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Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix”

Clara Paolini

Foto: Clara Paolini
Agencia The Objective

Cine, feminismo y crítica. Tres palabras que caracterizan a la entrevistada y envuelven la conversación. Frente a nosotros, Laura Mulvey, teórica y cineasta británica, pionera del análisis fílmico feminista e incansable pensadora con una admirable habilidad: su pensamiento crítico consigue despertar aletargadas neuronas pensantes en espectadores, lectores e interlocutores, invitándoles a profundizar en el significado que producen 24 fotogramas por segundo.

Corría 1975 cuando Mulvey puso por primera vez en palabras lo que muchas empezaban a sospechar. Con Visual Pleasure and Narrative Cinema la autora dio un instructivo puñetazo en la mesa al explicar el mecanismo con el que el cine clásico de Hollywood logra fascinar al espectador mediante el producto de una mirada falocéntrica que confina a la mujer en objeto pasivo. El miedo y el deseo conjugados mediante el psicoanálisis reducen a fetiche los personajes femeninos, y al presenciar su imagen en la gran pantalla como espectáculo, la audiencia experimenta placeres ligados al voyerismo, el sadismo y la construcción de un ego regido por parámetros patriarcales. El objetivo de Mulvey era argumentar para después derruir aquel orden simbólico. “Suele decirse que analizar el placer, o la belleza, lo destruye. Esta es la intención de este artículo”, aseguraba.

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La mirada masculina, en la cámara, en los personajes y en el espectador. | foto: The Hitchcock Zone

“Usé el cine para crear un discurso político”

Cuarenta años después de aquel incendiario texto, ella misma constata que nunca ha hecho una entrevista en la que no le preguntaran por el ensayo que concibió alejada de pretensiones académicas, sino como manifiesto y arma política: “Visual Pleasure estaba muy influenciado por el movimiento feminista de los 70 y tiene más que ver con ideas políticas que con los estudios fílmicos. Usé el cine para crear un discurso político, como instrumento para llevar mis argumentos más allá”.

Con una modestia sincera, la Mulvey de 2017 no se cansa de delimitar el valor de ese puñado de páginas mitificado como potente revulsivo ante el influjo de la sociedad patriarcal en la gran pantalla: “Es un texto que no podría haber sido escrito antes ni después. Por aquel entonces, la audiencia se sentaba en una sala oscura, miraba lo que ocurría en la pantalla y estaban subordinados al encanto de la película y su narrativa. Absorbían el espectáculo. Hoy en día el contexto es diferente y resulta peligroso generalizar fuera de ése ámbito. Ha perdido relevancia, aunque sí es cierto que sigue sirviendo como punto de partida para que la gente empiece a plantearse nuevas perspectivas. A fin de cuentas esa era la idea, hacer declaraciones chocantes que hicieran a la gente pensar”.

“El espectador posesivo se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo”

Si Mulvey considera anticuado el escrito que la hizo famosa, ¿qué considera relevante a día de hoy la autora? La respuesta se encuentra en Death 24x a Second, un libro en el que sostiene que la digitalización y el botón de pausa han revelado un profunda brecha en el centro de la ilusión del cine: “En él expongo dos tipos de espectador: el posesivo y el pensante. El espectador posesivo es aquel que se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo. Mientras este tipo de espectador se aferra a la imagen, su perspectiva cambia para empezar a pensar sobre su propio proceso. Estas dos visiones acaban equilibrándose hacia lo que propuso Christian Metz al hablar de dos tipos de personas: a las que les gusta la tecnología del cine y las que disfrutan del cine desde una perspectiva exterior al mismo”.

“Hollywood es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares”

Con la mención de Metz y las teorías psicoanalíticas aplicadas al cine sobre la mesa, cabe preguntarse si el cine sigue mostrando el inconsciente colectivo. La respuesta de Mulvey difiere de la que hubiera dado allá por los 70: “Ahora el cine es otra cosa. En los viejos tiempos el cine era un sistema industrial que producía películas y nada más, y sí había una relación entre los productos que salían y el inconsciente colectivo, pero ahora se caracteriza por la falta de imaginación. Para mi Hollywood ha desparecido. Ya no es algo admirable ni maravilloso; es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares. Se ha convertido en parte de los conglomerados del capitalismo internacional, donde el interés en el cine queda marginado por el aspecto de los beneficios. Se está convirtiendo en algo inimaginativo. Es una secuela tras otra, la misma cosa una y otra vez…”.

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La trampa de Hollywood | foto: Chrysallis / Flickr

En este contexto, donde las ideas quedan supeditadas al afán comercial, Mulvey ofrece una visión poco alentadora identificando la distribución y exhibición como agentes alienantes: “Las superproducciones de Hollywood colonizan los cines y aquellas distribuidoras que antes contaban con cierta libertad para dar a conocer buenas películas ahora han sido adquiridas por enormes conglomerados de distribución. Cada vez hay menos flexibilidad y el margen para seleccionar películas es cada vez más pequeño”.

“Ahora lo que se muestra tiene que ver con esa comercialización, olvidando la imaginación y las ideas”

Laura interrumpe su discurso para puntualizar con una sonrisa sus aseveraciones: “Tengo que confesar que me avergüenza un poco decir todo esto, porque no voy a ver este tipo de películas”. ¿Critica algo que no ha visto? “Bueno… Fui a ver la última película de Star Wars con mi nieta porque todo el mundo me dijo que iba a disfrutar del espectáculo y que encontraría fascinante los efectos especiales etc. No fue así. No me pareció fantástica ni quedé impresionada. Pensé que el espectáculo era demasiado disperso, no estaba lo suficiente esculpido ni controlado, que visualmente era incierto qué estaba haciendo el director. Por otro lado, a nivel narrativo había una fuerte metáfora política con los rebeldes contra el establishment y pensé que se trataba de algo bastante perverso”.

“Las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen”

¿Qué nos queda ante las superproducciones y la decepcionante cartelera de consumo masivo? Además de alabar el cine proveniente del semicírculo asiático, como el de Kiarostami o Apichatpong, Mulvey opina que “puede que la parte más interesante sea aquella área marginal, entre Hollywood y el cine independiente. Además es donde más mujeres están empezando a escribir guiones que salen a la luz, otras actrices están emergiendo y hay otra realidad que comentar”.

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Mujeres y cine, un largo camino por recorrer. | Foto: Mario Bellavite / Flickr

A pesar de la creciente presencia femenina en el ámbito cinematográfico la teórica observa que los avances son menores de los que hubiera augurado que ocurrirían en el momento que escribió su famoso ensayo: “Hay un mayor apoyo por parte de ciertas instituciones para facilitar el acceso a financiación, especialmente en países como Francia, pero por otro lado, en términos de distribución y exhibición, sigue siendo difícil. Uno de los aspectos que considero también relevantes es el problema de la crítica, porque las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen pero no siempre es así, ni resulta sencillo cambiarlo”.

“El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”

Mulvey asegura que a pesar de que el cine es cada día más accesible, el problema radica en que todos acabamos viendo lo mismo, dejando poco espacio para fortalecer el valor del cine como artefacto intelectual: “Ahora lo que se muestra tiene que ver con la comercialización, olvidando la imaginación y las ideas y la visión del público es cada vez más estrecha. Por ejemplo, encuentro que es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix, que su programación no esté creada por una elección humana. Sin embargo, existen otras plataformas de cine online como Mubi, que está programada con una cuidadosa selección bajo criterios cinéfilos pero gozan de una menor audiencia. El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”.

A pesar de todo, el cine sigue siendo un arma política, y desde la perspectiva de la británica “lo es de muchas formas diferentes. Pueden ser como la última película de Ken Loach apoyando a Jeremy Corbyn, que despierta el interés crítico de una audiencia amplia como herramienta de propaganda política, o aquellas cuyo espectro es más restrictivo porque están basadas en la forma, porque usan técnicas de distanciamiento y desfamiliarización. Estas últimas se preguntan sobre el propio cine y los códigos cinematográficos, siguiendo quizá la tradición de lo que hicimos en los setenta. Ambas son políticas y son capaces de aportar valor al espectador”.

Como deducirá el lector, Laura Mulvey recomienda el segundo tipo pero acepta con resignación los nuevos tiempos sin perder un ápice de pasión por lo verdaderamente importante: el lenguaje cinematográfico y su efecto en el espectador. A fin de cuentas, concluye, “el cine es un pantano, qué le vamos a hacer”.

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La NASA captura un enorme bloque de hielo despegándose de la Antártida

Redacción TO

Foto: NASA

Una parcela del tamaño de Sicilia comenzó el año amenazando con separarse definitivamente de la Antártida, y esa amenaza terminó por cumplirse en el pasado mes de julio. Hasta ahora, las únicas imágenes que nos habían llegado del iceberg A-68 nos llegaron vía satélite. Esto se debe a la oscuridad que reina en esta época del año. Sin embargo, con el retorno del sol a la llegada del verano, se han sucedido los vuelos por encima del continente y se ha podido ver por primera vez el iceberg gigante.

La NASA se ha encargado de difundir algunas de estas imágenes, que muestran una realidad temible. “Este es un gran cambio: los mapas tendrán que volver a dibujarse“, comentó el investigador Adrian Luckman, de la Universidad de Swansea, al diario The New York Times.

En la página web de la agencia espacial, la experta científica Katheryn Hansen escribió el pasado 12 de noviembre: “Sabía que vería un iceberg del tamaño de Delaware, pero no estaba preparada para el impacto de verlo desde el aire. La mayor parte de los icebergs que he visto parecen relativamente pequeños y compactos. Este no es el caso. Este (A-68) es tan vasto que parece que siga formando parte del continente”.

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Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero

Lidia Ramírez

Foto: Foto cedida por Alejandro 'El Sirio'

Esta es la historia de un sueño que surgió a 5.000 kilómetros de España hace ya casi dos décadas. Es la historia de Hazem Al-Masri, conocido como Alejandro ‘El Sirio’, un alepino que, casualmente, vio una corrida de toros siendo niño mediante el canal internacional de TVE y que a partir de entonces tuvo claro a qué quería dedicarse el resto de su vida. “En ese instante cambió todo para mí. Ver aquella corrida en televisión me pareció algo mágico. En ese momento me dije que tenía que viajar a España para ser torero”, cuenta Alejandro a The Objective. Tenía 14 años.

Sin embargo, no fue hasta los 18 cuando ‘El Sirio’, que en esos momentos estudiaba un grado de Turismo en Alepo, decidió dejarlo todo y, con un petate lleno de ilusiones, puso rumbo a España para cumplir su sueño. Era el año 2000. La ciudad que lo recibió fue Valencia, donde unos compatriotas lo ayudaron a alojarse y a buscar trabajo.

–¿Recuerdas lo que hiciste nada más llegar a España?

–Claro que sí. Ir a la plaza de toros. Quería comprar una entrada para ver una corrida. Sin embargo, cuál fue mi sorpresa que me dijeron que hasta la feria de marzo no había festejos. Era octubre. No entendía como estando en España no podía asistir a una corrida hasta dentro de cinco meses –cuenta el banderillero a The Objective en un perfecto español.

Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero
Hazem Al-Masri junto a su madre, en Alepo. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Comenzó trabajando en un taller de alarmas para vehículos, allí gracias a sus compañeros –y al flamenco– fue aprendiendo el idioma. “Escuchaba flamenco todo el rato”, recuerda. Fue en ese taller de alarmas donde también lo ‘bautizaron’ de nuevo. A partir de ese momento, pasaría a llamarse Alejandro. Lo de ‘El Sirio’, vendría años más tarde. Concretamente cuatro años después de su llegada a Valencia. “Ya sabía hablar español y un compañero me dijo que en Valencia había una escuela taurina. Ese mismo día pedí permiso en el trabajo y fui a la escuela en busca de mi sueño, aprender a ser torero, que era por lo que yo había venido a España”.

Sin embargo, lo que no esperaba es que con 22 años era ya demasiado tarde para ser matador de toros. “No entendía como con esa edad alguien podía ser mayor para comenzar a aprender algo”. Pero ‘El Sirio’ no desistió y, si bien había sido capaz de dejar, siendo todavía un niño, su tierra, su familia y sus raíces, nada ni nadie le impediría cumplir su sueño. Así que tanto insistió que finalmente permitieron que acudiera por las tardes a la plaza de toros de Valencia donde entrenaban los toreros de la tierra. “Yo decía: cuando ponga el pie dentro de la plaza de allí no me saca nadie”. Y así fue, a pesar del disgusto que esto supuso para su madre, quien desde 2005 reside también en España, y la cual no entendía como su único hijo quería ser torero.

Allí aprendió, además de a saber diferenciar entre una muleta y un capote o el significado de los diferentes pañuelos de la presidencia, que no podía ser espada. “Mi maestro, Víctor Manuel Blázquez me dijo que lo mejor era intentarlo como banderillero, así que, como no veía otra salida, eso hice”.

De su debut vestido de luces, en septiembre de 2007, recuerda que fue una novillada de la escuela taurina. También recuerda que fue el día más feliz de su vida. “Estaba muy nervioso, pero pensé: por fin lo he logrado”.

Desde 2011, Alejandro, quien en todos estos años ha tenido que trabajar como fontanero, electricista, cogiendo naranjas, instalando aires acondicionados…, acompaña al diestro Román, formando parte de su cuadrilla desde hace dos temporadas.

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Alejandro ‘El Sirio’, al fondo, vestido de luces junto a la cuadrilla de Román. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Ahora, es feliz en España vestido de torero de plata. Pero no olvida sus raíces. No olvida que ese joven que llegó hace casi dos décadas y al cual ‘rebautizaron’ como Alejandro ‘El Sirio’, es en realidad Hazem Al-Masri, de Alepo. Una ciudad hoy completamente devastada por los continuos bombardeos debido a una guerra que comenzó en 2011 y que ha destrozado al país. “Yo dejé un país alegre, con gente feliz, donde había trabajo para todos… Es una atrocidad lo que están haciendo con él por intereses económicos y políticos”, apunta el banderillero con voz entrecortada al otro lado del teléfono.

Hoy Hazem, Alejandro o ‘El Sirio’, agradece al destino que un día, haciendo zapping, se cruzara con aquella corrida de toros en televisión que le hizo que sus sueños y su suerte tomaran otro rumbo.

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Una campaña de PETA compara cenar bebés con comer pavo

Redacción TO

Foto: Gabriel García Marengo
Unplash

Desde 1961 los estadounidenses vienen celebrando su tan popular Día de Acción de Gracias o Thanksgiving Day. En este día, que tiene lugar cada cuarto jueves de noviembre (este año se celebrará el próximo jueves 23), las familias se reúnen en una celebración muy similar a la cena de Navidad. La tradición culinaria de esta comida, que se celebra como agradecimiento a la buena cosecha del año, obliga a emplear los ingredientes originarios de los indios nativos. El alimento protagonista es el pavo asado al horno acompañado por regla general con alguna salsa de arándanos (generalmente dulce y que contrasta con los sabores salados de la carne) y algún plato de verduras.

Con motivo de esta festividad, cada año se sacrifican millones de pavos en Estados Unidos. Desde la organización Personas por el Trato Ético de los Animales (PETA) denuncian que la industria avícola se jacta de que cada año mata de 44 a 47 millones de estas aves. Por ello, es que han lanzado una campaña en contra de sacrificar a estos animales que ha levantado una gran polémica al comparar comerse a una de estas aves con un bebé. “Los pavos pueden vivir hasta 10 años, sin embargo aquellos que son criados para comer generalmente son asesinados cuando tienen entre 12 y 26 semanas de edad. Todos los animales merecen ser tratados con compasión. Todos somos iguales”, apuntan es su página web.

En el vídeo de campaña titulado ‘¿Te estás comiendo un bebé?’, se puede ver a una familia sentada alrededor de una mesa en el Día de Acción de Gracias. Cuando se disponen a comer el plato estrella, descubren que en la olla no hay el tan esperado manjar, sino un bebé horneado y cubierto de condimentos. Tras un primer momento en el que se puede ver a los comensales sorprendidos, rápidamente pasan a ingerir al bebé.

El vídeo ha levantado una gran polémica en redes sociales y son muchos los usuarios los que han advertido a PETA que no están salvando la causa ya que un pavo de seis meses “nunca será equivalente a un bebé humano”.

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Manuel Martín Cuenca: “Un artista es un lúcido y un demente”

Daniel Fermín

Foto: Julio Vergner

Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) encontró en un viaje a República Dominicana una antigua edición de la primera novela de Javier Cercas y vio en ella el germen de una película. Tardó dos años en escribir el guión y siete semanas en rodarla. Se llama El autor y es una sátira del proceso creativo. Ganó el premio de la crítica en el Festival de Toronto, pasó por San Sebastián y Sevilla y llega a las salas españolas el 17 de noviembre. En ella se narra la historia de Álvaro, un aspirante a escritor que manipula la realidad para hacer literatura. Liga con la conserje, espía desde el baño a sus vecinos, se cuela en sus apartamentos. Escucha, graba y escribe. Protagonizada por Javier Gutiérrez, mezcla el thriller y la comedia para generar una reflexión sobre el afán de trascender de los artistas.

“Un artista es un lúcido y un demente”, dice, antes de presentar su película en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, el autor andaluz. “Todo creador tiene sus pulsiones. Los límites, el determinar hasta dónde es capaz de llegar, los pone cada uno. Yo, obviamente, no hago las cosas que hace el personaje, pero también tengo algo de él”.

De Manuel Martín Cuenca se sabe que: se licenció en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid, trabajó con Mariano Barroso e Icíar Bollaín, dio clases en la Escuela de San Antonio de los Baños en Cuba, hizo cortometrajes y videos comerciales, tiene cinco largos de ficción y tres documentales, ha obtenido cuatro nominaciones a los Premios Goya y ha sido reconocido en certámenes internacionales. Se sabe eso y que nació en Almería y no El Ejido, como suele aparecer en Internet. Eso y que antes de ser cineasta quiso ser arquitecto, escritor y filólogo.

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Javier Gutiérrez, Antonio de la Torre y María León protagonizan el filme (Julio Vergne)

“Recuerdo que tenía una agenda en la que anoté, a los siete u ocho años, que me gustaría ser arquitecto. Luego quise escribir hasta que me di cuenta de que quería hacer cine”.
Hijo de un agricultor y una ama de casa, “ambos hijos de la posguerra, sin estudios, no muy cultos pero sí muy sabios”, afirma, se desplazó con sus padres a los cinco años a la población de El Ejido. De esa época evoca la pobreza de la Almería de los 70 y los vasos de leche que le daban en el colegio para combatir la desnutrición.

“Sólo tengo dos recuerdos de cine: uno, de ver la historia de un barco que se daba la vuelta, que se llamaba Poseidón; y otro, de una película que me encantó en ese momento y que mucho más tarde descubrí que era La mujer pirata, de Jacques Tourneur”.

Tras mudarse a Granada, a los 11 años, comenzó a ir al cine solo. Veía lo que un chico de entonces solía ver: Indiana Jones y La guerra de las galaxias. Se hizo asiduo a las salas de arte y ensayo y vio filmes de Bernardo Bertolucci, de Pier Paolo Pasolini y de Pedro Almodóvar y se matriculó en Filología en la Universidad de Granada.

“Un día, en un cineclub al que solía ir, vino un cineasta a dar una charla y me di cuenta de que era una persona normal, de carne y hueso, real, que había hecho una película y que estaba ahí, al frente, y supe que yo también quería hacer eso”.

¿Y por qué no estudió cine?

Porque en esa época no había escuelas oficiales de cine y las pocas privadas que existían no podía permitírmelas. No tenía dinero y mi padre se había enfadado conmigo porque dejé mi carrera al tercer año para irme a Madrid y empezar de nuevo.

Manuel Martín Cuenca hizo en Madrid sus primeros cortometrajes y comenzó a trabajar como asistente de dirección, primer ayudante, script o director de casting en filmes de Felipe Vega, Mariano Barroso, José Luis Boreu, Alain Tanner o Icíar Bollaín. Fue en esos puestos que aprendió el oficio del cine, en los que se preparó para dar el salto a la dirección. Cansado de hacer de auxiliar, decidió que ya era hora de rodar sus propias películas. Dijo que no a toda llamada que recibía con alguna oferta de trabajo. Así estuvo dos años hasta que nadie más lo llamó y comenzó a hacer vídeos industriales.

En ese período también escribió una novela: El ángel de la prisa (1995), la historia de una chica que tiene la fantasía de conocer el mundo marinero y hace un viaje por la costa de Granada para darse cuenta de que la realidad del mar no era como la imaginaba.

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“El autor” se estrena el 17 de noviembre en las salas españolas.

¿Y la leyó alguien?

La leyeron mi madre, mis hermanos y mis amigos. Se editaron 500 ejemplares y se venderían como 50 o 100. El resto todavía debe estar por ahí.

¿Dio por finalizada su etapa de escritor?

Tengo mi gusanillo. Lo que pasa es que le tengo mucho respeto a la literatura por el esfuerzo que me costó escribir esa novela. Ya luego empecé a dirigir y lo dejé.

Lo primero que dirigió Martín Cuenca fue un documental en Cuba. Mariano Barroso le propuso irse como coordinador de dirección de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Estuvo allá un año, entre idas y vueltas. Daba clases y regresaba a España a hacer vídeos. En la isla, se le ocurrió la idea de hacer una película de no ficción que narrara la historia del país caribeño a través de su deporte nacional, el béisbol. Se llamó El juego de Cuba y ganó el premio al Mejor Documental en el Festival de Málaga 2001.

¿Y le gustaba el béisbol?

No tenía ni idea, pero ahora sí me encanta.

Su siguiente película fue La flaqueza del Bolchevique (2003), una suerte de Lolita española, adaptación de la novela de Lorenzo Silva, protagonizada por Luis Tosar y una jovencísima María Valverde que obtuvo un Goya a la Mejor Actriz Revelación. Luego vendrían Malas temporadas (2005), un melodrama de historias cruzadas con Javier Cámara; La mitad de Óscar (2010), un filme sobre un guardia de seguridad que tiene dos años sin saber nada de su hermana; y Caníbal (2013), un thriller protagonizado por Antonio de la Torre que obtuvo ocho nominaciones a los Goya. En el medio, hizo documentales a varias manos y en solitario. Su filmografía ha recibido el visto bueno de la crítica y de los festivales.

“Eso me motiva a nivel personal y, sobre todo, me permite sobrevivir en la industria. Que La flaqueza del Bolchevique haya ido a San Sebastián me mantuvo vivo. Si eso no ocurre, si no hubiese ido a ningún festival, quizás no habría hecho ninguna otra película”.

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Manuel Martín Cuenca ha dirigido cinco largometrajes de ficción (Julio Vergne)

Manuel Martín Cuenca escribió en el diario de rodaje de El autor que el fracaso es su mejor escuela. Él ha tenido sus desilusiones: tras terminar su primer cortometraje, El día blanco (1990), decidió exhibirlo en sala junto con otros tres cortos. El suyo, seis minutos de primeros planos y planos generales sin diálogos, era el único que no era comedia.

“Yo pensaba que había hecho la enésima potencia de la poesía, que iba a cambiar la historia del cine. Había 600 personas. Se proyectó de primero y fue una cosa gélida. Sentí la energía ‘de qué mierda es esto’ y estuve nueve años sin dirigir”.

¿Y qué le hizo volver?

La obsesión. Al corto tampoco le fue bien en festivales. Eso me hizo más fuerte. Me enseñó que, hagas lo que hagas, nunca va a ser tan bueno como sueñas y que te tienes que saber enfrentar al fracaso, a la posibilidad de que no gustes.

¿Sueña con Hollywood?

A mí me encantaría dirigir en inglés, no en Hollywood. Si vuelvo al chaval de 20 años que era, nunca pensé que hubiera podido hacer cinco películas y tres documentales. A todos nos interesa llegar al mayor público posible, pero tampoco voy a renunciar a mi cine para ser más comercial. Voy día a día. Todo esto es un camino para darte cuenta si vales o no para hacer algo. Si me lo ofrecen, lo intento. Igual fracaso o igual no.

¿Ha dejado algún guión a medias por un bloqueo creativo?

Nunca. Una vez que empiezo a escribir siempre llego hasta al final.

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