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Las otras víctimas (in)visibles del terrorismo

Verónica F. Reguillo

Foto: Eduardo Munoz
EFE

Pakistán, 16 de febrero: 88 muertos (al menos, 20 eran mujeres y 9, niños). Irak, 19 de febrero: 5 muertos. Pakistán, 21 de febrero: 7 muertos. Egipto, 22 de febrero: 2 muertos. Afganistán, 28 de febrero: 12 muertos (todos policías). Afganistán, 8 de marzo: más de 30 muertos.

Son solo algunos de los últimos atentados yihadistas de este 2017 cometidos en países de mayoría musulmana. Más del 90% de las personas que viven en Irak, Afganistán o Pakistán profesan esta religión, según publica Pew Research Center, y son también los que más sufren la violencia de los grupos terroristas islamistas.

En el mundo hay 1.600 millones de musulmanes, es decir, alrededor de un 23% de la población mundial. Se estima que alrededor de 100.000 militan en grupos terroristas, lo que supone el 0,006%, sin embargo, en numerosas ocasiones los musulmanes son colocados en la posición de verdugos, olvidando que ocupan el primer lugar en la categoría de víctimas.

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En Siria, el número de víctimas se cuenta por miles. | Foto: Ameer Alhalbi / Reuters

Día para recordar

Este 11 de marzo se conmemora el Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo. La elección de esta fecha fue consecuencia directa del brutal atentado que azotó Madrid en 2004, que fue perpetrado por una célula terrorista de Al-Qaeda y en el que murieron 192 personas. Fue el mayor atentado yihadista en el viejo continente hasta ese momento, pero no sería el último.

Entre 2000 y 2015, alrededor de 430 personas han perdido la vida en Europa Occidental por un ataque terrorista islamista. Las bombas en Atocha, el atentado en el metro de Londres o las explosiones en la sala Bataclán, en Francia, han sido algunos de los actos que han conseguido sembrar el terror en Europa. Mientras tanto, Oriente también se desangraba. Cada víctima cuenta, cada víctima duele, cada víctima se llora, en todas partes del mundo.

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En noviembre de 2015, el Estado Islámico asesinó a 130 personas en un atentado en París. | Foto: Yoan Valat / EFE

“Menos del 3% de las muertes por terrorismo suceden en Occidente”

Las cifras de muertos en países como Irak, Pakistán o Afganistán se cuentan por miles. En un solo año, en 2014, hubo 32.658 víctimas, lo que supuso un incremento del 80% con respecto al año anterior. Los más afectados fueron los propios países musulmanes, mientras que las muertes por terrorismo ocurridas en Occidente no superaron el 3%.

Si nos centramos, por ejemplo, solamente en Irak, la ONU alerta de que en un año se produjeron 8.493 asesinatos de civiles y más de 10.000 fueron sometidos a vejaciones de todo tipo; hombres, mujeres y niños que sufrieron violencia sexual o fueron reclutados en los propios grupos terroristas. En este país de mayoría musulmana la guerra entre las Fuerzas de Seguridad Iraquí y el autoproclamado Estado Islámico está acabando con su propia gente.

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En Afganistán lloran a sus muertos tras una ataque. | Foto: Stringer / Reuters
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La batalla entre las fuerzas iraquíes y el ISIS se reproducen cada día en Irak. Foto: Zohra Bensemra / Reuters

En numerosas ocasiones, este colectivo se ha levantado en contra de los grupos islamistas que siembran el terror alrededor del mundo. En Reino Unido, jóvenes musulmanes británicos declararon su propia ‘yihad’ contra el Estado Islámico y contra todos los demás grupos terroristas. La Liga Juvenil Musulmana en el país anunció su lucha contra el EI diciendo que los militantes no tenían “ningún vínculo con el Islam o con la comunidad musulmana”.

Veto de Donald Trump

A pesar de que el número de muertos afecta en primer lugar a los musulmanes, la adopción de políticas como las llevadas a cabo por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, criminalizan de manera general a este colectivo. El primer veto migratorio de Trump fue paralizado por la justicia, sin embargo, el presidente estadounidense ha firmado uno nuevo con el que pretende prohibir la entrada de refugiados al país y detener la emisión de visados a los ciudadanos de Irán, Somalia, Yemen, Libia, Siria y Sudán. Trump juega con el argumento de la seguridad nacional.

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Las reacciones contra el veto de Trump a los Musulmanes fueros masivas. | Foto: Clemens Bilan / EFE

Sin embargo, si recordamos la tragedia del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas en Nueva York, los terroristas procedían de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Egipto, pero Trump no ha incluido a ninguno de estos países en su lista negra. Un reportaje del Washington Post vincula esta decisión a que la organización comercial del presidente estadounidense tiene intereses comerciales en algunos de los países a los que no se les ha impuesto veto migratorio.

Sea como fuere, este tipo de políticas difuminan la realidad de unas víctimas que parece que duelen menos.

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Vídeo: La impactante historia detrás de la bofetada de Ahed Tamimi

Rodrigo Isasi Arce

La adolescente de 16 años Ahed Tamimi se ha convertido en toda una heroína en Palestina y en una convicta en Israel, después de que el pasado día 15 de diciembre propiciara una bofetada a un soldado israelí. Cinco días después era arrestada y puesta a disposición de un tribunal militar. La joven se enfrenta ahora a una pena de siete años de prisión. Pero, ¿Qué es lo que llevó a Ahed a enfrentarse violentamente al soldado? Lee la historia completa aquí.

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La impactante historia detrás de la bofetada de Ahed Tamimi

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Ammar Awad
Reuters

La adolescente de 16 años Ahed Tamimi se ha convertido en toda una heroína en Palestina y en una convicta en Israel, después de que el pasado día 15 de diciembre propiciara una bofetada a un soldado israelí. Cinco días después era arrestada y puesta a disposición de un tribunal militar. La joven se enfrenta ahora a una pena de siete años de prisión. Pero, ¿Qué es lo que llevó a Ahed a enfrentarse violentamente al soldado?

El 15 de diciembre Mohammed Tamimi, de 15 años de edad y primo de Ahed, se dirigía a participar en unas protestas en Nabi Saleh contra la decisión de Donald Trump, una semana antes, de reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Los militares israelíes se habían concentrado en una construcción amurallada conocida como la ‘villa’, destinada a ser una clínica de salud alternativa que todavía no ha abierto debido a la situación en la región. Mohammed, que no sabía que los militares estaban allí, se acercó y se encaramó a la valla que rodea el edificio, pero, en cuanto se asomó por encima del muro, un soldado israelí disparó a su cabeza a pocos metros de distancia.

Una bala recubierta de goma penetró por la mandíbula del adolescente, rompíendosela, y llegó hasta su cabeza, donde se quedó alojada. Las personas que estaban alrededor corrieron a socorrer al joven y le llevaron en un automóvil privado a una clínica situada en el pueblo de Beit Rima, donde recibió primeros auxilios. Junto a Mohammed se encontraba otro primo de 20 años de edad, que relata al diario israelí Hareetz que una vez finalizados los primeros tratamientos, y debido a la gravedad de las heridas, decidieron trasladar al niño en una ambulancia palestina a un hospital.

La sorprendente historia detrás de la bofetada de Ahed Tamimi
Mohammed Tamimi se recupera de sus heridas en su casa familiar en Nabi Saleh, el 5 de enero. | Foto: Majdi Mohammed/AP Photo

“Los soldados en el puesto de control a la salida de Nabi Saleh ordenaron detener la ambulancia, y tras observar el estado del paciente y consultar a sus superiores por radio, ordenaron al conductor de la ambulancia que se dirigiera a Ramallah, y no permitieron que Mohammed ingresara a Israel para recibir tratamiento médico“, se puede leer en Hareetz. Finalmente fue ingresado en el Hospital  privado Istishari, donde los médicos decidieron operar y sacar la bala.

Aproximadamente 24 horas después, Mohammed comenzó a recuperar el conocimiento y ahora se recupera en su casa. Una cicatriz recorre toda su cabeza, los puntos de sutura quedan marcados en su cara, el craneo está deformado y los médicos temen las secuelas que le pueden dejar las heridas en la vista y el oído. Durante los próximos seis meses, el adolescente no podrá acudir a la escuela ni salir de su vivienda, por sus lesiones. Algunos de los huesos de su cráneo tuvieron que ser removidos en la operación.

Solo unas pocas docenas de metros separan el lugar donde los soldados dispararon a Mohammed y la casa de Ahed. Los familiares cuentan a Hareetz que cuando Ahed se enteró de lo sucedido, rompió a llorar. Unas horas después, la muchacha increpaba a los militares y golpeaba a un soldado.

Pero no todo acaba aquí para la familia Tamimi, el 3 de enero de 2018, otro primo de Ahed, en este caso Musab Firas Al Tamimi, de 17 años de edad, recibió un disparo de un soldado israelí, en este caso, la bala no estaba recubierta de goma y atravesó el cuello del joven palestino. Consiguieron trasladarlo a un hospital cercano, pero los médicos, no pudieron hacer nada para salvar su vida. Musab es la primera víctima mortal de este año del conflicto entre Palestina e Israel. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) informaron que habían decidido abrir fuego contra el joven ya que “parecía tener un arma”, aunque de momento no ha sido conformado y el hecho está siendo investigado.

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Varios hombres portan el cuerpo de Mosab Al Tamimi durante su funeral cerca de la ciudad cisjordana de Ramallah, el 4 de enero de 2018. | Foto: Mohamad Torokman/Reuters

Ahed, Mussab y Mohammed, no son las únicas víctima de la familia Tamimi. En el pasado, el Ejército israelí mató a Mustafa y a Rushdi, primo y tío, respectivamente, de la pequeña Ahed. Los soldados también hirieron en una ocasión a su madre, y arrestaron durante más de un año a su padre, Bassem Al Tamimi. Pese a todo lo sucedido, la familia Tamimi sigue luchando para conseguir liberar a Ahed y acabar con la “ocupación” israelí.

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Fue un asesinato cualquiera

Carlos Mayoral

Foto: Natacha Pisarenko
AP

Una chica cualquiera camina un día cualquiera por un lugar cualquiera cuando se cruza un tipo en su vida para sesgarla con las manos. Sólo existe una variable a la que no se le puede asignar el valor “cualquiera” en esta ecuación, y es precisamente al tipo que asalta la escena. Es así, se trata del único que actúa con premeditación y, por tanto, del encargado de elegir el resto de variables. A menudo, este tipo lleva consigo vigilancia extrema, avisos penales, condenas pasadas… No le importa, continúa protagonizando penosamente la escena. Porque a ese tipo no le guían los teléfonos pinchados, las órdenes de alejamiento o los años a la sombra. A ese tipo le guía un instinto primario mucho más poderoso y peligroso, un instinto que pasó por alto el coto que debería de haberle impuesto la educación, un instinto que no atiende a razones externas. Sólo importa el yo, el ego, con toda la ceguera en las decisiones que eso conlleva.

Por eso, cuando los posts, las columnas, los tweets, las viñetas y otras tribunas de distinto pelaje le sugieren a cada mujer que se defienda, que no permita que su chico le controle el móvil, que suba a o baje el dobladillo de la falda en función de sus gustos o que se líe a estacazos con el asaltante surge una duda: ¿Alguien cree que al tipo en cuestión le va a importar lo que vio en el móvil o dejó de ver, si el dobladillo de la falda sugería esto o aquello, si la denuncia le prohíbe tal o cual asunto, si la mujer planta cara o se somete? La respuesta, a mi juicio, es muy simple. A esas alturas, como ya se ha dicho, él decide, él controla y él es único al que le pertenecen las variables; el resto de la ecuación, para desgracia de la sociedad que habitamos, puede ser ocupado por “cualquiera”. Es decir, ya no importa lo que se haga desde el plano individual. Sin embargo, ahí siguen las tribunas, jaleando, imponiéndote su cuota de responsabilidad a ti, cualquiera, exigiendo que no te fijes en un Montesco si eres una Capuleto o reclamando por qué saliste sola de casa a esas horas por ese barrio.

Obviamente, esta columna no aportará demasiadas soluciones. En este sentido, es igual de ruidosa que las anteriormente criticadas. Sólo se le ocurre, desde la barrera que impone el género aún en el siglo XXI, sugerir que no se puede llevar a cabo únicamente un juicio individual, remedios que sólo incluyan movimientos particulares, sean estos una denuncia o un estacazo. La solución debe ser impuesta de una manera global, a través de eso que ha aparecido por el texto un par de párrafos atrás: educación. O, si se quiere, algún término análogo: pedagogía, concienciación, cultura. Es decir, hay que conseguir que no se críe ese instinto, porque una vez aparece, me temo, ya no hay remedio. Sobrepasado ese límite, será él quien elija cuándo, dónde y cómo. Por muchos consejos que queden por vocear, por muchos dedos que continúen señalando a cualquiera.

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Jordi Corominas y el elogio del caminar

Anna Maria Iglesia

Foto: Jordi Corominas

El último libro de la vieja Europa (Sílex) es el título del nuevo libro del escritor y periodista barcelonés Jordi Corominas. Se trata de un libro de paseos por París y Florencia, de un libro que rescata el espíritu del grand tour del XIX para convertirse en un elogio del caminar libre, ocioso, sin límites ni fronteras. Corominas camina y al caminar escribe un relato que, partiendo de la experiencia autobiográfica, evoca rescatándolos a los referentes culturales que constituyen el origen de una Europa sin fronteras, a la que el autor dedica su libro.

¿Cuál es esta vieja Europa a la que se refiere el título?

En un principio no tenía ningún título para el libro, la idea de El último libro de la vieja Europa surgió cuándo me di cuenta de cómo había cambiado Europa después de realizar el viaje. Yo viajé a París y a Florencia a finales del 2014 y en enero del 2015 hubo el atentado a Charlie Hebdo y, a partir de ahí, se sucedieron una serie de atentados terroristas que todos conocemos. Los atentados del Charlie Hebdo, del Bataclán y de Niza han cambiado nuestras ideas sobre la libertad de viajar y de recorrer el continente; ya no viajamos como antes: se incrementó la seguridad y, consecuentemente, el turismo mutó. Cuando yo realizaba mi viaje, no sabía que, en poco tiempo, iban a cambiar tantas cosas que iban a hacer posible hablar de una vieja Europa, que quedaba atrás.

En esa vieja Europa que evocas, recuperas una forma de caminar, de practicar las ciudades, que parece haberse perdido.

Desde hace ya diez años, nuestra manera de caminar ha mutado mucho, por el teléfono, por la masificación del turismo, por nuestras prisas… Barcelona, por ejemplo, es una ciudad en la que, actualmente, se camina peor que nunca, pero la culpa no es solo de las ciudades, sino también de nosotros mismos:  se camina para ir de un sitio a otro, pero no para ver la ciudad. Además, son muchas las personas que caminan pendientes de la pantalla del móvil, ajenas al entorno y al propio acto de caminar.

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Portada de El último libro de la vieja Europa | Imagen: Sílex

Caminamos para ir a un lugar, no por el simple placer de caminar.

Sí, se ha impuesto la lógica clásica de casa-trabajo-trabajo-casa. Con este libro de paseos quiero poner en práctica la idea real del flanear: caminar sin ningún objetivo en concreto. En mi viaje a París y a Florencia intento llevar a cabo de flânerie y, de hecho, viajé a estas dos ciudades con el propósito de caminar en ellas sin prisas, algo muy complicado actualmente, pues nos hemos convertido en una cofradía de seres anónimos que vamos de un lugar a otro sin pausa y sin percatarnos de lo que nos rodea.

¿Es el tiempo y la economía la que no nos permite la ociosidad del caminar o es que hemos cambiando nosotros y nuestra relación con la ciudad?

Yo creo que el motivo principal es que hemos cambiado nosotros. Evidentemente, influye la economía, que ha convertido el ocio en una experiencia intensa, momentánea y rápida. No buscamos un ocio tranquilo, sino que buscamos descargas, experiencias intensas distintas en cada momento. Por el contrario, el caminar lento implica un ejercicio de reflexión, donde es posible detenerse sin tener que avanzar rápidamente. Esta no es la lógica que impera en nuestra sociedad, donde la velocidad que se nos impone nos lleva a actuar sin pensar.

Vuelvo a la pregunta de antes: ¿acaso el flâneur no es un privilegiado?

No y sí en el sentido en que yo soy un privilegiado que puede caminar porque me estructuro horarios para poder hacerlo y lo cierto es que el viaje que relato en el libro fue todo un experimento, pues me obligaba a pasar el día caminando, divagando, por la ciudad, algo que ahora ya no podría hacer, al menos, no tal y como lo hice.

¿Por qué?

Ante todo, porque ahora hay roaming gratuito en toda Europa. Cuando fui a París, recorría la ciudad sin móvil, vivía desconectado de ese anexo que es hoy la tecnología. Caminaba sin tener un mapa que me guiaba ni tampoco pendiente de las notificaciones del móvil. Además, cuando decidí hacer este viaje, mi intención era no hablar con nadie o con casi nadie, lo único que quería hacer era convertirme en un paseante para descubrirme a mí mismo a partir de las ciudades que conozco muy bien y que hacía tiempo que no visitaba.

Una de las ciudades que visitas es la muy turística Florencia. ¿Es verdaderamente posible pasear por la abarrotada Florencia?

Aunque es difícil, se puede pasear por Florencia. Eso sí, es necesario conocerla para sortear la parte turística. Por esto, en el libro cuento como, llegado un determinado momento, tras bastante caminar por el centro, decido cruzar el Ponte Vecchio e ir por la parte de ultra-Arno, porque es una zona más tranquila. Allí me refugio en el Palazzo Pitti o en el cementerio de San Miniato. Hablamos de Florencia, pero no hay que olvidar que París es también una ciudad muy turística.

Seguramente por sus dimensiones, la sensación de libertad en París es mayor.

Sí, al ser una ciudad más grande, puedes no tanto elegir, pero sí encontrar espacios más tranquilos, donde no hay turistas. Piensa, por ejemplo, en la rive nord de Vila-Matas y Gide, nadie va a visitar esa zona de París. Al tener dimensiones más pequeñas, Florencia no tiene la suerte de París de contar con determinados espacios y el turismo se masifica, dejando pocos espacios libres. En Florencia, se aprecia perfectamente, pero también en París y en cualquier ciudad turística, cómo el turismo es un fenómeno que convierte a las personas en ovejas que se dirigen todas en grupos a determinados espacios predeterminados. En este sentido, mi paseo por Florencia tiene algo de subversivo y mi viaje por estas dos ciudades europeas quiere evocar los grandes tours del XIX, quiere recuperar una forma de viajar, sin estar teledirigido, siendo completamente libre.

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Jordi Corominas | Fotografía cedida por el autor

No sólo las dos ciudades te exigen prosas diferentes, sino que mientras en París te enfrentas a los referentes de la flânerie, en Florencia te encuentras ante una ciudad sin tradición de flânerie.

Es cierto, las dos ciudades requieren dos prosas distintas, en gran parte, porque en Florencia camino más libre, mientras que en París la tradición y los referentes se me imponen continuamente. En la parte dedicada a París, la densidad narrativa es muy fuerte porque la propia ciudad te lo requiere, mientras que el relato de Florencia, precisamente por carecer de una tradición de flânerie, es más ligero.  Florencia me descargaba y me permitía caminar sin referentes, que se concentran en París, que es la ciudad a la que siempre recurres a la hora de pensar la figura del paseante. En París está Baudelaire, está Benjamin, está Jean-Paul Fargue… es imposible recorrer la capital francesa sin pensar en ellos. Esto no implica que no se pueda construir la figura de un flâneur en otras ciudades, dotándola además de otras connotaciones: Baudelaire es el flâneur, pero también es el dandi y el detective.

Y en París también está el flâneur barcelonés Vila-Matas

Sí, Vila-Matas está muy presente en París, porque es el único escrito contemporáneo transnacional que nos ha dado a los lectores una imagen de la París moderna. Cuando con 25 años, fui por primera vez a la rive nord lo hice motivado por mi lectura de Vila-Matas, quería ver el Hotel de Suede y recorrer el París de París no se acaba nunca. En 2014, por el contrario, volví a esas mismas calles movido por Gide, aunque volví a encontrarme con Vila-Matas, que indudablemente ha marcado nuestra percepción de París, siendo él un paseante anómalo, que encaja muy bien con la idea de flâneur: lleva su abrigo elegante, es distinguido y, a la vez, pasa completamente desapercibido.

¿Podríamos decir que tu libro es un homenaje a una manera de relacionarse con la ciudad?

Sí, es así y precisamente por esto hago hincapié en el acto de ver, de observar y de apreciar los matices en los pequeños detalles de los que normalmente la gente prescinde. Nuestra mirada de la ciudad es unilateral, nos perdemos todos los detalles que están a nuestro alrededor, en los márgenes; no hacemos ni el más mínimo esfuerzo para mirar hacia arriba mientras caminamos, para dirigir la mirada a nuestro alrededor o para detenernos y ralentizar nuestro caminar. Nuestra nueva manera de relacionarnos con la ciudad conllevará nuevos modelos urbanos y, de hecho, ya se habla de las smart city, un concepto que me horroriza, pero que no está muy lejos. En efecto, si quieres ya puedes recurrir a un dispositivo móvil que te va narrando la ciudad mientras caminas y te marca el recorrido. Habrá gente que estará encantada con estos avances, pero para mí son horribles, porque la ciudad la tienes que descubrir tú, sin artilugios que te guíen.

Nos relacionamos con la ciudad a través de filtros.

De filtros y también de imposiciones que aceptamos. La gente acata los reglamentos de la ciudad y se muestra muy pavorosa ante ella. En cierta manera, diría que la gente se conforma con la ciudad y con sus imposiciones. En este sentido, en un momento en el que todo está muy reglamentado, aunque nos vendan lo contrario, caminar solo con la consciencia de hacerlo y con la voluntad de ir más allá de lo impuesto es una forma de transgresión. Uno tiene que imaginar que el mapa de la ciudad es un mundo de oportunidades y que no tiene que seguir las indicaciones que te señalan una determinada ruta, sino que tienes que crear su propio recorrido. A fin de cuentas, la ciudad es una metáfora de la escritura: cuando empiezas a escribir, tienes un mapa en blanco y le empezarás a dar forma cuando decidas hacia dónde quieres dirigirte. Si te indican hacia dónde tiene que ir tu escritura, entonces tú como escritor habrás fracasado.

Dedicas el libro a Pasqual Maragall, “un europeísta”. ¿Toda una declaración de intenciones?

Sin duda, es toda una declaración. Seguramente, la dedicatoria a Pasqual Maragall es muy difícil de entender para alguien que no sea de Barcelona. Lo que puedo decir es que, con todo lo que ha pasado en Cataluña en los últimos años, he entendido que no me siento ni catalán ni español, pero sí me siento barcelonés. No me puedo identificar ni con esta Cataluña ni con esta España, pero sí que me identifico con la idea de Europa, que no tiene nada que ver con la Unión Europea. Para mí Europa implica y debe implicar, como ya decía Zweig, la libertad de viajar sin pasaporte por un continente muy amplio donde no existen fronteras. Mi formación, además, es europea: me influye tanto Pirandello como Cocteau, como Vila-Matas y Oscar Wilde.

¿No te crees la idea de nación?

El concepto de nacionalismo es execrable y lo único que produce son guerras y resentimientos. En este sentido, es ir muy a contracorriente, sobre todo si eres catalán, tener un deseo y una voluntad de expansión para pensar y de pensarme más allá de las fronteras. Lo que se ha visto en los últimos años en Cataluña es precisamente lo contrario a esta idea de apertura: hemos visto cómo el nacionalismo es endógeno. Con este libro, yo quería abrir todas las puertas para que entrara mucho aire, mientras que el nacionalismo lo que hace es cerrar las ventanas y llenar la casa de polvo.

¿Te has sentido encerrado en una casa con poco aire?

¡A mí siempre me falta aire! Afortunadamente, cuando viajas, el contexto desaparece, porque, en verdad, fuera, a nadie le importa lo que sucede en Cataluña. Dicho esto, por desgracia, el contexto determina un cierto tipo de convivencia, pero depende de uno hacer que la convivencia sea tensa o no. A mí lo único que me ha podido crear tensión es que raramente me callo y puede que, en estos años, no me he callado como otros sí han hecho.

¿Es mejor no decir siempre lo que se piensa?

El decir lo que se piensa es algo que se practica muy poco y, ahora mismo, además, vivimos en una época en la que la mayoría de escritores muestra una absoluta falta de compromiso con su tiempo. El intelectual tiene que comprometerse y tiene que molestar.

El problema es que, si piensas en nombres como Vargas Llosa, no molesta al poder, más bien pertenece al poder.

Vargas Llosa es del siglo XX y nosotros estamos en el XXI. Es mi generación la que debe criticar el siglo XXI para mejorarlo. Sin embargo, no hay voluntad para ello, todo lo contrario, hay deseo de encontrar un asiento. Ahora mismo, parece que es más importante encontrar un asiento que cambiar la sociedad y puede que, en parte, sea lógico, pues los escritores actuales han aceptado que a nivel social son cada vez más irrelevantes. Sin embargo, esta percepción podría cambiarse. ¿Cómo? Implicándose socialmente, ante todo, desde la escritura. Se ha asumido desafortunadamente que el escribir tiene como único objetivo el ocio y se ha vaciado la escritura de contenido político.

Para ti, por tanto, la implicación social no pasa por entrar en política.

No, en absoluto, pasa por asumir que todo es político y, por tanto, que el escribir tiene una dimensión política también. Además, no hay que olvidar que el intelectual tiene que ser libre, no puede estar sujeto a unas siglas, puesto que su finalidad es criticar a los que mandan y a su propio sector. La imagen del caminar es metáfora del comprometerse y del implicarse: caminar no es simplemente ir hacia adelante, ante todo, es renunciar al estatismo.

Rebecca Solnit subraya precisamente el carácter subversivo del caminar.

Caminar es totalmente revolucionario y caminar fuera de la zona de confort es fundamental: aventurarse a sitios que no te pertenecen es mostrar una voluntad de intervención y de coparticipación, no tanto porque tu presencia vaya a cambiar la realidad, sino porque la realidad te va a cambiar a ti.

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