Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

La obstinada rebelión de George Orwell que persiste en el siglo XXI

Romhy Cubas

“Los animales que estaban fuera miraban a un cerdo y después a un hombre, a un hombre y después a un cerdo y de nuevo a un cerdo y después a un hombre, y ya no podían saber cuál era cuál.”

La historia asume una condición cíclica, más no exacta, que tiende a renovar estrategias fracasadas en otras épocas y abstracciones. A pesar de nuestra “tendencia” evolutiva hay un duende insistente con el que la humanidad no termina de saldar cuentas tal vez más por naturaleza que por inconstancia y descuido, pero el caso es que los errores se repiten y lo resultados se acoplan junto al último dispositivo inteligente. La revisión de críticas aún vigentes en su antigüedad es una de esas cosas que todavía en el siglo XXI no terminan de absorber la moraleja de la historia. Es así como la “sátira” escrita durante la Segunda Guerra Mundial por el británico George Orwell “Rebelión en la granja” nos reencuentra con unas ansias paradójicas de un progreso que se jacta de aprender del pasado pero que sigue caminando hacia el abismo, el mismo destino recorrido con un modelo distinto de zapatos.

Edición de Penguin Random House (2014).
Edición de Penguin Random House (2014).

La lectura y relectura de Rebelión en la granja ataja una conclusión certera e inevitable para los conceptos de Libertad y Estado como subordinados. Las sociedades son conflictivas por naturaleza, pero cuando el conflicto se enaltece y se convierte en hacinamiento y opresión nos encontramos con un totalitarismo “wanna be” abrigado por prendas democráticas que no se atreven a vestirse de otra forma en el siglo XXI; libertades y derechos supuestamente “conquistados” hace millones de años supeditados a los humores e intereses de las sillas grandes. En 1945 Orwell hizo una crítica indiscutible y directa contra la corrupción del socialismo soviético en la Rusia de Stalin, en el presente las palabras se amoldan a tantos gobiernos y administraciones que el chiste se cuenta con tan solo reformular lo obvio.

La granja

Un grupo de animales cuya rutina se reduce a una granja administrada por un hombre llamado Jones, es convencido una noche de que debe rebelarse contra la especie humana para lograr con éxito la igualdad de condiciones. Entre caballos, burros, ovejas, perros, y cerdos el liderazgo, siempre tan urgido y sumiso, recae en aquellos con mayor capacidad intelectual: en este caso los cerdos. “El Viejo Mayor” es el cerdo sabio y antiguo que reúne a la pequeña comuna luego de un sueño premonitorio que persuade a los animales para que tomen las riendas de su destino, esa semilla necesaria para fundar una doctrina “propia” en teoría reformulada para diferenciarse de la anterior; los animales se rebelan y deciden crear una sociedad bajo sus propias reglas. Siguiendo un ángulo marxista que abarca una pequeña esquina de la corriente, aquí los animales representan al proletariado que debe alzarse para abrir paso al siguiente tramo de la historia; los humanos representan a los llamados “capitalistas” que se aprovechan de la clase trabajadora y los bienes de su trabajo. Esta idea abarca una corta línea del marxismo porque en realidad lo que Marx codicia es la sociedad total sin barreras o derechos individuales: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. En cambio, para Orwell la concepción de un socialismo revolucionario, no parlamentario, está absolutamente ligado con la libertad.

Luego de la rebelión y la repartición de roles, surge el paralelismo entre dos fuerzas que chocan inevitablemente: Napoleón y Snowball. Mientras que el primer cerdo no quiere hacer nada pero quiere estar a cargo de todo para consolidar el poder ya ganado, el segundo desea enseñar a los otros animales y construir un molino de viento que beneficiaría al futuro de la granja. El molino vendría a ser esa noción de “autonomía” de cada nación, esa sociedad utópica que todos quieren construir según su concepto de “bien común”, que no es tan universal como predica.

Palabras más palabras menos, la rebelión se convierte en un espejo mal disimulado de la tiranía contra la cual se alzó en un principio. El cerdo que despreciaba a los humanos adopta sus costumbres y sus vicios, los animales se encuentran con dos patas de más que les estorban para caminar.

Rebelion en la granja_Orwell_2

Caminar con cuatro patas o con dos

No es exagerado asomar que en el presente vivimos en una perenne rebelión que todavía vacila entre caminar con cuatro o con dos patas. En Estados Unidos acaba de ganar una de las elecciones más controversiales de la historia el republicano Donald Trump, quien a punta de xenofobia, machismo y racismo cautivó sobre un caudal significativo de querellas ya peleadas en un pasado, en España nunca ha habido un presidente de Gobierno tan en minoría y con tantas dificultades para sacar adelante normas y decisiones en el Congreso de los Diputados como el actual: Mariano Rajoy, en Latinoamérica se creó un socialismo afincado en “el pueblo” que ha terminado persiguiendo su propia cola. Al igual que Dilma Rousseff en Brasil, Cristina Fernández en Argentina arrastra decenas de causas penales en tránsito; en Venezuela se proclamó el “socialismo del siglo XXI” contribuyendo a toda una galería de adeptos que hoy en día se estrellan contra las paredes. Llegaron con el discurso separatista de un pasado nocivo, ahora muchos se preparan para mutar en animales que se olvidaron si tienen dos o cuatro patas.

Rebelion en la granja_Orwell_3

El punto de inflexión o el establo de las vacas

En la rebelión de Orwell llega ese punto de inflexión que se anhela como el último, el “ya no más” de las naciones: el revocatorio, el juicio político, las elecciones, la marcha, el concierto, el partido… Orwell lo capitula como la “Batalla del establo de las vacas”. La comparación con los líderes autoritarios resuena en palabras y acciones familiares, el miedo al fracaso amplía un discurso que fuerza la calma pública para mantener el control de unos pocos. “Nadie cree más firmemente que el camarada Napoleón el principio de que todos los animales son iguales. Estaría muy contento de dejarles tomar sus propias determinaciones. Pero algunas veces ustedes podrían adoptar decisiones equivocadas, camaradas. ¿Y dónde estaríamos nosotros entonces? …seguramente, camaradas, que ustedes no desean el retorno de Jones, ¿verdad?”

La seguidilla se presenta así: el caldo de cultivo o el “Señor Jones” que le abre el camino al “cerdo Napoleón”, quien con ideas revolucionarias emocionaliza el debate y lo convierte en espectáculo, entonces llegan las confrontaciones y los insultos y un pueblo es anestesiado por un hombre (o animal) que les dijo lo que querían oír en el momento preciso, las irregularidades se calzan con los zapatos de la normalidad y ya no se sabe cuál es cual.

Pero más allá de las comparaciones individuales y personales que se puedan hacer en la actualidad, Orwell hace un reflejo que difícilmente caduca cuando concluye que siempre habrá “cerdos” que usen el idealismo de muchos para el beneficio propio. La ansiada utopía gira en un mundo paralelo en donde se tapan los huecos más no se cementa el suelo.

Continúa leyendo: #NeverAgain: el movimiento de los jóvenes de Parkland para acabar con las armas

#NeverAgain: el movimiento de los jóvenes de Parkland para acabar con las armas

Anna Carolina Maier

Foto: JOE SKIPPER
Reuters

Hay muchas formas de llevar un duelo. Algunos prefieren mantenerse en silencio sin salir de casa pero, definitivamente, este no es el mecanismo que prefieren los estudiantes del instituto Marjory Stoneman Douglas que sobrevivieron al tiroteo del 14 de febrero en el que fueron asesinadas 17 personas.

Por el contrario, tan solo cuatro días después de la matanza, los jóvenes iniciaron el movimiento #NeverAgain (Nuncá más). El objetivo es que se hagan “verificaciones más estrictas de antecedentes para los compradores de armas”. También han organizado una protesta, denominada Marcha por Nuestras Vidas, para el 24 de marzo en Washington en la que exigirán un mayor control de armas en Estados Unidos.

Cameron Kasky pertenece al club de teatro de la escuela. Comenzó a publicar en Facebook algunos mensajes desde el coche después de que él y su hermano fueran recogidos por su padre tras sobrevivir al tiroteo. “Estoy a salvo”, publicó dos horas después de la masacre. Durante la tarde de ese oscuro día de San Valentín, la frustración de Kasky fue creciendo.

“No puedo dormir. Pensando en tantas cosas. Estoy tan enfadado que ya no estoy asustado ni nervioso… Estoy enfadado”, escribió. “Solo quiero que la gente entienda lo que sucedió y que no hacer nada no conducirá a nada. ¿Quién hubiera pensado que ese concepto era tan difícil de entender?”, se preguntó.

Estas publicaciones dieron lugar a una invitación por parte de la cadena CNN para que el chico escribiese un artículo de opinión que luego dio lugar a entrevistas televisadas, relata The New Yorker. Poco antes había sido entrevistado por el periodista, también de la CNN, Anderson Cooper.

La noche del jueves, tras la vigilia por los fallecidos, Kasky invitó a algunos amigos a su casa para tratar de iniciar un movimiento. “Manténganse alerta. #NeverAgain (Nunca más)”, puso en sus redes.

Kasky confesó que, al comienzo, había criticado al Partido Republicano, pero él y sus amigos habían decidido que el movimiento no debería ser partidista. Consideró que la mayoría de la gente, sin importar las ideologías, estaría de acuerdo en que las masacres escolares deben terminar.

De hecho, en una publicación en Facebook se disculpó y manifestó: “El objetivo de este movimiento es unir al país y a los que nos apoyan en todo el mundo para hacer algo sobre la violencia armada. Todavía apoyo mis declaraciones sobre Rick Scott y Marco Rubio, pero por el momento, no se trata de eso. Esto es sobre dos cosas: sanar el dolor de la pérdida y recordar a aquellos que hemos perdido, promoviendo el control de armas. Los maestros no necesitan armas. Esa no es la forma de combatir este problema”.

 1

El grupo se quedó despierto toda la noche creando cuentas para redes sociales y concretando el mensaje clave que querían transmitir, “porque lo importante aquí no era hablar de sangre derramada”, dijo Kasky. Fue entonces cuando surgió la idea concreta de solicitar a los políticos que creen una norma que exija una verificación de antecedentes más exhaustiva para aquellas personas que quieran adquirir armas.

Alfonso Calderón, un español nacido en Alcobendas (Madrid), estuvo con Kasky esa noche creando la organización. “Nikolas Cruz, el tirador de mi escuela, fue denunciado a la policía treinta y nueve veces”, contó a The New Yorker.

Antes de la medianoche del 15 de febrero #NeverAgain lanzó su página de Facebook. “Gracias a todos los que han apoyado a nuestra comunidad y, por favor, recuerden mantener en sus mentes el recuerdo de las personas queridas que hemos perdido”, escribió entonces Kasky.

 1

Además de Kasky y de Calderón, Jaclyn Corin -presidenta del curso de primero de bachillerato de Marjory Stoneman Douglas- se despertó la mañana después del ataque ante la confirmación de que su amigo desaparecido, Joaquín Oliver, un joven venezolano de 17 años, estaba entre los muertos.

La hermanastra de Oliver, Andre Ghersi, había compartido horas antes una foto del chico y pedía pistas sobre su paradero. “No hemos oído nada de él. Por favor compartan esta foto y contacténme si tienen cualquier información”. Sin embargo, en la madrugada del jueves la madre de Joaquín confirmó a Univision Noticias que Oliver había fallecido. Llevaba viviendo en Estados Unidos 15 años.

Por esto, Jaclyn Corin comenzó a publicar -al igual que Kasky- su frustración en redes sociales. “Póngase en contacto con sus representantes locales y estatales, ya que debemos tener leyes sobre armas más estrictas de inmediato”, escribió en Instagram.

Please pray for my school, and the students and teachers that were injured or killed in this horrific event. Never would I have EVER thought this would happen in Parkland, my home, for it has long been labeled the safest neighborhood in all of Florida before today. This is NOT something ANYONE should go have to go through or worry about, and I would not wish for any human to endure the petrifying experience that my classmates and I did today. This traumatic event will stay with me for the rest of my life – seeing Marjory Stoneman Douglas on the same list as places like Virginia Tech, Columbine, and Sandy Hook is unbelievable. I am so grateful for the people who comforted and protected me today, along with the law enforcements that reacted so quickly to this emergency. PLEASE contact your local and state representatives, as we must have stricter gun laws IMMEDIATELY. We NEED to work together to bring change to this country so that something like this NEVER happens again. #MSDStrong #ProudToBeAnEagle

Una publicación compartida de Jaclyn Corin (@jackiecorin) el

La joven es hoy una de las líderes que organizó el viaje de más de un centenar de estudiantes a Tallahassee, para pedir al gobernador de Florida y a los legisladores que pongan freno a las armas.

Llegaron este miércoles, tras más de siete horas de trayecto. Amanecieron con una apretada agenda de 70 reuniones planificadas a contrarreloj, según Univisión. Corin ha confesado a varios medios que antes de esta situación no había sido políticamente activa. “Es tan personal ahora. Me sentiría horrible si no hiciera nada al respecto”, señaló. Corin y Kasky han unido fuerzas bajo el mismo movimiento Never Again.

Lo mismo ha hecho Emma González, una chica de padres cubanos, que se ha convertido en uno de los rostros más visibles de esta valiente generación. Salvó su vida al esconderse en un armario del centro y dio un conmovedor discurso en un un mitin en Ft. Lauderdale en contra de las armas que se volvió viral.

“Ciertamente no entendemos por qué es más complicado hacer planes con amigos los fines de semana que comprar un arma automática o semiautomática en Florida”, dijo entonces Emma. También afirmó: “Seremos los niños sobre los que se leerá en los libros de historia. No porque vayamos a ser otra estadística sobre tiroteos masivos en colegios de Estados Unidos, sino porque, tal como dijo David (Hogg), vamos a ser el último”. David Hogg, que lleva adelante el periódico escolar del instituto de Parkland, fue otro de los primeros en presentarse en la televisión para exigir a los legisladores estatales y federales leyes más duras sobre las armas de fuego.

Volviendo a Alfonso Calderón, impulsor de #NeverAgain, le contó a un periodista de The New Yorker que una vez se encontró, junto a un amigo, con Nikolas Cruz en un Walmart. Esto fue después de que Cruz fuese expulsado del instituto donde atentó. Los dos amigos se pararon y escucharon mientras este alardeaba de una escopeta que acababa de comprar. Ese momento pesa sobre Calderón. Insiste en que debió haberlo contado a alguien más pero sus compañeros aseguran que ninguno fue escuchado por las autoridades. El primer paso del movimiento Never Again fue creer en una idea que el resto de Estados Unidos pudiese considerar imposible: que el de Marjory Stoneman Douglas High realmente podría ser el último tiroteo escolar en Estados Unidos. El impulso de hacer del dolor acción podría convertir a esta idea en una realidad.

Entre otros “héroes” se encuentra Anthony Borges. No ha podido unirse al movimiento porque se encuentra convaleciente. El jóven de 15 años y de origen venezolano que junto a una profesora que murió en el acto, logró cerrar la puerta de su aula para evitar que Nicolás Cruz, de 19 años, atentara contra sus 20 compañeros. Recibió cinco balazos y ahora se recupera en un hospital de Broward.

Sus padres tuvieron que apelar a la ayuda económica para pagar los gastos clínicos. La página GoFundMe inició una campaña que en cinco días superó el objetivo de 500.000 dólares.

Uno de sus amigos, Carlos Rodríguez, contó a ABC News que la acción rápida de Borges salvó su vida. “Ninguno de nosotros sabía qué hacer. Él tomó la iniciativa para salvar a sus otros compañeros”, dijo Rodríguez.

Su padre, Royer Borges, señaló en una entrevista en el programa ‘Un nuevo día’ de Telemundo, que una de las balas le afectó un pulmón y el hígado, aunque aseguró que ya Anthony está fuera de peligro. “Es mi héroe. Solo pido a la gente que recen por él”, dijo.

Continúa leyendo: Veinte años sin Jünger

Veinte años sin Jünger

José Antonio Montano

Foto: Isolde Ohlbaum
Iaif

Se han cumplido veinte años de la muerte de Ernst Jünger. Murió el 17 de febrero de 1998, cuando le faltaban cuarenta días para alcanzar la edad de ciento tres. Los jüngerianos aún queríamos que hubiese vivido al menos hasta el 2000 y pisase así los tres siglos. Creo que fue W. H. Auden quien dijo que año tras año vamos pasando por el aniversario de nuestra muerte. He repasado los tomos que tengo de ‘Radiaciones’ a ver qué anotaciones hay de Jünger en ese ‘aniversario’ suyo.

Son escasas, pero significativas. Justo por esa fecha inicia o concluye sus apartados: el 18 de febrero de 1941 empieza el ‘Primer diario de París’; el 17 de febrero de 1943 termina sus ‘Anotaciones del Cáucaso’, y dos días después inicia el ‘Segundo diario de París’. Las tres únicas anotaciones del 17 de febrero son las de los años 1942, 1943 y 1968.

En la de 1942 es donde se hace esta conocida e importante afirmación: “En lo más hondo el estilo se basa precisamente en la justicia. Solo el hombre justo es capaz también de saber cómo hay que sopesar la palabra, cómo hay que sopesar la frase. Por esta razón a las mejores plumas no se las verá nunca al servicio de una mala causa”.

La de 1943 empieza: “Tras varias semanas de tiempo borrascoso y lluvioso hoy brilla esplendorosamente el sol”. Y termina con aquella emocionante reflexión sobre la conservación de los manuscritos: “Cuando se piensa en lo muy difícil que resulta encontrar un escondite adecuado, causan asombro las cantidades de documentos antiguos que han llegado hasta nosotros a través de las mudanzas de los tiempos”.

Por último, en la anotación de 1968 Jünger refiere un sueño en que es quemado por la Inquisición y anhela que, para presenciar el acontecimiento, se reúna mucha gente, “también fotógrafos y periodistas de revistas sensacionalistas”. Una vez despierto, asiste durante esa jornada a una exposición sobre la ‘Danza de la muerte’, y para terminar recuerda un canto de Johann Timotheus Hermes que dice así: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono…”. En una nota a pie de página, el traductor nos remite a otra anotación anterior, donde Jünger reflexiona sobre este mismo canto y cita algunos más de sus versos: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono, / y me hubiera gustado / enviar por delante mi corazón, / y me hubiera gustado entregarte a ti, / creador de los espíritus, mi cansada vida”.

Mientras buscaba estos pasajes, me ha estremecido pensar que al autor de diarios le está vedado espigar su obra de ese modo.

Continúa leyendo: José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad”

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad”

Anna Maria Iglesia

Foto: Lisbeth Salas
Páginas de Espuma

Si hace apenas un año, los lectores de José Ovejero -Premio Alfaguara por La invención del amor y Premio Anagrama de ensayo con La ética de la crueldad– se reencontraban con el autor gracias a su novela La seducción, ahora tienen no sólo la posibilidad de volver, una vez más, a disfrutar de un nuevo texto del escritor, ensayista y poeta, sino de reencontrarse con el José Ovejero autor de relatos.

Tras casi una década sin abordar el género breve, Ovejero publica Mundo extraño (Páginas de Espuma). Como había demostrado en sus novelas, sobre todo a partir de La comedia salvaje, Ovejero en un autor que, consciente de los límites de un lenguaje que nunca puede contar la realidad -si es que es posible hablar de “una realidad”-, se aleja del realismo e indaga en la extrañeza inherente tanto al mundo que nos rodea y que no podemos aprehender sino parcialmente, como al propio lenguaje, convertido en una herramienta que nos acerca y, a la vez, nos aleja del mundo, que se nos vuelve irreal. Sin embargo, es precisamente desde esta irrealidad -desde lo exagerado, lo hiperbólico- que la verdad -no la reproducción- del mundo, su sentido.

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad” 1
Portada de “Mundo Extraño” | Imagen: Páginas de Espuma

El título, Mundo extraño, ¿remite, en parte, a la sensación de extrañeza hacia una realidad que es imposible representar?

Claro. Y no sólo se trata de la imposibilidad de retratar la realidad, sino también de verla. Las perspectivas desde las que se observa la realidad son distintas como son distintos los aparatos sensoriales, cada uno de los cuales solo capta una parte de la realidad. De ahí que siempre hay una sensación de extrañeza en cuanto siempre hay una parte en la sombra, una parte que no se ve. Intentar retratar el mundo como pretendían los naturalistas es absolutamente imposible y, por tanto, lo único que puedes hacer es generar representaciones, que produzcan un efecto en el lector y que lo pongan en contacto con su propia manera de ver la realidad y con sus interpretaciones.

Pensando en algunos de los relatos, en concreto, en el primero, ¿lo hiperbólico es una forma para representar lo irrepresentable?

Deformar y exagerar es una manera de volver visible ciertas cosas que no puedes ver normalmente. La hipérbole funciona como una lente de aumento, pero también un espejo cóncavo: te permite cambiar el ángulo de visión y tomar consciencia de aquellas cosas que pasan desapercibidas. El primer relato es exagerado, es hiperbólico, es estrafalario y, sin embargo, todos reconocemos allí situaciones familiares, cenas navideñas… que nos son próximas.

Y esto lo dices dentro de una tradición literaria donde el realismo ha tenido y, en parte, sigue teniendo un gran peso, al menos desde un punto de vista canónico.

Es cierto que el realismo tiene mucho peso, pero hay una tradición que es igual de española que el realismo y que viene, por ejemplo, de la picaresca: la picaresca es realista y no lo es, hay siempre un exceso o una exageración. Y, por lo que se refiere a la literatura contemporánea, pienso en un escritor como Luis Martín Santos y su novela Tiempo de silencio, donde, como en el tremendismo, se reconoce una tradición realista, pero mezclada con una mirada irónica, cruel, exagerada. Por lo que a mí se refiere, estoy dentro de la tradición española, pero de una tradición que no se cree del todo el realismo. Por esto, para situar mi obra, suelo hablar de un “realismo escéptico”: utilizo herramientas que parecen realistas, pero no lo son, porque parto de la idea de que la realidad no está en el libro, sino que está en el eco que se provoca en el lector.

Lo absurdo como género está muy vinculado al teatro del siglo XX.

Ese absurdo vinculado al teatro al que te refieres existe también en la novela y, de hecho, creo que he llegado a esta poética a través de la novela y no del cuento. Se suele decir que el cuento es el espacio para la experimentación y que es un género que te da más libertad, pero, en mi caso, diría que es con Comedia salvaje cuando descubro una libertad creativa, una capacidad de juego, una libertad en crear situaciones en absoluto verosímiles que no tenía antes. Y no significa que estas situaciones inverosímiles estén más alejadas de la realidad que lo verosímil, al contrario. Piensa en Kurt Vonnegut y en Matadero 5: es una novela sobre la guerra, donde hay extraterrestres y situaciones absolutamente delirantes. Y, como te decía, es a partir de Comedia salvaje que llego a la conclusión de que recurriendo a lo inverosímil llego mejor a la realidad que si intentara describirla realísticamente.

Sin embargo, son muchos los escritores que sostienen que el cuento es el espacio perfecto para la experimentación.

Sí, es cierto, pero yo no creo que sea así. Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad, pero que repetimos como loros -yo también las he repetido- sin pararnos a pensar si son realmente ciertas esas supuestas verdades. ¿Por qué hay más experimentación o más posibilidad de experimentación en un relato que en una novela? Se podría decir justo lo contrario, porque en una novela puedes contraponer muchas voces, puedes cambiar la voz narrativa de pronto, puedes interpelar el relato, puedes hacer que el protagonista desparezca, que un personaje levite… Yo no creo que esto que se ha dicho siempre, “el cuento es ideal para la experimentación”, sea cierto; se puede experimentar en cualquier género. Tampoco creo que en esa idea de que el cuento es un género cercano a la poesía y que, como en poesía, en el cuento no puede sobrar ni una sola poesía.

Desmientes así la siempre repetida “poética del clavo” de Chejov.

Bueno, en parte. Creo que ciertas indicaciones te ayudan a centrarte, pero no hay que tomarlas demasiado en serio. Personalmente creo que nunca hay que tomarse demasiado en serio la poética del cuento. Fíjate, se dice que el cuento es el espacio de experimentación, pero ¿conoces algún género literario sobre el cual se hayan publicado tantos decálogos? Hay montones de decálogos sobre el perfecto cuentista y sobre el cuento perfecto pero, ¿cómo los puede haber si hemos dicho que el relato es un género para experimentar? Yo creo que estas normas no hay que tomárselas en serio, se tienen que utilizar como punto de apoyo para, luego, hacer lo que quieras.

Puede que el binomio relato-experimentación tenga que ver con el hecho de que, al contrario de la novela, el relato no es un género de masas, sino que, como decía Hipólito G. Navarro, es un género para lectores verdaderamente literarios.

Es verdad que los cuentos son menos populares que la novela y esto tiene que ver con una tradición en la que se entendía que la novela podía explicarte el mundo; esta tradición tiene su origen en el siglo XIX, cuando surge esa necesidad de explicar la realidad y, por tanto, se presupone que se necesita un espacio, unos personajes y un contexto social, algo que, se suponía, solo podía ofrecer la novela. El cuento no explica la realidad, el cuento te da un atisbo, una intuición, y, en este sentido, es menos apto para la cultura general, hablado obviamente en términos generales.

Antes hablabas de un realismo escéptico. ¿El escepticismo de algunos de tus personajes tiene que ver con tú manera de mirar el mundo o la literatura?

Yo no creo en el escepticismo como posición vital. No recuerdo quien dijo que el escepticismo era el sistema de los haraganes: si no crees en nada, no tienes que hacer nada. Yo no me consideraría realmente escéptico o, por lo menos, procuro no serlo y procuro luchar con esta tendencia que está muy presente. Por lo que se refiere a mis personajes, te diría que me gusta trabajar con personajes que están algo confusos, perdidos, que no tienen una perspectiva clara y que andan por ahí flotando. Por esto, tiendo hacia ese personaje escéptico que no tiene nada en lo que creer: son seres arrojados al mundo e intentan orientarse.

Mundo extraño está construido casi como si fuera una pieza musical, con un intermezzo formado por cinco piezas breves.

Quizá porque imagino un libro de relatos como un proyecto de la misma manera que imagino una novela o un ensayo y no como una simple suma de relatos, me importa mucho el ritmo. Y no me refiero solo al ritmo dentro del relato, sino también al ritmo que crean los relatos entre sí, aunque esto luego no siempre se cumple en cuanto el lector coge el libro y lee los relatos en el orden que quiere.

José Ovejero: “Sobre el cuento se dicen muchas cosas que no son verdad” 2
José Ovejero | Foto: Lisbeth Salas vía Páginas de Espuma

Sin embargo, si el orden tiene un sentido, el lector tendría que mantener ese mismo orden en el momento de la lectura tal y como hace en una novela.

Para mí, escritor, el orden es esencial, pero cuando soy lector ese orden no siempre lo respeto: ahora mismo estoy leyendo un libro de relatos y he leído, antes que ningún otro, el último porque era más breve y, al tener poco tiempo, estaba seguro de que podía acabarlo. Y esto no solo sucede en literatura: un compositor puede componer una pieza para escuchar sentado y con los ojos cerrados, pero esto no implica que los demás lo hagan. Puede haber alguien que escuche la pieza lavándose los dientes o haciendo cualquier otra cosa. Una vez compuesta la obra, el escritor pierde el control sobre cómo se va a leer, pero, como autor, sí puedo tener el control a la hora de ordenar los textos y crear el ritmo que busco.

En más de un relato, recurres a la primera persona, pero no es, al contrario de lo que está en boga, una primera persona autobiográfica. ¿Qué te aporta este tipo de yo?

Rara vez utilizo un yo autobiográfico, en este libro solamente en Los escritores que más me gustan se puede encontrar una mayor relación con el autor, es decir, conmigo. En mi opinión, el yo resulta muy interesante en personajes con los que es difícil empatizar, porque genera una tensión: el yo te fuerza a la empatía, pero como el personaje es tan desagradable o absurdo rompe la empatía y, por tanto, el lector se encuentra ante ese ser atraído y ser rechazado a la vez. Es muy fructífero, literariamente hablando, romper la comodidad del lector y, en cambio de dejar en una situación clara de empatizar o no empatizar, ponerlo en tensión entre estas dos tendencias.

En tu artículo Ocho escritoras feroces, subrayabas como valor a destacar de las autoras que mencionabas el hecho de que sus textos incomodaban al lector. ¿La literatura debe incomodar?

Yo no me atrevería a decir que la literatura tiene que hacer o ser algo, porque entraría en un territorio peligroso. El escritor tiene que hacer lo que le dé la gana; ahora bien, a ti como lector te interesan más determinadas formas literarias que otras. Creo que hay una literatura juguetona que no pone en tela de juicio nada y que, en momento dado, te puede apetecer leer, pero sé que, a mí, lo que me interesa son aquellas obras en las que se cuestiona quién soy, mi lugar en la sociedad, mis hábitos lectores y en las que hay una crueldad hacia el lector, es decir, en las que hay una frustración que lidiar.

Es justo lo contrario de lo que pide la literatura comercial.

Sí y por esto soy consciente de que no estoy escribiendo libros que son best seller. No me importaría vender 100.000 o 200.000 ejemplares, pero sé que ese no es el espacio natural de mis libros. Como tú dices, la mayoría de los lectores lo que quieren es que la literatura les consuele, que les entienda y que les tranquiliza… Estas claridades no son las mías.

Uno de los temas del libro es la insuficiencia del lenguaje para narrarlo todo y, al mismo tiempo, el intento de narrarlo todo.

El lenguaje es mi fracaso, pero lo que me interesa es, asumiendo que es imposible contarlo todo, intentarlo. En el último relato tiene una estructura circular precisamente porque creo que todo está conectado: no puedes contar un solo cuento, sino que, idealmente, tienes que contarlos todos, aunque sea imposible. Mi objetivo es que el cuento no se agote en el libro, sino en el lector.

Y esta voluntad de no agotar el relato se plasma es la suspensión del final.

Creo que hay varias razones que explica esta tendencia de no establecer un final fijo, la primera razón es que se ha producido un cambio generacional: después de Carver y de Foster Wallace, estamos en esa tradición más postmoderna según la cual el final o conclusión es imposible, en cuanto el final es una sobreinterpretación de la realidad.

Ahora que hablas de Carver, ¿lo hemos finalmente “matado” o sigue estando ahí como inevitable referencia?

Ahora hay la necesidad de matarlo, porque ahora Carver representa una tradición de la que hay que distanciarse. El escritor tiene que buscar sus propias formas, consciente de que no sólo él, sino toda su generación está buscando sus formas. Ahora nos hemos alejado de Carver y las influencias vienen más de Foster Wallace y, en cierto sentido, de Bolaño y no me refiero solamente a sus relatos, sino a su manera de concebir la narración.

El problema es que, luego, encontramos autores más “bolañistas” que el propio Bolaño.

Y lo que es más interesante es que, en muchos casos, esto sucede a los autores que no han leído a los autores que imitan. Una determinada manera de escribir se extiende tanto que alcanza también a quién no lo hay leído.

Tu editor, Juan Casamayor, sostiene que hoy en día hay grandísimas autoras de relatos. En tu artículo 8 escritoras feroces parecías afirmar lo mismo.

Es posible que hubiesen estado ahí siempre, pero no las veíamos. Lo que ha habido en los últimos años es una mayor visibilización de las escritoras. No digo que estemos donde tendríamos que estar, pero me parece que se ha prestado atención a escritoras que, quizá, antes hubieran pasado desapercibidas. Lo que sí puedo decir es que, últimamente, he leído varias autoras de cuentos muy buenas; la última, Liliana Colanzi, pero hay muchas más.

Continúa leyendo: Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 2
Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

TOP