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La historia "verdadera" de Juan José Millás

Anna Maria Iglesia

Foto: Seix Barral
Seix Barral

Juan José Millás lleva toda la vida escribiendo. En 1975 publicó su primera novela, Cerbero son las sombras y, a partir de ahí, se ha labrado una sólida carrera literaria. Ha conseguido casi todos los premios posibles, desde el Premio Nacional de literatura hasta el comercialismo Premio Planeta, pasando por el Premio Nadal en 1990. Mi verdadera historia (Seix Barral) es una nouvelle sobre el sentimiento de culpa que envuelve a un adolescente que, un día, lanza una canica desde un puente y provoca un grave accidente de tráfico. Al sentimiento de culpa se suma el deseo de ser tomado en consideración por un padre ensimismado en los libros, donde encuentra refugio ante una vida que no lo satisface. Para el protagonista, la lectura, lejos de ser un refugio, es un espejo en el que verse reflejado y la escritura una vía de escape donde crear una ficción que termina coincidiendo con la realidad, pero ¿qué es lo real? ¿Aquello que está dentro o fuera de los textos?

En su novela El Mundo, un escritor iba a dar una conferencia sobre cómo lo irreal interviene en lo real. En Mi verdadera historia, el protagonista se plantea algo parecido, se pregunta si está dentro o fuera de la ficción.

Sí, efectivamente y es un asunto complicado. Yo suelo hacer la distinción entre aquello que nos ocurre y aquello que se nos ocurre: muchas veces aquello que nos ocurre es consecuencia directa de lo que se nos ha ocurrido antes. Todos somos hijos de un relato, ya antes de nacer, nuestros padres fantasean con si seremos niño o niña, abogados o ingenieros… claro que el relato pertenece a la ficción y nosotros pertenecemos a la realidad, pero como decía Shakespeare, estamos hechos de la materia de nuestros sueños. Es decir, es imposible una frontera entre la ficción y la realidad en nuestra propia historia o, dicho en otras palabras, es difícil encontrar la frontera entre lo que nos ocurre y lo que se nos ocurre.

La historia "verdadera" de Juan José Millás
Con “El Mundo” Juan José Millás obtiene el Premio Planeta 2007 y Nacional de Narrativa 2008. | Imagen vía Seix Barral

En varias de sus novelas, hay como protagonista un escritor. En esta ocasión, tenemos un niño que escribe, pero aquí la escritura está desligada del deseo de ser escritor.

Sí, en esta ocasión la escritura aparece a pesar de quien escribe, puesto que este niño que escribe no lo hace porque le interesa la escritura o la literatura. A él, la escritura le interesa solo en tanto en cuanto su padre es crítico literario: cuando ve a su padre leer un libro, el niño imagina que ese libro lo ha escrito él, es decir, que él es el autor del libro que lee su padre. En este sentido, la escritura es una forma de soñar con que su padre le mira y la hace caso. A parte de esto, como en otras novelas, aparecen algunos ingredientes sobre el hecho de escribir, sobre por qué se escribe y sobre lo inquietante que hay en el hecho de la escritura y de la lectura.

Una cosa curiosa es que los títulos de los libros que lee el padre parecen contar la historia del protagonista.

Al niño lo que le pasa es que le da miedo leer, porque los libros que tiene su padre tienen para él títulos inquietantes: Crimen y castigo, por ejemplo, novela que el niño cree que se refiere al crimen que ha cometido, o El Idiota, título que cree que lo describe. Y, efectivamente, en los títulos que el padre lee, el niño va viendo su propia biografía y, por esto mismo, le da mucho miedo abrir un libro y leerlo. Tiene miedo de encontrarse a sí mismo desde de los libros.

¿La literatura funciona como espejo de un yo que se refleja?

Claro, porque en la escritura nos encontramos y nos desencontramos de forma simultánea y las dos cosas, el encuentro y el desencuentro, dan miedo. Por esto, salvo excepciones, frente a la escritura hay una ambivalencia tremenda: los escritores decimos que lo que más nos gusta es escribir, pero también es cierto que es un placer que retrasamos permanentemente. Es decir, no hay actividad para la que se busquen más coartadas que para la escritura: “hoy no empezamos porque nos duele la cabeza”, “hoy no tenemos bolígrafo” …. Y esta ambivalencia es común a casi todos los escritores y esto es así porque en la escritura uno se juega mucho y, como sucede con todas las cosas en las que está mucho en juego, gustan a la vez que asustan.

Para un lector como el padre, sin embargo, la lectura se convierte en un refugio ante una vida que no le convence.

Sí, porque el padre está ensimismado en sí mismo y en sus libros. Seguramente él no habría querido tener un hijo, él hubiera deseado más tener un libro y, en el caso de no tener más remedio que tener un hijo, habría preferido que su hijo fuera de ficción. Por esto precisamente gran parte de la novela trata de los esfuerzos que hace este crío para convertirse en un hijo de ficción.

Sin embargo, al final hay una reivindicación de lo real.

Sino una reivindicación absoluta de lo real, sí hay un intento de plantear una negociación entre lo irreal y lo real. Yo creo que lo irreal interviene mucho en nuestras vidas, porque lo irreal tiene sin duda más fuerza que lo real. Basta ver que la gente sigue matando por Dios y, de hecho, el otro día uno de los terroristas detenidos en Inglaterra decía que mataría a su madre por Alá lo que significa, en otras palabras, que mataría a su madre por una idea. Esta es la prueba de que lo irreal tiene mucha fuerza y, por esto, lo que se quiere mostrar en el libro es un intento por parte del padre y por parte del hijo de llegar a un acuerdo entre las dos dimensiones, lo real y lo irreal.

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En “Mi verdadera historia” Juan José Millás narra la vida de adolescente de doce años con sus miedos, inseguridades y deseos de nuevas experiencias. | Imagen vía Seix Barral

En gran parte de su obra usted ha jugado mucho con la mezcla, más o menos explícita, de lo autobiográfico y lo no autobiográfico.

Siempre, en todos los libros, hay este juego. Cuando me preguntan sobre si un libro mío es autobiográfico, siempre respondo que el libro es autobiográfico en la medida en que puede no serlo, puesto que cuando escribimos una novela nos nutrimos de nuestras experiencias o de las experiencias de personas cercanas nuestras. Es decir, siempre hay un grado alto de autobiografía, lo que pasa es que metamorfoseamos nuestra propia experiencia de manera tal que entre lo que nos sucedió y lo que finalmente contamos se produce una transformación a la de un gusano cuando se convierte en mariposa. Por esto, cuando me preguntan qué hay de autobiográfico en este libro, contesto que en su literalidad hay poco, pues yo no viví el suceso fundacional que vive el protagonista, pero en la sustancia el libro es completamente autobiográfico. Es autobiográfico en las dudas que sufre el adolescente, en el sentimiento de culpa, real o imaginario, tan propio de la adolescencia, que es un periodo en el que se viven incluso cosas banales de forma muy trágica. Finalmente, si atendemos a lo anecdótico, el libro no sería autobiográfico, pero sí lo es si vamos al tuétano.

¿Y es ese tuétano autobiográfico lo que, al mismo tiempo, convierte lo anecdótico del yo en lo universal?

Efectivamente. El objetivo de toda novela es que aquello que cuentes sea metáfora de algo mucho más amplio. Si contamos la vida de cualquiera de las personas que nos rodean ahora estaríamos contando la vida de todos. A esto sirve la literatura.

Usted afirmaba que siempre le interesado narrar vidas corrientes y hablar de gente anónima. ¿Es en la anónima cotidianidad donde reside lo universal?

La vida más corriente del mundo es una vida absolutamente singular, porque la singularidad está en lo normal. De manera que no hay que hacer grandes aspavientos, pues para contar grandes historias no hay que viajar al centro de África, basta con viajar hasta la tienda de chinos de tu barrio. Se trata de ver lo cotidiano para así iluminarlo de tal manera que eso que nos resulta familiar se convierta en extraño. Yo creo que una de las obligaciones de la literatura es desfamiliarizarnos de aquello que nos es familiar, porque es precisamente así que los hechos banales adquieren significado.

Su planteamiento recuerda la idea de Freud de que lo extraño o, como él decía, lo siniestro está en lo familiar.

Sí, Freud decía que lo siniestro es aquello que es simultáneamente familiar y extraño. Esta afirmación es un acierto brutal. Esto lo experimentamos perfectamente cuando volvemos a casa de nuestros padres y entramos en la habitación en la que fuimos niños, donde todo está igual; la habitación nos resulta un espacio muy familiar, pero a la vez muy extraño en cuanto ya no somos el niño que creció en esas cuatro paredes. Yo creo que una de las obligaciones de la literatura es justamente hacer que lo familiar se convierta en extraño y esta extraña combinación, la de lo familiar y lo extraño, es lo que Freud llamaba lo siniestro. Solemos pensar que lo siniestro es algo que viene de fuera, pero no, lo siniestro es algo que nace de dentro.

Antes le preguntaba sobre el juego autobiográfico en sus novelas, ¿le interesa la autoficción?

Es una literatura interesante, lo que pasa es que como aquí funcionamos mucho por voces de péndulo y etiquetas, hablamos ahora de la autoficción como si fuera un invento cuando la Divina Comedia ya era autoficción. Y contestando a tu pregunta, es un género que me interesa en cuanto es un género fronterizo, al tener un pie en la realidad y otro en la ficción. Los grandes hallazgos siempre se han producido en la frontera, por esto son tan interesantes las Crónicas de Indias, escritas desde un mundo absolutamente desconocido, un mundo que les era completamente extraño a sus descubridores, que no tenían otro lenguaje y otras referencias que las suyas para poder describirlo y explicarlo. Se producía así una mezcla, otra vez, entre lo familiar de las referencias y lo extraño del nuevo mundo. Los relatos fronterizos son siempre fantásticos, porque no solo mezclan lo raro que está más allá de la línea de frontera con lo familiar de quien habla, sino porque obligan a un ejercicio lingüístico: contar lo extraño con el lenguaje de antes. El espacio natural del artista es siempre la frontera.

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Juan José Millás | Imagen cortesía de Seix Barral

¿Podemos decir que la idea de mezcla se concreta para usted en el concepto de escritor bastardo, término con el que se definió en una entrevista con Nuria Azancot?

Sí, esta idea proviene de un texto de la ensayista francesa Martha Robert. Ella parte del trabajo de Freud La novela familiar de un neurótico, donde el psicoanalista dice que todos, en algún momento, hemos fantaseado con la idea de que nuestros padres no eran nuestros padres. Martha Robert, por su parte, dice que sí que hay gente que siente que sus padres son sus padres y, por tanto, señala que el mundo se divide entre los bastardos, que son aquellos que se preguntan si sus padres son verdaderamente sus padres, y los legítimos, que son aquellos que no tienen dudas sobre la paternidad de sus padres. La pregunta que se hace Martha Robert es a qué grupo pertenece el escritor y, evidentemente, la respuesta es que el escritor es el bastardo porque la primera obligación de un escritor es cuestionarse la realidad, es preguntarse si sus padres son sus padres. Aquel no dude nunca sobre la paternidad de sus padres, es decir, aquel que no cuestiona la realidad podrá escribir el código civil, pero nunca Madame Bovary.

Usted definió a Vargas-Llosa como un escritor bastardo y un periodista legítimo, ¿Juan José Millás es también un escritor bastardo, pero un periodista legítimo cuando escribe en los periódicos?

Yo no creo que en mi caso se produzca una diferenciación en el momento de escribir, no creo que cuando escribo para prensa soy legítimo y cuando escribo novelas soy bastardo. Yo soy bastardo siempre, porque de hecho yo practico un periodismo más propio del bastardo que del legítimo. No establezco, además, esta división porque para mí la frontera entre el periodismo y la literatura es una frontera muy artificial. Si vamos al género estrella del periodismo, el reportaje, nos damos cuenta de que lo único que diferencia el reportaje de un cuento es que en el primero los datos vienen de fuera, tú no puedes inventar nada. Sin embargo, el modo de seleccionar los materiales y de articularlos para el reportaje es el mismo que se lleva a cabo en la escritura del cuento y en ambos casos hay una selección. El hecho de seleccionar algunos materiales para un reportaje, excluyendo otros, ya es una forma de “manipulación” y no lo digo en el mal sentido de la palabra; la selección es imprescindible, la cuestión es el criterio que se utiliza. Y normalmente el criterio empleado es seleccionar aquello que puedes poner al servicio del significado, lo mismo que haces cuando escribes un cuento.

Y por lo que se refiere a los lectores, ¿hay el lector del Juan José Millás escritor y del Juan José Millás articulista?

Sin duda, hay lectores que solamente me leen en el periódico, pero sin embargo no hay lectores que solamente me lean en las novelas. El lector de novelas lee todo. Y luego hay quienes se acercan a las novelas a través del periódico. Pero sí, esta división existe, solo que resulta imposible cuantificar los diferentes tipos de lectores.

Es su novela se lee: “Mi padre no lee textos premiados, textos que nacen con el pecado original de la comercialidad”. ¿Quiso representar a través del padre un determinado tipo de lector con prejuicios? O, en otras palabras, ¿somos demasiado prejuiciosos con los premios literarios?

Hay un prejuicio con los premios, pero es un prejuicio que es natural. Casi todos los premios nacen con el estigma de la comercialidad, es indudable. Precisamente por esto, por los prejuicios que pueden rodear siempre a un escritor, suelo decir que lo mejor es ser un escritor muerto. Siempre puedes tener prejuicios hacia un escritor vivo, sobre todo prejuicios por su presencia pública: a uno escritor vivo, no sólo lo lees, sino que lo escuchas por la radio, lo ves en televisión y en otros medios y su figura pública puede no gustarte para nada. Y esto es problemático, porque es difícil leer a un escritor que te cae mal, aunque sepas que es bueno. Sin embargo, con un escritor muerto esto no pasa: seguramente a mí me habría caído mal Truman Capote, porque, digamos, era un hombre muy complicado, pero no lo leo con prejuicios. Un escrito vivo, que actúa y es un personaje público, cae bien o mal, y los lectores se relacionan a partir de la percepción que tienen, de ahí que lo mejor es estar muerto.

¿La sobreexposición es un arma de doble filo para el escritor?

Sí, claro y, de hecho, puede haber casos excepcionales, pero creo que el sueño íntimo de todo escritor es no tener vida pública ninguna, publicar incluso con seudónimo y ver, a través de un agujero, lo que pasa con su obra, aunque esto no puede ser.

Yo diría que hay excepciones más que notables y reconocibles.

Sin duda hay escritores a los que le gusta visibilidad, pero creo que en la mayoría de los casos no es así. Lo que pasa es que, en una sociedad tan mediática como la nuestra, es difícil ser escritor y no tener una cierta visibilidad, comenzando por el hecho de que el editor, que está en la misma aventura que tú con el libro, te pide que hagas promoción. Sin embargo, mi sueño sería desaparecer como autor.

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En el aniversario de Frankenstein

Gregorio Luri

Foto: Universal Pictures

La primera vez que los del Círculo Filosófico Soriano se pusieron en contacto conmigo, me dejaron muy claro que “en Soria sólo nos interesa lo eterno”. Desde entonces voy a hablar con ellos cada año y a repetir un paseo esencial: el que resigue el perfil del Duero desde San Saturio a Numancia. Este año hablé de Frankenstein, para celebrar su bicentenario, y de nuevo sentí que se encendía en nosotros la chispa del entusiasmo.

Mary Shelley nos ofrece en Frankenstein o el moderno Prometeo un mito posmoderno, moderno y precristiano. Lo posmoderno es la concepción terapéutica de la existencia; lo moderno, la reflexión sobre las consecuencias morales de la técnica; lo precristiano, el canto a la dignidad del sacrilegio, porque para ser sacrílego de verdad hay que enfrentarse a los dioses, no limitarse a dejar escapar una ventosidad ante los lares familiares.

El doctor Frankenstein, impulsado a la par por sus conocimientos científicos y su filantropía, se pone a alterar la naturaleza humana, ignorando que toda esperanza tiene un punto ciego, más grande y más ciego cuando mayor es la esperanza. De ahí que cuando descubre que sus buenas intenciones han incubado un monstruo, no pueda ni soportar su presencia ni satisfacer la demanda que le dirige: “Dadme la felicidad y seré virtuoso”.

En Vindication of the Rights of Woman, Mary Wollstonecraft, la madre de Mary Shelley, defiende que la virtud es el premio del esfuerzo personal convertido voluntariamente en hábito. Por eso “es inútil esperar la virtud de las mujeres hasta que sean en cierto grado independientes de los hombres”. Hay que asumir los riesgos de la libertad para ser virtuoso. Esta fue la opinión ortodoxa durante siglos. “Los demás bienes son de burlas” y sólo la virtud “es de veras”, decía Gracián. Por eso la instituye en El Criticón como “centro de la felicidad”.

Mary Shelley cambian las tornas y anuncia nuestra convicción contemporánea: si no somos felices, es inútil empeñarse en ser virtuosos. Por eso recurrimos con nuestra alma dañada a los terapeutas. Sin felicidad, sólo nos vemos como víctimas inocentes de un infortunio inmerecido. Habiendo sido hechos para vivir, tememos vivir a medias y morir sin haber vivido.

Más allá de las fronteras de nuestra sociedad terapéutica, las inquietudes de Frankenstein son otras. Ahmed Saadawi lo describe en su novela Frankenstein en Bagdad como una amalgama de los miembros humanos amputados por las bombas indiscriminadas de Bagdad. Al estar hecho de los segmentos corporales de personas de diferentes orígenes –etnias, tribus, razas y clases sociales-, representa una síntesis imposible y por eso, se dice a sí mismo, “Soy el primer ciudadano genuinamente iraquí”.

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5 poemas cantados para recordar a Antonio Machado

Rodrigo Isasi Arce

El 22 de febrero de 1939 nos abandonaba para siempre uno de los los mayores poetas de España y el representante más joven de la Generación del 98, Antonio Machado. “Nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción”, reza uno de sus poemas más conocidos, ‘Cantares’, pero la verdad es que Machado sí dejó en la memoria sus versos, su canción. Nos dejó una larga lista de obras de incalculable valor literario, como ‘Soledades’ (1907), ‘Campos de Castilla’ (1912), ‘La Lola se va a los puertos’ (1930) o ‘Las adelfas’ (1928), entre muchas otras.

Machado murió en el exilio, en Francia, como tantos otros de su generación, al verse inmersa España en uno de los períodos más negros de su historia, la Guerra Civil entre republicanos y sublevados. Cuentan que pocos días después de su muerte, su hermano José Machado encontró en el bolsillo del gabán un trozo de papel que decía “estos días azules y este sol de la infancia”, los últimos versos del poeta sevillano. El fascismo echó a Machado de España, pero lo que no pudo impedir es que su legado fuese eterno; tanto es así, que varios cantantes decidieron poner voz a sus poemas.

Sin duda, Joan Manuel Serrat es el cantautor español que más poemas de Antonio Machado ha versionado -le dedicó un disco entero- pero no ha sido el único. Desde The Objective, te ofrecemos cinco poemas para recordar a este gran poeta andaluz que han sido cantados por grandes referentes del panorama musical español.

Cantares-Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina

“Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar. Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción; yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón. Me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse…”

La saeta-Camarón de la Isla

“¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ¡Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz! ¡Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía, y es la fe de mis mayores! ¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!”

Inventario galante-Paco Ibáñez

“Tus ojos me recuerdan las noches de verano negras noches sin luna, orilla al mar salado, y el chispear de estrellas del cielo negro y bajo. Tus ojos me recuerdan las noches de verano. Y tu morena carne, los trigos requemados, y el suspirar de fuego de los maduros campos…”

Sobre el olivar-Enrique Montoya

“Campo, campo, campo Entre los olivos Los cortijos blancos Por un ventanal Entra la lechuza En la catedral San Cistrobalón La quiso espantar Al ver que bebía Del velón de aceite De Santa María La Virgen habló Dejalá que beba San Cristobalón. Campo, campo, campo Entre los olivos Los cortijos blancos Por un ventanal Entra la lechuza En la catedral A Santa María Un ramito verde, Volando, traía”.

Españolito-Joan Manuel Serrat

“Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

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Por qué decide hacerse cura un millennial

Rodrigo Isasi Arce

Foto: SUSANA VERA
Reuters/File

“Yo nunca quise ser sacerdote, pero Dios me llamó”. Quien así se expresa es uno de los tres seminaristas millennials con los que hemos hablado. Estudiantes en el Seminario Conciliar de la Inmaculada y San Dámaso de Madrid, recibieron la llamada del Señor antes de ingresar y dedicar seis largos años de estudio y reflexión para poder vestir el hábito que les defina como curas. En 2016 había 1.246 seminaristas en España, 137 de ellos no acabaron de recorrer el camino y abandonaron antes de ser ordenados sacerdotes. Este seminario de Madrid es el que posee un mayor número de aspirantes al sacerdocio; más de 120. En un contexto en el que los millennials de los países desarrollados van a ser la generación que se enfrente a la peor desigualdad de ingresos de la historia reciente, según un informe de Credit Suisse, Fernando Marías, Ignacio Ozores y Jorge Olabarri, de 24, 18 y 22 años respectivamente, han optado por la vía del sacerdocio como modo de vida, y estas son sus razones:

Fernando María Rubio, 24 años, 2º curso de seminario

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Fernando Marías, 24 años, seminarista de 2º. | Foto: Rodrigo Isasi/ The Objective

Fernando Marías tiene 24 años y es licenciado en Periodismo. El joven asegura que en ningún momento se había planteado ser sacerdote, pero que en segundo de carrera tuvo un encuentro “muy basto” con Dios y la Iglesia, y entonces se dio cuenta de que “esta movida no es solo para viejas y para frikis” y que ser cristiano tenía algo para él. Tanto es así, que en una oración escuchó cómo Dios le decía “quiero que seas sacerdote”.

Fue entonces cuando con esa llamada sintió dentro de su corazón como, todo lo que es, sus talentos, su forma de ser, encajaban perfectamente con el sacerdocio, conformaban el puzzle. “He nacido para esto, para vivir como sacerdote y entregarme a lo grande”.

Pese a esa llamada, este joven millennial decidió, aconsejado por su familia, acabar su carrera y retrasar dos años su ingreso en el seminario. Marías asegura que lo bonito es la diversidad, y es que precisamente sus mejores amigos no son creyentes. “Eso es lo bonito, hay gente a la que le gusta el rock, y a otros no; a mí me gusta Jesucristo y vivo para ello”.

En cuanto a renunciar a algunas cosas y optar por la senda del sacerdocio, remarca que “no es fácil”, pero que “merece mucho la pena”, pese a que señala que “la vida en el Seminario es un poco como el día de la marmota”, todo muy rutinario.

Este joven no sabe si acabará ordenándose cura, pero sí tiene claro que la experiencia es maravillosa y que “hay gente que pagaría por ello”.

Ignacio Ozores, 18 años, 1º curso de seminario

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Ignacio Ozores, 18 años, seminarista de 1º. | Foto: Rodrigo Isasi/ The Objective

Nació en Barcelona, a los 10 años se mudó a Madrid y a los 17 a Lima, Perú. Fue en este país latinoamericano donde este millennial tuvo un contacto directo con la pobreza, “tanto material como espiritual”. Su familia le inscribió en un colegio religioso, pero asegura que allí se encontró a “gente que era de todo menos religiosa” y vio cómo sus compañeros vivían todo con una tibieza espectacular, algo que le llamó mucho la atención y por lo que decidió ayudar a los demás y optar por la vía del voluntariado.

Cuenta que no fue fácil abandonar a sus amigos en España y que el último año de colegio se le hizo cuesta arriba; no lo estaba pasando bien. Fue en ese momento cuando experimentó la llamada de Dios. “En un momento que estaba bastante mal, en una misa, el Señor me llamó. Tuve que decir que sí, caí rendido a su pies, y salí de la iglesia llorando y gritando: ‘¿Por qué a mi?'”. Después de aquello, no tuvo ninguna duda en ingresar en el Seminario, pese a dejar atrás as su familia. “Mi familia lo lleva bien, aunque mi hermana pequeña algo peor, he estado siempre muy unido a ella”, señala.

La llamada de Dios es una sensación que tampoco sé muy bien cómo describirla, es algo que te envuelve totalmente y algo a lo que tienes que decir que sí, porque no ves otra opción. Notas cómo alguien que te quiere tanto, y alguien que te lo ha dado todo, te pide una cosa mínima, dejarle todo lo que tienes”.

Olabarri asegura que la vida en el Seminario es “apasionadamente sencilla; una experiencia única”, y que espera que siga siendo así, ya que si no lo es, no dudará en abandonar.

Jorge Olabarri, 22 años, 5º curso de seminario

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Jorge Olabarri, 22 años, seminarista de 5º. | Foto: Rodrigo Isasi/ The Objective

Entró al Seminario porque Dios se lo pedía. “Dios me lo había dado todo, una familia maravillosa, un colegio maravilloso y, siguiendo el ejemplo de un hermano mío que es sacerdote, descubrí que Dios me llamaba a entregar toda la vida”.

Olabarri remarca que sintió la llamada en las cosas ordinarias de cada día, en el ejemplo de los sacerdotes. “El sacerdocio es algo muy grande y que lleva amor, que es un poco lo que yo quiero hacer, entregarme por amor y hacer una cosa grande. Yo he sido creado para esto”.

Para entrar en el Seminario hay que renunciar a varias cosas y acatar otras, como el celibato. “Yo intento no pensar casi en las renuncias, sino en las elecciones que he hecho. Al final, el que no elige nada, es el que renuncia a todo”, dice este joven, y añade: “Esta decisión de vida merece mucho la pena siempre y cuando Dios te haya llamado, esto no es para todo el mundo, y se debe contestar al momento, porque si no, serán años perdidos”.

Los seminaristas se despiertan pronto, rezan todos junto laudes y posteriormente tienen una hora de oración hasta las 08:30. Posteriormente desayunan “rápidamente” y a las 09:00 comienzan sus clases en el edificio contiguo de la Universidad de San Dámaso. En torno a las 13:00 o 14:00 horas, dependiendo del día, finalizan las horas lectivas y, tras una breve comida, pueden dedicar el tiempo de la tarde al estudio, el deporte y el ocio, sin olvidar las reuniones periódicas con sus formadores, “para ir discerniendo poco a poco la vocación”, y con el director espiritual. Los futuros sacerdotes finalizan la jornada con el momento más importante del día, la eucaristía.

Los fines de semana, los seminaristas acuden a diferentes parroquias para colaborar y aprender de los sacerdotes. El domingo es el día en que pueden comer con sus familias y estar con ellas antes de regresar al anochecer al Seminario. “En todo este proceso para mí es especialmente importante mi familia, somos 11 hermanos”, sentencia Olabarri.

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Fernández Mallo, el autor que "movió la silla a la literatura"

Anna Maria Iglesia

Foto: Enric Fontcuberta
EFE

Que de los premios literarios es mejor desconfiar es una verdad universalmente sabida, sin embargo, de la misma manera que toda regla tiene su excepción, toda verdad puede ser desmentida. Otorgando en su 60 edición el premio Biblioteca Breve a Agustín Fernández Mallo, Seix Barral no solo hace posible que los más escépticos confíen, al menos en esta ocasión, en los galardones a obras literarias inéditas, sino sino que también reconocen a un autor que ha destacado tanto en narrativa como en poesía y ensayo por haber construido una obra donde la indagación literaria ha tenido siempre un papel principal.

Físico de formación, Fernández Mallo no sólo ha concebido su obra como un espacio donde se borran los límites entre la ficción y la no ficción, sino que ha cuestionado conceptos como el de “autoría”, el de repetición, el de espacio narrativo y, sobre todo, el propio concepto de lenguaje. El lenguaje de la ciencia ha formado parte de su obra, especialmente en la poesía, como escribía Andrew Gallix, en The Independent: “Fernández Mallo es capaz de detectar la cola de una sirena en un monitor de neutrones y de transformar teoremas en pura poesía”.

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Agustín Fernandez Mallo, galardonado con el Premio Biblioteca Breve 2018 | Foto: EFE/ Enric Fontcuberta

Fernández Mallo transforma teoremas y los transforma también en Trilogía de la guerra, una novela que narra la historia de tres personas que, sin saberlo, están conectadas por su pasado y, en concreto, por tres lugares y sus tiempos históricos: la Isla de San Simón, los años en Estados Unidos y la costa de Normandía. El pasado se convierte en una red digital y analógica en la que todos estamos interconectados en una extraña simulteneidad, donde el tiempo se dilata a la vez que se contrae en un espacio reducido y, a la vez, amplificado como son las redes sociales.

Si con Nocilla Dream, en palabras de Ricardo Menéndez Salmón, Fernández Mallo “movía la silla de la literatura”, en Trilogía de la guerra lo sigue haciendo, mostrando así con su gesto que no basta con innovar puntualmente, sino que es necesario repensar los modos narrativos y, por tanto, repensar la literatura constantemente en la búsqueda de un lenguaje cuya concreción resulta siempre reductiva para contar -crear- la realidad actual. En este sentido, la inclusión de la ciencia, de la tecnología, de la poesía, de imágenes responde a un intento de un (des) lumbramiento de “la cara B de la realidad”. Sin embargo, es precisamente esta “realidad” la que cuestiona Fernández Mallo, pues si, como dice Elena Ramírez, editora de Seix Barral, en Trilogía de la guerra el mapa es el territorio, la virtualidad es la realidad y la realidad se vuelve virtual.

“La novela es calidoscópica, porque no solo hay una red, sino que hay salidas hacia otros lugares”, comenta el ganador, para quien “la novela es una reflexión sobre los muertos: creo que los vivos y los muertos estamos interconectados y la red más grande que existe no es una red social, sino la red entre vivos y muertos”.

“Europa es el primer estado postmoderno en cuanto no se ha construido a partir de violencia, sino a partir de la publicidad y de la seducción”.

En la 60 edición del premio Biblioteca Breve, el escritor, poeta y ensayista Agustín Fernández Mallo se alza como ganador con Trilogía de la guerra. La novela se abre en la Isla de San Simón y prosigue en Estados Unidos, donde un personaje narra la historia de Estados Unidos e indaga en el imaginario cultural norteamericano. La novela se cierra con una mujer recorre la costa de Normandía para tratar de comprender, desde su condición de mujer, cómo 100.000 hombres murieron a manos de otros hombres. Su recorrido por Normandía coincide con el Brexit, algo que sirve al autor preguntarse sobre qué es Europa y su relación con el presente. “Europa es el primer estado postmoderno en cuanto no se ha construido a partir de violencia, sino a partir de la publicidad y de la seducción”. La lectura del pasado desde el presente lleva a una reflexión en torno a cómo el pasado regresa a través de la interrelación entre vivos y muertos, una interrelación que se hace posible cuando “el vivo se muere un poco, es decir, cuando se aleja, porque para poder escribir es necesario dejar morir las cosas para poder captar los contornos de esas cosas”.  Pero, qué pasaría, si en este acercarse a las cosas, no solo las narráramos, sino también las recicláramos. “Se puede reciclar el pasado? Se pueden reciclar los sentimientos?”, estas son también algunas de las cuestiones presenten en la novela, concluye Fernández Mallo, que reconoce que en esta novela ha ejercido una gran influencia la obra narrativa de Sebal y las películas de David Lycnh.

Con una dotación de 30000 euros, el Premio Biblioteca Breve ha sido otorgado este año por un jurado formado por Pere Gimferrer, Manuel Longares, Edurne Portela, Ricardo Menéndez Salmón y Elena Ramírez, editora de Seix Barral. La novela se publicará el 6 de marzo.

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