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León Tolstói y la fórmula rusa

Romhy Cubas

Foto: Wikicommons
Wikimedia Commons

León Tolstói moldeó la literatura rusa junto a Dostoievski, Chéjov, Pushkin y Gógol. Entre los nombres y apellidos que se afincan en los clásicos del país euroasiático el escándalo de Anna Karénnina al dejar a su familia para alimentar sus aventuras románticas personales, o la coquetería caprichosamente humana de Natalya Rostova en Guerra y paz, siguen leyéndose un siglo después con prejuicios y reacciones no muy disímiles a los de aquellas élites arcaicas que se horrorizaban con tanta facilidad en las ficciones de Tolstói.

El tamaño de su nombre es tan amplio como los años que han pasado desde que escribió Infancia su primera obra publicada en 1852 mientras servía en el ejército. Esta autobiografía seguida por dos tomos más: Adolescencia (1854) y Juventud (1856), se establece como el punto común que une a los grandes contadores de la literatura, sin importar la época o el lugar: el diario y la libreta como meta personal se convierten en el confesionario perfecto para cuestionar lo incuestionable en una década determinada.

Esas pequeñas anotaciones que se transforman en grandes obras fueron particularmente punzantes en el caso de Tolstói, quien inclusive inspiró un movimiento “Tolstoiano” basado en su filosofía y pensamiento religioso. El novelista ruso, quien luchó por muchos años con dudas existenciales tan individuales como sus posiciones, llegó a ser un duro crítico de la Iglesia Ortodoxa de Rusia, e inclusive fue expulsado de esta tras la publicación de Anna Karénnina y su tajante crítica “nacional” en 1877.

Su crítica no fue solo contra el Estado y sus instituciones, sino que en sus disertaciones intentó encontrar una lógica en la figura de Jesús como ser humano, concentrándose particularmente en su famoso Sermón de la Montaña. Aunque se identificaba a sí mismo como cristiano, Tolstói no creía en Cristo como aquél ser milagroso y divino que resucita y transforma el agua en vino. Para el escritor la clave en la incógnita de Jesús no residía en su “divinidad” sino en sus enseñanzas e indicaciones.

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León Tolstói cuadro restaurado por la artista rusa Olga Shimina | Imagen vía: Klimbim

En cuando a la universalidad de Tolstói esta no solo reside en sus novelas sino en el cuestionamiento emocional y espiritual que lo alejó de la coalición más poderosa de Rusia entonces, la Iglesia y el Estado, para inclusive plantearse el suicidio ante el sin-sentido de sus funciones.

Conocedor de ambas caras, la aristocrática y la ascética, su linaje y riquezas fueron un punto de ebullición para reñir contra la corrupción y falsedad de aquellas instituciones que gobernaron su vida durante tantos años. Desde adolescente entabló un viaje de autoconocimiento, no tan acelerado como el de Rimbaud, pero si igualmente sostenido en las ambivalencias morales de la sociedad. Tolstói logró beneficiarse de todo lo que hace un gran escritor: cuestionar y examinar, señalar lo común y fiscalizarlo por no extenderse en sus pluralidades. Por ejemplo, escribe sobre el “quimérico” concepto del amor y analiza sobre “el conocimiento confuso que tienen los hombres sobre que en el amor existe el remedio para todas las miserias de la vida”.

“Todo hombre sabe que en el sentimiento del amor hay algo especial, capaz de resolver todas las contradicciones de la vida y de dar al hombre ese completo bienestar, cuya lucha constituye su vida. (…) Pero es un sentimiento que viene rara vez, dura solo un poco, y es seguido por sufrimientos aún peores, dicen los hombres que no entienden la vida.

Para estos hombres, el amor no aparece como la única y legítima manifestación de la vida, como concibe la conciencia razonable, sino solo como una de las mil eventualidades diferentes de la vida; como una de las mil fases variadas a través de las cuales el hombre pasa durante su existencia.” […]

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Retrato de Leo Tolstói | Imagen vía: Getty Images

Pensamiento político

En el estudio La relevancia contemporánea del pensamiento político de Leo Tolstói del Dr Alexandre J. M. E., éste reflexiona sobre los innumerables libros y ensayos publicados por el novelista ruso en sus últimos treinta años de vida. El ensayo propone que sus posiciones radicales en cuanto a la política y la religión, que llegaron incluso a ser tildadas como un “Cristianismo Anárquico”, su descontento con el Estado, la Iglesia, la economía y las revoluciones en Rusia, son tan válidas y relevantes en el siglo XXI como lo fueron en el siglo XIX.

“El estado, ya sea autocrático o democrático, continúa usando la violencia o la amenaza de esta para imponer su voluntad a quienes disienten de su agenda. La Iglesia continúa prestando poca atención a lo que Tolstói ve como las implicaciones claras y verdaderamente revolucionarias de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Un sistema económico profundamente injusto sigue prosperando en lo que Tolstói vio como la premisa inaceptable de la propiedad privada”, escribe el académico.

Por esto la contribución de Tolstói sigue siendo única, no solo en su defensa intransigente hacia la no violencia y hacia la enseñanza como ejemplo, tal cual la implementaría Gandhi décadas después con el sacrificio no violento como método revolucionario. En la era de la globalización Tolstói podría advertir hoy lo mismo que advertía tras convertirse al “cristianismo” con casi 50 años de edad.   

“Muchos se han inspirado para seguirlo desde entonces. Pero sigue siendo cierto que la mayoría de la gente aceptará felizmente la necesidad de usar la violencia a veces, y especialmente para cambiar lo que se considera un sistema político y económico profundamente injusto. Pocas personas cometen el mal voluntariamente, o al menos racionalizan más el mal que cometen como el daño colateral de los medios que están justificados por el fin que se persigue. El pensamiento de Tolstói es una advertencia contra esta lógica. Advierte que los medios se convierten en fines, que los fines se pierden si se adoptan medios violentos. Tolstói advierte contra la adopción de la violencia para expresar ese descontento”, concluye Alexandre.

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Portada de Anna Karenina | Imagen vía Penguin Random House

Pero aunque la visión de Tolstói es revolucionaria, también es esencialmente masculina. Es cierto que sus novelas más leídas y universales se producen con la escritura de personajes femeninos que forman parte de un evento único que cuestiona la civilización elitista y social de la época. Sucede con la inusual independencia de Anna Karénnina, o en  La Sonata de Kreutzer, en donde este reflexiona sobre las relaciones maritales de una manera tan franca como inocente al entrever clichés y formas machistas sobre el amor y el “cortejo” sentimental. No obstante, el fracaso de su matrimonio y las borrascas maritales que lo atormentaron durante este muestran sus semillas en cada personaje torturado e infiel de sus novelas, nunca con mayor fuerza como en La muerte de Iván Ilich.

Es evidente que las novelas de Tolstói surgen de los pequeños detalles de su diario, se nutren de chismes, recuerdos de la infancia, rutina familiares y jergas sociales. En una de sus primeras anotaciones a la edad de 18 años, en marzo de 1847 escribe lo que sería la eterna pregunta de su vida y su trabajo, la esencia de su literatura y de sus confesiones tardías:

“Sigo encontrándome con la pregunta: ‘¿Cuál es el objetivo de la vida del hombre?’ Y, sin importar el resultado que logren mis reflexiones, sin importar lo que considere fuente de vida, invariablemente llegó a la conclusión de que el propósito de nuestra la existencia humana es proporcionar un máximo de ayuda para el desarrollo universal de todo lo que existe (…) Esta es toda la esencia de la vida: ¿quién eres? ¿Qué eres?”

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Transnistria: armas y brandy en Nunca Jamás

Enrique Redondo de Lope

Foto: amanderson2
Flickr bajo Licencia Creative Commons

Agosto de 1992; tras una breve guerra civil se formaliza la creación de un estado englobado entre el río Dniéster y la frontera con Ucrania. Acababa de nacer la autodenominada y pomposa “República Moldava de Pridnestroviana”, aunque será conocida como Transnistria. Un país que no aparecerá en los mapas, sin pasaporte reconocido ni moneda válida.

“Para la URSS, Transnistria siempre fue una de sus cabezas de playa frente a un país de población mayoritariamente latina como era Rumania. Así, el 14º Ejército Soviético estuvo acantonado en esa región desde 1956.”

Y es que Transnistria es un país “diferente” porque diferente ha sido su historia. Territorio habitado por una mayoría de población de origen eslavo, se hizo todavía más profundo su vínculo con Rusia cuando en la década de los 40’s se deportó una gran parte de su minoría rumana hacia Siberia, acusados de haber colaborado con el ejército alemán durante la Guerra Mundial, siendo reemplazados por población de origen ruso y ucraniano. Se adoptó el ruso como lengua oficial y la lengua moldava comenzó a ser escrita en alfabeto cirílico, siendo los más relevantes puestos de gobierno adjudicados a miembros de etnias no rumanas.

Para la URSS, Transnistria siempre fue una de sus cabezas de playa frente a un país de población mayoritariamente latina como era Rumania. Así, el 14º Ejercito Soviético estuvo acantonado en esa región desde 1956 y gran parte de la inversión de origen ruso en Moldavia fue a parar a esta franja de terreno (por ejemplo el 90% de la producción eléctrica de Moldavia correspondía a esta región).

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Mapa de Transnistria vía Offbeat Traveling.

En 1989, la República Socialista Soviética de Moldavia proclamó el moldavo como lengua oficial del país, y comenzaron algunas negociaciones para la reunificación con Rumanía, retomando el uso del idioma rumano, en lugar del ruso, provocando los primeros roces entre la población rusófila y los moldavos de Transnistria, lo que empujaría a parte de los altos mandos militares rusos opuestos a la Perestroika a declarar su independencia el 2 de septiembre de 1990.

La declaración no tuvo ningún efecto inmediato, pero ni la Unión Soviética (que se desintegraría un año más tarde) ni Moldavia hicieron ningún movimiento, por lo que las fuerzas separatistas fueron tomando el control del país. Moldavia al carecer de unas fuerzas armadas relevantes, no pudo recuperar el control real sobre Transnistria.

“Altos mandos militares rusos opuestos a la Perestroika declararon su independencia en 1990, aunque esa declaración no tuvo ningún efecto inmediato, pero ni la Unión Soviética ni Moldavia hicieron ningún movimiento por lo que las fuerzas separatistas fueron tomando el control del país.”

En la actualidad la República de Transnistria puede ser definida como un refugio de criminales enmarcado en un teatro-museo al aire libre; sería poco más que un país de opereta si no fuera porque alberga más de una docena de fábricas de armamento y donde miles de armas que componían el gran arsenal soviético han sido y están siendo vendidas ilegalmente. Y es que estos 4.000 kilómetros cuadrados donde residen poco más de 300.000 de habitantes están siendo un verdadero dolor de cabeza para la Unión Europea como refugio de delincuentes.

Sin embargo, al margen de margen de folklore y contrabando, Transnistria es fundamental para la política exterior rusa; no hay que olvidar que Rumanía ya forma parte de la OTAN, Ucrania es un campo de minas y Moldavia, pese a su inestabilidad, cada mira con más frecuencia hacía Rumanía.

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Imagen de un cartel conmemorativo en Tiraspol… ¡y un Lada! vía Offbeat Traveling.

Tiraspol, la capital de este “oasis”, es un regreso al pasado donde multitud de esculturas de Lenin escoltadas por tanques desvencijados adornan la ciudad, y donde la hoz y el martillo no solo aparece en la bandera de Transnistria, sino que es omnipresente en este extraño país, con abundancia de carteles loando al comunismo y la lucha obrera.

Pero la sovietización es fundamentalmente estética y cultural; así, la propiedad privada es una religión con un sueldo medio de unos 320 euros al mes, superior al de Moldavia, al margen de otras ventajas como el suministro de gas ruso subvencionado. La mayoría de la población activa de este “país” trabaja para dos personas; Ilya Karmaly y Viktor Gushan, creadores de la marca “Sheriff”, que engloba construcción, telefonía móvil, gasolineras, supermercados, e incluso el FC Sheriff, el equipo de fútbol que cuasi monopoliza los títulos de la liga moldava. Porque ser independientes esta muy bien, pero el futbol es el futbol, y así su flamante y nuevo estadio (tiene la máxima catalogación de la FIFA) es el elegido por la selección moldava para disputar sus partidos internacionales.

Otra particularidad de Transnistria es aquí se produce el excepcional brandy Kvint, que se vende por todo el mundo y es el verdadero orgullo nacional.

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Afiches en Tiraspol, capital de Transnistria. | Imagen vía romaniaandmoldova.com/

“La sovietización es fundamentalmente estética y cultural; así, la propiedad privada es una religión, y el sueldo medio de unos 320 euros al mes, superior al de Moldavia.”

¿Pero los “trasnitrios” quieren ser rusos? Pues como todo en este país, “depende”. En 1989 votaron a favor de la creación de la República Socialista de Moldavia, pero en 1991 votaron a favor de permanecer en la Unión Soviética, aunque luego a los pocos meses eligieron en otra votación independizarse, fuera de la Unión Soviética. En 1995 votaron para permitir que las tropas rusas permanecieran en el país, para votar en ese mismo año ciertos aspectos sobre su independencia. Después, en 2006 hubo un referéndum de independencia dirigido a otros. En 2013 el Consejo Supremo de Pridnestrovia aprobó el uso de la legislación rusa en el territorio de la autoproclamada república. Como señalan ciertos analistas: “En los últimos 25 años han elegido independencia, dependencia, interdependencia y codependencia”.

Actualmente  Transnistria  como estado independiente solo esta reconocido por Osetia del Sur y Abjasia, más otro estado fantasma como es Nagorno Karabaj. Poco bagaje, aunque es un tema que tampoco parece preocupar mucho a los habitantes y dirigentes del País de Nunca Jamás.

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Trump, el amigo abusón de Israel (y no su aliado)

Antonio García Maldonado

Foto: KEVIN LAMARQUE
Reuters

Las sospechas sobre la potencial colusión entre el equipo de campaña y Rusia para ganar las elecciones están llegando a un punto determinante. Pese al hermetismo del fiscal especial Robert Mueller, exdirector del FBI, así parecen indicarlo algunos hechos:

Primero, el discurso del taciturno secretario de Estado, Rex Tillerson, el pasado 29 de noviembre, en el que presentó su política hacia Europa diciendo que Rusia es una “amenaza activa” que “usa medios maliciosos para separarnos, incluidos los ciberataques y la desinformación”. Sorprendente en alguien que, al ser elegido, fue recibido con titulares que hablaban de él como “el amigo de Putin que dirigirá la diplomacia americana”. Su relación con Rusia y Putin cuando era presidente de la petrolera Exxon Mobile está acreditada. ¿A qué se debe ese cambio? La investigación de Mueller puede tener algo que ver.

Segundo, la autoinculpación del efímero exasesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, el pasado día 1 de diciembre de haber mentido al FBI sobre sus contactos con funcionarios rusos antes y después de las elecciones. Su admisión de responsabilidad va a acompañada de una promesa de colaboración plena. Es decir, que tirará de la manta.

Y tercero, se repite una secuencia desde diciembre de 2016, sustentada en la clásica cortina de humo: cada vez que emerge el Russiagate o alguna otra polémica importante, Trump se acuerda de la embajada de Estados Unidos en Tel Aviv y de la necesidad de trasladarla a una Jerusalén reconocida como capital de Israel. Es una idea que todos los candidatos e incluso presidentes han barajado, pero sin llevarla a efecto y sin sacarla tanto a los medios. Trump sabe que esto genera polémica en el exterior y consenso en sus bases. La reacción suele ser casi automática. Algunos ejemplos:

— El 11 de enero, la web Buzzfeed publica el conocido como “informe Steele”, un documento de 35 páginas en las que Christopher Steele –ex agente del M16 británico y ahora director Orbis, su compañía de inteligencia corporativa– afirma que Trump estaba chantajeado por los rusos, que además de tener material comprometedor sobre él, le habían facilitado la financiación para reflotar sus empresas en plena crisis financiera. El 19 de enero, Trump afirmaba en la Chairman’s Global Dinner que no olvidaba “su promesa sobre Jerusalén” y que no era “una persona que rompa sus promesas”. Una semana después, matizaba: “es pronto para hablar de eso”. Pero había intentado que ese fuera el tema polémico de la semana. Abusando de (y no ayudando a) Israel.

— El 12 de febrero, Michael Flynn dimite tras varios días de escándalo por las filtraciones a la prensa que revelaban sus mentiras sobre los contactos con los rusos. El 9 de febrero el New York Times había revelado las pruebas finales e irrefutables del doble juego del (nada menos) Asesor de Seguridad Nacional. Al día siguiente, día 10 de febrero, Donald Trump vuelve a acordarse de la embajada y afirma que estudia “seriamente” el traslado a Jerusalén. Generó polémica, aunque no pudo tapar esta vez el escándalo Flynn. Pero lo intentó. Abusando otra vez de Israel.

— El 20 de marzo, el director del FBI James Comey confirma que investiga la potencial colusión entre los rusos y Trump y su equipo de campaña. El día 28 de marzo, el presidente Mike Pence declara en una conferencia de la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) ante 18 mil personas: “Tras décadas de simples promesas, ¡el presidente está considerando seriamente trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén!”

— El 25 de abril, el Congreso de Estados Unidos acusa a Michael Flynn de incumplir la ley y de recibir pagos de gobiernos extranjeros. El 27 de abril el Pentágono informa de que se suma a la investigación. Durante esos días, y ante el viaje a Israel del presidente, varios diarios israelíes informan (gracias a filtraciones) de que Trump reconocerá a Jerusalén como capital en su siguiente visita. Cosa que no hizo finalmente pero que le sirvió para distraer la atención con la polémica generada fuera y el consenso en casa. Abusando otra vez de Israel.

— El 9 de mayo, Trump destituye a James Comey, el director del FBI que investigaba la conexión del entorno del presidente con funcionarios rusos. El 16 de mayo, la prensa revela que Trump habría pedido a Comey que hiciera la vista gorda con los delitos de Flynn. Eso ocurre pocos días antes del viaje que le llevaría a Arabia Saudí y al propio Israel. Comienza el 11 de mayo una polémica extraña en la que los medios israelíes, hablando a través de filtraciones de funcionarios de la Casa Blanca, dicen que Trump se negará a trasladar la embajada, aunque otros afirman que sí lo hará. La polémica no alcanza a un espectro mediático norteamericano centrado en el despido de Comey, pero Trump y su equipo lo intentan.

— No solo con los agobios de la trama rusa se acuerda Trump de la embajada. Tras los sucesos racistas de Charlottesville en agosto, el Congreso aprobó el 13 de septiembre una resolución de condena en la que, además, pedía con humillación al timorato presidente (“hay violencia y gente buena en ambos lados”) que por favor condenara los hechos y que se comprometiera a luchar contra el supremacismo blanco. La polémica deterioró su imagen, que por primera vez comenzó a resentirse en parte de sus bases. El 13 de septiembre los medios estadounidenses se hacían eco de una encuesta del American Jewish Committee que mostraba que el 77% de los judíos de EEUU suspendían al presidente Trump. En esta ocasión, pocos días después, la portavoz de la Casa Blanca no sólo dijo que Trump “está pensando seriamente trasladar” la embajada a Tel Aviv sino que además “considera la decisión de cerrar la embajada en Cuba” que había reabierto su antecesor Obama.

La decisión y firma del decreto que da carta de naturaleza al reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel viene precedida por avances sustanciales en la investigación de Mueller, que ha confirmado el pacto con Flynn. El fiscal especial sigue ahora el rastro del dinero de Trump, algo que solivianta al presidente. Los medios hablan, incluso, de la posibilidad de que éste lo destituya antes de que lo acuse de obstrucción y abra las puertas al impeachment. Sea como fuere, tras otra polémica en casa relacionada con la trama rusa, aparece la cortina de humo de la embajada y el reconocimiento de la capitalidad.

Medida que deteriora aún más la imagen de Israel en el mundo, pone más caros los apoyos árabes contra el terrorismo en el más cercano frente europeo, solivianta a los palestinos moderados, pone en una posición imposible a los partidarios de las negociaciones y da excusas a los más radicales, desde Irán hasta el Sahel. También nos lo pone muy complicado a aquellos que tenemos en Europa simpatías hacia Israel y la cultura judía y así lo manifestamos, como es mi caso. ¿Es un precio razonable para un reconocimiento simbólico de la Ciudad Santa como capital?

El deber de un amigo o un aliado sería decir que no. Pero Trump solo está en disposición de pensar en sí mismo. Ojalá Mueller culmine pronto su investigación y nos traiga buenas noticias para 2018. Por el bien de todos, y también –o sobre todo– de Israel. Mientras tanto, que nadie me elogie los checks and balances del sistema institucional americano.

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Julián López Belenguer: “Todas las banderas se sustentan sobre cadáveres”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 72 años y nací en Huesca. Llegué a Cataluña en 1978 y fui uno de los  cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC). Siempre he sido un obrero. Ser obrero significa trabajar con las manos. Más aún, pensar con las manos. Creo que la vida cotidiana está llena de poesía y mi reto es intentar plasmarlo en obras que surgen de lo que se tira, chatarra de hierro y aluminio, piedras inútiles de las canteras, maderas encontradas durante un paseo. Hasta una mísera seta seca que no sirve ni para hacer fuego sugiere algo si la realzas. Ahora creo arte con basura desde mi taller en Barcelona, e intercambio clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra civil para honrar su memoria.

¿Por qué dice que se siente usted un obrero curioso más que un artista?

Porque es lo que he sido toda mi vida. Pero cuando te jubilan te encuentras colgado, la sociedad te escupe, y yo aprendí a dibujar con grandes maestros, como Brunés y Miret.

Mi pasión son los objetos encontrados. Creo que la basura es arte y que el arte, además, debería ayudar a la gente. Encontrar, por ejemplo, tornillos en una vía abandonada o una seta seca de las que crecen en los árboles y darle forma o realzarla hasta que te identifiques con ella u otros lo hagan. Y es tan económico… Solo es cuestión de tener una idea y un poco de oficio. En realidad, todos podemos hacer arte y eso es lo que me parece más interesante.

Llevo tres años en este estudio a pie de calle y a veces entran vecinos y me dicen: “Pero si eso lo hago hasta yo”. Y contesto: “Efectivamente”, y les animo a que prueben.

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Belenguer en su estudio en Barcelona | Foto: Diana Rangel / The Objective

Así que hace pedagogía en la calle…

Animo a la gente a que lo intente. No pienso que necesites tener una idea previa para realizar una obra, puede surgir mientras trabajas. Es una suma de las experiencia de tus oficios, de lo que sientas en ese momento, de tus manos…

Manos de obrero.

Exacto. Y he tenido muchos oficios a lo largo de la vida: Trabajé en un taller de mecánica con torneros capaces de hacer una válvula de delicada precisión -¡ellos sí que eran artistas!-, luego en una imprenta, y congelando pescado en un frigorífico en el que se te helaban los huesos y no podías ni dormir por las noches, en una fundición de acero laminado, en una cadena de supermercados, en el metro de Barcelona y de mantenimiento de instalaciones eléctricas.

¿Cuál fue el más duro de todos?

Sin duda, la fundición. Ahí estuve trabajando pocos años, mediados de los setenta. Había muchos accidentes, muchísimos. Algunos mortales. Hace ya diez años, un paisano me dijo una vez que de los 350 obreros que trabajábamos en el tren de laminación solo quedaba vivo yo.

Recuerdo que cuando montamos la primera huelga por la libertad sindical, subido a un bidón para el llamamiento, los trabajadores tenían tanto miedo que ni jugaban a las cartas. La fábrica en silencio era terrorífica. Y ya se sabe que de todas las emociones la del miedo es la más fuerte. Se preguntaban: “¿Y esto para qué? ¿Qué estamos haciendo?”. Eso me impresionó. Hay que ser muy respetuoso cuando se moviliza a los compañeros. Una experiencia que enseña.

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Exterior del estudio de Julián López Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Y de sus experiencias políticas aprendió?

También. Empecé a militar en las Juventudes Obreras Cristianas (JOC), en Huesca, a los 12 años. Me leí todo lo que había en aquella biblioteca. Hasta que un jesuita se apiadó de mi y me dejó descubrir a Chejov y a Gorki. Años después, cuando trabajaba congelando pescado, alguien me dijo que llegaría a encargado porque único que sabía leer y escribir en aquella empresa

Toda la vida he peleado por los derechos de la clase obrera, en la JOC, en Comisiones Obreras -que dejé cuando decidieron pasar de movimiento a sindicato-, y desde las asociaciones vecinales, en UGT y en el Partido Socialista Aragonés, de corta vida. También fui uno de los cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC), uno de cientos cuyos nombres no han pasado a la historia, pero sin los cuales no se habría creado. Ya ves, de militante activista pasas a militante estribo y ahora somos militante ‘bulto’. Y eso que hubo momentos muy tensos… Estuve dos veces en la comisaría de Sol, en Madrid. Uno entraba allí y no sabía cuándo saldría ni cómo.

En sus obras hay un gran mensaje social. ¿Arte y política están relacionados?

Deberían estarlo más. Hoy el arte no tiene el mismo contenido social que tenía en los años ochenta con el Equipo Crónica. La única muestra verdadera de crítica radical a los esquemas que rigen la sociedad la tiene el grafitti. En Cataluña, los últimos cinco años se ha optado por un tipo de arte que enaltece unos valores determinados, lo que un clásico llamaría valores burgueses, que no facilita la autocrítica y dificulta avanzar hacia opciones más realistas y positivas.  

Estamos en tiempos de fe, creencias y un liberalismo exacerbado que ha contagiado mucha podredumbre.

“España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos”.

Empecé a buscar los materiales de desecho para mis obras porque se me quedó grabada una conversación que tuve de joven con un grupo de compañeros. Hablábamos de la alienación de la clase obrera y el mejor ejemplo que nos contaron era la historia de un hombre que trabajaba en Renfe dándole martillazos a las ruedas cuando un tren llegaba a la estación. Se jubiló y le preguntaron en qué consistía su trabajo y no lo sabía. ¿Te imaginas? Tantos años haciendo lo mismo sin saber por qué. Para mí esa es la expresión más gráfica y más dolorosa de la alienación de los trabajadores y de muchísima gente.

Algunas de mis obras son chistosas, como una escultura que representa las tabas a las que jugábamos de niños los de mi generación: podías salir a tu calle con una espada de madera, un balón o una bici, pero todos jugábamos a tabas, en eso éramos iguales. Otras obras, en cambio, tratan de expresar la situación social que vivimos.

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Su obra “La bandera” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Me encanta su escultura ‘La bandera’. Y no porque me gusten las banderas, ¿eh?

Yo tampoco soy patriota. Las banderas se sustentan sobre cadáveres, al menos así lo veo, y eso quise expresar en esta obra. Realicé ‘La bandera’ utilizando un pedazo de madera de roble de los que ya no quedan, envejecida y herida por el tiempo, quizás doscientos años; un hueso que encontré y una piedra cogida de una cantera. La piedra es mi material favorito, porque es fría pero cuando la trabajas da calor.

“Hoy en día hay obreros, pero no clase obrera. Habrá que reinventarla”

También creé otra obra con chatarra que titulé ‘La silla Bankia’ y tiene un pincho en el asiento, ¿lo ves? Esto es lo que pasa cuando vas al banco y te sientas. Y la escultura ‘Resistiré’, que es un pino quemado decorado con pintura plástica, porque, como todo el mundo en este país, estamos quemados pero vamos a resistir.

Usted lo ha dicho, estamos quemados.

Lo que le pasa a los políticos hoy es que no tienen la experiencia en negociación colectiva que tuvimos nosotros y en lugar de enfrentarse a los propios compañeros si es necesario, se tiran al precipicio. Nosotros vivimos momentos políticos y laborales muy duros, no nos tocó otra. Pero, entre otras cosas, aprendes que cuando te sientas con la patronal no solo negocias la plataforma elaborada en tu asamblea, sino que negocias también la plataforma de la patronal. A veces solo la de la patronal.

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Belenguer junto a “La silla de Bankia” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Tal vez lo que nos falte ahora sea memoria histórica. Y la voluntad de buscar, como hace usted.

España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos. Cuando estuve en Japón, en 2006, vi todos los nombres de las víctimas de la explosión nuclear en El Monumento de la Paz de Hiroshima y me emocionó mucho. Había miles de niños visitándolo y por el tamaño de las fiambreras deducías si pertenecían a una clase u otra, pero los ancianos les explicaban a todos lo que pasó. Claro que tienen una connotación distinta a lo nuestro.

En España todavía hay muchas fosas sin abrir, incluso muchos archivos públicos, y todo sigue oculto. Aún tenemos que escuchar groserías y maldades. El tiempo de la guerra ya finalizó, es hora de que se haga memoria y justicia con todas las víctimas. Es urgente señalar dignamente todas las fosas comunes.

Intercambia clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra. Cuénteme eso.

Con mi mujer estuvimos dos años buscando pistas sobre el paradero de su abuelo, que desapareció durante la guerra en el pueblecito de Anya, en Lérida. Levantamos con la colaboración de los vecinos un memorial recordando a los dos desparecidos del pueblo. Lo hice con piedras del entorno. Creo que es digno. A la inauguración acudieron tres generaciones. Se demostró que es posible recordar, reparar y hacerlo en paz.

Luego creamos con otros compañeros un libro virtual donde vamos apuntando los nombres de todas las víctimas de la guerra y ya tenemos más 149.000. Si tuviéramos más colaboración llegaríamos a los 350.000 nombres.

Se me ocurrió impartir clases de pintura gratis a cambio de que las personas añadiesen nuevos nombres de víctimas al libro. Todo lo hacemos los otros compañeros y yo por la recuperación de la memoria de las víctimas y porque para mucha gente significa restañar heridas, concordia y justicia social. Si ni siquiera consta tu nombre en ningún sitio es como si te hubieran matado dos veces.

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Parte del taller de Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿También el nombre de los caídos del bando nacional?

Hubo un debate al respecto, sobre todo porque los olvidados son los vencidos, pero al final decidimos que serían todas las víctimas.

En Cataluña quedan aún más de 300 fosas comunes sin abrir, pero la Generalitat únicamente tiene programado abrir doce. Solo son soldados, dicen. O sea que con tan poca sensibilidad, nunca acabaremos. Sin ir más lejos, debajo del pueblo de Anya, a la orilla del río Segre, hay una fosa común de víctimas de los dos bandos y tuvo que ser un ‘masover’ el que colocase una piedra para señalarla.

¿Cree que es posible transformar la sociedad igual que hizo usted con ese pino quemado?

Transformar la sociedad suena grandilocuente, pero los de abajo tienen esa obligación si no quieren ser devorados o convertidos en un neoproletariado, que hoy en día ya es muy numeroso. Pero ocurre que algunas herramientas, sindicatos, partidos y organizaciones de izquierda tienen las herramientas melladas.

Obreros hay, pero no hay clase obrera. Habrá que reiventarla, aunque solo sea para que la dialéctica, que es un motor, vuelva a funcionar.

Continúa leyendo: El cambio climático hace posible la producción de vino en lugares que nunca imaginarías

El cambio climático hace posible la producción de vino en lugares que nunca imaginarías

Redacción TO

Foto: BENOIT TESSIER
Reuters

¿Imaginas llevar a una cena con amigos un vino polaco? ¿Y un vino inglés? Con dificultad un español escogería un vino que no fuera español. Quizá uno italiano o francés. Sin embargo, el calentamiento global puede hacer que esta circunstancia cambie. Todo porque el mapa de los países productores de vino está evolucionando sin parar.

Mientras los expertos se debaten sobre las áreas del mundo donde el cambio climático puede beneficiar o perjudicar la producción de vino, como explica en un reportaje la revista Quartz, parece incuestionable que a las áreas tradicionales se sumarán otras hasta ahora difíciles de imaginar. Porque al tiempo que la temperatura media global aumenta, las tierras más fértiles para el cultivo se alejan del ecuador en dos direcciones: hacia el norte y hacia el sur.

Hay estudios que sostienen con firmeza esta tesis. En 2013, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publicó uno a todas luces pesimista donde se sostiene que el vino que se produce en zonas como la Borgoña francesa o el Valle de Napa californiano no será posible en medio siglo, dado que el clima no será el idóneo para su producción.

El cambio climático hace posible la producción de vino en lugares que nunca imaginarías 1
Una cosecha de uvas en Parras de la Fuente, México. | Foto:
Daniel Becerril/Reuters

Así, la misma investigación determina que la nuevas regiones europeas mejor acondicionadas para la producción serán Inglaterra, Polonia y Austria. Toda una sorpresa. En Estados Unidos, por su parte, esta condición se extendería a estados como Montana, Wyoming o Michigan, ubicados en el norte del país e históricamente desligados de la cultura enológica.

La revista Quartz señala las zonas que guardan más posibilidades de librar esta competición. Una de ellas sería Inglaterra, concretamente la región de South Downs, donde se estaría produciendo un champán cremoso y apetecible. Esta zona se podría beneficiar, en unos años, de unas condiciones climáticas equiparables a las de la región francesa de Champagne.

En Estados Unidos, la nueva esperanza sería Michigan, donde ya se cultiva a pequeña escala, pero podría continuar creciendo como lo ha hecho hasta ahora: en los últimos 10 años ha pasado de tener 16 bodegas a 130. En Australia, por su parte, existe Tasmania, que en pocos años podría competir con el vino del Valle de Barossa, el mejor de ese país.

Con todo, hay investigaciones que se esfuerzan por desmentir las conclusiones del estudio anteriormente citado y que sostienen que si bien el calentamiento global está ampliando el campo de la producción vinícola a más zonas del planeta, países como España o Italia no dejarán de ser grandes productores. Más allá de que algún estudio sostenga que el cava española perderá calidad por el cambio de temperatura.

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