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La historia "verdadera" de Juan José Millás

Anna Maria Iglesia

Foto: Seix Barral
Seix Barral

Juan José Millás lleva toda la vida escribiendo. En 1975 publicó su primera novela, Cerbero son las sombras y, a partir de ahí, se ha labrado una sólida carrera literaria. Ha conseguido casi todos los premios posibles, desde el Premio Nacional de literatura hasta el comercialismo Premio Planeta, pasando por el Premio Nadal en 1990. Mi verdadera historia (Seix Barral) es una nouvelle sobre el sentimiento de culpa que envuelve a un adolescente que, un día, lanza una canica desde un puente y provoca un grave accidente de tráfico. Al sentimiento de culpa se suma el deseo de ser tomado en consideración por un padre ensimismado en los libros, donde encuentra refugio ante una vida que no lo satisface. Para el protagonista, la lectura, lejos de ser un refugio, es un espejo en el que verse reflejado y la escritura una vía de escape donde crear una ficción que termina coincidiendo con la realidad, pero ¿qué es lo real? ¿Aquello que está dentro o fuera de los textos?

En su novela El Mundo, un escritor iba a dar una conferencia sobre cómo lo irreal interviene en lo real. En Mi verdadera historia, el protagonista se plantea algo parecido, se pregunta si está dentro o fuera de la ficción.

Sí, efectivamente y es un asunto complicado. Yo suelo hacer la distinción entre aquello que nos ocurre y aquello que se nos ocurre: muchas veces aquello que nos ocurre es consecuencia directa de lo que se nos ha ocurrido antes. Todos somos hijos de un relato, ya antes de nacer, nuestros padres fantasean con si seremos niño o niña, abogados o ingenieros… claro que el relato pertenece a la ficción y nosotros pertenecemos a la realidad, pero como decía Shakespeare, estamos hechos de la materia de nuestros sueños. Es decir, es imposible una frontera entre la ficción y la realidad en nuestra propia historia o, dicho en otras palabras, es difícil encontrar la frontera entre lo que nos ocurre y lo que se nos ocurre.

La historia "verdadera" de Juan José Millás
Con “El Mundo” Juan José Millás obtiene el Premio Planeta 2007 y Nacional de Narrativa 2008. | Imagen vía Seix Barral

En varias de sus novelas, hay como protagonista un escritor. En esta ocasión, tenemos un niño que escribe, pero aquí la escritura está desligada del deseo de ser escritor.

Sí, en esta ocasión la escritura aparece a pesar de quien escribe, puesto que este niño que escribe no lo hace porque le interesa la escritura o la literatura. A él, la escritura le interesa solo en tanto en cuanto su padre es crítico literario: cuando ve a su padre leer un libro, el niño imagina que ese libro lo ha escrito él, es decir, que él es el autor del libro que lee su padre. En este sentido, la escritura es una forma de soñar con que su padre le mira y la hace caso. A parte de esto, como en otras novelas, aparecen algunos ingredientes sobre el hecho de escribir, sobre por qué se escribe y sobre lo inquietante que hay en el hecho de la escritura y de la lectura.

Una cosa curiosa es que los títulos de los libros que lee el padre parecen contar la historia del protagonista.

Al niño lo que le pasa es que le da miedo leer, porque los libros que tiene su padre tienen para él títulos inquietantes: Crimen y castigo, por ejemplo, novela que el niño cree que se refiere al crimen que ha cometido, o El Idiota, título que cree que lo describe. Y, efectivamente, en los títulos que el padre lee, el niño va viendo su propia biografía y, por esto mismo, le da mucho miedo abrir un libro y leerlo. Tiene miedo de encontrarse a sí mismo desde de los libros.

¿La literatura funciona como espejo de un yo que se refleja?

Claro, porque en la escritura nos encontramos y nos desencontramos de forma simultánea y las dos cosas, el encuentro y el desencuentro, dan miedo. Por esto, salvo excepciones, frente a la escritura hay una ambivalencia tremenda: los escritores decimos que lo que más nos gusta es escribir, pero también es cierto que es un placer que retrasamos permanentemente. Es decir, no hay actividad para la que se busquen más coartadas que para la escritura: “hoy no empezamos porque nos duele la cabeza”, “hoy no tenemos bolígrafo” …. Y esta ambivalencia es común a casi todos los escritores y esto es así porque en la escritura uno se juega mucho y, como sucede con todas las cosas en las que está mucho en juego, gustan a la vez que asustan.

Para un lector como el padre, sin embargo, la lectura se convierte en un refugio ante una vida que no le convence.

Sí, porque el padre está ensimismado en sí mismo y en sus libros. Seguramente él no habría querido tener un hijo, él hubiera deseado más tener un libro y, en el caso de no tener más remedio que tener un hijo, habría preferido que su hijo fuera de ficción. Por esto precisamente gran parte de la novela trata de los esfuerzos que hace este crío para convertirse en un hijo de ficción.

Sin embargo, al final hay una reivindicación de lo real.

Sino una reivindicación absoluta de lo real, sí hay un intento de plantear una negociación entre lo irreal y lo real. Yo creo que lo irreal interviene mucho en nuestras vidas, porque lo irreal tiene sin duda más fuerza que lo real. Basta ver que la gente sigue matando por Dios y, de hecho, el otro día uno de los terroristas detenidos en Inglaterra decía que mataría a su madre por Alá lo que significa, en otras palabras, que mataría a su madre por una idea. Esta es la prueba de que lo irreal tiene mucha fuerza y, por esto, lo que se quiere mostrar en el libro es un intento por parte del padre y por parte del hijo de llegar a un acuerdo entre las dos dimensiones, lo real y lo irreal.

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En “Mi verdadera historia” Juan José Millás narra la vida de adolescente de doce años con sus miedos, inseguridades y deseos de nuevas experiencias. | Imagen vía Seix Barral

En gran parte de su obra usted ha jugado mucho con la mezcla, más o menos explícita, de lo autobiográfico y lo no autobiográfico.

Siempre, en todos los libros, hay este juego. Cuando me preguntan sobre si un libro mío es autobiográfico, siempre respondo que el libro es autobiográfico en la medida en que puede no serlo, puesto que cuando escribimos una novela nos nutrimos de nuestras experiencias o de las experiencias de personas cercanas nuestras. Es decir, siempre hay un grado alto de autobiografía, lo que pasa es que metamorfoseamos nuestra propia experiencia de manera tal que entre lo que nos sucedió y lo que finalmente contamos se produce una transformación a la de un gusano cuando se convierte en mariposa. Por esto, cuando me preguntan qué hay de autobiográfico en este libro, contesto que en su literalidad hay poco, pues yo no viví el suceso fundacional que vive el protagonista, pero en la sustancia el libro es completamente autobiográfico. Es autobiográfico en las dudas que sufre el adolescente, en el sentimiento de culpa, real o imaginario, tan propio de la adolescencia, que es un periodo en el que se viven incluso cosas banales de forma muy trágica. Finalmente, si atendemos a lo anecdótico, el libro no sería autobiográfico, pero sí lo es si vamos al tuétano.

¿Y es ese tuétano autobiográfico lo que, al mismo tiempo, convierte lo anecdótico del yo en lo universal?

Efectivamente. El objetivo de toda novela es que aquello que cuentes sea metáfora de algo mucho más amplio. Si contamos la vida de cualquiera de las personas que nos rodean ahora estaríamos contando la vida de todos. A esto sirve la literatura.

Usted afirmaba que siempre le interesado narrar vidas corrientes y hablar de gente anónima. ¿Es en la anónima cotidianidad donde reside lo universal?

La vida más corriente del mundo es una vida absolutamente singular, porque la singularidad está en lo normal. De manera que no hay que hacer grandes aspavientos, pues para contar grandes historias no hay que viajar al centro de África, basta con viajar hasta la tienda de chinos de tu barrio. Se trata de ver lo cotidiano para así iluminarlo de tal manera que eso que nos resulta familiar se convierta en extraño. Yo creo que una de las obligaciones de la literatura es desfamiliarizarnos de aquello que nos es familiar, porque es precisamente así que los hechos banales adquieren significado.

Su planteamiento recuerda la idea de Freud de que lo extraño o, como él decía, lo siniestro está en lo familiar.

Sí, Freud decía que lo siniestro es aquello que es simultáneamente familiar y extraño. Esta afirmación es un acierto brutal. Esto lo experimentamos perfectamente cuando volvemos a casa de nuestros padres y entramos en la habitación en la que fuimos niños, donde todo está igual; la habitación nos resulta un espacio muy familiar, pero a la vez muy extraño en cuanto ya no somos el niño que creció en esas cuatro paredes. Yo creo que una de las obligaciones de la literatura es justamente hacer que lo familiar se convierta en extraño y esta extraña combinación, la de lo familiar y lo extraño, es lo que Freud llamaba lo siniestro. Solemos pensar que lo siniestro es algo que viene de fuera, pero no, lo siniestro es algo que nace de dentro.

Antes le preguntaba sobre el juego autobiográfico en sus novelas, ¿le interesa la autoficción?

Es una literatura interesante, lo que pasa es que como aquí funcionamos mucho por voces de péndulo y etiquetas, hablamos ahora de la autoficción como si fuera un invento cuando la Divina Comedia ya era autoficción. Y contestando a tu pregunta, es un género que me interesa en cuanto es un género fronterizo, al tener un pie en la realidad y otro en la ficción. Los grandes hallazgos siempre se han producido en la frontera, por esto son tan interesantes las Crónicas de Indias, escritas desde un mundo absolutamente desconocido, un mundo que les era completamente extraño a sus descubridores, que no tenían otro lenguaje y otras referencias que las suyas para poder describirlo y explicarlo. Se producía así una mezcla, otra vez, entre lo familiar de las referencias y lo extraño del nuevo mundo. Los relatos fronterizos son siempre fantásticos, porque no solo mezclan lo raro que está más allá de la línea de frontera con lo familiar de quien habla, sino porque obligan a un ejercicio lingüístico: contar lo extraño con el lenguaje de antes. El espacio natural del artista es siempre la frontera.

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Juan José Millás | Imagen cortesía de Seix Barral

¿Podemos decir que la idea de mezcla se concreta para usted en el concepto de escritor bastardo, término con el que se definió en una entrevista con Nuria Azancot?

Sí, esta idea proviene de un texto de la ensayista francesa Martha Robert. Ella parte del trabajo de Freud La novela familiar de un neurótico, donde el psicoanalista dice que todos, en algún momento, hemos fantaseado con la idea de que nuestros padres no eran nuestros padres. Martha Robert, por su parte, dice que sí que hay gente que siente que sus padres son sus padres y, por tanto, señala que el mundo se divide entre los bastardos, que son aquellos que se preguntan si sus padres son verdaderamente sus padres, y los legítimos, que son aquellos que no tienen dudas sobre la paternidad de sus padres. La pregunta que se hace Martha Robert es a qué grupo pertenece el escritor y, evidentemente, la respuesta es que el escritor es el bastardo porque la primera obligación de un escritor es cuestionarse la realidad, es preguntarse si sus padres son sus padres. Aquel no dude nunca sobre la paternidad de sus padres, es decir, aquel que no cuestiona la realidad podrá escribir el código civil, pero nunca Madame Bovary.

Usted definió a Vargas-Llosa como un escritor bastardo y un periodista legítimo, ¿Juan José Millás es también un escritor bastardo, pero un periodista legítimo cuando escribe en los periódicos?

Yo no creo que en mi caso se produzca una diferenciación en el momento de escribir, no creo que cuando escribo para prensa soy legítimo y cuando escribo novelas soy bastardo. Yo soy bastardo siempre, porque de hecho yo practico un periodismo más propio del bastardo que del legítimo. No establezco, además, esta división porque para mí la frontera entre el periodismo y la literatura es una frontera muy artificial. Si vamos al género estrella del periodismo, el reportaje, nos damos cuenta de que lo único que diferencia el reportaje de un cuento es que en el primero los datos vienen de fuera, tú no puedes inventar nada. Sin embargo, el modo de seleccionar los materiales y de articularlos para el reportaje es el mismo que se lleva a cabo en la escritura del cuento y en ambos casos hay una selección. El hecho de seleccionar algunos materiales para un reportaje, excluyendo otros, ya es una forma de “manipulación” y no lo digo en el mal sentido de la palabra; la selección es imprescindible, la cuestión es el criterio que se utiliza. Y normalmente el criterio empleado es seleccionar aquello que puedes poner al servicio del significado, lo mismo que haces cuando escribes un cuento.

Y por lo que se refiere a los lectores, ¿hay el lector del Juan José Millás escritor y del Juan José Millás articulista?

Sin duda, hay lectores que solamente me leen en el periódico, pero sin embargo no hay lectores que solamente me lean en las novelas. El lector de novelas lee todo. Y luego hay quienes se acercan a las novelas a través del periódico. Pero sí, esta división existe, solo que resulta imposible cuantificar los diferentes tipos de lectores.

Es su novela se lee: “Mi padre no lee textos premiados, textos que nacen con el pecado original de la comercialidad”. ¿Quiso representar a través del padre un determinado tipo de lector con prejuicios? O, en otras palabras, ¿somos demasiado prejuiciosos con los premios literarios?

Hay un prejuicio con los premios, pero es un prejuicio que es natural. Casi todos los premios nacen con el estigma de la comercialidad, es indudable. Precisamente por esto, por los prejuicios que pueden rodear siempre a un escritor, suelo decir que lo mejor es ser un escritor muerto. Siempre puedes tener prejuicios hacia un escritor vivo, sobre todo prejuicios por su presencia pública: a uno escritor vivo, no sólo lo lees, sino que lo escuchas por la radio, lo ves en televisión y en otros medios y su figura pública puede no gustarte para nada. Y esto es problemático, porque es difícil leer a un escritor que te cae mal, aunque sepas que es bueno. Sin embargo, con un escritor muerto esto no pasa: seguramente a mí me habría caído mal Truman Capote, porque, digamos, era un hombre muy complicado, pero no lo leo con prejuicios. Un escrito vivo, que actúa y es un personaje público, cae bien o mal, y los lectores se relacionan a partir de la percepción que tienen, de ahí que lo mejor es estar muerto.

¿La sobreexposición es un arma de doble filo para el escritor?

Sí, claro y, de hecho, puede haber casos excepcionales, pero creo que el sueño íntimo de todo escritor es no tener vida pública ninguna, publicar incluso con seudónimo y ver, a través de un agujero, lo que pasa con su obra, aunque esto no puede ser.

Yo diría que hay excepciones más que notables y reconocibles.

Sin duda hay escritores a los que le gusta visibilidad, pero creo que en la mayoría de los casos no es así. Lo que pasa es que, en una sociedad tan mediática como la nuestra, es difícil ser escritor y no tener una cierta visibilidad, comenzando por el hecho de que el editor, que está en la misma aventura que tú con el libro, te pide que hagas promoción. Sin embargo, mi sueño sería desaparecer como autor.

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Contra la navidad

José María Albert de Paco

Foto: JON NAZCA
Reuters

Cuánto añoro las Navidades sin afeites ni plusvalías, aquellas en que sólo se celebraba eso, la Navidad, y  que habrían de pasar a la historia por frugalidades como los tortazos de Lussón a Codeso, las empanadillas de Encarna o que una niña de San Ildefonso fuera negrita. Aquellas Navidades, en fin, cuya luz se descomponía en expectación, contento y melancolía, y que apenas precisaban de alegorías mundanas, como no precisa el fútbol del rugido de la vida. Un Belén entrañaba la posibilidad de que los niños rehiciéramos el mundo con arreglo a un orden que intuíamos trascendente, y Dios atendía la disposición de los patitos en el río con el mismo celo con que hubo de velar la construcción de las más excelsas catedrales góticas, siendo así que el poblado entero parecía hallarse bajo una tutela cenital, un ojo de halcón hogareño que nos impelía, al pasar frente a la librería, a mover unos milímetros una oveja rezagada, evitando así su descarrío, o a enderezar la fila por la que discurrían los Reyes Magos, en un vívido remedo de la Cabalgata que en la noche del 5 recorrería la ciudad. O a abrigar al Niño, no fuera a coger frío. Nunca tuve la impresión de estar ante una maqueta. Y sí la tengo hoy, en cambio, al ver los belenes institucionales, esas soft parades inclusivas, transgresoras, sostenibles y aun antifascistas, inequívocamente comprometidas con la política de déficit cero y quién sabe si portadoras, a modo de pasatiempo infantil, de un mensaje cifrado de solidaridad con los presos.

Unas Navidades que son, definitivamente, más, mucho más que unas Navidades. O lo que es lo mismo: menos.

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Ferlosio 90

Manuel Arias Maldonado

Foto: Fernando Alvarado
EFE

Para evitar el oportunismo inherente a los obituarios, nada mejor que celebrar a los vivos mientras viven. Por eso está bien que el Ministerio de Educación y Cultura rinda homenaje hoy, cuando cumple noventa años, a Rafael Sánchez Ferlosio. Y ojalá que, a diferencia de lo que sucedió en Alcalá cuando recibió el Premio Cervantes, el augusto plumífero no tenga que pedir educadamente a la tuna que no le cante nada. También va a publicarse, según parece, una biografía que no cuenta con su aprobación. Es natural: la vida de Sánchez Ferlosio está en sus obras, en una trayectoria admirable menos por sus actos que por sus palabras y expresión, toda ella, de una dedicación vocacional al estudio. Grafómano y erudito, se diría que la edad ha convertido a Ferlosio en un tótem, un sacerdote del pensamiento uniformado con bata y pantuflas. Pero se trata de una impresión creada por el periodismo, que insiste en ir a molestarle a casa para que diga que no ha leído nunca a Proust o que la humanidad presenta cada vez peor cara. A eso responden alarmados algunos tuiteros, blandiendo estadísticas del Banco Mundial: pasatiempos de la era digital.

Ciertamente, los años y las lecturas llevan al lector más entusiasta -y en mi generación somos muchos- a elevar algunas enmiendas parciales a su vasta obra. Uno advierte su excesiva dependencia de Adorno y Benjamin y Weber, por ejemplo, o repara en que sus escritos políticos son a menudo los de un moralista. Pero nada empece el disfrute de su escritura sinuosa, ni de sus distintos registros: el novelista, el aforista, el ensayista. Si Manuel Vicent dijo una vez que Ferlosio es el hombre que más sabe de cosas que no interesan a nadie, podríamos matizar que es él quien las hace interesantes gracias a la pura potencia de su pensamiento. Interesantes, además de divertidas: el humor de Ferlosio es un rasgo que suele pasarse por alto, pero que refulge en pasajes como aquel en que, tras describir las atrocidades cometidas a lo largo de la historia en nombre del progreso, anuncia la llegada de Hegel a la hoguera donde conversan San Agustín y Menéndez Pidal. O, ya que estamos en fechas entrañables, en el villancico donde canta al Niño Negativo: “nadie, nunca, nada, no”.

De su vida sabemos lo que nos ha contado en un maravilloso texto autobiográfico y lo que dice esa corbata negra que lleva desde hace más de treinta años; a mí me basta. Lo demás está en sus libros, o en el silencio que media entre ellos: en los casi veinte años que separan El Jarama, novela de su consagración, de Las semanas del jardín, formidable ensayo con el que reapareció tras renegar -o casi- de la ficción. Y si algo ha caracterizado a nuestro hombre, desde entonces, es su emancipación psicológica del público: Ferlosio ha ido donde sus intereses y su pensamiento lo llevaban, ya fueran las crónicas indianas, la conscripción militar obligatoria o los informes del doctor Jean Itard sobre el niño feral hallado en un bosque de Aveyron a finales del siglo XVIII. Todo ello sin abandonar nunca su interés central por la lengua y el lenguaje: por lo que dice de nosotros y por lo que hacemos cuando la usamos. Esa libertad -libertad de un pesimista para quien la humanidad constituye una “interesante aunque desagradable curiosidad zoológica”- es acaso su última enseñanza. Ahora que estamos todos pendientes de los demás, él nunca ha estado pendiente de nadie. Y por eso ha logrado ser más interesante que muchos. Tenga un feliz cumpleaños.

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¿Es buena idea hacer una serie de 'El señor los anillos'? Probablemente no

Nerea Dolara

Foto: Fotograma de Lord of The Rings
New Line Cinema

Amazon anunció una serie sobre los tiempos previos a la trilogía de J.R.R. Tolkien. No son los primeros en intentar utilizar contenidos de éxito para ganar más dinero. ¿Funciona la táctica? La mayoría de las veces… no.

Hace sólo unos días Amazon anunció que producirá una nueva serie, una precuela de ‘El señor de los anillos’. Las películas, estrenadas a principios de los 2000, no sólo fueron de las franquicias de cine que inauguraron el mundo de las interminables secuelas que se vive actualmente, sino que lo hicieron bien… tan bien que su última entrega rompió un récord en los Premios de la Academia: de 11 nominaciones se llevó 11 Oscars.

¿Por qué entonces hacer más? ¿Por qué remover aguas pacíficas que triunfaron con una de las mejores adaptaciones de fantasía del cine contemporáneo? Sí, si se piensa eso ya se hizo. Un avaricioso Peter Jackson y su productora (no hay otra forma de explicarlo, ‘El Hobbit’ tiene menos de 200 páginas) decidió extender el libro previo a la trilogía en su propia trilogía, una innecesaria narración de nueve horas sobre la simple aventura de Bilbo y su primer encuentro con el anillo. Y aunque ganó dinero, ‘El Hobbit’ probó que no todo lo que se basa en materiales con fanáticos férreos es válido (incluso cuando proviene de un material previo y no de anotaciones como lo haría la nueva serie).

¿Es buena idea hacer una precuela de El señor los anillos? Probablemente no 3
Bilbo tuvo una aventura antes de El señor de los anillos. ¿Requería tres películas de tres horas para ser contada? No, pero si lo necesitaban los bolsillos de quienes produjeron su adaptación.

¿Cuál es la obsesión de televisión y cine con revisar cada momento pasado o futuro que rodea a las historias ya contadas? La respuesta podría ser simple: falta de imaginación. Recurrir a mundos ya construidos y a personajes ya conocidos (o sus antepasados/descendientes) garantiza que el público conecte de inmediato (o que se indignen sin remedio) y que el éxito pueda suponerse… más que si se trata de un producto nuevo. En el caso de la serie de ‘El señor de los anillos’ pesa también el fenómeno de Juego de tronos: épica, fantasía y un mundo ficticio lleno de aventura han probado ser un imán de audiencia. El problema es que el mundo de Tolkien no es el de Martin. En la Tierra Media la fábula es más clara y la bondad y la maldad se detectan a distancia. Donde Martin cuenta la historia humana con toques de fantasía (se podría discutir que últimamente la serie dejó de cumplir con esa norma y optó por simplificar a sus personajes y tramas), Tolkien escribe una épica fantástica a la antigua: con héroes y villanos claros. Conociendo la predilección por la oscuridad que se adueña de cine y televisión, ver una versión tenebrosa y cruel de la Tierra Media (que no suceda sólo en Mordor) sería no sólo frustrante, sino repetitivo y estaría en contra de su historia original.

Otro problema surge cuando se piensa que los autores originales de estas historias optaron por contar un momento específico por una razón. ¿Es necesario conocer todo el pasado y todo el futuro de cada relato que guste a las audiencias? ¿Ya no existe The End? Al parecer no, y tampoco el érase una vez. El mundo audiovisual de hoy está tan desesperado por éxitos asegurados que se aferra todos lo que pueda, sin pensar en que los creadores originales probablemente no contaron los tiempos que pretenden relatar porque no pensaban que tenían peso o valor narrativo. Eso, sí, puede discutirse. Todo puede ser contado siempre que se busque una manera interesante de hacerlo. Pero ¿es necesario contar todo, todo el tiempo?

La televisión y el cine han tenido historias de éxito con precuelas que parecían ser sólo espejismos con los que ganar dinero. Esas series y películas han ganado dinero, sí, pero también han probado su calidad con creces. Better Call Saul, por ejemplo, se subió al fenómeno crítico y de audiencia que fue Breaking Bad, pero sus logros tras varios años al aire son propios: excelente trama, excelentes actuaciones… un drama premiado y que se merece el amor que recibe.

Lo mismo se puede decir de Hannibal. El show optó por revisar los años en que el agente Will Graham trabajó junto a Hannibal Lecter sin darse cuenta de que era un asesino en serie caníbal, trozo de trama que la película Red Dragon aborda muy superficialmente. El resultado fue una serie que muchos llamaron una obra de arte, no sólo por sus interpretaciones sino por su particular dirección.

¿Es buena idea hacer una precuela de El señor los anillos? Probablemente no
Rogue One es la mejor de las nuevas películas de Star Wars y la única buena precuela de la saga…

En el cine dos ejemplos recientes también dejan claro que inventarse precuelas puede funcionar, y muy bien. Rogue One explicó cómo la Resistencia, en La guerra de las galaxias, logró detectar el fallo de diseño de la primera Estrella de la Muerte (y respondió la duda de todos los espectadores: ¿Cómo es que era tan fácil acabar con este diseño maligno? ¿La construyó el peor arquitecto galáctico de la historia?). Su trama, su diseño de personajes, su cohesión la hicieron la mejor de las nuevas películas de la saga. Lo mismo pasa con la trilogía que precede El planeta de los simios. Calificada como shakesperiana y lugar de grandiosas actuaciones de intérpretes con motion capture (incluido el grandioso Andy Serkis: Gollum, King Kong), la trilogía explica la llegada de los simios al poder.

¿Es buena idea hacer una serie de El señor los anillos? Probablemente no
Carrie Bradshaw no se merecía esto, menos mal que no duró mucho.

El camino al infierno, sin embargo, está lleno de buenas intenciones. Los anteriores se salvaron del fuego gracias a su calidad, pero ardiendo están muchos más intentos de precuelas que han fracasado estrepitosamente. Young Sheldon acaba de estrenarse, cuenta la infancia de Sheldon Cooper de The Big Bag Theory, y aunque la crítica es diversa, lo que sí que da claro es que hay un verdadero problema: el tono, más humano, más duro, choca con el Sheldon adulto y será difícil dar con una respuesta satisfactoria que una ambos. The Carrie Diaries, otro intento descarado de aprovechar nostalgia y antiguos espectadores, no duró mucho… y con razón. Uno que aún vive es Fear the Walking Dead: que pretendía contar cómo sucedió el apocalipsis zombie que viven los personajes de The Walking Dead, pero que realmente se ha convertido en una copia, mala copia, del original… y poco más.

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Jar Jar Binks existe gracias a la precuelas de Star Wars, ¿qué podría ser peor?

En el cine la lista es mayor y más deprimente, pero sólo hay que mencionar un ejemplo para dejar claro que las precuelas pueden ser no sólo malas sino frustrantes: la segunda trilogía de La guerra de las galaxias. Ya no sólo se trata de malos guiones, cursilismo o malas actuaciones… es que hasta crearon al infame ‘Jar Jar Binks’. ¿Otro ejemplo? La mediocre Oz: The Great and Powerful, que pretendió contar la historia previa al clásico que es El mago de Oz y terminó siendo una mezcla de excesivos efectos especiales, histrionismo, otra mediocre actuación de James Franco y mala historia.

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Si conocer la historia de El Mago de Oz era esto… preferíamos la ignorancia

Sí, la verdad es que saber si la precuela de ‘El señor de los anillos’ será mala o buena no es posible. Sí, los herederos de Tolkien dieron su permiso; sí se podría buscar a los/las mejores guionistas para el trabajo, pero también hay que tomar en cuenta que el mismo escritor obvió contar los años previos a su trilogía (a menos que se cuente ‘El Hobbit’… porque ‘El Silmarilion’ es mucho anterior) y que en la era del Peak TV una serie sobrevive sólo si es genial.

En resumen, se puede ver el contexto y los indicios, los que dan otros intentos anteriores, no son los mejores. Menos si se piensa que ahí afuera, en todo el mundo, hay miles de fans aferrados a sus queridos personajes y a su querida Tierra Media. El riesgo es enorme.

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Pitch / Pitch: los campos de fútbol portátiles que buscan conquistar las megaciudades

Anna Carolina Maier

Foto: Pitch / Pitch
Pitch / Pitch

Pitch / Pitch busca revolucionar el concepto del fútbol en las grandes ciudades. Son campos portátiles, ultraligeros y verticales que pretenden ubicarse de manera temporal o, a veces por períodos más largos, en espacios que antes estaban siendo desaprovechados.

Max Arrocet un madrileño que lleva mucho tiempo viviendo en Londres es uno de sus creadores. En una conversación con The Objective explicó cómo surgió esta idea que nació en una mesa del estudio de arquitectura Ala y que encontró apoyo en la compañía de ingeniería británica Arup, creadora de importantes estadios como el Nacional de Pekín.

La motivación de este startup -que estuvo entre los 8 finalistas seleccionados para el World Football Summit (WFS) celebrado en octubre en Madrid- está en que los niños ya no juegan al aire libre, como solían hacerlo, ya que la mayoría de las personas del mundo viven en ciudades que están muy pobladas donde las áreas libres son pocas.

Esta falta de campos para jugar, según Arrocet, también afecta a los adultos que quieren un juego informal después del trabajo.

“Hay una tendencia hoy en día y es que prácticamente el 50% de la población del mundo vive en ciudades. Nunca antes en la historia había habido un incremento tan grande de población concentrándose en grandes metrópolis. Son los casos de México DF, Tokio, Sao Paulo, entre otras. Las megaciudades son el futuro que, desde ya, tenemos que afrontar”, ha advertido el arquitecto y urbanista.

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El proyecto, hasta el momento, está limitado a tres canchas verticales hechas con fibra de carbono. Imagen: Pitch / Pitch

Arrocet también destaca cómo la disminución de espacios públicos para hacer deporte afecta la salud. “Los niños en Londres pasan menos tiempo al aire libre haciendo ejercicio que lo que recomienda las Naciones Unidas. La obesidad es un problema que incrementa”, advierte.

Los creadores de Pitch / Pitch consideran que el fútbol es universal. “Brinda alegría a millones de personas en todo el mundo y une a las comunidades”, señala la página web del proyecto. “El futuro está en pensar en las estructuras ultraligeras y en construcciones verticales que puedan ser compatibles con estas zonas muertas que siempre existen en las ciudades”, expresa.

El proyecto, hasta el momento, está limitado a tres campos verticales hechos con fibra de carbono. Esto se debe a que es una construcción que no requiere de sedimentación, al menos no de una sedimentación típica para estructuras permanentes. “Podríamos hacer torres más altas pero no sería posible mantenerlas como una estructura móvil”, explica.

El estudio técnico se ha hecho para que tenga la misma vida de un edificio moderno que es de entre 25 a 30 años, según el arquitecto. De modo que las ciudades que adopten estos campos, pueden decidir si quieren estructuras que duren unos pocos días o algunos años.

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Las superficies pueden ser de goma o césped artificial, dependiendo del tipo de fútbol que se vaya a jugar. Imagen: Pitch / Pitch

“Para nosotros es importante que esta tipología de solución vertical vaya dentro de un contexto urbano y social. Crear cohesión social a través del deporte es una de nuestras prioridades”, señala. De modo que Pitch / Pitch es un startup que quiere llegar incluso a lugares humildes como favelas de América Latina donde pareciera imposible instalar un campo por la gran cantidad de viviendas que hay en espacios muy reducidos.

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Una vista de la favela Rocinha ubicada en Río de Janeiro, Brasil. | Foto: Kelly Bruno / Reuters

“Crear comunidad y ambiente de barrio es una de nuestras prioridades”, sostiene Arrocet. Los campos, hasta el momento, son sobre todo para partidos de fútbol de sala de cinco jugadores contra cinco. “En los alrededores de la cancha hay un espacio de circulación donde se pueden poner gradas. El ancho se respeta pero el largo puede variar”, señala.

Las superficies pueden ser de goma o césped artificial, dependiendo del tipo de fútbol que se vaya a jugar. Actualmente, están creando el primer prototipo del proyecto pero están listos para volver realidad esta idea en cualquier lugar.

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El estudio técnico se ha hecho para que tenga la misma vida de un edificio moderno que es de entre 25 a 30 años. Imagen: Pitch / Pitch

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