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Literatura Weird: lo insólito e inexplicable en la ficción “extraña”

Romhy Cubas

Foto: Mónica Almeida
The New York Times

La ciencia ficción es más compleja de lo que parece, extraterrestres, viajes al futuro y naves espaciales son una pequeña cerradura entre todas las llaves que puede abrir el género. Escritores como H.P. Lovecraft con Los mitos de Cthulhu y Edgar Allan Poe con Ligeia o La caída de la casa de Usher popularizaron una escritura tan abstracta que fue adoptada por la colectividad con el nombre de Weird Fiction o ficción extraña. Estos clásicos perseveran como referencia de un estilo pero son pocos los escritores que han continuado con la tradición de absorber esa naturaleza verdaderamente inesperada y desconocida.

El casting de autores que escriben o han escrito Weird Fiction incluye a plumas expertas como las de George R.R. Martin, Franz Kafka, China Mieville, Clive Barker, Haruki Murakami, Neil Gaiman, Stephen King y Daphne Du Maurier.

El universo weird, que en inglés moderno significa extraño y en el antiguo hace referencia a una especie de futuro predeterminado, se aparta del romanticismo y la fantasía tradicional y ahonda en lo complejo combinando ambos elementos con el mundo real. Este tipo de ficción especulativa enfrenta al costumbrismo con escenarios incómodos e inconcebibles, dobla hacia caminos alternativos reconociendo que no todo tiene una explicación racional -científica o religiosa- y crea un sentido universal gracias a la incertidumbre que usualmente supone existir. Los monstruos y fantasmas de lo weird son las sombras de la rutina.

El estadounidense Howard Phillips Lovecraft fue uno de los primeros en materializar el término en su ensayo sobre El horror sobrenatural en la literatura, en donde escribe que en estas historias “debe haber un indicio, expresado con una seriedad y pretenciosidad que se convierta en su objetivo, de esa concepción más terrible del cerebro humano —una suspensión maligna y particular o la derrota de esas leyes establecidas por la Naturaleza- que son nuestra única salvaguardia contra los asaltos del caos y los demonios del espacio insondable”.

Literatura Weird: lo insólito e inexplicable en la ficción “extraña”
Historieta basada en el libro Los mitos de Cthulhu de H.P Lovecraft | Imagen vía: MediaFire

La muerte de Lovecraft junto a la segunda guerra mundial y la traducción de las obras de Franz Kafka al inglés fueron claves en el antes y el después del género.

En la década del 2000 el término se ha vuelto a popularizar en parte gracias a la cantidad de experimentos cinematográficos que sin poder definirse por completo mezclan lo sobrenatural con el horror, la fantasía, el relato gótico y la ciencia ficción. Y eso es precisamente lo que hace la Weird Fiction, más que una expresión es un sentimiento que apela a una atmósfera inexplicable donde las fuerzas externas y desconocidas intentan sonar familiares.

En el presente la Weird Fiction se ha reintegrado a la sociedad en el perfil de New Weird. Escritores como Murakami y China Mieville han retomado el tren que se averió luego de una temporada en la literatura del siglo XIX.

Pulp Magazines y el relato comercial

Por ser algo extravagante y bizarra la Weird Fiction ha sido asociada con un tipo de ficción de escaso valor y promocional que se usaba en la era de las revistas Pulp -publicaciones calificadas como “baratas” por el tipo de papel y encuadernación que utilizaban- dedicadas a la ficción en todos sus extremos, pero con la perspectiva del tiempo hoy muchas de estas lecturas son referentes artísticos y culturales.

Una de las publicaciones más reconocidas, Weird Tales, tiene un archivo de lápices envidiables como los de H.G Wells, Isaac Asimov, Lovecraft, Ray Bradbury, Clark Ashton Smith, Howard Wandrei y algunas mujeres -aunque no suficientes- como Mary Elizabeth Councilman y Francis Stevens.

La época de las revistas Pulp plantó la ciencia ficción y la fantasía en el imaginario colectivo y ubicó en el mapa a escritores como Arthur C. Clarke, Poul Anderson, C. L. Moore y Robert Heinlein. La crítica sobre su calidad artística choca con la evidencia que sugiere un limitado reconocimiento. Por otro lado, añade un valor histórico cuando se recuentan la cantidad de conflictos sociales y religiosos que transitó la humanidad a la par de sus publicaciones, incluyendo guerras mundiales, la creación de la bomba atómica, pandemias, genocidios y revoluciones.
Aunque la ficción es una forma de escapismo, para los autores también fue necesario algún tipo de veredicto personal en sus historias entre tantas convicciones e ideologías.

Literatura Weird: lo insólito e inexplicable en la ficción “extraña” 1
Diseño de videojuego inspirado en los mundos de la literatura New Weird | Imagen vía: TheKillScreen

Lo “New Weird”

Lo Weird se estancó pero no desapareció. Desde 1940 en adelante trabajos como los de Mervyn Peake o Daphne Du Maurier siguieron con la tradición gótica de lo Weird, popularizando la atmósfera ya establecida por Lovecraft y Poe.
Desde entonces algunas obras han florecido del letargo como la del francés Michel Bernanos The Other Side of the Mountain –El otro lado de la montaña- y The Beak Doctor del estadounidense Eric Basso con una narrativa más modernista pero no menos sugestiva.

Stephen King también pasó por aquí en los años 70 redefiniendo el género súper natural en la literatura americana de terror junto a Clive Barker con Books of Blood –Libro de sangre- escrito en los 80.

El New Weird definitivo llegó al siglo XXI con una generación que creció sumergida en la cultura de la ciencia ficción, utilizándose como una herramienta para referirse a las múltiples dimensiones de la realidad. Escritores como M. John Harrison, Steph Swainston, China Mieville, K.J. Bishop, Michael Cisco y Jeff VanderMeer –autor de una de las antologías más completas sobre el género de invención en la literatura- reiteran interrogantes formuladas por los pioneros de la ciencia ficción, fusionándolas con lo “extraño”.

Surrealismo transgresivo, ciencia, ficción histórica, sátira política y fantasía urbana se congregan en una proyección de ciudades y personas que se mueven en lo irracional y extraordinario. En la literatura weird hallarás desde plantas asesinas, montañas humanas y colores que caen del cielo hasta un París apocalíptico y un hotel con una dimensión desconocida escondida entre sus pasillos.

La idea es desprenderse del sentido común y el escepticismo, sumergirse en lo ilógico e inexplicable. Parece “extraño”, pero no lo es.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

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Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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Céline, ¿publicar la abyección?

Anna Maria Iglesia

“Sin duda contradictorios, arrebatados, ‘delirantes’ si se quiere, los panfletos de Céline (Mea Culpa, 1936; Bagatelles pour un massacre, 1937; L’Ecole des cadavres, 1938; Les beaux draps, 1941), a pesar de la estereotipia de los temas, prolongan la belleza salvaje de su estilo. Aislarlos del conjunto de su texto es una protección o una reivindicación de izquierda o de derecha, ideológica en todo caso, pero no un gesto analítico o literario”.

En la misma Francia que hoy pide, consiguiéndolo, que Gallimard no publique los panfletos antisemitas de Céline, la crítica Julia Kristeva sostenía en 1982, en su ensayo Poderes de la perversión (publicado en Argentina en 1988), la importancia literario-analítica de conocer los panfletos del autor de Viaje al fin de la noche: “Los panfletos otorgan el sustrato fantasmático sobre el cual se construye, por otro lado y en otro lado, la obra novelesca. Es así como, muy ‘honestamente’, aquel que firma no sólo sus novelas sino también sus panfletos con el nombre de su abuela, Céline, reencuentra, el nombre de su padre, su estado civil, Louis Destouches, para asumir la paternidad totalmente existencial, biográfica, de los panfletos”. En Bagatelas por una masacre, así como en sus otros textos panfletarios, especialmente en L’Ecole des cadavres, encontramos al Céline intelectual, es decir, no al novelista, no al escritor que hace del abyecto una poética, sino al ciudadano que, a través de la escritura, se sitúa y se compromete políticamente con el nacionalsocialismo.

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Portadas de los viejos panfletos de Céline. | Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Publicadas en 1937, las Bagatelas fueron promocionadas por su editor, el belga Robert Denoël, con las siguientes palabras: “El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Releídas ahora, es difícil encontrar comicidad en aquellas 379 páginas -algunas se pueden encontrar sin mucho problema en internet, tanto en francés como en inglés-, en aquel vómito de improperios que el escritor francés escribió en tan solo dos meses y que, como escribe el crítico argentino Mariano Dupont, puede definirse como un “furor demente antisemita, antimasónico, anticomunista, antitodo. Un viaje febril y espeluznante, intolerablemente cómico, al corazón de sus odios, de sus miedos, de sus fantasmagorías, de sus indigestas alucinaciones”.

“El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Robert Denoël.

Hace algunas semanas, la editorial Gallimard anunció la publicación en un solo volumen de Bagatelles pour un massacre, L’Ecole des cadavres y Les Beaux Draps; los textos irían acompañados por un aparato crítico firmado por Régis Tettamanzi, profesor de literatura francesa de la universidad de Rennes. El anuncio de dicha publicación provocó de inmediato mucho revuelo y varios colectivos vinculados a la lucha contra el racismo, el antisemitismo y contra la homofobia pidieron que se impidiera la publicación del libro, sosteniendo que los textos ahí reunidos hacían apología del racismo y de la homofobia. Razón, sin duda, tenían, sin embargo, asumiendo su carácter ideológicamente deplorable, ¿es adecuando prohibir su publicación? El escándalo suscitado fue tanto que Gallimard ha anunciado que cancela el proyecto de editar los panfletos de Céline a través de un comunicado en el que, sin embargo, se reafirma en su proyecto y en la relevancia histórica de los textos: “Los panfletos de Céline pertenecen a la historia del más infame antisemitismo francés, pero condenarlos a la censura impide esclarecer sus raíces y su impacto ideológico y fomenta una curiosidad malsana ahí donde tendríamos que ejercer nuestra facultad de juicio”, sin embargo, añade la editorial, “entiendo y comparto la emoción de los lectores”, pues es consciente que la edición de estos textos, “choca, hiere o inquieta por evidentes razones humanitarias y éticas”.

Céline nunca renegó de sus escritos y, en efecto, en una entrevista con Albert Zbinden, en 1956, no dudaba en afirmar: “no reniego nada de nada… no cambio para nada de opinión, tengo simplemente una pequeña duda, pero será necesario que me prueben que me equivoqué y no probar yo que tengo razón”. Sin embargo, era consciente de que, tras su condena in absentia, puesto que se había exiliado en Dinamarca, por colaboracionismo y ser amnistiado en 1951, gracias a la defensa pública de varios intelectuales, entre los cuales se encontraba Sartre, sus panfletos no podían volver a publicarse. Como le advirtió su mujer, Lucette Destouches, la primera lectora de los textos, él sería, tarde o temprano, víctima de sus propios escritos.

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Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Durante todos estos años, desde su muerte en 1961, su viuda, hoy centenaria, ha respetado la voluntad de su marido. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Como señala Marc Bassets en El País, la publicación de Los escombros de Lucien Rebatet, ante la cual Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, le hizo pensar que el contexto había cambiado, los años habían transcurrido y, por tanto, podía ser el momento de que las Bagatelas salieran a la luz. Lucette Destouches se equivocaba, Francia no está preparada para los escritos de quien fuera su marido, por mucho que éstos se acompañen de un aparato crítico.

La polémica suscitada recuerda mucho o demasiado a la que rodeó en Alemania la publicación de una edición crítica del Mein Kampf, libro que se agotó a los pocos días. Si bien es cierto que todavía hoy hay más de un detractor, la publicación del escrito de Hitler en una edición crítica supone una indagación en la raíces ideológicas, sociales y económicas del nazismo, supone el redescubrimiento de un documento esencial para estudiar un momento histórico central de la historia europea y un movimiento político, cuyas réplicas son más que notables. Leer el Mein Kampf no es fácil, como dice el comunicado de Gallimard, sus palabras chocan, hieren e inquietan, pero ¿es mejor acaso no conocerlas? ¿Es mejor  ignorar el relato que justificó la mayor barbarie de la humanidad, al menos, en lo referente al siglo XX?

“¿Cuál es el verdadero amigo del pueblo? El fascismo. ¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!” Escribe Céline en L’École des cadavres. ¿Son sus palabras apología del nazismo? Lo fueron, sin duda, y lo pueden seguir siendo si no se analizan críticamente, si no se contextualizan, si no sirven para relatar la historia intelectual de la Francia nazi, donde encontramos nombres como Pierre Drieu de la Rochelle o Charles Maurrás. Como hizo Kristeva en su ensayo 1982, los panfletos de Céline son útiles para elaborar un completo perfil crítico del escritor y, por entonces, intelectual francés, pero habría que añadir que también son útiles para conocer el germen del totalitarismo nacionalsocialista en Francia. “La República masónica desvergonzada, llamada francesa, completamente a merced de las sociedades secretas y de los bancos (Rotschild, Lazarre, Barush, etc.) entra en agonía. Gangrenadas a más no poder, se descompone por escándalos. Ya no son más que jirones purulentos de los que el judío y su perro francmasón arrancan a pesar de todo, cada día todavía, algunas nuevas golosinas, restos cadavéricos, se llaman, ¡jolgorio! Prosperan, se muestran jubilosos, exultan, deliran de carroñería”, prosigue Céline páginas después. ¿Pueden utilizarse como propaganda antisemita sus palabras? Sin duda, pero ¿acaso no es más fácil que se utilicen como tal mientras circulen por la red libremente que si se editan?

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Louis-Ferdinand Céline con sus perros. Foto vía The New York Review of Books.

Sin duda sus palabras hieren y hieren sobre todo porque nos recuerda aquello que sucedió hace poco más de setenta años. Negar la historia es todavía más peligroso que dulcificarla por no ser testigo de determinados testimonios. “Los judíos, híbridos afroasiáticos, un cuarto, seminegros y Cercano-orientales, fornicadores desenfrenados, no tienen nada que hacer en este país”, escribía Céline, pero sus palabras las suscribían muchos, demasiados, todos aquellos que convencidos desfilaron brazo en alto y fueron partícipes de la maquinaria nacionalsocialista. Y, todavía peor, sustituya “judío” y ponga “refugiado”, ¿cuántos hoy suscribirían esas mismas palabras? Muchos, demasiados, y esto es lo que da miedo, esto es lo que hiere: ver reflejado en esas palabras nuestro pasado, pero también parte de nuestro presente. El judío es, para Céline, el otro, aquel que se impone, que domina, es el usurpador que priva a Francia del bienestar: “Están todos camuflados, travestidos, son unos camaleones los judíos, cambian de nombre como de fronteras, se hacen llamar bretones, auverneses o corsos, otras veces son turandotes, durindainos o cassoules… cualquier cosa… que introduzca el cambio”.

En las palabras de Céline, desgraciadamente, resuenan demasiados ecos de los discursos populistas de la actual extrema derecha, basta cambiar el sujeto de la frase. Situar los textos del escritor francés junto a los programas electorales de partidos como el Frente Nacional sería un importante ejercicio para observar la pervivencia de ciertas ideas. No sé si, como dice el comunicado de Gallimard, la no publicación de dichos textos fomentará la curiosidad, pero de lo que no cabe duda es que hará posible su mal uso. El desprecio del judío, hacia el cual Céline dirige homófobos insultos, es el desprecio al otro, omitir textos en el que se leen frases completamente abyectas –“Los 15 millones de judíos encularán a los 500 millones de arios”- y completamente descriptivas de un tiempo histórico es, involuntariamente, una forma de negar esa misma historia. Se escribieron estos textos, se publicaron y se aplaudieron, fue así, aunque duela reconocerlo.

Publicar ahora estos textos de Céline no es homenajearlo, todo lo contrario, es retratarlo en su abyección ideológica, es condenarlo a través de sus propias palabras. Publicar los textos de Céline es retratar la Historia, sin matices, es obligarnos a mirar críticamente hacia ese pasado incómodo y, sobre todo, es enfrentarnos a un presente que comparte demasiadas similitudes con aquellos años ya pretéritos.

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Conecta el streaming: ¿Qué ver en los primeros meses del año?

Nerea Dolara

Foto: IMDB
IMDB

Las plataformas de streaming Netflix, Amazon Prime y HBO Go estrenaron y estrenarán nuevas series en los próximos meses. Comienza el año con nuevas obsesiones.

Es hora de nuevos propósitos, de pasar semanas escribiendo mal el año y de ver estrenos de series (cada año trae más tarea audiovisual). Aún no hablaremos de los estrenos de cadenas de televisión, en esta semana de enero de 2018 vamos a mirar qué nueva programación tenemos disponible en los servicios de streaming…y hay mucho y bueno.

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Anna Paquin en el episodio Real Life de Philip K. Dick’s Electric Dreams | Imagen: Amazon Prime

Philip K. Dick’s Electric Dreams (Amazon Prime Video-12 de enero)

Su nombre, para los que no son lectores de ciencia ficción, es conocido igualmente gracias a una muy libre adaptación de su novela ¿Sueñan los robots con ovejas eléctricas? que se convirtió en el mega clásico de culto Blade Runner. Ahora, Amazon se embarca en un proyecto que huele a competencia fuerte para Black Mirror. Electric Dreams adapta varias historias cortas del escritor y lo hace con un reparto indescriptible (si se ve el trailer no hay una escena en que no salga un actor/actriz conocido) y la voz del creador del exitoso remake de Battlestar Galactica y escritor de Star Trek, Ronald D. Moore. Ciencia ficción, altos valores de producción y grandes nombres… promete, mucho.

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Altered Carbon, basada en la novela homónima de Richard Morgan | Imagen: Netflix

Altered Carbon (Netflix-2 de febrero)

Y seguimos con la ciencia ficción. Esta serie es la mayor apuesta de Netflix en la primera mitad del año. Otra adaptación, en este caso de literatura cyberpunk, que se desarrolla en un futuro en que los seres humanos pueden almacenar sus recuerdos e implantarlos en nuevos cuerpos al morir. El protagonista es un ex soldado al que reviven para investigar el asesinato de un hombre rico.

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Esta defensora vuelve a su segunda temporada | Imagen: Netflix

Jessica Jones (Netflix-8 de marzo)

Es la mejor, alguno diría que la única buena, de las cuatro series dedicadas a The Defenders. La primera temporada enamoró a la crítica con su protagonista oscura y traumatizada, con su delicado y doloroso manejo del PTSD y la violación. Ahora habrá que ver qué más pasará con Jessica, que ya fue la mejor parte, sin duda, de la reunión de los cuatro héroes en 2017. Las expectativas son altas.

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Ed Harris interpreta al Hombre de negro en Westworld | Imagen: HBO

Westworld (HBO-TBD)

Se supone que la segunda temporada de este western, también de ciencia ficción, llegará en los primeros seis meses del año. Se sabe poco, salvo que (spoiler alert) los robots optaron por rebelarse y hubo una gran matanza en el “parque”. Se ha hablado de que tal vez las siguientes entregas cambiasen de espacio, ya en la serie se insinuó que Westworld no era el único parque. Habrá que esperar.

Y para los que no quieren esperar, ya se pueden ver algunos estrenos recientes en las plataformas de streaming que, de seguro, no tenías en mente.

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Reírse de sí mismo es lo que hace Jean Claude Van Damme en su propia serie | Imagen:

Jean Claude Van Johnson (Amazon Prime)

En diciembre se estrenó, muy silenciosamente, una excelente comedia con el legendario Jean Claude Van Damme. La estrella de acción interpreta a una versión de sí mismo que es también un agente secreto, alias Johnson. Van Damme explota su vena de comediante, que normalmente era olvidada tras sus músculos y patadas. Y el resultado merece la pena.

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Un título genial y sarcástico para la nueva serie de Netflix | Imagen: Netflix

The End of the F***ing World (Netflix)

Otra recién llegada y llena de humor negro. Es inglesa en origen y sus seis episodios llegaron a Netflix la primera semana de enero. La trama es esta: un adolescente que está convencido de ser un psicópata y está harto de matar animales conoce a una compañera de clase rebelde. Ambos deciden emprender un viaje juntos y él decide matarla. ¡Feliz año!

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McMafia: Drama y thriller, nos suena ya de algo, ¿verdad?| Imagen: Amazon Prime

McMafia (Amazon Prime)

Este drama de BBC se centra en la vida de Alex Goodman, un joven que ha intentado alejarse de la relación de su familia con la mafia rusa, pero que, tras una desgracia debe involucrarse en los sucios negocios de su parentesco (¿les suena conocido?). Alex se enfrenta a gángsters mexicanos, rusos,de los balcanes… todo para salvar a su familia.

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Grande Pessoa

José Antonio Montano

Foto: Creative Commons

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está…’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del ‘Canto a mí mismo’ –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e ‘impersonado’ –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en ‘pessoas’: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

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