Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes

Redacción TO

Foto: Andrea Hernandez
El Estímulo

Las calles de Venezuela están tomadas por manifestantes. La dirigencia opositora, al convocarla, la denominó como “la madre de todas las marchas”. El 19 de abril, Día de la Declaración de la Independencia, una avalancha de personas se ha lanzado a las calles del país a manifestarse y protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Durante las protestas, ha fallecido un joven de 17 años tras recibir un disparo en la cabeza por parte de un civil. Según su familia, el fallecido no formaba parte de la manifestación y ni siquiera estaba metido en políticas, sino que iba de camino a jugar un partido de fútbol. El menor, Carlos José Moreno, estudiaba Economía en la Universidad Central de Venezuela. También ha muerto Paola Andreína Ramírez, de 23 años, cerca de la protesta de San Cristóbal, en el Estado de Táchira. Ambos fallecimientos se han producido por la tarde, hora local. Una tercera persona, un miembro de la Guardia Nacional, también ha perdido la vida en el transcurso de la jornada.

Los momentos de tensión de la jornada se han avivado cuando las autoridades han comenzado a lanzar gas lacrimógeno. Para guarecerse, muchos manifestantes y viandantes han decidido, en un momento de desesperación, tirarse al río Guaire, que lleva las aguas residuales de Caracas. Al hacerlo, se exponen a consecuencias graves, como hepatitis A, cólera, salmonela, infecciones severas de partes blandas, celulitis que derive en sepsis e inflamación.

Estas son las imágenes de la jornada.

La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 22
Foto: Christian Verón / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 3
Foto: Andrea Hernández/EL ESTÍMULO
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 1
Foto: cedida
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 4
Foto: Andrea Hernández / EL ESTÍMULO
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 5
Foto: Gustavo Vera / EL ESTÍMULO
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 2
Foto: Andrea Hernández / EL ESTÍMULO
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 8
Foto: Héctor Trejo / EL ESTÍMULO
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 6
Foto: Gustavo Vera / EL ESTÍMULO
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 7
Foto: Héctor Trejo / EL ESTÍMULO
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 10
foto: RONALDO SCHEMIDT / AFP
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 11
foto: JUAN BARRETO / AFP
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 12
foto: RONALDO SCHEMIDT / AFP
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 13
foto: Carlos Garcia Rawlins / reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 14
Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 17
Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 15
Foto: Marco Bello / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 16
Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 19
Foto: Christian Verón / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 20
Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 21
Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes 18
Foto: Christian Verón / Reuters

Save

Cómo el kétchup intentó ser una medicina durante años

Redacción TO

Foto: ELISE AMENDOLA
AP

El kétchup no siempre ha estado hecho de tomate, y tampoco fue creado con la intención de ser el acompañante oficial de las hamburguesas y patatas fritas. Su origen se aleja bastante del mundo de la comida basura pues, aunque pueda sonar extraño, procede de China. En el siglo XVII se creó la primera de estas salsas, pero no tenía nada que ver con lo que hoy entendemos por kétchup. Estaba hecha con pescado.

En concreto de pescado en escabeche, mezclado con algunas especias, que era el principal ingrediente del kôechoiap, el nombre chino que acabó derivando en lo que hoy conocemos como kétchup.

Antes de convertirse en la popular salsa que es hoy en día, el kétchup se utilizó y vendió de distintas maneras. Durante años, incluso, se trató de convencer al público de que este condimento era una medicina válida para curar todo tipo de enfermedades.

Cómo el ketchup intentó ser una medicina durante años 1
El ketchup se asocia hoy en día con la comida basura. | Foto: Robert F. Bukaty/AP

El kétchup con tomate

El kétchup como lo conocemos hoy en día no llegó hasta el siglo XIX. Hasta entonces, no se conoce ningún tipo de kétchup que llevara tomate, y es que tanto en Inglaterra como en todas sus colonias se creía que el tomate era venenoso, a pesar de que su consumo estaba bastante extendido en países como Italia o España. El primer kétchup hecho con tomate fue creado por Sandy Addison en 1801.

Sin embargo, esta salsa no se comercializó hasta 1822, cuando William Underwood creó una empresa de condimentos en Boston y lo incluyó en su amplia oferta.

El kétchup como medicina

Pero lo más sorprendente sobre esta popular salsa llegó en 1837, cuando Archibald Miles decidió utilizar la medicina como reclamo para convencer a los consumidores de que comer kétchup era saludable y casi necesario. Lo vendía como un “compuesto de extracto de tomate” y aseguraba que era una gran medicina que curaba casi cualquier tipo de enfermedad, desde la calvicie al pie de atleta.

Pero las supuestas propiedades curativas del kétchup no llegaron a ser tan populares como Miles esperaba, y no volvieron a aparecer en el mercado hasta 1998. Fue entonces cuando F.J. Heinz comenzó a resaltar las propiedades antioxidantes de su kétchup, basándose en el licopeno presente en los tomates para justificar esta característica.

Para resaltar sus propiedades medicinales se llevaron a cabo unas campañas que hoy en día resultaría, como poco, chocantes. Hablaba sobre la necesidad de utilizar el kétchup para ayudar a reducir el colesterol o incluso enfermedades como el cáncer de próstata.

Además, los esfuerzos de Heinz por vender su producto como algo saludable no se centraron solo en la publicidad, sino que durante años la compañía financió estudios universitarios sobre los beneficios para la salud del licopeno. Incluso llegaron a publicar libros de recetas en los que el kétchup aparecía como un ingrediente en postres como las galletas o la tarta de manzana.

Cómo el ketchup intentó ser una medicina durante años 2
Heinz ha tratado durante años de vender sus productos como un condimento saludable. | Foto: Gene J. Puskar/AP

La realidad sobre el ketchup y el licopeno

Sin embargo, la agencia estadounidense Food and Drug Administration (FDA), cortó este tipo de campañas con la prohibición de publicitar las propiedades medicinales del kétchup y, en concreto, del licopeno, pues no existían, evidencias de que este pigmento tenga efectos curativos respecto a alguna enfermedad.

Los intentos de vender el kétchup como un producto natural e incluso medicinal no han tenido nunca mucho éxito, pero han logrado llamar la atención de la FDA, que explica que esta salsa no tiene siquiera por qué contener tomates naturales, sino que basta con el líquido que sobra al preparar tomate en lata o con un concentrado de tomate y limón para que el producto sea considerado kétchup.

¿Es The New York Times el nuevo 'agente político' de la era Trump?

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Richard Drew
AP Photo, File

La Administración Trump está inmersa en varios escándalos, el presidente de Estados Unidos mantiene una evidente lucha contra los medios no afines, con The New York Times como uno de sus principales enemigos, el país se encuentra dividido como nunca antes, y las redacciones tienen que elegir entre mantener su independencia desde la beligerancia y sin pestañear de los días del Watergate, o transformarse en algo más parcial, disparando munición contra un objetivo favorito deleitándose en el caos.

El pasado mes de mayo marcó un momento decisivo para la Administración Trump y los periodistas que cubren información de la Casa Blanca. El lunes 15 de mayo, el diario The Washington Post publicó que el presidente Donald Trump había revelado información altamente clasificada en una reunión con altos funcionarios rusos.

Al día siguiente, fue el The New York Times el que salió con la demoledora noticia en la que Trump había pedido al todavía director del FBI, James Comey, que cerrara la investigación del entonces Asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn.

Las exclusivas (scoops en lenguaje periodístico) han convertido a estos medios en referentes del periodismo en EEUU. En ambos casos, sus informaciones son convincentes y están acreditadas.

¿Es el New York Times el nuevo agente político de la era Trump?
El ex director del FBI, James Comey, testifica ante el Comité de Inteligencia del Senado el pasado 8 de junio | Foto: Jonathan Ernst / Reuters

Los periodistas de ambos medios sabían el poder que tenían y se limitaron a dar una información desconocida por el gran público, permitiendo que los hechos hablaran por sí solos, “sin florituras, ni suposiciones”. Para The New York Times “así es como se presenta el periodismo ejemplar en cualquier momento, pero especialmente cuando va dirigido a una Casa Blanca sospechosa de desafiar el estado de Derecho”, escribió la entonces editora del diario, Lyz Spay.

Ambos medios cuentan con una larga trayectoria de exclusivas, con años de periodismo de investigación que los ha convertido en medios de referencia dentro y fuera de Estados Unidos.

Recuperar la credibilidad

Para el NYT su resurgimiento como medio creíble y de referencia era una necesidad, después del devastador escándalo de 2003, cuando se hizo público que el periodista Jayson Blair había plagiado buena parte de unos reportajes de portada, cuando no inventado algunas de sus historias e incluso fuentes citadas en las mismas. El caso Blair supuso una seria amenaza para la reputación del Times como el mejor periódico de América.

Han pasado unos años y el diario neoyorquino ha ido recuperando su lugar entre los medios de comunicación más influyentes del mundo. En el caso de la historia sobre Comey destapada por el NYT, el origen de la información está perfectamente clara: las notas del director del FBI, James Comey. No hay duda de dónde salió la filtración de la noticia que citaba “fuentes oficiales del gobierno”. El nivel de especificidad de lo que se contaba es lo que hizo imposible que la revelación fuera insignificante incluso para los republicanos. Muchos legisladores conservadores, normalmente reticentes a sumarse al “drama político” procedente de los medios, rompieron su silencio. Los comités de Justicia e Inteligencia dirigidos por los republicanos y el Comité de Supervisión de la Cámara llamaron a Comey a testificar.

Tres congresistas republicanos dijeron que considerarían el impeachment – juicio político al presidente de EEUU – si se demostrara que Trump presionó para que cerrar una investigación federal. Poco después, el ayudante del Fiscal General designó un abogado especial para dirigir una investigación sobre los posibles vínculos entre el equipo de campaña de Trump y Rusia. Incluso Fox News, en vez despachar la información del NYT calificándola de “noticia falsa”, fue más allá al confirmarla.

Estos hechos son clarificadores para una prensa que intenta definir su lugar en un periodo exigente de la historia, no sólo con un presidente de EEUU que se salta las normas de conducta y de sinceridad, sino con un país más polarizado que nunca en la historia reciente. En palabras de Dean Baquet, editor ejecutivo del NYT, “se reconoce cada vez más fuera de nuestras cuatro paredes que el Times es vital para el futuro del país”.

La pregunta que se hacen los periodistas del diario es si los medios deberían comprometerse haciendo una oposición abierta a la Casa Blanca y tomar partido en una batalla política, o deberían informar con agresividad pero desapasionadamente con la esperanza de retener la credibilidad entre la mayoría de la audiencia. Juzgado por gran parte del periodismo, el NYT ha producido desde que Trump asumió el poder, lo que parecería al menos una preferencia por la estricta independencia. Al menos así lo ven en la redacción, y así lo expresaba Liz Spayd en mayo.

Pero, es verdad, que a veces hay un sesgo en la cobertura de noticias que “puede ser percibida erróneamente” como una intensa búsqueda de informaciones para acabar con Trump. De hecho, el NYT ha relatado cada tweet del presidente, cada cambio de humor y cada lucha interna en el Despacho Oval. Algunos de estos seguimiento son necesarios y justificables. Los periodistas de este medio admiten que el problema es que, cuando empiezan a salir en primera página, puede parecer que el diario está en campaña.

De ahí que se pregunten qué estrategia es más efectiva: ¿cuando el diario aparece como si se hubiera sumado a la resistencia, o cuando ahonda en hechos sin una predisposición determinada? En el sistema legal, existe la diferencia entre un investigador y un fiscal.

¿Es el New York Times el nuevo agente político de la era Trump? 1
La relación de Donald Trump cono los periodistas nunca ha sido muy buena | Foto: Yuri Gripas / Reuters

Algunos lectores, alarmados por la presidencia de Trump, quieren que la redacción se ponga en modo combate total. Quieren que los editores adopten un vocabulario directo, que llamen mentira a lo que es una mentira, por ejemplo, y resistan cualquier interpretación de los acontecimientos que pueda “normalizar” a Trump. Ven al NYT como un lugar para voces que discrepan de la ortodoxia liberal. Y si todo eso implica tomar partido y situarse en un bando, bueno, eso es lo que demanda la crisis. “La otra estrategia periodística – imparcial, agresiva, libre de ataduras – es lo que demostramos” con exclusivas como la de Comey, asegura el diario en un editorial. En el periódico lo que es especialmente atractivo de esta forma de hacer periodismo es su eficacia. Porque la historia de Comey estaba tan fuera de discusión, que capturó la atención de aquellos que de forma instintiva, en otras circunstancias, la habrían rechazado.

Joe Kahn, director editorial del NYT, dijo que el caso Comey era un marco de referencia para lo que aspira a ser la cobertura informativa del medio. “Queremos, básicamente, producir una información que hable a todas las partes en este debate, y la manera de hacerlo no es a través de inventarnos nada. Es a través de profundizar, de buscar fuentes y realizar las preguntas difíciles, y trabajar toda la noche”.

Jeremy Peters, que cubre información política para este diario, ha comentado que muchos republicanos estaban indignados por lo que califican de “histeria sobre Trump”. “No es sólo que estén junto a Trump, sino que lo apoyan reflexivamente frente a la reacción de la izquierda sobre el presidente. Están como locos tratando de acabar con la idea de que la presidencia de Trump es un caos y creen que los medios son los que levantan esta controversia”.

A su vez, alimentar esta dinámica es la piedra angular para la supervivencia de Trump. Cuando la noticia sobre Comey se convirtió en el centro de atención de los medios nacionales, Trump dijo durante una intervención a los guardacostas graduados en Connecticut: “Mirad de qué modo he sido tratado últimamente. Especialmente por los medios.Ningún político en la historia de Estados Unidos – y digo esto con total seguridad – ha sido tratado peor o de una manera más injusta”. A la mañana siguiente repitió el mismo mensaje en Twitter, asegurando que estaba siendo objeto de una caza de brujas desconocida hasta el momento en el país. Se ha convertido en casi una norma que Trump responda a las noticias críticas calificándolas de “falsas” (¡Fake News!, dice siempre).

La reacción de Trump tras el caso Comey fue publicada por todos los medios, que es lo que quiere el presidente, según NYT. “Cuanto más pueda hacer aparecer a los medios que están tomando partido, más fácil es para él desautorizar su trabajo”.

Lo que Trump no sabe es que no es tan fácil socavar informaciones “imparciales e irrefutables como las publicadas por el NYT”, decía Liz Spayd en uno de sus últimos editoriales.

Inversión millonaria

The New York Times ha recuperado su espacio a través de su compromiso con la información y con la necesidad de desenmascarar a una administración como la de Trump que no parece respetar los límites de lo que se puede y lo que no se puede hacer desde el poder político. Esta situación ha llevado a los responsables del diario a duplicar su redacción y en estos momentos seis periodistas se encargan de cubrir la información de la Casa Blanca, apoyados por un equipo de investigación formado por otros cinco periodistas.

Ha desplegado también corresponsales por todo el país para conocer el sentimiento de los electores, con especial interés en conocer si los votantes de Trump siguen apoyando al presidente.

En enero, el diario desbloqueó cinco millones de dólares para cubrir la información de la Administración Trump, según informa El Financiero.

Esta inversión parece que está teniendo sus frutos. Las cifras así lo indican: entre septiembre de 2016 – en plena campaña electoral – y marzo de 2017 – con Trump ya en la Casa Blanca – el periódico ha ganado 644.000 abonados. Además, ha logrado 308.000 nuevos suscriptores online, un récord atribuido en parte a la presidencia de Trump, según informaba la CNN a primeros de mayo citando al CEO del diario, Mark Thompson.

La ganancia total de la compañía fue de 11 centavos de dólar por acción en el primer trimestre, un aumento de un centavo desde el mismo trimestre del año pasado, según el diario.

Críticas

Lo que el diario NYT considera periodismo independiente, sacando a la luz todo lo que sea informativamente relevante de la Administración Trump, para otros medios no es más que periodismo basado en mentiras. Uno de los más críticos es The National Interest, que en febrero dedicó una portada al NYT con este titular: ¿Por qué miente el New York Times sobre Trump?.

“Después de meses de historias presentando a Donald Trump como un depredador sexual, un empresario defraudador, marioneta de Vladimir Putin, evasor de impuestos,  y todo lo que uno pueda imaginar, el New York Times ha llamado a Trump mentiroso…”. Para este medio, diario neoyorquino actuar así porque ha interiorizado su papel de oposición, en vez de actuar como un medio de comunicación.

Otros medios afines a Trump, entre los que destaca la Fox News, creen que con su actitud, el New York Times ha demostrado que no sabe perder, después de apostar durante la campaña para que Trump no ganara las elecciones de noviembre.

¿Es el New York Times el nuevo agente político de la era Trump? 2
Entrada del edificio del New York Times en Nueva York | Foto: Carlo Allegri

En parte, el propio diario reconoció este exceso cuando pocos días después de las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, el presidente y director ejecutivo del diario Artur O. Sulzberger Jr y el editor ejecutivo, Dean Baquet, publicaron una carta a los lectores asegurando que el periódico iba a reflexionar sobre la cobertura que había hecho de la campaña, comprometiéndose a continuación a “dedicarnos de nuevo a nuestra misión fundamental del Times que es informar a América y al mundo con honestidad, sin miedo ni favor, esforzándonos siempre por comprender y reflejar todas las perspectivas políticas y experiencias de vida en las historias que os traemos”.

La libertad de ser uno mismo

Ricardo Dudda

Enrique Krauze dice que la libertad es como el aire, solo la percibimos verdaderamente cuando falta. Se nos olvida que respiramos y se nos olvida que somos libres. Por eso, de vez en cuando, hay que realizar recordatorios. Uno de los más expresivos es el Orgullo Gay. Es una celebración de la libertad, quizá la más sincera e importante porque tiene que ver con la identidad individual y la aceptación social de uno mismo. España es el país del mundo que más tolera la homosexualidad (un 88%). Es pionero en el matrimonio homosexual, y uno de los destinos preferentes de muchos refugiados LGBTIQ. Esto no debería dar lugar a la complacencia. Son necesarios todavía muchos avances sociales, que tienen más que ver con la aceptación social y la normalización que con añadir letras a unas siglas; especialmente de transexuales, pero también de homosexuales en zonas rurales, por ejemplo.

Por eso la idea de un orgullo crítico, que organiza un sector del colectivo LGBTIQ anticapitalista que denuncia la mercantilización y la “neoliberalización” del Orgullo, está desenfocada: todavía hay mucho que hacer en un plano inferior. Voy a recurrir a la evidencia anecdótica: conozco dos homosexuales que han crecido en pueblos y que todavía no pueden expresarse con libertad en su entorno, y sus familias no aceptan su identidad del todo. Un orgullo viral, mercantilizado, usado por las empresas, publicitado hasta la saciedad, es la mejor manera de normalizar la homosexualidad. ¿Que una empresa se ha “apropiado” de un movimiento de liberación sexual? ¡Fantástico! ¿O es que preferimos el romanticismo de la disidencia y la persecución? Eso solo puede pensarlo quien no la ha sufrido. Hay neonazis que dan palizas a homosexuales, y ser transexual es todavía dificilísimo. Las iniciativas como el orgullo crítico solo buscan la sofisticación y el narcisismo ideológico más que la efectividad. La libertad es mucho más importante, y quizá es más gris de lo que nos pensamos.

Orgullosos

Miguel Ángel Quintana Paz

Hay gente a la que no le gusta festejar la Navidad, hay gente que aborrece la Semana Santa e incluso, por incomprensible que me pareciera de pequeño, hay gente que desprecia a los Reyes Magos. Por consiguiente, no parece extraordinario que haya también gente a la que displazca la fiesta del Orgullo LGBT. Ahora bien, el problema suele empezar cuando se ponen a justificar ese su desagrado: suelen proporcionar argumentos asombrosamente endebles.

El primer argumento de este tipo lo comparte el Orgullo con Halloween: ambos son acusados de ser festividades “foráneas”, “importadas” y, por tanto, sospechosas de algún tipo de confabulación antinacional. La verdad es que razonamientos así resultan un tanto sorprendentes: ni la Navidad, ni la Semana Santa, ni el día de Reyes se idearon tampoco en un piso de Alcobendas o junto a alguna vaca asturiana. Si nos tuviésemos que quedar solo con las celebraciones nacidas en nuestra tierra, en Salamanca, por ejemplo, disfrutaríamos solo de fiestas un tanto políticamente incorrectas: San Juan de Sahagún, que cometió el milagro de atrapar un toro desbocado (para disgusto de animalistas), y el Lunes de Aguas, en que se conmemora el retorno de las prostitutas, tras la Cuaresma, a la ciudad (para disgusto de Pedro Sánchez y su afán de prohibir la prostitución). En un mundo en que se importa mantequilla, iPads, tatuajes, armas, electricidad y toallas, no parece desquiciado importar también algo tan divertido como una festividad.

Un segundo motivo que se aduce para oponerse al Orgullo LGBT nace de una mala comprensión de lo que significa la palabra “orgullo”. Una reciente carta al director en la edición sevillana de ABC mostraba de modo paradigmático este tipo de razonamiento: “Se puede sentir orgullo de haber terminado los estudios con matrícula de honor”, aducía Antonio Rodríguez Mármol, su autor, “por haber sacado el número uno en unas oposiciones, por haber sido campeón mundial de alguna competición… Pero sentirse orgulloso por ser gay o lesbiana… hombre no [sic]”. La idea que aquí parece presuponer el señor Rodríguez es que el orgullo solo es legítimo si uno ha realizado proezas insólitas: por ejemplo, si eres campeón mundial de bádminton acaso sí que puedes enorgullecerte, pero si solo eres subcampeón nacional o campeón local quizá ya no. Dado que ser gay, lesbiana, bisexual o transexual no resulta algo inaudito (en España se calcula que su porcentaje ronda el 7 %, aunque se acerca al 15 % entre los jóvenes), la lógica conclusión es que poco orgullo cabría ante algo tan relativamente común.

Sin embargo, no es cierto que para estar orgulloso de algo deba resultar inusitado o convertirnos en los mejores del mundo al respecto. Pondré un ejemplo: el señor Rodríguez podría, acaso, aprender un día a poner la coma que va tras “hombre” cuando se usa como en su carta; y asimismo podría luego sentirse orgulloso de haber por fin asimilado tal cosa, aun cuando ello no le convierta en campeón de ortografía mundial.

De hecho, ni siquiera es preciso, para estar orgullosos, que lo estemos de algo que hayamos conseguido por nuestros propios méritos, como también parecen presuponer quienes hablan así. Uno bien puede sentirse orgulloso de sus padres, por ejemplo, y no parece que hayamos hecho muchos esfuerzos por tener los padres que tenemos o porque sean como son: simplemente nos acaeció. El orgullo consiste en cierto respeto por ti mismo, cierta satisfacción por tu propio valor y por el de tus seres cercanos, que te instala más a gusto en la vida y, por tanto, te vuelve proclive a acometer grandes obras. Aristóteles ya decía que quien siente orgullo tiene el alma amplia (megalopsicología) y lo oponía al pusilánime o de alma pequeñita, de quien poco cabe esperar. Como toda virtud, claro, el orgullo puede exagerarse y degenerar en un vicio: sería la vanidad, es decir, el blasonar de aspectos que en realidad son vanos; o la soberbia, el darte una importancia a ti mismo mucho mayor que la real. Estos vicios, aunque parecen engrandecer nuestra alma, solo nos la hinchan. Bien entendida, en cambio, la virtud del orgullo solo molesta a los envidiosos, que se sienten achicados cuando ven que otro sabe expandir su alma como ellos no. Bienvenido sea, pues, el orgullo de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales, como empalizada frente a todos cuantos aún les intentan capitidisminuir.

Una tercera razón, en este caso contra los desfiles del Orgullo LGBT, surge de la ignorancia de lo que en realidad significan: gente que nunca los ha visto más que a través del sensacionalismo televisivo (perdón por la redundancia) cree que los pocos exhibicionistas que las cámaras persiguen son representativos de sus cientos de miles de asistentes. Toda esa gente se sentirá decepcionada si un día, por fin, acuden a contemplar el desfile por sí mismos: lejos de la bacanal y muy menguado el frenesí que sus mentes imaginaron, comprobarán que la mayor parte de los que participamos somos personas (más o menos) decentes que vestimos nuestras (más o menos) aburridas ropas de siempre. Cierto es que, a diferencia de Halloween o Carnaval, el Orgullo se celebra en pleno verano y ello invita a cierta ligereza en el atuendo.

Pero, en contra de lo que temen (¿o desearían?) ciertos puritanos, no es tan fácil contemplar una orgía callejera. Además, sería un error juzgar toda una fiesta por lo que hacen solo algunos de sus participantes: si así hiciésemos, la Nochebuena habría de verse como una fiesta de borrachos, y el 12 de octubre como un día en que todos tenemos que descubrir nuevos continentes.

Por último, una cuarta argumentación usada a veces contra la celebración del Orgullo LGBT es que no existe algo así como “el Orgullo heterosexual”. En coherencia con todo lo que he expuesto antes, la verdad es que yo no vería ningún problema a que también se celebrase semejante orgullo. Bienvenido sea el disponer de más fiestas con que hacer más liviano nuestro fugaz paso por esta vida mortal. Animo desde aquí, pues, a cuantos heterosexuales animosos haya para que convoquen a tantos millones de personas como ya congrega el Orgullo LGBT, y a organizar una fiesta al menos igual de divertida.

Y es que, de hecho, tras haber desmentido varias razones contra la celebración del Orgullo LGBT, me queda por indicar cuál es el principal argumento por la que estoy a favor de tales galas. Todo empieza porque estoy convencido de que vivimos en aquello que el escritor Robert Hughes anunció hace ya casi 25 años: en una cultura de la queja. Esto no solo significa que hoy nos circunde todo tipo de jeremiadas, sino que llega a parecer que el único modo de llamar la atención en el espacio público es gimotear contra algo o alguien. “Me quejo, luego existo”, parece ser el lema en boga. Debido a esa obsesión por llenar nuestras calles y plazas de lamentos, quejicas, exigencias iracundas, reproches, ceños fruncidos y puños airados, a muchas personas no se les ocurre honestamente cómo podrían defender algo en público si no es por tan lúgubres métodos.

A todas esas personas les invito a aprender del ejemplo de gais, lesbianas, bisexuales, transexuales y demás minorías sexuales. Han conseguido hacer de sus reivindicaciones una colorida fiesta: la más multitudinaria de una ciudad, de por sí, fiestera como Madrid. Han conseguido oponerse a cosas y estar a favor de cosas (algo consustancial a la democracia), pero con regocijo en vez de con rencores, con gozo de ser uno mismo en lugar de con resentimiento ante cómo viven otros. Bailando, en vez de lamentando. En ese sentido, la fiesta del Orgullo es todo un ejemplo moral cuya mera contemplación nos hará seguramente mejores personas, como ya atisbó Santo Tomás de Aquino: plus movent exempla quam verba. Ojalá todos en la vida aprendiésemos a llevar los estigmas con que otros tratan de dañarnos derrochando tanta alegría como este desfile arcoíris.

TOP