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La fiebre del crossfit

Pablo Mediavilla Costa

Foto: Pablo Mediavilla Costa

La disciplina de fitness extremo ha conquistado medio mundo en apenas unos años

Si te suenan palabras como emom, burpee, amrap, wod o snatch seguro que practicas crossfit o tienes algún conocido que no pierde oportunidad para hablar del tema. Con apenas 16 años de vida, esta disciplina de fitness extremo está arrasando en todo el mundo por los rápidos resultados que ofrece a sus practicantes, grupos de hombres y mujeres que compiten y se divierten levantando pesas, ruedas de camión o escalando por una cuerda. En España y Portugal ya hay más de 300 gimnasios o, en el argot crossfitero, boxes dedicados a este entrenamiento y fenómeno social. Solo en Madrid capital hay 40.

“Empecé a hacerlo hace tres meses después de terminar una relación. Quería despejarme y encontrarme a mí mismo. Lo recomiendo al cien por cien, es adictivo”, dice Gurgen, de 37 años, en una pausa del entrenamiento en el box 28004 del centro de Madrid. Hoy hay diez hombres y cinco mujeres. Suena “Work It” de la rapera Missy Elliott mientras la clase empieza el calentamiento. Hay sonrisas y choques de manos, parece un grupo de amigos. Fran Ruiz es entrenador certificado de crossfit desde hace dos años y maneja las operaciones. “Me ha hecho más fuerte, ágil, flexible, resistente… He mejorado en todas las vertientes”, dice.

Inventado por los norteamericanos Greg Glassman y Lauren Jenai en el año 2000 en California, el crossfit es una mezcla de halterofilia, ejercicios aeróbicos y calistenia, movimientos de fortaleza que aprovechan el propio peso corporal. La clave está en la variedad y combinación de pruebas posibles y, en especial, en la intensidad con la que se hacen las repeticiones. Es un entrenamiento duro y también un deporte. Cada verano desde 2007 se celebran en Estados Unidos los CrossFit Games. Retransmitidos por la cadena ESPN, los mejores del mundo se dan cita para intentar alcanzar el título de World’s Fittest o, en inglés, El o La Más En Forma Del Mundo.

“Me ha hecho más fuerte, ágil, flexible, resistente… He mejorado en todas las vertientes”

Ese título de campeón mundial es una marca registrada porque el crossfit es también un negocio. CrossFit Inc. es la empresa de Greg Glassman se divorció de Lauren Jenai y compró su parte del negocio que controla este deporte y que obtiene alrededor de 100 millones de euros de beneficios anuales y tiene una valoración en el mercado de cerca de 4.000 millones de euros, según Forbes. Los gimnasios que quieren usar su nombre tienen que abonar una cuota anual de 3.000 dólares y los entrenadores que lo imparten deben certificarse en, al menos, uno de los cursos que ofrece la empresa. Además, en la web oficial se puede descargar una revista, visitar la sección para niños, comprar merchandising o consultar el WOD, Workout Of the Day o ejercicio del día.

El entrenador de crossfit Fran Ruiz, 32 años, da instrucciones a la clase.
El entrenador de crossfit Fran Ruiz, 32 años, da instrucciones a la clase.

Una prueba de su rápido crecimiento económico es la guerra que enfrenta a dos gigantes de la ropa deportiva. Reebok firmó en 2011 un contrato de patrocinio exclusivo por diez años con CrossFit Inc. Por su parte, Nike está al acecho de algunos de los mejores atletas de la disciplina y hasta ha sacado un modelo de zapatilla especialmente diseñado para practicarla. En los pasados Games, Reebok prohibió el uso de ese modelo a los participantes, lo que dio lugar a una campaña de Nike en las redes sociales con el lema Don’t ban our shoe, beat our shoe (No prohíban nuestra zapatilla, ganen a nuestra zapatilla) . La batalla por conseguir el patrocinio del universo crossfit en 2021, cuando acabe el contrato de Reebok, será cruenta y, presumiblemente, cubrirá de oro a Greg Glassman.

“Me gusta porque es variado y entretenido. No es como el gimnasio que es todo repeticiones, siempre lo mismo”

Sigue la clase en el 28004. María, de 29 años, está levantado 30 kilos de peso (más la barra) con la técnica propia de la halterofilia. Piernas flexionadas, impulso y barra a los hombros. Tiene las abdominales marcadas y ha empezado a sudar. “Me gusta porque es variado y entretenido. No es como el gimnasio que es todo repeticiones, siempre lo mismo”. Empezó a practicarlo hace un año y medio y es, por lo visto hoy, la más en forma de su clase.

Uno de los comentarios habituales sobre el crossfit es que ha sido abrazado por el público femenino, menos presente en las salas de levantamiento de peso de los gimnasios tradicionales. “Según mi experiencia hay un poco más de hombres casi siempre, pero en este box concreto hemos hecho un esfuerzo por atraer a las mujeres. A mí personalmente me encanta trabajar con ellas porque son en las que más evolución veo”, dice el entrenador Fran Ruiz.

El aspecto más polémico es el de las lesiones. Hay todavía pocos estudios al respecto, aunque suele apuntarse a la falta de preparación técnica en el levantamiento de peso, los niveles inadecuados de intensidad en relación a la forma física de los practicantes y la cualificación de los entrenadores. La compañía CrossFit Inc. ha respondido con estadísticas que indican un grado de lesividad (de 2,4 a 3,1 lesiones por cada 1000 horas de entrenamiento) que es inferior a correr o hacer triatlón. “Es un deporte para todo tipo de gente. Nosotros adaptamos los ejercicios a la persona y no la persona a los ejercicios”, afirma Ruiz.

Popularizado por estrellas de Hollywood como Channing Tatum, Cameron Diaz o Jessica Biel, el crossfit cuenta ya con sus propias leyendas como Rich Froning, campeón de los CrossFit Games durante cuatro años seguidos, del 2011 al 2014, y es practicado por cuerpos de seguridad y de bomberos y por algunas unidades del ejército norteamericano. La clase termina con un aplauso y algunos se quedan practicando ejercicios con la música de fondo. Javier, de 41 años, se acerca y me dice con una medio sonrisa: “desconectas mucho, te olvidas de todo, pero acabas muerto”.

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Cómo vestirte para una boda si estás embarazada

Redacción TO

Si elegir el atuendo adecuado para un enlace o compromiso social ya supone un quebradero de cabeza para la mayoría de mujeres, las embarazadas sufren por partida doble no solo por encontrar un look que se adapte a su talla y estilo, sino por gastar un presupuesto en algo que solo les va a servir para volver a llevar durante tan solo unos meses.

Pai Pai, un espacio pensado en el que curvies y embarazadas puedan encontrar su talla y alquilar vestidos de fiesta adaptados a ellas cuenta con un servicio de asesoramiento para solucionar dudas como “¿dónde encuentro mi talla?”, “¿qué forma y color de vestido me favorece más?”, “¿qué tipo de complementos necesito para completar el look?” o, muy especialmente: “¿cómo adaptar mi presupuesto a un modelo que probablemente sólo lleve una vez?”.

El negro y el rojo nunca fallan

“El negro es un básico infalible”, reconocen desde la marca, “y resulta especialmente adecuado si queremos maximizar el efecto estilizante de este color, independientemente de si el evento es de noche o no”. El rojo, otro color de esta temporada, favorece tanto a pieles claras como más morenas, destacando especialmente por su versatilidad y magnetismo. Para la noche, la marca recomienda apostar por tonos vino o cereza, ricos en elegancia y fácilmente combinables con complementos en plata, dorado o negro. También el verde, en todas sus tonalidades pero destacando especialmente el oliva y verde césped, será un aliado para este tipo de eventos por su solemnidad y reinado como color tendencia.

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Para la noche, tonos vino o cereza. | Foto: Pai Pai

Los estampados también tienen un hueco en las opciones para los looks premamá. Aunque es necesario no abusar de ellos si el estado de gestación es muy avanzado (para no crear un efecto óptico extraño). El estampado floral representa una elección adecuada, especialmente para looks más casuales y eventos de día.

La forma y estilo del look también influirán a la hora de decantarse por un vestido, un mono (la opción más de moda, si bien quizá no la más cómoda) o un conjunto de blusa y pantalón o falda. El escote, tanto de espalda como delantero, no tiene que suponer un problema, especialmente cuando se trata de vestidos livianos y tipo oversize, así como conjuntos de dos piezas. “Muy acertado también es elegir vestidos de corte imperio, que resultan sumamente cómodos y favorecedores”, comentan desde la firma. “Realzan la figura y permiten llevarlos con looks lisos o estampados”. También el cuello barco representa una opción sumamente elegante y adecuada para los eventos más elegantes, tolerando especialmente bien el monocolor y los tonos empolvados.

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Amar y odiar los gimnasios

Joaquín Jesús Sánchez

Foto: Kim Hong-Ji
Reuters

En una sala enorme, varias hileras de hombres y mujeres sudan y bufan. Corren, pero no avanzan, empujan y nada se mueve. Una música aberrante (un ritmo industrial) marca el compás del ejercicio. El lugar no tiene ventanas sino unos grandes conductos de ventilación. No hay relojes.

Sé que he encontrado un lugar propicio para la literatura cuando puedo describirlo de modo que parezca un círculo del infierno o aquel lugar del inframundo donde Sísifo arrastraba el pedrusco. Siempre he sospechado de los deportistas: gente que consagra su vida a hacer lo mismo que hizo otro antes, pero un segundo más rápido. El deporte profesional es muy útil para promocionar tu Reich o para medírselas en la Guerra Fría. Por lo demás, no sirve para nada: hay que ser muy necio para creerse el cuentecito de la transmisión de valores, de los referentes morales y tal (¡por Dios, es gente que corre y salta!). Pero yo me he apuntado al gimnasio, no a un centro de alto rendimiento. La opción pequeñoburguesa, la opción de barrio. Tengo como defensa una razón coronaria y volumétrica. Cada día voy y me monto en una cinta, luego en unos zancos extrañísimos y finalmente remo en una máquina en seco. Después tengo que tirar de poleas, levantar mancuernas y otras cosas tediosísimas.

Un entorno tan singular exige a unos moradores bien particulares. Es fácil distinguirlos porque se reconocen entre ellos. Tienen conversaciones fascinantes: que si han visto un nuevo ejercicio para fortalecer vaya usted a saber qué fibra interior recóndita, que si tal batido es buenísimo porque sustituye la comida de todo un quinquenio… Intento adivinar qué vida tienen fuera de aquellas salas, a qué se dedican, de qué otras cosas hablan. Me parece un misterio insondable. Coincido con un tipo medio calvo que se pinta el cuero cabelludo: debe ser muy astuto. También con una señora que cuando se pone a correr la melena se le carga de electricidad estática y termina como un diente de león. Pero mi ceremonia favorita son las clases(de zumba, de spinning y otras materias sesudas).

El espectáculo de una habitación rellena de gente esforzándose mucho por complacer a un monitor, un sargento de hierro en mallas. «Vamos, tú puedes, no te rindas». «Supera tus limitaciones». Otras gansadas así. Todos ellos, puestos en filas, haciendo lo mismo, producen la visión aterradora del adocenamiento. Una sordidez vagamente sadomasoquista.

Y aquí estoy yo, tumbado bocarriba, sobre un banco rosa, mirando un techo de placas de yeso y fluorescentes, mientras agito unas pesas en el aire como un cretino. ¿Cuándo condescendí con este fascismo venido a menos? ¿Por qué me contorsiono así?

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Amar y odiar los gimnasios

Juan Francisco Gordo

Foto: Kim Hong-Ji
Reuters

Bajo un entrechocar de metales los atletas se preparan para librar la más justa de entre las justas, la de su propio rendimiento.

Personas concienciadas con el estado de su salud mental preparan sus cuerpos para soportar las lides del alma aprisionada bajo las doctrinas del cruel Platón. Liberan sus cadenas cual Daenerys y auscultan sus cuerpos con grandes espejos de pared, expertos como un Galeno preocupado por una fisiología salutífera.

Estoy en un gimnasio, un lugar creado para el goce estético y el dominio del imperativo categórico; no hay monitor que exija algo diferente de lo que pediría para sí mismo. Padres enfrentados al duro mantenimiento de sus retoños procrastinadotes natos —peonzas del ejercicio que rotan en busca de treguas y se ajan en el dominio del cansancio—, los supervisan regidos por los conceptos de justicia y amor.

El amor de un líder preocupado por el correcto desempeño del ideal comunista: «A cada uno según su condición», siempre con afán de superación y esas memeces que sólo sirven para los pusilánimes, de reivindicar la familia sana, feliz y competitiva que se muestra indiferente a los ánimos porque entienden qué es el trabajo.

He detectado que el espacio del gimnasio se divide siempre en dos salas —por lo común, pueden tener varias subdivisiones más—, la de fortalecimiento —musculación— y la de resistencia —eso que llaman «cardio»—.

En la sala de musculación no se admiten los totalitarismos. Las máquinas son de todos y para todos, todos ingresan su cuota mensual para disponer de ellas por necesidad y el compañero lo sabe. Los entrenamientos son mejores si son grupales, y cuantas más amistades forje uno, tanto mayor será el peso que mueva. La camaradería es la base del éxito.

Sin embargo, en las salas de cardio hay un referente, un líder, un guía más bien, que conduce a los demás al Olimpo del sudor y agotamiento sin escarnio y para solaz del público que sigue como va pudiendo las directrices del entrenamiento. Los ejercicios son tan variados y tan útiles que luego se pueden aplicar para superar los miedos más comunes como pueden ser huir de una bestia, enfrentarse a una banda a lo West Side Story o pedalear hasta la cima de una montaña a ritmo de Gangsta’s Paradise sin desfallecer.

Lo que se suele confundir con un espectáculo autoritario no es sino la cláusula por la que uno se pone en las manos de un experto que recomienda siempre, nunca obliga, a que se sigan sus pautas para alcanzar un Nirvana líquido, de mutuo acuerdo, por un civilizado discernimiento de la rectitud empresarial en el correcto desempeño de un oficio. Pues lo que se viene a realizar a un gimnasio es, ante todo, un trabajo, y está sujeto a los costes de tiempo y esfuerzo propios de cualquier producción.

El bienestar personal es el valor de uso final de este servicio a la dualidad de cuerpo y espíritu, por un bien común, por una sociedad sin clases.

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Tratamientos estéticos, un alza entre los hombres millennials

Lidia Ramírez

Foto: The Objective

Son pocos los hombres que se atreven a reconocerlo, pero las estadísticas no mienten y aseguran que la demanda de tratamientos de belleza y de cirugías estéticas masculinas ha aumentado un 30 % en 2016 respecto al año anterior. Así también nos lo confirma la doctora Gloria Santomauro, experta en medicina estética y directora del Centro Médico GS, quien afirma que cada vez con más frecuencia los hombres acuden a su consulta para someterse a algún tratamiento.

Hombres de entre 45 y 60 años es el perfil del cliente más habitual de Santomauro, sin embargo, la doctora destaca la asidua asistencia a su consulta de chicos jóvenes que quieren realizarse algún “retoquito”. “A partir de los 20 años ya empiezan a venir”, apunta. “En general son chicos que se cuidan mucho y van al gimnasio”, informa la experta, que señala que cuando más suelen acudir a su clínica es después del verano para realizarse algún tratamiento para el cuidado de la piel después de todo el verano expuestos al sol “y de marcha”.

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Tres de cada diez clientes de Santomauro son hombres. | Foto: The Objective

Tratamientos más demandados

Los procedimientos no quirúrgicos se han vuelto muy atractivos para el público joven, ya que estos no requieren de periodos post-operatorios extensos. Una de las principales características de la generación millennials es el gusto por la inmediatez y su alta exposición en redes sociales. “Tratamientos con ácido hialurónico, bótox o mesoterapia facial o corporal, con la que se obtiene una piel hidratada, nutrida, luminosa y con mejor textura son los procedimientos más recurridos”. Estos últimos suelen tener un coste de 240 euros, 80 euros la sesión (la doctora aconseja un mínimo de tres sesiones al año, una cada 20 días). Además, entre los tratamientos más recurridos, Santomauro también destaca el aumento de labios. “A pesar de que se piensa que es algo de mujeres, cada vez son más los chicos que se someten a un tratamiento de aumento de labios con ácido hialurónico”. Esto suele tener un coste de 150 euros.

En cuanto a las razones por las cuales se someten a algunos ‘retoquitos’, Santomauro hace referencia a la mejora del autoestima sin olvidar la salud, sobre todo en aquellos tratamientos que tienen como objetivo el adelgazamiento, o las rinoplastias terapéuticas motivadas por alguna afección respiratoria.

Pasados los 40…

Como destaca Gloria Santomauro, “después de los cuarenta, lo que más les preocupa a los hombres son las arrugas, la calvicie y los excesos de grasa en el cuello o abdomen”. El injerto de pelo, bien de modo tradicional o mediante la técnica FUE (pelo por pelo) y el bótox, adaptado a cada tipo de arruga, son los tratamientos estrella masculinos, subraya la doctora. Sin embargo, no hay que olvidar que todas estas intervenciones son “adictivas”. Así nos lo asegura Germán, un cliente de Santomauro que al año asegura gastarse unos 1.500 euros en retoques estéticos. “Ya he perdido la cuenta de cuantos retoques me he hecho”, nos cuenta el cliente antes de someterse a un tratamiento de bótox, su preferido junto a los hilos tensores. “Lo hago porque me gusta y los resultados son evidentes e inmediatos”.

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German, cliente de Gloria Santomauro, sometiéndose a un tratamiento de bótox. | Foto: Lidia Ramírez / The Objective

Las ojeras también son una de las principales preocupaciones de los hombres pasados los cuarenta; para corregirlas, la experta propone dos tipos de tratamientos: mesoterapia para aclarar y ácido hialurónico para rellenar. Los hilos tensores para cara y cuello, que rellenan las arrugas más finas y mejoran la calidad y el aspecto de la piel, además del plasma rico en plaquetas, que contribuye a regenerar la piel, se suman a otros más atrevidos. La bioplastia, que remodela el rostro creando ángulo, o la mentoplastia, también llamada cirugía del mentón, completan este decálogo de tratamientos que muy pocos hombres se atreven a confesar. Y es que según asegura la directora de Centro Médico GS: “Aún seguimos todos con la fantasía de la genética perfecta y con el cuento de que estamos así de guapos y perfectos por dormir la siesta y beber agua natural”, concluye.

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