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La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

Beatriz García

Foto: Leticia Hueda

– ¿Quieres saber cuál es la mejor forma de guardar un secreto?

– Habla más bajo, te van a oír todos…

– Si susurrásemos, sospecharían. La mejor forma de guardar un secreto es exponerlo a la vista de todos.

(Conversación entre dos agentes secretos, pongamos que tú y yo…)

Conocí a Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974 – tal vez deberíamos dudar también de eso) en dos lugares y dos épocas diferentes. En la primera ocasión, me sentí invisible; en la segunda, me enorgullecí de serlo. Y tal vez ocurra lo mismo contigo, lector. Si es así, si el Ojo de Horus de William Burroughs también te vigila desde la portada de un libro, sabrás entonces que ese libro es ‘La Horda: Una revolución mágica’ (La Felguera, 2017).

La entrevista que sigue sí tuvo lugar, aunque si sucedió o no en la forma en que lo cuento carece totalmente de importancia. El propio historicismo, me dice Servando, “es una manera de manipular y maquillar la historia”. La manipulación de la manipulación, de eso trata La Horda. Además de otras muchas cosas que iremos viendo en tanto nos  internamos por los fétidos callejones y subterráneos del París de 1623, una ciudad devastada por la Guerra de los Treinta Años donde hay espías por todas partes, alquimistas que trabajan como mercenarios a las órdenes de católicos o protestantes y una comunidad invisible, nacida al abrigo de los rosacruces, que ha existido a lo largo de los tiempos y de la que tal vez tú, lector, acabes formando parte.

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos” 1
El ojo de Horus de William Burroughs nos vigila desde la portada.

– Ése no es el principio de ‘La Horda’, o sí, pero deberías primero hablar de Morgana. Porque Morgana es como Pandora y su caja, aunque nadie sepa quién es… – Servando no susurra. Es un agente secreto dedicado a revelar secretos.

– ¿Te refieres al compilador del manuscrito que encontraron en un apartamento en Londres en los años ochenta después de la explosión? ¡Bah! No sirve de nada hablar de alguien del que ni siquiera sabemos si ha existido… Seguro que se lo inventó algún gracioso; por ejemplo, tú.

– De eso se trata. ‘La Horda’ es un libro sobre verdades que se emancipan de las mentiras para ser verdades absolutas y de secretos que a su vez se alimentan de otros secretos. Antes mencionabas a la Hermandad de la Rosacruz: hay muchos investigadores serios que creen que los primeros rosacruces fueron un invento de unos pocos, no así la segunda y la tercera generación, que creyeron en la primera, y así sucesivamente… Creer en algo hace que acabe existiendo –concluye Servando.

Caminamos intentado detectar energías ocultas en ese París renacentista y decrépito recreado por el editor de La Felguera, que cada vez nos recuerda más a un decorado expresionista, una mezcla de ‘El Gabinete del doctor Caligari’ y El ‘Jorobado de Notredame’ de Víctor Hugo. Y hay que avanzar con cuidado, evitando determinadas zonas muertas donde los Despiertos, enemigos de las células invisibles, son fuertes y peligrosos. Las ciudades de ‘La Horda’ están vivas, son ciudades que dialogan contigo. “El subsuelo tiene memoria”, leo en esta singular novela trampa por la que transitamos igual que si cruzásemos un laberinto de falsos espejos, un mapa en el que encontrar un tesoro oculto.

– En el fondo –dice Servando-, este pasear sin rumbo es una forma de conectar con el territorio. Ocurre a menudo, cuando caminas por una ciudad y de repente llegas a un lugar que te afecta de una forma especial. También Ramón del Valle-Inclán lo hacía, la naturaleza y el paseo inspiraron sus iluminaciones; era profundamente esotérico, un seguidor de la teosofía.

—–MOMENTOS PROMOCIONALES: La Felguera publicará próximamente ‘La lámpara maravillosa’ de Ramón del Valle-Inclán, con prólogo de Javier Sierra. FIN DEL COMUNICADO.—–

 

– Sí, bueno, pero ahora estamos tú y yo a merced de Ardenti, el cazador de invisibles que me cae tan bien aunque quiera acabar con nosotros, y no tenemos una triste varita…

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Se avecina una revolución mágica. | Foto: Leticia Hueda.

Servando empieza a recitar un fragmento de ‘El matrimonio entre el Cielo y el Infierno’ de William Blake: “Entonces pregunté: ¿Para que una cosa exista basta la firme convicción? Respondió: Todos los poetas lo creen”.

– Pero podemos utilizar el ingenio poético. La magia es eso, imaginación creadora. Lo hacían Baudelaire y Mallarmé, y también los grandes iconos ocultistas como Alan Moore o Aleister Crowley. Si conociéramos a nuestros héroes del romanticismo y las vanguardias nos parecerían humanos, demasiado humanos. Y no importa si empleaban la meditación, las drogas o el paseo, puedes tener una experiencia extática incluso escuchando música o cuando te enamoras.

La revolución y la magia tienen en común su voluntad de transformación, pero para ello hace falta ver más allá de los límites de esta realidad ordinaria. “Ver”, como dice el autor de ‘La Horda’, “en cursiva”. Me habla de que vivimos con la mirada más atrofiada, que caminamos sin estar conectados al presente. Tal vez, le digo, necesitamos un Apocalipsis o una revelación.

– Lo malo del Apocalipsis es que siempre está por llegar.

– Vas a hacerme llorar… Mal asunto.

– Mejor eso que arder en la hoguera como Giordano Bruno, acusado de herejía. Lo curioso de todo es que no se equivocaba, ese gran astrólogo, filósofo, poeta y mago auguró que allá donde habían levantado una pira erigirían más tarde una estatua en su honor. Y así fue. Él es una de las mentes fundacionales de La Horda. Su semilla.

Dime una cosa, en la novela cuentas que el mago John Dee y Bruno se conocieron realmente, que igual que otros invisibles que les siguieron intentaban eliminar las guerras de religión y crear una fraternidad en la tierra. ¿Eso es cierto?

– ¿Cierto? Tiene gracia que lo preguntes a estas alturas.

Hubo un tiempo en que el arte y el ocultismo, y el ocultismo y la política no estaban separados. Magos y alquimistas como John Dee oficiaban de consejeros en las cortes europeas y más tarde Bakunin, principal ideólogo del anarquismo, inventó cientos de sociedades secretas que jamás existieron. Pero, ¿y si sí lo hicieron? ¿Y si la todas las teorías de la conspiración fuesen ciertas?, se pregunta y me pregunta Servando, invocando a esos invisibles de todas las épocas y nacionalidades presentes en ‘La Horda’, como el escritor William Burroughs o el situacionista Alexander Trocci, quien habló de ‘la invisible insurrección de un millón de mentes’. Porque herejes y revolucionarios son lo mismo, los primeros precedieron a los segundos.

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Un libro repleto de juegos tipográficos y enigmas página tras página.

Los caminos se estrechan, el Mapa de los Laberintos de Giordano Bruno, que seguimos a medida que leemos ‘La Horda’, parece querer plegarse y todavía no hemos encontrado Arcadia, el fabuloso manuscrito que todos los invisibles, nosotros incluidos, hemos querido tener en nuestro poder. Tendremos que seguir creyendo en su existencia, en tanto París se nos sacude y, a lo lejos, presentimos las manecillas del Big Ben.

Londres, en algún punto del pasado cercano…

Una fachada herrumbrosa nos separa del final de la entrevista. “No podrán detenernos porque no existimos”, leemos a dúo como si conjurásemos la misma frase que fue lema de la Angry Brigade, la guerrilla urbana que sembró de atentados Reino Unido a principios de los años setenta. Esa misma invocación, esa llamada, sobrevuela ‘La Horda’.

– ¿Hay alguien ahí? – Un hombre con el cuello cortado, un antiguo miembro de los Angry Brigade, entra con nosotros en la casa okupada cuyas primeras plantas están totalmente calcinadas a causa de un reciente incendio. Afuera, en el patio, hay una hoguera y algunas personas alrededor.

– Son como nosotros, gente fuerte, gente que cree en lo mismo que nosotros – nos dice, o tal vez se lo dice sólo a Servando, o se lo dijo, mejor dicho, aquel día, años atrás, en que viajó a Londres para reunirse con supuestos miembros de esta antigua brigada furiosa y escribir ‘Nos estamos acercando. ‘La historia de Angry Brigade’ (La Felguera, 2004).

Fue ese mismo día, sí, y no otro cuando acabaron recorriendo las calles de Londres a 150 kilómetros por hora mientras el tipo del cuello cortado gritaba “¡Que le den a los pacifistas!” y le hablaba a Servando de guerrillas informativas y ‘bobbies’ asustados. Y ahora que el inglés nos hace, o le hizo, subir hasta las últimas plantas, rodeados de murales de hombres armados, el editor de La Felguera me señala una pintada:

‘Esta no es la salida’.

– Pero, ¿ y si…? –murmura.

– ¿Y si qué?

– ¿Y si hubiera una puerta detrás de ese muro?

Y si detrás de esa puerta estuviera William Burroughs mirándonos, su Ojo de Horus desde los estantes de las librerías, en la portada de un libro. Un libro que se titula ‘La Horda’ y que estás llamado a leer.

Pd. Si quieres unirte a La Horda no te esfuerces en buscarlos. Cuando llegue el momento, si estás preparado, ellos te encontrarán a ti.

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Bares literarios, cañas y letras

Christian Rubio

La literatura mueve montañas. Cuando parece que está todo dicho, todo escuchado, todo inventado, un nuevo ejército de letras se agolpan para dar vida a una nueva historia. Las posibilidades son infinitas frente a la página en blanco, cada anécdota aspira a ser epopeya, cada personaje está listo para convertirse en leyenda. La mente del escritor funciona como una fábrica de ideas abierta las 24 horas del día, siempre atenta, permeable, creativa.

Pero hay artistas que van un paso más allá. Los hay que escriben historias y construyen su propio altavoz para contarlas tal y como habían imaginado en sus cabezas. Con esa pasión tan individual, tan profunda, desnudan su intimidad sobre un escenario, delante de un público expectante. Luz tenue, un micrófono, quizá algo de música suave. La performance está servida en los cafés literarios, esos mágicos lugares donde las letras y la voz unen sus fuerzas.

Madrid fue, es y será siempre una auténtica fuente de inspiración para estos artistas. En sus laberínticas calles florecen estos cafés, unas veces disfrazados de bares corrientes, otras escondidos a la vuelta de esa esquina inesperada. Secretos de la capital, que dirían los madrileños pura sangre. El mítico Bukowski Club, que cerró sus puertas en 2013, era probablemente el punto de encuentro más querido por los amantes de la literatura. Pero su desaparición no frenó las ganas de los poetas de subirse a los escenarios y recitar sus propios textos. Muchos otros bares de Madrid han seguido la estela del Bukowski y cada cierto tiempo se preparan con sus mejores galas para acoger las llamadas jam session de poesía, recitales y concursos donde dar rienda suelta a ese deseo irrefrenable del escritor. Estos son sólo algunos de ellos.

Intruso Bar

Una vez al mes, el Intruso Bar acoge el célebre 'Poetry Slam Madrid'. (Foto: Intruso Bar)
Una vez al mes, el Intruso Bar acoge el célebre ‘Poetry Slam Madrid’. (Foto: Intruso Bar)

En este local, situado en la calle Augusto Figueroa nº3 -frente al mercado de Fuencarral-, no falta de nada. Tiene actuaciones en directo todas las semanas, conciertos y eventos de todo tipo. Hay sesiones de música jazz y fusión, y por sus tablas han pasado artistas y grupos de talla internacional como The Sweet Vandals, Bob Sands Big Band, California Honeydrops, Bob Stroger, Tail Dragger o Graham Fenton.

Además, en Intruso Bar se celebra una vez al mes el ‘Poetry Slam Madrid‘, un evento archiconocido en el mundillo en el que 12 poetas participantes tienen 3 minutos para convencer al público de su valía. Los espectadores son los que eligen al ganador de la noche con sus votos y sus aplausos. La diversión y la emoción están garantizadas. Como reza su lema: “¿Te apuntas?”.

El dinosaurio todavía estaba allí

Una gran compañía y una comida muy literaria son los platos fuertes del gastrobar por excelencia de Madrid. (Foto: El dinosaurio todavía estaba allí)
Una gran compañía y una comida muy literaria son los platos fuertes del gastrobar por excelencia de Madrid. (Foto: El dinosaurio todavía estaba allí)

Librería. Café. Gastrobar. ¿Qué más se necesita? En este encantador espacio, la literatura y el arte culinario se dan la mano en un ambiente único y muy familiar. Acoge con frecuencia exposiciones fotográficas, presentaciones de libros, mesas redondas, recitales de poesía y microrrelatos… aunque, como dicen en su página web, también están abiertos a otras sugerencias de sus clientes y cualquier proposición será bien recibida. Destaca la llamada ‘Jurassic Jam‘, sesión de micro abierto los domingos.

Mientras se disfruta de una buena sesión literaria, se pueden degustar platos elaborados a diario en la cocina del local. Todos ellos llevan el nombre de un libro en homenaje a los autores que más han conmovido a los dueños. La especialidad de la casa es un espectacular cocido madrileño, que te espera cada sábado a mediodía en la calle Ave María nº8.

Búho Real

Desde 2014, este local histórico de la capital acoge jam de poesía además de actuaciones musicales. (Foto: Búho Real)
Desde 2014, este local histórico de la capital acoge ‘jam’ de poesía además de actuaciones musicales. (Foto: Búho Real)

Con más de 30 años de historia, el Búho Real es uno de los mayores lugares de referencia para los artistas emergentes. Es sala de conciertos porque en él se han dado incontables actuaciones musicales, pero también es café literario por sus numerosas jam de micro abierto con monólogos, microteatro, poesía, presentaciones y talleres.

Ubicado en la calle Regueros nº5, se define como un espacio abierto y multidisciplinar donde artista y público interactúan y comparten una experiencia única. Además tiene una decoración fantástica. No en vano está considerado patrimonio cultural por la Comunidad de Madrid.

Aleatorio Bar

El Aleatorio Bar está regentado por cinco amigos y "poetas de las redes". (Foto: cosasquenadietedice.wordpress.com)
El Aleatorio Bar está regentado por cinco amigos considerados “poetas de las redes”. (Foto: cosasquenadietedice.wordpress.com)

Otro local que destaca por su ambientación, que destila arte y personalidad. Una rayuela dibujada en el suelo (al principio el bar se iba a llamar Cortázar), un buzón amarillo chillón en el que puede leerse “sugerencias o poesías”, las paredes abarrotadas de fotografías, un sofá vintage, una luz suave… y por supuesto, un taburete, un atril y un micro preparados para el poeta protagonista.

Microteatro, espectáculos de magia, coloquios y entrevistas se dan también cita en su pequeño escenario. Tiene apenas tres años de vida, pero el Aleatorio es hoy uno de los bares madrileños mejor preparados para ser considerado el heredero natural del Bukowski. Podrás comprobarlo en la calle Ruiz nº7.

Vergüenza ajena

Bar y librería que apuesta sobre todo por autores independientes. Su virtud para mezclar literatura y el carácter propio de una tasca de barrio es digna de admirar. No faltan las exposiciones artísticas, las jam de poesía, los debates, las cervezas artesanas, las tapas, los pinchos y las copas de vino, como bien demuestra su galería de fotos en las redes sociales.

Su aforo es de 30 personas, por lo que tiene ese aura perfecta para disfrutarlo en un círculo de intimidad. Su sesión de micro abierto se celebra los jueves a las 21:00 horas. Si quieres formar parte de su encanto sólo tienes que pasarte por la calle Galileo nº56.

Mención especial – Diablos Azules

El Diablos Azules se definía como un "Café-bar Poetíiiilico y tertulioso" antes de cerrar sus puertas. (Foto: Diablos Azules)
El Diablos Azules se definía como un “Café-bar Poetíiiilico y tertulioso” antes de cerrar sus puertas. (Foto: Diablos Azules)

El bar literario Diablos Azules echó el cierre definitivo en febrero de este año. Una triste pérdida para la noche cultural madrileña, que vio como se ponía fin a 10 años de relatos, poemas y recitales inolvidables. Los martes y los sábados se celebraban cálidas jam session bajo el título ‘La voz del poeta‘, que escribieron con letras de oro el nombre de algunos de los escritores más populares de la actualidad literaria. El éxito de estas sesiones fue tal que pronto fueron retransmitidas a través de su web en streaming.

Los jueves estaban dedicados a los microrrelatos. ‘El tamaño sí que importa‘ era el nombre oficial del evento, muy popular entre los fieles del local. Artistas de renombre como Benjamín Prado y Luis García Montero se han dejado ver más de una vez en su tarima y entre sus mesas.

Desde que cerró, el bar ha estado publicando en colaboración con Infolibre el suplemento Los Diablos azules, en el que repasa el panorama actual de la literatura nacional e internacional y recoge las tertulias, entrevistas y sesiones que se echan en falta del local.

“Malos tiempos para la lírica”, cantaba el grupo de rock gallego Golpes Bajos. Pero la poesía y la narrativa nunca duermen en Madrid. Son inmortales, incombustibles. De hecho, no han dejado de crecer en importancia en una ciudad que valora la cultura como el mejor regalo para la vista y para los oídos. Una ciudad donde la noche y las letras se funden en otra de sus principales cartas de presentación: sus bares y sus cafeterías.

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La sólida galaxia de Juan Gerstl

Clara Paolini

¿Puede la geometría encapsular paisajes de la memoria?, ¿cómo hacer de un poema una realidad palpable y duradera?, ¿es posible traducir piezas de la autobiografía a un lenguaje tan estético como universal?

Preguntas en la intersección entre el pensamiento y la técnica sobrevuelan la obra de Juan Gerstl (Caracas, 1985), acompañando tanto al visitante como al artista en un itinerario compartido.

Bajo el título Poesía Geométrica – El Viaje, la Galería Kreisler alberga hasta el 19 de febrero la primera gran exposición en solitario de este artista venezolano afincado en Madrid; una muestra donde materiales conocidos por su resistencia contrastan con lo etéreo de los mundos interiores.

La exposición expresa con orden y solidez minimalista un agitado diario de viaje: Desde los amables azules y tonos terrosos de paradisíacas playas caribeñas al verde de los pinos, el metal de las piedras y el blanco glaciar de los Alpes.

“Utilizo la geometría para representar diferentes lugares y momentos de mi vida”

Pixelando la realidad en paletas cromáticas, las piezas invitan al visitante a recorrer los espacios propuestos por el artista invitando a que cada uno imponga su propia (y libre) decodificación. 

Juan Gerstl junto a su obra_ De la selva al mar
Juan Gerstl junto a su obra “De la selva al mar”. (Foto: Rodolfo Gerstl)

Entre otras curiosas anécdotas sobre su biografía artística y vital, Juan Gerstl relata que viviendo en Venezuela, empezó a aficionarse a los vuelos en parapente, y desde el cielo, mientras observaba las cordilleras montañosas de Caracas, soñaba con el Mont Blanc. De esta encrucijada biográfica nace una de las instalaciones presentes en la muestra, con cada una de las dos cordilleras, la venezolana y la de los Alpes, a cada lado de la “moneda” del destino.

En otra de sus piezas, “De la selva al mar” el espectador se ve inmerso en un recorrido de 9 metros a través de paisajes descompuestos en variedades tonales que, como cápsulas de aire de otras tierras, sumergen al participante en la exploración de sus propios recuerdos, deseos y nostalgias.

(Foto: Rodolfo Gerstl)
(Foto: Rodolfo Gerstl)

Con la llegada a España del artista, aparece el vino tinto y los colores de las encinas de los bosques de Castilla, y en otra esquina del recuerdo, una mesa con el azul patentado por Yves Klein como superficie, que se utiliza como “molde” y materia prima para la creación de la estructura a los pies de la galaxia que se presume tanto personal como universal.

La galaxia es infinita, las ideas son infinitas. Tenemos que utilizar ese gran tesoro que son nuestras ideas, nuestra mente”

La poesía geométrica de Juan Gertsl no describe una sola  experiencia del mundo, sino que es un mundo propio recogido en el ámbar de la perfección técnica, y desde la retina a la mente, propone un nuevo borde para lo real en el espectador atento.

Juan Gerstl junto a su obra “De la selva al mar”. (Foto: Rodolfo Gerstl / Galería Kreisler)
Juan Gerstl junto a su obra “De la selva al mar”. (Foto: Rodolfo Gerstl / Galería Kreisler)

La indagación en el lenguaje de la poesía se torna aquí una exploración sensorial, donde sus límites, contornos y profundidades invitan a dejarse llevar por la corriente de las formas, a la deriva de nosotros mismos, despreocupados de certidumbres y certezas. 

Dos de mis principales prioridades son perdurar en el tiempo y no ser egoísta

De forma tan clara y precisa como su obra, el artista expresa el impulso de su proceso creativo: “Dos de mis principales prioridades son perdurar en el tiempo y no ser egoísta. La primera, perdurar en el tiempo, queda patente en la utilización de materiales duraderos como el aluminio bidón, que se utiliza para revestimiento de fachadas de edificios. Es un material al que no afectan los cambios de temperatura, un material de vanguardia que no se dilata y donde la permanencia de las tintas es más duradera, así como la utilización de otros materiales como el metracrilato o el plexiglás. Son materiales tan resistentes que se acercan más a la fabricación de embarcaciones o maquinaria que las artes gráficas. La segunda, no ser egoísta, significa que la obra tiene que hablarte a ti, que yo no tenga que explicar demasiado para que puedas disfrutarla”, ofrece Gerstl a modo de invitación.

(Foto: Rodolfo Gerstl / Galería Kreisler)
(Foto: Rodolfo Gerstl / Galería Kreisler)

Con una renovada visión del arte cinético, pero fiel a la originalidad y vanguardia de su propia esencia,  Juan Gerstl ofrece una solución purificada para la belleza. La verdad, el orden, la sencillez y la armonía, también están presentes en la sala como acompañantes de las narrativas ocultas, invitando al viajero a proponer diálogos entre la galaxia de Juan y la de cada uno como espectador. 

Como final del viaje, en la última obra presente en la muestra, lo terrenal pierde presencia en favor del universo dorado plagado de estrellas que encabeza estas líneas. Poesía palpable, que volcada como tesoro al exterior, pareciera conseguir vencer el sentimiento que una vez expresó Camus: “Ante aquella noche cargada de signos y de estrellas me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo”.

Magnetismo, técnica, estética y profundidad contra la indiferencia de un mundo que merece la pena observar. Sin duda, el viaje continúa.


Continúa leyendo: Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca

Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca

Anna Maria Iglesia

Foto: Iván Repila
Salto de Página

“Sobre el pasado sólo conocemos la sombra de la sombra de una mentira porque lo único que el pasado ha dejado al presente son sus ruinas y sus documentos”. Estas palabras de Santi Pérez Isasi son las elegidas por Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) para presentarnos a Sofía, protagonista de su última novela, La línea del frente (Salto de página). Las ruinas y los documentos de Sofía son una relación truncada y una tesis doctoral a medio a hacer: el protagonista de la relación es Jokinn, primer amor de Sofía encarcelado por haber dejado ciego a un ertzaintza, y el protagonista de la tesis doctoral es Mikel Areilza, escritor que militó en ETA y consiguió escapar de la prisión donde cumplía condena e huir a Argentina. La culpa es el eje que reúne Mikel, Jokinn y Sofía, testigos y personajes de una historia que nunca eligieron protagonizar, pero ¿de qué historia se trata? Aixa de la Cruz pone en cuestión la idea del pasado como relato único. El pasado es, para De la Cruz, un rompecabezas construido por piezas contradictorias y divergentes donde no caben los maniqueísmos y donde los matices obligan a ir más allá de la división entre bandos.

Si bien no quieres definir tu novela únicamente a partir del tema del terrorismo, sí podríamos decir que La línea del frente entronca dentro de esta tradición, a la que hacía mención recientemente Iban Zaldúa, de literatura vasca “sobre el “conflicto vasco”, el “terrorismo vasco” o como queramos llamarlo”, del que “se ha escrito mucho y muy bueno (también muy malo), sobre todo en euskera”.

Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca 2
Portada de “La línea del frente” editado por Salto de Página

Suscribo por completo lo que afirma Zaldúa, existe una gran tradición literaria que ha abordado el conflicto vasco, solo que como se trata de obras escritas en euskera han tenido una menor repercusión. Es una tradición con la que me siento acorde porque no he encontrado en ella ningún panfleto político; en esta tradición literaria no he encontrado relatos pretendidamente sesgados y maniqueos. Al contrario, lo que he encontrado ha sido relatos complejos, que no intentan fijar un relato único. A fin de cuentas, lo que trata de hacer la literatura es crear empatía y cuantos más relatos distintos, divergentes, centrados tanto en las víctimas como en los victimarios, construyamos más seremos capaces de entender al otro.

El eje temático de tu novela es la construcción de relatos de ficción para sobrellevar la culpa.

La novela trata de cómo construimos ficciones para todo, para construir nuestra identidad, para definir el amor romántico, para narrar nuestra historia… El desarrollo de la protagonista consiste en ir planteándose distintos relatos sobre su pasado que se van modificando a medida que transcurre la novela.  Y, efectivamente, el punto de partida es la culpa: la protagonista es alguien que siente culpa por no haber hecho nada en el pasado, por haber permanecido inmóvil, y a través de la culpa revisa su pasado, pero esta adquisición de conciencia comienza cuando está lejos de Euskadi. Junto a la protagonista, está también Mikel Areilza, que es el escritor ex perteneciente a ETA y que es objeto de la tesis doctoral de Sofía. Mikel siente culpa por lo que hizo [fue detenido por pertenecer a ETA y consiguió escapar de prisión y exiliarse en Argentina] en el pasado.

Hay sentimiento de culpa, pero no hay víctimas.

La única víctima que existe en la novela es el joven al que mata accidentalmente la policía durante los disturbios en los que es detenido Jokinn, otro de los personajes. Mis personajes son todos personajes secundarios de una historia en la que no querían participar y, en cambio, de la que forzosamente participaron. De ahí que Sofía se construya esos relatos de ficción en torno a su pasado y, al mismo tiempo, sienta culpa por haber sido una joven que no quiso percatarse hasta el final de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

¿Podemos decir que La línea de frente defiende la necesidad de superar el sentimiento de culpa?

La culpa inmoviliza y hay que superarla, porque lo que viene después de la culpa es el compromiso. Y no me refiero solo a nivel individual: forman parte del periodo de culpa todos los actos simbólicos de reparación y de pedir perdón, pero creo que el conflicto verdaderamente se acabará cuando todos estos actos hayan sido satisfechos y podamos empezar a mirar hacia adelante con un compromiso renovado y ya no hacia atrás.

¿Este mirar hacia adelante implica también cuestionar el relato oficial sobre el conflicto vasco y su fin?

Por supuesto. A mí lo que me preocupa es que consideremos positivo la idea de instaurar un relato único sobre un pasado histórico. Evidentemente, junto a los relatos que emanan de la cultura popular, están los relatos que emanan del poder. Sin embargo, no soy marxista: no creo que haya una relación inequívoca entre el poder y las manifestaciones culturales, más bien creo estamos rodeados de discursos alternativos y lo que hacemos nosotros es seleccionar ficciones. De ahí que crea que la única manera de comprender los fenómenos históricos es teniendo en cuenta distintas piezas incongruentes, sesgadas, contradictorias, pero que, en verdad, conforman un puzle mucho más completo del que puede insinuar un relato único. Los relatos únicos dejan siempre muchos flecos fuera y lo que hay que reivindicar son los flecos.

El personaje de Jokin está en la cárcel por dejar ciego a un ertzaintza. Jokin es acusado de pertenecer a banda armada y condenado por ello, cuando en verdad es un joven que estaba en el lugar equivocado el día equivocado.

Lo que comentas es interesante, puesto que la historia de Jokin es un guiño a un suceso que ocurrió hace unos años en Euskadi: era la previa a un partido de fútbol y estaba mucha gente celebrándolo, cuando se produjo una pelea de bar en un callejón cerrado donde había una Herriko Taberna. Desde el momento en que el mando policial que recibió la primera denuncia de lo que estaba sucediendo hasta que esta denuncia llegó al mando superior, se fue contaminando el relato de los hechos: al inicio, se dijo que había una pelea de bar en tal calle; luego, empezó a decirse que era una pelea de bar frente a una Herriko y, finalmente, se concluyó que frente a una Herriko había un conflicto vinculado forzosamente a temas independentistas. Cuando llegaron los antidisturbios al lugar de los hechos, cargaron con mucha fuerza, como si se tratara de una amenaza terrorista. Fue tanta la fuerza que con una pelota de goma mataron a Iñigo Cabacas, un joven que estaba allí.

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Aixa de la Cruz | Imagen vía Iván Repila

Es decir, se vinculó automáticamente la pelea del bar al mundo abertzale.

Efectivamente, la historia de Jokin es en parte esta y me sirve para hablar de los automatismos que seguimos acarreando en Euskadi todavía hoy, en tiempos de paz. Es decir, el hecho de que la policía cargase con innecesaria fuerza en esa disputa de bar tiene que ver con que la policía estaba demasiado acostumbrada a entrar a muerte siempre porque el conflicto estaba en la calle. Y la historia de Jokin, del chico que está en el lugar equivocado en el momento equivocado, es una historia que se ha repetido muchas veces, no sólo con ETA, sino también después de ETA. En el fondo, lo que cuenta la historia de Jokin son los prejuicios vinculados a ciertos entornos en Euskadi, aunque estos prejuicios no tengan un correlato en los hechos.

Estas inercias invaden también el ámbito judicial. Jokin no sólo es condenado, sino que su condena es más elevada porque se le considera falsamente como perteneciente banda armada.

Lo que le sucede a Jokin es, en parte, lo que ha sucedido en Alsasua, aunque es cierto que, en este último caso, no se trataba de una simple pelea de bar, puesto que había un componente ideológico. Sin embargo, también es cierto que las penas que se están pidiendo por enaltecimiento del terrorismo parecen, en principio, exageradas. Y lo que es peor, todavía hoy situaciones como la de Jokin se siguen dando en Euskadi y apuntan a que el fin de ETA no es un salto de página, sino que seguimos acarreando muchos conflictos por resolver, conflictos que, a veces, provocan injusticias como estas que comentamos.

¿El caso de Íñigo Cabacas es ejemplo de ello?

Claro. Ahora el caso judicial está avanzando poco a poco, pero durante mucho tiempo los mandos policiales que dieron la orden de entrar con un protocolo absolutamente desproporcionado no asumieron sus responsabilidades y varios de los cargos fueron ascendidos. Esto generó mucho odio social, porque una cosa es que se cometan errores y otra es que nadie pague por sus responsabilidades.

Algo que caracteriza tu novela es que, en ningún momento, describes la sociedad vasca como dos bandos. En palabras de Jabo H. Pizarroso, ¿la sociedad vasca no es o no fue dos raíles en paralelo?

No, no lo fue, no se trataba de dos bandos que no se conectaban.  Sin embargo, también es cierto que cuando pienso en mi experiencia de haber vivido en Euskadi cuando estaba ETA, me viene a la mente una sociedad que vivió muy separada, una sociedad en la que cada uno vivía alrededor de un entorno muy parcial. Yo tenía amigos que eran hijos de presos, pero nunca tuve un amigo que fuera víctima de ETA. Había muy pocos puentes entre un bando y el otro, aunque en verdad todos formábamos parte del mismo conflicto. Había un sufrimiento en las calles que nos afectaba a todos y, sin embargo, en lugar de ser capaces de hacer el zoom y ver que el conflicto afectaba a todo el pueblo, nos sectorizamos bastante.

¿Esta sectorización responde, en parte, a la necesidad de movilizarse políticamente?

Sí, yo lo experimenté así y, por esto, me pareció interesante la figura de Sofía, porque te obliga a preguntarte cómo es posible que alguien pudiera vivir sin posicionarse nunca en una época [finales de los noventa, primeros años 2000], cuando teníamos trece o catorce años, en la que solo se hablaba de política, que lo permeaba todo. La novela me obliga a preguntarme qué debía sentir una persona como Sofía cuando todos, para bien y para mal, se posicionaban, porque en Euskadi era imposible no sentirte obligado en algún momento a tomar partido. Incluso la gente que intentaba alejarse de cualquier toma de partido, terminaba siendo pisoteada por lo que estaba ocurriendo.

Antes hablabas de los automatismos de la Ertzaintza, pero, ¿podemos hablar también de otro tipo de automatismos? Es decir, en el libro, narras como los adolescentes gritan “Gora ETA” al final de un concierto. ¿Era un automatismo? ¿Se era consciente de lo que se estaba gritando?  

Yo creo que había muy poca conciencia del significado, no sólo de un lema tan explícito como éste, sino de muchos de los símbolos que nos rodeaban. Evidentemente, te estoy hablando de hace más de una década, cuando tenía catorce años y estos símbolos seguían en pie. Ahora es diferente, pero sí es cierto que, mirando hacia atrás, tengo la percepción de que por entonces en mi entorno se cuestionaba muy poco lo que veíamos a diario y se adquirían ciertos automatismos sin pararse a pensar en ellos.

Pero, ¿había un discurso que los legitimaba?

De adolescente viví ese discurso según el cual las acciones de ETA son reprochables, pero en el fondo podrían entenderse como la reacción lógica de un pueblo que está siendo pisoteado. Era un momento en el que se cerraban partidos políticos y no sólo se había cerrado el periódico Egin en 1998, sino que se tenía a sus periodistas en prisión preventiva, aunque simplemente escribieran columnas de economía. Todas estas medidas judiciales promovieron la victimización de un sector, que interpretaba que la lucha estaba legitimada dentro de la lógica acción-reacción.

¿El asesinato de Miguel Ángel Blanco implicó, tal y como se dice, una adquisición de conciencia pública por parte de la sociedad vasca?

Yo pertenezco a una generación muy curiosa porque yo era muy pequeña cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Yo empecé a tomar conciencia política del país en que vivía en la época de Aznar. Si el terrorismo lo que plantea siempre es una dinámica de acción-reacción, a mí me tocó vivir reacciones desproporcionadas por parte del Estado Español, sólo que desconocía cuáles habían sido las acciones desencadenantes. Esto hace que mi generación percibiera el conflicto de una manera muy sesgada. Volviendo a tu pregunta, creo que no se pueden poner inicios y finales concretos a un relato, pero sí puedo decirte que recuerdo perfectamente que cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco estaba en Laredo. Había mucho revuelo en la zona en la que vivía, yo no entendía muy bien que sucedía, pero sí entendía que había pasado algo grave. Y recuerdo que, al subir por las escaleras hacia nuestra casa, mi madre, refiriéndose a los vecinos, me dijo “no les mires” y agachó la cabeza. Y, en este sentido, sí que creo que a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco la sociedad vasca empezó a sentir vergüenza.

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Netflix amenaza con destronar a HBO en los Emmy de 2018

Redacción TO

Foto: MARIO ANZUONI
Reuters

Todavía con la resaca de los Emmy de este año a las espaldas, el papel de Netflix en los premios de la televisión estadounidense hacen pensar ya en la edición del año que viene. En lo que llevamos de siglo, HBO ha sido la cadena que más nominaciones ha acaparado cada ceremonia, un estatus que ha mantenido de manera ininterrumpida. Pero puede que esa corona cambie de cabeza en 2018 ya que Netflix, que empezó a producir contenidos propios en 2013, le pisa los talones a la cadena de Juego de Tronos.

En la pasada ceremonia, HBO mantuvo su primer puesto en el podio de nominaciones gracias a sus 110 candidaturas. Pero la cifra se queda peligrosamente cerca de las 93 de los productores de Grace and Frankie. Las ficciones más nominadas del servicio de streaming fueron la serie de nostalgia ochentera Stranger Things (con 19 candidaturas), la coproducción británica y estadounidenseThe Crown (con 13) y la mezcla de drama y comedia sobre una actor indio que intenta hacerse hueco en Estados Unidos Master of None (con ocho).

Y el ascenso de la presencia de Netflix en los premios más importantes de la televisión estadounidense (y del mundo) ha sido meteórica desde que irrumpió en 2013. Ese año, el servicio de streaming se tuvo que conformar con un modesto 2,5% de las nominaciones.

Pero en solo cuatro años, se ha convertido en la segunda serie con más presencia en los Emmy al acaparar el 14,6% de las candidaturas. Es una una cifra a tener en cuenta, ya que roza (y amenaza) el 17,2% de HBO que, por el momento, es líder indiscutible de los galardones.

Con todo, Home Box Office tiene un importante as en la manga: Juego de Tronos. La serie de poder, guerra y fantasía batió en la edición del año pasado el récord en nominaciones y se llevó el premio a la mejor serie dramática por segunda vez consecutiva.

Sin embargo, por una decisión de la propia cadena, la emisión de la exitosa séptima temporada fue pospuesta. Por este motivo, la ficción no fue elegible en la edición de 2017. Uno de los requisitos para optar a un Emmy es que el último capítulo de la temporada de cualquier programa se emita antes del 31 de mayo y la séptima entrega de Game of Thrones se emitió entre el 16 de julio y el 27 de agosto.

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El probable éxito de ‘Juego de Tronos’ en los Emmy de 2018 es el balón de oxígeno que necesita HBO para mantenerse a la cabeza.

El año que viene, sin embargo, Juego de Tronos sí podrá optar a un nuevo chorro de galardones y esto puede terminar siendo el balón de oxígeno que necesita HBO para mantenerse a la cabeza en las nominaciones de los premios.

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