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Los 7 destinos más solicitados en Semana Santa

Redacción TO

Foto: JON NAZCA
Reuters

La Semana Santa, que está a la vuelta de la esquina, supone, tras el verano, la segunda temporada más alta en cuanto a vacaciones se refiere. Sobre todo en España, donde aflora especialmente el turismo nacional. El abanico de opciones para los viajeros es muy amplio. Lo más típico es viajar a aquellos lugares donde se vive con mayor fervor la tradición religiosa, aunque no faltan las escapadas a los grandes destinos europeos o los viajes de sol y playa.

Si aún no has decidido adónde ir y quieres saber dónde va a estar todo el mundo (para unirte o, sin embargo, huir de las aglomeraciones), el buscador de viajes Trivago ha publicado un análisis sobre las tendencias para viajar en Semana Santa.

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Los destinos más buscados y la relación de precios de cada uno. | Gráficos: Trivago

El estudio se ha realizado teniendo en cuenta las búsquedas de los usuarios para alojarse en un hotel entre el 13 y el 17 de abril. Recopilamos los 7 destinos más solicitados:

1. Madrid

El estudio revela que la capital española es el destino preferido por los españoles para viajar durante Semana Santa. La estancia media de los usuarios del buscador es de 2,99 días, y el precio medio del alojamiento, 139 euros la noche. La ocupación con la que contará Madrid en los días álgidos de este periodo vacacional será del 90%.

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Aunque no sean muy conocidas, Madrid también cuenta con importantes procesiones. | Foto: Andrea Comas / Reuters

Los mayores atractivos que presenta la capital española en esta época son, aparte de los comunes, las procesiones que tienen lugar en la ciudad: el jueves santo, la del Divino Cautivo en el barrio Salamanca y el viernes santo en la Plaza Mayor y en la Plaza de la Villa, son las más destacables. Otro de los grandes atractivos viene de la mano de la gastronomía: las torrijas, producto típico de la Semana Santa madrileña.

2. Sevilla

Puede que la Semana Santa en Sevilla sea la más reconocida del mundo (o no, no queremos meternos en esos berenjenales). En el análisis de Trivago es, desde luego, el segundo destino más buscado. La estancia media es mayor que la madrileña: 3,02 días. El precio medio también sube: 224 euros la noche, y la ocupación será en torno al 92%.

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La Semana Santa sevillana se vive con fervor en cada rincón de la ciudad. | Foto: Marcelo del Pozo / Reuters

La capital andaluza es una de las localidades en las que se vive con más pasión la Semana Santa, y además el tiempo suele acompañar. Las cofradías y hermandades sevillanas sacan a las procesiones las imágenes de sus vírgenes y Jesucristo, y es realmente un momento mágico por el que casi la totalidad de los sevillanos está esperando. Pasos y procesiones se celebran de forma continuada durante toda la semana. Los más icónicos son los del barrio de Triana y el de la Macarena.

3. Barcelona

La capital catalana es otro gran clásico de las escapadas de Semana Santa. La estancia media, según Trivago, será de 3,21 días, el precio medio de 183 euros y la ocupación, de las más altas, rondará el 95%.

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La procesión de Hospitalet de Llobregat es de las más importantes en Cataluña. | Foto: Albert Gea / Reuters

Aunque en la Ciudad Condal no se viva con tanta devoción la Semana Santa, sí hay procesiones. Destacan algunas como la de Hospitalet de Llobregat o Badalona. Además, el viernes santo se celebra en la Catedral el Sermón de las Siete Palabras. Cabe destacar que en Cataluña, al contrario que en la mayoría de Comunidades Autónomas, el jueves santo no es festivo, y sí el lunes, día en el que se come la típica mona de Pascua.

4. Londres

La capital británica es perfecta para escaparse un par de días en este mes de abril, o al menos eso piensa gran parte de los usuarios de Trivago. Según explica la web en su estudio, Londres tendrá una estancia media de 3,75 días, un precio medio de 195 euros y un 87% de ocupación.

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La representación de la crucifixión de Cristo en Trafalgar Square. | Foto: Toby Melville / Reuters

La Semana Santa suele ser una buena época para visitar la capital británica, ya que para estas fechas el tiempo suele haber mejorado, los días son más largos y se puede disfrutar mucho de la ciudad. En Inglaterra, además, la Semana Santa se suele celebrar por todo lo alto, y los huevos de pascua y los juegos para niños son los principales protagonistas durante estas fechas en Londres. El acto religioso más destacado es el de la Pasión de Cristo representada en Trafalgar Square.

5. Benidorm

La localidad alicantina es otro gran clásico en esta temporada del año. La estancia media es de 3,39 días, el precio medio es bastante competitivo (137 euros), y la ocupación rozará un 91%.

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Muchos eligen las aguas de Benidorm para darse el primer baño del año. | Foto: Heino Kalis / Reuters

Benidorm es principalmente un destino de sol y playa, pero también cuenta con sus pasos y procesiones de Semana Santa. La más destacada es la Solemne Procesión del Silencio el jueves Santo. El domingo de Resurrección, por la mañana, se celebra ‘La Embajada’.

6. Granada

La ciudad andaluza ocupa el sexto lugar en el ranking de los destinos más buscados por los españoles. La estancia media será de 2,99 días, el precio medio de 152 euros, y la ocupación rondará el 91%.

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El paso del Cristo de los Gitanos congrega en Granada a miles de personas cada año. | Foto: Stringer / Reuters

Como en toda Andalucía, en Granada la Semana Santa cobra un sentido especial. Desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Resurrección, sus calles se llenan de procesiones, de imágenes y cortejos. El día más importante es el miércoles Santo, donde en las colinas del Sacromonte se puede observar el paso del Cristo de los Gitanos.

7. Lisboa

Cierra esta lista Lisboa, la capital lusa, que este año se ha colado entre los destinos favoritos de los españoles. La estancia media será de 3,23 días, el precio medio por noche de 145 euros, y la ocupación llegará hasta un nada desdeñable 97%.

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Lisboa, por su cercanía y sus precios asequibles, es uno de los destinos favoritos para los españoles. | Foto: Rafael Marchante / Reuters

La proximidad de Portugal y los precios asequibles hacen del país vecino de los españoles un destino obligado, y la capital no iba a ser menos. En Portugal la Semana Santa no se vive con el mismo fervor que en España, pero en Lisboa se celebran también algunos eventos religiosos, como el de la Catedral da Sé, o las misas de las iglesias del barrio de Alfama.

Continúa leyendo: El poder del perro, que no cesa

El poder del perro, que no cesa

Melchor Miralles

Es un poder que parece si no eterno, al menos infinito. Y desespera. E Indigna. Y no es una novela, aunque la que escribió Don Winslow lo pareciera, es la puta realidad de buena parte del territorio de Méjico. En las afueras de Tijuana han encontrado, por una confesión de unos detenidos, una fosa clandestina con cerca de 700 cadáveres. En esa zona operaba hace años Santiago Meza, “El pozolero”, acreditado y siniestro especialista en deshacer en ácido cadáveres por encargo de cualquiera, aunque su principal clientela eran los cárteles. Su apodo venía de cuando disolvía los cuerpos en ácido, creándose una sustancia espumosa y blanca semejante al pozole que cocinan con maíz.

Las cifras de la delincuencia organizada en Méjico son un escalofrío que no deja de impactarme por más que la rutina diaria para muchos lo haga normal. Cuando lo has vivido, cuando has sentido cerca el horror y el peligro de que te trinquen los cárteles, te niegas a aceptar que esto sea normal. El número de muertos cada año es insoportable, pero las cifras oficiales hablan además de más de 30.000 desaparecidos.

Es el poder del perro que no termina nunca, porque las raíces del problema están tan hundidas en el corazón del sistema, en la espina dorsal del Estado, tienen tanta capacidad de influencia en las instituciones, que resulta difícil pensar que vaya a tener solución algún día. Están acostumbrados a la muerte, la vida no vale nada, más de la mitad de la población nace condenada a morir la vida. Parece increíble que los seres humanos seamos capaces de admitir tanto horror. A muchos les pilla lejos y se la bufa. A las víctimas les destroza, pero no disponen de medios para acabar con el mal, y quienes pueden, no quieren, porque son ellos, el mal, el poder del perro que no cesa.

Continúa leyendo: Fenomenología de Levy

Fenomenología de Levy

Jesús Nieto Jurado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Andrea Levy mira a cámara. Se muerde los labios. Es nerviosa y le dirán que inexperta en esas lides del “hijoputismo” parlamentario. No se le pone el gesto caballuno de la Lola Cospedal cuando la llaman a comentar o desfacer el último entuerto de la CUP, no, sino una media sonrisa entre sefardita y catalana. Es resultona. Ha pasado del ensayo a la novela y habla sus verdades como si comiera chicle. Afuera todo un mundo se nos cae, pero ella lee lo que le recomiendan @lavozdelarra y Karina Sáinz. Levy le da Mediterráneo a la cosa pepera, y juventud al tuiter, y belleza a un oficio de notarios ociosos. Le brillan algunas pecas, cerca del óvalo facial, pecas que aparecen o desaparecen según sonría o le conteste a Ferreras o a su segunda del flequillo. Se muerde el labio cuando piensa España y piensa Cataluña, porque Levy, guapa nerviosa, es un poco la musa de la Constitución del 78 en la sardana que nos lleva al 1-0. De ideologías anda más bien pez, pero ella, tan moderna, es hija de esa disyuntiva catalana que va entre la Constitución o el caos. Dice el Gobierno que lo del 155 es improbable, que lo disfrazarán de noviembre (su Lorca) u octubre por no levantar sospechas. Entretanto, la Guardia Civil va a El Prat con caballerosidad y con la verdad última de lo único que funciona en España. Levy, musa de estos tiempos, lee algo de Murakami y le mete el rollo guay a un PP en Cataluña que ha oscilado entre Piqué y ese Loquillo/García Albiol que no sabemos por dónde puede salir. Pero Levy se muerde los labios, mueve nerviosa las manos por los librobares de Malasaña: y se piensa en Cataluña. Y sabemos que en Cataluña el PP son los padres. Y Levy puede molar. Ay.

Continúa leyendo: Justicia para los topónimos

Justicia para los topónimos

Víctor de la Serna

Foto: ELOY ALONSO
Reuters

Habrá que hacer algo contra la desigualdad en la vocal final. Asturias debe preocuparse por ello. En cualquier cartel indicador de las carreteras del Oriente podemos ver que los pueblos durante tiempo sojuzgados por la dictadura de la forastera y castellana ‘o’ final ya han sido liberados: Niembro y Barro ya son, orgullosamente, Niembru y Barru. Su asturianidad es incuestionable.

El problema es para las localidades con nombre terminado en ‘a’, cuya nacionalidad podría ser palentina. O montañesa. Así, en un mismo cruce podemos ver cuatro nombres: los susodichos Niembru y Barru, y también Posada y Bricia.

¡Cuánta injusticia! ¡Unos tanto y otras tan poco! Si tiene incluso un tufillo machista. Claro, me dirán, es que en bable (o asturianu, como prefieran llamarlo, que uno es poco ducho porque sus ancestros son de Cabuérniga, que es otro país) la terminación femenina es en a, como en español o en italiano, y nada tiene de particular.

Todo eso es cierto, sin duda, pero el agravio comparativo no nos parece resuelto. Habrá que consultar a los expertos académicos, a quienes saben de verdad. ¿No habría una forma de satisfacer las ansias autóctonas de los honrados vecinos de las poblaciones con ‘a’ final, de deshacer ambigüedades? Quizá una solución venga del plural. Sí, se podrían pluralizar esos nombres, y aprovechar así que el plural del femenino en tierra asturiana es -como saben todos los aficionados a las fabes-, en ‘es’. ¿Posades, Bricies, podrían quedar bien, y bien reivindicadas?

Perdonen la inanidad de estas líneas. Es que en el Norte está lloviendo mucho este verano, y se le empapa a uno el magín…

Continúa leyendo: Y pasó en Barcelona

Y pasó en Barcelona

Andrea Mármol

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Ha pasado. Ha sido Barcelona. Antes fueron París, Londres, Bruselas o Niza. También Nueva York. Y Jerusalén. Una suerte de hermanas mayores para los barceloneses, cuyas semblanzas con nuestra morada nos habían activado falsos anticuerpos frente a la más inexplicable sangre abrupta, la estampida inmediata o el socorro improvisado. Las imágenes de las antes golpeadas urbes, las haya o no pisado, obligan a uno a repetirse para sí que el terror es algo con lo que hay que acostumbrarse a vivir. Arrastrados todos a asumir que al odio menos sofisticado le basta nuestra mera existencia para convertir a los nuestros en víctimas.

Con la ola de atentados terroristas recorriendo aeropuertos, avenidas y salas de concierto, he especulado en infinidad de ocasiones -durante un paseo por el barrio Gótico, tomando un café en la Plaza Real, dejándome la voz en Sala B o caminando rumbo el Camp Nou- con las posibilidades de ser víctima del próximo ataque. Mortal o no, poco importa, porque la imaginación es caprichosa, rápida y no escatima en torturas. Uno intuye de manera difusa el momento del estallido, el tiroteo, -ahora cabe añadir una furgoneta- pero la angustia, incluso la angustia imaginada que busca amortiguar la real, siempre es nítida: uno imagina a su madre esperando una llamada o una última conexión, a sus amigos que se quedaron en el bar tratando de huir o a ese abuelo lento, afectado por el ataque, quedando atrás de la muchedumbre.

No andaba demasiado alejada del lugar de los hechos, pero el jueves, como tantos otros, hube de hacer llamadas. Alguna para tranquilizar de inmediato, otras para recibir esa misma anestesia. Lejos de lo especulado, unas llamadas tan esperadas por quien las ha de recibir entrañaban una sobriedad algo anómala. Mientras intentaba abrirme paso por Vía Laietana, sin saber todavía dónde ni cuándo habían perpetrado el atentado, cientos de personas a las que nos había sorprendido cerca -pero mucho más lejos que cerca- no compartíamos ya solo una calle: de pronto todos los desconocidos allí presentes éramos parte de un trazado espontáneo que llegaba hasta los familiares y amigos de cada uno, todos cómplices y, por esta sola vez, del mismo bando.

El gélido dato confirma lo inusitado de esa situación en el corazón de Barcelona. De los trece muertos ahora confirmados, dos son españoles -ambos granadinos-, un ejemplo que da cuenta de una de las muchas disparidades que se respiran a diario entre viandantes en la ciudad. Es así, claro, en todas las ciudades que han sido sacudidas para siempre por los bárbaros, cuya elección no es azarosa, y así con su golpe a Barcelona hacen añicos el espejismo de eternidad de cualquiera que pudiera dejarse envolver en esta urbe de “gentes de cien mil raleas”, que cantaba Serrat. ¿No es, acaso, el de barcelonés, uno de esos gentilicios nada estridentes?

Tampoco es casualidad lo que ha venido después. La respetada solemnidad en la conmemoración en una Plaza Cataluña que cerró el grito unánime y espontáneo ‘no tenim por’, así como los ayuntamientos de toda España unidos en respuesta a la barbarie han sido sólo la culminación de mensajes de apoyo que llegaban desde cualquier rincón del mundo. Todos encontraban sus más sinceras palabras para la ciudad y para el horror y la angustia que les produjo imaginarla con la sangrienta mácula del terror. Podría decirse que a Barcelona, en pocas horas, le fue devuelto en justa correspondencia todo el calor con que supo arropar en su día a cuantos pudieron siquiera asomarse por aquí por primera vez.

Como todos, yo me asomé un día también a la ciudad. Recuerdo el primer día que paseé de noche por el Gótico, las primeras escaleras mecánicas en el metro de Las Glorias. Cómo me enamoró el retrato que de ella hacía Zafón en los libros primeros, luego sustituidos por las narraciones de Martínez de Pisón en la estantería. Mis primeras veces de casi todo fueron en Barcelona, pero esta ciudad permite esas primeras veces para casi cualquiera: lo fue para que Picasso pintara a sus señoritas de Aviñón, para que Lorca se emocionara con el extrañísimo topónimo ‘Urquinaona’ o para que, mucho antes, en la obra magna en lengua castellana, alguien la introdujera tal que así: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto”.

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