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Las revelaciones del libro 'Fire and Fury' que más han enfadado a Trump

Redacción TO

Foto: YURI GRIPAS
Reuters

Donald Trump no quería llegar a la Presidencia. La primera dama, Melania Trump, entró en una profunda depresión la noche de las elecciones al enterarse de la victoria de su marido. El ex asesor de campaña de Trump, Sam Nunberg, intentó darle una lección sobre Constitución al candidato, pero solo logró llegar a la Cuarta Enmienda antes de que Trump se aburriera. Son algunas de las revelaciones más llamativas del libro ‘Fire and Fury’ (Fuego y Furia) escrito por el periodista Michael Wolff quien se encuentra bajo la mira de la Administración Trump por supuesta “malicia real” en su creación. Hemos tomado las mas polémicas revelaciones del mandatario de extractos del texto que fueron publicados por The New York Magazine y la cadena NBC.

1. Trump esperaba perder la carrera presidencial contra la candidata demócrata Hillary Clinton. Realmente lo que buscaba era hacerse aún más famoso y fortalecer su marca.

“Una vez que perdiera, Trump sería increíblemente famoso y un mártir ante Hillary. Su hija Ivanka y su yerno Jared serían celebridades internacionales. Steve Bannon (ex estratega de Trump) se convertiría de facto en el jefe del Tea Party Movement. Kellyanne Conway (jefa de campaña) sería una estrella de las noticias por cable. Melania Trump, a quien su marido le había asegurado que no sería presidente, podría salir a comer tranquilamente. Perder sería beneficioso para todos. Perder era ganar”.

2. Uno de los primeros asistentes de campaña de Trump, Sam Nunberg, se embarcó en una hazaña imposible: intentó educar al candidato sobre la Constitución, pero este se aburrió demasiado para superar la Cuarta Enmienda. “Al principio de la campaña, se envió a Sam Nunberg para explicarle la Constitución al candidato. Llegué a la Cuarta Enmienda”, recordó Nunberg, “antes de que su dedo se cayera sobre el labio y sus ojos se diesen vuelta atrás (de sueño)”, relata.

3. A Trump no le gustó mucho mudarse a la Casa Blanca. El presidente y la primera dama duermen en habitaciones separadas, y Trump prohíbe que las amas de llaves recoger del suelo las cosas que arroja. Entre unas nuevas reglas que impuso destacó la prohibición de que tocaran su cepillo de dientes por miedo a ser envenenado.

“(Trump) se fue a descansar a su propia habitación -era primera vez desde la Administración Kennedy que una pareja presidencial dormía en habitaciones separadas-. En los primeros días, ordenó dos pantallas de televisión además de la que ya estaba allí en su cuarto, y un candado en el puerta, precipitando un breve enfrentamiento con el Servicio Secreto, quien insistió en que tenían acceso a la habitación. También regañó al personal de limpieza por recoger su camisa del suelo: ‘Si mi camisa está en el suelo, es porque la quiero allí’. Luego impuso una serie de nuevas reglas: Nadie podía tocar nada, especialmente, su cepillo de dientes. (Tenía un fuerte temor de ser envenenado, una de las razones por las que le gustaba comer en McDonald’s; nadie sabía que iría y la comida estaba ya hecha con seguridad previamente)”.

4. La hija de Trump, Ivanka Trump, y su yerno, Jared Kushner, llegaron a un acuerdo sobre quién podría postularse primero para la Presidencia. La hija del mandatario Ivanka Trump llegó a un acuerdo con su marido, Jared Kushner, según el cual si en un futuro alguno de los dos podía aspirar a la Presidencia, sería ella quien lo haría. “La primera mujer presidenta, soñaba Ivanka, no sería Hillary Clinton. Sería Ivanka. Triunfo”, sostiene ‘Fire and Fury’.

5. Trump estuvo enojado en el día de la toma posesión del cargo. Había discutido con Melania y estaba molesto porque celebridades importantes no quisieran asistir. “Trump no disfrutó de su propia toma de posesión. Estaba enojado porque las estrellas de nivel A habían desairado el evento”.

7. Steve Bannon, quien ha advertido en repetidas ocasiones sobre la creciente influencia y poder económico de China, estableció paralelos entre la segunda economía más grande del mundo y la Alemania nazi. Además tachó de “traición” y “antipatriota” a una reunión mantenida en 2016 entre el hijo mayor de Trump, Donald Jr., y un grupo de rusos en busca de documentos que perjudicaran a Clinton.

“China es todo. Nada más importa. Si no estamos bien con China, no estamos en nada. Todo es muy simple. China está donde estuvo la Alemania nazi entre 1929 y 1930. Los chinos, como los alemanes, son las personas más racionales del mundo, hasta que no lo son. Y van a cambiar como Alemania lo hizo en los años 30”.

Este jueves, un abogado de Trump ha reclamado al periodista Michael Wolff y su editorial cancelar inmediatamente la publicación y difusión del libro.

El letrado Charles Harder ha exigido al autor y a su editorial que “cesen y desistan de cualquier publicación, revelación o diseminación” del nuevo libro que se espera sea publicado el próximo 9 de enero. Harden le ha escrito a Wolff que está “investigando numerosos comentarios falsos y sin base que ha hecho usted sobre el señor Trump” y que puede probar una “malicia real” en la creación de la obra.

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Donald Trump, un bocazas que cumple sus promesas

Tal Levy

Foto: Jonathan Ernst
Reuters

Impredecible al hablar, imprudente, desbocado. La verborrea incontrolada que tanto le criticaron cuando fue candidato es la misma que exhibe siendo el 45 presidente de Estados Unidos. Donald Trump no ha cambiado, sigue siendo ese magnate inmobiliario que actúa más como una celebrity que como un político comedido o un dirigente consciente de que en sus manos descansa el futuro de la primera potencia del mundo.

No tiene reparos en asomar en un tuit que el gobernante norcoreano Kim Jong-un es “bajito y gordo” o en amenazarle ante la ONU con la “destrucción total” de su país; deslizarle al mandatario francés, Emmanuel Macron, en una visita de Estado a París que su esposa “está en muy buena forma física, preciosa”; poner en un mismo saco a grupos supremacistas blancos y neonazis con los activistas por los derechos humanos que los enfrentan; apodar a la cadena CNN como “FNN o Fake News Network” (canal de noticias falsas) o culpabilizar a Puerto Rico de su difícil situación y recordarle la deuda de 70.000 millones de dólares justo cuando está devastado por el huracán María.

Él, que ha presumido de haber popularizado el concepto de noticias falsas al denunciarlas en medio de su constante confrontación con los medios, ha realizado 1.628 declaraciones falsas o engañosas desde su llegada a la Presidencia hasta el 13 de noviembre, de acuerdo con un seguimiento realizado por The Washington Post.

Donald Trump no mide sus palabras. Esa espontaneidad le ha llevado a equivocarse y también incluso a contradecir el mensaje oficial transmitido por la Casa Blanca, pero le gusta alardear de no ser un político tradicional y continuar, a su modo de ver, “honesto y sin filtros”.

Su retórica incendiaria desborda las redes. La prensa mundial permanece pendiente de sus frecuentes arrebatos tuiteros, muchos de madrugada, a tal punto que hay quien dice que gobierna a través de Twitter.

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Donald Trump en Missouri deseando Felices Fiestas | Foto por: REUTERS/Kevin Lamarque

Pese a su incontinencia verbal, desde su primer día al frente de la administración estadounidense ha intentado cumplir sus promesas electorales. Pero si bien es cierto esto, no lo es menos que buena parte apunta al desmantelamiento del legado de Barack Obama en materia de salud (Obamacare), ambiente (Acuerdo de París), comercio exterior (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), política exterior (pacto nuclear con Irán) e inmigración (programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), entre otros.

Obsequio navideño

Una de las banderas electorales de Trump fue una reforma tributaria, que se espera el Congreso apruebe antes de Nochebuena. No sólo constituiría su primer gran triunfo legislativo, sino que promete ser la mayor reducción de impuestos en los últimos 30 años en Estados Unidos.

“Es un regalo de Navidad para la clase media de estadounidenses”, ha adelantado el Presidente en torno a la reforma que disminuirá la tasa impositiva aplicable a las grandes corporaciones de 35% a 21%.

Zarpazo continuado

Ya el 20 de enero de 2017, en su primer día en la Casa Blanca tras prestar juramento, en una orden ejecutiva instruyó a las agencias federales para que tomen medidas con miras a allanar el camino hacia la eliminación de la Ley de Cuidado del Paciente y Salud Asequible, conocida como Obamacare.

Aunque de mayoría republicana, el Congreso no ha sido capaz de ponerse de acuerdo en una nueva ley de salud que dé al traste con la promulgada en 2010 por Obama. Pero Trump sigue fiel a la consigna de “derogar y reemplazar”, que animó a sus más fieles adeptos, haciendo lo que está en sus manos para debilitar esta norma retirando los subsidios que permitían a las personas de bajos ingresos hacer frente a los copagos y reduciendo el período de inscripción para el 2018 de 90 a 45 días.

Y es que el gobernante llegó incluso a implicarse personalmente en las negociaciones para sustituir esa ley, al tratar de persuadir a congresistas reacios a que apoyaran los proyectos en discusión, recurriendo incluso a las amenazas y optando, finalmente, por “dejar que el Obamacare implosione”.

Un muro sin fondos

La creación de una barrera infranqueable que separe a Estados Unidos de México fue una de las promesas eje de su campaña, en la que aseguró además, arrogancia mediante, que sería la nación vecina la que pagaría por ello.

“¡Construye el muro!, ¡construye el muro!”, vociferaban en los mítines los seguidores del entonces aspirante presidencial que tildaría a los mexicanos que cruzan ilegalmente la frontera de criminales, de violadores. Y apenas al quinto día de mandato firmó una orden ejecutiva para llevarlo a cabo, aunque la ejecución final depende de la aprobación de fondos por parte del Congreso.

Trump lo ha defendido con tal firmeza que el pasado 22 de agosto declaró: “Si tenemos que paralizar el gobierno, lo haremos para construir ese muro”. Un mes antes, había conseguido el visto bueno por parte de la Cámara de Representantes para destinar 1.600 millones de dólares para empezar la construcción, que se prevé costará no menos de 25.000 millones de dólares.

Ocho prototipos de diseño fueron presentados a fines de octubre para escoger el más adecuado para cubrir la frontera común de 3.000 kilómetros, donde en un tercio ya existe algún tipo de barrera.

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Donald Trump corta una banda para hablar sobre la desregulación en la Casa Blanca. | Foto por: REUTERS / Kevin Lamarque U

Adiós a los cuentos chinos

Por más que sus colaboradores cercanos intentaron persuadirle, honró su palabra empeñada en campaña al anunciar el 1 de junio la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, adoptado a fines de 2015 y suscrito casi por dos centenares de países dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Se deslindó así de sus aliados del G7, quedándose en compañía de Nicaragua y Siria como únicos no suscriptores, aunque por poco tiempo pues incluso estos ya se han adherido al histórico convenio que busca luchar en contra del calentamiento global, fenómeno al que Trump describió en el pasado como un “cuento chino” inventado para hacer no competitiva a la industria manufacturera estadounidense.

Siete años por la borda

A pesar de que el gobierno de Obama invirtió siete años en negociar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, adoptado en 2016 por 12 países para formar la mayor zona de libre comercio del mundo, el 23 de enero de este año Trump estampó su rúbrica para retirar a Estados Unidos de ese convenio que había catalogado como “asesino de empleos” y “un desastre potencial para nuestro país”.

Un día antes había ordenado renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que según indicó en uno de los debates presidenciales con Hillary Clinton era “el peor tratado comercial en la historia”. De hecho, en agosto se iniciaron las conversaciones que se prevé se extenderán hasta el primer trimestre de 2018, cuando se espera Canadá, México y Estados Unidos puedan alcanzar un acuerdo.

Descertificar el pacto

Trump también había afirmado que el llamado Plan de Acción Conjunto y Completo, el convenio que las grandes potencias suscribieron en 2015 con Irán para frenar su programa nuclear, era “desastroso”, “el peor acuerdo jamás negociado”.

Dijo que su “prioridad número uno” en caso de llegar a la Casa Blanca sería acabar con él y aunque en dos ocasiones desde que asumió la Presidencia certificó el cumplimiento de Irán con las condiciones del pacto, el 13 de octubre, al vencerse un nuevo plazo, no lo hizo, por lo que dejó en manos del Congreso el decidir si vuelve a imponer las sanciones económicas sobre la nación persa que habían sido levantadas gracias al acuerdo.

“Si no somos capaces de alcanzar una solución trabajando con el Congreso y nuestros aliados, el acuerdo será rescindido”, ha advertido el mandatario estadounidense.

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Manifestantes se reúnen en la marcha en pro del Movimiento sobre Cambio Climático | Foto por: REUTERS/Mike Theiler

Veto en cuestión

“Los que vinieron ilegalmente se tienen que ir”, prometió Trump durante la carrera electoral. El entonces candidato, tras el ataque perpetrado en California por un matrimonio musulmán radicalizado que causó la muerte de 14 personas, propuso el cierre de fronteras, detener el ingreso de musulmanes a Estados Unidos de forma total y completa “hasta que nuestros congresistas puedan determinar qué está pasando”.

Sus palabras eran vistas por algunos como retóricos señuelos para conseguir votantes o, como señaló el entonces portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, una manera de “jugar con los miedos” para sumar apoyos a su máxima aspiración.

Sin embargo, en la primera semana en que se sentó en la silla presidencial decretó la prohibición temporal de ingreso a Estados Unidos a los ciudadanos de Siria, Libia, Sudán, Somalia, Yemen, Iraq e Irán.

Eso sí, otros habitantes de naciones de mayoría musulmana como Arabia Saudita y Egipto quedaron al margen del veto, según han advertido en The New York Times Richard Painter y Norman Eisenen, exabogados de ética en las administraciones de George W. Bush y Barack Obama, pues “parece que los inmigrantes de países que pueden permitirse hacer negocios con la organización Trump están libres de ir y venir de Estados Unidos”.

A la polémica decisión le sucedieron protestas, así como varias medidas judiciales que bloquearon su aplicación de forma preventiva. Pero a inicios de diciembre la Corte Suprema autorizó la entrada en vigor en su totalidad de la tercera versión del veto migratorio, que afecta a Siria, Libia, Irán, Yemen, Chad y Somalia, así como a Corea del Norte y a algunos funcionarios del gobierno de Venezuela.

De acuerdo con varios analistas, la inclusión de estos últimos países sirvió como estrategia de la Casa Blanca para evitar que la medida pudiera ser calificada como una forma de discriminación por causas religiosas.

Del sueño a la pesadilla

El discurso antiinmigración fue una constante en la campaña presidencial de Trump, quien aseveró que deportaría a cerca de 11 millones de indocumentados, aunque después en su primera aparición televisiva al ser electo presidente rebajó esa cifra casi en una cuarta parte.

En consonancia, en febrero dictó nuevas directrices en cuanto a control migratorio que limitan las excepciones a las expulsiones y otorgan más poder a los agentes de frontera.

El 5 de septiembre dio cumplimiento a otra de sus promesas en esta materia al revocar, en guiño al ala más radical que le apoya, el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), aprobado por Obama en 2012 y que protegía de la deportación a más de 750.000 jóvenes indocumentados conocidos como dreamers (soñadores), que ingresaron a territorio estadounidense ilegalmente cuando eran niños. Ahora es el Congreso el que deberá aprobar una nueva ley que decida sobre su status.

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Protestantes queman una imagen de Donald Trump en Manila, Filipinas. Foto por: REUTERS/Erik De Castro

Un paso capital

En la contienda electoral, el magnate inmobiliario se presentaba reiteradamente como el mejor amigo de Israel en Estados Unidos. En una reunión con el Aipac, la organización más poderosa de lobby israelí, aseguró que de ganar las elecciones ordenaría trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén.

“Cuando sea presidente, los días en que se trata a Israel como un ciudadano de segunda clase habrán terminado”, había dicho en marzo de 2016 en una crítica velada a la política hacia la nación hebrea que mantenía Obama y que era considera por muchos como antiisraelí.

Y el pasado 6 de diciembre no sólo emitió una orden para iniciar la mudanza de la embajada a Jerusalén, sino que además reconoció a esta ciudad como la capital de Israel, dando un paso que durante décadas habían evitado sus antecesores en la Casa Blanca.

Trump tomó la decisión pese al rechazo casi unánime de toda la comunidad internacional, que temía por los efectivos negativos que podría tener para las posibilidades de un acuerdo de paz entre Israel y los palestinos, quienes demandan Jerusalén Este como la capital de su futuro Estado.

En esa misma línea y argumentando razones de sesgo contra la nación hebrea por parte de la Unesco, el 12 de octubre anunció la salida de Estados Unidos de la organización, la cual se hará efectiva el 31 de diciembre de 2018.

De la firma a los hechos

En cuanto a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por más que Trump la cuestionó durante la campaña, el 12 de abril reculó en medio de las tensiones con Rusia debido a la guerra en Siria al afirmar que “dije que era obsoleta, pero ya no es más obsoleta”.

Hay quienes cuestionan el alcance del cumplimiento de sus promesas. Señalan, por ejemplo, que el recorte de impuestos que está por aprobarse no beneficiará a la clase media como prometió sino a los ricos, además de que profundizará la desigualdad y ensanchará el déficit fiscal; que todavía se desconoce de dónde provendrán los fondos para la construcción del muro fronterizo y que, en ningún caso, será costeado por México; que para mudar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén hay que edificar una nueva sede; y que pese a todos los esfuerzos de la Casa Blanca el Obamacare continúa en pie.

Aún está por verse si los compromisos electorales se materializan o se quedan en el papel como meras órdenes ejecutivas, si aquello de “America first” (Estados Unidos primero) se traduce en políticas reales y no en una simple retórica nacionalista.

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Cómo la elección de Donald Trump hace un año ha afectado la imagen de Estados Unidos en el mundo

Tal Levy

Foto: CARLO ALLEGRI
Reuters

¡No!, ¡no!, ¡no!, igual que un niño malcriado que desbarata el juego y se va o, más bien en su caso, da media vuelta y ya se verá, el presidente Donald Trump se desmarca de las deliberaciones internacionales y renuncia al histórico liderazgo desempeñado por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial para centrarse en avivar el nacionalismo de su “America first” y abocarse a los asuntos domésticos, a los que tampoco acaba de enfrentar.

Ha transcurrido un año desde que fue electo para ocupar la Casa Blanca y desde aquel 8 de noviembre los temores sobre su política exterior se han visto refrendados por polémicas decisiones como el retiro del Acuerdo de París sobre cambio climático, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), además de las dudas sembradas sobre su compromiso con los aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). A esto hay que sumar –con la consiguiente resta aparejada– el lenguaje belicista con Corea del Norte y la amenaza de romper el pacto nuclear con Irán.

“Él promete situar a Estados Unidos primero, mientras que al mismo tiempo lo condena a un papel secundario en las deliberaciones globales. Es una política extraña y contradictoria: al tratar de liberar a EEUU de obligaciones internacionales y al emprender una guerra contra instituciones multilaterales, no solamente está destruyendo la reputación del país como un aliado de confianza, sino que cede el futuro a los mismos poderes agresivos, especialmente los regímenes autoritarios de China y Rusia, de los que pretende proteger a los estadounidenses”, fijó posición el diario The New York Times hace un par de semanas.

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El “Trump Chicken” enfrente a una escuela en en Alexandria, Virginia. | Foto: Aaron P. Bernstein / Retuers.

Trump sigue siendo el mismo que se lanzó a una campaña a la que pocos apostaban en sus inicios. Como outsider que es, no sólo está cambiando el modo de hacer política, con su verbo encendido, desbocado; también, el rol de Estados Unidos en la escena internacional, a un tiempo que deja en duda el futuro del orden mundial.

Para Federico Guerrero, profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Ramón Llull, el mandatario intenta recuperar la capacidad para marcar la agenda de un sistema internacional en el que Estados Unidos lleva varios años en declive y cuya estructura tiende a la multipolaridad, por lo que resulta difícil, como pretende, lograr recentralizar el poder en manos de una potencia hegemónica en descenso.

“Trump considera que durante los años de la administración Obama la ‘agencia’ internacional de Estados Unidos (capacidad de actuación autónoma) ha ido en retroceso frente a ‘the rise of the rest’ (las potencias emergentes, con China en posición preeminente), porque lo que para Barack Obama significaba el reacomodo estadounidense a un contexto cambiante, para Donald Trump representaba una claudicación ante la influencia y competencia de China y el resto de potencias”.

Impacto impredecible

La política de desvinculación de los mecanismos internacionales se traduce en una reducción de la maquinaria diplomática del país. El Departamento de Estado, según ha informado la prensa estadounidense, prepara un recorte de unos 2.300 puestos de trabajo.

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Reacciones a los conteos en la sede demócrata. | Foto: Carlos Barría / Reuters.

Más aún, muchos cargos clave de la diplomacia permanecen vacantes y Trump ha dejado claro que no tiene interés en cubrirlos. “El único que importa soy yo porque, llegada la hora, esa va a ser la política. Ya la has visto con claridad. Se llama ahorro de costos y no tiene nada de malo”, ha dicho durante una entrevista en la cadena Fox el 3 de noviembre.

Los fondos de ayuda internacional han sido recortados un 28%. De allí, por ejemplo, el anuncio de no renovar la contribución al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en apoyo a proyectos de desarrollo en América Latina, como lo venía haciendo la nación desde que se creó en 1993 el Fondo Multilateral de Inversiones.

“Para Trump el fenómeno de la globalización está afectando negativamente los intereses de Estados Unidos, no sólo los económicos y comerciales, sino también los políticos, mediante esa redistribución de poder, y pretende ‘bajarse’ del tren de la globalización con medidas proteccionistas a nivel comercial y de corte más aislacionista respecto a su participación en organismos multilaterales. El problema es que la globalización es un fenómeno del que es muy difícil ‘bajarse’, incluso aunque seas uno de sus máximos promotores a nivel histórico. Digamos que la globalización dispone de una agencia propia”, explica Guerrero a The Objective.

Pero ¿cuál será el impacto global de la política de Trump de desmarcarse de compromisos internacionales asumidos en pasadas administraciones y reformular el papel de EEUU en el mundo, al disminuir su respaldo a organismos multilaterales y esquemas de integración?

“El impacto global resulta una cierta incógnita a nivel de efectos prácticos, dado que el alto nivel de interdependencia económica y política existente en el sistema internacional dificulta en extremo dicho tipo de medidas. Estados Unidos se convierte en ‘prisionero’ de la propia ‘inercia’ de la globalización liberal. De este modo, se plantean dos escenarios: primero, que la política de Trump quede en simple retórica de consumo interno para sus votantes/ciudadanos siguiendo el discurso de ‘Bring America back’, debido a la imposibilidad técnica de ‘bajarse del tren’ de un sistema del que EEUU ha sido su principal diseñador; segundo, que aplique efectivamente esa política de corte aislacionista pero el sistema de gobernanza internacional no se resienta de manera sustancial, lo que consolidaría la idea de que realmente nos hayamos frente a un sistema de fuerte tendencia multipolar y la confirmación del fin de la hegemonía estadounidense”, contesta el investigador y profesor universitario.

Espejito, espejito

Pero ¿cómo ha afectado el triunfo de Trump, hace un año ya, la imagen de Estados Unidos internacionalmente?

Cuando Barack Obama fue electo presidente, la confianza en su figura creció al mismo tiempo que la imagen favorable de la nación norteamericana en el extranjero. De igual modo, meses después de la llegada de Trump a la Casa Blanca la manera como es vista la superpotencia ha sido afectada, en su caso, por la desconfianza que él inspira más allá de las fronteras.

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Protestas en contra de Trump en Corea del Sur. | Foto: Kim Kyung-Hoon / Reuters.

De acuerdo con datos del estudio más reciente realizado sobre el tema por el Pew Research Center, que abarcó 37 países, mientras 64% había expresado su confianza en Obama en los últimos años de su mandato, tan sólo 22% cree que Trump está haciendo lo correcto en materia de política internacional, lo que ha impactado negativamente en la imagen que se tiene de EEUU en el extranjero, sobre todo en las economías avanzadas. Entre los españoles, la confianza en el presidente estadounidense se redujo drásticamente de 75% con Obama a 7% con Trump.

El porcentaje de quienes poseen una opinión positiva de Estados Unidos en el mundo ha decrecido en promedio de 64% a 49%, según ese sondeo realizado en junio.

“Tras los dos gobiernos de Obama, que en cierto modo intentaban recuperar la imagen exterior de Estados Unidos como un ‘hegemón’ benévolo –aunque en declive– que retornaba a las instituciones y al respeto por el derecho internacional mediante la promoción del multilateralismo, la llegada al poder de Trump ha significado un claro retroceso en dicha imagen, pero un retroceso que va incluso más allá de la negativa imagen proyectada por George W. Bush durante sus mandatos con las guerras de Irak y Afganistán”, afirma Guerrero.

La confianza en Trump sólo ha experimentado un notable incremento de 42 puntos porcentuales en Rusia, donde 53% apuesta por él, lo que probablemente pueda ser atribuido a su discurso favorable a un entendimiento con el presidente ruso, Vladimir Putin. Es inevitable, también, establecer nexos con el escándalo conocido popularmente como “Russiagate”, la macroinvestigación que comanda el fiscal especial Robert Mueller acerca de la supuesta relación entre Moscú y miembros del equipo de Trump para interferir en la elección estadounidense de 2016.

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Foto: Aaron P. Bernstein / Reuters.

De hecho, el exasesor en política exterior de la campaña de Trump, George Papadopoulos, se confesó culpable de haber mentido al Buró Federal de Investigaciones (FBI) sobre sus contactos con una persona cercana al Kremlin que ofrecía datos “sucios’’ sobre la candidata presidencial Hillary Clinton. Además, Paul Manafort, quien fuera director de campaña de Trump, y su socio, Richard Gates, han sido acusados de una docena de delitos, entre los que destaca lavado de dinero y conspiración contra Estados Unidos.   

Israel es el otro país en el que la valoración positiva del dirigente estadounidense experimentó un aumento, situándose en 56%, lo cual tampoco sorprende más aun tomando en cuenta el apoyo irrestricto que el mandatario ha demostrado hacia el Estado hebreo. Una de las manifestaciones más recientes de este respaldo fue el retiro de EEUU de la Unesco, medida anunciada el pasado 12 de octubre que se hará operativa el 31 de diciembre de 2018 y que fue justificada, entre otros argumentos, por el continuado sesgo de la organización contra Israel.

En México, la confianza en el inquilino de la Casa Blanca ha caído 44 puntos porcentuales desde el término del mandato de Obama, lo cual sin duda se vincula con la promesa de Trump de construir un muro a lo largo de toda la frontera común.

No sólo su política en materia internacional es impopular, también los rasgos de su personalidad. En América Latina, por ejemplo, 82% sugiere que es arrogante; 77%, intolerante; y 66%, peligroso.

El profesor Federico Guerrero destaca que el presidente estadounidense se mueve en unos parámetros fuera de lo que se puede considerar “racional” dentro de los márgenes de la política internacional, lo que dificulta en extremo la aplicación de cualquier modelo de análisis y previsión de sus decisiones políticas.

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Artista pinta un miembro del KKK en una protesta en el barrio de Anapra en Ciudad Juárez. | Foto: José Luis González.

“Al final hay que remitirse al análisis de factores personales y psicológicos para poder entender la mayoría de sus decisiones. Esto comporta una imagen burda y distorsionada de la administración estadounidense, cómica y peligrosa a la vez. El último ejemplo es el intercambio de declaraciones respecto a cómo afrontar –por la vía militar– la amenaza nuclear norcoreana. Digamos que es una imagen ‘machista’ de la política, y no sólo por la manifiesta actitud irrespetuosa de Trump respecto a las mujeres. Por machismo entendemos una forma beligerante y agresiva de afrontar los temas de la agenda de seguridad, económica, medioambiental o migratoria, en contraposición a una actitud más conciliadora y negociadora”, señala.

Entre desaprobación y desconfianza

Y es que cuando en el verano de 2015 Trump anunció su candidatura parecía más bien una broma, una osadía por parte de un magnate más vinculado al mundo del espectáculo, a los medios, que a la política. Pronto emprendió una campaña electoral inusual, de desmesurado tono, a la que pocos apostaban, muy distinta a la de su rival demócrata.

“Yo estaba llevando a cabo una campaña tradicional con políticas muy pensadas y coaliciones meticulosamente construidas, mientras Trump hacía un reality show que, de forma experta e implacable, avivaba la ira y el resentimiento de los estadounidenses”, apunta Hillary Clinton en What happened (Lo que sucedió), el libro lanzado el 12 de septiembre en el que la aspirante presidencial narra las causas de la dolorosa derrota a la que no ha acabado de sobreponerse. 

De nada le valió a Clinton sumar 2.868.000 votos más que su contrincante pues el sistema estadounidense otorga la victoria a quien logre obtener más apoyos en los llamados colegios electorales.

Pasado un año del triunfo de Trump, según la encuesta nacional llevada a cabo por Pew Research Center entre el 25 y el 30 de octubre, su desempeño cuenta con 59% de desaprobación entre los estadounidenses. El número de quienes confían poco o nada en la capacidad del gobernante para manejar una crisis internacional, de igual modo, va en aumento, pues pasó de 51% en abril a 60% en octubre.

Son todas como piezas de dominó que van impactando una sobre otra. Así, el interés por parte de estudiantes internacionales de matricularse en las escuelas de negocios de EEUU ha mermado casi en dos tercios desde que Trump fue elegido presidente, según se desprende de un estudio difundido en octubre de la organización sin fines de lucro GMAC (Graduate Management Admissions Council) sobre las peticiones de ingreso para el año académico 2017-2018 efectuado en 965 programas en 351 escuelas de negocios y facultades ubicadas en 45 países del mundo.

La razón del declive en las solicitudes por parte de candidatos extranjeros se asocia a las políticas antiinmigración del mandatario estadounidense. Los beneficiados: Canadá y Reino Unido, además de otros países europeos.

Lo que Trump dice o quizá más bien tuitea, lo que hace o más bien deja de hacer, repercute, tiene un impacto en derredor. Andrés Ortega, investigador senior asociado del Real Instituto Elcano y director del Observatorio de las Ideas, ha resumido en un artículo reciente : “Un problema central es que no construye nada en lugar de lo que destruye”. Al menos eso es lo que ha sucedido tras un año de su elección.

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Nahuel Pérez Biscayart, actor de '120 pulsaciones por minuto': "Los jóvenes tratan el sida como algo del pasado"

Néstor Villamor

Foto: Céline Nieszawer
Avalon

Nahuel Pérez Biscayart está sorprendido: “Hoy las generaciones más jóvenes tratan el sida como si fuera algo del pasado”. Habla sin enfado pero con contundencia. “Conozco casos de gente joven a la que, de golpe, diagnostican y uno dice: ‘Guau, ¿cómo puede ser que después de tanto trabajo, después de tantas muertes, tanta lucha dada no haya disminuido?'”. La lucha a la que hace referencia es la que retrata 120 pulsaciones por minuto, una película sobre la crisis del sida en Francia en los años 90 que llega este viernes a España después del éxito amasado en la cartelera gala. Protagonizada por Pérez Biscayart y ganadora del Grand Prix, del premio FIPRESCI y de la Queer Palm en la pasada edición del Festival de Cannes, es el tercer largometraje de Robin Campillo, una de las revelaciones del cine francés actual.

“Era un tema que él había vivido, que el coguionista también había vivido, que el productor también había vivido”, cuenta el actor argentino, que tuvo que “afilar” su francés para este trabajo. “Entones uno empieza a decirse: ‘Esto es una historia que tiene detrás a un grupo muy tocado de manera íntima'”. Porque además de director de La resurreción de los muertos (2004) y de Eastern boys (2013), Robin Campillo también fue militante en los 90 de ACT UP-París, organización que centra 120 pulsaciones por minuto. Fundada a finales de los 80 como respuesta al silencio con el que François Mitterrand trataba las más de 2.500 muertes que anualmente dejaba la enfermedad en Francia, la entidad se propuso ponerle cara a la epidemia.

“Silence=Death” (Silencio=Muerte) era el eslogan que se podía leer en las camisetas de los activistas de ACT UP-París durante su primer die-in, una protesta en la que los militantes se se tumbaban en la calle fingiendo estar muertos a modo de reivindicación, de súplica y de doloroso presagio. No fue el único momento en el que la organización intentó llamar la atención sobre el problema que estaba causando el virus. Sus actos incluyeron colgar una pancarta en la catedral de Notre-Dame como crítica a la Iglesia Católica y envolver el Obelisco de la Concordia de París con un inmenso condón rosa para promover el uso del preservativo.

Es un ambiente que refleja 120 pulsaciones por minuto, cuyos personajes asaltan un laboratorio farmacéutico al grito de “Asesinos” para protestar contra la inacción de la compañía. Pérez Biscayart, que interpreta a Sean, rechaza la palabra “radical” para describir el funcionamiento de ACT UP-París. “Decir ‘radical’ a un grupo de personas que pintaba las paredes con sangre artificial me parece radical. Considerar que el valor material de una pared tiene más valor que una vida humana me parece radical”.

“Fuerza, sutileza y delicadeza”

120 pulsaciones por minuto despertó el interés Pérez Biscayart desde el principio. “Leí un guion que tenía una fuerza y un nivel de sutileza y de delicadeza en los diálogos y en la construcción que me dejaron muy sorprendido. Me emocioné al leerlo, me reía, me pasaban cosas que raramente pasan cuando uno lee guiones”. Porque además de la esfera política, la cinta gira también hacia lo íntimo con una historia de amor en los tiempos del sida que aligera, con una pincelada de romanticismo, la película, en sí misma una fuente de conocimiento prácticamente inaccesible en aquellos años 90 que retrata el drama de Robin Campillo.

Pero a pesar de la información, disponible -ahora sí- en títulos como 120 pulsaciones por minuto, las muertes siguen ocurriendo. De ahí la sorpresa de Pérez Biscayart, que, como Sean, mira hacia la política: “El rol del Estado es todo en estos asuntos. Cuando hay una voz ahí muy fuerte que expande conocimiento e información a la población y que la educa, esas personas tienen la libertad de cuidarse, de saber y de protegerse”.

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Puigdemont 'reloaded'

José María Albert de Paco

Foto: PASCAL ROSSIGNOL
Reuters

Ojalá la Mesa del Parlament no acepte el voto delegado de los diputados fugitivos. No ya porque de ese modo el órgano rector se estaría ateniendo a lo que disponen los letrados, sino porque, además, ello propiciaría que Puigdemont intentara personarse de incógnito en la Cámara el día de la sesión de investidura.

Lo publicaba ayer El Confidencial, y por mucho que el procés nos haya acostumbrado al esperpento, la noticia merece un ¡paren máquinas!: “(Según fuentes conocedoras de los movimientos de Puigdemont, éste se plantea) acceder camuflado al Parlament el día de la investidura”. Sería, prosigue el diario, una de sus “únicas opciones de repetir al frente del Ejecutivo y evitar el desgaste de un destierro casi perpetuo en Bélgica”.

Dado que el presidenciable ya lleva la peluca de serie, cabría esperar de él un redoble de audacia. Que se disfrazara, por ejemplo, de Inés Arrimadas, aun a riesgo de que en la confusión tuviera que corresponder a un achuchón de Xavier Cima, al que apenas sorprendería el súbito acento tractoriano de su esposa, al cabo un caso milagroso de integración.

Sí, la peculiarísima voz de Puigdemont, ese orfeón de gallos, haría sospechar al más crédulo, pero si Jack Lemmon y Tony Curtis lograron dar el pego, cómo iba a ser menos nuestro Fantomas de Amer. Y si no de Arrimadas, de Mayka Navarro, mímesis que acaso comportara que, sin comerlo ni beberlo, el Puchi fuera reclamado para intervenir donde Ana Rosa.

Bien pensado, no habría nada más infalible que la treta Espartaco, a saber: que todos los diputados soberanistas se hicieran pasar por Puigdemont, lo que permitiría al genuino camuflarse entre ellos, o sea entre sí mismo, obrando así el prodigio de quebrar, al tiempo que la ley, la gramática. Y desvelando, de paso, el único sentido posible de eso que llaman ‘una sola Catalunya’.

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