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Los Emmys dan (por fin) a la comunidad LGTB el reconocimiento que merece

Redacción TO

Foto: Black Mirror
Black Mirror

Los actores de la comunidad LGTBI han tenido que esperar un tiempo para estar en el verdadero foco de los premios Emmy, pero por fin ha llegado ese momento. La actriz y coguionista de la serie de Netflix Master of None, Lena Waithe, se convirtió en la primera mujer negra en ganar un premio Emmy al mejor guión de comedia. Pero no solo eso. Waithe interpreta a una mujer lesbiana que trata de explicar su sexualidad a su familia. Una situación inspirada en la vida real y personal de la actriz. Fue uno de los momentos más emotivos de la gala.

 “A mi familia LGBTQIA” (lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, queer, intersexuales y asexuales). Os veo a todos y a cada uno de vosotros. Lo que nos hace diferentes es nuestro súperpoder. Cada día, cuando salís por la puerta y os ponéis vuestra capa imaginaria, salís fuera y conquistáis el mundo. Porque el mundo no sería tan hermoso si no estuviéramos en él. Y para todos los que estáis ahí y mostrasteis tanto amor por este episodio, gracias por acoger a un pequeño chico indio de Carolina del Sur y una chica negra queer del sur de Chicago. Os lo agradecemos más de lo que jamás sabréis. Gracias a la Academia por esto. Os queremos a todos. Que Dios os bendiga”.

El capítulo de Black Mirror, San Junipero, fue otra de las victorias de la comunidad en los Emmy. El episodio escrito por Charlie Brooker para Netflix que cuenta la historia de amor interracial entre dos mujeres se llevo el premio a mejor película para televisión. “San Junipero es una historia sobre el amor y sobre cómo el amor puede vencer al odio”, dijo Brooker al público de estos premios.

Pero aun quedan batallas por luchar. En 2014, Laverne Cox, de la serie de Netflix Orange is the New Black, fue la primer artista abiertamente transgénero en ser nominada a un Emmy, pero no lo ganó. El año pasado, el actor Jeffrey Tambor, se llevó uno de estos galardones por su papel de una mujer transgénero en Transparent. En su discurso de agradecimiento tuvo una clara petición hacia Hollywood: “Dad al talento transgénero una oportunidad. Dadles audiciones, dadles a ellos sus historias. Estaría muy feliz si yo fuera el último hombre cisgénero en desempeñar el papel de una mujer transgénero”.

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La palabra 'queer', del insulto a la bandera

Cecilia de la Serna

Foto: Adnan Abidi
Reuters

Marica, sarasa, bollera, tortillera, bujarra, trucha… un sinfín de términos que se utilizaban de manera despectiva -y hoy aún algunos los siguen utilizando- y que más tarde fueron adoptados por el propio colectivo LGTBIQ. Esta es una forma ya clásica de romper con los insultos y la homofobia transformando palabras despectivas e hirientes en banderas propias del movimiento. Ahora muchos hispanohablantes se preguntan por la ‘Q’ de la LGTBIQ, que se refiere al término anglosajón queer.

Queer es fundamentalmente raro o excéntrico. Al menos ese es su significado original que, con el tiempo, ha ido mutando hasta convertirse en el término que hoy manejamos. Aunque no se conoce con seguridad el origen exacto de la palabra, no se empezó a utilizar para referirse despectivamente a una persona homosexual hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX. El escritor escocés Walter Scott describió en 1826 en su novela Woodstock a un personaje cuyo aspecto era “what is vulgarly called queer” (“lo que vulgarmente se llama raro”), refiriéndose a un hombre con aspecto femenino. Otra referencia del uso de este término se remonta a 1894, cuando un noble escocés llamado John Douglas, que no estaba demasiado contento al descubrir que su hijo tenía una relación íntima con el escritor Oscar Wilde, llamó a hombres como Wilde “snob queers” y el escritor fue finalmente procesado por sodomía.

La palabra ’queer’, del insulto a la bandera 1
Una mujer porta una pancarta que reza “queer, musulmana y orgullosa” en el desfile del Orgullo Gay en Toronto, Canadá. | Foto: Mark Blinch / Reuters

En el ensayo Queer: historia de una palabra, la filósofa española Paul B. Preciado señala que “desde su aparición en el siglo XVIII en lengua inglesa, queer servía para referirse al tramposo, al ladrón, al borracho y a la oveja negra, pero también a todo aquel que no pudiera ser inmediatamente reconocido como hombre o mujer”. Era, en definitiva, una manera de calificar despectivamente a los hombres afeminados y a las mujeres masculinas. Asimismo servía para referirse a las personas trans.

Desde aquella época, en la que la forma de describir a un hombre homosexual nunca era positiva, hasta los años 90, queer fue un insulto más de tantos hacia este colectivo. No obstante, en la última década del siglo XX algo cambió. De hecho lo hizo un poco antes, como bien apunta Paul B. Preciado en su libro. Fueron los 80, con la crisis del sida, los que propiciaron que “un conjunto de microgrupos decidiera apropiarse de la injuria queer para hacer de ella un lugar de acción política”, afirma Preciado.

La teoría queer cuestiona lo que se encasilla en una categoría

A partir de los 90, lo queer se fue expandiendo hasta convertirse en una teoría. Esta corriente representa a las sexualidades que traspasan las fronteras de lo aceptado socialmente: la vida heterosexual, mo­nógama y entre personas de la misma edad y clase social, entre otros condicionantes. Todo lo que está fuera de la norma social es lo que engloba la teoría queer. Así, una pareja heterosexual e interracial, por ejemplo, podría considerarse queer.

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La teoría queer rechaza lo socialmente establecido. | Foto: Andrew Kelly / Reuters

Además, grosso modo, aparte de retar la heterosexualidad “obligatoria” (también llamada “heteronormatividad”), la teoría queer rechaza clasificar a las personas por su orientación sexual o identidad de género. Teniendo en cuenta que la teoría queer cuestiona lo que se encasilla en una categoría, para muchos resulta contradictorio hablar de personas LGTBIQ. Ser queer, al final, es estar en contra de definiciones, vivir en una fluidez constante y cuestionar siempre lo socialmente establecido, incluidas las etiquetas “lesbiana”, “gay”, “bisexual”, “trans” e “intersexual”.

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'Terapia de conversión': una de las formas más crudas de homofobia

Verónica F. Reguillo

Foto: Dmitry Lovetsky
AP Foto

João y Bruno estaban a punto de mudarse a su nueva casa en un barrio de Curitiba, en Brasil, cuando se encontraron con un mensaje por parte de algunos de los que iban a ser sus nuevos vecinos. Hace alrededor de un mes, un panfleto con la fotografía de la pareja fue distribuido por todo el vecindario.

“Pronto la calle será más ‘alegre’. Todos los días por la mañana o al final de la tarde tendrás una visión que influirá al vecindario. A ti, a tus hijos, a tus nietos, a tus amigos”, dice el texto. “Si así están en público, imagínate lo que hacen cuando están solos, o con amigos cercanos, o con personas próximas a ti”.

Este panfleto fue el que la pareja encontró alrededor de todo el vecindario. | Imagen: O Tempo (medio de comunicación en Brasil)
Este panfleto fue el que la pareja encontró alrededor de todo el vecindario. | Imagen: O Tempo (medio de comunicación en Brasil)

Hace una semana este caso de homofobia saltó a todos los medios brasileños y se hizo viral en las redes. La pareja fue a la policía para denunciar la situación. “Lo que he aprendido de esta lección es que el que fue el peor día de mi vida se transformó en el mejor, cuando la gente muestra que nos preocupamos unos por otros”, ha afirmado a los medios João, tras recibir infinitas muestras de apoyo en las redes y en el propio vecindario.

La pareja se ha encontrado también con miles de muestras de apoyo. | Imagen: Facebook de João
La pareja se ha encontrado también con miles de muestras de apoyo. | Imagen: Facebook de João

Es solo uno de los muchos casos de discriminación que se dan día tras día contra parejas del mismo sexo. Por tanto, sí, la homofobia existe y todavía hay 72 países donde se penaliza el amor y ocho en los que se aplica la pena de muerte a las personas homosexuales, según el informe que acaba de hacer público la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (ILGA).

Cada 17 de mayo se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia conmemorando el aniversario de la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A pesar de no ser considerada como una enfermedad, las llamadas ‘terapias de curación’ siguen siendo legales en la mayor parte del mundo: solo tres países (Brasil, Ecuador y Malta) prohiben por ley este tipo de tratamientos. “La ley maltesa establece un estándar altísimo sobre cómo legislar este tipo de prácticas que son pseudoterapias”, afirma Lucas Ramón Mendos, uno de los coautores del informe sobre ‘Homofobia de Estado’ publicado por ILGA. “No solamente prohíbe las ‘terapias de conversión’ por parte de profesionales, sino que prohíbe también aquellas que son administradas por quienes no tienen un título profesional, como grupos religiosos, por ejemplo. Y las prohíbe para niños, pero también para adultos”, nos cuenta. Generalmente, este tipo de terapias solo se suelen prohibir en el caso de menores.

“Estas terapias se siguen dando en muchos países, incluido España”

Sin embargo, en España no hay legislación a nivel nacional, aunque sí hay comunidades autónomas como Madrid, Cataluña o Extremadura con leyes que ilegalizan dichos ‘tratamientos’. “Desde luego es una gran laguna en la legislación la falta de regulación en este sentido. Por un lado se reconoce y se protege la libre expresión de la identidad sexual, pero se sigue permitiendo que se apliquen tratamientos ineficaces, fraudulentos y generadores de un gran sufrimiento en la población sobre la que se aplican”, afirma Rosa María Redondo, vicesecretaria del Consejo General de la Psicología de España.

Rosa María Redondo asegura que desde el Consejo “consideran inadmisibles que los y las profesionales de la salud mental indiquen, insten o hagan creer a sus usuarios que es posible modificar su orientación sexual y puedan llegar a convertirse en heterosexuales mediante algún tipo de intervención terapéutica”, y añade en The Objective que “las llamadas ‘terapias de conversión’ no tienen ningún apoyo científico, mas bien al contrario”.

'Terapia de conversión': una de las formas más crudas de homofobia
Mapa incluido en el informe ‘Homofobia de Estado 2017’ de la ILGA. | Imagen: ILGA
s servicios se ofrecen ahora desde una sede en Toledo para que no se puedan denunciar. Es por esto por lo que necesitamos una ley estatal que prohíba en todas las comunidades autónomas este tipo de fraude que hace realmente un gran daño”.

Métodos basados en la repetición, “en darse con una gomita cada vez que tienes un pensamiento con una persona, para ellos, equivocada” y unas ciertas fórmulas psicológicas que lo “que hacen es un gran daño a la larga a las personas porque nadie va a dejar nunca de ser homosexual o ser heterosexual con una terapia de curación o algo por el estilo”, afirma Rubén López.

Solo hay tres países que prohíben las 'terapias de curación'. | Foto: FELGTB
Solo hay tres países que prohíben las terapias de ‘curación’. | Foto: FELGTB

Este tipo de terapias se aplican, generalmente, a personas que padecen una homofobia interiorizada y que se ven forzadas por su entorno a buscar “soluciones milagrosas, soluciones del todo ineficaces que propician la aparición de trastornos de ansiedad, depresión e incluso pueden abocar al suicidio”, asegura la psicóloga Rosa María Redondo.

El activista por los derechos de las personas homosexuales, Lucas Ramón Mendos, conoce muy de cerca estos ‘tratamientos antigais’. Hace 10 años, cuando tenía 23, contó a su núcleo familiar que era homosexual. El siguiente paso fue visitar a un psicólogo que le dijo que su caso era “reversible” y que se podía “curar”. “Uno en esos momentos cae en dudas y se cuestiona sobre eso que le están preguntado. Hay muchas personas que esta situación que yo viví a los 23 años, la viven a los 12, 15, 18 años y son momentos en la vida en las que se tienen menos herramientas”. Mendos hace hincapié también en que es muy difícil “poder identificar quiénes son aquellas personas que en la privacidad de su consulta ofrecen este tipo de ‘terapias'”.

Pero este activista no solamente visitó a un psicólogo, sino que tuvo una reunión con un sacerdote debido a la gran tradición católica de su familia: “Usó un lenguaje sumamente confuso que ponía en un manto de crítica, de misterio y obviamente de reprobación muy fuerte hacia mi orientación sexual. Si yo hubiera estado, como sí lo estuve durante mi adolescencia, más involucrado con la labor pastoral y la iglesia, hubiera caído en las redes de estos argumentos sumamente falaces. La única suerte que tuve es que esto a mí me ocurrió en un momento de la vida en el que tenía algún elemento de juicio crítico”.

Las 'terapias de curación' y la lucha contra la homofobia
En Rusia, muchas personas se manifiestan por el derecho de las personas homosexuales. | Foto: Dmitry Lovetsky / AP Photo

Cuando hablamos del informe de ILGA con Lucas Ramón Mendos, este nos cuenta e incide en que aún queda mucho por hacer en la lucha contra la homofobia. Uno de los grandes desafíos ante el que nos encontramos, dice, es lograr más sensibilización e implementar más políticas educativas para erradicar estereotipos. Mendos analiza la situación de Rusia, donde no hay una ley que penalice la homosexualidad pero sí “existe una ley que prohíbe la promoción de valores que atentan contra lo que ellos consideran como el cuidado de los niños, y que se conoce como ley de Propaganda”, afirma el abogado, quien añade además que “es una de las que más daño está provocando porque restringe la libertad de expresión, afecta a que se pueda debatir y a que se puedan impartir políticas educativas”.

Dicha sensibilización y educación ayudaría, incide Lucas Ramón Mendos, a evitar escenas tan dramáticas como la construcción, en Chechenia, de campos de concentración para personas homosexuales.

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Laura Fàbregas

Foto: YVES HERMAN
Reuters

¿Qué pasa en Cataluña? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué los que no somos independentistas hemos tardado tanto en hablar?

La respuesta tiene que ver con el factor humano. Hemos tardado tanto en alzar la voz porque por mucho tiempo hemos sentido que formábamos parte de ellos: del mismo pueblo, no sé si un sol poble, pero sí un pueblo cívicamente unido. Hemos abandonado progresivamente el espacio público por temor al ostracismo o la muerte civil. A que nuestros más allegados pensaran que no éramos dignos de su confianza. Porque, digan lo que digan, la libertad más difícil no se ejerce ni contra el poder –en democracia, siempre algo abstracto y lejano– ni tampoco contra la publicidad. La libertad más difícil se ejerce contra los amigos. Contra los tuyos.

El sociólogo Émile Durkheim habló de “efervescencia colectiva” para explicar este fenómeno donde una sociedad comparte prácticas, hábitos y creencias como, por ejemplo, las Diadas. Durkheim ha sustituido a Montesquieu quien, probablemente, hoy sería un facha para la mitad de catalanes.

En Cataluña se han roto los valores de la ilustración. Los que hacen que un individuo pueda discrepar de los suyos a través de la razón independientemente de la compasión, el amor y las emociones que pueda sentir por ellos. Por eso tanta gente se sintió interpelada en la jornada del 1 de octubre al ver que una parte de los suyos recibía porrazos. Aunque pensara que eran ellos los que estaban equivocados. Como una madre que no quiere que metan a su hijo en la cárcel, aún sabiendo que es culpable. El valor está en decirle a su hijo que se ha equivocado, pero nadie discutiría el amor y lealtad de esa madre.

El nacionalismo destroza el terreno común que posibilita el debate, incluso entre familiares. Un liberal, un socialdemócrata e incluso un comunista pueden debatir sobre cuál es la mejor manera de generar riqueza y distribuirla. Un nacionalista no puede, porque aunque lo vista de racionalidad, el último eslabón de esta ideología apela a la parte emocional. Y si no estás con los tuyos, eres un traidor.

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