió en un tema importante de sus trabajos, que fueron, a juicio del crítico Alastair Sooke, ridiculizados e ignorados y se vendían con dificultad o a un precio irrisorio. Dibujos en blanco y negro que incluyen la figurita de un Cristo por 9,98 dólares o una hamburguesa con una aureola; también sus pinturas anteriores donde aparecen sillas eléctricas, armas y cuchillos de cocina carentes de glamour mostraban la violencia de la Norteamérica contemporánea. Andy Warhol escribió: “La idea no es vivir para siempre, sino crear algo que sí lo hará”. Irónico, ¿verdad?

Si Pittsburgh no te queda de paso,  puedes ver a los fans de Warhol visitando su tumba en tiempo real AQUÍ.

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