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Los beneficios de la pitaya

Cecilia de la Serna

…que la han convertido en la fruta de moda

La pitaya, también conocida como fruta del dragón, es originaria de México y de varios países de Sudamérica. Sus impactantes colores y extraño aspecto llaman la atención a primera vista. Los colores que generalmente la pintan son el rojo oscuro, el rosa y el amarillo. Se trata de una fruta exótica hasta hace poco tiempo desconocida y de unos meses a esta parte se ha puesto de moda. La pitaya es, de hecho, un cactus que sólo florece en la noche y que crece típicamente en ambientes tropicales o subtropicales secos, aunque ya en el sur de España se está plantando con éxito. Existen dos variedades comestibles de diferente tamaño y color, la amarilla y la roja, las dos procedentes de plantas de las Cactáceas. La fruta del dragón está en boga y estos son los beneficios que hacen de ella un fruto que levanta pasiones.

Detalle de las semillas negras de la pitaya (Foto: Alex Pierre / Flickr bajo Licencia Creative Commons)
Detalle de las semillas negras de la pitaya (Foto: Alex Pierre / Flickr bajo Licencia Creative Commons)

Alto contenido en vitaminas y minerales

Son muchas las vitaminas que forman parte del aporte nutricional de la pitaya. Por un lado, tiene altas cantidades de vitamina C y antioxidantes, lo que permite protegernos de muchas enfermedades y mantener la salud. De hecho, esta fruta es una de las que mayor variedad de antioxidantes tiene, lo cual la hace más interesante que otras que pudieran tener características parecidas. Los antioxidantes ayudan a destruir los radicales libres en el cuerpo, que son moléculas que pueden causar cáncer y problemas cardiovasculares, entre otros problemas sanitarios. La pitaya también contiene otros antioxidantes como betalainas, fenoles, ácido gálico y betacianinas, que previenen el daño a la piel y otros órganos causados ​​por estos radicales libres.

Por otro lado, contiene vitamina A en forma de caroteno, que ayuda a fortalecer la memoria. Solamente un pedazo de esta fruta contiene aproximadamente 0,012 gramos de esta vitamina, manteniendo nuestra mente en forma.

Como aquí no veo un mango me como una #Pithaya o #dragonfruit mientras camino de nuevo por el #chinatown 😂

Una foto publicada por Rafa Alvarado Event Group 🇻🇪 (@rafaalvarado) el

 

Una incomparable fuente de fibra

Uno de los puntos fuertes de la pitaya es su altísimo contenido en fibra. La fibra es fundamental en nuestra alimentación para mantener un sistema digestivo saludable, pero no siempre consumirla puede ser plato de buen gusto. La pitaya es, sin duda, una alternativa deliciosa para consumirla. La cáscara es la parte del fruto que más fibra contiene, por lo que la diferencia entre tomarla al natural o seca varía la fibra que se consume.  

La pitaya ayuda a derribar el mito de las frutas y la diabetes

La fruta perfecta para combatir la diabetes

La fruta del dragón es ideal para aquellas personas que padecen de diabetes, ya que reduce de manera natural los niveles de glucosa en sangre. De esta forma, la pitaya ayuda a derribar el mito de las frutas y la diabetes. Asimismo, varios estudios clínicos en ratas han logrado demostrar que el consumo regular de la fruta del dragón ayuda en diversas complicaciones relacionadas con la diabetes, como el estrés oxidativo y la rigidez aórtica. Incluso en problemas de hipertensión es beneficiosa, ya que reduce la presión arterial y evita enfermedades del corazón.    

Una fruta que adelgaza

Las propiedades de la pitaya permiten aumentar el metabolismo para bajar de peso -siempre que venga acompañada de una dieta saludable y ejercicio físico, claro. Además, sacia fácilmente, haciendo que consumamos menos productos engordantes. Contiene también grasas saludables en sus semillas negras -similares a las que podemos ver en el kiwi- que aportan grasas monoinsaturadas saludables y ácidos grasos omega 3.  

Zumo de pitaya (Foto: Indi Samarajiva / Flickr bajo Licencia Creative Commons)
Zumo de pitaya. (Foto: Indi Samarajiva / Flickr bajo Licencia Creative Commons)

La fruta del dragón es, además, muy versátil en cuanto a formas de consumirla: puede comerse sola, hacer zumos a partir de su pulpa, combinarla en ensaladas y hasta se puede incluir en las pizzas.    

La variedad amarilla está disponible en muchos mercados españoles de enero a marzo y desde junio hasta septiembre. La variedad roja está disponible tan sólo en verano. Se recomienda conservarla en un lugar fresco y no meterla en la nevera a menos que la vayamos a tomar fresca en poco tiempo. La pitaya es, en definitiva, un seguro de vida que hasta ahora era bastante desconocida por el gran público. ¡Corre al mercado y descúbrela!     

Caracol, caracol. #funnyfood #happyfood #sunday #happysunday #decirtequiero #caracol #pitaya #pithaya #dragonfruit #fruit #fruta #happyfruit Una foto publicada por Dulce Castañeda (@dulcecasan) el

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Ser un príncipe ‘moderno’ en Arabia Saudita

Redacción TO

Foto: Saudi Press Agency
Reuters

El pasado 4 de noviembre más de 200 personas fueron detenidas en Arabia Saudita sin acusaciones formales ni procedimientos jurídicos. Entre ellas, príncipes, ministros e importantes hombres de negocios cayeron en una operación anticorrupción lanzada por una comisión presidida por el príncipe heredero, Mohamed bin Salmán, que ha tomado ciertas medidas para introducir cambios inéditos en el país como llevarlo de una economía dependiente del petróleo a una diversificada.

Al joven de 32 años no le titubeó la mano. Entre los nombres de los arrestados destacan el de uno de los inversores más poderosos del mundo: el príncipe Alwalid Bin Talal, quien tiene intereses en compañías como Citigroup, 21st Century Fox y Twitter, y el del príncipe Mutaib bin Abdalá, el hijo favorito del difunto rey Abdalá.  Poco antes de las detenciones, Mutaib bin Abdalá había sido retirado de su puesto como jefe de la Guardia Nacional.

Según apuntan medios locales, con esta acción el príncipe heredero y principal asesor del rey Salmán, logró poner bajo su control a los tres servicios de seguridad del país: el Ejército, los servicios de seguridad interna y la Guardia Nacional. Por décadas estos poderes se habían distribuido entre las ramas del clan de la casa de Saúd para mantener un equilibrio de poder.

Con la ‘purga’, Bin Salmán supuestamente intenta combatir uno de los principales problemas que sufre el país: la corrupción. Sin embargo, esta acción ha preocupado a observadores internacionales y a los propios ciudadanos que la han considerado como una “apuesta muy arriesgada”. Incluso algunos lo acusan de buscar “desestabilizar la región” y de pretender deshacerse de personas que no apoyan sus reformas e ideas.

En cambio, otros como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le han dado su apoyo. Un día después de la operación, Trump escribió en su Twitter: “Tengo mucha confianza en el rey Salmán y en el príncipe heredero que saben perfectamente lo que están haciendo”. “¡Algunos de los que son tratados duramente han exprimido a su país durante años!”, añadió.

Quebrantamiento de la línea de sucesión 

En junio de este año, el rey Salmán bin Abdulaziz designó a su hijo “preferido” Mohamed bin Salmán como príncipe heredero, relevando en el cargo y en la línea sucesoria a su sobrino y príncipe Mohamed bin Nayef, según un decreto real. Con esta medida, el rey quebró por primera vez la línea de descendencia aunque contó con el apoyo de 31 de los 34 miembros del Consejo de Lealtad, órgano creado en 2006 por el entonces monarca Abdullah Bin Abdulaziz al Saud para dirimir sobre cuestiones sucesoriales.

En aquel decreto, el rey también ordenó enmendar el segundo párrafo del régimen del Consejo de Lealtad, en el que se determina que el Gobierno debe ser ejercido por los hijos del fundador del reino, Abdelaziz bin Abdelrahman al Faisal al Saud, y agregó que pueden dirigir el país sus nietos.

Mohamed bin Salmán podría convertirse en una de las figuras más poderosas del mundo árabe. The New York Times destaca que, hasta el momento, ha bloqueado a la vecina Catar, ha acusado a Irán de actos de guerra y ha alentado la renuncia del primer ministro libanés. Y en Yemen, sus fuerzas armadas están luchando en el conflicto religioso de esa nación contra una facción de hutíes alineados con Irán. 

Al ser el principal asesor del rey, se dice que ha movido los hilos de sus drásticas decisiones, como la transformación de algunos ministerios, entre ellos el de Economía, y la destitución de algunos líderes de la vieja guardia. Como ejemplo, en mayo del año pasado, Alí al Naimi, que estuvo por dos década a la cabeza del Ministerio de Petróleo, fue relevado por el presidente de la petrolera estatal Aramco, Jalid al Falih, un estrecho aliado del príncipe.

¿Mayores posibilidades para las mujeres?

Mohamed bin Salmán antes de ser designado como heredero al trono,  ya contaba con el puesto de ministro de Defensa. Es el hombre más joven del mundo en ejercer ese cargo. Aunque pertenece a una de las corrientes musulmanas más conservadoras, el wahabismo, Bin Salmán ha elogiado un “islam moderado” en el que las mujeres tendrán mayores derechos.

De acuerdo a una medida que ya ha sido aprobada, las saudíes podrán conducir a partir de junio de 2018 en el único país en el mundo que todavía mantiene la prohibición. Otro de los cambios ‘aperturistas’ fue anunciado en octubre, cuando el Gobierno dijo que autorizará a las mujeres a asistir a estadios deportivos. De momento, el próximo año podrán ir a tres recintos pero solo junto a sus maridos.

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Arabia Saudita es el único país que aún prohibe a las mujeres conducir| Foto: Faisal Al Nasser / Reuters

¿Una ‘Visión 2030’?

En el programa de Gobierno del príncipe Bin Salamán presentado en abril de 2016, llamado ‘Visión 2030’, se menciona explícitamente la intención de “empoderar a las mujeres y hacer efectivo su potencial” con el objetivo de elevar su participación en la fuerza de trabajo y la productividad nacional.

Para el monarca esto se traduce en aumentar la participación femenina en el mercado laboral de 22% a 30%, como lo recoge el documento. Esta cifra forma parte de los índices que el Foro Económico Mundial ha usado para situar a Arabia Saudí en el puesto 138 de 145 países respecto a las oportunidades y participación económica de las mujeres, a pesar de que el 60% de los estudiantes que se gradúan de carreras universitarias son chicas, según la OECD.

A pesar de las promesas, Human Rights Watch ha denunciado que no ha sido concretada la orden real de abril de este año en la que se autorizó suavizar la tutoría del hombre a la que están sometidas las saudíes. En el reino del Golfo ellas todavía deben contar con la autorización de un tutor hombre, que generalmente es su padre, esposo o hermano, para poder viajar, estudiar, sacarse el pasaporte, contraer matrimonio o incluso salir de la cárcel tras haber cumplido alguna condena. De modo, que hasta que las cosas no cambien en la práctica, las ofertas del príncipe serán palabras al viento.

Transformaciones económicas

Otro de los principales giros que busca el príncipe y que también está plasmado en ‘Visión 2030’ es convertir a Arabia Saudita en una economía diversa, no dependiente del petróleo, como lo ha sido hasta ahora. Para ello pretende privatizar la petrolera Aramco.  “En Arabia Saudita hemos desarrollado una adicción al petróleo”, expresó Salmán en una entrevista con la televisora estatal Al Arabiya. Por su parte,  la BBC señala que lograr que el país se sobreponga a esa dependencia no será fácil ya que obtiene más de 70% de sus ingresos por la venta de crudo. Además, entre otro de sus objetivos económicos, está aumentar la aportación del sector privado al PIB a un 65% en 2030 (actualmente es de 40%).

Más novedades

El llamado ‘príncipe detrás del trono’ ha anunciado la restricción de facultades de la policía religiosa llamada ‘Comité de la propagación de la virtud y prevención del vicio’, cuerpo de encargado de aplicar la estricta versión saudí de la sharia. Además de las anteriores, otra muestra de ‘modernidad’ que llamó la atención de los medios fue cuando Mohamed visitó al fundador de Facebook, Marck Zuckerberg, con vaqueros en vez de su túnica blanca, y su reciente encuentro con el co-fundador de Microsoft, Bill Gates.

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El príncipe se reunió recientemente con el co-fundador de Microsoft, Bill Gates. | FOTO: Reuters Handout

Estas reuniones con los ‘reyes de la tecnología’ posiblemente forman parte de sus planes de modernizar la nación. El más ambicioso hasta el momento es el de construir una nueva metrópolis que se extenderá por tres países y costará 500.000 millones de dólares. El proyecto, llamado NEOM, fue anunciado en una conferencia de inversiones. 

De modo que ser un príncipe moderno en Arabia Saudita está lleno de matices. El joven abogado deberá enfrentar a algunos clérigos que no concuerdan con sus ideas ‘vanguardistas’, a una élite empresarial acostumbrada a subsidios estatales y tendrá que crear planes más concretos para la materialización de sus objetivos. Además, sus decisiones en cuanto a mejorar los derechos de la mujer aún están muy lejos de parámetros dispuestos por las organizaciones defensoras.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso" 1
Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

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Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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El más viejo fantasma

Pablo Mediavilla

Foto: Jean-Marc Bouju
AP

Diría que es un sueño, si no estuviera seguro de haberlo vivido. Eran dos o tres mansiones blancas en lo alto de una colina de tierra roja. No tenían puertas, ventanas o muebles; eran carcasas de otro tiempo habitadas por familias enteras; la lumbre al pie de la escalinata y las miradas desconfiadas -quizás solo cansadas- hacia los recién llegados. Los niños, que no tienen miedo, se acercaron, y rieron a carcajadas con la crema solar que les aclaraba las mejillas. Estábamos en una antigua hacienda belga en la región de Bunia, al noreste de la República Democrática del Congo, y los descendientes de los esclavos ocupaban las residencias de los amos.

Cada brazo amputado, cada castigo bíblico que los belgas infligieron a los congoleños para que sacaran más caucho y maderas y oro, engrosó la fortuna del rey Leopoldo II y de Bélgica. Con ella pagó la construcción de la estación de tren de Amberes, una de las más fastuosas del mundo, en la que, como describe W.G. Sebald en su novela Austerlitz: “resultaba apropiado que en los lugares elevados, desde los que, en el Panteón romano, los dioses miraban a los visitantes, en la estación de Amberes se mostraran, en orden jerárquico, las divinidades del s. XIX: la Minería, la Industria, el Transporte, el Comercio y el Capital”. Es una historia vieja y, como todas, ilumina el presente.

Llegan ahora imágenes de ventas de esclavos en Libia. Se sabía ya, pero la CNN ha conseguido las primeras imágenes, grabadas con un teléfono móvil, vehículo del horror contemporáneo. Son jóvenes negros, fuertes, aterrados, y, como antaño, sus cualidades tienen precio. Dice el periodista que el negocio se solventa en minutos. En París, otros jóvenes negros se manifestaron contra la ignominia, y futbolistas negros, como Kondogbia, del Valencia, o Pogba, del Manchester United, han expresado su indignación por el asunto. Desde que Italia -la Italia sobrepasada y abandonada por el resto de Europa en el rescate de refugiados en el mar- paga a los señores de la guerra libios para frenar los envíos a sus costas, el tráfico se ha reducido en un 85%. Los tratantes han virado el negocio, sin más.

La esclavitud no desapareció, solo dejó de practicarse a la luz del día. Es probable que, por cuestiones demográficas, haya más esclavos ahora que en el siglo XIX. Está presente en todos los continentes, en los burdeles de nuestras nacionales y en los campos de cultivo de medio mundo; en los talleres de costura y en las fábricas que, por no saber, no sabemos ni que existen. En la soltura de la transacción libia está la costumbre de lo que nunca se ha abandonado. La imagen digital nos devuelve la incredulidad y el terror ante el más viejo fantasma. Querríamos olvidarlo, devolverlo a la oscuridad, pero una vez visto, ya no es posible.

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Los vencedores siempre pagan mejor

Jordi Bernal

Foto: YouTube
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Se cumplen 75 años de Casablanca. No es objetivamente la mejor película de la historia del cine, y sin embargo es puro cine. En Casablanca, más precisamente en el humeante bar de Rick, se hacina una manera de hacer cine, de verlo, destriparlo y sobre todo vivirlo. Una mitología anclada en el siglo XX y convertida irremediablemente en nostalgia cinéfila. Aunque algunas líneas de guión todavía refuljan como navajas ansiosas, su invocación solo sirve ya como un guiño cansado o como material con que se forjan ocurrentes tuits.

El film nació con una voluntad manufacturera. Un producto más en la cadena de montaje de la gran fábrica de sueños que fue Hollywood antes de la avalancha de tipos disfrazados de fantoches que vuelan y mareantes videojuegos para adultos infantilizados. Fue pura carambola y azar. Es bien sabido que el libreto se escribió a salto de mata, en orgía de guionistas e improvisando diálogos en el set, que Bogart daba por perdido su pasaje a la fama, que el director de fotografía Arthur Edeson bordeó el ataque de nervios intentando primeros planos de Bergman sin sombras en su peculiar nariz, que el realizador Michael Curtiz naufragó en su intento de imponer control al caos o que los capitostes de la Warner se planearon en varias ocasiones cargarse el proyecto.

Pero tal vez la improvisación y la urgencia sean dos de las condiciones más admirables en esta obra inmarcesible. Pues detrás de una acartonada historia de amor a manera de triángulo melodramático y zurcido con lapidarias sentencias de corazón latiendo a cañonazos, palpamos el transcurrir vertiginoso de su tiempo. El cínico Rick encarna esa América que no tuvo más remedio que mojarse frente a la propagación del horror. Pese a que finja que su nacionalidad es el alcohol y su única bandera un dólar ondeante, el sentimental toma al fin partido por esa Europa amada y perdida (Ilsa) con su mítica y mitificada resistencia (Victor Laszlo). Como compañero de fatigas, el turbio y fascinante capitán Louis Renault, quien mandará al infame gobierno de Vichy a la basura de la historia.

Esa es a mí entender la más emocionante cualidad de Casablanca: convertir un estridente melodrama en un talentoso aldabonazo propagandístico requerido por las circunstancias. Mientras Leni Riefenstahl ofrecía al III Reich un imaginario colosal de fuerza mecánica y masa enardecida, en defensa de los aliados sonaba La Marsellesa empañando ojos y sacudiendo conciencias en un tugurio clandestino de África.

Frente a estadios erizados de antorchas, trapos sangrientos y cánticos oscuros, un enclenque buscavidas neoyorquino prefigura la ética y la estética del héroe existencialista. Luchador contra la anexión de Austria y del lado de los perdedores en la Guerra Civil española. ‘Pagaban bien’, le dice al respecto Rick al capitán Renault. A lo que este último responde inapelable: ‘Los vencedores pagaban mejor’.
Así es. La enseñanza de Rick también supone la aceptación cargada de hombros de que los vencedores siempre pagan mejor.

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