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Literatura a la carta: La abultada correspondencia de Franz Kafka

Romhy Cubas

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Biografía y Vidas

“Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar.”  

-Franz Kafka

Kafka lo sabía, la burocracia sería su fin. Cientos de papeles y documentos enterrados en un sistema cada día más abstracto y aburguesado. Kafkiano no es solo lo que la RAE ha definido como muestra de algo absurdo o angustioso, sino que se extiende hasta situaciones innecesariamente complicadas que interrumpen el sentido de un entorno, a esos cientos de detalles y normativas que hacen de un laberinto el “proceso” que tanto inquietó al escritor checo en sus textos. Ese mismo proceso reclamó sus cartas y manuscritos póstumos en una querella literaria-judicial digna de sus novelas; por más de cuarenta años se discutió el destino de su legado hasta que un tribunal israelí ordenó que este fuera transferido a la Biblioteca Nacional de Israel.

Si Franz Kafka, quien nació hace 134 años un 3 de julio de 1883 en Praga, hubiera presenciado su destino en el siglo XXI tal vez hubiera reconsiderado seriamente pedirle a su albacea Max Brod que quemara todo su trabajo al morir. Su legado es en realidad ínfimo comparado con los textos que escribió y destruyó en vida – se cree que desechó hasta el 90% de estos- pero la herencia rescatada va más allá de algunas historias y cuentos inconclusos. Aunque solo consideró dignos de publicar La condena, En la colonia penitenciaria, El médico rural y el relato Un artista del hambre el archivo de Kafka dispone de unos cuarenta textos en prosa junto a casi tres mil quinientas páginas de anotaciones de diarios, fragmentos y tres novelas incompletas.

Es su extensa correspondencia lo que realmente ha dejado huella en los estudiosos de Kafka. Estas cartas escritas con el mismo ritmo y claridad que sus historias más complicadas reafirman el don lingüístico de una persona que describía sus horas y pensamientos en un recuento tan narrativo como un libro. Los destinatarios de sus confesiones recibieron decenas y cientos de cartas que ya no necesitaban el cuerpo de un insecto para confesarse. Puede que la magia de Kafka esté en su propia gaceta personal.

Literatura a la carta: La abultada correspondencia de Franz Kafka 1
Primera página de la carta de Franz Kafka a su padre Hermann Kafka | Imagen vía: Brain Pickings

Cartas a su padre:

Una carta ininterrumpida de 47 páginas escrita a su padre en noviembre de 1919 es lo más cercano a una autobiografía que Kafka ha logrado escribir. Esta es un reclamo absoluto a una infancia carente de afecto y atención. La indiferencia emocional de su padre formó a Kafka en sus más profundas inseguridades, incluyendo la obsesión con su cuerpo y su salud –el escritor masticaba hasta setenta veces su comida antes de tragarla- y el fracaso de su relaciones románticas.  

Kafka escribe:

“Querido Padre: Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.”

El escritor veía en su padre todo lo que él no pudo ser. Se comparaba con una figura contraria y autoritaria en su vida:

“Compáranos a los dos: yo, para decirlo buenamente, un Löwy con cierto fondo de los Kafka, a quien sin embargo no impulsa esa voluntad de vivir, de comerciar y de conquistar típica de los Kafka, sino un aguijón de los Löwy, que actúa en otra dirección, más secreto, más tímido, y que con frecuencia cesa por completo. Tú, en cambio, un verdadero Kafka en cuanto a fuerza, salud, apetito, volumen de voz, cualidades oratorias, autosatisfacción, superioridad humana, perseverancia, presencia de ánimo, conocimiento de los hombres y cierta amplitud de miras.”

El mensaje detalla no solo un abuso físico sino emocional que lo persiguió hasta su adultez y sus compromisos frustrados:

“No recuerdo que alguna vez me hayas insultado directamente y con palabras concretas. Tampoco era necesario, ya que tenías otros recursos, aparte de que en las conversaciones en casa y en el negocio los insultos volaban a mi alrededor, cayendo sobre otros, en tal cantidad que, siendo todavía un niño, me dejaban a veces casi aturdido (…) Tú colocas el fracaso de mis tentativas de casamiento en el mismo nivel que mis demás fracasos; en sí, nada tendría que oponer a ello si admitieras mis anteriores explicaciones con respecto a mis demás fracasos”.

La carta, que nunca fue enviada, culmina con la claridad de una expectante pero fallida reconciliación:

“Claro está que las cosas no pueden ajustarse en la realidad tan bien la una con la otra como los argumentos en mi carta, porque la vida es algo más que un rompecabezas; pero, gracias a las enmiendas que surgen de esta confesión, y que no puedo ni quiero extender hasta el detalle, se ha logrado, a mi parecer, algo tan próximo a la verdad que podrá tranquilizarnos un poco a los dos y hacernos más fáciles la vida y la muerte.” 

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Carta de Franz Kafka a Felice | Imagen vía: 20Minutos

Cartas a Felice

No mucho después de que Kafka y la berlinesa Felice Bauer se conocieran en casa de su amigo y futuro biógrafo Max Brond, en agosto de 1912, el cortejo romántico comenzó por correspondencia en una relación que vio más palabras que encuentros. Durante los cinco años y 500 cartas intercambiadas desde que se conocieron Kafka, que entonces tenía 29 años, y Felice de 25 se vieron en contadas ocasiones: “Cuando llegué a casa de los Brod”, apuntó unos días después en su diario sobre Felice, “estaba sentada a la mesa. No sentí la menor curiosidad por saber quién era, porque enseguida fue como si nos conociéramos de toda la vida”.

Aunque estuvieron comprometidos dos veces la relación nunca se concretó, y en su penúltima carta a Felice un 30 de septiembre Kafka finalmente se escuda en su enfermedad para ponerle fin a la relación: “Mi barca es muy frágil (…) Jamás recuperaré la salud”. Durante la relación Kafka escribió sus trabajos más representativos, incluyendo La Metamorfosis.

Kafka escribe:

“Señorita: Ante el caso muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que le saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga. Luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía y la mano que en estos momentos está pulsando las teclas acabó por coger la suya, con lo cual confirmó usted la promesa de estar dispuesta a acompañarle el próximo año en un viaje a Palestina. Si sigue usted queriendo hacer este viaje —en aquella ocasión dijo no ser veleidosa, y, en efecto, yo no advertí en usted que lo fuera ni un ápice—, será no ya conveniente sino absolutamente necesario que procedamos desde ahora mismo a procurar ponernos de acuerdo en lo concerniente a este viaje.”

Recopiladas en el libro Letters to Felice , las cartas expresan la necesidad de aprobación de Kafka y esa ansiedad ante la soledad que reclama anteriormente a su padre:

“Fräulein Felice: Te pediré un favor que suena completamente loco, y que yo consideraría como tal si fuera quien recibe la carta. Es también la más grande prueba al que aún la más amable persona puede ser sometida. Bien, el favor es que me escribas una vez por semana, así tu carta llega el domingo, porque no puedo resistir tus cartas diarias, soy incapaz de resistirlas. Por ejemplo, yo respondo una de tus cartas, luego estoy acostado, aparentemente en calma, pero mi corazón late a lo largo de mi cuerpo entero y sólo es consciente de ti. Para ser breve: mi salud es apenas suficiente para seguir solo, pero no es buena para casarme, y dejemos a un lado a la paternidad. Aún cuando leo tus cartas, paso por alto hasta lo que no puede ser.”

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Recopilación editorial de las cartas de Franz Kafka a Milena Jesenská | Imagen vía: The Cardiff Review

Cartas a Milena Jesenská:

Kafka se mantuvo soltero pero no completamente aislado. La compañía le llegaba asiduamente, por correspondencia.  Además de Felice se relacionó con la secretaria praguense Julie Wohryzek, mantuvo correspondencia con Milena Jesesnská y su última pareja fue Dora Diamant, quien conservó de Kafka 20 cuadernos y 35 cartas confiscadas y reveladas por la Gestapo en 1933.

Jensesnka fue una escritora y periodista checa que coincidió con Kafka en un café de Praga en otoño de 1919.  Como muchas de sus relaciones el amor fue casi platónico con escasos encuentros entre 1920 y 1921.

Kafka escribe:

¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo. Y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde: son evidentemente inventos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso; después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la radio. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros, en cambio, pereceremos.

Su pesimismo es casi cómico, y la ironía y sátira de sus líneas se acompasan con sus ficciones ya publicadas:

“Jueves por la noche: Hoy apenas si hice otra cosa que permanecer sentado, leer un poco de aquí y un poco de allá; pero, en rigor, no hice nada o me limité a prestar atención a un ligero dolor que trabajaba en mis sienes. El día entero estuve pensando en tus cartas, con sufrimiento y con amor, con preocupación y con un miedo muy impreciso a lo impreciso, cuya imprecisión consiste fundamentalmente en que excede en una medida enorme los límites de mis fuerzas. Y, a todo esto, ni siquiera me he atrevido a leer las cartas por segunda vez y hay media página que aún no ha sido leída ni una sola vez. ¿Por qué uno no se resigna a considerar que lo acertado es vivir en esta tensión especial, sostenida, suicida? (en una ocasión comentaste algo por el estilo y yo procuré reírme de ti).”

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Franz Kafka con invitados | Imagen vía: Klaus Wagenbach

Franz Kafka murió en un sanatorio a las afueras de Viena a un mes de su cumpleaños número 41. Luego de siete años de haber vivido con tuberculosis el estado de su garganta era tal que no podía alimentarse, prácticamente murió de hambre.

Su personalidad a menudo ha sido descrita como obsesiva, depresiva y solitaria pero su biógrafo más conocido, el alemán Reiner Stach, afirma que en realidad Kafka era encantador y simpático.

Gris o luminoso Franz Kafka fue singular y neurótico, en pocas palabras: un individualista con una inmensa correspondencia.

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El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones

Romhy Cubas

Foto: Wikicommons
Wikimedia Commons

“Es posible que la invasión de los marcianos resulte, al fin, beneficiosa para nosotros; por lo menos, nos ha robado aquella serena confianza en el futuro, que es la más segura fuente de decadencia”.

La guerra de los mundos

El escritor, historiador y filósofo británico Herbert George Wells es uno de los grandes precursores de la ciencia ficción en la literatura. Su obra se puede comparar en alcance y relevancia con las geografías fantásticas de Julio Verne. Hace 151 años, un 21 de septiembre de 1866, Wells nació en el seno de una familia convencional de la Inglaterra de época, su visión totalmente utópica y fantástica para entonces dejó un registro crudo de  escenarios que con el tiempo se deshicieron de la etiqueta de ciencia ficción para convertirse en sucesos concretos.

Sin la ciencia, y específicamente la biología, Wells no habría creado relatos como el del Hombre invisible o La máquina del tiempo, publicado en un principio bajo el título de Los argonautas crónicos. Wells estudió biología en el Royal College of Sciences de Londres, y eventualmente se tituló en zoología en la Universidad de Londres. Gracias a estas experiencias y a un diagnóstico de tuberculosis que lo impulsó a dedicarse exclusivamente a la escritura, reunió una centena de obras de fantasía científica, predicciones tecnológicas y agudas observaciones sobre el poder y las consecuencias de la guerra que inclusive se manifiestan con mayor lucidez en el presente que en aquella época.

En sus novelas Wells dejó constancia de una inquietud por la supervivencia de las sociedades. Sus posiciones pacifistas y políticas hicieron de su obra una declaración sobre lucha de clases, la ética científica, y las utopías –muchas de carácter socialista-. Con frecuencia propuso la creación de un Estado mundial en donde hubiera una renta universal y donde los individualismos fueran suprimidos.

En sus obras están presentes la bomba atómica, la tecnología, las puertas y censores automáticos, la guerra biológica, la comida artificial, los rayos láser y decenas de otras fantasías que en aquél entonces no tenían espacio en la racionalidad de los lectores. Hasta ahora, y que nosotros sepamos, no existen hombres capaces de volverse invisibles o máquinas para viajar en el tiempo, pero si hay un puñado de escenarios y tecnologías que Wells planteó en sus libros y que hace décadas dejaron de ser ciencia ficción, otorgándole al escritor un halo visionario y certero.

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Portada del libro Hombres como dioses de H.G.Wells | Imagen vía: Amazon

Teléfonos y televisión

En Men Like Gods (1923), Wells crea una versión futurista de la Tierra en donde luego de cientos de años de progreso la gente se comunica exclusivamente mediante sistemas inalámbricos. Los guiños con lo celulares y los correos electrónicos de los que hoy dependemos para comunicarnos son evidentes, aunque la idea es un crudo formato de lo que conocemos en el presente. El principio de acumulación de mensajes, transmisión inalámbrica y comunicación a distancia son premonitorios.

Wells también desarrolló en When the Sleeper Wakes (1899) una forma utópica de entretenimiento en donde las tecnologías del audio libro y la televisión se disfrazan de ficción.

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Comic de La isla del Dr Moreau ilustrado por Gil Kane. Basado en la adaptación cinematográfica de 1977 del libro de H.G. Wells | Imagen vía: MyComicShop

La ingeniería genética

En  La isla del Dr. Moreau (1896) una nueva especie de animales biológicamente manipulados es parte de los experimentos de un científico demente que incursiona en la ingeniería genética. Las técnicas utilizadas son crudas y primitivas, pero la idea de trasplantes de órganos entre animales y humanos para adquirir longevidad, la creación de híbridos y el intercambio de células entre las especies son principios que guardan una relación obvia con las ambiciones de los científicos, quienes se vuelven cada vez más insaciables con los años. Precisamente Wells expone la codicia que puede presentarse cuando los humanos endiosan sus capacidades de creación y buscan en la tecnología un sustituto para todas las formas de vida.

“¿Quiénes son esas criaturas? -dije, señalando hacia ellas y alzando cada vez más el tono de voz para que todos me oyeran-. Antes eran hombres, hombres como nosotros; hombres a los que ha poseído una sustancia bestial, hombres a los que se ha esclavizado y convertido en monstruos y a los que todavía teme”.

La isla del doctor Moreau. H.G. Wells

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Bomba nuclear detonada por el gobierno francés en la Polinesia Francesa. | Imagen vía: Reuters

La bomba atómica y las armas nucleares

En The World Set Free (1914) Wells plantea el concepto de objetos que explotan gracias a distintos niveles de radiactividad, adelantándose inclusive al control de las naciones ante estos objetos para evitar una destrucción masiva. En el presente estos prototipos literarios tienen nombre e historial: la bomba atómica y las armas nucleares.

Wells reconoce y plantea principalmente el poder destructivo de la tecnología y las ambiciones humanas. En sus historias estas granadas  tienen el poder de explotar continuamente por días, semanas y hasta meses.

Actualmente conocemos de sobra su poder destructivo, pero Wells literalmente anuncia la creación de un objeto portátil con la capacidad para devastar una ciudad entera.

El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones
Portada del libro La guerra de los mundos de H.G. Wells | Imagen vía: GoodReads

El Láser

En uno de sus libros más famosos, La guerra de los mundos (1898), que principalmente desarrolla el escenario de una guerra interplanetaria, las armas futuristas de los marcianos incluyen un devastador rayo de calor capaz de incinerar hectáreas a kilómetros de distancia. La descripción de Wells no es tan precisa como para construir un láser de trabajo, pero su parecido con el dispositivo y otras armas de “energía dirigida” es prueba suficiente.

“Todo lo que sea combustible se convierte en llamas al ser tocado por el rayo: el plomo corre como agua, el hierro se ablanda, el vidrio se rompe y se funde, y cuando toca el agua, esta estalla en una nube de vapor”. La guerra de los mundos. H.G. Wells

Muchas de las “predicciones” de Wells son ciertamente visionarias, otras se apegan al sentido común de un hombre de letras. A la par de cada avance, por muy pequeño que sea, es inevitable magnificar sus posibilidades y consecuencias. Wells también se anticipó al aterrizaje de la nave Apolo en Los primeros hombres en la luna (1901)  y entendió las probabilidades de un conflicto global en Europa con La forma de las cosas por venir (1933). No obstante, su predicción más valiosa es la de los escenarios que germinan cuando la tecnología intenta imponerse a la naturaleza humana.

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Top 10 de los personajes más inquietantes de la literatura de Stephen King

Romhy Cubas

Foto: Casa del Libro
Casa del Libro

La bibliografía de Stephen King, bautizado por muchos como el maestro del terror, da para llenar por lo menos una biblioteca dedicada exclusivamente a sus pesadillas. Con más de 70 libros publicados desde 1974 cuando firmó el contrato por su primera novela, Carrie, King es uno de los escritores modernos más lucrativos y de sus ficciones se han hecho adaptaciones en todos los formatos. Personajes emblemáticos como Jack Torrance y Pennywise se han aferrado al imaginario colectivo desde hace décadas, sus monstruos han sido la “cosa” del closet que ha obligado a dormir con la luz prendida a más de una generación.

Cuando el pasado 8 de septiembre se estrenó la nueva adaptación cinematográfica de una de sus novelas de terror más extensas y detalladas: It el payaso asesino, King demostró de nuevo que se puede vivir de fantasmas y pueblos embrujados. El libro, que ya había sido versionado en una teleserie de dos partes en 1990, relata en más de mil páginas la vida de un grupo de amigos en un pueblo maldito en donde cada 27 años se despierta una energía maligna. Esta pone en marcha masacres, incendios y, principalmente, la desaparición de decenas de niños en las circunstancias más macabras.

Y aunque es innegable que It es uno de los personajes más aterradores y mejor logrados de su bibliografía, la literatura de Stephen King está repleta de fantasmas, demonios, monstruos y males que son tan o más aterradoras como el payaso diabólico de Derry.

Con una obra tan extensa es fácil que muchos de los protagonistas que no han sido representados por grandes figuras en la pantalla grande, como Kathy Bates o Jack Nicholson, se pierdan en el mar de historias que ha producido Stephen King, por eso en este ranking rescatamos una lista con algunos de los monstruos más aterradores de su autoría, varios todavía vírgenes de adaptaciones cinematográficas.

Puede que entre las escenas más emblemáticas del cine de terror se encuentren por lo menos un par inspiradas en sus libros, incluyendo a Carrie cubierta de sangre de cerdo en su graduación, pero ninguna de estas versiones supera a los personajes narrados en su versión original, la de papel y tinta.

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Portada de La Historia de Lisey de Stephen King | Imagen vía: Ediciones DeBolsillo

La cosa del costado moteado de La historia de Lisey (2007)

Stephen King escribe una historia de amor que no tiene nada que ver con finales felices. Lisey es la viuda de Scott, un reconocido escritor cuyas sombras personales se presentan tan siniestras como los maltratos que sufrió en su infancia. La cosa del costado moteado es eso que no lo deja dormir por las noches, una criatura que vive en Boo’ya Moon, especie de universo paralelo que huele a fresas y violetas durante el día, pero que de noche esconde seres resbaladizos y peligrosos.

También apodado en el libro como “el chaval larguirucho de Scott”, este ser que se arrastra y corre entre la realidad y los sueños, que acecha en los espejos de la casa en la oscuridad y al cual se le oye comer cuando la luz del día se extingue con el atardecer, es uno de los personajes más inquietantes creados por King. La cosa del costado moteado inevitablemente te hará querer prescindir por algunos días de los espejos y su reflejo, sobre todo en la oscuridad.

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Banner de la nueva película de It -2017- dirigida por Andrés Muschietti | Imagen vía IMDB

It el payaso asesino

Con la última adaptación de “It”, el payaso de Derry se reivindica como el monstruo más famoso de King. Este es un ser que vive en un pequeño pueblo de Maine desde el principio de los tiempos, representa la maldad y la muerte y se transforma en los distintos terrores personales de aquél que se tropieza con su traje abombado. Su forma común y universal es la del payaso, Pennywise, un hombre que se pasea por las calles con labios rojos y maquillaje blanco, ofreciendo globos a los niños y prometiendo diversión en las cloacas laberínticas del pueblo.  

It es la cúspide de la coulrofobia –fobia a los payasos-, un ser que despierta cada 27 años para descuartizar niños y que busca que todos floten junto a su manojo de globos y risa inexistente.

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Jack Nicholson como Jack Torrance en la adaptación de El resplandor dirigida por Stanley Kubrick | Imagen vía: IMDB

Jack Torrance en El Resplandor

“¡No voy a hacerte daño! Wendy, querida, luz de mi vida, ¿de qué tienes miedo? No me has dejado acabar la frase, dije: No voy a hacerte daño, sólo voy a aplastarte los sesos. ¡Aplastaré tus jodidos sesos!”  -El Resplandor-

Es común que los libros de King sean protagonizados por escritores,  y en El Resplandor Jack Torrance es un autor alcohólico en recuperación que se traslada con su familia a un hotel de Colorado aislado del mundo. El hotel es un hervidero de fantasmas y asesinatos pasados que acechan a todo el que atraviese sus puertas. Jack es el recipiente perfecto para los demonios del lugar y poco después de su llegada su lado oscuro, su naturaleza violenta, su propensión a la bebida y su claustrofobia se explayan hasta crear a un hombre inquietante y poco cuerdo que persigue a su familia por el laberíntico hotel para asesinarla.

Jack Nicholson dio vida a este personaje en la adaptación de la novela dirigida por Stanley Kubrick en 1980. El nivel de locura que logró representar Nicholson con su famoso ¡Here is Johnny! es solo una fracción de la verdadera demencia que representa este personaje en el libro.

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Cujo en la adaptación cinematográfica de 1983 dirigida por Lewis Teague | Imagen vía: IMDB

Cujo, el perro asesino en Cujo

Solo Stephen King puede hacer que el mejor amigo del hombre se convierta en una fobia literaria. Cujo es un hermoso San Bernardo, grande e imponente,  juguetón y noble que es mordido en el hocico por un murciélago en uno de sus paseos diarios. Cujo, quien nunca ha sido vacunado contra la rabia, se contagia de una enfermedad que lo convierte en un animal violento y sediento de sangre con su propio monólogo interno de asesino primerizo.

El pueblo en donde habita se verá invadido por el miedo y una especie de toque de queda en donde nadie está a salvo de la rabia de Cujo.

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Portada de Duma Key de Stephen King | Imagen vía: Thedarktower.com

Perse, la muñeca maldita de Duma Key

En Duma Key Edgar Freemantle, el dueño de una compañía de construcción de Minneapolis, se muda a una playa ficticia de Florida para reconstruir su vida luego de sobrevivir a un accidente de tránsito que lo deja sin un brazo. El accidente no solo se lleva una extremidad de su cuerpo, sino que despierta una especie de psique expresada través de una obsesión por crear dibujos y cuadros que toman vida propia en la oscuridad.

Perse es la fuerza maligna manifestada en Duma Key, esta comanda un conjunto de almas malditas y se manifiesta a través de una vieja muñeca china con una capa roja. Su nombre completo, Perséfone, hace referencia a la diosa griega Perséfone, la reina del Inframundo.

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Kathy Bates como Annie Wilkes en la adaptación cinematográfica de Misery de 1990 | Imagen vía: IMDB

Annie Wilkes en Misery

Dicen que la miseria adora la compañía, y Misery es el perfecto ejemplo de este proverbio. Paul Sheldon es un famoso escritor de novelas románticas que mata a su personaje principal en su más reciente historia, “El hijo de Misery”. Un invierno, de camino a Los Ángeles y en medio de una tormenta de nieve, Sheldon sufre un accidente de tráfico. Despierta con las piernas rotas y postrado a una cama desconocida, su anfitriona Annie Wilkes resulta ser una enfermera que se declara su fan número uno.

Bajo el cuidado de Annie el escritor se comienza a recuperar hasta que la conducta de la fanática se sale de control. Cuando Annie se entera de que Paul mata a Misery en su nueva novela, comienza a drogar y torturar al escritor, obligándolo a escribir una nueva secuela del libro en donde Misery vuelva a la vida.

Annie es un personaje trastornado y demente que representa la peor pesadilla de cualquier persona que se gane “fanáticos” gracias a su obra.

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Escena de la nueva adaptación de El juego de Gerald producida por Netflix | Imagen vía: Netflix

Gerald Burnlingame en El juego de Gerald

En este juego mortuorio Gerald encadena a su esposa Jessie a la cama de una cabaña aislada e incomunicada en el bosque. En medio de un fallido juego erótico Gerald muere de un paro cardiaco y mientras este yace sin vida en el suelo de la habitación, Jessie -atada a la cabecera de la cama- intenta sobrevivir no solo al dolor, la sed y el hambre, sino a los fantasmas de su pasado en donde los hombres abusivos no escatiman.  La presencia de Gerald seguirá tan latente como la descomposición de su cuerpo. Los recuerdos del maltrato y los juegos soportados por Jessie a costa de su marido y su padre hacen que el personaje de Gerald, aunque muerto, sea tan o más dañino de lo que fue vida.   

Netflix  ha adaptado “El juego de Gerald” para su plataforma este año. La versión protagonizada por Carla Gugino (American Gangster), Henry Thomas (Ouija) y Bruce Greenwood (Meek’s Cutoff) se podrá ver desde el 29 de septiembre.

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Parte del póster promocional de la película El cazador de sueños proyectada en el 2003 | Imagen vía: IMDB

El Señor Gris de El cazador de sueños

Aunque es una historia de alienígenas y extraterrestres, King logra hacer de estas criaturas desagradables y mal olientes una pesadilla digna del autor.

El reencuentro de cuatro amigos de la infancia en una cabaña de Maine es la excusa para que una serie de comadrejas que incuban en el cuerpo de los humanos busquen exterminar la raza humana. Aunque puede parecer una forzada y ya contada historia de ciencia ficción, alienígenas y humanos, el elemento de terror se mantiene en vilo durante todo el libro.  Además está el Señor Gris, un extraterrestre que posee el cuerpo y la mente de las personas, comprometiendo su voluntad y borrando cualquier rastro humano que pueda quedar en el poseído.

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Portada de Buick 8 de Stephen King | Imagen vía Ediciones DeBolsillo

Buick el carro asesino

King ya lo ha logrado otras veces con celulares, con perros y en esta ocasión con un carro. No se necesita una familia poseída o un manicomio abandonado para crear una historia de terror. Para muestra el protagonista de este libro: un Buick modelo 1954 que cobra vida propia y tiene instintos asesinos.

Lo interesante aquí es la vida que le da King a lo material, algo tan simple como un carro abandonado y recuperado por unos agentes de la policía comienza a intervenir inesperada y peligrosamente en las vidas de quienes lo “conducen”.

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Adaptación cinematográfica de El cementerio de mascotas dirigida por Mary Lambert en 1989 | Imagen vía IMDB

Gage Creed, el niño poseído de El cementerio de mascotas

Un médico se instala junto a su familia en una nueva casa en las colinas de Maine – un pueblo recurrente en las historias King-, a pocos quilómetros del terreno un antiguo cementerio, utilizado por los niños del lugar para enterrar a sus mascotas, se erige en medio del silencio y las carreteras inhabitadas.

El cementerio parece ser un terreno ahogado de magia negra y ritos antiguos.  Cuando el hijo menor de la familia, Gage Creed, muere en un accidente de tránsito, su padre lo entierra en el cementerio de mascotas con la esperanza de que regrese de entre los muertos.

En la historia King reflexiona sobre el duelo y las consecuencias –exageradas, por supuesto, hasta su máximo elemento de terror- de sufrir la pérdida de un ser querido. El pequeño Creed regresa poseído y con un incontrolable deseo de hacer daño a su familia.     

Continúa leyendo: El verano de Piglia

El verano de Piglia

José Antonio Montano

Foto: JORGE SILVA
Reuters

No hay nada como tener un autor para un verano lector. Yo este verano he tenido a Piglia. Ha sido, para mí, el verano de Piglia.

Recuerdo otros veranos: el verano de Jünger (1991), el verano de Bernhard (2004). Ernst Jünger, con su fama de frío, me estuvo calentando después todo el invierno; sentía vivamente la brasa de aquella lectura –el calor del verano y el calor de ‘Radiaciones’–, como una estufita para los días desapacibles. Y Thomas Bernhard dejó electrificados, tensos y sin grasa, vigorosos, regocijantes, los meses (¡y años!) que siguieron.

Ahora ha sido el escritor argentino Ricardo Piglia, que murió a los setenta y cinco años en enero de este 2017. Yo no lo había leído, porque por lo que había leído sobre él pensaba que era un autor programático. Es decir, de los que tienen una teoría y luego escriben sus obras como ‘ejemplos’ de su teoría; obras que salen entonces medio muertas y como forzadas: aquejadas de abstracción. Pero Piglia no es eso. Tuve la suerte de empezar por ‘Los diarios de Emilio Renzi’ (y no porque me interesara Piglia, sino porque me interesan los diarios) y ahí me encontré su relación apasionada y nada programática con la literatura. También me había hecho la idea de que Piglia era pomposo y tampoco: como todos los maestros, es ligero, juguetón. Abre más que cierra.

Los dos primeros tomos de los diarios los leí a principio de julio. Para finales de agosto me había leído en total once libros de Piglia. El duodécimo ha sido el tercer y último tomo de los diarios, que se ha publicado en septiembre. He vuelto ahora a Piglia para terminar el verano y que sea así, definitivamente (¡programáticamente!) el verano de Piglia.

De los diarios me ha gustado su textura: cómo da cabida al ruido diarístico, el ruido de la escritura sin pulir; y que eso funcione. He leído diarios así que no funcionan, que se hacen aburridos. El de Piglia no, por puro mérito literario. Todo diario trabajado es un jardín, y la mayor sofisticación es que ese jardín retenga su aspecto agreste. Piglia lo consigue. Y además introduce variables estructurales que constituyen (¡por decirlo con el lenguaje de los profesores!) una reflexión sobre el género diarístico.

Los elementos del mundo de Piglia son limitados, controlables. Por eso se familiariza uno enseguida con él y los disfruta. Profundizando en ellos, naturalmente: son elementos contados pero fecundos. Escribe sobre la relación entre la ficción y la verdad (sobre el secreto, el enigma y el misterio, y sobre lo que él llama “la ficción paranoica”), sobre el acto de la lectura y sobre el lector como personaje, sobre el escritor también como personaje, sobre el escritor como crítico, sobre el amor y la pérdida, sobre el dinero, sobre filosofía, sobre psicoanálisis, sobre las quiebras del sujeto, sobre la vida en los márgenes, sobre la incidencia de la política en la vida (algo particularmente abrasivo en Argentina; se aprecia como en ningún otro sitio en la primera parte del tercer tomo de sus diarios, titulada “Los años de la peste”). De su mundo forman igualmente parte ‘sus’ escritores: los argentinos Borges, Arlt, Sarmiento, Alberdi, Macedonio Fernández o Manuel Puig; los extranjeros que vivieron en Argentina Gombrowicz o Hudson; y Kafka, Hemingway, Pavese, Joyce, Faulkner, Brecht o Bernhard, al que imita a veces.

En una de las anotaciones diarísticas, escrita cuando arrasa la moda del ‘boom’, se dice (y le dice al lector futuro) que debe mantenerse apartado de esa moda, trabajando a su ritmo y en su silencio. Uno de los gustos de leerlo ahora es comprobar que acertó: sus libros se mantienen cuando muchos de los otros han pasado.

¿Qué le aconsejaría al lector que quiera iniciarse en Piglia (¡aunque sé que son muchos los lectores ya iniciados en Piglia!)? Propongo los tres tomos de los diarios (o al menos el primero); el libro de cuentos ‘Nombre falso’, que incluye la novela corta de igual título; la novela ‘Respiración artificial’; y los libros de ensayos ‘Formas breves’ y ‘El último lector’. (De entre sus numerosos vídeos, recomiendo también las conferencias sobre Borges).

Por mi parte, tengo aún tres libros de Piglia sin leer, tres novelas: ‘La ciudad ausente’, ‘Plata quemada’ y ‘Blanco nocturno’. Me las dejo ya para el invierno. O sea, para el verano austral.

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Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana

Anna Maria Iglesia

Foto: Editorial Navona
Editorial Navona

De padres bolivianos y nacida en Caracas en 1973, Magela Baudoin se define como una “boliviana por elección. Yo elegí ser boliviana”. Siendo muy pequeña dejó Venezuela y se crió “entre libros” en Bolivia: “mi padre era un gran narrador”, recuerda la autora, que confiesa no recordar “si algunos libros los he leído o los he escuchado recitar por mi padre”. Escritora y periodista, Baudoin combina ambas profesiones, aunque en los últimos tiempos la literatura ha adquirido mayor protagonismo, sobre todo a partir de la obtención del Premio García Márquez por La composición de la sal, un libro de relatos que ahora llega a España de la mano de la editorial Navona.

Los relatos de La condición de la sal se construyen, en palabras de Alberto Manguel, a partir de “la inminencia de una revelación que no se produce”. ¿Es consciente de esta lógica de la continuada postergación que rige sus relatos?

No es posible decir que es un ejercicio plenamente consciente, porque esto implicaría que la literatura fuera un acto completamente premeditado y esto no es cierto. Pero seguramente proyecto en mi estética el tipo de lectora que yo soy, una lectora que le gusta el desplazamiento, que le gusta moverse y le gusta pensar mal. Soy una lectora que habita en el escepticismo y que le gusta dejarse estar en la historia. Si alguna imagen para pensar mi propia estética es la de un negativo de una foto, es decir, siempre pienso que mis cuentos son un negativo, que alude y, a la vez, elude una realidad que nunca explica. Aborrezco la literatura explícita.

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Portada de “La composición de la sal” | Imagen vía Editorial Navona

¿Cree que abunda la literatura explícita?

Hay y no la hay, yo solo puedo decir lo que me gusta hacer. Lo que puedo decir es que para mí el arte es precisamente esto: la posibilidad de que el otro complete el sentido. En este sentido, mi estética no es fácil, sino que obliga al lector a “tomar parte de”.

En sus relatos, el lector debe completar un sentido que usted elude mostrar.

Sí, dialogo mucho con el silencio y, por tanto, con espacios de elusión y quiero que el lector habite y complete estos espacios de la ambigüedad. La falta de concreción tiene que ver con mi diálogo con la poesía. Soy una antigua lectora de poesía y hallo que hay mucha poesía en el cuento, sobre todo en lo referente a la composición de sentido. La poesía es poesía porque anuncia, no muestra. Y, para mí, si algo es mágico y rotundo en la poesía es la posibilidad de construcción de sentido fuera del texto. Trabajo la literatura desde esta perspectiva, pensando la literatura como un viaje compartido y, por tanto, teniendo una fe enorme en la figura del lector.

¿Trabaja desde una perspectiva distinta cuando escribe novela?

En la novela el lugar del lector no cambia, el lector sigue siendo alguien activo, sin embargo, la composición de la novela tiene otra música, una música más lenta, que permite una cadencia, una exploración más profunda, otra respiración. La novela permite una exploración más psicológica e, incluso, más sociológica del mundo. El cuento, por el contrario, es un aparato de potencia y de profundidad que admite muy pocos fallos. El cuento te exige una conciencia plena del arte facto literario.

Lo que aúna todos los relatos de La composición de la sal es la idea de ambivalencia

Efectivamente, probablemente aquello que aúna todos los cuentos es la ambivalencia del habitar, del acaecer. Creo que si alguna unidad tiene el libro es que todos los personajes están siendo, están acaeciendo, se están transformando y torciendo en su espacio vital. Me interesa la ambivalencia, aquello no es ni el blanco ni el negro y, sobre todo, la ambivalencia entre lo bueno y lo malo: la sal puede servir para sanar, pero también para hacer daño –una tortura era poner sal en las heridas abiertas.

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Magela Baudoin | Imagen vía Editorial Navona

El cuento que da título al libro tiene como trasfondo las ansias de “recuperar el mar”, por parte de la sociedad boliviana, a la que se describe como una sociedad patriarcal.

Exacto. Y por estos dos motivos, este es un cuento particular, porque habla de cómo se quiebra un hombre, algo imposible en una sociedad patriarcal como la nuestra, una sociedad donde es imposible que un hombre se doblegue ante el dolor y no pueda hacer nada más que llorar, si bien llorar es algo muy humano. Al mismo tiempo, el cuento es particular porque el protagonista que no puede dejar de llorar encuentra que la única solución posible para dejar de llorar es algo que para un boliviano es imposible: bañarse en el mar.  Es paradójico que en Bolivia la solución a todos nuestros problemas históricos fuera y siga siendo la recuperación del mar, algo que todos nosotros sabemos imposible. La recuperación del mar es un ideal que, como todo ideal, está muy lejos de cumplirse. Me gustaba jugar con esta doble imposibilidad: la imposibilidad histórica y la imposibilidad vital -la del hombre que se quiebra- en una sociedad como la nuestra.

Si en el relato La composición de la sal se muestra la humanidad de un hombre que se quiebra, en Algo para cenar se nos presenta su opuesto: un niño que desprecia con bastante crueldad a su madre.

Es cierto, aunque el niño lo que hace relacionándose así con su madre es buscarse, buscar quién es. Lo que me interesa en este cuento y en los demás es ver cómo los espacios vitales de la identidad se componen de acuerdo a las circunstancias y cómo estas circunstancias, a veces, te llevan a límites realmente inesperados. Quería explorar cómo cualquiera de nosotros somos capaces de hacer cosas que jamás habríamos imaginado y en esta posibilidad de hacerlo nos revelamos como alguien distinto a lo que nosotros creíamos ser. Y quería indagar sobre la ambivalencia entre lo que creemos ser y lo que somos a partir de los espacios domésticos. Me interesaba indagar sobre cómo nuestra identidad se quiebra en espacios tan sencillos, tan aparentemente definibles como son los espacios de nuestra cotidianidad.

El relato Moebia, donde se describe una cárcel laberíntica, es un explícito homenaje a Jorge Luis Borges.

Borges es, sin duda, uno de mis autores de cabecera. Está siempre a mi lado, sobre todo, su poesía; es un autor al que recurro para sanarme, para expandir el universo, para volver a quien soy. Y Moebia era una exploración de la posibilidad de encontrar un camino donde es imposible encontrarlo; Moebia representa las mil posibilidades de un laberinto y, evidentemente, terminó siendo un homenaje al maestro de los laberintos.

Pero, ¿por qué imaginar el laberinto borgiano como una la cárcel?

Cuando escribo, siempre lo hago, en parte, desde el periodismo: mi ojo periodístico siempre está buscando nuevas historias. Y un día me encontré una historia que me llevó a este relato. Se trataba de la historia de alguien de alguien del mundo de la “normalidad” que llega a abismarse a ese otro –el de la cárcel- y encuentra que ambos mundos se parecen más de lo que hubiera podido pensarse. Los dos espacios se reflejan, funcionan como dos espejos y esta idea del espejo es muy borgiana. En seguida esta historia me llevó a este relato, que nace de una perla de la realidad, de una historia que estaba ahí y me impacto. Normalmente, siempre me sucede así: hay algo de la realidad que me impacta y, entonces, empiezo a explorar y a preguntarme “qué sería sí…”

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana
José Ovejero, Magela Baudoin y Pere Sureda en la presentación de “La composición de la sal” en la librería Laie | Imagen vía Laie

¿La práctica periodística, por tanto, ha influido en tu literatura?

Claro, conscientemente me encuentro siempre espiando la realidad. De todas formas, creo que mi espacio creativo proviene de muchos lugares: del impulso de crear historias, de lo lúdico, de la búsqueda de respuestas, que es el espacio del periodismo, y también del dolor, es decir, ese espacio desde el cual respondo a mis fantasmas. A partir de estos espacios creo mi poética, a veces planteando un mero juego y, a veces, buscando respuestas a preguntas que vienen de historias que encuentro en la realidad o que son más personales. Como diría Alicia, escribo para preguntarme quién soy y a dónde voy.

¿Cuál es la formación literaria de Magela Badouin?

Es una hermosa pregunta, porque yo tuve una educación sentimental muy clásica: mi abuela era muy lectora y mi padre era muy narrador, me leía los clásicos y en mi infancia habité junto a Dumas, Salgari, con la poesía de los simbolistas, pero también con Jane Austen y las hermanas Bronte. En la adolescencia, llegó inevitablemente Herman Hesse y, a partir de ahí, mi búsqueda literaria me fue llevando por distintos caminos. Los autores del Río de la Plata están obviamente presentes, están ahí Cortázar, Arlt, Borges, Laiseca… Sin embargo, junto a todos ellos, está también la literatura norteamericana, sobre todo, la literatura sureña con autores como Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers y Hemingway. Si te fijas, se trata de narrativas que incorporan un lector escéptico, un lector que interviene e interpreta lo que está pasando.

En su formación, se combinaron una literatura metaliteraria con una literatura más arraigada a lo real y al detalle de lo real.

Efectivamente, ahí están los autores del Río de la Plata y ahí está también la poética del detalle de Chejov. No es una mezcla consciente, pero sí es cierto que son dos marcas importantes en mi poética. Si me preguntan de quién soy hija, diría que conscientemente soy hija de Chejov, pero inconscientemente me cruzan muchos autores

¿Cómo ve actualmente la literatura boliviana?

Yo creo que la literatura boliviana está en un momento muy interesante y, de hecho, está concitando la atención internacional. Hoy parece que la literatura boliviana ha querido saltar su insularidad para mostrarse finalmente sin complejos y, ahora, está siendo descubierta como lo que es: una literatura plenamente singular, de una fuerza muy importante y que dialoga, por una parte, con lo local y, por otra parte, con lo global. Encontramos, entremezclados, escritores realistas, escritores que dialogan con lo fantástico y escritores que dialogan con la ciencia ficción; todos ellos están contando un país que, de alguna manera, sigue anclado en el tiempo, pero también conectado en el tiempo.

Acaba de recibir el Premio García Márquez, a través del cual ahora publica en el mundo literario español. ¿Cómo vive esta experiencia literaria-editorial?

Alcanzar un premio tan importante como el García Márquez no deja de ser una sorpresa, no deja de ser una retribución del azar que una no termina de creer, sobre todo porque García Márquez era un luminoso cuentista, de los más grandes que hubo.  Por lo que se refiere a publicar en España, es como completar un recorrido, que ha tenido este libro a partir de la obtención del Premio. España es el octavo país donde se publica La composición de la sal y publicar aquí abre una senda que espero sea fructífera. España sigue siendo un norte importante en las letras hispanoamericanas y, para un autor boliviano, el hecho de que un libro salga de Bolivia es algo de por sí muy importante.

¿Considera que Bolivia es un país literariamente cerrado?

Sí, porque históricamente Bolivia ha estado fuera del circuito literario internacional a pesar de tener importantísimos autores, como Ricardo Jaime Freire que, junto a Darío y Lugones, fue el padre del modernismo, o Fran Tamayo o Elda Mundi, que fue una vanguardista tremenda. Y así puedo citar muchos más autores, como por ejemplo Augusto Céspedes, un gran autor de relatos muy poco conocido. Todos estos autores han quedado circunscritos a un territorio bastante incomunicado; afortunadamente esta incomunicación se ha ido rompiendo y, como te decía, el territorio hoy está más presto a comunicarse con su entorno internacional y, por tanto, la literatura boliviana está hoy más expuesta, despertando una curiosidad importante.

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