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Las Turroneras, inspiración en Cádiz y arte flamenco en Madrid

Anna Carolina Maier

Foto: Anna Carolina Maier
The Objective

Bailan de lunes a sábado. Durante la semana, en las tardes, ya que en las mañanas deben ir al cole. Sus edades colindan entre los 10 y 12 años. Son pequeñas, pero grandes flamencas.

“Tenemos admiradores por todos lados”, suelta, entre tímidas risas, Paola Santiago de 10, mientras ve un comentario en Instagram sobre una de sus últimas presentaciones en el famoso tablao andaluz La Perla de Cádiz. Acaban de terminar una clase en el Instituto Flamenco La Truco (Parla) y comparten un rato antes de volver a casa.

El nombre flamenco de Paola es ‘La Polaca’. Se debe a sus cabellos rubios y forma parte, junto a las otras tres niñas, del cuerpo de baile Las Turroneras. Las otras son Claudia ‘La Utrerana’ de 10 años; Candela Amigo, de 12 años e Itziar San Juan, mejor conocida como ‘La Pulga’, que cuenta 11.

Formaron el grupo hace dos años gracias a Eliezer Truco (La Truco), quien comenzó siendo inspiración para ellas y terminó convirtiéndose en su maestra.

Han participado en importantes festivales como el de Pasión por la Danza realizado en febrero en Alcalá de Henares en el que lograron el primer lugar. “Competimos con niñas de 16 años y quedamos las primeras”, dicen y se ríen a la vez, nuevamente con timidez y bajando las cabezas.

Además, han bailado en legendarios tablaos, no solo en La Perla de Cádiz sino también en Casa Patas. También se han presentado en la escuela de baile flamenco Amor de Dios. “Casa Patas es un tablao muy reconocido en Madrid. Lo más grande del flamenco”, explica La Pulga. Poco después añade: “Amor de Dios es el sitio por el que todos los flamencos han pasado”.

Todas compaginan los estudios y la danza con “mucha disciplina”. Coinciden en que hacen los deberes antes del baile pues, además de hacer flamenco, quieren dedicarse a otras carreras. La Polaca quiere estudiar turismo, mientras que La Utrerana todavía “no lo tiene claro”. En cambio, Candela -que es la mayor del grupo- ya lo sabe: “Quiero, además de ser ‘bailaora’, estudiar Medicina y ser científica en Oncología Infantil”.

En cambio, a La Pulga le gustan las Ciencias Políticas. Conocen con mucha seriedad, para tan corta edad, los ‘palos del flamencos’. Se mueven entre tangos, bulerías, fandangos y alegrías, al igual que lo hiciera cualquier niña en un parque pero ellas prefieren tomar un abanico, una bata de cola o un mantón. Para ellas el baile es “como un juego”.

Asimismo, no les intimida entrar al mundo del flamenco siendo madrileñas. Por el contrario, se sienten orgullosas de ello. Aseguran que no hay fronteras, ni raza, ni nacionalidad para ese arte andaluz y que tampoco es solo es “cosa de gitanos”. “Puede bailar el que sea”, señala La Utrerana. “Todo aquel que no se rinda”, concluye, por su parte, La Polaca.

Estas niñas han recibido a The Objective para compartir qué las apasiona y cómo se puede tener tanto arte a tan corta edad.

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Miguel Poveda emociona en el Coliseum con su canto a la libertad

Lidia Ramírez

Foto: Lidia Ramirez
The Objective

Con un impoluto traje negro y camisa blanca con zapatos de brillantes lentejuelas, preludio de lo que iba a convertirse en una noche mágica, el cantaor Miguel Poveda subía al escenario entre aplausos y gritos de “libertad”. No se trataba de un concierto cualquiera. Era un canto a la diversidad, a la paz, al amor en defensa del colectivo LGTBI. Un grito desgarrado, de esos que tocan el alma y acarician el corazón, por el libre albedrío. La noche del jueves, el Teatro Coliseum de Madrid, se convirtió en un lugar para la reivindicación con el ‘quejío’ más profundo de Miguel Poveda que reunió a decenas de personas para “celebrar la fiesta de la libertad”, porque como manifestó nada más pisar el escenario “aún hay mucha intolerancia y personas que necesitan ser reeducadas”.

Y entre un juego de luces y acompañado por el reconocido instrumentista Álvaro Gandul al piano de cola, con ‘Para la libertad’ comenzaba el catalán más andaluz uno de sus conciertos más esperados del año enmarcado dentro del I Festival de Flamenco LGTB. Una actuación, que como ya nos adelantó el artista en una entrevista, es un anticipo a un nuevo disco que verá la luz el año que viene cuando cumple 30 años sobre los escenarios.

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Miguel Poveda junto a Álvaro Gandul al piano de cola. | Foto: Lidia Ramírez / The Objective

Con su bonita y elegante voz, el peso específico del concierto recayó sobre una parte más flamenca y otra con poesía y copla. Y entre canción y canción y cante a la libertad sexual, también hubo lugar para la reivindicación y la defensa de la reproducción asistida por gestación subrogada. Padre reciente de un niño mediante esta técnica, sobre las tablas, el cantaor lo quiso dejar bien claro: “mi hijo no es una mercancía, no voy a permitir que crezca en una sociedad que dice esas barbaridades. Ser padre está dentro de mi lógica y ayudaré a todas esas personas que no puedan tener hijos de forma natural”.

Con esta declaración de intenciones llegaba uno de los momentos cumbres del espectáculo, cuando el flamenco se arrancó con ‘Guerra a la guerra por la guerra’, poema de Rafael Alberti, enmarcado dentro de su último disco ‘Sonetos y poemas para la libertad’, y con la cual quiso denunciar todo tipo de violencia.

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El 30 de junio y el 1 de julio Miguel Poveda volverá a actuar en el Coliseum de Madrid. | Foto: Lidia Ramírez / The Objective

Bandera de libertad, muy presente estuvo Federico García Lorca, por el que el artista siempre ha demostrado un gran respeto y admiración y de quien dice: “ochenta años después nadie ha conseguido callarlo”. Así, con una oda del poeta granadino que Poveda interpretaba por primera vez sobre el escenario, el Teatro Coliseum se emocionaba al son de su agradable y pasional voz.

De esta forma, tras todo un homenaje al prosista, el punto más flamenco llegaba en la última parte del concierto con varias coplas, como ‘Queriendo a ciegas’ o ‘El  último minuto’, con las que el catalán mostró el ‘quejío’ y la ‘jondura’ de un buen flamenco.

El broche de oro acaecía con una especial interpretación de una de las míticas canciones de Camarón de la Isla cuando se cumplen 25 años de su muerte. Porque como dice el bueno de Poveda: “allá donde coincidan el Dios gitano y Lorca, eso sí que será Leyenda”.

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7 poemas cantados para recordar a Federico García Lorca

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Fundación García Lorca

La madrugada del 18 de agosto de 1936, uno de los grandes poetas y escritores españoles de la generación del 27, Federico García Lorca, era fusilado en algún lugar entre las localidades de Víznar y Alfacar, en Granada, y enterrado en una fosa común. Su cuerpo sigue sin aparecer a día de hoy. El irlandés Ian Gibson, uno de los mayores especialistas en la vida de Lorca, contaba en su biografía que oficialmente, Federico García Lorca murió por “ser espía de los rusos, estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario de Fernando de los Ríos y ser homosexual”. No muchos lo saben, pero su nombre real era Federico del Sagrado Corazón de Jesús, así lo bautizaron sus padres, era licenciado en derecho y, si bien nunca militó en ningún partido, desde muy joven fue un firme defensor de las clases bajas.

Desde The Objective, te ofrecemos siete poemas para recordar a este gran poeta granadino que han sido cantados por grandes referentes del panorama musical español.

Canción del jinete

El cantautor valenciano Paco Ibañez, reconocido activista de izquierdas, puso música a este poema de Lorca. Ibañez, de 82 años de edad, Ha dedicado casi íntegramente su trayectoria artística a musicalizar poemas de autores españoles e hispanoamericanos, tanto clásicos como contemporáneos. Entre sus canciones se pueden encontrar versos de Rafael Alberti, Antonio Machado, León Felipe, Gloria Fuertes, Miguel Hernández, Luís de Góngogra, Blas de Otero y Federico García Lorca, entre otros.

En 1983 el ministro de Cultura del Gobierno de Miterrand le otorgó la medalla del Orden de las Artes y las Letras, pero nunca la aceptó. “Un artista tiene que ser libre en las ideas que pretende defender. A la primera concesión pierdes parte de tu libertad. La única autoridad que reconozco es la del público y el mejor premio son los aplausos que se lleva uno a casa”.

En la luna negra

de los bandoleros,

cantan las espuelas.

Caballito negro.

¿Dónde llevas tu jinete muerto?

Romance del amargo

Uno de los grandes referentes del flamenco español, el gaditano José Monje Cruz, más conocido como Camarón o Camarón de la Isla, puso voz a este poema. El 2 de julio de 2017, se cumplieron 25 años de su muerte. La canción forma parte de la leyenda del tiempo, el décimo álbum del cantaor y considerado una de las obras más importantes de la historia del flamenco.

El veinticinco de junio

le dijeron al amargo,

ya puedes cortar si quieres

las adelfas de tu patio…

Los cuatro muleros

Si bien no es un poema propio de García Lorca, si no que es una composición tradicional de origen popular y autoría desconocida, el poeta granadino, en 1931, años antes de la Guerra Civil española,  lo grabó junto a Encarnación López ‘La Argentinita’, acompañándola al piano, para su álbum Colección de Canciones Populares Españolas. Dicen que ‘La Argentinita’ estaba muy vinculada a artistas y escritores de la Generación del 27, participando en sus veladas donde mezclaban lírica, música y coreografía.

De los cuatro muleros

que van al campo,

el de la mula torda,

moreno y alto.

De los cuatro muleros

que van al agua,

el de la mula torda,

me roba el alma…

Gacela del amor desesperado

El compositor y cantautor leonés Amancio Prada, cuya carrera se dio a conocer en los años 70 en París, donde estudió sociología, canta este poema de Lorca.

La noche no quiere venir

para que tú no vengas

ni yo pueda ir.

Pero yo iré

aunque un sol de alacranes me coma la sien.

Pero tú vendrás

con la lengua quemada por la lluvia de sal…

No me encontraron

Dicen que Lorca vaticinó su muerte en este poema. El poeta granadino, asesinado en la madrugada del 18 de agosto de 1936 por militares golpistas, parece hablar del crimen en los versos escritos durante su estancia en la Universidad de Columbia. El poema fue escrito hacia 1930, cuando todavía nadie podía imaginar que España se vería inmersa en una Guerra Civil (1936-1939). Junto a Lorca, fueron fusiladas otras tres personas, los banderilleros Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas; y el maestro de Pulianas Dióscoro Galindo Monge.

El cantaor catalán Miguel Poveda pone voz a este poema.

Cuando se hundieron las formas puras

bajo el cri cri de las margaritas,

comprendí que me habían asesinado.

Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,

abrieron los toneles y los armarios,

destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro

Ya no me encontraron…

Romance sonámbulo

Esta es una rumba que se basa en un poema de Federico García Lorca, cantada y tocada por los madrileños Ketama, un grupo musical gitano español de flamenco-fusión formado a principios de la década de los 80, acompañados de José Manuel Ortega Heredia, de nombre artístico Manzanita, un cantante también madrileño que se caracterizó por su voz rota y una especial habilidad tocando la guitarra.

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

Verde que te quiero verde.

Bajo la luna gitana,

las cosas le están mirando

y ella no puede mirarlas…

La leyenda del tiempo

El granadino Enrique Morente fue considerado uno de los grandes renovadores del flamenco. Entre los círculos que frecuentaba muchos le conocían como ‘el granaíno’ y esta, es una de las canciones que pertenecen a su álbum ‘Lorca’, de 1998, dedicado al poeta.

Nadie puede abrir semillas

en el corazón del sueño.

El sueño va sobre el tiempo

flotando como un velero.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!

¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

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Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista

Anna Maria Iglesia

Foto: DANIEL AGUILAR
Reuters

El legado de Leonora Carrington, artista surrealista británica, no solo está compuesto por una obra pictórica indispensable para entender el siglo XX, sino también por textos de indudable interés, entre ellos uno de los más importantes es Memorias de Abajo, libro que André Breton le animó a escribir y que ahora publica Alpha Decay con prólogo de Elena Poniatowska.

“¡No admito su fuerza, el poder de ninguno de ustedes, sobre mí. Quiero ser libre para obrar y pensar; odio y rechazo sus fuerzas hipnóticas!”, se rebeló de pronto Leonora Carrington al doctor Luis Morales, bajo cuya supervisión médica estaba recluida en el sanatorio mental de Santander. Pocos meses antes, Max Ernst, había sido detenido por la República de Vichy. De origen judío y vinculado a la resistencia, Ernst fue detenido en su casa de Saint Martin d’Ardèche, donde vivía con una jovencísima Leonora, una joven inglesa llamada a ser una de las pintoras más relevantes del surrealismo. La Segunda Guerra Mundial, sin embargo, lo cambió todo: Ernst terminó detenido en el campo de concentración de Les Milles,  en la República de Vichy, y Leonora encerrada en una clínica psiquiátrica en Santander.

Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista 1

Los gritos de Leonora, reclamando su libertad, retumbaban en la clínica santanderina el agosto de 1940. Tan solo unas semanas antes, la pintora había sido obligada por su padre a un internamiento forzoso en la clínica del Dr. Morales, un psiquiatra de ideología nazi que, por entonces, regentaba una de las clínicas psiquiátricas con más prestigio entre la burguesía europea. El Dr. Morales era considerado una excelencia por llevar a cabo “milagrosas” y experimentales curaciones sobre sus pacientes, curaciones que se basaban principalmente en un choque convulsivo químico con cardiazol. A pesar de que el Dr. Morales la cogiera del brazo, afirmando, sin titubear, “aquí soy yo el amo”, aquellos gritos de Carrington anunciaban el final de su encierro. Ella estaba en aquella clínica por orden de su padre, un tradicional hombre de la burguesía inglesa que nunca había aprobado la conducta de su “rebelde” hija, y bajo el control permanente del Dr. Morales, ocupado, más que preocupado, en quitarle las ideas delirantes que la joven padecía desde la detención de Ernst.

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La posada del Caballo del Alba (1936-1937), autorretrato de Leonora Carrington | Imagen vía: Wikimedia Commons

“Cuando los alemanes invadieron Francia, temiendo por su propia seguridad, Leonora decidió escapar a España, con la intención de obtener un visado para el pasaporte de Max, que ella guardaba consigo”, cuenta Victoria Combalía en Amazonas con pincel. Por entonces, Carrington “ya comenzaba a ser presa de alucinaciones que le desencadenarían ataques de locura”, unos ataques que la acompañarían a lo largo de su huida de Francia, desde Andorra, pasando por la Seu d’Urgell y Barcelona, hasta Madrid, donde llegó acompañada por Catherine Yarrow y Michel Lucas.

La locura de Carrington era resultado de lo vivido, ¿cómo sino podría reaccionar alguien a quien, en palabras de Elena Poniatowska “de pronto los gendarmes se presentan y se llevan a su amor alegando razones de religión o de raza o de ideología”. La violencia, sin embargo, no abandonó a Leonora: no sólo llegaba a una España que acaba de salir de la Guerra Civil, una España cruel, dice Poniatowska, un país que “con su guardia civil intentó destruir su mundo imaginario y afectivo”, sino que nada más llegar sería víctima de una banda de requetés, que la raptaron y la violaron.

“Se levantaron algunos de aquellos hombres y me metieron a empujones en un coche. Más tarde estaba ante una casa de balcones adornados con barandillas de hierro forjado, al estilo español. Me llevaron a una habitación decorada con elementos chinos, me arrojaron sobre una cama, y después de arrancarme las ropas me violaron el uno después del otro”, recordaría tiempo después en Memorias de abajo. A partir de entonces, Carrington ya no pudo más, los delirios se incrementaron como si delirar fuera la única manera de huir de aquella vida hostil a la que parecía estar condenada.

“En sus raptos de locura, Leonora asumía el comportamiento de varios animales: rugía como una hiena, relinchaba como un caballo, ladraba como un perro…” cuenta Combalía. Fue entonces cuando el padre de Leonora entró en escena y obligó su internamiento: “Mi primer despertar a la conciencia fue doloroso: me creí víctima de un accidente de automóvil; el lugar me sugería un hospital, y estaba siendo vigilada por una enfermera de aspecto repulsivo y que parecía una enorme botella de Lysol. Me sentía dolorida, y descubrí que tenía las manos y los pies atados con correas de cuero. Después me enteré de que había entrado en el establecimiento luchando como una tigresa, que la tarde de mi llegada, don Mariano, el médico director del sanatorio, había intentado convencerme para que comiera y que yo le había arañado”.

Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista
Leonora Carrington | Imagen vía Alpha Decay

Así recuerda Leonora Carrington su llegada a la clínica psiquiátrica en Memorias de abajo, libro que André Breton le animó a escribir y que ahora la editorial Alpha Decay publica en una nueva edición con prólogo de Elena Poniatowska. Como cuenta Poniatowska, autora del libro Leonora, en la vejez, la pintora apenas hablaba de Max Ernst, pero sí de su estancia en la clínica: “De su niñez, Leonora habló con felicidad; del Cardiazol en la clínica del doctor Mariano Morales en Santander, en cambio, con verdadera angustia”. De hecho, añade la escritora mexicana, “con el terror impreso en sus ojos, volvía a caer en el agujero negro: ‘Me impidieron cualquier movimiento, me amarraron, me inyectaron…’”. Si bien para Bretón el libro de Leonora fue un texto imprescindible para sus estudios en torno a la locura y los delirios, no debe olvidarse que Memorias de abajo es, ante todo, un libro sobre la reclusión y el abandono.

Carrington no sólo se siente atrapada en esa clínica, no sólo siente que aquellos tratamientos, hoy absolutamente superados, no hacían otra cosa que hundirla más en su locura, sino que se sentía abandonada, sobre todo por un padre que parecía estar haciéndole pagar el precio de la libertad disfrutada años atrás en París. Como relataba hace algunos meses en The Guardian su sobrina Joanna Morhead, Carrington –Prim, así la llamaban- era considerada la “niña salvaje” de la familia: “Nunca escuché ni una sola buena palabra hacia ella”, recuerda Morhead, para quien fue todo un descubrimiento saber que su tía era un nombre imprescindible dentro de la historia de la pintura. “Durante décadas, ella fue relativamente desconocida: el convencional mundo artístico pasó por encima de ella y los comerciantes la ignoraron. Cuando entró en los ochenta años, sin embargo, encontró, con lentitud, pero con firmeza, la fama”, afirma Morhead y sigue: “Su trabajo fue redescubierto por los historiadores; las mujeres surrealistas fueron ‘recuperadas’ y conocidas por sus talentos individuales antes que por su papel de musas. Al inicio del siglo XXI, ella se convirtió en una especie de tesoro nacional para su país de adopción”, México.

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Cocodrilo de Leonora Carrington, en Ciudad de México. | Imagen vía Carlos Valenzuela/Wikicommons

Carrington llegó a México en 1942, tras un año en Estados Unidos. A finales de 1940, gracias a la intermediación de un primo suyo, salió de la clínica de Santander, aunque su padre ya había decidido su destino: “Su familia ha decidido enviarla a Sudáfrica, a un sanatorio donde será muy feliz porque es delicioso”, le dijeron nada más llegar a Madrid, primera etapa de un viaje que Leonora no estaba dispuesta a realizar. Acompañada por Frau Asegurado, encargada de su cuidado y vigilancia, fue embarcada a Lisboa, teóricamente la segunda parada antes que Sudáfrica. Sin embargo, Leonora, consciente de que “no había que luchar con esa clase de gente, sino pensar más deprisa que ellos”, no dudó en escapar en cuanto tuvo la posibilidad y esconderse en la Embajada de México, habiendo conocido al diplomático mexicano, Renato Leduc, pocos días antes en Madrid: “El embajador se portó maravillosamente conmigo, después. Tuve que entrar a verle, y dijo: ‘Está usted en territorio mexicano. Ni siquiera los ingleses pueden tocarla’. No sé cuándo apareció Renato. Al final, dijo: ‘Vamos a casarnos. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en esa clase de cosas, pero…’”.

Fue así como Leonora pudo escapar. ¿Fue un matrimonio concertado aquello que le concedió la libertad? Ella nunca lo negó. Si bien el matrimonio con Renato durara tan solo un año, su amistad perduró hasta el final y él nunca dejó de visitarla en su casa de Chihuahua. En México, Leonora retomó su carrera como pintora que la guerra había interrumpido y aquellas alucinaciones cabalísticas y astrológicas sufridas durante su estancia en Santander terminaron plasmando un mundo interior, del cual sus pinturas fueron reflejo: “su pintura desvela la vertiente mística de la vida cotidiana. Sus escenas recuerdan los cuentos de hadas y los relatos infantiles irlandeses y celtas que le contaban de niña, repletos de druidas y magos que conocen una dimensión superior de la realidad. Personajes como la diosa Danu o la figura del caballo como símbolo de la búsqueda de renovación abundan en sus lienzos, así como gatos, cisnes, serpientes y alusiones a la cábala y a la alquimia”, apunta Victoria Combalía.

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El mundo mágico de los mayas de Leonora Carrington en el Museo Nacional de Antropología de México | Imagen vía Loppear / Wikimedia Commons

Leonora Carrington murió en 2011 en México. Tenía 91 años. Nunca quiso volver a Europa para vivir, aunque sus viajes a Inglaterra y Francia fueron constantes. Tras de sí, no sólo deja textos de indudable interés, sino una obra pictórica indispensable para entender el siglo XX. “Su trabajo evoca de muchas cosas y su enormemente complejo”, comenta Matthew Gale de la Tate Modern, “su producción no fue masiva porque su técnica es muy meticulosa y su trabajo muy detallista”.  

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Así es el museo de arte contemporáneo más grande (y controvertido) de África

Redacción TO

Tenemos la imagen de África como un todo –un continente sin matices–. Perdemos la perspectiva en el norte. Hay razones para ver una África de vanguardia, emocionalmente conectada con la música y con el arte. Un ejemplo de este ánimo es el Zeitz MOCAA –acrónimo de Museo de Arte Contemporáneo Africano Zeitz–. Tras los gruesos muros de cemento y los tubos cilíndricos que alcanzan el techo existe un catálogo monumental de arte moderno, una suerte de ARCO permanente, que pretende situar en el mapa del arte internacional al continente más olvidado de todos.

El espacio, que abrió sus puertas el pasado 22 de septiembre, es tan amplio e imponente que no sorprende descubrir que fue el edificio más alto del África Subsahariana durante medio siglo, desde que fue construido en 1921 en la zona portuaria de Ciudad del Cabo, una de las capitales de Sudáfrica. Se trata de una apuesta arriesgada para situar al país entre los epicentros culturales del mundo. Un arquitecto británico llamado Thomas Heatherwick ha sido el responsable del rediseño de aquella vieja planta industrial que ahora da cabida a cerca de 100 galerías, un jardín en la azotea, centros educativos de arte e incluso de fotografía.

“Si el Zeitz MOCAA tiene éxito, podría poner a Sudáfrica en una posición de considerable poder cultural, al buscar convertirse en el representante global de las experiencias visuales africanas contemporáneas”, escribe el crítico Antwuan Sargent en la revista especializada Artsy.

Así es el museo de arte contemporáneo más grande (y polémico) de África
Vistas del museo y de su entorno. | Foto: Iwan Baan/Zeitz MOCAA

Así es el museo de arte contemporáneo más grande (y polémico) de África 1
El museo, desde una perspectiva aérea. | Foto: Iwan Baan/Zeitz MOCAA

Tras el proyecto se encuentra la fundación de Jochen Zeitz, antiguo director general de la marca deportiva Puma, que es un gran coleccionista de arte africano. Tanto es así que expone toda su colección en este museo. En total, los asistentes pueden disfrutar de cerca de 300 obras de arte, algunas de ellas con un alto valor político y con artistas como Gabrielle Goliath, Nandipha Mntambo , Mouna Karray o Samson Kambalu. Hay representantes de la mayoría negra, y también con la minoría blanca.

De hecho, el aspecto racial no ha estado exento de polémica. El Zeitz MOCAA ha recibido críticas de algunos sectores, como recoge Artsy, que denuncian que la institución, dada su naturaleza africana, reciba un nombre alemán. Como si esta fuera una huella del pasado colonizado del continente. Más si cabe en un país donde el racismo se impuso con tanta fuerza, donde el apartheid se aplicó oficialmente hasta 1992, y en un lugar –el edificio– que está separado de la prisión en la que estuvo encerrado Nelson Mandela por apenas unos kilómetros.

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Una obra de Kendell Geers. | Foto: Zeitz MOCAA

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Una obra de Kudzanai Chiurai. | Foto: Zeitz MOCAA

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Una obra de Roger Ballen. | Foto: Zeitz MOCAA

Así es el museo de arte contemporáneo más grande (y polémico) de África 5
Una obra de William Kentridge. | Foto: Zeitz MOCAA

Así es el museo de arte contemporáneo más grande (y polémico) de África 6
Obras de Nandipha Mntambo. | Foto: Zeitz MOCAA

Así es el museo de arte contemporáneo más grande (y polémico) de África 7
Obras de Leonce Raphael Agbodjelou. | Foto: Zeitz MOCAA

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