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La inmortalidad incómoda de Roberto Bolaño

Romhy Cubas

…pugnada entre Anagrama y Alfaguara

“Yo no me siento el mejor narrador chileno, ni siquiera me preocupa eso. A mí lo único que me interesa en el momento de escribir es hacerlo con una mínima decencia, que no me avergüence al cabo de un tiempo de lo que he escrito, no lanzar palabras al vacío.”

– Roberto Bolaño

Roberto Bolaño Ávalos fue la voz de una juventud latinoamericana sembrada en los huesos de militancias y unas ansias de cambios que se sucedieron en ideologías contrarias; chileno de nacimiento pero con esencia de peregrino, como expresaba el 2 de agosto de 1999 en la ceremonia de entrega del Premio Rómulo Gallegos en Caracas -“A mí lo mismo me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano, o que digan que soy mexicano, aunque algunos colegas mexicanos prefieren considerarme español (…) e incluso lo mismo me da que me consideren español, aunque algunos colegas españoles pongan el grito en el cielo y a partir de ahora digan que soy venezolano…”- se aferró al peligroso oficio de la ficción con maneras bohemias muy cercanas a la soledad y tribulación del París de Cortázar.

Heredero del boom latinoamericano de Borges y Vargas Llosa en todo su esplendor, confió en el triunfo eventual de sus creaciones y se apoyó en su memoria para plasmar una juventud errante y apasionada. Hoy su legado compite pobremente con la intriga de sus personajes Arturo Belano y Mario Santiago en “Los Detectives Salvajes” (1998) gracias a que el pasado marzo se dio a conocer que los textos del autor predilecto de Anagrama –editorial que publicó más de la mitad de sus libros en vida- abandonan la casa de publicaciones, de la mano de su viuda y albacea Carolina López, para transferir los derechos a Alfaguara por una cantidad que se rumorea superior a los 500.000 euros.

Alfaguara editaría a partir de septiembre la obra de Roberto Bolaño (1953-2003), un total de 21 títulos, así como dos textos inéditos: El espíritu de la ciencia ficción, y un libro de cuentos. El acuerdo alcanzado por la agencia Wylie y el sello del Penguin Random House Grupo Editorial ha avivado una novela editorial entre los conocidos y familiares de Bolaño, que muy difícilmente podrá alzarse con la altura de su legado. La polémica llega con contrapunteos y “dedicatorias” mediáticas que recuerdan que los inéditos póstumos se entretienen más con las sombras del mercadeo que con la esencia de la pluma de autoría.

Bolaño, adicto al café y con escasas horas de sueño, se montaba en el rock de los setenta, en infusiones de manzanilla con miel y en incontables cigarrillos para escribir; dejó una narrativa de corto y largo aliento que mezcló la ficción con la poesía y la ironía lacónica del humor, se aferró a los recuerdos para recrear una juventud articulada en éxodos y despedidas. Su patria fue la lengua, su obra un gran homenaje a una generación en la que le tocó emigrar y pugnar: terco, polémico, contestatario y litigante hasta de las razones sin razón, erudito burlón y lector implacable, murió de una dolencia hepática degenerativa a los 50 años un 15 de julio del 2003 a las 2:3 0am en Barcelona-España, a quien bautizó como “la ciudad más hermosa del mundo”.

El contrapunteo de los albaceas

Para la editorial Anagrama, Ignacio Echeverría –íntimo amigo y una especia de albacea por convicción del chileno- y para el editor de la casa Jorge Herralde, la decisión de mudarse de la empresa aparece con dramas inconclusos y romances controversiales del pasado. La editorial, que ha sostenido que no se le dio la oportunidad de pujar y pelear el legado del escritor como es costumbre en estas dinámicas del mundo literario, culpa a Carolina López, la viuda de Bolaño, de haber retirado sus títulos porque “formábamos parte de aquellos amigos íntimos a quienes nos había presentado a Carmen Pérez -con quien tuvo una relación sentimental y extramatrimonial- como su novia” aseguró Echeverría el pasado septiembre en un artículo para El Cultural. Carolina López debate asegurando que la voluntad de Bolaño siempre fue que su esposa e hijos gestionaran su obra y que el conjunto editorial actúa movido por “el despecho y la falsedad de sus acusaciones”.

En una nota publicada por El País el pasado 24 de noviembre titulada “La verdad sobre Roberto Bolaño”, López rompe el silencio que la ha caracterizado en los medios para afirmar que “la reciente publicación de la novela inédita El espíritu de la ciencia-ficción y la cesión de los derechos de la obra de Roberto a Alfaguara y no a Feltrinelli (sucesora de Anagrama) se debe únicamente a razones profesionales. La propuesta que realizó Alfaguara en el marco de las negociaciones en las que intervino mi agente, Andrew Wylie, fue mucho más ventajosa para la obra de Roberto. No solo en lo económico. Alfaguara tiene una mayor presencia en Latinoamérica, donde sus libros cuestan menos, algo fundamental para garantizar el acceso de los lectores a su obra”. En la misma carta explica la ruptura de su relación tanto con Jorge Herralde y Roberto Echeverría a causa de desengaños y transacciones que se llevaron a cabo sin su autorización; a Echeverría le achaca el haber difundido por correo electrónico a terceros el manuscrito inédito de El secreto del mal (2007) sin autorización o contrato alguno.

Roberto Bolaño y su esposa Carolina López
Roberto Bolaño y su esposa Carolina López

A sus declaraciones se suman las del agente estadounidense Andrew Wylie, mejor conocido como El Chacal , quien reafirma que los motivos del cambio de casa editorial no fueron sentimentales sino “puro negocio”. De este lado del ring Anagrama cita una lista de agravios expuestos por reediciones del escritor que la viuda no autorizó. Del otro lado, el de los amigos y editores de Bolaño, Echeverría sostiene que la lista de proyectos en torno a Bolaño interferidos por los vetos de Carolina López es numerosa, y que esta venía cortando sus relaciones con “gran parte de quienes constituyeron el entorno más cercano a Bolaño durante los últimos años de su vida” (23 de septiembre artículo publicado en El Cultural).

El secreto del mal edición de Ignacio Echeverría en Anagrama.
El secreto del mal edición de Ignacio Echeverría en Anagrama.

Como prueba recurre a la reedición en Ediciones Universidad Diego Portales de Bolaño por sí mismo, una selección de entrevistas con Roberto Bolaño armada por Andrés Braithwaite, amigo del escritor y prologado por Juan Villoro, o el puñado de cuentos y de narrativas inéditas tituladas: El secreto del mal, que se pospuso por varios años por “la determinación de Carolina López de apartarme en lo sucesivo, siquiera fuera como consultor, de toda decisión sobre el legado de Bolaño”.

Bolaño tuvo dos hijos con López nacidos en 1990 y el 2001, con quien mantuvo una vida familiar en Blanes-Cataluña. Con Pérez de Vega tuvo una relación amorosa a los largo de unos seis años que abarcó viajes, actos públicos y reuniones con amigos. Fue Pérez la que lo trasladó al hospital Vall d’Hebron donde murió y quien llamó a su esposa Carolina para que acudiera al lugar.

Entre libros reembolsados y “bolañeros” desconfiados

A todo esto se suma la noticia de que las librerías que hayan comprado “en firme” los títulos de Bolaño pueden venderlos hasta acabar en existencias los títulos que el escritor  publicó en la editorial Anagrama; sin embargo; los establecimientos españoles que tengan los textos en depósito los deberán entregar a la distribuidora Les Punxes antes del día 31 de diciembre.

La novela inédita de Bolaño El espíritu de la ciencia ficción, que ya se puede encontrar en las librerías, está ambientada en un México análogo al de Los detectives salvajes dentro un núcleo de afectos bohemios y literarios que recorre la historia de dos jóvenes poetas latinoamericanos, Jan y Remo, que buscan vivir de la literatura en el México de los años setenta. Ellos confían en el mito de ganarse la vida con la literatura. En el libro se mezcla la narrativa realista con la onírica –los sueños de uno de los protagonistas-

La historia inicia con la transcripción de una hipotética y descabellada entrevista realizada por una reportera a un escritor premiado durante la misma noche de entrega del galardón.

Para Alfaguara, el libro cobra especial rele­vancia porque “puede leerse como una suerte de previa historia de adolescencia de aquellos salvajes sabuesos literarios. Los años de formación poética, de ini­ciación al sexo y de incipientes pesquisas detec­tivescas de Bolaño”.

Bolaño en librerías via El Rincón del bibliotecario.
Bolaño en librerías via El Rincón del bibliotecario.

Pero las críticas sobre el pulso narrativo del texto inédito y las diferencia entre clásicos como Los detectives salvajes y 2666 han puesto a los “bolañeros” a reflexionar sobre la esencia de la obra, que para muchos reside más en las fotografías de los manuscritos de Bolaño, donde se puede intimar con su manera de trabajar y organizarse. Sus seguidores se disputan inevitablemente si este “inédito póstumo” sería autorizado por el chileno de seguir con vida, si lo consideraría como un trabajo concluyente y digno de publicarse o simplemente formaría parte de borradores que nunca pretendieron ver los estantes de las librerías; los más apasionados se preguntan si la comprensión global de la obra de Bolaño se verá o no afectada por esta nueva publicación.

Bolaño terminó El espíritu de la ciencia-ficción en Blanes en 1984. Según declaraciones de Pilar Reyes, su editora, “El manuscrito está fechado y firmado, y son tres las libretas que lo contienen, en tres etapas de la escritura: notas, primer borrador y transcripción en limpio. Existe una cuarta libreta con la entrevista que integra la parte inicial del libro, con indicaciones exactas del autor de dónde debe ensamblarse”.

El mito de la obra póstuma

Desde la muerte del escritor se han publicado siete títulos, editados todos por Anagrama: El gaucho insufrible2666Entre paréntesisEl secreto del malLa Universidad DesconocidaEl Tercer Reich y Los sinsabores del verdadero policía. A ellos se adhiere ahora  El espíritu de la ciencia-ficción, una novela iniciática que indica importantes antecedentes de una de sus obras más emblemáticas: Los detectives salvajes.

Bolaño no se encuentra presente para zanjar esta querella editorial de acusaciones y voluntades sospechosas. Es el albacea o el heredero quien decide, a falta de otra opción, este tipo de arbitrajes; aunque los textos póstumos y de ultratumba de estos mitos literarios raramente superan la obra publicada en vida.

Roberto Bolaño exhibiendo el Premio Herralde por Los detectives salvajes junto a JH y Sergio Pitol, ganador de la segunda edición del premio con El desfile del amor (1998) | Foto: Anagrama.
Roberto Bolaño exhibiendo el Premio Herralde por Los detectives salvajes junto a JH y Sergio Pitol, ganador de la segunda edición del premio con El desfile del amor (1998) | Foto: Anagrama.

Roberto Bolaño tuvo en eco mediático y un aplauso de la crítica mundial imbatible, se convirtió en un autor de culto que llegó al mercado Norte Americano y que antes de morir ya sonaba en deliberaciones de la Academia de Suecia. Para los íntimos y dolidos, cercanos de Bolaño, se está llevando a cabo una operación “borrado” de un segmento de su memoria retocada y censurada bajo el interés de su viuda y sus dos hijos; para su familia la decisión se sujeta a “negocios” y no a materias personales, pero como escribió el mismo autor por allá por los noventa: «Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear». Roberto Bolaño Los Detectives Salvajes 1998

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Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 2
Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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Pulp Fiction: La literatura de tapa blanda que inspiró a Quentin Tarantino

Beatriz García

Foto: IMDB

De Chandler a Hammett, pasando por Leigh Brackett y Fredric Brown, conocemos de la mano de grandes lectores de pulp fiction algunos de los autores imprescindibles del género negro cuyas obras fueron escritas para pagar las facturas y acabaron rompiendo moldes.

La mayoría de la gente pasa por la vida gastando la mitad de sus energías en proteger una dignidad que nunca ha tenido. No lo digo yo, lo escribe Raymond Chandler en ‘El largo adiós’, y aunque se me hayan caído las comillas nos viene como anillo al dedo para hablar de literatura pulp policiaca y de la soberbia con que tantas veces se trata al entretenimiento, cuando grandísimos escritores se curtieron escribiendo novelas de ‘duro’: los pioneros del ‘hard boiled’ como el propio Chandler, Jim Thompson o Dashiell Hammett, sin ir más lejos. E incluso el maestro Kurt Vonnegut emergió del pulp y, aunque lo suyo era la ciencia ficción, fue considerado por Gore Vidal como el peor escritor de Estados Unidos.

A pesar de que las etiquetas solo les sirvan a críticos y libreros, imponen ciertos límites y extienden prejuicios, creando una línea divisoria entre magistrales peñazos y las historias protagonizadas por detectives alcohólicos, femme fatales que fuman como carreteras, vorágines sexuales y drogas. Porque de eso iba un tanto el pulp policiaco, las historias que sirvieron de desarrollo al género y que nacieron en los años 20 y 30 del pasado siglo alrededor de Black Mask, la revista que inspiró en 1994 a Quentin Tarantino para crear ‘Pulp Fiction’. De hecho, cuando Raymond Chandler empezó a escribir lo hizo allí; tenía cuarenta y pocos años, acababa de perder un puesto como ejecutivo en una compañía petrolera y publicó una historia de chantajes, gánsteres y cartas de amor a la que siguieron muchísimas otras. Y Erle Stanley Gardner, el padre de Perry Mason, o Carroll John Daly, creador del arquetipo del detective cínico, duro y callejero.

‘Pulp Fiction’ via GIPHY

Para Antonio Padilla, traductor de numerosas novelas policiacas, escritores como Jim Thompson, autor de las imprescindibles ‘El asesino dentro de mí’ o ‘1.280 almas’, fueron injustamente catalogados de “novelistas para camioneros” antes de que, en el caso de Thompson, empezase a colaborar como guionista en películas de Kubrick (‘Atraco perfecto’, ‘Senderos de gloria’), y así lo explicaba a su paso por BCNegra’18. También Francisco González Ledesma, uno de los grandes del género negro en el estado español, escribió gran parte de su obra como autor de quiosco: Al menos unos mil bolsilibros, la mayoría westerns bajo el seudónimo de Silver Kane, que publicaba después de haber ser censurado durante la Dictadura por “pornógrafo” y “rojo”. Lo cual no quiere decir, como bien recordó el escritor argentino Kike Ferrari en la tertulia sobre ‘Pulp Fiction’ organizada al cierre de BCNegra, que ‘pulp’ sea sinónimo de calidad: “Estamos hablando de revistas en las que escribían miles de personas y solo nos quedamos con una decena que rompieron moldes”, resumía.

Porque no todo es pulp lo que reluce y existe vida más allá de Chandler y Hammett, hemos pedido a cuatro grandes lectores del género que nos recomienden lo que suele llamarse ‘mierda de la buena’:

1. Fredric Brown y las novelas de detectives ‘iniciáticas’

“Siento especial devoción por las novelas de Fredric Brown protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que empiezan como detectives aficionados hasta acabar trabajando en su propia agencia.

Pese a ser más conocido por obras como ‘La noche a través del espejo’ o ‘El asesinato como diversión’, Brown imprimió a las novelas de los Hunter una magia que las hace únicas. Se pueden interpretar como “iniciáticas”, ya que en ‘La Trampa fabulosa’ (1947) Ed debe enfrentarse de golpe a la vida adulta cuando su padre es asesinado; la investigación junto a Am, su tío y hermano de la víctima, se convertirá en un auténtico rito de pasaje. La novela se publicó en la revista Mystery Book Magazine, en el ocaso de los pulps, cuando la literatura de género hacía su transición hacia formatos como los paperbacks o los digest y le valió al autor el premio Edgar a la mejor novela de debut.

A esta la siguió ‘La viva imagen’, mi favorita, donde ambos personajes trabajan como feriantes en una feria itinerante y deben resolver varios asesinatos. Brown se recrea en una ambiente entre lo fabuloso y lo grotesco y Ed iniciará su educación sentimental.
A partir de la tercera, ‘Plenilunio sangriento’, hasta la séptima y última novela de la serie, ambos trabajan como detectives privados en Chicago. En ellas, Brown juega a introducir lo anómalo y maravilloso en las tramas, cuando abre la posibilidad de que hombres-lobo, “mad doctors” o extraterrestres estén detrás de los crímenes”. –José Luís González Martín.

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Las novelas de Brown están protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que pasan de detectives aficionados a dirigir su propia agencia.

2. Historias y autores que no deberían desaparecer NUNCA

“Tengo muy claro que el autor de pulp noir que recomendaría sin pensarlo sería Samuel Dashiell Hammett, no solo por tratarse de una figura seminal en el género, -dado que sus cuentos sobre el operativo sin nombre de la Agencia Continental de Detectives consolidaron el género más allá de toda duda-, sino porque su obra, además de ser adelantada a su tiempo, no ha perdido un ápice de frescura y aún hoy se lee con deleite.

Hammett propició el auge del género negro desde las páginas de la revista pulp Black Mask, cosechando un éxito tal que el editor “animaba” al resto de los autores a que escribieran como él. Pero dejando aparte sus creaciones posteriores, como Nick Charles o Sam Spade, el anónimo operativo de la Continental tiene algunas de las mejores piezas cortas que se hayan escrito jamás en ese subgénero que el hard boiled o género negro.

Hammett no hablaba de oídas; había trabajado en la Pinkerton y sabía de primera mano que aquellos que están del lado de la ley no tienen por qué ser “los buenos”, y que los que la infringían no tenían, tampoco, por qué ser unos malvados villanos, ni muchísimo menos. ‘Cosecha Roja’, de la que existen numerosas ediciones, es un claro ejemplo de ello (en realidad se trata de los cuatro cuentos publicados en Black Mask que se desarrollaban en la pequeña ciudad de Personville, amalgamados para formar una unidad narrativa), pero siempre he sentido un especial cariño hacia otras piezas menos conocidas del ‘Continental Op’ como ‘El gran golpe’ (Black Mask, febrero de 1927), ‘Dinero Sangriento’ (Black Mask, Mayo de 1927), o ‘Cinco chinas muertas’ (Black Mask, noviembre de 1925). Las dos primeras forman los que muchos estudiosos han considerado la primera novela de Hammett y no solo muestran algunas de las mejores características de la ficción pulp, como la tremenda agilidad narrativa que hace que el lector se beba, literalmente, la historia, sino que también ofrece algunas de las mejores cualidades del mejor Hammett”.

“Uno de los aspectos de la ficción pulp que más enerva a los que adoramos el material que se publicó en esas revistas de papel malo es, precisamente, la cantidad de autores y sagas que están a punto de desaparecer en el olvido, que, literalmente, “no existen”, porque la sesuda crítica no las consideró en su momento lo bastante buenas.

Y aunque se supone que los lectores deberíamos mostrarnos agradecidos por el hecho de que ciertas editoriales hayan elegido por nosotros qué es lo mejor de lo mejor, no podemos dejar de lamentar lo difícil que resulta encontrar obras en nuestro idioma de gente como Paul Cain (no confundir con James M.), Raoul Whitfield, Lester Dent o Carroll John Daly. Este último inició, literalmente, el género negro, en las páginas de Black Mask, anticipándose en unos meses al propio Hammett e instauró lo que acabarían siendo todos los tópicos del género. Es cierto que carece del calado literario de Hammett, con el que compartió páginas en Black Mask, junto con Erle Stanley Gardner (antes de crear al abogado fullero Perry Mason y cambiar de público y de estilo).

De hecho, ellos tres fueron las estrellas de la revista, al menos hasta que se fue Hammett y entró Chandler, y hasta que todos ellos abandonaron Black Mask para mudarse a la Dime Detective Magazine, que les pagaba más. Pero mientras que en EEUU no resulta tan complicado encontrar recopilaciones de cuentos de Daly, Dent o Gardner (nos referimos a sus cuentos sobre Ed Jenkins publicados en Black Mask, muy al estilo de Hammett), resulta casi imposible encontrar algo de estos autores en castellano, como no sea en alguna que otra antología, como ‘Detective privado’ de Bruguera y similares. Y Carroll John Daly es un autor a reivindicar. Su saga de Race Williams resulta tremendamente divertida y ejerció una tremenda influencia en el género”.

'Pulp' policiaco: Los libros que compraste por dos duros pero valen un imperio 2
La legendaria revista Black Mask, pionera del pulp.

Es cierto que, a diferencia de Hammett, Daly narraba de oídas (en una ocasión se compró una pistola automática, para saber lo que se sentía sosteniéndola, y fue detenido por la policía, porque además se perdió regresando a su casa desde la redacción de Black Mask, algo que solía sucederle a menudo, dado que era un auténtico desastre), y también es cierto que no escribía tan bien como Hammett y que incluso algunas de sus historias pueden llegar a resultar paródicas del género, sin pretenderlo. Pero su importancia es capital.

Resulta curioso que el propio Mickey Spillane reconociera públicamente a su Race Williams como una inspiración (un halago que le valió una demanda por plagio por parte del agente literario de Daly, que por cierto fue enérgicamente retirada por el propio autor; a fin de cuentas Daly llevaba décadas siendo ninguneado por la crítica y declaró estar encantado ante los comentarios de Spillane).

Por desgracia, no es fácil encontrar obras de Daly en nuestro idioma, pero es cuestión de tiempo que alguna editorial se fije en ellas. Los lectores lo agradecerán, pues la diversión está asegurada”. – Javier Jiménez Barco (traductor de pulp y editor de la revista ‘Barsoom’).

3. Una vuelta de tuerca al ‘pulp noir’

“Lo más relevante, en el caso de Leigh Brackett, es cómo toma todos los elementos del ‘pulp noir’ de Hammet y Chandler y los reconfigura desde una perspectiva muy fresca, dándoles un giro a todos los tópicos del género (femme fatales, detectives decadentes, familias corruptas…). Sin duda, los diálogos son geniales, lapidarios e hilarantes y gracias a ellos Howard Hawks quiso a Brackett como guionista de ‘El Sueño eterno’.

También ‘Esta es mi historia’, de Frank McFair, es una de esas joyas del bolsilibro que merecen reivindicarse. Es la historia en primera persona de un personaje al margen de la ley, que no tiene nada que envidiar a la narrativa de Jim Thompson. Moralmente ambigua, llena de acción uy con un toque melancólico que nos deja un poco excelente. Francisco Cortés Rubio (nombre real de McFair) merece una retrospectiva como parte de lo mejor que ha dado el pulp patrio junto a Silver Kane o Curtis Garland”. – Miguel Ángel Wolfville, editor de GasMask Editores.

'Pulp' policiaco: Los libros que compraste por dos duros pero valen un imperio 1
Francisco González Ledesma aka Silver Kane (y muchos otros). Imagen: Bruguera

4. Extremo e híbrido de otros géneros

“Me cuesta escoger una obra de ‘pulp’ más policiaco, pero a mí me gusta mucho el Shudder Pulp, que es un tipo de pulp más extremo y lleno de sexo y violencia. Es un precursor casi directo del terror setentero, el gore, el giallo e incluso del bizarro y para catarlo recomiendo ‘Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp’ (Ed. Valdemar), que tiene un prólogo maravilloso de Jesús Palacios”. -Hugo Camacho, editor de Orciny Press.

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Youngsplaining

Lea Vélez

Foto: Tiago Muraro
Unsplash

Mi madre tiene una edad. 81 años. Siempre le han dicho que no aparenta los años que tiene, que es algo que se le dice a las personas inteligentes, a los guapos, a los que visten de forma desenfadada. A todos aquellos que no imitan a un grupo o una tribu: la llamada “gente sin edad”, pero la realidad es que es una anciana y como anciana se siente cuando va por el mundo.

Todas las semanas me habla de sus aventuras en la gran ciudad, de sus visitas al cine o al teatro, me tiene al día de la cartelera, de sus lecturas, de lo que merece la pena. Es una mujer informada, que compra la prensa y que disfruta de una grata conversación, a poder ser, literaria. Entre las historias que me cuenta de sus compras, de sus paseos, se repiten incesantemente una serie de frases, de anécdotas, de quejas sobre la gente joven. Un día, un dependiente de una librería le corrigió como si fuera boba la pronunciación de un autor. Ella quería un libro de André Gide (y lo pronunció en francés, es decir, Yid) y él la corrigió sonoramente pronunciándolo en español (diciendo Jide), otro día, una dependienta de otra librería le dijo que no la entendía cuando le pidió un libro de Knausgard y mi madre se lo tuvo que escribir… Y oye, pues será una señora mayor, pero miren, mi madre sabe perfectamente decir Knausgard, porque no hay mayor fan de Knausgard que ella. Otras veces, me comenta lo doloroso que le resulta que ya no se puedan sacar entradas por teléfono para el teatro, porque ahora todo se hace a base de páginas web y ella, dinosauria digital, o bien tiene que pedirle al hijo de una amiga que se las saque, cosa que le fastidia, o bien tiene que presentarse en persona en el teatro, a riesgo de encontrarse con que no haya entradas tras el largo recorrido en autobús, seguido de alguna contestación condescendiente por parte de la taquillera, que siempre la refiere a alguna página web para informarse.

Mi madre me pone al día de los obstáculos que encuentra y en su queja suave y estilosa —siempre lo hace con humor— me he dado cuenta de que lo que creemos un cliché, eso de que los “viejos” siempre se quejan de que los jóvenes de hoy día son unos maleducados, es una realidad. Porque es verdad. No porque los jóvenes de hoy sean peores que nunca, sino porque los jóvenes de todas las generaciones vimos con desprecio a los ancianos que convivían con nosotros. Un desprecio paternalista, lleno de prejuicios, de desconocimiento de lo que es un anciano, como si al ser viejo dejases de ser individuo y te convirtieras en un animal de una raza diferente. Si las mujeres nos quejamos del mansplaining, imaginen lo que los viejos podrían decir del youngsplaining. Ese explicarle al anciano como si fuera imbécil la cosa más tonta y encima, explicárselo mal. “Señora, es que es Jide, Jide, no Yid”.

Yo creo que este es el quid del asunto, que los jóvenes, de hoy y siempre, que probablemente sean muy majos con su novia o con su madre, y unos encantos con sus amigos, se exasperan con los ancianos antes de que toque exasperarse, entablando con ellos una relación tensa desde el inicio por culpa del consabido cliché de que los viejos “no se enteran”. Pues se enteran. Esperad sabiduría y buen humor, y veréis que risa os pasáis con ellos, porque los ancianos son divertidos, se las saben todas, les gusta la interacción.

Así que, jóvenes, no seáis jóvenes con los viejos, guardaos en la mochila el youngsplaining, hombre, no esperéis que una señora de pelo blanco desconozca la existencia de Knausgard o no sepa hablar francés. Al contrario, esperad que un viejo sea, por ejemplo, fan de Bob Dylan… Cause we were so much older then, I am younger than that now.

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12 parejas literarias que entendieron (o no) lo que es el amor

Romhy Cubas

Foto: JASON LEE
Reuters

Del recuerdo de que “ningún hombre es una isla” se puede cocinar una olla narrativa de amor y desamor. El sentimiento romántico puede ser incluso inverosímil cuando se intenta comprender desde barreras del pasado en donde los casamientos obligados o la exclusividad de clases, razas y matices de piel al unir a dos personas se consideraban escenarios rutinarios. En teoría aquellas tradiciones están prácticamente descontinuadas en el siglo XXI, en la práctica todo es siempre un poco más escabroso y burocrático. No obstante, el amor sigue siendo complicado, accidentado pero sobre todo necesario; lo decía el existencialista Jean Paul Sartre: “Trata de amar al prójimo. Ya me dirás el resultado”.

La novela que no habla de amor aún no ha sido escrita, y en la gran mayoría de los libros la primera aproximación es la de esa inevitable compatibilidad entre mente y cuerpo. Paris, Tokio, Praga, Estocolmo o Bogotá, no existen barreras geográficas para relatar romances de época, distopías de cortejo u pasiones autobiográficas.

Es evidente que Romeo y Julieta o Hamlet y Ofelia tienen una casilla honoraria en la inevitable lista del romanticismo en la literatura, pero los siglos han escrito mucho más que dioses y dramaturgos enamorados en su paleta de novelas. Por eso en esta lista los clásicos se enfrentan a los contemporáneos para demostrar que cuando se trata de amor y desamor, el paso del tiempo se mide en la espera de compañía más que en “pasiones”. Confirmado con la claridad del poeta por Jorge Luis Borges: “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”.

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Portada Anna Karénina | Imagen: Debolsillo / Penguin Clásicos

Anna Karenina y Vronsky en Anna Karenina de León Tolstoi

Lo de Vronsky y  Anna Karenina es destino y capricho y en este clásico consumado se crea una de las primeras protagonistas femeninas en rebelión.

En la Moscú de la alta sociedad las apariencias tienen un alto precio y el divorcio es impensable. Anna Karenina y Vronsky son esa pareja emocionante que se subleva a una sociedad atrapada en chismes y convenciones superficiales. Es además una carta abierta, romántica y escandalosa contra la aristocracia rusa de la época.

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Portada de la edición aniversario | Imagen: Alfaguara

La Maga y Horacio Oliveira en Rayuela de Julio Cortázar

En Rayuela el amor se decide en pequeños instantes y contracciones, discusiones frívolas y paseos bajo la lluvia.  El amor de Oliveira y La Maga puede ser tan romántico como bochornoso, todo depende del orden en que leas la anti novela de Cortázar. No obstante, Paris siempre será propenso a los idilios y entre las orillas del río Sena y los puentes de la ciudad del amor caminan una uruguaya etérea y un argentino melancólico que se encuentran entre librerías, poetas, conversaciones de bar y habitaciones sombrías.

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Portada Tokyo Blues | Imagen: Tusquets Editores

Toru y Naoko en Tokio Blues Norwegian Wood de Haruki Murakami

En Tokio hay un eco de nostalgia y soledad que se formula en plena adolescencia. Los protagonistas de Tokio Blues: Toru y Naoko, son dos jóvenes que se adentran en una relación de compañía y dependencia luego de un suicidio inesperado. Este podría ser el verdadero romance del siglo XXI: distanciamientos, sanatorios, sexualidad o la pérdida de esta, y una canción de Los Beatles. El ritmo lo marcan los recuerdos y distancias entre dos con el pasar de los años.

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Portada de Lo que el viento se llevó | Imagen: Zeta Bolsillo

Scarlett O’Hara y Rhett Butler en Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell

Narrada en el contexto de la Guerra de Secesión en EEUU y sus consecuencias, este clásico acude al mejor estilo dramático y sentimental de los romances de época para contar un extenso cortejo entre Scarlett, la hija de un hacendado adinerado, y Red Butler, un original seductor que se niega a combatir en la guerra. Este es uno de esos romances extensos e insistentes en donde el capricho de sus protagonistas y las circunstancias del destino lo hacen todo mucho más calamitoso y solemne. Scarlett y Rhett son el núcleo de esas parejas perfectas en sus desigualdades cuyo romance es tan intenso como sus temperamentos.

12 parejas literarias que entendieron o no lo que es el amor 4
Portada de Orgullo y Prejuicio | Imagen: DeBolsillo / Penguin Clásicos

Elizabeth Bennet y Mr. Darcy en Orgullo y Prejuicio de Jane Austen

La terquedad también puede hacer al romanticismo. Aquí no hacen falta erotismo en exceso ni descripciones gráficas para sentirse al borde de un precipicio con la indecisión de Elizabeth y Mr Darcy. Basta con los afilados e inteligentes diálogos entre ambos y la incertidumbre de un destino juntos para caer a los pies de la pareja más orgullosa de la literatura.

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Portada de La mecánica del corazón de Mathiass Malzieu | Imagen: Resevoir Books

Jack y Madeleine en La mecánica del corazón de Mathiass Malzieu

En La mecánica del corazón Jack es un niño que nace el día más frío que ha tenido la Tierra, por lo que su corazón congelado es reemplazado por un reloj de madera. La fragilidad de su condición hace que deba evitar a toda costa emociones fuertes e intensas como enamorarse. Y sin embargo, Jack se enamora de una pequeña cantante andaluza llamada Miss Acacia que pone a prueba el funcionamiento de su corazón.

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Imagen: Standaard Boekhandel

Jimmy y Oryk en Oryx y Crake de Margaret Atwood

Esta es la primera parte de una trilogía distópica narrada por Margaret Atwood en donde la manipulación genética y sus consecuencias son el argumento principal. Pero inclusive cuando existen criaturas mutantes y hombres-cerdos el amor se aferra a la supervivencia del más fuerte. Jimmy es el último hombre en la Tierra y los recuerdos de su interés hacia Oryx, maestra de un grupo de niños con aspecto de humanos pero elaborados por mutación genética, son una de las pocas cosas que lo ayudan a seguir adelante.

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Portada de Hermosos y Malditos de Francis Scott Fitzgerald | Imagen: DeBolsillo

Anthony y Gloria en Hermosos y malditos de Scott Fitzgerald

Aunque Daisy y Jay Gatsby son por excelencia una de las parejas más dramáticas y románticas de la literatura, Fitzgerald ha creado parejas incluso más calamitosas y similares a su propia vida. En este caso el retrato ácido de la sociedad americana y de la época del Jazz lo interpretan Anthony y Gloria, una pareja decadente y acelerada, muy similar a la relación del propio Fitzgerald con su esposa Zelda Fitzgerald. En Hermosos y malditos el matrimonio, la rebeldía y los vicios de una sociedad reflejan el amor y desamor de una pareja inquieta y soñadora.

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La insoportable levedad del ser | Imagen: Tusquets Editores

Tomás, Sabina y Teresa en La insoportable levedad del ser de Milan Kundera

Aunque más un monologo filosófico que una historia de amor, en la novela de Kundera las dudas existenciales de un hombre se vierten en sus parejas y amores rutinarios. Los amantes e infidelidades se exponen para atajar reflexiones certeras sobre la convivencia mutua y los vínculos pasionales que hacen de una pareja algo más que dos cuerpos en una cama.

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Portada El Amor en los tiempos del cólera | Imagen: Literatura Random House

Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez

Esperar a alguien durante cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días parece extremo, pero eso es lo que hace Florentino Ariza desde que en su adolescencia conoce al amor de su vida. Por diferencias sociales de la época el tiempo de estar juntos se alarga durante décadas. Este es uno de esos amores de generaciones y descendencias en donde el romance se afinca con la experiencia de los años.

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Imagen: Penguin Books

Giovanni y Davis en El cuarto de Giovanni  de James Baldwin

Un clásico de la literatura homosexual. Giovanni y Davis se establecen como una pareja en búsqueda de una identidad y un espacio donde ser libres. La historia situada en la bohemia Paris relata la llegada del norteamericano Davis a la ciudad y sus experiencias con el barman italiano Giovanni, quien se enamora perdidamente de él y con quien comienza una relación en donde la libertad y la moral se interponen en la convivencia diaria.

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Imagen vía Editorial Destino.

Lisbeth Salander y Michael Blomkvist en Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larsson 

Michael y Lisbeth como pareja podrían ser otro de los nuevos clásicos del siglo XXI. Ya no se trata de clases sociales ni de escándalos matrimoniales, sino de entender la soledad y la individualidad de una persona con el pasado montado a sus espaldas. No es la historia común de amor y romance, pero es una de esas parejas que trascienden entre las páginas cada vez que se rescatan mutuamente.  

*

A la lista es fácil añadirle clásicos de las hermanas Brontë como el dúo de Cathy y Heathcliff en Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, o Jane Eyre y Mr. Rochester en Jane Eyre de Charlotte Brontë, así como parejas mas pícaras y controversiales como la de Ricardo Somocurcio y Lily en Travesuras de una niña mala de Mario Vargas Llosa o si nos ponemos menos pudorosos Humbert Humbert y Lolita en Lolita de Vladimir Nabokov, e incluso Lady Chatterley y Oliver Mellos en El amante de Lady Chatterley de D. H Lawrence. Pero por ahora nos quedamos con estas doce parejas que nadan entre clásicos y contemporáneos para recordar la universalidad del amor.

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