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Letras frescas: 9 libros imperdibles para leer en verano

Redacción TO

Foto: Ana Laya
The Objective

Frescos y seductores, si así los destinos que eliges en verano es solo lógico que las lecturas que te acompañen sean eso y más. En The Objective te ofrecemos esta lista para que pongas de una vez el auto-reply a los correos de la oficina y te desconectes de la rutina, del ordenador y regreses a lo analógico sintiendo el papel y la buena literatura entre mojito y mojito.

Tus vacaciones de verano no estarán completas sin una buena selección de libros que leer durante los tres meses de temporada estival… así que aquí los tienes. Desde grandes editoriales a pequeños sellos especializados en periodismo, desde pequeños relatos íntimos hasta ensayos tecnológicos o psicogeografías. Aquí nuestra lista de libros para el verano de 2017.

Letras frescas: 8 libros imperdibles para leer en el verano 2

Elogio del bistrot

Marc Augé. Gallo Nero (2017)

Marc Augé el escritor y etnógrafo francés mejor conocido por su ensayo sobre los no-lugares explora ese icono tan propio del paisaje urbano francés: el bistrot. Este espacio de encuentro es el equivalente del bar español y del pub inglés y por ello sus personajes y las relaciones entre ellos conforman un retrato familiar de la sociedad francesa hecho de emociones, gestos y de rutinas tan automáticas como invisibles. Además de ser interesante como  exploración antropológica el libro sirve de guía de viaje emocional o psicogeográfica veraniega, sobre todo para aquellos que añoren cambiar la ola de calor peninsular por algo de canicule parisienne.

El filtro burbuja:

Eli Pariser. Taurus (2017)

¿Planeando un detox digital? Este es sin duda el libro que necesitas, no solo porque te llenará de información interesante acerca de los mecanismos poco neutros que definen lo que generalmente ves en Internet y cómo eso configura la manera en la que percibes el mundo y lo que crees es “la opinión general”, este es el libro que tal vez te haga reconsiderar completamente tu regreso al “mundo online”.

Los días de la peste

Edmundo Paz Soldán.  Malpaso (2017)

La Casona es una prisión, pero también un microcosmos donde hay violencia, pugnas de poder y religiones paganas que todo lo justifican. ‘Los días de la peste’ es una novela de voces que se complementan, que se enfrentan, que van conduciendo una narración ordenada en el caos, tan genuina como la naturaleza humana. En la Casona todo es efímero, la vida vale poco e incluso la justicia es negociable.
Letras frescas: 8 libros imperdibles para leer en el verano

La noche de la pistola

David Carr. Libros del K.O. (2017)

David Carr fue un periodista envidiado, imitado, un referente del reporterismo en Estados Unidos. Pero antes de ser bandera bebía sin medida, maltrataba a su pareja, dependía de las drogas, vagaba las peores calles. Muchos años después quiso investigar aquellos años descontrolados para escribir una autobiografía única, una exploración de su pasado para el que entrevistó a decenas de personas que le conocieron y abandonaron, indagó en los archivos policiales, recuperó partes médicos. ‘La noche de la pistola’ es el retrato sucio y genuino de uno de los cronistas más brillantes de principios de siglo.

Buenos días, guapa

Maxie Wander. Errata Naturae (2017)

Mujeres ordinarias que cuentan historias extraordinarias, todas ellas compiladas por Maxie Wander que en la década de los años 70, como ella misma lo señala, hizo un acto maravilloso: escuchar a las mujeres. A Wander le interesaba cómo vivían su historia las mujeres, cómo se la imaginan, y así se decidió a escuchar a 19 de ellas. “En el futuro escucharemos con mayor exactitud y tenderemos menos a opiniones estereotipadas y prejuicios”, apunta Wander. El libro fue publicado en 1977 en la República Democrática Alemana y se convirtió inmediatamente en un éxito. Cuarenta años más tarde algunos relatos siguen teniendo una vigencia increíble.

El vendido

Paul Beatty. Malpaso (2017)

Este es un libro para destapar tabúes sociales. Paul Beatty ganó el premio Man Booker 2016 con esta novela que retrata el racismo norteamericano cuestionando la propia identidad negra. Su novela tiene grietas en detrimento de los autores más convencionales, de los que se burla para la realización de las audiencias blancas. La novela y el humor de Beatty crean un camino peligroso para el éxito, los convencionalismos, o el status quo haciendo de ella una obra única.

Letras frescas: 9 libros imperdibles para leer en verano

Polinesia, paraíso encontrado

Robert Louis Stevenson y Jules Dumont D’Urville. Círculo de Tiza (2017)

Nada mejor que acompañar un viaje con crónicas de viajes. Historias que se potencian y se entrelazan en modo matrioshka; recuerdos prestados de un tiempo en el que todo viaje era literalmente a lo desconocido. ¿No es eso justamente lo que algunos necesitáis? Catalogado como uno de los mejores libros de viaje del siglo XIX ya que combina el ojo científico de D’Urville con la visión antropológica y empática de Stevenson. La mirada de estos dos exploradores sirve para encontrar aventura en clave paraíso polinésico en cualquier destino elegido por el lector. Incluso la terraza del bar.

Breve manual del perfecto aventurero

Pierre Mac Orlan. Jus Ediciones (2017)

Un pequeño manual en páginas y tamaño. Insólito, cómico e histórico que se dirige a los sedentarios y, al mismo tiempo, a los adictos a la aventura. Mac Orlan no solo narra en pequeñas dosis tragicómicas viajes, ciudades, lecturas y aventuras. Por supuesto no debe faltar relatos eróticos en cabarets míticos. Un librito perfecto para cualquier hedonista que respete tener una vida confortable con aventuras esporádicas para darle un poco de emoción a la cotidianidad.

Cuaderno de vacaciones para adultos

Daniel López Valle y Cristóbal Fortúnez. Blackie Books  (2017)

Vale, no es un libro-libro, es un cuaderno-cuaderno, pero no solo de literatura vive el hombre… especialmente en verano. El cuaderno de Blackie, segundo del verano promete pasatiempos no ñoños que pondrán a prueba si has estado o no en un coma cultural/pop durante los últimos años. Hay un crucigrama con las pistas escritas en emoji, tests de famosos que han sufrido de auto-odio creativo como Noel Gallagher o Woody Allen, y juegos para emparejar tragos icónicos a sus respectivas películas, futbolistas a sus clubes o guitarristas a sus bandas.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra 1
Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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Céline, ¿publicar la abyección?

Anna Maria Iglesia

“Sin duda contradictorios, arrebatados, ‘delirantes’ si se quiere, los panfletos de Céline (Mea Culpa, 1936; Bagatelles pour un massacre, 1937; L’Ecole des cadavres, 1938; Les beaux draps, 1941), a pesar de la estereotipia de los temas, prolongan la belleza salvaje de su estilo. Aislarlos del conjunto de su texto es una protección o una reivindicación de izquierda o de derecha, ideológica en todo caso, pero no un gesto analítico o literario”.

En la misma Francia que hoy pide, consiguiéndolo, que Gallimard no publique los panfletos antisemitas de Céline, la crítica Julia Kristeva sostenía en 1982, en su ensayo Poderes de la perversión (publicado en Argentina en 1988), la importancia literario-analítica de conocer los panfletos del autor de Viaje al fin de la noche: “Los panfletos otorgan el sustrato fantasmático sobre el cual se construye, por otro lado y en otro lado, la obra novelesca. Es así como, muy ‘honestamente’, aquel que firma no sólo sus novelas sino también sus panfletos con el nombre de su abuela, Céline, reencuentra, el nombre de su padre, su estado civil, Louis Destouches, para asumir la paternidad totalmente existencial, biográfica, de los panfletos”. En Bagatelas por una masacre, así como en sus otros textos panfletarios, especialmente en L’Ecole des cadavres, encontramos al Céline intelectual, es decir, no al novelista, no al escritor que hace del abyecto una poética, sino al ciudadano que, a través de la escritura, se sitúa y se compromete políticamente con el nacionalsocialismo.

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Portadas de los viejos panfletos de Céline. | Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Publicadas en 1937, las Bagatelas fueron promocionadas por su editor, el belga Robert Denoël, con las siguientes palabras: “El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Releídas ahora, es difícil encontrar comicidad en aquellas 379 páginas -algunas se pueden encontrar sin mucho problema en internet, tanto en francés como en inglés-, en aquel vómito de improperios que el escritor francés escribió en tan solo dos meses y que, como escribe el crítico argentino Mariano Dupont, puede definirse como un “furor demente antisemita, antimasónico, anticomunista, antitodo. Un viaje febril y espeluznante, intolerablemente cómico, al corazón de sus odios, de sus miedos, de sus fantasmagorías, de sus indigestas alucinaciones”.

“El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Robert Denoël.

Hace algunas semanas, la editorial Gallimard anunció la publicación en un solo volumen de Bagatelles pour un massacre, L’Ecole des cadavres y Les Beaux Draps; los textos irían acompañados por un aparato crítico firmado por Régis Tettamanzi, profesor de literatura francesa de la universidad de Rennes. El anuncio de dicha publicación provocó de inmediato mucho revuelo y varios colectivos vinculados a la lucha contra el racismo, el antisemitismo y contra la homofobia pidieron que se impidiera la publicación del libro, sosteniendo que los textos ahí reunidos hacían apología del racismo y de la homofobia. Razón, sin duda, tenían, sin embargo, asumiendo su carácter ideológicamente deplorable, ¿es adecuando prohibir su publicación? El escándalo suscitado fue tanto que Gallimard ha anunciado que cancela el proyecto de editar los panfletos de Céline a través de un comunicado en el que, sin embargo, se reafirma en su proyecto y en la relevancia histórica de los textos: “Los panfletos de Céline pertenecen a la historia del más infame antisemitismo francés, pero condenarlos a la censura impide esclarecer sus raíces y su impacto ideológico y fomenta una curiosidad malsana ahí donde tendríamos que ejercer nuestra facultad de juicio”, sin embargo, añade la editorial, “entiendo y comparto la emoción de los lectores”, pues es consciente que la edición de estos textos, “choca, hiere o inquieta por evidentes razones humanitarias y éticas”.

Céline nunca renegó de sus escritos y, en efecto, en una entrevista con Albert Zbinden, en 1956, no dudaba en afirmar: “no reniego nada de nada… no cambio para nada de opinión, tengo simplemente una pequeña duda, pero será necesario que me prueben que me equivoqué y no probar yo que tengo razón”. Sin embargo, era consciente de que, tras su condena in absentia, puesto que se había exiliado en Dinamarca, por colaboracionismo y ser amnistiado en 1951, gracias a la defensa pública de varios intelectuales, entre los cuales se encontraba Sartre, sus panfletos no podían volver a publicarse. Como le advirtió su mujer, Lucette Destouches, la primera lectora de los textos, él sería, tarde o temprano, víctima de sus propios escritos.

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Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Durante todos estos años, desde su muerte en 1961, su viuda, hoy centenaria, ha respetado la voluntad de su marido. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Como señala Marc Bassets en El País, la publicación de Los escombros de Lucien Rebatet, ante la cual Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, le hizo pensar que el contexto había cambiado, los años habían transcurrido y, por tanto, podía ser el momento de que las Bagatelas salieran a la luz. Lucette Destouches se equivocaba, Francia no está preparada para los escritos de quien fuera su marido, por mucho que éstos se acompañen de un aparato crítico.

La polémica suscitada recuerda mucho o demasiado a la que rodeó en Alemania la publicación de una edición crítica del Mein Kampf, libro que se agotó a los pocos días. Si bien es cierto que todavía hoy hay más de un detractor, la publicación del escrito de Hitler en una edición crítica supone una indagación en la raíces ideológicas, sociales y económicas del nazismo, supone el redescubrimiento de un documento esencial para estudiar un momento histórico central de la historia europea y un movimiento político, cuyas réplicas son más que notables. Leer el Mein Kampf no es fácil, como dice el comunicado de Gallimard, sus palabras chocan, hieren e inquietan, pero ¿es mejor acaso no conocerlas? ¿Es mejor  ignorar el relato que justificó la mayor barbarie de la humanidad, al menos, en lo referente al siglo XX?

“¿Cuál es el verdadero amigo del pueblo? El fascismo. ¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!” Escribe Céline en L’École des cadavres. ¿Son sus palabras apología del nazismo? Lo fueron, sin duda, y lo pueden seguir siendo si no se analizan críticamente, si no se contextualizan, si no sirven para relatar la historia intelectual de la Francia nazi, donde encontramos nombres como Pierre Drieu de la Rochelle o Charles Maurrás. Como hizo Kristeva en su ensayo 1982, los panfletos de Céline son útiles para elaborar un completo perfil crítico del escritor y, por entonces, intelectual francés, pero habría que añadir que también son útiles para conocer el germen del totalitarismo nacionalsocialista en Francia. “La República masónica desvergonzada, llamada francesa, completamente a merced de las sociedades secretas y de los bancos (Rotschild, Lazarre, Barush, etc.) entra en agonía. Gangrenadas a más no poder, se descompone por escándalos. Ya no son más que jirones purulentos de los que el judío y su perro francmasón arrancan a pesar de todo, cada día todavía, algunas nuevas golosinas, restos cadavéricos, se llaman, ¡jolgorio! Prosperan, se muestran jubilosos, exultan, deliran de carroñería”, prosigue Céline páginas después. ¿Pueden utilizarse como propaganda antisemita sus palabras? Sin duda, pero ¿acaso no es más fácil que se utilicen como tal mientras circulen por la red libremente que si se editan?

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Louis-Ferdinand Céline con sus perros. Foto vía The New York Review of Books.

Sin duda sus palabras hieren y hieren sobre todo porque nos recuerda aquello que sucedió hace poco más de setenta años. Negar la historia es todavía más peligroso que dulcificarla por no ser testigo de determinados testimonios. “Los judíos, híbridos afroasiáticos, un cuarto, seminegros y Cercano-orientales, fornicadores desenfrenados, no tienen nada que hacer en este país”, escribía Céline, pero sus palabras las suscribían muchos, demasiados, todos aquellos que convencidos desfilaron brazo en alto y fueron partícipes de la maquinaria nacionalsocialista. Y, todavía peor, sustituya “judío” y ponga “refugiado”, ¿cuántos hoy suscribirían esas mismas palabras? Muchos, demasiados, y esto es lo que da miedo, esto es lo que hiere: ver reflejado en esas palabras nuestro pasado, pero también parte de nuestro presente. El judío es, para Céline, el otro, aquel que se impone, que domina, es el usurpador que priva a Francia del bienestar: “Están todos camuflados, travestidos, son unos camaleones los judíos, cambian de nombre como de fronteras, se hacen llamar bretones, auverneses o corsos, otras veces son turandotes, durindainos o cassoules… cualquier cosa… que introduzca el cambio”.

En las palabras de Céline, desgraciadamente, resuenan demasiados ecos de los discursos populistas de la actual extrema derecha, basta cambiar el sujeto de la frase. Situar los textos del escritor francés junto a los programas electorales de partidos como el Frente Nacional sería un importante ejercicio para observar la pervivencia de ciertas ideas. No sé si, como dice el comunicado de Gallimard, la no publicación de dichos textos fomentará la curiosidad, pero de lo que no cabe duda es que hará posible su mal uso. El desprecio del judío, hacia el cual Céline dirige homófobos insultos, es el desprecio al otro, omitir textos en el que se leen frases completamente abyectas –“Los 15 millones de judíos encularán a los 500 millones de arios”- y completamente descriptivas de un tiempo histórico es, involuntariamente, una forma de negar esa misma historia. Se escribieron estos textos, se publicaron y se aplaudieron, fue así, aunque duela reconocerlo.

Publicar ahora estos textos de Céline no es homenajearlo, todo lo contrario, es retratarlo en su abyección ideológica, es condenarlo a través de sus propias palabras. Publicar los textos de Céline es retratar la Historia, sin matices, es obligarnos a mirar críticamente hacia ese pasado incómodo y, sobre todo, es enfrentarnos a un presente que comparte demasiadas similitudes con aquellos años ya pretéritos.

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Grande Pessoa

José Antonio Montano

Foto: Creative Commons

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está…’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del ‘Canto a mí mismo’ –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e ‘impersonado’ –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en ‘pessoas’: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

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Jordi Corominas y el elogio del caminar

Anna Maria Iglesia

Foto: Jordi Corominas

El último libro de la vieja Europa (Sílex) es el título del nuevo libro del escritor y periodista barcelonés Jordi Corominas. Se trata de un libro de paseos por París y Florencia, de un libro que rescata el espíritu del grand tour del XIX para convertirse en un elogio del caminar libre, ocioso, sin límites ni fronteras. Corominas camina y al caminar escribe un relato que, partiendo de la experiencia autobiográfica, evoca rescatándolos a los referentes culturales que constituyen el origen de una Europa sin fronteras, a la que el autor dedica su libro.

¿Cuál es esta vieja Europa a la que se refiere el título?

En un principio no tenía ningún título para el libro, la idea de El último libro de la vieja Europa surgió cuándo me di cuenta de cómo había cambiado Europa después de realizar el viaje. Yo viajé a París y a Florencia a finales del 2014 y en enero del 2015 hubo el atentado a Charlie Hebdo y, a partir de ahí, se sucedieron una serie de atentados terroristas que todos conocemos. Los atentados del Charlie Hebdo, del Bataclán y de Niza han cambiado nuestras ideas sobre la libertad de viajar y de recorrer el continente; ya no viajamos como antes: se incrementó la seguridad y, consecuentemente, el turismo mutó. Cuando yo realizaba mi viaje, no sabía que, en poco tiempo, iban a cambiar tantas cosas que iban a hacer posible hablar de una vieja Europa, que quedaba atrás.

En esa vieja Europa que evocas, recuperas una forma de caminar, de practicar las ciudades, que parece haberse perdido.

Desde hace ya diez años, nuestra manera de caminar ha mutado mucho, por el teléfono, por la masificación del turismo, por nuestras prisas… Barcelona, por ejemplo, es una ciudad en la que, actualmente, se camina peor que nunca, pero la culpa no es solo de las ciudades, sino también de nosotros mismos:  se camina para ir de un sitio a otro, pero no para ver la ciudad. Además, son muchas las personas que caminan pendientes de la pantalla del móvil, ajenas al entorno y al propio acto de caminar.

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Portada de El último libro de la vieja Europa | Imagen: Sílex

Caminamos para ir a un lugar, no por el simple placer de caminar.

Sí, se ha impuesto la lógica clásica de casa-trabajo-trabajo-casa. Con este libro de paseos quiero poner en práctica la idea real del flanear: caminar sin ningún objetivo en concreto. En mi viaje a París y a Florencia intento llevar a cabo de flânerie y, de hecho, viajé a estas dos ciudades con el propósito de caminar en ellas sin prisas, algo muy complicado actualmente, pues nos hemos convertido en una cofradía de seres anónimos que vamos de un lugar a otro sin pausa y sin percatarnos de lo que nos rodea.

¿Es el tiempo y la economía la que no nos permite la ociosidad del caminar o es que hemos cambiando nosotros y nuestra relación con la ciudad?

Yo creo que el motivo principal es que hemos cambiado nosotros. Evidentemente, influye la economía, que ha convertido el ocio en una experiencia intensa, momentánea y rápida. No buscamos un ocio tranquilo, sino que buscamos descargas, experiencias intensas distintas en cada momento. Por el contrario, el caminar lento implica un ejercicio de reflexión, donde es posible detenerse sin tener que avanzar rápidamente. Esta no es la lógica que impera en nuestra sociedad, donde la velocidad que se nos impone nos lleva a actuar sin pensar.

Vuelvo a la pregunta de antes: ¿acaso el flâneur no es un privilegiado?

No y sí en el sentido en que yo soy un privilegiado que puede caminar porque me estructuro horarios para poder hacerlo y lo cierto es que el viaje que relato en el libro fue todo un experimento, pues me obligaba a pasar el día caminando, divagando, por la ciudad, algo que ahora ya no podría hacer, al menos, no tal y como lo hice.

¿Por qué?

Ante todo, porque ahora hay roaming gratuito en toda Europa. Cuando fui a París, recorría la ciudad sin móvil, vivía desconectado de ese anexo que es hoy la tecnología. Caminaba sin tener un mapa que me guiaba ni tampoco pendiente de las notificaciones del móvil. Además, cuando decidí hacer este viaje, mi intención era no hablar con nadie o con casi nadie, lo único que quería hacer era convertirme en un paseante para descubrirme a mí mismo a partir de las ciudades que conozco muy bien y que hacía tiempo que no visitaba.

Una de las ciudades que visitas es la muy turística Florencia. ¿Es verdaderamente posible pasear por la abarrotada Florencia?

Aunque es difícil, se puede pasear por Florencia. Eso sí, es necesario conocerla para sortear la parte turística. Por esto, en el libro cuento como, llegado un determinado momento, tras bastante caminar por el centro, decido cruzar el Ponte Vecchio e ir por la parte de ultra-Arno, porque es una zona más tranquila. Allí me refugio en el Palazzo Pitti o en el cementerio de San Miniato. Hablamos de Florencia, pero no hay que olvidar que París es también una ciudad muy turística.

Seguramente por sus dimensiones, la sensación de libertad en París es mayor.

Sí, al ser una ciudad más grande, puedes no tanto elegir, pero sí encontrar espacios más tranquilos, donde no hay turistas. Piensa, por ejemplo, en la rive nord de Vila-Matas y Gide, nadie va a visitar esa zona de París. Al tener dimensiones más pequeñas, Florencia no tiene la suerte de París de contar con determinados espacios y el turismo se masifica, dejando pocos espacios libres. En Florencia, se aprecia perfectamente, pero también en París y en cualquier ciudad turística, cómo el turismo es un fenómeno que convierte a las personas en ovejas que se dirigen todas en grupos a determinados espacios predeterminados. En este sentido, mi paseo por Florencia tiene algo de subversivo y mi viaje por estas dos ciudades europeas quiere evocar los grandes tours del XIX, quiere recuperar una forma de viajar, sin estar teledirigido, siendo completamente libre.

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Jordi Corominas | Fotografía cedida por el autor

No sólo las dos ciudades te exigen prosas diferentes, sino que mientras en París te enfrentas a los referentes de la flânerie, en Florencia te encuentras ante una ciudad sin tradición de flânerie.

Es cierto, las dos ciudades requieren dos prosas distintas, en gran parte, porque en Florencia camino más libre, mientras que en París la tradición y los referentes se me imponen continuamente. En la parte dedicada a París, la densidad narrativa es muy fuerte porque la propia ciudad te lo requiere, mientras que el relato de Florencia, precisamente por carecer de una tradición de flânerie, es más ligero.  Florencia me descargaba y me permitía caminar sin referentes, que se concentran en París, que es la ciudad a la que siempre recurres a la hora de pensar la figura del paseante. En París está Baudelaire, está Benjamin, está Jean-Paul Fargue… es imposible recorrer la capital francesa sin pensar en ellos. Esto no implica que no se pueda construir la figura de un flâneur en otras ciudades, dotándola además de otras connotaciones: Baudelaire es el flâneur, pero también es el dandi y el detective.

Y en París también está el flâneur barcelonés Vila-Matas

Sí, Vila-Matas está muy presente en París, porque es el único escrito contemporáneo transnacional que nos ha dado a los lectores una imagen de la París moderna. Cuando con 25 años, fui por primera vez a la rive nord lo hice motivado por mi lectura de Vila-Matas, quería ver el Hotel de Suede y recorrer el París de París no se acaba nunca. En 2014, por el contrario, volví a esas mismas calles movido por Gide, aunque volví a encontrarme con Vila-Matas, que indudablemente ha marcado nuestra percepción de París, siendo él un paseante anómalo, que encaja muy bien con la idea de flâneur: lleva su abrigo elegante, es distinguido y, a la vez, pasa completamente desapercibido.

¿Podríamos decir que tu libro es un homenaje a una manera de relacionarse con la ciudad?

Sí, es así y precisamente por esto hago hincapié en el acto de ver, de observar y de apreciar los matices en los pequeños detalles de los que normalmente la gente prescinde. Nuestra mirada de la ciudad es unilateral, nos perdemos todos los detalles que están a nuestro alrededor, en los márgenes; no hacemos ni el más mínimo esfuerzo para mirar hacia arriba mientras caminamos, para dirigir la mirada a nuestro alrededor o para detenernos y ralentizar nuestro caminar. Nuestra nueva manera de relacionarnos con la ciudad conllevará nuevos modelos urbanos y, de hecho, ya se habla de las smart city, un concepto que me horroriza, pero que no está muy lejos. En efecto, si quieres ya puedes recurrir a un dispositivo móvil que te va narrando la ciudad mientras caminas y te marca el recorrido. Habrá gente que estará encantada con estos avances, pero para mí son horribles, porque la ciudad la tienes que descubrir tú, sin artilugios que te guíen.

Nos relacionamos con la ciudad a través de filtros.

De filtros y también de imposiciones que aceptamos. La gente acata los reglamentos de la ciudad y se muestra muy pavorosa ante ella. En cierta manera, diría que la gente se conforma con la ciudad y con sus imposiciones. En este sentido, en un momento en el que todo está muy reglamentado, aunque nos vendan lo contrario, caminar solo con la consciencia de hacerlo y con la voluntad de ir más allá de lo impuesto es una forma de transgresión. Uno tiene que imaginar que el mapa de la ciudad es un mundo de oportunidades y que no tiene que seguir las indicaciones que te señalan una determinada ruta, sino que tienes que crear su propio recorrido. A fin de cuentas, la ciudad es una metáfora de la escritura: cuando empiezas a escribir, tienes un mapa en blanco y le empezarás a dar forma cuando decidas hacia dónde quieres dirigirte. Si te indican hacia dónde tiene que ir tu escritura, entonces tú como escritor habrás fracasado.

Dedicas el libro a Pasqual Maragall, “un europeísta”. ¿Toda una declaración de intenciones?

Sin duda, es toda una declaración. Seguramente, la dedicatoria a Pasqual Maragall es muy difícil de entender para alguien que no sea de Barcelona. Lo que puedo decir es que, con todo lo que ha pasado en Cataluña en los últimos años, he entendido que no me siento ni catalán ni español, pero sí me siento barcelonés. No me puedo identificar ni con esta Cataluña ni con esta España, pero sí que me identifico con la idea de Europa, que no tiene nada que ver con la Unión Europea. Para mí Europa implica y debe implicar, como ya decía Zweig, la libertad de viajar sin pasaporte por un continente muy amplio donde no existen fronteras. Mi formación, además, es europea: me influye tanto Pirandello como Cocteau, como Vila-Matas y Oscar Wilde.

¿No te crees la idea de nación?

El concepto de nacionalismo es execrable y lo único que produce son guerras y resentimientos. En este sentido, es ir muy a contracorriente, sobre todo si eres catalán, tener un deseo y una voluntad de expansión para pensar y de pensarme más allá de las fronteras. Lo que se ha visto en los últimos años en Cataluña es precisamente lo contrario a esta idea de apertura: hemos visto cómo el nacionalismo es endógeno. Con este libro, yo quería abrir todas las puertas para que entrara mucho aire, mientras que el nacionalismo lo que hace es cerrar las ventanas y llenar la casa de polvo.

¿Te has sentido encerrado en una casa con poco aire?

¡A mí siempre me falta aire! Afortunadamente, cuando viajas, el contexto desaparece, porque, en verdad, fuera, a nadie le importa lo que sucede en Cataluña. Dicho esto, por desgracia, el contexto determina un cierto tipo de convivencia, pero depende de uno hacer que la convivencia sea tensa o no. A mí lo único que me ha podido crear tensión es que raramente me callo y puede que, en estos años, no me he callado como otros sí han hecho.

¿Es mejor no decir siempre lo que se piensa?

El decir lo que se piensa es algo que se practica muy poco y, ahora mismo, además, vivimos en una época en la que la mayoría de escritores muestra una absoluta falta de compromiso con su tiempo. El intelectual tiene que comprometerse y tiene que molestar.

El problema es que, si piensas en nombres como Vargas Llosa, no molesta al poder, más bien pertenece al poder.

Vargas Llosa es del siglo XX y nosotros estamos en el XXI. Es mi generación la que debe criticar el siglo XXI para mejorarlo. Sin embargo, no hay voluntad para ello, todo lo contrario, hay deseo de encontrar un asiento. Ahora mismo, parece que es más importante encontrar un asiento que cambiar la sociedad y puede que, en parte, sea lógico, pues los escritores actuales han aceptado que a nivel social son cada vez más irrelevantes. Sin embargo, esta percepción podría cambiarse. ¿Cómo? Implicándose socialmente, ante todo, desde la escritura. Se ha asumido desafortunadamente que el escribir tiene como único objetivo el ocio y se ha vaciado la escritura de contenido político.

Para ti, por tanto, la implicación social no pasa por entrar en política.

No, en absoluto, pasa por asumir que todo es político y, por tanto, que el escribir tiene una dimensión política también. Además, no hay que olvidar que el intelectual tiene que ser libre, no puede estar sujeto a unas siglas, puesto que su finalidad es criticar a los que mandan y a su propio sector. La imagen del caminar es metáfora del comprometerse y del implicarse: caminar no es simplemente ir hacia adelante, ante todo, es renunciar al estatismo.

Rebecca Solnit subraya precisamente el carácter subversivo del caminar.

Caminar es totalmente revolucionario y caminar fuera de la zona de confort es fundamental: aventurarse a sitios que no te pertenecen es mostrar una voluntad de intervención y de coparticipación, no tanto porque tu presencia vaya a cambiar la realidad, sino porque la realidad te va a cambiar a ti.

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