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La inteligencia artificial irrumpe en la moda

Redacción TO

Foto: Clem Onojeghuo
Unsplash

La inteligencia artificial (IA) llegará de lleno al sector de la moda en 2018. Los disruptivos avances van más allá de los sectores tradicionales y entran en este nuevo campo para difuminar la frontera entre creatividad y tecnología. El análisis de grandes sets de datos combinado con el desarrollo de algoritmos avanzados ofrece nuevas posibilidades, que van desde la fase de planificación hasta las recomendaciones personalizadas para los compradores.

Muchos ejecutivos del sector del fashion creen que la inteligencia artificial es demasiado mecánica para captar el corazón creativo de la industria, por lo que se muestran escépticos ante las posibles ventajas que pueden obtener. Sin embargo, los pioneros en su implantación ya han demostrado cómo los beneficios se podrían extender a lo largo de toda la cadena de valor. En este sentido, el 20% de los ejecutivos que fueron entrevistados para la encuesta de BoF-McKinsey Global Fashion creen que la inteligencia artificial reinventará las tendencias en los campos del diseño, el merchandising y el marketing. Sus defensores señalan que esta tecnología puede aumentar la velocidad de los procesos, así como mejorar su coste y flexibilidad. Además, los usuarios disfrutarán de los beneficios de estos cambios a través de una mejor disposición del producto y con entregas más rápidas, informa Business of Fashion.

A la vanguardia de este movimiento, se encuentra Amazon, que está a punto de lanzar su primer diseñador IA. Este cuenta con un algoritmo que diseñará la ropa a través del análisis de imágenes, copiando estilos populares y usándolos para confeccionar piezas totalmente nuevas. Otro ejemplo es el dúo de diseñadores indios formado por Falungi y Shane Peacock, que mapean el futuro de la moda en Bollywood a través de la herramienta ‘Watson’ de IBM. Con este sistema logran una panorámica -recopilando fotos- del sector de la moda en la meca del cine de la India para recopilar datos de tendencias. El resultado surge del análisis y la combinación de más de 600.000 imágenes de pasarelas de moda y costura india.

Otro horizonte para la inteligencia artifical es redefinir el ‘engagement’ de los compradores con las marcas. Por el momento, los primeros en utilizar esta tecnología se están centrado conocer los gustos de los clientes y facilitar sus compras. Pero las novedades también llegan al espacio off-line.

Como en toda las industrias, existen dudas sobre si la inteligencia artificial provocará una perdida de puestos de trabajo. Aunque no es la primera vez que la implantación de una nueva tecnología provoca inquietud en el sector, la velocidad con la que estos cambios se están desarrollando no tiene precedentes. Según un estudio citado por Bussiness of Fashion , aproximadamente, entre el 20% y el 30% de los trabajos de la industria, se podrían automatizar. A la misma vez, habrá muchos trabajos que serán completados, más que remplazados por robots y máquinas, y se generarán nuevos puestos de trabajo.

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Estas son las 10 mejores universidades del mundo para estudiar moda y diseño

Redacción TO

Foto: Ana Laya
The Objective

El paisaje educativo de la moda es cada vez “más complejo”. Así lo ha asegurado la prestigiosa publicación Business of Fashion (BoF), que para ayudarnos a “navegar” por este campo elabora cada año un ranking con las 10 mejores universidades para estudiar un grado o un máster en moda y diseño. En el ranking de 2017 hay 15 escuelas de todo el mundo; de las cuales, nueve están en Europa. Londres destaca como capital con más instituciones prestigiosas en este campo —tiene cinco—; después, estarían Nueva York, París y Tokio, con dos cada ciudad.

El ranking se ha elaborado en base a tres factores: influencia global, experiencia de aprendizaje y valor a largo plazo, con datos recopilados de más de 4.000 estudiantes y exalumnos recientes, así como de casi una decena expertos e influencers de la moda global.

Estas son las cinco universidades que aparecen en el top 3 para cursar estudios de grado y posgrado en moda. Al final del artículo se encuentra el listado completo.

Central Saint Martins (Londres, Reino Unido)

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La escuela Central Saint Martins en Londres (Reino Unido). | Foto: Ana Laya

La clara ganadora del ranking es Central Saint Martins, en Londres, tanto para estudiar un grado como un posgrado. “El internacionalmente reconocido centro para las artes y el diseño tiene una de las reputaciones más establecidos en la enseñanza de moda y es considerado el líder global de su campo”, señala BoF. También quedó en primer lugar en el ranking de 2016.

La publicación le otorga este año una puntuación de 95 sobre 100 tanto para estudiar un grado como un posgrado (con una diferencia de más de 20 puntos sobre la siguiente universidad en el ranking de grados). Los expertos le dan un 77 de influencia global.

Sus fuertes: el récord de empleabilidad de sus estudiantes, una reputación líder entre académicos y reclutadores de moda, la calidad de su enseñanza, su cuerpo de estudiantes, la independencia que gozan los estudiantes y el alcance global de su alumnado. Sus puntuaciones son más bajas en cuestión de cursos de negocios, marketing y sostenibilidad.

Tiene capacidad para más de 700 alumnos para grado y 124 para posgrado, el ratio de alumnos por profesor es de 28 en grado y 23 en posgrado y el de admisión es el más bajo de la lista: un 7% para grado y un 11% para posgrado. Sus precios rondan los 20.000 dólares para estudiantes internacionales. Antonio Banderas es uno de los alumnos que empezó un posgrado en Saint Martins.

IFM Paris (París, Francia)

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La escuela de moda IFM Paris situada en uno de los márgenes del río Sena. | Foto: Fred Romero/Flickr

Creada y fundada por el Ministerio de Industria francés, IFM fue diseñada como un puente entre el diseño creativo y los negocios. Este campus parisino está situado en la Quai d’Austerlitz, en uno de los márgenes del río Sena. Está considerado por BoF como el segundo mejor centro del mundo para estudiar un máster en moda y diseño. “El instituto está muy bien conectado con el mundo de la moda, ya que personalidades de alto nivel y compañías son patronos y asesores de la escuela”, explica BoF. El currículo de IFM está compuesto de proyectos de la vida real o casos de negocios en cooperación con compañías de moda y lujo. Las clases incluyen prácticas de seis meses para todos sus estudiantes.

La encuesta de BoF muestra altos resultados en la satisfacción de los estudiantes con los recursos,  las instalaciones, las clases de negocios y marketing, el “excelente acceso a la industria” y la facilidad de oportunidades de trabajo después de su graduación. El 86% de los estudiantes tenía trabajo a los seis meses de graduarse, según BoF.

La escuela de posgrado solo admite a 30 estudiantes y el ratio de alumno profesor es el más bajo de todo el ranking: uno a uno. Solo el 22% de las solicitudes de entrada son aceptadas. El precio del posgrado es de 15.000 dólares.

Royal College of Art (Londres, Reino Unido)

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El Royal College of Art de Londres. | Foto: Wikimedia Commons

En tercera posición para estudiar un máster de moda y diseño, BoF ha situado al Royal College of Art de Londres. Situado en el barrio de Kensington, cuenta como vecinos al Victoria&Albert Museum y al Royal Albert Hall como vecinos excepcionales. Sus cursos de posgrado están especializados en diseño de moda, telas y joyería. Los recursos de enseñanza, el profesorado y las instalaciones son lo más valorado por los estudiantes.

Admite a 106 estudiantes de posgrado, en un ratio de 10 alumnos por profesor y con un 25% de tasa de admisión. El precio de los posgrados puede llegar a 36.000 dólares para estudiantes internacionales.

Parsons School of Design (Nueva York, Estados Unidos)

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La escuela Parsons School of Design en Nueva York. | Foto: Flickr

En segunda posición para estudiar un grado se encuentra Parsons, según BoF. La publicación le otorga una puntuación de 71,4 sobre 100; los profesionales de la industria un 56 de 100 de influencia global, y los alumnos un 53 de valoración sobre el aprendizaje.

Parsons es quizás la escuela de moda más conocida de Estados Unidos. “Debido al énfasis que ha hecho en la empleabilidad de los estudiantes una vez graduados, la escuela ha ido subiendo puestos año tras año hasta situarse en el segundo puesto dentro del ranking de Bachelor”, explica la publicación. La tecnología de la escuela y las instalaciones del campus están muy bien valoradas por los estudiantes, aunque todavía no es suficiente la disponibilidad de apoyo financiero, según los propios estudiantes. La satisfacción de los alumnos se desploma al valorar los cursos de negocios y marketing.

Entre otros datos tiene más de 1.000 estudiantes, alrededor de 10 por clase y su ratio de admisión es de un 34%. Su precio alcanza los 47.000 dólares. De sus clases han salido, entre otros, el diseñador estadounidense Michael Halpern.

Royal Academy of Fine Arts Antwerp (Amberes, Bélgica)

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La escuela Royal Academy of Fine Arts Antwerp en Amberes (Bélgica). | Foto: Flickr

En tercera posición del ranking para estudiar un grado en diseño y moda (en cuarta para estudiar un posgrado) se ha colado la pequeña pero prestigiosa escuela de artes de Amberes. Los estudiantes de moda de esta academia tiene que mezclarse en otros programas y deben tomar clases semanales de dibujo, historia del arte, filosofía del arte y métodos de investigación. Según los alumnos, la escuela empuja a los estudiantes a desarrollar un pensamiento independiente y conseguir un crecimiento sin tener que ser guiado constantemente. La reputación de esta escuela se remonta 350 años.

Solo admiten a 84 estudiantes, hay alrededor de 12 por clase y su ratio de admisión es del 20%. El precio de esta escuela es de 8.000 dólares para estudiantes internacionales. De sus aulas han salido una gran parte de los diseñadores belgas actuales.

Rankings completos de grado y máster

Este es el listado completo de las 10 mejores escuelas para estudiar un grado de moda y diseño:

  1. Central Saint Martins (Londres, Reino Unido)
  2. Parsons School of Design (Nueva York, Estados Unidos)
  3. Royal Academy of Fine Arts Antwerp (Amberes, Bélgica)
  4. London College of Fashion (Londres, Reino Unido)
  5. Aalto University, School of Arts, Design and Architecture (Helsinki, Finlandia)
  6. Shenkar College of Engineering, Design and Art (Ramat-Gan, Israel)
  7. Fashion Institute of Technology (Nueva York, Estados Unidos)
  8. Polimoda (Florencia, Italia)
  9. Kingston University (Londres, Reino Unido)
  10. University of Westminster (Londres, Reino Unido)

Este es el listado completo de las 10 mejores escuelas para estudiar un posgrado o un máster en moda y diseño:

  1. Central Saint Martins (Londres, Reino Unido)
  2. IFM Paris (París, Francia)
  3. Royal College of Art (Londres, Reino Unido)
  4. Royal Academy of Fine Arts Antwerp (Amberes, Bélgica)
  5. Fashion Institute of Technology (Nueva York, Estados Unidos)
  6. Bunka Fashion Graduate University (Tokio, Japón)
  7. Bunka Gakuen University (Tokio, Japón)
  8. London College of Fashion (Londres, Reino Unido)
  9. Polimoda (Florencia, Italia)
  10. ESMOD International (París, Francia)

Continúa leyendo: Por qué la inteligencia artificial logrará crear empleo (y no destruirlo)

Por qué la inteligencia artificial logrará crear empleo (y no destruirlo)

Redacción TO

Foto: Koji Sasahara
AP

Las máquinas ya tienen mejor ojo que las personas. Y el asunto empieza a monetizarse. “En 2015, por primera vez en la historia, los ordenadores se hicieron mejores que los humanos en reconocimiento de objetos”, ha explicado en una entrevista James Crawford, fundador de la compañía estadounidense de inteligencia artificial Orbital Insight. Un programa de inteligencia artificial puede aprender a reconocer árboles, coches u otros objetos y ver patrones entre millones de datos, pero ¿cómo puede hacerse útil ese avance? Crawford, que trabajó durante 15 años para la nasa diseñando software para los rovers de Marte, lo ha logrado. A principios de 2017, Orbital Insight logró mezclar datos de distintas fuentes para reconocer, con imágenes de satélites, barcos piratas que faenaban sin radar para no ser detectados.

Y solo es el comienzo. Las empresas como Orbital Insight, informa Newsweek, buscan incesantemente datos brutos obtenidos mediante satélite y se los compran a las propias compañías que los ponen en órbita para analizarlos posteriormente con algoritmos de inteligencia artificial.  Se trata de un comportamiento que añade leña al auge de los satélites, que en los últimos años ha logrado abaratar considerablemente la construcción y el lanzamiento de estos aparatos gracias a empresas como SpaceX, de Elon Musk. De los 260.500 millones de dólares (más de 210.000 millones de euros) que mueve a escala mundial la industria de los satélites, el segmento de mayor crecimiento son los satélites pequeños que observan las condiciones en la Tierra, según un informe de la Satellite Industries Association, citado por Reuters. Y este crecimiento tiene su repercusión sobre el empleo. Solo en diciembre pasado, Linkedin registró más de 11.000 ofertas de empleo en el sector de los satélites en Estados Unidos.

Inteligencia artificial versus inteligencia humana

Hacer uso de la inteligencia artificial para rastrear cantidades ingentes de datos (como las que recogen los satélites) permite reconocer fenómenos y tendencias imposibles de reconocer para el ojo humano y que quizás ni siquiera nadie se había planteado buscar. Pero la inteligencia artificial no puede funcionar sin una inteligencia humana que la diseñe, la ponga en marcha, la mantenga y estudie sus conclusiones.

Frente al temor de que la inteligencia humana repercuta negativamente en el empleo y la contratación, su aplicación en el análisis masivo de datos hace posible nuevas ofertas de empleo. Una encuesta de Quartz a 1.600 personas reveló que el 90% de ellas creía que en menos de cinco años años la automatización haría perder la mitad de los empleos de hoy en día (como contrapartida, un 91% de los encuestados opinaba que los trabajos eliminados serían los de otras personas, no los suyos propios). Sin embargo, un informe de la firma de análisis Gartner vaticina que, para 2020, la inteligencia artificial destruirá 1,8 millones de empleos pero creará otros 2,3 millones. Es decir, que será la responsable de la creación de medio millón de trabajos. En la misma línea se muestra otro estudio de la consultora Capgemini, que revela que el 83% de las empresas que utilizan inteligencia artificial dicen que crea puestos de trabajo. Otra consultora, Deloitte, encontró que solo en el Reino Unido, la inteligencia artificial ha cercenado 800.000 empleos de baja cualificación pero ha hecho aparecer otros 3,5 millones de posiciones. Y los puestos creados, concluye Deloitte, están mejor pagados que aquellos destruidos (unos 10.000 euros más al año, de media).

Continúa leyendo: Llegan los robots sexuales masculinos con penes biónicos

Llegan los robots sexuales masculinos con penes biónicos

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Los robots masculinos con penes biónicos serán puestos a la venta durante 2018. Así lo ha asegurado Matt McMullen, fundador de la empresa Realbotix y creador de la primera muñeca sexual con inteligencia artificial, en una entrevista al medio británico Daily Star Online.

McMullen ya lanzó al mercado en 2017 Harmony, una aplicación que se sincroniza con un robot con inteligencia artificial que habla, aprende y satisface los deseos sexuales del cliente. Actualmente solo hay versiones femeninas de la plataforma Harmony y de los robots que se conectan a ella. Una muñeca de este tipo tiene un valor aproximado de 15.000 dólares.

“Estamos trabajando en la versión masculina del robot”, ha dicho McMullen, que ha asegurado que en un futuro los usuarios podrán disponer de plataformas femeninas y masculinas.

Los robots sexuales masculinos de la compañía contarán con un pene biónico de “diferentes formas y tamaños”, en función del gusto del comprador, ha señalado el CEO de Realbotix, cuya firma tiene su sede en San Diego, California. Asimismo, los clientes podrán enchufar el robot para que funcione todo el tiempo que el usuario requiera.

El investigador líder mundial de Inteligencia Artificial (IA), David Levy, ha asegurado al Daily Star Online que los robotos eróticos masculinos podrían ser más populares que los juguetes sexuales como vibradores y consoladores.

Continúa leyendo: Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 2
Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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