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La historia "verdadera" de Juan José Millás

Anna Maria Iglesia

Foto: Seix Barral
Seix Barral

Juan José Millás lleva toda la vida escribiendo. En 1975 publicó su primera novela, Cerbero son las sombras y, a partir de ahí, se ha labrado una sólida carrera literaria. Ha conseguido casi todos los premios posibles, desde el Premio Nacional de literatura hasta el comercialismo Premio Planeta, pasando por el Premio Nadal en 1990. Mi verdadera historia (Seix Barral) es una nouvelle sobre el sentimiento de culpa que envuelve a un adolescente que, un día, lanza una canica desde un puente y provoca un grave accidente de tráfico. Al sentimiento de culpa se suma el deseo de ser tomado en consideración por un padre ensimismado en los libros, donde encuentra refugio ante una vida que no lo satisface. Para el protagonista, la lectura, lejos de ser un refugio, es un espejo en el que verse reflejado y la escritura una vía de escape donde crear una ficción que termina coincidiendo con la realidad, pero ¿qué es lo real? ¿Aquello que está dentro o fuera de los textos?

En su novela El Mundo, un escritor iba a dar una conferencia sobre cómo lo irreal interviene en lo real. En Mi verdadera historia, el protagonista se plantea algo parecido, se pregunta si está dentro o fuera de la ficción.

Sí, efectivamente y es un asunto complicado. Yo suelo hacer la distinción entre aquello que nos ocurre y aquello que se nos ocurre: muchas veces aquello que nos ocurre es consecuencia directa de lo que se nos ha ocurrido antes. Todos somos hijos de un relato, ya antes de nacer, nuestros padres fantasean con si seremos niño o niña, abogados o ingenieros… claro que el relato pertenece a la ficción y nosotros pertenecemos a la realidad, pero como decía Shakespeare, estamos hechos de la materia de nuestros sueños. Es decir, es imposible una frontera entre la ficción y la realidad en nuestra propia historia o, dicho en otras palabras, es difícil encontrar la frontera entre lo que nos ocurre y lo que se nos ocurre.

La historia "verdadera" de Juan José Millás
Con “El Mundo” Juan José Millás obtiene el Premio Planeta 2007 y Nacional de Narrativa 2008. | Imagen vía Seix Barral

En varias de sus novelas, hay como protagonista un escritor. En esta ocasión, tenemos un niño que escribe, pero aquí la escritura está desligada del deseo de ser escritor.

Sí, en esta ocasión la escritura aparece a pesar de quien escribe, puesto que este niño que escribe no lo hace porque le interesa la escritura o la literatura. A él, la escritura le interesa solo en tanto en cuanto su padre es crítico literario: cuando ve a su padre leer un libro, el niño imagina que ese libro lo ha escrito él, es decir, que él es el autor del libro que lee su padre. En este sentido, la escritura es una forma de soñar con que su padre le mira y la hace caso. A parte de esto, como en otras novelas, aparecen algunos ingredientes sobre el hecho de escribir, sobre por qué se escribe y sobre lo inquietante que hay en el hecho de la escritura y de la lectura.

Una cosa curiosa es que los títulos de los libros que lee el padre parecen contar la historia del protagonista.

Al niño lo que le pasa es que le da miedo leer, porque los libros que tiene su padre tienen para él títulos inquietantes: Crimen y castigo, por ejemplo, novela que el niño cree que se refiere al crimen que ha cometido, o El Idiota, título que cree que lo describe. Y, efectivamente, en los títulos que el padre lee, el niño va viendo su propia biografía y, por esto mismo, le da mucho miedo abrir un libro y leerlo. Tiene miedo de encontrarse a sí mismo desde de los libros.

¿La literatura funciona como espejo de un yo que se refleja?

Claro, porque en la escritura nos encontramos y nos desencontramos de forma simultánea y las dos cosas, el encuentro y el desencuentro, dan miedo. Por esto, salvo excepciones, frente a la escritura hay una ambivalencia tremenda: los escritores decimos que lo que más nos gusta es escribir, pero también es cierto que es un placer que retrasamos permanentemente. Es decir, no hay actividad para la que se busquen más coartadas que para la escritura: “hoy no empezamos porque nos duele la cabeza”, “hoy no tenemos bolígrafo” …. Y esta ambivalencia es común a casi todos los escritores y esto es así porque en la escritura uno se juega mucho y, como sucede con todas las cosas en las que está mucho en juego, gustan a la vez que asustan.

Para un lector como el padre, sin embargo, la lectura se convierte en un refugio ante una vida que no le convence.

Sí, porque el padre está ensimismado en sí mismo y en sus libros. Seguramente él no habría querido tener un hijo, él hubiera deseado más tener un libro y, en el caso de no tener más remedio que tener un hijo, habría preferido que su hijo fuera de ficción. Por esto precisamente gran parte de la novela trata de los esfuerzos que hace este crío para convertirse en un hijo de ficción.

Sin embargo, al final hay una reivindicación de lo real.

Sino una reivindicación absoluta de lo real, sí hay un intento de plantear una negociación entre lo irreal y lo real. Yo creo que lo irreal interviene mucho en nuestras vidas, porque lo irreal tiene sin duda más fuerza que lo real. Basta ver que la gente sigue matando por Dios y, de hecho, el otro día uno de los terroristas detenidos en Inglaterra decía que mataría a su madre por Alá lo que significa, en otras palabras, que mataría a su madre por una idea. Esta es la prueba de que lo irreal tiene mucha fuerza y, por esto, lo que se quiere mostrar en el libro es un intento por parte del padre y por parte del hijo de llegar a un acuerdo entre las dos dimensiones, lo real y lo irreal.

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En “Mi verdadera historia” Juan José Millás narra la vida de adolescente de doce años con sus miedos, inseguridades y deseos de nuevas experiencias. | Imagen vía Seix Barral

En gran parte de su obra usted ha jugado mucho con la mezcla, más o menos explícita, de lo autobiográfico y lo no autobiográfico.

Siempre, en todos los libros, hay este juego. Cuando me preguntan sobre si un libro mío es autobiográfico, siempre respondo que el libro es autobiográfico en la medida en que puede no serlo, puesto que cuando escribimos una novela nos nutrimos de nuestras experiencias o de las experiencias de personas cercanas nuestras. Es decir, siempre hay un grado alto de autobiografía, lo que pasa es que metamorfoseamos nuestra propia experiencia de manera tal que entre lo que nos sucedió y lo que finalmente contamos se produce una transformación a la de un gusano cuando se convierte en mariposa. Por esto, cuando me preguntan qué hay de autobiográfico en este libro, contesto que en su literalidad hay poco, pues yo no viví el suceso fundacional que vive el protagonista, pero en la sustancia el libro es completamente autobiográfico. Es autobiográfico en las dudas que sufre el adolescente, en el sentimiento de culpa, real o imaginario, tan propio de la adolescencia, que es un periodo en el que se viven incluso cosas banales de forma muy trágica. Finalmente, si atendemos a lo anecdótico, el libro no sería autobiográfico, pero sí lo es si vamos al tuétano.

¿Y es ese tuétano autobiográfico lo que, al mismo tiempo, convierte lo anecdótico del yo en lo universal?

Efectivamente. El objetivo de toda novela es que aquello que cuentes sea metáfora de algo mucho más amplio. Si contamos la vida de cualquiera de las personas que nos rodean ahora estaríamos contando la vida de todos. A esto sirve la literatura.

Usted afirmaba que siempre le interesado narrar vidas corrientes y hablar de gente anónima. ¿Es en la anónima cotidianidad donde reside lo universal?

La vida más corriente del mundo es una vida absolutamente singular, porque la singularidad está en lo normal. De manera que no hay que hacer grandes aspavientos, pues para contar grandes historias no hay que viajar al centro de África, basta con viajar hasta la tienda de chinos de tu barrio. Se trata de ver lo cotidiano para así iluminarlo de tal manera que eso que nos resulta familiar se convierta en extraño. Yo creo que una de las obligaciones de la literatura es desfamiliarizarnos de aquello que nos es familiar, porque es precisamente así que los hechos banales adquieren significado.

Su planteamiento recuerda la idea de Freud de que lo extraño o, como él decía, lo siniestro está en lo familiar.

Sí, Freud decía que lo siniestro es aquello que es simultáneamente familiar y extraño. Esta afirmación es un acierto brutal. Esto lo experimentamos perfectamente cuando volvemos a casa de nuestros padres y entramos en la habitación en la que fuimos niños, donde todo está igual; la habitación nos resulta un espacio muy familiar, pero a la vez muy extraño en cuanto ya no somos el niño que creció en esas cuatro paredes. Yo creo que una de las obligaciones de la literatura es justamente hacer que lo familiar se convierta en extraño y esta extraña combinación, la de lo familiar y lo extraño, es lo que Freud llamaba lo siniestro. Solemos pensar que lo siniestro es algo que viene de fuera, pero no, lo siniestro es algo que nace de dentro.

Antes le preguntaba sobre el juego autobiográfico en sus novelas, ¿le interesa la autoficción?

Es una literatura interesante, lo que pasa es que como aquí funcionamos mucho por voces de péndulo y etiquetas, hablamos ahora de la autoficción como si fuera un invento cuando la Divina Comedia ya era autoficción. Y contestando a tu pregunta, es un género que me interesa en cuanto es un género fronterizo, al tener un pie en la realidad y otro en la ficción. Los grandes hallazgos siempre se han producido en la frontera, por esto son tan interesantes las Crónicas de Indias, escritas desde un mundo absolutamente desconocido, un mundo que les era completamente extraño a sus descubridores, que no tenían otro lenguaje y otras referencias que las suyas para poder describirlo y explicarlo. Se producía así una mezcla, otra vez, entre lo familiar de las referencias y lo extraño del nuevo mundo. Los relatos fronterizos son siempre fantásticos, porque no solo mezclan lo raro que está más allá de la línea de frontera con lo familiar de quien habla, sino porque obligan a un ejercicio lingüístico: contar lo extraño con el lenguaje de antes. El espacio natural del artista es siempre la frontera.

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Juan José Millás | Imagen cortesía de Seix Barral

¿Podemos decir que la idea de mezcla se concreta para usted en el concepto de escritor bastardo, término con el que se definió en una entrevista con Nuria Azancot?

Sí, esta idea proviene de un texto de la ensayista francesa Martha Robert. Ella parte del trabajo de Freud La novela familiar de un neurótico, donde el psicoanalista dice que todos, en algún momento, hemos fantaseado con la idea de que nuestros padres no eran nuestros padres. Martha Robert, por su parte, dice que sí que hay gente que siente que sus padres son sus padres y, por tanto, señala que el mundo se divide entre los bastardos, que son aquellos que se preguntan si sus padres son verdaderamente sus padres, y los legítimos, que son aquellos que no tienen dudas sobre la paternidad de sus padres. La pregunta que se hace Martha Robert es a qué grupo pertenece el escritor y, evidentemente, la respuesta es que el escritor es el bastardo porque la primera obligación de un escritor es cuestionarse la realidad, es preguntarse si sus padres son sus padres. Aquel no dude nunca sobre la paternidad de sus padres, es decir, aquel que no cuestiona la realidad podrá escribir el código civil, pero nunca Madame Bovary.

Usted definió a Vargas-Llosa como un escritor bastardo y un periodista legítimo, ¿Juan José Millás es también un escritor bastardo, pero un periodista legítimo cuando escribe en los periódicos?

Yo no creo que en mi caso se produzca una diferenciación en el momento de escribir, no creo que cuando escribo para prensa soy legítimo y cuando escribo novelas soy bastardo. Yo soy bastardo siempre, porque de hecho yo practico un periodismo más propio del bastardo que del legítimo. No establezco, además, esta división porque para mí la frontera entre el periodismo y la literatura es una frontera muy artificial. Si vamos al género estrella del periodismo, el reportaje, nos damos cuenta de que lo único que diferencia el reportaje de un cuento es que en el primero los datos vienen de fuera, tú no puedes inventar nada. Sin embargo, el modo de seleccionar los materiales y de articularlos para el reportaje es el mismo que se lleva a cabo en la escritura del cuento y en ambos casos hay una selección. El hecho de seleccionar algunos materiales para un reportaje, excluyendo otros, ya es una forma de “manipulación” y no lo digo en el mal sentido de la palabra; la selección es imprescindible, la cuestión es el criterio que se utiliza. Y normalmente el criterio empleado es seleccionar aquello que puedes poner al servicio del significado, lo mismo que haces cuando escribes un cuento.

Y por lo que se refiere a los lectores, ¿hay el lector del Juan José Millás escritor y del Juan José Millás articulista?

Sin duda, hay lectores que solamente me leen en el periódico, pero sin embargo no hay lectores que solamente me lean en las novelas. El lector de novelas lee todo. Y luego hay quienes se acercan a las novelas a través del periódico. Pero sí, esta división existe, solo que resulta imposible cuantificar los diferentes tipos de lectores.

Es su novela se lee: “Mi padre no lee textos premiados, textos que nacen con el pecado original de la comercialidad”. ¿Quiso representar a través del padre un determinado tipo de lector con prejuicios? O, en otras palabras, ¿somos demasiado prejuiciosos con los premios literarios?

Hay un prejuicio con los premios, pero es un prejuicio que es natural. Casi todos los premios nacen con el estigma de la comercialidad, es indudable. Precisamente por esto, por los prejuicios que pueden rodear siempre a un escritor, suelo decir que lo mejor es ser un escritor muerto. Siempre puedes tener prejuicios hacia un escritor vivo, sobre todo prejuicios por su presencia pública: a uno escritor vivo, no sólo lo lees, sino que lo escuchas por la radio, lo ves en televisión y en otros medios y su figura pública puede no gustarte para nada. Y esto es problemático, porque es difícil leer a un escritor que te cae mal, aunque sepas que es bueno. Sin embargo, con un escritor muerto esto no pasa: seguramente a mí me habría caído mal Truman Capote, porque, digamos, era un hombre muy complicado, pero no lo leo con prejuicios. Un escrito vivo, que actúa y es un personaje público, cae bien o mal, y los lectores se relacionan a partir de la percepción que tienen, de ahí que lo mejor es estar muerto.

¿La sobreexposición es un arma de doble filo para el escritor?

Sí, claro y, de hecho, puede haber casos excepcionales, pero creo que el sueño íntimo de todo escritor es no tener vida pública ninguna, publicar incluso con seudónimo y ver, a través de un agujero, lo que pasa con su obra, aunque esto no puede ser.

Yo diría que hay excepciones más que notables y reconocibles.

Sin duda hay escritores a los que le gusta visibilidad, pero creo que en la mayoría de los casos no es así. Lo que pasa es que, en una sociedad tan mediática como la nuestra, es difícil ser escritor y no tener una cierta visibilidad, comenzando por el hecho de que el editor, que está en la misma aventura que tú con el libro, te pide que hagas promoción. Sin embargo, mi sueño sería desaparecer como autor.

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El gran silencio

Jesús Montiel

Foto: RRSS

El silencio es un ruido. La pista me la dio mi amigo, que lo dejó todo para callarse. Amables adicciones como el tabaco o la cafeína; pero también, lo más trabajoso, un empleo estable y bien remunerado y una novia que lo quería y que por eso no le impidió que se marchase. Ahora vive en la Cartuja de Miraflores, en Burgos. Anónimo, sin selfies ni redes sociales, sin tan siquiera espejos. Muchas veces lo imagino trabajando el huerto o abismado en la visión de un icono que colorea una vela, callado siempre. Su recuerdo se funde con los fotogramas que Philip Gröning filmó durante los seis meses que pasó en la Grande Chartreuse armado sólo con su cámara y un micrófono, sin emplear luz artificial y obedeciendo otras condiciones del prior del monasterio; dicen que el más duro, el más estricto. Allí viven secretamente una veintena de hombres como mi amigo. Fuera del tiempo de los relojes, despabilan sus gargantas en mitad de la noche para prorrumpir en salmodias que ponen el pelo de punta. Hombres que desairan la velocidad de las agendas, pendientes del disco solar y envueltos por la brutal belleza de los Alpes franceses, con meses completos de nieve asesina, que no es la que retratan las postales, mientras el mundo, allende los bosques alpinos, prosigue con su incansable cháchara. Silentes, pero a la escucha.

Porque el silencio, más que la ausencia de ruido, es una palabra, y no una palabra inofensiva, sino transformadora y hasta quirúrgica. Hablo del verdadero silencio, que es parlanchín y que, lejos de negar la realidad, nos incrusta en ella sin pomadas efectistas ni karma, asumiendo que se padece y que es imposible sortear la pesadumbre, que la salud declina, que se enferma temprano o tarde. El silencio es improbable sin una soledad comprometida, por otra parte. El pianista Glenn Gould defendía frente a los periodistas su escasa participación en la vida artística precisamente porque, según él, un artista que desea madurar requiere de esta distancia. Ninguno de los llamados grandes fue hombre de mucha multitud. Sin esta soledad, sin este silencio, nadie puede subir y ascender a sus profundidades, que son las grutas de donde se extrae el material que la gracia avivará. La palabra de quien escribe o la nota de quien compone depende exclusivamente de la relación que tiene el artista con el silencio, de su amistad, de cuánto silencio frecuenta. El silencio es para el artista y para el santo un útero del que constantemente se nace.

Mi amigo, pienso, ha escogido la mejor parte, estoy convencido de que los que son como él sostienen el mundo aunque el mundo los considere inútiles. Yo creo que a veces se le rompe el pecho de tanto regocijo, a mi amigo, cuando parte la noche para rezar o entierra a uno de sus hermanos. Y que nos aventaja. Acaso el silencio sea el ruido preferido de Dios, con el que Dios prefiere hablar. Acaso el silencio, el de mi amigo, sea más ruido de lo que parece y acaso el ruido, el de este mundo, el ruido que nos rodea por todas partes, no tenga nada interesante que decirnos y su misión radique en alejarnos del otro ruido, el que se escucha en el silencio, que es una voz o quizá, me atrevo, una declaración amorosa.

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La Maison du Livre: una librería en Berlín, un testimonio, un símbolo de la resistencia

Romhy Cubas

Foto: Wikimedia
Wikimedia

Con testimonios se reconstruye la historia, el descubrimiento de las pertenencias físicas y sobre todo escritas de personas que ya no están presentes tiene la habilidad de recomponer un pasado nublado como si se tratara de legos ensamblados. De eso también se tratan las librerías, de ausencias y olvidos que buscan reencontrarse. Jorge Carrión recuerda que cada librería condensa un mundo, “no es una ruta aérea, sino un pasillo entre anaqueles lo que une a tu país y sus idiomas”, escribe en su libro Librerías. Un centro de resistencia que se aferra a estantes y cubiertas de cartón.

Cuando la polaca Françoise Frenkel decidió concretar su amor por la cultura francesa en 1921 nació La Maison du Livre, la primera librería francesa de Berlín. Junto a su esposo Simon Raichenstein esta librera de vocación, graduada de Letras en la universidad de la Sorbona en París, fundó un espacio para los libros franceses al darse cuenta, paseando por los escaparates de Berlín, que aquellos eran casi inexistentes en estos establecimientos. “Una librería en Berlín, es casi una misión”, afirma Françoise en la más reciente edición de su libro testimonial reeditado por Seix Barral y prologado por el Nobel de Literatura Patrick Modiano. Este testifica en sus primeras páginas:

“Ese testimonio de la vida de una mujer acorralada entre el sur de Francia y la Alta Saboya durante el periodo de la Ocupación es más impresionante cuanto más anónimo nos parece”.

La vida de esta librera polaca durante la ocupación alemana, junto a sus huidas y exilios, fue publicada en forma de libro en 1945 por Éditions Jeheber (Ginebra). El título de “Una librería en Berlín” es el intento de una sobreviviente por rendir cuentas a los muertos y recordar tantos sacrificios hechos para intentar navegar en medio de esa pesadilla que fue la guerra.

“Una librería en Berlín”, resistencia literaria de guerra
Una librería en Berlín de Francoise Frenkel | Imagen vía: Seix Barral

El rastro de Frenkel desaparece poco después de la publicación de la que fue su única obra. En el 2010 en un tenderete de la comunidad de Emaús –Niza- el literato Michel Francesconi redescubre el texto. Luego de darlo a conocer, su reedición en Francia fue un fenómeno de ventas y uno de los protagonistas de la rentrée literaria del 2015. Este año Seix Barral publicó su edición en español.

Huidas y exilios

Françoise Frenkel falleció en 1975 en Niza. Sus múltiples intentos por huir de la ocupación nazi -especialmente en el territorio francés- constituyen la esencia de este libro que no solo narra memorias y recuerdos de una mujer más entre las millones que sufrieron la deportación y el horror de los campos de concentración para judíos, sino que también evoca la resistencia de la cultura en medio del caos.

La Maison du Livre regentó hasta el año 1939, cuando Frenkel huyó desde Alemania hacia Francia entre las crecientes tensiones y hostilidades hacia los judíos, además de la censura y el control que comenzaron a imposibilitar la llegada de inventario a su establecimiento. A raíz de esta primera huída la escritora se convierte en fugitiva, apoyándose en la caridad y coraje de unos pocos que la ayudaron a cruzar la frontera hacia Suiza en 1943. En el intermedio, de pueblo en pueblo, y de secreto en secreto, la escritora recuenta el deterioro de un país y su economía, la falsificación de pasaportes y documentos de identidad, la desesperación de sus habitantes por una cartilla de racionamiento para comer, las nuevas profesiones que surgen inevitablemente de las desgracias ajenas, el tráfico de personas, la amenaza constante de la deportación.

Lo especial de este testimonio es que con sencillez y humildad, esta lectora implacable elige contar su exilio de una manera diferente. No hacen falta descripciones gráficas ni páginas enteras detallando las torturas en los campos de concentración. Su relato sobre la muerte y el miedo es intuitivo, casi a deducción del lector, quien entenderá sin necesidad de demasiada sangre ni gritos el sufrimiento silencioso de aquellos desplazados por una guerra que nunca entendieron completamente.

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Passauerstrasse Berlín en 1935 | Imagen vía: Wikimedia

La primera sede de La Mansion du Livre fue en el número 13 de Kleiststrase. La librería se muda enseguida a Passauerstrasse, 39; entre el barrio de Schöneberg y el de Charlottenburg. Para los escritores franceses y apasionados de la literatura el lugar se convirtió en una parada casi obligatoria, la clientela forjada por Frenkel y los amigos que allí conoció fueron los que luego le darían cobijo durante la guerra e intentarían que dejara el país por medio de contactos y “pasadores” de personas. Hoy en día en este lugar se ubican los grandes almacenes KaDeWe, bombardeados en 1943 y reconstruidos y ampliados en 1950.

El último rastro de Françoise Frenkel es un expediente de indemnización a su nombre fechado en 1958. En este declara sobre  un baúl consignado en mayo de 1940 en el guardamuebles del Colisée que fue embargado el 14 de noviembre de 1942 como “posesión judía”. En 1960 fue indemnizada con 3.500 marcos por la incautación del baúl. Este es uno de los objetos más emblemáticos del libro, tal vez porque se presenta como su única herencia permanente luego de perder su librería y su hogar. Una caja con un abrigo de piel de nutria y otro con cuello de zarigüeya. Dos vestidos de punto. Una gabardina negra. Una bata de Grünfeld. Un paraguas. Una sombrilla. Dos pares de zapatos. Un bolso de mano. Una almohadilla eléctrica. Una máquina de escribir portátil Erika. Una máquina de escribir portátil Universal. Guantes, zapatillas y pañuelos.

Una librería en Berlín, resistencia literaria de guerra
El barrio de Kreuzberg fotografiado por Joan vía Flickr bajo Creative Commons License.

En el presente Berlín tiene tantas librerías alternativas como nacionalidades conviviendo en sus calles. Libros en francés, en español, en inglés, en alemán. Libros de todos los colores, formas y olores. Atrás quedó esa censura asfixiante que hizo que Françoise dejara la ciudad junto y a su proyecto de vida para embarcarse en el vacío de la guerra.

Y aunque es un testimonio del pasado, precisamente este año vuelve a los estantes con la pertinencia de las letras para recordar que el pretérito de los verbos no está tan lejos como nos gusta creer, e inmortalizar el alcance de la memoria para sobrevivir tanto a lo que conocemos como a lo que ignoramos.

“Ojalá estas páginas puedan inspirar un pensamiento piadoso para aquellos que fueron silenciados para siempre, exhaustos por el camino o asesinados. Dedico este libro a los HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD que, generosamente, con una valentía inagotable, opusieron la voluntad a la violencia y resistieron hasta el final”

Francoise Frenkel en Suiza, a orillas del lago de los Cuatro Cantone, entre 1943-1944 .

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Patria machadiana

Carlos Mayoral

Foto: ARCHIVO DÍAZ CASARIEGO
EFE Fototeca

Hay un fragmento, escrito por el maestro Antonio Machado, al que acudo a menudo, y que le lavaría la cara a este país cainita si estuviera colgado en lo más alto de cada aula en cada colegio de cada provincia. Ese texto, que tiene por título “Nuestro patriotismo y la Marcha de Cádiz”, fue leído por don Antonio durante el primer centenario de la Constitución de 1812, y deja en el aire ideas, por dar algunas pinceladas, tales como “Sabemos que la patria no es una finca heredada de nuestros abuelos; buena no más para ser defendida a la hora de la invasión extranjera”, por ejemplo, o “la patria es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo”. Pero, sin duda, mi favorita es ésa que reza “no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra; no basta vivir sobre él, sino para él”. Les recomiendo encarecidamente que lean el fragmento completo si no lo han hecho ya.

Ahora bien, ¿qué quiere decir Machado con “la patria es algo que se hace constantemente”? Esta pregunta viene muy a cuento si uno se detiene a observar el panorama actual con el dramatismo que merece. Hay que alinearse con Machado para comprender que la patria no es algo estático, no es una simple frontera, una bandera que se coloca en el balcón un hoy para volver al armario mañana. Es decir, si un símbolo es estático, la patria nunca podrá simbolizarse. Desde la figura torpemente aliñada uno puede comprobar cómo la patria se mueve, porque la patria es una lengua, que llega hasta donde llegue el último hablante; la patria es educación, enriquecida ella por el contacto entre portadores; al patria es un mismo sentido de la justicia, de la ley; la patria es, en suma, la cultura que, con sus matices, rige el camino de cada quien.

Ortega, que suele presentarse como un contrapeso al noventayochismo pero que se une a él en gran parte de su corpus intelectual, tampoco lo definió mal. Para él, la patria es “lo que voy a hacer al día siguiente”. El sentido machadiano también está ahí, y da en el clavo cuando apunta que la patria es un pensamiento previo, es decir, una costumbre, un gesto reconocible. Precisamente por eso, porque hablamos de acciones reconocibles, un independentista cerril podrá levantar el muro más alto en Puente de Montañana o en el río Senia o en cualquier otro lugar donde decida poner el límite político (vuelve el estatismo), pero a uno y otro lado se reconocerán rostros, acciones, culturas. De hecho, el propio Ortega carga contra el patriotrismo, al que define como “el goce por la reminiscencia de un pasado esplendoroso”. Sólo es eso, pasado, también estáticoEl maravilloso pensador fue uno de los primeros en idear una Europa abierta, que asumiera los rasgos identitarios de cada tierra, que los aunara intentando enriquecerse con la mezcla. Movilidad. Apertura. Europa ha soportado alguna guerra mundial y algún proyecto de unión desde entonces, y aquellos párrafos aperturistas parecen quedar atrás. Por Europa crece el borreguismo que pretende cercar la cultura propia y rechazar la ajena. Se llame ‘Brexit’ o ‘Procés’, la cuestión deja un fondo mugriento: cierren la patria, es decir, cierren la lengua, la cultura, la ley, la memoria.

Cierren, cierren, cierren. Y no abran. Creen patriotismo y no patria.

Continúa leyendo: Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca

Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca

Anna Maria Iglesia

Foto: Iván Repila
Salto de Página

“Sobre el pasado sólo conocemos la sombra de la sombra de una mentira porque lo único que el pasado ha dejado al presente son sus ruinas y sus documentos”. Estas palabras de Santi Pérez Isasi son las elegidas por Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) para presentarnos a Sofía, protagonista de su última novela, La línea del frente (Salto de página). Las ruinas y los documentos de Sofía son una relación truncada y una tesis doctoral a medio a hacer: el protagonista de la relación es Jokinn, primer amor de Sofía encarcelado por haber dejado ciego a un ertzaintza, y el protagonista de la tesis doctoral es Mikel Areilza, escritor que militó en ETA y consiguió escapar de la prisión donde cumplía condena e huir a Argentina. La culpa es el eje que reúne Mikel, Jokinn y Sofía, testigos y personajes de una historia que nunca eligieron protagonizar, pero ¿de qué historia se trata? Aixa de la Cruz pone en cuestión la idea del pasado como relato único. El pasado es, para De la Cruz, un rompecabezas construido por piezas contradictorias y divergentes donde no caben los maniqueísmos y donde los matices obligan a ir más allá de la división entre bandos.

Si bien no quieres definir tu novela únicamente a partir del tema del terrorismo, sí podríamos decir que La línea del frente entronca dentro de esta tradición, a la que hacía mención recientemente Iban Zaldúa, de literatura vasca “sobre el “conflicto vasco”, el “terrorismo vasco” o como queramos llamarlo”, del que “se ha escrito mucho y muy bueno (también muy malo), sobre todo en euskera”.

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Portada de “La línea del frente” editado por Salto de Página

Suscribo por completo lo que afirma Zaldúa, existe una gran tradición literaria que ha abordado el conflicto vasco, solo que como se trata de obras escritas en euskera han tenido una menor repercusión. Es una tradición con la que me siento acorde porque no he encontrado en ella ningún panfleto político; en esta tradición literaria no he encontrado relatos pretendidamente sesgados y maniqueos. Al contrario, lo que he encontrado ha sido relatos complejos, que no intentan fijar un relato único. A fin de cuentas, lo que trata de hacer la literatura es crear empatía y cuantos más relatos distintos, divergentes, centrados tanto en las víctimas como en los victimarios, construyamos más seremos capaces de entender al otro.

El eje temático de tu novela es la construcción de relatos de ficción para sobrellevar la culpa.

La novela trata de cómo construimos ficciones para todo, para construir nuestra identidad, para definir el amor romántico, para narrar nuestra historia… El desarrollo de la protagonista consiste en ir planteándose distintos relatos sobre su pasado que se van modificando a medida que transcurre la novela.  Y, efectivamente, el punto de partida es la culpa: la protagonista es alguien que siente culpa por no haber hecho nada en el pasado, por haber permanecido inmóvil, y a través de la culpa revisa su pasado, pero esta adquisición de conciencia comienza cuando está lejos de Euskadi. Junto a la protagonista, está también Mikel Areilza, que es el escritor ex perteneciente a ETA y que es objeto de la tesis doctoral de Sofía. Mikel siente culpa por lo que hizo [fue detenido por pertenecer a ETA y consiguió escapar de prisión y exiliarse en Argentina] en el pasado.

Hay sentimiento de culpa, pero no hay víctimas.

La única víctima que existe en la novela es el joven al que mata accidentalmente la policía durante los disturbios en los que es detenido Jokinn, otro de los personajes. Mis personajes son todos personajes secundarios de una historia en la que no querían participar y, en cambio, de la que forzosamente participaron. De ahí que Sofía se construya esos relatos de ficción en torno a su pasado y, al mismo tiempo, sienta culpa por haber sido una joven que no quiso percatarse hasta el final de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

¿Podemos decir que La línea de frente defiende la necesidad de superar el sentimiento de culpa?

La culpa inmoviliza y hay que superarla, porque lo que viene después de la culpa es el compromiso. Y no me refiero solo a nivel individual: forman parte del periodo de culpa todos los actos simbólicos de reparación y de pedir perdón, pero creo que el conflicto verdaderamente se acabará cuando todos estos actos hayan sido satisfechos y podamos empezar a mirar hacia adelante con un compromiso renovado y ya no hacia atrás.

¿Este mirar hacia adelante implica también cuestionar el relato oficial sobre el conflicto vasco y su fin?

Por supuesto. A mí lo que me preocupa es que consideremos positivo la idea de instaurar un relato único sobre un pasado histórico. Evidentemente, junto a los relatos que emanan de la cultura popular, están los relatos que emanan del poder. Sin embargo, no soy marxista: no creo que haya una relación inequívoca entre el poder y las manifestaciones culturales, más bien creo estamos rodeados de discursos alternativos y lo que hacemos nosotros es seleccionar ficciones. De ahí que crea que la única manera de comprender los fenómenos históricos es teniendo en cuenta distintas piezas incongruentes, sesgadas, contradictorias, pero que, en verdad, conforman un puzle mucho más completo del que puede insinuar un relato único. Los relatos únicos dejan siempre muchos flecos fuera y lo que hay que reivindicar son los flecos.

El personaje de Jokin está en la cárcel por dejar ciego a un ertzaintza. Jokin es acusado de pertenecer a banda armada y condenado por ello, cuando en verdad es un joven que estaba en el lugar equivocado el día equivocado.

Lo que comentas es interesante, puesto que la historia de Jokin es un guiño a un suceso que ocurrió hace unos años en Euskadi: era la previa a un partido de fútbol y estaba mucha gente celebrándolo, cuando se produjo una pelea de bar en un callejón cerrado donde había una Herriko Taberna. Desde el momento en que el mando policial que recibió la primera denuncia de lo que estaba sucediendo hasta que esta denuncia llegó al mando superior, se fue contaminando el relato de los hechos: al inicio, se dijo que había una pelea de bar en tal calle; luego, empezó a decirse que era una pelea de bar frente a una Herriko y, finalmente, se concluyó que frente a una Herriko había un conflicto vinculado forzosamente a temas independentistas. Cuando llegaron los antidisturbios al lugar de los hechos, cargaron con mucha fuerza, como si se tratara de una amenaza terrorista. Fue tanta la fuerza que con una pelota de goma mataron a Iñigo Cabacas, un joven que estaba allí.

Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca 1
Aixa de la Cruz | Imagen vía Iván Repila

Es decir, se vinculó automáticamente la pelea del bar al mundo abertzale.

Efectivamente, la historia de Jokin es en parte esta y me sirve para hablar de los automatismos que seguimos acarreando en Euskadi todavía hoy, en tiempos de paz. Es decir, el hecho de que la policía cargase con innecesaria fuerza en esa disputa de bar tiene que ver con que la policía estaba demasiado acostumbrada a entrar a muerte siempre porque el conflicto estaba en la calle. Y la historia de Jokin, del chico que está en el lugar equivocado en el momento equivocado, es una historia que se ha repetido muchas veces, no sólo con ETA, sino también después de ETA. En el fondo, lo que cuenta la historia de Jokin son los prejuicios vinculados a ciertos entornos en Euskadi, aunque estos prejuicios no tengan un correlato en los hechos.

Estas inercias invaden también el ámbito judicial. Jokin no sólo es condenado, sino que su condena es más elevada porque se le considera falsamente como perteneciente banda armada.

Lo que le sucede a Jokin es, en parte, lo que ha sucedido en Alsasua, aunque es cierto que, en este último caso, no se trataba de una simple pelea de bar, puesto que había un componente ideológico. Sin embargo, también es cierto que las penas que se están pidiendo por enaltecimiento del terrorismo parecen, en principio, exageradas. Y lo que es peor, todavía hoy situaciones como la de Jokin se siguen dando en Euskadi y apuntan a que el fin de ETA no es un salto de página, sino que seguimos acarreando muchos conflictos por resolver, conflictos que, a veces, provocan injusticias como estas que comentamos.

¿El caso de Íñigo Cabacas es ejemplo de ello?

Claro. Ahora el caso judicial está avanzando poco a poco, pero durante mucho tiempo los mandos policiales que dieron la orden de entrar con un protocolo absolutamente desproporcionado no asumieron sus responsabilidades y varios de los cargos fueron ascendidos. Esto generó mucho odio social, porque una cosa es que se cometan errores y otra es que nadie pague por sus responsabilidades.

Algo que caracteriza tu novela es que, en ningún momento, describes la sociedad vasca como dos bandos. En palabras de Jabo H. Pizarroso, ¿la sociedad vasca no es o no fue dos raíles en paralelo?

No, no lo fue, no se trataba de dos bandos que no se conectaban.  Sin embargo, también es cierto que cuando pienso en mi experiencia de haber vivido en Euskadi cuando estaba ETA, me viene a la mente una sociedad que vivió muy separada, una sociedad en la que cada uno vivía alrededor de un entorno muy parcial. Yo tenía amigos que eran hijos de presos, pero nunca tuve un amigo que fuera víctima de ETA. Había muy pocos puentes entre un bando y el otro, aunque en verdad todos formábamos parte del mismo conflicto. Había un sufrimiento en las calles que nos afectaba a todos y, sin embargo, en lugar de ser capaces de hacer el zoom y ver que el conflicto afectaba a todo el pueblo, nos sectorizamos bastante.

¿Esta sectorización responde, en parte, a la necesidad de movilizarse políticamente?

Sí, yo lo experimenté así y, por esto, me pareció interesante la figura de Sofía, porque te obliga a preguntarte cómo es posible que alguien pudiera vivir sin posicionarse nunca en una época [finales de los noventa, primeros años 2000], cuando teníamos trece o catorce años, en la que solo se hablaba de política, que lo permeaba todo. La novela me obliga a preguntarme qué debía sentir una persona como Sofía cuando todos, para bien y para mal, se posicionaban, porque en Euskadi era imposible no sentirte obligado en algún momento a tomar partido. Incluso la gente que intentaba alejarse de cualquier toma de partido, terminaba siendo pisoteada por lo que estaba ocurriendo.

Antes hablabas de los automatismos de la Ertzaintza, pero, ¿podemos hablar también de otro tipo de automatismos? Es decir, en el libro, narras como los adolescentes gritan “Gora ETA” al final de un concierto. ¿Era un automatismo? ¿Se era consciente de lo que se estaba gritando?  

Yo creo que había muy poca conciencia del significado, no sólo de un lema tan explícito como éste, sino de muchos de los símbolos que nos rodeaban. Evidentemente, te estoy hablando de hace más de una década, cuando tenía catorce años y estos símbolos seguían en pie. Ahora es diferente, pero sí es cierto que, mirando hacia atrás, tengo la percepción de que por entonces en mi entorno se cuestionaba muy poco lo que veíamos a diario y se adquirían ciertos automatismos sin pararse a pensar en ellos.

Pero, ¿había un discurso que los legitimaba?

De adolescente viví ese discurso según el cual las acciones de ETA son reprochables, pero en el fondo podrían entenderse como la reacción lógica de un pueblo que está siendo pisoteado. Era un momento en el que se cerraban partidos políticos y no sólo se había cerrado el periódico Egin en 1998, sino que se tenía a sus periodistas en prisión preventiva, aunque simplemente escribieran columnas de economía. Todas estas medidas judiciales promovieron la victimización de un sector, que interpretaba que la lucha estaba legitimada dentro de la lógica acción-reacción.

¿El asesinato de Miguel Ángel Blanco implicó, tal y como se dice, una adquisición de conciencia pública por parte de la sociedad vasca?

Yo pertenezco a una generación muy curiosa porque yo era muy pequeña cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Yo empecé a tomar conciencia política del país en que vivía en la época de Aznar. Si el terrorismo lo que plantea siempre es una dinámica de acción-reacción, a mí me tocó vivir reacciones desproporcionadas por parte del Estado Español, sólo que desconocía cuáles habían sido las acciones desencadenantes. Esto hace que mi generación percibiera el conflicto de una manera muy sesgada. Volviendo a tu pregunta, creo que no se pueden poner inicios y finales concretos a un relato, pero sí puedo decirte que recuerdo perfectamente que cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco estaba en Laredo. Había mucho revuelo en la zona en la que vivía, yo no entendía muy bien que sucedía, pero sí entendía que había pasado algo grave. Y recuerdo que, al subir por las escaleras hacia nuestra casa, mi madre, refiriéndose a los vecinos, me dijo “no les mires” y agachó la cabeza. Y, en este sentido, sí que creo que a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco la sociedad vasca empezó a sentir vergüenza.

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