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La Biblia de Gutenberg, disponible en línea

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Según algunas fuentes, el 23 de febrero de 1455 fue completada la impresión de la Biblia de Gutenberg. Quizá la fecha no sea exacta, pero lo que sí está claro es que hace aproximadamente 550 años que vio la luz el que se considera el primer libro impreso con caracteres móviles. Joya del patrimonio universal, producida en la primera imprenta de tipos móviles, la Biblia de Gutenberg, conservada en la Biblioteca Nacional de Francia (BnF), puede consultarse en línea en Gallica, la biblioteca digital de la institución. “Los dos ejemplares conservados en la BnF pueden consultarse a partir de ahora en Gallica. Se les ha añadido un sumario para hacer más cómoda la navegación del texto bíblico y satisfacer las necesidades de los investigadores y de los curiosos”, ha indicado la BnF en un comunicado.

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BnF dispone de dos ejemplares datados de 1455. (Ilustración: BnF)

Digitalizados en alta definición, los dos ejemplares de la Biblia de Gutenberg adquiridos por la BnF (solo queda una cincuentena en el mundo) fueron impresos en la primera imprenta dotada de tipos móviles de Gutenberg, en Maguncia, hacia 1455.

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Dean Hans Jochims muestra una Biblia de Gutenberg encontrada en una iglesia en Rendsburg, Alemania. (STR New | Reuters)

El primero (en cuatro volúmenes) es uno de los muy raros y prestigiosos ejemplares completos impreso en pergamino, magníficamente ilustrado en la época en que se produjo el libro. El segundo (en dos volúmenes), impreso en papel, reviste una gran importancia histórica pese a su aspecto más modesto (faltan las primeras páginas). Contiene una nota manuscrita, fechada en 1456, que atestigua que la fecha en que se terminó de imprimir la Biblia, una de las pocas informaciones cronológicas ciertas sobre el trabajo de Gutenberg halladas hasta el momento. Cada página, rica en delicadas ilustraciones, contiene dos columnas de 40 líneas, al principio, y de 42 después. La tipografía reproduce las letras góticas de los copistas de Maguncia del siglo XV. Se trata de la versión de la Biblia más común de la época, la edición de la Vulgata, traducida al latín por San Jerónimo y estructurada por la Universidad de París en el siglo XIII.

100.000 lectores únicos

Francisco Pou

Es el gran momento de emprender nuevos vuelos a nuevos mundos. De compartir preguntas con los lectores en vez de repetir lemas

La fotografía de los gansos alemanes en pretemporada navideña en The Objective el martes es tremendamente sugestiva. Los dibujos que las agrupaciones espontáneas de animales en movimiento forman, los fractales (como los estorninos en nube o los búfalos en estampida) en los que intuitivamente hay un seguimiento “indeterminado” pero de liderazgo grupal, me han llevado hoy a pensar en las enormes oportunidades que se abren para la prensa en el siglo XXI.

La mayoría de los diarios (en papel, on-line, en TV) son, como la Navidad, predecibles. Una “agenda informativa” de cada ministerio, de cada burocracia, de cada administración occidental, convoca a personas predecibles (‘acreditadas’ se les llama) para hablar de temas previstos que saldrán con opiniones, también rutinarias, agrupadas en manadas; el ala derecha, el ala izquierda; todo manada.

Katharine Viner, directora adjunta de ‘The Guardian’ en Melbourne es una periodista brillante que ha informado sobre el periodista y el periodismo en el siglo XXI con una libertad incisiva que nos muestra verdades (algo que el periodista a veces olvida) nuevas (algo que el periodista teme). Es el gran momento de emprender nuevos vuelos a nuevos mundos. De compartir preguntas con los lectores en vez de repetir lemas.

Este medio, The Objective, ha emprendido un viaje que demuestra que el periodismo está vivo. Llegando, casi en su nacimiento, a sus primeros “100.000” lectores, y con la calidad de lo que sirve, le auguro un futuro con más vida que la de los gansos de la manada alemana, que sin salirse de su línea, van directamente a las mesas navideñas, precisamente en el país en el nació Gutenberg haciendo posible el nacimiento de la prensa.

Lo posible y lo imposible

Daniel Capó

Foto: Manu Fernandez
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La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

Hace apenas unos días, en su último ensayo, publicado poco antes de morir, Peter Augustine Lawler constató que “todas las instituciones que Tocqueville había registrado como medios para combatir el individualismo de los estadounidenses (gobierno local, familia, religión, etc.) han sido demolidas por una mutación en los valores culturales que afecta a todos los ciudadanos americanos sofisticados”.

La evolución europea es distinta, aunque haya amenazas comunes a la convivencia. En el caso español, el asunto crucial es el referéndum y la aparente imposibilidad de encontrar puntos de encuentro entre el Gobierno catalán y el central.

Parece lógico que Rajoy se niegue a dialogar sobre lo que la ley no autoriza y que además rompería los acuerdos básicos que sustentan la democracia en nuestro país. El empecinamiento de la Generalitat solo se explica desde una lectura maximalista de su posición, que se traduce en un “cuanto peor, mejor”; seguramente porque saben que la independencia exige una previa descomposición del Estado, algo que no parece plausible a corto plazo.

Frente a la hábil flexibilidad mostrada por los nacionalistas vascos a la hora de acordar con el Gobierno el voto favorable a los presupuestos generales, sorprende el dogmatismo que rige en la política catalana. Querer negociar fuera de la ley solo conduce al desastre. A no ser que lo que se pretenda sea otra cosa: pavimentar el suelo para unas próximas autonómicas.

Es la soberanía

Inaki Ellacuría

Foto: Paul White
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La conferencia del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, el lunes pasado en Madrid, puro teatrillo para certificar la defunción de la “operación diálogo”, sirvió para alertar a los últimos despistados en la villa y corte de que la cuestión catalana, dulce eufemismo, no se soluciona con cuatro parches jurídicos y una lluvia de millones para infraestructuras y otros menesteres.

En el proceso independentista confluyen diferentes factores, como el deshilachamiento de las costuras constitucionales, la chapuza coral del Estatut, el adoctrinamiento en el “España nos roba”, el desprecio de ciertas élites mesetarias a la pluralidad del país o las llamas de un nacionalismo reaccionario que en Catalunya, como en Francia, Reino Unido y EE.UU., la crisis de la democracia liberal ha avivado, que lo convierten en un enredo que se aventura dañino para todas las partes en liza.

A pesar de que Puigdemont ha comunicado al Govern que quiere tener cerrada la fecha y la pregunta del referéndum antes del 15 de junio, amplios sectores del nacionalismo catalán ya han asumido que no gozan hoy del respaldo de una mayoría social ni del apoyo internacional para una ruptura unilateral. Y apuntan, como en 2014 con el referéndum, a la soberanía nacional con un relato difícil de rebatir en tiempos populistas: la voz de las urnas prevalece sobre cualquier ley.

Votar aunque el resultado sea adverso y la consulta no tenga carácter vinculante para carcomer uno de los pilares de la arquitectura constitucional, a la espera de tiempos y sondeos mejores. Esa sería la gran victoria nacionalista y esa es la verdadera “guerra democrática”, en palabras del prejubilado Homs, que plantea el independentismo. Primero, como vienen advirtiendo en discretos foros destacados independentistas, es “inevitable” que el próximo otoño se registre una colisión institucional sin precedentes que sirva de catarsis y abra un “nuevo escenario”. Algo tiene que pasar para poder sentarse a negociar, avisan, sin explicar exactamente la forma y alcance del anunciado acontecimiento. Improvisación de alto riesgo.

Una estrategia de mayor confrontación, en cambio, es por la que se decanta el flanco duro del Gobierno catalán, comandado por Artur Mas entre bambalinas. Con tres pasos en el calendario: aprobar a través del Parlament la convocatoria del referéndum como acto de presión; segundo y tras la anulación de la consulta, validar por la vía rápida y sin debate una ley de Transitoriedad con aromas de autoritarismo turco; tercero, darse un año de margen para ir aprobando leyes y medidas que pongan las bases del “nuevo Estado” –respondiendo a las inhabilitaciones con agitación callejera- y proclamar en otoño de 2018 el “catexit”.

Alertados están pues los partidos constitucionalistas, que deben decidir con premura si permanecen en el engañoso confort de la habitación del miedo, a la espera de una solución mágica, o aparcan el tacticismo de regate corto y las inquinas personales para abrir el proceso constituyente de la España del siglo XXI.

Un europeísmo "aggiornato"

Valenti Puig

El paso de Donald Trump por Europa, la OTAN y el G-7 ha tenido algo del pistolero que llega al last chance saloon, marca territorio sin guardar las formas y acaba solo en la barra. La relación entre los Estados Unidos y Europa nunca ha carecido de tensiones pero en general se apostaba por mantener las formas, incluso a costa de abusar de la hipocresía geoestratégica. Al margen de otras consideraciones, Hillary Clinton hubiese llevado las cosas de otra manera, al igual que el viejo establishment republicano, los realistas de Bush padre o los republicanos centristas. El propio Obama, a pesar de su fase mortecina, mantiene en Europa una apreciación muy por encima de la del actual presidente de los Estados Unidos. Según un sondeo del Pew Center, el nivel de confianza europeo en Obama es del 77 por ciento mientras que su sucesor se queda en un 7 por ciento.

Desde luego, todo el mundo sabe que la mayoría de miembros de la UE no cumplen con la debida contribución a la defensa común y que el paraguas defensivo europeo va en muy buena parte a cargo del contribuyente norteamericano. Aun así, salvo para contentar a sus votantes del Midwest o reafirmar su ego, ¿de qué le sirve a Trump atropellar al presidente de Montenegro? La vieja Europa es un paraje complicado pero para eso existen unos mínimos escenificables del lenguaje diplomático y no consisten en actuar como un elefante en la cacharrería. ¿Qué aporta al frágil orden mundial que a Donald Trump se le note tanto su incomodidad –impostada o real- con el modus vivendi de la integración europea? Incluso para las contiendas comerciales –y las habrá- los escenarios han de ser los apropiados.

Dicho esto, es comprensible que para la Casa Blanca a veces cueste entender las formalidades enrevesadas de la UE. En verdad, en la propia Europa hay quien considera que el europeísmo oficialista debiera transformarse en un europeísmo aggiornato, tanto de puertas afuera –China, por ejemplo- como de puertas adentro –crisis de la inmigración-. El embajador Von Ribbentrop dejaba la embajada alemana en Londres para ocupar el ministerio de exteriores del Tercer Reich. Winston Churchill asiste al almuerzo que el primer ministro Chamberlain ofrece al embajador alemán. Pasan los años y Churchill escribe: “Fue la última vez que vi a Herr von Ribbentrop antes de que fuese ahorcado”. Lo fue en la prisión de Spandau, en 1946. En el entreacto, toda la Segunda Guerra Mundial. En aquella conflagración, como en la Gran Guerra, la intervención norteamericana es a la vez afortunada y decisiva. Ocurrió lo mismo con los primeros pasos de la Comunidad Europea, cuando el totalitarismo comunista se había impuesto en medio continente. Por entonces se perfilaba la Alianza Atlántica que ahora suena a armamento oxidado y a generales ociosos, siendo en realidad la única gran alianza militar victoriosa sin haber disparado un tiro.

Dos años después de la ejecución de Von Ribbentrop, Europa ya estaba buscando un mejor horizonte entre sus propios escombros, contigua a las divisiones de Stalin que dominaban 22 millones de kilómetros cuadrados. Frente a esa magnitud, los entendimientos entre Adenauer, Schuman y De Gasperi tienen la estricta consistencia de la razón y de una cierta esperanza impensable mientras el plan Marshall comienza a ejecutarse. Sesenta años después del Tratado de Roma, las tareas pendientes que tiene la Unión Europea parecen haberla llevada al colapso: atañen a recursos energéticos, credibilidad institucional, flexibilización de los mercados de trabajo, la grave crisis migratoria, defensa y seguridad común, el dilema turco, el Brexit y ahora –last but not least– los modos de Donald Trump. La retórica prometeica del europeismo ha generado europesimismo. Incluso en plena postcrisis y solo en apariencia, Europa se asemeja a veces a un perrito faldero que come con manteles de hilo. Eso es lo que piensa Trump.

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