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La guerra entre HBO y Netflix está detrás de la cancelación de series

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

Antes de 2017, Netflix había cancelado dos de sus series originales –Hemlock Grove y Bloodline-, mostrando una política anti cancelaciones que dejaba tranquilos a los fans de las historias de esta plataforma de streaming. No obstante, en los últimos seis meses la tendencia ha cambiado radicalmente. A la decisión de cancelar Marco Polo y The Get Down, se ha sumado la de no renovar ni Sense8 ni Girlboss. Aunque unas más que otras, todas estas series son buques insignia de la marca Netflix, por lo que su desaparición ha supuesto un gran revuelo entre los usuarios. ¿Por qué Netflix, un negocio de éxito, deja de producir algunas de sus grandes series?.

Una lucha cada vez más apretada

Hubo un tiempo en que el streaming en internet era objeto casi de monopolio por parte de Netflix. Esta plataforma era sencillamente la reina de unos modelos de consumo y negocio que han terminado calando en la forma en la que accedemos a contenidos audiovisuales. No obstante, a Netflix le han ido creciendo los enanos. La gran apuesta de otros grandes, con más historia y recorrido que esta plataforma, como HBO, en el mundo del streaming digital ha provocado la diversificación de este mercado.

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Girlboss es una de las series no renovadas por Netflix. | Foto: Netflix

Según los datos de Fortune, Netflix ha duplicado su número de suscriptores en cinco años tan sólo en Estados Unidos, mientras los servicios de televisión por cable pierden cada vez más abonados. Aquel modelo caduco deja paso a otro más diverso, donde hacerse un hueco no es nada fácil. HBO, que ya contaba con un amplio catálogo de series originales repleto de éxitos de los años 90 -con títulos como Sexo en Nueva York, Los Soprano o A dos metros bajo tierra– cuando se lanzó al streaming, es el gran competidor que le ha salido a Netflix a escala global. Con Juego de Tronos bajo el brazo, la serie más exitosa del panorama actual, HBO GO está disponible desde hace muy poco tiempo en todo el mundo, haciendo frente a una Netflix que se ha visto obligada a replantear su estrategia.

Netflix ha perdido el prestigio que le otorgaron grandes títulos como Orange Is The New Black, House Of Cards o Narcos

Sin competencia, Netflix tenía un amplio margen de acción en cuanto a la producción de títulos propios. Tras la realización de series muy aplaudidas, tanto por público como por crítica, como Orange Is The New Black o House Of Cards, la política de contenidos de la plataforma fue bastante laxa. Siempre en busca del próximo gran ‘pelotazo’, y con una filosofía que primaba la cantidad frente a la calidad, Netflix empezó a sufragar los gastos de muchas y diversas producciones. Algunas más o menos locales, con grandes o pequeños presupuestos, todas cabían en su catálogo original. De esta forma fue perdiendo ese prestigio que le habían otorgado grandes títulos como los ya citados, u otros como Narcos y Sense8.

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The Get Down no volverá a nuestras pantallas. | Foto: Netflix

Incapaz de generar series que afianzaran la fidelidad de sus usuarios, y con HBO pisándole los talones ya de cerca, la compañía de Reed Hastings ha tenido que reconocer su error y tratar de enmendarlo. De ahí el cambio de rumbo en su política de cancelaciones, y es que Netflix quiere retornar a la vía de la calidad de los contenidos, de reconsiderar las producciones según su éxito de audiencia –datos que, por cierto, no publica en ningún caso-, y de mimar a sus usuarios. Antes de que sea demasiado tarde.

Respuesta masiva de los fans

Como era de esperar, los usuarios de Netflix no se han quedado callados tras la cancelación reiterada de diversos títulos originales de la plataforma de streaming. El caso más sonado ha sido el de Sense8, la serie de las hermanas Wachowski, uno de los grandes estandartes de la producción propia de la compañía de Hastings. Los fans de Sense8 no tardaron en alzar su voz contra la plataforma en varias redes sociales, amenazando incluso con cancelar sus suscripciones a Netflix si la empresa no rectificaba en su decisión de cancelarla. Tras dos temporadas, la segunda con un final abierto y muchas tramas inconclusas, Sense8 se acabaría de esa forma, dejando a todos sus seguidores sin saber qué sería de Will, Riley, Capheus, Sun, Lito, Kala, Wolfgang y Nomi. Los altos costes de producción que, según el productor Roberto Malerba, superaban los 9 millones por capítulo, provocaron la cancelación de la serie. Las declaraciones de Reed Hastings tras el polémico anuncio –dijo que debían “tomar más riesgos” y tener “un nivel de cancelación más alto”- no hicieron más que avivar la furia de los seguidores de la serie. Para apaciguar dicha furia, Netflix anunció en un comunicado que Sense8 contaría con una película final, que ayudará a cerrar las tramas que han quedado abiertas, y que estará disponible en 2018. No es que sus fans hayan quedado completamente satisfechos, pero sí tranquilos pues tendrán una dosis más de su serie favorita.

Más vale que nos acostumbremos, sin embargo, a la dinámica de cancelaciones sorpresa que ha iniciado recientemente Netflix. Su modelo comienza a estancarse, y HBO, así como otras grandes plataformas, siguen al acecho. Por ello, mientras esta guerra continúe, nuestras historias favoritas podrían tener los días contados.

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¿Es Master of None la serie más millennial que hemos visto?

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

La segunda temporada de Master of None explora en mayor profundidad temas que definen la vida de los treintañeros occidentales. 

Primero lo primero, aunque la gente que pertenece a la generación millennial es la que ha nacido -aproximadamente- entre 1981 y 1997, hay una subdivisión que mucho tiene que ver con la tecnología: hay viejos millennials y millennials jóvenes. Los viejos vieron el nacimiento de Internet en su niñez y aún recuerdan cuando se inventó el CD, sus primeros móviles fueron Nokias y jugaron Snake hasta el cansancio y por años vieron películas en VHS. La serie Master of None, que ya estrenó su segunda temporada en Netflix, no se ocupa de los millennials jóvenes sino de los “viejos”. Los personajes están en su treintena avanzada y exudan las características generacionales de sus coetáneos. Y también sus vidas, lo que les pasa, donde viven, todo parece sacado de un manual sobre la vida de los adultos jóvenes de estos tiempos. ¿Las claves? Aquí por qué Master of None es un perfecto ejemplo del millennial viejo.

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Master of None, estrena nueva temporada en Italia | Imagen vía Netflix

Razón 1: crisis vocacional

A los millennials jóvenes les ha tocado vivir un colapso económico que ha limitado las posibilidades laborales y de futuro y que ha hecho replantear muchos planes. Para los millennials con más edad esta crisis apareció justo en su verdadera entrada al mundo laboral y adulto, desmontando todas las ideas de progreso y desarrollo vital que generaciones anteriores les habían vendido. Es por ello que no es difícil entender que las crisis vocacionales y existenciales están a la orden del día. La juventud millennial ha comenzado a cuestionarse las normas sociales de existencia: ascenso, competencia, propiedades, familia y está pensándose la vida, a veces de otras formas. En Master of None, Dev (Aziz Ansari), comienza la segunda temporada en Italia. Dejó todo atrás y en un impulso se mudó a este país a aprender a hacer dinero. ¿Por qué? Porque quedarse en lo que es su carrera no se sentía como una obligación pero sí se sentía necesaria una búsqueda de felicidad.

Razón 2: diversidad

Master of None puede que sea una de las series actuales que más normalmente maneja el hecho de que su reparto sea diverso. La sensación que da es de que no ha sido por “discriminación positiva”, sino algo natural salido de personas que entienden que la diversidad existe y que es normal que se vea. La generación millennial ha crecido en un mundo cada vez más globalizado y producto de la crisis económica, y de sus búsquedas espirituales y el cambio de las prioridades, ha viajado. Por ende -aunque tal vez es ingenuo asumirlo así- entiende la existencia de la diversidad como algo natural. En Master of None hay gays, lesbianas, musulmanes, indios, chinos, blancos, negros, latinos y esto no marca nada más que conversaciones sobre racismo o problemas con la diversidad sexual que son completamente normales en un mundo que sigue anclado en el pasado. Otro ejemplo de la diversidad es la comida.

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Master of None, está protagonizada por Aziz Ansari (a la derecha) | Imagen vía Netflix

Razón 3: las relaciones generacionales

Uno de los mejores episodios de la temporada (SPOILER ALERT) se llama Thanksgiving. En él se puede ver a la mejor amiga de Dev, Denise, y al propio Dev desde que eran niños pasando juntos la fiesta de Acción de Gracia en casa de Denise. Y también se ve la progresión de la salida del armario de Denise y cómo impacta su vida familiar. Además de ser un excelente episodio, es el retrato de una generación que está tan familiarizada con la posibilidad de diversidad en la identidad sexual que nunca se plantea como problema. Es un relato magistral de la adaptación generacional -también de los temas raciales y de género- y de las relaciones familiares. Lo mismo pasa con la religión de Dev y su familia. Para él, un millennial agnóstico, la religión es algo ajeno, para sus padres, que no lo obligan a practicarla si no quiere, hay ciertas cosas que son sagradas y no porque sean religiosas sino porque forman parte fundamental de sus identidades. Dev no lo entiende al principio, pero luego se da cuenta de que la religión no ha sido una obligación para sus padres, sino un refugio para dos inmigrantes sin contactos en una ciudad enorme, un espacio de amistad y conexión con su pasado y sus raíces, algo que él no necesita como hijo de inmigrantes en una ciudad que siempre ha sido suya y con amigos desde la infancia.   

Razón 4: la estructura

Master of None está estructurada a modo de viñetas, especie de historias sueltas sobre sus personajes o -también se puede ver en otro de los mejores episodios de la temporada (New York, I Love You)- sobre habitantes anónimos de Nueva York de los que normalmente nadie habla. Es dispersa pero enfocada, otra marca millennial. Una generación marcada por la segunda y tercera pantalla y la vastedad de Internet, y al mismo tiempo determinada por el egocentrismo de las redes sociales, entiende la narración como algo que debería abarcar todo pero, a la vez, ser muy específico. Muy personal, pero a la vez amplio, general, inclusivo.

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Dev y Francesca. It’s complicated. | Foto via Netflix.

Razón 5: el mundo amoroso

Uno de los episodios de esta segunda temporada (First Date) nos muestra a Dev en más de una decena de citas con chicas que conoce en una especie de Tinder. La serie entiende perfectamente cómo funciona el sistema: frase genérica para saludar a prospectivas citas, usar el mismo restaurante o bar en el que quien invita se siente cómodo, conversaciones incómodas o a veces fluidas, pero siempre en modo de tanteo. También refleja el hecho de que las mujeres tienen que lidiar con desagradables fotos de penes o frases babosas dentro de la app, de que si no eres blanco ligas menos, o que simplemente muchas de estas citas, la mayoría, no llegan a nada, y el hecho de que eso no quita ninguno de los obstáculos, para que esta forma de ligar sea el protocolo establecido en las metrópolis occidentales.

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La Sociedad de la Información en tiempos de Netflix

Cecilia de la Serna

Allá por 1997, Reed Hastings y Marc Randolph crearon un videoclub de servicio a domicilio en Los Gatos (California). Los clientes de este servicio de vídeo online podían solicitar un DVD que les llegaba a la puerta misma de su casa por correo ordinario. Todo esto se gestionaba a través de una página web, lo que ya era una verdadera revolución en la época.

Sin el nacimiento del DVD, de hecho, Netflix nunca habría existido. Sus fundadores estuvieron a punto de abandonar la idea por los problemas logísticos que entrañaba el envío de VHS.

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Así llegaban los títulos cinematográficos a los hogares de los suscriptores de Netflix. (Foto: Marit & Toomas Hinnosaar)

La clave estaba en el mismo formato, y es que con la desaparición del VHS y la entrada del DVD los problemas logísticos desaparecieron. Esto era Netflix antes de entrar en el mundo del streaming digital allá por 2007. Casi 20 años después del primer envío al domicilio de un cliente, ahora Netflix es un gigante de la ficción gracias a sus producciones propias, que incluso marcan tendencia en la denominada “televisión tradicional”.

La expansión internacional, clave del éxito

El 6 de enero de 2016, el CEO de Netflix, Reed Hastings, anunció que Netflix iba a pasar a estar presente en 130 países nuevos, triplicando la distribución de la compañía. “Hoy estamos presenciando el nacimiento de una nueva cadena de televisión por internet global”, afirmó Hastings. Bajo el hashtag #NetflixEverywhere, la empresa celebró este hito en sus redes sociales. Entraban países con unas audiencias potenciales muy jugosas para la compañía, como Rusia, India o Corea del Sur. Sin embargo, quedaba una espina clavada: China, la excepción notable de este “Netflix en todas partes”. Aparte de la nación más poblada del mundo, quedaban fuera otras zonas sensibles como Crimea, Corea del Norte o Siria, debido a las restricciones hacia las compañías estadounidenses en estos territorios por parte del gobierno norteamericano.

Además de añadir países, se apuntaban más idiomas a los 17 que soportaba su plataforma: árabe, coreano y chino (a pesar de estar China fuera de la lista de naciones conectadas a este servicio de streaming). Básicamente, Netflix se estaba globalizando a niveles insospechados tan sólo cuatro años atrás, cuando daba su primer gran salto a Europa. Y es que es precisamente la expansión internacional, iniciada esencialmente en 2012, la causante de que Netflix haya cuadriplicado sus suscriptores.

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Netflix está disponible en 190 países.

Pero no es oro todo lo que reluce. En las últimas semanas hemos asistido a un desplome notable en Wall Street de las acciones de Netflix. Esta bajada de las cotizaciones del gigante de Los Gatos es una sorpresa, sobre todo teniendo en cuenta que mejoró su beneficio neto en un 12% en el primer trimestre de 2016, y que obtuvo unos beneficios de 1.957 millones de dólares, que subieron un 24,4%. Entonces, ¿por qué se desploma Netflix en la bolsa? Porque Netflix no funciona tan bien fuera de Estados Unidos. Mientras que el negocio dentro de su país de origen le genera 413 millones de dólares, el mercado internacional le reporta pérdidas de 104 millones. Esto se traduce en una decepción de los inversores, que veían en el #NetflixEverywhere un verdadero filón. No obstante, Netflix no ha cumplido (de momento) con las expectativas de los analistas, que auguraban 3,5 millones de nuevos suscriptores internacionales, cuando realmente han atraído “tan sólo” a 2 millones, aproximadamente. ¿Será la próxima -y pendiente- inclusión de China a su lista de países un alivio en los mercados? Los movimientos que emprenda Netflix en los meses a venir serán mirados con lupa. Pero Netflix no es tan sólo una compañía con balances de números, Netflix es un modo de vida. Una plataforma que ha cambiado los hábitos de consumo de millones de personas.

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Usuarios de Netflix en los últimos catorce años. (Gráfico: Ana Laya / The Objective)

De la cultura del binge-watching al Netflix and chill

Binge-watching es un término anglosajón para definir un telemaratón en plataformas de televisión digitalNetflix fue pionero en extender esta costumbre ya muy arraigada en los hábitos de los consumidores de entretenimiento online, especialmente entre los más jóvenes: los millenials y la generación Z.

Netflix fue la primera plataforma en lanzar las temporadas de sus series originales completas. Según una encuesta de la compañía en febrero de 2014, el 73% de sus usuarios definen el binge-watching como “ver entre dos y seis episodios de la misma serie de una sola tacada”. Ya en los años 80 existía un fenómeno parecido, el telemaratón de programas de televisión emitidos de continuo durante varias horas por una misma cadena. En los años 90 ya se utilizaba, especialmente en Estados Unidos, el término binge-watch, aunque era residual y se limitaba a los fandoms, o comunidades de fanáticos de una serie de televisión. La práctica era parecida a la que se ha extendido en los últimos años en las plataformas digitales, aunque el formato que se utilizaba era el de packs de DVD que incluían varias temporadas de una misma ficción. No obstante, la popularidad que ha adquirido en los últimos cinco años con la expansión de los servicios -legales o ilegales- de streaming ha colocado al binge-watching en la cultura popular como nunca antes.

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Netflix puede verse desde cualquier dispositivo que puedas imaginar. (Foto: Netflix)

Al menos el 70% de usuarios de Netflix realiza esta práctica, muchas veces animados por las propias tramas “gancho” de las series. La preocupación por que el que está frente a la pantalla esté viendo demasiadas horas de una misma serie ha hecho que el propio Netflix envíe una notificación que pausa la reproducción y cuyo mensaje es claro: “¿Todavía estás viendo la serie?”. Muchos critican esta medida diciendo que hace sentir vergüenza al usuario que recibe la notificación, y otros la defienden como un elemento crucial para preservar la salud de los espectadores. La aparición de este fenómeno sociológico ha auspiciado todo tipo de teorías y estudios psicológicos en torno a este hábito. Según el Journal of Health Psychologyel binge-watching no tiene nada de malo. Estos “atracones”, según sus investigadores, pueden resultar muy placenteros.

La Sociedad de la Información en tiempos de Netflix

Otras teorías, como la de la Universidad de Texas, contradicen esta hipótesis: la práctica del binge-watching podría tener una relación directa con la depresión. Según Yoon Hi Sung, miembro del grupo de investigadores, “la fatiga física y los problemas como la obesidad son causa de preocupación. Cuando el binge-watching se vuelve desenfrenado, los espectadores pueden comenzar a descuidar su trabajo y sus relaciones con los demás. Aunque la gente sepa que no debe hacerlo, tiene dificultades para resistir el deseo de ver episodios de forma continua”. Estamos, tal vez, ante un nuevo problema de adicción. ¿Debería el binge-watching tratarse como se tratan otras adicciones tecnológicas como la nomofobia?

Otros términos y frases, más que convertirse en fenómenos sociológicos, se han asentado en el vocabulario de los internautasNetflix and chill es un buen ejemplo de ello. El primer uso de esta frase en Twitter está registrado en 2009:

Las redes sociales han sido clave para popularizar el servicio de Netflix, tanto que han acuñado un término que directamente funciona como sinónimo de “tener sexo”. En un primer momento, “Netflix y relájate” no significaba más que eso: pasar un rato distendido con una serie o película. Con el tiempo fue adquiriendo la connotación erótica que ahora se ha extendido por medio planeta. Tal ha sido la explosión del Netflix and chill que hasta se ha creado una canción sobre ello.

Este término, que tiene su propio recorrido vital, demuestra cómo gracias al poder de las redes sociales, de publicaciones con un target definido como BuzzFeed, y del imaginario colectivo, una compañía puede convertirse en una forma de hacer las cosas. En una forma de ironizar sobre la vida. En un modo directo de comunicación. Netflix no sólo cambia los hábitos de consumo, sino que crea unos nuevos, y genera toda una cultura popular en torno a su propia identidad.

Las cifras estratosféricas de usuarios de Netflix en todo el mundo no pueden tenerse en cuenta sin otro dato fundamental para entender el fenómeno: la cantidad de horas que pasa la gente en la plataforma. La posibilidad de ver lo que quierascuando quierascomo quieras y desde la pantalla que prefieras ha marcado la diferencia. En 2015, los usuarios vieron 42.500 millones de horas de series y películas. Ahora Netflix contempla la posibilidad de visualizar contenido online, lo cual multiplicaría seguro las horas de visionado. Otras plataformas ya ofrecen esta posibilidad, como YouTube o Amazon Video.

La influencia social de esta y otras plataformas está contrastada. Su continuidad se sustenta sobre un modelo de negocio que evita la publicidad, y sobre una nueva forma de contar historias.

La tarifa de suscripción, modelo de negocio

Ya por 1999, los de Los Gatos lanzaron una tarifa de suscripción con acceso ilimitado al alquiler de DVD. Comenzaba así una andadura que marcaría el camino del modelo de negocio de los servicios de streaming en internet. Netflix apuesta desde entonces, y todavía ahora, por el pago directo de los clientes a través de diversas tarifas mensuales, frente al modelo publicitario. De hecho, según un estudio reciente, Netflix ahorra de media a sus usuarios unos seis días de publicidad al año.

Los servicios en streaming, ya sean de películas y series como Netflix, o de música como Spotify, han propiciado el boom del ‘todo incluido’. Los modos de suscripción de Netflix varían según la calidad en que queramos ver los contenidos y el número de dispositivos que pueden hacer uso de una cuenta de forma simultánea. Actualmente, en España hay tres modalidades: 7,99 euros/mes (un solo dispositivo, SD), 9,99 euros/mes (dos dispositivos, HD), y 11,99 euros/mes (cuatro dispositivos, 4K). Una de las ventajas de Netflix es el gran abanico de dispositivos disponibles(móviles, tabletas, consolas, Apple TV, Smart TV, y -cómo no- el propio ordenador). Esto hace que muchos opten por una de las dos tarifas más altas.

Una nueva forma de contar historias

El gran paso que dio Netflix vino de la mano de la producción audiovisual. Más allá de ser ‘solamente’ una plataforma de streaming digital, se lanzó a producir títulos propios. Algunos de estos son su bandera, un orgullo que llevan por festivales y ceremonias de premiosHouse of Cards y Orange is the new black lanzaron al estrellato a Netflix, siendo una causa directa de su expansión internacional.

A estos títulos siguieron otros como Narcos o las colaboraciones con Marvel en Daredevil y Jessica Jones. Además, produce documentales y apoya el cine independiente. Netflix tiene previsto invertir más de 1.000 millones de dólares en series propias -algunas de ellas realizadas en diferentes países y con un target local- y ha comprado películas en el festival de Sundance. En la pasada edición de los Premios Oscar, Netflix entró por la puerta grande con dos nominaciones a Mejor Película Documental porWhat Happened, Miss Simone? Winter On Fire: Ukraine’s Fight For Freedom.

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Solo o en familia, Netflix siempre te salva un buen plan. (Foto: Netflix)

Estos servicios de streaming han creado una nueva forma de contar historias. El binge-watching ha brindado la posibilidad de rodar episodios pilotos más arriesgados, así como la despreocupación por los datos de audiencia. Los guionistas y creadores de las series nativas para plataformas como Netflix tienen una mayor libertad creativa y narrativa, moldeando los argumentos para ser consumidos de una sola tacada. Pero la estrategia de Netflix aún está en el aire: ¿Quiere ser la televisión del futuro o una sala de cine indie? Sea como sea, sus títulos, argumentos y personajes se están convirtiendo en los iconos de una generación de espectadores exigentes.

Otros servicios

En Estados Unidos, la competencia que le ha salido a Netflix es feroz:Hulu,Amazon y el servicio de streaming de HBO apuestan fuerte por sus propios contenidos. En España ya había servicios similares antes de que Netflix aterrizara en octubre de 2015. Yomvi, de Movistar Plus, y las plataformas de televisión a la carta de los principales grupos de comunicación (MiTeleAtresplayer y RTVE a la carta).

Por lo tanto, se avecina un futuro combatido, donde los que más y mejor ofrezcan a cambio de menos tendrán las de ganar. 2016 iba a ser el año de Netflix con la expansión casi total de su servicio en el mundo. No obstante, ya hemos podido observar que las expectativas no se han cumplido, por lo que no está todo escrito en este modelo de negocio que ha cambiado nuestros hábitos, nuestro vocabulario y que ha complicado -todavía más- lo que llamamos ‘Sociedad de la Información’.

Continúa leyendo: Girlboss o las biopics que tienen poco de biografías

Girlboss o las biopics que tienen poco de biografías

Nerea Dolara

Foto: Netflix
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Netflix estrenó hace unos días la serie Girlboss. Basada en la vida de la empresaria Sophia Amoruso y en su autobiografía Girlboss, la serie relata la historia de una chica que comienza un negocio en la reventa de ropa vintage por Internet. Antes del primer episodio aparece una advertencia: “Levemente basada en hechos reales… muy levemente”. Girlboss fue producida por la propia Amoruso -que revisó cada guión antes del rodaje-, por lo que es de esperar que su retrato excluya algunas cosas, pero la crítica ha sido dura con ella. La serie no deja fuera algunos detalles, sino más bien elimina del todo los detalles problemáticos de la vida de Amoruso, una empresaria con muchos escándalos encima.

Los datos son estos: Amoruso fundó Nasty Gal, una compañía de reventa de ropa vintage y luego de diseños “propios”. Primero fue una historia de éxito de esas que tanto le gustan a Hollywood. Nasty Gal se convirtió en un negocio rentable, muy rentable. Llegó a valer unos 300 millones de dólares. Pero no todo era un cuento de hadas. Y luego una serie de demandas por plagio (y quejas públicas), otra serie de demandas de ex empleadas despedidas por estar embarazadas e incluso una despedida justo antes de un trasplante, y una declaración de bancarrota en 2016 acabaron con la empresa. Sin embargo, Amoruso renunció como CEO de la empresa y Nasty Gal se vendió por un precio “irrisorio” a la compañía británica Boohoo.

Girlboss, la serie, está hecha en un tono de comedia bastante simple y pinta a Sophia como una chica grosera y egoísta, pero a la vez como alguien que el espectador debería apreciar y admirar. Cuando Netflix compró los derechos de la historia, Nasty Gal aún era solvente. Y ahora, tras el estreno, ha tenido pocas -y no demasiado buenas- reseñas. Nasty Gal es historia del pasado.

Pero este no es el único ejemplo de una biografía audiovisual que elimina, esquiva o reescribe hechos de la vida de su protagonista. De hecho, es algo bastante común.

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Narcos, una serie que inicia su primera temporada con el biopic del narcotraficante Pablo Escobar | Imagen vía IMDB

Netflix ya tuvo alguna experiencia con este tema cuando estrenó la exitosa Narcos. El hijo de Pablo Escobar se dedicó a enlistar los problemas con la historia públicamente y a directamente señalar las cosas que nunca pasaron. Y, claro, siempre está la crítica a la perspectiva y la importancia de los agentes americanos de la DEA en una historia que se desarrolla en Colombia.

Y es que las biopics son ese tipo de historia que siempre seduce a Hollywood. No es difícil deducir por qué. Un personaje ya conocido, una estructura ya establecida por los hechos de su vida, drama garantizado pero también está el problemilla de los hechos de la vida del personaje a quien quieres representar que cuadran con lo que se quiera contar. ¿Qué hacer? Pues en la mayoría de los casos poner un cartelillo, como el de Girlboss, que señale que la película o serie está basada en hechos reales y saltarse o inventarse momentos y personas.

¿Ejemplos? Hay muchos. My week with Marilyn es uno bastante exagerado. Ese ejercicio frustrado y típica carnada de Óscar relata la inventada semana de un joven asistente de rodaje junto a la actriz durante el rodaje de El príncipe y la corista. Bueno, según ese joven, que publicó dos diarios contando su cercanía con la actriz y que tiene cero corroboración, la historia es cierta. Incluso llegó a ser tan amigo de la actriz que en un momento de la historia Marilyn se toma un exceso de pastillas y es él quien la salva no sus amigos cercanos a quienes no abre la puerta, es él quien la cuida durante la noche.

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La verdadera “girlboss” Sophia Amoruso en el estreno de su biopic | Imagen vía IMDB

Un ejemplo en que la propia protagonista es también productora de la historia, como Amoruso, es The Runaways. Joan Jett produjo la película y mucha de la historia se basó en la autobiografía de Cherry Currie y el resultado deja mucho que desear. Poca información, las otras dos miembros de la banda básicamente no existen y mucha pose, matan una película que podría haber sido una buena historia sobre una banda trascendente del punk.   

Otras biopics famosas que juegan con la realidad para probar su punto tienen a un mismo guionista en común: Aaron Sorkin. La red social y Jobs son dos biografías sobre dos conocidos personajes que se inventan hechos, conversaciones y personajes para pintar el retrato de Mark Zuckerberg y Steve Jobs. En el caso de La red social el mismo Zuckerberg criticó la invención extensa en la historia y en el caso de Jobs la propia estructura inventa escenarios para generar conversaciones trascendentes entre Jobs y varios de sus colaboradores.

La lista podría ser eterna. Ficcionalizar vidas reales existe desde que existe la narrativa. Habrá que esperar qué pasa en el caso de Girlboss. Aún no se ha anunciado una renovación, y puede que no la haya, pero la creadora ya ha dicho que no descarta hablar de la bancarrota de Nasty Gal en el futuro. Claro, en tono de comedia, puede que las demandas sobre despidos a mujeres embarazadas y plagios no tengan mucho espacio.

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Continúa leyendo: GLOW: Feminismo y mallas, todo en el mismo sitio

GLOW: Feminismo y mallas, todo en el mismo sitio

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

La nueva serie es perfecta para el verano: ochentas, lucha libre y feminismo, todo envuelto en una temporada entretenida.

El verano no está hecho para entretenimiento sesudo. Hace calor, hay ganas de fiesta y de vacaciones (hasta las series se las toman) y es en estos días cuando aparecen shows que se ganan adeptos a puñados y que mezclan ligereza con, sí, temas que vale la pena discutir siempre. Un ejemplo es GLOW. El estreno de Netflix llama la atención si solo por la extraña premisa: un grupo de actrices y mujeres desempleadas conforman una liga femenina de lucha libre llamada GLOW o lo que es lo mismo: Gorgeous Ladies of Wrestling a.k.a  Chicas preciosas de la lucha libre. Ver a chicas en looks ochentosos que dejan casi nada a la imaginación (las actrices han comentado entre risas que una de las cosas más difíciles fue mantener el depilado porque las mallas eran realmente estrechas) no parece ser el mayor ejemplo de feminismo en televisión. Y no lo es, pero sí es una serie feminista.

GLOW: Feminismo y mallas, todo en el mismo sitio
Primeras escenas de Glow | Imagen vía Netflix

De las creadoras de Orange is the New Black y con la misma aproximación a la diversidad y un amplio reparto de mujeres que pasa, sin problemas, el test de Bechdel, GLOW es a la vez un gran ejercicio de nostalgia y de kitsch y un relato sobre mujeres con pocas opciones en un mundo en que aún era políticamente correcto discriminarlas abiertamente.

La primera escena de la serie muestra a Alison Brie (Community, Mad Men y deseablemente mucho más luego de esto) en una audición. Lee sus líneas con intensidad y emoción. Y luego le sueltan: leíste el papel del hombre. ¿El de la mujer?: “Señor, su esposa lo llama por teléfono”. Poco más que decir. Desde este momento GLOW deja claro que sus mujeres aún viven en un mundo en que se les puede juzgar, y dar trabajo, por su físico; en que pueden ser despedidas por no conformarse con ser sólo un cuerpo voluptuoso y hacer preguntas; en que el ideal del matrimonio perfecto incluye dejar todo atrás y ser ama de casa (y obligarse a pensar que eso es lo que se quiere); y, claro, en que se les puede cargar de estereotipos dañinos cuando son mujeres negras, asiáticas, del medio oriente o tienen más curvas de las que espera un tío que mira Playboy.

El mundo en que estas mujeres viven es hostil de una forma rutinaria. Comentarios, rechazos, frustraciones invaden sus existencias hasta que llegan a GLOW. Y no es que en este lugar no haya prejuicios. El director del programa, Marc Maron en una de las mejores opciones de casting jamás hechas, es machista, desagradable y directo. Pero es también quien les da la oportunidad de conectar con su poder interior (nadie las escucha o las reconoce en general) y de convertirse en heroínas en un cuadrilátero cutre en un gimnasio decrépito.

Todo sobre el proyecto es dudoso, pero estas mujeres necesitan esto. Un lugar de ellas, sus propios personajes, su espacio en la atención pública, su voz. Y aquí lo consiguen.

GLOW: Feminismo y mallas, todo en el mismo sitio 1
Un grupo de inadaptadas se convierten en populares luchadoras. | Imagen vía Netflix

El reparto es amplio (y requiere más desarrollo, pero hay alta probabilidad de que se renueve para otras temporadas) pero dentro brilla la co-protagonista de Brie, Betty Gilpin, una joya desconocida para el gran público que ha aparecido en Nurse Jackie y American Gods.

Los ochenta son otro gran protagonista de esta dramedia. Pelos, pantalones altos, calentadores y mallas que parecen sacadas del video de Physical de Olivia Newton John, invaden la pantalla para gusto del espectador. ¡Ah! Y hay robots con drogas, claro.

Y la lucha libre. No sería de extrañar que después de GLOW los gimnasios comiencen a ofrecer clases de lucha libre a mujeres. Porque realmente atrae. Y sí, es falso, pero es ejercicio. Y drama. Y personajes. Y trajes. Y espectáculo del más barato, de ese que es un placer culpable. La serie está basada en la liga verdadera de mujeres de la lucha libre con el mismo nombre, que tuvo un programa muy exitoso durante cuatro años en los ochenta. Y si el espectador piensa que es una exageración la estereotipación y prejuicios involucrados en el desarrollo de los personajes de las chicas (el personaje de Maron defiende que es un espejo de sus propios prejuicios para la audiencia… lo que requería una audiencia capaz de distinguir sutilezas) o las elaboradas historias de batallas y rivalidades, que se meta en YouTube y busque las peleas reales… es toda una experiencia.

GLOW tiene también, a veces, mucha ligereza y a veces cuesta ver hasta qué punto existe su propia condena a los estereotipos que tanto disfruta explotar en el ring, pero en resumen es un ejercicio entretenido y que ofrece oportunidades de seguir explorando amistades y relaciones femeninas en un mundo televisivo que cada vez más opta por rescatar esos interesantes caminos sin explorar.

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