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La princesa Diana: el juguete de los medios que logró lo impensable

Tal Levy

Foto: Tim Graham
Getty Images

Diana ha vuelto a morir. Fueron los medios quienes la crearon y también los que la persiguieron hasta su trágico final. “Un minuto no era nadie y al siguiente era la Princesa de Gales, madre, juguete de los medios, miembro de esta familia, lo que pueda imaginar. Fue simplemente demasiado para una persona”, se le escucha decir en el documental Princesa Diana: En primera persona, que National Geographic presenta este agosto y que recoge grabaciones inéditas. Esa misma prensa, que “estaba siendo insoportable siguiendo cada uno de mis pasos”, no la dejaría yacer en paz, atenta a cada nueva revelación, incluso después de 20 años de su partida. Ya lo decía Paul Auster en La invención de la soledad: “Memoria: el espacio en que una cosa ocurre por segunda vez”.

Ni siquiera le ha servido haber sido enterrado en la isla del Lago Oval, en Althorp House, propiedad de su familia, los Spencer, lejos de la mirada curiosa de los flashes, para encontrar esa privacidad que le fue negada en vida.

Diana Spencer no tenía el cabello largo como la mayoría de las princesas de los cuentos de hadas y murió despojada de su título real, aunque como el entonces recién estrenado primer ministro británico, Tony Blair, acertaría: “Ella era la Princesa del Pueblo y así es como permanecerá en nuestros corazones y recuerdos para siempre”.

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29 de julio de 1981, la boda entre Carlos y Diana. | Imagen vía Getty Images

De noble familia aunque de padres separados, el 29 de julio de 1981 contrajo matrimonio a sus 20 años con el príncipe Carlos de Inglaterra, 12 años mayor que ella, en la que sería descrita como la boda del siglo, con esos 750 millones de telespectadores de todo el mundo que hicieron batir los récord de audiencia, pero que se quedarían cortos frente a las 2.500 millones de personas que sintonizarían su funeral.

¡Cómo no quedar cautivados al verla bajar de aquel carruaje de cristal, el mismo que condujo al rey Jorge V el día de su coronación, y entrar a la catedral de St. Paul con su romántico vestido de mangas de farol y su larguísima cola de unos 25 metros, diseñado por David y Elizabeth Emanuel!

Tras casarse con el heredero de la Corona británica, tampoco podría decirse aquello de “y vivieron felices para siempre”. Como ella misma confesaría en la impactante entrevista que concedió a BBC en 1995: “Éramos tres en el matrimonio y eso es multitud”. Así, aludió a ese fantasma siempre presente entre ella y Carlos: Camila Parker Bowles, con quien él sostuvo un romance previo a conocer a Diana y que mantendría en el tiempo hasta convertirla en 2005 en su actual esposa.

El supuesto sueño coronado acabaría en pesadilla. En esa misma conversación, Lady Di, como era llamada, reconocería también su romance con el capitán de caballería James Hewitt.

La Reina de los Corazones

Nacida el 1 de julio de 1961 en Norfolk, ella logró lo impensable al menos después de fallecer: que la mismísima reina Isabel II le hiciera una reverencia al ver pasar su féretro cubierto con el estandarte real, rompiendo antiguos y rígidos protocolos. No era poco que, por Diana, su Majestad hiciera la primera transmisión en directo por televisión en medio siglo.

La monarquía cedió ante el clamor de todo un pueblo que con alfombras de flores que superaban los 100 metros y desconsolado llanto reclamaba que se le diera un tratamiento como lo que seguía siendo para ellos: su eterna princesa y, hasta más, “la Reina de los Corazones”.

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Última imagen de Diana antes del accidente en París | Imagen vía Reuters

A sólo 24 horas del accidente de coche que a las 3 de la madrugada del 31 de agosto de 1997, en el túnel bajo el puente del Alma de París, acabó con su vida y la de su entonces pareja, Dodi al Fayed, ya unas 6.000 personas por hora le rendían sus respetos frente a los palacios reales, según el documental Diana: Siete días que estremecieron el mundo, de la BBC.

Frente a la conmoción general, que ponía en peligro la relación misma de la Corona con sus súbditos, en el Palacio de Buckingham se consintió transgredir una regla más y ondear la bandera a media asta.

La película La reina, protagonizada por Helen Mirren, narraría la crisis que supuso la muerte de Diana para la Casa Real británica y cómo fue gestionada con la ayuda de Tony Blair.

Paradójicamente, la Princesa de Gales lograría finalmente que la monarquía se acercara a la gente, a la vida real, tal cual ella hizo al encargarse personalmente de la educación de sus hijos y con esa empatía que la llevaba a visitar a un enfermo de VIH o a la madre Teresa de Calcuta, comprometiéndose con las más diversas causas como obras de caridad o la lucha contra las minas antipersona.

Para Dickie Arbiter, secretario de prensa del Palacio de Buckingham, ella era “una bocanada de aire fresco”. Esa misma frescura y su indiscutible carisma fueron testigos de cómo forjó grandes amistades entre celebridades, como sir Elton John, quien afirmaría que ella “te hacía sentir completamente a gusto, no había una rigidez o incomodidad, como la que existe a veces con otros miembros de la familia real”. Aunque de escurridiza mirada, Lady Di sabía cómo relacionarse.

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Flores en el funeral de Diana | Imagen vía Wikimedia

Fue el cantante británico quien imprimió emoción en las exequias en la Abadía de Westminster con la interpretación en honor a su amiga Diana de una nueva versión de su balada Candle in the Wind, compuesta originalmente para otra mujer que también a su singular manera marcó la historia: Marilyn Monroe.

“Adiós Rosa de Inglaterra, que crezcas siempre en nuestros corazones. Eras la gracia que aparecía donde vidas habían sido rasgadas, eras la voz de nuestro país y arrullabas a aquellos que sufren“, resonó para después convertirse en el sencillo más vendido.

Y emocionó hasta las lágrimas a sus hijos, Guillermo y Enrique, de 15 y 12 años, que hasta ese momento parecían imperturbables frente a la solemnidad protocolar y cuya máxima expresión había sido escrita: una tarjeta con una gran y sola palabra, Mummy, que el mundo entero advirtió encima del ataúd.

Las cámaras mostrarían al tenor Luciano Pavarotti con su típico pañuelo blanco secando, esta vez, su llanto. El tema tocó la fibra de muchos de los asistentes a la ceremonia funeraria, entre los que se encontraban Margaret Thatcher, Henry Kissinger, Bill Clinton, Jacques Chirac, Tom Hanks, Nicole Kidman, Steven Spielberg, George Michael, Sting, Richard Attenborough, Giorgio Armani, Valentino y miembros de las casas reales europeas.

Reveladores secretos

Transcurridas dos décadas, sus hijos han decidido hablar y compartir sus más íntimos recuerdos con la audiencia en Diana, nuestra madre: su vida y su legado, documental de ITV y HBO, que también transmitirá TVE, en el que se recriminan lo poco que hablaron por teléfono con su mamá la noche que murió por darse prisa para continuar jugando con sus primos en el Castillo Balmoral, en Escocia.

“Esa llamada telefónica se me ha quedado grabada en la mente”, dice Guillermo, duque de Cambridge, ya a sus 35 años. “Lo único que recuerdo es lamentar por el resto de mi vida lo corta que fue la conversación”, lo secunda un todavía no resignado Enrique, quien da un paso adelante al confesar que “siendo niño, nunca disfruté hablar con mis padres por teléfono”, porque era lo que más hacían, debido al divorcio y la retahíla de escándalos que le sucedieron.

Ambos la recuerdan con un formidable sentido del humor, riéndose a carcajada limpia, por lo que el príncipe Guillermo no tiene la menor duda de que, además de la mejor mamá, hubiese sido una “abuela encantadora” y así se lo repite a sus hijos.

Ellos, quienes divulgaron en las redes fotos nunca antes vistas de su archivo personal, lamentan el continuo asedio que sufrió su madre por parte de los paparazzi, que incluso siguieron el coche aquel día fatal en que falleció a sus escasos 36 años y todo por conseguir una imagen. “Si eres la Princesa de Gales y eres madre, no creo que sea apropiado que te persigan 30 hombres en moto que bloquean tu camino, que te escupen para hacer que reacciones y que quieren hacer que esta mujer llore en público para conseguir una fotografía”, expresa Guillermo.

Incluso luego de fallecida no dan tregua, por lo que la controversia en torno al papel y la ética de los medios se ha avivado en el mes del aniversario de su partida con el estreno en el Canal 4 británico de Diana: en sus propias palabras.

Su plato fuerte, quizá demasiado para sus hijos, lo constituyen las conversaciones informales de Diana con su entrenador de oratoria, Peter Settelen, grabadas entre 1992 y 1993, en las que ventila detalles y oscuros secretos como que recordaba su boda como “el peor día de mi vida” y que antes de casarse sólo había visto a su esposo en 13 oportunidades.

La noche anterior al matrimonio, de acuerdo con la biografía Príncipe Carlos: Las pasiones y paradojas de una vida improbable, de Sally Bedell Smith, el heredero al trono no paró de llorar. Después la historia sería conocida. En un titular del sensacionalista Daily Mail se ha llegado hasta leer: “Charles y Diana no tuvieron sexo por siete años”.

“Si pudiera escribir mi propio guión, haría que mi marido se fuera con su mujer y nunca volviera”, se escucha en el documental. Ciertos fragmentos de estos ejercicios de voz en los que habla cándida y abiertamente fueron vistos en Estados Unidos en 2004 en la cadena NBC, pero no habían sido transmitidos en Reino Unido hasta el pasado 6 de agosto.

De hecho, se intentó impedir su difusión. Para el abogado de Settelen, Diana sabía que su entrenador “no era su sacerdote, doctor, terapeuta o abogado”, por lo que entonces no habría secreto de confesión alguno. Pero lo cierto es que fueron grabadas para ayudarla a actuar en público y de ningún modo para aparecer públicamente y menos después de 20 años de muerta. El canal lo ha presentado como una contribución al registro histórico.

Lady Di confiesa que era rebelde y que no debía jugar con fuego pues podía quemarse. Débil y fuerte a un tiempo, su infelicidad matrimonial la llevó a la bulimia y a intentos de suicidio, como cuando movida por la depresión se dejó caer, embarazada de 4 meses, por las escaleras para llamar la atención de su marido, sin poder ni siquiera así lograrlo. Tampoco la reina Isabel II mostraba interés en torno a su sufrimiento. Era despachada bajo la etiqueta de inestable.

Entre el glamour y la pena

Cautiva de las principales portadas de diarios y revistas, la Princesa Diana se convirtió en todo un icono de la moda, desde sus primeros trajes más clásicos hasta los más atrevidos. Marcó estilo con una elegancia no desprovista de desparpajo.

Es frecuente recordarla con ese largo vestido de terciopelo azul con el que bailó en la Casa Blanca con John Travolta en 1985, del diseñador Víctor Edelstein, uno de sus favoritos, quien afirmaba que ella parecía muy vulnerable. Fue subastado tras su muerte por 240.000 libras esterlinas y este año exhibido en Diana: Her Fashion Story, una muestra en el Palacio Kensington en la que pueden admirarse otros como aquel traje blanco que utilizó en 1989 y que rememoraba a Elvis Presley.

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Imagen promocional de la exposición Diana: Her Fashion Story | Imagen vía Kensington Palace

Su imagen ha sido estampada en camisetas, como la que lució el año pasado Rihanna, quien se ha declarado obsesionada por quien considera la mejor; al igual que Lady Gaga, de quien se ha llegado a decir se ha sentido la reencarnación de Lady Di, a la que definió como la más icónica mártir de la fama y que sirvió de inspiración para Paparazzi.

A decir de sus trajes, “la Reina de los Corazones” llevaba una vida glamorosa, pero en el interior la pena estaba siempre presente. De niña se sabía diferente a los demás y sentía que algo importante le depararía el destino.

Pese a que la policía investigó la muerte y aseguró que no existe indicio de conspiración para asesinarle, Mohamed al Fayed, padre de Dodi al Fayed, ha insistido en que no se trató de un accidente y ha apuntado hacia el servicio de inteligencia británico como responsable debido a que no podía dejar que Diana formalizara su unión con un musulmán y menos aún si estaba embarazada, como se especulaba, por ser ella la madre de quien en algún momento se espera sea el futuro rey.

El conde Charles Spencer, también crítico, ha señalado: “Siempre creí que la prensa al final la mataría. Parecería que cada dueño y cada editor de cada publicación que ha pagado por fotos intrusivas que explotan su imagen, alentando a individuos avaros y despiadados que arriesgan todo para conseguir una fotografía de Diana, tienen hoy las manos manchadas de sangre”.

Ilusiones, romance, glamour, engaño, intentos de suicidio, depresión, bulimia y hasta denuncias de complot, ingredientes estos todos de una historia que, aunque real, roza la telenovela. La eterna Lady Di, tan amada por las cámaras, nunca logró ser feliz del todo y eso que tenía el mundo entero a sus pies.

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El cambio climático hace posible la producción de vino en lugares que nunca imaginarías

Redacción TO

Foto: BENOIT TESSIER
Reuters

¿Imaginas llevar a una cena con amigos un vino polaco? ¿Y un vino inglés? Con dificultad un español escogería un vino que no fuera español. Quizá uno italiano o francés. Sin embargo, el calentamiento global puede hacer que esta circunstancia cambie. Todo porque el mapa de los países productores de vino está evolucionando sin parar.

Mientras los expertos se debaten sobre las áreas del mundo donde el cambio climático puede beneficiar o perjudicar la producción de vino, como explica en un reportaje la revista Quartz, parece incuestionable que a las áreas tradicionales se sumarán otras hasta ahora difíciles de imaginar. Porque al tiempo que la temperatura media global aumenta, las tierras más fértiles para el cultivo se alejan del ecuador en dos direcciones: hacia el norte y hacia el sur.

Hay estudios que sostienen con firmeza esta tesis. En 2013, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publicó uno a todas luces pesimista donde se sostiene que el vino que se produce en zonas como la Borgoña francesa o el Valle de Napa californiano no será posible en medio siglo, dado que el clima no será el idóneo para su producción.

El cambio climático hace posible la producción de vino en lugares que nunca imaginarías 1
Una cosecha de uvas en Parras de la Fuente, México. | Foto:
Daniel Becerril/Reuters

Así, la misma investigación determina que la nuevas regiones europeas mejor acondicionadas para la producción serán Inglaterra, Polonia y Austria. Toda una sorpresa. En Estados Unidos, por su parte, esta condición se extendería a estados como Montana, Wyoming o Michigan, ubicados en el norte del país e históricamente desligados de la cultura enológica.

La revista Quartz señala las zonas que guardan más posibilidades de librar esta competición. Una de ellas sería Inglaterra, concretamente la región de South Downs, donde se estaría produciendo un champán cremoso y apetecible. Esta zona se podría beneficiar, en unos años, de unas condiciones climáticas equiparables a las de la región francesa de Champagne.

En Estados Unidos, la nueva esperanza sería Michigan, donde ya se cultiva a pequeña escala, pero podría continuar creciendo como lo ha hecho hasta ahora: en los últimos 10 años ha pasado de tener 16 bodegas a 130. En Australia, por su parte, existe Tasmania, que en pocos años podría competir con el vino del Valle de Barossa, el mejor de ese país.

Con todo, hay investigaciones que se esfuerzan por desmentir las conclusiones del estudio anteriormente citado y que sostienen que si bien el calentamiento global está ampliando el campo de la producción vinícola a más zonas del planeta, países como España o Italia no dejarán de ser grandes productores. Más allá de que algún estudio sostenga que el cava española perderá calidad por el cambio de temperatura.

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La deslumbrante noche de los Emmy, en imágenes

Redacción TO

Foto: MARIO ANZUONI
Reuters

Las galas de los Emmys son esperadísimas: tienen cada vez menos que envidiar a las de los Oscar y la alfombra roja se llena de estrellas. La fiebre por las series se ha consolidado y el gran cine se hace hoy en la pantalla pequeña. Por ello, los Premios de la Academia de Televisión tienen un impacto mediático único. Este año, la gran triunfadora de la noche ha sido la serie The Handmaid’s Tale  (‘El cuento de la criada’, en castellano), seguida muy de cerca por Big Little Lies y la comedia tradicional de Saturday Night Live, que ha renacido con las imitaciones geniales de Donald Trump hechas por Alec Baldwin.

Aquí están las mejores fotografías de la noche, y cada una de las imágenes de los vencedores de la 69ª edición de los Emmy.

La deslumbrante noche de los Emmy, en imágenes
Ann Dowd (mejor actriz de reparto en una serie dramática), Elisabeth Moss (mejor actriz de serie dramática) and Alexis Bledel (mejor actriz invitada de serie dramática), todas ellas por sus papeles en ‘The Handmaid’s Tale’. | Foto: Lucy Nicholson/Reuters

La deslumbrante noche de los Emmy, en imágenes 1
Nicole Kidman, mejor actriz de reparto de miniserie. | Foto: Chris Pizzello/AP
Nicole Kidman y Reese Witherspoon, con el premio a mejor miniserie por ‘Big Little Lies’. | Foto: Chris Pizzello/AP

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Alexander Skarsgard, premio al mejor actor de reparto en miniserie por ‘Big Little Lies’. | Foto: Danny Moloshok/AP

Alec Baldwin, mejor actor de reparto de comedia por sus imitaciones de Donald Trump en ‘SNL’. | Foto: Mario Anzuoni/Reuters

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Stephen Colbert, presentador de la gala. | Foto: Mario Anzuoni/Reuters

Kate McKinnon, mejor actriz de reparto de comedia por ‘SNL’. | Foto: Lucy Nicholson/Reuters
Laura Dern, mejor actriz de reparto de miniserie por ‘Big Little Lies’. | Foto: Chris Pizzello/AP
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John Oliver recogió los premios al mejor programa de variedades y al mejor guion televisivo por ‘Last Week Tonight with John Oliver’. | Foto: Danny Moloshok/AP
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Donald Glover, premiado como mejor dirección de comedia y mejor actor protagonista. | Foto: Danny Moloshok/AP Images
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Julia Louis-Dreyfus, mejor actriz protagonista de comedia por ‘Veep’. | Foto: Chris Pizzello/AP
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Riz Ahmed, mejor actor protagonista de miniserie o TV movie por ‘The Night Of’. | Foto: Danny Moloshok/AP
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Sterling K. Brown, mejor actor protagonista de drama por ‘This Is Us’. | Foto: Lucy Nicholson/Reuters

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Paul Auster: "No culpo a Trump de ser un psicópata, pero me desconcierta que 60 millones de personas le votaran"

Jorge Raya Pons

Foto: J.P.GANDUL
EFE

Siempre se imagina uno que Paul Auster será más alto, más grande, más fuerte. Con todo, conserva a sus 70 años un aspecto formidable: un hombre elegante que peina unos largos mechones blancos hacia atrás, con los ojos grandes como pomelos, una voz honda y algo rasgada. Solo han pasado unas horas desde la muerte de John Ashbery. Paul Auster visita Madrid y tiene todos los focos apuntándole: se cuentan con los dedos de una mano los escritores que despiertan esta expectación. Paul Auster está tranquilo, apoya los hombros en la pared, cruza las manos, levanta un poco el pie izquierdo. La disposición en el Espacio Fundación Telefónica, en un lugar privilegiado de la Gran Vía, es casi digna de una recepción de jefe de Estado. Luego se sienta frente a la prensa, que se cuenta por decenas, y se coloca un audífono para la traducción.

–Vamos a la Luna –dice, y ríe un poco solo.

España es el sexto país europeo que visita por su gira. Auster se ha desfondado en su nueva novela –la más larga, la más ambiciosa en años–, que se extiende en mil páginas y que se llama 4321 (Seix Barral). Los personajes centrales de la historia son cuatro chicos idénticos y nada extravagantes que tienen que enfrentar determinadas adversidades físicas y emocionales. Por ejemplo, uno de ellos es un adolescente seguro de sí mismo y con la autoestima bien alta que tiene que luchar contra la resignación y el miedo después de perder dos dedos de una mano en un accidente. Y este es solo un ejemplo. Quienes han leído el libro se reconocen satisfechos. Auster aseguró en una entrevista que había esperado toda una vida para escribirlo. Pero ante el nuevo auditorio prefiere hacer un rectificado: “Creo que le dije eso a alguien, pero no estoy seguro de haber esperado toda mi vida para ello. Aunque me di cuenta mientras la escribía de que era algo que necesitaba hacer”.

Y luego explica por qué fue lo que necesitaba y cómo se sintió al cerrarlo: “Me sentí exhausto cuando terminé el libro. Como puedes ver, es un libro largo. Recuerdo cuando escribí la última línea. Me levanté de la silla y casi caí al suelo. Me sentía muy cansado en un sentido físico. Pero creo que ahora me estoy recuperando y una vez termine esta charla eterna sobre el libro [no se refiere tanto a esta charla en concreto como a todo este tour plurinacional y desenfrenado que comenzó en agosto], todos estos asuntos, necesito desconectar y comenzar otras novelas”.

Paul Auster: "No culpo a Trump de ser un psicópata, pero me desconcierta que 60 millones de personas le votaran"
Paul Auster, ante decenas de cámaras en Madrid. | Foto: J.R.P./The Objective

Paul Auster llevaba siete años sin publicar una novela. El terror entre sus lectores a que no volviera a publicar era patente, muy pocos escritores consiguen que su mundo sea tan próximo a otros cientos de miles de personas, y el escritor de El Palacio de la Luna no sintió reparos en alimentarlo tras una entrevista actual; en ella dijo que dudaba de sus fuerzas para seguir escribiendo. Un periodista le pregunta al respecto. Auster le reprende un poco, le dice que si estaba escuchando, y luego recupera el tono sobrio y educado para hablar de un trabajo de no ficción que tiene entre manos: “He comenzado algo. He escrito las dos primeras páginas. Espero escribir la tercera y la cuarta cuando vuelva a Nueva York. Y después de esto, me gustaría escribir otra novela. Tengo ganas de volver a casa, volver a mi habitación, cerrar la puerta y, a excepción de un viaje a México en noviembre, quedarme en casa”.

A propósito de México y a propósito de su país, Auster responde muchas preguntas sobre Donald Trump. En una de ellas, le plantean cómo sería la vida de Archie –el personaje sobre quien gira la historia– bajo el mandato de Trump. Auster dispara contra el magnate:

–No sé qué haría Archie. Pero yo sí vivo en los tiempos de Trump y me siento miserable y enfadado y frustrado. No culpo a Donald Trump de ser un maníaco psicópata, hay mucha gente así en el mundo. Lo que me desconcierta es que más de 60 millones de personas le votaran. Y es sorprendente que de esas personas, el 52 o 53 por ciento fueran mujeres. Sigo sin comprenderlo.  Creo que hay mucha gente horrorizada por que haya estado un hombre negro dirigiendo la Casa Blanca durante ocho años. Creo que abrir las puertas de la Casa Blanca a un racista como Donald Trump no es solo un peligro para América, sino para todo el mundo. Creo que esto es algo en que estamos todos de acuerdo. No he oído a ningún político europeo, salvo por algunos fascistas colgados, decir que sea el hombre indicado para el trabajo. Veamos qué ocurre.

“No soy un filósofo, soy un contador de historias”

Paul Auster responde a más y más preguntas sobre política y futuro, y este es un fenómeno curioso: las preguntas que nos hacemos a nosotros mismos las trasladamos a escritores y cineastas, con la esperanza sincera de recibir una respuesta reveladora. Auster responde a cuestiones sobre la identidad, el espíritu pluricultural de América, la cuestión migratoria, su opinión sobre la política europea. Una periodista le pide su valoración acerca de la amenaza norcoreana y, literalmente, hacia dónde se dirige la humanidad. Auster abre un poco los ojos: “Es divertida la pregunta: estoy en la misma posición que cualquiera de vosotros. Si tuviera una gran respuesta para ti, no estaría escribiendo libros, sino en la carrera presidencial. Aunque creo que si este loco suicida (Kim Jong-un) da un paso adelante y Donald Trump está de mal humor, podría ocurrirnos algo terrible”.

Otra periodista le pregunta sobre una posible doctrina filosófica próxima al indeterminismo –todo se debe al azar– como eje fundamental de su novela. Auster le responde: “Esto es demasiado abstracto para mí. Entiendo de qué estás hablando, pero trato de explicar que no suelo tener un plan para mis historias. Creo que con lo que he lidiado a lo largo de mi vida es con lo inesperado. A los hombres nos suceden cosas extrañas. Pero nunca veo razones místicas, sino lógicas”. Y tras un comentario nada reducido y metafórico sobre el hombre que se introduce en el bosque ignorando su destino, concluye: “No soy un filósofo, soy un contador de historias”.

Una de las preguntas más sugerentes llegó casi al final, y le preguntó a Auster por la presión tan justificada sobre los escritores estadounidenses de escribir la Gran Novela Americana como hazaña que sepulta una carrera y pone en lo alto y para siempre su nombre y su apellido. Auster no esconde su molestia, y en un estado nada lejano a la indignación responde que no tiene qué decir: “Estas cosas me superan. Yo solo hago mi trabajo, no pienso en ello”. Auster insiste en que su única vocación es la escritura, y no la gloria.

Paul Auster: "No culpo a Trump de ser un psicópata, pero me desconcierta que 60 millones de personas le votaran" 1
Paul Auster, junto a una pequeña lona publicitaria de su última novela. | Foto: J.R.P./The Objective

Paul Auster tiene una capacidad asombrosa para contar historias, incluso hablando y ante el público. Quizá por la frecuencia con que las cuenta. En la entrada del edificio hay un cartel promocional con la portada del libro bien grande –tiene a un jugador de béisbol bateando con los rascacielos neoyorquinos de fondo– y con una frase que dice: “¿Recuerdas el momento en que cambió tu vida?”. Auster no deja cabos sueltos y responde que no solo recuerda un momento, sino dos:

–Uno fue conocer a mi esposa hace 36 años. Ella [Siri Hustvedt] había llegado a Nueva York dos años antes para estudiar en la Universidad de Columbia y era ocho años más joven que yo, y sigue siéndolo. Había una sola persona en el universo que teníamos en común. Yo había estado de viaje y supe de una lectura de poesía en Nueva York de una poeta que me gustó mucho y que encontré muy romántica. Pese a estar cansado y con ganas de ir a casa, decidí ir. Ella también fue, acompañada por uno de sus amigos de Columbia, que resultó ser una persona que teníamos en común. Sabía que él estaba casado, tenía más o menos mi edad. Di por hecho que tenían un affaire. Él nos presentó, pero no dije demasiado porque asumía que tenían algo. Tras hablar durante un par de minutos, él se dio la vuelta y se marchó a hablar con otras personas. Ahí descubrí que estaban allí como amigos. Siri y yo empezamos a hablar, y después continuamos hablando. Y luego, cuando todo terminó, fuimos a otra parte y seguimos hablando. Pasamos aquella noche juntos, y hemos seguido juntos desde aquella noche. Han pasado 36 años. Si no hubiera ido a esa lectura, si no me hubiera encontrado con aquel hombre, los últimos 36 años de mi vida habrían sido diferentes.

La segunda historia es particularmente intensa desde un punto de vista emocional, una experiencia traumática:

–Ocurrió cuando tenía catorce años en un campamento de verano en el Estado de Nueva York. Estaba allí con otros 20 chicos, bajo una tormenta eléctrica, y vi cómo uno de nosotros moría electrocutado por un rayo. Esta es probablemente la historia más importante de mi vida. Aquello dio forma a mi percepción del mundo, y a todo lo que he escrito en los últimos 50 años. Me enseñó que el terreno en que camino no es sólido y que cualquier cosa podría pasarle a cualquiera en cualquier momento.

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¿Cómo se prepara la Casa Real inglesa para los nacimientos?

Redacción TO

Foto: Kirsty Wigglesworth
Reuters

Los duques de Cambridge, padres de los príncipes Jorge y Carlota, esperan su tercer hijo. Sería el sexto bisnieto de la reina Isabel II de Inglaterra, de 91 años.

“Sus altezas reales los duques de Cambridge están encantados de anunciar que la duquesa está esperando su tercer hijo. La Reina y los miembros de ambas familias están encantados con la noticia”, ha señalado un comunicado del palacio de Kensington este lunes.

El tercer hijo de los duques será quinto en la línea de sucesión a la corona británica, por detrás del príncipe Carlos; su padre, el príncipe Guillermo, y sus hermanos Jorge y Carlota. En esta nueva dulce espera, The Objective te cuenta algunas curiosidades de los bebés reales. 

Durante los nacimientos de la realeza solía estar presente un ministro del gobierno para asegurarse de que el bebé no fuese cambiado.

Se cree que la práctica comenzó en 1688, cuando docenas de oficiales vieron a María de Módena, esposa de Jaime II, dar a luz a un hijo, para acabar con los rumores de que no estaba realmente embarazada. Esta tradición continuó hasta el siglo XX. La última vez que sucedió fue durante el nacimiento de la prima de la reina Isabel II, la princesa Alexandra, en 1936.

Un detalle en el que han coincidido algunos esposos de la realeza, es que suelen acobardarse al momento de los partos y muchos han preferido no estar presentes durante los nacimientos. Han sido los casos del esposo de la reina Isabel II, el príncipe Felipe, y de su hijo Carlos.

El primero estaba jugando squash cuando nació el príncipe Carlos y este, cuando se convirtió en padre, no estuvo presente cuando llegó Guillermo.

Es a una reina a la que se le atribuye la popularización del uso de analgésicos durante los partos. Se trató de Victoria quien, en principio, lo puso de moda entre las familias millonarias de su época.

Victoria fue la primera miembro de la realeza en utilizar este tipo de medicamento para dar a luz al recibir una dosis de cloroformo para aliviar el dolor en los partos de su octavo y noveno hijo, el príncipe Leopoldo (nacido en 1853) y la princesa Beatriz (nacida en 1857).

Los bebés reales con títulos no tienen apellidos a pesar de que el de la familia real es Mountbatten-Windsor. Cualquier descendiente de la reina Isabel II, “con excepción de los que lleven el título de alteza real, de príncipe o de princesa, o descendientes femeninos que se casen” lleva el Mountbatten-Windsor.

Nacer en hospitales es novedoso. El príncipe Guillermo fue el primer heredero al trono en nacer en un centro de salud ya que la tradición era que estos nacieran en las casas de la familia real.

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