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No Tinc Por: la marcha de las banderas contra el terrorismo

Andrea Daza

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Medio millón de personas han asistido a la manifestación convocada por la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona, 9 días después de los atentados terroristas de Las Ramblas y la ciudad de Cambrils. El Rey Felipe VI ha sido el eje de los desencuentros: pitada monumental en el momento de su llegada y tensión entre los manifestantes, por una pancarta que le daba las gracias a su ‘majestad’. En medio de todas las banderas que se alzaron desde Els Jardinets de Gràcia hasta la Plaza de Catalunya, el ‘no tenemos miedo’ casi se extravía en el terreno de las diferencias. Pero sobrevivió.

Fue intencional que las autoridades quedasen en la retaguardia. El objetivo expreso era darle el protagonismo a las organizaciones que reaccionaron las primeras, en las horas siguientes a los atentados del jueves 17 de agosto y la madrugada del viernes. Pero el revuelo fue inevitable ante la presencia del Rey, Felipe VI. Era la primera vez que asistía a una manifestación en Barcelona y también la primera, en ser directamente repudiado. Entre las pancartas, se alzaba aquella foto, la de enero de 2015, cuando viajó a Arabia Saudí a presentar condolencias al nuevo rey, Salman Bin Abdulaziz, luego de la muerte del rey Abdalá. Como ésa, tantas otras que le dedicaban mensajes relacionados con la venta de armas y que lo hacían responsable de cadenas favores que acaban financiando el terrorismo internacional.

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Foto: Diana Rangel / The Objective.

Así como él, compelido a asistir, se sintieron muchas organizaciones musulmanas, obcecadas con marcar la diferencia entre su fe y el fundamentalismo del Estado Islámico. A diferencia de los abucheos, a su paso, los árabes que manifestaron hoy, recibieron aplausos y muestras de afecto. Tarik Ata Rafi, de 30 años de edad, director del departamento de Lengua Española de la Comunidad Musulmana Ahmadía, viajó expresamente desde Córdoba para estar aquí. Sostenía una pancarta que decía ‘amor para todos, odio para nadie’ y otra con un claro llamado a la acción: ‘Soy musulmán, hazme una pregunta’. Dice que recibió un montón de abrazos.

Muy cerca de él, estaba solitario en su silla de ruedas, Frank Rupprecht, un alemán de 56 años de edad, que hace tres tuvo un accidente en bicicleta que lo dejó parapléjico. Luego de 20 años en Barcelona y con esta tragedia a cuestas, es un chico marroquí quien lo ayuda en su día a día: “Me duele lo que ha pasado. Ha sido un ataque muy cobarde”. Por eso ha venido a marchar.

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Foto: Andrea Daza / The Objective.

Sosteniendo la pancarta del Consell Municipal d’Immigració de Barcelona y de la Taula de Ciutadania i Immigració de la Generalitat, estaba Carmen Rosa Bermúdez, una colombiana de 54 años, presidenta de Fedascat, la Federación de Asociaciones de Colombianos de Cataluña: “Hay una xenofobia horrible”, dijo. “Estamos volviendo a tener inmigrantes de primera y de segunda”, volvió a decir, en referencia a los árabes, “por 4 pendejos que en nombre de dios hacen atrocidades”. Hay que trabajar en red, recomendó. Politizar menos y cooperar más.

Entre el medio millón de personas que marcharon según los cálculos de la Guardia Urbana, estaba Sheila Taberner, una catalana de 32 años que se convirtió al islam hace 12. Vino con todo un grupo del Centro Cultural Islámico Catalán, a reivindicar que el islam es de paz y que los terroristas no los representan. Con ella, María José Queralt, de 54, musulmana hace 32, reivindicó la fe que abrazó por sentir que era una continuación del cristianismo. Es divorciada y marchaba junto a su hijo, Bakary Singateh, nacido el día que su madre cambió de fe: “Los terroristas no actúan conforme al islam, no comparten nuestros valores de paz”.

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Foto: Diana Rangel / The Objective.

Horas antes, Pascale Coissard, portavoz de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado, defendía el derecho de asilo de las personas refugiadas, primeras víctimas en huir del terrorismo: “Deseamos que Barcelona y Catalunya sigan siendo tierra de asilo y que no se cierren las puertas”.

Pero toda esta pluralidad se diluyó bajo aquella enorme pancarta, la polémica pancarta, de la organización Movimiento cívico de España y Catalanes. Su vicepresidente, Javier Megino, de 48 años, pidió que no se mezclaran las cosas: “Estamos todos en contra del terrorismo”. Pero ellos, en particular, en contra del separatismo catalán. Y por eso, su pancarta, decía: “España contra el terrorismo. ¡Gracias majestad!”, para terminar, justamente, mezclando las cosas.

La marcha de las banderas contra el terrorismo
Foto: Andrea Daza / The Objective.

Al preguntarle sobre la poca comunicación de los organismos de seguridad, entre la Policía Nacional y los Mossos d’Esquadra, dijo que era un problema de “falta de fidelidad a los cuerpos de seguridad”. Y hubo pitas y más pitas. Algunos jóvenes, con la senyera, la bandera catalana o con la estelada, la independentista, no se pudieron estar de abuchearlos, de llamarlos fascistas, empujarlos o tratar de tumbar alguna de sus banderas españolas.

Cada quién ha salido a defender su identidad, como Fabián Freire, de 56, quien sostenía no una sino dos: la de Bolivia y otra multicolor, que despertaba la curiosidad a su paso. La bandera de los Pueblos Originarios de su país, la bandera plurinacional. Fabián ha marchado para pedir el fin de la hipocresía, del tráfico de armas y la venta de petróleo: “Lo demás son soflamas nacionalistas, excluyentes, que cuando ocurren dan espacio al fascismo”.

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Alguna otra, como Delfina, ha traído su bandera republicana, impulsada justamente por la presencia de Felipe VI. “¡Guarden las banderas, coño, que hoy no pintan nada!”, gritó un exaltado entre la multitud. Pero en realidad, en esta manifestación, las banderas lo han pintado todo.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

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Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

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Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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¿Cómo logró escapar Antonio Ledezma de Venezuela?

Anna Carolina Maier

Foto: Anna Carolina Maier
The Objective

Entre Caracas y Cúcuta hay 679,09 km en línea recta, según Google Maps. Para el dirigente político de la oposición venezolana, Antonio Ledezma, fueron “1.200 kilómetros de día y de noche en los que no solamente pensaba en mi pellejo” sino también en su país, el que dejaba atrás. Comenta que pensaba a menudo en que si el Gobierno de Nicolás Maduro lo agarraba en el trayecto de la fuga, lo exhibiría “como un trofeo para desmoralizar a la oposición”. Pero esta vez Maduro no lo logró. Ledezma aporta su relato.

El 19 de febrero de 2015, el alcalde de Caracas, Ledezma, fue detenido por una comisión del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN). Más de 100 agentes de la polícia política encapuchados, con las armas enfundadas y sin orden de detención, entraron en las oficinas privadas del dirigente y se lo llevaron. El pasado 17 de noviembre, 1.002 días más tarde, se dio a conocer a los medios que el dirigente opositor al Gobierno de Maduro estaba en Colombia tras haberse dado a la fuga.

Antonio Ledezma logró burlar los férreos controles a los que estuvo sometido durante su arresto domiciliario desde febrero de 2016, cuando le dictaron la medida de casa por cárcel, haciendo creer a sus vigilantes que se encontraba enfermo. Así consiguió que un día le dejaran de sacar la foto que diariamente le hacían como ‘fe de vida’ para los que él llama sus “secuestradores”: el Gobierno de Nicolás Maduro. Ese día, como él dice, “me la jugué”.

“Estudiamos los hábitos de los funcionarios y cuál era el momento más adecuado”. Confiesa que todo el tiempo que estuvo en su piso recluido, aplicó el “principio mandeliano” de: “No te líes con tus custodios”, lo que lo ayudó a establecer relaciones cordiales que luego facilitarían el análisis de las actitudes de los guardias. “A mi me hacían una fotografía todos los días en la que tenía que mostrar el periódico del día. Logramos, en estos últimos 15 días, que se bajara un poco la guardia diciéndoles que me sentía mal, que no podía dormir (…)”.

Relata que llevó adelante una estrategia evaluando cómo vestirse y lucir para hacer creer a la policía política que se encontraba muy enfermo. Dejó de arreglarse y de peinarse, hasta que logró evitar que le tomaran la fotografía correspondiente. El jueves a las 8:00am escapó. “Me la jugué para que no se repitiera la fotografía y fue cuando salimos a las primeras horas de la mañana”.

Añade que calcularon el tiempo que tardaba la unidad del SEBIN en hacer su cambio de guardia. A partir de allí, “lo que vivimos fueron 29 alcabalas (controles de la Guardia Nacional y de la Policía Nacional), además de otros puestos de vigilancia”.

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El dirigente de Ciudadanos, Albert Rivera y el expresidente de Colombia, Andrés Pastrana acompañaron a Ledezma en la rueda de prensa de este lunes en Madrid. | Foto: Paul Hannah | Reuters

Reconoce que hubo colaboración de un equipo militar que se arriesgó a ayudarlo en su huida, “que no tiene nada que ver con colaboradores cercanos de Caracas”.

“Nicolás Maduro sabe que para poder pasar 29 alcabalas tuvo que haber colaboración de efectivos militares que hoy en día sienten vergüenza de lo que ocurre con la Fuerza Armada Nacional”, explica.

Los últimos 14 metros para llegar a la frontera con Cúcuta (Colombia) fueron los más tensos. Una señora que estaba en la cola de inmigración lo reconoció a pesar de que él llevaba un suéter y una gorra para disimular su apariencia. Ella le gritó emocionada: “Ledezma”, justo frente al guardia del último control en la frontera donde revisan las maletas.

“El guardia me reconoció, me hizo un guiño con el ojo y me dijo: ‘Siga adelante’”. “Quedan 14 metros”, fue la última frase que escuchó Ledezma antes de cruzar. Para el político, esos 14 metros parecieron 14 kilómetros.

Como documentación, Ledezma llevaba un carnet falso de inmigración colombiano con la foto de un hombre con rasgos similares. Al presentarlo al funcionario de la aduana del país vecino, este le respondió: “No hace falta”. Le dio una bandera de Venezuela y le dijo: “Usted es hombre libre; está en territorio colombiano”.

La escapada de Ledezma ha traído algunas consecuencias. Entre ellas, el allanamiento de algunos pisos del edificio donde vivía, así como la detención de varias personas com Ignacio Benítez, presidente de la junta de la comunidad de su edificio, quien está retenido en el Helicoide (sede del SEBIN en Caracas) y permanece incomunicado. También están detenidos el vigilante externo de la residencia, Jairo Atencia; Nelson Teixera, dueño de la empresa que presta el servicio de cámaras de seguridad de las residencias; Elizabeth Cardenas, exjefa de protocolo de la Alcaldía Metropolitana de Caracas (AMC); Carlos Luna, exjefe de protocolo de la AMC; y Carmen Catalina Andarcia, directora de administración de la AMC.

El dirigente venezolano ha aprovechado la rueda de prensa que ha dado en Madrid este lunes para denunciar estos casos. También ha prometido que trabajará desde el exilio para sacar a Venezuela de la crisis en la que está inmersa.

Sobre su situación legal ha dicho a los medios que no ha pedido asilo y que está estudiando con el Gobierno español la figura que le permitirá “actuar desde España y moverse por todo el mundo para denunciar la narcodictadura” y la situación de los 380 presos políticos que hay según el Foro Penal venezolano.

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Estas son las listas con las que los partidos se presentan al 21D

Redacción TO

Foto: ELOY ALONSO
Reuters

Cataluña vive una crisis institucional y política sin precedentes desde que el pasado 1 de octubre se celebrara un referéndum de autodeterminación declarado ilegal por el Tribunal Constitucional, el Parlament aprobara la declaración unilateral de independencia, y posteriormente el Gobierno de España cesara al Gobierno de la Generalitat, disolviera el Parlament y convocara elecciones el 21 de diciembre al amparo del artículo 155 de la Constitución para “restablecer el orden”.

Un total de 5.553.983 de catalanes están llamados a participar en las elecciones autonómicas al Parlament, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Estas son las listas con las que los principales partidos políticos se presentan a los comicios:

Junts per Catalunya

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Carles Puigdemont da un discurso en Bruselas. | Foto: Pascal Rossignol/Reuters

El expresidente catalán, Carles Puigdemont, encabeza la lista de una formación nueva que ha llamado Junts per Catalunya, al no lograr una candidatura única con ERC como en los comicios de 2015, cuando el PEdCAT se presentó con los republicanos.

1. Carles Puigdemont: el expresident de la Generalitat encabeza la lista de ‘Junts per Catalunya’.  Sobre Puigdemont y cuatro exconsellers, que se encuentran en Bruselas, pesa una eurooorden de detención ante la Fiscalía General de Bélgica y una orden nacional e internacional de busca, captura y entrada en prisión, emitidas por la juez de la Audiencia Nacional Carmen Lamela.

2. Jordi Sánchez: el expresidente de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) ha aceptado ser el número dos. Sánchez se encuentra encarcelado en Soto del Real desde hace un mes, junto al líder de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart, ambos acusados de sedición. Cuixart ya había anunciado que no estará presente en ninguna lista electoral del 21D.

3. Clara Ponsatí: la exconsellera de Enseñanza es la número tres en la lista. Ponsatí es la única exconsellera que se encuentra en Bruselas.

4. Jordi Turull: el exconseller de Presidencia y exportavoz del Govern de Puigdemont, en prisión incondicional desde el 2 de noviembre, va de número cuatro.

5. Laura Borràs: ocupa el número cinco de la lista.

6. Josep Rull: el exconseller de Territorio va de números seis en la lista. Rull está en prisión también desde el 2 de noviembre.

7. Joaquim Forn: el exconseller de Interior ocupa el puesto número siete en la lista. Forn está en prisión desde el 2 de noviembre.

La lista por Girona la liderará Gemma Geis Carreras, la de Lleida estará encabezada por Josep Maria Forné Febrer y el número uno de la lista por Tarragona será Eusebi Campdepadrós i Pucurull.

Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)

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Oriol Junqueras fue el número dos del Govern hasta la aplicación del 155. | Foto: Manu Fernandez/ AP Photo File

ERC que, según las encuestas, aparece como el partido más votado, ha decidido concurrir en solitario.

1. Oriol Junqueras: fue el número dos del Govern hasta la aplicación del 155 tras la declaración unilateral de independencia por el Parlament.

2. Marta Rovira: la abogada, secretaria general de ERC, será la número dos.

3. Raül Romeva: el conseller cesado irá de número tres.

4. Carme Forcadell: la expresidenta del Parlament será la número cuatro.

5. Carles Mundó: el exconseller es número cinco de la lista.

6. Alba Vergés: diputada del Parlament en la XI Legislatura.

7. Antoni Comín: el exconseller de Salud es uno de los políticos que se encuentra en Bruselas a la espera de que la justicia belga resuelva la orden de detención que pesa contra él.

La lista de ERC por Girona la liderará la consellera cesada y encarcelada Dolors Bassa, la lista de Lleida estará encabezada por la consellerra cesada y actualmente en Bruselas Meritxell Serret y la lista por Tarragona la liderará el delegado de la Generalitat en Tarragona cesado, Òscar Peris.

Candidatura d’Unitat Popular (CUP)

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Carles Riera, cabeza de lista de la CUP por la demarcación de Barcelona, durante su intervención en la presentación de la candidatura para las elecciones del 21D. | Foto: Marta Pérez/EFE

Por la CUP, Carles Riera i Albert, actual diputado de la formación en el Parlament, encabezará la lista por Barcelona, seguido de María Sirven, que es concejala en Terrassa (Barcelona) y de Vidal Aragónes, concejal en Cornellà -también en Barcelona-. El puesto número 4 será para Fuentsanta Ballester (concejala en Arenys de Munt), mientras que el quinto lo ocupará el exjefe de prensa de la CUP Jordi Salvia (Vilafranca del Penedès, 1980). El puesto número siete queda reservado para el alcalde de Monistrol de Calders (Barcelona), Ramon Vancells, y el número 8 será para la concejala en el Ayuntamiento de Barcelona Maria Rovira, mientras que la portavoz del secretariado nacional, Núria Gibert, figurará en décimo lugar.

En Lleida, es Mireia Boya Busquet, actual diputada en el Parlament de Cataluña. El cabeza de lista en Tarragona es Xavier Milian Nebot, militante de la CUP desde 2007. La cabeza de lista en Girona es Natalia Sánchez Dipp.

1. Carles Riera Albert

2. Maria Sirvent Escrig

3. Vidal Aragonés Chicharro

4. Fuentsanta Ballester Jiménez

5. Jordi Isidro Salvia Cuadras

6. Isabel (Bel) Olid Baez

7. Ramon Vancells Casacuberta

Partido Popular (PP)

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Xavier Garcia Albiol durante un mitin en Barcelona. | Foto: Albert Gea/Reuters

El presidente del PP en Cataluña y exalcalde de Badalona, Xavier García Albiol encabeza la lista seguido de la vicesecretaria de Estudios y Programas del PP, Andrea Levy.  Una lista que los populares han querido que cierren de forma simbólica varios nombres de peso en el partido como la expresidenta del PP en Cataluña y actual secretaria primera de la Mesa del Congreso, Alicia Sánchez-Camacho, y la ministra de Sanidad, Dolors Montserrat.

1. Xavier García Albiol

2. Andrea Levy Soler

3. Santiago Rodríguez i Serra

4. Esperanza García González

5. Daniel Serrano Coronado

6. Alberto Villagrasa Gil

7. Manuel Reyes López

Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) 

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El primer secretario del PSC, Miquel Iceta, durante su intervención ante el Consell Nacional de los socialistas catalanes. | Foto: Toni Albir/EFE

Miquel Iceta vuelve a ser el que encabeza la lista de los socialistas catalanes, en la que Eva Granados irá de número dos. Pero es el número tres en la candidatura por Barcelona, Ramón Espadaler, el que más atención ha acaparado, ya que se trata de un antiguo destacado miembro de Unió, que durante décadas ocupó el poder en Cataluña junto con Unió a través de CiU. De Unió también son también la número dos por Girona y exdiputada de CiU en el Congreso, Montserrat Surroca, el tres por Tarragona, Joan Caballol, y el tres por Lleida, David Pampols.

También repiten los portavoces adjuntos Ferran Pedret (5) y Alícia Romero (6), seguidos de Jordi Terrades, Assumpta Escarp, el ahora secretario segundo de la Mesa del Parlament, David Pérez, Esther Niubó, Pol Gibert, Marta Moreta, Raúl Moreno y Eva María Martínez

1. Miquel Iceta Llorens

2. Eva Granados Galiano

3. Ramón Espadaler Parcerisas (Ind)

4. Beatriz Silva Gallardo (Ind)

5. Ferran Pedret I Santos

6. Alícia Romero Llano

7. Jordi Terrades Santacreu

Ciudadanos

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La líder de Ciudadanos en Cataluña, Ines Arrimadas, sale del Parlament. | Foto: Rafael Marchante/Reuters

Ciudadanos ha decidido mantener las cabezas de lista que presentó en el año 2015 para las cuatro provincias de Cataluña. Inés Arrimadas será, de nuevo, la número uno por Barcelona, Matías Alonso se presentará por Tarragona, Jorge Soler por Lleida y Jean Castel por Girona.

1. Inés Arrimadas García

2. Carlos Carrizosa Torres

3. José María Espejo-Saavedra Conesa

4. Fernando Tomás de Páramo Gómez

5. Sonia Sierra Infante

6. Ignacio (Nacho) Martín Blanco

7. Joan García González

Catalunya en Comú-Podem

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Xabier Domènech encabezará la lista de en Comú Podem en Barcelona. | Foto: En Comú Podem/Twitter

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau,ocupará un puesto simbólico en la lista electoral de Cataluña En Comú-Podem, cerrarando la candidatura de los comunes.

La lista la encabezará el actual diputado de En Comú Podem en el Congreso de los Diputados, Xavier Domènech, seguido de  Elisenda Alamany y Jéssica Albiach, con Marta Ribas en el número cuatro y el exsecretario tercero de la Mesa del Parlament, Joan Josep Nuet, en el quinto puesto. Por su parte, el periodista Jaume Barberá será el penúltimo de la lista.

1. Xavier Domènech Sampere

2. Elisenda Alamany Gutiérrez

3. Jèssica Albiach Satorres

4. Marta Ribas Frias

5. Joan Josep Nuet Pujals

6. Susana Segovia Sánchez

7. David Cid Colomer

Aquí puedes consultar todas las listas completas y publicadas en el BOE.

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Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Anna Maria Iglesia

Foto: Alberto Gamazo

Silvia Cruz LaPeña es una periodista de raza. Fiel y honesta con sus principios. Especialista en flamenco, Cruz LaPeña no es una mera reseñista: sus artículos y reportajes son textos, a veces incómodos, en los que ella analiza y descubre el mundo del flamenco, construyendo un relato que no se acomoda a los tópicos. Crónica Jonda (Libros del K.O) es también un relato incómodo, es también un relato que desmonta tópicos, un relato aparentemente autobiográfico a través del cual Cruz LaPeña destripa el presente social, político y, también, emocional. El presente de Crónica Jonda es el resultado de un pasado que no ha acaba de morir, que está ahí y cuyos frutos recogemos ahora.

Crónica Jonda comienza con la muerte de Paco de Lucía, que, a través de las palabras de Miguel Mora, se convierte en símbolo de un tiempo que se acaba.

Sí, y por esto está muy marcado el hecho de que yo me entero de la muerte de Paco de Lucía cuando estoy terminado el epílogo de la biografía de Camarón. Es un gesto casi epifánico: termino el epílogo y, por tanto, en cierta manera vuelvo a enterrar al gitano, que era Camarón, y me entero que se ha muerto el payo, Paco de Lucía. Y, sí, cuando Miguel Mora habla de la España aniquilada, yo la veo representada.

El gitano y el payo, el norte y el sur, lo exterior y lo interior… ¿tu libro es un juego de dualidades imposibles de separar?

Sí, está todo imbricado, porque la realidad es así. Este libro es un viaje, que yo empiezo cabreada, pero no puedo decirte en qué página dejo de estarlo, porque todo está mezclado, los opuestos se tocan y se confunden. En el fondo del libro está la idea de un todo, algo caótico, un todo donde es imposible determinar dónde empieza la otra. Es un libro que empiezo a escribir cuando todo parece haberse desquebrajado, cuando estaba naciendo con mucha fuerza Podemos y nos preguntábamos qué iba a pasar; ahora, seguimos, en parte, igual, no sabemos qué va a pasar, ni con Podemos ni con ningún otro partido. Por esto, cito a Faulkner.

Narras un tiempo que agoniza…

Sí, un tiempo que, además, se estira y no se acaba. Hablo de un tiempo que tiene mucho que ver con el flamenco, con esa voluntad de querer conservar el pasado, de no dejar que llegue lo nuevo. Por esto digo que, para no ser la música de España, el flamenco se le parece mucho. Como el flamenco, también el tiempo que estamos viviendo ahora es un tiempo suspendido, no sabemos qué va a pasar y, personalmente, tengo la sensación de que cada día empieza todo de nuevo.

No sólo dices que el flamenco se parece mucho a España, sino que es machista como España. ¿El flamenco es la lente desde donde miras tu entorno?

Sí, en cierto modo y, de hecho, en este libro el flamenco no es una excusa, como algunos me han dicho, sino que es la clave de lectura de muchas cosas y, al mismo tiempo, es mi abrigo, porque es el flamenco es el lugar donde me refugio. El flamenco es un microcosmos y en él veo conductas que, luego, veo también en otros ambientes, entre los periodistas, los carniceros o los taxistas.

El flamenco y, sobre todo, el mundo flamenco está muy connotado, pero, desde fuera, ¿lo miramos y lo juzgamos con demasiados prejuicios?

Hay muchos prejuicios en relación al flamenco, unos prejuicios que vienen de hace tiempo. Es cierto que el franquismo se apropió del flamenco y se lo usó como forma de propaganda de la cultura española, pero no fue el único arte a ser usado. Esto, sin embargo, ha hecho que, todavía hoy, haya quien conserva la idea de que el flamenco mantiene unos lazos con el franquismo cuando no es así.

Además, el flamenco es considerado como “lo español”, en un momento donde “lo español”, sobre todo en lugar como Cataluña, cuesta mucho de aceptar. Y, por último, para empeorar las cosas, se le tacha de machista y, en parte, es cierto, pero el flamenco no es más machista que la sociedad en el que está inmerso, es decir, la sociedad española.

Lo que quisiera es poner un punto y final a estas asociaciones, porque de flamenco he visto mucho y lo he visto en países como Francia e Inglaterra. Por tanto, ¿el flamenco es “lo español”? Sí, pero no. Lo que sucede es que falla el relato y creo que, en gran medida, de esto es responsable el propio mundo flamenco y, también, aquellos que lo narramos. Creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de hablar de flamenco sin hablar de lunares, sin caer en los tópicos.

¿En qué sentido se ha explicado o se explica mal el flamenco?

El relato que se ha hecho hasta ahora del flamenco es la del tío guapo, alto, moreno y con pinta de torero y la mujer guapa, espectacular, con vestido de lunares. Se cuenta que, en el mundo flamenco, él manda y ella renuncia a todo y, en parte, es cierto, solo que, como te decía antes, el machismo del flamenco no es otra cosa que el reflejo del machismo de la sociedad en que se enclava.

El flamenco es mucho más, solo que todavía es un mundo muy circunscrito; ten en cuenta que muchos conservatorios no admiten los estudios de flamenco porque piensan que es cosa de cuatro gitanos que bailan en su casa. Esto hace que se desconozca el flamenco más allá de los tópicos, más allá del “lerele” y de los topos. Por esto, hablo del relato y de nuestra responsabilidad, porque es cierto que, sobre todo los medios no especializados, todavía te piden que si escribes de flamenco les hables de lunares, de sangre y de pasión, pero es precisamente esto lo que tenemos que evitar, porque el flamenco de hoy no es esto o no es solo esto. Hay espectáculos de flamenco muy fríos, donde no hay ni sangre ni pasión. O, por ejemplo, ver bailar a Rocío Molina es asistir a una clase magistral de danza contemporánea y de flamencos. Es una mujer que no utiliza ni lunares ni peinetas, pero es flamenco.

¿Ha habido clasismo en la percepción del flamenco?

Sí y no. Por una parte, no en cuanto, casi desde sus inicios el flamenco ha vivido gracias al apoyo de la gente adinerada; de hecho, muchos artistas flamencos han vivido de bailar a señoritos y a gente adinerada. Además, lo curioso es que, actualmente, muchas veces quien rechaza el flamenco es gente que, por cultura o por contexto, está muy cerca de él; sin embargo, hoy muchos lo rechazan por ser algo popular, algo folklorico…e, incluso, algunos no rechazan por no ser un arte elevado, si bien no hay que olvidar que hoy en día el flamenco está en todos los teatros del mundo.

Por otra parte, sí, hay clasismo: el rechazo al flamenco tiene mucho de clasismo y de racismo, que, paradójicamente, no solo viene del mundo payo.  En el mundo gitano también hay racismo, el de los gitanos y, lo que es más curioso, el de los gitanistas hacia los payos. Los gitanistas, que muchas veces no son gitanos, son unos puristas, son aquellos que dicen que el flamenco solo puede ser puro y que todo lo demás no es flamenco.

Ahora que hablas de los gitanistas, pienso en tu análisis de la música de Miguel Poveda, cuyo flamenco se ha “modificado” en cuanto él ha cedido, en parte, al gusto, tentado por las ventas o el gran público. ¿Poveda, como tantos otros, representa un flamenco adulterado, ese flamenco que nos llega y que consume la gran mayoría?

Yo diría edulcorada. Me voy a remitir, además porque enlaza con la cuestión del clasismo, a lo que dice Luis Cabrera, del Taller de Músics: el flamenco gusta si no te araña. No gusta el flamenco duro. Y lo que yo digo de Poveda es algo que se ve mucho en programas como La Voz u Operación Triunfo: se flamenquea mucho, se hace mucho “lerele” y mucho “olé”, pero eso no es hacer flamenco, por mucho que quien lo haga esté relacionado familiar o culturalmente con el flamenco.

Hay muchos que piensan que Malú es flamenca o que Rosario Flores hace flamenco, cuando no lo ha hecho en su vida. Y, sin llegar a este punto, Miguel Poveda, que sí que canta flamenco, aunque en sus espectáculos hay de todo, hace un flamenco edulcorado o, como yo digo, flamenco de amplio espectro. Muchos de mis compañeros de profesión, me dirían que este flamenco de amplio espectro no es flamenco.

Un relato desde el flamenco 1
El flamenco es mucho más que lunares y trajes de sevillana | Foto de Alberto Gamazo

¿Me comprarías la etiqueta: “flamenco para quien no entiende de flamenco”?

Mis compañeros gitanistas te comprarían… y yo también

Otro de los temas del libro es la inmigración, principalmente la de Andalucía hacia Barcelona y te muestras muy crítica hacia la política catalana, hacia ese discurso político que llegó a consolidar el concepto de “charnego”.

Sí, ante todo, porque reniego completamente del concepto de “charnego”. Yo no eliminaría esta palabra, pero que la diga quién la inventó. Este nombre, completamente despectivo, no nos lo hemos inventado quienes supuestamente somos charnegos, por esto, no lo asumo, porque no hay nada de negativo en el hecho de que una abuela mía fuera andaluza, otra murciana, mi madre de Barcelona y mi padre de Córdoba. Y, sí, en el libro hago una crítica feroz a esa sociedad que conocí y la hago, también, porque me hace mucha gracia cuando se habla hoy de los catalanes a los que no se escucha o a esos catalanes que estamos un poco callados. ¿Nos han escuchado alguna vez? Por esto cuento la celebración que se hizo en Barcelona en 2013 por los cien años del nacimiento de Carmen Amaya. A nadie le importó que se celebrara el nacimiento de Amaya teniendo mal los datos, sin prestar atención a los estudios que decían que ella había nacido en 1918. ¿Te imaginas que hubiera pasado si quienes organizan la celebración de 1714 se equivocaran y dijeran 1715? Pues, esto. No se trata de forma distinta a unos que a otros y luego decir que somos todos parte de un mismo pueblo. Recuerdo perfectamente cuando en la rueda de prensa previa al homenaje de Amaya, Mascarell decía que el pueblo romaní era parte del pueblo catalán, cosa que es cierta, pero entonces ¿por qué no se la trata igual?

En el libro cuentas, además, como un concejal te dice que prefiere antes “a los africanos que a los andaluces porque son ‘más propensos a hablar catalán’”.

Me hicieron este comentario como me han hecho muchos otros. Y, lo peor, te lo hacen sin preguntarse quién eres tú, sin plantearse que, a lo mejor, con sus palabras te están ofendiendo o están ofendiendo a tus padres.

¿Tuviste que asumir tu historia y tus orígenes o siempre fueron connaturales a ti?

No, no tengo la sensación de haber tenido que asumir mis orígenes, pero sí es cierto que, durante la presentación en Madrid, Cristina Fallarás decía que el libro es la narración de la construcción de una identidad. Seguramente, en el libro me digo algunas cosas que nunca me había dicho y ciertamente no es casual que mi interés por el flamenco se haya reafirmado en estos últimos años ni que mi libro salga en estos días y hable de flamenco. Aunque no quieras, ahora mismo, te obligan a preguntarte sobre tu identidad. Yo, que nunca me he preocupado de esto, me siento obligada no sólo a preguntarme sobre mi identidad, sino también a interrogarme sobre mi origen. Sin embargo, para mí nunca fue un problema: cuando volví a Barcelona, vivía en Nous Barris y nunca sentí la necesidad de preguntarme de dónde era. A lo mejor era una excepción, pero lo cierto es que nunca me preocupó este asunto.

Tú, además, narras la experiencia de una migración a la inversa: cuando tienes 8 años, dejas Barcelona y vas vivir a Andalucía. ¿Cómo era tu mirada, la de una niña que, si bien de origen Andaluz, deja Barcelona y se va a vivir a Andalucía?

Era una mirada repelente, porque era la mirada de quien viene de Barcelona y llega al sur. Era una mirada donde había rechazo, que, sin embargo, también encontré en Andalucía, aunque por distintos motivos. El rechazo que encontré era debido a que allí están muy hartos de que, desde Barcelona, se les mire con cierta superioridad, una superioridad que yo llevaba incorporada. Y, ahora, lamento haber salido corriendo de allí con 18 años, deseando ir a Barcelona, que para mí significaba un lugar con amplitud de miras y cosmopolita, paradójico si pensamos en lo que estamos viviendo hoy.

Evidentemente, con los años he vuelto a Andalucía, pero ya no he vuelto a vivir allí; de ahí que, en el libro, exprese mi arrepentimiento por esa actitud repelente que tuve y, solo ahora, me doy cuenta de que en todos los años que viví ahí, no llegué a conocer, de verdad, Andalucía por mi estrechez de miras.

En el fondo, Crónica Jonda es un gran canto a Andalucía.

Y a Barcelona.

Sólo que Barcelona sale peor parada.

No, el libro es un gran canto a Barcelona, solo que vivo en Barcelona. Si me hubiera ido, seguramente mi mirada se hubiera dulcificado. Yo no tengo una mirada romántica de Andalucía, pero ya no es tan severa como la que tenía antes, porque vivo a mil kilómetros y porque cuando voy es solo para estar unos días. Sin embargo, Barcelona es mi ciudad elegida, es la ciudad que amo, de ahí el cabreo que tengo. Siempre te enfadas con quien más quieres y yo estoy casada con Barcelona.

Por último, quería preguntarte sobre el periodismo, del que también hablas.

Yo todo lo que te pueda decir del periodista suena a corporativista, aunque no lo sea para nada, pues soy muy crítica con quien no lo hace bien y conmigo misma cuando me equivoco. Me parece vital que se haga periodismo y que se haga bien. Aunque no tengamos un código deontológico muy claro, me parece esencial hacer periodismo con sensatez y respetando algunos principios.

Te muestras muy crítica con los “periodistas” amateurs.

Yo soy muy crítica con el amateurismo, es cierto, con ese “periodismo” que se ejerce gratis. Yo también me abrí un blog para escribir sobre mis cosas, pero el periodismo es otra cosa. ¿Qué quieres hacer periodismo? Muy bien, pero juega con nuestras reglas: cobra por trabajar. ¿Te metes a hacer periodismo sin cobrar para ligarte a la cantaora o el productor? Entonces, lo que haces no es periodismo, porque el objetivo del periodismo es otro.

Puedes ser amateur, pero no nos quites el pan, no reemplaces el papel del periodismo. Nos quejamos de que se hace mal periodismo, pero es que la mitad de la gente que lo ejerce no es periodista, y no me refiero a tener o no el título universitario, y la mitad de la otra mitad ha sucumbido a determinadas cosas: cobrar poco, titular mal en busca de click, evitar ser molesto.

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