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La pareja de Tinder que se conoció un 'match' y tres años después en un plató de televisión

Redacción TO

Foto: Tsering Topgyal
AP

A Josh Avsec y Michelle Arendas les ha salido muy barato su match en Tinder. Estos dos jóvenes estadounidenses comenzaron a hablar por la red social a finales de 2014 y han tardado tres años en conocerse, y lo han hecho en un plató de televisión en horario de máxima audiencia. Porque su historia no es la de una pareja de Tinder cualquiera.

Todo empezó con este tuit:

En la publicación, de principios de julio, el joven contaba: “Jajajaja el día que conozca a esta chica va a ser épico. Mirad las fechas de nuestros mensajes en Tinder”. Avsec adjuntaba dos imágenes con el mensaje. Tres años de relación reducidos a dos capturas de sus conversaciones, a ver quién puede decir lo mismo.

El 20 de septiembre de 2014, Josh saludó a Michelle. Esta tardó más de dos meses en responder con un “lo siento, mi teléfono murió”. Después de un par de mensajes seguidos de broma, la pareja empieza a espaciar sus contactos hasta casi un año. Entre medio se suceden las excusas típicas, que aquí, por fin, suenan ridículas: “Lo siento estaba en la ducha”, “Ey, acabo de ver tu mensaje, perdona estaba en clase”, “He tenido una semana complicada”, “Mis exámenes finales realmente me tienen muy atrapado” o “¡Ey, Josh! Quería contestarte rápidamente pero me he liado con el Día del Presidente. ¡Ya sabes cómo es!”.

El diálogo compuesto por solamente diez mensajes tiene más de 30.000 compartidos, 100.000 me gustas y 500 respuestas. Una de ellas fue la de la propia Michelle —de la que Josh ni siquiera sabía su apellido—: “Lo siento por tardar en contestar, pero necesitaba esperar un par de meses”. En ese momento, cientos de personas intervenían ya en la relación de la pareja pidiéndoles que, ¡por favor!, se conocieran de una vez.

En ese punto fue donde apareció, de nuevo, la celestina 2.0: Tinder. Los responsables de la aplicación les ofrecieron un viaje: “Es hora de que os conozcáis en la vida real. ¡Tenéis 24 horas para decidir en qué ciudad queréis que sea vuestra primera cita y os enviaramos allí!”.

La pareja, que habrá sido lenta, pero que ha demostrado que no tiene ni un pelo rubio de tonta, eligió Hawái. Y allí iban a encontrarse por primera vez, si no fuera porque la televisión americana vio el potencial publicitario que había traído la historia de los dos jóvenes, ambos estudiantes en Kent State University. Good Morning America les organizó su primer encuentro en horario de máxima audiencia. El vídeo en Facebook cuenta ya con más de tres millones de visitas. “Soy muy cabezona y no iba a ser yo la que arruinara una buena broma como esta“, contó Michelle.


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La señal de la anormalidad

Jordi Amat

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Tal vez hoy empiece a cambiar ese gris panorama, pero las últimas semanas ha sido más bien desagradable pasear por el Parc de l’Escorxador, cerca de donde vivo. Hacía frío, pero no llovía y todo se iba haciendo cada vez más seco, sucio, más inhóspito. Al pasear por la arena levantabas algo de polvo mientras los perros campaban a sus anchas minando la zona por la que mi Jordi Jr. me humilla con la pelota regateándome sin excesiva piedad. El estanque que rodea la Biblioteca Joan Miró –uno de los centros pioneros de la renovación de las bibliotecas en Barcelona– sigue vacío y los pobres condenados a la intemperie, cuando pueden dejar el carro del supermercado donde acumulan su miseria, se resguardan en la zona que queda algo protegida por el techo de las placas solares.

En la pared que separa los dos edificios de la biblioteca –libros para niños y la mediateca, libros para adultos-, la señal permanente de la anormalidad en la que seguimos: la pintada a través de la cual se autoafirma el Comitè per la Defensa del Referèndum (reconvertido en Comitè per la Defensa de la República).

De todas las consecuencias políticas sufridas aquí durante los últimos tres meses, una de las más significativas y menos conocidas ha sido la aparición de estos grupos: los CNR. Emanan de la CUP, pero no sólo de la fuerza anticapitalista que más arraigo ha tenido en Catalunya desde la guerra civil. Su transversalidad es notable. Diseminados por casi todo el territorio, a través de todos los canales digitales posibles tienen una capacidad de movilización inmediata. Su misión es la preservación o la consolidación de los espacios de ruptura institucional. Siguen activos y preparan su reaparición para el día de las elecciones. Ya son más de 250 y surgieron para hacer posible el 1 de octubre.

Uno de los problemas determinantes para comprender el fracaso del gobierno a la hora de impedir esa trepidante jornada de movilización –no un referéndum de autodeterminación, claro que no, pero sí una experiencia política esencial para la gente que estuvo implicada en ella– fue su desconocimiento de la mecánica asociativa que funciona en gran parte de Cataluña. Pero fue así como llegaron en silencio las urnas a los colegios. Esa mecánica tiene tejida una auténtica malla civil que durante los últimos años se ha volcado en hacer posible la capilarización del movimiento soberanista entre la parte más activa de la sociedad que así se ha refundado como comunidad. La vanguardia de esa mecánica la constituyen, desde el verano, dichos comités, que germinan precisamente en un terreno social que es vivo porque es ajeno a las instituciones.

Mientras no se comprenda la profundidad y el compromiso sostenido de ese movimiento, la pintada seguirá allí y con su simplicidad todo seguirá igual de gris, seco e igual de inhóspito.

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Bitcoin y Harriet Martineau

José Carlos Rodríguez

Foto: KARENBLEIER
AFP

En 1832 Harriet Martineau publicó una colección de cuentos con el improbable título Illustrations on Political Economy. Los relatos exponían los principios, mecánicos y desalentadores, que David Ricardo había expuesto 15 años antes. Su éxito fue enorme; el título volaba de los escaparates de las librerías de toda Gran Bretaña. “Ahora se considera de gran elegancia entre las marisabidillas hablar de economía política”, dijo con desdén María Edgeworth. Seguro que la lectura de Martineau era menos agria que la del propio Ricardo.

Bitcoin necesita su Martineau; alguien que saque a la moneda virtual del arcano en el que habita. Culmina dos décadas de búsqueda de un dinero que no pudiese caer en las garras del Estado. Se crea de forma colaborativa, y el control de su funcionamiento está distribuido entre todos los que quieran participar en el proceso. Es imposible de controlar por una gran empresa o por ningún gobierno, y no hay forma real de prohibirlo. Su cantidad está limitada a 21 millones de unidades, para que la abundancia no arruine su valor, y por si cada uno alcanza el precio de un piso en Manhattan, cada bitcoin se puede dividir por una fracción cien millones más pequeñas.

En los últimos meses su cotización ha dibujado una hipérbole que casi miraba hacia el infinito. Ha acabado por quebrarse, y queda la duda de si está formando una escalera hacia el cielo o un único y vertiginoso pico que recuerda otros furores pasajeros. Esa duda se despejará cuando sepamos qué responder a la única pregunta importante: ¿Es bitcoin dinero?

El dinero es un bien que, por sus características y por su gran presencia en el mercado, se ha convertido en un bien de intercambio aceptado de forma generalizada. Una vez un bien es dinero, adquiere ciertas características. Como es denominador común de los precios, es útil como unidad de cuenta. Como es un bien líquido y su valor no cambia mucho en un tiempo breve, es un buen depósito de valor. Pero el Bitcoin no se puede utilizar en cualquier mercado; de hecho en una fracción muy pequeña de donde hacemos las compras. Y el hecho de que su valor fluctúe con tanta violencia es una muestra de que, hoy, el Bitcoin no es aún dinero.

Si llega a serlo, habrá muy pocos que puedan ahorrar un solo bitcoin a lo largo de su vida. Y entonces habrá cientos de Harriet Martineau contándonos su periplo como un cuento.

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Comienza el Hanukkah, la fiesta judía de las luces

Natalia Salguero

Foto: Natalia Salguero
The Objective

El Hanukkah o fiesta de las luces, es un evento judío que se celebra este año del 12 al 20 de diciembre, lo equivalente al día 25 del mes hebreo de Kislev (mes abundante de lluvia), que tiene su origen en la época de los griegos. Cuando estos reinaban prohibieron a los judíos que practicasen su religión y que leyeran la Torá, el libro sagrado de la religión judía.

En aquella época los Macabeos, un grupo reducido de hebreos, lucharon contra los griegos para recuperar el templo y devolverle al pueblo judío la libertad de practicar su religión. “Los judíos no solemos celebrar los milagros bélicos, aunque en este caso sí que lo fue”, cuenta a The Objective Carolina Aguilar, practicante del judaísmo. “Un ejército tan grande como el de los griegos fue vencido por un grupo de hebreos sin recursos”, añade.

Al recuperar el templo, los Macabeos encontraron una vasija con aceite de oliva virgen refinado, con el que se encendían las luces del templo para poder venerar a Ashem, el dios judío, suficiente para un sólo día de alumbrado, aunque se necesitaban ocho días de lumbre para volver a refinar el aceite.

“El milagro fue que el aceite se pudo usar durante los ocho días que necesitaban y la luz del templo nunca estuvo apagada”, cuenta Carolina que, a continuación, nos explica los objetos sagrados con los que los judíos celebran la fiesta del Hanukkah estos días.

La Hanukkiyah

La hanukkiyah es un candelabro de nueve brazos, a diferencia de la menorah, que solo tiene ocho. En la hanukkiyah los ocho brazos simétricos representan los ocho días que pasaron los Macabeos defendiendo el templo y la vela del noveno brazo, que es el central, se usa para encender todas las demás. Las velas se colocan de izquierda a derecha y se encienden de derecha a izquierda.

“Existe un enorme respeto por las velas en el judaísmo, por lo que no se puede usar la luz de ninguna de ellas para otra cosa, como leer o encender otras velas”, explica Carolina.

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Ornamento para la oración en el judaísmo. | Foto: Natalia Salguero / The Objective

Cada noche de Hanukkah se coloca en la hanukkiyah la vela central y la vela correspondiente a cada día de los ocho que dura. En este proceso se reza la Berajá, que es una oración de bendición, que exclusivamente se pronuncia en esta fiesta. “Cuando enseñamos esta oración a los niños, se dice una variante que no es la real, para no mancillar la Berajá y no decirla en vano”, subraya.

El sebibón

Es una peonza de madera que usaban los judíos para estudiar la Torá y rezar, debido a que los griegos no les permitían tener contacto con su religión. “Cuando pasaban los griegos, los judíos hacían como que jugaban con el sebibón, pero en realidad estaban estudiando la Torá”, tal y como explica la hija de Carolina, Galit Chocrón, de siete años de edad.

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Dos sebibones. | Foto: Natalia Salguero / The Objective

En el sebibon hay escritas cuatro letras, una en cada cara, y cada una tiene un significado. “La Nun, que equivaldría a la palabra Nes, la letra Gimel, que equivale a Gadol, la letra Hei, que equivale a la palabra Hayah y por último el símbolo Pei que significa Poh”, cuenta Galit con todo detalle. “Todas esta palabras se unen y forman la frase Nes Gadol Hayah Poh que se traduce en “el gran milagro ocurrió aquí”, añade la joven practicante.

La comida

La comida es considerada una manera de alegrar el alma, por lo que en Hanukkah, como fiesta que celebra el milagro del aceite, se cocinan platos elaborados en aceite. Según su procedencia de Europa del Este o de Sefarad (la Península Ibérica), los judíos pueden ser ashkenazi o sefardíes. Estos últimos son aquellos procedentes de Marruecos, España o Portugal, entre otros países, y tienen una dieta repleta de especias, cus cus, o cordero.

El plato por excelencia para ellos son los sufganiyot, una especie de donut que se prepara en aceite y se rellena con mermelada, chocolate o pueden ir sin rellenar, simplemente espolvoreados con azúcar glass. Para los ashkenazi, el plato típico en esta fiesta son los latkes, unas tortitas saladas de patata y cebolla fritas en aceite.

Los macabim

Son aquellos que salvaron a los judíos de los griegos y, al ser los salvadores, son los que traen cada Hanukkah un único regalo por noche a los niños. Los primeros siete días dejan un regalo pequeño, y el octavo y último día, un regalo grande.

Ellos se guían por la luz de las velas encendidas en la hanukkiyah para llegar a cada casa que celebra esta fiesta de las luces. “Si os preguntáis como nos traen los regalos, pues nadie lo sabe excepto ellos, porque lo traen por la noche cuando estamos durmiendo”, revela Galit.

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Galit jugando con el sebibón. | Foto: Natalia Salguero / The Objective

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Las frivolidades peligrosas de Trump

Melchor Miralles

Foto: Jonathan Ernst
Reuters

Cuando se dispone del poder que ostenta un presidente de los EEUU resulta peligroso que ocupe la poltrona un tipo como Donald Trump, populista, excéntrico y frívolo. Ahora ha dado un paso que parece poco meditado y en el que, además, como tantas veces, ha estado mal asesorado. La decisión de reconocer Jerusalén como capital de Israel muestra una política errante, alejada del papel que tradicionalmente han jugado los EEUU en relación con Israel. La decisión no refuerza, sino todo lo contrario, el papel de su país en la región y no es un paso que contribuya a la estabilidad internacional. Eso sí, Trump logra de nuevo el apoyo de sus votantes más extremos con esta excentricidad innecesaria. Si el problema árabe-israelí era complicado, ahora los es más. Trump, una vez más, da un paso que tiene como consecuencia una unanimidad global en su rechazo, pero eso a él parece que le estimula. Una ocurrencia que lleva a tensar los muchos pleitos que hay en juego y a poner en entredicho que los EEUU puedan jugar un papel de mediadores de prestigio entra ambas partes del conflicto eterno, hacer perder peso a su país en beneficio de Rusia y China y levanta un muro quizá insalvable.

Todos los presidentes norteamericanos han tenido sus propios planes de paz para la región, y ninguno de ellos ha conseguido culminarlo. Parece que en la decisión de Trump ha jugado un relevante papel Jared Kushner, su yerno, a quien quizá le queden pocas horas en la Casa Blanca. El plan de paz que tiene Kushner en la cabeza solo pasa, al parecer, por alcanzar unas supuestas condiciones previas a la victoria sobre el extremismo islámico para contener el papel relevante que juega Irán, con su capacidad nuclear como amenaza, en la región. No sabemos cuáles son esas condiciones, pero de una superpotencia no se espera que solo tenga como plan la victoria por aplastamiento del adversario, menos aún en un conflicto con tantas derivadas complejas internacionales como el que nos ocupa. Trump quizá no ha valorado que hay sobre el tapete multitud de simbología política y religiosa, complejos matices de la historia pasada y reciente y nuevos escenarios de geopolítica que requieren de políticos más avezados. Lo menos recomendable en situaciones como la que nos ocupa son líderes que se manejan bien en la reacción rápida y populista, en la iria. Los gestos simbólicos tienen muchas consecuencias, no siempre positivas, y Trump ha azuzado un volcán que puede reventar en cualquier instante. Aunque parece que en Israel hay tranquilidad,

Kushner ha tenido como guías de su descabellado plan a Benjamín Netanyahu y al príncipe heredero de Riad Mohamed bin Salmán. No parecen los dos mejores consejeros para encontrar una solución pacífica al conflicto. Trump parece empeñado en cargarse el orden internacional y la estabilidad mundial. Le importa una higa. Huye del multilateralismo y parece que donde se mueve bien es el paso corto y rápido, lo propio de un político que se maneja con Twitter como principal canal de comunicación. Los acuerdos de Oslo, que no resolvieron el conflicto palestino-israelí, al menos hay que respetarlos, pero Trump y su séquito de irresponsables no se paran en barras a la hora de cargarse cualquier acuerdo. Van a lo suyo, con una frivolidad impropia de un presidente de los EEUU y poco conveniente y peligrosa para la paz y la estabilidad de este mundo que habitamos que parece que los humanos somos incapaces de mejorar, para desconsuelo y preocupación de las generaciones que vienen, a quienes dejamos tarea, mucha tarea.

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