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Letras frescas: 9 libros imperdibles para leer en verano

Redacción TO

Foto: Ana Laya
The Objective

Frescos y seductores, si así los destinos que eliges en verano es solo lógico que las lecturas que te acompañen sean eso y más. En The Objective te ofrecemos esta lista para que pongas de una vez el auto-reply a los correos de la oficina y te desconectes de la rutina, del ordenador y regreses a lo analógico sintiendo el papel y la buena literatura entre mojito y mojito.

Tus vacaciones de verano no estarán completas sin una buena selección de libros que leer durante los tres meses de temporada estival… así que aquí los tienes. Desde grandes editoriales a pequeños sellos especializados en periodismo, desde pequeños relatos íntimos hasta ensayos tecnológicos o psicogeografías. Aquí nuestra lista de libros para el verano de 2017.

Letras frescas: 8 libros imperdibles para leer en el verano 2

Elogio del bistrot

Marc Augé. Gallo Nero (2017)

Marc Augé el escritor y etnógrafo francés mejor conocido por su ensayo sobre los no-lugares explora ese icono tan propio del paisaje urbano francés: el bistrot. Este espacio de encuentro es el equivalente del bar español y del pub inglés y por ello sus personajes y las relaciones entre ellos conforman un retrato familiar de la sociedad francesa hecho de emociones, gestos y de rutinas tan automáticas como invisibles. Además de ser interesante como  exploración antropológica el libro sirve de guía de viaje emocional o psicogeográfica veraniega, sobre todo para aquellos que añoren cambiar la ola de calor peninsular por algo de canicule parisienne.

El filtro burbuja:

Eli Pariser. Taurus (2017)

¿Planeando un detox digital? Este es sin duda el libro que necesitas, no solo porque te llenará de información interesante acerca de los mecanismos poco neutros que definen lo que generalmente ves en Internet y cómo eso configura la manera en la que percibes el mundo y lo que crees es “la opinión general”, este es el libro que tal vez te haga reconsiderar completamente tu regreso al “mundo online”.

Los días de la peste

Edmundo Paz Soldán.  Malpaso (2017)

La Casona es una prisión, pero también un microcosmos donde hay violencia, pugnas de poder y religiones paganas que todo lo justifican. ‘Los días de la peste’ es una novela de voces que se complementan, que se enfrentan, que van conduciendo una narración ordenada en el caos, tan genuina como la naturaleza humana. En la Casona todo es efímero, la vida vale poco e incluso la justicia es negociable.
Letras frescas: 8 libros imperdibles para leer en el verano

La noche de la pistola

David Carr. Libros del K.O. (2017)

David Carr fue un periodista envidiado, imitado, un referente del reporterismo en Estados Unidos. Pero antes de ser bandera bebía sin medida, maltrataba a su pareja, dependía de las drogas, vagaba las peores calles. Muchos años después quiso investigar aquellos años descontrolados para escribir una autobiografía única, una exploración de su pasado para el que entrevistó a decenas de personas que le conocieron y abandonaron, indagó en los archivos policiales, recuperó partes médicos. ‘La noche de la pistola’ es el retrato sucio y genuino de uno de los cronistas más brillantes de principios de siglo.

Buenos días, guapa

Maxie Wander. Errata Naturae (2017)

Mujeres ordinarias que cuentan historias extraordinarias, todas ellas compiladas por Maxie Wander que en la década de los años 70, como ella misma lo señala, hizo un acto maravilloso: escuchar a las mujeres. A Wander le interesaba cómo vivían su historia las mujeres, cómo se la imaginan, y así se decidió a escuchar a 19 de ellas. “En el futuro escucharemos con mayor exactitud y tenderemos menos a opiniones estereotipadas y prejuicios”, apunta Wander. El libro fue publicado en 1977 en la República Democrática Alemana y se convirtió inmediatamente en un éxito. Cuarenta años más tarde algunos relatos siguen teniendo una vigencia increíble.

El vendido

Paul Beatty. Malpaso (2017)

Este es un libro para destapar tabúes sociales. Paul Beatty ganó el premio Man Booker 2016 con esta novela que retrata el racismo norteamericano cuestionando la propia identidad negra. Su novela tiene grietas en detrimento de los autores más convencionales, de los que se burla para la realización de las audiencias blancas. La novela y el humor de Beatty crean un camino peligroso para el éxito, los convencionalismos, o el status quo haciendo de ella una obra única.

Letras frescas: 9 libros imperdibles para leer en verano

Polinesia, paraíso encontrado

Robert Louis Stevenson y Jules Dumont D’Urville. Círculo de Tiza (2017)

Nada mejor que acompañar un viaje con crónicas de viajes. Historias que se potencian y se entrelazan en modo matrioshka; recuerdos prestados de un tiempo en el que todo viaje era literalmente a lo desconocido. ¿No es eso justamente lo que algunos necesitáis? Catalogado como uno de los mejores libros de viaje del siglo XIX ya que combina el ojo científico de D’Urville con la visión antropológica y empática de Stevenson. La mirada de estos dos exploradores sirve para encontrar aventura en clave paraíso polinésico en cualquier destino elegido por el lector. Incluso la terraza del bar.

Breve manual del perfecto aventurero

Pierre Mac Orlan. Jus Ediciones (2017)

Un pequeño manual en páginas y tamaño. Insólito, cómico e histórico que se dirige a los sedentarios y, al mismo tiempo, a los adictos a la aventura. Mac Orlan no solo narra en pequeñas dosis tragicómicas viajes, ciudades, lecturas y aventuras. Por supuesto no debe faltar relatos eróticos en cabarets míticos. Un librito perfecto para cualquier hedonista que respete tener una vida confortable con aventuras esporádicas para darle un poco de emoción a la cotidianidad.

Cuaderno de vacaciones para adultos

Daniel López Valle y Cristóbal Fortúnez. Blackie Books  (2017)

Vale, no es un libro-libro, es un cuaderno-cuaderno, pero no solo de literatura vive el hombre… especialmente en verano. El cuaderno de Blackie, segundo del verano promete pasatiempos no ñoños que pondrán a prueba si has estado o no en un coma cultural/pop durante los últimos años. Hay un crucigrama con las pistas escritas en emoji, tests de famosos que han sufrido de auto-odio creativo como Noel Gallagher o Woody Allen, y juegos para emparejar tragos icónicos a sus respectivas películas, futbolistas a sus clubes o guitarristas a sus bandas.

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Jane Austen a destiempo

Romhy Cubas

Foto: Wikimedia
Wikimedia Commons

En el segundo centenario de su nacimiento la infalible estela de Jane Austen sigue residiendo en sus libros y anti/heroínas. A la fecha no se sabe con exactitud cuál era su apariencia física. El único retrato disponible fue elaborado en acuarela por su hermana Cassandra en una obra que no mereció ni siquiera la aprobación de su sobrina, y que repite junto con otros bosquejos los únicos rastros usuales de los que se hace eco su imagen: alta y esbelta, apariencia saludable y expresiva, complexión clara, mejillas redondas, nariz pequeña, ojos brillante color avellana, cabello marrón y ondulado.  

En una descripción física o una reproducción de su figura es absurdo percibir la “liberación cultural” que desencadenó -especialmente de manera póstuma- la autora de Orgullo y Prejuicio, Emma y Sentido y Sensibilidad. La elección de palabras no se aproxima a la realidad intimista con la cual Austen resumió en sus ficciones, clases, géneros y fórmulas de comportamiento ancladas a la época. Pero hay otra elección de palabras que sí puede dar una explicación aproximada al porqué Austen perdura en la selección literaria de lectores que se aferran a sus romances en generaciones tan distantes.

Jane Austen a destiempo
Retrato de Jane Austen pintando por Ozias Humphry en 1788 | Imagen: Pinterest

Franco Moretti, fundador del Laboratorio Literario de Stanford –el cual aplica el análisis de data a estudios sobre literatura y ficción– revela cómo la elección y el proceso de las palabras utilizadas por la escritora son capaces de moldear una especie de supervivencia literaria. Esto explicaría por qué Austen resiste con tanta insistencia -doscientos años después de su muerte- en el colectivo lector precisamente cuando el elemento “revolucionario” que se recreaba en la época ya no representa una primicia.

La obra de Austen es naturalista, un arte que no improvisa con situaciones forzadas e improbables sino que presenta al lector un facsímil de la naturaleza común. El extenso de un escenario que no se esfuerza en salir hacia otros universos dentro de otros universos.

El laboratorio de Standford reunió y estudió un set de 125 novelas inglesas de ficción narrativa publicadas entre 1710 y 1920. Utilizando una técnica llamada análisis de componentes principales delinearon cada trabajo en una tabla bidimensional basada en el vocabulario de cada libro.

El estudio concluyó que las novelas de Jane Austen perfiladas junto con otras 125 obras británicas, tienen un vocabulario centrado en elementos y situaciones mucho más abstractas que físicas, y cotidianas que melodramáticas.

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Gráfico de estudio sobre Jane Austen del Laboratorio Literario de Standford | Imagen: The New York Times

En la dimensión horizontal las palabras hacia la izquierda tienden a ser más abstractas y relacionadas con estados mentales o relaciones sociales: conocimiento, afecto, conducta, dependencia, deseo, esfuerzo, favor, gratitud, indulgencia, mérito, ocasión, prevaleció, recibió, resentimiento, resolución, sufrimiento y virtud. En cambio las palabras que se ubican más hacia la derecha se conectan con el mundo físico y los sentidos: azul, cercano, oscuro, borde, vacío, dedos, hierba, caliente, afuera, redondo, hombro, lentamente, de pie, arriba, ver y blanco.

Austen usa comparativamente palabras que se refieren a las mujeres – “ella”, “señorita” – y a las relaciones familiares como “hermana”. Se destaca un factor en el uso pronunciado de palabras como “mucho”, el cual el estudio relacionó con un rasgo crucial de su escritura, la ironía. La escritora también empleaba con frecuencia palabra como “poder” y “deber”, las cuales indican probabilidad, capacidad, permiso y obligación. Esto refleja “el desafío al que se enfrentan los personajes de Austen, especialmente sus heroínas, al ver las cosas como realmente son”, explica el Laboratorio de Standford.

Las palabras distintivas de Austen, sus grupos y construcciones gramaticales son un esfuerzo para comprenderse a sí misma a través de sus personajes. La naturaleza humana que omite elementos fanáticos como médula de sus novelas creó un elemento crítico de retrato social determinante para su fama. Su narrativa podría ser un cliché de chismes, gente rica, dinero, vestidos y bodas de sociedad., sin embargo, es precisamente la ironía y sátira con la que se aproxima a estos lugares tan arraigados en la época que Austen logra crear una potente conexión entre sus personajes y el mundo real.

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Escena de la adaptación cinematográfica del libro de Jane Austen Orgullo y Prejuicio | Imagen: IMDB

Los textos de Austen también juegan con los roles de género tradicionales. En sus historias no suceden demasiadas cosas, estas son simplemente un ejemplo de la limitación que sufren sus propios protagonistas ante una mirada feminista que apenas germinaba semillas en la época. Irreverente y audaz, su escritura obliga a ver más allá del absurdo y el chisme del señor Knightley o el señor Collins, Fanny Price o Mary Crawford, Elizabeth Bennet o Lydia Bennet. Más allá de las historias de amor y los finales felices.  Lo de Austen es entender cómo los lugares comunes se hallan en un realismo social que sus lectores detectaron desde un principio como una posibilidad de escapar sin ignorancia.

Escribir sin sacrificar  

La autora británica vivió en un momento en que la lectura de novelas se había convertido en una de las principales formas de entretenimiento para las clases medias. Sin embargo, el status de la novela no era precisamente elevado. Austen escribe en 1816:

“No podía sentarme seriamente a escribir un romance bajo ningún otro motivo que el de salvar mi vida, y si fuera indispensable para mí mantenerme así y nunca relajarme para reírme de mí misma y de otras personas, estoy segura de que me ahorcarían antes de que hubiese terminado el primer capítulo. No. Debo mantener mi propio estilo y continuar con mi propio camino, y aunque pudiera no volver a tener éxito en él, estoy convencida de que fracasaría totalmente en cualquier otro.”  (1 de abril de 1816 a James Stanier Clarke).

Austen usó la ficción para describir tramas que no eran más que las propias experiencias de sus lectores. Al hacerlo fue capaz de introducir morales cercanas al rango de las relaciones humanas ordinarias con un realismo que comprendió las limitaciones que tenían las mujeres a principios del siglo XIX, especialmente la dependencia marital al intentar establecerse social y  económicamente. Pero esencialmente Austen explota el poder de las palabras y los rumores. Son sus diálogos y conversaciones los que se desenvuelven con fluidez como piezas totalmente ajenas a las de la gran mayoría de los escritores con los que convivió y a los que precedió.

Continúa leyendo: Las intimidades literarias de Gabriel García Márquez, al descubierto

Las intimidades literarias de Gabriel García Márquez, al descubierto

Jorge Raya Pons

Foto: TOMAS BRAVO
Reuters

El archivo con todos los manuscritos que sobrevivieron de Gabriel García Márquez está en Estados Unidos. Él, que se rebeló contra todos sus gobiernos, nunca lo habría imaginado. Vendieron el fondo de documentos que había guardado durante años por más de dos millones de dólares a la Universidad de Texas –a través de la institución Harry Ransom Center–. Parece mucho dinero cuando Gabo –como le llamaron quienes le conocían– vivió con lo justo durante casi media vida. Aquella circunstancia cambió, sin embargo, cuando alguien quedó deslumbrado por Cien años de soledad.

Algunos días, García Márquez compartía con quienes le acompañaban la historia de cómo la idea del libro le alcanzó como un rayo, de cómo quedó prendido e incapacitado para hacer otra cosa que escribir. “A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté ante la máquina de escribir y empecé: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme”, dijo en una ceremonia en Cartagena de Indias en 2007. “Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses, hasta que terminé el libro”.

Gabo, que nació en el Caribe colombiano y siempre se reconoció periodista, escribió otras obras que son infinitas –como El coronel no tiene quien le escriba y El amor en los tiempos del cólera– y dejó miles de páginas que ahora pueden consultarse gratuitamente y en línea. Son folios y folios –unos 27.000– y artículos y fotografías y ficciones a medias que revelan sobre García Márquez tanto como sus memorias: en ellos están sus métodos de trabajo, sus anotaciones, sus vicios de escritura. La universidad tejana ha comenzado un laborioso y encomiable esfuerzo para digitalizar todo cuanto llegó a sus manos, y los resultados son verdaderamente estimulantes si uno es lector devoto del maestro de Aracataca.

Cómo consultar en línea todo el catálogo de Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez, en Monterrey en 2007. | Foto: Tomás Bravo/Reuters

La página tiene habilitados unos buscadores que permiten, incluso, filtrar por palabras clave, y también un mecanismo sorprendente con el que se pueden comparar simultáneamente borradores distintos de una misma obra. Entre los documentos hay pasaportes de sus abuelos, de él mismo, fotografías de su infancia, todo un torrente de información que desvela las facetas misteriosas de su vida, sobre las que tanto mintió a sus biógrafos.

Toda esta hazaña no habría sido posible –quién sabe– si García Márquez no hubiera publicado Cien años de soledad. Aquello fue una posibilidad real al menos en dos ocasiones, según sus recuerdos. La primera, cuando la mecanógrafa Esperanza Araiza (Pera) resbaló saliendo de un autobús, bajo la lluvia, y provocó que los papeles de su borrador final se empaparan todos en un charco. Luego tuvo que secarlos pacientemente y uno a uno para rescatar los 18 meses de trabajo de su amigo.

La segunda, cuando el escritor y su esposa, Mercedes, se dispusieron a enviar a la editorial Suramericana por correo las 590 cuartillas que entonces eran la novela. El trabajador de la oficina pesó las hojas y les dijo: “Son 82 pesos”. Pero ellos eran pobres y solo tenían 53. Tuvieron que enviar la mitad de la novela, con el escaso atino de escoger la segunda mitad y no la primera. Unos días después, les escribió el editor y les dio el dinero restante a cambio de que le hicieran llegar la primera parte. La historia de García Márquez –quizá distorsionada– viene a demostrar que la fortuna, a veces, es caprichosa. Ahora sus intimidades literarias y familiares quedan abiertas para los curiosos y los investigadores.

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Lorca en presente

Carlos Mayoral

Foto: Fundación García Lorca
Fundación García Lorca

Federico es un poeta que todavía no ha conocido su verso. Apenas se ha dejado llevar por la marea académica en la que le ha sumergido su madre, y nadie excepto los chopos del patio de su casa, que le susurran con cariño su nombre (…Fe-de-ri-co…), sospecha que estamos delante del bardo más universal del siglo XX hispánico. Todo cambia durante un viaje a Castilla, la misma Castilla a la que le cantaba entonces Machado, cuando se fija en las cigüeñas que coronan los campanarios de la meseta. Ese día le escribe a un amigo residente en Suiza los primeros versos conscientes de Federico García Lorca: Cigüeñas musicales/ amantes de campanas/ oh, qué pena tan grande/ que no podéis cantar. Ha visto la luz el poeta.

Hace unos días cayó en mis manos “Palabra de Lorca”, extraordinario libro, que guarda en su interior anécdotas como ésta que acabo de redactar. El título centra su sinopsis precisamente en eso, en una recopilación de entrevistas y artículos sobre la figura del granaíno engarzada por Rafael Inglada, Víctor Fernández y la editorial Malpaso. Más allá de la edición, tan hermosa como todas las de este sello, se abría ante mí una duda: ¿Sería tan seductora esta cara del poliedro lorquiano como lo fueron las otras? Sólo me bastaron dos giros de página para darme cuenta de que, efectivamente, estábamos antes un nuevo prodigio que mantiene viva su llama: Federico lo había vuelto a hacer.

Poliedro lorquiano, sí. Porque Federico muestra a menudo tantas caras y tan ricas en matices cada una de ellas que sería absurdo volverle la vista a alguna. “Palabra de Lorca” se recrea en estas caras, pero lo hace en presente, tiempo verbal que parecía esfumarse sepultado en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Podemos fijar la atención en el Federico dramático, capaz de convertir en discurso la sangre del teatro; en el Federico más surrealista, el que hace de Nueva York verso y espina; en el Federico más popular, el que a golpe de romance cincela la tradición moderna andaluza. Todos ellos pasan en este libro por la túrmix de la opinión del propio poeta, que le da vida a su obra.

“Palabra de Lorca” nos telegrafía su cara más íntima, la que bebe de sus confesiones. Secretos, interioridades, esquinas de alcoba. El libro se regodea en la impresión que a Federico le produce tal o cual estreno dramático, en el discurso que el de Fuentevaqueros le da a los obreros catalanes sobre la URSS, en la grieta en la mejilla que Nueva York le dejó para siempre, en la infancia que guardó en su memoria el recuerdo del campesino que escuchaba a Chopin mientras hojeaba a Bakunin. Nótese cómo esparzo las anécdotas del libro sin control temático ni cronológico, porque así era el Lorca que se aleja del mito, un individuo que siente y vive sin control, un ser íntimo que supo hacer de su intimidad figura retórica, verso y obra maestra. “Palabra de Lorca” habla del Federico infinito, lo desnuda y lo coloca frente a nosotros. Y, recuerden, lo hace en presente. La poesía y sus lectores estamos de enhorabuena.

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Ekaitz Ortega: "La literatura es un refugio y un arma de rebelión"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective
“Mi madre murió cuando cumplí seis años. Guardo pocos recuerdos de ella, contados. En la mayoría la veo discutiendo con mi padre. No logro recordar los motivos que los llevaban a aquellos violentos enfrentamientos pero, conociendo lo que conocí a mi padre, estoy seguro de que era su culpa”.
–’Mañana cruzaremos el Ganges’, Ekaitz Ortega

***

Ekaitz Ortega tiene 34 años, nació en Bilbao y vive en Madrid, pero este es un hecho circunstancial: pasó varios años en Granada –“cinco o seis”– y asegura que no le teme al cambio, que quizá mañana viva en Cádiz, Gijón o el D.F. Ekaitz es escritor por vocación, si es que no es esta la única manera posible de serlo, y se gana la vida mientras tanto con otro tipo de empleos: en una empresa de marketing digital, corrigiendo y maquetando textos en editoriales, escribiendo como articulista freelance. “Hace seis o siete años, cuando me independicé y me planteé qué quería hacer con mi vida, supe que quería escribir, aun sabiendo que nunca iba a vivir de ello”, dice. “Escribo solo porque me resulta satisfactorio escribir. Desde hace unos años, siempre reservo tiempo para la escritura y lo disfruto. Bastante”.

“¿Y escribes con disciplina?”, le pregunto.

“Por épocas”, responde. “Hay épocas en que la vida se impone. Pero la sensación de estar pensando continuamente en una historia sí que es algo que me ha acompañado siempre”.

Ekaitz explica que escribe una o dos horas al día, y que tampoco se imagina encerrado en una habitación y aporreando el teclado durante 12 horas. “Yo creo que no sería feliz así”, admite. “Con el tiempo he asumido una idea más modesta. Le dedico mis horas, hago lo que me gusta y tengo una vida aparte. Es una afición-trabajo. Si estás encerrado contigo mismo en una historia durante 12 horas, es difícil que no acabes odiándote”.

Entonces cuenta que conoce a mucha gente que se exprime así durante años y que fracasa, sin excepción: “Los casos de éxito en España son cinco. Se tienen que conjurar muchas cosas, es muy complicado. El esfuerzo solamente no te lleva a vivir de esto“. Pero ese fracaso es más romántico en el arte, le digo, medio en broma, defendiendo que vale la pena intentarlo. “Yo lo veo de una forma muy modesta”, responde. “Sé lo que va a haber, y lo asumo. Es una resignación. La imagen del cine de El gran Gatsby, con su mansión, no va a ocurrir en España, donde el mundo cultural está masacrado. De hecho, mi ambición con esta novela era escribirla y sentir la satisfacción de publicarla”.

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Portada de ‘Mañana cruzaremos el Ganges’, de Ekaitz Ortega. | Foto: Ediciones El Transbordador

Ekaitz empezó a escribir con 17 años, pero los libros siempre le acompañaron: de pequeño le leían cuentos y de adolescente convivió con los cómics, un paso previo a nuevas ficciones. Ekaitz puede decir, más de 15 años después, que ha escrito decenas de relatos, que algunos de ellos se han publicado, y que –ahora sí– una de sus novelas sale al mercado. Se llama Mañana cruzaremos el Ganges y la edita El Transbordador, una joven editorial de ciencia ficción con sede en Málaga.

La novela describe un paisaje distópico con la historia vehicular de Eva Warren, una periodista asfixiada por un matrimonio que se descompone, una hermana alcohólica y una Europa autoritaria. Le dedicó más de dos años a escribirla, corregirla, volverla a escribir y volverla a corregir, y por momentos tuvo que contenerse para no dejarse vencer por la frustración. “Llegó un momento, cuando llevaba un tercio de la novela, que dejé de escribir. Me di cuenta de que me hacía falta un par de meses de reflexión sobre cómo quería llevar la historia hasta el final. No tenía prisa por terminarla. Hay afortunados que pueden escribir El jugador en un mes, pero yo no soy así”, dice, entre risas y recordando a Fiodor Dostoyevski, que tuvo que escribir esta obra en tan breve tiempo para pagar una deuda contraída como jugador de apuestas.

“Me costó tanto escribirla, sobre todo, por el tema de la voz”, dice, regresando a la complejidad de crear la conciencia de un personaje femenino. “Me preocupaba mucho escribir el personaje de una mujer, y de hacerlo desde un punto de vista mucho más reflexivo del que puedo actuar yo a diario. Escribí 20 ó 30 páginas y se las enseñé a un grupo de personas para que me diesen su opinión. Entre ellas incluí a un par de mujeres de entre 50 y 60 años para que me dijesen si aquellos pensamientos seguían una lógica o no, si resultaba creíble. Me dieron una serie de matices y, a partir de ahí, seguí avanzando”.

“La literatura me ayuda a entender el mundo”

La novela ya está publicada, y Ekaitz confiesa que es un alivio: durante meses la llevó de una editorial a otra, y por rechazos y desacuerdos con editores no llegaba el momento de enviarla a imprenta. Aquello no le impidió seguir intentándolo. “Cuando acabé la novela, me di cuenta de que debía ser la de mi debut”, cuenta, relajado. “No desistí a seguir moviéndola durante un tiempo, hasta encontrar un sitio donde me entendiera el editor y tuviera un feedback para sacar lo mejor posible. No he vuelto a escribir nada de esta extensión porque estaba muy obsesionado con publicarla. Yo veía una calidad que no encontraba en mis trabajos anteriores. Creo en la novela. Creo firmemente en haber logrado lo que intentaba“.

Lo que está en manos de los lectores, decíamos, es una distopía clásica, donde la crítica asoma en cada página. “No entiendo una novela contemporánea en España sin un factor analítico sobre la sociedad, y creo que la falta de posicionamiento político es, en sí, un posicionamiento político“, dice, afirmando con la cabeza. “El componente político influye bastante en esta novela. Me interesa porque junta tres perspectivas interesantes. Una es el factor denuncia, que es inherente al género distópico. Las otras son el factor introspectivo y -como lector de Bertolt Brecht- la visión del arte no como reflejo, sino como martillo para deformar la realidad. La política está muy metida en la historia. Por eso la protagonista es periodista. Me parece que vive entre dos mundos, entre el ciudadano y el poder, y me parecía interesante cómo manejarla en esa dicotomía de a quién obedecer. La literatura es un refugio y un arma de rebelión. Salta cualquier educación reglada. La literatura me ayuda a entender el mundo”.

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