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Lea Vélez: "Escribo para mi genealogía"

Anna Maria Iglesia

Foto: Asís Ayerbe

Después de El jardín de la memoria, la escritora y guionista publica Nuestra casa en el árbol (Destino), una novela, en gran parte, autobiográfica en torno a una madre y sus tres hijos, dos niños y una niña de altas capacidades intelectuales en una pequeña localidad inglesa, donde los cuatro se trasladan fallecer el padre. Vélez hace de la novela un canto a la infancia como un momento crucial de la vida de todo ser humano; un momento, nos dice Vélez, donde todo es posible, donde la felicidad debería ser plena y donde el aprendizaje es siempre diversión y descubrimiento, un juego motivador. Lea Vélez muestra la realidad de los niños con altas capacidades intelectuales, muestra su genialidad y, a la vez, la incomprensión a la que se enfrentan cada día. Crítica con el sistema educativo, Vélez defiende una educación basada en la motivación, en lo lúdico y en la libertad de expresarse a través de las propias pasiones.

¿Cuánto le debe Nuestra casa en el árbol a tu novela anterior, El jardín de la memoria, donde abordabas también temas autobiográficos?

Creo que siempre hay un plan, a veces puedes inconsciente y a veces consciente, a veces, incluso invisible al propio autor, pero creo que siempre hay un plan que unifica las obras. Además, en mi caso, busco que haya una coherencia entre todo lo que escribo trato de que todo tenga una conexión, aunque, al mismo tiempo, quiero que toda novela pueda funcionar en desconexión, es decir, autónomamente. En este caso concreto, quería que todo aquel que no haya leído El jardín de la memoria, pudiera leer y entender como un ente independiente Nuestra casa en el árbol. Al mismo tiempo, para aquel que sí ha leído El jardín de la memoria, me gustaba la idea de que esta novela fuera un guiño, porque los dos libros forman parte de algo que superior que las une. Me gusta la imagen de las matrioshkas y que cada novela sea una parte de algo que las engloba a todas.

En efecto, el narrado de la novela define la novela como una cartografía de ese yo llamado Lea Vélez.

Yo tengo la teoría de que haciendo la cartografía de Lea Vélez, a lo mejor, no sirvo al mundo, pero sí puedo servir a mi familia y a mi entorno. Pienso en lo que decía García Márquez: escribo para mis amigos. Yo escribo para mi genealogía, para mis hijos, para mis padres y para los que vendrán. Una cartografía que no fuese la mía me resultaría muy complicada, inabarcable, aunque estoy convencida de que, en cierta manera, la cartografía de uno mismo es la de todos: si narras los hechos más potentes de una vida estás narrando la vida de millones de personas. Al fin y al cabo, no somos tan distintos los unos de los otros.

Es verdad, pero al mismo tiempo en tu novela nos presentas a tus hijos, escondidos tras unos personajes de ficción, que destacan por su capacidad intelectual por encima de la media.

Sí, esto es cierto. La casualidad o la genética, que es otra forma de casualidad, han querido yo me haya encontrado con unos personajes de ficción en mi propia vida, unos personajes fabulosos. Como madre, esto no hay que decirlo, pero sí como autora, pues a poca percepción que tengas, te das cuenta de que tienes oro puro en las conversaciones con los niños y en sus enseñanzas. Los niños, no solo los míos, sino tantos otros como ellos, reflexionan sobre la vida, sobre cómo somos y nos comportamos, reflejan la realidad a través de sus palabras y nos la hacen ver. Son como una radiofrecuencia de lo que está en la televisión, en el ambiente… Al ser mis hijos de esta manera, me permitieron crear unos personajes muy parecidos a ellos, aunque con alguna diferencia. Por todo esto, quería llevar a la novela esa voz –la de mis hijos- que, como autora, me resultaba tan novedosa y, a la vez, tan universal, porque todos hemos sido niños y hemos vivido la infancia.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía"
Foto familiar cortesía de Lea Vélez.

¿La novela hubiera sido posible sin estos niños tan geniales?

Creo que no, aunque. seguramente, otros niños menos geniales me habrían dado también una mirada interesante, porque, como suele decirse, todos los niños son geniales. Y sí se dice esto, es por alguna razón, es porque los niños tienen una mirada distinta. De hecho, todos los padres, cuando escuchan a sus hijos, reciben una enseñanza y una visión del mundo y de la vida completamente distinta a la que ellos, como adultos, pueden tener. En este sentido, creo que cualquier otro niño me hubiera podido dar una visión novedosa y profunda de la vida.

¿Hay una voluntad dar visibilidad a los niños de altas capacidades que, como apuntas en la novela, suelen pasar inadvertidos solo al sistema educativo, sino también a su entorno?

Sí, claro, ten en cuenta de que se trata de niños invisibles. No son famosos por lo que dicen, porque no hablan por televisión, porque no escriben en la prensa ni escriben novelas, y, por tanto, su pensamiento se queda en casa. Al mismo tiempo, en el colegio, todos los niños, no solo los de altas capacidades, terminan por comportarse igual porque están en un contexto muy definido y si están dado una asignatura en concreto, no hay espacio para otras divagaciones. Por ello, estos niños y todos los demás son invisibles, solo que en el caso de los niños con altas capacidades la invisibilidad es más frecuente. Son niños que tienen una grandísima capacidad de reflexión y voracidad por saber, necesitan que se les responda a todas esas preguntas sobre las cuales ellos reflexionan; sin embargo, si no encuentran el espacio donde se les da aquello que necesitan saber y donde pueden reflexionar sobre los temas que les preocupa, están condenados a la invisibilidad y no encajas en el sistema. Por todas estas razones, con Nuestra casa en el árbol quise darles la voz que no suelen tener.

La protagonista decide regresar a Inglaterra para educar a sus hijos y tú misma has optado por una escuela inglesa para ellos ¿Qué hay de admirable en el sistema educativo inglés que no haya en el español?

La sociedad inglesa tiene algo que la sociedad española no tiene y si no lo tuviera no se fugarían tantos cerebros a Estados Unidos y a Inglaterra. Cuando empecé a conocer cómo es el sistema educativo británico, admitiendo que hay cosas que son un poco repetitivas, me di cuenta de que la memoria se utiliza muy poco, casi nada; se usa la reflexión y la creatividad, se busca no solo que los niños reescriban tantas veces una palabra, ni que solo escriban frases casi iguales, intentan que escriban textos, que creen. En todas las actividades hay un algo más a lo que se hace aquí. Por esto, probé el sistema británico para mis hijos, también porque son mitad ingleses y se encuentran muy cómodos en el mundo anglosajón; de hecho, durante mucho tiempo me pregunté qué era mejor, educarles aquí o en Inglaterra.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía" 1
Hamble, UK. | Foto cortesía de Lea Vélez.

Eres muy crítica con el sistema educativo, que no se preocupa por las exigencias de los niños en su individualidad, sino tiende a la homogeneización, resultando poco productiva.

Todos los niños, aquellos con altas capacidades más, están mental e intelectualmente muy por encima del nivel del aula, del nivel del temario, de lo que se enseña y de cómo se enseña, con lo cual están todos adormecidos, aburridos, conscientes de que les están dando alpiste, mientras en casa posiblemente tengan solomillo. Yo no quiero criticar a los profesores en general, evidentemente hay algunos terribles y otros que son maravillosos; el problema es que no tienen las herramientas para detectar y entender a los niños con altas capacidades, para darse cuenta de que porque un niño con altas capacidades sea malo en lengua no significa que sea más torpe de los demás o que no se esté enterando. El problema no es este: el problema es que el niño va mal en lengua porque no le interesa, porque sus intereses son otros. Lo que hay que hacer es buscar maneras de entender a estos niños y esta es la lucha que lleva a cabo la protagonista de la novela, una lucha que, evidentemente, es muy autobiográfica.

Como se dice en tu novela: “¿Quién es más inteligente, un niño que saca ceros en lengua y dieces en física o una niña que saca dieces en lengua y ceros en física? Quizá la niña es Virginia Woolf y el niño es Isaac Newton”.

Yo todavía estoy aprendiendo todo lo que rodea las altas capacidades en los niños y estoy aprendiendo, sobre todo, a ver los talentos específicos como un aspecto más de las altas capacidades. Por lo general, si un niño tiene por la literatura y por las palabras, sentirá, por ejemplo, un completo desinterés por todo lo relacionado con los números. Esto no significa que sea peor o mejor, el problema es que, a pesar de su interés, durante años deberá enfrentarse a unas asignaturas que no le interesan y que, además, se dan de manera que no le interesen. Al final, el niño destacará ya de mayor cuando pueda concentrarse verdaderamente en lo que le interesa y le gusta. Esto nos pasa a todos. Lo que sucede en el caso de los niños con grandes capacidades es que tienen altas motivaciones por eso que les gusta, tan altas que a veces llegan a ser obsesiva y todo lo demás lo odian. Tienen una forma casi instintiva de rechazo, es como si su cuerpo ya supiera a qué se van a dedicar, cuál es su objetivo.

Sin embargo, también podría decirse que este orden e, incluso, esta imposición de tareas o asignaturas que no gustan es una forma de aprendizaje para la vida adulta.

Por supuesto, el problema es que este aprendizaje no está bien enfocado. Si a mí de pequeña no me gustaban las matemáticas no es porque no fueran bellísimas, sino porque las matemáticas que me trataban de enseñar en el colegio era: 3×4, 4×4, 5×6…. Algo completamente repetitivo y así durante todos los años escolásticos. No era de extrañar que, llegada a segundo de BUP, las matemáticas para mí eran sinónimo de lo peor. El otro día, me contaba un amigo que da talleres de matemáticas que en sus talleres usan para la enseñanza un método completamente distinto, donde se hacen esquemas en 3D, donde los números se visualizan en todas las dimensiones a través de construcciones que los niños hacen… En definitiva, un método fabuloso que nada tiene que ver con coger la tabla de multiplicar y memorizarla. Y con esto no digo que no haya cosas que se deban memorizar, pero el método basado la memorización es terrible. Como niña sufres el sistema educativo y lo vuelves a sufrir como madre y te das cuenta de que no hemos avanzado nada. Evidentemente que hay estudiar matemáticas y lengua, aunque no te gusten, pero hay que aprender y estudiarlas de una manera que incorporen tu motivación.  Si desmotivas, no estás enseñando nada.

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“Me he planteado la educación, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo.” | Foto: Asís Ayerbe.

Ha habido muchas teorías en torno a la idea del niño feliz, del niño crecido en libertad, pero también hay quien dice que el niño no debe crecer en un mundo ideal, sino que debe aprender que no siempre hará lo que le gusta, a que padecerá frustraciones y tendrá obligaciones.

Yo no estoy de acuerdo con esta idea de aprender a asumir frustraciones y obligaciones. La idea de que hay que aprender a apechugar con las frustraciones es una idea judeo-cristiana. Creo que no podemos borrar las frustraciones de nadie, ni las de los niños ni las de los adultos, pero tampoco creo que decir que hacer felices a los niños sea un acto de auto indulgencia y una forma de malcriarlos. Esto es lo que piensa la mayor parte de la sociedad, pero en cambio yo estoy convencida de que se puede educar en libertad y no malcriarlos, al contrario. Eso sí, educar en libertad no significa permitir al niño que haga lo que quiera. Evidentemente el niño necesita una guía, necesita la ayuda de los adultos para buscar sus motivaciones y la manera de estructurar sus motivaciones, pero existe la manera de que los niños sean felices en las escuelas y una de las maneras de conseguirlo es hacerlos trabajar desde la motivación.

En este sentido y a pesar de las críticas, sigues creyendo en la escuela.

Efectivamente y, de hecho, en mi novela la madre no los saca del colegio, pero sí pelea para compensar todo aquello que hace infelices a los niños con una serie de actividades lúdicas. Todo esto, evidentemente, solo se entiende si hablamos de niños pequeños, no de adolescentes. Hay que tener en cuenta que los niños pequeños no entienden el concepto de responsabilidad, no lo computan y no sirve de nada decirles que tienen que hacer algo por su bien o por su futuro, a ellos el futuro les queda muy lejos. Hay que hacer felices a los niños en las edades tempranas, pero los adultos, porque nos hemos olvidado de la infancia o porque no se enseña en las facultades de magisterio, tratamos de inculcarles la nuestra disciplina, la disciplina de un oficinista. Y esto con los niños no funciona. Evidentemente, con los años deberán ir incorporando una cierta disciplina y los adolescentes de bachillerato son otro mundo.

¿Alguna vez te has planteado la educación?

Es una cosa compleja. Yo me lo planteé, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo. Me parecía un mundo demasiado complicado, aunque, al final, no lo es tanto y, de hecho, mucha más gente de la que creemos educa sus hijos en casa. Preferí optar por el sistema inglés, porque quiero que mis hijos se socialicen en el colegio, quiero que se acostumbren a la sociedad y, como decías antes tú, a un cierto grado de frustración. ¿Sí el colegio durase cuatro horas y no ocho sería mejor? Para mí, sin duda, porque con tantas horas se ha diluido mucho la enseñanza esencial y no me refiero a leer a escribir, sino a aquello que les va a servir siempre, más allá de las asignaturas. Este aprendizaje está diluido y los niños no entienden exactamente por qué están en el colegio y qué aprenden allí; el colegio, al final, es un conjunto de estratos muy débiles de pintura que se resquiebran durante el verano.

Sin embargo, para reducir las horas escolares hay que reorganizar el horario laboral de los padres.

Sin duda. Hay una cosa clara: en el momento en que se cambia algo de una manera radical, toda la sociedad se tiene que reestructurar. Si estamos de acuerdo de que los niños están siendo torturados ocho horas cada día fuera de sus casas -evidentemente nadie lo dirá-, entonces hay que cambiar el horario.  Cuando se está cometiendo un crimen hay que pararlo, aunque la sociedad se esté beneficiando de ello. Además, incluso con el horario que tenemos, sin ninguna reducción, son muchos los padres que se sacrifican para poder estar con ellos. ¿Cuántas madres reducen su jornada de trabajo para poder estar con ellos? Los niños salen a las 17:30, cuando todavía los padres trabajan, pues en muchos casos no salen hasta las 20:00. Hay que dejarse de las estupideces: el horario del niño debe coincidir con el horario del padre. Y así mejoramos también la vida de las personas, porque lo que tenemos en España son horarios inmundos que no tiene nadie en Europa. En España somos así de estupendos.

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Portada de Nuestra casa en el árbol | Editorial Destino.

En la novela planteas el juego como una forma de aprendizaje

Por supuesto. Los adultos jugamos todo el rato. El arte, la literatura, el trabajo remunerado pero hecho con gusto es una forma de juego. Yo veo el juego como una forma de perpetuar la especie, de adquirir los roles de los adultos, de aprender todo tipo de cosas…el apasionarse por una serie o una película y reinterpretar a los personajes es una manera de desarrollar una creatividad literaria, es una forma de crear historias.

Los dos niños protagonistas son tus dos hijos, Richard y Michael, pero decides incorporar una tercera voz, la de una niña, ¿por qué?

Primero, porque quería incorporar la voz de una niña que también es muy inteligente y tiene los mismos deseos que cualquier niño y de cualquier hombre. Hay que tener en cuenta que las niñas de altas capacidades son, incluso, más invisibles que los niños, porque las rodea el machismo inconsciente que llevamos todos dentro y por el cual todavía hoy cuesta pensar a las mujeres teniendo espíritu científico e imaginarlas como científicas a la par que a los hombres. El segundo motivo es que quería incorporar aquello que decía mi hijo Richard cuando era muy pequeño y no lo podía hacer si no era a través de un tercer personaje de esa edad. Y, por último, porque yo recuerdo muy bien mi infancia e incorporar esa voz era una manera de añadir mi visión del mundo desde los recuerdos de mi infancia.

La voz de la niña y la voz de la madre comparte una reivindicación de la capacidad de la mujer, una capacidad que se plasma en la casa en el árbol que la madre construye para sus hijos.

Todavía hoy la mujer es muy insegura. A lo mejor vuestra generación, que es más joven, tenéis más seguridad en vosotras mismas, puesto que el caldo de cultivo social en el que os habéis educado era más igualitario, habéis crecido viendo a más mujeres en roles de poder o en el campo científico y, por tanto, tenéis un mayor sentimiento de “yo puedo y soy igual que un hombre”. Sin embargo, mi generación estaba bastante atrás en todas estas cosas. Si bien yo he sido educada para no depender de un hombre y nunca he dependido de ninguno, irremediablemente al perder a mi marido, me di cuenta de la cantidad de cosas “de hombre” que él hacía y que le había cedido porque yo hacía cosas más “de mujer”. Con esto no digo que yo limpiaba la casa y él se ocupaba solo de los arreglos domésticos, pero sí que había una separación de faenas que respondía en parte a la visión clásica de los roles. Cuando me quedé sin él, me di cuenta de que tenía que hacer una serie de cosas sola y descubrí que el adquirir ese otro rol y el realizar todas aquellas otras actividades me da una sensación de libertad absoluta. Me di cuenta, entonces, de que dependía mucho de él, más de lo que sospechaba.

¿Entre esos roles que te toca asumir está el de padre?

Sí, también. Consciente o inconscientemente quieres compensar a los hijos por la pérdida de la figura paterna.  No les llevo al fútbol, pero sí les aproximo a lo que yo considero que son retos personales y que yo puedo asumir; por ejemplo, construir la casa en el árbol.

La casa en el árbol representa un mundo bucólico, ¿un desiderátum, una arcadia que en verdad no existe?

Un ideal, sí, un mundo inexistente. La literatura, para mí, funciona en dos niveles que se complementan: el primer nivel es aquel del relato de los hechos que te han sucedido y que quieres plasmar en las novelas como forma de memoria y el segundo nivel es el de la literatura como ex voto, como deseo lanzado o mapa imaginario de un lugar al que ir. Creo que estos dos niveles funcionan en todo tipo de arte; habrá otros niveles, porque el arte es muy complejo, pero estos dos son los que yo tengo identificados y en ellos enmarco mi narrativa.

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La hija de Stalin es uno de los personajes secundarios más enigmáticos del siglo XX, aterrada por la vida desde que supo, años más tarde, que su madre se disparó en el corazón. Una infancia en el Kremlin de Joseph Stalin lo pervierte todo o, dicho en otros términos, convierte la vida emocional en una disfunción. Lo cuenta la escritora canadiense Rosemary Sullivan en “La hija de Stalin” (Debate), que viene a complementar los dos libros de Simon Sebag Montefiore sobre Stalin y su crónica de los Romanov. El primer amor de Svetlana fue a parar al Gulag, pero solo a la muerte de su padre en 1953 ella supo del horror estalinista. Huyó de Rusia de modo espectacular, regresó y al poco estaba de nuevo en Occidente, con una vida privada de vértigo. De niña quiso a su padre. Inestable y paranoica, sus cenizas fueron a parar al Pacífico.

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Rata_, una editorial joven y valiente, con discurso claro, con ánimo de cerrar huecos y carencias entre los lectores, nos trae La Vegetariana, de Han Kang, autora galardonada con el Booker internacional. Es un libro-alimento que he devorado en una tarde. Es trepidante por cómo está narrada la historia sencilla de un matrimonio, de una familia coreana, de su forma de ver el mundo, envueltos en las normas sociales.  Una mujer, sin previo aviso, se sale de lo común dejando de comer carne y esto causa un efecto dominó de momentos cotidianos y reacciones familiares lleno de sorpresa, drama, emoción. Un libro de prosa precisa y trabajada, hipnótico, con imágenes poderosas, poéticas, que fluye como alimento. Un libro sobre el alimento que es puro alimento del espíritu y te hace disfrutar y pensar sin saber qué estás pensando, que es como deben ser los buenos libros.

Martín Lutero. Vida, mundo, palabra.

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Cada elegante elipse de la Tierra alrededor del Sol trae al menos un par de pretextos para leer sobre algún tema de importancia. Este año 2017 viene pintiparado, por ejemplo, para indagar en la abundante literatura sobre la Revolución rusa. Pero también para saber algo más del agustino recoleto que hace quinientos años cambió la historia para siempre, al clavar sus noventa y cinco tesis en el portón de la iglesia del palacio de Wittemberg. En España, Lutero es una figura mal conocida, vista siempre al trasluz de su enfrentamiento con Carlos V. No hay, sin embargo, acontecimiento más importante para comprender el origen de nuestro presente que la Reforma. Por ello, mi recomendación para el día del libro es Martín Lutero: Vida, mundo, palabra, excelente obra de Thomas Kaufmann, editada en España con su habitual pulcritud por Trotta. Breve y accesible, su lectura me ha atrapado. Kaufmann condensa la almendra de las querellas teológicas de Lutero con sus contemporáneos, al tiempo que ofrece las pinceladas históricas que permiten entender que el profesor de Biblia de Wittemberg triunfara como reformador donde otros habían fracasado como herejes: la crisis de reputación de la iglesia existente, el desapego del Imperio respecto del Papado, y de los propios príncipes alemanes respecto del emperador, y la velocisima circulación de textos gracias a la imprenta, que hace de Lutero, dice Kaufmann, «la primera estrella mediática de la historia».

Pero nada hubiera sido igual sin la seductora y compleja personalidad de Martín Lutero: monje y burgués, hereje y profeta, teólogo de la gracia negador de las capacidades humanas en su trato con Dios y, sin embargo, predicador de una voluntad sobrehumana. Escritor de genio, en fin, que disputaba en latín y unificó la lengua alemana, al movilizarla para su empresa evangelizadora. Por lo demás, el que fue hombre de su siglo no tenía la menor idea de estar inaugurando una nueva época histórica. Como otros, pensaba que el fin del mundo estaba cerca y que pronto Dios confirmaría que había enseñado bien. Hay algo conmovedor en esta total certeza de la fe que hoy resulta difícil de entender. Aunque si es cierto, como dejó escrito el propio Lutero, que tener una religión es «tener algo en lo que el corazón confía por completo», puede que aún estemos a tiempo de salvarnos.

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Si no fuera mujer

Lea Vélez

Foto: Clodagh Kilcoyne
Reuters/File

Si no fuera mujer me habría perdido llevar minifalda y que un montón de chicos guapos me invitaran a sus fiestas. Me habría perdido escuchar piropos que me han hecho mucha gracia y piropos (fallidos) que me han dado mucho asco. Me habría perdido ser sexy y tener muchos novios que me adoraban y otros varios que me quisieron regularcillo (los menos) y que me hicieron llorar en brazos de mi madre. Si no hubiera sido mujer me habría perdido fumar como Lauren Bacall y nunca se me habría ocurrido bailar con unos guantes negros de raso hasta el codo, cantando y sacudiendo la melena a lo Rita Haywarth. Es posible que sin estos modelos de mujer fatal, no hubiera sido cinéfila empedernida y no hubiese abrazado la escritura para el cine y la televisión.

Si no fuera mujer, me habría perdido que algunos hombres me quisieran proteger a toda costa y que esto me gustara mucho, porque algunos de los ratos más felices de mi vida los he pasado en los brazos protectores de algún  hombre. No soy menos independiente por querer que me abracen los hombres. Esto es algo que me encanta y una mujer nunca tiene bastantes abrazos. También me habría perdido que otros hombres -los menos- tratasen de ser paternalistas y que me llevaran los demonios cuando me explicaran las cosas como si en vez de ser mujer, tuviera seis años. Quizá, me habría quedado sin piano, de no ser mujer, porque creo que quise tocar el piano porque en las películas que más me gustaban salían pianos:  sobre todo Casablanca, pero también las adaptaciones de Jane Austen, esas de época en las que aparecen señoritas elegantes tocando para los caballeros. O igual, la culpa de lo del piano es de ese personaje interpretado por Louis Jourdan, del que me enamoré como Joan Fontaine en Carta de una desconocida. También me habría perdido vestirme de princesa y de Capitana del Yucatáno hija del gobernador de Maracaibo y me habría perdido, eso seguro, que mi madre me comprase mi primer sujetador y saber cosas como que una mujer no se olvida jamás de su primer picnic y de su primer sujetador. También me habría perdido saber lo que se siente al heredar los bañadores de competición de tu hermano y que las otras niñas del equipo se rían de ti porque aunque seas muy pequeña y no tengas tetas, eres poco femenina. Si no fuera mujer no habría tardado tanto tiempo en lograr que mi madre me comprase unos vaqueros, ni en conseguir que me cortase mi larga melena -eso fue un error- en busca de parecerme a Audrey Hepburn. Es posible que si yo no fuera mujer, me hubieran comprado la moto. Esto habría sido otro error. Tampoco habría sabido lo que se siente mirando un test de embarazo que da positivo, llevando un niño dentro,  ni lo que es una contracción, que es la cosa más imposible de explicar, porque  si dices que duele uno se imagina un dolor y no duele como el dolor, duele como  el dolor de los extraterrestres. Tampoco sabría lo que se siente al amamantar, ni lo que se siente al ver Carta de una desconocida con tu hijo de ocho años y que en vez de reírse de Louis Jourdan, vaya y le guste porque le has pasado en la leche tu cinefilia.

Ya, se habla mucho del dolor de parir, pero el dolor se olvida a los cinco minutos y el pasmo que queda, la sensación de inmensidad, lo de ser madre, es para siempre. Si yo no fuera mujer no me habrían pasado miles de cosas privativas de mi sexoni habría hecho locuras como aquella de subirme al árbol a construir una casa de madera para mis hijos sin ayuda de ningún hombre. No lo hice por pasión a la carpintería, de verdad que no, ni solo por complacer a los niños. Lo hice para demostrarme a mí misma que a pesar de ser una madre monoparental, puedo hacer por ellos cosas que no hacen ni la mayoría de los hombres. Quise darles ejemplo de buena mujer a mis hijos, de mujer que hace cosas, que piensa cosas, que discute cosas, ejemplo de que las mujeres somos tan válidas y tan ingeniosas como cualquiera de cualquier sexo e insistir en ello. Quiero seguir dándoles ese ejemplo, sin instalarme en la queja, pero sin callarme la boca cuando lo considere necesario sobre abusos sexuales o sobre lo que sea, porque yo no sé cómo se hace un buen hombre feminista, pero sí tengo claro que el machismo, como todo lo malo, se reproduce gracias al mal ejemploPor suerte, soy mujer y creo que ellos han comprendido con mis taladros y mis tacones y mis acciones que la igualdad es una utopía realizable. Una utopía que comienza cada mañana en cada hogar.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra 1
Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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Céline, ¿publicar la abyección?

Anna Maria Iglesia

“Sin duda contradictorios, arrebatados, ‘delirantes’ si se quiere, los panfletos de Céline (Mea Culpa, 1936; Bagatelles pour un massacre, 1937; L’Ecole des cadavres, 1938; Les beaux draps, 1941), a pesar de la estereotipia de los temas, prolongan la belleza salvaje de su estilo. Aislarlos del conjunto de su texto es una protección o una reivindicación de izquierda o de derecha, ideológica en todo caso, pero no un gesto analítico o literario”.

En la misma Francia que hoy pide, consiguiéndolo, que Gallimard no publique los panfletos antisemitas de Céline, la crítica Julia Kristeva sostenía en 1982, en su ensayo Poderes de la perversión (publicado en Argentina en 1988), la importancia literario-analítica de conocer los panfletos del autor de Viaje al fin de la noche: “Los panfletos otorgan el sustrato fantasmático sobre el cual se construye, por otro lado y en otro lado, la obra novelesca. Es así como, muy ‘honestamente’, aquel que firma no sólo sus novelas sino también sus panfletos con el nombre de su abuela, Céline, reencuentra, el nombre de su padre, su estado civil, Louis Destouches, para asumir la paternidad totalmente existencial, biográfica, de los panfletos”. En Bagatelas por una masacre, así como en sus otros textos panfletarios, especialmente en L’Ecole des cadavres, encontramos al Céline intelectual, es decir, no al novelista, no al escritor que hace del abyecto una poética, sino al ciudadano que, a través de la escritura, se sitúa y se compromete políticamente con el nacionalsocialismo.

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Portadas de los viejos panfletos de Céline. | Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Publicadas en 1937, las Bagatelas fueron promocionadas por su editor, el belga Robert Denoël, con las siguientes palabras: “El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Releídas ahora, es difícil encontrar comicidad en aquellas 379 páginas -algunas se pueden encontrar sin mucho problema en internet, tanto en francés como en inglés-, en aquel vómito de improperios que el escritor francés escribió en tan solo dos meses y que, como escribe el crítico argentino Mariano Dupont, puede definirse como un “furor demente antisemita, antimasónico, anticomunista, antitodo. Un viaje febril y espeluznante, intolerablemente cómico, al corazón de sus odios, de sus miedos, de sus fantasmagorías, de sus indigestas alucinaciones”.

“El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Robert Denoël.

Hace algunas semanas, la editorial Gallimard anunció la publicación en un solo volumen de Bagatelles pour un massacre, L’Ecole des cadavres y Les Beaux Draps; los textos irían acompañados por un aparato crítico firmado por Régis Tettamanzi, profesor de literatura francesa de la universidad de Rennes. El anuncio de dicha publicación provocó de inmediato mucho revuelo y varios colectivos vinculados a la lucha contra el racismo, el antisemitismo y contra la homofobia pidieron que se impidiera la publicación del libro, sosteniendo que los textos ahí reunidos hacían apología del racismo y de la homofobia. Razón, sin duda, tenían, sin embargo, asumiendo su carácter ideológicamente deplorable, ¿es adecuando prohibir su publicación? El escándalo suscitado fue tanto que Gallimard ha anunciado que cancela el proyecto de editar los panfletos de Céline a través de un comunicado en el que, sin embargo, se reafirma en su proyecto y en la relevancia histórica de los textos: “Los panfletos de Céline pertenecen a la historia del más infame antisemitismo francés, pero condenarlos a la censura impide esclarecer sus raíces y su impacto ideológico y fomenta una curiosidad malsana ahí donde tendríamos que ejercer nuestra facultad de juicio”, sin embargo, añade la editorial, “entiendo y comparto la emoción de los lectores”, pues es consciente que la edición de estos textos, “choca, hiere o inquieta por evidentes razones humanitarias y éticas”.

Céline nunca renegó de sus escritos y, en efecto, en una entrevista con Albert Zbinden, en 1956, no dudaba en afirmar: “no reniego nada de nada… no cambio para nada de opinión, tengo simplemente una pequeña duda, pero será necesario que me prueben que me equivoqué y no probar yo que tengo razón”. Sin embargo, era consciente de que, tras su condena in absentia, puesto que se había exiliado en Dinamarca, por colaboracionismo y ser amnistiado en 1951, gracias a la defensa pública de varios intelectuales, entre los cuales se encontraba Sartre, sus panfletos no podían volver a publicarse. Como le advirtió su mujer, Lucette Destouches, la primera lectora de los textos, él sería, tarde o temprano, víctima de sus propios escritos.

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Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Durante todos estos años, desde su muerte en 1961, su viuda, hoy centenaria, ha respetado la voluntad de su marido. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Como señala Marc Bassets en El País, la publicación de Los escombros de Lucien Rebatet, ante la cual Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, le hizo pensar que el contexto había cambiado, los años habían transcurrido y, por tanto, podía ser el momento de que las Bagatelas salieran a la luz. Lucette Destouches se equivocaba, Francia no está preparada para los escritos de quien fuera su marido, por mucho que éstos se acompañen de un aparato crítico.

La polémica suscitada recuerda mucho o demasiado a la que rodeó en Alemania la publicación de una edición crítica del Mein Kampf, libro que se agotó a los pocos días. Si bien es cierto que todavía hoy hay más de un detractor, la publicación del escrito de Hitler en una edición crítica supone una indagación en la raíces ideológicas, sociales y económicas del nazismo, supone el redescubrimiento de un documento esencial para estudiar un momento histórico central de la historia europea y un movimiento político, cuyas réplicas son más que notables. Leer el Mein Kampf no es fácil, como dice el comunicado de Gallimard, sus palabras chocan, hieren e inquietan, pero ¿es mejor acaso no conocerlas? ¿Es mejor  ignorar el relato que justificó la mayor barbarie de la humanidad, al menos, en lo referente al siglo XX?

“¿Cuál es el verdadero amigo del pueblo? El fascismo. ¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!” Escribe Céline en L’École des cadavres. ¿Son sus palabras apología del nazismo? Lo fueron, sin duda, y lo pueden seguir siendo si no se analizan críticamente, si no se contextualizan, si no sirven para relatar la historia intelectual de la Francia nazi, donde encontramos nombres como Pierre Drieu de la Rochelle o Charles Maurrás. Como hizo Kristeva en su ensayo 1982, los panfletos de Céline son útiles para elaborar un completo perfil crítico del escritor y, por entonces, intelectual francés, pero habría que añadir que también son útiles para conocer el germen del totalitarismo nacionalsocialista en Francia. “La República masónica desvergonzada, llamada francesa, completamente a merced de las sociedades secretas y de los bancos (Rotschild, Lazarre, Barush, etc.) entra en agonía. Gangrenadas a más no poder, se descompone por escándalos. Ya no son más que jirones purulentos de los que el judío y su perro francmasón arrancan a pesar de todo, cada día todavía, algunas nuevas golosinas, restos cadavéricos, se llaman, ¡jolgorio! Prosperan, se muestran jubilosos, exultan, deliran de carroñería”, prosigue Céline páginas después. ¿Pueden utilizarse como propaganda antisemita sus palabras? Sin duda, pero ¿acaso no es más fácil que se utilicen como tal mientras circulen por la red libremente que si se editan?

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Louis-Ferdinand Céline con sus perros. Foto vía The New York Review of Books.

Sin duda sus palabras hieren y hieren sobre todo porque nos recuerda aquello que sucedió hace poco más de setenta años. Negar la historia es todavía más peligroso que dulcificarla por no ser testigo de determinados testimonios. “Los judíos, híbridos afroasiáticos, un cuarto, seminegros y Cercano-orientales, fornicadores desenfrenados, no tienen nada que hacer en este país”, escribía Céline, pero sus palabras las suscribían muchos, demasiados, todos aquellos que convencidos desfilaron brazo en alto y fueron partícipes de la maquinaria nacionalsocialista. Y, todavía peor, sustituya “judío” y ponga “refugiado”, ¿cuántos hoy suscribirían esas mismas palabras? Muchos, demasiados, y esto es lo que da miedo, esto es lo que hiere: ver reflejado en esas palabras nuestro pasado, pero también parte de nuestro presente. El judío es, para Céline, el otro, aquel que se impone, que domina, es el usurpador que priva a Francia del bienestar: “Están todos camuflados, travestidos, son unos camaleones los judíos, cambian de nombre como de fronteras, se hacen llamar bretones, auverneses o corsos, otras veces son turandotes, durindainos o cassoules… cualquier cosa… que introduzca el cambio”.

En las palabras de Céline, desgraciadamente, resuenan demasiados ecos de los discursos populistas de la actual extrema derecha, basta cambiar el sujeto de la frase. Situar los textos del escritor francés junto a los programas electorales de partidos como el Frente Nacional sería un importante ejercicio para observar la pervivencia de ciertas ideas. No sé si, como dice el comunicado de Gallimard, la no publicación de dichos textos fomentará la curiosidad, pero de lo que no cabe duda es que hará posible su mal uso. El desprecio del judío, hacia el cual Céline dirige homófobos insultos, es el desprecio al otro, omitir textos en el que se leen frases completamente abyectas –“Los 15 millones de judíos encularán a los 500 millones de arios”- y completamente descriptivas de un tiempo histórico es, involuntariamente, una forma de negar esa misma historia. Se escribieron estos textos, se publicaron y se aplaudieron, fue así, aunque duela reconocerlo.

Publicar ahora estos textos de Céline no es homenajearlo, todo lo contrario, es retratarlo en su abyección ideológica, es condenarlo a través de sus propias palabras. Publicar los textos de Céline es retratar la Historia, sin matices, es obligarnos a mirar críticamente hacia ese pasado incómodo y, sobre todo, es enfrentarnos a un presente que comparte demasiadas similitudes con aquellos años ya pretéritos.

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