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Los beneficios de la pitaya

Cecilia de la Serna

…que la han convertido en la fruta de moda

La pitaya, también conocida como fruta del dragón, es originaria de México y de varios países de Sudamérica. Sus impactantes colores y extraño aspecto llaman la atención a primera vista. Los colores que generalmente la pintan son el rojo oscuro, el rosa y el amarillo. Se trata de una fruta exótica hasta hace poco tiempo desconocida y de unos meses a esta parte se ha puesto de moda. La pitaya es, de hecho, un cactus que sólo florece en la noche y que crece típicamente en ambientes tropicales o subtropicales secos, aunque ya en el sur de España se está plantando con éxito. Existen dos variedades comestibles de diferente tamaño y color, la amarilla y la roja, las dos procedentes de plantas de las Cactáceas. La fruta del dragón está en boga y estos son los beneficios que hacen de ella un fruto que levanta pasiones.

Detalle de las semillas negras de la pitaya (Foto: Alex Pierre / Flickr bajo Licencia Creative Commons)
Detalle de las semillas negras de la pitaya (Foto: Alex Pierre / Flickr bajo Licencia Creative Commons)

Alto contenido en vitaminas y minerales

Son muchas las vitaminas que forman parte del aporte nutricional de la pitaya. Por un lado, tiene altas cantidades de vitamina C y antioxidantes, lo que permite protegernos de muchas enfermedades y mantener la salud. De hecho, esta fruta es una de las que mayor variedad de antioxidantes tiene, lo cual la hace más interesante que otras que pudieran tener características parecidas. Los antioxidantes ayudan a destruir los radicales libres en el cuerpo, que son moléculas que pueden causar cáncer y problemas cardiovasculares, entre otros problemas sanitarios. La pitaya también contiene otros antioxidantes como betalainas, fenoles, ácido gálico y betacianinas, que previenen el daño a la piel y otros órganos causados ​​por estos radicales libres.

Por otro lado, contiene vitamina A en forma de caroteno, que ayuda a fortalecer la memoria. Solamente un pedazo de esta fruta contiene aproximadamente 0,012 gramos de esta vitamina, manteniendo nuestra mente en forma.

Como aquí no veo un mango me como una #Pithaya o #dragonfruit mientras camino de nuevo por el #chinatown 😂

Una foto publicada por Rafa Alvarado Event Group 🇻🇪 (@rafaalvarado) el

 

Una incomparable fuente de fibra

Uno de los puntos fuertes de la pitaya es su altísimo contenido en fibra. La fibra es fundamental en nuestra alimentación para mantener un sistema digestivo saludable, pero no siempre consumirla puede ser plato de buen gusto. La pitaya es, sin duda, una alternativa deliciosa para consumirla. La cáscara es la parte del fruto que más fibra contiene, por lo que la diferencia entre tomarla al natural o seca varía la fibra que se consume.  

La pitaya ayuda a derribar el mito de las frutas y la diabetes

La fruta perfecta para combatir la diabetes

La fruta del dragón es ideal para aquellas personas que padecen de diabetes, ya que reduce de manera natural los niveles de glucosa en sangre. De esta forma, la pitaya ayuda a derribar el mito de las frutas y la diabetes. Asimismo, varios estudios clínicos en ratas han logrado demostrar que el consumo regular de la fruta del dragón ayuda en diversas complicaciones relacionadas con la diabetes, como el estrés oxidativo y la rigidez aórtica. Incluso en problemas de hipertensión es beneficiosa, ya que reduce la presión arterial y evita enfermedades del corazón.    

Una fruta que adelgaza

Las propiedades de la pitaya permiten aumentar el metabolismo para bajar de peso -siempre que venga acompañada de una dieta saludable y ejercicio físico, claro. Además, sacia fácilmente, haciendo que consumamos menos productos engordantes. Contiene también grasas saludables en sus semillas negras -similares a las que podemos ver en el kiwi- que aportan grasas monoinsaturadas saludables y ácidos grasos omega 3.  

Zumo de pitaya (Foto: Indi Samarajiva / Flickr bajo Licencia Creative Commons)
Zumo de pitaya. (Foto: Indi Samarajiva / Flickr bajo Licencia Creative Commons)

La fruta del dragón es, además, muy versátil en cuanto a formas de consumirla: puede comerse sola, hacer zumos a partir de su pulpa, combinarla en ensaladas y hasta se puede incluir en las pizzas.    

La variedad amarilla está disponible en muchos mercados españoles de enero a marzo y desde junio hasta septiembre. La variedad roja está disponible tan sólo en verano. Se recomienda conservarla en un lugar fresco y no meterla en la nevera a menos que la vayamos a tomar fresca en poco tiempo. La pitaya es, en definitiva, un seguro de vida que hasta ahora era bastante desconocida por el gran público. ¡Corre al mercado y descúbrela!     

Caracol, caracol. #funnyfood #happyfood #sunday #happysunday #decirtequiero #caracol #pitaya #pithaya #dragonfruit #fruit #fruta #happyfruit Una foto publicada por Dulce Castañeda (@dulcecasan) el

Las 7 mejores cabeceras de serie de la historia

Redacción TO

Foto: Adam Arkapaw
HBO

Aunque puede que muchas personas pasen por alto estas cabeceras, consumidos por la impaciencia, hambrientos de más episodios, algunas de ellas son obras maestras en sí mismas. La mayor parte de la selección corresponde a series de la última década, salvo por una honrosa excepción. Y aunque otras grandes cabeceras han quedado fuera, esta es sin duda una muestra representativa de la deslumbrante creatividad de las series televisivas norteamericanas, con las productoras Netflix y HBO a la cabeza.

A continuación, la lista:

True Detective (Temporada 1):

La serie de un macabro crimen por resolver es absorbente desde los títulos de crédito. Esta superposición de capas con vistas a escenas de vicio y paisajes de Lousiana sugiere un clima oscuro que luego se reafirma en este guión extraordinario de Nic Pizzolatto. La melodía de Far from any road, de The Handsome Family, hace el resto.

Stranger Things:

Los sintetizadores del opening consiguen ponernos los pelos de punta. Las aventuras de estos niños de Hawking, que habitan el pueblo remoto de Hawkins (y, según parece, otros territorios más hostiles), cohabitan a la perfección con la música de Survive, pero también con canciones que trasladan a otra época: Jefferson Airplane, The Clash, Echo & Bunnymen, Joy Division…

BoJack Horseman:

Esta no será probablemente una elección justa; se trata de la única serie de animación de la lista. Pero BoJack Horseman tiene un espíritu que la hace especial, con esa nostalgia de actor deprimido y venido a menos que se recluye en el alcohol y las drogas y las fiestas salvajes en una mansión que preside una colina de Hollywoo (así, sin la D). La música es obra de Patrick Carney. Ajá, el batería de los Black Keys.

Los Soprano:

El recorrido de Tony Soprano, puro en mano, hasta las calles de Nueva Jersey, bordeando la grandilocuente Nueva York, como diciendo ‘Estas son mis calles, aquí mando yo’. Una serie que marcó a una época y a una generación y que imprime su esencia en esta cabecera, donde resulta imposible no reconocer la canción Woke up this morning, de Alabama 3.

“…and mama always said
you’d be the chosen one”.

Mad Men:

Apenas supera el medio minuto y parece revelar un final anticipado, con Don Draper, el protagonista, descendiendo a los infiernos o, simplemente, lanzándose por la ventana. En cualquier caso, es una de las cabeceras más evocadoras que se haya visto y la canción A beautiful mine, de RJD2, acompaña en la travesía.

Vinyl:

El polvo del vinilo y la cocaína y los escenarios locos del rock and roll de los setenta visitados desde las entrañas en esta serie que no llegó muy lejos a pesar de tanta creatividad desbordante. Mick Jagger, Martin Scorsese, Terence Winter y Rich Cohe apostaron bien fuerte por ella, pero no fue suficiente. La canción Sugar Daddy, de Sturgill Simpson, es la dignísima antesala de lo que está por venir.

Breaking Bad:

Si algo puede decirse de esta cabecera es que va al grano, sin florituras. Es ingeniosa y creativa, un viaje breve por la tabla periódica que reúne la vida y muerte de esta serie que ha convertido la Química (y la metanfetamina) en temas casi ordinarios. La música, aunque simple, se instala en tu cabeza y no te abandona y, tras el episodio final, se convierte en algo más que una sintonía. La compuso, por cierto, Dave Porter.

Ojos en el corazón

Lea Vélez

Foto: DENIS BALIBOUSE
Reuters

Año 2004. Viajábamos de Inglaterra a Madrid en coche, sin paradas. El viaje había sido incómodo, largo, cansado. Dejábamos Francia atrás. En cuando cruzamos la frontera de Irún y cogimos esa cuesta de pura curva y contra curva a 120 por hora, vimos los primeros coches quemados. Los restos de un horrible accidente. Cien metros más abajo, un camión volcado en la cuneta. Un kilómetro después, dos coches con los hierros entrelazados en un abrazo mortal, cristales rotos, esqueletos oxidados, restos de coches volcados, frenazos frescos sobre el asfalto, vehículos empujados de cualquier forma hacia el arcén. Durante las siguientes cuatro horas de viaje hasta Madrid, mi marido y yo nos encontramos con cada accidente, tragedia, despiste, con cada sueño agotado en los arcenes de aquel verano. Eran los restos de la guerra.
Alucinados ante aquel paisaje apocalíptico buscábamos explicación. ¿Hubo lluvias torrenciales? ¿Bancos densos de niebla? ¿Un loco al volante? Al fin, adivinamos la causa. No era cosa del clima, ni de que hubiera habido más despistes de la cuenta, ni más borrachos o chiflados o atentados terroristas. Es que existen las guerras constantes e invisibles. Esas que se barren cada día porque da miedo mirar. Las guerras que nadie sabe que existen hasta que el tipo al que le toca siempre barrer, recoger, ordenar y esconder los restos de todo lo malo, se planta. En el verano de 2004 hubo una huelga de conductores de grúa. Comenzó en el País Vasco y se extendió al resto de España. Nadie retiró los coches siniestrados durante más de un mes y en ese mes, las carreteras se llenaron de fantasmas. Aquel viaje me marcó para siempre, y el corazón, ese que si no ve no siente, aprendió a mirar lo que no está.
A veces hago ese ejercicio mental con otras cosas terribles, como el cáncer. Imagino todos los cuerpos graves, enfermos, asustados, los muertos que causa la enfermedad. Pienso en lo que no se ve y le doy la imagen metafórica de aquel cementerio de coches del verano del 2004.

Susana Díaz: vivir es decidir

David Martínez

Foto: GERARD JULIEN
AFP PHOTO
“Se vive durante 20 años; luego, se sobrevive”, escuché defender una vez a Felipe González. Las preocupaciones de la vida adulta, la toma de conciencia sobre los aspectos más dolientes de la existencia -“envejecer, morir es el único argumento de la obra”, enseñó Gil de Biedma- nos estrechan el camino y lo condicionan todo una vez doblada la esquina de la madurez. Es entonces cuando acaba el prólogo alegre de la infancia y primera juventud para dar paso a lo serio: concatenar golpes, decepcionar, ser decepcionado y embarcarse en el frenesí imparable de la toma de decisiones, que no otra cosa es vivir. Casi siempre, por cierto, dejando con cada una de ellas un notable parte de daños colaterales. Esto es lo sustancial y por eso la psicología nos dice que la felicidad se manifiesta por momentos, nunca como un estado duradero; Cervantes escribió que esta se halla en el camino y no en la posada; o el catolicismo justifica el “valle de lágrimas” con el argumento de que precede a la vida eterna. Y también por eso nos esforzamos en buscar evasiones que nos distraigan de lo mollar, así sea circunstancialmente -excusas para no pensar-.

Decidir, decidir y decidir. No paramos de tomar una alternativa u otra en el laberinto de la vida, sabiendo además que el final será el mismo en cualquier caso, dotando así de una trascendencia a nuestros movimientos que por supuesto no tienen. (¿O sí la tienen?) Esta columna iba a versar sobre la decisión política más importante en la carrera de Susana Díaz, que es la de lanzarse a una batalla que en el mejor de los casos le otorgará el mando de un partido roto y reducido a la mitad de lo que era hace pocos años, con la seguridad de que perderá las próximas elecciones generales. Porque ni ella ni nadie puede remontar 14 puntos en menos de un ciclo electoral.

Iba a ir de eso, pero qué pequeña se queda la contienda política patria cuando se amplia el foco para conseguir una panorámica más completa. Díaz ha tomado una decisión que marcará toda su trayectoria y también -al menos durante un tiempo- la del PSOE y la de la política nacional, pero ninguna decisión de ninguna otra persona te afectará tanto como la menor de las que tomes tú mismo hoy. Será difícil, quizá, probablemente dañes a alguien, y después de ella tampoco te librarás del acoso de la memoria, pertinaz en esa misión de recordarnos que nos estamos muriendo, como supo ver Michi Panero. O que vamos sobreviviendo, que diría el más optimista González. Sí, vivir es decidir y autoengañarse, pero todo vale la pena cuando la elección de turno te lleva a empezar de nuevo. Porque Pavese tenía razón: La mayor alegría del mundo es comenzar.

Sí, habrá un robot al volante

José Carlos Rodríguez

Foto: HANDOUT
Reuters

Un conductor toma la decisión de saltarse un ‘ceda el paso’, y el Volvo que intentaba cambiar el sentido choca contra él. La noticia no habría aparecido siquiera en la prensa local si el segundo vehículo hubiese estado conducido. Pero es uno de esos drones sobre ruedas que constituyen la promesa de un mejor transporte; un coche que se gobierna de forma autónoma, sin conductor. Como la tecnología no está madura, circulan con un piloto que, llegado el momento, retoma el control. En esta ocasión, la precaución no ha sido suficiente.

El coche forma parte de la flota de coches autónomos de Uber en la ciudad de Tempe, Arizona. La compañía ha suspendido su programa de pruebas con coches autopilotados, como primera providencia. Pero volverá a retomarlo. Uber ve un futuro de coches que funcionan sin horario, y en los que todos los ingresos van para la compañía.

En nuestra ciudad habrá decenas, centenares de coches fantasma, que reaccionarán como autómatas a un par de toques en la pantalla de nuestro teléfono móvil. Alquilaremos el uso de los coches para la ciudad. Nos recogerán, y por un módico precio nos dejarán donde queramos. Más adelante, sólo habrá vehículos autónomos, que se comunicarán entre ellos. Los atascos serán menos frecuentes. Y no habrá multas, porque los vehículos no se saltarán el código. Los ayuntamientos, como venganza, nos prohibirán conducir por el centro de las ciudades. Leeremos camino del trabajo, si es que entonces todavía se estila esta milenaria costumbre. Los metros de las ciudades se cerrarán y se convertirán en museos o centros de ocio.

Es un futuro que casi podemos tocar con la punta de los dedos, pero que aún se nos hace lejano. Es normal que la transición cause accidentes. En la I Guerra Mundial, el índice de mortalidad de los aviones, en sus primeros vuelos, era de más del 70 por ciento a los tres meses. Los pasos que vamos a dar a esta nueva forma de transporte no van a ser tan traumáticos.

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