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"La crisis económica de Venezuela es la gran oportunidad de crecimiento para el país"

Lidia Ramírez

Foto: Ana Laya
The Objective

Venezuela es el ejemplo de una economía maniatada por los controles. En los últimos años ha evidenciado el peor desempeño macroeconómico de América Latina, caracterizado por una importante contracción de su actividad económica –en 2016 cerró con una fuerte contracción del -8%–, una alta tasa de inflación que el año pasado acumuló un alza anualizada de 720,04%, y unos niveles de desabastecimiento nunca vividos: el 90% de los productos básicos no se consiguen, el salario mínimo es el más bajo de los últimos 20 años (40.638 bolívares, unos 60 dólares, según la tasa oficial de cambio más alta ) y en 2016 la pobreza creció un 81%, hoy día hay el doble de pobres que hace 18 años. Son datos que nos ha proporcionado el economista venezolano y profesor del IESA y de la Universidad de Oxford, José Manuel Puente, ya que el Banco Central de Venezuela (BCV) lleva 16 meses sin publicar nada. En definitiva y parafraseando al escritor venezolano Moisés Naím, el país “ha llegado a esta situación porque durante muchos años se han hecho muchas cosas mal y, ahora, para salir de esa situación y reconstruir al país en lo político, económico y social, hay que hacer durante muchos años muchas cosas bien”.

En un momento de mayor tensión política, cuando el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, abrumado por las protestas en las calles y por la airada reacción de la comunidad internacional, se vio obligado el sábado pasado a dar marcha atrás en la maniobra realizada a través del Tribunal Supremo, la gran incógnita sigue siendo cuándo y cómo terminará este muy “inestable equilibrio” económico y político de Venezuela. Éste era el análisis de la situación que realizó el pasado viernes 31 de abril el economista José Manuel Puente.

Cuando las proyecciones para los próximos meses son aún más desalentadoras, para 2018 se prevé que la inflación alcance los 300 puntos y el PIB se desplome a un -3%,  The Objective se reúne en la Casa de América con Puente para analizar la situación económica actual.

Venezuela ha estado en los últimos diez años entre las diez inflaciones más altas del mundo con un PIB  que ha retrocedido 40 años, con datos similares a los de los años ’60. ¿Cómo aprecia usted este momento económico y político? 

Estos eventos políticos llegan en muy mal momento. Venezuela lleva tres años con un ciclo recesivo muy agudo. Entre el año 2014 y 2016, se ha perdido cerca de un 25% del PIB. Esto supone la pérdida de un cuarto de la producción de bienes y servicios que, sumado a que lleva cuatro años consecutivos con la inflación más alta del mundo, se suma el hecho de que hemos vivido en los últimos años con niveles de desabastecimiento nunca antes vividos. Estos eventos políticos generan gasolina pura para que estos desequilibrios económicos se agudicen.

“Venezuela depende un 96% de las exportaciones de petróleo”

 

 ¿Cuáles son las causas fundamentales para que esa crisis haya aflorado en Venezuela?

Estoy completamente convencido que lo que ha tenido lugar ha sido un modelo de desarrollo que ha llevado al país al colapso. Este modelo se puede resumir en: controles de precios, controles de cambios, controles de tasas de interés, de movilidad laboral y las tan famosas y conocidas expropiaciones y nacionalizaciones. En los últimos 15 años se han expropiado arbitrariamente más de 300 empresas. A todo esto hay que añadir el desplome de los precios del petróleo que ha agudizado un ciclo de colapso económico que comenzó mucho antes con un modelo equivocado. Todos estos hechos han dado lugar a que el flujo de inversión privada nacional e internacional de Venezuela sea el más bajo de América Latina, llevando al país al colapso macroeconómico.

A los problemas de escasez de alimentos, medicinas y otros bienes básicos que enfrentan a diario los venezolanos se suma ahora uno nuevo: la falta de gasolina. Venezuela cuenta con reservas probadas de petróleo de 300.900 millones de barriles, las mayores del mundo, sin embargo, se ha quedado sin combustible ¿Cómo se puede explicar esta situación?

Esa es una de las grandes paradojas y muy difícil de explicar. Aunque es el país con las mayores reservas de petróleo del mundo, paradójicamente produce cuatro veces menos petróleo que Arabia Saudí que tiene menos petróleo. Entre 1999 y 2015, Venezuela ingresó por petróleo 879.000 millones de dólares. Sin embargo, después de 18 años y casi 900.000 millones de dólares en ingresos, se encuentra en medio de un gran colapso económico. Esto se explica incorporando a la ecuación la incompetencia, la ineficiencia y la corrupción del gobierno venezolano.

"La crisis económica de Venezuela es la gran oportunidad de crecimiento"
La carencia de combustible ha provocado el cierre de decenas de gasolineras en el país.  | Foto: Carlos Garcia Rawlins/Reuters

Según el informe preliminar de importación de crudo del departamento de Energía de Estados Unidos, Venezuela exporta al día más de 700 mil barriles de petróleo a ese país, siendo éste el principal cliente del petróleo venezolano. Ahora Trump ha aprobado la construcción del oleoducto Keystone XL, ¿cómo afectará esto a la economía del país cuando diariamente Venezuela recibe 31,8 millones de dólares diarios por venta de petróleo?

Después de 18 años de revolución, de insultos y agresiones, Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de Venezuela tanto en términos de importaciones como exportaciones. El 35% de lo que se consume en el país viene importado de EEUU. De igual forma, la mayor cantidad de petróleo que sale de Venezuela va para EEUU. Indudablemente, Trump va a intentar no depender tanto del petróleo venezolano, sin embargo, ambos países tienen una relación de conveniencia mutua; son como los matrimonios que ya no se quieren pero siguen juntos porque el divorcio es muy caro. En este sentido es muy costoso para ambos países romper relaciones. Aunque si Trump decidiera no comprar gasolina a Venezuela provocaría una gran crisis.

“En 20 años el petróleo dejará de ser la fuente fundamental del país”

En este punto, ¿debería Venezuela convertirse en un país productor de otros bienes y dejar de ser un estado principalmente productor de petróleo?

No tengo la menor duda. Esto ha sido un error de los últimos 70 años. Venezuela ha sido una economía monoproductora y, tal vez, esta gran crisis es la gran oportunidad de encender motores alternativos de crecimiento. Este país tiene potencialidades extraordinarias en muchos sectores: petroquímica, turismo, frutas tropicales, material eléctrico… Son muchos los productos que podríamos explotar y que junto al petróleo podrían generar una economía de progreso, riqueza y bienestar. Así que tal vez ésta sea la gran oportunidad de lastrarnos del modelo rentista, dejar de ser una economía monoproductora, diversificarla y encender tres, cuatro o cinco motores alternativos de crecimiento.

¿Esto de quién depende y cómo se puede conseguir?

En medio de este desajuste, lo primero es rescatar a la democracia, reconstruir al país desde el punto de vista institucional y generar un gran consenso nacional, social y político para instrumentar un plan de reformas económicas integrales. Ese plan implicaría, entre otras cosas, la diversificación de la economía para aprovechar esas potencialidades que Venezuela ha tenido siempre y no ha aprovechado. En este momento, el 96% de los ingresos por exportaciones son sólo petróleo. Por lo tanto, es una economía concentrada en el petróleo, monoproductora, y dependiente del commodities más volátil del mundo. Venezuela tiene que tomar decisiones correctas muy pronto por que tal vez en 20 años el petróleo deje de ser la fuente fundamental del país.

Durante la clausura de la Expo Venezuela 2017, Maduro anunció nuevas medidas económicas para el fortalecimiento de la economía nacional, una de ellas es el nuevo modelo de sistema de divisas complementarias (DICOM). ¿Constituirá esta medida realmente un cambio sustancial en el control de divisas?

No, esto es simplemente un cambio cosmético. No va a cambiar nada porque no importa cuántas subastas se hagan a través del DICOM, el problema de fondo es que no hay dólares en reservas internacionales. En este punto no importa cómo lo llamen, qué medidas cambien o instrumenten porque el problema es que no tienen suficientes dólares para entregar al aparato productivo. Es sólo un cambio cosmético que no va a tener ningún impacto sobre producción, actividad económica, crecimiento y abastecimiento.

"La crisis económica de Venezuela es la gran oportunidad de crecimiento para el país"
Protesta en Caracas. | Foto: Carlos García/Reuters

¿Qué se debe implementar e la economía para la reconstrucción de Venezuela?

Hay que hacer infinidad de cosas durante muchos años para volver a ser lo que fuimos, pero al menos, cuatro líneas por donde empezar serían:

1. Desmontaje del control de cambios. El control de cambios es la principal camisa de fuerza que tiene el país para crecer. Hay que ir a un esquema con un solo tipo de cambio competitivo, que es lo que tiene toda América latina, con excepción de Cuba y Venezuela.
2. Desmontaje de los controles de precios para que los productos cubran los costos de producción.
3. Debido a que tenemos el nivel de reservas más bajo de los últimos 21 años, hay que buscar ayuda internacional para poder fortalecer las reservas internacionales y poder liquidar dólares suficientes para insumos, producción nacional e importación de bienes.
4. Generar un programa de emergencia nacional de subsidios directos focalizado al 40% de la población más humilde para asegurarnos que tienen acceso a los alimentos y a las necesidades básicas para sobrevivir en esta tan difícil circunstancia que vive Venezuela

Continúa leyendo: El poder del perro, que no cesa

El poder del perro, que no cesa

Melchor Miralles

Es un poder que parece si no eterno, al menos infinito. Y desespera. E Indigna. Y no es una novela, aunque la que escribió Don Winslow lo pareciera, es la puta realidad de buena parte del territorio de Méjico. En las afueras de Tijuana han encontrado, por una confesión de unos detenidos, una fosa clandestina con cerca de 700 cadáveres. En esa zona operaba hace años Santiago Meza, “El pozolero”, acreditado y siniestro especialista en deshacer en ácido cadáveres por encargo de cualquiera, aunque su principal clientela eran los cárteles. Su apodo venía de cuando disolvía los cuerpos en ácido, creándose una sustancia espumosa y blanca semejante al pozole que cocinan con maíz.

Las cifras de la delincuencia organizada en Méjico son un escalofrío que no deja de impactarme por más que la rutina diaria para muchos lo haga normal. Cuando lo has vivido, cuando has sentido cerca el horror y el peligro de que te trinquen los cárteles, te niegas a aceptar que esto sea normal. El número de muertos cada año es insoportable, pero las cifras oficiales hablan además de más de 30.000 desaparecidos.

Es el poder del perro que no termina nunca, porque las raíces del problema están tan hundidas en el corazón del sistema, en la espina dorsal del Estado, tienen tanta capacidad de influencia en las instituciones, que resulta difícil pensar que vaya a tener solución algún día. Están acostumbrados a la muerte, la vida no vale nada, más de la mitad de la población nace condenada a morir la vida. Parece increíble que los seres humanos seamos capaces de admitir tanto horror. A muchos les pilla lejos y se la bufa. A las víctimas les destroza, pero no disponen de medios para acabar con el mal, y quienes pueden, no quieren, porque son ellos, el mal, el poder del perro que no cesa.

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Fenomenología de Levy

Jesús Nieto Jurado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Andrea Levy mira a cámara. Se muerde los labios. Es nerviosa y le dirán que inexperta en esas lides del “hijoputismo” parlamentario. No se le pone el gesto caballuno de la Lola Cospedal cuando la llaman a comentar o desfacer el último entuerto de la CUP, no, sino una media sonrisa entre sefardita y catalana. Es resultona. Ha pasado del ensayo a la novela y habla sus verdades como si comiera chicle. Afuera todo un mundo se nos cae, pero ella lee lo que le recomiendan @lavozdelarra y Karina Sáinz. Levy le da Mediterráneo a la cosa pepera, y juventud al tuiter, y belleza a un oficio de notarios ociosos. Le brillan algunas pecas, cerca del óvalo facial, pecas que aparecen o desaparecen según sonría o le conteste a Ferreras o a su segunda del flequillo. Se muerde el labio cuando piensa España y piensa Cataluña, porque Levy, guapa nerviosa, es un poco la musa de la Constitución del 78 en la sardana que nos lleva al 1-0. De ideologías anda más bien pez, pero ella, tan moderna, es hija de esa disyuntiva catalana que va entre la Constitución o el caos. Dice el Gobierno que lo del 155 es improbable, que lo disfrazarán de noviembre (su Lorca) u octubre por no levantar sospechas. Entretanto, la Guardia Civil va a El Prat con caballerosidad y con la verdad última de lo único que funciona en España. Levy, musa de estos tiempos, lee algo de Murakami y le mete el rollo guay a un PP en Cataluña que ha oscilado entre Piqué y ese Loquillo/García Albiol que no sabemos por dónde puede salir. Pero Levy se muerde los labios, mueve nerviosa las manos por los librobares de Malasaña: y se piensa en Cataluña. Y sabemos que en Cataluña el PP son los padres. Y Levy puede molar. Ay.

Continúa leyendo: Justicia para los topónimos

Justicia para los topónimos

Víctor de la Serna

Foto: ELOY ALONSO
Reuters

Habrá que hacer algo contra la desigualdad en la vocal final. Asturias debe preocuparse por ello. En cualquier cartel indicador de las carreteras del Oriente podemos ver que los pueblos durante tiempo sojuzgados por la dictadura de la forastera y castellana ‘o’ final ya han sido liberados: Niembro y Barro ya son, orgullosamente, Niembru y Barru. Su asturianidad es incuestionable.

El problema es para las localidades con nombre terminado en ‘a’, cuya nacionalidad podría ser palentina. O montañesa. Así, en un mismo cruce podemos ver cuatro nombres: los susodichos Niembru y Barru, y también Posada y Bricia.

¡Cuánta injusticia! ¡Unos tanto y otras tan poco! Si tiene incluso un tufillo machista. Claro, me dirán, es que en bable (o asturianu, como prefieran llamarlo, que uno es poco ducho porque sus ancestros son de Cabuérniga, que es otro país) la terminación femenina es en a, como en español o en italiano, y nada tiene de particular.

Todo eso es cierto, sin duda, pero el agravio comparativo no nos parece resuelto. Habrá que consultar a los expertos académicos, a quienes saben de verdad. ¿No habría una forma de satisfacer las ansias autóctonas de los honrados vecinos de las poblaciones con ‘a’ final, de deshacer ambigüedades? Quizá una solución venga del plural. Sí, se podrían pluralizar esos nombres, y aprovechar así que el plural del femenino en tierra asturiana es -como saben todos los aficionados a las fabes-, en ‘es’. ¿Posades, Bricies, podrían quedar bien, y bien reivindicadas?

Perdonen la inanidad de estas líneas. Es que en el Norte está lloviendo mucho este verano, y se le empapa a uno el magín…

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Y pasó en Barcelona

Andrea Mármol

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Ha pasado. Ha sido Barcelona. Antes fueron París, Londres, Bruselas o Niza. También Nueva York. Y Jerusalén. Una suerte de hermanas mayores para los barceloneses, cuyas semblanzas con nuestra morada nos habían activado falsos anticuerpos frente a la más inexplicable sangre abrupta, la estampida inmediata o el socorro improvisado. Las imágenes de las antes golpeadas urbes, las haya o no pisado, obligan a uno a repetirse para sí que el terror es algo con lo que hay que acostumbrarse a vivir. Arrastrados todos a asumir que al odio menos sofisticado le basta nuestra mera existencia para convertir a los nuestros en víctimas.

Con la ola de atentados terroristas recorriendo aeropuertos, avenidas y salas de concierto, he especulado en infinidad de ocasiones -durante un paseo por el barrio Gótico, tomando un café en la Plaza Real, dejándome la voz en Sala B o caminando rumbo el Camp Nou- con las posibilidades de ser víctima del próximo ataque. Mortal o no, poco importa, porque la imaginación es caprichosa, rápida y no escatima en torturas. Uno intuye de manera difusa el momento del estallido, el tiroteo, -ahora cabe añadir una furgoneta- pero la angustia, incluso la angustia imaginada que busca amortiguar la real, siempre es nítida: uno imagina a su madre esperando una llamada o una última conexión, a sus amigos que se quedaron en el bar tratando de huir o a ese abuelo lento, afectado por el ataque, quedando atrás de la muchedumbre.

No andaba demasiado alejada del lugar de los hechos, pero el jueves, como tantos otros, hube de hacer llamadas. Alguna para tranquilizar de inmediato, otras para recibir esa misma anestesia. Lejos de lo especulado, unas llamadas tan esperadas por quien las ha de recibir entrañaban una sobriedad algo anómala. Mientras intentaba abrirme paso por Vía Laietana, sin saber todavía dónde ni cuándo habían perpetrado el atentado, cientos de personas a las que nos había sorprendido cerca -pero mucho más lejos que cerca- no compartíamos ya solo una calle: de pronto todos los desconocidos allí presentes éramos parte de un trazado espontáneo que llegaba hasta los familiares y amigos de cada uno, todos cómplices y, por esta sola vez, del mismo bando.

El gélido dato confirma lo inusitado de esa situación en el corazón de Barcelona. De los trece muertos ahora confirmados, dos son españoles -ambos granadinos-, un ejemplo que da cuenta de una de las muchas disparidades que se respiran a diario entre viandantes en la ciudad. Es así, claro, en todas las ciudades que han sido sacudidas para siempre por los bárbaros, cuya elección no es azarosa, y así con su golpe a Barcelona hacen añicos el espejismo de eternidad de cualquiera que pudiera dejarse envolver en esta urbe de “gentes de cien mil raleas”, que cantaba Serrat. ¿No es, acaso, el de barcelonés, uno de esos gentilicios nada estridentes?

Tampoco es casualidad lo que ha venido después. La respetada solemnidad en la conmemoración en una Plaza Cataluña que cerró el grito unánime y espontáneo ‘no tenim por’, así como los ayuntamientos de toda España unidos en respuesta a la barbarie han sido sólo la culminación de mensajes de apoyo que llegaban desde cualquier rincón del mundo. Todos encontraban sus más sinceras palabras para la ciudad y para el horror y la angustia que les produjo imaginarla con la sangrienta mácula del terror. Podría decirse que a Barcelona, en pocas horas, le fue devuelto en justa correspondencia todo el calor con que supo arropar en su día a cuantos pudieron siquiera asomarse por aquí por primera vez.

Como todos, yo me asomé un día también a la ciudad. Recuerdo el primer día que paseé de noche por el Gótico, las primeras escaleras mecánicas en el metro de Las Glorias. Cómo me enamoró el retrato que de ella hacía Zafón en los libros primeros, luego sustituidos por las narraciones de Martínez de Pisón en la estantería. Mis primeras veces de casi todo fueron en Barcelona, pero esta ciudad permite esas primeras veces para casi cualquiera: lo fue para que Picasso pintara a sus señoritas de Aviñón, para que Lorca se emocionara con el extrañísimo topónimo ‘Urquinaona’ o para que, mucho antes, en la obra magna en lengua castellana, alguien la introdujera tal que así: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto”.

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