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La comunidad musulmana de Barcelona se manifiesta en contra del terrorismo

Andrea Daza

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Este lunes, 153 asociaciones reunidas en la Plaza de Catalunya, leyeron un comunicado en catalán, castellano y árabe, condenando los atentados terroristas de las ciudades de Barcelona y Cambrils. Hicieron reflexión, un minuto de silencio y autocrítica, antes de pedir a los más de 2.500 asistentes, según cálculos de la Guardia Urbana, que se sumaran a la manifestación de este sábado, convocada por la Alcaldesa de Barcelona, Ada Colau y el president de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Ha sido la primera manifestación de alcance de la comunidad musulmana en la ciudad de Barcelona, después de los ataques del jueves 17 de agosto. Sobre la tarima, Míriam Hatibi, una joven de 24 años de edad y activista de su comunidad, leyó un comunicado breve pero contundente de “rechazo y condena a los terribles atentados de Barcelona y Cambrils”. Lo hacía como portavoz de la Fundació Ibn Battuta, entidad sin ánimo de lucro preocupada por la divulgación cultural entre los países árabes y Europa.

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Foto: Andrea Daza / The Objective.

Con ella, más de 150 entidades y organizaciones se adherían al manifiesto contra “la barbarie y la sinrazón”. Expresaron apoyo a todas las víctimas y heridos: “Hoy, queremos decirle al conjunto de la comunidad musulmana y no musulmana, con la voz bien alta, no al terrorismo, no a la violencia y sí a la paz”. Agradecieron a los cuerpos de seguridad —aplausos aparte para los Mossos d’Esquadra— y a los asistentes en general por acompañarlos esa tarde. Hatibi dijo que era algo que ya venían diciendo, cada uno, por su lado, pero que hacía falta decirlo siempre: “El dolor es común. Todos hemos llorado y no hemos entendido por qué ha sucedido esta tragedia. Debemos trabajar en conjunto para que no vuelva a pasar nunca más”.

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Carme Forcadell hace acto de presencia en la manifestación. | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Míriam llamó también a la reflexión para entender cómo los autores de los ataques, casi todos nacidos en Cataluña, se habían rebelado contra su propia ciudad. Cómo y por qué: “Para que nuestros jóvenes, catalanes musulmanes, no abracen ideologías perversas”, que nada tienen que ver ni con el islam, ni con la religión, apuntó. Dijo estar convencida de que Cataluña sabría responder, cómo ha hecho siempre, contra los ataques xenófobos e islamófobos: “Eso no tiene cabida en nuestra democracia”. Se trata, eso sí, como dijo la portavoz, de un problema que ya no se puede ocultar y que demanda soluciones serias y de conjunto.

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“Nosotros también somos víctimas”, se lee en el cartel. | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Para repetir sus palabras en castellano y árabe, le siguieron Touqeer Tahir y Sohaib Hassani, presidente y portavoz, respectivamente, de la Joventut Multicultural Musulmana, asociación juvenil con sedes en Barcelona, El Maresme, Badalona, Granollers, Tarragona y el Valles.

Delante de ellos, un cinturón de mujeres sostenía una larga pancarta verde que en mayúsculas blancas leía “la comunidad musulmana contra el terrorismo”. Autoridades, prensa —Aswat Radio, orgullosa de ser “la primera radio árabe en España”— intentaban capturar las emociones del momento: “Son criminales no son musulmanes. No queremos terroristas”, fueron algunas de las frases que corearon cientos de personas hasta sumar miles.

Luego del minuto de silencio, los asistentes siguieron Rambla abajo, hasta llegar al Pla de l’Os, el mosaico de Joan Miró, punto exacto donde Younes Abouyaaqoub, abatido ayer por las autoridades, detuvo la furgoneta que condujo a lo largo de 600 metros de terror.

Este sábado, la comunidad musulmana se sumará a la convocatoria hecha ya por la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, para caminar a partir de las 6 de la tarde, desde los Jardinets de Gràcia, pasando por el Passeig de Gràcia, hasta desembocar en Plaza de Cataluña.

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Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana

Anna Maria Iglesia

Foto: Editorial Navona
Editorial Navona

De padres bolivianos y nacida en Caracas en 1973, Magela Baudoin se define como una “boliviana por elección. Yo elegí ser boliviana”. Siendo muy pequeña dejó Venezuela y se crió “entre libros” en Bolivia: “mi padre era un gran narrador”, recuerda la autora, que confiesa no recordar “si algunos libros los he leído o los he escuchado recitar por mi padre”. Escritora y periodista, Baudoin combina ambas profesiones, aunque en los últimos tiempos la literatura ha adquirido mayor protagonismo, sobre todo a partir de la obtención del Premio García Márquez por La composición de la sal, un libro de relatos que ahora llega a España de la mano de la editorial Navona.

Los relatos de La condición de la sal se construyen, en palabras de Alberto Manguel, a partir de “la inminencia de una revelación que no se produce”. ¿Es consciente de esta lógica de la continuada postergación que rige sus relatos?

No es posible decir que es un ejercicio plenamente consciente, porque esto implicaría que la literatura fuera un acto completamente premeditado y esto no es cierto. Pero seguramente proyecto en mi estética el tipo de lectora que yo soy, una lectora que le gusta el desplazamiento, que le gusta moverse y le gusta pensar mal. Soy una lectora que habita en el escepticismo y que le gusta dejarse estar en la historia. Si alguna imagen para pensar mi propia estética es la de un negativo de una foto, es decir, siempre pienso que mis cuentos son un negativo, que alude y, a la vez, elude una realidad que nunca explica. Aborrezco la literatura explícita.

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Portada de “La composición de la sal” | Imagen vía Editorial Navona

¿Cree que abunda la literatura explícita?

Hay y no la hay, yo solo puedo decir lo que me gusta hacer. Lo que puedo decir es que para mí el arte es precisamente esto: la posibilidad de que el otro complete el sentido. En este sentido, mi estética no es fácil, sino que obliga al lector a “tomar parte de”.

En sus relatos, el lector debe completar un sentido que usted elude mostrar.

Sí, dialogo mucho con el silencio y, por tanto, con espacios de elusión y quiero que el lector habite y complete estos espacios de la ambigüedad. La falta de concreción tiene que ver con mi diálogo con la poesía. Soy una antigua lectora de poesía y hallo que hay mucha poesía en el cuento, sobre todo en lo referente a la composición de sentido. La poesía es poesía porque anuncia, no muestra. Y, para mí, si algo es mágico y rotundo en la poesía es la posibilidad de construcción de sentido fuera del texto. Trabajo la literatura desde esta perspectiva, pensando la literatura como un viaje compartido y, por tanto, teniendo una fe enorme en la figura del lector.

¿Trabaja desde una perspectiva distinta cuando escribe novela?

En la novela el lugar del lector no cambia, el lector sigue siendo alguien activo, sin embargo, la composición de la novela tiene otra música, una música más lenta, que permite una cadencia, una exploración más profunda, otra respiración. La novela permite una exploración más psicológica e, incluso, más sociológica del mundo. El cuento, por el contrario, es un aparato de potencia y de profundidad que admite muy pocos fallos. El cuento te exige una conciencia plena del arte facto literario.

Lo que aúna todos los relatos de La composición de la sal es la idea de ambivalencia

Efectivamente, probablemente aquello que aúna todos los cuentos es la ambivalencia del habitar, del acaecer. Creo que si alguna unidad tiene el libro es que todos los personajes están siendo, están acaeciendo, se están transformando y torciendo en su espacio vital. Me interesa la ambivalencia, aquello no es ni el blanco ni el negro y, sobre todo, la ambivalencia entre lo bueno y lo malo: la sal puede servir para sanar, pero también para hacer daño –una tortura era poner sal en las heridas abiertas.

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Magela Baudoin | Imagen vía Editorial Navona

El cuento que da título al libro tiene como trasfondo las ansias de “recuperar el mar”, por parte de la sociedad boliviana, a la que se describe como una sociedad patriarcal.

Exacto. Y por estos dos motivos, este es un cuento particular, porque habla de cómo se quiebra un hombre, algo imposible en una sociedad patriarcal como la nuestra, una sociedad donde es imposible que un hombre se doblegue ante el dolor y no pueda hacer nada más que llorar, si bien llorar es algo muy humano. Al mismo tiempo, el cuento es particular porque el protagonista que no puede dejar de llorar encuentra que la única solución posible para dejar de llorar es algo que para un boliviano es imposible: bañarse en el mar.  Es paradójico que en Bolivia la solución a todos nuestros problemas históricos fuera y siga siendo la recuperación del mar, algo que todos nosotros sabemos imposible. La recuperación del mar es un ideal que, como todo ideal, está muy lejos de cumplirse. Me gustaba jugar con esta doble imposibilidad: la imposibilidad histórica y la imposibilidad vital -la del hombre que se quiebra- en una sociedad como la nuestra.

Si en el relato La composición de la sal se muestra la humanidad de un hombre que se quiebra, en Algo para cenar se nos presenta su opuesto: un niño que desprecia con bastante crueldad a su madre.

Es cierto, aunque el niño lo que hace relacionándose así con su madre es buscarse, buscar quién es. Lo que me interesa en este cuento y en los demás es ver cómo los espacios vitales de la identidad se componen de acuerdo a las circunstancias y cómo estas circunstancias, a veces, te llevan a límites realmente inesperados. Quería explorar cómo cualquiera de nosotros somos capaces de hacer cosas que jamás habríamos imaginado y en esta posibilidad de hacerlo nos revelamos como alguien distinto a lo que nosotros creíamos ser. Y quería indagar sobre la ambivalencia entre lo que creemos ser y lo que somos a partir de los espacios domésticos. Me interesaba indagar sobre cómo nuestra identidad se quiebra en espacios tan sencillos, tan aparentemente definibles como son los espacios de nuestra cotidianidad.

El relato Moebia, donde se describe una cárcel laberíntica, es un explícito homenaje a Jorge Luis Borges.

Borges es, sin duda, uno de mis autores de cabecera. Está siempre a mi lado, sobre todo, su poesía; es un autor al que recurro para sanarme, para expandir el universo, para volver a quien soy. Y Moebia era una exploración de la posibilidad de encontrar un camino donde es imposible encontrarlo; Moebia representa las mil posibilidades de un laberinto y, evidentemente, terminó siendo un homenaje al maestro de los laberintos.

Pero, ¿por qué imaginar el laberinto borgiano como una la cárcel?

Cuando escribo, siempre lo hago, en parte, desde el periodismo: mi ojo periodístico siempre está buscando nuevas historias. Y un día me encontré una historia que me llevó a este relato. Se trataba de la historia de alguien de alguien del mundo de la “normalidad” que llega a abismarse a ese otro –el de la cárcel- y encuentra que ambos mundos se parecen más de lo que hubiera podido pensarse. Los dos espacios se reflejan, funcionan como dos espejos y esta idea del espejo es muy borgiana. En seguida esta historia me llevó a este relato, que nace de una perla de la realidad, de una historia que estaba ahí y me impacto. Normalmente, siempre me sucede así: hay algo de la realidad que me impacta y, entonces, empiezo a explorar y a preguntarme “qué sería sí…”

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana
José Ovejero, Magela Baudoin y Pere Sureda en la presentación de “La composición de la sal” en la librería Laie | Imagen vía Laie

¿La práctica periodística, por tanto, ha influido en tu literatura?

Claro, conscientemente me encuentro siempre espiando la realidad. De todas formas, creo que mi espacio creativo proviene de muchos lugares: del impulso de crear historias, de lo lúdico, de la búsqueda de respuestas, que es el espacio del periodismo, y también del dolor, es decir, ese espacio desde el cual respondo a mis fantasmas. A partir de estos espacios creo mi poética, a veces planteando un mero juego y, a veces, buscando respuestas a preguntas que vienen de historias que encuentro en la realidad o que son más personales. Como diría Alicia, escribo para preguntarme quién soy y a dónde voy.

¿Cuál es la formación literaria de Magela Badouin?

Es una hermosa pregunta, porque yo tuve una educación sentimental muy clásica: mi abuela era muy lectora y mi padre era muy narrador, me leía los clásicos y en mi infancia habité junto a Dumas, Salgari, con la poesía de los simbolistas, pero también con Jane Austen y las hermanas Bronte. En la adolescencia, llegó inevitablemente Herman Hesse y, a partir de ahí, mi búsqueda literaria me fue llevando por distintos caminos. Los autores del Río de la Plata están obviamente presentes, están ahí Cortázar, Arlt, Borges, Laiseca… Sin embargo, junto a todos ellos, está también la literatura norteamericana, sobre todo, la literatura sureña con autores como Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers y Hemingway. Si te fijas, se trata de narrativas que incorporan un lector escéptico, un lector que interviene e interpreta lo que está pasando.

En su formación, se combinaron una literatura metaliteraria con una literatura más arraigada a lo real y al detalle de lo real.

Efectivamente, ahí están los autores del Río de la Plata y ahí está también la poética del detalle de Chejov. No es una mezcla consciente, pero sí es cierto que son dos marcas importantes en mi poética. Si me preguntan de quién soy hija, diría que conscientemente soy hija de Chejov, pero inconscientemente me cruzan muchos autores

¿Cómo ve actualmente la literatura boliviana?

Yo creo que la literatura boliviana está en un momento muy interesante y, de hecho, está concitando la atención internacional. Hoy parece que la literatura boliviana ha querido saltar su insularidad para mostrarse finalmente sin complejos y, ahora, está siendo descubierta como lo que es: una literatura plenamente singular, de una fuerza muy importante y que dialoga, por una parte, con lo local y, por otra parte, con lo global. Encontramos, entremezclados, escritores realistas, escritores que dialogan con lo fantástico y escritores que dialogan con la ciencia ficción; todos ellos están contando un país que, de alguna manera, sigue anclado en el tiempo, pero también conectado en el tiempo.

Acaba de recibir el Premio García Márquez, a través del cual ahora publica en el mundo literario español. ¿Cómo vive esta experiencia literaria-editorial?

Alcanzar un premio tan importante como el García Márquez no deja de ser una sorpresa, no deja de ser una retribución del azar que una no termina de creer, sobre todo porque García Márquez era un luminoso cuentista, de los más grandes que hubo.  Por lo que se refiere a publicar en España, es como completar un recorrido, que ha tenido este libro a partir de la obtención del Premio. España es el octavo país donde se publica La composición de la sal y publicar aquí abre una senda que espero sea fructífera. España sigue siendo un norte importante en las letras hispanoamericanas y, para un autor boliviano, el hecho de que un libro salga de Bolivia es algo de por sí muy importante.

¿Considera que Bolivia es un país literariamente cerrado?

Sí, porque históricamente Bolivia ha estado fuera del circuito literario internacional a pesar de tener importantísimos autores, como Ricardo Jaime Freire que, junto a Darío y Lugones, fue el padre del modernismo, o Fran Tamayo o Elda Mundi, que fue una vanguardista tremenda. Y así puedo citar muchos más autores, como por ejemplo Augusto Céspedes, un gran autor de relatos muy poco conocido. Todos estos autores han quedado circunscritos a un territorio bastante incomunicado; afortunadamente esta incomunicación se ha ido rompiendo y, como te decía, el territorio hoy está más presto a comunicarse con su entorno internacional y, por tanto, la literatura boliviana está hoy más expuesta, despertando una curiosidad importante.

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Ignatius Farray: "Sigo siendo un p*** loser"

Jorge Raya Pons

Foto: EL FIN DE LA COMEDIA
COMEDY CENTRAL

Es importante que sepan esto: he visto dos veces a Ignatius Farray y la primera fue en una sala de espera. Era junio y hacía tanto calor que sus gafas estaban empañadas. La segunda fue en el bar Picnic, en Malasaña, y a falta de media hora tenía el recinto lleno. Era septiembre y volvía a los monólogos. Hizo esperar al público una hora. Salió con energía, nos miró a todos y, en un paréntesis de intimidad, dijo: “Sabíais que esto iba a empezar tarde”. Y todo el mundo respondió con risas.

* * *

Es mediodía en la segunda planta de la sede de Comedy Central en Madrid. Entra Ignatius Farray vestido de corto: una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Fuera hace calor, y le caen unas gotas de sudor alrededor de las cejas. No levanta mucho la mirada. “Soy Nacho”, dice, presentándose. “Encantado”.

Ignatius Farray está en todas partes: con Andreu Buenafuente en Late Motiv (Movistar+), con David Broncano y Quequé en La vida moderna (Cadena Ser), tiene su propia serie de televisión (El fin de la comedia), tiene sus monólogos casi semanales en distintos bares de Malasaña. Está en todas partes, le digo, y arrastra dos o tres años de éxito. Él se apresura a desmentirlo, con una risa muy sincera: “En realidad solo este último año. Sigo siendo un puto loser.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 1
Ignatius Farray, posando en el ático del edificio de Comedy Central. | Foto: Ana Laya/The Objective

Ignatius Farray es el rey de la comedia. Un canario de metro ochenta, que ha pasado los cuarenta, calvo salvo por una pelusa que cubre la parte alta de su cabeza –la llama la Selva-. Tiene una barba poblada, de varios meses y sin recortar, y unas gafas negras de pasta como Woody Allen. Ignatius lleva un año creciendo sin parar en la comedia. “Este año la cosa no ha parado”, dice. “La rueda de la comedia me ha pasado por encima. Lo noto porque la gente me saluda por la calle”.

Uno se pregunta qué ha sido de él todo este tiempo. Nació en un pueblo llamado Granadilla del Sur, al sur de la isla de Tenerife, y el absurdo comienza en el momento en que no hay una Granadilla del Norte. Dice que allí fue muy feliz, que tuvo una infancia tranquila, que aquello es muy distinto a Madrid. Dice que fue un chico más bien tímido, pero que en determinado momento algo se desató por dentro: “Recuerdo que hubo un año, no sé si fue en 5º o 6º de EGB –con 10 ó 12 años–, que de repente me vine arriba y me convertí en el payaso de la clase. ¡Me llamaban Woody!”.

–¿Por qué? –le pregunto.

–Por Woody Allen. Me decían: “Eh, Woody, ¡háztelo ahí!”.

Tiene anécdotas de infancia que son memorables, algunas aficiones inimaginables cuando uno solo conoce el personaje, y todas ellas permiten comprender mejor que Ignatius no solo es divertido, sino también retorcido. “Me acuerdo de que en una época me dio por el tenis”, cuenta Ignatius, conteniendo la risa. “Había una cancha en el pueblo y me pasaba la tarde allí solo, peloteando contra la pared. Era por el 88 y ya se sabía que los Juegos Olímpicos iban a ser en Barcelona. Yo llegué a falsificar cartas que me enviaba a mí mismo poniendo que era Samaranch, el presidente del Comité Olímpico, que se dirigía a mí diciendo que habían estado observándome y que querían que yo representara a España en tenis. Yo luego esas cartas se las enseñaba a mi hermano para impresionarle. Y él se lo creía”.

Pasó poco tiempo hasta que comprendió que no solo se divertía haciendo chistes, sino que quería hacerlos todo el tiempo. Ignatius supo que le ilusionaba cada vez más hacer reír a la gente, y comenzó a alimentar esa ilusión, aun creyendo que nunca sería capaz de ganarse la vida con ello. “Me impresionaban Faemino y Cansado”, dice. “La primera vez que me subí a un escenario fue para imitarlos en el casino del pueblo”. ¿A los dos?, le pregunto. Y él se ríe, afirmando con la cabeza.

* * *

Es septiembre y el calor no remite. El bar Picnic cumple nueve años, casi una década de monólogos y cervezas, y desde hace unos meses cuenta con un embajador de oro. Este local tiene dos plantas, una a nivel de calle y otra subterránea, y es en la segunda –con poca luz, tonos rojizos y un paisaje hawaiano de fondo– donde está el pequeño escenario.

Es miércoles y son las diez de la noche. Ignatius toma el micrófono y todo el mundo se encorva hacia delante, como esperando el momento de reír. El público está expectante. En la planta de arriba hay tanto ruido que se hace difícil escuchar a Ignatius. Él dice: “Habrá un momento en que os daréis cuenta de que arriba se lo están pasando mejor”. Luego pregunta si hay alguien que se ofenda con facilidad y descubre que hay un negro. Le apunta con el dedo, con una risa incontenible. “¿Eres negro?”, le pregunta. El chico le responde que aunque lo parezca no lo es. Ignatius exclama: “Eso es todavía más insultante que cualquier cosa que pudiéramos decirte”. Entonces Ignatius comienza a imitarle con una voz extraña: “No, no. Aunque lo parezca. Me ha pasado mil veces. ¡Soy como vosotros!”. Pide un aplauso y todos aplauden. El chico, que no es negro y quizá solo un poco moreno, también aplaude.

* * *

Ignatius siempre quiso hacer reír, pero comenzó en el humor bastante tarde. Tenía 29 años y volvía a Madrid desde Londres. Allí vivió dos años. “Recuerdo que fui a la aventura”, dice, rememorando una historia que cuenta a menudo. “Solía ir a un comedy club. La propietaria se dio cuenta de que no entendía demasiado bien a los cómicos y me dejaba entrar por la mitad de precio. A mí me gustaba solo por estar allí. En Londres comencé a tomármelo más en serio. Luego llegó la casualidad de que en España estaba empezando a llegar la moda de los monólogos con El club de la comedia, Paramount Comedy… Aquella confluencia me lo hizo imaginar de una manera más concreta… A lo mejor sí me atrevía a subirme al escenario para actuar”.

El líder de los Canarios arios habla con mucha dulzura y tiene la voz grave. A veces pierde la compostura y se pone a gritar, sin que nadie pueda verlo venir. Y es gracioso porque es su factor sorpresa. Tiene un humor muy salvaje y sin prejuicios: no le importa bromear sobre los negros, los judíos o el nazismo. Y, como él dice, puede hacerlo porque no es racista, ni antisemita, ni fascista. Es más bien izquierdista y sin horizontes. Es ese humor negro el que causa muchas veces las críticas. “Igual que mucha gente admite hablar de muchas cosas de cualquier manera, hay gente que enseguida cae en el malentendido, que cree que hay un propósito de hacer daño o para que ellos se sientan ofendidos”, dice, dando una justificación. “Llega a ser un poco ridículo. Con eso no digo que un cómico no pueda meter la pata. Creo que se puede hablar de todos los temas, pero no se puede hablar de todos los temas de cualquier manera. Se puede ser desagradable o impertinente, y eso ya no es comedia”.

Y tras una breve pausa, continúa: “Pienso que la comedia debe crear conciliación. Desde el momento en que tenemos ese punto de complicidad y nos estamos riendo juntos de algo, nos acerca más que enfrenta. Creo que la gente que se ofende no está entendiendo de qué va el asunto”.

Ignatius comienza a sentirse más suelto en la entrevista y le pregunto a qué le teme más, si al silencio o a la ofensa. Su respuesta es clara, aunque fragmentada: “Los silencios no me molestan especialmente, forman parte de esa tensión. Un cómico tiene que estar acostumbrado a ese tipo de situaciones. Si te dedicas a esto, ese tipo de situaciones tensas en las que algo no está yendo bien te ocurren continuamente. De alguna manera tienes que aprender a disfrutar de esos momentitos. Si no, lo vas a pasar bastante mal. Hay que encontrarle la gracia”.

¿Y en cuanto a la ofensa? “Yo… Yo lo paso muy mal. Cuando noto que he metido la pata… Cuando veo que la gente se ofende y no hay ningún motivo, me quedo bastante tranquilo. Pero cuando noto que he metido la pata y he podido ofender a alguien… que he hecho algo a alguien que realmente le molestaba… siento una sensación horrible. Te lo juro: no paro de pedir perdón. A veces lo paso mal si pienso que tengo que disculparme con alguien y al final de la actuación no lo encuentro. En los 15 años que llevo en la comedia, la sensación que más se ha repetido es la de arrepentimiento y remordimiento”.

Y entonces ríe, pero se siente como una risa nerviosa: “La sensación de remordimiento es permanente”.

* * *

La función de Ignatius esta noche es servir de gancho comercial: se limita a presentar a otros cómicos más jóvenes antes de que ellos se lancen al vacío y luego se pone a un lado. Es un gesto generoso. Pero eso el público no lo sabe porque han venido a ver a Ignatius. La sala se vacía paulatinamente. Ignatius se sienta muy cerca del escenario y se esfuerza por reír. Da una palmada a cada cómico cada vez que su espectáculo termina. Les dice unas palabras. No solo les presenta, sino que les apoya. Algunos de ellos tienen verdadero talento. Ignatius se gira a menudo para comprobar que los otros espectadores también disfrutan, y unos pocos lo hacen. A veces se gira y levanta el dedo índice y sonríe y pide silencio cuando algunas hablan.

* * *

En El fin de la comedia, Ignatius se expone a conciencia y sin reservas: es tímido, discreto y profundamente nostálgico. Casi una molécula de agua. Ignatius confiesa que su personaje es bastante genuino, pero reconoce que uno no puede renunciar siempre a ciertas construcciones que gustan al espectador: “Un cómico está para que la gente se ría y se lo pase bien”, dice, agregando: “Pero no puedes caer en hacer cosas que no te apetecen hacer. Cuando te das cuenta de que estás hablando de ciertas cosas, no porque te salgan del corazón sino porque es lo que quiere la gente, acabas cayendo en esa trampa. Es una tentación de la que hay que huir”.

Se puede advertir de sus palabras que a Ignatius no le importa ser una estrella. Él persigue otras metas no tan efímeras, quizá la más evidente sea la autenticidad. Ignatius tiene un pensamiento muy colectivo, tiene ese sentimiento de comunidad, y eso está presente en la proximidad que plantea constantemente al público. Ignatius es la antítesis del ególatra y parece evitar distracciones: si bien asegura que no ha tenido tentaciones de la industria del cine, afirma que tampoco le atraen en absoluto. Incluso estando en la cresta de la ola, lo que quiere es conservar su teleserie, su programa en la radio, los monólogos nocturnos. Disfrutar el momento.

“Es verdad que tradicionalmente en el mundo del stand-up comedy muchos cómicos –la generación de los 70 en Estados Unidos, la época dorada– terminaron siendo muy mediáticos, estrellas de cine. Como Robin Williams o Steve Martin”, dice, poniendo un contexto necesario a la pregunta. “Comenzaron de una manera muy arrastrada y terminaron así. En cuanto pudieron lo dejaron para dedicarse al cine o a otras cosas. Luego les quedó la sensación, y esto lo han dicho ellos, de que fue una especie de traición a sí mismos. Muchos de ellos, en la medida que pudieron al final de sus carreras, trataron de retomar esos inicios que ellos sentían como más auténticos. Hay que intentar mantener la llama viva”.

En cualquier caso, le pregunto nuevamente si le ha surgido la posibilidad de tomar ese tren que han aprovechado Dani Rovira o Berto Romero, por ejemplo. Ignatius dice que no con la cabeza y ríe: “La verdad es que a mí eso me ha pasado. He tenido esa suerte. Intento disfrutar de mi trabajo, de mi oficio, sin caer en esa locura”. Luego hace una pausa y concluye: “No doy la talla”.

* * *

Cuando termina son las doce y media y espero a Ignatius casi en la puerta. Le digo: “Hola, Nacho”. Y él me saluda, recordándome vagamente. Hace unos minutos le ha lamido el pezón a un joven. Lo ha levantado muy alto y sin esfuerzo, como si tuviera el peso de una pluma, y le ha lamido el pezón izquierdo. Ignatius y yo comentamos la noche, la actuación de Pedro Silva y recordamos la entrevista de junio. Viste una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Nos despedimos y le digo que la vamos a publicar esta semana.

Entonces me da las gracias y un abrazo, y luego se marcha.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 2
Ignatius Farray, sobre el escenario del Picnic. | Foto: Jorge Raya/The Objective

Continúa leyendo: Jana Leo: "La histeria está relacionada con la violación, pero esto nunca se llega a decir."

Jana Leo: "La histeria está relacionada con la violación, pero esto nunca se llega a decir."

Ariana Basciani

Foto: Lince Ediciones
Lince Ediciones

Un total de 1.127 mujeres fueron violadas en España durante el año 2015. Hace 17 años en la ciudad de Nueva York, la artista Jana Leo también se convertía en una víctima más en la estadística de la violencia: un hombre armado la violó en su propia casa.

“No me podía creer que hubiera un hombre con una pistola junto a la puerta de mi piso”, relata en la artista en el primer capítulo de su libro Violación Nueva York. Fue en ese momento, mientras pensaba que iba perder su vida, Jana Leo tomó algunas decisiones que ella misma no entendería tiempo después. Leo invitó al hombre a pasar a su casa, no perdió el control, le ofreció algo de beber, fue cool –como ella misma afirma- y simpática, hasta que le pasó por la cabeza que quizás ese hombre quería violarla pero sin forcejeo, con intimidad. Durante la violación el hombre inclusive osó con preguntar si podía besarla y ella, pasiva, se obligó a permitirle que la besara. Al finalizar, ella dialogó con él, le cuestionó sus formas de acercarse a las mujeres, le preguntó si vivía cerca, hasta le abrió la puerta de su casa, después de que ella lo convenciera de que no iría a la policía. Su comportamiento era lógico, el instinto de sobrevivir era prioridad para Leo.

A partir de esa experiencia Jana decidió actuar y contar su historia, no solo como forma de desahogo sino como relato policíaco, una huella que guarda pruebas de un hecho violento, sin sangre, sin golpes. Violación Nueva York (Lince Ediciones, 2017), es una forma de dar a entender que vivir en una ciudad gentrificada con pobreza alrededor incide directamente en la violencia social.

Jana Leo: "la histeria está relacionada con la violación, pero esto nunca se llega a decir." 2
Portada de Violación Nueva York | Imagen vía Lince Ediciones

¿Por qué decidiste escribir sobre tu propia violación?

Son cosas que tienes que decirlas pero tampoco tienes porque ocultarlas, automáticamente es algo que no lo puedes contar, ese era el punto uno del libro, ‘esto me jode’. Porque al final acabas contando entre amigos tus experiencias sexuales, primeros las buenas y luego las malas. Parece que se cuenta en un entorno que ya has creado, si bien cuando vas a tener relaciones sexuales con alguien o si las has tenido o si alguien te ha contado algo al respecto, pero es algo de lo que uno no habla. Estoy acostumbrada a documentar las emociones, más que a contarlas. Mi trabajo ha sido sobre eso, así que tenía mucha ventaja. He creado una red con este libro, si mi mundo normal se tambalea estoy creando uno nuevo con este libro. Empecé a escribir y a describir lo que me había pasado desde la mañana siguiente, sin consciencia de libro sino pensado en cómo librarte de la muerte.

¿Es un proyecto como resistencia si el violador volvía?

Era dejar rastro, es supervivencia y lo único que puedes hacer si eres víctima es recordar, eso tiene un poder contra la persona que lo ha hecho y tú puedes identificar mil cosas. Mientras yo estaba allí estaba atenta a la supervivencia, pero con los ojos abiertos. El hecho de que recuerdes una marca en el estómago es algo que después te va a dejar poder identificarlo. Eso es instintivo.

¿Tiene que ver con un tabú con respecto al sexo?

Yo creo que sí, pero no he descubierto exactamente por qué, por qué la gente no habla de esas cosas. La violación es tabú cuando tiene poca violencia física, porque si te han violado en la calle, en un parque o en un viaje, yo creo que la gente habla más de ello porque no está relacionado con su entorno, con su vida normal puedes decir que son sucesos que ocurren sin más, desde la lejanía. El problema es que no se cuenta porque tiene que ver realmente con el entorno, con la intimidad, más que con el sexo.

¿Por qué existe un tabú con la violación que ocurre de un padre a su hija más que una violación que pueda ocurrirte en un viaje a la India?

En el caso de la violación en el entorno íntimo, la gente suele pensar que es como la peste, que se contagia. Si le cuentas a alguien algo que te ha pasado en un entorno lejano, implica que eso no le va a pasar a los que estamos aquí. Además si cuentas algo que pasa en un entorno lejano no estás agrediendo verbalmente, porque si te cuento cosas que pueden estar en tu entorno, es una agresión.

¿Contar un suceso violento es una agresión?

Hay gente que lo considera una agresión. Realmente tiene que ver con la intimidad, hay cosas que no salen de casa y no salen de tu cuerpo; y si el hecho violento ocurre en tu casa y en tu cuerpo, no lo puedes contar porque lo ves demasiado cercano al entorno.

¿Qué reacción de ti misma te sorprendió mientras te violaba?

Me sorprendió cuando le pregunté al tipo si me iba a matar. Yo pasé de una actitud relativamente cool porque yo lo confundí con el vecino de abajo. Primero le confundo con el vecino de abajo y luego llega un momento en que lo cool se me pasa porque estoy literalmente acojonada y le pregunto: ‘¿me vas a matar?’. Y al segundo pensaba: ¿eres gilipollas?, no le des ideas, no le muestres que tienes miedo y allí me sorprendí a mi misma diciendo: ¿quieres algo de tomar? Era la adrenalina. En ese momento estás bregando con tu vida. La adrenalina y el carácter se impone en esos momentos.

Jana Leo: "la histeria está relacionada con la violación, pero esto nunca se llega a decir." 3
Algunos de los documentos que recopiló Leo durante la investigación de su violación | Imagen vía Jana Leo

¿Cómo sociedad debemos educar a las posibles víctimas de una violación?

A nivel ideológico me fastidian todas las recomendaciones que te dicen para combatir un acto violento: ¿por qué tienes que ser dócil, maja y suave? Casi te fuerzas a ti misma a colaborar. En cierto modo a las víctimas nos educan en lo que hay que hacer, a convertirte en tu propio verdugo, porque psicológicamente estás obligando a que tu cuerpo se abra en vez de decir no y que el otro te fuerce. Si no eres tu propio verdugo posiblemente vas a salir más dañado, pero por otro lado estás siendo coherente con que no quieres sentirte violado. Tú no asumes la figura del violador, no la internalizas, con lo cual dejas muy claro que es violación; por lo tanto, no estás eliminando al sujeto de culpa. Con las recomendaciones de convertirte en un ser dócil, casi estás facilitando que te violen y que el otro crea que no es violación y, que a la hora de denunciarlo, tengas menos posibilidades de que te crean pero, por otro lado, nos están educando también para el instinto de supervivencia, a preservar la vida.

¿Sigues molesta con esa guía de supervivencia?

Como instinto de supervivencia funciona, pero luego genera una serie de movimientos psicológicos que son violentos para la víctima.

¿Cómo enfrentaste al momento después de la violación?

Me enfrenté a varias cosas. Por un lado a nivel físico no me producía demasiado trauma, posiblemente porque tenía 30 años y había tenido sexo en otras ocasiones, me llevaba bien con mi cuerpo y no me estaba enfrentando a algo nuevo. Además, el mayor problema para mi era la posibilidad de muerte, el miedo a morir, más que el rechazo sexual, ni siquiera decrecía mi libido. Por otra parte, me generaba miedo estar en casa, miedo a que el violador volviera, miedo al control de otra persona, miedo a la amenaza, porque es esa sensación como en las películas de ‘primero te violo, luego te mato’ o ‘si vas a la policía vuelvo y te mato’, esa sensación de que el violador hasta que no esté en la cárcel sigue teniendo control sobre mí porque sabe donde vivo. Es el miedo a que esté allí y de la sensación de que alguien está tomando ventaja sobre ti, de engaño en cualquier situación cotidiana a la que yo estaba predispuesta.

¿Nunca tuviste una reacción histérica o desesperada durante tu encuentro con el violador o posteriormente hacia algún hombre en tu vida cotidiana?

Hablando con una amiga psicóloga, me decía que el gran problema de que nos violen a las mujeres es que nos hacemos histéricas, que es en cierto modo lo que se define como histeria, pero que es una relación desmesurada a algo que no es apropiado. La histeria está relacionada con la violación, pero esto nunca se llega a decir. No es que sea el carácter de la mujer, sino que hemos sido abusadas y nos lo hemos callado. Ya sea que no hayas podido decir nada por supervivencia, porque fue una violación en casa o por lo que sea, entonces debes expresarlo de otra forma a través de las acciones cotidianas. La histeria no está relacionada con el sexo, sino con la violación, cuando alguien te está utilizando como objeto, y las mujeres estamos acostumbradas a que nos traten mal. Es un comportamiento que ocurre, que lo ves, te molesta, te vas tragando toda esa molestia y terminas convirtiéndote en una histérica porque no hemos puesto límites. Quizás eso fue una de las cosas que más me molestó después, la falta de capacidad física para defenderme porque no estoy entrenada.

¿Cómo puedes hablar de tu violación ahora conmigo? ¿Cómo lo manejas?

Es muy difícil hablar cuando te está pasando. Ahora que ya han pasado 17 años me sigue molestando pero no hay un efecto físico, sí intelectual, lo que tienes más cerca es la soledad. No había manera de hablarlo “te han violado y ya está”. No pasas un duelo, mi investigación de la violación fue una forma de resistencia porque mi novio ya no podía más con el tema.

Jana Leo: "la histeria está relacionada con la violación, pero esto nunca se llega a decir." 1
Jana Leo | Imagen vía Lince Ediciones

¿Las cifras de denuncias por violación no son suficientes?¿Hay una doble amenaza al no poder hablar del tema especialmente si es una violación pasiva?

Es que no sabes qué hacer. La persona puede volver de cualquier manera. Es una forma de resistencia a la dominación.

La violación es una forma de pertenecer, de que el violador se adueñe de ti, pero si el cuerpo es una casa, ¿por qué ocurren las violaciones pasivas ocurren en la intimidad del hogar?

Lo primero es hablar sobre ello. Que se reconozcan, por lo menos si uno reconoce a un violador durante una cita, entiendo que es una violación con cita, en el momento que tu reconoces sus mecanismos ya no te sientes tu mal.

¿Cuáles violaciones pasivas existen?

La más habitual es la date rate, la de que es tu novio y sales a cenar o que vas a una discoteca y te echan algo en la bebida y luego te arrastran a casa hasta los abusos de poder: maestras con niños o con niñas. En realidad las violaciones pasivas son más frecuentes que las violaciones con alto grado de violencia lo que pasa es que las pasivas están tan en nuestro engranaje y tan cerca de casa, que no quieres hablar de ello. Me acuerdo que en el colegio una novicia me llevaba a su cuarto y me tocaba y yo al decírselo a mi madre, ella me decía: ¿cómo puedes decir estas guarradas de una monja?

Jana Leo: "la histeria está relacionada con la violación, pero esto nunca se llega a decir." 8

Investigación de Jana Leo sobre su violación  | Imagen vía Jana Leo

La violación y la ciudad

¿Cómo comenzaste hacer conexiones con la violación, la ciudad y la casa?

El miedo a estar en casa lo tengo desde pequeña. No creía que en casa pasaba, pero vas creciendo y esas cosas se te olvidan. Estudiando en Princeton empecé a leer sobre la casa como lugar de horrores, así que no era yo la única que sentía esto. Allí me puse a investigar sobre el tema. Empecé estudiar la muerte en la fotografía, la muerte como escenografía, es ahí cuando incluí la casa, porque las imágenes que yo estaba recopilando habían ocurrido en casas y el cuerpo de la mujer. La muerte de la mujer sucede en sitios domésticos y allí comencé a elaborar un cruce de caminos que fue previo a mi violación. A partir de mi violación me encuentro con que la gente comienza a contarme cosas, que si le ocurrió lo mismo en una escalera, en un ascensor, en su casa. Es así como conceptualizo la casa, derrumbo el mito de que todo ocurre fuera y entiendo la dejadez con el código técnico, que no hay reglamento alguno para exponer al potencial traspasador – violador, salvo que una cámara de vídeo te grabe. En el momento de su violación, mi cámara de fotografía estaba encima del trípode y en algún momento pensé en levantarse juiciosamente y encenderla para tener evidencia de lo que estaba sucediendo pero no lo hice por miedo.

¿Por qué no abandonaste Harlem?

Dejar tu casa es dejar tus recuerdos, me resistía a eso y aceptar que realmente había ocurrido una violación. La aceptación del hecho. Si al violador lo hubiesen metido en la cárcel al mes, yo no me mudaba. Hasta que me di cuenta de lo de casero, quien había dejado el edificio en manos de la delincuencia y de la pobreza exterior.

Y Madrid, ¿cómo ves el crecimiento de la capital?

Madrid era una ciudad peligrosa en los 80 y los 90 y ahora de repente tiene un boom. Y lo que hace que suba el precio del metro cuadrado es la falta de criminalidad.

¿Cuál es el problema con la gentrificación de las ciudades?

Es un problema de controlar el proceso. La ciudad es un animal vivo y la gentrificación es algo natural. En cuanto a Harlem es lo mismo, hay nuevas generaciones de inmigrantes que se mueven y eso es la ciudad. El cambio se va dar, pero de muchas maneras. ¿Por qué no hay un mecanismo de inspección y control de los cambios que ocurren en la ciudad? porque tenemos a un animal desbocado, sobre todo en los últimos años en que las ciudades han cambiado de una manera brutal y no ha crecido junto a ello ningún organismo a nivel urbanístico que haya cuidado de eso, que ejerza un control. La legislación claro que ha favorecido a que el proceso ocurra y que haya un cambio; por otro lado es algo natural, no hay trabajo, el turismo y las inmobiliarias se han convertido prácticamente en las industrias número uno y número dos.

AirBnB es un fenómeno que se ha satanizado, ¿qué piensas de la empresa con respecto al crecimiento de la ciudad?

El fenómeno es muy complejo desde Airbnb al couchsurfing. Por un lado está la necesidad de la gente de relacionarse con el otro de una manera distinta y tener relaciones anónimas porque en el espacio público no están ocurriendo. Por ejemplo, las plazas se llenan de terrazas que son sitios privados donde debes consumir, al haber inmigrantes te da miedo sentarse en los parques, entonces hay una especie de aislamiento y se necesita salir de él a través del viaje, así empieza el couchsurfing. Luego del couchsurfing se piensa que a partir de eso se puede capitalizar, al cobrar un alquiler y si eso lo juntas con la crisis, entonces el problema real es la pobreza. Es importante que los fenómenos se hablen desde la complejidad. El problema no es Airbnb, está genial compartir tu casa.

¿Existe un vínculo entre la violencia de género, la vivienda y la pobreza?

Recuerdo que un sociólogo español en el 2008 dijo que había una sola razón por la que la violencia doméstica era mucho mas alta en España que, por ejemplo, en Alemania, y es el precio de los alquileres. Y claro tiene sentido, si me cuesta 900 euros un piso cómo me voy de allí, pues acepto que mi pareja me pegue. Una política de cualquier tipo tiene un vinculo ligado al individuo, punto.

Jana Leo sigue viviendo en Nueva York y aprecia lo que le ha dado la ciudad y las raíces intelectuales que para ella son fundamentales, más allá de cualquier violencia que pueda ocurrir en su contra debido al crecimiento de la ciudad. Su libro Violación Nueva York está disponible en España a partir del 11 de septiembre y si quieres leer su primer capítulo puedes hacer click aquí.

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Haréis de mí un extranjero

Juan Claudio de Ramón

Foto: SUSANA VERA
Reuters

La secesión en democracia es el mayor de los pecados.

Michael Ignatieff

Tengo –tenemos– dificultades para hacer entender a mucha gente la gravedad de cuanto sucede en Cataluña. La dificultad es considerable con el español del resto del Estado, que no sospecha que hay en marcha un golpe para sustraerle una amplia porción del ámbito geográfico donde se despliegan sus derechos de ciudadanía. La dificultad, en cambio, es máxima cuando se intenta hacer ver a los independentistas, que en muchos casos son conocidos, amigos o familiares nuestros, el verdadero sentido de la empresa que apoyan. Este no es otro que el de hacernos extranjeros al resto de los españoles. Ciertamente, si nosotros, sus amigos, sus familiares, sus conocidos, fuéramos esa fuerza de ocupación o colonizadora de la que a veces se habla, echarnos del territorio podría estar justificado. Pero no lo somos, ninguna mente sana puede sostener que lo seamos. Somos conciudadanos, iguales en obligaciones y derechos. Y quien pide el referéndum de independencia no pide ni más ni menos que esto: el derecho a decidir qué ciudadanos de tu comunidad se desea conservar y cuales pasarán a ser extranjeros. Es decir, una votación para quitar derechos a terceros, lo que no parece muy democrático.

Lo hemos dicho más veces. La democracia no es el acto de votar. La democracia es la extensión universal del estatuto pleno de la ciudadanía, y perdón por la autocita: «El programa democrático a lo largo de la historia ha sido este: el de anular situaciones de subalternidad —mujeres, pobres y esclavos— ampliando así el grupo de los ciudadanos revestidos de plenos derechos políticos y civiles. La abolición de la esclavitud, el sufragio universal masculino y femenino y la creación de los mecanismos de provisión de bienestar son hitos de ese programa. Democracia, insisto, es decir: en nuestra ciudad no hay ciudadanos de primera y de segunda; la lengua, el género, la raza o el nivel de ingresos no justifican diferencias en el catálogo de los derechos. Que este ideal se vea a menudo incumplido en la práctica no lo ha derribado como el ideal al que nos hemos atado».

Creo que esto se verá mejor si ponemos algunos ejemplos. En democracia, los ricos no tienen derecho a autodeterminarse de los pobres. Los hombres no tienen derecho a autodeterminarse de las mujeres. Los blancos no tienen derecho a autodeterminarse de los negros. Los heteros no tienen derecho a autodeterminarse de los gays. Los católicos o los musulmanes no tienen derecho a autodeterminarse de los ateos. Cualquier intento de estos grupos de segregarse políticamente sería acogido con estupor e indignación. Que tantas cabezas pensantes sean incapaces de aplicar la misma lógica a la posibilidad de que catalanes o vascos se autodeterminaran del resto de los españoles se debe a que mientras ya nadie cree que se deba discriminar por raza, renta, sexo, color de la piel o fe, todavía hoy es habitual pensar que se puede dividir a la población por razones de pertenencia nacional o etnolingüística. Porque se es “un pueblo”, se tiene derecho a la autodeterminación. Pero no. No está nada claro qué pueda significar en el siglo xxi el ectoplasmático concepto de “pueblo”, pero sea lo que sea, si vivimos en democracia, por encima ha de estar la ciudadanía común, que nadie tiene derecho a destruir.

Naturalmente, no aceptará mi razonamiento quien crea que tal ciudadanía común no existe, que catalanes y españoles pertenecemos a ciudadanías disjuntas. No es así: la ciudadanía es la misma. Elegimos representantes a los mismos órganos, y yo podría votar en Cataluña con tal de empadronarme allí, igual que un catalán podría votar en Madrid, como un madrileño más, trasladándose a Madrid. A ninguno nos pedirían el pasaporte para hacerlo, como ocurriría en Francia o en Estados Unidos. Esta ciudadanía compartida también se extiende al ámbito de los deberes. Parte de mi riqueza, que el Estado ha redistribuido en mi nombre al recaudar impuestos, también ha servido para financiar poderosas infraestructuras en Cataluña y me alegro de que así haya sido. La riqueza también se ha transferido en sentido opuesto, y así España se ha convertido, con los años, en un país más justo y próspero para un mayor número de personas. Porque esto va de personas y de relaciones entre personas. El “Estado” es eso: personas. Quien crea que se puede arrasar la institucionalidad de una soberanía compartida sin provocar también el derrumbe de la espesa trama de relaciones personales que ha crecido a lo largo del tiempo en ese suelo común se equivoca. Se equivoca a lo grande.

Os lo ruego. No nos hagáis extranjeros. No nos echéis del nosotros.

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