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La obstinada rebelión de George Orwell que persiste en el siglo XXI

Romhy Cubas

“Los animales que estaban fuera miraban a un cerdo y después a un hombre, a un hombre y después a un cerdo y de nuevo a un cerdo y después a un hombre, y ya no podían saber cuál era cuál.”

La historia asume una condición cíclica, más no exacta, que tiende a renovar estrategias fracasadas en otras épocas y abstracciones. A pesar de nuestra “tendencia” evolutiva hay un duende insistente con el que la humanidad no termina de saldar cuentas tal vez más por naturaleza que por inconstancia y descuido, pero el caso es que los errores se repiten y lo resultados se acoplan junto al último dispositivo inteligente. La revisión de críticas aún vigentes en su antigüedad es una de esas cosas que todavía en el siglo XXI no terminan de absorber la moraleja de la historia. Es así como la “sátira” escrita durante la Segunda Guerra Mundial por el británico George Orwell “Rebelión en la granja” nos reencuentra con unas ansias paradójicas de un progreso que se jacta de aprender del pasado pero que sigue caminando hacia el abismo, el mismo destino recorrido con un modelo distinto de zapatos.

Edición de Penguin Random House (2014).
Edición de Penguin Random House (2014).

La lectura y relectura de Rebelión en la granja ataja una conclusión certera e inevitable para los conceptos de Libertad y Estado como subordinados. Las sociedades son conflictivas por naturaleza, pero cuando el conflicto se enaltece y se convierte en hacinamiento y opresión nos encontramos con un totalitarismo “wanna be” abrigado por prendas democráticas que no se atreven a vestirse de otra forma en el siglo XXI; libertades y derechos supuestamente “conquistados” hace millones de años supeditados a los humores e intereses de las sillas grandes. En 1945 Orwell hizo una crítica indiscutible y directa contra la corrupción del socialismo soviético en la Rusia de Stalin, en el presente las palabras se amoldan a tantos gobiernos y administraciones que el chiste se cuenta con tan solo reformular lo obvio.

La granja

Un grupo de animales cuya rutina se reduce a una granja administrada por un hombre llamado Jones, es convencido una noche de que debe rebelarse contra la especie humana para lograr con éxito la igualdad de condiciones. Entre caballos, burros, ovejas, perros, y cerdos el liderazgo, siempre tan urgido y sumiso, recae en aquellos con mayor capacidad intelectual: en este caso los cerdos. “El Viejo Mayor” es el cerdo sabio y antiguo que reúne a la pequeña comuna luego de un sueño premonitorio que persuade a los animales para que tomen las riendas de su destino, esa semilla necesaria para fundar una doctrina “propia” en teoría reformulada para diferenciarse de la anterior; los animales se rebelan y deciden crear una sociedad bajo sus propias reglas. Siguiendo un ángulo marxista que abarca una pequeña esquina de la corriente, aquí los animales representan al proletariado que debe alzarse para abrir paso al siguiente tramo de la historia; los humanos representan a los llamados “capitalistas” que se aprovechan de la clase trabajadora y los bienes de su trabajo. Esta idea abarca una corta línea del marxismo porque en realidad lo que Marx codicia es la sociedad total sin barreras o derechos individuales: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. En cambio, para Orwell la concepción de un socialismo revolucionario, no parlamentario, está absolutamente ligado con la libertad.

Luego de la rebelión y la repartición de roles, surge el paralelismo entre dos fuerzas que chocan inevitablemente: Napoleón y Snowball. Mientras que el primer cerdo no quiere hacer nada pero quiere estar a cargo de todo para consolidar el poder ya ganado, el segundo desea enseñar a los otros animales y construir un molino de viento que beneficiaría al futuro de la granja. El molino vendría a ser esa noción de “autonomía” de cada nación, esa sociedad utópica que todos quieren construir según su concepto de “bien común”, que no es tan universal como predica.

Palabras más palabras menos, la rebelión se convierte en un espejo mal disimulado de la tiranía contra la cual se alzó en un principio. El cerdo que despreciaba a los humanos adopta sus costumbres y sus vicios, los animales se encuentran con dos patas de más que les estorban para caminar.

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Caminar con cuatro patas o con dos

No es exagerado asomar que en el presente vivimos en una perenne rebelión que todavía vacila entre caminar con cuatro o con dos patas. En Estados Unidos acaba de ganar una de las elecciones más controversiales de la historia el republicano Donald Trump, quien a punta de xenofobia, machismo y racismo cautivó sobre un caudal significativo de querellas ya peleadas en un pasado, en España nunca ha habido un presidente de Gobierno tan en minoría y con tantas dificultades para sacar adelante normas y decisiones en el Congreso de los Diputados como el actual: Mariano Rajoy, en Latinoamérica se creó un socialismo afincado en “el pueblo” que ha terminado persiguiendo su propia cola. Al igual que Dilma Rousseff en Brasil, Cristina Fernández en Argentina arrastra decenas de causas penales en tránsito; en Venezuela se proclamó el “socialismo del siglo XXI” contribuyendo a toda una galería de adeptos que hoy en día se estrellan contra las paredes. Llegaron con el discurso separatista de un pasado nocivo, ahora muchos se preparan para mutar en animales que se olvidaron si tienen dos o cuatro patas.

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El punto de inflexión o el establo de las vacas

En la rebelión de Orwell llega ese punto de inflexión que se anhela como el último, el “ya no más” de las naciones: el revocatorio, el juicio político, las elecciones, la marcha, el concierto, el partido… Orwell lo capitula como la “Batalla del establo de las vacas”. La comparación con los líderes autoritarios resuena en palabras y acciones familiares, el miedo al fracaso amplía un discurso que fuerza la calma pública para mantener el control de unos pocos. “Nadie cree más firmemente que el camarada Napoleón el principio de que todos los animales son iguales. Estaría muy contento de dejarles tomar sus propias determinaciones. Pero algunas veces ustedes podrían adoptar decisiones equivocadas, camaradas. ¿Y dónde estaríamos nosotros entonces? …seguramente, camaradas, que ustedes no desean el retorno de Jones, ¿verdad?”

La seguidilla se presenta así: el caldo de cultivo o el “Señor Jones” que le abre el camino al “cerdo Napoleón”, quien con ideas revolucionarias emocionaliza el debate y lo convierte en espectáculo, entonces llegan las confrontaciones y los insultos y un pueblo es anestesiado por un hombre (o animal) que les dijo lo que querían oír en el momento preciso, las irregularidades se calzan con los zapatos de la normalidad y ya no se sabe cuál es cual.

Pero más allá de las comparaciones individuales y personales que se puedan hacer en la actualidad, Orwell hace un reflejo que difícilmente caduca cuando concluye que siempre habrá “cerdos” que usen el idealismo de muchos para el beneficio propio. La ansiada utopía gira en un mundo paralelo en donde se tapan los huecos más no se cementa el suelo.

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Un 40% de los estadounidenses piensa como Trump sobre la violencia en Charlottesville

Redacción TO

Foto: JOSHUA ROBERTS
Reuters

Las concentraciones de supremacistas blancos en Charlottesville el pasado 12 de agosto, que causaron la muerte de tres personas y dejaron numerosos heridos, han provocado protestas contra el racismo y la extrema derecha. Pero también han generado una gran polémica, pues parece que no todo el mundo tiene claro quiénes fueron los responsables de los terribles actos de violencia que tuvieron lugar en dichas manifestaciones.

Las declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump, que culpó a ambas partes de los actos violentos antes de condenar públicamente al simpatizante nazi que embistió contra la multitud, han sido el principal foco de polémica y controversia durante los últimos días.

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Un grupo de personas celebra una vigilia por la mujer fallecida durante las protestas en Charlottesville. | Foto: Handout/ Reuters

Sin embargo, parece que Trump no está solo. El presidente estadounidense no es el único que no pone toda la culpa sobre los supremacistas blancos, racistas y neonazis. Una reciente encuesta llevada a cabo por SurveyMonkey y publicada por Axios, muestra que menos de la mitad de los encuestados culpan a los grupos de extrema derecha de la violencia y que un 40% considera que la responsabilidad es de ambas partes. Incluso hay un 9% de ellos que opina que los manifestantes que protestaban contra la extrema derecha son los responsables de los enfrentamientos violentos.

Diferencias entre republicanos y demócratas

Estos datos son aún más extremos cuando la encuesta se divide entre republicanos, demócratas e independientes.

Un 64% de los republicanos opina que ambas partes tienen la culpa de lo ocurrido en Charlottesville, un 18% culpa a los supremacistas blancos y un 9% a los opositores. Además, un 87% de los republicanos encuestados estaban de acuerdo con la frase “tenías un grupo en un lado que era mano, y tenías un grupo del otro lado que era también muy violento”, que dijo Donald Trump el pasado martes.

Un 40% de los estadounidenses piensa como Trump sobre la violencia en Charlottesville
La encuesta muestra una gran diferencia entre republicanos y demócratas. | Foto: Axios

Sin embargo, en el total de adultos encuestados, esta cifra baja, y solo un 43% está de acuerdo con esta frase del presidente de Estados Unidos, mientras que el 53% está en desacuerdo con ella.

Tanto los demócratas como los independientes muestran un gran rechazo a esta frase. Los primeros están en desacuerdo en un 87%, mientras que los independientes rechazan esta postura en un 59%.

En este último grupo parece haber una postura intermedia entre las que caracterizan a los republicanos y a los demócratas. Un 51% culpan a los grupos de extrema derecha de la violencia en Charlottesville, mientras que un 38% señala a ambos grupos y un 8% a los que protestaban en su contra.

Una cuestión política

La gran diferencia entre las respuestas de personas con diferentes ideas políticas muestra una gran división en la población estadounidense, que cuenta con opiniones totalmente opuestas en temas fundamentales y básicos de la sociedad.

Aunque la encuesta solo cuenta con las respuestas de 2.181 estadounidenses adultos, el periodista político de Axios, donde se ha publicado la encuesta, Mike Allen, cree que “estos descubrimientos reflejan el hecho de que, porque las partes de la nación dividen y fracturan los medios, ya no estamos de acuerdo en hechos básicos, y esto hace el debate civil imposible”.

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Numerosas personas se han manifestado contra la reacción de Trump ante los hechos ocurridos en Charlottesville. | Foto: Joe Penney/ Reuters

Por tanto, esta encuesta muestra que lo que muchos piensan, como han manifestado a través de las redes sociales, que debería ser una cuestión moral y una condena a lo que ocurrió en Charlottesville se ha convertido en una cuestión política. Además, demuestra que a pesar de las numerosas críticas que ha recibido Trump por su forma de tratar las muertes y las peleas en Charlottesville, que más tarde denunció y condenó, no son una representación de la opinión de la mayoría de la población, al menos en Estados Unidos.

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El atentado de La Rambla, en imágenes

Redacción TO

Foto: QUIQUE GARCIA
EFE

El atentado perpetrado este jueves por la tarde en Barcelona ha dejado al menos 13 muertos y medio centenar de heridos. Además, ha provocado caos y confusión en la ciudad condal. Estas son algunas de las imágenes tras la tragedia.

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La policía comprueba la identidad de los viandantes que estaban en el lugar de los hechos. | Imagen: Josep LAGO, Efe
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LA gente abandona una zona acordonada tras el atentado. | Imagen: Pau Barrena / AFP
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Los supervivientes llaman a sus seres queridos para informarles de lo ocurrido. | Imagen: Pau Barrena / AFP
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Una de las víctimas recibe asistencia. | Imagen: Quique García /EFE
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Confusión y miedo entre los supervivientes después del ataque. | Imagen: Pau Barrena / AFP
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Un policía vigila la zona acordonada. | Imagen: Pau Barrena / AFP

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La policía forense, inspeccionando la zona horas después del atentado. | Foto: Sergio Pérez/Reuters

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La furgoneta del atropello, cubierta de una lona negra. | Fuente: Sergio Pérez/Reuters

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Un agente armado en La Rambla en la mañana del día siguiente. | Foto: Sergio Pérez/Reuters

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Un señor, sentado en un banco de La Rambla y leyendo el periódico con el atentado en portada. | Foto: Javier Soriano/AFP

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La mañana del viernes en La Rambla y el intento de volver a la normalidad. | Foto: Javier Soriano/AFP

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El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

Jorge Raya Pons

Foto: Reuters

David Carr vivió una larga cuesta abajo disparado y sin frenos cuando descubrió los senderos de la droga, que le transformaron en un hombre terrible. Muchos años después, siendo un periodista exitoso y reverenciado en The New York Times, quiso explorar aquella sala oscura que era su pasado y abordarla en un libro que se llamaría La noche de la pistola, editado ahora en España por esa caja de sorpresas que es Libros del K.O. Carr viajó a los lugares donde vivió, entrevistó a docenas de personas que conocieron al antiguo yo y le quitó el polvo a un buen puñado de documentos archivados que incluían fichas policiales y sentencias.

No es sencillo encontrar personas tan esforzadas por alcanzar un grado tan elevado de autoconsciencia. David Carr era –fue– un maltratador –golpeó a dos de sus exparejas– y un yonqui, un periodista extraordinario y un padre entregado. Tendemos a imaginar que hay todo un mundo entre los polos, y sin embargo está a un tiro de coca de distancia. En este libro, Carr rescata un puñado generoso de experiencias especialmente repugnantes. Como el día en que olvidó a sus hijas en el coche cuando hizo una visita nocturna a su camello, con quien pasó la noche entera. Cuando salió de la casa, las niñas continuaban allí, en sus sillitas, vestidas con sus monos de invierno.

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David Carr, junto a sus hijas, Erin y Meagan. | Fuente: Archivo de David Carr

En otro momento, el periodista cuenta la historia emotiva, reveladora y profundamente trágica de su amigo Dave, a quien conoció en desintoxicación y de quien escribe que “tenía hijos” y le enseñó “muchas cosas, no solo sobre ser padre, sino sobre ser un hombre de verdad”. Dave fue una mano tendida en su rehabilitación: cuidó de él, cuidó de las niñas, se aseguró de que asistiera a cada una de las reuniones. Los años pasaron, Carr logró recuperarse, y ambos tomaron distancia.

Algunos años después, Carr visitó a Dave; un amigo común le avisó de que era momento de hacerlo. Dave estaba en su cama, hinchado y sin fuerzas y terriblemente enfermo. Hablaron de las niñas, de deporte, y prometieron volver a verse otro día. Carr se despidió, y supo en ese momento que no volverían a verse. Así que le dijo: “Te debo todo lo que tengo en el mundo. Has hecho mucho. Ahora puedes descansar”. Y se marchó.

Es posible que David Carr carezca del virtuosismo literario de Burroughs y de tantos otros que exploraron la mística y la ruina de la adicción a las drogas. Pero tampoco importa: Carr lo hace con una honestidad brutal, abriéndose en dos y exponiéndose sin reparos. Y aunque a menudo cae en la bravuconería y en un punto nada lejano a la autocomplacencia, el libro deja a las claras que su vocación principal es la expiación de sus pecados. Una confesión larga y documentada ante Dios y ante sus lectores.

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La noche de la pistola, de David Carr (Libros del K.O.) | Foto: The Objective

Carr, que tantos méritos hizo para morir en una sobredosis, o en una pelea entre colgados, o en un accidente de tráfico, que sobrevivió a un cáncer particularmente agresivo y que recayó en el alcoholismo, murió muchos años después, en 2015, tras desplomarse por un infarto frente a su mesa en el Times. Tenía 58 años.

Carr escribió un libro valiente. Detrás de sus gemelas, que crecieron felices y fueron a la universidad –he obviado que crecieron entre jeringuillas; su madre también era yonqui–, su gran legado es este libro que sirve como advertencia: hay épica y diversión con las drogas, pero solo antes de crear descontrol y una probabilidad muy alta de destrucción. Su amigo Ike se lo dijo en otras palabras: “¿Vas a ser leal a un jodido concepto como el de ser artista? ¿O vas a ser leal a unos seres humanos de los que eres responsable?”. Y Carr, casi en los últimos párrafos, escribe: “Siempre te dicen que tienes que curarte por tu bien, pero lo único que me permitió dejar de hacer el imbécil fue recordar que otras personas dependían de mí”. Este libro es la declaración de amor a sus hijas.

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Charles Bukowski entre mujeres

Romhy Cubas

Foto: Terraignota Ediciones
Terraignota Ediciones

“Las mujeres del pasado siguen llamándome
Ayer mismo llegó otra de afuera del estado
Quería verme
Le dije “no”
No las quiero ver
No las veré
Sería incómodo, terrible e inútil
Sé de gente que puede ver la misma película más de una vez
Yo no” (…)

Del poema Novias de Charles Bukowski

Antes de ser Charles fue Heinrich Karl Bukowski, nacido en Alemania un 16 de agosto de 1920. La crisis económica en el país europeo tras la Primera Guerra Mundial llevaría a su familia emigrante hacia América, y para que se acoplara al ritmo estadounidense los padres de Heinrich comenzaron a llamarlo Henry. El resto es historia, el mito de Bukowski y sus irreverencias poéticas en la ciudad de Los Ángeles.

A su alrededor: su trabajo, relaciones, carácter y hasta su predilección por la bebida conspiraron para formar esa leyenda de poeta veterano e indolente. No fue hasta los 40 años que sus versos obtuvieron reconocimiento, y aunque hizo el intento de estudiar periodismo y arte su principal profesión y sustento monetario durante más de una década residieron en la oficina de correos de la ciudad de Los Ángeles. Como una especie de agente encubierto Bukowski era cartero de día y poeta de noche.

No obstante, una vez su editor y publicista John Martin le prometió 100$ mensuales por el resto de su vida para que se dedicara a escribir y dejara el oficio diurno de las cartas a los profesionales, la carrera de Bukowski se aferró a su prosa sentimental e irreverente, toda ella contradicciones, para presentarse como uno de los grandes poetas del siglo XX, sin mencionar que se le ha asociado a la Generación de los Poetas Beat y de los escritores “malditos”. Pero la voz de Bukowski realmente nunca vino acompañada de grupos viscerales, él siempre fue un solitario.

Aunque en su marca personal no podía faltar el tabaco y la botella de whisky, las groserías y esa imagen desaliñada de viejo indecente, como su alter ego Henry Chinaski, hay varios mitos sobre Bukowski además de su ineludible talento como escritor que se tambalean entre la ficción y la realidad.

A menudo tildado de borracho y misógino, no hay que buscar demasiado para encontrar archivos y fotografías de ese Bukowski alcoholizado por el cual suenan las campanas. Tampoco hay que leer demasiado entre líneas para encontrar entre sus poemas y relatos de “amor” una prosa peyorativa y contradictoria hacia las mujeres como objeto-sujeto. Su relación con estas fue igual de contradictoria, por un lado se podría decir que Bukowski respetaba y amaba a las mujeres, sus más allegados así lo respaldaban, y sin embargo, trabajos como La Máquina de Follar, Se busca Mujer o tal vez el más evidente Mujeres, exponen versos en donde es fácil cruzar la línea entre la sinceridad y la desfachatez, la irreverencia y la misoginia.

Está el detalle que expone el mismo Bukowski cuando se burla de sí mismo en sus textos, o cuando crea una imagen comercial que su ex novias y su publicista John Martin suavizan, pero fueron precisamente esos detalles, mitos o no, los que hicieron a Bukowski “el escritor”, el mujeriego, el poeta no tan romántico, el cartero más famoso de Los Ángeles.

“Hay en mí algo descontrolado, pienso demasiado en el sexo. Cuando veo a una mujer la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos.” Charles B en Mujeres.

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Jane Cooney Baker y Charles Bukowski | Imagen vía: Alternative Reel

La prostituta de 300 kilos

Bukowski a menudo se refería a su iniciación en el plano sexual con una anécdota que reiteró en numerosas ocasiones y sazonó en sus historias. De entrada el escritor adopta una actitud usual en sus poemas y relatos y recuerda cómo con 24 años de edad conoció en un bar a “la primera mujer” que gustó de él.

La narración está grabada en video y Bukowski, Whisky en mano, recuerda a la “prostituta de 300 kilos” que al igual que él buscaba compañía aquella noche. La pareja subió al hotel y a la mañana siguiente, al no encontrar su billetera, el escritor echó a la mujer de la habitación creyendo que esta era la responsable de su desaparición. La billetera apareció minutos después al lado de su cama, y en vano Bukowski persiguió arrepentido y con resaca a la mujer con la cual perdió su virginidad en un motel de Los Ángeles.

Jane Cooney Baker

Fue su mayor musa y tal vez su romance más definitivo. Sus relatos y poemas están repletos de versiones de esta mujer diez años mayor que él a quien conoció –de nuevo- en un bar de Los Ángeles. Entre botellas y humo de cigarrillos se sucedió esta relación tumultuosa y reveladora. Esa misma adicción por el alcohol llevó a Jane a su muerte en 1962.

El escritor luego reconocería que de todas sus compañeras Jane sería la única por la cual regresaría.

“…hace 28 años / que estás muerta / y sin embargo te recuerdo / mejor que a cualquiera de las otras / vaya un trago / por tus huesos / con los que este viejo perro sueña / todavía”.

Linda King

A esta poeta y escultora la conoció porque la primera esculpía rostros de poetas famosos, y cuando oyó que uno de los mejores prosistas de Los Ángeles estaba en la ciudad solicitó tallarlo.

Su relación se prolongó intermitentemente por cinco años a principios de los 70. Volátil, agresiva y turbulenta fue de una de sus relaciones más inestables y temperamentales; sin embargo, llama la atención que en entrevistas posteriores al referirse a Bukowski Linda King rara vez es despectiva o insiste en los momentos violentos, más bien hace énfasis en la particular personalidad del escritor, en sus inseguridades y manías.

“Siempre pensé que le faltaba confianza en sí mismo. Si hubiera sido un hombre físicamente bien parecido y hubiera tenido éxito con las mujeres, creo que nunca hubiera pensado en aquello”, recuerda King en una entrevista para Vice.

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Linda Lee Bukowski y Charles Bukowski | Imagen vía: Taringa

Linda Lee Beighle

Fue la segunda esposa de Bukowski, la primera fue Bárbara Bukowski, quien murió bajo misteriosas circunstancias en un viaje a la India. A Linda la conoció en un puesto de comida, con ella compró una casa en San Pedro y fue esta quien estuvo a su lado en el hospital cuando el escritor murió de leucemia el 9 de marzo 1994.

Como la mayoría de sus compañeras, Lee recalca la timidez y falta de confianza de Bukowski, sus habilidades sociales, o más bien la falta de ésta, y su preferencia por la máquina de escribir ante la posibilidad de tener que entablar conversaciones con otras personas.

“Jamás hablaba de su trabajo, pensaba que le traería mala suerte”, explica Lee. “A veces escribía poemas en plena noche. Bebía un vaso y me lo leía. Pero esto pasaba sólo una vez al año. Por lo general no mostraba sus trabajos a nadie, los enviaba todos directamente a su editor”.

Ellas no fueron las únicas mujeres en la vida del poeta, hubo novias, amigas, amantes y romances de una noche. La mayoría de estas relaciones llegaron con la mediana edad y su alza como escritor. Todas ejercieron un papel básico en su manera de escribir y de relatar el “amor”. De todos los mitos sobre Bukowski tal vez el más claro está en sus contradicciones, ya que su imagen de bebedor empedernido fluctuaba con sus testimonios, y el de su misoginia con la voluntad de conversar de aquellas mujeres.

“Mujeres: me gustaban los colores de sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos”.
Del libro Mujeres de Charles Bukowski

Es ineludible que como personaje literario, estereotipado o no, fue y sigue siendo referencial. A su muerte dejó una obra compuesta por más de 1.000 poemas, cinco novelas y seis libros de relatos. Ahora, en cuanto al mito, la manera más sensata de aclararlo está en sus propias ficciones, que han demostrado después de todo ser la adicción más sana y fiel de Bukowski, el “viejo indecente”.

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