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Kurt Cobain, la voz de una generación

Nerea Dolara

Esta semana el líder de Nirvana cumpliría 50 años. Su dramática muerte a los 27 años lo convirtió en un mártir del rock y en un hito pop.

De camino a la escuela en Aberdeen llevaba su lonchera de Snoopy. Su infancia estuvo marcada por el divorcio temprano de sus padres, sólo tenía nueve años, y su adolescencia por la sensación de ser inadecuado, por una relación difícil con su familia, por sus sueños de ser un gran músico (una vez le dijo a un amigo que se haría famoso y rico y luego se suicidaría (sic) como Jimi Hendrix) y por las letras y reflexiones que escribía en sus diarios. Luego, no mucho después, Kurt Cobain dejaría atrás todo lo que le molestó y todo lo que odiaba: lo establecido, las normas, lo normal. Su banda, Nirvana, se convertiría, a poco tiempo de su creación, en una revolución musical y él, el silencioso e introspectivo compositor de rock, en un mito pop que esta semana cumpliría 50 años.

Kurt Cobain con Nirvana
Foto de archivo via Flickr.

Es sabido por todos que Cobain no estaba muy a gusto con la fama o lo establecido. Tras vender 10 millones de discos seguía comiendo sus predilectos Mac & Cheese de Kraft, odiando las entrevistas, negándose a subir a limusinas y viviendo sin guardaespaldas. Además detestaba -con el tiempo tuvo que resignarse a no poder echarlos de los conciertos- a los seguidores de su banda que sentía como fraudes, a quienes no entendían su mensaje: chicos de fraternidad, deportistas agresivos, chicos populares a los que siempre odió y, directamente, fue claro en decir a homófobos, misóginos y xenófobos que no eran bienvenidos en sus presentaciones. Pero el éxito estaba ahí, en forma de dinero, un enjambre de ejecutivos de la discográficas, relaciones públicas y demás lamebotas, conciertos repletos de miles de personas y cada vez menos libertad. Porque como siempre dijo el punk para él era eso, libertad. Y eso, justamente eso, es lo que, paradójicamente, menos tenía.

Nirvana comenzó -tuvo otros nombres como Fecal Matter- temprano. Cobain obtuvo como regalo por su catorce cumpleaños una guitarra usada de parte de su tío y comenzó a practicar. Conoció, al poco tiempo a Krist Novoselic, y la banda nació. Sólo faltaba un batería y Chad Channing fue el elegido. Nirvana tocaba en fiestas en una universidad en Olympia, Washington. Y poco después la discográfica independiente Sub Pop Records financió su primer disco. Así nació Bleach. Corría 1989.

Joan Jett junto a Dave Grohl y Krist Novoselic de Nirvana luego de que la banda ingresó al Hall de la Fama del Rock and Roll Hall of Fame en abril de 2014 | Foto: Lucas Jackson / Reuters
Joan Jett junto a Dave Grohl y Krist Novoselic de Nirvana luego de que la banda ingresó al Hall de la Fama del Rock and Roll Hall of Fame en abril de 2014 | Foto: Lucas Jackson / Reuters

Al año siguiente, tras vender 35 mil copias, Nirvana (que despidió a Channing y a otros varios sustitutos, aceptó a Dave Grohl en la alineación hasta el fin de la banda) grabó nuevas canciones, incluida Smells Like Teen Spirit. Esta canción luego generaría malestar incluso físico en Cobain, que detestaba tocarla por lo famosa que se había hecho. Llegó a decir en una enrevista en Rolling Stone que no recordaba el solo de guitarra y que prefería salir del escenario a interpretarla (aunque continuaba haciéndolo de vez en cuando).

Con las nuevas canciones, y su nuevo batería, Nirvana consiguió un contrato con DGC. Los rockeros detestaban a las grandes discográficas, pero siempre defenderían que trabajaron con DGC para llegar a más personas. El resultado de esta unión fue Nevermind (1991). El éxito fue instantáneo y aplanador. Nirvana se hizo popular, omnipresente y símbolo de su tiempo. Cobain, mientras tanto, estaba cada vez más incómodo con la situación. Y su estómago comenzó a dejárselo claro. El cantante sufría de un dolor crónico que le impedía comer e incluso, a veces, hasta beber agua. Pero continuaba de gira. Y para calmar su desesperación recurrió a la heroína.

En ese tiempo Cobain conoció a Courtney Love, líder de Hole, y se casó con ella poco después. Esperaban un bebé. La prensa, obsesionada con el nuevo rock star, incluyó a la pareja en el reducido altar de las más míticas relaciones amorosas del rock. Allí estaban en atención y escrutinio junto a Yoko y John o Sid y Nancy. Pasaron dos años antes de que Nirvana estrenara su tercer disco, In Utero, y en ese tiempo Cobain sufrió varias sobredosis y fue detenido (y luego liberado) por una denuncia de abuso doméstico contra Love.

Cobain dejó las drogas y, en entrevistas, habló de estar más feliz y satisfecho, además de ya no sufrir de su dolor crónico… también habló de sentir cierto miedo por no tener alimento creativo una vez que su sufrimiento se había detenido. Cuando hizo esa afirmación a Rolling Stone también comentó no tener, en ese momento de la gira de In Utero, ninguna canción nueva.

La banda continuaba con su desacato general y su provocación. En su primera aparición en Saturday Night Live rompieron los instrumentos en televisión nacional y en los premios MTV Novoselic se golpeó a sí mismo con el bajo y la banda se burló de Axl Rose (enemigo declarado de Cobain). Cobain comenzaba a deslizarse por el camino de los estupefacientes de nuevo. Durante la gira mundial, en Roma, Love lo encontró inconsciente debido a una sobredosis de alcohol y Rophynol (luego se encontró una nota de suicidio). Desde ese momento todo fue en picado.La policía de Seattle visitó la casa de la pareja cuando Love llamó diciendo que Cobain se había encerrado en el baño con un arma. Siguió una intervención -Love estaba convencida de que Cobain estaba en un estado suicida y que su abuso de las drogas era peligroso- y el internamiento en un centro de desintoxicación. Cobain escapó tras varios días.

Portada de la revista Rolling Stone.
Portada de la revista Rolling Stone.

La noticia de que un cadáver se había encontrado en una de sus casas en Seattle llegó a las redacciones del mundo. Horas después se confirmaría. Kurt Cobain había muerto. Se había suicidado utilizando una escopeta. Tenía 27 años.
Cobain se convertiría en un mártir de la causa del rock (el álbum del MTV Unplugged grabado en 1993 salió a la venta tras su muerte y debutó como primero en las listas… vendió cinco millones de copias y ganó el Grammy), en un símbolo de un tiempo en que el grunge triunfó sobre una industria prefabricada y en que el pelo sucio, las letras de protesta y las voces desgarradoras llegaban más al público que las coreografías ensayadas y el playback. Su revolución no duraría mucho. Como todo ídolo de la contracultura, Cobain se convirtió en mercancía, en camisetas, pósters y leyendas urbanas.

Flores, velas y dibujos conmemorando el décimo aniversario de la muerte de Cobain en Viretta Park en Seattle, Washington el 5 de abril de 2004 | Foto: Anthoy Bolante / Reuters
Flores, velas y dibujos conmemorando el décimo aniversario de la muerte de Cobain en Viretta Park en Seattle, Washington el 5 de abril de 2004 | Foto: Anthoy Bolante / Reuters

Su vida se removió una y otra vez en libros, reportajes y películas. Hasta sus más íntimos diarios y dibujos salieron a la luz hace poco en un documental autorizado. Su reproducción animada puede verse en Guitar Hero 5. Mientras tanto la industria de la música domó a los rebeldes y parió una nueva camada de bandas con hits edulcorados. Cobain marcó un momento en la historia del rock y con su muerte ese momento, la voz de una generación insatisfecha y molesta, se apagó, entre jingles, coros pegadizos y mega conciertos.

Mi nombre es Nina Simone

Jorge Raya Pons

Foto: Ron Kroon
Wikimedia

Un periodista le preguntó a Nina Simone qué significaba para ella la idea de libertad. Nina, que tenía unos gestos muy dramáticos, en un sentido teatral, dijo que solo es una “sensación”. Luego mantuvo el silencio por unos instantes y respondió con otra pregunta: “¿Cómo le dices a alguien lo que es estar enamorado? ¿Cómo le explicas a alguien que nunca se enamoró qué sientes al estar enamorado?”.

Nunca entendimos a Nina, que arrastraba consigo la tristeza. Nina fue la reina del jazz, del blues, del soul. Pero mucho antes de aquello, antes incluso de llamarse Nina Simone, fue una niña que creció en Tryon, un pueblo pequeñito de Carolina del Norte donde la vía del tren separaba las casitas de los negros de la ciudad de los blancos. Eunice Waymon, así se llamaba, tenía tres años cuando comenzó a tocar el piano en la iglesia del pueblo, con todos esos hombres y mujeres cantando a Dios con los brazos en alto, y fue allí donde la descubrió una mujer anciana y blanca que pidió permiso a sus padres para darle clases de piano, convencida de su potencial. Fue esta señora quien le abrió un mundo con Bach, con Debussy, con Brahms. Le dijo y le repitió, para que no tuviera dudas, que algún día sería la mejor pianista de todas, y estuvo cerca de serlo.

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Nina Simone, 1969. | Foto: Gerrit De Bruin/Wikimedia

Porque Eunice, además de ser mujer, era negra, y no eran los mejores tiempos para serlo. El racismo estaba profundamente arraigado en el alma de los sureños blancos, tan recelosos. Eunice nunca pudo desprenderse de todo aquello, y la única etapa en la que se apartó ligeramente de la música no tuvo otro motivo que su implicación en la lucha por los derechos civiles de los negros. Era tal el grado de racismo, tan crudo, tan repugnante, que Eunice se lo recordó a su hija durante toda su infancia. Y esta, a su vez, repitió las palabras de su madre varios años después en una entrevista: “Me contó muchas veces que le decían que su nariz era demasiado grande, sus labios demasiado carnosos y su piel demasiado oscura”.

Eunice siguió intentando cumplir el sueño de ser la primera pianista clásica negra, y tantas veces como lo intentó encontró el fracaso. Ella siempre lo atribuyó al racismo, y esta es una circunstancia que nunca podrá demostrarse. Sin embargo, siguió con sus estudios de música y se mudó a Filadelfia junto a su familia en busca de un futuro mejor. Eran pobres y Eunice solo tenía sus manos para tocar el piano. Trabajó durante meses en un bar de noche y allí le ofrecieron poner la música, pero para ello no solo tenía que estar dispuesta a cantar, sino a hacerlo con cualquier género: jazz, soul, pop. Eunice no confiaba en ser una buena cantante, pero necesitaba el dinero y aceptó la oferta. En ese tiempo se esforzó por ocultar el origen del dinero a su madre, que jamás hubiera tolerado que procediera de esa música pagana, y Eunice Waymon no encontró otra solución que buscar un sobrenombre; así se convirtió en Nina Simone, y conservó esta identidad hasta su muerte.

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Nina Simone, junto a su hija Lisa, en 1965. | Foto: AP Photo

La vida de Nina fue miserable en cada una de sus etapas y la nostalgia fue consumiéndola lentamente con el tiempo, algo que se hizo cada vez más evidente. Si uno se dedica a pasar sus vídeos, a organizarlos cronológicamente, puede observar cómo esa sonrisa que iluminaba en los primeros años se fue apagando, acompañada por una mirada cada vez más perdida, al borde del derrumbe. Nina, en los 70 años que vivió, sufrió desengaños, rechazos, odio, violencia machista, depresiones; nunca le permitieron ser feliz y ella castigó del mismo modo a su hija, que solo conoció una madre angustiada y en guerra con el mundo.

Cuando a Nina le preguntaron aquel día por la libertad, reconoció finalmente haberla sentido por breves lapsos: “Un par de veces”, añadió, concentrando en una respuesta todo su espíritu. “Para mí la libertad es no tener miedo. Ojalá pudiera vivir así la mitad de mi vida”.

Nina murió un día como hoy de 2003, sola y en el olvido, mientras dormía en una ciudad balnearia en el sur de Francia.

Celtas Cortos: "Nos quedan muchas ganas de seguir haciendo música"

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

“20 de abril del 90, hola chata ¿cómo estás?, te sorprende que te escriba, tanto tiempo es normal…”. Así comienza una de las canciones más conocidas del mítico grupo de folk rock Celtas Cortos. Y es que somos muchos los integrantes de la generación Y, y parte de la Z los que hemos crecido escuchando esta y otras canciones como La senda del tiempo. Han pasado muchos años desde ese “20 de abril del 90”, pero no por ello Celtas Cortos ha dejado de tocar. El grupo, que cumple 30 años este 2017, sigue dando guerra sobre los escenarios y ha ofrecido este jueves por la noche un concierto en la Sala Joy Eslava de Madrid.

Allá por el año 87 sacaban su primer disco, Así es como suena: folk joven, que publicaban junto con los grupos de folk Ágora y Yedra. Han sido 30 años de cambios en los componentes de la banda, en la que se mantienen fieles el guitarra y vocalista Jesús Cifuentes, Cifu, y el encargado del saxo y los whistles, Goyo Yeves.  Uno de sus temas reza: “No. No nos podrán parar somos Celtas Cortos con ganas de luchar”. Y eso es precisamente lo que parece, en estos 30 años, nada les ha detenido y hoy es el día en el que nos reciben encima de un escenario para ofrecer un nuevo bolo a sus incondicionales fans y comenzar la gira de su nuevo disco In Crescendo, grabado en directo con la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Son ya casi dos millones de discos vendidos en toda su historia y más de 2.000 conciertos a sus espaldas.

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Alberto García en la prueba de sonido | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

Hablamos con Alberto García, que se incorporó al grupo en 1992 y que se encarga del violín y del trombón. Alberto lleva muchos años tocando el violín. Un cúmulo desafortunado de circunstancias en su vida no han sido suficientes para que abandonara la música; y es que con 31 años le diagnosticaron artritis psoriásica, una dolencia muy común que puede llegar a ser bastante invalidante dependiendo del grado de afección y del dolor que ésta provoque. Aún así, es el primero que se sube al escenario a dar lo mejor de sí mismo.

¿Qué ha cambiado en Celtas Cortos desde aquel 20 de abril del 90? 

Pues han cambiado muchas cosas. Los años te acaban abollando un poco la ingenuidad y la ilusión a borbotones que tienes cuando eres más joven, pero quedan muchas cosas de lo que era el grupo de entonces. Quedan muchas ganas de seguir haciendo música, canciones en común, que es el hilo conductor, es la esencia que nos mantiene juntos, aparte de una buena dosis de amistad. También han cambiado las vidas de todos, ya que la inmensa mayoría somos padres, y eso también va conformando la manera de estar en el grupo.

¿Cómo surgió el tema 20 de abril?

Bueno, eso fue una carta de amor que escribió Jesús (Cifuentes) a una destinataria y ahí se queda la cosa. Es algo anecdótico. Yo creo que la cuestión personal se puede obviar, es un desparramo de desamor hecho poesía y una manera de hacer música para nosotros, que es combinar una base más o menos rockera con una instrumentación más o menos folk. También fue una manera para nosotros de sentar las bases de como hacer música, aunque luego la hemos hecho de muchas otras maneras y mirando a muchos otros sitios.

30 años  sobre los escenarios ¿Tendremos Celtas para unos cuantos años más? 

Nosotros vamos a ir pasito a pasito y siempre hemos pensado que esto era una carrera de fondo y nos vamos planteando las etapas una a una. Ahora estamos pensando en la siguiente, que son unos ensayos en el mes de octubre, y no tardando demasiado hacer una grabación de eso. Hasta ese momento, cada uno va cocinando sus historias, grabando, proponiendo ideas que luego serán comunes. Eso es lo que tenemos ahora, aparte de acabar la gira enteros. La idea es tener un nuevo disco para el año que viene.

¿Qué hay de cierto en el origen de vuestro nombre?

Nuestro nombre tenía que ver con que muchos integrantes del grupo fumaban Celtas. Al haber Celtas largos y Celtas normales, la gente los llamaba ‘cortos’ y se aprovechó esa especie de complicidad con el público en general, ya que era un tabaco muy popular y tenía que ver mucho con lo que hacíamos musicalmente: usábamos la música celta, pero nos quedábamos cortos para hacer otro tipo de sonoridades, por lo que nos venía un poco como anillo al dedo.

 ¿Ya no se hace música como la de antes?

Yo creo que sí se hace música como la de antes, lo que pasa es que los canales para llegar al público han cambiado. Los mayoritarios se dedican algo más no se, es que la palabra “comercial” se queda corta; se dedican a lo básico, a llegar al público. Actualmente, por suerte, los canales de difusión de la música han cambiado y están prácticamente al alcance de cada uno de nosotros; otra cosa es saber cómo ofrecerte, ser un poco culebrilla para llegar a donde quieres llegar, dar mucho la tabarra y creértelo mucho.

 ¿Qué papel juega la tecnología?

La tecnología ha influido para mal y para bien, ha abaratado muchas cosas que tienen mucho valor, pero también ha abaratado, precisamente, la posibilidad de ser tu propio gestor y productor de tu música. Puedes ser un ente completamente autónomo.  Desde que la idea surge en tu cabeza, hasta que se estrella en el mejor de los sitios.  Esto es un arma de doble filo, hay que saber manejarla y no cortarse.

 ¿Qué decir del trabajo de Celtas Cortos?

Nosotros procuramos tener una coherencia con lo que a nosotros nos gusta, con lo que realmente hemos hecho, y con lo que consideramos que es digno para que el público lo escuche. No obstante, supongo que hay gente que en la música ve algo más aparte de lo puramente artístico y da más prioridad a la parte de mercadería de la música. Creo que en hacer girar todo al mismo tipo de música en todas las cadenas de radio, hay mucho de interés puramente comercial. Nosotros intentamos mantener por lo menos una buena dosis de interés por lo puramente artístico y lo que realmente a nosotros nos conmueve por dentro.

Aparte de Celtas Cortos, ¿Qué escucha Alberto? 

Pues escucho infinidad de cosas. Lo último que he escuchado con un poco de atención es un grupo que se llama Punch Brothers, que tienen violín, mandolina, banjo, contrabajo, guitarra y su vocalista canta muy bien el tío. También he escuchado una mandolinista que se llama Sierra Hull. No lo sé, la verdad es que estoy abierto a un montón de grupos. Es un espectro muy amplio el que me puede llegar a calar, necesito un poco de virtuosismo musical para que me llegue, pero estoy abierto a prácticamente cualquier tipo de música.

Los tiempos cambian... quién sabe hacia dónde

Víctor de la Serna

Foto: Michael Buholzer
Reuters/File

Fue hace medio siglo largo, y los chavales del ‘baby boom’ -hoy provectos ancianos- emulábamos con entusiasmo a Bob Dylan y nos desgañitábamos: “The times – they are a-changin’!”. Y poco más tarde llegaba la ópera-rock ‘Hair’ a remacharlo: “This is the dawning of the Age of Aquarius!”…

El cambio ha sido nuestro ‘leitmotiv’ desde los años 60. Su embrujo fue tan grande que una simpleza tan grande como “Por el cambio” se convirtió en magnífico lema electoral para el PSOE. Pero, ¿saben?, lo que vemos los provectos ancianos es que, sí, cambios hemos tenido. Pero nunca los previstos. Apliquémonos el cuento hoy.

Hace justo 50 años esperábamos la era de la paz y del amor fraterno: “When the Moon is in the seventh house and Jupiter aligns with Mars, then peace will guide the planets and love will steer the stars”… Pero de inmediato tuvimos una Guerra de los Seis Días, un enconamiento -que hoy perdura- de los conflictos en Cercano y Medio Oriente y dos crisis del petróleo seguidas, que nos dejaron para el arrastre a la vez que el islamismo radical se adueñaba de Irán, uno de los países entonces más avanzados de aquella zona que desde entonces tiene en vilo al mundo.

Otro cambio del que esperábamos mucho tras mil trepidaciones -que si el muro de Berlín, que si aquel golpe anti-perestroika que no se frustró hasta que el bravo Boris Yeltsin se encaramó a un tanque y lo paró- fue el colapso del comunismo, antesala de un triunfo de la economía liberal de mercado, de las mañanas capitalistas que cantan. Y no digamos cuando se descubrió la varita mágica llamada internet. Pero esa burbuja tecnológica estalló en 2000, y la de la economía dizque liberal, que resultó estar montada sobre el ladrillo y la deuda y los esquemas piramidales, en 2008. Y nuestro mundo feliz, cuasi huxleyano, se fue al garete.

Ahora los cambios que se esperan son más oscuros, más impenetrables para el común de los mortales, aún anonadados por la última crisis. Tan anonadados que absurdidades como Donald Trump se hacen realidad. Que dicen los gurús de la inteligencia artificial que ya les quedan tres telediarios a los humanos, que nunca más se volverá a crear empleo de calidad, que nuestra raza probablemente pasará a un segundo plano frente a los robots antes de fin de siglo. Y los nuevos héroes son personajes casi extraterrestres -al menos, para nosotros, los provectos ancianos- como ese Elon Musk que asegura que vamos a poder subirnos las Siete Revueltas del puerto de Navacerrada soltando el volante del coche y sin despeñarnos, porque el coche ya no nos necesitará…

En fin: que nuestra esperanza es que este nuevo cambio, que se anuncia verdaderamente telúrico, siga el ejemplo de los anteriores y, por lo menos, no acabe ciñéndose a lo anunciado. Y que, por una vez, salga mejor de lo que se espera.

Los Planetas: lección musical desde Zona Temporalmente Autónoma

Antonio García Maldonado

Foto: Los Planetas

Durante siglos, la comunidad científica se dividió entre los ptolemaicos y los aristotélicos. Unos decían que lo que veíamos era lo que había; los otros, que la observación no era importante, sino las ideas que sustentan –y condicionan– esa mirada. ¿Qué hacen los planetas? ¿Alrededor de qué orbitan? ¿U orbitamos nosotros alrededor de ellos? Con la banda granadina Los Planetas existe un debate que, aunque menos trascendente, en según qué entornos es igual de enconado con cada nuevo disco que presentan. ¿Confirmación y evolución de su genio? ¿Declive musical imparable?

Pocos dudan ya del magisterio de una banda de rock ecléctico que ha dado discos como ‘Unidad de desplazamiento’ (2000) o ‘La leyenda del espacio’ (2007), donde está presente la búsqueda en las raíces combinada con la psicodelia guitarrera. Aunque ya sabemos lo mal que llevan algunos el éxito de público de otros. Así que el regreso de estos Planetas ha de observarse con un telescopio sofisticado, de los que ahora la NASA o algún millonario plantan en algún desierto sin contaminación lumínica. ¿Alrededor de qué eje orbitan ahora los Planetas de J.? De uno distinto, sin duda, pero al que llevaban tiempo acercándose.

Vuelven Los Planetas y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos 2
Foto via Los Planetas.

Con ‘Zona temporalmente autónoma’, pocas dudas hay de que, sin dejar la galaxia que los ha hecho una banda inconfundible gracias a su sonido apabullante y sus letras de fuerte arraigo generacional, parecen cambiar de eje de rotación. De los rencores amorosos y las resacas juveniles de su clásico ‘Un buen día’ o ‘Canción del fin de mundo’, a las preocupaciones místicas de la intensa ‘Islamabad’. Han pasado muchas cosas entre unos discos y otros, no sólo en el mundo, sino también en ellos, como la paternidad de J. o la dedicación a proyectos paralelos como Los Evangelistas y Grupo de Expertos Solynieve.

Tras siete años y algunos EP, Los Planetas vuelven con un disco que, desde el título con referencia explícita al anarquista Hakim Bey y sus TAZ (1991), muestra la madurez político-sentimental de una banda con la que toda una generación se ha identificado durante años. Entre tanto, sobre Los Planetas han orbitado con fuerza gravitatoria extrema el flamenco del granadino Enrique Morente, el trapero Yung Beef y otros estilos populares. El resultado es un disco extraordinario, libérrimo, ecléctico, que mantiene lo mejor del guitarreo sucio estilo Spaceman 3 con la voz sugerente de un J. que canta mejor cuanto más consciente es de que su voz, sin sus letras y sin su banda, no da para mucho.

Vuelven Los Planetas y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos 1
Foto via Los Planetas.

Según explicaba el cantante en una entrevista reciente, aunque el concepto de Zona Temporalmente Autónoma tuviera esencialmente un sentido político, también debía enfocarse emocionalmente. O, mejor dicho, que esos espacios de liberad ajenos al control social hay que construirlos ahora desde lo sentimental e íntimo, y siempre bajo el incordio de un marco de relaciones sociales que no facilitan la tarea. La banda granadina no hace activismo, pero tampoco esconde aquí su posición política. Un proceso de madurez que algunos pueden ver como excesivamente crítico, como cuando al hablar del desamor veinteañero nos transmitían que sin el ligue de la noche anterior no merecía la pena levantarse el lunes para ir a la facultad. Los Planetas son intensos, para algunos demasiado, con justicia para la mayoría. En gran medida son reflejo de su generación. Espejo, pero también luz.

Es el caso de este disco, que en su memorable ‘Islamabad’ llega a colindar en su sentido más profundo con algunas tesis de la Teología de la Liberación; corriente que a su vez tiene un verso amoroso (sí, explícitamente amoroso pese a partir de un religioso como Ernesto Cardenal) en el que parece haberse inspirado J. para componer ‘Porque me lo digas tú’, una canción que puede entenderse como la secuela treintañera y cuarentona de sus primeras canciones. Los Planetas hacen suyo el verso de Gil de Biedma y lo aplican a los indies: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Vuelven Los Planetas y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos 4
Foto via Los Planetas.

Dice Ernesto Cardenal sobre un desamor: “Al perderte yo a ti / tú y yo hemos perdido / yo, porque tú eras lo que yo más amaba / y tú, porque yo era el que te amaba más /, pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo, / porque yo podré amar a otra como te amaba a ti, / pero a ti no te amarán como te amaba yo”. Y J. canta, acompañado de su banda rock y de unos preciosos arreglos de cuerda: “Puedes irte a Buenos Aires, puedes irte a Nueva York, no vas a encontrarte a nadie que te quiera más que yo”. En este viaje en sentido inverso hacia las mismas conclusiones, esa combinación de lo religioso-místico y lo sentimental tiene en Granada una fuente de inspiración privilegiada.

Evoluciona una generación, y cambian los juglares que la cantan y la moldean. Un disco para disfrutar más en la casa y en las butacas que en los bares. Porque, además, ya no vamos tanto de bares.

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