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La 'madre de todas las marchas' de Venezuela, en imágenes

Redacción TO

Foto: Andrea Hernandez
El Estímulo

Las calles de Venezuela están tomadas por manifestantes. La dirigencia opositora, al convocarla, la denominó como “la madre de todas las marchas”. El 19 de abril, Día de la Declaración de la Independencia, una avalancha de personas se ha lanzado a las calles del país a manifestarse y protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Durante las protestas, ha fallecido un joven de 17 años tras recibir un disparo en la cabeza por parte de un civil. Según su familia, el fallecido no formaba parte de la manifestación y ni siquiera estaba metido en políticas, sino que iba de camino a jugar un partido de fútbol. El menor, Carlos José Moreno, estudiaba Economía en la Universidad Central de Venezuela. También ha muerto Paola Andreína Ramírez, de 23 años, cerca de la protesta de San Cristóbal, en el Estado de Táchira. Ambos fallecimientos se han producido por la tarde, hora local. Una tercera persona, un miembro de la Guardia Nacional, también ha perdido la vida en el transcurso de la jornada.

Los momentos de tensión de la jornada se han avivado cuando las autoridades han comenzado a lanzar gas lacrimógeno. Para guarecerse, muchos manifestantes y viandantes han decidido, en un momento de desesperación, tirarse al río Guaire, que lleva las aguas residuales de Caracas. Al hacerlo, se exponen a consecuencias graves, como hepatitis A, cólera, salmonela, infecciones severas de partes blandas, celulitis que derive en sepsis e inflamación.

Estas son las imágenes de la jornada.

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Foto: Christian Verón / Reuters
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Foto: Andrea Hernández/EL ESTÍMULO
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Foto: cedida
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Foto: Andrea Hernández / EL ESTÍMULO
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Foto: Gustavo Vera / EL ESTÍMULO
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Foto: Andrea Hernández / EL ESTÍMULO
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Foto: Héctor Trejo / EL ESTÍMULO
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Foto: Gustavo Vera / EL ESTÍMULO
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Foto: Héctor Trejo / EL ESTÍMULO
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foto: RONALDO SCHEMIDT / AFP
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foto: JUAN BARRETO / AFP
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foto: RONALDO SCHEMIDT / AFP
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foto: Carlos Garcia Rawlins / reuters
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Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
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Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
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Foto: Marco Bello / Reuters
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Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
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Foto: Christian Verón / Reuters
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Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
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Foto: Carlos García Rawlins / Reuters
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Foto: Christian Verón / Reuters

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AirHelp, la app que te hace la vida fácil si te cancelan o retrasan un vuelo

Redacción TO

Foto: Antonio Calanni
AP

Hay pocas circunstancias más frustrantes en la vida de un viajero que la cancelación o retraso de un vuelo, y sobre todo si ese viaje se hace por placer. En The Objective ya publicamos una breve guía de cómo proceder ante la cancelación de vuelo, que puede servir de ayuda a cualquier pasajero en apuros. Ahora presentamos AirHelp, la aplicación que te hace la vida más fácil si sufres alguna de las circunstancias citadas.

Según esta empresa especializada en la defensa de los derechos de los pasajeros, más de 110.000 personas en España sufrieron en julio retrasos, cancelaciones y sobreventa en aproximadamente unos 800 vuelos. Además, concreta que sólo un 1% de los afectados reclamaron una compensación, lo que se traduce en que las compañías aéreas deberían haber abonado 30 millones de euros tan sólo en ese mes por los retrasos, cancelaciones y casos de overbooking.

Para muchos, el proceso de reclamación se revela arduo y largo, por lo que no se plantean siquiera el ejercer su derecho como pasajero. Por suerte, la tecnología nos abre un mundo de posibilidades también en el fatigoso mundo de las solicitudes burocráticas.

Reclamación a golpe de clic

Desde AirHelp aseguran que el trámite con ellos pasa de durar horas a tan sólo 3 minutos, por lo que reclamar con este servicio, que cuenta con aplicación para smartphones, puede ser tan sencillo como hacer clic.

AirHelp, la app que te hace la vida fácil si te cancelan o retrasan un vuelo 1
Una app que te quita dolores de cabeza. Literal. | Imagen: AirHelp

Para los retrasos de vuelo en los viajes hacia y desde los países de la Unión Europea, la compensación puede llegar hasta los 600 euros, y desde AirHelp aseguran que con su servicio los viajeros obtienen una compensación media de 400 euros por vuelo. Las cosas son más complicadas si tu vuelo se retrasa en suelo estadounidense: según Scott Ginsberg, gerente de AirHelp, las aerolíneas en Estados Unidos sólo están obligadas a compensar los retrasos prolongados en la pista, con lo que los derechos de los pasajeros se ven más limitados.

Para poder luchar correctamente por la debida compensación, y a pesar de la ayuda de AirHelp, el pasajero debe proceder a tenerlo todo muy bien acotado. Desde conservar la tarjeta de embarque, a preguntar por el motivo del retraso al personal o anotar la hora real de llegada al destino final, todos los datos que tengamos harán más fácil todo el proceso. Desde AirHelp resaltan además la importancia de no firmar ningún documento ni aceptar ninguna oferta o vale que pueden acarrear la pérdida de los derechos de reclamación.

Vuelos de hasta 5 años de antigüedad

AirHelp te permite comprobar tus vuelos de los últimos 5 años para conocer si tienes derecho a compensación, un servicio completamente gratuito, y reclamar cuando uno de tus vuelo esté afectado. Siempre sale más barato hacerlo uno mismo, ya que AirHelp se reserva una comisión del 25% por el servicio en el caso de ganar el caso, pero si la reclamación no llega a buen puerto, el usuario no debe pagar nada.

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La comunidad musulmana de Barcelona se manifiesta en contra del terrorismo

Andrea Daza Tapia

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Este lunes, 153 asociaciones reunidas en la Plaza de Catalunya, leyeron un comunicado en catalán, castellano y árabe, condenando los atentados terroristas de las ciudades de Barcelona y Cambrils. Hicieron reflexión, un minuto de silencio y autocrítica, antes de pedir a los más de 2.500 asistentes, según cálculos de la Guardia Urbana, que se sumaran a la manifestación de este sábado, convocada por la Alcaldesa de Barcelona, Ada Colau y el president de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Ha sido la primera manifestación de alcance de la comunidad musulmana en la ciudad de Barcelona, después de los ataques del jueves 17 de agosto. Sobre la tarima, Míriam Hatibi, una joven de 24 años de edad y activista de su comunidad, leyó un comunicado breve pero contundente de “rechazo y condena a los terribles atentados de Barcelona y Cambrils”. Lo hacía como portavoz de la Fundació Ibn Battuta, entidad sin ánimo de lucro preocupada por la divulgación cultural entre los países árabes y Europa.

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Foto: Andrea Daza / The Objective.

Con ella, más de 150 entidades y organizaciones se adherían al manifiesto contra “la barbarie y la sinrazón”. Expresaron apoyo a todas las víctimas y heridos: “Hoy, queremos decirle al conjunto de la comunidad musulmana y no musulmana, con la voz bien alta, no al terrorismo, no a la violencia y sí a la paz”. Agradecieron a los cuerpos de seguridad —aplausos aparte para los Mossos d’Esquadra— y a los asistentes en general por acompañarlos esa tarde. Hatibi dijo que era algo que ya venían diciendo, cada uno, por su lado, pero que hacía falta decirlo siempre: “El dolor es común. Todos hemos llorado y no hemos entendido por qué ha sucedido esta tragedia. Debemos trabajar en conjunto para que no vuelva a pasar nunca más”.

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Carme Forcadell hace acto de presencia en la manifestación. | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Míriam llamó también a la reflexión para entender cómo los autores de los ataques, casi todos nacidos en Cataluña, se habían rebelado contra su propia ciudad. Cómo y por qué: “Para que nuestros jóvenes, catalanes musulmanes, no abracen ideologías perversas”, que nada tienen que ver ni con el islam, ni con la religión, apuntó. Dijo estar convencida de que Cataluña sabría responder, cómo ha hecho siempre, contra los ataques xenófobos e islamófobos: “Eso no tiene cabida en nuestra democracia”. Se trata, eso sí, como dijo la portavoz, de un problema que ya no se puede ocultar y que demanda soluciones serias y de conjunto.

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“Nosotros también somos víctimas”, se lee en el cartel. | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Para repetir sus palabras en castellano y árabe, le siguieron Touqeer Tahir y Sohaib Hassani, presidente y portavoz, respectivamente, de la Joventut Multicultural Musulmana, asociación juvenil con sedes en Barcelona, El Maresme, Badalona, Granollers, Tarragona y el Valles.

Delante de ellos, un cinturón de mujeres sostenía una larga pancarta verde que en mayúsculas blancas leía “la comunidad musulmana contra el terrorismo”. Autoridades, prensa —Aswat Radio, orgullosa de ser “la primera radio árabe en España”— intentaban capturar las emociones del momento: “Son criminales no son musulmanes. No queremos terroristas”, fueron algunas de las frases que corearon cientos de personas hasta sumar miles.

Luego del minuto de silencio, los asistentes siguieron Rambla abajo, hasta llegar al Pla de l’Os, el mosaico de Joan Miró, punto exacto donde Younes Abouyaaqoub, abatido ayer por las autoridades, detuvo la furgoneta que condujo a lo largo de 600 metros de terror.

Este sábado, la comunidad musulmana se sumará a la convocatoria hecha ya por la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, para caminar a partir de las 6 de la tarde, desde los Jardinets de Gràcia, pasando por el Passeig de Gràcia, hasta desembocar en Plaza de Cataluña.

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Identidad

José Carlos Rodríguez

Foto: Alejandro Alvarez
Reuters

Un grupo de supremacistas blancos convocó una manifestación contra la retirada de una estatua del General Robert E. Lee en la ciudad de Charlottesville, Virginia. Es la ciudad en la que Thomas Jefferson construyó Monticello. Hubo una contramanifestación, convocada en parte por grupos no menos totalitarios, y el intercambio de argumentos se saldó con la muerte de una mujer. Ahora, la Universidad de Tejas retira los monumentos a los confederados. Ya se sabe, la historia la borran los vencedores. Pues de eso se trata. De reducir la historia a un conjunto de sloganes, vincularlos a unos símbolos, y borrar con ellos lo que quede del relato compartido del pasado. No sólo eso, sino que borran los símbolos en los que una parte de la sociedad puede verse reflejada.

El fondo ideológico de esta práctica orwelliana es la identidad. ¿Qué es la identidad? El camino de llegada de la igualdad. Si las personas han de ser iguales, deben serlo también a algo, que les otorgue su carácter; deben tener una identidad. Los individuos, con su infinita variedad, no tienen lugar aquí. Lo que eres entra dentro de tal o cual identidad. Y lo que pienses o hagas, poco importa. Lo que cuenta es en qué cajón te meten. Y qué conjunto de epítetos (pocos, para que se puedan recordar), asignan a cada identidad. ¿Hombre? Maltratador, explotador. ¿Afroamericano? Víctima. Y así, todo.

Se dice que la política de identidad es la gran contribución de Barack Obama a la política, que no todo va a ser encantar a la audiencia diciendo vaciedades. Pero el Partido Demócrata ya había hecho de las identidades su programa político desde Franklin D. Roosevelt. Sea como fuere, es a donde hemos llegado. La estatua del general Lee no es un monumento a una historia compartida. Es un instrumento político, el símbolo de una identidad. Una pieza en su tablero de ajedrez.

La identidad es una política de la izquierda. Y han tenido tanto éxito, o se han enfrentado a una derecha tan incapaz, que ahora hay personas que dicen pertenecer a una derecha identitaria. Cuando ocupas ambos lados del espectro político, está claro que has ganado.

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Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

Lorena G. Maldonado

La frigidez no es un pecado, pero sí una lástima. Ayer salí de ver La seducción, de Sofia Coppola, cargando con una anorgasmia militante -en mi barrio se dice revenía’- y corrí al Burger King a meterme entre pecho y espalda una vulgar pero sincera tendercrisp que me devolviese a la tierra, que me conectase de nuevo con la carne, la saliva y la culpa, con la lascivia del queso americano y la grosera humanidad de dos labios abriéndose. La parte de la vida que me interesa suele alojarse al otro lado de la boca que se desprende, que se ensancha como una flor carnívora llena de fascinaciones, admiración, estupor o apetitos. La película fue como el antónimo: más o menos un rictus.

Claro que no todo el mundo va a ser folclórico emocional, pero una cosa es la sobriedad -esa que nos angustió en la exquisita Shame– y otra la abulia: ahí Coppola en su filme protagonizado por un corrillo de hembras psicópatas y un macho castrado -qué iracundo, el cabo, cuando tiró la tortuga-. Casi extrañé la testosterona trumpista de Eastwood, que fue El Seductor en la de Don Siegel (¡1971!). Qué sangre tan acuosa aquí, qué raza tan pocha, qué poco cachondos estamos en este banquete de la revolución sexual.

La seducción: madre mía. A los que quiero les deseo que nunca les tonteen así. Una hora y media asistiendo a un cortejo de amebas. En los lavacabezas de la peluquería he vivido más tensión sexual. Al terminar, sentí por fin una trémula excitación mientras hundía mi patata gajo en la salsa, y recordé que no sé nada de cine -algunos amigos han montado un cinefórum y se esfuerzan, con mucha paciencia, en corregirme esta anemia cultural-, pero oye, me dije a mí misma, en el relato del deseo te defiendes, como todos los veleidosos. En el relato, por lo menos, que los engranajes ya son otra cosa -y sólo marchan si no se comete la torpeza de desmontarlos para entenderlos-.

¿Por qué me entusiasman Roberto Álamo, Bardem, Luis Tosar, Paul Dano o Alan Rickman y me quedo gélida con el mismísimo Brad Pitt? Miren: no lo sé. La vida tiene estas cosas. También el bueno de Colin Farrell me dejó en La seducción mortalmente aburrida, con las papilas gustativas de vacaciones, con una tristeza muy rara, parecida a la que uno siente cuando ve a una pareja besarse mal.

Sí. En el deseo llevamos años auscultándonos; pero en la seducción todos somos un poco bisoños, porque cada cuadrilátero es una historia. Entre los breves apuntes: uno, lo importante no es follar, lo importante es el contexto -o, si quieren, como decía Pessoa, lo fundamental del amor es lo que lo rodea-. En la película el contexto es delicioso, pero Coppola se pone muy esteta e ignora nuestro mejor secreto como civilización: debajo de tantas capas de diplomacia, seguimos debiéndonos a la suciedad.

Dos, el capricho físico no tiene nada que ver con la belleza del otro, sino con algo menos canónico y más oscuro: algo que está, quizá, en el sonido de una risa, en el olor, en el tacto, en el ping-pong dialéctico, en el látigo imperceptible de la pestaña. No sé ustedes, pero yo me he quedado noqueada alguna vez con una carcajada perfectamente ejecutada, libre, limpísima, y se me han contraído las piernas. Colgarse de una risa -de sus ojos guiñados y su barbilla oscilante, redimida- es muy parecido al amor: inexplicable, sombrío. Ya quisiera esa autoridad ese Colin Farrell de rasgos preceptivos que arrastra la perversión de un chupete.

Tres. Hay un aviso, siempre. El deseo tiene ese decoro: el del golpe primero, el de “huye o juega, pero no balbucees”. Y después todo eso tan hermoso que ha muerto a manos de Tinder: el ser conscientes de que cuando se enseñan las cartas, se acaba la partida. Todos empezamos de cero en cada conquista, todos hemos entendido que nadie, por suerte, es infalible, todos nos hemos puesto alhajas -como las cursis de la peli- y hemos comprobado, no sin cierto patetismo, que no sirven para nada, todos hemos experimentado celos verdosos y todos nos hemos vengado de forma más o menos poética -esto ya según la elegancia-. Pero ninguna de estas similitudes entre la sentimentalidad humana y La seducción me conectó en ningún momento con la historia: por poco reveladoras, por superficiales.

Me niego a creer -repito, desde mi corta educación cinematográfica, pero con mi derecho al desencanto a nivel usuario- que la de Coppola trascienda a reflejar ni un milímetro del alma de la mujer: no albergamos en el pecho esa casa de locas. No sacia mis ansias feministas que Colin Farrell sea un animal pánfilo, sin maldades: el sexo y la violencia requieren de un contrario a la altura. No, menoscabar la virilidad de un hombre no te subrayará como mujer. La poderosa Nicole Kidman no asume que el despecho no sólo es antierótico, sino que practicarlo jamás hizo a una ganadora.

Es irónico: tal vez en los setenta, cuando se estrenó El seductor, el espectador aún pudiese encontrar en el cine el morbo que no rascaba en su vida. Hoy, en medio del neoliberalismo rústico y su espesa oferta sexual, nos estamos volviendo unos reprimidos culturales. O peor: hemos dejado de reinventar las posibilidades del cuerpo. En seducción hemos desaprendido, es obvio -miren ahí a la gente en sus aplicaciones, llamando “tomar un café” al “echar un polvo”- y el sexo lo hemos cursado tanto que nos hastía. Quizá algún día, de nuevo, una risa. Quizá algún día, otra vez, la tensión dialéctica y las cartas boca abajo, en partida tirante y lenta. Mientras, contra la oquedad existencial, nos quedan las hamburguesas.

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