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Letras frescas: 9 libros imperdibles para leer en verano

Redacción TO

Foto: Ana Laya
The Objective

Frescos y seductores, si así los destinos que eliges en verano es solo lógico que las lecturas que te acompañen sean eso y más. En The Objective te ofrecemos esta lista para que pongas de una vez el auto-reply a los correos de la oficina y te desconectes de la rutina, del ordenador y regreses a lo analógico sintiendo el papel y la buena literatura entre mojito y mojito.

Tus vacaciones de verano no estarán completas sin una buena selección de libros que leer durante los tres meses de temporada estival… así que aquí los tienes. Desde grandes editoriales a pequeños sellos especializados en periodismo, desde pequeños relatos íntimos hasta ensayos tecnológicos o psicogeografías. Aquí nuestra lista de libros para el verano de 2017.

Letras frescas: 8 libros imperdibles para leer en el verano 2

Elogio del bistrot

Marc Augé. Gallo Nero (2017)

Marc Augé el escritor y etnógrafo francés mejor conocido por su ensayo sobre los no-lugares explora ese icono tan propio del paisaje urbano francés: el bistrot. Este espacio de encuentro es el equivalente del bar español y del pub inglés y por ello sus personajes y las relaciones entre ellos conforman un retrato familiar de la sociedad francesa hecho de emociones, gestos y de rutinas tan automáticas como invisibles. Además de ser interesante como  exploración antropológica el libro sirve de guía de viaje emocional o psicogeográfica veraniega, sobre todo para aquellos que añoren cambiar la ola de calor peninsular por algo de canicule parisienne.

El filtro burbuja:

Eli Pariser. Taurus (2017)

¿Planeando un detox digital? Este es sin duda el libro que necesitas, no solo porque te llenará de información interesante acerca de los mecanismos poco neutros que definen lo que generalmente ves en Internet y cómo eso configura la manera en la que percibes el mundo y lo que crees es “la opinión general”, este es el libro que tal vez te haga reconsiderar completamente tu regreso al “mundo online”.

Los días de la peste

Edmundo Paz Soldán.  Malpaso (2017)

La Casona es una prisión, pero también un microcosmos donde hay violencia, pugnas de poder y religiones paganas que todo lo justifican. ‘Los días de la peste’ es una novela de voces que se complementan, que se enfrentan, que van conduciendo una narración ordenada en el caos, tan genuina como la naturaleza humana. En la Casona todo es efímero, la vida vale poco e incluso la justicia es negociable.
Letras frescas: 8 libros imperdibles para leer en el verano

La noche de la pistola

David Carr. Libros del K.O. (2017)

David Carr fue un periodista envidiado, imitado, un referente del reporterismo en Estados Unidos. Pero antes de ser bandera bebía sin medida, maltrataba a su pareja, dependía de las drogas, vagaba las peores calles. Muchos años después quiso investigar aquellos años descontrolados para escribir una autobiografía única, una exploración de su pasado para el que entrevistó a decenas de personas que le conocieron y abandonaron, indagó en los archivos policiales, recuperó partes médicos. ‘La noche de la pistola’ es el retrato sucio y genuino de uno de los cronistas más brillantes de principios de siglo.

Buenos días, guapa

Maxie Wander. Errata Naturae (2017)

Mujeres ordinarias que cuentan historias extraordinarias, todas ellas compiladas por Maxie Wander que en la década de los años 70, como ella misma lo señala, hizo un acto maravilloso: escuchar a las mujeres. A Wander le interesaba cómo vivían su historia las mujeres, cómo se la imaginan, y así se decidió a escuchar a 19 de ellas. “En el futuro escucharemos con mayor exactitud y tenderemos menos a opiniones estereotipadas y prejuicios”, apunta Wander. El libro fue publicado en 1977 en la República Democrática Alemana y se convirtió inmediatamente en un éxito. Cuarenta años más tarde algunos relatos siguen teniendo una vigencia increíble.

El vendido

Paul Beatty. Malpaso (2017)

Este es un libro para destapar tabúes sociales. Paul Beatty ganó el premio Man Booker 2016 con esta novela que retrata el racismo norteamericano cuestionando la propia identidad negra. Su novela tiene grietas en detrimento de los autores más convencionales, de los que se burla para la realización de las audiencias blancas. La novela y el humor de Beatty crean un camino peligroso para el éxito, los convencionalismos, o el status quo haciendo de ella una obra única.

Letras frescas: 9 libros imperdibles para leer en verano

Polinesia, paraíso encontrado

Robert Louis Stevenson y Jules Dumont D’Urville. Círculo de Tiza (2017)

Nada mejor que acompañar un viaje con crónicas de viajes. Historias que se potencian y se entrelazan en modo matrioshka; recuerdos prestados de un tiempo en el que todo viaje era literalmente a lo desconocido. ¿No es eso justamente lo que algunos necesitáis? Catalogado como uno de los mejores libros de viaje del siglo XIX ya que combina el ojo científico de D’Urville con la visión antropológica y empática de Stevenson. La mirada de estos dos exploradores sirve para encontrar aventura en clave paraíso polinésico en cualquier destino elegido por el lector. Incluso la terraza del bar.

Breve manual del perfecto aventurero

Pierre Mac Orlan. Jus Ediciones (2017)

Un pequeño manual en páginas y tamaño. Insólito, cómico e histórico que se dirige a los sedentarios y, al mismo tiempo, a los adictos a la aventura. Mac Orlan no solo narra en pequeñas dosis tragicómicas viajes, ciudades, lecturas y aventuras. Por supuesto no debe faltar relatos eróticos en cabarets míticos. Un librito perfecto para cualquier hedonista que respete tener una vida confortable con aventuras esporádicas para darle un poco de emoción a la cotidianidad.

Cuaderno de vacaciones para adultos

Daniel López Valle y Cristóbal Fortúnez. Blackie Books  (2017)

Vale, no es un libro-libro, es un cuaderno-cuaderno, pero no solo de literatura vive el hombre… especialmente en verano. El cuaderno de Blackie, segundo del verano promete pasatiempos no ñoños que pondrán a prueba si has estado o no en un coma cultural/pop durante los últimos años. Hay un crucigrama con las pistas escritas en emoji, tests de famosos que han sufrido de auto-odio creativo como Noel Gallagher o Woody Allen, y juegos para emparejar tragos icónicos a sus respectivas películas, futbolistas a sus clubes o guitarristas a sus bandas.

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El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

Jorge Raya Pons

Foto: Reuters

David Carr vivió una larga cuesta abajo disparado y sin frenos cuando descubrió los senderos de la droga, que le transformaron en un hombre terrible. Muchos años después, siendo un periodista exitoso y reverenciado en The New York Times, quiso explorar aquella sala oscura que era su pasado y abordarla en un libro que se llamaría La noche de la pistola, editado ahora en España por esa caja de sorpresas que es Libros del K.O. Carr viajó a los lugares donde vivió, entrevistó a docenas de personas que conocieron al antiguo yo y le quitó el polvo a un buen puñado de documentos archivados que incluían fichas policiales y sentencias.

No es sencillo encontrar personas tan esforzadas por alcanzar un grado tan elevado de autoconsciencia. David Carr era –fue– un maltratador –golpeó a dos de sus exparejas– y un yonqui, un periodista extraordinario y un padre entregado. Tendemos a imaginar que hay todo un mundo entre los polos, y sin embargo está a un tiro de coca de distancia. En este libro, Carr rescata un puñado generoso de experiencias especialmente repugnantes. Como el día en que olvidó a sus hijas en el coche cuando hizo una visita nocturna a su camello, con quien pasó la noche entera. Cuando salió de la casa, las niñas continuaban allí, en sus sillitas, vestidas con sus monos de invierno.

El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack 1
David Carr, junto a sus hijas, Erin y Meagan. | Fuente: Archivo de David Carr

En otro momento, el periodista cuenta la historia emotiva, reveladora y profundamente trágica de su amigo Dave, a quien conoció en desintoxicación y de quien escribe que “tenía hijos” y le enseñó “muchas cosas, no solo sobre ser padre, sino sobre ser un hombre de verdad”. Dave fue una mano tendida en su rehabilitación: cuidó de él, cuidó de las niñas, se aseguró de que asistiera a cada una de las reuniones. Los años pasaron, Carr logró recuperarse, y ambos tomaron distancia.

Algunos años después, Carr visitó a Dave; un amigo común le avisó de que era momento de hacerlo. Dave estaba en su cama, hinchado y sin fuerzas y terriblemente enfermo. Hablaron de las niñas, de deporte, y prometieron volver a verse otro día. Carr se despidió, y supo en ese momento que no volverían a verse. Así que le dijo: “Te debo todo lo que tengo en el mundo. Has hecho mucho. Ahora puedes descansar”. Y se marchó.

Es posible que David Carr carezca del virtuosismo literario de Burroughs y de tantos otros que exploraron la mística y la ruina de la adicción a las drogas. Pero tampoco importa: Carr lo hace con una honestidad brutal, abriéndose en dos y exponiéndose sin reparos. Y aunque a menudo cae en la bravuconería y en un punto nada lejano a la autocomplacencia, el libro deja a las claras que su vocación principal es la expiación de sus pecados. Una confesión larga y documentada ante Dios y ante sus lectores.

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La noche de la pistola, de David Carr (Libros del K.O.) | Foto: The Objective

Carr, que tantos méritos hizo para morir en una sobredosis, o en una pelea entre colgados, o en un accidente de tráfico, que sobrevivió a un cáncer particularmente agresivo y que recayó en el alcoholismo, murió muchos años después, en 2015, tras desplomarse por un infarto frente a su mesa en el Times. Tenía 58 años.

Carr escribió un libro valiente. Detrás de sus gemelas, que crecieron felices y fueron a la universidad –he obviado que crecieron entre jeringuillas; su madre también era yonqui–, su gran legado es este libro que sirve como advertencia: hay épica y diversión con las drogas, pero solo antes de crear descontrol y una probabilidad muy alta de destrucción. Su amigo Ike se lo dijo en otras palabras: “¿Vas a ser leal a un jodido concepto como el de ser artista? ¿O vas a ser leal a unos seres humanos de los que eres responsable?”. Y Carr, casi en los últimos párrafos, escribe: “Siempre te dicen que tienes que curarte por tu bien, pero lo único que me permitió dejar de hacer el imbécil fue recordar que otras personas dependían de mí”. Este libro es la declaración de amor a sus hijas.

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Charles Bukowski entre mujeres

Romhy Cubas

Foto: Terraignota Ediciones
Terraignota Ediciones

“Las mujeres del pasado siguen llamándome
Ayer mismo llegó otra de afuera del estado
Quería verme
Le dije “no”
No las quiero ver
No las veré
Sería incómodo, terrible e inútil
Sé de gente que puede ver la misma película más de una vez
Yo no” (…)

Del poema Novias de Charles Bukowski

Antes de ser Charles fue Heinrich Karl Bukowski, nacido en Alemania un 16 de agosto de 1920. La crisis económica en el país europeo tras la Primera Guerra Mundial llevaría a su familia emigrante hacia América, y para que se acoplara al ritmo estadounidense los padres de Heinrich comenzaron a llamarlo Henry. El resto es historia, el mito de Bukowski y sus irreverencias poéticas en la ciudad de Los Ángeles.

A su alrededor: su trabajo, relaciones, carácter y hasta su predilección por la bebida conspiraron para formar esa leyenda de poeta veterano e indolente. No fue hasta los 40 años que sus versos obtuvieron reconocimiento, y aunque hizo el intento de estudiar periodismo y arte su principal profesión y sustento monetario durante más de una década residieron en la oficina de correos de la ciudad de Los Ángeles. Como una especie de agente encubierto Bukowski era cartero de día y poeta de noche.

No obstante, una vez su editor y publicista John Martin le prometió 100$ mensuales por el resto de su vida para que se dedicara a escribir y dejara el oficio diurno de las cartas a los profesionales, la carrera de Bukowski se aferró a su prosa sentimental e irreverente, toda ella contradicciones, para presentarse como uno de los grandes poetas del siglo XX, sin mencionar que se le ha asociado a la Generación de los Poetas Beat y de los escritores “malditos”. Pero la voz de Bukowski realmente nunca vino acompañada de grupos viscerales, él siempre fue un solitario.

Aunque en su marca personal no podía faltar el tabaco y la botella de whisky, las groserías y esa imagen desaliñada de viejo indecente, como su alter ego Henry Chinaski, hay varios mitos sobre Bukowski además de su ineludible talento como escritor que se tambalean entre la ficción y la realidad.

A menudo tildado de borracho y misógino, no hay que buscar demasiado para encontrar archivos y fotografías de ese Bukowski alcoholizado por el cual suenan las campanas. Tampoco hay que leer demasiado entre líneas para encontrar entre sus poemas y relatos de “amor” una prosa peyorativa y contradictoria hacia las mujeres como objeto-sujeto. Su relación con estas fue igual de contradictoria, por un lado se podría decir que Bukowski respetaba y amaba a las mujeres, sus más allegados así lo respaldaban, y sin embargo, trabajos como La Máquina de Follar, Se busca Mujer o tal vez el más evidente Mujeres, exponen versos en donde es fácil cruzar la línea entre la sinceridad y la desfachatez, la irreverencia y la misoginia.

Está el detalle que expone el mismo Bukowski cuando se burla de sí mismo en sus textos, o cuando crea una imagen comercial que su ex novias y su publicista John Martin suavizan, pero fueron precisamente esos detalles, mitos o no, los que hicieron a Bukowski “el escritor”, el mujeriego, el poeta no tan romántico, el cartero más famoso de Los Ángeles.

“Hay en mí algo descontrolado, pienso demasiado en el sexo. Cuando veo a una mujer la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos.” Charles B en Mujeres.

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Jane Cooney Baker y Charles Bukowski | Imagen vía: Alternative Reel

La prostituta de 300 kilos

Bukowski a menudo se refería a su iniciación en el plano sexual con una anécdota que reiteró en numerosas ocasiones y sazonó en sus historias. De entrada el escritor adopta una actitud usual en sus poemas y relatos y recuerda cómo con 24 años de edad conoció en un bar a “la primera mujer” que gustó de él.

La narración está grabada en video y Bukowski, Whisky en mano, recuerda a la “prostituta de 300 kilos” que al igual que él buscaba compañía aquella noche. La pareja subió al hotel y a la mañana siguiente, al no encontrar su billetera, el escritor echó a la mujer de la habitación creyendo que esta era la responsable de su desaparición. La billetera apareció minutos después al lado de su cama, y en vano Bukowski persiguió arrepentido y con resaca a la mujer con la cual perdió su virginidad en un motel de Los Ángeles.

Jane Cooney Baker

Fue su mayor musa y tal vez su romance más definitivo. Sus relatos y poemas están repletos de versiones de esta mujer diez años mayor que él a quien conoció –de nuevo- en un bar de Los Ángeles. Entre botellas y humo de cigarrillos se sucedió esta relación tumultuosa y reveladora. Esa misma adicción por el alcohol llevó a Jane a su muerte en 1962.

El escritor luego reconocería que de todas sus compañeras Jane sería la única por la cual regresaría.

“…hace 28 años / que estás muerta / y sin embargo te recuerdo / mejor que a cualquiera de las otras / vaya un trago / por tus huesos / con los que este viejo perro sueña / todavía”.

Linda King

A esta poeta y escultora la conoció porque la primera esculpía rostros de poetas famosos, y cuando oyó que uno de los mejores prosistas de Los Ángeles estaba en la ciudad solicitó tallarlo.

Su relación se prolongó intermitentemente por cinco años a principios de los 70. Volátil, agresiva y turbulenta fue de una de sus relaciones más inestables y temperamentales; sin embargo, llama la atención que en entrevistas posteriores al referirse a Bukowski Linda King rara vez es despectiva o insiste en los momentos violentos, más bien hace énfasis en la particular personalidad del escritor, en sus inseguridades y manías.

“Siempre pensé que le faltaba confianza en sí mismo. Si hubiera sido un hombre físicamente bien parecido y hubiera tenido éxito con las mujeres, creo que nunca hubiera pensado en aquello”, recuerda King en una entrevista para Vice.

Charles Bukowski entre mujeres 2
Linda Lee Bukowski y Charles Bukowski | Imagen vía: Taringa

Linda Lee Beighle

Fue la segunda esposa de Bukowski, la primera fue Bárbara Bukowski, quien murió bajo misteriosas circunstancias en un viaje a la India. A Linda la conoció en un puesto de comida, con ella compró una casa en San Pedro y fue esta quien estuvo a su lado en el hospital cuando el escritor murió de leucemia el 9 de marzo 1994.

Como la mayoría de sus compañeras, Lee recalca la timidez y falta de confianza de Bukowski, sus habilidades sociales, o más bien la falta de ésta, y su preferencia por la máquina de escribir ante la posibilidad de tener que entablar conversaciones con otras personas.

“Jamás hablaba de su trabajo, pensaba que le traería mala suerte”, explica Lee. “A veces escribía poemas en plena noche. Bebía un vaso y me lo leía. Pero esto pasaba sólo una vez al año. Por lo general no mostraba sus trabajos a nadie, los enviaba todos directamente a su editor”.

Ellas no fueron las únicas mujeres en la vida del poeta, hubo novias, amigas, amantes y romances de una noche. La mayoría de estas relaciones llegaron con la mediana edad y su alza como escritor. Todas ejercieron un papel básico en su manera de escribir y de relatar el “amor”. De todos los mitos sobre Bukowski tal vez el más claro está en sus contradicciones, ya que su imagen de bebedor empedernido fluctuaba con sus testimonios, y el de su misoginia con la voluntad de conversar de aquellas mujeres.

“Mujeres: me gustaban los colores de sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos”.
Del libro Mujeres de Charles Bukowski

Es ineludible que como personaje literario, estereotipado o no, fue y sigue siendo referencial. A su muerte dejó una obra compuesta por más de 1.000 poemas, cinco novelas y seis libros de relatos. Ahora, en cuanto al mito, la manera más sensata de aclararlo está en sus propias ficciones, que han demostrado después de todo ser la adicción más sana y fiel de Bukowski, el “viejo indecente”.

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Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de posguerra

Romhy Cubas

Hace 56 años, específicamente la mañana de un domingo 13 de agosto de 1961, Alemania amaneció separada con una alambrada de 155 kilómetros entre dos cielos berlineses ubicados en la misma geografía pero bajo distintas ideologías. En la frontera del sector soviético hacia Berlín Oeste aquellas “barreras temporales” se mantendrían durante 28 años aislando a su capital.

La noche anterior a la construcción el consejo de Ministros de la RDA –República Democrática de Alemania- habría anunciado el objetivo de tal instalación: “poner fin a las actividades hostiles de revanchismo y militarismo de Alemania Occidental y Berlín Oriental”. Eventualmente los rollos de alambres y púas fueron reemplazados por paneles de hormigón y cemento. Las calles, plazas y casas quedaron divididas entre dos horizontes. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial había terminado y con ella la Alemania nazi, en Europa la victoria todavía era amarga.

Durante la guerra se sobreviviría –con suerte- a base de fe y migajas. De los testigos, además de viejas fotografías, resistieron diarios y cartas escritas a la sombra de refugios antibombas y campos de concentración. Dedicarse a leer era un acto revolucionario, como el ejército con el que soñaba Hitler, si algo se aprendió de la Acción contra el espíritu anti-alemán el 10 de mayo de 1933 con la quema voluntaria de miles de libros es que la literatura no era comunal, mucho menos necesaria. Sin embargo, por terquedad o simple naturaleza se sobrevivió, se escribió y se leyó, y de aquella rutina surgió todo un nuevo género literario de posguerra en el cual los narradores del este y del oeste se afincaron para relatar sus inquietudes. Aunque con un espíritu menos festivo que el de la Generación Perdida en París, su ímpetu para cuestionar y debatir ante la sociedad y el Estado se mantuvo.

El Grupo 47 construyó con los escombros de la guerra una carrera literaria de la cual emergería plumas como las de Günther Grass, Heinrich Böll, Thomas Hettche, Julia Franck, Judith Hermann e Igno Schulze.

“Dedicarse a leer era un acto revolucionario.”

Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de Posguerra
Diario de Ana Frank escrito entre 1941 y 1944 | Imagen vía: AFF Basel/AFS Amsterdam

Antecedentes: Entre diarios y manuscritos escondidos

Durante la Alemania nazi, de los refugios y campos de concentración no solo emergieron sobrevivientes, sino que se forjaron un puñado de escritores que nunca llegó a saber el destino de su fama.

Ana Frank: luego de que Alemania invadiera Polonia Ana Frank huiría a los 13 años con su familia de ascendencia judía hacia los países bajos. Durante dos años se escondería junto a otras 7 personas en La casa de atrás, refugio ubicado en el canal Prinsengracht n° 263 en Ámsterdam. Además de entender el poder de la intolerancia, por esas fechas Ana Frank también recibió de regalo de cumpleaños un cuaderno empastado con una pequeña cerradura en el frente. Sus páginas se convertirían en el diario más versionado del futuro. Historias, frases de sus autores favoritos y apuntes de aquella rutina forzada salieron a la luz con el peso de la guerra en los ojos de una adolescente de 13 años. Antes de ser llevada a los campos de concentración, en 1944, Ana reescribía su diario para convertirlo en un libro que no pudo terminar. Aunque nunca lo supo, la guerra la convirtió en una reconocida y precoz escritora.

Irène Némirovsky: esta novelista de origen ucraniano pasó gran parte de su vida huyendo, primero de la Revolución rusa, luego de la leyes antisemitas que le impidieron trabajar y divulgar sus novelas en Francia; sin embargo, ya antes de la guerra había logrado establecerse con una decena de escritos publicados en francés. En 1942 es arrestada e internada en el campo de Pithiviers, para luego ser deportada a Auschwitz en donde murió de tifus el 17 de agosto del mismo año. De sus pertenencias sobrevivieron dos manuscritos inéditos que le dieron nombre a una de las grandes crónicas sobre el éxodo durante la guerra y la ocupación alemana en Francia. Suite francesa, publicada de manera póstuma en el 2004, es una crónica incisiva del ejercicio de las relaciones humanas asediadas bajo fuego en el frente.

Milena Jesenská: su nombre estuvo particularmente ligado al del escritor Franz Kafka, con quien comienza una larga correspondencia luego de leer algunos de sus cuentos y pedirle autorización para traducirlos al checo. Pero Jesenská fue mucho más que la “amiga de Kafka”, como se titula el libro de Buber Neumann dedicado a sus experiencias en los campos de concentración. Corresponsal y periodista para diversos semanarios y periódicos políticos en Viena, sus trabajos lograron captar una valiosa mirada femenina en el periodismo checoslovaco de preguerra antes de su muerte en el campo de Ravensbrück, Alemania.

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Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

Literatura de posguerra

La reflexión sobre el pasado, sobre la responsabilidad individual y colectiva de una nación y la insatisfacción ante una sociedad distante y angustiosamente absurda fueron algunos de los puntos claves para la creación de esta literatura de posguerra que buscó recuperar de entre los escombros el sentido común de la humanidad. Los jóvenes que vivían entre el trauma del nazismo y la derrota bélica, en una crisis de identidad que le daba un nuevo formato a su compromiso político y social, lograron frustrar en el papel su propia e utópica reunificación.

Relataba el escritor español Fernando Aramburu para El Cultural en el 2014: “La caída del muro desató una especie de movida literaria en Alemania. Sobre todo los jóvenes escritores de la antigua RDA estaban deseosos de ejercitarse en la recién estrenada libertad, tenían un sinfín de historias que contar, podían despacharse a su antojo, sin cortapisas censorias, buscaban una nueva identidad y un público multitudinario esperaba con ansia sus relatos y testimonios. No defraudaron. El cine, el teatro, la arquitectura, se apuntaron de buena gana al nuevo empuje creativo”.

El Grupo 47

También conocidos como la generación “escéptica”, directamente afectada por las acciones del nazismo pero en aquél entonces sin la edad suficiente para tomar acciones concretas ante este, su crítica hacia Alemania residió en recordarle al Estado las consecuencias de lo que consideraban una actitud excesivamente despreocupada hacia el pasado.

El grupo se remonta a 1946 cuando Alfred Andersch y Hans Werner Richter fundaron en Múnich la revista literaria Der Ruf -La llamada-. Con la idea de instruir al público alemán sobre la democracia tras el nazismo, eventualmente les revocaron la licencia y surgieron de nuevo en septiembre de 1947 para crear una nueva revista, Der Skorpion -El escorpión-, la revista tampoco tuvo éxito pero dio paso a la fundación oficial del Grupo 47.

Su espíritu transgresor no residió en el grupo per se, de sus reuniones se observaba lo usual en un grupo joven y letrado: lecturas, manuscritos, críticas y conversaciones. Pero la gran mayoría consiguió aquí el impulso para hacerse un nombre en la renovación de la literatura alemana tras la guerra.

Günther Grass, Premio Nobel de Literatura en 1999, escribiría Es cuento largo como una respuesta ante la caída del Muro de Berlín, Julia Franck relataría en Zona de tránsito su experiencia al cruzar Berlín Occidental a los 8 años con su madre y sus hermanas. Heinrich Böll comenzaría su carrera en los años 50 con pequeñas narraciones sobre la insensatez de la guerra y del heroísmo nazi, entre sus obras destacan Y no dijo ni una palabra, Opiniones de un payaso y Retrato de un grupo con señora; en 1972 recibió el Premio Nobel de Literatura por haber contribuido a la renovación de la literatura alemana. Paul Celan, de raíces judías y nacido en Rumania, fue recluido en un campo de trabajo de Moldavia y gracias a sus experiencias produce una obra poética de unos 800 poemas que se afincan en la paradoja de expresar el sufrimiento de los judíos en alemán.

Ilse Aichinger, Alfred Andersch, Ingeborg Bachmann, Günther Eich, Hans Magnus Enzensberger y Erich Fried son otros de los nombres destacados que se han ido sumando a este grupo.

Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de Posguerra 2
Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

El Muro de Berlín se comenzó a construir un 13 de agosto de 1961 y pronto se convirtió en una pared de hormigón de 3,6 metros de altura, con un interior de cables de acero y una “franja de la muerte” impuesta como una especie de foso colectivo. Entre 1961 y 1989 más de 100.000 personas trataron de cruzar el muro, entre 5.000 y 10.000 lo lograron y más de 200 murieron en el intento.

Hoy Berlín es ícono de escritores y artistas. Ciudad multicultural, bohemia y política en donde hace 56 años se levantaba un muro que, en un acto de equilibrio, también erigió un archivo inmenso de narrativa testimonial y literaria única.

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6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores

Romhy Cubas

Foto: Julio Ubiña vía Ayuntamiento de Pamplona

Qué sería de García Márquez sin ese anclaje sentimental hacia Cuba y sus personajes, o de García Lorca sin aquella reveladora visita a la ciudad de Nueva York. Qué sería de los Fitzgerald sin las noches de jazz en París o de Capote sin sus veranos en la Costa Brava.

La geografía es definitiva para el carácter de una persona, la tierra y la patria se pegan a sus sombras y evitarla se hace contradictorio, pero además del paisaje que establece la nacionalidad también existen otros paisajes -breves o prolongados- los cuales se revelan decisivos durante su estancia. Si hay una profesión que expresa mejor que ninguna el apego y desamor que viene con las raíces natales es la del escritor; es inevitable que las aceras y maneras de las ciudades que este pisa no se reflejen en sus historias y personajes.

Algunos prefieren dejarle a la imaginación lo que el cuerpo no llega a percibir, pero otros peregrinan por el mundo buscando las respuestas que en casa no lograron encontrar. Los pasaportes de estos seis escritores fueron sellados muchas veces –algunos más que otros- pero todos hicieron algún viaje: por trabajo, por placer o por necesidad, que marcó el centro de sus relatos, reincidiendo en sus obras casi inconscientemente.

Las carreteras y geografías de estos destinos plantaron las semillas para algunos de los clásicos literarios más evocados de los últimos siglos.

6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores 1
Pasaporte de la escritora británica Virginia Woolf expedido en 1923 | Imagen vía: Open Culture

Virginia Woolf en Alemania

Originaria de Kensington, Londres, Virginia Woolf no fue una exploradora particularmente entusiasta en el campo geográfico; la escritora prefería plasmar sus ideas en tinta y papel, sin tomar largas carreteras o ferris hacia otros continentes. Sus preferencias de viajes se aferraban a su misma ciudad, primaveras con amigos y familiares en exclusivas casas de campo en donde el bohemio grupo literario de Bloomsbury pintaba, escribía e intercambiaba posturas, o caminatas a través del rió en la casa de Charleston, Sussex, de su hermana Vanessa Woolf.

La autora estuvo en Irlanda, Suiza, Francia e Italia, pero de sus viajes el más recordado y tal vez angustioso fue en 1935 cuando Virginia y su esposo Leonard Woolf, de camino a visitar Italia y Francia, atravesaron una Alemania que cantaba ideologías nazis bajo las alas de Hitler. Por las raíces judías de Leonard la oficina de extranjería en Inglaterra le advirtió a la pareja de los inconvenientes que podrían surgir en el camino, pero la dupla partió de todas formas junto a su mascota Mitzi, dejando como una especie de garantía de seguridad una carta del Príncipe Bismarck, quien trabajaba en la embajada de Alemania en Londres.

En Viajes con Virginia Woolf de Jan Morris el atajo de estos tres días es relatado con los mismos diarios de la poeta, quien escribía en la carretera:

“Sentada en el sol afuera de los controles alemanes. Un carro con una esvástica en la parte trasera de la ventana acaba de pasar a través de la barrera hacia Alemania. L (Leonard) está en la aduana… ¿Debería acercarme a ver lo que sucede? (…) Junto a los rines sentados en la ventana. Somos perseguidos al cruzar el río por Hitler (o Goering) mientras pasamos a través de filas de niños con banderas rojas. Le gritan a Mitzi. Levanto mi mano. Las personas se reúnen bajo el sol –con movimientos forzados como deportistas de colegio-. Las pancartas que se expanden en la calle dicen “El judío es nuestro enemigo” “Aquí no hay lugar para los judíos”. Así que silbamos con ellos hasta que salimos del campo de visión de aquella dócil e histérica multitud. Nuestra sumisión se convierte gradualmente en rabia. Nervios quebrados”

Leonard, en su autobiografía, recuerda el mismo incidente reconociendo que de no ser por su perra Mitzi los controles alemanes no hubieran sido tan amables. “Nadie que tuviera en sus hombros a una pequeña dulzura como aquella podía ser judío”, escribió.

6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores 2
Pasaportes del escritor irlandés James Joyce y su familia, Nora Joyce y George Joyce | Imagen vía: Open Culture

James Joyce en Suiza

Suiza fue el refugio del escritor irlandés James Joyce y su familia durante ambas guerras mundiales, también fue el lugar en donde falleció en 1941 luego ser operado de una úlcera intestinal, tenía 59 años. Zürich es una ciudad clave para sus obras, aquí además de pasar por numerosas direcciones y apartamentos –más de cuatro- el autor escribió una fracción importante de Ulises, su obra más elogiada.

Joyce tuvo una relación complicada con su tierra natal, la guerra y el catolicismo lacerante en aquella época en el país aumentaron dicha rivalidad. Aunque su obra más conocida se inspira –literalmente- en una “odisea” geográfica, probablemente debido a la guerra, sus viajes fueron más por urgencia que por placer.

Su primer viaje a Suiza fue de corta duración, al no conseguir empleo se mudó con su pareja Norah Joyce hacia Trieste, entonces parte del imperio austrohúngaro. Al estallar la Primera Guerra Mundial Joyce es declarado persona non grata en Trieste y huye junto a su familia de regreso a Zürich. Fritz Senn, uno de los académicos con mayor conocimiento del escritor, explica que aunque este nunca fue muy sociable “con el tiempo Zürich comenzó a gustarle…le gustaban los ríos y prefería estar allí donde se juntan”, señala.

Joyce pasaba las tardes en el restaurante Pfauen, cerca del museo de arte y en el famoso Café Odeón. En la Kronenhalle, situada en la Rämistrasse cenaba con conocidos. En la Biblioteca Central de Zúrich pedía libros prestados sobre Homero y la Odisea y durante sus visitas a la ciudad, antes de establecerse con su familia, se hospedó en hoteles de lujo como el Gotthard y el Carlton Elite, situados en la Bahnhofstrasse.

6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores 3
Fotos de pasaporte de Scott, Zelda y Frances Fitzgerald | Imagen vía: Open Culture

Los Fitzgerald en París

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald fueron una pareja de escritores cuya pasión por el arte y lo bohemio se asentó en Europa con la llamada “generación perdida”, específicamente en París, Francia. El autor de El Gran Gatsby vacacionaba en lujosos hoteles y bares de la ciudad y frecuentaba los bares de jazz más famosos y ruidosos que podía encontrar. Su corta vida fue agitada, entre Nueva York, Francia, Suiza, Norteamérica y algunos intermedios los hoteles fueron su principal hogar, además de inspiración ante futuros relatos.

La pareja norteamericana encontró su mayor ala artística en sus viajes a la ciudad de los croissants y los cafés. En un principio se alojaban en lujosos hoteles como El Saint James Albany, en París, de donde fueron expulsados por “mal comportamiento” y el Hôtel du Cap-Eden-Roc en Antibes, en donde pasaron un verano de 1925 junto a su hija, frecuentando amistades como las de Picasso y Cole Porter.

De sus viajes, el que hicieron hacia la Villa St. Louis, una casa rentada frente al mar en donde Fitzgerald escribió El Gran Gatsby es de los más recordados. Desde esta terraza se podía ver el océano y el parpadeo de la luz del faro al otro extremo de la isla, el parecido con algunas de las escenas más emblemáticas de Gatsby, en donde a menudo el faro se interpone entre este y su amor imposible, Daisy, no es casualidad.

En la comuna de Juan-Les-Pins de la ciudad de Antibes hoy todavía se pueden ver las villas detrás de lujosos Yates, aquí los Fitzgerald vivieron por dos años entre ostentosas mansiones greco romanas y esencias de verano. Scott la recuerda como una de sus épocas más felices; sin embargo fue aquí en donde comenzó el colapso mental de Zelda que la llevaría a ser institucionalizada en América. En su libro Suave es la noche con la perfecta descripción del Hôtel du Cap-Eden-Roc se evidencia la influencia de aquellos años en la isla en donde el jazz a todo volumen no pudo evitar el colapso de su matrimonio.

La familia Fitzgerald dejó las Antibes luego de 1927 para nunca más regresar.

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Pasaporte del escritor Truman Capote | Imagen vía: Open Culture

 

Truman Capote en la Costa Brava de España

El retiro de Capote en la Costa Brava para escribir A Sangre Fría es conocido con poco detalle más allá de la gran atención que suponía la historia de los asesinatos, pero las playas de España significaron algo más en la vida de Capote que un espacio de verano. La influencia de sus paisajes se pueden leer en su relato Un viaje por España, en el cual resalta ese clima cálido y reflexivo que le permitió desenredar aquellos miles de folios recopilados en su calidad de reportero.

Además de pasar 18 meses en Palamós durante los veranos de 1960, 1961 y 1962 y acabar su novela más aclamada, fue aquí en donde se enteró de la muerte de su amiga, la “adorable criatura”, Marilyn Monroe. Cuentan que cuando Capote supo del suicidio compró una botella de ginebra y regresó al hotel Trias repitiendo desolado por la calles “¡Mi amiga ha muerto! ¡Mi amiga ha muerto!”.

Sus tres temporadas en la Costa Brava las pasó encerrado y en pijama, de hecho su compañía más constante fueron sus mascotas: un bulldog, un caniche ciego y una gata siamesa. Luego de vivir inmerso en la alta sociedad de Nueva York, el 26 de abril de 1960 llegó a la Costa, según relata Màrius Carol en su novela El hombre de los pijamas de seda, con 4.000 folios de apuntes sobre el caso. “Viajó en barco desde Nueva York, llegó a Le Havre y cruzó toda Francia en coche: llevaba 25 maletas”.

Primero se hospedó en una casa de la playa de La Catifa, de allí pasó a otra situada en el Comtat Sant Jordi, junto a Playa de Aro, y finalmente se instaló el último año en una imponente finca en Cala Senià. Capote comía zarzuela de pescado y recibía pocos invitados. De no ser por su compañero sentimental, Jack, el escritor hubiera comprado aquella casa de Palamós en la que se alojó en el verano del 62; sin embargo, la pareja partió a los Alpes suizos y esa fue la última vez que Palamós supo de Capote.

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Pasaporte del escritor estadounidense Ernest Hemingway emitido en 1957 | Imagen vía: Open Culture

Ernest Hemingway en Cuba

Hemingway fue un “mochilero” innato, a diferencia de otros escritores la guerra no le impidió viajar por el mundo, fue de hecho gracias a esta que partió como corresponsal en 1937 y conoció España durante la guerra civil, experiencia que luego retrataría en “Por quién doblan las campanas”. Nativo de Illinois en Estados Unidos, el autor de El viejo y el mar pasó por París, Pamplona, Madrid, varias ciudades de África, Venecia, Londres y Normandía. Aunque el mediterráneo sirvió como tremenda autoridad en sus obras, fue especialmente Cuba, La Habana y Fidel Castro los que sellaron su pasaporte durante veintidós años en los cuales vivió en la isla con su tercera esposa Martha Gellhorn.

En Cuba vivió en una finca –La Finca Vigía- en las Colinas de La Habana. Fue aquí donde escribió “El viejo y el mar” y en donde recibió la noticia de que había ganado el Premio Nobel de Literatura en 1954. “Este premio pertenece a Cuba, porque mi trabajo fue concebido y creado en Cuba”, recalcó el autor.

Su primer viaje a la isla fue en la década de los 20; sin embargo, se encontraría volviendo a sus mares hasta poco antes de su fallecimiento en 1961 en Idaho, Estados Unidos.

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Pasaporte del poeta español Gabriel García Lorca expedido en Granada en junio de 1929 Lorca | Imagen vía: Open Culture

Federico García Lorca en Nueva York

Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos. (Fragmento de poema Nueva York)

García Lorca nació y murió en España, pero no sería nadie sin Nueva York. Muestra de esto el apodo que él mismo utilizó para describir su viaje, el de un “poeta” en la ciudad. El autor de Romancero Gitano encontró en aquella urbe cosmopolita de los años veinte, muy diferente de la represiva España de la que procedía, un lugar en donde su homosexualidad no era cuestionada. Aquí frecuentó bares y amantes, y por primera vez sintió que había un lugar en el mundo para sus gustos y preferencias –artísticas y sexuales–.

En Nueva York pasó noches en vela escribiendo poesía, y de estas nace Poeta en Nueva York, hoy en día una de las obras centrales de la lírica contemporánea. En esta exhausta descripción poética de la ciudad en español revela las trabas sociales y de clases no solo del inmigrante en América sino del norteamericano, recordando además la llamada crisis del crack del 29, conocida como la más catastrófica caída del mercado de valores en la Bolsa en Estados Unidos.

Aunque su estancia fue corta, entre 1929 y 1930, en las aceras y barrios de Nueva York conoció una voz que no había encontrado en otros paisajes, recreando una de sus épocas más productivas como escritor y poeta.

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