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La obstinada rebelión de George Orwell que persiste en el siglo XXI

Rohmy Cubas

“Los animales que estaban fuera miraban a un cerdo y después a un hombre, a un hombre y después a un cerdo y de nuevo a un cerdo y después a un hombre, y ya no podían saber cuál era cuál.”

La historia asume una condición cíclica, más no exacta, que tiende a renovar estrategias fracasadas en otras épocas y abstracciones. A pesar de nuestra “tendencia” evolutiva hay un duende insistente con el que la humanidad no termina de saldar cuentas tal vez más por naturaleza que por inconstancia y descuido, pero el caso es que los errores se repiten y lo resultados se acoplan junto al último dispositivo inteligente. La revisión de críticas aún vigentes en su antigüedad es una de esas cosas que todavía en el siglo XXI no terminan de absorber la moraleja de la historia. Es así como la “sátira” escrita durante la Segunda Guerra Mundial por el británico George Orwell “Rebelión en la granja” nos reencuentra con unas ansias paradójicas de un progreso que se jacta de aprender del pasado pero que sigue caminando hacia el abismo, el mismo destino recorrido con un modelo distinto de zapatos.

Edición de Penguin Random House (2014).
Edición de Penguin Random House (2014).

La lectura y relectura de Rebelión en la granja ataja una conclusión certera e inevitable para los conceptos de Libertad y Estado como subordinados. Las sociedades son conflictivas por naturaleza, pero cuando el conflicto se enaltece y se convierte en hacinamiento y opresión nos encontramos con un totalitarismo “wanna be” abrigado por prendas democráticas que no se atreven a vestirse de otra forma en el siglo XXI; libertades y derechos supuestamente “conquistados” hace millones de años supeditados a los humores e intereses de las sillas grandes. En 1945 Orwell hizo una crítica indiscutible y directa contra la corrupción del socialismo soviético en la Rusia de Stalin, en el presente las palabras se amoldan a tantos gobiernos y administraciones que el chiste se cuenta con tan solo reformular lo obvio.

La granja

Un grupo de animales cuya rutina se reduce a una granja administrada por un hombre llamado Jones, es convencido una noche de que debe rebelarse contra la especie humana para lograr con éxito la igualdad de condiciones. Entre caballos, burros, ovejas, perros, y cerdos el liderazgo, siempre tan urgido y sumiso, recae en aquellos con mayor capacidad intelectual: en este caso los cerdos. “El Viejo Mayor” es el cerdo sabio y antiguo que reúne a la pequeña comuna luego de un sueño premonitorio que persuade a los animales para que tomen las riendas de su destino, esa semilla necesaria para fundar una doctrina “propia” en teoría reformulada para diferenciarse de la anterior; los animales se rebelan y deciden crear una sociedad bajo sus propias reglas. Siguiendo un ángulo marxista que abarca una pequeña esquina de la corriente, aquí los animales representan al proletariado que debe alzarse para abrir paso al siguiente tramo de la historia; los humanos representan a los llamados “capitalistas” que se aprovechan de la clase trabajadora y los bienes de su trabajo. Esta idea abarca una corta línea del marxismo porque en realidad lo que Marx codicia es la sociedad total sin barreras o derechos individuales: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. En cambio, para Orwell la concepción de un socialismo revolucionario, no parlamentario, está absolutamente ligado con la libertad.

Luego de la rebelión y la repartición de roles, surge el paralelismo entre dos fuerzas que chocan inevitablemente: Napoleón y Snowball. Mientras que el primer cerdo no quiere hacer nada pero quiere estar a cargo de todo para consolidar el poder ya ganado, el segundo desea enseñar a los otros animales y construir un molino de viento que beneficiaría al futuro de la granja. El molino vendría a ser esa noción de “autonomía” de cada nación, esa sociedad utópica que todos quieren construir según su concepto de “bien común”, que no es tan universal como predica.

Palabras más palabras menos, la rebelión se convierte en un espejo mal disimulado de la tiranía contra la cual se alzó en un principio. El cerdo que despreciaba a los humanos adopta sus costumbres y sus vicios, los animales se encuentran con dos patas de más que les estorban para caminar.

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Caminar con cuatro patas o con dos

No es exagerado asomar que en el presente vivimos en una perenne rebelión que todavía vacila entre caminar con cuatro o con dos patas. En Estados Unidos acaba de ganar una de las elecciones más controversiales de la historia el republicano Donald Trump, quien a punta de xenofobia, machismo y racismo cautivó sobre un caudal significativo de querellas ya peleadas en un pasado, en España nunca ha habido un presidente de Gobierno tan en minoría y con tantas dificultades para sacar adelante normas y decisiones en el Congreso de los Diputados como el actual: Mariano Rajoy, en Latinoamérica se creó un socialismo afincado en “el pueblo” que ha terminado persiguiendo su propia cola. Al igual que Dilma Rousseff en Brasil, Cristina Fernández en Argentina arrastra decenas de causas penales en tránsito; en Venezuela se proclamó el “socialismo del siglo XXI” contribuyendo a toda una galería de adeptos que hoy en día se estrellan contra las paredes. Llegaron con el discurso separatista de un pasado nocivo, ahora muchos se preparan para mutar en animales que se olvidaron si tienen dos o cuatro patas.

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El punto de inflexión o el establo de las vacas

En la rebelión de Orwell llega ese punto de inflexión que se anhela como el último, el “ya no más” de las naciones: el revocatorio, el juicio político, las elecciones, la marcha, el concierto, el partido… Orwell lo capitula como la “Batalla del establo de las vacas”. La comparación con los líderes autoritarios resuena en palabras y acciones familiares, el miedo al fracaso amplía un discurso que fuerza la calma pública para mantener el control de unos pocos. “Nadie cree más firmemente que el camarada Napoleón el principio de que todos los animales son iguales. Estaría muy contento de dejarles tomar sus propias determinaciones. Pero algunas veces ustedes podrían adoptar decisiones equivocadas, camaradas. ¿Y dónde estaríamos nosotros entonces? …seguramente, camaradas, que ustedes no desean el retorno de Jones, ¿verdad?”

La seguidilla se presenta así: el caldo de cultivo o el “Señor Jones” que le abre el camino al “cerdo Napoleón”, quien con ideas revolucionarias emocionaliza el debate y lo convierte en espectáculo, entonces llegan las confrontaciones y los insultos y un pueblo es anestesiado por un hombre (o animal) que les dijo lo que querían oír en el momento preciso, las irregularidades se calzan con los zapatos de la normalidad y ya no se sabe cuál es cual.

Pero más allá de las comparaciones individuales y personales que se puedan hacer en la actualidad, Orwell hace un reflejo que difícilmente caduca cuando concluye que siempre habrá “cerdos” que usen el idealismo de muchos para el beneficio propio. La ansiada utopía gira en un mundo paralelo en donde se tapan los huecos más no se cementa el suelo.

¿Es The New York Times el nuevo 'agente político' de la era Trump?

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Richard Drew
AP Photo, File

La Administración Trump está inmersa en varios escándalos, el presidente de Estados Unidos Donald Trump mantiene una evidente lucha contra los medios no afines, con The New York Times como uno de sus principales enemigos, el país se encuentra dividido como nunca antes, y las redacciones tienen que elegir entre mantener su independencia desde la beligerancia y sin pestañear de los días del Watergate, o transformarse en algo más parcial, disparando munición contra un objetivo favorito deleitándose en el caos.

El pasado mes de mayo marcó un momento decisivo para la Administración Trump y los periodistas que cubren información de la Casa Blanca. El lunes 15 de mayo, el diario The Washington Post publicó que el presidente Donald Trump había revelado información altamente clasificada en una reunión con altos funcionarios rusos.

Al día siguiente, fue The New York Times el que salió con la demoledora noticia de que Trump había pedido al todavía director del FBI, James Comey, que cerrara la investigación del entonces asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn.

Las exclusivas (scoops en lenguaje periodístico) han convertido a estos medios en referentes del periodismo en EEUU. En ambos casos, sus informaciones son convincentes y están acreditadas.

¿Es el New York Times el nuevo agente político de la era Trump?
El ex director del FBI, James Comey, testifica ante el Comité de Inteligencia del Senado el pasado 8 de junio | Foto: Jonathan Ernst / Reuters

Los periodistas de ambos medios sabían el poder que tenían y se limitaron a dar una información desconocida por el gran público, permitiendo que los hechos hablaran por sí solos, “sin florituras, ni suposiciones”. Para The New York Times “así es como se presenta el periodismo ejemplar en cualquier momento, pero especialmente cuando va dirigido a una Casa Blanca sospechosa de desafiar el estado de Derecho”, escribió la entonces editora del diario, Liz Spayd.

Ambos medios cuentan con una larga trayectoria de exclusivas, con años de periodismo de investigación que los ha convertido en medios de referencia dentro y fuera de Estados Unidos.

Recuperar la credibilidad

Para el NYT su resurgimiento como medio creíble y de referencia era una necesidad, después del devastador escándalo de 2003, cuando se hizo público que el periodista Jayson Blair había plagiado buena parte de unos reportajes de portada, cuando no inventado algunas de sus historias e incluso fuentes citadas en las mismas. El caso Blair supuso una seria amenaza para la reputación del Times como mejor periódico de América.

Han pasado unos años desde aquello y el diario neoyorquino ha ido recuperando su lugar entre los medios de comunicación más influyentes del mundo. En el caso de la historia sobre Comey destapada por el NYT, el origen de la información está perfectamente clara: las notas del director del FBI, James Comey. No hay duda de dónde salió la filtración de la noticia que citaba “fuentes oficiales del gobierno”. El nivel de especificidad de lo que se contaba es lo que hizo imposible que la revelación fuera insignificante incluso para los republicanos. Muchos legisladores conservadores, normalmente reticentes a sumarse al “drama político” procedente de los medios, rompieron su silencio. Los comités de Justicia e Inteligencia dirigidos por los republicanos y el Comité de Supervisión de la Cámara llamaron a Comey a testificar.

Tres congresistas republicanos dijeron que considerarían el impeachment – juicio político al presidente de EEUU – si se demostrara que Trump presionó para que se cerrara una investigación federal. Poco después, el ayudante del Fiscal General designó un “fiscal especial” para dirigir una investigación sobre los posibles vínculos entre el equipo de campaña de Trump y Rusia. Incluso Fox News, en vez despachar la información del NYT calificándola de “noticia falsa”, fue más allá al confirmarla.

Estos hechos son clarificadores para una prensa que intenta definir su lugar en un periodo exigente de la historia del país, no sólo con un presidente que se salta las normas de conducta y de sinceridad, sino con una sociedad más polarizada que nunca. En palabras de Dean Baquet, editor ejecutivo del NYT, “se reconoce cada vez más fuera de nuestras cuatro paredes que el Times es vital para el futuro del país”.

La pregunta que se hacen los periodistas del diario es si los medios deberían comprometerse haciendo una oposición abierta a la Casa Blanca y tomar partido en una batalla política, o deberían informar con agresividad pero desapasionadamente con la esperanza de retener la credibilidad de la mayoría de la audiencia. Juzgado por gran parte del periodismo, el NYT ha optado desde que Trump asumió el poder, por una preferencia por la estricta independencia. Al menos así lo ven en la redacción, y así lo expresaba Liz Spayd en mayo.

Pero, es verdad que a veces hay un sesgo en la cobertura de noticias que “puede ser percibida erróneamente” como una intensa búsqueda de informaciones para acabar con Trump. De hecho, el NYT ha relatado cada tweet del presidente, cada cambio de humor y cada lucha interna en el Despacho Oval. Algunos de estos seguimiento son necesarios y justificables. Los periodistas de este medio admiten que el problema es que, cuando empiezan a salir en primera página, puede parecer que el diario está en campaña.

De ahí que se pregunten qué estrategia es más efectiva: ¿cuando el diario aparece como si se hubiera sumado a la resistencia, o cuando ahonda en hechos sin una predisposición determinada? En el sistema legal, recuerdan, existe la diferencia entre un investigador y un fiscal.

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La relación de Donald Trump cono los periodistas nunca ha sido muy buena | Foto: Yuri Gripas / Reuters

Algunos lectores, alarmados por la presidencia de Trump, quieren que la redacción se ponga en modo combate total. Quieren que los editores adopten un vocabulario directo, que llamen mentira a lo que es una mentira, por ejemplo, y resistan cualquier interpretación de los acontecimientos que pueda “normalizar” a Trump. Ven al NYT como un lugar para voces que discrepan de la ortodoxia liberal. Y si todo eso implica tomar partido y situarse en un bando, bueno, eso es lo que demanda la crisis.

“La otra estrategia periodística – imparcial, agresiva, libre de ataduras – es lo que demostramos” con exclusivas como la de Comey, asegura el diario en un editorial. En el periódico, lo que es especialmente atractivo de esta forma de hacer periodismo es su eficacia. Porque la historia de Comey estaba tan fuera de discusión, que capturó la atención de aquellos que de forma instintiva, en otras circunstancias, la habrían rechazado.

Joe Kahn, director editorial del NYT, dijo que el caso Comey era un marco de referencia para lo que aspira a ser la cobertura informativa del medio. “Queremos, básicamente, producir una información que hable a todas las partes en este debate, y la manera de hacerlo no es a través de inventarnos nada, es a través de profundizar, de buscar fuentes y realizar las preguntas difíciles, y trabajar toda la noche”.

Jeremy Peters, que cubre información política para este diario, ha comentado que muchos republicanos están indignados por lo que califican de “histeria sobre Trump”. “No es sólo que estén junto a Trump, sino que lo apoyan reflexivamente frente a la reacción de la izquierda sobre el presidente. Están como locos tratando de acabar con la idea de que la presidencia de Trump es un caos y creen que los medios son los que levantan esta controversia”.

A su vez, alimentar esta dinámica es la piedra angular para la supervivencia de Trump. Cuando la noticia sobre Comey se convirtió en el centro de atención de los medios nacionales e internacionales, Trump dijo durante una intervención ante los guardacostas graduados en Connecticut: “Mirad de qué modo he sido tratado últimamente. Especialmente por los medios. Ningún político en la historia de Estados Unidos, y digo esto con total seguridad, ha sido tratado peor o de una manera más injusta”. A la mañana siguiente repitió el mismo mensaje en Twitter, asegurando que estaba siendo objeto de una caza de brujas desconocida hasta el momento en el país. Se ha convertido en casi una norma que Trump responda a las noticias críticas calificándolas de “falsas” (¡Fake News!, dice siempre).

La reacción de Trump tras el caso Comey fue publicada por todos los medios, que es lo que quiere el presidente, según NYT. “Cuanto más pueda hacer aparecer a los medios que están tomando partido, más fácil es para él desautorizar su trabajo”.

Lo que Trump no sabe es que no es tan fácil socavar informaciones “imparciales e irrefutables como las publicadas por NYT”, decía Liz Spayd en uno de sus últimos editoriales.

Inversión millonaria

The New York Times ha recuperado su espacio a través de su compromiso con la información y con la necesidad de desenmascarar a una administración como la de Trump que no parece respetar los límites de lo que se puede y lo que no se puede hacer desde el poder político. Esta situación ha llevado a los responsables del diario a duplicar su redacción, y en estos momentos seis periodistas se encargan de cubrir la información de la Casa Blanca, apoyados por un equipo de investigación formado por otros cinco periodistas.

Ha desplegado también corresponsales por todo el país para conocer el sentimiento de los electores, con especial interés en conocer si los votantes de Trump siguen apoyando al presidente.

En enero, el diario desbloqueó cinco millones de dólares para cubrir la información de la administración Trump, informa El Financiero.

Esta inversión parece que está obteniendo sus frutos. Las cifras así lo indican: entre septiembre de 2016 – en plena campaña electoral – y marzo de 2017 – con Trump ya en la Casa Blanca – el periódico ha ganado 644.000 abonados. Además, ha logrado 308.000 nuevos suscriptores online, un récord atribuido en parte a la presidencia de Trump, según informaba la CNN a primeros de mayo citando al CEO del diario, Mark Thompson.

La ganancia total de la compañía fue de 11 centavos de dólar por acción en el primer trimestre, un aumento de un centavo desde el mismo trimestre del año pasado, según el diario.

Críticas

Lo que el diario NYT considera periodismo independiente, sacando a la luz todo lo que sea informativamente relevante de la administración Trump, para otros medios no es más que periodismo basado en mentiras. Uno de los más críticos es The National Interest, que en febrero dedicó una portada al NYT con este titular: ¿Por qué miente el New York Times sobre Trump?.

“Después de meses de historias presentando a Donald Trump como un depredador sexual, un empresario defraudador, marioneta de Vladimir Putin, evasor de impuestos, y todo lo que uno pueda imaginar, el New York Times ha llamado a Trump mentiroso…”. Para este medio, el diario neoyorquino actúa así porque ha interiorizado su papel de oposición, en vez de actuar como un medio de comunicación.

Otros medios afines a Trump, entre los que destaca la Fox News, creen que con su actitud, The New York Times ha demostrado que no sabe perder, después de apostar durante la campaña para que Trump no ganara las elecciones de noviembre.

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Entrada del edificio del New York Times en Nueva York | Foto: Carlo Allegri

En parte, el propio diario reconoció este exceso cuando pocos días después de las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, el presidente y director ejecutivo del diario, Artur O. Sulzberger Jr, y el editor ejecutivo, Dean Baquet, publicaron una carta a los lectores asegurando que el periódico iba a reflexionar sobre la cobertura que había hecho de la campaña, comprometiéndose a continuación a “dedicarnos de nuevo a nuestra misión fundamental del Times que es informar a América y al mundo con honestidad, sin miedo ni favor, esforzándonos siempre por comprender y reflejar todas las perspectivas políticas y experiencias de vida en las historias que os traemos”.

Siete libros para leer este Orgullo LGTB 2017

Néstor Villamor

La diversidad, la tolerancia, el respeto, la aceptación… Aunque bañadas en cerveza y acompasadas por música dance de fondo, las celebraciones del Orgullo LGTB no son solo una fiesta; son también un momento para detenerse y comprender a personas con una sexualidad o una identidad de género diferente a la mayoritaria. Esos valores fueron los que defendieron los gays, lesbianas, bisexuales, transexuales y travestis (sobre todo, travestis) del bar Stonewall en Nueva York la madrugada del 28 de junio de 1969. Irónicamente, lo hicieron a ladrillazo limpio, pero una violenta y sistemática brutalidad policial no les dejó muchas más opciones que iniciar unos disturbios para rebelarse contra un establishment que se negaba a entender otro idioma que no fuera el suyo.

Cuarenta y ocho años después, su lucha ha permitido cosas tan básicas como que dos hombres puedan bailar pegados, que dos mujeres puedan besarse por la calle, que una mujer transexual pueda hablar con naturalidad sobre su condición… o que cualquier heterosexual pueda pedir en la biblioteca o en la librería obras de temática LGTB sin recibir miradas de reproche. ¿Cuáles?

Siete libros LGTB para leer este Orgullo Gay 2017 1

Las horas, de Michael Cunningham (1998)

Virginia Woolf escribe La señora Dolloway en la Inglaterra de los años 20. Laura Brown lo lee en Los Ángeles en los 40, tras la Segunda Guerra Mundial. Clarisa Vaughan prepara, en el Nueva York de los 90, una fiesta como la que centra la novela de Woolf. O lo que es lo mismo, una escribe un libro, otra lo lee, una tercera lo protagoniza sin saberlo. El estadounidense Michael Cunningham escribió una novela sobre mujeres, sobre las relaciones entre mujeres y sobre la relación de tres mujeres con un clásico de la literatura. Su esfuerzo le valió el Premio Pulitzer en 1999. Solo el prólogo, una reconstrucción ficticia del suicidio de Virginia Woolf, funciona perfectamente como relato corto independiente del resto del libro y ya marca el tono melancólico de la novela. En 2002, Stephen Daldry llevó Las horas a la gran pantalla con un elenco encabezado por Meryl Streep, Nicole Kidman y Julianne Moore.

Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima (1949)

La consagración le llegó a Yukio Mishima en 1949 con Confesiones de una máscara, una novela sobre la infancia y juventud de Kochan, que vive en la era imperialista de Japón pero cuya historia es perfectamente exportable a cualquier época y lugar. Un muchacho homosexual va creciendo, madurando, conociendo la sexualidad, reconociendo la suya propia… y escondiéndola. Kochan es consciente de que es diferente, pero también entiende que vive en un mundo que no va a aceptar su diferencia. ¿Su solución? Vivir con una máscara. Uno de los autores más sobresalientes de la literatura japonesa del siglo XX, Yukio Mishima se quedó a las puertas del Nobel, un sueño del que se despidió después de que le concedieran el galardón a su compatriota Yasunari Kawabata en 1968.

Ética marica, de Paco Vidarte (2007)

Con la legalización del matrimonio y la adopción homosexual en 2005, España se ponía a la vanguardia de los derechos LGTB en el mundo al equiparar los derechos de los homosexuales y de los heterosexuales. Pero este nuevo marco legal tuvo un efecto secundario: la relajación de algunos activistas, la equivocada sensación de que se había alcanzado la cima. En 2007, años antes de que las agresiones homófobas llegaran a los telediarios con regularidad, el filósofo español Paco Vidarte ya alertaba en un breve ensayo titulado Ética marica del peligro del “agotamiento ideológico”, de la “desaparición de cualquier clase de proyecto o programa político concretable, verosímil, factible que no sea simplemente una fuga psicótica, una huida hacia adelante que a todo el mundo medianamente despierto deja insatisfecho”.

Un hombre soltero, de Christopher Ishwerwood (1964)

George, un profesor universitario entrado en años intenta seguir con su vida tras la muerte de su novio, significativamente más joven, fallecido en un accidente de tráfico. Ambientada durante la crisis de los misiles de Cuba a principios de los años 60, el británico Christopher Isherwood presenta en Un hombre soltero un día cualquiera en la vida de un hombre y convierte lo cotidiano en universal para explicar a una persona: sus amistades, su fascinación por un joven alumno, su soledad, su pérdida, su envejecimiento, la percepción social de su homosexualidad -más heredera de la puritana década de los 50 que precursora de la liberación sexual de los 60 y los 70-. En 2009, el diseñador de moda Tom Ford debutó en el cine con una adaptación de esta novela, protagonizado por Colin Firth y Julianne Moore.

Siete libros LGTB para leer este Orgullo Gay 2017

La muerte en Venecia, de Thomas Mann (1912)

De nuevo aparece la fascinación de un hombre maduro por un joven -en este caso, muy joven- efebo. En La muerte en Venecia, eso sí, esa atracción no es secundaria, es el centro de la novela de Thomas Mann. En este trabajo de corte autobiográfico, el ganador del Nobel presenta a Gustav von Aschenbach, un reconocido escritor alemán, que viaja a Venecia en busca de inspiración artística. Pero lo que encuentra en su lugar es la decadencia y el peligro de una ciudad perseguida por el cólera y, sobre todo, a Tadzio, un adolescente de belleza inocente que inmediatamente crea en Aschenbach un conflicto: ¿cómo se enfrenta un intelectual entrado en años y respetado a una atracción obsesiva por un joven del que no conoce más que su atractivo?.

Carol, de Patricia Highsmith (1952)

Titulada originalmente El precio de la sal y renombrada por motivos comerciales tras el éxito de la multipremiada adaptación al cine de Todd Haynes, esta novela de Patricia Highsmith presenta la relación entre dos mujeres: Therese y Carol. Ambas solitarias -la primera tiene un novio por el que no siente ninguna atracción, la segunda atraviesa un divorcio-, empiezan teniendo citas furtivas hasta que se van de viaje en coche, durante cuyo transcurso su relación se vuelve física. La película de 2015 es fiel a la novela que adapta, pero la elección de las actrices añade varios años a las dos protagonistas: Rooney Mara interpreta a Therese y Cate Blanchett encarna a Carol. Ambas actuaciones recibieron el aplauso de la crítica.

Infancia y transexualidad, de Juan Gavilán (2016)

En un momento en que el colectivo Hazte Oír lleva a la carretera un autobús para atacar a los menores transexuales, la lectura de Infancia y transexualidad, del español Juan Gavilán, arroja luz sobre un hecho que, si bien no es nuevo, sí es nuevo tratarlo en público: los niños pueden ser transexuales. La irrupción de estos pequeños en el debate público plantea situaciones que hacen imperativo tener una idea realista sobre su condición. “Como alternativa al discurso biomédico, Juan Gavilán plantea un marco basado en la experiencia práctica, en la realidad, de las familias de menores transexuales que afrontan a diario preguntas sobre el desarrollo, la identidad, las estrategias educativas o el sexo de sus hijos e hijas”, destaca la editorial.

Alain Badiou nos corrompe: ¿cuál es la verdadera vida?

Redacción TO

Considerado el heredero de Jean-Paul Sartre y Louis Althusser, la editorial Malpaso lanza La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes del filósofo francés Alain Badiou. En sus páginas, el autor reflexiona a sus ochenta años como si fuese un adolescente: ¿qué significa ser joven hoy?. A partir de esa pregunta se generan otras más interesantes que confrontan la cotidianidad para los millennials o la generación Z:  ¿en qué se diferencian los jóvenes de hoy de los de ayer? ¿A qué influencias están sujetos? ¿De qué manera los afecta la tecnología? ¿Qué opciones vitales y políticas tienen? ¿Por qué un filósofo de ochenta años debería ocuparse de estos asuntos y dirigirse directamente a los lectores más jóvenes?

Alain Badiou nos corrompe: ¿cuál es la verdadera vida? 1
La verdadera vida, un mensaje a los jóvenes | Imagen vía Malpaso.

Badiou no solo se hace esta pregunta, reflexiona hasta el cansancio en este breve ensayo crítico pensado no solo para intelectuales sino para los propios jóvenes. Este libro se divide en tres apartados: el primero contiene una reflexión general sobre la juventud en el mundo contemporáneo; el segundo está dirigido a los jóvenes, y el tercero, a las mujeres jóvenes.

Desde Platón a Nietzsche hasta llegar a los diálogos socráticos, Badiou los utiliza para argumentar su tesis.

No es un libro de filosofía para filósofos, es un libro para jóvenes, donde se retrata lo demoledor de la sociedad capitalista contemporánea para corromper a los jóvenes desde el pensamiento de los grandes filósofos clásicos para explicar cómo el éxito material y los placeres interminables pueden abrir un camino a la desilusión y a la infelicidad.

Badiou relata cómo los jóvenes hechizados por la tecnología, se han convertido en presas fáciles de tres alternativas que, de uno u otro modo, niegan la vida: el nihilismo o la autonegación, el radicalismo o el sacrificio y el conformismo o la abnegación.

La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes estará en las librerías a partir del 22 de junio. Aquí dejamos sus primeras páginas para hojear y abrir el apetito lector.

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El museo del fracaso de Suecia que expone a Donald Trump

Redacción TO

Foto: Eric Thayer
Reuters

Hay detalles que pasan desapercibidos por un tiempo, pero no eternamente. Cuando Donald Trump lanzó al mercado en 1989 su propia versión del Monopoly, con su rostro presidiendo la caja sobre la ciudad de Nueva York, pensó que se convertiría en un éxito de ventas. Sin embargo, sus pronósticos fallaron. Ahora, este juego, que se llamaba Yo estoy de vuelta y tú despedido — Trump, el juego, forma parte de un museo que sirve como alegoría del fracaso.

Suecia tiene un museo del fracaso que expone a Donald Trump
La versión de Monopoly con la imagen de Donald Trump. | Fuente: Ebay

Situado en la ciudad sueca de Helsingborg, esta casa de los horrores se ha convertido en todo un reclamo turístico. En sus pasillos se pueden observar artilugios a los que nunca se encontró utilidad y que, en muchos casos, despiertan la risa de los visitantes. Entre ellos está el Teleguide, un precursor de internet con una aplicabilidad limitada que amenazó con arruinar por costoso a las telecomunicadoras de Suecia; la bicicleta Itera, sacada a la venta en 1982 y hecha completamente de plástico -era terriblemente inestable y frágil y nunca funcionó en el mercado-; y el Ford Edsel, de 1958, un coche con un diseño extraño, ruidoso y con una facilidad alarmante para averiarse.

Se puede encontrar fracasos estrepitosos y recientes como el Amazon Fire, un teléfono inteligente con muchas deficiencias, o la máscara tonificadora Rejuvenique, una careta eléctrica y estéticamente inquietante que aplicaba pequeñas descargar sobre el cutis facial con la supuesta capacidad de rejuvenecer las facciones del rostro.

Aunque muchos de estos inventos o innovaciones fallidas sean motivo de sorna en nuestros días, el comisario de la exposición, Samuel West, se esfuerza por explicar a los visitantes del museo, en muchas ocasiones llegados desde países tan lejanos como Canadá o China, que el fracaso no debe ser una causa de sonrojo; más bien un paso adelante hacia la obtención de nuevos objetivos.

“Creo profundamente que como sociedad infravaloramos el fracaso. El fracaso es lo que nos permite aprender a caminar, lo que nos permite aprender a hablar”, argumenta West en una entrevista concedida a la cadena norteamericana NBC. “Cualquiera de tus habilidades se debe a que te has equivocado antes”.

En este sentido, defiende con fervor que el museo es una reivindicación de esta idea y que su finalidad es la de lanzar, finalmente, un mensaje positivo. “Entiendo que a los medios les gusta hacer reportajes sobre la muestra porque así tienen cosas divertidas sobre las que escribir un titular que venda”, asume. “Sin embargo, el mensaje de fondo no puede tomarse a broma“.

Porque en los pasillos del museo no solo se encuentran extravagancias y rarezas que pueden erizar la piel y de las que nunca oímos hablar. En esta exposición de Helsingborg hay, por ejemplo, una réplica del DeLorean DMC-12, un coche deportivo fallido que saltó a la fama por la saga de películas de Regreso al futuro.

Con todo, no puede evitarse la idea de que el juego de mesa de Trump pueda ser considerado como un error que ha conllevado necesariamente al actual presidente de los Estados Unidos a cosechar nuevos éxitos. West, de hecho, reconoce que sus teorías no encuentran justificación en el juego lanzado por la marca del magnate.

“Es una versión muy mala del Monopoly”, sentencia West, reconociendo que el producto de Trump es, en cualquier caso, una de las piezas que más curiosidad despierta en el emblemático museo.

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