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Leila Guerriero: “Me molesta la idea de la literatura feminista. Es literatura”

Nerea Dolara

Foto: Fundacion Telefonica
Espacio Fundación Telefónica

La periodista argentina conversa sobre las mujeres en la literatura y sobre la profesión del periodismo.

Leila Guerriero escribe. La periodista argentina vive de y necesita escribir, pero no requiere un lugar fijo. En los últimos tiempos Guerriero ha estado ocupada: lee historias ajenas en concursos tan importantes como el Bogotá39, colabora con muchos medios en el mundo, incluido El País en España, trabaja en un proyecto de libro propio, dirige una colección narrativa en Argentina y trabaja en edición de libros en Chile. Es una periodista de leyenda: independiente, militante con su profesión y un regalo para editores cansados (si es que los medios en que colabora los tienen… los editores son una especie en extinción).

En un momento en que el feminismo está en boca de todos y que las mujeres pelean por su igualdad abiertamente, hablamos sobre la presencia femenina en la literatura, sobre si hay ahora más espacios, responde: “que la literatura es un reflejo de lo que pasa en el resto de la sociedad. Históricamente ha habido menos espacio para las mujeres, la literatura ha reflejado eso durante años. Me molesta eso de la literatura femenina. Es escritura. Caemos en repetir esa idea de que las mujeres escribimos diferente. Hoy en día si llega con un buen manuscrito escritor por una autora a una editorial no hay editor tan obtuso para no publicarla. Me digo feminista, falta mucho camino para llegar a la igualdad, pero se ha avanzado mucho. Las voces ahora son fortísimas. Hay muchas mujeres con voces poderosísimas. No porque sean mujeres sino porque son autores increíbles”.

Guerriero tiene una visión privilegiada del panorama de la literatura latinoamericana, ya que se leyó los trabajos de los mejores autores de menos de 39 años de la región. “Fue un trabajo intenso, una inmersión de meses en leer una generación de gente joven de toda Latinoamérica. Fue muy estimulante porque había un montón de gente que conocía y otra que fue sorpresa total. Y eso que viajo mucho y tengo amigos en muchos países. Lo primero que me pasó por la cabeza cuando empecé a leer fue una pregunta: dónde estaba esta gente que no conocía. Muchas están publicando en editoriales independientes y con poca distribución. Además, me parece que la producción literaria está muy viva, pero eso no es novedad. Y en cuanto a temáticas me llamó la atención que hay algo que aparece claramente: la ausencia de temas relacionados con lo político. Se escribe mucho de los vínculos afectivos, mucho el vínculo padres e hijos, mucha escritura de infancia. Es como una nostalgia por un tiempo pasado que no es tan pasado. Y son prosas muy maduras”.

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Leila Guerriero en el evento ‘La verdad de todo esto’ de Fundación Telefónica en Madrid. | Foto vía Fundación Telefónica.

Pero hablar con Guerriero siempre deriva en el periodismo -ningún periodista no le haría preguntas sobre la profesión- y actualmente trabajar en los medios tiene unas características muy de esta época. ¿Afectan al trabajo final? “Hay una crisis de medios y no de periodistas. La idea de hacer llegar la información de forma más directa no está mal, pero hay poca valorización del lector, promovida desde los propios medios, que lo considera no lector o incapaz de entender. No se apuesta por gente inteligente. Las cosas están cambiando. La profesión está muy precarizada. Es una dinámica perversa. Ahora tienes que hacer de todo -redes, videos, fotos, textos- pero necesitas el trabajo, así que no resistes. Pero algo de resistencia sí hay que oponer porque si no terminamos publicando textos reduccionistas. Mi experiencia es que veo que hay mucha avidez de periodistas por hacerlo bien, por ser precisos, por hacer periodismo de calidad… existen experiencias digitales diferentes. Tengo la sensación de que por ahí anda el camino. Ofrecer buen contenido, más en profundidad que esta banalización”.

Y qué dice de la reciente moda que invade las cúpulas del poder de culpabilizar a los medios de todos los problemas o de inventar información falsa y defenderla a capa y espada. “Los políticos tienen su estrategia, sobretodo los populistas, de poner un enemigo fuera y un buen enemigo son los medios. Por un lado me parece bien discutir desde lo racional el grado de verdad, como ha sido verificada la información, quién dijo qué. Pero lo que no me resulta nada grato ni democrático es el ataque perpetuo a los medios como responsables del desastre. La intención clarísima de convertirlos en enemigos es anti democrático. A esos ataques hay que oponerles buen periodismo bien hecho. Y pasa en ocasiones que las respuestas no son las adecuadas. La información que se brinda no está tan blindada como debería estar. Y todo siempre es subjetivo, la noticia es subjetiva. Pero la mejor manera de responder a estas acusaciones es con una subjetividad honesta. La manera de defenderse es publicar información equilibrada y certera”.

Guerriero es de esas periodistas que puede opinar sobre el oficio porque profesa lo que defiende. Sus textos seguirán probando esto. Mientras tanto continúa con sus andanzas, es una nómada de los relatos y como tal debe encontrarlos donde se escondan.

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7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Nerea Dolara

El asesino y líder de un culto se convirtió en icono pop y ha sido el sujeto de muchas creaciones culturales. Ahora que ha muerto te recomendamos desde libros hasta podcasts sobre este tenebroso personaje que tanta obsesión ha generado desde los sesenta.

No es un secreto que los asesinos despiertan una oscura curiosidad en la gente “normal” (véase Seven o más recientemente Mindhunter, por ejemplo). Tampoco lo es que gracias a esa pulsión la cultura les ha dedicado muchas horas y páginas a sabiendas de que siempre habrá personas interesadas en saber más. Uno de los asesinos que se ha mantenido como una enorme figura influyente, incluso tras años de cárcel, es Charles Manson. El hippie que quería ser músico y que terminó liderando varios sangrientos asesinatos murió esta semana, pero su presencia sigue siendo amplia y poderosa en la cultura. Manson y sus crímenes están en todos los géneros y aquí revisamos su presencia en la cultura y qué puedes mirar, leer o escuchar si quieres descubrir su larga influencia en la cultura.

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Un libro

Las chicas tuvo un éxito inusitado el año pasado. No es de extrañar. La primera novela de Emma Cline relata, con nombres cambiados, la experiencia de una chica de clase media que deja su casa para unirse a un grupo de casi adolescentes que viven con un gurú, una clara referencia a Manson y La Familia. La novela retrata con maestría el momento histórico y la capacidad de Manson de atraer, seducir y someter. Su cariño y su violencia, su volátil personalidad. Y retrata a las chicas, todas amantes, todas jóvenes, todas perdidas. Una novela que no romantiza un tiempo que muchas veces se ha visto como idílico, que relata una historia dura y a la vez capaz de enganchar.

7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Un disco

The Downward Spiral, de Nine Inch Nails (1994), no sólo recicla letras de Mechanical Man, una canción de Charles Manson, e incluye una colaboración con Marilyn Manson (cuyo apellido falso proviene claramente del nombre del asesino), sino que se grabó en 10025 Cielo Drive, la casa en que Sharon Tate y sus amigos fueron brutalmente asesinados y donde Trent Reznor construyó un estudio al que llamó Pig (en referencia a las pintadas que los asesinos dejaron en las paredes). Reznor luego reconoció que tal vez esto fue un error. The Guardian lo cita explicando que poco después se encontró con la hermana de Tate que le reclamó por explotar la muerte de Sharon. “Por primera vez pensé: ¿Y si fuese mi hermana?. Pensé: Que se joda Charlie Manson. No quiero que me vean como alguien que apoya a un asesino en serie”.

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Un ensayo

The White Album es un extenso ensayo en que Joan Didion analiza -posteriormente, se publicó en los setenta pero habla de su vida en la California de los sesenta- el fenómeno hippie y de la contracultura en California y su vida en ese tiempo. Los asesinatos perpetrados por La Familia aparecen en el libro y Didion los identifica como los responsables de la muerte de un momento, de un espíritu libre y despreocupado. California se llenó de paranoia y miedo. Y cuando Manson, el perfecto ejemplo del hippie descarrilado (el discurso dominante en los medios) fue detenido, el flower-power recibió su última estocada. Didion entrevistó a Linda Kasabian, una de las asesinas y amantes de Manson, más de una vez, de hecho le compró el vestido que llevó a su juicio. Y en el libro relata estas conversaciones.

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Una serie

Aquarius no tuvo demasiado éxito, pero claramente cuenta la historia de los comienzos de Manson y lo que va a venir después. Un policía, completamente conservador y que rechaza a los hippies, interpretado por David Duchovny, sigue la pista de una adolescente desaparecida que se une al grupo de un gurú. La serie se toma libertades, pero resulta un ejercicio interesante.

Una canción

Death Valley 69, de Sonic Youth, hace referencia directa a Manson, La Familia y los asesinatos. La canción fue llamada por Rolling Stone “la mejor fusión de punk y estética de película de terror que ha hecho la banda”.

Un podcast

You Must Remember This es un excelente podcast sobre historia de Hollywood que hace Karina Longsworth, antigua jefa de cultura del L.A. Times. ¿Qué hace la historia de Charles Manson en su podcast? La serie de 10 episodios sobre el asesino existe en sus archivos porque, como sabrá casi todo el mundo, los discípulos de Manson mataron, entre otras personas, a la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski. Las muertes afectaron no sólo al país y al verano del amor, que mucha gente considera que murió en ese instante, sino al mundo del cine. Profundamente investigada, la serie relata la completa historia de Manson y cómo pasó de ser un extraño y violento aspirante a músico a líder de un culto con tendencias asesinas. Una joya del periodismo y un excelente retrato de ese tiempo y este personaje.

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Una película

Manson (1973) es un documental nominado al Oscar en que el cineasta, Robert Hendrickson, tuvo total acceso al rancho que era hogar de La Familia y entrevistó a sus miembros antes, durante y tras los juicios por los asesinatos Tate-LaBianca. También habla con ex miembros de la familia y muestra segmentos de noticias y análisis del momento en televisión. El documental presenta la visión que tienen los seguidores de su líder y de lo que defiende. Interesante y aterrador.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

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Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

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Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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Los vencedores siempre pagan mejor

Jordi Bernal

Foto: YouTube
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Se cumplen 75 años de Casablanca. No es objetivamente la mejor película de la historia del cine, y sin embargo es puro cine. En Casablanca, más precisamente en el humeante bar de Rick, se hacina una manera de hacer cine, de verlo, destriparlo y sobre todo vivirlo. Una mitología anclada en el siglo XX y convertida irremediablemente en nostalgia cinéfila. Aunque algunas líneas de guión todavía refuljan como navajas ansiosas, su invocación solo sirve ya como un guiño cansado o como material con que se forjan ocurrentes tuits.

El film nació con una voluntad manufacturera. Un producto más en la cadena de montaje de la gran fábrica de sueños que fue Hollywood antes de la avalancha de tipos disfrazados de fantoches que vuelan y mareantes videojuegos para adultos infantilizados. Fue pura carambola y azar. Es bien sabido que el libreto se escribió a salto de mata, en orgía de guionistas e improvisando diálogos en el set, que Bogart daba por perdido su pasaje a la fama, que el director de fotografía Arthur Edeson bordeó el ataque de nervios intentando primeros planos de Bergman sin sombras en su peculiar nariz, que el realizador Michael Curtiz naufragó en su intento de imponer control al caos o que los capitostes de la Warner se planearon en varias ocasiones cargarse el proyecto.

Pero tal vez la improvisación y la urgencia sean dos de las condiciones más admirables en esta obra inmarcesible. Pues detrás de una acartonada historia de amor a manera de triángulo melodramático y zurcido con lapidarias sentencias de corazón latiendo a cañonazos, palpamos el transcurrir vertiginoso de su tiempo. El cínico Rick encarna esa América que no tuvo más remedio que mojarse frente a la propagación del horror. Pese a que finja que su nacionalidad es el alcohol y su única bandera un dólar ondeante, el sentimental toma al fin partido por esa Europa amada y perdida (Ilsa) con su mítica y mitificada resistencia (Victor Laszlo). Como compañero de fatigas, el turbio y fascinante capitán Louis Renault, quien mandará al infame gobierno de Vichy a la basura de la historia.

Esa es a mí entender la más emocionante cualidad de Casablanca: convertir un estridente melodrama en un talentoso aldabonazo propagandístico requerido por las circunstancias. Mientras Leni Riefenstahl ofrecía al III Reich un imaginario colosal de fuerza mecánica y masa enardecida, en defensa de los aliados sonaba La Marsellesa empañando ojos y sacudiendo conciencias en un tugurio clandestino de África.

Frente a estadios erizados de antorchas, trapos sangrientos y cánticos oscuros, un enclenque buscavidas neoyorquino prefigura la ética y la estética del héroe existencialista. Luchador contra la anexión de Austria y del lado de los perdedores en la Guerra Civil española. ‘Pagaban bien’, le dice al respecto Rick al capitán Renault. A lo que este último responde inapelable: ‘Los vencedores pagaban mejor’.
Así es. La enseñanza de Rick también supone la aceptación cargada de hombros de que los vencedores siempre pagan mejor.

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AllVoices, la plataforma digital que pretende terminar con el acoso sexual en el trabajo

Cecilia de la Serna

Foto: Unsplash
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Claire Schmidt, que hasta hace poco trabajaba como vicepresidenta de tecnología e innovación en Fox, ha lanzado AllVoices, una herramienta digital que permitirá que los usuarios denuncien anónimamente sus experiencias de acoso sexual en el trabajo y, a su vez, juntará esos datos para brindar a las empresas información sobre la verdadera magnitud del problema.

Tras el escándalo generado por los casos de abusos cometidos por el productor de Hollywood, Harvey Weinstein, y la ola de denuncias de acoso que se ha dado tanto en las redes sociales como en los medios convencionales, esta problemática se ha hecho más visible que nunca. El movimiento #MeToo se ha viralizado de tal manera que las mujeres víctimas de abusos sexuales han salido a relatar sus experiencias y han dado una lección de valentía al mundo. El problema es que cuando el acosador no es un hombre famoso, o de poder, la cobertura mediática no es una opción para la víctima. Para esos casos, una herramienta como AllVoices puede ser fundamental.

El escándalo de Harvey Weinstein ha abierto el debate del acoso sexual en el trabajo. | Foto: Lucy Nicholson / Reuters

A menudo, las víctimas de acoso tienen miedo de denunciar a sus acosadores, por lo que permanecen en silencio. Un silencio doloroso, largo y que no protege a los más vulnerables. Ese miedo puede responder al temor a perder el puesto de trabajo, en numerosos casos, y en otros a la vergüenza infundada que la víctima pueda sentir por lo sucedido.

Romper el silencio desde el anonimato

La plataforma web no es una aplicación con el objetivo de maximizar la seguridad y el anonimato. AllVoices formula preguntas específicas para que los datos se puedan enviar a los empleadores de la forma más completa posible. Los usuarios tienen la posibilidad de contar la naturaleza de su experiencia, ya sean avances sexuales, bromas o comentarios obscenos o incómodos, ofensas físicas o verbales, o si creen que el acoso se basa en alguna parte de su identidad, incluidos el género, la raza, la edad y la discapacidad.

Además, los empleados completan su perfil diciendo si trabajan a tiempo completo o a tiempo parcial, si están en nómina o son autónomos, etc. Los testigos de situaciones de acoso pueden denunciar lo que han visto.

Y todo de manera totalmente anónima.

Evaluar la dimensión del problema

AllVoices, la plataforma digital que pretende terminar con el acoso sexual en el trabajo
Captura de pantalla de la web de AllVoices. | Imagen: The Objective

Las empresas podrán así, gracias a las denuncias anónimas, evaluar la dimensión del problema con el presunto acosador. Pero, para que todo el sistema funcione correctamente, los filtros deben ser exactos. La compañía fundada por Schmidt todavía está trabajando en la fiabilidad total de la herramienta, por lo que aún no hay fecha confirmada para su lanzamiento definitivo.

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