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Los 7 volcanes más peligrosos del mundo

Redacción TO

Foto: Salvatore Allegra
AP Photo

Las listas sobre los volcanes más peligrosos del mundo se repiten en la red siguiendo constantes predecibles, como su tamaño. Sin embargo, a la hora de medir la peligrosidad debería tenerse en cuenta el factor humano, por lo que los volcanes más peligrosos pasarían a ser aquellos cuya actividad resulta más arriesgada para las personas.

En este sentido, una investigación de la revista Wired ha determinado cuáles son los volcanes más peligrosos de acuerdo con el historial de erupciones de cada uno, la cantidad de gente que vive cerca de ellos, la frecuencia y dedicación en controlar su actividad y el nivel de preparación de las ciudades que lo rodean para actuar en caso de emergencia.

Esto significa que existe un componente humano inapelable. Por este motivo, hay volcanes que aparecen en la mente de todos y que, sin embargo, no ocupan un lugar en esta lista. Es el caso del Popocatépetl, en México; el Yellowstone, en Estados Unidos; o el Merapi, en Indonesia.

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El Vesubio, cubierto de nieve y visto desde las ruinas de Pompeya. | Foto: Cesare Abbate/AP Photo

Vesubio, Italia

 Es sin duda uno de los volcanes más peligrosos. Esto se debe a sus constantes erupciones y a que la ciudad de Nápoles crece a sus pies. Es cierto que en Italia hay otros volcanes que encierran preocupaciones mayores, en gran medida a que lleva desde 1944 en calma. Pero su entrada en actividad pondría en riesgo directo a seis millones de personas, una circunstancia que debe ser considerada.

Caldera de Corbetti, en Etiopía

Se trata de uno de los volcanes más infravalorados de cuantos se conocen. La caldera de Corbetti se encuentra dentro de otra caldera muy antigua y que ha registrado la emisión de un alto nivel de escombros volcánicos. Los estudios que se han realizado sobre su capacidad son muy limitados. Sin embargo, tiene todas las condiciones para que una explosión acarreara consecuencias muy dramáticas. No acompaña su proximidad a la ciudad de Addis Abeba, la más poblada del país.

Grupo Volcánico Tatun, Taiwán

Como ocurre con el volcán etíope, es uno de los grandes desconocidos. Incluso para los habitantes de la zona. No obstante, el Grupo Tatun es uno de los volcanes con mayores posibilidades de entrar en erupción. Su proximidad a la capital, Taipei, pondría en aprietos a muchos ciudadanos, principalmente por las consecuencias de los flujos de lodo y la caída de cenizas.
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El volcán mexicano de Paricutín, en Michoacán, entró en acción en 1943. | Foto: AP Photo

Michoacán-Guanajuato, México

La cantidad de habitantes que ocupan esta región volcánica es, probablemente, el factor más importante de los que determinan su peligrosidad. Son casi seis millones de personas las que viven en un radio de distancia de cinco kilómetros. Las erupciones registradas no han sido las más aparatosas, pero su frecuencia y su potencial exponen a sus ciudadanos.

Ilopango, El Salvador

La caldera de Ilopango es una de las más importante de Centroamérica. Se ha registrado actividad en el último siglo y medio y existe constancia de que una erupción en el siglo V arrasó numerosas ciudades mayas. Teniendo en cuenta las dimensiones de este país, el potencial destructivo de una erupción es considerable.
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Emisiones en el monte Sakurajima, sobre la caldera de Aira, en 1995. | Foto: AP Photo/Kyodo News

Caldera de Aira, Japón

Las erupciones que proceden de esta caldera son menores pero constantes. No obstante, este dato no nos debe alejar de la realidad de un zona, donde destaca el volcán de Sakurijama, donde se han registrado erupciones de gran magnitud. En el radio de 100 kilómetros, además, viven cerca de tres millones de personas.

Campos Flégreos, Italia

En esta zona se podría producir la erupción más potente de la era moderna. Según el autor de la revista Wired, una explosión en el monte Yellowstone no sería anda en comparación con una en los Campos Flégreos. Además, se multiplica el riesgo al atender a un dato: en la zona en las que se extiende, habitan seis millones de personas. Se encuentra en Campania.

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Teoría del soberano

Gregorio Luri

Foto: Francisco Seco
AP Foto

“Es soberano”, decía Carl Schmitt, “quien te está afeitando con una navaja de afeitar”. Si no decía esto, decía algo parecido.

Cansado del “proceso”, quiero hablar de barberos, comenzando por el del rey Midas, que un día descubrió un secreto íntimo de su señor y como no podía contener su poder expansivo en su corazón, hizo una agujero en la tierra, lo susurró y allí lo dejó enterrado. Él no tuvo culpa de que crecieran en aquel lugar unas cañas indiscretas, que pregonaban lo que sabían, como las hojas de la prensa, cada vez que el viento las mecía.

Añoro aquellas barberías de antes que eran un santuario de la masculinidad desacomplejada: el humo del tabaco, la brocha de afeitar de tejón, la navaja, que se afilaba en piedra y se suavizaba en el asentador de cuero, la bacía (o celada de caballero andante), los calendarios con obviedades ilustradas, el after shave, “Floïd”, por supuesto, que distribuía en exclusiva para toda España el empresario catalán Joan B. Cendrós, uno de los fundadores de Òmnium Cultural y del Institud d’Estudis Catalans. La barbería era un lugar al que no se les ocurrió entrar a las mujeres hasta que un barbero holandés afincado en Mallorca, llamado Bob Van den Hoek, puso un letrero prohibiéndoles la entrada. Pero esta es otra historia.

El Floïd escocía. Mucho. En los primeros afeitados a hurtadillas, en los que te dejabas media cara en la cuchilla, resistir su ensañamiento en cada herida era la prueba de fuego de un ritual de paso. En el borde del lavabo un celtas elevaba su hilillo de humo como un sahumerio. “Smoke gets in your eyes”, claro.

¡Qué ambigua -¿verdad?- la añoranza del Floïd!

No sé si conocen ustedes la historia de aquel emperador chino al que todo se le torcía. Primero vinieron las sequías, a las que sucedió el hambre y las epidemias. En palacio se susurraba que en el pasado, en situaciones excepcionales se sacrificaba al emperador, porque sólo su sangre podía modificar el destino de su pueblo. Pero aquel emperador era demasiado débil. Comenzó a escasear el vino en su mesa y sus propias mujeres lo miraban con ojos de verdugo. Cuando se agotaron las despensas de palacio, ordenó a su barbero que un día, sin previo aviso, lo degollara. El barbero, asintió en silencio, empuñó la navaja y comenzó a afilarla como hacía cada mañana. El emperador, muy pálido, con la respiración entrecortada, cerró los ojos. Cuando sintió el frío contacto del filo en la papada, comenzó a sudar. Pero aquel día no ocurrió nada… ni el siguiente… Llegaron mensajeros con pésimas noticias sobre la situación en las fronteras. El emperador dormía intranquilo y se despertaba pensando en el barbero. Dos astrólogos se arrancaron los ojos. El filo de la navaja y su sudor eran cada vez más fríos. Los soldados desertaban en masa. Una noche el emperador se fue a dormir con la noticia de que algunas de sus concubinas se habían cortado las venas. Tuvo sueños extraños. Con los primeros rayos del alba, tomó la decisión definitiva. Mandó llamar al jefe de la guardia y le ordenó escuetamente: “¡Que ejecuten a mi barbero!”.

Este es el sueño del derrotado: ejecutar a la realidad, la soberana inapelable.

Escrito en Cataluña el 13 de diciembre del 2017, día de Santa Lucía, patrona de los ciegos.

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Las inversiones sostenibles no dejan de crecer y es gracias a los millennials

María Hernández

Foto: DAVID GRAY
Reuters

En los últimos años, la generación millennial se ha convertido en la esperanza de la sociedad para cambiar el mundo. Comprometidos con la protección del medioambiente y numerosos problemas sociales, los jóvenes de esta generación comienzan a adueñarse del mercado laboral y, poco a poco, van dejando su huella en un mundo que lucha contra la creciente destrucción del medio ambiente.

Su preocupación por problemas como la contaminación, la pobreza o la falta de derechos humanos en algunos lugares, así como por las prácticas empresariales responsables con la sociedad, en general, se está empezando a notar en el mundo de los negocios.

Un claro ejemplo es que las inversiones sostenibles son cada vez más populares en todo el mundo y en los últimos años han crecido a pasos agigantados. Las previsiones apuntan a que este aumento no va a parar.

El crecimiento de las inversiones sostenibles

La preocupación por no financiar a ninguna empresa que lleve a cabo prácticas polémicas o cuyos productos sean perjudiciales es común en casi todos los lugares del mundo. A medida que los jóvenes comienzan a incorporarse al mercado laboral, este interés se está dejando notar en todas las regiones del mundo.

En 2016, las inversiones sostenibles alcanzaron los 22,89 billones de dólares, según los últimos datos de la Global Sustainable Alliance. Esta cifra es bastante superior a la de 2014, cuando se situó en 18,28 billones de dólares, lo que supone un 25% de incremento en tan solo dos años.

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Los jóvenes están haciendo crecer las inversiones sostenibles. | Foto: Brian Snyder/ Reuters

Este dato es aún más impactante si nos remontamos al año 2012, pues entre esta fecha y el año 2014, las inversiones sostenibles crecieron un 61%.

A pesar de que este tipo de inversiones ha crecido prácticamente en todo el mundo, hay grandes desigualdades en las distintas regiones del planeta, mostrando que la sostenibilidad aún no ha logrado hacerse un hueco en las principales preocupaciones de los ciudadanos de algunos de los países más importantes para la economía mundial.

Por encima, destacan Australia y Nueva Zelanda, que son las que más huella están dejando en el negocio de las inversiones sostenibles. En dos años, el dinero invertido en estas causas ha crecido en un 247,5%.

Comparada con estos datos, Europa queda en evidencia, pues el aumento es bastante menos notable. En los dos últimos años, las inversiones sostenibles solo han crecido un 11,7%, dejando al viejo continente por detrás de Estados Unidos, Canadá y Asia, y demostrando que aún queda mucho por hacer en la sociedad europea en lo que a sostenibilidad se refiere.

¿En qué sectores se hacen estas inversiones?

Aunque la terminología puede resultar confusa, las inversiones sostenibles no tienen por qué estar relacionadas con invertir dinero de una manera directa en una causa relacionada con un problema social o medioambiental, sino que hay muchas maneras de hacer que estas inversiones sean responsables.

Existen diferentes categorías en las que se puede invertir para que la operación esté dentro de este tipo de transacciones. Así, las inversiones sostenibles se dividen en inversiones de impacto, negativas o de exclusión,  directas en causas sostenibles, en compañías best-in-class, screening basado en normas e inversiones basadas en la integración de ESG (causas ambientales, sociales y gobernanza corporativa).

Las más comunes son las inversiones negativas o de exclusión, es decir, aquellas que dejan fuera los planes, compañías o fondos implicados en actividades controvertidas o consideradas como inaceptables. Las armas, la energía nuclear, la pornografía o el tabaco son algunas de las actividades que los inversores evitan cuando realizan transacciones en esta categoría. De esta manera, aunque sin invertir en ninguna causa concreta, las inversiones se dirigen a empresas con buenas prácticas ambientales y cuyos productos son beneficiosos para la sociedad.

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La lucha contra los problemas ambientales, como la contaminación, también atraen numerosas inversiones. | Foto: Geert Vanden Wijngaert/ AP

Sin embargo, las que más han crecido son las inversiones de impacto, es decir, aquellas dirigidas a un problema social o ambiental concreto, hechas habitualmente en mercados privados. Muy relacionado con esto, también ha aumentado notablemente el dinero que se invierte en causas relacionadas directamente con la sostenibilidad, comprometidas con la protección del medioambiente. Los proyectos para reducir la contaminación, las energías renovables o las prácticas ecológicas son algunos ejemplos del destino de estas inversiones, que son un reflejo de las preocupaciones sociales.

La inversión sostenible en España

En España, el interés por la sostenibilidad también crece poco a poco, pero todavía quedan muchos esfuerzos por hacer para que las inversiones en este sector sean suficientes. “La mayor parte de la inversión ISR está canalizada a través del inversor institucional, siendo especialmente representativo en nuestro mercado”, explica el Foro de Inversión Sostenible de España en su último informe.

Esto supone que las personas particulares, los minoristas, no invierten su dinero en causas sostenibles y que las responsables del tímido crecimiento de este tipo de inversiones en España son las grandes instituciones o compañías.

Pero no toda la culpa recae sobre los inversores. El informe señala que existe una oferta escasa, aunque creciente, de productos de inversión sostenible en España. La solución parece llegar de la mano de las gestoras internacionales, que están poco a poco incorporando “su técnica y conocimiento y su catálogo de productos” debido al potencial que ven en el mercado español.

¿Qué hacer para aumentar estas inversiones?

En el caso de España, las causas sostenibles todavía no son el primer foco de atención de los inversores, pero las perspectivas de crecimiento son buenas y el aumento de las inversiones sostenibles y responsables demuestra que este interés va en aumento.

Para ayudar a impulsar este interés, las empresas juegan un papel muy importante, pues son ellas quienes pueden ofrecer una gran cantidad de productos en los que invertir de una manera responsable con la sociedad. Por tanto, aumentar la oferta de productos y proyectos sostenibles es el primer esfuerzo necesario para cumplir este objetivo.

Por parte de los ciudadanos, de los inversores, también hay maneras de en este tipo de causas sin necesidad de gastar una gran cantidad de dinero. El Foro de Inversión Sostenible destaca, entre ellas, la participación en campañas de crowdfunding, que tan populares se han vuelto en los últimos años, para financiar causas ambientales y sociales.

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Ekaitz Ortega: "La literatura es un refugio y un arma de rebelión"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective
“Mi madre murió cuando cumplí seis años. Guardo pocos recuerdos de ella, contados. En la mayoría la veo discutiendo con mi padre. No logro recordar los motivos que los llevaban a aquellos violentos enfrentamientos pero, conociendo lo que conocí a mi padre, estoy seguro de que era su culpa”.
–’Mañana cruzaremos el Ganges’, Ekaitz Ortega

***

Ekaitz Ortega tiene 34 años, nació en Bilbao y vive en Madrid, pero este es un hecho circunstancial: pasó varios años en Granada –“cinco o seis”– y asegura que no le teme al cambio, que quizá mañana viva en Cádiz, Gijón o el D.F. Ekaitz es escritor por vocación, si es que no es esta la única manera posible de serlo, y se gana la vida mientras tanto con otro tipo de empleos: en una empresa de marketing digital, corrigiendo y maquetando textos en editoriales, escribiendo como articulista freelance. “Hace seis o siete años, cuando me independicé y me planteé qué quería hacer con mi vida, supe que quería escribir, aun sabiendo que nunca iba a vivir de ello”, dice. “Escribo solo porque me resulta satisfactorio escribir. Desde hace unos años, siempre reservo tiempo para la escritura y lo disfruto. Bastante”.

“¿Y escribes con disciplina?”, le pregunto.

“Por épocas”, responde. “Hay épocas en que la vida se impone. Pero la sensación de estar pensando continuamente en una historia sí que es algo que me ha acompañado siempre”.

Ekaitz explica que escribe una o dos horas al día, y que tampoco se imagina encerrado en una habitación y aporreando el teclado durante 12 horas. “Yo creo que no sería feliz así”, admite. “Con el tiempo he asumido una idea más modesta. Le dedico mis horas, hago lo que me gusta y tengo una vida aparte. Es una afición-trabajo. Si estás encerrado contigo mismo en una historia durante 12 horas, es difícil que no acabes odiándote”.

Entonces cuenta que conoce a mucha gente que se exprime así durante años y que fracasa, sin excepción: “Los casos de éxito en España son cinco. Se tienen que conjurar muchas cosas, es muy complicado. El esfuerzo solamente no te lleva a vivir de esto“. Pero ese fracaso es más romántico en el arte, le digo, medio en broma, defendiendo que vale la pena intentarlo. “Yo lo veo de una forma muy modesta”, responde. “Sé lo que va a haber, y lo asumo. Es una resignación. La imagen del cine de El gran Gatsby, con su mansión, no va a ocurrir en España, donde el mundo cultural está masacrado. De hecho, mi ambición con esta novela era escribirla y sentir la satisfacción de publicarla”.

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Portada de ‘Mañana cruzaremos el Ganges’, de Ekaitz Ortega. | Foto: Ediciones El Transbordador

Ekaitz empezó a escribir con 17 años, pero los libros siempre le acompañaron: de pequeño le leían cuentos y de adolescente convivió con los cómics, un paso previo a nuevas ficciones. Ekaitz puede decir, más de 15 años después, que ha escrito decenas de relatos, que algunos de ellos se han publicado, y que –ahora sí– una de sus novelas sale al mercado. Se llama Mañana cruzaremos el Ganges y la edita El Transbordador, una joven editorial de ciencia ficción con sede en Málaga.

La novela describe un paisaje distópico con la historia vehicular de Eva Warren, una periodista asfixiada por un matrimonio que se descompone, una hermana alcohólica y una Europa autoritaria. Le dedicó más de dos años a escribirla, corregirla, volverla a escribir y volverla a corregir, y por momentos tuvo que contenerse para no dejarse vencer por la frustración. “Llegó un momento, cuando llevaba un tercio de la novela, que dejé de escribir. Me di cuenta de que me hacía falta un par de meses de reflexión sobre cómo quería llevar la historia hasta el final. No tenía prisa por terminarla. Hay afortunados que pueden escribir El jugador en un mes, pero yo no soy así”, dice, entre risas y recordando a Fiodor Dostoyevski, que tuvo que escribir esta obra en tan breve tiempo para pagar una deuda contraída como jugador de apuestas.

“Me costó tanto escribirla, sobre todo, por el tema de la voz”, dice, regresando a la complejidad de crear la conciencia de un personaje femenino. “Me preocupaba mucho escribir el personaje de una mujer, y de hacerlo desde un punto de vista mucho más reflexivo del que puedo actuar yo a diario. Escribí 20 ó 30 páginas y se las enseñé a un grupo de personas para que me diesen su opinión. Entre ellas incluí a un par de mujeres de entre 50 y 60 años para que me dijesen si aquellos pensamientos seguían una lógica o no, si resultaba creíble. Me dieron una serie de matices y, a partir de ahí, seguí avanzando”.

“La literatura me ayuda a entender el mundo”

La novela ya está publicada, y Ekaitz confiesa que es un alivio: durante meses la llevó de una editorial a otra, y por rechazos y desacuerdos con editores no llegaba el momento de enviarla a imprenta. Aquello no le impidió seguir intentándolo. “Cuando acabé la novela, me di cuenta de que debía ser la de mi debut”, cuenta, relajado. “No desistí a seguir moviéndola durante un tiempo, hasta encontrar un sitio donde me entendiera el editor y tuviera un feedback para sacar lo mejor posible. No he vuelto a escribir nada de esta extensión porque estaba muy obsesionado con publicarla. Yo veía una calidad que no encontraba en mis trabajos anteriores. Creo en la novela. Creo firmemente en haber logrado lo que intentaba“.

Lo que está en manos de los lectores, decíamos, es una distopía clásica, donde la crítica asoma en cada página. “No entiendo una novela contemporánea en España sin un factor analítico sobre la sociedad, y creo que la falta de posicionamiento político es, en sí, un posicionamiento político“, dice, afirmando con la cabeza. “El componente político influye bastante en esta novela. Me interesa porque junta tres perspectivas interesantes. Una es el factor denuncia, que es inherente al género distópico. Las otras son el factor introspectivo y -como lector de Bertolt Brecht- la visión del arte no como reflejo, sino como martillo para deformar la realidad. La política está muy metida en la historia. Por eso la protagonista es periodista. Me parece que vive entre dos mundos, entre el ciudadano y el poder, y me parecía interesante cómo manejarla en esa dicotomía de a quién obedecer. La literatura es un refugio y un arma de rebelión. Salta cualquier educación reglada. La literatura me ayuda a entender el mundo”.

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El Mediterráneo que les engulle

Melchor Miralles

Foto: Santiago Ferrero
Reuters/File

Rescatados más de 100.00 inmigrantes en el mediterráneo en un solo día. Otro titular. Ocupa escaparate un rato y nos olvidamos. Pero ellos no se olvidan. Nos ocupamos solo delos que rescatan el Ejército español (sí, el Ejército español) y las ONG, los voluntarios. Pero cada día se ahogan decenas. El Mediterráneo es un gran cementerio de sueños, de niños, mujeres y hombres que se embarcaron en manos de mafias sin alma rumbo a una vida que era mentira, que era la muerte, y antes les sacaron el dinero que no tenían.

Sucede como con los atentados. Nos altera e indigna cuando nos toca, y no queremos saber que cada día sucede en otras latitudes, y mueren musulmanes y cristianos, pero no sucede en Madrid, Barcelona o París. Es en África, en lugares a los que solo vamos de turismo exótico, y no nos afecta.

El Mediterráneo, que cada día nos alegra la vista cuando estamos a su lado disfrutando de sus olas, de su olor, de su magia, es una gran trampa para centenares de miles de seres humanos que creen que al otro lado les espera el edén, sin saber que les espera solo el final de su vida aunque no hayan vivido, porque desde que nacen mueren la vida, no la disfrutan. El mar que les engulle, en vez de acurrucarles y bañarles como a nosotros.

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