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Lea Vélez: "Escribo para mi genealogía"

Anna Maria Iglesia

Foto: Asís Ayerbe

Después de El jardín de la memoria, la escritora y guionista publica Nuestra casa en el árbol (Destino), una novela, en gran parte, autobiográfica en torno a una madre y sus tres hijos, dos niños y una niña de altas capacidades intelectuales en una pequeña localidad inglesa, donde los cuatro se trasladan fallecer el padre. Vélez hace de la novela un canto a la infancia como un momento crucial de la vida de todo ser humano; un momento, nos dice Vélez, donde todo es posible, donde la felicidad debería ser plena y donde el aprendizaje es siempre diversión y descubrimiento, un juego motivador. Lea Vélez muestra la realidad de los niños con altas capacidades intelectuales, muestra su genialidad y, a la vez, la incomprensión a la que se enfrentan cada día. Crítica con el sistema educativo, Vélez defiende una educación basada en la motivación, en lo lúdico y en la libertad de expresarse a través de las propias pasiones.

¿Cuánto le debe Nuestra casa en el árbol a tu novela anterior, El jardín de la memoria, donde abordabas también temas autobiográficos?

Creo que siempre hay un plan, a veces puedes inconsciente y a veces consciente, a veces, incluso invisible al propio autor, pero creo que siempre hay un plan que unifica las obras. Además, en mi caso, busco que haya una coherencia entre todo lo que escribo trato de que todo tenga una conexión, aunque, al mismo tiempo, quiero que toda novela pueda funcionar en desconexión, es decir, autónomamente. En este caso concreto, quería que todo aquel que no haya leído El jardín de la memoria, pudiera leer y entender como un ente independiente Nuestra casa en el árbol. Al mismo tiempo, para aquel que sí ha leído El jardín de la memoria, me gustaba la idea de que esta novela fuera un guiño, porque los dos libros forman parte de algo que superior que las une. Me gusta la imagen de las matrioshkas y que cada novela sea una parte de algo que las engloba a todas.

En efecto, el narrado de la novela define la novela como una cartografía de ese yo llamado Lea Vélez.

Yo tengo la teoría de que haciendo la cartografía de Lea Vélez, a lo mejor, no sirvo al mundo, pero sí puedo servir a mi familia y a mi entorno. Pienso en lo que decía García Márquez: escribo para mis amigos. Yo escribo para mi genealogía, para mis hijos, para mis padres y para los que vendrán. Una cartografía que no fuese la mía me resultaría muy complicada, inabarcable, aunque estoy convencida de que, en cierta manera, la cartografía de uno mismo es la de todos: si narras los hechos más potentes de una vida estás narrando la vida de millones de personas. Al fin y al cabo, no somos tan distintos los unos de los otros.

Es verdad, pero al mismo tiempo en tu novela nos presentas a tus hijos, escondidos tras unos personajes de ficción, que destacan por su capacidad intelectual por encima de la media.

Sí, esto es cierto. La casualidad o la genética, que es otra forma de casualidad, han querido yo me haya encontrado con unos personajes de ficción en mi propia vida, unos personajes fabulosos. Como madre, esto no hay que decirlo, pero sí como autora, pues a poca percepción que tengas, te das cuenta de que tienes oro puro en las conversaciones con los niños y en sus enseñanzas. Los niños, no solo los míos, sino tantos otros como ellos, reflexionan sobre la vida, sobre cómo somos y nos comportamos, reflejan la realidad a través de sus palabras y nos la hacen ver. Son como una radiofrecuencia de lo que está en la televisión, en el ambiente… Al ser mis hijos de esta manera, me permitieron crear unos personajes muy parecidos a ellos, aunque con alguna diferencia. Por todo esto, quería llevar a la novela esa voz –la de mis hijos- que, como autora, me resultaba tan novedosa y, a la vez, tan universal, porque todos hemos sido niños y hemos vivido la infancia.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía"
Foto familiar cortesía de Lea Vélez.

¿La novela hubiera sido posible sin estos niños tan geniales?

Creo que no, aunque. seguramente, otros niños menos geniales me habrían dado también una mirada interesante, porque, como suele decirse, todos los niños son geniales. Y sí se dice esto, es por alguna razón, es porque los niños tienen una mirada distinta. De hecho, todos los padres, cuando escuchan a sus hijos, reciben una enseñanza y una visión del mundo y de la vida completamente distinta a la que ellos, como adultos, pueden tener. En este sentido, creo que cualquier otro niño me hubiera podido dar una visión novedosa y profunda de la vida.

¿Hay una voluntad dar visibilidad a los niños de altas capacidades que, como apuntas en la novela, suelen pasar inadvertidos solo al sistema educativo, sino también a su entorno?

Sí, claro, ten en cuenta de que se trata de niños invisibles. No son famosos por lo que dicen, porque no hablan por televisión, porque no escriben en la prensa ni escriben novelas, y, por tanto, su pensamiento se queda en casa. Al mismo tiempo, en el colegio, todos los niños, no solo los de altas capacidades, terminan por comportarse igual porque están en un contexto muy definido y si están dado una asignatura en concreto, no hay espacio para otras divagaciones. Por ello, estos niños y todos los demás son invisibles, solo que en el caso de los niños con altas capacidades la invisibilidad es más frecuente. Son niños que tienen una grandísima capacidad de reflexión y voracidad por saber, necesitan que se les responda a todas esas preguntas sobre las cuales ellos reflexionan; sin embargo, si no encuentran el espacio donde se les da aquello que necesitan saber y donde pueden reflexionar sobre los temas que les preocupa, están condenados a la invisibilidad y no encajas en el sistema. Por todas estas razones, con Nuestra casa en el árbol quise darles la voz que no suelen tener.

La protagonista decide regresar a Inglaterra para educar a sus hijos y tú misma has optado por una escuela inglesa para ellos ¿Qué hay de admirable en el sistema educativo inglés que no haya en el español?

La sociedad inglesa tiene algo que la sociedad española no tiene y si no lo tuviera no se fugarían tantos cerebros a Estados Unidos y a Inglaterra. Cuando empecé a conocer cómo es el sistema educativo británico, admitiendo que hay cosas que son un poco repetitivas, me di cuenta de que la memoria se utiliza muy poco, casi nada; se usa la reflexión y la creatividad, se busca no solo que los niños reescriban tantas veces una palabra, ni que solo escriban frases casi iguales, intentan que escriban textos, que creen. En todas las actividades hay un algo más a lo que se hace aquí. Por esto, probé el sistema británico para mis hijos, también porque son mitad ingleses y se encuentran muy cómodos en el mundo anglosajón; de hecho, durante mucho tiempo me pregunté qué era mejor, educarles aquí o en Inglaterra.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía" 1
Hamble, UK. | Foto cortesía de Lea Vélez.

Eres muy crítica con el sistema educativo, que no se preocupa por las exigencias de los niños en su individualidad, sino tiende a la homogeneización, resultando poco productiva.

Todos los niños, aquellos con altas capacidades más, están mental e intelectualmente muy por encima del nivel del aula, del nivel del temario, de lo que se enseña y de cómo se enseña, con lo cual están todos adormecidos, aburridos, conscientes de que les están dando alpiste, mientras en casa posiblemente tengan solomillo. Yo no quiero criticar a los profesores en general, evidentemente hay algunos terribles y otros que son maravillosos; el problema es que no tienen las herramientas para detectar y entender a los niños con altas capacidades, para darse cuenta de que porque un niño con altas capacidades sea malo en lengua no significa que sea más torpe de los demás o que no se esté enterando. El problema no es este: el problema es que el niño va mal en lengua porque no le interesa, porque sus intereses son otros. Lo que hay que hacer es buscar maneras de entender a estos niños y esta es la lucha que lleva a cabo la protagonista de la novela, una lucha que, evidentemente, es muy autobiográfica.

Como se dice en tu novela: “¿Quién es más inteligente, un niño que saca ceros en lengua y dieces en física o una niña que saca dieces en lengua y ceros en física? Quizá la niña es Virginia Woolf y el niño es Isaac Newton”.

Yo todavía estoy aprendiendo todo lo que rodea las altas capacidades en los niños y estoy aprendiendo, sobre todo, a ver los talentos específicos como un aspecto más de las altas capacidades. Por lo general, si un niño tiene por la literatura y por las palabras, sentirá, por ejemplo, un completo desinterés por todo lo relacionado con los números. Esto no significa que sea peor o mejor, el problema es que, a pesar de su interés, durante años deberá enfrentarse a unas asignaturas que no le interesan y que, además, se dan de manera que no le interesen. Al final, el niño destacará ya de mayor cuando pueda concentrarse verdaderamente en lo que le interesa y le gusta. Esto nos pasa a todos. Lo que sucede en el caso de los niños con grandes capacidades es que tienen altas motivaciones por eso que les gusta, tan altas que a veces llegan a ser obsesiva y todo lo demás lo odian. Tienen una forma casi instintiva de rechazo, es como si su cuerpo ya supiera a qué se van a dedicar, cuál es su objetivo.

Sin embargo, también podría decirse que este orden e, incluso, esta imposición de tareas o asignaturas que no gustan es una forma de aprendizaje para la vida adulta.

Por supuesto, el problema es que este aprendizaje no está bien enfocado. Si a mí de pequeña no me gustaban las matemáticas no es porque no fueran bellísimas, sino porque las matemáticas que me trataban de enseñar en el colegio era: 3×4, 4×4, 5×6…. Algo completamente repetitivo y así durante todos los años escolásticos. No era de extrañar que, llegada a segundo de BUP, las matemáticas para mí eran sinónimo de lo peor. El otro día, me contaba un amigo que da talleres de matemáticas que en sus talleres usan para la enseñanza un método completamente distinto, donde se hacen esquemas en 3D, donde los números se visualizan en todas las dimensiones a través de construcciones que los niños hacen… En definitiva, un método fabuloso que nada tiene que ver con coger la tabla de multiplicar y memorizarla. Y con esto no digo que no haya cosas que se deban memorizar, pero el método basado la memorización es terrible. Como niña sufres el sistema educativo y lo vuelves a sufrir como madre y te das cuenta de que no hemos avanzado nada. Evidentemente que hay estudiar matemáticas y lengua, aunque no te gusten, pero hay que aprender y estudiarlas de una manera que incorporen tu motivación.  Si desmotivas, no estás enseñando nada.

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“Me he planteado la educación, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo.” | Foto: Asís Ayerbe.

Ha habido muchas teorías en torno a la idea del niño feliz, del niño crecido en libertad, pero también hay quien dice que el niño no debe crecer en un mundo ideal, sino que debe aprender que no siempre hará lo que le gusta, a que padecerá frustraciones y tendrá obligaciones.

Yo no estoy de acuerdo con esta idea de aprender a asumir frustraciones y obligaciones. La idea de que hay que aprender a apechugar con las frustraciones es una idea judeo-cristiana. Creo que no podemos borrar las frustraciones de nadie, ni las de los niños ni las de los adultos, pero tampoco creo que decir que hacer felices a los niños sea un acto de auto indulgencia y una forma de malcriarlos. Esto es lo que piensa la mayor parte de la sociedad, pero en cambio yo estoy convencida de que se puede educar en libertad y no malcriarlos, al contrario. Eso sí, educar en libertad no significa permitir al niño que haga lo que quiera. Evidentemente el niño necesita una guía, necesita la ayuda de los adultos para buscar sus motivaciones y la manera de estructurar sus motivaciones, pero existe la manera de que los niños sean felices en las escuelas y una de las maneras de conseguirlo es hacerlos trabajar desde la motivación.

En este sentido y a pesar de las críticas, sigues creyendo en la escuela.

Efectivamente y, de hecho, en mi novela la madre no los saca del colegio, pero sí pelea para compensar todo aquello que hace infelices a los niños con una serie de actividades lúdicas. Todo esto, evidentemente, solo se entiende si hablamos de niños pequeños, no de adolescentes. Hay que tener en cuenta que los niños pequeños no entienden el concepto de responsabilidad, no lo computan y no sirve de nada decirles que tienen que hacer algo por su bien o por su futuro, a ellos el futuro les queda muy lejos. Hay que hacer felices a los niños en las edades tempranas, pero los adultos, porque nos hemos olvidado de la infancia o porque no se enseña en las facultades de magisterio, tratamos de inculcarles la nuestra disciplina, la disciplina de un oficinista. Y esto con los niños no funciona. Evidentemente, con los años deberán ir incorporando una cierta disciplina y los adolescentes de bachillerato son otro mundo.

¿Alguna vez te has planteado la educación?

Es una cosa compleja. Yo me lo planteé, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo. Me parecía un mundo demasiado complicado, aunque, al final, no lo es tanto y, de hecho, mucha más gente de la que creemos educa sus hijos en casa. Preferí optar por el sistema inglés, porque quiero que mis hijos se socialicen en el colegio, quiero que se acostumbren a la sociedad y, como decías antes tú, a un cierto grado de frustración. ¿Sí el colegio durase cuatro horas y no ocho sería mejor? Para mí, sin duda, porque con tantas horas se ha diluido mucho la enseñanza esencial y no me refiero a leer a escribir, sino a aquello que les va a servir siempre, más allá de las asignaturas. Este aprendizaje está diluido y los niños no entienden exactamente por qué están en el colegio y qué aprenden allí; el colegio, al final, es un conjunto de estratos muy débiles de pintura que se resquiebran durante el verano.

Sin embargo, para reducir las horas escolares hay que reorganizar el horario laboral de los padres.

Sin duda. Hay una cosa clara: en el momento en que se cambia algo de una manera radical, toda la sociedad se tiene que reestructurar. Si estamos de acuerdo de que los niños están siendo torturados ocho horas cada día fuera de sus casas -evidentemente nadie lo dirá-, entonces hay que cambiar el horario.  Cuando se está cometiendo un crimen hay que pararlo, aunque la sociedad se esté beneficiando de ello. Además, incluso con el horario que tenemos, sin ninguna reducción, son muchos los padres que se sacrifican para poder estar con ellos. ¿Cuántas madres reducen su jornada de trabajo para poder estar con ellos? Los niños salen a las 17:30, cuando todavía los padres trabajan, pues en muchos casos no salen hasta las 20:00. Hay que dejarse de las estupideces: el horario del niño debe coincidir con el horario del padre. Y así mejoramos también la vida de las personas, porque lo que tenemos en España son horarios inmundos que no tiene nadie en Europa. En España somos así de estupendos.

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Portada de Nuestra casa en el árbol | Editorial Destino.

En la novela planteas el juego como una forma de aprendizaje

Por supuesto. Los adultos jugamos todo el rato. El arte, la literatura, el trabajo remunerado pero hecho con gusto es una forma de juego. Yo veo el juego como una forma de perpetuar la especie, de adquirir los roles de los adultos, de aprender todo tipo de cosas…el apasionarse por una serie o una película y reinterpretar a los personajes es una manera de desarrollar una creatividad literaria, es una forma de crear historias.

Los dos niños protagonistas son tus dos hijos, Richard y Michael, pero decides incorporar una tercera voz, la de una niña, ¿por qué?

Primero, porque quería incorporar la voz de una niña que también es muy inteligente y tiene los mismos deseos que cualquier niño y de cualquier hombre. Hay que tener en cuenta que las niñas de altas capacidades son, incluso, más invisibles que los niños, porque las rodea el machismo inconsciente que llevamos todos dentro y por el cual todavía hoy cuesta pensar a las mujeres teniendo espíritu científico e imaginarlas como científicas a la par que a los hombres. El segundo motivo es que quería incorporar aquello que decía mi hijo Richard cuando era muy pequeño y no lo podía hacer si no era a través de un tercer personaje de esa edad. Y, por último, porque yo recuerdo muy bien mi infancia e incorporar esa voz era una manera de añadir mi visión del mundo desde los recuerdos de mi infancia.

La voz de la niña y la voz de la madre comparte una reivindicación de la capacidad de la mujer, una capacidad que se plasma en la casa en el árbol que la madre construye para sus hijos.

Todavía hoy la mujer es muy insegura. A lo mejor vuestra generación, que es más joven, tenéis más seguridad en vosotras mismas, puesto que el caldo de cultivo social en el que os habéis educado era más igualitario, habéis crecido viendo a más mujeres en roles de poder o en el campo científico y, por tanto, tenéis un mayor sentimiento de “yo puedo y soy igual que un hombre”. Sin embargo, mi generación estaba bastante atrás en todas estas cosas. Si bien yo he sido educada para no depender de un hombre y nunca he dependido de ninguno, irremediablemente al perder a mi marido, me di cuenta de la cantidad de cosas “de hombre” que él hacía y que le había cedido porque yo hacía cosas más “de mujer”. Con esto no digo que yo limpiaba la casa y él se ocupaba solo de los arreglos domésticos, pero sí que había una separación de faenas que respondía en parte a la visión clásica de los roles. Cuando me quedé sin él, me di cuenta de que tenía que hacer una serie de cosas sola y descubrí que el adquirir ese otro rol y el realizar todas aquellas otras actividades me da una sensación de libertad absoluta. Me di cuenta, entonces, de que dependía mucho de él, más de lo que sospechaba.

¿Entre esos roles que te toca asumir está el de padre?

Sí, también. Consciente o inconscientemente quieres compensar a los hijos por la pérdida de la figura paterna.  No les llevo al fútbol, pero sí les aproximo a lo que yo considero que son retos personales y que yo puedo asumir; por ejemplo, construir la casa en el árbol.

La casa en el árbol representa un mundo bucólico, ¿un desiderátum, una arcadia que en verdad no existe?

Un ideal, sí, un mundo inexistente. La literatura, para mí, funciona en dos niveles que se complementan: el primer nivel es aquel del relato de los hechos que te han sucedido y que quieres plasmar en las novelas como forma de memoria y el segundo nivel es el de la literatura como ex voto, como deseo lanzado o mapa imaginario de un lugar al que ir. Creo que estos dos niveles funcionan en todo tipo de arte; habrá otros niveles, porque el arte es muy complejo, pero estos dos son los que yo tengo identificados y en ellos enmarco mi narrativa.

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Pero nada hubiera sido igual sin la seductora y compleja personalidad de Martín Lutero: monje y burgués, hereje y profeta, teólogo de la gracia negador de las capacidades humanas en su trato con Dios y, sin embargo, predicador de una voluntad sobrehumana. Escritor de genio, en fin, que disputaba en latín y unificó la lengua alemana, al movilizarla para su empresa evangelizadora. Por lo demás, el que fue hombre de su siglo no tenía la menor idea de estar inaugurando una nueva época histórica. Como otros, pensaba que el fin del mundo estaba cerca y que pronto Dios confirmaría que había enseñado bien. Hay algo conmovedor en esta total certeza de la fe que hoy resulta difícil de entender. Aunque si es cierto, como dejó escrito el propio Lutero, que tener una religión es «tener algo en lo que el corazón confía por completo», puede que aún estemos a tiempo de salvarnos.

No es no, ¿Pedro, sí?

Lea Vélez

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Pedro Sánchez perdió las elecciones porque parecía de mentira y ha ganado las del PSOE porque sus emociones, salidas de su encuentro fervoroso con las bases, son verdad.

Durante las campañas de las últimas elecciones muchos no creyeron su discurso. No era todo culpa suya, igual que anteriores victorias electorales no han sido todo mérito de los ganadores. Las circunstancias de una España dilapidada, la fragmentación con la llegada de los populismos, no ayudaban. El peso de la corrupción, el desencanto, la incertidumbre catalana, la escasa claridad de las consignas, que dejaban puertas abiertas a cualquier cosa, ¿Independencia para Cataluña? ¿Referéndum? ¿Reforma constitucional? ¿Reinventar la democracia? Eran cuestiones muy gordas y nada respondidas. El votante se quedó en su casa o votando a lo malo conocido.

No sé cuántos millones de votos le costó al PSOE tener un líder que pareciera perfecto sin concretar en nada, que aparentase ser respuesta para todos -militantes de base y barones, pobres y ricos, ejecutivos de hidroeléctrica y parados de Sabadell- sin un discurso personal, con el que apelar a la empatía. Nadie se creyó a Pedro, ni siquiera él mismo creyó en sí mismo, y pasada la debacle, trató de encontrar contenido en su barricada a Rajoy.

Ya sabemos lo que pasó. Su “no es no” le costó el puesto, porque ese “no” fue enroque y callejón. Irónicamente, no le costó la cabeza. Los barones se equivocaron en su arrogancia, y como ese boxeador ruso que le da una buena paliza a Rocky Balboa, le dieron alas y contenido. Tras la pelea perdida en el ring de Ferraz, de la que salió humillado por la puerta del garaje, nuestro Rocky hispano encontró, como Stallone, mensaje y motivación. Su deambular por España, baños de multitudes, palmadas de militantes apasionados, le construyeron por dentro. Su vuelta, su salto al ring y total su convencimiento de que ganaría por KO, solo podían acabar en cinematográfico triunfo. Presentí que ganaría en el momento en que dio su primer mitin porque, de pronto, el hombre vacío se había llenado de verdad.

A las bases les gusta, les chifla, su no es no. Otra cosa es que le guste al resto de los españoles y que su “no es no”, llegue a ser un “Pedro es sí”, pero ojo, Rocky tuvo seis secuelas.

Epónimos en la literatura: escritores que se convirtieron en jerga cotidiana

Rohmy Cubas

Foto: Librerías Gandhi
Librerías Gandhi

Borges decía que uno no es lo que es por lo que escribe sino por lo que ha leído. Por otro lado, es fácil que lo que se ha escrito se convierta en jerga cotidiana cuando sus autores trascienden la temporalidad que se rige por épocas o espacios. Para muestra de esto los epónimos en la literatura, o los escritores que se adhieren por extensión de sus obras al vocabulario diario de las personas.   

Los epónimos son tan antiguos como el purgatorio de Dante o las excursiones del Quijote, y derivan precisamente de una ficción que los personajes populares de la literatura han transferido a la cotidianidad. Su tipología abarca desde términos políticos y médicos  -el síndrome de Alicia en el país de las maravillas para describir un trastorno ilusorio de la imagen corporal o Freud basándose en la tragedia de Sófocles para fundar su «complejo de Edipo»- hasta la jerga literaria.

Se trata de  personajes y sus creadores convertidos en sustantivos para ilustrar un comportamiento de la vida rutinaria. La palabra proviene del griego eponymos que significa “darle el nombre de uno a alguien o algo” ya que el “arconte epónimo” (jefe de gobierno y magistrado principal) daba su nombre al año en el que regía.

La trascendencia de estos escritores y sus obras es tan extensa que las asociaciones se vuelven usuales y se adhieren al lenguaje para designar una realidad que en un principio nada tenía que ver con su nuevo designio. En la literatura es tan habitual que se vuelve frecuente aquello de describir situaciones kafkianas y dantescas, o amores masoquistas y maquiavélicos sin que el responsable del calificativo se revele en el diálogo en sí. Y si bien en algunos casos es evidente el origen de estos epónimos, otros no han trascendido con tanta amplitud la cultura popular; aunque los usamos no estamos conscientes de que también provienen de escritores prácticamente presentes desde hace siglos.

Los inesperados

Doppleganger o doble que camina

En inglés esta palabra fue acuñada por el escritor alemán Johann Paul Friedrich en su novela de 1796 “Siebenkäs”, se usa para describir  al doble de una persona que camina a su lado. No es uno de los términos más comunes aunque por ejemplo, la serie de TV norteamericana How I Met Your Mother tiene varios capítulos dedicados a esta expresión en donde los personajes principales se encuentran con sus dobles exactos en las calles de New York.  

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Los cinco Doppleganger de “How I Meet Your Mother” | Imagen vía: TheOdisseyOnline

Serendipia

Deriva del inglés serendipity y fue acuñada en 1754 por medio de la correspondencia del escritor británico Horace Walpole a raíz de un relato persa llamado Los tres príncipes de Serendip. En este se supone que los protagonistas solucionan todo tipo de problemas gracias a afortunadas casualidades. La palabra se utiliza para señalar esos descubrimientos accidentales, afortunados e inesperados que se producen cuando se está buscando casi totalmente lo contrario.

Anfitrión

Lo utilizamos para designar a la persona u ente que recibe en su territorio a invitados que atiende “personalmente”. Pocos saben que este es el nombre de un personaje mitológico, bisnieto de Zeus, y que fue el dramaturgo francés Molière quien le dio su significado actual en su obra de teatro homónima del mismo nombre, en la que se afirma que el verdadero Anfitrión «es el que nos da de cenar».

Pantalón

Es inesperado pero el nombre para esa prenda de vestir que se usa como por inercia proviene de un tipo de dramaturgia italiana del siglo XV llamada la Comedia del Arte, en donde uno de los personajes más populares era “el viejo Pantaleón”. Este señor siempre llevaba las piernas cubiertas por un atuendo estrafalario que eventualmente adquirió el nombre de pantalón.

Don Juan

Personaje arquetípico de la literatura española creado por Tirso de Molina en su obra de teatro El burlador de Sevilla y convidado de piedra  en 1630. La figura del Don Juan era la del burlador que representa la ruptura absoluta de todas las normas y reglas preestablecidas. Pero el desenlace algo trágico de la obra ha sido olvidado y hoy en día ser un “Don Juan” es un halago que describe a una especie de seductor de mujeres. Algo similar sucede con la palabra Romeo, que data de la tragedia de William Shakespeare Romeo y Julieta.

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Leonardo DiCaprio y Claire Danes en la película de Baz Luhrmann, Romeo y Julieta | Imagen vía Youtube


Quevedos

El nombre de Francisco de Quevedo podría haber pasado al lenguaje cotidiano por un sinfín de cualidades personales o por su obra poética; sin embargo, su cotidianidad se detuvo para designar un tipo de gafas como las que usaba el escritor: los quevedos.

Rocambolesco

Rocambole es un personaje literario creado por el escritor francés del siglo XIX Pierre Alexis Ponson du Terrail. Las aventuras de Rocambole son las de un joven que se transforma de ladrón a justiciero como una especie de  héroe de ficción moderno en la novela de aventuras. El término rocambolesco es una alusión a este protagonista e indica algo extraordinario o inverosímil, improbable y difícil de creer.

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Retrato de Rocambole elaborado por el artista francés Andre Gosset para el semanario “La Lune” ejemplar de 1867 | Imagen vía Wikipedia

Los sospechosos habituales

Lo más común es que los escritores se conviertan en una especie de marca personal a través de su bibliografía, el universo característico de sus obras los transforma en algo familiar cuyo calificativo es una variante de sus propios nombres.

Homérico

Homero es un nombre clave en la literatura occidental.  Poeta griego al que se atribuye la autoría de la Ilíada y la Odisea, es el autor por antonomasia de la literatura clásica. Sus epopeyas llenas de personajes legendarios y heroicos le valieron dos epónimos: Odisea y Homérico. La palabra homérico se utiliza para adjetivar esos relatos legendarios que no solo recuerdan a las historias del poeta, sino que describen  pueblos y personajes extraordinarios  tan épicos como Aquiles y Ulises. Por otro lado, una Odisea, como bien relata el libro, se utiliza para describir un largo viaje lleno de adversidades en donde abundan las aventuras para la consecución de un fin.  

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Ulises y Polifemo | Pintura de Jacob Jordaens (1593-1678)

Dantesco

La descripción más exacta y perturbarte que se ha hecho del infierno y el cielo la hace el poeta italiano de la Edad Media Dante Alighieri en  la Divina Comedia. Una obra necesaria en la literatura que a través de decenas de cantos guía a Dante por los nueve círculos del infierno, el purgatorio y el paraíso. Esa exactitud tan poética como impresionante abrió un universo en el cual todas aquellas escenas aterradoras y pasmosas que combinan hechos inconcebibles en su dramaturgia se describen como dantescas. Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”.

Kafkiano

La metamorfosis del escritor checo Franz Kafka tiene todas las características de lo absurdo e inverosímil para concebir un mundo donde el término es literal. En su novela “El juicio” el protagonista es arrestado y juzgado por un crimen del cual nunca se le informa. La cantidad de procedimientos y reglas herméticas, la complicada e inaccesible burocracia que llevan a la frustración extrema del personaje trasladan al término Kafkiano para describir cualquier situación similar en donde la burocracia imposibilita encontrar una solución sencilla.

Maquiavélico

El concepto del maquiavelismo tiene que ver con actos inmorales o considerados negativos en la sociedad. Se relaciona con la persona que actúa con astucia y perfidia para seguir propósitos individuales. Su origen se deriva de la doctrina e ideas de Nicolás Maquiavelo a través de sus obras El Príncipe y los Discursos sobre la primera Década de Tito Livio. El florentino es el autor de una especie de manual satírico en el cual explica cómo ha de ser el príncipe o gobernante ideal; en este reflexiona sobre el empleo de “malas acciones” cuando el fin lo justifique.

Dickensiano

Charles John Huffam Dickens fue un novelista inglés conocido en la literatura universal por obras como Oliver Twist, Tiempos Difíciles o Un cuento de Navidad que practicaba la crítica social en sus obras con ironía y humor. Su estilo poético pero risible, como una sátira que reprochaba la pobreza y la estratificación social de la edad victoriana, le valió este término para describir aquello que no alcanza las condiciones mínimas de vida o trabajo que garanticen la dignidad humana, según el diccionario. También puede aplicarse a las trabas burocráticas y la vida urbana regida por el individualismo.

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Póster de la versión de Roman Polanski para el cine de Oliver Twist | Imagen vía IMDB

Sadismo

El sadismo es un término -tal vez el más popular- derivado del Marqués de  Sade, escritor y filósofo francés del siglo XVIII cuya obra literaria se consideraba obscena y depravada en su época por las explícitas situaciones sexuales e incluso violaciones de los personajes. Define la RAE al sadismo como «la perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona». 

Quijotesco

Una de las pocas excepciones en donde el personaje trascendió más allá del escritor. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha creado por Miguel de Cervantes Saavedra en 1605 es un símbolo universal para describir el comportamiento de una persona que hace lo imposible para defender sus creencias, obra desinteresadamente en defensa de causas que considera justas o es víctima de un idealismo pocas veces práctico. En el siglo XVII ya se usaba el término quijote para definir a una persona que no diferencia la realidad de la fantasía.

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Edición de “1984” de George Orwell | Imagen vía DeBolsillo Editorial.

Orwelliano

El término «orwelliano» ha pasado al vocabulario común para designar a las sociedades u organizaciones que reproducen actitudes totalitarias y represoras, como las representadas en la novela 1984 del escritor George Orwell. La utopía de Orwell describe maneras sutiles pero efectivas de someter a su población: a través de la propaganda y del lenguaje.  Orwelliano no solo hace referencia a situaciones y sistemas totalitarios, sino que también remarca la importancia que desempeña el lenguaje en la formación de pensamientos y de emociones en una sociedad.

Lovecraftiano

Howard Phillips Lovecraft es fundamental para la literatura de ficción y terror. Autor de novelas y relatos del género desarrolló la corriente del horror cósmico para mezclar la literatura tradicional de terror sobrenatural con elementos de ciencia ficción. Sus universos fueron tan influyentes que la palabra se utiliza para revivir historias o situaciones que evocan esa miscelánea de su obra.

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Fotograma de la película “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey” | Imagen vía CineyCine

Algunas suposiciones

Estos epónimos datan de literatura de décadas y hasta siglos pasados, lo que indica el tiempo que pueden demorar en calar en la cultura popular. Analizando superficialmente el panorama actual de las letras y considerando la relevancia exclusiva de escritores del siglo XX y XXI -gracias a ese universo constante creado en sus historias- estos son algunos de los próximos epónimos que tal vez escuches en una conversación:

Bolañesco

El escritor chileno Roberto Bolaño publicó una decena de libros en vida, muchos de sus obras se dieron a conocer de manera póstuma, pero sus universos detectivescos -en donde Latinoamérica y Europa se mezclan en un contexto de crítica social y especificaciones generacionales- pueden ser identificados fácilmente si comenzamos a usar el epónimo Bolañesco.

Tolkiano

John Ronald Reuel Tolkien, identificado como el padre de la literatura moderna de fantasía, es un narrador exhaustivo que no dudó en escribir veinte páginas para describir un bosque o inventar varios idiomas para la creación completa de sus personajes. El universo tolkiano sería entonces uno absorbente y delineado hasta el más mínimo detalle en el cual no solo caminarían elfos, duendes y criaturas fantásticas, sino que se trazaría el panorama completo con lupa.

Coetziano

Si se pudiera describir la obra del escritor sudafricano y Nobel de Literatura John Maxwell Coetzee no sería con una palabra sino con un sentimiento. Desesperación, como el título de una de sus obras, es lo que sucede en sus historias en donde se mezclan escenarios áridos y desolados para representar la miseria humana en todas sus formas.  

Rothiano

El eterno aspirante al Nobel de Literatura Phillip Roth tiene un tino para describir la sociedad estadounidense y sus fosos que ha calado en la crítica y el público como una especie de auto revisión para los norteamericanos. Esa cadencia y crítica social muy exclusiva de un continente describe fácilmente algo Rothiano.

Murakamiano

El japonés Haruki Murakami tiende a escribir historias en donde el horror cósmico toma gran parte del protagonismo, es decir, ciencia ficción con elementos paranormales. Su virtud para describir la soledad de un continente a la perfección hace que el universo de sus obras en conjunto sea bastante identificable, así como la escenificación que hace de la sociedad asiática en juego con la totalidad de sentimientos que llevan al aislamiento y la introspección. Algo Murakiano sería exactamente eso, Murakami en su máxima expresión.

La mayoría de estos epónimos, de ser consultados en el diccionario de la RAE aparecen con parcas definiciones en donde predominan expresiones como: “relacionado con el escritor argentino Jorge Luis Borges” o “que tiene cualidades parecidas al poeta griego Homero”; no obstante, los términos envuelven un universo mucho más amplio que fusiona los cuerpos literarios con la familiaridad de la realidad.

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Siete libros para celebrar este Día de las Letras Gallegas

Néstor Villamor

Foto: Cortesía de la Fundación Carlos Casares

El 17 de mayo de 1863, Rosalía de Castro firmó la dedicatoria de Cantares gallegos, un poemario que marcó el inicio del Rexurdimento, el renacimiento literario y cultural gallego después de los Séculos escuros (Siglos oscuros), en los que el idioma quedó relegado al ámbito oral y estuvo cerca de desaparecer. Cien años más tarde, la Real Academia Galega decidió conmemorar la efeméride y, desde entonces, cada 17 de mayo la institución celebra a uno de sus escritores más ilustres en el Día de las Letras Gallegas. Este año le toca a Carlos Casares, fallecido en 2002 y definido por la propia RAG como “una de las figuras más sobresalientes y renovadoras de la literatura de las últimas décadas del siglo XX”.

Las siguientes son solo siete de las obras de una literatura cuyo idioma, en sus inicios, cuando aún era galaicoportugués, sedujo incluso a Alfonso X, el sabio, para escribir sus Cantigas de Santa María… aunque él era rey de Castilla.

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Memorias de un niño campesino, de Xosé Neira Vilas

Xosé Neira Vilas publicó el libro más leído de la literatura gallega en Buenos Aires. Lo irónico no es aquí descabellado, ya que Memorias de un niño campesino (Memorias dun neno labrego) retrata el drama de la pobreza y la consiguiente emigración gallega durante la posguerra, que Neira Vilas conoció de primera mano. Ya las primeras frases del libro marcan el tono: “Yo soy Balbino. Un niño de aldea. Como quien dice, un nadie. Y, además, pobre”.

El sol del verano, de Carlos Casares

Publicado en 2002, muy poco después de la muerte del escritor homenajeado este año, Carlos Casares no vivió para disfrutar del renombre que le proporcionó El sol del verano (O sol do verán). La Asociación Española de Críticos Literarios le concedió el Premio de la Crítica a la Narrativa Gallega a esta novela sobre el suicidio del joven Carlos y sus efectos en Helena, que lo encuentra tumbado en cama después de haberse pegado un tiro.

Trece campanadas, de Suso de Toro

Aunque vive ya casi retirado de la escritura y dedicado a la enseñanza de secundaria, Suso de Toro es uno de los escritores vivos más celebrados de la literatura gallega. Su novela Trece campanadas (Trece badaladas), de 2002, es uno de los siete títulos ganadores del Premio Nacional de Narrativa que no fueron escritos en castellano. Una obra de intriga y misterio que tuvo su adaptación cinematográfica con Luis Tosar, Juan Diego Botto y Marta Etura.

La segunda lengua, de Yolanda Castaño

Después de consagrarse como uno de los nombres más notables de la lírica gallega contemporánea con Vivimos en el ciclo de las erofanías y Profundidad de campo, el último poemario de Yolanda Castaño, La segunda lengua (A segunda lingua, 2014) volvió a gustar a la crítica gracias a pasajes como este:

“Todo el cielo está en cuclillas. Una sed intransitiva.

Hablar en una lengua ajena

Se parece a vestir ropa prestada.

Helga confunde los significados de país y paisaje.

(¿Qué clase de persona serías en otro idioma?).

Tú, me haces notar que, a veces,

Este instrumento mío de cuerda

Vocal

Desafina.

En el patio de luces del lenguaje,

Se me engancha la prosodia

En el vestido.

Te contaré algo sobre mis problemas con la lengua:

Hay cosas que no puedo pronunciar”.

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Un ojo de vidrio, de Castelao

Pintor, dibujante y escritor, Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao es una suerte de William Blake gallego. Uno de los ejemplos más notables de su prosa es Un ollo de vidro: Memorias dun esquelete. Esta novela corta publicada en 1922 con el subtítulo Memorias de un esqueleto supone el primer acercamiento del autor a la ficción. En ella, Castelao cuenta desde el humor negro la vida de un esqueleto y la historia de cómo llegó a tener un ojo de cristal.

¿Qué me quieres, amor?, de Manuel Rivas

Pocos saben fuera de Galicia que el padre de Martín Rivas (Marcos en El internado) es una de los nombres más aclamados de la literatura gallega contemporánea. De hecho, su colección de relatos ¿Qué me quieres, amor? (Que me queres, amor?) es una de las tres obras escritas en gallego galardonadas con el Premio Nacional de Narrativa. Uno de sus 16 cuentos, A lingua das bolboretas, es la base de La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda.

Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Es difícil encontrar literaturas que tienen en el centro de su canon una obra escrita por una mujer. La gallega es una de ellas. Cantares no solo es la cima de las letras gallegas, sino que revitalizó una cultura moribunda. Y la poesía rosaliana es canónica tanto en gallego como en español. En las orillas del Sar figura, de hecho, en la Biblioteca Clásica de la RAE, 111 títulos que componen “el núcleo esencial” de la literatura hispánica “hasta finales del siglo XIX“. Pero historiadores y críticos sitúan su obra en gallego (sobre todo, Cantares) como su mayor aportación. ¿Por qué?

“Adiós, ríos; adiós, fuentes

Adiós, regatos pequeños

Adiós, vista de mis ojos

No sé cuándo nos veremos.

Tierra mía, tierra mía

Tierra donde me crié

Huertecita que quiero tanto

Higueritas que planté.

Prados, ríos, arboledas,

Pinares que mueve el viento,

Pajaritos piadores,

Casitas de mi contento.

Molino de los castaños

Noches claras de luz de luna

Campanitas timbradoras

De la iglesia del lugar.

Zarzamoras de las zarzas

Que le daba yo a mi amor

Caminitos entre el maíz

¡Adiós para siempre adiós!

¡Adiós, gloria! ¡Adiós, contento!

¡Dejo la casa en que nací,

Dejo la aldea que conozco,

por un mundo que no vi!

Dejo amigos por extraños,

Dejo vegas por el mar,

Dejo en fin, cuanto yo quiero…

¡Quién pudiera no dejar!”

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