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"La crisis económica de Venezuela es la gran oportunidad de crecimiento para el país"

Lidia Ramírez

Foto: Ana Laya
The Objective

Venezuela es el ejemplo de una economía maniatada por los controles. En los últimos años ha evidenciado el peor desempeño macroeconómico de América Latina, caracterizado por una importante contracción de su actividad económica –en 2016 cerró con una fuerte contracción del -8%–, una alta tasa de inflación que el año pasado acumuló un alza anualizada de 720,04%, y unos niveles de desabastecimiento nunca vividos: el 90% de los productos básicos no se consiguen, el salario mínimo es el más bajo de los últimos 20 años (40.638 bolívares, unos 60 dólares, según la tasa oficial de cambio más alta ) y en 2016 la pobreza creció un 81%, hoy día hay el doble de pobres que hace 18 años. Son datos que nos ha proporcionado el economista venezolano y profesor del IESA y de la Universidad de Oxford, José Manuel Puente, ya que el Banco Central de Venezuela (BCV) lleva 16 meses sin publicar nada. En definitiva y parafraseando al escritor venezolano Moisés Naím, el país “ha llegado a esta situación porque durante muchos años se han hecho muchas cosas mal y, ahora, para salir de esa situación y reconstruir al país en lo político, económico y social, hay que hacer durante muchos años muchas cosas bien”.

En un momento de mayor tensión política, cuando el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, abrumado por las protestas en las calles y por la airada reacción de la comunidad internacional, se vio obligado el sábado pasado a dar marcha atrás en la maniobra realizada a través del Tribunal Supremo, la gran incógnita sigue siendo cuándo y cómo terminará este muy “inestable equilibrio” económico y político de Venezuela. Éste era el análisis de la situación que realizó el pasado viernes 31 de abril el economista José Manuel Puente.

Cuando las proyecciones para los próximos meses son aún más desalentadoras, para 2018 se prevé que la inflación alcance los 300 puntos y el PIB se desplome a un -3%,  The Objective se reúne en la Casa de América con Puente para analizar la situación económica actual.

Venezuela ha estado en los últimos diez años entre las diez inflaciones más altas del mundo con un PIB  que ha retrocedido 40 años, con datos similares a los de los años ’60. ¿Cómo aprecia usted este momento económico y político? 

Estos eventos políticos llegan en muy mal momento. Venezuela lleva tres años con un ciclo recesivo muy agudo. Entre el año 2014 y 2016, se ha perdido cerca de un 25% del PIB. Esto supone la pérdida de un cuarto de la producción de bienes y servicios que, sumado a que lleva cuatro años consecutivos con la inflación más alta del mundo, se suma el hecho de que hemos vivido en los últimos años con niveles de desabastecimiento nunca antes vividos. Estos eventos políticos generan gasolina pura para que estos desequilibrios económicos se agudicen.

“Venezuela depende un 96% de las exportaciones de petróleo”

 

 ¿Cuáles son las causas fundamentales para que esa crisis haya aflorado en Venezuela?

Estoy completamente convencido que lo que ha tenido lugar ha sido un modelo de desarrollo que ha llevado al país al colapso. Este modelo se puede resumir en: controles de precios, controles de cambios, controles de tasas de interés, de movilidad laboral y las tan famosas y conocidas expropiaciones y nacionalizaciones. En los últimos 15 años se han expropiado arbitrariamente más de 300 empresas. A todo esto hay que añadir el desplome de los precios del petróleo que ha agudizado un ciclo de colapso económico que comenzó mucho antes con un modelo equivocado. Todos estos hechos han dado lugar a que el flujo de inversión privada nacional e internacional de Venezuela sea el más bajo de América Latina, llevando al país al colapso macroeconómico.

A los problemas de escasez de alimentos, medicinas y otros bienes básicos que enfrentan a diario los venezolanos se suma ahora uno nuevo: la falta de gasolina. Venezuela cuenta con reservas probadas de petróleo de 300.900 millones de barriles, las mayores del mundo, sin embargo, se ha quedado sin combustible ¿Cómo se puede explicar esta situación?

Esa es una de las grandes paradojas y muy difícil de explicar. Aunque es el país con las mayores reservas de petróleo del mundo, paradójicamente produce cuatro veces menos petróleo que Arabia Saudí que tiene menos petróleo. Entre 1999 y 2015, Venezuela ingresó por petróleo 879.000 millones de dólares. Sin embargo, después de 18 años y casi 900.000 millones de dólares en ingresos, se encuentra en medio de un gran colapso económico. Esto se explica incorporando a la ecuación la incompetencia, la ineficiencia y la corrupción del gobierno venezolano.

"La crisis económica de Venezuela es la gran oportunidad de crecimiento"
La carencia de combustible ha provocado el cierre de decenas de gasolineras en el país.  | Foto: Carlos Garcia Rawlins/Reuters

Según el informe preliminar de importación de crudo del departamento de Energía de Estados Unidos, Venezuela exporta al día más de 700 mil barriles de petróleo a ese país, siendo éste el principal cliente del petróleo venezolano. Ahora Trump ha aprobado la construcción del oleoducto Keystone XL, ¿cómo afectará esto a la economía del país cuando diariamente Venezuela recibe 31,8 millones de dólares diarios por venta de petróleo?

Después de 18 años de revolución, de insultos y agresiones, Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de Venezuela tanto en términos de importaciones como exportaciones. El 35% de lo que se consume en el país viene importado de EEUU. De igual forma, la mayor cantidad de petróleo que sale de Venezuela va para EEUU. Indudablemente, Trump va a intentar no depender tanto del petróleo venezolano, sin embargo, ambos países tienen una relación de conveniencia mutua; son como los matrimonios que ya no se quieren pero siguen juntos porque el divorcio es muy caro. En este sentido es muy costoso para ambos países romper relaciones. Aunque si Trump decidiera no comprar gasolina a Venezuela provocaría una gran crisis.

“En 20 años el petróleo dejará de ser la fuente fundamental del país”

En este punto, ¿debería Venezuela convertirse en un país productor de otros bienes y dejar de ser un estado principalmente productor de petróleo?

No tengo la menor duda. Esto ha sido un error de los últimos 70 años. Venezuela ha sido una economía monoproductora y, tal vez, esta gran crisis es la gran oportunidad de encender motores alternativos de crecimiento. Este país tiene potencialidades extraordinarias en muchos sectores: petroquímica, turismo, frutas tropicales, material eléctrico… Son muchos los productos que podríamos explotar y que junto al petróleo podrían generar una economía de progreso, riqueza y bienestar. Así que tal vez ésta sea la gran oportunidad de lastrarnos del modelo rentista, dejar de ser una economía monoproductora, diversificarla y encender tres, cuatro o cinco motores alternativos de crecimiento.

¿Esto de quién depende y cómo se puede conseguir?

En medio de este desajuste, lo primero es rescatar a la democracia, reconstruir al país desde el punto de vista institucional y generar un gran consenso nacional, social y político para instrumentar un plan de reformas económicas integrales. Ese plan implicaría, entre otras cosas, la diversificación de la economía para aprovechar esas potencialidades que Venezuela ha tenido siempre y no ha aprovechado. En este momento, el 96% de los ingresos por exportaciones son sólo petróleo. Por lo tanto, es una economía concentrada en el petróleo, monoproductora, y dependiente del commodities más volátil del mundo. Venezuela tiene que tomar decisiones correctas muy pronto por que tal vez en 20 años el petróleo deje de ser la fuente fundamental del país.

Durante la clausura de la Expo Venezuela 2017, Maduro anunció nuevas medidas económicas para el fortalecimiento de la economía nacional, una de ellas es el nuevo modelo de sistema de divisas complementarias (DICOM). ¿Constituirá esta medida realmente un cambio sustancial en el control de divisas?

No, esto es simplemente un cambio cosmético. No va a cambiar nada porque no importa cuántas subastas se hagan a través del DICOM, el problema de fondo es que no hay dólares en reservas internacionales. En este punto no importa cómo lo llamen, qué medidas cambien o instrumenten porque el problema es que no tienen suficientes dólares para entregar al aparato productivo. Es sólo un cambio cosmético que no va a tener ningún impacto sobre producción, actividad económica, crecimiento y abastecimiento.

"La crisis económica de Venezuela es la gran oportunidad de crecimiento para el país"
Protesta en Caracas. | Foto: Carlos García/Reuters

¿Qué se debe implementar e la economía para la reconstrucción de Venezuela?

Hay que hacer infinidad de cosas durante muchos años para volver a ser lo que fuimos, pero al menos, cuatro líneas por donde empezar serían:

1. Desmontaje del control de cambios. El control de cambios es la principal camisa de fuerza que tiene el país para crecer. Hay que ir a un esquema con un solo tipo de cambio competitivo, que es lo que tiene toda América latina, con excepción de Cuba y Venezuela.
2. Desmontaje de los controles de precios para que los productos cubran los costos de producción.
3. Debido a que tenemos el nivel de reservas más bajo de los últimos 21 años, hay que buscar ayuda internacional para poder fortalecer las reservas internacionales y poder liquidar dólares suficientes para insumos, producción nacional e importación de bienes.
4. Generar un programa de emergencia nacional de subsidios directos focalizado al 40% de la población más humilde para asegurarnos que tienen acceso a los alimentos y a las necesidades básicas para sobrevivir en esta tan difícil circunstancia que vive Venezuela

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

Cuando en octubre de 2015 Netflix llegó a España ya se empezaba a rumorear -y a soñar- con una producción del gigante del streaming en nuestro país. Las producciones españolas destacan por su increíble relación calidad-precio, como demuestra el interés de gigantes del audiovisual como HBO, que lleva temporadas rodando su ‘buque insignia’, Juego de Tronos, en territorio hispano. Bien, pues un año y medio después del aterrizaje de Netflix en los dispositivos españoles, la plataforma presenta su primera producción made in Spain: Las chicas del cable.

Esta serie, que ha firmado por dos temporadas de ocho episodios, llega este viernes 28 de abril de la mano de los creadores de la súper exitosa producción de Antena 3, Velvet. La historia está protagonizada por cuatro jóvenes actrices con gran proyección internacional: Maggie Civantos (en el papel de Ángeles), Ana Fernández (como Carlota), Nadia de Santiago (interpretando a Margarita) y Blanca Suárez (en el rol de Alba). Las chicas del cable se desarrolla en el Madrid de finales de los años 20, y sus protagonistas encarnan a unas chicas de toda índole y condición que comienzan a trabajar en una moderna empresa de telecomunicaciones.

La trama feminista de Las chicas del cable fue lo que más atrajo al gigante del streaming

Las chicas del cable es, a fin de cuentas, una historia de superación y búsqueda de independencia por parte de cuatro mujeres -lo que ahora llaman “empoderamiento femenino”-, y se ve envuelta en no pocos líos amorosos, incluida una relación homosexual -todo un reto para dos mujeres de aquella época-. Lo que une realmente a Ángeles, Carlota, Margarita y Alba, es -aparte de su puesto laboral como telefonistas- la amistad, y la búsqueda incansable la realización de sus sueños. Las chicas del cable es la primera historia española que podrá verse a escala global en Netflix, y su trama feminista fue lo que más atrajo al gigante del streaming.

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’ (Pipocas) 1
Las chicas del cable mostrará la España de los años 20 al mundo entero. | Foto: Netflix

Iniciativas que marcan la diferencia

La entrada de Netflix en España fue un acierto. Acabamos de conocer que la piratería descendió en 2016 en nuestro país por primera vez en diez años, según un informe del Observatorio de la Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales. Este dato revela que la irrupción de ésta y otras plataformas digitales es beneficiosa en términos de derechos de autor. Ahora, además, Netflix se convierte en un gran escaparate para el talento patrio, pudiendo elevar al cielo a intérpretes y realizadores españoles. ¿Serán las cuatro chicas del cable mundialmente conocidas como las reclusas de Litchfield? El tiempo sentenciará.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos

Jorge Raya Pons

Foto: Wikimedia

Antonio Gramsci (1891-1937) fue un hombre de convicciones férreas que antepuso sus propias ideas a la vida misma. Puede decirse de él que fue valiente, genuino, de una inteligencia inusual, y que su espíritu romántico lo llevó a despreciar a aquellos que no compartían su ímpetu. “Odio a los indiferentes”, dejó escrito en 1917, a sus 26 años. “Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes”.

Este joven comunista de aspecto frágil, de salud quebradiza, vivió demasiados años preso por sus ideas; a Mussolini no le tembló el pulso para contravenir la condición de inmunidad parlamentaria de Gramsci con el ánimo de condenarlo en 1927 a una vida sin libertad. A su vez, el fiscal general recomendó mantener su “cerebro” inoperativo durante veinte años, temeroso de que aquellas ideas que promulgaba, tan peligrosas para el fascismo, se extendieran entre el pueblo. No fue necesario tanto tiempo.

Según defienden algunos estudiosos de su biografía, como Franco Lo Piparo, la detención de Gramsci tampoco incomodó al ala prosoviética del Partido Comunista Italiano (PCI), que defendía con fervor la dictadura del proletariado y observaba con recelo el ánimo demócrata del pensador corso.

La nueva política

¿Realmente queréis comprender qué hay detrás de La Tuerka?”, dijo Pablo Iglesias en 2014, mirando fijamente a cámara. “¿Queréis entender por qué Errejón dice lo que dice? ¿Queréis entender las intenciones de Juan Carlos Monedero o de este humilde presentador? Aquí está la respuesta: Antología, de Antonio Gramsci. Con todos vosotros, una de las mejores cabezas del pensamiento radical de todos los tiempos”.

 

Sin duda ese acontecimiento breve que fue la vida de Gramsci se antoja lejano para las nuevas generaciones y parece que el estudio de su obra, comprendida en unas miles de páginas, se ha convertido en un territorio exclusivo de los académicos. Con todo, lo cierto es que explorando entre los rincones del pensamiento gramsciano se encuentran muchas claves de los tiempos modernos. Sobre todo para explicar el auge de algunos partidos en España, pero también en Europa.

“Yo creo que la importancia de Gramsci radica en que comprendió que la política no deriva mecánicamente de la economía”, dice Javier Franzé, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. “Gramsci creía que para conquistar el poder, que él lo entiende como una cosa más cultural, las clases tienen que crear una identidad que incluya a otras clases sociales”.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos 3
El rostro de Gramsci pintado en un mural. | Foto: Thierry Ehrmann/Flickr

Franzé se refiere a que el pensador corso reinterpretó la forma en que se obtiene el poder, en que se establece una hegemonía. Para Gramsci, la economía es importante, pero no lo es todo; la conquista más importante consiste en la conquista de la cultura. En reconstruir el ideario de los ciudadanos, en crear una identidad común y reunir al pueblo en torno a unos símbolos, a unos valores comunes, a un sentimiento.

Los miembros fundacionales de Podemos son admiradores confesos de su obra y, una vez nació el partido, decidieron poner sus teorías en práctica, despertando la simpatía de los indignados del 15M. Comenzaron a aparecer en todos los medios, todo el tiempo, haciendo valer una frase que a Juan Carlos Monedero le gusta repetir: “Antes los revolucionarios iban a la sierra, ahora van a la televisión”.  Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Iñigo Errejón, los tres politólogos, habían aprendido de Gramsci que la batalla política se gana en el terreno de las ideas.

La enseñanza de la palabra patria se puede conectar con Gramsci

“En los años 70 y 80, el marxismo había caído en una suerte de mecanicismo torpe, en un pensamiento perezoso que solo servía para justificar a la URSS“, explica Monedero a The Objective, dando contexto a la importancia de Gramsci en su partido. “Todo el pensamiento crítico estaba en un callejón sin salida donde, por un lado, si asumías el marxismo, te quedabas encajonado en el pensamiento soviético, y si renunciabas al marxismo, descartabas años de reflexiones sobre el capitalismo. En cualquiera de los casos perdías. En ese contexto se produce una renovación muy importante del pensamiento marxista sobre la base de Gramsci”.

En la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, los profesores fueron siempre más de Gramsci que de Marx, explica Monedero, que se reconoce devoto del pensador italiano. Esto tiene mucho que ver con aquellos hombres que les antecedieron, como Manuel Sacristán o Paco Fernández Buey, quienes allanaron un terreno que facilitaba una visión más crítica del marxismo, más abierta a quienes como Gramsci dieron una vuelta de tuerca a unas teorías que, originalmente, nacieron en un contexto y en una época muy concreta.

Algunos neofascistas se han valido del aprendizaje de Gramsci para estudiar la construcción de símbolos nacionales

Gramsci, a fin de cuentas, creía en la unión de las clases, en la evolución hacia un estado superior, yendo más allá de la disputa entre burgueses y proletarios, restando importancia a la lucha de clases. En otras palabras, el pensador italiano cuestionó de arriba abajo los fundamentos del marxismo. Ahora, sus principios o su “metodología”, como matiza el profesor Franzé, son también utilizados por las corrientes “neofascistas”. Entre ellas destaca el Frente Nacional francés, que, a través de intelectuales como Alain de Benoist, recuperaron las reflexiones gramscianas.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos
Lápida de Antonio Gramsci. | Foto: Massimiliano Calamelli/Flickr

Cautiverio y muerte

Gramsci estudió todos los días de su vida; analizó la cultura, la religión, las costumbres, las inquietudes de los intelectuales. Durante su larga estancia en prisión, casi nueve años, lidió con la enfermedad, con la soledad, con la penumbra. Tuvo años de gran productividad intelectual y acceso a toda clase de libros. Aquella posibilidad le abrió un mundo y de aquellos años nacieron los tomos de sus Cuadernos de la cárcel, donde se condensa todo su pensamiento.

Un día como hoy, hace 80 años, murió el sardo jorobado, como lo llamaba Mussolini, en una clínica de Roma. Aquejado de varias enfermedades, todas ellas graves, no le fue concedida la libertad hasta que los síntomas fueron más que evidentes. En sus Cuadernos se mostró como un hombre de una gran capacidad analítica. “Creo que vivir quiere decir tomar partido”, escribió siendo joven, y se preocupó por mantener esta promesa hasta el final.

Contó su hermano que, momentos antes de morir, las monjas que cuidaban de Antonio Gramsci trataron de convertirlo al catolicismo. Él estaba postrado en la cama, débil y consciente de que la vida se marchaba. La única respuesta que recibieron de Gramsci fue un gesto: él volteándose, dándoles la espalda, incapaz de concederles aquella voluntad. Gramsci mantuvo hasta último término la que había sido su palabra.

ETA y nosotros

Miguel Ángel Quintana Paz

Fermín era taxista y llevaba en su flamante Simca 1000 a un cliente que acababa de recoger por Bilbao, un tanto apresurado. María Ángeles era estudiante y esperaba a sus amigas en la cafetería en que iban a comer, que aquella tarde tenían examen. Dionisio era dueño de un taller del que sacó el coche para hacer sitio al de su contable, como cada día.

Parecen tres personajes de tres historias que tienen poco que ver. Pero no fueron personajes, sino personas reales. Y sus tres historias, aunque empiezan distintas, acaban igual. Pues en las tres irrumpió, a los pocos segundos de la escena que hemos esbozado, otro personaje: ETA. Terroristas de esta banda asesinaron a Fermín, María Ángeles y Dionisio en la España de los años 70.

Mas así como es preciso contar las historias de los muertos, debemos también atrevernos a contar las de los vivos. ¿Cómo reaccionaron los españoles de los años 70 a parejos asesinatos? Uno se puede hacer una primera idea de ello leyendo el capítulo “Agosto” del libro Diarios, de Arcadi Espada. Allí este periodista repasa, lustros más tarde, las noticias que el periódico El País fue publicando a medida que ETA desengranaba muertos a fines de los 70.

El tono en que El País narra esos sucesos no puede resultarnos hoy más descorazonador. De las víctimas a menudo se insinúan presuntas “culpabilidades” sin prueba alguna y un tanto WTF (por ejemplo, que “en círculos políticos se le consideraba confidente o amigo de la Guardia Civil”). O se puntualiza que la víctima quiso escapar (dónde vamos a llegar) “por lo que fue rematado por los agresores”, a ver si no. De los victimarios a menudo se copia el lenguaje que, evidentemente, enorgullece un tanto a tales victimarios: en lugar de decir “asesinato”, se habla de “acción armada” o incluso de “intervención”, que, como punza Espada, “también lo usan los banqueros y los ministros de Hacienda y nadie los mete en la cárcel”.

Pero no solo el periodismo de la época resultaba mejorable. La reacción de la sociedad en su conjunto (exceptuadas las fuerzas de seguridad, que pagaron duro su empeño) tampoco puede etiquetarse de loable. Todas las víctimas de aquel tiempo coinciden: se sintieron solas, cuando no despreciadas, por las instituciones, por sus compañeros de trabajo, por sus vecinos. Hay fotografías que reflejan, desoladoras, aquel desamparo: el asesinado yace en el suelo mientras sus compañeros de trabajo prosiguen alrededor sus tareas de cada día, apartándose si acaso un poquito del charco de sangre en torno al muerto, que las manchas de sangre luego se quitan muy mal.

Se han propuesto varias explicaciones para esta desidia de los españoles ante la ETA de los años 70 y 80. Nuestra sociedad salía de una dictadura y por lo tanto se hallaba desarticulada, poco ducha en lo de movilizarse y participar contra el mal. O también: ETA asesinó a panaderos, albañiles, cocineros, carpinteros; cualquiera podía estar en su diana, mientras que si te quedabas calladito tampoco es que fueras a hacer ningún daño directo a nadie. O también: ETA había contado con simpatías izquierdistas y nacionalistas por su oposición a Franco; y a veces lleva tiempo modificar tus afinidades.

Sin embargo, lo importante es que todo aquello cambió. Pasó el tiempo y a principios de este siglo ETA ya concitaba rechazos viscerales en casi todas las capas de la sociedad española. Naturalmente, esto fue así porque lo único que pasó no fue el tiempo. Pasó también que muchos intelectuales y políticos se comprometieron en la lucha contra ETA de un modo tan meritorio como brillante. Me resisto a citar siquiera algunos, pues por fortuna son tantos que siempre quedarían otros relevantes por mencionar. Una de las cosas en mi vida con las que estoy más satisfecho es haber llegado a ser amigo de varios de ellos. Pero el lector seguramente sabrá a quiénes me refiero. A todos los que se jugaron la vida explicándonos a los españoles por qué el terrorismo no tenía justificación; por qué hacía falta combatirlo desde el pequeño lugar que cada cual ocupásemos; y por qué era posible vencerlo con las armas de la democracia.

Triunfaron, como digo. Los españoles llegamos a sentirnos unidos ya no solo contra ETA, sino también alrededor de aquellos valores que nos diferenciaban de ETA. La resistencia contra ETA podía haber sido violenta. Podía haber sido autoritaria. Podía haber sido la de un nacionalismo españolista antivasco. Pero fue democrática.

(Cierto es que en los 80 hubo aún ramalazos socialistas de combatir a ETA desde la ilegalidad de los GAL. Pero, por fortuna, hacia el año 2000 todo aquello se había quedado en el pasado).

Esta unidad de los españoles contra ETA solo disgustó y aún disgusta, lógicamente, a dos grupos: los que creen que no debería existir unidad alguna entre los españoles y los que creen que no hay que estar contra ETA. Aunque ninguno de esos grupos es exiguo en lugares como el País Vasco, lo cierto es que en el resto de España su repercusión fue nimia hasta hace poco. Concretamente, hasta la irrupción de Podemos como fuerza política conspicua.

Precisemos: no es que Podemos no desee que exista unidad entre un número lo más alto posible de españoles; en el manual de cualquier populista, obtener la unidad de su “pueblo” es un paso imprescindible. Ahora bien, esa unidad el populista desea que reúna dos requisitos: en primer lugar, que sea una unidad arracimada tras la bandera que él enarbola; en segundo lugar, que sea una unidad contra los enemigos que él desea, no contra cualesquier otros. Dado que la unidad de los españoles contra ETA no implica que por ello vayamos a votar a Podemos, y dado que ETA no pertenece a “la casta”, “la trama” o demás chivos expiatorios del imaginario podemita, se explica perfectamente esa tibieza, y perdonen el eufemismo, con que Podemos ha abordado siempre la cuestión etarra. Tibieza que contrasta, naturalmente, con la calurosa acogida que brinda a quienes zumban a las novias de guardias civiles acompañadas de tales guardias civiles.

Y así nos encontramos con un Podemos incómodo ante esa repugnancia hacia ETA que aún hoy nos acomuna a la inmensa mayoría de españoles. Incomodidad que trata de paliar mediante dos métodos muy simples, pero a la vez eficaces. Se llevan usando desde hace años por todos los que no quieren que el repudio del terrorismo sea uno de nuestros vínculos nacionales. El primer método consiste en diluir el término “terrorismo” en una sopa donde, prácticamente, cualquier cosa enojosa pueda ser etiquetada como tal: hablar, pues, de “terrorismo machista”, o “terrorismo ambiental”, o “terrorismo urbanístico”, o “terrorismo económico”. Cuando todo es terrorismo, entonces un terrorismo concreto, como el de ETA, no es tan grave. De hecho, de eso va el segundo método. Este estriba en resistirse a llamar terrorismo a lo que sí está claro que lo es.

Ahora bien, terrorismo no es cualquier cosa que provoque terror: si así fuera, las películas de fantasmas serían paradigmáticamente terroristas. El terrorismo tiene una definición muy precisa, que naturalmente usted nunca aprenderá en ningún documento de Podemos, y que habremos de recordar. Terrorismo es utilizar la muerte de alguien para, publicitándola, obtener beneficios políticos. Lo explicó hace años Rafael Sánchez Ferlosio de modo exquisito: si a un soldado se le muere de un rayo, pocos minutos antes de que él le dispare, el hombre al que iba a matar, para él esa casualidad meteorológica será igual de válida que si él mismo hubiera eliminado a su objetivo; pero para un terrorista ese rayo habrá desbaratado sus propósitos. El terrorista mata para poder decir que él ha matado. Y para extraer algún beneficio político del terror que ello provocará en la sociedad. Todo lo contrario de quienes cometen otro tipo de desmanes ambientales, financieros o urbanísticos: no solo evitan reivindicar su acción, sino que tratan de ocultar su participación en ella.

¿Logrará Podemos que llamemos terrorismo a cualquier cosa y que no califiquemos así a ETA, sino que volvamos a los años 70 y denominemos a sus atentados “intervenciones armadas” y a sus masacres meras “expresiones de un conflicto”? De todos nosotros hoy, en 2017, depende. De nosotros, que no somos tan valientes ni tan brillantes como los intelectuales y políticos que se jugaron el tipo contra ETA desde los años 80. Pero que tenemos una gran ventaja sobre ellos: que contamos con su precedente. Y podemos ejercer, pues, de enanos a hombros de gigantes morales.

El sexo no vende, viva el activismo

Redacción TO

Foto: PEPSI

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca hemos podido ver cómo las grandes empresas norteamericanas, especialmente las afincadas en Silicon Valley, se han vestido con sus mejores galas activistas para enfrentarse a las medidas más reaccionarias del presidente. Estas iniciativas, sin embargo, parecen más encaminadas a mejorar su imagen corporativa que a proclamarse como parte del cambio social.

Algunos ejemplos lograron una gran difusión y todos ellos han recibido el aplauso de la opinión pública, con algunos matices. Solo dos días después de que el presidente Trump firmara la orden ejecutiva que restringía la entrada a Estados Unidos de ciudadanos procedentes de una serie especificada de países musulmanes, la cadena cafetera Starbucks anunció sus planes de contratar a 10.000 refugiados. Airbnb, por su parte, declaró que proporcionaría alojamiento gratis a aquellos que se hubieran quedado varados en aeropuertos norteamericanos a la espera de resolver su situación. ¿Por qué no extienden su voluntad a otras situaciones alejadas de los focos mediáticos?

El sexo no vende, viva el activismo 2
Starbucks es una de las empresas que utilizan estrategias de compromiso social para acercarse a sus consumidores. | Foto: Kim Hong-Ji

Resulta reveladora la columna que escribió al respecto Alex Holder, director de contenido de la revista Elle, en el diario The Guardian. En este artículo, titulado El sexo ya no vende, lo que vende es el activismo. Y no permitas que las marcas se enteren, Holder señala las múltiples formas en que las multinacionales tratan de convencer al mundo de que tienen conciencia. En un mercado con tanta competencia, donde la variedad de productos es tan amplia y las calidades tan parejas, la implicación con este tipo de causas marca la diferencia.

Otras empresas, quizá no tan populares, también han empleado esta clase de estrategias para aproximarse a los consumidores. Patagonia se ha comprometido durante décadas con causas medioambientales. El día de las elecciones cerró todos sus comercios en Estados Unidos con la intención clara de lanzar un mensaje: no es un día para comprar, sino para votar. Obviamente contra Trump.

Estas tácticas que adoptan las grandes corporaciones son, normalmente, beneficiosas para sus cuentas. Detrás de todas las políticas de responsabilidad social hay un lavado de cara, una forma de mostrarse al mundo como un ente comprometido con la paz y la ecología ante unos consumidores que, alcanzados por su honestidad, pasan a ver la marca con otros ojos.

Sin embargo, existen casos como el de Pepsi y su polémico anuncio con Kendall Jenner, en el que la marca sale perjudicada. Cuando resulta tan evidente la espectacularización de un movimiento social, pasa a convertirse en parodia. Y esto no sienta bien. Tras la emisión de la publicidad, cayó un mar de críticas sobre la compañía, que se ha visto incapaz de defenderse y ha optado por retirar el anuncio.

Que las grandes compañías traten de agradar a sus clientes mediante buenas acciones, aunque estos hechos no se produzcan desde la sinceridad y desde un compromiso verdadero, son una buena noticia. Pero también es cierto que a menudo se incurre en el error y en el exceso, sobre todo cuando se menosprecia al espectador. En estos casos, las consecuencias se trasladan a la imagen y a las ventas. Es peligroso jugar con el compromiso social de las personas.

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