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Los monstruos que finalmente somos

Romhy Cubas

Foto: Imagen de La novia de Frankenstein (1935)
Universal Pictures

La última semana de octubre se nutre de monstruos y casas embrujadas para sobrevivir. En Halloween disfraces góticos hacen fila para conmemorar una historia que ya nadie recuerda con demasiado detalle. Ese fetiche por las criaturas perfiladas como una mezcla de humanos y animales se extiende por todas las ciudades para pretender por una noche que entendemos eso de celebrarnos entre deformidades y naturalezas ocultas.

En el siglo XIX sin ir muy lejos –aunque la práctica data desde tiempos medievales- todavía eran comunes los “freak shows” o espectáculos de monstruos en donde espectadores demasiado crédulos e individuos con discapacidades o meras diferencias físicas eran explotados por el mercado del espectáculo –especialmente el circense- exponiendo uno de los niveles morales más bajos de la civilización, aunque ni de lejos el fondo de sus “capacidades”.

La combinación de ese morbo, misterio y miedo siempre ha sido la receta perfecta para que la obsesión con criaturas a veces demasiado parecida a los humanos sea el apogeo de estas fechas.

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El actor Gary Oldman como Drácula en la película de 1992 dirigida por Francis Coppola. | Foto vía: Entertainment Weekly

Pero hay una diferencia entre ese monstruo de la mitología clásica, especialmente de la literatura greco-romana en donde odiseas y viajes infinitos se nutrían de híbridos con cuerpo de mujer y cola de pez, o torsos de hombre y garras de león, y ese monstruo intermedio que no hubiera sido posible sin Mary Shelley y su creación literaria, perfectamente deforme y alegórica, Frankenstein. Con ella nace el monstruo como criatura moderna, en un experimento fallido, mezclando la ciencia con las carestías humanas.

Más adelante, en 1920, continuaría la tradición con Dr Jekyll y Mr Hyde de  Robert Louis Stevenson, o Drácula de Bram Stoker. Los hombres lobos, las momias, los vampiros, alguno que otro extraterrestre y criaturas creadas a propósito o no entre ensayo y error colmaron la literatura y la realidad para incorporarse al folklor de Halloween, entre otras rutinas colectivas.

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Portada de Frankenstein de Mary Shelley | Imagen vía: Book Republic.

Y aunque Mary Shelley le dio forma al monstruo moderno, el contenido común del perfil se desarrolló con la industrialización y los hallazgos progresivos en la ciencia, aquellos que cambiaron básicamente la forma de subsistir.

La ciencia, la dualidad, la soledad, el aislamiento y el encuentro entre la naturaleza humana y las convenciones sociales son algunas de las estampas que crearon el lado oscuro de esos monstruos tan familiares del presente.

El escritor y profesor universitario Stephen Asma se refiere al concepto en su libro, Sobre Monstruos: Una historia antinatural de nuestros peores temores. Al monstruo lo describe como un presagio: “una muestra de la ira de Dios, un presagio del futuro, un símbolo de virtud moral o vicio”. “Durante el reinado de Pericles, un carnero con un solo cuerno nació en una de sus granjas. Un vidente determinó que el monstruoso carnero era un presagio: Pericles triunfaría sobre su rival político, Tucídides. El filósofo Anaxágoras partió la cabeza del carnero por la mitad y observó que su cerebro se había desarrollado anormalmente, lo que resultaba en un solo cuerno. Ofreció una explicación científica para el monstruo. Pero Pericles en verdad triunfó sobre Tucídides, y se celebró el poder profético del vidente.”

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El génesis

 En Mayo de 1816 la escritora británica Mary Shelley y su familia hicieron un viaje al lago Lemán, al norte de Los Alpes, en donde pasarían el verano con el poeta  Lord Byron. Entre tardes oscuras y tormentas de estío los Shelley y Lord Byron relataban viejas historias de fantasmas. La propuesta de Byron durante una noche de escribir sus propias historias de fantasmas encendió la chispa para que Mary Shelley tuviera un “sueño de vigilia”, o terror nocturno, durante el cual un cadáver era reanimado. En su edición de Frankenstein de 1831 esta escribe: “Vi al pálido estudiante de artes impías arrodillarse junto a la cosa que había juntado. Vi el espantoso fantasma de un hombre tendido, y luego, en el funcionamiento de un poderoso motor, mostrar signos de vida, y se mueven con un movimiento incómodo, medio vital. Debe ser espantoso, porque supremamente espantoso sería el efecto de cualquier esfuerzo humano para burlarse del estupendo mecanismo del Creador del mundo”.

Frankenstein fue publicado anónimamente en Londres en 1818 pero el nombre de Shelley apareció por primera vez en la novela cuando se reimprimió en 1831. Antes del siglo XX, solo en el Frankenstein de la escritora se le da al monstruo su propia narrativa.  La novela difiere de la caracterización del monstruo violento y rústico que se hace en gran cantidad de las versiones posteriores. En la historia original esta criatura es un ser sensible e inteligente que se torna amargado y vengativo –convirtiéndose finalmente en un asesino- luego de ser rechazado por la sociedad y por su creador, el Dr. Frankenstein (del cuál hereda el nombre).

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Máscara de Trump. | Foto: Imelda Medina / Reuters

Los de ahora

En el Royal College of Surgeons de Londres todavía existe una colección médica reunida entre el siglo XIII y el XIX conformada específicamente por anomalías congénitas; supuestamente estas eran utilizadas para propósitos educativos. Su categorización rumea donde siempre lo han hecho los lugares diferentes, en un limbo difícil de describir y cuyo éxito entre el público yace principalmente gracias a esa mezcla familiar e incómoda de naturalezas humanas. Este es un prototipo interesante que describe cómo hemos ido creando nuestra propia caracterización “monstruosa” a través de todo aquello que rechazamos y definimos como humano.

En el presente todavía están de moda los disfraces de vampiros y de extraterrestres, pero cada día la utopías culturales se parecen más a los barómetros en los cuales las amenazas políticas, sociales e inclusive climáticas refuerzan al monstruo del siglo XXI.

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Máscaras de Hyperflesh promocionadas en el Monsterpalooza 2017 | Imagen vía YouTube.

La autora Theodora Grass lo explica afinadamente cuando recuerda que “cada época crea los monstruos más relevantes en términos de sus preocupaciones prácticas y filosóficas centrales. El monstruo de Frankenstein responde a Locke y la Revolución Francesa. Drácula invade Inglaterra durante un momento en que el Imperio Británico parecía ser el más fuerte, pero ya comenzaba a desmoronarse. Los Hombres Bestia del Dr. Moreau reflejan, de un modo casi demasiado obvio, preocupaciones contemporáneas con las teorías del cambio evolutivo. (…) Nos identificamos con el monstruo y lo domesticamos, mientras simultáneamente creamos una nueva narrativa de monstruosos asesinos en serie y terroristas que actúan como nuestros villanos. No son monstruos, aunque a veces utilizamos ese término para ellos: son humanos, no híbridos. Tal vez indican que lo que ahora tememos, más que a cualquier otra cosa, somos a nosotros mismos y a nuestra propia capacidad para el mal”.

“Porque los monstruos siempre, finalmente, son sobre nosotros”. -Theodora Grass

De esas preocupaciones filosóficas centrales de las que habla Grass se infiere que nuestra percepción de los monstruos continuará transformándose al ritmo de nuestra cultura, de nuestras decisiones políticas y sociales. Ese es el barómetro de exhibición, el que indica que este Halloween habrán demasiadas máscaras de cabello platinado y mejillas rosadas con los rasgos de Trump en las calles. El mismo que dice que el corte de Kim Jong-un será revolucionario por una noche más. Pero especialmente, ese es el barómetro que dice que es probable que se adviertan más caras humanas que hibridas esta noche de Halloween.

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Candle Cove: el terrorífico creepypasta que inspiró la primera temporada de Channel Zero

Beatriz García

El gran maestro del terror H.P. Lovecraft dijo una vez que de todos los miedos, el pavor a lo desconocido era el más antiguo e intenso. Un presencia ancestral que late bajo nuestras camas y ahora también en nuestras pantallas de televisión.

Cuando era niña tenía pesadillas en las que Don Pimpón, el monstruoso labriego de Barrio Sésamo, me perseguía por un bosque igual que hacía en los créditos del programa infantil. La infancia rememorada es imperfecta y escalofriante; uno nunca se libra de los terrores nocturnos que nos persiguieron de niños. Ese eterno misterio que acecha en la risa psicótica de Pee-wee Herman, con el que no querrías compartir ascensor o encontrártelo disfrazado de Rey Mago, bebiéndose el agua que tus hijos dejaron para los camellos.

Tras su estreno el pasado octubre en Estados Unidos, la HBO ha empezado a emitir esta semana en España Channel Zero, una serie de terror de alto voltaje creada por el genio de Nick Antosca (Hannibal y El bosque de los suicidios), que en su primera temporada narra la historia de Mike Painter (Paul Schneider), un psicólogo infantil que vuelve a la ciudad donde nació para investigar el extraño comportamiento de los niños y su relación con un inquietante programa de televisión infantil emitido en los setenta, Candle Cove, que ya había provocado estragos en el pueblo.

Los seis capítulos están basados en un popular y escalofriante creepypasta, Candle Cove, una de esas leyendas de internet que medran durante años en nuestro inconsciente, muy a pesar de saber que fueron inventadas, en este caso por el animador y escritor Kris Straub.

¿Y tú? ¿Viste Candle Cove?

Nos remontamos al año 2009, cuando en un foro de nostálgicos de una televisión local de Estados Unidos el usuario Skyshale033 preguntó si alguien recordaba cierto programa infantil de principios de los 70’ llamado Candle Cove. “¿No iba sobre piratas? Recuerdo una marioneta pirata hablando con una niña pequeña en la entrada de una cueva”, contestó el internauta mike_painter65. “Sí –continuó Skyshale-, era el Pirata Percy. Parecía estar hecho de partes de otros muñecos y su cabeza era la de un viejo bebé de porcelana”.

El hilo fue creciendo con borrosos recuerdos de otros usuarios que habían visto el programa de niños y recordaban a un maléfico esqueleto llamado Skin Taker que arrancaba la piel a tiras con sus dientes y un barco parlante comandado por Percy que gritaba: “Tienes que… ir… adentro”,  cada vez que el pirata debía abordar un lugar oscuro y siniestro. Los comentarios se volvieron más inquietantes, hasta el punto de que los usuarios empezaron a dudar de si algunas oscuras escenas del programa las habían soñado.

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“Tienes que… ir… adentro”, le gritaba al Pirata Percy un barco con una cara gigante. (Foto por Syfy)

Como si de un conjuro se tratase, algunas leyendas de internet traspasan las fronteras entre ficción y realidad.

La cadena se cierra abruptamente con el siguiente mensaje:

“mike_painter65

Asunto: Re: ¿El programa local Candle Cove?

Hoy fui a visitar a mi madre a la residencia y le pregunté si recordaba cuando yo tenía 8 o 9 años, a principios de los setenta, y veía el programa Candle Cove. Me dijo que estaba muy sorprendida, le pregunté por qué y me contestó: ‘Porque me parecía extraño que dijeses ‘me voy a ver Candle Cove, mamá’ y te quedases mirando la estática en la televisión durante media hora. Fantaseabas mucho con tu pequeño programa de piratas”.

En un artículo publicado en Aeon, el escritor Will Wiles apuntó: “Hardware y software corruptos, hechizados por los perturbadores espectros de anteriores usuarios. Los creepypastas funcionan mejor cuando el medio infecta el mensaje”. Al igual que en la mayoría de las leyendas que circulan por las redes, Candle Cove dio lugar a cientos de recreaciones, vídeos, memes y cuentos escritos por anónimos internautas. Y como si de un conjuro se tratase, algunas de estas leyendas traspasan trágicamente fronteras.

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Pee-wee Herman, el ‘coco’ de los niños de los ochenta

Ficciones peligrosas

Waukesha (Wisconsin), 31 de mayo 2014. Morgan Geyser y Anissa Weier, de doce años de edad, apuñalan diecinueve veces a una compañera de clase siguiendo ordenes del SlenderMan, una criatura imaginaria nacida en un foro de Internet. Durante el interrogatorio, Morgan le diría a la Policía: “Está en todas partes. Siempre vigilándonos, aunque no tenga ojos. Mientras exista, nunca estaremos solas”.

No fue el único caso del que se tuvo noticias, algunos meses después otra niña de 14 años prendió fuego a su casa mientras su madre y su hermano permanecían en el interior; intentaba convertirse en acólita del ser tentacular y sin rostro que habitaba en el bosque. Incluso asociaciones de aterrorizados padres demandaron a su creador, Víctor Surge, responsabilizándole de ese virus que parecía haber infectado la mente de sus hijos, esa presencia que medraba en el más absoluto silencio en centenares de fotografías, vídeos y cuentos. Pero, ¿qué hace que un personaje como el Hombre Esbelto haya arraigado tanto en nuestra cultura? ¿Puede la bola de nieve del creepypasta convertirse en alud social?

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Estas son algunas de las primeras imágenes del SlenderMan.
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El SlenderMan (hombre esbelto) en el fondo de la foto.

Las series perturbadoras como Candle Cove simbolizan todo lo que no podemos entender, incluido nuestro mundo

Para el escritor y futurólogo Francisco Jota-Pérez, autor de Homo Tenuis, el primer ensayo español que aborda el fenómeno del Slender Man, “las historias de terror y los monstruos dicen más de nosotros que el más introspectivo de los drama más realistas o que la más minuciosa crónica periodística; empujan nuestras debilidades hacia la luz para volverlas tan visibles como nuestros puntos fuertes”, porque el Hombre Esbelto es en realidad “un contenedor vacío” en el que depositar “los peores miedos en al respecto de la era digital que nos ha tocado vivir”.

Llámese Cthulhu, SlenderMan o Pee-wee Herman, todos y cada uno de ellos, monstruos o series perturbadoras, simbolizan aquello que no podemos entender, incluido nuestro mundo y el lugar que ocupamos en él, y causan en nosotros el mismo miedo irracional que sentíamos de niños, un monstruo oculto en el armario que cuando apagas la luz, despierta. ¿Te acuerdas de Candle Cove? ¿Te acuerdas ahora?

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El sexo se acaba

Miguel Ángel Quintana Paz

No es fácil que una generación entienda a otra. Todavía recuerdo aquella ocasión en que acompañé a una amiga (andábamos ambos por poco más de la treintena) a cierta conferencia de Celia Amorós, matriarca del feminismo hispano, que por aquel entonces superaba la sesentena. Doña Celia disertó sobre un problema que ella reputaba crucial para las mujeres: que la mayoría de los hombres las contemplaran solo como posibles madres de su prole futura. Mi amiga se revolvía incómoda en su asiento. Me había contado a menudo que su dificultad era justo la contraria: encontrar un novio que no la abandonara en cuanto ella hablaba de ir formando familia. Aun así, supo permanecer en la sala durante toda aquella charla sobre “la mujer actual”; si bien como quien escucha una disertación sobre tribus perdidas a orillas del Orinoco.

Son de hecho las cuestiones sexuales aquellas en las que me temo que con mayor frecuencia prosperan los malentendidos entre generaciones. Hoy, por ejemplo, los adultos suponemos con naturalidad que vivimos tiempos fáciles para que cualquier joven goce del sexo. ¿No está acaso omnipresente este en nuestras televisiones, en nuestra publicidad, en internet, en las conversaciones de toda índole? ¿No vivimos una época ajena a los tabúes sexuales? Los anticonceptivos, la pérdida de fe religiosa, la volatilidad de las relaciones, ¿no allana todo ello el camino a cierta promiscuidad?

Por pasmoso que resulte, parece lejos de ser así. La reciente investigación de tres psicólogos estadounidenses (J. M. Twenge, R. A. Sherman y B. E. Wells) exhibe la tendencia contraria. Los jóvenes actuales, también llamados “generación milénica” o millennials (nacidos después de 1982), son los que menor actividad sexual tienen desde nada menos que los felices años 20; su número de parejas sexuales también ha descendido hasta volver a niveles de la posguerra. El dato cuadra con otros ya sabidos, como que un tercio de los japoneses menores de 30 años es virgen; o que la tasa de embarazos adolescentes se ha llegado a reducir a la mitad desde que las redes sociales (Facebook, Twitter, Snapchat) comenzaron su expansión. Nuestros jóvenes tienen más relaciones ahora, sí, pero a través de la pantalla, no bajo un edredón.

Como ocurre a menudo, estas son cosas que los filósofos ya ha tiempo que vieron venir. Pienso en lo que vienen escribiendo desde hace lustros pensadores como Mario Perniola, Slavoj Žižek, cierto Michel Foucault, junto con literatos como Michel Houellebecq. Quizá el más iluminador de todos ellos sea el recientemente fallecido Perniola: en su libro de 1994 El sex appeal de lo inorgánico este italiano ya captaba ese rasgo en nuestra época. Época en que nuestro placer cada vez tendrá menos que ver con el deseo y el encuentro sexual, pues tendrá que ver más con otras cosas.

Al hablar así muchos pensemos seguramente en la pornografía, que sin duda ha prosperado de la mano de internet (el 14 % de sus búsquedas así lo avalan) y es una alternativa rápida, fácil y barata a las siempre intrincadas lides del cortejo.

El citado Slavoj Žižek añadiría que, si una parte esencial del goce sexual ha sido siempre la transgresión que acarreaba, no resulta extraño que, en una época tan sexualizada como la nuestra, los placeres ya no prohibidos hayan perdido encanto.

Un millennial, Antonio Ruiz Capilla, me proporcionaba hace poco otra explicación a esta dejadez sexual: hoy la oferta de entretenimiento casi gratuito es tan abundante, que tener relaciones sexuales resulta una alternativa relativamente costosa (aunque solo sea en tiempo); solo a aquellos deseosos de mantener cierto prestigio como animales sexuales en su generación les compensarían, pues, los esfuerzos por disfrutarlas.

Ahora bien, consumir porno, chequear los nudes que te envía alguien por mensaje privado o practicar cibersexo se quedarán pronto en versiones ridículamente primitivas de goce asexual en comparación con lo que se avecina. Mientras que ahora constatamos el declinar del sexo real, el futuro que nos aguarda puede acercarnos a su extinción. Basta con que pensemos, verbigracia, en los robots sexuales: 2017 nos proporcionó las primeras robots con inteligencia artificial que se adaptan a los gustos de su usuario por el módico precio de 15.000 dólares, mientras que en este 2018 está prevista la llegada de los primeros robots-chaperos con penes biónicos. Todo el debate sobre si legalizar o no la prostitución humana podría quedar, en cuestión de pocos años, desfasado: frente a los riesgos de una prostituta o prostituto (enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, que te robe la cartera según sale de tu dormitorio), un robot bien desarrollado podría aprender a proporcionarte tanto o más placer, con prácticamente ningún peligro anejo.

O pensemos en el desarrollo de la realidad virtual: hoy ya existen “trajes sexuales” que envían impulsos a diversas partes de tu piel para que sientas lo mismo que si alguien te estuviera acariciando. ¿Qué mujer o qué hombre real podría competir con ese traje si a la vez lanzara a tus ojos imágenes en tres dimensiones de aquella persona con quien tienes los sueños más eróticos? ¿Quién perdería el tiempo con un ligue al que, con suerte, podrías calificar con un 7 sobre 10, y al que previamente debes invitar a copas mientras conversas sobre su familia de Vitigudino, cuando puedes gozar con un hombre o mujer de 10 sin tan engorrosos prolegómenos? Los 400 dólares que ahora cuesta este invento parecen una inversión razonable. Especialmente si tenemos en cuenta que un traje nunca te demandará por haberte propasado, ni te llamará egoísta por preocuparte solo de tu propio regocijo.

Si a todo esto le añadimos el próximo perfeccionamiento de úteros artificiales, que permitirán prescindir de los cuerpos humanos incluso cuando alguien desee concebir un hijo, el porvenir resulta predecible: poco a poco, habrá cada vez menos cuerpos y cada vez más máquinas que nos ahorrarán todas las molestias, todas las enfermedades, todas las muertes que hoy ocasionan los siempre embarazosos embarazos.

Bien es cierto que unos pocos perseverarán en la vieja costumbre de juntarse con cuerpos reales, pese a sus amenazas, de modo similar a como ahora algunos prefieren escribir a máquina en vez de ordenador, o comer soja sin modificación genética, o vivir sin calefacción. Y no es menos verdad que observar cómo se practica sexo con una máquina resulta todavía una experiencia un tanto perturbadora (pero ¿no le es también impactante a un niño contemplar la primera relación sexual de su vida?). Probablemente veremos a esas feministas que hoy consideran que cualquier relación sexual con penetración es una violación cambiar de estrategia, ante la competencia de las robots y la realidad virtual, y exigir cierta redistribución de contacto mínimo entre humanos para todos y para todas. No es imposible que, al igual que hoy los gobiernos nos incitan a practicar más deporte, o subvencionan las tradiciones que están a punto de desaparecer, pronto nos inviten a salir más de casa para conocer otros cuerpos sexuados y nos otorguen ayudas para financiar los gastos del flirteo.

Pero todo ello constatará solo que el sexo se está acabando.

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Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Redacción TO

Foto: Kumail Nanjiani
Twitter

Google Arts&Culture es el museo virtual más grande que existe. La aplicación se puede descargar en cualquier dispositivo desde hace más de un año y medio. Google colabora con más de 1.200 museos, galerías e instituciones de 70 países para que sus exposiciones estén disponibles online para todo el mundo. Además de permitir visitas virtuales a exposiciones —todo a través de la pantalla del móvil—, la app recupera historias como la de la Savitribai Phule, la mujer que ayudó a instalar la primera escuela para niñas en la India; cuenta con reportajes visuales sobre las luces de neón en Hong Kong y con reivindicaciones sobre cómo los trabajos de perlas africanos artesanales cambiaron el mundo. Pero Google Arts&Culture no se ha hecho viral por nada de esto.

La verdad es que nos hemos dado cuenta de que existe por una cuestión bastante ególatra. La app de Google ha lanzando una función que encuentra, con solo subir un selfi, la obra de arte, cuadro o retrato a la que te pareces. Así, tu selfi con poca luz en 2018 resulta ser súper parecido a un óleo del Barroco que se encuentra en el Rijksmuseum de Amsterdam. Si es que nada nos gusta más a los humanos que vernos, aunque sea reconvertidos en un retrato de un señor con bigote del siglo XVII.

La aplicación encuentra el parecido entre los autorretratos y las obras de arte gracias a la inmensa colección de cuadros de Google y a una función muy avanzada de reconocimiento facial. Un porcentaje en la parte superior indica el parecido entre ambas imágenes. “Siempre tratamos de encontrar formas interesantes e interesantes para que la gente hable sobre el arte, y esta fue una de ellas”, dijo a The Washington Post Patrick Lenihan, portavoz de Google.

De momento, esta función solo está disponible en Estados Unidos, y no en todo el país. Google ha declinado comentar si hay planes de expandir esta función a otros países. Esto no ha impedido que miles los usuarios hayan encontrado ya su parecido. Además, de la actriz Felicia Day o el actor Kumail Nanjiani, el cantante Gil McKinney, el músico Pete Wentz y numerosos periodistas norteamericanos, los niños de Stranger Things o Bojack también se han apuntado a encontrarse (este último es de los pocos que ha conseguido casi un 90% de parecido).

Ahora solo cabe esperar que estos miles de retratos igualen nuestro interés por el arte al que ya tenemos por los selfis.

Además, si algo ha demostrado esta app, es que Google tiene fichadas no solo las obras de arte mundialmente reconocidas… Aquí la prueba:

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Miedo vintage en Hawai

Pablo Mediavilla Costa

Foto: Lee Jin-man
AP Foto

Aunque vivamos en el futuro, lo viejo es obstinado. El botón como imagen del cataclismo nuclear ha regresado con fuerza. Trump ha advertido a Kim Jong-un que el suyo es más grande y que se ande con ojo. En realidad es un código que el presidente debe llevar siempre a cuestas -Mónica G. Prieto contaba ayer en El Mundo que Clinton lo extravió durante unos meses-, pero lo del botón, una antigualla en este mundo táctil, es más gráfico y se ajusta a lo azaroso del asunto. ¿Quién no ha encendido sin querer alguna vez la luz del pasillo?

El pasado sábado, los habitantes de Hawai vivieron media hora de agonía por culpa de un funcionario que apretó por error otro botón -de nuevo, inaudita y solvente explicación- que envió la siguiente alerta a móviles, televisiones y radios del archipiélago: “Amenaza de misil balístico en dirección a Hawai. Busque refugio de inmediato. Esto no es un simulacro”. Mientras algunas familias metían a sus hijos en el sistema de alcantarillado, un turista se alegraba en Twitter de lo despejado que había quedado el buffet libre de su hotel.

Se vive tan bien que no se acaba de tomar en serio esta nueva Guerra Fría, aunque haya instalado su decorado y su léxico; sus maniobras de la OTAN, el espionaje de gabardina y bigote, el agitprop y el miedo. Rusia tiene sometida a media Europa con su psicodrama de hombrecillos agazapados en los bosques nevados y Estados Unidos parece tentado a volver a Asia, donde tanta piel ha cobrado y se ha dejado. China observa, como acostumbra; Irán y Arabia Saudí se enzarzan en Siria y Yemen, Europa enredada en sus fantasmas… El sueño erótico del pesimista profesional.

Si es cierto el dicho popular sobre lo que cada presidente norteamericano trae bajo el brazo; nadie quiere ni pensar en el turno de Trump. Corea del Sur ha dejado claro que cualquier acción contra sus hermanos descarriados del norte debe pasar por sus manos, pues son las que pagarían todas las facturas: la de la Bomba, la de la reconstrucción y los millones de refugiados que debería acoger y la de lo que tanto le gusta apuntar a nuestro hombre en Pyongyang, Alejandro Cao de Benós, cuando pasea a los periodistas por la Zona Desmilitarizada: los campos del norte están sembrados de piezas de artillería que destruirían Seúl en minutos, a solo 56 kilómetros de la frontera. La evaporación del norte está asegurada en cualquiera de los escenarios agresivos.

Los números dicen que el mundo está mejor que nunca, pero hay una nostalgia del desastre; una pulsión aguafiestas por creer que estamos a un loco y un botón del abismo. Prefiero pensar que, al menos, seguiremos en la paz del buffet libre hawaiano y no volveremos al blanco y negro de Sterling Hayden atrincherado en su base y mascullando que los comunistas han fluorizado el agua.

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