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Las obras maestras de Budapest llegan al Thyssen

Jorge Raya Pons

Entre el 18 de febrero y el 28 de mayo, el museo Thyssen-Bornemisza expondrá una colección esperadísima, Obras maestras de Budapest, que representa en sí misma la Historia del Arte europeo. Una muestra privilegiada que acoge a los hombres más talentosos de cada siglo: Velázquez, Zurbarán, Goya, Murillo, Rubens, Rafael, Durero, Monet…

Se trata de 90 lienzos llegados desde el Museo de Bellas Artes de Budapest, en el corazón del antiguo Imperio austro-húngaro, que contiene una de las colecciones extranjeras más valiosas de pintura española. Una remodelación de su pinacoteca ha permitido que estos cuadros puedan exponerse temporalmente en Madrid.

La muestra, cuyos comisarios son Guillermo Solana, director artístico del Thyssen, y Mar Borobia, jefa del Área de Pintura Antigua, se organiza en siete secciones:

1. El Renacimiento en el norte, con pintura alemana y flamenca del siglo XVI y autores como Alberto Durero, Lucas Cranach el Viejo o Hans Baldung Grien.

Salomé, de Lucas Cranach, 1530. (Fuente: wikimedia.org)
Salomé, de Lucas Cranach, 1530. (Fuente: wikimedia.org)

2. El Renacimiento en el sur, con Leonardo da Vinci, Lotto, Rafael o Bronzino.

Estudio de patas de caballo, de Leonardo Da Vinci (1490-1492)
Estudio de patas de caballo, de Leonardo Da Vinci, 1490-1492. (Fuente: wikimedia.org)

3. El Barroco en Flandes y Holanda, con Peter Paul Rubens y Anton van Dyck.

Mucio Escévola ante Porsena, de Peter Paul Rubens y Anton van Dyck (1618-1620)
Mucio Escévola ante Porsena, de Peter Paul Rubens y Anton van Dyck, 1618-1620. (Fuente: wikimedia.org)

4. El Barroco en Italia y España, con pinturas de Annibale Carracci, Alonso Cano o Diego Velázquez.

Almuerzo de campesinos, de Diego de Velázquez (1618-1619)
Almuerzo de campesinos, de Diego de Velázquez, 1618-1619. (Fuente: wikimedia.org)

5. El siglo XVIII, donde destacan Sebastiano Ricci y Giambattista Tiepolo, de la escuela veneciana.

Canaletto-dolo
La esclusa de Dolo, de Canaletto, 1763. (Fuente: wikimedia.org)

6. La nueva imagen de la mujer, con Manet o Kokoschka.

Dama con un abanico, de Édouard Manet (1862)
Dama con un abanico, de Édouard Manet, 1862. (Fuente: wikimedia.org)

7. Del Impresionismo a las Vanguardias, un recorrido desde el siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial.

(Adolf Fényes, Bizcocho de semillas de amapola, 1910)
Bizcocho de semillas de amapola, de Adolf Fényes, 1910. (Fuente: wikimedia.org)

En cualquier caso, explica Mar Borobia a la revista Hoy es Arte, escoger entre las obras, crear una armonía, fue un trabajo laborioso: “Ha sido difícil que no sea simplemente un espacio dedicado a una obra maestra tras otra. Lo que queríamos es que también hubiera un hilo de conexión entre las escuelas, entre los artistas”. Y finalmente lo lograron, con un resultado prometedor y unos precios asequibles: las tarifas oscilan entre los 8 y los 12 euros.

Un artista recrea obras maestras para que parezca que están hechas con Lego

Redacción TO

Foto: Geoffroy Amelot

Un artista ha creado increíbles réplicas en Lego de algunas de las obras maestras más famosas del mundo utilizando Photoshop. El francés Geoffroy Amelot, un artista y diseñador con base en París, ha recreado las pinturas usando el software de Adobe para crear un efecto de ladrillo de Lego, con diversos colores que dejan entrever las formas de los objetos y de las figuras originales en cada una de las obras.

Leonardo Da Vinci, Vincent van Gogh o el maestro renacentista italiano Miguel Ángel, son algunos de los pintores a los que Amelot ha rendido homenaje de esta manera tan curiosa.

Amelot logra obtener una increíble cantidad de detalles en sus recreaciones. Su técnica consiste en que las obras parecen haber sido hechas de Lego, pero las pinturas son todavía (más o menos) reconocibles.

Aquí están algunas de sus recreaciones, comparadas con las obras originales:

Un artista recrea obras maestras para que parezca que están hechas con Lego 1
Recreación de La joven de la perla, de Vermeer. | Foto: Geoffroy Amelot / De Agostini

Un artista recrea obras maestras para que parezca que están hechas con Lego 2
Fragmento recreado de El hijo del hombre, de Magritte. | Foto: Geoffroy Amelot / Mikael Buck

Un artista recrea obras maestras para que parezca que están hechas con Lego 3
El autorretrato de Van Gogh ‘legoleado’. | Foto: GEOFFROY AMELOT / Art Images

Un artista recrea obras maestras para que parezca que están hechas con Lego 4
La Gioconda de Da Vinci en versión lego. | Foto: Geoffroy Amelot / Getty

Un artista recrea obras maestras para que parezca que están hechas con Lego 5
Recreación de Amelot del Grito de Munch. | Foto: Geoffroy Amelot / UIG

Un artista recrea obras maestras para que parezca que están hechas con Lego 7
Así es el American Gothic de Grant Wood en Lego. | Foto: Geoffroy Amelot / Getty

De librerías

Javier Fórcola

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

De viejo o de nuevo. Las primeras, de lance, de saldos, de segunda mano, de bibliófilo, de anticuario. Sin contar chamarileros, rastros y encantes. Las segundas, generalistas, infantiles, de novedades, de libros de bolsillo, de viajes, de ensayo, de fondo. Cadenas o independientes. Algunas, abiertas a mediodía; otras, con horarios alternativos, tentadoras hasta medianoche. De barrio, históricas, con solera, con librero. Organizar un viaje contando con las librerías que uno quiere visitar: la librería como parte de la aventura. El encanto, azaroso y emocionante, de atravesar el umbral de esa librería que nos sale al paso.

Para un flâneur urbanita como el que suscribe estas líneas, deambular por la ciudad, sin rumbo fijo, tiene como gran aliciente visitar semanalmente alguna de mis librerías preferidas –especie de puertos seguros que nos salvan del tráfago urbano durante unos minutos–; o, en caso de hacerlo por una ciudad desconocida, por primera vez visitada, disfrutar del hallazgo de una de ellas, aún no explorada. Las librerías son la isla del tesoro, a disposición de cualquier bolsillo.

Bien es cierto que la visita a la librería, como a cualquier otro comercio o tienda, puede tener una motivación premeditada –vamos a la librería a buscar un libro concreto–; como cualquier libro no dejará de tener, en la sociedad postindustrial en la que vivimos y compramos, la condición de mercancía o producto de consumo. Pero cualquier lector sabe que eso no es así. Los libros son más que cosas; las librerías son más que tiendas. Sí, en tiempos de internet, somos capaces de comprar, a golpe de tecla, lo que deseamos: en casa, delante de nuestro portátil; por la calle, con el móvil en la mano mientras deambulamos, autistas en nuestra burbuja, sin mirar lo que nos rodea.

Ahí están los famosos «buscadores», que nos permiten «acceder» a la información y a «la gran tienda universal donde todo se puede comprar». Las tiendas online que nos tientan, permanentemente, proponiendo precisamente lo que estábamos buscando, tras haber dejado ese ingenuo rastro de cookies tras nuestras navegaciones por la Red. Para el flâneur urbanita, las cosas no funcionan así. Él no busca, si acaso, encuentra. Lo que encuentra, la mayoría de las veces, le sale al paso, le deslumbra, le sorprende. Y como en todo encuentro –el azar tiene su propia lógica–, el hallazgo de este libro –el que no conocíamos; el que esperábamos; con el que hemos soñado; el que habíamos perdido, o prestado; el que queremos regalar; el que nos hubiera gustado escribir, o publicar– nos produce dicha.

La felicidad más allá de la tecla, más acá de lo virtual. Uno no va a una librería como va a otro comercio; no compra un libro como compra medio kilo de manzanas. En el fondo, uno visita una librería, como cuando va al cine o pasea por un museo, con un propósito: en busca de la felicidad.

Japan Art Week trae la cultura y el arte japonés al centro de Madrid

Álvaro R. de la Rubia

La era Meiji japonesa regaló al mundo todo lo que hasta entonces había permanecido oculto en el archipiélago: una nueva iconografía, una estética propia y, sobre todo, una manera de entender la vida tan diametralmente opuesta a la occidental que era imposible pasarla por alto. Esta apertura de Japón fue uno de los factores decisivos en el desarrollo del movimiento impresionista europeo en el XIX y, desde entonces, la belleza del arte japonés ha fascinado a Occidente por su pureza, su elegancia y su inquietante sensibilidad. Japón no solo está de moda, su cultura se ha instalado de manera especial en España y se ha integrado como un elemento más de la nuestra propia. Prueba de ello es la aparición en Madrid de la Japan Art Week, un evento que espera descubrir la cultura y el arte japonés a través de exposiciones, conciertos, charlas y talleres a aquellos que hasta ahora se habían acercado a ella a través de otros canales más populares. Tendrá lugar en la capital desde el 24 de marzo al 1 de abril y se puede consultar el programa de actividades y los espacios que las acogerán en su página web.

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“Wannabe” de Elisa González Miralles

“Aunque suene chocante, la cultura japonesa ya no sólo pertenece a Japón. Creo que se podría decir que ha calado en Occidente de una manera más fuerte que cualquier otra cultura, pero no solo en la actualidad. Desde finales del XVIII se empezó a usar el término de japonismo para definir las obras creadas a partir de la transferencia directa de los principios del arte japonés sobre el occidental”, explica Sergio Bang, uno de los organizadores de JAW y responsable junto a Goyo Villasevil de la galería, librería y espacio cultural Swinton & Grant.

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Naoki Fuku con “Arashizuka”.

El evento no solo pretende mostrar las reminiscencias de la cultura japonesa en expresiones artísticas extranjeras, también busca establecer un diálogo entre artistas japoneses y españoles poniendo de manifiesto la cara amable de la globalización: un enriquecimiento cultural que potencia la creatividad y hace crecer las distintas tradiciones. “Con el final de la Segunda Guerra Mundial (tras la ocupación que sufrió el país por parte de Estados Unidos hasta 1952) Japón comenzó a absorber elementos de la cultura occidental de una forma evidente. Desde entonces, la curiosidad innata de la cultura japonesa ha mantenido esa conexión directa con lo occidental, apropiándose de elementos e incorporándolos de forma natural a su cultura. Es precisamente esta conexión bidireccional la que queremos poner de manifiesto en la Japan Art Week. Tan rica, llena de matices y diferente”, aclara Sergio Bang.

La cita, que contará con la participación de nueve espacios culturales y más de cuarenta artistas, no podría ser más oportuna: la agencia meteorológica de Japón prevé que el sakura, la floración del cerezo, se producirá en Tokio el 22 de marzo, coincidiendo con la semana inaugural de la Japan Art Week madrileña.

La vida de Ahmad en España después de la guerra

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

En el barrio madrileño de Quintana, que une la plaza de toros con la mezquita de la M-30, se encuentra una pastelería árabe con las paredes pintadas de verde y un espejo largo que se extiende al fondo. Los clientes van y vienen y no es extraño que esta conversación sufra las interrupciones lógicas de una jornada de trabajo.

Antes de trasladarse a Madrid, Ahmad era arquitecto en la ciudad siria de Alepo y se había comprado un coche nuevo, tenía un piso y esperaba su segundo hijo junto a su mujer, que es española, de origen árabe. La conoció en unas vacaciones que ella pasó en Siria. “Yo la vi, y ahí empezó todo”, cuenta. Se casaron en 2008 y un año más tarde nació su primera hija. La vida avanzaba tranquila y en calma; Ahmad tenía su oficina de arquitectura y un negocio de decoración y reformas, y su mujer trabajaba en casa y cuidaba de su hija, muy pequeña. “Éramos felices”, dice, apenado. Me da a probar una baklawa, que es un dulce tradicional hecho de hojaldre y frutos secos, y nos sentamos en dos taburetes, frente al escaparate. Desde aquí vemos la calle.

La guerra de Siria comenzó en 2011, pero no llegó a Alepo hasta un año después. Cuando echa la vista atrás, Ahmad no crea divisiones en el tiempo, conjuga en presente y en pasado sin distinción; puede ser que en su memoria las longitudes sean más cortas. “El día más triste para nosotros fue un viernes por la mañana, eran las nueve. Ese día nos despertamos por la explosión de una bomba. Yo vivo en un edificio grande y enfrente hay un centro de policía secreta. Allí hicieron explotar un coche. Dormíamos con mantas gruesas, hacía frío, y se cayó toda la casa, todo por encima de las mantas. De haber estado despiertos, no seguiríamos con vida”.

Alepo dejó de ser una ciudad segura y Ahmad supo que debían abandonar Siria por un tiempo, no demasiado. “Vinimos a España en 2012. Mis suegros viven aquí desde hace cincuenta o sesenta años, casi toda la vida, y mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Decidimos dejar Alepo para volver en pocos meses. Pensamos que en ese tiempo acabaría la guerra, como en Egipto. Es lo que se hablaba. Algunos decían dos meses, otros decían tres”.

Pasaban las semanas en la casa de sus suegros y Ahmad hablaba a menudo con sus padres, que se quedaron en Siria, con la firme esperanza de regresar pronto. Pero siempre ocurría la misma historia. Sus padres le insistían, semana tras semana, en que siguiera esperando, porque cada vez la situación iba a peor, todo era más peligroso, todo era más complicado. Los meses se sucedían y con este ánimo Ahmad comenzó a comprender que no volvería a casa tan pronto como suponía, que los meses en España se convertirían en años y que sus hijos tendrían una infancia lejos de su país.

Ahmad asumió el golpe. Se dijo que ya no podían vivir en la casa de sus suegros, que era hora de buscar piso, de buscar trabajo. Tenía un dinero guardado que bastaría para los primeros meses de alquiler y mientras tanto, creyó, encontraría un empleo como arquitecto. Fue a todas las oficinas, a todas las empresas. Entregó currículums por internet, en mano. Y luego de aburrirse de no encontrar nada, desesperado, renunció a la arquitectura y buscó trabajo en otro sitio: en bares, en tiendas, en supermercados. Hasta que un día le comentaron que un restaurante libanés frente a la Plaza de las Ventas buscaba empleado: “Fui al día siguiente y hablé con el jefe, le conté mi situación. Me preguntó en qué podía ayudar, de qué trabajaba, y le dije que era arquitecto. Él me dijo que lo sentía, que como arquitecto no tenía cómo ayudarme. Pero yo le dije que se olvidara, que quería trabajar de lo que fuera, y entonces me dijo que podía ofrecerme ser camarero. No me lo podía creer, yo me puse súper contento; nos salvaron de dejar el país. No teníamos dinero para pagar el alquiler del mes siguiente y hubiéramos tenido que regresar a Siria”.

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Protesta contra el presidente Bashar Al Assad en Maraa, cerca de Alepo, el 16 de marzo de 2012 | Foto: REUTERS/Shaam News Network/Handout

Otro comienzo

En este punto es difícil imaginar al arquitecto con casa propia, con el coche nuevo, con dinero en el banco. Ahmad estaba en España con dos niños que no podía alimentar y con la idea clara de volver a un país en guerra. Ahora cuenta que salieron adelante sin un euro de ayuda, que todas las solicitudes que presentaron fueron desatendidas por el Ayuntamiento de Madrid y por el Gobierno central, que no tuvieron nada salvo a ellos mismos.

Después de cinco meses en el restaurante libanés, con el fin de la temporada alta, su jefe le puso a trabajar en esta pastelería, que era otro de sus negocios. Aquí trabajó Ahmad durante dos años y medio. Porque, al tercero, su jefe le trasladó que tanto él como sus socios pretendían venderla. “No me explicaba por qué querían hacerlo. Me dijo que porque no daba los beneficios que esperaban. Volví a preocuparme, aunque me dijo que no lo hiciera, que tendría un puesto en la fábrica, que seguiría trabajando con ellos. Yo veía que la gente venía a la pastelería con ilusión, la pastelería funcionaba bien. Para mí fue un shock. Los pasteles tienen buena fama. La fábrica donde los hacen, que es de ellos, los hace muy bien. Así que le dije que si querían vender la pastelería, yo estaba dispuesto a comprarla, que podríamos seguir como socios: ellos fabricando y yo vendiendo. Y le pareció una buena idea”.

Ahmad trajo dinero de Siria, sus suegros aportaron otro poco, y a eso se sumó los ahorros de estos años. Los propietarios le pusieron facilidades con el precio de venta. El arquitecto sirio comenzó así a trabajar como autónomo, a mejorar las calidades de los pastelitos, a manejar sus propios tiempos. En su tercer año fuera de Alepo, Ahmad encontró un camino y de algún modo imprimió esa nostalgia en el nombre de su pastelería, a la que llamó Sham, como el territorio que abarca la Gran Siria.

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Miembros de la Defensa Civil y civiles, en una casa dañada por un ataque aéreo en Idilb en marzo de 2017 | Foto: Ammar Abdullah / Reuters

Volver a Alepo

La nueva vida de Ahmad se construyó sobre la tristeza y el miedo de tener a sus padres y hermanos en tierra de nadie, con la certeza bien presente de que cada día podía ser el último. Ahmad no ha hecho otra cosa que pelear por traerlos a España, pero una y otra vez se ha encontrado con una burocracia que lo impide. “He sufrido mucho”, me dice. “El Gobierno no concede ningún permiso de entrada al país a ningún sirio. Es lo que yo he visto, aunque eso no lo cuentan. He presentado todos los papeles que piden para darles el visado. Me he gastado mucho dinero. ¡Ellos se han gastado mucho dinero! Tienen que viajar de Alepo a Líbano porque la embajada española está allí…”.

Los familiares de Ahmad, como tantos otros sirios, han sufrido el cierre de la embajada de España en Damasco tras el estallido de la guerra civil en 2011. La delegación en Beirut, Líbano, asumió las funciones, pero no todo el mundo puede permitírselo.

“¡La embajada más próxima está en otro país!”, continúa Ahmad. “Son 24 horas de un viaje muy duro y muy caro que luego no sirve de nada”.

Ahmad me enseña la pastelería, me explica cada dulce. Después de cinco años en España, cuando iba a ser por unos meses, añora profundamente Alepo. Le pregunto cómo era la ciudad antes de la guerra. “Uff”, responde, emocionado. “Alepo era maravillosa”. Ahmad mantiene la esperanza intacta, es tenaz, y siente la seguridad de que regresará algún día, joven o viejo: “No he vendido mi vivienda (en Alepo) porque volveremos. Yo estoy trabajando al máximo aquí, mi mujer también, pero no me veo en España toda la vida. Planteo mis planes en Siria, no compro una casa aquí porque quiero volver. Me gusta España, es parte de mi vida, me he adaptado a las costumbres, a la comida… Pero yo nunca dejaré Siria”.

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