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Las drogas amenazan Christiania, la utopía ‘hippie’ que aún sobrevive

Redacción TO

Foto: PETER HOVE OLESEN
AP

A tan solo unos minutos del centro de Copenhague se encuentra Christiania, el barrio libre de la capital danesa, proclamado independiente de Dinamarca, donde los ciudadanos tienen sus propias normas y viven de una manera muy peculiar. Formado en los años 70, cuando un grupo de hippies ocupó algunas casas militares, Christiania es ahora, además de uno de los sitios más visitados de Copenhague, el proyecto utópico en el que toda comuna hippie querría convertirse. O casi.

Los aproximadamente 850 vecinos que conviven en esta original comunidad, gobernada por ellos mismos, deben lidiar a diario con los ‘camellos’ que se han instalado de forma permanente en la conocida como Pusher Street (Calle de los Camellos) para vender hachís, cannabis y otro tipo de drogas.

Con sus propias reglas sociales, su forma de vivir se basa en la ecología, el arte y la meditación y, como en toda buena comuna hippie, fumar marihuana, hachís u otro tipo de drogas es habitual y está permitido en la mayoría de sus locales. Basta dar un simple paseo por sus calles para ver, y oler, la cantidad de sustancias que flotan en el ambiente. En la calle y en los bares, vecinos y visitantes de Christiania disfrutan del ambiente relajado del barrio entre cafés, cervezas, comida orgánica y algún que otro porro.

Sin embargo, son estas mismas drogas las que han traído problemas en los últimos años a los habitantes de Christiania, que se han visto envueltos en serios problemas con los traficantes que, poco a poco, se han ido adueñando de sus calles más concurridas.

Los porros, en general, han formado parte de esta comunidad desde sus inicios. Los habitantes de esta peculiar zona han defendido siempre la legalización de drogas como el cannabis y se han manifestado en varias ocasiones para defender esta postura. Sin embargo, con el paso de los años, el trapicheo de drogas ha pasado de ser algo pequeño y local a estar controlado por organizaciones internacionales, entre ellas los Hell’s Angels de Dinamarca, que ni siquiera son residentes o empleados de Christiania.

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Los habitantes de Christiania y otros ciudadanos daneses se manifiestan a favor de la legalización del cannabis. | Foto: Scanpix Denmark/ Reuters

Las fotografías en Pusher Street son algo ya casi impensable. La presencia de estos traficantes en esta calle ha hecho que los millones de turistas que visitan Christiania no puedan añadir este lugar a su álbum de fotos. Carteles en las cuatro entradas al barrio advierten de que está prohibido grabar vídeos o tomar fotografías y los camellos no han tenido problema en demostrar su determinación con los turistas, echando a más de uno a empujones.

Estos mismos carteles informan también de que comprar o vender droga sigue siendo ilegal, pero los habitantes, empleados y, sobre todo, los visitantes de Christiania hacen caso omiso a estas advertencias y continúan con este negocio, o esta forma de vida, a pesar de las prohibiciones.

La Policía toma cartas en el asunto

En las 34 hectáreas de este barrio libre no existe una sola oficina de Policía. La determinación de los vecinos de Christiania de autorregularse y vivir de acuerdo a sus propias reglas sociales los ha alejado de las autoridades. Sin embargo, esto no ha sido un obstáculo para que la Policía de Copenhague haya intervenido en repetidas ocasiones para solucionar los problemas con los traficantes de drogas, que los residentes de este barrio independiente no pueden solucionar por sí mismos.

La intervención policial más importante tuvo lugar en septiembre de 2016, cuando un hombre disparó a dos policías y a un viandante. Este suceso fue el detonante que hizo reaccionar a los habitantes de Christiania, que tomaron la decisión firme de acabar con los puestos de droga de Pusher Street y unieron sus fuerzas para desmantelarlos uno por uno. Con ayuda de tractores o con sus propias manos, los puestos donde los traficantes venden su mercancía fueron desmontados y desaparecieron de las calles de Christiania. Pero por poco tiempo.

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Los vecinos del barrio desmantelaron uno por uno los puestos donde los traficantes venden las drogas. | Foto: Thomas Borberg/AP

Estas tiendas ambulantes, aunque ya casi permanentes, donde se puede comprar desde hachís en pequeñas bolsas hasta porros ya hechos, volvieron a aparecer en las calles del popular barrio, atrayendo a los turistas con sus llamativas imágenes de Bob Marley y banderas jamaicanas.

La lucha por la independencia de esta comunidad ha hecho que las autoridades sean relativamente permisivas con la situación de las drogas en el barrio, lo que ha supuesto que grupos organizados como los Hell’s Angels instalen allí su negocio, abasteciendo a gran parte de la ciudad y a la mayoría de turistas que la visitan.

A pesar de que la Policía realiza redadas de vez en cuando, estos grupos vuelven a montar sus puestos y los residentes no parecen tomar decisiones estrictas hasta que ocurren sucesos como el tiroteo de 2016.

De los hippies a los moteros

Lo que antaño era un paisaje verde poblado de rastas, pies descalzos y ropas anchas de colores hoy cuenta también con el cuero, las cadenas y los pitbulls de los moteros que acuden cada día a este barrio libre a vender droga en los puestos de Pusher Street.

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Uno de los murales de Christiania muestra una escena bastante común en el barrio, las redadas policiales | Foto: Bob Strong/ Reuters

Aunque lo hippie sigue predominando en Christiania, ahora se mezcla con un ambiente de intimidación e incomodidad, culpa de los traficantes que dominan una de las zonas más turísticas de Copenhague. Las galerías de arte, cafeterías, restaurantes veganos y ecológicos, escuelas de yoga y, en general, todos los negocios que dan vida a este alegre y colorido barrio compiten ahora contra el negro y el metal de los traficantes por atraer la atención de los turistas que, en el fondo, son quienes mantienen vivo este pintoresco lugar.

Aunque su independencia les ha alejado siempre de las autoridades, los vecinos de Christiania parecen estar cada vez más cerca de una colaboración con la Policía, que espera que los desmantelamientos de 2016, aunque infructuosos, fueran solo el principio de una relación de cooperación para acabar con el negocio de las drogas que amenaza la libertad de este ideal hippie.

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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Cataluña y la adolescencia política

Andrea Mármol

Foto: RRSS

Cataluña amaneció el 18 de julio de 2017 repleta carteles a lo largo y ancho del territorio con el rostro de un Francisco Franco joven y el lema: ‘No votes, el 1 de octubre, no a la República’. A primera hora, se atribuía la hazaña a organizaciones de extrema derecha que llamaban a boicotear el referéndum ilegal; poco después se supo que la autoría era de una filial del partido antisistema catalán, la CUP, que buscaba aprovechar la fecha del calendario para lanzar un nítido mensaje que a nadie se le escapa: “Franco no participaría el primero de Octubre. ¿Y tú? ¿Qué harás ese día?”

Los carteles no eran una alegoría al dictador, sino que entrañan un toque de atención a los millones de catalanes que no participarán en la movilización independentista que prepara el gobierno autonómico para el 1-O. Por supuesto, la CUP puede hacer gala sin pagar peaje alguno del reduccionismo que entraña señalar a sus conciudadanos como simpatizantes de la dictadura franquista, del mismo modo que estos días, junto a parte importante de la izquierda española, anda dando carta blanca a las comparaciones entre el régimen autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela y la democracia española.

Y es que de la lógica binaria que algunos pretenden instalar en Cataluña, claro, no hay que culpar en exclusiva a la CUP. Cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se erigen en adalides únicos de la democracia en Cataluña y exigen el apoyo de todos-los-demócrtas-del-mundo (sic), no están dejando a sus adversarios políticos en mejor lugar que los carteles de los antisistema. Es difícil denunciar que alguien hace trampas cuando juegas con varios ases en la manga. Y así, los churumbeles siempre superan al padre político.

Hay, en ese mismo sentido, episodios entrañables en la política catalana más reciente. Recuerdo los altercados en el barrio de Gracia hace algo más de un año: la CUP se negaba a desalojar un local ilegalmente ocupado y protagonizaba un enfrentamiento con la policía autonómica catalana, controlada por el gobierno catalán, que a su vez exigía a los antisistema respeto a la autoridad. Y a la ley. El mismo ejecutivo que ya entonces quería liquidarla. ¿Alguien cree hoy que el PDeCAT o ERC pueden reguir la responsabilidad de que se normalicen los postulados de la CUP?

El desprecio a la ley tiene consecuencias inasumibles para una mayoría de ciudadanos en democracia. Pero no está de más señalar también las causas. Y estas se vislumbran de más nítida manera dentro de la ilusión antisistema: las comparaciones con Franco o con Maduro sólo caben en la mente de alguien que necesita retorcer la realidad para encontrar una excusa que le permita no afrontarla. La realidad es que la ley no hizo mucho más que hacernos libres, lo cual implica que cada desconsuelo y cada insatisfacción y cada caída sólo son hijos de nuestra propia responsabilidad.

Un precio demasiado alto para todo adolescente, más cómodo con alguien a mano a quien culpar de todos sus males y empeñado en renacer en un nuevo mundo revolución mediante cada cinco minutos. En Cataluña muchos que pasaban por adultos han jugado a la adolescencia política: y de aquellos polvos, estos lodos.

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Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

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Locos por la maría

Melchor Miralles

Foto: Matilde Campodonico
AP

Fue abrir las farmacias de Montevideo y arrasar. Se agotaron las existencias de las 16 farmacias de Montevideo en nada. Era el primer día que se podía vender legalmente marihuana en las boticas, y fue una cuerda locura. Ahora lo que no saben es cuando podrán reponer existencias. Uruguay ha sido el primer país del mundo en experimentar la venta legal del cannabis para uso recreativo, y no parece que haya sucedido nada, más allá del furor de los compradores, consumidores habituales que prefieren comprarla legalmente a hacerlo en el mercado negro.

Es un gran asunto, de fondo. Hay debate. De hecho, solo 16 de más de 1.000 farmacias de Montevideo se apuntaron al asunto. Las demás consideran que no es atinada la venta con fines recreativos, aunque si cuando se trata de aplicación terapéutica. Y aquí está la clave, y se me ocurren argumentos en ambas direcciones. Pero me puede el creer que siempre será mejor la venta legal y controlada que el fomento del mercado negro, que posibilita además la puesta en circulación de porquería más dañina y que enriquece a las mafias.

No tiene discusión a estas alturas que la marihuana tiene una aplicación terapéutica beneficiosa en muchos casos. Como no la tiene que su consumo habitual, en exceso, es dañino, como sucede con el consumo de cualquier sustancia, como el alcohol o el tabaco, que se venden legalmente. Y ahí está la clave. El prohibicionismo se ha impuesto durante muchos años y todo apunta que favorece el enriquecimiento de los cárteles, destroza la vida de muchos intermediarios de medio pelo y perjudica a quien tiene decidido el consumo sea legal o ilegal. Veremos cómo avanza la prueba uruguaya, pero quizá hayan sido pioneros en una salida a un problema social de envergadura. Y después, como siempre, está la educación, la formación, la información y el sentido común de cada cual. Porque el que quiere consumir, consume. Por eso la locura de Montevideo, la locura por hacer normal lo que es habitual. Con rigor, sensatez, seriedad y control. La vida misma.

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