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Literatura a la carta: La abultada correspondencia de Franz Kafka

Romhy Cubas

Foto: Biografía y Vidas
Biografía y Vidas

“Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar.”  

-Franz Kafka

Kafka lo sabía, la burocracia sería su fin. Cientos de papeles y documentos enterrados en un sistema cada día más abstracto y aburguesado. Kafkiano no es solo lo que la RAE ha definido como muestra de algo absurdo o angustioso, sino que se extiende hasta situaciones innecesariamente complicadas que interrumpen el sentido de un entorno, a esos cientos de detalles y normativas que hacen de un laberinto el “proceso” que tanto inquietó al escritor checo en sus textos. Ese mismo proceso reclamó sus cartas y manuscritos póstumos en una querella literaria-judicial digna de sus novelas; por más de cuarenta años se discutió el destino de su legado hasta que un tribunal israelí ordenó que este fuera transferido a la Biblioteca Nacional de Israel.

Si Franz Kafka, quien nació hace 134 años un 3 de julio de 1883 en Praga, hubiera presenciado su destino en el siglo XXI tal vez hubiera reconsiderado seriamente pedirle a su albacea Max Brod que quemara todo su trabajo al morir. Su legado es en realidad ínfimo comparado con los textos que escribió y destruyó en vida – se cree que desechó hasta el 90% de estos- pero la herencia rescatada va más allá de algunas historias y cuentos inconclusos. Aunque solo consideró dignos de publicar La condena, En la colonia penitenciaria, El médico rural y el relato Un artista del hambre el archivo de Kafka dispone de unos cuarenta textos en prosa junto a casi tres mil quinientas páginas de anotaciones de diarios, fragmentos y tres novelas incompletas.

Es su extensa correspondencia lo que realmente ha dejado huella en los estudiosos de Kafka. Estas cartas escritas con el mismo ritmo y claridad que sus historias más complicadas reafirman el don lingüístico de una persona que describía sus horas y pensamientos en un recuento tan narrativo como un libro. Los destinatarios de sus confesiones recibieron decenas y cientos de cartas que ya no necesitaban el cuerpo de un insecto para confesarse. Puede que la magia de Kafka esté en su propia gaceta personal.

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Primera página de la carta de Franz Kafka a su padre Hermann Kafka | Imagen vía: Brain Pickings

Cartas a su padre:

Una carta ininterrumpida de 47 páginas escrita a su padre en noviembre de 1919 es lo más cercano a una autobiografía que Kafka ha logrado escribir. Esta es un reclamo absoluto a una infancia carente de afecto y atención. La indiferencia emocional de su padre formó a Kafka en sus más profundas inseguridades, incluyendo la obsesión con su cuerpo y su salud –el escritor masticaba hasta setenta veces su comida antes de tragarla- y el fracaso de su relaciones románticas.  

Kafka escribe:

“Querido Padre: Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.”

El escritor veía en su padre todo lo que él no pudo ser. Se comparaba con una figura contraria y autoritaria en su vida:

“Compáranos a los dos: yo, para decirlo buenamente, un Löwy con cierto fondo de los Kafka, a quien sin embargo no impulsa esa voluntad de vivir, de comerciar y de conquistar típica de los Kafka, sino un aguijón de los Löwy, que actúa en otra dirección, más secreto, más tímido, y que con frecuencia cesa por completo. Tú, en cambio, un verdadero Kafka en cuanto a fuerza, salud, apetito, volumen de voz, cualidades oratorias, autosatisfacción, superioridad humana, perseverancia, presencia de ánimo, conocimiento de los hombres y cierta amplitud de miras.”

El mensaje detalla no solo un abuso físico sino emocional que lo persiguió hasta su adultez y sus compromisos frustrados:

“No recuerdo que alguna vez me hayas insultado directamente y con palabras concretas. Tampoco era necesario, ya que tenías otros recursos, aparte de que en las conversaciones en casa y en el negocio los insultos volaban a mi alrededor, cayendo sobre otros, en tal cantidad que, siendo todavía un niño, me dejaban a veces casi aturdido (…) Tú colocas el fracaso de mis tentativas de casamiento en el mismo nivel que mis demás fracasos; en sí, nada tendría que oponer a ello si admitieras mis anteriores explicaciones con respecto a mis demás fracasos”.

La carta, que nunca fue enviada, culmina con la claridad de una expectante pero fallida reconciliación:

“Claro está que las cosas no pueden ajustarse en la realidad tan bien la una con la otra como los argumentos en mi carta, porque la vida es algo más que un rompecabezas; pero, gracias a las enmiendas que surgen de esta confesión, y que no puedo ni quiero extender hasta el detalle, se ha logrado, a mi parecer, algo tan próximo a la verdad que podrá tranquilizarnos un poco a los dos y hacernos más fáciles la vida y la muerte.” 

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Carta de Franz Kafka a Felice | Imagen vía: 20Minutos

Cartas a Felice

No mucho después de que Kafka y la berlinesa Felice Bauer se conocieran en casa de su amigo y futuro biógrafo Max Brond, en agosto de 1912, el cortejo romántico comenzó por correspondencia en una relación que vio más palabras que encuentros. Durante los cinco años y 500 cartas intercambiadas desde que se conocieron Kafka, que entonces tenía 29 años, y Felice de 25 se vieron en contadas ocasiones: “Cuando llegué a casa de los Brod”, apuntó unos días después en su diario sobre Felice, “estaba sentada a la mesa. No sentí la menor curiosidad por saber quién era, porque enseguida fue como si nos conociéramos de toda la vida”.

Aunque estuvieron comprometidos dos veces la relación nunca se concretó, y en su penúltima carta a Felice un 30 de septiembre Kafka finalmente se escuda en su enfermedad para ponerle fin a la relación: “Mi barca es muy frágil (…) Jamás recuperaré la salud”. Durante la relación Kafka escribió sus trabajos más representativos, incluyendo La Metamorfosis.

Kafka escribe:

“Señorita: Ante el caso muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que le saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga. Luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía y la mano que en estos momentos está pulsando las teclas acabó por coger la suya, con lo cual confirmó usted la promesa de estar dispuesta a acompañarle el próximo año en un viaje a Palestina. Si sigue usted queriendo hacer este viaje —en aquella ocasión dijo no ser veleidosa, y, en efecto, yo no advertí en usted que lo fuera ni un ápice—, será no ya conveniente sino absolutamente necesario que procedamos desde ahora mismo a procurar ponernos de acuerdo en lo concerniente a este viaje.”

Recopiladas en el libro Letters to Felice , las cartas expresan la necesidad de aprobación de Kafka y esa ansiedad ante la soledad que reclama anteriormente a su padre:

“Fräulein Felice: Te pediré un favor que suena completamente loco, y que yo consideraría como tal si fuera quien recibe la carta. Es también la más grande prueba al que aún la más amable persona puede ser sometida. Bien, el favor es que me escribas una vez por semana, así tu carta llega el domingo, porque no puedo resistir tus cartas diarias, soy incapaz de resistirlas. Por ejemplo, yo respondo una de tus cartas, luego estoy acostado, aparentemente en calma, pero mi corazón late a lo largo de mi cuerpo entero y sólo es consciente de ti. Para ser breve: mi salud es apenas suficiente para seguir solo, pero no es buena para casarme, y dejemos a un lado a la paternidad. Aún cuando leo tus cartas, paso por alto hasta lo que no puede ser.”

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Recopilación editorial de las cartas de Franz Kafka a Milena Jesenská | Imagen vía: The Cardiff Review

Cartas a Milena Jesenská:

Kafka se mantuvo soltero pero no completamente aislado. La compañía le llegaba asiduamente, por correspondencia.  Además de Felice se relacionó con la secretaria praguense Julie Wohryzek, mantuvo correspondencia con Milena Jesesnská y su última pareja fue Dora Diamant, quien conservó de Kafka 20 cuadernos y 35 cartas confiscadas y reveladas por la Gestapo en 1933.

Jensesnka fue una escritora y periodista checa que coincidió con Kafka en un café de Praga en otoño de 1919.  Como muchas de sus relaciones el amor fue casi platónico con escasos encuentros entre 1920 y 1921.

Kafka escribe:

¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo. Y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde: son evidentemente inventos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso; después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la radio. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros, en cambio, pereceremos.

Su pesimismo es casi cómico, y la ironía y sátira de sus líneas se acompasan con sus ficciones ya publicadas:

“Jueves por la noche: Hoy apenas si hice otra cosa que permanecer sentado, leer un poco de aquí y un poco de allá; pero, en rigor, no hice nada o me limité a prestar atención a un ligero dolor que trabajaba en mis sienes. El día entero estuve pensando en tus cartas, con sufrimiento y con amor, con preocupación y con un miedo muy impreciso a lo impreciso, cuya imprecisión consiste fundamentalmente en que excede en una medida enorme los límites de mis fuerzas. Y, a todo esto, ni siquiera me he atrevido a leer las cartas por segunda vez y hay media página que aún no ha sido leída ni una sola vez. ¿Por qué uno no se resigna a considerar que lo acertado es vivir en esta tensión especial, sostenida, suicida? (en una ocasión comentaste algo por el estilo y yo procuré reírme de ti).”

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Franz Kafka con invitados | Imagen vía: Klaus Wagenbach

Franz Kafka murió en un sanatorio a las afueras de Viena a un mes de su cumpleaños número 41. Luego de siete años de haber vivido con tuberculosis el estado de su garganta era tal que no podía alimentarse, prácticamente murió de hambre.

Su personalidad a menudo ha sido descrita como obsesiva, depresiva y solitaria pero su biógrafo más conocido, el alemán Reiner Stach, afirma que en realidad Kafka era encantador y simpático.

Gris o luminoso Franz Kafka fue singular y neurótico, en pocas palabras: un individualista con una inmensa correspondencia.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

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Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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Céline, ¿publicar la abyección?

Anna Maria Iglesia

“Sin duda contradictorios, arrebatados, ‘delirantes’ si se quiere, los panfletos de Céline (Mea Culpa, 1936; Bagatelles pour un massacre, 1937; L’Ecole des cadavres, 1938; Les beaux draps, 1941), a pesar de la estereotipia de los temas, prolongan la belleza salvaje de su estilo. Aislarlos del conjunto de su texto es una protección o una reivindicación de izquierda o de derecha, ideológica en todo caso, pero no un gesto analítico o literario”.

En la misma Francia que hoy pide, consiguiéndolo, que Gallimard no publique los panfletos antisemitas de Céline, la crítica Julia Kristeva sostenía en 1982, en su ensayo Poderes de la perversión (publicado en Argentina en 1988), la importancia literario-analítica de conocer los panfletos del autor de Viaje al fin de la noche: “Los panfletos otorgan el sustrato fantasmático sobre el cual se construye, por otro lado y en otro lado, la obra novelesca. Es así como, muy ‘honestamente’, aquel que firma no sólo sus novelas sino también sus panfletos con el nombre de su abuela, Céline, reencuentra, el nombre de su padre, su estado civil, Louis Destouches, para asumir la paternidad totalmente existencial, biográfica, de los panfletos”. En Bagatelas por una masacre, así como en sus otros textos panfletarios, especialmente en L’Ecole des cadavres, encontramos al Céline intelectual, es decir, no al novelista, no al escritor que hace del abyecto una poética, sino al ciudadano que, a través de la escritura, se sitúa y se compromete políticamente con el nacionalsocialismo.

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Portadas de los viejos panfletos de Céline. | Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Publicadas en 1937, las Bagatelas fueron promocionadas por su editor, el belga Robert Denoël, con las siguientes palabras: “El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Releídas ahora, es difícil encontrar comicidad en aquellas 379 páginas -algunas se pueden encontrar sin mucho problema en internet, tanto en francés como en inglés-, en aquel vómito de improperios que el escritor francés escribió en tan solo dos meses y que, como escribe el crítico argentino Mariano Dupont, puede definirse como un “furor demente antisemita, antimasónico, anticomunista, antitodo. Un viaje febril y espeluznante, intolerablemente cómico, al corazón de sus odios, de sus miedos, de sus fantasmagorías, de sus indigestas alucinaciones”.

“El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Robert Denoël.

Hace algunas semanas, la editorial Gallimard anunció la publicación en un solo volumen de Bagatelles pour un massacre, L’Ecole des cadavres y Les Beaux Draps; los textos irían acompañados por un aparato crítico firmado por Régis Tettamanzi, profesor de literatura francesa de la universidad de Rennes. El anuncio de dicha publicación provocó de inmediato mucho revuelo y varios colectivos vinculados a la lucha contra el racismo, el antisemitismo y contra la homofobia pidieron que se impidiera la publicación del libro, sosteniendo que los textos ahí reunidos hacían apología del racismo y de la homofobia. Razón, sin duda, tenían, sin embargo, asumiendo su carácter ideológicamente deplorable, ¿es adecuando prohibir su publicación? El escándalo suscitado fue tanto que Gallimard ha anunciado que cancela el proyecto de editar los panfletos de Céline a través de un comunicado en el que, sin embargo, se reafirma en su proyecto y en la relevancia histórica de los textos: “Los panfletos de Céline pertenecen a la historia del más infame antisemitismo francés, pero condenarlos a la censura impide esclarecer sus raíces y su impacto ideológico y fomenta una curiosidad malsana ahí donde tendríamos que ejercer nuestra facultad de juicio”, sin embargo, añade la editorial, “entiendo y comparto la emoción de los lectores”, pues es consciente que la edición de estos textos, “choca, hiere o inquieta por evidentes razones humanitarias y éticas”.

Céline nunca renegó de sus escritos y, en efecto, en una entrevista con Albert Zbinden, en 1956, no dudaba en afirmar: “no reniego nada de nada… no cambio para nada de opinión, tengo simplemente una pequeña duda, pero será necesario que me prueben que me equivoqué y no probar yo que tengo razón”. Sin embargo, era consciente de que, tras su condena in absentia, puesto que se había exiliado en Dinamarca, por colaboracionismo y ser amnistiado en 1951, gracias a la defensa pública de varios intelectuales, entre los cuales se encontraba Sartre, sus panfletos no podían volver a publicarse. Como le advirtió su mujer, Lucette Destouches, la primera lectora de los textos, él sería, tarde o temprano, víctima de sus propios escritos.

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Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Durante todos estos años, desde su muerte en 1961, su viuda, hoy centenaria, ha respetado la voluntad de su marido. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Como señala Marc Bassets en El País, la publicación de Los escombros de Lucien Rebatet, ante la cual Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, le hizo pensar que el contexto había cambiado, los años habían transcurrido y, por tanto, podía ser el momento de que las Bagatelas salieran a la luz. Lucette Destouches se equivocaba, Francia no está preparada para los escritos de quien fuera su marido, por mucho que éstos se acompañen de un aparato crítico.

La polémica suscitada recuerda mucho o demasiado a la que rodeó en Alemania la publicación de una edición crítica del Mein Kampf, libro que se agotó a los pocos días. Si bien es cierto que todavía hoy hay más de un detractor, la publicación del escrito de Hitler en una edición crítica supone una indagación en la raíces ideológicas, sociales y económicas del nazismo, supone el redescubrimiento de un documento esencial para estudiar un momento histórico central de la historia europea y un movimiento político, cuyas réplicas son más que notables. Leer el Mein Kampf no es fácil, como dice el comunicado de Gallimard, sus palabras chocan, hieren e inquietan, pero ¿es mejor acaso no conocerlas? ¿Es mejor  ignorar el relato que justificó la mayor barbarie de la humanidad, al menos, en lo referente al siglo XX?

“¿Cuál es el verdadero amigo del pueblo? El fascismo. ¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!” Escribe Céline en L’École des cadavres. ¿Son sus palabras apología del nazismo? Lo fueron, sin duda, y lo pueden seguir siendo si no se analizan críticamente, si no se contextualizan, si no sirven para relatar la historia intelectual de la Francia nazi, donde encontramos nombres como Pierre Drieu de la Rochelle o Charles Maurrás. Como hizo Kristeva en su ensayo 1982, los panfletos de Céline son útiles para elaborar un completo perfil crítico del escritor y, por entonces, intelectual francés, pero habría que añadir que también son útiles para conocer el germen del totalitarismo nacionalsocialista en Francia. “La República masónica desvergonzada, llamada francesa, completamente a merced de las sociedades secretas y de los bancos (Rotschild, Lazarre, Barush, etc.) entra en agonía. Gangrenadas a más no poder, se descompone por escándalos. Ya no son más que jirones purulentos de los que el judío y su perro francmasón arrancan a pesar de todo, cada día todavía, algunas nuevas golosinas, restos cadavéricos, se llaman, ¡jolgorio! Prosperan, se muestran jubilosos, exultan, deliran de carroñería”, prosigue Céline páginas después. ¿Pueden utilizarse como propaganda antisemita sus palabras? Sin duda, pero ¿acaso no es más fácil que se utilicen como tal mientras circulen por la red libremente que si se editan?

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Louis-Ferdinand Céline con sus perros. Foto vía The New York Review of Books.

Sin duda sus palabras hieren y hieren sobre todo porque nos recuerda aquello que sucedió hace poco más de setenta años. Negar la historia es todavía más peligroso que dulcificarla por no ser testigo de determinados testimonios. “Los judíos, híbridos afroasiáticos, un cuarto, seminegros y Cercano-orientales, fornicadores desenfrenados, no tienen nada que hacer en este país”, escribía Céline, pero sus palabras las suscribían muchos, demasiados, todos aquellos que convencidos desfilaron brazo en alto y fueron partícipes de la maquinaria nacionalsocialista. Y, todavía peor, sustituya “judío” y ponga “refugiado”, ¿cuántos hoy suscribirían esas mismas palabras? Muchos, demasiados, y esto es lo que da miedo, esto es lo que hiere: ver reflejado en esas palabras nuestro pasado, pero también parte de nuestro presente. El judío es, para Céline, el otro, aquel que se impone, que domina, es el usurpador que priva a Francia del bienestar: “Están todos camuflados, travestidos, son unos camaleones los judíos, cambian de nombre como de fronteras, se hacen llamar bretones, auverneses o corsos, otras veces son turandotes, durindainos o cassoules… cualquier cosa… que introduzca el cambio”.

En las palabras de Céline, desgraciadamente, resuenan demasiados ecos de los discursos populistas de la actual extrema derecha, basta cambiar el sujeto de la frase. Situar los textos del escritor francés junto a los programas electorales de partidos como el Frente Nacional sería un importante ejercicio para observar la pervivencia de ciertas ideas. No sé si, como dice el comunicado de Gallimard, la no publicación de dichos textos fomentará la curiosidad, pero de lo que no cabe duda es que hará posible su mal uso. El desprecio del judío, hacia el cual Céline dirige homófobos insultos, es el desprecio al otro, omitir textos en el que se leen frases completamente abyectas –“Los 15 millones de judíos encularán a los 500 millones de arios”- y completamente descriptivas de un tiempo histórico es, involuntariamente, una forma de negar esa misma historia. Se escribieron estos textos, se publicaron y se aplaudieron, fue así, aunque duela reconocerlo.

Publicar ahora estos textos de Céline no es homenajearlo, todo lo contrario, es retratarlo en su abyección ideológica, es condenarlo a través de sus propias palabras. Publicar los textos de Céline es retratar la Historia, sin matices, es obligarnos a mirar críticamente hacia ese pasado incómodo y, sobre todo, es enfrentarnos a un presente que comparte demasiadas similitudes con aquellos años ya pretéritos.

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Grande Pessoa

José Antonio Montano

Foto: Creative Commons

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está…’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del ‘Canto a mí mismo’ –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e ‘impersonado’ –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en ‘pessoas’: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

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Jordi Corominas y el elogio del caminar

Anna Maria Iglesia

Foto: Jordi Corominas

El último libro de la vieja Europa (Sílex) es el título del nuevo libro del escritor y periodista barcelonés Jordi Corominas. Se trata de un libro de paseos por París y Florencia, de un libro que rescata el espíritu del grand tour del XIX para convertirse en un elogio del caminar libre, ocioso, sin límites ni fronteras. Corominas camina y al caminar escribe un relato que, partiendo de la experiencia autobiográfica, evoca rescatándolos a los referentes culturales que constituyen el origen de una Europa sin fronteras, a la que el autor dedica su libro.

¿Cuál es esta vieja Europa a la que se refiere el título?

En un principio no tenía ningún título para el libro, la idea de El último libro de la vieja Europa surgió cuándo me di cuenta de cómo había cambiado Europa después de realizar el viaje. Yo viajé a París y a Florencia a finales del 2014 y en enero del 2015 hubo el atentado a Charlie Hebdo y, a partir de ahí, se sucedieron una serie de atentados terroristas que todos conocemos. Los atentados del Charlie Hebdo, del Bataclán y de Niza han cambiado nuestras ideas sobre la libertad de viajar y de recorrer el continente; ya no viajamos como antes: se incrementó la seguridad y, consecuentemente, el turismo mutó. Cuando yo realizaba mi viaje, no sabía que, en poco tiempo, iban a cambiar tantas cosas que iban a hacer posible hablar de una vieja Europa, que quedaba atrás.

En esa vieja Europa que evocas, recuperas una forma de caminar, de practicar las ciudades, que parece haberse perdido.

Desde hace ya diez años, nuestra manera de caminar ha mutado mucho, por el teléfono, por la masificación del turismo, por nuestras prisas… Barcelona, por ejemplo, es una ciudad en la que, actualmente, se camina peor que nunca, pero la culpa no es solo de las ciudades, sino también de nosotros mismos:  se camina para ir de un sitio a otro, pero no para ver la ciudad. Además, son muchas las personas que caminan pendientes de la pantalla del móvil, ajenas al entorno y al propio acto de caminar.

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Portada de El último libro de la vieja Europa | Imagen: Sílex

Caminamos para ir a un lugar, no por el simple placer de caminar.

Sí, se ha impuesto la lógica clásica de casa-trabajo-trabajo-casa. Con este libro de paseos quiero poner en práctica la idea real del flanear: caminar sin ningún objetivo en concreto. En mi viaje a París y a Florencia intento llevar a cabo de flânerie y, de hecho, viajé a estas dos ciudades con el propósito de caminar en ellas sin prisas, algo muy complicado actualmente, pues nos hemos convertido en una cofradía de seres anónimos que vamos de un lugar a otro sin pausa y sin percatarnos de lo que nos rodea.

¿Es el tiempo y la economía la que no nos permite la ociosidad del caminar o es que hemos cambiando nosotros y nuestra relación con la ciudad?

Yo creo que el motivo principal es que hemos cambiado nosotros. Evidentemente, influye la economía, que ha convertido el ocio en una experiencia intensa, momentánea y rápida. No buscamos un ocio tranquilo, sino que buscamos descargas, experiencias intensas distintas en cada momento. Por el contrario, el caminar lento implica un ejercicio de reflexión, donde es posible detenerse sin tener que avanzar rápidamente. Esta no es la lógica que impera en nuestra sociedad, donde la velocidad que se nos impone nos lleva a actuar sin pensar.

Vuelvo a la pregunta de antes: ¿acaso el flâneur no es un privilegiado?

No y sí en el sentido en que yo soy un privilegiado que puede caminar porque me estructuro horarios para poder hacerlo y lo cierto es que el viaje que relato en el libro fue todo un experimento, pues me obligaba a pasar el día caminando, divagando, por la ciudad, algo que ahora ya no podría hacer, al menos, no tal y como lo hice.

¿Por qué?

Ante todo, porque ahora hay roaming gratuito en toda Europa. Cuando fui a París, recorría la ciudad sin móvil, vivía desconectado de ese anexo que es hoy la tecnología. Caminaba sin tener un mapa que me guiaba ni tampoco pendiente de las notificaciones del móvil. Además, cuando decidí hacer este viaje, mi intención era no hablar con nadie o con casi nadie, lo único que quería hacer era convertirme en un paseante para descubrirme a mí mismo a partir de las ciudades que conozco muy bien y que hacía tiempo que no visitaba.

Una de las ciudades que visitas es la muy turística Florencia. ¿Es verdaderamente posible pasear por la abarrotada Florencia?

Aunque es difícil, se puede pasear por Florencia. Eso sí, es necesario conocerla para sortear la parte turística. Por esto, en el libro cuento como, llegado un determinado momento, tras bastante caminar por el centro, decido cruzar el Ponte Vecchio e ir por la parte de ultra-Arno, porque es una zona más tranquila. Allí me refugio en el Palazzo Pitti o en el cementerio de San Miniato. Hablamos de Florencia, pero no hay que olvidar que París es también una ciudad muy turística.

Seguramente por sus dimensiones, la sensación de libertad en París es mayor.

Sí, al ser una ciudad más grande, puedes no tanto elegir, pero sí encontrar espacios más tranquilos, donde no hay turistas. Piensa, por ejemplo, en la rive nord de Vila-Matas y Gide, nadie va a visitar esa zona de París. Al tener dimensiones más pequeñas, Florencia no tiene la suerte de París de contar con determinados espacios y el turismo se masifica, dejando pocos espacios libres. En Florencia, se aprecia perfectamente, pero también en París y en cualquier ciudad turística, cómo el turismo es un fenómeno que convierte a las personas en ovejas que se dirigen todas en grupos a determinados espacios predeterminados. En este sentido, mi paseo por Florencia tiene algo de subversivo y mi viaje por estas dos ciudades europeas quiere evocar los grandes tours del XIX, quiere recuperar una forma de viajar, sin estar teledirigido, siendo completamente libre.

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Jordi Corominas | Fotografía cedida por el autor

No sólo las dos ciudades te exigen prosas diferentes, sino que mientras en París te enfrentas a los referentes de la flânerie, en Florencia te encuentras ante una ciudad sin tradición de flânerie.

Es cierto, las dos ciudades requieren dos prosas distintas, en gran parte, porque en Florencia camino más libre, mientras que en París la tradición y los referentes se me imponen continuamente. En la parte dedicada a París, la densidad narrativa es muy fuerte porque la propia ciudad te lo requiere, mientras que el relato de Florencia, precisamente por carecer de una tradición de flânerie, es más ligero.  Florencia me descargaba y me permitía caminar sin referentes, que se concentran en París, que es la ciudad a la que siempre recurres a la hora de pensar la figura del paseante. En París está Baudelaire, está Benjamin, está Jean-Paul Fargue… es imposible recorrer la capital francesa sin pensar en ellos. Esto no implica que no se pueda construir la figura de un flâneur en otras ciudades, dotándola además de otras connotaciones: Baudelaire es el flâneur, pero también es el dandi y el detective.

Y en París también está el flâneur barcelonés Vila-Matas

Sí, Vila-Matas está muy presente en París, porque es el único escrito contemporáneo transnacional que nos ha dado a los lectores una imagen de la París moderna. Cuando con 25 años, fui por primera vez a la rive nord lo hice motivado por mi lectura de Vila-Matas, quería ver el Hotel de Suede y recorrer el París de París no se acaba nunca. En 2014, por el contrario, volví a esas mismas calles movido por Gide, aunque volví a encontrarme con Vila-Matas, que indudablemente ha marcado nuestra percepción de París, siendo él un paseante anómalo, que encaja muy bien con la idea de flâneur: lleva su abrigo elegante, es distinguido y, a la vez, pasa completamente desapercibido.

¿Podríamos decir que tu libro es un homenaje a una manera de relacionarse con la ciudad?

Sí, es así y precisamente por esto hago hincapié en el acto de ver, de observar y de apreciar los matices en los pequeños detalles de los que normalmente la gente prescinde. Nuestra mirada de la ciudad es unilateral, nos perdemos todos los detalles que están a nuestro alrededor, en los márgenes; no hacemos ni el más mínimo esfuerzo para mirar hacia arriba mientras caminamos, para dirigir la mirada a nuestro alrededor o para detenernos y ralentizar nuestro caminar. Nuestra nueva manera de relacionarnos con la ciudad conllevará nuevos modelos urbanos y, de hecho, ya se habla de las smart city, un concepto que me horroriza, pero que no está muy lejos. En efecto, si quieres ya puedes recurrir a un dispositivo móvil que te va narrando la ciudad mientras caminas y te marca el recorrido. Habrá gente que estará encantada con estos avances, pero para mí son horribles, porque la ciudad la tienes que descubrir tú, sin artilugios que te guíen.

Nos relacionamos con la ciudad a través de filtros.

De filtros y también de imposiciones que aceptamos. La gente acata los reglamentos de la ciudad y se muestra muy pavorosa ante ella. En cierta manera, diría que la gente se conforma con la ciudad y con sus imposiciones. En este sentido, en un momento en el que todo está muy reglamentado, aunque nos vendan lo contrario, caminar solo con la consciencia de hacerlo y con la voluntad de ir más allá de lo impuesto es una forma de transgresión. Uno tiene que imaginar que el mapa de la ciudad es un mundo de oportunidades y que no tiene que seguir las indicaciones que te señalan una determinada ruta, sino que tienes que crear su propio recorrido. A fin de cuentas, la ciudad es una metáfora de la escritura: cuando empiezas a escribir, tienes un mapa en blanco y le empezarás a dar forma cuando decidas hacia dónde quieres dirigirte. Si te indican hacia dónde tiene que ir tu escritura, entonces tú como escritor habrás fracasado.

Dedicas el libro a Pasqual Maragall, “un europeísta”. ¿Toda una declaración de intenciones?

Sin duda, es toda una declaración. Seguramente, la dedicatoria a Pasqual Maragall es muy difícil de entender para alguien que no sea de Barcelona. Lo que puedo decir es que, con todo lo que ha pasado en Cataluña en los últimos años, he entendido que no me siento ni catalán ni español, pero sí me siento barcelonés. No me puedo identificar ni con esta Cataluña ni con esta España, pero sí que me identifico con la idea de Europa, que no tiene nada que ver con la Unión Europea. Para mí Europa implica y debe implicar, como ya decía Zweig, la libertad de viajar sin pasaporte por un continente muy amplio donde no existen fronteras. Mi formación, además, es europea: me influye tanto Pirandello como Cocteau, como Vila-Matas y Oscar Wilde.

¿No te crees la idea de nación?

El concepto de nacionalismo es execrable y lo único que produce son guerras y resentimientos. En este sentido, es ir muy a contracorriente, sobre todo si eres catalán, tener un deseo y una voluntad de expansión para pensar y de pensarme más allá de las fronteras. Lo que se ha visto en los últimos años en Cataluña es precisamente lo contrario a esta idea de apertura: hemos visto cómo el nacionalismo es endógeno. Con este libro, yo quería abrir todas las puertas para que entrara mucho aire, mientras que el nacionalismo lo que hace es cerrar las ventanas y llenar la casa de polvo.

¿Te has sentido encerrado en una casa con poco aire?

¡A mí siempre me falta aire! Afortunadamente, cuando viajas, el contexto desaparece, porque, en verdad, fuera, a nadie le importa lo que sucede en Cataluña. Dicho esto, por desgracia, el contexto determina un cierto tipo de convivencia, pero depende de uno hacer que la convivencia sea tensa o no. A mí lo único que me ha podido crear tensión es que raramente me callo y puede que, en estos años, no me he callado como otros sí han hecho.

¿Es mejor no decir siempre lo que se piensa?

El decir lo que se piensa es algo que se practica muy poco y, ahora mismo, además, vivimos en una época en la que la mayoría de escritores muestra una absoluta falta de compromiso con su tiempo. El intelectual tiene que comprometerse y tiene que molestar.

El problema es que, si piensas en nombres como Vargas Llosa, no molesta al poder, más bien pertenece al poder.

Vargas Llosa es del siglo XX y nosotros estamos en el XXI. Es mi generación la que debe criticar el siglo XXI para mejorarlo. Sin embargo, no hay voluntad para ello, todo lo contrario, hay deseo de encontrar un asiento. Ahora mismo, parece que es más importante encontrar un asiento que cambiar la sociedad y puede que, en parte, sea lógico, pues los escritores actuales han aceptado que a nivel social son cada vez más irrelevantes. Sin embargo, esta percepción podría cambiarse. ¿Cómo? Implicándose socialmente, ante todo, desde la escritura. Se ha asumido desafortunadamente que el escribir tiene como único objetivo el ocio y se ha vaciado la escritura de contenido político.

Para ti, por tanto, la implicación social no pasa por entrar en política.

No, en absoluto, pasa por asumir que todo es político y, por tanto, que el escribir tiene una dimensión política también. Además, no hay que olvidar que el intelectual tiene que ser libre, no puede estar sujeto a unas siglas, puesto que su finalidad es criticar a los que mandan y a su propio sector. La imagen del caminar es metáfora del comprometerse y del implicarse: caminar no es simplemente ir hacia adelante, ante todo, es renunciar al estatismo.

Rebecca Solnit subraya precisamente el carácter subversivo del caminar.

Caminar es totalmente revolucionario y caminar fuera de la zona de confort es fundamental: aventurarse a sitios que no te pertenecen es mostrar una voluntad de intervención y de coparticipación, no tanto porque tu presencia vaya a cambiar la realidad, sino porque la realidad te va a cambiar a ti.

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