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La boda de mi mejor amigo cumple 20 años y hoy no existiría

Nerea Dolara

Una de las mejores rom-com de los noventa cambió los roles y el final típicos del género. Y hacerla hoy no sería posible.

Hace 20 años llegó a las pantallas una comedia romántica que se quedó en la memoria de los espectadores de ese momento y que aún figura en listas de las mejores rom coms… y eso considerando que los “enamorados” no terminan juntos, o tal vez sí. La boda de mi mejor amigo tenía la ventaja incomparable de contar con Julia Roberts como protagonista. Y ya pensando en ella, esa mujer que el cine convirtió en la bonita vecina de todos, en la más querida, la trama casi se escribía por sí misma. Pero resultó que no. Que la película cambió las normas, que la perspectiva de la historia provenía de la villana y no la heroína. Que al final sí hay una boda, pero Julia Roberts es sólo la dama de honor.

La novia de América interpreta, con su enorme sonrisa y su pelo alborotado, a Jules, una periodista gastronómica que ha estado enamorada de su mejor amigo toda la vida, con quien tiene un pacto para casarse llegados a los 28 años (estándares retrógrados noventeros) si siguen solteros. Y cuando él la llama, cerca de su cumpleaños, ella supone que será para acordar casarse. Y él sí quiere casarse, pero con otra. Conoció a alguien, una joven e inocente universitaria llamada Kimmy. Y es aquí donde Jules pierde los papeles. Lo que sigue es una suma de tretas, cada una peor que la otra, para separar a la pareja, porque esta convencida de que es ella quien debe estar con él.

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ESCENA DE LA BODA DE MI MEJOR AMIGO. | Foto: Columbia Pictures

Y así, casi sin que el espectador lo note, la sonriente Julia Roberts, la chica buena por excelencia, se convierte en una malvada, en la tercera en discordia, en ese personaje que siempre está ahí en la película para que lo odies y quieras que la pareja supere todo. Pero es a la vez ella la protagonista, a quien vemos sufrir y descender cada vez más en un agujero de autodestrucción intentando obtener algo que quiere a costas de la felicidad de cualquier otro. Es egoísta y descabellada y si no fuese por Roberts la simpatía de la audiencia desaparecería en segundos. La línea es difícil de caminar porque además Kimmy, una jovencísima Cameron Díaz, no es lo que parece. Sí, es una chica rosa y pija, pero es también dulce, inteligente y realmente ama a Michael.

Inicialmente el final de la película no iba a ser tan revolucionario -para recapitular, Jules casi destruye la boda pero al final también la salva y termina sola en la fiesta, mientras la pareja se dirige a su luna de miel-, de hecho el plan inicial era que ella terminase con otro hombre, enamorada y feliz. Pero las audiencias de los focus groups estaban en contra. “La querían muerta. No entendían sus motivos”, dijo el director de la película PJ Hogan a Entertainment Weekly. Así que hubo modificaciones en la trama y el editor de Jules, su confidente, adquirió un rol más importante como su pepe grillo. “Cuando estaba siendo particularmente horrible hacíamos que llamara a Rupert y él le decía que estaba haciendo algo malo”. La actriz tuvo que regresar al set ocho meses después a grabar un nuevo final. Y en esos pocos minutos la audiencia perdona a una deprimida Jules que baila para olvidar sus penas con su confidente gay.

 

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Escena de la boda de mi mejor amigo. | Foto: Colombia Pictures

Los noventa -y los ochenta- fueron una era dorada de las comedias románticas y La boda de mi mejor amigo es prueba de ello. No era formulaica y no tenía el final predecible tan común en el género. Pero esos tiempos han pasado ya. Películas como esta no llegan a cines repletos de superhéroes y presupuestos exhorbitantes. Producciones de media escala son cada vez más escasas y las comedias románticas, cuando aparecen, son mediocres. Las excepciones vienen el pozo del cine indie (What if, The Big Sick, Adventureland), antes alejado de estas historias tan mainstream, ahora rescatando un género que ofrece múltiples posibilidades y que siempre tiene audiencia. Y de la televisión, que últimamente ha producido más de una historia que definitivamente podría considerarse una rom-com extendida (Master of None, Love, You’re the Worst, The Mindy Project).

Lo cierto es que 20 años después no hay un papel como este o una película como esta o incluso la posibilidad de una Julia Roberts -se le acerca Jennifer Lawrence, pero en ello han influido franquicias de literatura adolescente como Los juegos del hambre-. La boda de mi mejor amigo le dio a las audiencias un final diferente, les dio una protagonista que era una villana y les dio un momento genial (y perfecto para gifs, años antes de que existieran) en que un restaurante entero canta Say a Little Prayer. Convirtió la escena en que el chico persigue a la chica y le declara su amor, en una escena entre dos mujeres en la que una de ellas se disculpa y convence a la otra de quedarse con su amado, el amado de ambas. Puso patas arriba la fórmula del género pero sin hacer una revolución, aún dentro del mainstream. Hace 20 años se podía ver algo así en el cine. Hoy sólo pensarlo parece imposible. Y eso es triste.

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Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria

Romhy Cubas

En un presente que se alimenta de información y que hace todo lo posible por explotar y exponer la data mediante inagotables plataformas –mientras más mejor- es frecuente que las figuras públicas, y las que no también, cuenten con al menos una biografía visual y escrita que exponga las horas y los días de sus vivencias. Los minutos de una persona encapsulados en cuenta regresiva como aditivo social.  Es tan frecuente que el hecho de que una de las últimas producciones de Netflix sea el primer documental enfocado en la periodista y escritora norteamericana Joan Didion, mágica contadora del siglo XXI, es casi ridículo.

“Things fall apart; the centre cannot hold; / Mere anarchy is loosed upon the world”

 Joan Didion: The Center Will Not Hold, un proyecto dirigido por el sobrino de Didion, el cineasta y actor  Griffin Dunne, es esa primera vez que muchos precisaban para deshilar las capas de cebolla de una de las plumas más lúcidas y honestas de las últimas décadas. Una mujer que recibió de las manos del ex presidente de Estados Unidos Barack Obama la Medalla Nacional de Artes y Humanidades, además del “Premio Nacional a la No Ficción” por su obra The Year of Magical Thinking y de la “Medalla por contribuciones distinguidas a la Letras estadounidenses” otorgada por la Fundación Nacional del Libro. No obstante, los premios son meras consecuencias de una trayectoria que se impone a la muerte y al dolor para encontrarle un nuevo sentido a la vida mediante las palabras.

Joan Didion nació en SacramentoCalifornia el 5 de diciembre de 1934, graduada de la Universidad de California Berkley y con su primera oferta de trabajo recibida a los 20 años directamente de las páginas de la revista Vogue en New York, Didion critica y analiza con agudeza sus alrededores desde antes de juzgarse periodista. En Vogue  ascendió de copywriter a editora asociada en tan solo dos años; en la legendaria revista también publicó sus primeros ensayos y artículos con una voz insolente, fresca, contraria en pequeños detalles a la típica Vogue elitista dedicada a amas de casa y trendings del New York de los 60. Mientras tanto, también publicó su primera y menos conocida novela, Run, River, y conoció a su esposo el escritor John Gregory Dunne, quien para entonces trabajaba en la revista Time.

De aquí en adelante la carrera de Didion ascendió como sucede cuando la pasión y la rutina se juntan en una sola escala. Su figura se sostiene junto a la de grandes periodistas literarios de la nueva escuela de los 60 como Tom WolfeTerry Southern y Hunter S. Thompson. Sus reportajes incisivos y veloces retaron la contemporaneidad y recorrieron los salones de la fama mientras su pluma se codeaba con músicos y actores legendarios como Harrison Ford, Steven Spielberg o Natalie Wood.

Joan Didion: hacer de la literatura un refugio contra la desmemoria
Joan Didion con su esposo John Gregory Dunne, hija, Quintana Roo Dunne y sobrino Anthony Dunne en Malibu 1972 | Foto vía: GettyImages

Aunque por años la cultura y la música ocuparon un espacio enorme en las fiestas de su casa en Malibu y en las páginas de sus columnas, la política también se acercó a Joan casi sin pretenderlo en piezas sociales de mayor espectro como su ensayo Haight-Ashbury sobre el mundo del LSD y las drogas en la comunidad hippie, su ensayo de Vogue  Self-Respect: Its Source, Its Power, su reportaje sobre la guerrilla en el Salvador o una serie de entrevistas privadas que mantuvo con una de las integrantes de la “familia” del asesino en serie Charles Manson, Linda Kasabian, mientras esta se encontraba en prisión y en proceso de testificar contra Manson.

Joan Didion publicaría ensayos y artículos retándose a sí misma en el campo del periodismo literario hasta que decide dedicarse por completo a la literatura y la redacción de guiones y obras personales –incluyendo proyectos comunes con su esposo John Dunne. Pero además de esa voz subjetiva y sensata que con constancia, sin pausa pero sin prisa, va develando pequeñas partes de la cultura americana en sus textos Didion se adueñó de un duelo particular. “Nos contamos historias para sobrevivir” acierta en su libro The White Album antes de sospechar siquiera que en un movimiento de pestañas perdería a su familia y haría de la muerte su biblioteca personal. A ese duelo se sobrepondría observando sus alrededores, para reescribirlos cuando no hubiera más historias que contar.

“El impulso de escribir cosas es peculiarmente compulsivo, inexplicable para aquellos que no lo comparten, útil solo accidentalmente, solo secundariamente, de la forma en la que cualquier compulsión intenta justificarse. Supongo que comienza o no comienza en la cuna. Aunque me he sentido atraída a escribir cosas desde que tenía cinco años, dudo que mi hija lo haga, porque es una niña especialmente bendecida y atenta, encantada con la vida exactamente como se le presenta la vida, sin miedo a irse a dormir. y sin miedo a despertar. Los encargados de los cuadernos privados son una raza completamente diferente, rebeldes solitarios y resistentes, descontentos ansiosos, niños afligidos aparentemente al nacer con algún presentimiento de pérdida.”

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Joan Didion junto al retrato de su esposo John Dunne | Foto de Eugene Richards vía The Red List

Las constantes de Didion

Además de la pluma y las palabras, la vida de Joan estuvo marcada por una constante tan inesperada como la vitalidad con la que recuerda cada sonrisa y discusión de su pasado a los 83 años de edad. En el invierno del 2003, mientras su hija Quintana Didion se encontraba hospitaliza por sepsia producto de una neumonía, su esposo John Gregory Dunne murió de un infarto el 30 de diciembre. Un año y medio después, luego de infinitas horas en el hospital, un deterioro continuo y una cirugía cerebral, su hija​ Quintana falleció de pancreatitis el 26 de agosto de 2005 a los 39 años de edad. En menos de dos años Didion perdió el centro de una vida construida a base de pequeños momentos y vicios retenidos. “La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y tu vida como la conoces acaba”, anotó con cautela tras la muerte de John.

Los libros The Year of Magical Thinking y Blue Nights son el resultado de ese duelo incompleto que el documental reúne entre fotografías, testimonios y la narración personal de Didión mientras lee sus propias líneas y recuerda una rutina que nunca más podrá repetir: levantarse y bajar a la cocina por una coca cola fría en lentes de sol mientras su esposo lleva a Quintana al colegio, discutir sobre quién tiene la razón o pasar las vacaciones en familia en el apartamento de la playa.

“El dolor resulta ser un lugar que ninguno de nosotros conoce hasta que lo alcanza. Anticipamos (sabemos) que alguien cercano a nosotros podría morir, pero no miramos más allá de los pocos días o semanas que siguen inmediatamente a una muerte tan imaginada. Malinterpretamos incluso la naturaleza de esos pocos días o semanas. Podríamos esperar sentirnos conmocionados, si la muerte es repentina. No esperamos que este choque sea obstructivo, desarticulando tanto el cuerpo como la mente. Podemos esperar estar postrados, inconsolables, locos por la pérdida. Pero en realidad no esperamos volvernos literalmente locos”.

Este es uno de los pasajes de The Year of Magical Thinking, anotaciones de una escritora que busca recordar en sus apuntes a los lugares de los cuáles no puede huir. “Un lugar pertenece por siempre a quien lo reclame con mayor intensidad, a quien lo recuerde más obsesivamente, lo despoja, le da forma, lo ama tan radicalmente que lo rehace a su propia imagen.”

En los años 70 Didion fue diagnosticada de esclerosis múltiple. Durante el documental hay un choque entre el desmejoramiento físico de una mujer con un glamour innegable y la voz melodiosa que recuenta sus propias frases sin titubear, enfrentándose con sinceridad y aplomo a  la cámara.

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Quintana Roo Dunne, John Gregory Dunne, y Joan Didion en casa | Foto de John Bryson/Netflix

Recuerdos y cuadernos

De todas las preguntas que se hace Didion durante los años, el sinsentido del destino es el que se afinca en la pantalla. Los “tal vez”, y “que hubiera pasado si” son constantes en la vida de alguien que pierde repentinamente el espectro de su vida. Joan Didion casi podría pasar por una escritora de autoayuda para superar el duelo y la muerte,  experta en estudios y ensayos sobre la superación y los niveles emocionales que se suceden al perder a alguien cercano. Este sería el caso de no ser porque en sus anotaciones hay una clara distinción entre lo que pasó y lo que podría haber pasado, entre el propósito de su presente literario y pasado periodístico.

La verdad sobre los cuadernos de Didion es que son una parte diluida de ella misma. Una manera de preservarse y combatir la desmemoria, de apostar por la vida a pesar de sus muertos.

Joan Didion: The Center Will Not Hold es solo una migaja del extenso trabajo literario y periodístico de una figura que revive los perfiles más elegantes de Truman Capote en su juventud.  Una silueta cuyo recuerdo es necesario para entender el rescate de la palabra que hace un escritor con cada página habitada en su diario.

“Mira lo suficiente y escríbelo, me digo a mí misma, y luego, una mañana, cuando el mundo aparente consumirse, drenarse, algún día cuando solo esté haciendo lo que se supone que debo hacer, que es escribir en esa mañana en bancarrota, simplemente abriré mi libreta y allí estará todo, una cuenta olvidada con interés acumulado, un pasaje pagado al mundo exterior: el diálogo escuchado en los hoteles y ascensores y en el mostrador de pabellón de Pavillon (…) Recordar lo que era ser yo: ese es siempre el punto”. Joan Didion.

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5 sitcoms que salvan el género porque son tan actuales como graciosas

Nerea Dolara

Las sitcoms tuvieron una era de oro con Friends y Seinfeld, pero hoy las que triunfan son las que además de humor hablan del mundo actual. Estas son las sitcoms de hoy que deberías conocer.

Los ochenta y noventa fueron las décadas de la sitcom. Esta abreviación de comedia de situación ofrecía un formato práctico y adaptable: episodios de menos de media hora, un reparto variado de personajes y, lo más importante, la posibilidad de presentar situaciones en cada ocasión, pero regresar al status quo previo al final del episodio. Es decir, un formato en que los personajes podían crecer pero siempre se mantenían más o menos iguales y, por ende, serializables hasta el infinito. Como se sabe la posibilidad de infinito no era del todo cierta (igual que la del progreso) sitcoms que fueron mitos cayeron de sus altares tras años al aire debido al descenso de su calidad.

La invasión de sitcoms que produjo el éxito de Friends y Seinfeld -dos series que aún mantienen altos niveles de espectadores en plataformas de streaming- hizo que a principios de los 2000 nadie quisiese acercarse al género, por cansado. Era el tiempo de los dramas, del antihéroe, de la seriedad televisiva que inició “la era dorada” de la que tanto se habla hoy. La sitcom perdió su estatus y su respeto. Se desdeñó como un género fácil y poco elegante (aunque hubo excepciones como How I Met Your Mother que sobrevivieron a la extinción del género utilizando la originalidad narrativa). Pero en los últimos años estos prejuicios han sucumbido ante comedias que se merecen mucha más audiencia y amor de la que actualmente tienen. Sitcoms que asumen su esencia sin dudarlo, que miran a los clásicos del pasado y los reinventan para estos tiempos.

Series como Friends o Seinfeld, ejemplos calidad que se mantiene en el tiempo, son también un retrato claro de su momento histórico: repartos enteramente blancos y heterosexuales, chistes homofóbicos, comportamientos machistas (por dios hasta How I Met Your Mother tendría problemas para emitirse hoy en día). La razón es simple: salas de guionistas llenas casi exclusivamente de, sí, hombres blancos heterosexuales. Con la presión por la diversidad que se ha apoderado del mundo audiovisual actualmente, incluso con creadores que son hombres blancos heterosexuales, las nuevas sitcoms ofrecen un panorama muy diferente.

5 sitcoms que salvan el género porque son tan actuales como graciosas

Modern Family (2009-presente)

Cuando se estrenó despertó amor y alabanzas en la crítica y los espectadores. La historia fragmentada de una familia actual -un patriarca en sus segundas nupcias con una mujer latina más joven, una hija mayor con un matrimonio de décadas y tres hijos y un hijo menor gay con una pareja de años- se convirtió en la portadora de la llama olímpica de las sitcom en televisión, que en ese momento eran poquísimas. Parte del entusiasmo provino de la diversidad (Mitch y Cam son una pareja gay que adopta una hija y Gloria es una inmigrante colombiana) y parte de la magia que exudaban unos personajes perfectos en su mezcla de humanidad, realismo y humor. Pero también del hecho que Modern Family es, a la vez, conservadora y segura. La serie no se arriesgó del todo y es por eso que ahora, con los años, se tilda de aburrida y segura en los círculos de Hollywood. Pero no hay que olvidar que, como sus buenas predecesoras, esta sitcom tiene el potencial de verse una y otra vez y un reparto mágico.

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Superstore (2015-presente)

Otra serie que se desarrolla en un ambiente laboral, pero en este caso además de asumir la diversidad como algo normal en el mundo, también es una serie que habla de los problemas económicos de la clase trabajadora. Superstore se desarrolla en una mega tienda al estilo de Makro o Alcampo. Sus empleados, que ganan un sueldo ínfimo, han pasado por tramas -llenas de humor pero también de serio comentario social- sobre la formación de un sindicato o la falta de cobertura médica. Superstore es una sitcom poco conocida pero realmente disfrutable, que además piensa sobre el país en que se desarrolla y habla de los problemas de quienes más sufren.

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Brooklyn Nine-Nine (2013-presente)

Esta es una sitcom que casi podría haberse sacado del pasado, si no fuese por todo lo que realmente es. El formato es básico: una comisaría de policía y sus integrantes. Pero son esos integrantes los que le dan a esta serie su toque único. Detrás de su creación esta Mike Schur (responsable de Parks and Recreation y The Good Place) por lo que no es una sorpresa que sus personajes sean humanos e hilarantes. En Brooklyn Nine-Nine el reparto es diverso a más no poder: hay razas, géneros y preferencias sexuales variadas. Pero eso no es el punto, de hecho lo que le da frescura es que su variedad es algo que sus personajes y el espectador con ellos asume como lo que es, algo normal. La serie además disfruta haciendo bromas sobre los prejuicios del pasado, burlándose de las mentalidades reprimidas y retrógradas que aún existen en muchos sitios con agudeza.

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Fresh off the Boat (2015-presente)

Es la historia de una familia taiwanesa que emigra a Estados Unidos en los noventa, y abre un restaurante de carne con temática cowboy, y su adaptación vista desde diversas generaciones. Antes de esta serie la representación asiática en la televisión americana era casi inexistente o casi en exclusiva centrada en estereotipos. Con ella llega una historia de inmigrantes, de lo difícil que es la adaptación, de la nostalgia, las diferencias culturales y los nuevos comienzos. Una serie perfecta para explorar la experiencia de quien llega a otro país en busca de una mejor vida y sus particulares circunstancias.

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Black-ish (2014-presente)

Una familia negra -padre, madre y cuatro hijos- viven una existencia acomodada gracias al éxito profesional del padre. Pero él comienza a cuestionarse si su familia ha perdido contacto con sus raíces, con su cultura, gracias a estas comodidades y al hecho de que estén rodeados de familias blancas. Así comienza esta excelente comedia que, en principio podría parecer otra sitcom familiar al estilo de Príncipe de Bel-Air o Cosby Show, sino fuese porque el hecho de ser afroamericanos es parte fundamental de esta familia y no algo que es pero no se habla. La serie discute la raza, la cultura y la política con humor pero también con profundidad y corazón. Uno de sus mejores episodios se centra en la familia lidiando con el tema de los asesinatos policiales a jóvenes negros.

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'Gigantes Descalzos', una lección documental contra la porno-pobreza

Clara Paolini

Foto: Álvaro Priante e Iván Roiz

“Todo parece imposible hasta que se hace”. Podemos pensar que es la típica frase positiva de Mr. Wonderful, demasiado inocente, azucarada y ridícula como para ser de utilidad. Pero también es posible, y recomendable, demostrar su veracidad mediante el ejemplo, descubriendo que el idealismo, el esfuerzo y afán de superación son más que un reclamo para vender tazas. Tanto Sergio Zúñiga como Álvaro Priante e Iván Roiz saben bien que todo parece imposible hasta que se hace, así que se pusieron manos a la obra. El primero, conocido como “el profe Sergio”, ha conseguido transformar el futuro de los niños de una comunidad indígena mexicana a través del baloncesto. Los segundos, codirectores de Gigantes Descalzos, han autofinanciado el documental que retrata su realidad desde la honestidad y el respeto.

Los pies descalzos sobre el parqué y la mirada puesta en la canasta. Son niños provenientes de un lugar marcado por la violencia, la pobreza y la marginalidad, pero su equipo supera contrincantes del mundo entero. Muy pocos conocían la existencia de la comunidad indígena Triqui, en el noroeste de Oaxaca, hasta que estos pequeños gigantes empezaron a ganar torneos internacionales de baloncesto. El equipo se convirtió en un fenómeno en México que pronto empezó a acaparar titulares, ofreciendo  todos los ingredientes de una historia de seducción mediática que no pasó desapercibida por los directores del documental.

En junio de 2014, Álvaro Priante escucha en la radio un programa deportivo mencionando el triunfo del equipo triqui. Contacta con Sergio Zúñiga,el entrenador que hace posible el éxito, le propone a Ivan Roiz hacer un tándem para filmar la historia y, en diciembre del mismo año, ya están en un avión rumbo a Oaxaca, a punto de filmar las imágenes que germinarían en Gigantes Descalzos. Tras el vuelo, Priante y Roiz emprenden un viaje de 7 horas en furgoneta hasta llegar al remoto lugar que vio nacer a los héroes que triunfan en la cancha. Los directores aún no saben que la película que se disponen a filmar inauguraría la undécima edición del Festival MiradasDoc, que ganaría el Premio a la Mejor Película Nacional en el BCN Sports Film Festival ni el Premio del Público en DocMX; desconocen que durante el 2017 pasarían por la Seminci y festivales en Francia, Italia, Colombia… Nos saben que es una película que servirá de aprendizaje a los niños españoles. Por aquel entonces, no saben siquiera, en qué resultará su intuición. Priante cuenta que el documental nace de “una corazonada y también por pesao”. Según comenta Roiz, “muy mal se nos tenía que dar como para no sacar nada de esta historia”.

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La cocina de Elsa, la madre triqui de un campeón de baloncesto. | Foto: Álvaro Priante e Iván Roiz

En las canchas de una poblado perdido entre Guerrero y Oaxaca les recibe el “profe Sergio”. Él el artífice de un proyecto que busca mejorar la integración, garantizar la educación y proveer de mínimas condiciones de vida a los niños de una de las poblaciones más desfavorecidas de México a través del deporte. Ahora, gracias a sus inagotables esfuerzos detrás de la Asociación de Basquetbol Indígena de México (ABIM), los niños triquis no sólo disfrutan de tres comidas diarias, sino que viajan por todo el mundo jugando a ganar. Zúñiga es la prueba viviente de que, con voluntad, es posible cambiar vidas, a pesar de la falta de apoyo gubernamental y financiero.

“El mensaje que transmite es que es posible cambiar las cosas. Se puede producir un proceso de transformación social desde las condiciones que sean mediante el esfuerzo, dedicación y tiempo. Se pueden conseguir resultados y lo que mas feliz nos hace es trasmitir ese mensaje positivo”, comenta Iván Roiz. El optimismo de los personajes surca el documental dejando una profunda marca de esperanza, pero la realidad, sin embargo, no carece de dureza. “Cuanto más remota y más pobre es la región, más dura es la realidad y en Oaxaca, menos narco, hay de todo. A mitad de rodaje iban apareciendo temas paralelos difíciles de tratar: violencia de todo tipo, enfrentamientos con el estado, guerrillas, tensiones familiares…. Lo filmamos todo, pero preferimos editar en montaje los elementos, presentando pinceladas sin desviarnos de la trama principal”, comenta Priante.

Muchos han acertado en señalar esta característica como uno de los principales logros del film: No cae en la llamada “porno-pobreza”, porque tal y como señala Roiz, “no quisimos seguir escarbando en la pobreza desde la parte negativa para convertirla en espectáculo, sino proponer una historia real que ha dado resultados positivos”. La película abre la mirada del espectador sin caer en el paternalismo, conciencia sin pontificar y aporta un retrato real que dignifica a sus protagonistas. Como consecuencia, el espectador empatiza y descubre otras vivencias, siendo la audiencia más joven la que mayor riqueza extrae del visionado.

Durante la programación de MiradasDoc, más de 1.000 niños de todas las edades tuvieron la oportunidad de ver Gigantes Descalzos y ambos directores coinciden en señalar lo gratificante de la experiencia: “Ven niños como ellos en condiciones muy diferentes y preguntan desde la inocencia. Por ejemplo preguntan cómo se llamaba determinado chaval, o cuántos años tiene la amiga que ha tenido un bebé. Se dan cuenta que uno de los personajes tiene la misma edad, que por ejemplo una es madre y se impresionan. El acercamiento del documental a este tipo de audiencias contribuye a que se interesen por la realidad más allá del puro entretenimiento”.

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“La audiencia infantil empatiza cuando ve niños de su propia edad en otra situación”. | Foto: Álvaro Priante e Iván Roiz

Antes del documental, otros muchos periodistas y reporteros habían visitado la comunidad en busca de capturar la historia, pero nadie se quedaba mas de 3 o 4 días. “Cuando vieron que nos quedábamos semanas les extrañó, pero sólo así conseguimos esa cercanía que te da el tiempo, durmiendo allí, comiendo juntos. Es la única manera de acercarte a las personas y ganar su confianza. Hay que compartir la ilusión, ir con el corazón abierto y mostrar honestidad”, apunta Roiz como clave indispensable para el género documental.

Lejos de ser una superproducción apoyada desde los engranajes de la industria, el camino de Gigantes Descalzos no ha sido fácil: “Todo, desde el primer documento en un Word, hasta la copia en DCP que se va a proyectar mañana en el cine, está hecho, pagado y financiado por nosotros”, asegura Priante, quien también destaca la altruista colaboración de todo aquel que se cruzaba con el proyecto. Tirando de los ahorros, amigos y suerte, la pareja ha conseguido sacar adelante un film cuyo presupuesto ronda los 120.000€. “En México contactamos con una escuela audiovisual que nos prestó material y la colaboración de los estudiantes. Sin esperarlo, conseguimos formar un equipo de 6 personas y hay muchas cosas que a nosotros no nos han costado dinero, como salas de edición, sonido, música…”. Todo parece posible contagiando el entusiasmo compartido.

Para Iván Roiz, su experiencia supone una lección: “Personalmente, haber estado tres años sin financiación ni apoyos externos, me ha enseñado que si te empeñas acabas la película. A veces nos ponemos nuestro propios limites y en el fondo no hay por qué tenerlos. Si este proyecto ha salido tan bien es porque parte de la emoción y la ilusión. Tanto por ellos, los niños indígenas y el profe Sergio, que lo hacen todo desde el corazón y las entrañas, como de la gente a la que motivamos para el proyecto, que se ha conseguido empapar de ese espíritu. Compartimos tiempo, compartimos horas e ilusión, y eso se nota en el resultado”.

Cuando Sergio Zúñiga inició su proyecto, nadie pensó que tirar canastas pudiera contribuir a una mejor educación. Era dudoso que el esfuerzo invertido consiguiera cambiar la desfavorable situación de la comunidad indígena. Quién iba a pensar que merecía la pena, que jugando cambiaran las perspectivas de futuro. Nadie apostaba por los niños triqui. Pero ganaron, en todos los sentidos. Tampoco apostó ninguna productora por un documental que narrara su historia, pero se hizo, se difunde y se disfruta con cada nuevo visionado. A fin de cuentas, todo parece imposible hasta que se hace.

Gigantes Descalzos // Teaser – ESP
from Ivan Roiz on Vimeo.

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Amando a Van Gogh al óleo y en 65 mil fotogramas

Romhy Cubas

Foto: Robert Gulaczyk como Vincent Van Gogh
Fotograma de Loving Vincent

Vincent Van Gogh apenas llegó ser consciente de sus 37 años antes de dispararse en el pecho y morir a los pocos días, aunque hay quienes creen que el pintor no se suicidó sino que fue asesinado. Durante su última década de vida logró reunir más de 900 pinturas para un portafolio profesional que demoraría en ser considerado como tal. No estuvo presente para entenderse con los fanáticos y adoradores que se inspiraron en su obra pos impresionista, en su predilección por los colores que marcó temporalidades en el arte o simplemente en su turbia y ambivalente existencia, pero sí dejó la estela de un imán tan sugestivo como sus interpretaciones de la vida y la muerte.

El marco de referencia siempre será Van Gogh y su Cielo Estrellado, aunque este es solo uno de los cientos de cuadros que supondrían teorías y conspiraciones escondidas. Unos 1600 dibujos se añaden a esta gigante colección, y al contrario de lo que se pregona sobre la inexistente compra por parte del público de sus cuadros, Van Gogh sí vendió su arte para sobrevivir. Un ejemplo es La Vigne Rouge (1888) expuesta en Bruselas y vendida por 400 francos a la artista belga Anna Boch.

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Noche estrellada sobre el Rhone. | Foto vía Loving Vincent.

El misterioso talento de Van Gogh lo estampó para la historia como uno de los grandes criterios artísticos de los que se tiene constancia.  Su vida personal fue una quimera entre locura y lucidez, con ataques de demencia en el intermedio que lo llevaron a ser internado en el manicomio de  Saint-Rémy, o episodios como la famosa automutilación de su oreja, la cual tampoco se sabe si fue a raíz de un ataque de esquizofrenia o producto de una pelea con el pintor y amigo Paul Gauguin.

Este año su obra vuelve a crear historia sin su “consentimiento”. De la aproximación entre el cine y el arte surge la dirección de la primera película realizada al óleo en la historia cinematográfica. Esta oda a Van Gogh es una “biografía” del holandés dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman, con música de Clint Mansell y estrenada en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy, en donde recibió el Premio del Público.

El título de Loving Vincent –que hace referencia a la firma con la cual el pintor se despedía en sus correspondencias con su hermano menor Theo- es el último resultado de una larga lista de experimentos y fusiones artísticas que mezclan los biopics con la pasión y locura de artistas emblemáticos.

En este proyecto los animadores empezaron a trabajar con una base de 377 pinturas creadas por un equipo de diseñadores para luego pintar el primer fotograma de cada toma en un lienzo. El siguiente paso fue animarlos hasta terminar el proceso en el último fotograma de la toma. El equipo de diseñadores también se dedicó a crear retratos de los actores que participan en la película como: Saoirse Ronan o Jerome Flynn, fusionando en la pintura sus facciones y características con el aspecto de los personajes en su perfil al óleo.

El resultado se puede ver en 94 cuadros de Van Gogh con un aspecto bastante fiel al original y otros 31 con una representación parcial de algunas de sus pinturas. También se puede ver en 65 mil fotogramas pintados a mano en lienzo -fotograma por fotograma-. Integrando la presencia de actores reales que dan vida a estos cuadros en una especie de animación al óleo posible gracias a 125 artistas de todo el mundo –escogidos entre 4.000 aspirantes para un entrenamiento de tres semanas- que colaboraron en este ambicioso proyecto de 5,5 millones de dólares, el resultado final de Loving Vincent llega luego de seis años de constancia y paletas de color.

Entre los actores que dan vida a los cuadros de Van Gogh se encuentran Douglas Booth, Eleanor Tomlinson, Jerome Flynn (Juego de Tronos), Saoirse Ronan y Chris O´Dowd.

Amando a Van Gogh al óleo y en 65 mil fotogramas
Grupo de artistas en el estudio trabajando en las pinturas al óleo para Loving Vincent | Foto vía: lovingvincent.com

Van Gogh  y Theo

En el  verano de 1891 en Francia el joven Armand recibe una carta de su padre, el cartero Joseph Roulin, destinada a ser entregada personalmente al hermano de su amigo Vincent Van Gogh –Theo- en París. Pero en París no hay rastro de Theo, quien dicen murió poco tiempo después de que Vincent se quitara la vida, y con quien mantenía la relación más cercana durante sus últimos años de vida.  A partir de este hilo se desenvuelve la película que da vida a los cuadros de Van Gogh, recorriendo la substancia del pintor a través de la correspondencia que con frecuencia mantenía con su hermano pequeño, y que acumula una montaña de hasta 800 cartas.

Todos los personajes son interpretados por actores que trabajaron en sets construidos con la apariencia real de los cuadros de Van Gogh o en cromas que recreaban después del rodaje los cuadros del pintor mediante técnicas de animación digital. El rodaje real con los actores se hizo en Londres y Polonia y sirvió de base para la posterior animación de la película. El equipo de diseño estuvo un año intentando imaginarse los cuadros de Van Gogh en el cenit de la película.

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Jerome Flynn como el Dr. Gachet | Foto vía: lovingvincent.com
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Saoirse Ronan como Marguerite Gachet | Foto vía: lovingvincent.com

Los directores leyeron más de 40 publicaciones distintas sobre el pintor para ubicarse en un espacio y tiempo geográfico de su vida. También visitaron 19 museos en seis países distintos a los largo de cuatro años y llegaron a ver hasta 400 cuadros del artista. De esta bibliografía surgió la estela de presentar el estilo más maduro de Van Gogh, con retratos de personas cercanas y cruciales para este en aquella época como el cartero Roulin, el doctor Gachet, Margaret Gachet o Adeline Ravoux.

Por otro lado, uno de los mayores retos surgió gracias a las distintas formas y geometrías de los cuadros originales de Van Gogh y su encaje en los encuadres cinematográficos. La película tiene en su totalidad 898 tomas, trabajadas por animadores y artistas en resolución digital, quienes combinaron el material en vivo con la computación animada para exponer elementos como pájaros, nubes, hojas y caballos. También se utilizaron las denominadas “invasiones”, que suceden cuando un personaje pintado con un determinado estilo se mueve para meterse en otro cuadro con un estilo diferente.

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Terraza de un Café en Arlés. | Foto vía Loving Vincent.

Breve obituario

La famosa cita de Van Gogh en donde proclama: “No podemos hablar de otra forma que a través de nuestras pinturas fue reintegrada al cine literalmente por la directora polaca, quien reconoció en la ambición y la pasión de Vincent un lugar donde volver a crear arte e historia en sincronía. Graduada en la Academia Artística de Varsovia, Dorota Kobiela, que ya ha dirigido un cortometraje de acción real y otros cinco cortos animados, sostiene que la idea de Loving Vincent se le ocurrió por primera vez a los 30 años.  

Entre anécdotas e historias de sus cosechas en Holanda y los barrios bohemios de París, la película también cuenta con flashbacks que hacen referencia a momentos de su vida que no pintó pero que se presentan como pinturas tan  fieles a su estilo como les fue posible a los diseñadores y animadores.

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Aidan Turner | Foto vía Loving Vincent.

Hacia finales de 1888 Van Gogh comenzó a mostrar los primeros síntomas de una enfermedad mental que se aferraría a su rutina. Epilepsia, ataques psicóticos, delirios, hospitalizaciones y manicomios. El 27 de julio de 1890 intentó suicidarse pegándose un tiro en el pecho. Sobrevivió, aunque dos días después murió gracias a la herida. 

Theo, quien reunió la mayoría de las obras de Vincent en París murió seis meses más tarde. La viuda de Theo se llevó la colección de Vincent hacia Holanda en donde se dedicó a conquistar el reconocimiento y la fama que le llegarían al atormentado personaje tras su muerte.

Loving Vincent se estrena el próximo 12 de enero del 2018 en los cines de España.

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