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La boda de mi mejor amigo cumple 20 años y hoy no existiría

Nerea Dolara

Una de las mejores rom-com de los noventa cambió los roles y el final típicos del género. Y hacerla hoy no sería posible.

Hace 20 años llegó a las pantallas una comedia romántica que se quedó en la memoria de los espectadores de ese momento y que aún figura en listas de las mejores rom coms… y eso considerando que los “enamorados” no terminan juntos, o tal vez sí. La boda de mi mejor amigo tenía la ventaja incomparable de contar con Julia Roberts como protagonista. Y ya pensando en ella, esa mujer que el cine convirtió en la bonita vecina de todos, en la más querida, la trama casi se escribía por sí misma. Pero resultó que no. Que la película cambió las normas, que la perspectiva de la historia provenía de la villana y no la heroína. Que al final sí hay una boda, pero Julia Roberts es sólo la dama de honor.

La novia de América interpreta, con su enorme sonrisa y su pelo alborotado, a Jules, una periodista gastronómica que ha estado enamorada de su mejor amigo toda la vida, con quien tiene un pacto para casarse llegados a los 28 años (estándares retrógrados noventeros) si siguen solteros. Y cuando él la llama, cerca de su cumpleaños, ella supone que será para acordar casarse. Y él sí quiere casarse, pero con otra. Conoció a alguien, una joven e inocente universitaria llamada Kimmy. Y es aquí donde Jules pierde los papeles. Lo que sigue es una suma de tretas, cada una peor que la otra, para separar a la pareja, porque esta convencida de que es ella quien debe estar con él.

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ESCENA DE LA BODA DE MI MEJOR AMIGO. | Foto: Columbia Pictures

Y así, casi sin que el espectador lo note, la sonriente Julia Roberts, la chica buena por excelencia, se convierte en una malvada, en la tercera en discordia, en ese personaje que siempre está ahí en la película para que lo odies y quieras que la pareja supere todo. Pero es a la vez ella la protagonista, a quien vemos sufrir y descender cada vez más en un agujero de autodestrucción intentando obtener algo que quiere a costas de la felicidad de cualquier otro. Es egoísta y descabellada y si no fuese por Roberts la simpatía de la audiencia desaparecería en segundos. La línea es difícil de caminar porque además Kimmy, una jovencísima Cameron Díaz, no es lo que parece. Sí, es una chica rosa y pija, pero es también dulce, inteligente y realmente ama a Michael.

Inicialmente el final de la película no iba a ser tan revolucionario -para recapitular, Jules casi destruye la boda pero al final también la salva y termina sola en la fiesta, mientras la pareja se dirige a su luna de miel-, de hecho el plan inicial era que ella terminase con otro hombre, enamorada y feliz. Pero las audiencias de los focus groups estaban en contra. “La querían muerta. No entendían sus motivos”, dijo el director de la película PJ Hogan a Entertainment Weekly. Así que hubo modificaciones en la trama y el editor de Jules, su confidente, adquirió un rol más importante como su pepe grillo. “Cuando estaba siendo particularmente horrible hacíamos que llamara a Rupert y él le decía que estaba haciendo algo malo”. La actriz tuvo que regresar al set ocho meses después a grabar un nuevo final. Y en esos pocos minutos la audiencia perdona a una deprimida Jules que baila para olvidar sus penas con su confidente gay.

 

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Escena de la boda de mi mejor amigo. | Foto: Colombia Pictures

Los noventa -y los ochenta- fueron una era dorada de las comedias románticas y La boda de mi mejor amigo es prueba de ello. No era formulaica y no tenía el final predecible tan común en el género. Pero esos tiempos han pasado ya. Películas como esta no llegan a cines repletos de superhéroes y presupuestos exhorbitantes. Producciones de media escala son cada vez más escasas y las comedias románticas, cuando aparecen, son mediocres. Las excepciones vienen el pozo del cine indie (What if, The Big Sick, Adventureland), antes alejado de estas historias tan mainstream, ahora rescatando un género que ofrece múltiples posibilidades y que siempre tiene audiencia. Y de la televisión, que últimamente ha producido más de una historia que definitivamente podría considerarse una rom-com extendida (Master of None, Love, You’re the Worst, The Mindy Project).

Lo cierto es que 20 años después no hay un papel como este o una película como esta o incluso la posibilidad de una Julia Roberts -se le acerca Jennifer Lawrence, pero en ello han influido franquicias de literatura adolescente como Los juegos del hambre-. La boda de mi mejor amigo le dio a las audiencias un final diferente, les dio una protagonista que era una villana y les dio un momento genial (y perfecto para gifs, años antes de que existieran) en que un restaurante entero canta Say a Little Prayer. Convirtió la escena en que el chico persigue a la chica y le declara su amor, en una escena entre dos mujeres en la que una de ellas se disculpa y convence a la otra de quedarse con su amado, el amado de ambas. Puso patas arriba la fórmula del género pero sin hacer una revolución, aún dentro del mainstream. Hace 20 años se podía ver algo así en el cine. Hoy sólo pensarlo parece imposible. Y eso es triste.

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Continúa leyendo: Netflix amenaza con destronar a HBO en los Emmy de 2018

Netflix amenaza con destronar a HBO en los Emmy de 2018

Redacción TO

Foto: MARIO ANZUONI
Reuters

Todavía con la resaca de los Emmy de este año a las espaldas, el papel de Netflix en los premios de la televisión estadounidense hacen pensar ya en la edición del año que viene. En lo que llevamos de siglo, HBO ha sido la cadena que más nominaciones ha acaparado cada ceremonia, un estatus que ha mantenido de manera ininterrumpida. Pero puede que esa corona cambie de cabeza en 2018 ya que Netflix, que empezó a producir contenidos propios en 2013, le pisa los talones a la cadena de Juego de Tronos.

En la pasada ceremonia, HBO mantuvo su primer puesto en el podio de nominaciones gracias a sus 110 candidaturas. Pero la cifra se queda peligrosamente cerca de las 93 de los productores de Grace and Frankie. Las ficciones más nominadas del servicio de streaming fueron la serie de nostalgia ochentera Stranger Things (con 19 candidaturas), la coproducción británica y estadounidenseThe Crown (con 13) y la mezcla de drama y comedia sobre una actor indio que intenta hacerse hueco en Estados Unidos Master of None (con ocho).

Y el ascenso de la presencia de Netflix en los premios más importantes de la televisión estadounidense (y del mundo) ha sido meteórica desde que irrumpió en 2013. Ese año, el servicio de streaming se tuvo que conformar con un modesto 2,5% de las nominaciones.

Pero en solo cuatro años, se ha convertido en la segunda serie con más presencia en los Emmy al acaparar el 14,6% de las candidaturas. Es una una cifra a tener en cuenta, ya que roza (y amenaza) el 17,2% de HBO que, por el momento, es líder indiscutible de los galardones.

Con todo, Home Box Office tiene un importante as en la manga: Juego de Tronos. La serie de poder, guerra y fantasía batió en la edición del año pasado el récord en nominaciones y se llevó el premio a la mejor serie dramática por segunda vez consecutiva.

Sin embargo, por una decisión de la propia cadena, la emisión de la exitosa séptima temporada fue pospuesta. Por este motivo, la ficción no fue elegible en la edición de 2017. Uno de los requisitos para optar a un Emmy es que el último capítulo de la temporada de cualquier programa se emita antes del 31 de mayo y la séptima entrega de Game of Thrones se emitió entre el 16 de julio y el 27 de agosto.

Netflix amenaza con destronar a HBO en los Emmy de 2018 1
El probable éxito de ‘Juego de Tronos’ en los Emmy de 2018 es el balón de oxígeno que necesita HBO para mantenerse a la cabeza.

El año que viene, sin embargo, Juego de Tronos sí podrá optar a un nuevo chorro de galardones y esto puede terminar siendo el balón de oxígeno que necesita HBO para mantenerse a la cabeza en las nominaciones de los premios.

Continúa leyendo: Las claves detrás del retorno de 'El Ministerio del Tiempo'

Las claves detrás del retorno de 'El Ministerio del Tiempo'

Redacción TO

Foto: RTVE

El Ministerio del Tiempo es el gran fenómeno de ficción televisiva española de los últimos años. A pesar de haberse desinflado ligeramente la histeria de los ministéricos -es inevitable tras tres temporadas e incomprensibles parones en mitad de una misma-, sigue generando una inmensa expectación.

Después de la pausa de verano, la tercera entrega de El Ministerio del Tiempo vuelve a nuestras pantallas con un montón de aventuras. A continuación, repasamos brevemente la primera parte de la temporada para entender en qué punto nos quedamos y de qué punto partiremos este mismo lunes 18 en prime time.

Lo que vimos en la primera parte

Las misiones de la tercera entrega de El Ministerio del Tiempo vinieron precedidas del que, posiblemente, haya sido uno de los peores golpes han sufrido los agentes y sus seguidores: la pérdida de Julián. Una misión fallida en la batalla de Teruel durante la Guerra Civil se llevó la vida de uno de los agentes más emblemáticos de esta institución. Amelia ha seguido recordándole durante los episodios que han seguido a su fallecimiento.

En aquellos primeros impases de temporada encontramos a un personaje que no conocíamos: Marta. Este romance desconocido de Pacino llegó a nuestras pantallas en la ciudad de San Sebastián, en mitad del famoso festival de cine, hasta que su lado más oscuro salió a la luz. El policía ochentero descubre que actúa al margen de la legalidad del Ministerio y que quiere traicionarles. ¿Qué oculta esta mujer? ¿Para qué necesita a Pacino? Es una trama abierta para el resto de la temporada.

Lola Mendieta vuelve a tener un papel relevante en la trama en esta tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. Lo hace en una versión mucho más joven, como una luchadora de la resistencia durante la II Guerra Mundial. Para ganarse la confianza de los funcionarios del Ministerio, Mendieta ha tenido que pasar todo tipo de pruebas, sobre todo por parte Irene y Angustias. Tanto es así, que termina siendo sometida al polígrafo para comprobar que no tiene ningún plan de robo de arte o información. El pasado de Mendieta le persigue… o más bien el futuro.

Las sospechas sobre Lola planean durante capítulos, pero ella termina convirtiéndose en una heroína al salvar a la patrulla del tío de Amelia. Salvador le encomendó la misión de infiltrarse en la sociedad secreta El Ángel Exterminador para conocer sus propósitos, algo que se le da de maravilla.

Con la entrada de Lola, al final ha terminado llegando la despedida -en forma de hasta luego- de una de las agentes más queridas: Amelia Folch. Tras el malvado y frustrado plan de su tío de matar a toda la patrulla, el gobierno requisa todos sus bienes, de los que el padre de Amelia era socio. El hombre no puede soportar la situación y terminó sufriendo un infarto. En ese mismo instante, Amelia es consciente de que tiene que volver al lado de su madre y levantar el negocio familiar. “Necesito elegir entre el Ministerio y mi familia, y voy a elegir a mi familia”, llega a sentenciar.

Lo que nos espera ahora

No sabemos si Amelia volverá, o si Lola terminará traicionando al Ministerio. Pero sí tenemos algunas pistas de lo que nos queda por ver en esta segunda mitad de temporada.

Desde luego, la marcha de Amelia deja tocada a la patrulla, pero las misiones del Ministerio no pueden parar. La primera de ellas será lograr que Viridiana de Buñuel no desaparezca de la Historia y gane el Festival de Cannes. Ello conllevará que Irene se reencuentre con el pasado del que huyó y Pacino pueda revisitar su infancia. Mientras, la joven Lola Mendieta empezará a saber lo duro que va a ser para ella ser dueña de su propio destino.

Además, según adelantan desde RTVE, la guerra entre las sociedades secretas seguirá su curso. El Ángel Exterminador y los Hijos de Padilla viajarán por el tiempo para imponer sus reglas y pondrán en peligro la existencia del Ministerio. La conquista de América, el Papa Luna (encerrado en su castillo de Peñíscola), la aparición de refugiados moriscos en pleno siglo XXI, salvar la vida de un maduro Bolívar, lograr que la Transición llegue a buen puerto protegiendo al futuro presidente Suárez… serán problemas que la patrulla deberá resolver con la ayuda de la nueva Lola Mendieta. Y de paso, conseguir que la verbena de la Paloma no desaparezca y que Chicho Ibáñez Serrador logre estrenar Historias para no dormir.

Continúa leyendo: 10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

Nerea Dolara

Foto: HBO
HBO

Han muerto muchos y muchos eran despreciables, pero hay algunos que se recuerdan con especial atención. Aquí las muertes más satisfactorias de la serie (las más tristes todos las recordamos).

(SPOILER ALERT)

En Juego de tronos han muerto personajes queridos, por ejemplo la mayoría de los Stark o Shireen Baratheon, y animales queridos, por ejemplo, los lobos de los niños de Invernalia o Viserion, pero también han muerto muchos indeseables. Los Siete Reinos es un lugar lleno de seres cuestionables y en una serie con una alta tasa de mortalidad era solo justo que algunos cayeran. Pero quiénes son los que más ha disfrutado ver morir el público. Sí, no es bueno matar, pero la catarsis de ver a un ser cruel, violento y asesino encontrar su fin es irrepetible, más cuando han hecho tanto como en Juego de tronos. Aquí van.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 5
El hermano ególatra de Daenerys | Imagen vía HBO

Viserys Targaryen

Relaciones: Hermano de Daenerys Targaryen/ “Heredero legítimo” al trono (esto se pondría en duda con la revelación de la verdadera paternidad de Jon Snow).

¿Por qué lo odiamos? Bueno, realmente no era alguien que la caería bien a nadie. Altivo, ególatra, egoísta, cruel, violento, malcriado… se creía además el dueño del destino y el cuerpo de su hermana, la vende para comprar un ejército y es incapaz de tratar bien a nadie. Es básicamente un imbécil redomado.

¿Cómo murió? En la primera temporada, episodio siete, Khal Drogo decide matarlo, tras la aprobación de su mujer, Daenerys, cuando entra en la tienda de las ceremonias armado con una espada (nadie puede estar armado en los campamentos Dothraki) y amenaza con asesinar a Daenerys y al hijo que lleva en el vientre. El episodio se llama “La corona dorada” en referencia al fin de Viserys. Gracias a su insistencia, Drogo le asegura que sí, que le dará su corona de oro. Prosigue a derretir un cinturón de ese metal y verter el líquido hirviente sobre la cabeza del varón Targaryen. ¡Ups! Resultó que no era resistente al fuego como tanto decía.

Grado se satisfacción: 8/10. En este momento aún no habíamos vivido a tantos malvados insoportables y Viserys era realmente molesto, además de ser una piltrafa humana.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 6
Joffrey, el personaje más detestado de la serie | Imagen vía HBO

Joffrey Baratheon

Relaciones: Rey de los Siete Reinos. Hijo de Cersei y Jaime Lannister (aunque oficialmente es hijo de Robert Baratheon). Esposo de Margery Tyrrell.

¿Por qué lo odiamos? Por dónde empezar… Joffrey puede ser el personaje más odiado de toda la serie -en una serie en que hay muuuuuuucha gente despreciable- por una suma de razones muy válidas: desde que lo conocemos es obvio que es un malcriado arrogante que siempre se sale con la suya, y que además es cruel y sádico. Es el responsable de la muerte de Lady, la direwolf de Sansa; tortura prostitutas, da la orden de cortar la cabeza a Ned Stark y luego lleva a su hija Sansa (en ese momento su prometida y prisionera) a ver su cabeza en una estaca; es cruel y violento hasta con su madre (la malvada número uno); ya ni hablemos de cómo trata a su tío… en fin, es un imbécil integral, despreciable a niveles de revolver el estómago y producir accesos de ira.

¿Cómo muere? El día de su banquete de bodas, después de humillar públicamente a su tío y a Sansa y básicamente demostrar por qué alguien tenía que matarlo de una vez, bebe de su copa de vino para brindar y comienza a toser. Los ojos se le inyectan, vomita sangre, la cara se le pone morada… y en manos de su madre muere, no sin antes acusar, sin ninguna base, a Tyrion Lannister de su muerte.

Grado de satisfacción: 10/10. No sólo muere de forma inesperada, sino que lo mata Olena Tyrrell que logra morir vencedora en la temporada siete, aunque hayan invadido sus tierras y esté a punto de morir, cuando le cuenta a Jaime cómo asesinó a su hijo ilegítimo y le dice: “Quiero que le cuentes a Cersei que fui yo”.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 7
El mentor de los Lannister | Imagen vía HBO

Tywin Lannister

Relaciones: Padre de Cersei, Jaime y Tyrion Lannister. Mano del rey de Joffrey Baratheon. Rey de los Siete Reinos (por muy poco tiempo).

¿Por qué lo odiamos? Para empezar no ha sido el mejor padre. Salvo Tyrion, sus hijos son bastante malas personas (Cersei no requiere más descripción, es malvada, y Jaime puede haber mejorado, pero recordemos que era un imbécil y casi asesino que tiró a Bran de la torre en Invernalia). Y con Tyrion ha sido especialmente cruel, incluso llegó a condenarlo a muerte sabiendo que no había cometido del crimen del que se le acusaba. ¡Ah! Y orquestó la boda roja.

¿Cómo muere? Herido por una ballesta a manos de su hijo Tyrion y sentado en un vater. No la muerte más honorable.

Grado de satisfacción: 6/10. Da un regustico ver a Tyrion por fin vengar años de maltrato y decirle las cosas a la cara, pero Tywin era un gran personaje y perderlo no fue del todo satisfactorio.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos
El padre del ser más malo de Juego de Tronos | Imagen vía HBO

Roose Bolton

Relaciones: Jefe de la casa Bolton. Señor de Invernalia. Padre de Ramsay Bolton.  

¿Por qué lo odiamos? Bueno, para empezar traicionó a la casa a la que le debía lealtad cuando participó en la boda roja para quedarse con Invernalia. Luego… bueno digamos que alguien que tiene como imagen de su casa a un hombre despellejado vivo no es alguien que vaya a caer bien en general.

¿Cómo muere? Acuchillado por su propio hijo, Ramsay. Sí, tampoco era un padre modelo… qué sorpresa.

Grado de satisfacción: 7/10. Su muerte deja al horrible Ramsay a cargo (y eso no es nada bueno), pero su muerte sigue siendo disfrutable. Alguna consecuencia tenía que tener la cobarde masacre de Starks en la boda roja.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 1
Selyse Baratheon | Imagen vía HBO

Selyse Baratheon

Relaciones: Esposa de Stannis Baratheon. Madre de Shireen Baratheon. Seguidora empedernida del Señor de la luz.

¿Por qué la odiamos? Básicamente por ser la peor mamá del mundo (y en este mundo vive Cersei). Fanática religiosa, odia a su hija porque piensa que es un monstruo (la niña quedó marcada por un contagio de escama gris) y al final aprueba que la quemen viva en la hoguera para que su esposo gane una batalla y el trono.

¿Cómo muere? Viendo a su hija morir en dolor en la hoguera suelta un doloroso grito. Más tarde, consumida por la culpa, se cuelga de un árbol.

Nivel de satisfacción: 9/10. Vale, al final se arrepiente, pero su pobre y dulce hija igualmente murió de forma horrorosa por su culpa.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo.
El otro bastardo | Imagen vía HBO

Ramsay Bolton

Relaciones: Hijo bastardo (luego reconocido) de Roose Bolton. Señor de Invernalia.

¿Por qué lo odiamos? Compite con Joffrey por la antorcha del más odiado de toda la serie. Es cruel y sádico a niveles indescriptibles. Tortura a Theon Greyjoy hasta convertirlo en algo menos que una persona. Tortura y viola a Sansa. Despelleja a la dama de compañía que trata de ayudar a Sansa. Mata, con sus perros a quienes mata de hambre para que sean salvajes, a su madrastra y hermanastro. Mata a Osha de una puñalada en el cuello. Mata a Rickon Stark frente a sus hermano Jon, tras jugar a lanzarle flechas a ver si logra escapar… en fin, queda claro.

¿Cómo muere? Tras perder la Batalla de los Bastardos es prisionero de Jon Snow y Sansa Stark en Invernalia. Sansa lo lleva donde sus perros, hambrientos y entrenados para matar, y lo amarra en la jaula en que los tiene. Y allí lo ve morir.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un asco de persona y aunque su muerte sea una salvajada que nadie se merecería es satisfactorio verlo morir a manos de Sansa.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 2
El pedófilo de la serie | Imagen vía HBO

Meryn Trant

Relaciones: Miembro de la Guardia del Rey. Fiel a los Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cuando los Lannister hacen su jugada por el trono en la primera temporada, Trant busca a Arya, quien está entrenando con su maestro de esgrima, Syrio Forel. Forel la protege y Trant lo asesina (fuera de cámara, suponemos). Luego es quien acompaña a Joffrey y Sansa a ver la cabeza de Ned. Es también un testigo (que miente obviamente) en el juicio contra Tyrion. Y que no se olvide, su peor pecado, es un pedófilo.

¿Cómo muere? Después de pasar varios años como miembro de la lista de Arya la chica, que está en Braavos entrenando en la casa del Blanco y Negro, lo reconoce. Utilizando su magia de cambiar caras se hace pasar por una niña que le envían a Trant y cuando están solos revela su cara y procede a matarlo: le clava un puñal en ambos ojos y en el pecho y luego le corta la garganta.

Grado de satisfacción: 8/10. Su cara despreciable ha estado presente en muchos momentos horribles y si se le suma que antes de su muerte descubrimos que es un agresor sexual… pues el número se escribe solo.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 4
Recuerdan quién fue el culpable de que Cersei caminara desnuda, este señor | Imagen vía HBO

Gorrión Supremo

Relaciones: Alto sacerdote de los siete. Responsable de la encarcelación de Loras y Margaery Tyrrell y  de Cersei Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cruel y fanático se adueñó del poder en Desembarco del rey a base de consignas dogmáticas y populismo (¿les suena?). Un inquisidor vestido con piel de cordero (o en este caso bata maloliente) utilizó su poder para acabar con la monarquía y tomar el poder en sus manos siempre defendiendo que lo hacía en nombre de dios. ¡Ah! Y no, como los inquisidores, no perdonaba tus pecados, aunque te humillaras completamente, siempre quería un castigo mayor.

¿Cómo muere? Cuando Cersei es sometida a juicio le queda sólo una opción (¿o es que no conocemos a Cersei?): En el septo de Baelor, reunidos para el juicio, están todos los nobles de la corte, la reina, su hermano y todos los hermanos de la orden de los gorriones. ¿Cersei y Tommen? No. Margaery logra ver su destino antes de que suceda y exige que le dejen salir de allí, que salgan todos de allí. Pero el Gorrión Supremo es supremamente arrogante y se cree invencible. Su muerte se da en medio de una gigantesca explosión de fuego valirio que acaba con el edificio.

Grado de satisfacción: 9/10. Era un fanático religioso cruel y violento, pero su arrogancia y su muerte conllevaron la de otros personajes queridos. Sin embargo, verlo desaparecer fue motivo de celebración.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 2
Frey, la mente macabra detrás de la boda roja | Imagen vía HBO

Walder Frey

Relación: Señor de Los gemelos. Ejecutor de los asesinatos de la boda roja.

¿Por qué lo odiamos? Además de tener un despreciable, y al parecer no tan poco común en los Siete Reinos, por las esposas niñas; es quien asesina a Robb Stark, su esposa embarazada y Kathelyn Stark (junto a todo su ejército) cuando les ofrece una tregua de paso por su tierra y les invita a la que luego se llamará la boda roja.

¿Cómo muere? A manos de Arya Stark, que le corta la garganta disfrazada de una de las niñas a las que manosea cuando le sirven el vino, no sin antes revelarle su identidad, y tras comer un pastel de carne elaborado con los cadáveres de sus hijos.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un hombre repugnante y cobarde. Y nunca sintió arrepentimiento.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 3
Meñique, la muerte impactante de esta última temporada | Imagen vía HBO

Littlefinger

Relación: Amigo de la infancia de Kathelyn Stark. Miembro del Consejo del rey. Traidor a Ned Stark. Prometido de Lysa Arryn. Señor protector del Valle.

¿Por qué lo odiamos? ¿Por dónde empezar? Este tipo, el mayor manipulador de todos los Siete Reinos, ha conspirado y traicionado a todos. Por su culpa comenzó la guerra entre Starks y Lannisters, por su culpa murió Ned, por su culpa Sansa fue culpada de matar a Joffrey y fue quien la casó con Ramsay Bolton, por su culpa murió Lysa Arryn, conspiró para asesinar a Jon Arryn… y esos con sólo algunas de sus culpas.

¿Cómo murió? Las hermanas Stark, junto a Bran, utilizaron sus propias armas contra él: manipulación y engaño, y cuando estaba convencido de haber ganado otra conspiración para separar aliados (en este caso a las Stark) su propia estrategia se devolvió a morderlo…o mejor, a matarlo. Tras acusarlo de sus crímenes, y obtener corroboración de un omnipresente Bran, Sansa lo condenó a muerte. Y allí, rodeado de sus soldados y los de los Stark, suplicante y llorón, murió a manos de Arya Stark, observado por los niños de la familia a la que hizo tanto daño.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un personaje de los peores y su culpabilidad en básicamente todo lo malo que ha pasado en la historia (“el caos es una escalera”) lo convierten en una muerte deseada hace años. Bien que fuese como fue.

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¿Crees que sabes todo sobre Dirty Dancing?

Nerea Dolara

Foto: IMDB
IMDB

La película romántica musical más romántica y más musical cumple treinta años. Te contamos datos curiosos, de esos maravillosos que puedes soltar una tarde de cañas sobre el rodaje, sus actores y mucho más.

Hace 30 años llegó a las salas de cine una película que se pensaba que iba a fracasar estrepitosamente y se convirtió, instantáneamente y en las siguientes décadas, en un clásico contemporáneo. El 21 de agosto de 1987, Dirty Dancing le presentó al mundo a Baby y Johnny y enamoró a cientos de adolescentes con sus secuencias de baile, su amor de verano, su banda sonora y, sí, una trama sobre el aborto.

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Dirty Dancing | Imagen vía Vestron Pictures

Para los que no hayan visto la película –o para los que quieran hacer un ejercicio de memoria- la trama es la siguiente: corren los años sesenta, una chica estudiosa y con conciencia política -Baby- viaja con sus padres a pasar su último verano antes de ir a la universidad en los Catskills. El lugar de vacaciones ofrece alojamiento, comidas y lecciones de baile. Y es de su instructor, el mayor y rebelde Johnny, de quien Baby se enamora… mientras aprende a bailar. Los trabajadores del campamento viven una vida mucho menos rosa que la que se muestra en su día a día, las noches son de bailes sensuales, alcohol y libertad. Y Baby cae fascinada con esta rebeldía, pero a la vez es la voz de la razón cuando cosas como un embarazo no planificado pasan delante de ella. Al final Baby y Johnny bailan al ritmo de una canción que la película hizo un clásico y el verano se acaba.

Patrick Swayze se convirtió en un mito tras interpretar a Johnny. Excelente bailarín, guapo y encantador, se convirtió en el protagonista preferido de la época. Por su parte, Jennifer Grey tuvo un salto a la fama que duró poco (muchos culpan de ello a la cirugía con la que se redujo la nariz). Pero lo cierto es que la película los hizo pasar a la historia y sigue, aún, ganando adeptos (más en momentos como estos tan nostálgicos).

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1. Las distribuidoras de la película, tras malos resultados en proyecciones de prueba antes del estreno, pensaba llevarla al cine una semana y luego sacarla en video.

2.El rodaje se hizo en otoño, no en verano, por lo que, entre otras cosas, el equipo de producción de campo tuvo que pintar con spray verde las hojas de los árboles.

3.Gracias al mismo frío de ese otoño la escena del lago fue una tortura para Swayze y Grey. No hay close-ups de los actores porque, a pesar de los esfuerzos del equipo de maquillaje, el azul de sus labios era obvio.

4. La película costó 5 millones de dólares y recaudó en total 214 millones de dólares.

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5. Dirty Dancing se estrenó en lo ochenta pero se desarrolla en 1963. No es casual, la película, que en apariencia es sólo una historia de amor, es una respuesta a la era de Ronald Reagan con sus ideas de clase, su trama sobre el aborto y sus discretas pero claras ideas políticas.

6. Los actores tuvieron sólo dos semanas para ensayar las escenas de baile.

7. La escena en que Swayze y Grey gatean no estaba planificada. Los actores estaban haciendo tiempo entre escenas y el director decidió incluirlo.

8. La canción She’s Like the Wind fue compuesta por Patrick Swayze y Stacy Widelitz y el actor la cantó. No fue escrita para la película originalmente, sino para Grandview USA.

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9.La guionista, Eleanor Bergstein, basó el filme en su propia vida: veraneaba en los Catskills con su familia, la llamaban Baby y aprendió a “bailar sucio” en esas vacaciones en fiestas secretas.

10.La banda sonora ha vendido más de 32 millones de copias. I Had the Time of My Life ganó un Grammy al Mejor Dúo Pop y un Óscar a Mejor Canción Original.

11.El presentador Conan O’Brien logró que la película se re-estrenara en 1997 cuando pidió a los espectadores de su late show que inundaran al estudio con solicitudes de ver la película en el cine. Dirty Dancing ni siquiera le gustaba demasiado.

12.Jennifer Grey detestaba a Patrick Swayze, con quien ya había trabajado en Red Dawn, por lo que no fue fácil convencerle de volver a coincidir con él. Durante el rodaje la relación mejoró.

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13.A Swayze le indignó de verdad (su cara de frustración es real) que Grey se riera en la escena del ensayo. La verdad es que Grey sentía cosquillas y no podía controlarse.

14.Ambos actores tenían 10 años más que sus personajes en la película.

15.Dirty Dancing ha generado una secuela, estrenada recientemente; un reality show de baile en el Reino Unido, un musical de Broadway y muchos eventos temáticos en el lugar del rodaje, que aún se mantiene como lugar de veraneo.

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