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Lea Vélez: "Escribo para mi genealogía"

Anna Maria Iglesia

Foto: Asís Ayerbe

Después de El jardín de la memoria, la escritora y guionista publica Nuestra casa en el árbol (Destino), una novela, en gran parte, autobiográfica en torno a una madre y sus tres hijos, dos niños y una niña de altas capacidades intelectuales en una pequeña localidad inglesa, donde los cuatro se trasladan fallecer el padre. Vélez hace de la novela un canto a la infancia como un momento crucial de la vida de todo ser humano; un momento, nos dice Vélez, donde todo es posible, donde la felicidad debería ser plena y donde el aprendizaje es siempre diversión y descubrimiento, un juego motivador. Lea Vélez muestra la realidad de los niños con altas capacidades intelectuales, muestra su genialidad y, a la vez, la incomprensión a la que se enfrentan cada día. Crítica con el sistema educativo, Vélez defiende una educación basada en la motivación, en lo lúdico y en la libertad de expresarse a través de las propias pasiones.

¿Cuánto le debe Nuestra casa en el árbol a tu novela anterior, El jardín de la memoria, donde abordabas también temas autobiográficos?

Creo que siempre hay un plan, a veces puedes inconsciente y a veces consciente, a veces, incluso invisible al propio autor, pero creo que siempre hay un plan que unifica las obras. Además, en mi caso, busco que haya una coherencia entre todo lo que escribo trato de que todo tenga una conexión, aunque, al mismo tiempo, quiero que toda novela pueda funcionar en desconexión, es decir, autónomamente. En este caso concreto, quería que todo aquel que no haya leído El jardín de la memoria, pudiera leer y entender como un ente independiente Nuestra casa en el árbol. Al mismo tiempo, para aquel que sí ha leído El jardín de la memoria, me gustaba la idea de que esta novela fuera un guiño, porque los dos libros forman parte de algo que superior que las une. Me gusta la imagen de las matrioshkas y que cada novela sea una parte de algo que las engloba a todas.

En efecto, el narrado de la novela define la novela como una cartografía de ese yo llamado Lea Vélez.

Yo tengo la teoría de que haciendo la cartografía de Lea Vélez, a lo mejor, no sirvo al mundo, pero sí puedo servir a mi familia y a mi entorno. Pienso en lo que decía García Márquez: escribo para mis amigos. Yo escribo para mi genealogía, para mis hijos, para mis padres y para los que vendrán. Una cartografía que no fuese la mía me resultaría muy complicada, inabarcable, aunque estoy convencida de que, en cierta manera, la cartografía de uno mismo es la de todos: si narras los hechos más potentes de una vida estás narrando la vida de millones de personas. Al fin y al cabo, no somos tan distintos los unos de los otros.

Es verdad, pero al mismo tiempo en tu novela nos presentas a tus hijos, escondidos tras unos personajes de ficción, que destacan por su capacidad intelectual por encima de la media.

Sí, esto es cierto. La casualidad o la genética, que es otra forma de casualidad, han querido yo me haya encontrado con unos personajes de ficción en mi propia vida, unos personajes fabulosos. Como madre, esto no hay que decirlo, pero sí como autora, pues a poca percepción que tengas, te das cuenta de que tienes oro puro en las conversaciones con los niños y en sus enseñanzas. Los niños, no solo los míos, sino tantos otros como ellos, reflexionan sobre la vida, sobre cómo somos y nos comportamos, reflejan la realidad a través de sus palabras y nos la hacen ver. Son como una radiofrecuencia de lo que está en la televisión, en el ambiente… Al ser mis hijos de esta manera, me permitieron crear unos personajes muy parecidos a ellos, aunque con alguna diferencia. Por todo esto, quería llevar a la novela esa voz –la de mis hijos- que, como autora, me resultaba tan novedosa y, a la vez, tan universal, porque todos hemos sido niños y hemos vivido la infancia.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía"
Foto familiar cortesía de Lea Vélez.

¿La novela hubiera sido posible sin estos niños tan geniales?

Creo que no, aunque. seguramente, otros niños menos geniales me habrían dado también una mirada interesante, porque, como suele decirse, todos los niños son geniales. Y sí se dice esto, es por alguna razón, es porque los niños tienen una mirada distinta. De hecho, todos los padres, cuando escuchan a sus hijos, reciben una enseñanza y una visión del mundo y de la vida completamente distinta a la que ellos, como adultos, pueden tener. En este sentido, creo que cualquier otro niño me hubiera podido dar una visión novedosa y profunda de la vida.

¿Hay una voluntad dar visibilidad a los niños de altas capacidades que, como apuntas en la novela, suelen pasar inadvertidos solo al sistema educativo, sino también a su entorno?

Sí, claro, ten en cuenta de que se trata de niños invisibles. No son famosos por lo que dicen, porque no hablan por televisión, porque no escriben en la prensa ni escriben novelas, y, por tanto, su pensamiento se queda en casa. Al mismo tiempo, en el colegio, todos los niños, no solo los de altas capacidades, terminan por comportarse igual porque están en un contexto muy definido y si están dado una asignatura en concreto, no hay espacio para otras divagaciones. Por ello, estos niños y todos los demás son invisibles, solo que en el caso de los niños con altas capacidades la invisibilidad es más frecuente. Son niños que tienen una grandísima capacidad de reflexión y voracidad por saber, necesitan que se les responda a todas esas preguntas sobre las cuales ellos reflexionan; sin embargo, si no encuentran el espacio donde se les da aquello que necesitan saber y donde pueden reflexionar sobre los temas que les preocupa, están condenados a la invisibilidad y no encajas en el sistema. Por todas estas razones, con Nuestra casa en el árbol quise darles la voz que no suelen tener.

La protagonista decide regresar a Inglaterra para educar a sus hijos y tú misma has optado por una escuela inglesa para ellos ¿Qué hay de admirable en el sistema educativo inglés que no haya en el español?

La sociedad inglesa tiene algo que la sociedad española no tiene y si no lo tuviera no se fugarían tantos cerebros a Estados Unidos y a Inglaterra. Cuando empecé a conocer cómo es el sistema educativo británico, admitiendo que hay cosas que son un poco repetitivas, me di cuenta de que la memoria se utiliza muy poco, casi nada; se usa la reflexión y la creatividad, se busca no solo que los niños reescriban tantas veces una palabra, ni que solo escriban frases casi iguales, intentan que escriban textos, que creen. En todas las actividades hay un algo más a lo que se hace aquí. Por esto, probé el sistema británico para mis hijos, también porque son mitad ingleses y se encuentran muy cómodos en el mundo anglosajón; de hecho, durante mucho tiempo me pregunté qué era mejor, educarles aquí o en Inglaterra.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía" 1
Hamble, UK. | Foto cortesía de Lea Vélez.

Eres muy crítica con el sistema educativo, que no se preocupa por las exigencias de los niños en su individualidad, sino tiende a la homogeneización, resultando poco productiva.

Todos los niños, aquellos con altas capacidades más, están mental e intelectualmente muy por encima del nivel del aula, del nivel del temario, de lo que se enseña y de cómo se enseña, con lo cual están todos adormecidos, aburridos, conscientes de que les están dando alpiste, mientras en casa posiblemente tengan solomillo. Yo no quiero criticar a los profesores en general, evidentemente hay algunos terribles y otros que son maravillosos; el problema es que no tienen las herramientas para detectar y entender a los niños con altas capacidades, para darse cuenta de que porque un niño con altas capacidades sea malo en lengua no significa que sea más torpe de los demás o que no se esté enterando. El problema no es este: el problema es que el niño va mal en lengua porque no le interesa, porque sus intereses son otros. Lo que hay que hacer es buscar maneras de entender a estos niños y esta es la lucha que lleva a cabo la protagonista de la novela, una lucha que, evidentemente, es muy autobiográfica.

Como se dice en tu novela: “¿Quién es más inteligente, un niño que saca ceros en lengua y dieces en física o una niña que saca dieces en lengua y ceros en física? Quizá la niña es Virginia Woolf y el niño es Isaac Newton”.

Yo todavía estoy aprendiendo todo lo que rodea las altas capacidades en los niños y estoy aprendiendo, sobre todo, a ver los talentos específicos como un aspecto más de las altas capacidades. Por lo general, si un niño tiene por la literatura y por las palabras, sentirá, por ejemplo, un completo desinterés por todo lo relacionado con los números. Esto no significa que sea peor o mejor, el problema es que, a pesar de su interés, durante años deberá enfrentarse a unas asignaturas que no le interesan y que, además, se dan de manera que no le interesen. Al final, el niño destacará ya de mayor cuando pueda concentrarse verdaderamente en lo que le interesa y le gusta. Esto nos pasa a todos. Lo que sucede en el caso de los niños con grandes capacidades es que tienen altas motivaciones por eso que les gusta, tan altas que a veces llegan a ser obsesiva y todo lo demás lo odian. Tienen una forma casi instintiva de rechazo, es como si su cuerpo ya supiera a qué se van a dedicar, cuál es su objetivo.

Sin embargo, también podría decirse que este orden e, incluso, esta imposición de tareas o asignaturas que no gustan es una forma de aprendizaje para la vida adulta.

Por supuesto, el problema es que este aprendizaje no está bien enfocado. Si a mí de pequeña no me gustaban las matemáticas no es porque no fueran bellísimas, sino porque las matemáticas que me trataban de enseñar en el colegio era: 3×4, 4×4, 5×6…. Algo completamente repetitivo y así durante todos los años escolásticos. No era de extrañar que, llegada a segundo de BUP, las matemáticas para mí eran sinónimo de lo peor. El otro día, me contaba un amigo que da talleres de matemáticas que en sus talleres usan para la enseñanza un método completamente distinto, donde se hacen esquemas en 3D, donde los números se visualizan en todas las dimensiones a través de construcciones que los niños hacen… En definitiva, un método fabuloso que nada tiene que ver con coger la tabla de multiplicar y memorizarla. Y con esto no digo que no haya cosas que se deban memorizar, pero el método basado la memorización es terrible. Como niña sufres el sistema educativo y lo vuelves a sufrir como madre y te das cuenta de que no hemos avanzado nada. Evidentemente que hay estudiar matemáticas y lengua, aunque no te gusten, pero hay que aprender y estudiarlas de una manera que incorporen tu motivación.  Si desmotivas, no estás enseñando nada.

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“Me he planteado la educación, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo.” | Foto: Asís Ayerbe.

Ha habido muchas teorías en torno a la idea del niño feliz, del niño crecido en libertad, pero también hay quien dice que el niño no debe crecer en un mundo ideal, sino que debe aprender que no siempre hará lo que le gusta, a que padecerá frustraciones y tendrá obligaciones.

Yo no estoy de acuerdo con esta idea de aprender a asumir frustraciones y obligaciones. La idea de que hay que aprender a apechugar con las frustraciones es una idea judeo-cristiana. Creo que no podemos borrar las frustraciones de nadie, ni las de los niños ni las de los adultos, pero tampoco creo que decir que hacer felices a los niños sea un acto de auto indulgencia y una forma de malcriarlos. Esto es lo que piensa la mayor parte de la sociedad, pero en cambio yo estoy convencida de que se puede educar en libertad y no malcriarlos, al contrario. Eso sí, educar en libertad no significa permitir al niño que haga lo que quiera. Evidentemente el niño necesita una guía, necesita la ayuda de los adultos para buscar sus motivaciones y la manera de estructurar sus motivaciones, pero existe la manera de que los niños sean felices en las escuelas y una de las maneras de conseguirlo es hacerlos trabajar desde la motivación.

En este sentido y a pesar de las críticas, sigues creyendo en la escuela.

Efectivamente y, de hecho, en mi novela la madre no los saca del colegio, pero sí pelea para compensar todo aquello que hace infelices a los niños con una serie de actividades lúdicas. Todo esto, evidentemente, solo se entiende si hablamos de niños pequeños, no de adolescentes. Hay que tener en cuenta que los niños pequeños no entienden el concepto de responsabilidad, no lo computan y no sirve de nada decirles que tienen que hacer algo por su bien o por su futuro, a ellos el futuro les queda muy lejos. Hay que hacer felices a los niños en las edades tempranas, pero los adultos, porque nos hemos olvidado de la infancia o porque no se enseña en las facultades de magisterio, tratamos de inculcarles la nuestra disciplina, la disciplina de un oficinista. Y esto con los niños no funciona. Evidentemente, con los años deberán ir incorporando una cierta disciplina y los adolescentes de bachillerato son otro mundo.

¿Alguna vez te has planteado la educación?

Es una cosa compleja. Yo me lo planteé, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo. Me parecía un mundo demasiado complicado, aunque, al final, no lo es tanto y, de hecho, mucha más gente de la que creemos educa sus hijos en casa. Preferí optar por el sistema inglés, porque quiero que mis hijos se socialicen en el colegio, quiero que se acostumbren a la sociedad y, como decías antes tú, a un cierto grado de frustración. ¿Sí el colegio durase cuatro horas y no ocho sería mejor? Para mí, sin duda, porque con tantas horas se ha diluido mucho la enseñanza esencial y no me refiero a leer a escribir, sino a aquello que les va a servir siempre, más allá de las asignaturas. Este aprendizaje está diluido y los niños no entienden exactamente por qué están en el colegio y qué aprenden allí; el colegio, al final, es un conjunto de estratos muy débiles de pintura que se resquiebran durante el verano.

Sin embargo, para reducir las horas escolares hay que reorganizar el horario laboral de los padres.

Sin duda. Hay una cosa clara: en el momento en que se cambia algo de una manera radical, toda la sociedad se tiene que reestructurar. Si estamos de acuerdo de que los niños están siendo torturados ocho horas cada día fuera de sus casas -evidentemente nadie lo dirá-, entonces hay que cambiar el horario.  Cuando se está cometiendo un crimen hay que pararlo, aunque la sociedad se esté beneficiando de ello. Además, incluso con el horario que tenemos, sin ninguna reducción, son muchos los padres que se sacrifican para poder estar con ellos. ¿Cuántas madres reducen su jornada de trabajo para poder estar con ellos? Los niños salen a las 17:30, cuando todavía los padres trabajan, pues en muchos casos no salen hasta las 20:00. Hay que dejarse de las estupideces: el horario del niño debe coincidir con el horario del padre. Y así mejoramos también la vida de las personas, porque lo que tenemos en España son horarios inmundos que no tiene nadie en Europa. En España somos así de estupendos.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía" 2
Portada de Nuestra casa en el árbol | Editorial Destino.

En la novela planteas el juego como una forma de aprendizaje

Por supuesto. Los adultos jugamos todo el rato. El arte, la literatura, el trabajo remunerado pero hecho con gusto es una forma de juego. Yo veo el juego como una forma de perpetuar la especie, de adquirir los roles de los adultos, de aprender todo tipo de cosas…el apasionarse por una serie o una película y reinterpretar a los personajes es una manera de desarrollar una creatividad literaria, es una forma de crear historias.

Los dos niños protagonistas son tus dos hijos, Richard y Michael, pero decides incorporar una tercera voz, la de una niña, ¿por qué?

Primero, porque quería incorporar la voz de una niña que también es muy inteligente y tiene los mismos deseos que cualquier niño y de cualquier hombre. Hay que tener en cuenta que las niñas de altas capacidades son, incluso, más invisibles que los niños, porque las rodea el machismo inconsciente que llevamos todos dentro y por el cual todavía hoy cuesta pensar a las mujeres teniendo espíritu científico e imaginarlas como científicas a la par que a los hombres. El segundo motivo es que quería incorporar aquello que decía mi hijo Richard cuando era muy pequeño y no lo podía hacer si no era a través de un tercer personaje de esa edad. Y, por último, porque yo recuerdo muy bien mi infancia e incorporar esa voz era una manera de añadir mi visión del mundo desde los recuerdos de mi infancia.

La voz de la niña y la voz de la madre comparte una reivindicación de la capacidad de la mujer, una capacidad que se plasma en la casa en el árbol que la madre construye para sus hijos.

Todavía hoy la mujer es muy insegura. A lo mejor vuestra generación, que es más joven, tenéis más seguridad en vosotras mismas, puesto que el caldo de cultivo social en el que os habéis educado era más igualitario, habéis crecido viendo a más mujeres en roles de poder o en el campo científico y, por tanto, tenéis un mayor sentimiento de “yo puedo y soy igual que un hombre”. Sin embargo, mi generación estaba bastante atrás en todas estas cosas. Si bien yo he sido educada para no depender de un hombre y nunca he dependido de ninguno, irremediablemente al perder a mi marido, me di cuenta de la cantidad de cosas “de hombre” que él hacía y que le había cedido porque yo hacía cosas más “de mujer”. Con esto no digo que yo limpiaba la casa y él se ocupaba solo de los arreglos domésticos, pero sí que había una separación de faenas que respondía en parte a la visión clásica de los roles. Cuando me quedé sin él, me di cuenta de que tenía que hacer una serie de cosas sola y descubrí que el adquirir ese otro rol y el realizar todas aquellas otras actividades me da una sensación de libertad absoluta. Me di cuenta, entonces, de que dependía mucho de él, más de lo que sospechaba.

¿Entre esos roles que te toca asumir está el de padre?

Sí, también. Consciente o inconscientemente quieres compensar a los hijos por la pérdida de la figura paterna.  No les llevo al fútbol, pero sí les aproximo a lo que yo considero que son retos personales y que yo puedo asumir; por ejemplo, construir la casa en el árbol.

La casa en el árbol representa un mundo bucólico, ¿un desiderátum, una arcadia que en verdad no existe?

Un ideal, sí, un mundo inexistente. La literatura, para mí, funciona en dos niveles que se complementan: el primer nivel es aquel del relato de los hechos que te han sucedido y que quieres plasmar en las novelas como forma de memoria y el segundo nivel es el de la literatura como ex voto, como deseo lanzado o mapa imaginario de un lugar al que ir. Creo que estos dos niveles funcionan en todo tipo de arte; habrá otros niveles, porque el arte es muy complejo, pero estos dos son los que yo tengo identificados y en ellos enmarco mi narrativa.

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Redacción TO

Foto: The Objective
The Objective

Nuestros subjetivos nos sugieren, a propósito del Día Internacional del Libro, una serie de títulos que deberían ser leídos para hacer más entendible nuestro contexto histórico.

¡Disfruten!

La hija de Stalin

Recomendación de Valentí Puig

La hija de Stalin es uno de los personajes secundarios más enigmáticos del siglo XX, aterrada por la vida desde que supo, años más tarde, que su madre se disparó en el corazón. Una infancia en el Kremlin de Joseph Stalin lo pervierte todo o, dicho en otros términos, convierte la vida emocional en una disfunción. Lo cuenta la escritora canadiense Rosemary Sullivan en “La hija de Stalin” (Debate), que viene a complementar los dos libros de Simon Sebag Montefiore sobre Stalin y su crónica de los Romanov. El primer amor de Svetlana fue a parar al Gulag, pero solo a la muerte de su padre en 1953 ella supo del horror estalinista. Huyó de Rusia de modo espectacular, regresó y al poco estaba de nuevo en Occidente, con una vida privada de vértigo. De niña quiso a su padre. Inestable y paranoica, sus cenizas fueron a parar al Pacífico.

Platón y Europa

Recomendación de Gregorio Luri

Llevo a Jan Patocka siempre conmigo. Lo llevo con tanto entusiasmo que hasta me permití la imprudencia de reivindicar su figura académicamente en la Universidad Masaryk de Brno ante  un grupo de discípulos suyos. Aunque es apreciado como uno de los principales fenomenólogos europeos, lo que me interesa especialmente de él es su desacomplejada reivindicación del cuidado autónomo del alma (la “victoria de sí mismo”, diría nuestro Melchor Cano) como nuestra esencia: aquello sin lo cual Europa dejaría de ser ella misma. En la Checoslovaquia comunista esto debía hacerse clandestinamente, en un ejercicio arriesgado de heroísmo de la razón que acabó costándole la vida. Precisamente en un sótano de Praga impartió el seminario recogido en Platón y Europa.

El cuidado del alma tiene, efectivamente, un sesgo subversivo. Por eso mismo comienza a ser urgente reivindicar a Patocka: no puede excluirse la posibilidad de que Europa quiera desembarazarse de sí misma.

La Vegetariana.

Recomendación de Lea Vélez

Rata_, una editorial joven y valiente, con discurso claro, con ánimo de cerrar huecos y carencias entre los lectores, nos trae La Vegetariana, de Han Kang, autora galardonada con el Booker internacional. Es un libro-alimento que he devorado en una tarde. Es trepidante por cómo está narrada la historia sencilla de un matrimonio, de una familia coreana, de su forma de ver el mundo, envueltos en las normas sociales.  Una mujer, sin previo aviso, se sale de lo común dejando de comer carne y esto causa un efecto dominó de momentos cotidianos y reacciones familiares lleno de sorpresa, drama, emoción. Un libro de prosa precisa y trabajada, hipnótico, con imágenes poderosas, poéticas, que fluye como alimento. Un libro sobre el alimento que es puro alimento del espíritu y te hace disfrutar y pensar sin saber qué estás pensando, que es como deben ser los buenos libros.

Martín Lutero. Vida, mundo, palabra.

Recomendación de Juan Claudio de Ramón

Cada elegante elipse de la Tierra alrededor del Sol trae al menos un par de pretextos para leer sobre algún tema de importancia. Este año 2017 viene pintiparado, por ejemplo, para indagar en la abundante literatura sobre la Revolución rusa. Pero también para saber algo más del agustino recoleto que hace quinientos años cambió la historia para siempre, al clavar sus noventa y cinco tesis en el portón de la iglesia del palacio de Wittemberg. En España, Lutero es una figura mal conocida, vista siempre al trasluz de su enfrentamiento con Carlos V. No hay, sin embargo, acontecimiento más importante para comprender el origen de nuestro presente que la Reforma. Por ello, mi recomendación para el día del libro es Martín Lutero: Vida, mundo, palabra, excelente obra de Thomas Kaufmann, editada en España con su habitual pulcritud por Trotta. Breve y accesible, su lectura me ha atrapado. Kaufmann condensa la almendra de las querellas teológicas de Lutero con sus contemporáneos, al tiempo que ofrece las pinceladas históricas que permiten entender que el profesor de Biblia de Wittemberg triunfara como reformador donde otros habían fracasado como herejes: la crisis de reputación de la iglesia existente, el desapego del Imperio respecto del Papado, y de los propios príncipes alemanes respecto del emperador, y la velocisima circulación de textos gracias a la imprenta, que hace de Lutero, dice Kaufmann, «la primera estrella mediática de la historia».

Pero nada hubiera sido igual sin la seductora y compleja personalidad de Martín Lutero: monje y burgués, hereje y profeta, teólogo de la gracia negador de las capacidades humanas en su trato con Dios y, sin embargo, predicador de una voluntad sobrehumana. Escritor de genio, en fin, que disputaba en latín y unificó la lengua alemana, al movilizarla para su empresa evangelizadora. Por lo demás, el que fue hombre de su siglo no tenía la menor idea de estar inaugurando una nueva época histórica. Como otros, pensaba que el fin del mundo estaba cerca y que pronto Dios confirmaría que había enseñado bien. Hay algo conmovedor en esta total certeza de la fe que hoy resulta difícil de entender. Aunque si es cierto, como dejó escrito el propio Lutero, que tener una religión es «tener algo en lo que el corazón confía por completo», puede que aún estemos a tiempo de salvarnos.

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El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

Jorge Raya Pons

Foto: Reuters

David Carr vivió una larga cuesta abajo disparado y sin frenos cuando descubrió los senderos de la droga, que le transformaron en un hombre terrible. Muchos años después, siendo un periodista exitoso y reverenciado en The New York Times, quiso explorar aquella sala oscura que era su pasado y abordarla en un libro que se llamaría La noche de la pistola, editado ahora en España por esa caja de sorpresas que es Libros del K.O. Carr viajó a los lugares donde vivió, entrevistó a docenas de personas que conocieron al antiguo yo y le quitó el polvo a un buen puñado de documentos archivados que incluían fichas policiales y sentencias.

No es sencillo encontrar personas tan esforzadas por alcanzar un grado tan elevado de autoconsciencia. David Carr era –fue– un maltratador –golpeó a dos de sus exparejas– y un yonqui, un periodista extraordinario y un padre entregado. Tendemos a imaginar que hay todo un mundo entre los polos, y sin embargo está a un tiro de coca de distancia. En este libro, Carr rescata un puñado generoso de experiencias especialmente repugnantes. Como el día en que olvidó a sus hijas en el coche cuando hizo una visita nocturna a su camello, con quien pasó la noche entera. Cuando salió de la casa, las niñas continuaban allí, en sus sillitas, vestidas con sus monos de invierno.

El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack 1
David Carr, junto a sus hijas, Erin y Meagan. | Fuente: Archivo de David Carr

En otro momento, el periodista cuenta la historia emotiva, reveladora y profundamente trágica de su amigo Dave, a quien conoció en desintoxicación y de quien escribe que “tenía hijos” y le enseñó “muchas cosas, no solo sobre ser padre, sino sobre ser un hombre de verdad”. Dave fue una mano tendida en su rehabilitación: cuidó de él, cuidó de las niñas, se aseguró de que asistiera a cada una de las reuniones. Los años pasaron, Carr logró recuperarse, y ambos tomaron distancia.

Algunos años después, Carr visitó a Dave; un amigo común le avisó de que era momento de hacerlo. Dave estaba en su cama, hinchado y sin fuerzas y terriblemente enfermo. Hablaron de las niñas, de deporte, y prometieron volver a verse otro día. Carr se despidió, y supo en ese momento que no volverían a verse. Así que le dijo: “Te debo todo lo que tengo en el mundo. Has hecho mucho. Ahora puedes descansar”. Y se marchó.

Es posible que David Carr carezca del virtuosismo literario de Burroughs y de tantos otros que exploraron la mística y la ruina de la adicción a las drogas. Pero tampoco importa: Carr lo hace con una honestidad brutal, abriéndose en dos y exponiéndose sin reparos. Y aunque a menudo cae en la bravuconería y en un punto nada lejano a la autocomplacencia, el libro deja a las claras que su vocación principal es la expiación de sus pecados. Una confesión larga y documentada ante Dios y ante sus lectores.

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La noche de la pistola, de David Carr (Libros del K.O.) | Foto: The Objective

Carr, que tantos méritos hizo para morir en una sobredosis, o en una pelea entre colgados, o en un accidente de tráfico, que sobrevivió a un cáncer particularmente agresivo y que recayó en el alcoholismo, murió muchos años después, en 2015, tras desplomarse por un infarto frente a su mesa en el Times. Tenía 58 años.

Carr escribió un libro valiente. Detrás de sus gemelas, que crecieron felices y fueron a la universidad –he obviado que crecieron entre jeringuillas; su madre también era yonqui–, su gran legado es este libro que sirve como advertencia: hay épica y diversión con las drogas, pero solo antes de crear descontrol y una probabilidad muy alta de destrucción. Su amigo Ike se lo dijo en otras palabras: “¿Vas a ser leal a un jodido concepto como el de ser artista? ¿O vas a ser leal a unos seres humanos de los que eres responsable?”. Y Carr, casi en los últimos párrafos, escribe: “Siempre te dicen que tienes que curarte por tu bien, pero lo único que me permitió dejar de hacer el imbécil fue recordar que otras personas dependían de mí”. Este libro es la declaración de amor a sus hijas.

Continúa leyendo: Charles Bukowski entre mujeres

Charles Bukowski entre mujeres

Romhy Cubas

Foto: Terraignota Ediciones
Terraignota Ediciones

“Las mujeres del pasado siguen llamándome
Ayer mismo llegó otra de afuera del estado
Quería verme
Le dije “no”
No las quiero ver
No las veré
Sería incómodo, terrible e inútil
Sé de gente que puede ver la misma película más de una vez
Yo no” (…)

Del poema Novias de Charles Bukowski

Antes de ser Charles fue Heinrich Karl Bukowski, nacido en Alemania un 16 de agosto de 1920. La crisis económica en el país europeo tras la Primera Guerra Mundial llevaría a su familia emigrante hacia América, y para que se acoplara al ritmo estadounidense los padres de Heinrich comenzaron a llamarlo Henry. El resto es historia, el mito de Bukowski y sus irreverencias poéticas en la ciudad de Los Ángeles.

A su alrededor: su trabajo, relaciones, carácter y hasta su predilección por la bebida conspiraron para formar esa leyenda de poeta veterano e indolente. No fue hasta los 40 años que sus versos obtuvieron reconocimiento, y aunque hizo el intento de estudiar periodismo y arte su principal profesión y sustento monetario durante más de una década residieron en la oficina de correos de la ciudad de Los Ángeles. Como una especie de agente encubierto Bukowski era cartero de día y poeta de noche.

No obstante, una vez su editor y publicista John Martin le prometió 100$ mensuales por el resto de su vida para que se dedicara a escribir y dejara el oficio diurno de las cartas a los profesionales, la carrera de Bukowski se aferró a su prosa sentimental e irreverente, toda ella contradicciones, para presentarse como uno de los grandes poetas del siglo XX, sin mencionar que se le ha asociado a la Generación de los Poetas Beat y de los escritores “malditos”. Pero la voz de Bukowski realmente nunca vino acompañada de grupos viscerales, él siempre fue un solitario.

Aunque en su marca personal no podía faltar el tabaco y la botella de whisky, las groserías y esa imagen desaliñada de viejo indecente, como su alter ego Henry Chinaski, hay varios mitos sobre Bukowski además de su ineludible talento como escritor que se tambalean entre la ficción y la realidad.

A menudo tildado de borracho y misógino, no hay que buscar demasiado para encontrar archivos y fotografías de ese Bukowski alcoholizado por el cual suenan las campanas. Tampoco hay que leer demasiado entre líneas para encontrar entre sus poemas y relatos de “amor” una prosa peyorativa y contradictoria hacia las mujeres como objeto-sujeto. Su relación con estas fue igual de contradictoria, por un lado se podría decir que Bukowski respetaba y amaba a las mujeres, sus más allegados así lo respaldaban, y sin embargo, trabajos como La Máquina de Follar, Se busca Mujer o tal vez el más evidente Mujeres, exponen versos en donde es fácil cruzar la línea entre la sinceridad y la desfachatez, la irreverencia y la misoginia.

Está el detalle que expone el mismo Bukowski cuando se burla de sí mismo en sus textos, o cuando crea una imagen comercial que su ex novias y su publicista John Martin suavizan, pero fueron precisamente esos detalles, mitos o no, los que hicieron a Bukowski “el escritor”, el mujeriego, el poeta no tan romántico, el cartero más famoso de Los Ángeles.

“Hay en mí algo descontrolado, pienso demasiado en el sexo. Cuando veo a una mujer la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos.” Charles B en Mujeres.

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Jane Cooney Baker y Charles Bukowski | Imagen vía: Alternative Reel

La prostituta de 300 kilos

Bukowski a menudo se refería a su iniciación en el plano sexual con una anécdota que reiteró en numerosas ocasiones y sazonó en sus historias. De entrada el escritor adopta una actitud usual en sus poemas y relatos y recuerda cómo con 24 años de edad conoció en un bar a “la primera mujer” que gustó de él.

La narración está grabada en video y Bukowski, Whisky en mano, recuerda a la “prostituta de 300 kilos” que al igual que él buscaba compañía aquella noche. La pareja subió al hotel y a la mañana siguiente, al no encontrar su billetera, el escritor echó a la mujer de la habitación creyendo que esta era la responsable de su desaparición. La billetera apareció minutos después al lado de su cama, y en vano Bukowski persiguió arrepentido y con resaca a la mujer con la cual perdió su virginidad en un motel de Los Ángeles.

Jane Cooney Baker

Fue su mayor musa y tal vez su romance más definitivo. Sus relatos y poemas están repletos de versiones de esta mujer diez años mayor que él a quien conoció –de nuevo- en un bar de Los Ángeles. Entre botellas y humo de cigarrillos se sucedió esta relación tumultuosa y reveladora. Esa misma adicción por el alcohol llevó a Jane a su muerte en 1962.

El escritor luego reconocería que de todas sus compañeras Jane sería la única por la cual regresaría.

“…hace 28 años / que estás muerta / y sin embargo te recuerdo / mejor que a cualquiera de las otras / vaya un trago / por tus huesos / con los que este viejo perro sueña / todavía”.

Linda King

A esta poeta y escultora la conoció porque la primera esculpía rostros de poetas famosos, y cuando oyó que uno de los mejores prosistas de Los Ángeles estaba en la ciudad solicitó tallarlo.

Su relación se prolongó intermitentemente por cinco años a principios de los 70. Volátil, agresiva y turbulenta fue de una de sus relaciones más inestables y temperamentales; sin embargo, llama la atención que en entrevistas posteriores al referirse a Bukowski Linda King rara vez es despectiva o insiste en los momentos violentos, más bien hace énfasis en la particular personalidad del escritor, en sus inseguridades y manías.

“Siempre pensé que le faltaba confianza en sí mismo. Si hubiera sido un hombre físicamente bien parecido y hubiera tenido éxito con las mujeres, creo que nunca hubiera pensado en aquello”, recuerda King en una entrevista para Vice.

Charles Bukowski entre mujeres 2
Linda Lee Bukowski y Charles Bukowski | Imagen vía: Taringa

Linda Lee Beighle

Fue la segunda esposa de Bukowski, la primera fue Bárbara Bukowski, quien murió bajo misteriosas circunstancias en un viaje a la India. A Linda la conoció en un puesto de comida, con ella compró una casa en San Pedro y fue esta quien estuvo a su lado en el hospital cuando el escritor murió de leucemia el 9 de marzo 1994.

Como la mayoría de sus compañeras, Lee recalca la timidez y falta de confianza de Bukowski, sus habilidades sociales, o más bien la falta de ésta, y su preferencia por la máquina de escribir ante la posibilidad de tener que entablar conversaciones con otras personas.

“Jamás hablaba de su trabajo, pensaba que le traería mala suerte”, explica Lee. “A veces escribía poemas en plena noche. Bebía un vaso y me lo leía. Pero esto pasaba sólo una vez al año. Por lo general no mostraba sus trabajos a nadie, los enviaba todos directamente a su editor”.

Ellas no fueron las únicas mujeres en la vida del poeta, hubo novias, amigas, amantes y romances de una noche. La mayoría de estas relaciones llegaron con la mediana edad y su alza como escritor. Todas ejercieron un papel básico en su manera de escribir y de relatar el “amor”. De todos los mitos sobre Bukowski tal vez el más claro está en sus contradicciones, ya que su imagen de bebedor empedernido fluctuaba con sus testimonios, y el de su misoginia con la voluntad de conversar de aquellas mujeres.

“Mujeres: me gustaban los colores de sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos”.
Del libro Mujeres de Charles Bukowski

Es ineludible que como personaje literario, estereotipado o no, fue y sigue siendo referencial. A su muerte dejó una obra compuesta por más de 1.000 poemas, cinco novelas y seis libros de relatos. Ahora, en cuanto al mito, la manera más sensata de aclararlo está en sus propias ficciones, que han demostrado después de todo ser la adicción más sana y fiel de Bukowski, el “viejo indecente”.

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Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de posguerra

Romhy Cubas

Hace 56 años, específicamente la mañana de un domingo 13 de agosto de 1961, Alemania amaneció separada con una alambrada de 155 kilómetros entre dos cielos berlineses ubicados en la misma geografía pero bajo distintas ideologías. En la frontera del sector soviético hacia Berlín Oeste aquellas “barreras temporales” se mantendrían durante 28 años aislando a su capital.

La noche anterior a la construcción el consejo de Ministros de la RDA –República Democrática de Alemania- habría anunciado el objetivo de tal instalación: “poner fin a las actividades hostiles de revanchismo y militarismo de Alemania Occidental y Berlín Oriental”. Eventualmente los rollos de alambres y púas fueron reemplazados por paneles de hormigón y cemento. Las calles, plazas y casas quedaron divididas entre dos horizontes. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial había terminado y con ella la Alemania nazi, en Europa la victoria todavía era amarga.

Durante la guerra se sobreviviría –con suerte- a base de fe y migajas. De los testigos, además de viejas fotografías, resistieron diarios y cartas escritas a la sombra de refugios antibombas y campos de concentración. Dedicarse a leer era un acto revolucionario, como el ejército con el que soñaba Hitler, si algo se aprendió de la Acción contra el espíritu anti-alemán el 10 de mayo de 1933 con la quema voluntaria de miles de libros es que la literatura no era comunal, mucho menos necesaria. Sin embargo, por terquedad o simple naturaleza se sobrevivió, se escribió y se leyó, y de aquella rutina surgió todo un nuevo género literario de posguerra en el cual los narradores del este y del oeste se afincaron para relatar sus inquietudes. Aunque con un espíritu menos festivo que el de la Generación Perdida en París, su ímpetu para cuestionar y debatir ante la sociedad y el Estado se mantuvo.

El Grupo 47 construyó con los escombros de la guerra una carrera literaria de la cual emergería plumas como las de Günther Grass, Heinrich Böll, Thomas Hettche, Julia Franck, Judith Hermann e Igno Schulze.

“Dedicarse a leer era un acto revolucionario.”

Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de Posguerra
Diario de Ana Frank escrito entre 1941 y 1944 | Imagen vía: AFF Basel/AFS Amsterdam

Antecedentes: Entre diarios y manuscritos escondidos

Durante la Alemania nazi, de los refugios y campos de concentración no solo emergieron sobrevivientes, sino que se forjaron un puñado de escritores que nunca llegó a saber el destino de su fama.

Ana Frank: luego de que Alemania invadiera Polonia Ana Frank huiría a los 13 años con su familia de ascendencia judía hacia los países bajos. Durante dos años se escondería junto a otras 7 personas en La casa de atrás, refugio ubicado en el canal Prinsengracht n° 263 en Ámsterdam. Además de entender el poder de la intolerancia, por esas fechas Ana Frank también recibió de regalo de cumpleaños un cuaderno empastado con una pequeña cerradura en el frente. Sus páginas se convertirían en el diario más versionado del futuro. Historias, frases de sus autores favoritos y apuntes de aquella rutina forzada salieron a la luz con el peso de la guerra en los ojos de una adolescente de 13 años. Antes de ser llevada a los campos de concentración, en 1944, Ana reescribía su diario para convertirlo en un libro que no pudo terminar. Aunque nunca lo supo, la guerra la convirtió en una reconocida y precoz escritora.

Irène Némirovsky: esta novelista de origen ucraniano pasó gran parte de su vida huyendo, primero de la Revolución rusa, luego de la leyes antisemitas que le impidieron trabajar y divulgar sus novelas en Francia; sin embargo, ya antes de la guerra había logrado establecerse con una decena de escritos publicados en francés. En 1942 es arrestada e internada en el campo de Pithiviers, para luego ser deportada a Auschwitz en donde murió de tifus el 17 de agosto del mismo año. De sus pertenencias sobrevivieron dos manuscritos inéditos que le dieron nombre a una de las grandes crónicas sobre el éxodo durante la guerra y la ocupación alemana en Francia. Suite francesa, publicada de manera póstuma en el 2004, es una crónica incisiva del ejercicio de las relaciones humanas asediadas bajo fuego en el frente.

Milena Jesenská: su nombre estuvo particularmente ligado al del escritor Franz Kafka, con quien comienza una larga correspondencia luego de leer algunos de sus cuentos y pedirle autorización para traducirlos al checo. Pero Jesenská fue mucho más que la “amiga de Kafka”, como se titula el libro de Buber Neumann dedicado a sus experiencias en los campos de concentración. Corresponsal y periodista para diversos semanarios y periódicos políticos en Viena, sus trabajos lograron captar una valiosa mirada femenina en el periodismo checoslovaco de preguerra antes de su muerte en el campo de Ravensbrück, Alemania.

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Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

Literatura de posguerra

La reflexión sobre el pasado, sobre la responsabilidad individual y colectiva de una nación y la insatisfacción ante una sociedad distante y angustiosamente absurda fueron algunos de los puntos claves para la creación de esta literatura de posguerra que buscó recuperar de entre los escombros el sentido común de la humanidad. Los jóvenes que vivían entre el trauma del nazismo y la derrota bélica, en una crisis de identidad que le daba un nuevo formato a su compromiso político y social, lograron frustrar en el papel su propia e utópica reunificación.

Relataba el escritor español Fernando Aramburu para El Cultural en el 2014: “La caída del muro desató una especie de movida literaria en Alemania. Sobre todo los jóvenes escritores de la antigua RDA estaban deseosos de ejercitarse en la recién estrenada libertad, tenían un sinfín de historias que contar, podían despacharse a su antojo, sin cortapisas censorias, buscaban una nueva identidad y un público multitudinario esperaba con ansia sus relatos y testimonios. No defraudaron. El cine, el teatro, la arquitectura, se apuntaron de buena gana al nuevo empuje creativo”.

El Grupo 47

También conocidos como la generación “escéptica”, directamente afectada por las acciones del nazismo pero en aquél entonces sin la edad suficiente para tomar acciones concretas ante este, su crítica hacia Alemania residió en recordarle al Estado las consecuencias de lo que consideraban una actitud excesivamente despreocupada hacia el pasado.

El grupo se remonta a 1946 cuando Alfred Andersch y Hans Werner Richter fundaron en Múnich la revista literaria Der Ruf -La llamada-. Con la idea de instruir al público alemán sobre la democracia tras el nazismo, eventualmente les revocaron la licencia y surgieron de nuevo en septiembre de 1947 para crear una nueva revista, Der Skorpion -El escorpión-, la revista tampoco tuvo éxito pero dio paso a la fundación oficial del Grupo 47.

Su espíritu transgresor no residió en el grupo per se, de sus reuniones se observaba lo usual en un grupo joven y letrado: lecturas, manuscritos, críticas y conversaciones. Pero la gran mayoría consiguió aquí el impulso para hacerse un nombre en la renovación de la literatura alemana tras la guerra.

Günther Grass, Premio Nobel de Literatura en 1999, escribiría Es cuento largo como una respuesta ante la caída del Muro de Berlín, Julia Franck relataría en Zona de tránsito su experiencia al cruzar Berlín Occidental a los 8 años con su madre y sus hermanas. Heinrich Böll comenzaría su carrera en los años 50 con pequeñas narraciones sobre la insensatez de la guerra y del heroísmo nazi, entre sus obras destacan Y no dijo ni una palabra, Opiniones de un payaso y Retrato de un grupo con señora; en 1972 recibió el Premio Nobel de Literatura por haber contribuido a la renovación de la literatura alemana. Paul Celan, de raíces judías y nacido en Rumania, fue recluido en un campo de trabajo de Moldavia y gracias a sus experiencias produce una obra poética de unos 800 poemas que se afincan en la paradoja de expresar el sufrimiento de los judíos en alemán.

Ilse Aichinger, Alfred Andersch, Ingeborg Bachmann, Günther Eich, Hans Magnus Enzensberger y Erich Fried son otros de los nombres destacados que se han ido sumando a este grupo.

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Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

El Muro de Berlín se comenzó a construir un 13 de agosto de 1961 y pronto se convirtió en una pared de hormigón de 3,6 metros de altura, con un interior de cables de acero y una “franja de la muerte” impuesta como una especie de foso colectivo. Entre 1961 y 1989 más de 100.000 personas trataron de cruzar el muro, entre 5.000 y 10.000 lo lograron y más de 200 murieron en el intento.

Hoy Berlín es ícono de escritores y artistas. Ciudad multicultural, bohemia y política en donde hace 56 años se levantaba un muro que, en un acto de equilibrio, también erigió un archivo inmenso de narrativa testimonial y literaria única.

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