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La democracia de la literatura que fastidia a los Estados

Romhy Cubas

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“La literatura de una nación estará siempre subordinada a su condición social y su constitución política”

-Alexis de Tocqueville.

En la República de China el premio Nobel de la Paz Liu Xioabo ha muerto encarcelado por su propio gobierno, a kilómetros de distancia durante el 2016 -en la frontera con Hong Kong- cinco libreros habían desaparecido consecutivamente de sus establecimientos por comerciar con libros incómodos para el Partido Comunista, incluyendo historias sobre las costumbres sexuales de sus líderes; en Turquía, la novelista Asli Erdogan cumple prisión preventiva por “atentar contra la moral del Estado” con varios capítulos de una novela erótica de autoría.

La censura no se detiene a detallar idiomas o continentes. Democracia y literatura son casi tan vinculantes como las sociedades en las que actúan, y en el reflejo de sus prohibiciones existe la posibilidad de una comprensión social que ni las organizaciones más abocadas a la libertad de expresión logran canalizar.

El monopolio mediático y la centralización en regímenes prohibitivos como Eritrea, Corea del Norte, Vietnam, Irán, Cuba y China –el país con más periodistas encarcelados anualmente-  es también una alerta de restricciones para la construcción de su propia literatura.

El escritor francés Alexis de Tocqueville aceptaba convencido lo anterior cuando  redactó en su primer volumen de Democracia en América que, inclusive cuando literatura, poesía, elocuencia, imaginación y memoria se encuentran en manos autocráticas, todas continúan “sirviendo a la causa de la democracia al poner osadamente en evidencia la grandeza natural del hombre. Sus consecuencias se mezclan con aquellas de la civilización y el conocimiento; y la literatura se convierte en un arsenal abierto para todos”.

Este es un principio que rige como efecto secundario cuando la limitación del arte en todas sus formas traspasa esas mismas fronteras que prohíben.

Del latín censor –por la práctica de supervisar el comportamiento del público y su moral en la Roma Antigua- censurar no es una práctica reciente.

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Caminata en honor al preso político y premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, quien murió de un cáncer el pasado 13 de julio | Imagen vía: AP.

En 1931 Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll fue vetado en China por el comportamiento ofensivo que suponía atribuir cualidades humanas a los animales, setenta y cinco años después, en el 2006, en Kansas, Estados Unidos el libro infantil La telaraña de Charlotte fue prohibido por las mismas críticas hacia acciones “antinaturales y blasfemas”.  En Israel la poeta Dareen Tatour ha sido juzgada por “colaborar con una organización terrorista” y por cargos de instigación a la violencia relacionados con su poesía. En Egipto, el novelista Ahmed Naji fue encarcelado durante parte del 2016  por transgredir contra la “modestia pública” con extractos de su novela The Use of Life.

La lista continúa, no sólo entre gobiernos monopolizados por ínfulas de comunismo, sino en colegios, Estados, regiones y librerías que imaginan en el contenido sexual, religioso y social de los libros una amenaza para la “cordura” de sus habitantes.

En defensa del escritor

¿Cómo se concibe la conquista de la pluma de un escritor contra la silla de un presidente? Ante la sensata duda sobre lo que puede aportar la literatura en la decadencia de un planeta, con un escenario decorado por guerras civiles, millones de desplazados, epidemias y hambruna el filósofo francés Jean Paul Sartre recuerda que cuando un escritor adopta posiciones políticas y sociales este debe actuar exclusivamente a través de medios personales, es decir: sus palabras.

Defendiendo a la literatura como el arte ideal para elevar la conciencia, revelar acontecimientos y para construir un puente que le exponga al lector las múltiples realidades, Sartre recuerda que el papel del artista es contribuir al despertar de la conciencia de las personas.

Esa conciencia puede ser demorada, pero no eliminada. Según la asociación mundial de escritores PEN Internacional, desde el 15 de noviembre de 2015 al menos 35 escritores han sido asesinados en distintas regiones del mundo como resultado de su trabajo; por otro lado,  desde 1982 unos 13 mil 500 libros han sido prohibidos según información de The American Library Association.

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Historieta de Stuart McMillen que compara los mundos utópicos de Orwell y Huxley | Imagen vía: Pinterest

La diversidad de la supervivencia

Es evidente que la supervivencia de la diversidad literaria depende del interés del Estado para facilitar su acceso,  sin embargo, entre la espada y la pared, es decir, la globalización y la tecnología, el “embargo” de miles de obras consideradas ofensivas para un colectivo tiende a ser un fiasco que sencillamente atrae mayor atención hacia estas.

No es coincidencia que textos como La granja de animales de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley, o Las uvas de la ira de John Steinbeck sean algunas de las obras más leídas y estudiadas universalmente, a pesar de que fueron prohibidas en diferentes países por “anticomunistas”, contenido sexual explícito y escándalos religiosos.  

La diversidad en la literatura implica y significa una afluencia educada pero sin rasgos elitistas. Una urbe literaria que puede estar integrada por  “panaderos, banqueros, farmacéuticos o plomeros. Su primer idioma puede ser español o vietnamita. Se dan al pensamiento crítico, se preocupan por el arte, la intelectualidad vas más allá de los especialistas intelectuales “, así lo establecía el poeta Norteamericano Walt Whitman, quien no vivió para conocer la prohibición en Estados Unidos de American Psycho de Bret Easton Ellis, Trópico de Cáncer de Henry Miller, el veto de Harry Potter de J.K Rowling en colegios cristianos del Reino Unido o el tabú de El Mago de Oz de Lyman Frank Baum -en una librería de Detroit en 1957- por contribuir a la cobardía mental de los niños.

La pluralidad que describe Whitman reniega a la literatura como fuente de un privilegio controlado y sistemático e individualiza su posible influencia. Tocqueville comparaba estos extremos con las autocracias y las democracias, sosteniendo que el pasado es ególatra y narcisista, un vicio del mundo antiguo, mientras que el individualismo tiene un origen democrático que  “amenaza con esparcir en proporción similar la igualdad de condiciones”.

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Los restos de la biblioteca de Celso en Éfeso -la antigua Roma- actualmente Turquía | Imagen vía: TasteOfLifeMag

La élite de las revoluciones

Aunque la literatura ya no es, o no debería ser, cuestión de clases, como infería Tocqueville “una mente nunca es tan grande y peligrosa como cuando la igualdad se comienza a asentar en esa sociedad. Las libertadas intelectuales deben distinguirse de la anarquía que conlleva una revolución”.

Por aquello de las revoluciones es que el mayor peligro para la libertad en la literatura y el arte es el que existe cuando se fracciona a las personas en una línea que separa a “unos de otros”. En donde la democracia roza, la literatura golpea como la mayor forma de interacción entre el hombre, sus creencias y el Estado. Como sostiene casi jocosamente Whitman, el proceso de una democracia no tiene lugar meramente en la temporada de elecciones.

“¿Tú también, amigo, supones que la democracia es solo para elecciones, política y nombres de partidos?”

De las grandes civilizaciones como Roma y Grecia le sobrevivieron no sus emperadores sino sus escritos. Desde entonces el ejemplo construido en todo relato ficticio o real dirige revoluciones, recuerda los abusos y las formas institucionales fallidas, reta las olas represivas y sobre todo mantiene una conciencia de futuro y pasado para entender y –de ser necesario- denunciar el presente.

Así es como se ilustra a la literatura como el “el único recurso frecuente de moralidad influenciando al mundo”, mucho más efectivo para una sociedad que todas sus constituciones, legislativas y lazos judiciales.

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Primera página de la primera edición de Anna Karenina de Tolstoi, publicada en 1878 | Imagen vía: Wikipedia

La prueba del papel

John F Kennedy, semanas previas a su encuentro fatal con Leonard Bernstein, hablaba sobre el valor del arte en la sociedad como una forma de verdad y no de propaganda. “La fuerza tiene muchas formas, las más obvias no son siempre las más significativas”, sostenía, reconociendo el rol impopular del artista que se enfrenta a contracorriente en su era.

El autoritarismo, en su afán por unir acciones y pensamientos en una sincronía antinatural olvida que “en la sociedad libre el arte no es un arma”; sin embargo, incluso en las “sociedades libres” las palabras tienen consecuencias.

Desde los tiempos de Tomas Moro en el siglo XVI y su encarcelamiento por alta traición a la monarquía de Enrique VIII,  el encierro de Fiódor Dostoievski por cargos de conspiración contra el zar Nicolás I de Rusia o el arresto del escritor ruso y premio Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn en 1945 por expresar opiniones anti estalinistas, la literatura ha buscado frecuentemente alertar sobre escenarios repetitivos y exageradamente posibles.

Hace más de seis siglos Tocqueville presumía sobre el juicio individual creyendo que en un futuro el uso de subjetividades privadas sería frecuente pero no exagerado. Su visión fue un romántico error, pues el límite entre lo privado y lo público lo desdibujan los mismos jefes de Estado anunciando sus fobias personales en comunicados oficiales. No es que hayamos preguntado pero ya todos sabemos lo que Trump piensa de los mexicanos, o que Silvio Berlusconi vea como una ganancia “que te gusten las chicas bonitas a ser gay”.

En la historia no hay vencedores, aunque si conquistadores temporales, pero vencer no siempre significan dirigirse hacia el camino correcto. Miguel Syjuco, profesor de Literatura en la Universidad de New York de Abu Dhabi, recuerda que la noción del bien prevalece en la subjetividad de la mente, y es que Hitler estaba convencido de la sensatez de su justicia, al igual que el Estado Islámico debe estar convencido que sus bombas son necesarias.

No obstante, en el papel está la prueba de que la pluma puede contra la silla: Ulises se enfrentó a sus monstruos, Anna Karenina retó a la intolerancia rusa, Kerouac y Bolaño hicieron de la carretera un camino contra las convenciones y Tom Wolfe encaró con La hoguera de las vanidades las castas en la sociedad neoyorkina de los años 80.

Puede que China no baje su guardia en el futuro inmediato, o que Turquía y Azerbaiyán continúen durante varios años liderando la lista de países del CPJ (Comité de Protección de Periodistas) con mayor censura informativa, pero en el papel sigue estando la prueba de que el registro de las palabras tienen tanto o más peso que el intento por censurarlas.

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Continúa leyendo: El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

Jorge Raya Pons

Foto: Reuters

David Carr vivió una larga cuesta abajo disparado y sin frenos cuando descubrió los senderos de la droga, que le transformaron en un hombre terrible. Muchos años después, siendo un periodista exitoso y reverenciado en The New York Times, quiso explorar aquella sala oscura que era su pasado y abordarla en un libro que se llamaría La noche de la pistola, editado ahora en España por esa caja de sorpresas que es Libros del K.O. Carr viajó a los lugares donde vivió, entrevistó a docenas de personas que conocieron al antiguo yo y le quitó el polvo a un buen puñado de documentos archivados que incluían fichas policiales y sentencias.

No es sencillo encontrar personas tan esforzadas por alcanzar un grado tan elevado de autoconsciencia. David Carr era –fue– un maltratador –golpeó a dos de sus exparejas– y un yonqui, un periodista extraordinario y un padre entregado. Tendemos a imaginar que hay todo un mundo entre los polos, y sin embargo está a un tiro de coca de distancia. En este libro, Carr rescata un puñado generoso de experiencias especialmente repugnantes. Como el día en que olvidó a sus hijas en el coche cuando hizo una visita nocturna a su camello, con quien pasó la noche entera. Cuando salió de la casa, las niñas continuaban allí, en sus sillitas, vestidas con sus monos de invierno.

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David Carr, junto a sus hijas, Erin y Meagan. | Fuente: Archivo de David Carr

En otro momento, el periodista cuenta la historia emotiva, reveladora y profundamente trágica de su amigo Dave, a quien conoció en desintoxicación y de quien escribe que “tenía hijos” y le enseñó “muchas cosas, no solo sobre ser padre, sino sobre ser un hombre de verdad”. Dave fue una mano tendida en su rehabilitación: cuidó de él, cuidó de las niñas, se aseguró de que asistiera a cada una de las reuniones. Los años pasaron, Carr logró recuperarse, y ambos tomaron distancia.

Algunos años después, Carr visitó a Dave; un amigo común le avisó de que era momento de hacerlo. Dave estaba en su cama, hinchado y sin fuerzas y terriblemente enfermo. Hablaron de las niñas, de deporte, y prometieron volver a verse otro día. Carr se despidió, y supo en ese momento que no volverían a verse. Así que le dijo: “Te debo todo lo que tengo en el mundo. Has hecho mucho. Ahora puedes descansar”. Y se marchó.

Es posible que David Carr carezca del virtuosismo literario de Burroughs y de tantos otros que exploraron la mística y la ruina de la adicción a las drogas. Pero tampoco importa: Carr lo hace con una honestidad brutal, abriéndose en dos y exponiéndose sin reparos. Y aunque a menudo cae en la bravuconería y en un punto nada lejano a la autocomplacencia, el libro deja a las claras que su vocación principal es la expiación de sus pecados. Una confesión larga y documentada ante Dios y ante sus lectores.

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La noche de la pistola, de David Carr (Libros del K.O.) | Foto: The Objective

Carr, que tantos méritos hizo para morir en una sobredosis, o en una pelea entre colgados, o en un accidente de tráfico, que sobrevivió a un cáncer particularmente agresivo y que recayó en el alcoholismo, murió muchos años después, en 2015, tras desplomarse por un infarto frente a su mesa en el Times. Tenía 58 años.

Carr escribió un libro valiente. Detrás de sus gemelas, que crecieron felices y fueron a la universidad –he obviado que crecieron entre jeringuillas; su madre también era yonqui–, su gran legado es este libro que sirve como advertencia: hay épica y diversión con las drogas, pero solo antes de crear descontrol y una probabilidad muy alta de destrucción. Su amigo Ike se lo dijo en otras palabras: “¿Vas a ser leal a un jodido concepto como el de ser artista? ¿O vas a ser leal a unos seres humanos de los que eres responsable?”. Y Carr, casi en los últimos párrafos, escribe: “Siempre te dicen que tienes que curarte por tu bien, pero lo único que me permitió dejar de hacer el imbécil fue recordar que otras personas dependían de mí”. Este libro es la declaración de amor a sus hijas.

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Charles Bukowski entre mujeres

Romhy Cubas

Foto: Terraignota Ediciones
Terraignota Ediciones

“Las mujeres del pasado siguen llamándome
Ayer mismo llegó otra de afuera del estado
Quería verme
Le dije “no”
No las quiero ver
No las veré
Sería incómodo, terrible e inútil
Sé de gente que puede ver la misma película más de una vez
Yo no” (…)

Del poema Novias de Charles Bukowski

Antes de ser Charles fue Heinrich Karl Bukowski, nacido en Alemania un 16 de agosto de 1920. La crisis económica en el país europeo tras la Primera Guerra Mundial llevaría a su familia emigrante hacia América, y para que se acoplara al ritmo estadounidense los padres de Heinrich comenzaron a llamarlo Henry. El resto es historia, el mito de Bukowski y sus irreverencias poéticas en la ciudad de Los Ángeles.

A su alrededor: su trabajo, relaciones, carácter y hasta su predilección por la bebida conspiraron para formar esa leyenda de poeta veterano e indolente. No fue hasta los 40 años que sus versos obtuvieron reconocimiento, y aunque hizo el intento de estudiar periodismo y arte su principal profesión y sustento monetario durante más de una década residieron en la oficina de correos de la ciudad de Los Ángeles. Como una especie de agente encubierto Bukowski era cartero de día y poeta de noche.

No obstante, una vez su editor y publicista John Martin le prometió 100$ mensuales por el resto de su vida para que se dedicara a escribir y dejara el oficio diurno de las cartas a los profesionales, la carrera de Bukowski se aferró a su prosa sentimental e irreverente, toda ella contradicciones, para presentarse como uno de los grandes poetas del siglo XX, sin mencionar que se le ha asociado a la Generación de los Poetas Beat y de los escritores “malditos”. Pero la voz de Bukowski realmente nunca vino acompañada de grupos viscerales, él siempre fue un solitario.

Aunque en su marca personal no podía faltar el tabaco y la botella de whisky, las groserías y esa imagen desaliñada de viejo indecente, como su alter ego Henry Chinaski, hay varios mitos sobre Bukowski además de su ineludible talento como escritor que se tambalean entre la ficción y la realidad.

A menudo tildado de borracho y misógino, no hay que buscar demasiado para encontrar archivos y fotografías de ese Bukowski alcoholizado por el cual suenan las campanas. Tampoco hay que leer demasiado entre líneas para encontrar entre sus poemas y relatos de “amor” una prosa peyorativa y contradictoria hacia las mujeres como objeto-sujeto. Su relación con estas fue igual de contradictoria, por un lado se podría decir que Bukowski respetaba y amaba a las mujeres, sus más allegados así lo respaldaban, y sin embargo, trabajos como La Máquina de Follar, Se busca Mujer o tal vez el más evidente Mujeres, exponen versos en donde es fácil cruzar la línea entre la sinceridad y la desfachatez, la irreverencia y la misoginia.

Está el detalle que expone el mismo Bukowski cuando se burla de sí mismo en sus textos, o cuando crea una imagen comercial que su ex novias y su publicista John Martin suavizan, pero fueron precisamente esos detalles, mitos o no, los que hicieron a Bukowski “el escritor”, el mujeriego, el poeta no tan romántico, el cartero más famoso de Los Ángeles.

“Hay en mí algo descontrolado, pienso demasiado en el sexo. Cuando veo a una mujer la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos.” Charles B en Mujeres.

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Jane Cooney Baker y Charles Bukowski | Imagen vía: Alternative Reel

La prostituta de 300 kilos

Bukowski a menudo se refería a su iniciación en el plano sexual con una anécdota que reiteró en numerosas ocasiones y sazonó en sus historias. De entrada el escritor adopta una actitud usual en sus poemas y relatos y recuerda cómo con 24 años de edad conoció en un bar a “la primera mujer” que gustó de él.

La narración está grabada en video y Bukowski, Whisky en mano, recuerda a la “prostituta de 300 kilos” que al igual que él buscaba compañía aquella noche. La pareja subió al hotel y a la mañana siguiente, al no encontrar su billetera, el escritor echó a la mujer de la habitación creyendo que esta era la responsable de su desaparición. La billetera apareció minutos después al lado de su cama, y en vano Bukowski persiguió arrepentido y con resaca a la mujer con la cual perdió su virginidad en un motel de Los Ángeles.

Jane Cooney Baker

Fue su mayor musa y tal vez su romance más definitivo. Sus relatos y poemas están repletos de versiones de esta mujer diez años mayor que él a quien conoció –de nuevo- en un bar de Los Ángeles. Entre botellas y humo de cigarrillos se sucedió esta relación tumultuosa y reveladora. Esa misma adicción por el alcohol llevó a Jane a su muerte en 1962.

El escritor luego reconocería que de todas sus compañeras Jane sería la única por la cual regresaría.

“…hace 28 años / que estás muerta / y sin embargo te recuerdo / mejor que a cualquiera de las otras / vaya un trago / por tus huesos / con los que este viejo perro sueña / todavía”.

Linda King

A esta poeta y escultora la conoció porque la primera esculpía rostros de poetas famosos, y cuando oyó que uno de los mejores prosistas de Los Ángeles estaba en la ciudad solicitó tallarlo.

Su relación se prolongó intermitentemente por cinco años a principios de los 70. Volátil, agresiva y turbulenta fue de una de sus relaciones más inestables y temperamentales; sin embargo, llama la atención que en entrevistas posteriores al referirse a Bukowski Linda King rara vez es despectiva o insiste en los momentos violentos, más bien hace énfasis en la particular personalidad del escritor, en sus inseguridades y manías.

“Siempre pensé que le faltaba confianza en sí mismo. Si hubiera sido un hombre físicamente bien parecido y hubiera tenido éxito con las mujeres, creo que nunca hubiera pensado en aquello”, recuerda King en una entrevista para Vice.

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Linda Lee Bukowski y Charles Bukowski | Imagen vía: Taringa

Linda Lee Beighle

Fue la segunda esposa de Bukowski, la primera fue Bárbara Bukowski, quien murió bajo misteriosas circunstancias en un viaje a la India. A Linda la conoció en un puesto de comida, con ella compró una casa en San Pedro y fue esta quien estuvo a su lado en el hospital cuando el escritor murió de leucemia el 9 de marzo 1994.

Como la mayoría de sus compañeras, Lee recalca la timidez y falta de confianza de Bukowski, sus habilidades sociales, o más bien la falta de ésta, y su preferencia por la máquina de escribir ante la posibilidad de tener que entablar conversaciones con otras personas.

“Jamás hablaba de su trabajo, pensaba que le traería mala suerte”, explica Lee. “A veces escribía poemas en plena noche. Bebía un vaso y me lo leía. Pero esto pasaba sólo una vez al año. Por lo general no mostraba sus trabajos a nadie, los enviaba todos directamente a su editor”.

Ellas no fueron las únicas mujeres en la vida del poeta, hubo novias, amigas, amantes y romances de una noche. La mayoría de estas relaciones llegaron con la mediana edad y su alza como escritor. Todas ejercieron un papel básico en su manera de escribir y de relatar el “amor”. De todos los mitos sobre Bukowski tal vez el más claro está en sus contradicciones, ya que su imagen de bebedor empedernido fluctuaba con sus testimonios, y el de su misoginia con la voluntad de conversar de aquellas mujeres.

“Mujeres: me gustaban los colores de sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos”.
Del libro Mujeres de Charles Bukowski

Es ineludible que como personaje literario, estereotipado o no, fue y sigue siendo referencial. A su muerte dejó una obra compuesta por más de 1.000 poemas, cinco novelas y seis libros de relatos. Ahora, en cuanto al mito, la manera más sensata de aclararlo está en sus propias ficciones, que han demostrado después de todo ser la adicción más sana y fiel de Bukowski, el “viejo indecente”.

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Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de posguerra

Romhy Cubas

Hace 56 años, específicamente la mañana de un domingo 13 de agosto de 1961, Alemania amaneció separada con una alambrada de 155 kilómetros entre dos cielos berlineses ubicados en la misma geografía pero bajo distintas ideologías. En la frontera del sector soviético hacia Berlín Oeste aquellas “barreras temporales” se mantendrían durante 28 años aislando a su capital.

La noche anterior a la construcción el consejo de Ministros de la RDA –República Democrática de Alemania- habría anunciado el objetivo de tal instalación: “poner fin a las actividades hostiles de revanchismo y militarismo de Alemania Occidental y Berlín Oriental”. Eventualmente los rollos de alambres y púas fueron reemplazados por paneles de hormigón y cemento. Las calles, plazas y casas quedaron divididas entre dos horizontes. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial había terminado y con ella la Alemania nazi, en Europa la victoria todavía era amarga.

Durante la guerra se sobreviviría –con suerte- a base de fe y migajas. De los testigos, además de viejas fotografías, resistieron diarios y cartas escritas a la sombra de refugios antibombas y campos de concentración. Dedicarse a leer era un acto revolucionario, como el ejército con el que soñaba Hitler, si algo se aprendió de la Acción contra el espíritu anti-alemán el 10 de mayo de 1933 con la quema voluntaria de miles de libros es que la literatura no era comunal, mucho menos necesaria. Sin embargo, por terquedad o simple naturaleza se sobrevivió, se escribió y se leyó, y de aquella rutina surgió todo un nuevo género literario de posguerra en el cual los narradores del este y del oeste se afincaron para relatar sus inquietudes. Aunque con un espíritu menos festivo que el de la Generación Perdida en París, su ímpetu para cuestionar y debatir ante la sociedad y el Estado se mantuvo.

El Grupo 47 construyó con los escombros de la guerra una carrera literaria de la cual emergería plumas como las de Günther Grass, Heinrich Böll, Thomas Hettche, Julia Franck, Judith Hermann e Igno Schulze.

“Dedicarse a leer era un acto revolucionario.”

Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de Posguerra
Diario de Ana Frank escrito entre 1941 y 1944 | Imagen vía: AFF Basel/AFS Amsterdam

Antecedentes: Entre diarios y manuscritos escondidos

Durante la Alemania nazi, de los refugios y campos de concentración no solo emergieron sobrevivientes, sino que se forjaron un puñado de escritores que nunca llegó a saber el destino de su fama.

Ana Frank: luego de que Alemania invadiera Polonia Ana Frank huiría a los 13 años con su familia de ascendencia judía hacia los países bajos. Durante dos años se escondería junto a otras 7 personas en La casa de atrás, refugio ubicado en el canal Prinsengracht n° 263 en Ámsterdam. Además de entender el poder de la intolerancia, por esas fechas Ana Frank también recibió de regalo de cumpleaños un cuaderno empastado con una pequeña cerradura en el frente. Sus páginas se convertirían en el diario más versionado del futuro. Historias, frases de sus autores favoritos y apuntes de aquella rutina forzada salieron a la luz con el peso de la guerra en los ojos de una adolescente de 13 años. Antes de ser llevada a los campos de concentración, en 1944, Ana reescribía su diario para convertirlo en un libro que no pudo terminar. Aunque nunca lo supo, la guerra la convirtió en una reconocida y precoz escritora.

Irène Némirovsky: esta novelista de origen ucraniano pasó gran parte de su vida huyendo, primero de la Revolución rusa, luego de la leyes antisemitas que le impidieron trabajar y divulgar sus novelas en Francia; sin embargo, ya antes de la guerra había logrado establecerse con una decena de escritos publicados en francés. En 1942 es arrestada e internada en el campo de Pithiviers, para luego ser deportada a Auschwitz en donde murió de tifus el 17 de agosto del mismo año. De sus pertenencias sobrevivieron dos manuscritos inéditos que le dieron nombre a una de las grandes crónicas sobre el éxodo durante la guerra y la ocupación alemana en Francia. Suite francesa, publicada de manera póstuma en el 2004, es una crónica incisiva del ejercicio de las relaciones humanas asediadas bajo fuego en el frente.

Milena Jesenská: su nombre estuvo particularmente ligado al del escritor Franz Kafka, con quien comienza una larga correspondencia luego de leer algunos de sus cuentos y pedirle autorización para traducirlos al checo. Pero Jesenská fue mucho más que la “amiga de Kafka”, como se titula el libro de Buber Neumann dedicado a sus experiencias en los campos de concentración. Corresponsal y periodista para diversos semanarios y periódicos políticos en Viena, sus trabajos lograron captar una valiosa mirada femenina en el periodismo checoslovaco de preguerra antes de su muerte en el campo de Ravensbrück, Alemania.

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Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

Literatura de posguerra

La reflexión sobre el pasado, sobre la responsabilidad individual y colectiva de una nación y la insatisfacción ante una sociedad distante y angustiosamente absurda fueron algunos de los puntos claves para la creación de esta literatura de posguerra que buscó recuperar de entre los escombros el sentido común de la humanidad. Los jóvenes que vivían entre el trauma del nazismo y la derrota bélica, en una crisis de identidad que le daba un nuevo formato a su compromiso político y social, lograron frustrar en el papel su propia e utópica reunificación.

Relataba el escritor español Fernando Aramburu para El Cultural en el 2014: “La caída del muro desató una especie de movida literaria en Alemania. Sobre todo los jóvenes escritores de la antigua RDA estaban deseosos de ejercitarse en la recién estrenada libertad, tenían un sinfín de historias que contar, podían despacharse a su antojo, sin cortapisas censorias, buscaban una nueva identidad y un público multitudinario esperaba con ansia sus relatos y testimonios. No defraudaron. El cine, el teatro, la arquitectura, se apuntaron de buena gana al nuevo empuje creativo”.

El Grupo 47

También conocidos como la generación “escéptica”, directamente afectada por las acciones del nazismo pero en aquél entonces sin la edad suficiente para tomar acciones concretas ante este, su crítica hacia Alemania residió en recordarle al Estado las consecuencias de lo que consideraban una actitud excesivamente despreocupada hacia el pasado.

El grupo se remonta a 1946 cuando Alfred Andersch y Hans Werner Richter fundaron en Múnich la revista literaria Der Ruf -La llamada-. Con la idea de instruir al público alemán sobre la democracia tras el nazismo, eventualmente les revocaron la licencia y surgieron de nuevo en septiembre de 1947 para crear una nueva revista, Der Skorpion -El escorpión-, la revista tampoco tuvo éxito pero dio paso a la fundación oficial del Grupo 47.

Su espíritu transgresor no residió en el grupo per se, de sus reuniones se observaba lo usual en un grupo joven y letrado: lecturas, manuscritos, críticas y conversaciones. Pero la gran mayoría consiguió aquí el impulso para hacerse un nombre en la renovación de la literatura alemana tras la guerra.

Günther Grass, Premio Nobel de Literatura en 1999, escribiría Es cuento largo como una respuesta ante la caída del Muro de Berlín, Julia Franck relataría en Zona de tránsito su experiencia al cruzar Berlín Occidental a los 8 años con su madre y sus hermanas. Heinrich Böll comenzaría su carrera en los años 50 con pequeñas narraciones sobre la insensatez de la guerra y del heroísmo nazi, entre sus obras destacan Y no dijo ni una palabra, Opiniones de un payaso y Retrato de un grupo con señora; en 1972 recibió el Premio Nobel de Literatura por haber contribuido a la renovación de la literatura alemana. Paul Celan, de raíces judías y nacido en Rumania, fue recluido en un campo de trabajo de Moldavia y gracias a sus experiencias produce una obra poética de unos 800 poemas que se afincan en la paradoja de expresar el sufrimiento de los judíos en alemán.

Ilse Aichinger, Alfred Andersch, Ingeborg Bachmann, Günther Eich, Hans Magnus Enzensberger y Erich Fried son otros de los nombres destacados que se han ido sumando a este grupo.

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Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

El Muro de Berlín se comenzó a construir un 13 de agosto de 1961 y pronto se convirtió en una pared de hormigón de 3,6 metros de altura, con un interior de cables de acero y una “franja de la muerte” impuesta como una especie de foso colectivo. Entre 1961 y 1989 más de 100.000 personas trataron de cruzar el muro, entre 5.000 y 10.000 lo lograron y más de 200 murieron en el intento.

Hoy Berlín es ícono de escritores y artistas. Ciudad multicultural, bohemia y política en donde hace 56 años se levantaba un muro que, en un acto de equilibrio, también erigió un archivo inmenso de narrativa testimonial y literaria única.

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Dormir en verano es posible: 7 formas de conciliar el sueño sin aire acondicionado

Redacción TO

Foto: João Victor Xavier
Unsplash

Cada verano la misma historia. No hay quien viva con este calor que no remite y que hace que pasemos cada noche desesperados y sin dormir, sufriendo las consecuencias al día siguiente. Las habitaciones deben tener una temperatura de entre 18 y 20 grados centígrados, según la Asociación Española del Sueño y, a menos que tengas un aire acondicionado, esto parece un objetivo inalcanzable. Sin embargo, traemos buenas noticias: con los siguientes consejos podrás atenuar los efectos del calor y las noches serán más llevaderas sin necesidad de quedarte a cero a final de mes.

1. Bebe un vaso de agua fría antes de dormir

Cuando menos, un vaso de agua fría antes de acostarse. Y el vaso bien cerca para hidratar el cuerpo. Una receta sencilla y fundamental para combatir el calor.

2. Haz un hueco en el congelador para tus sábanas

Dejarás de ser reacio a hacerlo una vez compruebes su efectividad. Introduce las sábanas en una bolsa de plástico hermética, y deja que se enfríen durante varios minutos. Lo agradecerás toda la noche, o al menos el tiempo suficiente para conciliar el sueño.

Un gazpacho, la mejor cena en una noche calurosa de verano. | Foto: Jeremy Bronson/Flickr

3. Cena algo ligero

Mejor un gazpacho fresco que un chuletón de buey. Las comidas copiosas obligan al organismo a multiplicarse y a generar energía, lo cual deriva en calor. La mejor idea es tomar algo que hidrate y no sature el estómago.

4. Fabrica tu aire acondicionado casero

No subestimes el valor del ingenio. Utiliza un recipiente no muy profundo y llénalo de hielo. Luego pon el ventilador en marcha con el recipiente delante. Siente cómo el vapor helado alcanza tu cuerpo.

5. Dúchate con agua templada

Nuestro cuerpo reacciona generando calor cuando nos duchamos con agua fría. Así que no, no es una buena idea. Mejor hacerlo con agua templada.

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Muévete lo justo y necesario en las noches calurosas. | Foto: Will Fisher/Flickr

6. Deja de dar vueltas en la cama

Girando no haces otra cosa que aumentar la sensación de calor. La cama va absorbiendo esa temperatura y eso se traslada a tu cuerpo. Además, así podrás contener los nervios y evitarás acabar empapado. La mejor posición en tiempos excepcionales es de costado.

7. Mejor duerme solo, o al menos daos un espacio

Lo que menos necesitas cuando hace un calor extremo es que te achuchen por la noche, o que te pongan un brazo por encima, o que te respiren cerca y en la nuca. Así que mejor dormir solo. Y si no es posible, con un espacio de por medio.

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